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El abrazo infinito, título genérico de esta colección de historias escritas por Juan Carlos Catizone, trata de atrapar, en ocho relatos, el aroma de la soledad del ser humano en busca de su esencia. Una esencia que no hallará en su identidad histórica ni psicológica, sino buceando mucho más allá del pensamiento, del temor, del deseo. El sexo, el amor, la magia, el afán por llegar a ser, la tradición y el cambio interior, se dan cita en estos relatos, como las cuentas de un collar en busca del hilo en el que se enhebran. La mayor parte de estos relatos se desarrollan en Canarias. En otros, Canarias apenas se menciona; pero, de un modo u otro, el archipiélago y su gente, con sus defectos y virtudes, siempre están presentes, cómo lo están en el corazón del autor.
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Quiero agradecer a mi hermana Adriana Catizone el dibujo de cubierta de este libro.
I.
La chica del manantial
II.
Perdónanos nuestras deudas
III.
En el jardín
IV.
El abrazo infinito
V.
La canción del diablo
VI.
El síndrome de la Magdalena
VII.
Sola
VIII.
El viejo y el camino
Dedicado a Eduardo González Ascanio, coautor de la canción “La Chica del Manantial”, y a mi hermana Mavi, con quien la canté.
Al mediodía aún quedaban algunos tenues retazos de las brumas que durante la noche se habían adueñado de los campos, bosques y senderos de toda la comarca. La calzada estaba muy escurridiza por la lluvia reciente.
Desde la carretera se empezaban a divisar las profundidades del inmenso barranco que surca la isla de su interior hasta el océano Atlántico, cambiando varias veces de nombre en su periplo descendente por distintos términos municipales.
Así, a unos quince kilómetros de la cumbre, donde nace, se le conoce como Barranco Crespo, más adelante como Barranco de la Virgen, luego cómo Barranco de Guadalupe, Barranco Oscuro, y en su tramo final, Barranco Azuaje.
Solo en unos pocos segmentos de esa larga y verde hondonada, el agua discurre durante todo el año en mansos arroyuelos.
Moisés era un joven serio y taciturno, de mirada hosca y carácter irritable. Su figura agraciada, sin embargo, hacía que, llevara lo que llevara puesto encima, resultase elegante. Gustaba ir vestido con cierta distinción y originalidad, sin apartarse demasiado de un estilo sobrio.
Iba subiendo en su auto, un viejo Seat 127 blanco, sin otra compañía que sus recuerdos, hacia un hermoso paraje protegido por su riqueza en flora y fauna autóctonas, ubicado entre Moya y Fontanales, junto al cauce de Barranco Oscuro, donde poseía una pequeña casa cueva, excavada en roca firme, que era perfectamente habitable, -aunque en aquella época aún carecía de luz eléctrica- con veintidós áreas de terreno en las que había distintas variedades de árboles frutales: ciruelos, naranjos, manzanos, perales, higueras, etc.
Como los terrenos se encontraban en una ladera, se dividían en varias terrazas escalonadas, la última de las cuales estaba rodeada por un espeso bosque de laurisilva, que descendía hasta el lecho mismo de aquella inmensa quebrada.
Había comprado la cueva y los terrenos con sus frutales a un familiar de Mercedes, una yerbera de la zona que conoció en un curso de fitoterapia, y, después de un tiempo, empezaba a ver los primeros resultados de su trabajo allí. Ante la fachada de la cueva, que los lugareños llamaban La Gorgona, había armado un emparrado que ese otoño, por primera vez, se había llenado de grandes racimos de uva blanca, y en el parterre que él mismo había construido a un lado del acceso a la gruta, las hierbas medicinales que Mercedita le había estado regalando a lo largo de todo ese tiempo, exhalaban unos aromas deliciosos cada vez que las agitaba el viento. Allí tenía espliego, milenrama y doradilla (que con su denso jugo amarillo hace caer las verrugas), tomillo, orégano, salvia, rompepiedras (que según la sabiduría popular hace pedazos los cálculos del riñón del mismo modo que con sus raíces desmenuza las piedras entre las que crece), caña limón, hierba luisa, y muchas otras.
También plantó nuevos frutales, que ya habían crecido visiblemente: varios caquis, nectarinos y un moral que daba moras blancas.
Moisés, con su habitual malhumor, abrió la puerta de La Gorgona (siempre se había preguntado si guardaba alguna relación con el monstruo mitológico del mismo nombre), y soltó la mochila sobre el camastro de madera. El resto del mobiliario se reducía a una mesita de noche, un ropero, una gran mesa cuadrada con cuatro sillas, todo en madera y en estilo rústico. Encima de la mesita de noche había una vela con su correspondiente palmatoria, y una caja de fósforos. En el suelo, una bombona de gas butano de un único fogón era todo lo que había para cocinar, y encima de una tabla soportada a cada lado por varios ladrillos apilados, unos cuantos platos, tazas, vasos y cubiertos amontonados en el interior de un par de palanganas. Abrió las hojas de la única ventana de que disponía su rústico refugio, para que entraran de inmediato el aire fresco y la luz del sol, y lavando la cafetera bajo el grifo de agua corriente, se preparó un café que le hizo entrar en calor. Sentado junto a la mesa, mientras sorbía la aromática bebida, se miró alrededor. En las paredes albeadas recientemente no se veía el menor rastro de humedad, tan solo olían a cal; su superficie no era del todo uniforme, se apreciaba que habían sido talladas a pico, tal vez rematadas a cincel, y en su resonante oquedad, evocaban la fábula de Polifemo y Galatea, de Luis de Góngora, que dice, al referirse a las cuevas: “Del formidable bostezo de la tierra, el melancólico vacío…”
Al subir de La Gorgona hacia el Sur, caminando en dirección contraria el curso del barranco, a unos setecientos metros de la cueva, se encontraba, entre campos arados y huertos rodeados de vallas, profusamente surtidos de pimientos, calabazas, berenjenas y tomates, la casa de Eduardo, el maestro.
Eduardo, que daba clases en la escuela de Fontanales, era un hombre culto y refinado, cuya apariencia física desmentía denodadamente el hecho de que fuese depositario de un vasto saber. Y sin embargo, lo era. Un buen día, en tono jocoso, Moisés lo apodó el sátiro, y así lo siguió llamando, incluso en las discusiones más acaloradas, en las que el mote asumía un cariz despectivo.
Su apariencia física era la del sátiro clásico, un hombrecito de pecho hirsuto y cuerpo rechoncho, de barba poblada y mirada despierta y traviesa en un rostro de una tosquedad próxima a lo animal, pero, en su conjunto, armonioso. Un sátiro muy distinto al joven longilíneo del clasicismo tardío, que más bien parece un atleta acabado de salir de la palestra.
Eduardo lo saludó con un guiño mientras mordía una naranja que ya estaba en sazón. Enseguida propuso un asadero de bienvenida: hacía varios meses que no se veían. Él se ocuparía de la carne y del vino y Moisés de desenfundar la guitarra y afinarla.
Porque a Moisés no se le podía pedir mucho más. Tenía mucha y muy buena música en la cabeza, pero a la hora de plasmarla a la guitarra todo quedaba en un confuso martilleo de cuerdas, un farfullo sin una estructura aparente. El sátiro, en cambio, a duras penas sabía articular los acordes más básicos con la mano izquierda, pero tenía un sentido innato del ritmo al rasguear con la derecha, y una voz tan cálida, afinada y sugerente que siempre terminaba convirtiéndose en el alma de la fiesta.
Al caer de la tarde, los dos tomaron café en el exterior de la gruta. Para ello habían sacado la mesa y dos sillas que dispusieron hacia el oriente. Mientras que el sátiro canturreaba una tonada muy rítmica acompañándose a la guitarra, Moisés lo escuchaba en silencio entre un sorbo y otro de café. Al mismo tiempo, tenía la mirada puesta en la casa pintada de blanco que había enfrente, a menos de un kilómetro de allí. Campo a través, hacia el este, una servidumbre de paso conducía a aquella bonita edificación de dos plantas construida sobre una estrecha loma que dominaba todo el barranco, como águila descansando encaramada en las alturas. Allí vivían don José y su familia, gente sufrida y trabajadora que por muchas generaciones había vivido del cultivo de los campos y de la ganadería.
Moisés, mientras su amigo se empleaba a fondo en interpretar en un buen francés una canción de Georges Brassens, pensaba en su pintura, el verdadero motivo que lo había conducido hasta allí. Maquinalmente, al terminar la canción, le preguntó al amigo acerca del significado de su texto. Había estudiado francés, pero su nivel no era lo suficientemente alto como para entender muy bien a Brassens.
"Háblenme de la lluvia y no del buen tiempo
El buen tiempo me disgusta y me hace rechinar los dientes
El bello azul me hace enfurecer
Pues el amor más grande que me han dado sobre la Tierra
Se lo debo al mal tiempo, se lo debo a Júpiter."
—Y no sigo, que la canción es muy larga. Además, está en Internet.
Dijo bostezando, y añadió:
—Tras esta breve incursión en la canción de autor con sabor a tinto de Borgoña, volvemos a los Chunguitos.
Siempre estaba de coña, el muy payaso. Con esa cara de circunstancias que ponía, tardabas el tiempo suficiente en darte cuenta de que mentía de forma descarada, como para que se desternillara de risa en tus narices, y eso que todavía no había empezado a fardar de sus proezas de alcoba… ahí sí que la realidad y la ficción se entremezclaban de forma fantasmagórica y prodigiosa.
El sátiro era de esa clase de amigos que le aportaba esa chispa de comicidad a su excesiva gravedad de carácter, que lo ayudaba a ver que no hay nada más grotesco que alguien que se toma demasiado en serio. Ese era un hecho que le ayudaba a reírse sanamente de sí mismo. Por esa razón, y por muchas otras, Moisés, cuyas amistades se podían contar con los dedos de ambas manos, lo valoraba tanto.
Habían aplazado el asadero para el día siguiente, porque Moisés se encontraba algo cansado y prefería irse a dormir poco después de la puesta de sol, levantarse sin prisas, y después de desayunar, dar comienzo a su particular safari fotográfico.
Se trataba de ir en busca de espacios y paisajes que solo se pudieran descubrir andando por senderos recónditos, alejados de las carreteras, poblaciones y caseríos, en la espesura, o en riscos y hondonadas de difícil acceso. Una vez fotografiados, se trataba de pintarlos a la acuarela, si resultaban ser lo bastante inspiradores.
Moisés perseguía algo más que eso: buscaba el momento mágico, esa fracción de segundo en la que lo numinoso se hace perceptible, palpable, en la naturaleza. Ya en el catre Moisés se puso a releer una entrevista realizada por Giovanni Papini al arquitecto Frank Lloyd Wright en 1952: "Una cueva montañesa alisada y ampliada, un antro acomodado con oportunos trabajos, una bella caverna provista de las comodidades indispensables, ( ... ) he ahí las moradas de hace cien siglos, he ahí las moradas del futuro."
Ya había oscurecido. Hacía un instante que el canto de centenares, de miles de pájaros había enmudecido repentinamente, como si hubieran acordado fijar una hora exacta para tal evento.
En ese silencio que es preámbulo a las horas nocturnas, Moisés apagó la llama de la vela de un soplo, y se arrebujó en el edredón.
Por un instante su memoria le jugó la mala pasada de remontarse a los tiempos en los que iba allí con María, su exmujer. Pero pronto prevaleció el sueño, y todo aquello se esfumó como un espejismo.
Cuando despertó, la luz del sol ya penetraba con timidez por la estancia a través de los cristales de la ventana, que tenía los postigos entornados.
Eran las ocho de la mañana, Moisés se levantó de un salto. El cielo estaba nublado y una densa bruma apenas permitía ver un bulto oscuro allá donde estaba la casa de don José. Tras tomarse un café recalentado y un bocadillo que se había traído de casa, salió con su cámara, una gabardina larga, azul, con capucha, y unas botas altas, pues aunque no diluviara, la llovizna permanente que estaba cayendo a la larga podía dejarlo empapado.
En las inmediaciones de la cueva habían crecido varias acelgas, sin que él jamás las hubiese plantado. Seguramente habrían germinado de simientes arrastradas por el viento.
Se acordó de que al regreso tenía que pasar por la tienda de aceite y vinagre de Corvo, el pago más cercano, para hacer una pequeña compra.
Pan, aceite de oliva, queso del país, tres cabezas de ajo… tenía las acelgas... en cuanto a los limones, ya había un par de limoneros cargaditos allí en lo suyo.
Por la mañana solía tomar el desayuno tradicional de los lugareños: infusión de hojas de nogal con pan caliente y queso del país. Él lo prefería con tomate, ajo y aceite de oliva, pero debido al intenso olor del ajo que se quedaba en su boca y en sus manos, solo se permitía ese manjar si sabía que no iba a ver a nadie hasta que hubieran transcurrido unas horas.
Aún entre brumas, -que conforme avanzaba el día se tornaban menos espesas-, y a pesar de la llovizna que de forma paulatina se fue entremezclando con los tibios rayos del sol, la vista panorámica de la quebrada seguía siendo grandiosa. Allá abajo se podía contemplar, en un punto en el que el barranco se ensanchaba, un caserío blanco compuesto de dos casitas adosadas, un cobertizo y un cuarto de aperos de labranza. Todo ello en medio de campos arados que comenzaban a poblarse con los brotes de las distintas variedades de hortalizas sembradas. Un poco más allá, las ramas de los naranjos, que estaban dispuestos en rigurosa cuadrícula, parecían estar a punto de romperse, tan cargadas estaban de sus jugosos frutos.
El conjunto rezumaba una paz atemporal, convirtiéndose en el objeto de su primera captura fotográfica.
Para estar más en sintonía con el trabajo que se proponía realizar allí, solo se había traído un viejo celular sin conexión a internet, dejando en casa su ordenador portátil, que normalmente consideraba una prolongación de sí mismo. Necesitaba desconectar completamente. En este siglo lleno de compulsiones, tics, y adicciones, en lo que se refiere a la tecnología digital, quien más, quien menos, después de unas horas sin WhatsApp, sin Google o sin correo electrónico, empezará a dar señales de nerviosismo, a sentirse como si lo hubiesen abandonado en una isla desierta en medio del océano.
A ratos Moisés sintió el poderoso impulso de ir corriendo a la casa del sátiro para pedirle que le dejara usar su ordenador bajo cualquier pretexto; pero supo resistirse.
Se centró de lleno en la búsqueda de lugares mágicos que pintar, y nunca lo lamentó: luego, con el tiempo, se daría cuenta de que había sido un privilegiado, aunque solo fuera durante los días en los que vivió aquella experiencia.
Al entrar en la tienda de Corvo, oyó varias voces masculinas que se enzarzaban en una animosa discusión. En realidad, solo debía tratarse de un simulacro de discusión, porque, aunque en algunos momentos, por su tono amenazante, parecía que iban a llegar a las manos, Moisés sintió que solo era un entretenimiento, un pasatiempo para hombres, cómo el de echar un pulso a ver quién tumba primero al otro. De hecho, lo pudo comprobar al ver sus caras, cuando, ya en el interior del pequeño local, con su aspecto de urbanita desubicado provocó un silencio casi absoluto entre los presentes que en realidad solo disertaban sobre tal o cual jugador de fútbol, mientras se echaban unos rones, todos sentando cátedra y ninguno escuchando a nadie. Después de permanecer en ese embarazoso silencio durante un interminable minuto, aquellos paisanos empezaron a hablar, todos a la vez, primero en voz baja, y luego elevando poco a poco el volumen de sus voces hasta retomar la batalla campal de antes, como si ese tipo raro nunca hubiese asomado por allí.
En cualquier caso, le habían dado una excelente idea: para paliar el frio que aún sentía en todo el cuerpo, nada mejor que añadir una botella de ron a la lista de la compra.
Arrimando la mochila al hombro, se aprestó a irse con la compra a cuestas, no sin saludar a los asistentes, quienes, aunque pareciera que solo sabían hablar de fútbol, en el interín habían sido puestos al corriente por la tendera de que tan excéntrico personaje no era otro que el que le había comprado la cueva a Fausto, el sobrino de Mercedita. Esa información hizo que si antes lo veían como un marciano, ahora lo miraran como a un pobre lunático. Finalmente lo saludaron, pero con una expresión de profunda compasión en sus rostros, con la que parecían estar diciéndole: Pobre infeliz. En lugar de adquirir un piso en la ciudad, como haría cualquier persona con dos dedos de frente, tiras tus ahorros comprando ese antro inmundo, perdido entre los montes.
Después de disfrutar del sabroso y nutritivo almuerzo a base de acelgas cocinadas al vapor, dientes de ajo cortados en mitades y sofritos en aceite de oliva hasta quedar bien dorados, un buen chorro de jugo de limón, queso curado y pan de campo, se echó a dormir en el camastro. Afuera hacía frío, y la hierba estaba aún muy mojada como para echarse a dormir la siesta en ella, cosa que a él le gustaba mucho hacer cuando hacía calor.
Tras media hora justa de descanso, Moi continuó con su tarea. Esta vez decidió adentrarse en el bosque de laureles que se hallaba en la parte inferior de su terreno. Volvió a resguardarse en su gabardina, pues tras un breve intervalo de sol al mediodía, regresaron la bruma y la llovizna. Descendiendo por el estrecho sendero que recorría el bosque, alcanzó al fin el pequeño manantial que destilaba agua pura, casi oculto tras las hierbas, entre las que destacaban el acanto y el culantrillo de pozo, plantas propias de humedales y lugares sombríos.
Cada vez que regresaba a ese pequeño manantial, Moi tenía la fuerte impresión de hallarse en un santuario de la naturaleza. En la tarde silenciosa, en medio de una creciente bruma, allí solo se oía el gorgoteo del agua cristalina que brotaba de las profundidades de la tierra. Un gran número de lirios de agua se abrían a su alrededor, deslumbrantes en su inmaculada blancura.
