Dos Cuentos Esotéricos - Juan Carlos Catizone - E-Book

Dos Cuentos Esotéricos E-Book

Juan Carlos Catizone

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Beschreibung

Estas dos narraciones se remontan al período de confinamiento global ocasionado por la COVID, hacia mediados de 2020. En aquellos días el autor vio renacer en él algunos de los intereses de su juventud: el de la alquimia, los símbolos, los lenguajes cifrados de la antigüedad, así como el de sus bandas favoritas de rock progresivo de los años 70, década en qué vivió ese género más intensamente y más de cerca que nunca. De esta miscelánea de estéticas barrocas y preciosistas, nació La Cámara Tenebrosa, que fue publicada por primera vez en 2021, y luego El Juego de la Oca, obra que ha permanecido inédita hasta el momento actual. El Juego de la Oca, se adentra en el poco conocido significado espiritual de aquel antiguo juego de mesa, que, según aseguran algunos, fue creado en el seno de la orden del Temple. La Cámara Tenebrosa es, de las dos narraciones, la que lleva una marca más patente de esa etapa de incertidumbre y claustrofobia planetarias, pero también de mucha inspiración y reflexión, que supuso el largo parón impuesto por la COVID.

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Quiero dar las gracias a mi querida esposa Ruth Guamán por la foto de cubierta, y por su presencia en mi vida.

Todos los personajes que aparecen en esta obra son ficticios

Indice

ÍNDICE DE EL JUEGO DE LA OCA

Prólogo

Introducción

El Juego de la Oca

Epílogo

ÍNDICE DE LA CÁMARA TENEBROSA

Agradecimientos

Prólogo

Introducción

La Cámara Tenebrosa

Apéndice

EL JUEGO DE LA OCA

PRÓLOGO

El juego de la oca y el parchís son dos tunantes. Han atravesado décadas, dictaduras adosadas a una religión oficial y otras trampas gracias a simular ser simples juegos para niños. De hecho, han acabado por compartir tablero, lo que demuestra una vez más que ningún dios o creencia puede sobrevivir si no evoluciona y se adapta. De lo contrario, pocas salidas le quedan: la autodestrucción, servir para dar nombre a alguna patología psiquiátrica, el estudio mitológico, convertirse en un personaje de Disney o el radicalismo. Un escritor, Tom Robbins, del cual no he leído nada, nos ha regalado una cita impagable: "el fin último de toda ideología es el totalitarismo". Así que, defendiendo mi convicción propia de que la civilización es el arte de encontrar puntos de encuentro, el hecho de que estos dos juegos lleven toda mi vida caminando de la mano, me da esperanza.

Tanto el parchís (que, por cierto, tuvo un hermano en la América precolombina llamado Patolli) como la oca tienen parte de esos elementos comunes, necesarios para la evolución y la supervivencia. En el parchís, hay muerte y reencarnación, puntos de refugio y trascendencia. En el juego de la oca está la muerte. Pero no es una muerte definitiva. Te obliga a reencarnarte, a volver a empezar. En definitiva, a conocerte, porque si no sabes de dónde vienes no sabrás adónde vas, ni aun habiendo llegado. Es decir, te condenas a ti mismo a ser un vagabundo. Algo que tampoco está mal del todo, pues obcecarte en ser "perfecto" es una muestra de petulancia insoportable. También Hércules y Zeus iban al baño. De hecho, para los antiguos griegos, la lluvia era el resultado de la costumbre de este último de orinar en una criba…

Como símiles de los puntos de refugio, el juego de la oca te ofrece la posada, pero también algunos que no lo parecen, como la cárcel, el pozo y el laberinto. Sean destino de tu agrado o no, en todos tienes que pararte a meditar, a buscar. Yo soy muy amante del laberinto. En este juego, el laberinto está dentro de otro laberinto, y puede que tenga una función adicional: la de enfrentar al iniciado que juega con otros niveles aún más profundos de sí mismo. Podemos denominarlo inconsciente, subconsciente, Ello… o la "música de las esferas". ¡Igual da! El hecho es que está ahí.

Está y siempre lo estuvo en la historia humana. Teseo, en la mitología griega, tiene que llegar al centro del laberinto y matar al Minotauro, con la ayuda del hilo de Ariadna. Este se va desenrollando hasta llegar al lugar donde su amado no hará otra cosa realmente que morir y renacer, ya que el monstruo es él mismo, una proyección de sus temores y defectos. Al volver va enrollando nuevamente el hilo alrededor del huso, consiguiendo conformarlo perfectamente, saliendo purificado.

Otro ejemplo son las novelas de Julio Verne, que pueden ser leídas de distintas maneras, según los conocimientos del lector (y si se sabe francés y se consigue descubrir el sistema de cifrado del autor, aún dicen que hay "más"). Por un lado, es una aventura aparentemente simple, emocionante y divertida. Por otro, ateniéndonos a mayores o menores conocimientos esotéricos, hallamos algo más. Es el caso de "Viaje al centro de la Tierra", por ejemplo. Leyendo la obra volvemos al mismo tema. Los personajes principales son facetas del lector iniciado que representan el ímpetu, la experiencia, la pureza y el conocimiento secreto. Y de nuevo está la muerte y la reencarnación (en cierto sentido), ya que los protagonistas siguen el diario de otro buscador que murió en el intento. Es decir, estos son "uno" y ese "uno" es el regreso del fallecido que se enfrenta de nuevo a su reto, a sus monstruos y a la posibilidad de ver las bellezas de alma que tenía escondidas en sí mismo.

Por último, antes de pasar a hablar del punto de vista de Juan Carlos Catizone, querría recordar una joya del cine de ciencia ficción, de las que muchos hoy se reirían: "Planeta Prohibido"(Fred M. Wilson-1956). En esta película, que está basada en la obra teatral "La Tempestad", de William Shakespeare, con un guion excelente obra de Cyril Hume y Allen Adler, nos encontramos con un científico que vive en un planeta lejano estudiando la tecnología de una raza extinta, con la única compañía de su hija. Al llegar a este una nave de reconocimiento, el capitán de la misma se enamora de la joven hija y de pronto empiezan a producirse unos asesinatos por parte de un ser que nadie puede ver bien. Finalmente acabamos por descubrir que este ser es la proyección de los que el mismo profesor denomina como "los monstruos del It" (el Ello psicoanalítico), gracias a un aparato de los extraterrestres desaparecidos que transforma los deseos en realidades: poderosos entes visibles y tangibles. Incluso las pulsiones inconscientes y destructivas... como las de un padre que no quiere separarse de su hija.

¿Qué es lo que me gusta de la obra de Juan Carlos Catizone? Para empezar, que la pareja protagonista se reconoce como andrógina espiritualmente, y que sus sexos son partes de un "uno". En esta sociedad "sexparatista", donde las personas dejan de serlo para ser solo su sexualidad, Platón ha sido tirado a la basura. Por otro lado, me gusta saber que los personajes se sienten tan atraídos por el juego, como lo temen. Temen la separación y las inesperadas angustias que la experiencia les despierta. Además, es un juego distinto, con alteraciones. Y esto hace que uno se haga preguntas… ¿Cuándo se sabe que se está preparado para jugar la partida? ¿Y si, como en el ejemplo de la película citada, "los monstruos del It" acaban contigo, de qué vale la experiencia? Otra cosa es que no se pueda escapar de ella. Desde mi punto de vista, en este relato estamos en parte ante un reflejo de nuestra sociedad, ya que los jugadores son una pareja normal, y es ahí donde tiene su mayor acierto, pues pretende ser cercana al tiempo que "mágica". Y hablamos de una sociedad que va por mal camino. Quiere matar al Minotauro a cañonazos, sin darse cuenta de que se auto fagocita. Gran parte de ella quiere soluciones sencillas y es feliz con trajes hermosos y una mente llena de vulgaridad, incapaz de interesarse por nada profundo. Por suerte, hay excepciones. Los protagonistas de la narración de Catizone (eludo los nombres para que el lector ponga el nombre de su pareja, o el de una persona afín) temen por sí y por el otro porque se reconocen como uno. Se esfuerzan por "encontrarse"… por "reencontrarse", sería mejor decir, ya que las circunstancias a las que se enfrentan les obliga a verse desde nuevas perspectivas que les alejan de una zona confortable, que trae tantos temores como promesas. Al final solo queda una solución: un salto de fe. Fe en el otro, fe en que vale apostar por un proyecto común. Se juegue en el tablero que se juegue, no importa tanto sí que se gana o se pierde, sino en perderlo o ganarlo juntos. ¿Qué es la fe? Es amor. Un amor que, más que nunca, debe ser vivido y perseguido al ir cayendo el día de la vida con la misma ilusión infantil que en el comienzo de este.

Pero en algo más me ha hecho reflexionar esta obra. En el momento en que se nombran a las casillas no importantes como banales… ¿No estamos cayendo en un error? ¿Como cuando en genética se habla de genes innecesarios? Esos que el organismo desactiva mediante proteínas por ser innecesarios, para ahorrar energía. Evidentemente, el cuerpo sabe lo que hace. Pero quizás, en la vida real, obsesionados por las casillas "importantes" estamos dejando de disfrutar de lo que se oculta en las "banales". Incluso aunque pudiera ser "il dolce far niente". El juego no se podría jugar sin las casillas sin importancia. Catizone me ha hecho plantearme cosas que no me había planteado lo suficiente. ¿Ciertos "juegos de la oca" de la vida real, ciertas pruebas o retos para ser "mejor" aunque cumplan lo que prometen, merecen ser jugados? Puede que en ocasiones no deba jugarse, se esté preparado o no, si no es preciso. Tal vez el mismo juego tan solo sea un hábil trilero que juega contigo, mientras tú crees jugar con él. Un vampiro con ansias de drenar tus ilusiones, o incluso un dios benévolo que espera que tengas agallas para recriminarle una prueba que te exige superar.

¡Madre de Dios! Y pensar que al inicio me estaba acordando de que en Puente de la Reina (Navarra), en la Iglesia del Crucifijo hay una estatua de Cristo crucificado no sobre una cruz (que ya era un elemento simbólico antes del Cristianismo), sino sobre la pata estilizada de una oca. Y que a su vez este animal se asocia a veces con un dios celta llamado Lug, del cual derivarían topónimos como Lugo. Pero paso. Dejo a Juan Carlos la tarea de ser el pontífice que salve por nosotros el río que nos lleva unas veces para adelante y otras para atrás.

Ildefonso González Sarmiento

INTRODUCCIÓN

De todos los juegos que nos fueron legados por nuestros antepasados, quizás el que más he asociado desde que era muy niño a la magia y al misterio de la vida, es el Juego de la Oca.

En su imaginería, al igual que en la de los emblemas y empresas alquímicos o la de los arcanos del Tarot, siempre tuve la fuerte impresión de que se alojaba una enseñanza muy valiosa, fundamental para cualquier ser humano, que siempre ha estado allí, a la espera de ser comprendida.

El Juego de la Oca, es un recorrido en espiral a través de una serie de imágenes, que constituyen una extraña “historieta”, una secuencia de escenas, paisajes y figuras, a caballo entre lo infantil y lo esotérico.

Con el tiempo (y unos cuantos tableros), me di cuenta de que salvo en el caso de ciertas viñetas (siempre las mismas), todas las demás cambiaban de contenido, según el gusto o el criterio del fabricante, e incluso que había tableros en los que, salvo aquellas casillas “clave”, las demás quedaban en blanco.

Pude también comprobar que las reglas del juego, aunque muy parecidas, de un fabricante a otro sufren variaciones.

Investigué todo lo que estuvo a mi alcance, con el afán de dar con las reglas originales de este juego, que según ciertas teorías se remontaría a la orden del Temple. Sin embargo, quiero dejar en claro que no soy un experto en materia, y creo que, de hecho, por mucho que puedan decir algunos eruditos, al final solo es posible hacer especulaciones y conjeturas al respecto.

En cualquier caso, este relato no pretende ser un manual de instrucciones del juego de la Oca, menos aún un tratado de historia sobre el mismo, sino tan solo una indagación sobre las conexiones profundas que pudieran existir entre este juego y la condición humana.

Como ya dije más arriba, no soy, ni de lejos, un erudito en este tema, pero en mi vivir diario veo a tantas personas que claman desde el fondo de un pozo… tantas que van a la deriva, extraviadas en su laberinto particular, tantas otras que hallan la muerte antes de despertar si quiera… que pongo por encima de todo alarde de erudición el gran interés que suscita en mí el Juego de la Oca como metáfora de la existencia y como espejo en el que ver reflejada la propia trayectoria vital.

Profundizar en ello será tarea de cada uno.

Juan Carlos Catizone

“Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que lo envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre.

“Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus siervos: "Daos prisa, traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado".

Parábola del Hijo Pródigo (Evangelio según San Lucas)

EL JUEGO DE LA OCA

A mi buen amigo José Antonio Rodríguez (D.E.P.), y a Ruth

I

EL PARCHÍS

Llegó a su casa tras celebrar con un grupo de amigos su sesenta y tres cumpleaños. Se sentó delante del televisor, junto a su esposa, que en ese momento estaba viendo un programa de citas a ciegas bastante divertido por la variadísima y exuberante fauna humana que exhibía sus encuentros y desencuentros en un plató decorado a modo de restaurante.

Animado, y hablando con voz más elevada que de costumbre, traía dibujada en la cara una de esas sonrisas tenaces y obstinadas que se niegan a claudicar mucho después de que la fiesta haya terminado.

Su mujer, Alma, le sonrió a su vez preguntándole:

— ¿No estará usted borracho, caballero?

Lo conocía de toda una vida, sabía que Spiros era un hombre sobrio y para nada proclive a excesos, y aunque por su edad, sus achaques, y la proximidad de su jubilación estaba pasando por una extraña crisis, seguía siendo el buen hombre con quien ella se había casado. Su relación amorosa había alcanzado la madurez de un vino añejo, que los inclinaba a compartir el silencio gozoso y sosegado antes que la algarabía vana e insustancial; el contacto atemporal del abrazo, antes que el amplexo desenfrenado; la mirada en las profundidades del alma, más que la hermosura fugaz del cuerpo. Para ellos el amor era una delicada flor de oro que había crecido silenciosa y lentamente, abriéndose paso entre enormes plantas rastreras, carnívoras y venenosas, hasta convertirse en un inmenso girasol.

El padre de Spiros, Ioannis Katsaros, era un marino mercante griego que en los años `50 se enamoró de una isleña, a la que poco tiempo después se unió en matrimonio. Se dedicó al cambullón, (que en el léxico canario se define como el “tráfico de productos que se realizaba en barcos atracados o fondeados en el puerto”. Según algunos autores, la palabra cambullón es un anglicismo que procede de la frase “Can buy on”: “Se hacen compras en el interior”, que podía verse escrita en carteles a la entrada de ciertos buques). En pocos años Ioannis prosperó y se estableció con su esposa e hijos en una zona céntrica de Las Palmas de Gran Canaria, por lo que Spiros y su hermano, Pancras, en su forma de ser y de expresarse eran tan isleños como su madre.

—Me lo he pasado muy bien —aseguró Spiros, — ¡Menuda fiesta que me han hecho!

Sin embargo, tras aquella actitud satisfecha y despreocupada, Alma percibió el paso fugaz del espectro de la melancolía, imperceptible para quien no conociera a Spiros tan profundamente.

—Los Colmenares vendrán dentro de unos minutos para felicitarte —le comentó.

—Son las ocho de la tarde, ya podrían felicitarme por teléfono —Repuso Spiros, con aire resignado.

—Sabes muy bien que, aunque pertenecen a nuestra generación, hacen vida de ancianos, y ya no tienen casi amigos, aparte de nosotros.

Spiros siguió pensando en lo que acababa de decir su esposa:

—Antes, un hombre que tenía mis años, era considerado un viejo… hoy por hoy, a partir de los 50 o 60, lo es o no, dependiendo de cómo haya vivido hasta esa edad.

Estaba convencido de que las actitudes rígidas e inflexibles, las rutinas mentales y las ideas fijas, eran, en definitiva, el camino más corto y seguro hacia la senilidad. Recordó lo que solía decir aquel marino amigo suyo, Michel el canadiense, un hombre que seguía navegando solo, a sus 68 años:

—A partir de los 40, cada uno es responsable del aspecto de su cara.

Spiros discrepaba, pero en el fondo sentía que algo de verdad debía de haber en ello: los actos, los pensamientos y los sentimientos muy sostenidos en el tiempo, terminan somatizándose, fijándose en la conducta, en la expresión, la mirada, y si uno se descuida, con los años acaba convirtiéndose en poco más que un autómata.

Sonó el timbre y los Colmenares entraron repartiendo besos y abrazos a diestras y siniestras. Traían como obsequio unas cuatro botellas de un vino de Fuerteventura tan delicioso que se bebía solo. Tras media hora de charla acompañada de vino, pinchos de tortilla española, pepinillos en vinagre, queso y mejillones, se puso sobre la mesa el ineludible tablero de Parchís, juego favorito de los Colmenares.

—Una partidita y a la cama que, aunque mañana es sábado, estoy cansado y medio resacado también, —musitó Spiros.

Justo Colmenares empezó a mortificarlo con sus clásicas bromitas:

—Entonces, señor mío, ya nos vamos adentrando en los 64 años, ¿No es cierto?

Spiros, con la sonrisa a media asta, le contestó siguiéndole la corriente:

—De momento, solo acabo de cumplir 63.

—Sí, querido amigo, y eso significa que acabas de entrar en los 64. ¡Tú órbita número 64 alrededor del sol!

Y, para darle un mayor efecto a sus palabras, concluyó canturreando:

“When I get older, losing my hair, many years from now, will you still be sending me a valentine, birthday greetings, bottle of wine?”

Se trata de una vieja canción de los Beatles compuesta al estilo Music Hall de los años veinte, que habla de una persona que trata de imaginar cómo será su relación de pareja cuando tenga la edad de 64 años.

Aquella ocurrencia que a Justo le había parecido tan graciosa, lejos de divertirle, acabó por fastidiar a Spiros, que siguió moviendo su ficha del parchís con desgana y casi mecánicamente. De pronto Ángela, la esposa de Justo, observó:

— ¿No les parece una curiosa coincidencia que las casillas blancas del parchís sean 64?

—Para nada —sentenció su esposo —si consideramos que también las del ajedrez son 64.

En ese momento, en la “tele”, emitían un concurso en el que ganaba quien se comiese el mayor número de cucarachas en tres minutos.

—Cambien de canal, ¡por lo que más quieran! —imploró asqueado.

Por suerte para los nervios de Spiros, Alma acababa de ganar la partida. Un rato más tarde, ya estaban solos en casa.

Acostado boca arriba, Spiros, no conseguía conciliar el sueño: se veía a sí mismo como una ficha en un tablero de Parchís, que se encontraba en la última casilla blanca del trayecto, y a la que solo quedaba subir las diez últimas casillas de su propio color para llegar al final de la partida.

Sonó el teléfono, y eran su hija Yolanda y su esposo, que lo llamaban desde Madrid para felicitarlo. También se oía, al fondo, la voz de su nieta de casi un año. En su boca volvió a dibujarse una sonrisa, pero esta vez llena de serenidad. Pocos minutos más tarde, Spiros dormía como un niño.

II

JUEGOS REUNIDOS

El día siguiente se despertó con una idea fija: una de esas ideas que parecen ser el resultado final de un largo proceso interno que no deja el menor rastro al llegar la vigilia. En el salón, dentro de un cajón del mueble de la “tele”, tenían guardada una caja con varios juegos de mesa: el Monopoli, La Oca, el Parchís, las Damas, etc. Fue a buscarla, y la encontró medio abierta. Su esposa, que de costumbre era tan ordenada, también había bebido bastante vino la noche pasada, y la había dejado así.