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Después de ser desmovilizado del Ejército, el joven Gao Aijun decide volver a su aldea en la sierra de Balou con una sola misión: hacer la revolución. En el camino de regreso, se encuentra con una joven sentada en las vías del tren, bajo el cálido sol del final de la tarde. En un instante, Aijun cae rendido ante Hongmei, que, como él, posee el mismo fervor revolucionario. Sin reparar en sus respectivas familias y con la ambición de hacer historia, Aijun y Hongmei se lanzan juntos a enarbolar la bandera roja de la China de Mao y se vuelven inseparables. Temen que en su aldea aún pervivan los antiguos principios feudales y contrarrevolucionarios, y pasan día y noche redactando panfletos, creando eslóganes y organizando las nuevas brigadas de producción del pueblo, mientras dan rienda suelta a su ardiente pasión. Convencidos de su conducta intachable, esperan que llegue el día en que el Partido reconozca sus grandes esfuerzos y se les conceda un cargo de autoridad. Pero las contradicciones de la realidad se impondrán y todo comenzará a desmoronarse. Yan Lianke vuelve a sorprendernos con su lenguaje rico en imágenes y sensaciones en esta indagación sobre el absurdo de la ideología y, también, sobre el lado oscuro del ser humano. «Yan Lianke nos habla de la falsa conciencia, de la forma en que -llegamos a participar conscientemente en un mundo ajenos a la realidad... Duro como el agua es una obra compleja y fascinante, una novela que obliga al lector a reflexionar sobre las discrepancias entre lo que se dice y lo que está realmente sucediendo... Yan Lianke nos desafía a mirarnos en el cristal turbio de la ambición y el autoengaño para que hallemos nuestro verdadero rostro». The Times
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Seitenzahl: 712
Veröffentlichungsjahr: 2024
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TÍTULO ORIGINAL: 坚硬如水(Jianying Ru Shui)
Publicado por
AUTOMÁTICA
Automática Editorial S.L.U.
Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid
www.automaticaeditorial.com
© Yan Lianke, 2001.
© de la traducción, Belén Cuadra Mora, 2024
© del prólogo, Belén Cuadra Mora, 2024
© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2024
© de la ilustración de cubierta, Andrea Espier 2024
Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.U.
ISBN digital: 978-84-10141-03-2
Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors
Composición: Automática Editorial
Corrección ortotipográfica y de estilo: Samara Ibarra / Automática Editorial
Edición digital: Álvaro López
Primera edición en Automática: mayo de 2024
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.
YAN LIANKE
TRADUCCIÓN DEL CHINO Y NOTAS DE BELÉN CUADRA MORA
ÍNDICE
PRÓLOGO
DURO COMO EL AGUA
CAPÍTULO UNO - UN ENCUENTRO FORTUITO CON LA REVOLUCIÓN
CAPÍTULO DOS - PRIMEROS REGISTROS DE LA TORMENTA
CAPÍTULO TRES - DURO Y BLANDO
CAPÍTULO CUATRO - NUBES NEGRAS
CAPÍTULO CINCO - POLÍTICAS Y ESTRATEGIAS
CAPÍTULO SEIS - ROMANTICISMO REVOLUCIONARIO
CAPÍTULO SIETE - UNA NUEVA BATALLA
CAPÍTULO OCHO - DERROTA Y CELEBRACIÓN
CAPÍTULO NUEVE - LA NUEVA REVOLUCIÓN
CAPÍTULO DIEZ - LA GRAN VICTORIA
CAPÍTULO ONCE - VIRAN REPENTINAMENTE EL VIENTO Y LA LLUVIA
CAPÍTULO DOCE - EL TRIUNFAL REGRESO
CAPÍTULO TRECE - EPÍLOGO
PRÓLOGO
LA PALABRA COMO LANZA
AL SERVICIO DE LA REVOLUCIÓN
La década de los sesenta del siglo pasado se inició en China con un Mao en horas bajas. Dentro del país, las sucesivas campañas de represión, el estrepitoso fracaso del Gran Salto Adelante y la atroz hambruna que vino después —que se cobró decenas de millones de vidas y a la que la historiografía china se refiere eufemísticamente como «los tres años trágicos» o incluso «los tres años difíciles»— proyectaron una sombra aciaga sobre la utopía socialista que había inspirado, en octubre de 1949, la proclamación de la República Popular. Fuera de las fronteras chinas, la ruptura con la U.R.S.S., las políticas reformistas impulsadas por Nikita Jrushchov o la Guerra de Vietnam dibujaban un escenario hostil y de inseguridad para Pekín, que Mao aprovechó para recalcar la amenaza que las fuerzas reaccionarias internacionales representaban para China.
Con la Guerra Fría como telón de fondo y bajo el hostigamiento de acuciantes problemas tanto dentro como fuera del país, Mao decidió movilizar primero a los estudiantes y luego al resto de la sociedad para combatir el revisionismo y a sus oponentes en el seno del Partido Comunista, poniendo en marcha, una vez más, los mecanismos de revolución continua que caracterizaron sus años en el poder. De este modo nació la Gran Revolución Cultural Proletaria, iniciada en mayo de 1966. La historiografía fecha el final de esta campaña una década más tarde, en 1976, con la muerte de Mao y la detención de la Banda de los Cuatro. Los años más oscuros, no obstante, serían los comprendidos entre 1966 y 1968, coincidentes con el lanzamiento de la campaña. Para comienzos de la década de los setenta, la situación se había reconducido en gran parte y en una entrevista que Mao concedió en diciembre de 1970 al periodista estadounidense Edgar Snow, y que vería la luz en abril del año siguiente en la revista Life, bajo los auspicios de un inminente deshielo en las relaciones sino-estadounidenses, el propio líder chino reconocía excesos en el culto a su personalidad, pese a incidir en la necesidad de incitar a las masas para combatir la burocracia del Partido y exponer a los opositores del régimen.
La Revolución Cultural buscaba embestir contra las jerarquías del Partido Comunista y las élites de intelectuales y revolucionarios por su acomodo y supuestas tendencias burguesas. La espiral de violencia que desencadenó, no obstante, sacudió a toda la sociedad y generó ataques, incautaciones, destrucción de bienes patrimoniales, vejaciones y asesinatos que marcarían el tono de unos años lúgubres y funestos, en los que los hijos eran alentados a denunciar a sus padres, las universidades se vieron obligadas a cerrar sus puertas, el orden social saltó por los aires y la cultura de la violencia, amparada por los alegatos de la lucha de clases, marcó la vida pública y privada de los chinos. La Revolución Cultural es recordada como un periodo de agitación, confusión y excesos —el propio Mao se referiría a sus años más oscuros como una guerra civil generalizada—, en el que intelectuales y escritores conformaron uno de los colectivos más duramente atacados. Como reacción natural, también la literatura acabaría convirtiéndose en uno de los vehículos destinados a canalizar las reflexiones, los recuerdos y las heridas de aquella época.
La nueva era que se abrió tras la muerte de Mao Zedong en 1976 y el inicio del proceso de reforma y apertura que Deng Xiaoping (1904-1997) impulsó poco después vinieron acompañados de una catarsis creativa que convulsionó todas las artes, incluidas, como no podía ser de otra forma, las letras. Inspirada, en parte, por la entrada masiva de literatura extranjera a través de la traducción y, en parte, por la recuperación de una tradición literaria propia y colosal que había sido dura e injustamente denostada, surgieron nuevas formas de narrar que buscaban distanciarse de los dogmas argumentales y expresivos del realismo socialista impuesto en décadas anteriores para explorar nuevos temas y lenguajes. En el conjunto de corrientes literarias que renovaron la creación literaria en China, y de las que surgieron nombres hoy consagrados, como Mo Yan, Bei Dao, Liu Zhenyun, Yu Hua, Su Tong o Can Xue, no faltaron las que se acercaron a esos años que subvirtieron el orden político y social y perturbaron las relaciones interpersonales. Este recuerdo de las atrocidades cometidas y sus traumas se manifestó en el movimiento de la llamada «literatura de las cicatrices», inaugurado con la publicación en 1978 de la novela Shanghen (literalmente, «Cicatriz»), de Lu Xinhua, aunque han sido muchos los autores que, al margen de este movimiento y aún en nuestros días, han propiciado reflexiones sobre la responsabilidad social o moral de los acontecimientos vividos.
Yan Lianke ambienta Duro como el agua en los años de la Revolución Cultural. La forma en que decide abordar esta década es, como veremos y podrá constatar el lector, sumamente singular. En primer lugar, por su disección de la tragedia con tintes de absurdidad y comedia. En segundo lugar, y lo que es más importante, por los recursos expresivos que arman esta novela. Yan Lianke es un reconocido maestro del lenguaje. Sus novelas experimentan con formas retóricas, estructuras y maneras de narrar que, en este caso, se han materializado en un texto original y único que entronca con la mejor tradición de la sátira y la invectiva.
LENGUAJE E INTERTEXTUALIDAD EN DURO COMO EL AGUA
Duro como el agua se publicó en China en el año 2001. En un principio, la obra fue bien recibida por la crítica; poco después de su aparición, sin embargo, tanto el Departamento de Propaganda del Partido Comunista de China (hoy Departamento de Comunicación) como la desaparecida Administración General de Prensa y Publicaciones recibirían denuncias que la tildaron de inmoral y contraria a los valores comunistas. Después de que los editores intervinieran ante sendos organismos para rebajar las tensiones, se prohibió cualquier promoción, aunque, a diferencia de lo que ocurriría más tarde con otras obras del autor, esta no llegó a retirarse de las librerías. Hoy en día, pasados más de veinte años desde su primera publicación en lengua china, se pueden adquirir reediciones en los portales chinos de venta de libros más habituales.
La que el lector tiene entre sus manos es la primera novela de Yan Lianke que comienza a discurrir por caminos cada vez más alejados de los convencionalismos del realismo; caminos que, más tarde, desembocarían en un estilo propio que el autor ha venido a denominar «realismo espiritual», interesado no en reflejar la realidad material, sino las verdades no visibles que subyacen a esta, pese a que en ocasiones puedan resultar chocantes y contrarias a toda lógica. En este sentido, Duro como el agua ha sido descrita como una novela de transición, iniciadora de una forma de narrar distintiva que el autor ha ido desarrollando a lo largo de toda su carrera.
En esta historia de desenfreno revolucionario y amoroso hallamos algunos de los elementos que atraviesan gran parte de las novelas del autor: la ambición desmedida, el intento desesperado por cambiar las propias circunstancias, la degradación moral, el examen crítico de unos acontecimientos históricos que marcaron profundamente a la sociedad china, el sacrificio, el escenario rural como exacerbación del drama y la miseria humana…, sazonados con una fina ironía y no exentos de socarronería. Sin embargo, más allá de esta concurrencia de tropos, motivos y fórmulas, que en último término nos remiten a un todo coherente, las novelas de Yan Lianke difieren entre sí de manera notable y fabulosa, como ya adelantábamos, en su uso específico del lenguaje, estructura y estilo, lo que hace de cada una de ellas un ejercicio magistral de creatividad.
El lenguaje, en tanto que manifestación cultural por excelencia, no es inmune a los cambios que operan en las sociedades. Al mismo tiempo que alteraba los paradigmas de interacción social, la Revolución Cultural ejerció una influencia palpable en el habla. El uso de un lenguaje profundamente politizado alcanzó a toda la población en un intento por introducir al conjunto de la sociedad en el discurso político, hasta un punto tal que los diez años que transcurrieron entre 1966 y 1976 constituyen para algunos autores el mayor experimento de ingeniería lingüística jamás llevado a cabo. El léxico y las fórmulas de la revolución penetraron en las actividades y conversaciones de la vida diaria china gracias al despliegue de una efectiva maquinaria propagandística que actuaba tanto en universidades como en los comités de barrio o las aldeas rurales, y que marcó las pautas discursivas desde El Diario del Pueblo hasta los carteles manuscritos de denuncia que aparecían colgados en los muros de un día para otro.
Uno de los medios de propagación ideológica y de las estructuras lingüísticas que la sustentaban y alentaban fue la producción artística. La puesta del arte al servicio de la agenda revolucionaria había sido uno de los postulados lanzados por Mao en el Foro de Yan’an, allá por 1942: «En nuestra lucha por la liberación del pueblo chino, existen varios frentes, entre ellos, el de la pluma y el del fusil». Estas palabras resonarían con especial eco durante la Revolución Cultural, cuando la expresión artística y, muy especialmente, la literatura y las artes escénicas fueron sometidas a un férreo control destinado a propiciar el advenimiento de una nueva literatura y, en última instancia, de una nueva cultura. Para simbolizarlo, en una de las fotografías más icónicas de aquellos años se puede ver a un ejército de Guardias Rojos armados con grandes plumas, como si de lanzas se tratara, bajo una gran pancarta en la que se lee, en caracteres chinos: «Enarbolando la gran bandera roja del pensamiento de Mao Zedong para crear una literatura y unas artes nuevas del proletariado».
Las conocidas como «óperas revolucionarias», o «dramas modelo», constituyen un ejemplo paradigmático de ese intento por desterrar lo viejo para dar paso a algo nuevo. Representan, asimismo, el frente en el que el ahínco por alumbrar una cultura nueva fue tal vez más palpable y efectivo. El género nació con la misión de renovar el repertorio de las óperas tradicionales y, de entre todas ellas, de la que había gozado de mayor popularidad y repercusión a lo largo del siglo anterior, la llamada «ópera de Pekín», considerada en los años que nos ocupan decadente y alejada de la nueva realidad política y social que vivía la China popular. Impulsadas por Jiang Qing (1914-1991), cuarta esposa de Mao, recordada por la historia como la representante por excelencia de la facción más radical de la Revolución Cultural, estas nuevas óperas narraban grandes gestas revolucionarias e incorporaban innovaciones escénicas y musicales, al tiempo que conservaban algunas de las características formales del género clásico en el que se inspiraban. El resultado fue una nueva forma de expresión artística, tan familiar como novedosa, que gozaría de una influencia descomunal. El limitado repertorio de piezas creadas bajo esta nueva etiqueta —hacia finales de la revolución cultural, el número de obras modelo reconocidas era de diecinueve, de las cuales once eran óperas— trascendió con creces los escenarios de los teatros. Las representaciones se llevaron a las fábricas y los campos de cultivo, se difundieron por altavoces y se adaptaron a muchos otros formatos (novelas, películas, libros infantiles…), que las convirtieron en prácticamente ubicuas. Simon Leys lo describiría en los siguientes términos:
En lo que a la ópera de Pekín en particular se refiere, cuyo prodigioso repertorio se ha visto reducido bajo la alta supervisión de Madame Mao a seis piezas «revolucionarias modelo» [...] se percibirá, por lo demás, muy pronto que el principal problema no es cómo encontrar una ocasión de asistir a ella, sino más bien de escapar de ella. En efecto, desde hace varios años en todos los escenarios del país entero no se muestra nada más que esas seis calamitosas piezas; para colmo se han grabado —son los únicos largometrajes que han salido de los estudios chinos desde hace ocho años; y la radio las difunde todos los días de la semana, doce meses al año— retransmitidas por unos altavoces plantados en los restaurantes, las estaciones, los trenes, los aviones e incluso en medio de los campos.[1]
El contexto histórico ocupa un lugar prominente en toda la obra de Yan Lianke. Es importante por temática y por cómo los grandes acontecimientos determinan la actuación y los designios de sus personajes, pero lo es también por cómo el autor decide abordar la historia y la realidad chinas a través de un prisma creativo y original que no busca en ningún momento ofrecer un relato historicista, mucho menos documental, sino expandir las posibilidades narrativas del género novelístico. Duro como el agua nos remite a los años de la Revolución Cultural, pero lo hace no mediante el relato personal, la narración realista de vivencias o la descripción de los acontecimientos que la definieron, también reflejados en la narración de manera tangencial, sino, por encima de todo, a través del lenguaje y los textos que marcaron y contribuyeron a definir esa época.
Todos los textos se construyen con retazos de otros textos. Estas relaciones, más o menos directas, se atisban en tramas, tropos, figuras o lenguajes, y conforman lo que ha venido a llamarse «intertextualidad», una característica de la palabra escrita en todas las lenguas y todos los tiempos. Yan Lianke ha aprovechado esta propiedad de los textos con fines expresivos en muchas otras de sus obras. Consideramos, no obstante, que la que sigue a continuación merece tal vez una especial atención en lo que a intertextualidad se refiere, pues esas ramificaciones que nos hacen transitar por un imaginario documental externo al propio texto desempeñan un papel especialmente destacado en los códigos argumentales y estilísticos de toda la novela.
La vocación intertextual de Duro como el agua está presente ya en el propio título de la novela, una contraposición de binomios inspirada en el Clásico del curso y la virtud (Dao De Jing), atribuido a Laozi, que en su capítulo LXXVIII, reza: «No hay bajo el cielo cosa más blanda y débil que el agua. Sin embargo, en su embate contra lo rígido y duro, nada la supera, es irremplazable».[2] Más allá del título, esta urdimbre de textos se va entretejiendo a lo largo de toda la obra. La confesión de Gao Aijun, protagonista de la historia que sigue, nos remite una y otra vez a la obra poética de Mao Zedong, a sus discursos y ensayos —popularizados en el mundo entero gracias al famoso Libro rojo—, a lemas ideológicos y a consignas políticas. Pero además de estas referencias, más obvias y reconocibles tal vez para el lector no chino, Duro como el agua bebe de las óperas revolucionarias. Los argumentos, personajes y motivos de muchas de estas óperas inspiran implícita o explícitamente la psique, el lenguaje y el comportamiento de los protagonistas de esta historia, del mismo modo que las novelas de caballería se infiltraron en el imaginario y desventuras de Alonso Quijano, en una suerte de sátira que parodia otros géneros con una vocación marcadamente transgresora y de gran originalidad que, en nuestra opinión, desmarca a Duro como el agua de gran parte de la narrativa china que, desde la década de los ochenta del siglo pasado, ha vuelto la mirada a aquella década luctuosa.
APUNTES SOBRE LA TRADUCCIÓN
Traducir es mucho más que reescribir en un código distinto. El texto literario nace en un contexto determinado (lingüístico, cultural, histórico…) y alude a realidades culturales propias del tiempo y del espacio en el que ha sido creado o inspirado. La trasposición de esos elementos, tan familiares en unas culturas y, sin embargo, tan ajenos en otras, hace de la traducción una tarea compleja en la que no caben los automatismos y en la que las decisiones han de ser conscientes porque, a menudo, arrastran resonancias que resignifican el texto en uno u otro sentido. Por ello, el peso cultural de las palabras ha sido una de las cuestiones relacionadas con la traducción que más reflexiones ha propiciado desde que el mundo es mundo, y desde que en él tuvieron que entenderse gentes de distinto signo. En el caso de la traducción literaria, a esta dificultad que podríamos considerar técnica se une otra de índole estética: la necesidad de ir un paso más allá de la mera traslación de significantes para lograr transmitir la prosodia y la retórica de un determinado original, una cualidad artística, en definitiva, que aspira a transformar el mensaje en deleite y emoción. «Al traducir —escribió Juan Ramón Jiménez—, lo que hay que conservar es el acento. Todo caerá en el acento como en una tromba».[3]
Uno de los principales desafíos de esta traducción ha sido la profusión de referencias a otros textos. Si el traslado de las muchas capas de sedimento cultural que acompañan a toda obra literaria no es tarea fácil, reflejar en una novela traducida el corpus que monopolizó y, al mismo tiempo, se convirtió en reflejo de un momento histórico determinado de la cultura de partida, con connotaciones socioculturales tan marcadas, lo es aún menos. Con el objetivo de reflejar el entramado intertextual de Duro como el agua, aportar una contextualización que consideramos indispensable para comprender la obra en fondo y forma, y sortear la ininteligibilidad a la que, tristemente, se verían abocados algunos pasajes, las referencias explícitas a otros textos aparecen resaltadas en nuestra traducción con letra cursiva, una intervención ortotipográfica sobre el texto que no figura en el original, cuyos lectores están más que familiarizados con las referencias en cuestión.
Del mismo modo, y como parte de este ejercicio de carmenadura, hemos intentado dilucidar y referenciar tantas alusiones como nos ha sido posible, respetando, en su caso, las traducciones a español previamente publicadas. Los varios pasajes de La linterna roja están tomados de la traducción de Inmaculada González Puy, editada en español por Edinexus (2005). Dada la imposibilidad de reproducir en la traducción el estudio preliminar de la edición original, se han adaptado mínimamente, para mayor claridad del texto, algunas de las acotaciones del último extracto citado (recogido en III. Epílogo). Los versos de Mao Zedong que se citan a lo largo de la novela proceden —salvo que se indique lo contrario— de las traducciones de Chou Chen Fu (Mao, Tse Tung [1974]. Poemas. Visor), y de Jesús Guanche y Yang Zhen ([2020] Una traducción refinada de poemas selectos de Mao Zedong. Universidad de Estudios Internacionales de Hebei). Las demás citas atribuidas a Mao, pertenecientes a sus ensayos y demás escritos de corte político, reproducen las traducciones de Ediciones en Lenguas Extranjeras que Marxist Internet Archive recoge en su repositorio en línea. El resto de citas que salpican la novela, a menos que se indique otra fuente, son traducciones propias.
Mención aparte merecen los fragmentos que, sin constituir referencias a otras obras, emulan el estilo de la lírica revolucionaria y que presentan una textura, un tono y una cadencia especiales que los diferencian del resto de la narración. En estos pasajes, ubicados estratégicamente en los momentos álgidos de la historia, como el lector sabrá sin duda identificar, hemos empleado estrategias más libres que pretenden poner de relieve el ritmo o la musicalidad de las palabras, ese acento juanramoniano, si se quiere, que apela a la función expresiva del texto.
Belén Cuadra MoraMarzo de 2024
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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González Puy, Inmaculada. (2005). Introducción. En La linterna roja. Málaga: Edinexus.
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MacFarquhar, R., y Schoenhals, M. (2009). La revolución cultural china. Crítica.
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Venuti, L. (2009). Translation, Intertextuality, Interpretation. Romance Studies 7(3), pp. 157-73.
[1]Leys (2020), p. 62.
[2]Lao Zi (1998), p. 185.
[3]Jiménez (1990), p. 430.
YAN LIANKE
TRADUCCIÓN DEL CHINO Y NOTAS DE BELÉN CUADRA MORA
CAPÍTULO UNOUN ENCUENTRO FORTUITO CON LA REVOLUCIÓN
I. EN NOMBRE DE LA REVOLUCIÓN
Cuando muera y descanse, repasaré mi vida: mis palabras, mis actos, mi postura al andar y la revelación de aquel amor que acabó como mierda de perro y heces de gallina. Entonces habré llegado a mi lugar de descanso, un espacio amable, perfecto para pensar. Mis cavilaciones se volverán livianas y bellas como el polen de los sauces al vuelo; resplandecientes como flores de melocotonero. Ahora, sin embargo, los cañones de los fusiles que nos ejecutarán a Hongmei y a mí apuntan a nuestras nucas en nombre de la revolución. La muerte asfixia mis pensamientos. Lo único que puedo hacer es armarme de valor, dirigirme al campo de ejecución y recibir las balas; cruzar con la moral alta, riéndome de la vida y de la muerte, ese puente que separa la luz de la oscuridad. Antes de partir bebo el vino que me tiende madre. Mi cuerpo rebosa coraje y fortaleza. Hatoyama me tiende una invitación para «estrechar nuestra amistad». Mil copas, diez mil copas de vino estoy dispuesto a aceptar.[4] Así ha de ser la revolución. Entregar la vida, luchar a diestro y siniestro hasta que le rompan a uno los huesos, derramar la sangre caliente y aceptar de buena gana que le hagan a uno el cuerpo picadillo. Dentro de tres días, una semana tal vez, Hongmei y yo estaremos en el campo de ejecución de la aldea, a los pies del monte, en la ribera del río, esposados y arrodillados frente a una zanja para dirigirnos juntos a ese lugar de descanso. El tiempo que nos queda es tan escaso como las últimas gotas de las cantimploras en Shangangling,[5] partículas cristalinas y preciadas. La antorcha de mi vida se extingue. La misma que en otros tiempos incendió montañas, ríos y campos, arroyos y barrancos. La misma que calcinó vientos y bosques, aguas y mujeres, animales y rocas, hierbas y pasos, cosechas y hombres, estaciones y calles, vientres, cabellos, labios, ojos y ropajes femeninos. Las aguas primaverales del río discurren hacia el oeste; vientos del Este y del Oeste se enfrentan furiosos.[6] Madre, ¡oh!, madre, orienta hacia el este la tumba de tu hijo muerto para que pueda divisar su pueblo, para que pueda contemplar Chenggang.
II. LA DOLOROSA HISTORIA DE UNA FAMILIA REVOLUCIONARIA
Permitidme que comience narrando, lleno de dolor, la historia de una familia de revolucionarios…
El último mes de 1942, tras una noche recorrida por los ladridos de los perros en la que los japoneses entraron a degüello y jactándose, quedaron en Chenggang, pueblo de la sierra de Balou, pocos hombres y muchas viudas. Aquella noche, entre un aire denso salpicado de sangre y huesos amontonados, murió mi padre y nací yo. Un japonés le atravesó el vientre con una bayoneta a la entrada del pueblo, cuando iba en busca de la partera. Las entrañas se le derramaron en cascada, la bayoneta caliente del diablo nipón se le quedó enredada en las tripas y su sangre, de un rojo intenso, permeó en tierra patria, prendiendo la mecha del odio de todo un pueblo…
¡Camaradas!, ¡queridos camaradas! Todos hemos sido revolucionarios rojos. Hemos resistido en las trincheras de la lucha de clases. ¿Podéis hacer el favor de no interrumpirme? Como gran miembro del Partido Comunista de China, os ruego que no me cortéis y me dejéis narrar mi dolorosa historia familiar.
Me habéis pedido que hable y no puedo hacerlo de otro modo. Así ha de ser. Solo de esta forma podré remontarme al principio de todo este lío… El dragón alumbra dragones. Soy una astilla del palo de la revolución. El fénix alumbra fénix. Mis orígenes son intachables, como es natural. Desde niño me he dedicado a la revolución sin escatimar fuerzas. Nací en el seno de la vieja sociedad, pero he crecido bajo la bandera roja y me he criado a fuerza de sol, lluvia y rocío. En 1964, a los veintidós años, seguí el camino de los mártires y me uní al Ejército. Ingresé en la unidad de ingenieros. Excavábamos cuevas, horadábamos montañas y nos adentrábamos en barrancos. Construimos ferrocarriles a la intemperie, desafiamos con ambición cielo y tierra y, tenaces, transformamos el paisaje. Con el Ejército recorrí tres provincias y nueve condados en tres años, obtuve la condecoración de tercer grado en cuatro ocasiones, la mención honoraria en cinco y el premio del batallón en seis. Los honores atestaban mi expediente y lo hacían brillar de tal forma que sobre él no se proyectaba la más mínima sombra. El Ejército de Liberación fue mi universidad. El batallón y la compañía me formaron como mando en ciernes. De haber ascendido, hoy sería comandante o subcomandante de batallón y no habría permitido que colgarais carteles por todo Chenggang acusándonos y condenándonos a Hongmei y a mí. Sé que el anuncio de nuestra ejecución revolotea de un blanco níveo, como dinero de ofrenda,[7] restallando al viento en las calles, los muros y los árboles, en el pozo, en el molino y en cada esquina por la que pasen los vecinos de Chenggang, tan rojo como Yan’an.[8]
¡Cielos!, ¡oh, cielos! ¡Menuda broma esta! ¡Tierra!, ¡oh, tierra! ¡Una broma colosal, más grande que todo el cielo y toda la tierra!
Jamás creí que el sol pudiera salir así, de golpe, por el oeste.
De haberlo imaginado, me habría quedado en el Ejército de todas todas. En un principio, la unidad 80911 también quería que me quedara. En el gran año de 1967, nuestra unidad reunía un aluvión de gente unida por un mismo objetivo y con un solo corazón. Sin embargo, mientras trabajábamos para hacer realidad el comunismo y edificar la solidaridad del futuro, nos dispersaron de pronto. Algunos fuimos enviados a la 80911, pero yo solicité que me desmovilizaran. El comandante me dijo: «Gao Aijun, si continúas en la unidad 80911, podrás hacer carrera». Le contesté que prefería regresar a casa y hacer allí la revolución. Que ya había sido soldado el tiempo suficiente, que llevaba cuatro años seguidos perforando barrancos, dinamitando montañas, construyendo ferrocarriles de esta a aquella provincia y relevando a marchas forzadas a otras guarniciones. En cierta ocasión, durante la construcción de una gran línea ferroviaria para la defensa nacional, estuve perforando un barranco durante un año y ocho meses. Un año y ocho meses durante los que no me crucé con un solo civil. Un año y ocho meses en los que no pisé una aldea ni un mercado y en los que no olí a una mujer. Cuando la unidad emergió de aquel barranco, se cruzó con una procesión nupcial. La compañía entera, tanto mandos como soldados, detuvo el paso en seco, ¡zas! Los ojos de todos centelleaban. La novia resplandecía a mil li[9] a la redonda, iluminando con su luz el universo entero. El aroma rosado de su cuerpo derribó a los soldados como si de veneno se tratara. Al llegar a nuestro destino, el comandante y el resto de los mandos nos ordenaron inspeccionar el espíritu y depurar el pensamiento para hacer la revolución. Después de medio mes de reajuste mental y espiritual, nuestros corazones se volvieron tan blancos como pliegos de papel sobre los que estampar la más nueva y bella imagen. Fue entonces, con el corazón como un lienzo en blanco, cuando pedí que me licenciaran. Estaba harto del Ejército. Quería volver a casa y hacer la revolución. Lo más importante en esta vida es la honestidad. Y, siendo honesto, extrañaba a mi mujer. No congeniábamos en absoluto, pero aun así la echaba de menos. Huelga decir que toda esta tragicomedia ha sido fruto de la particular vida revolucionaria del Ejército…
Mi mujer se llamaba Cheng Guizhi[10] y, pese a su mentalidad feudal y tradicional, no dejaba de ser una mujer, con su cuerpo y su cara de mujer, y su buen color, rubicundo como las tapas de un viejo libro de citas del presidente Mao. De estatura media y hechuras rollizas, el culo le brincaba al caminar y casi se diría que las carnes abultadas estaban pidiendo liberarse del resto del cuerpo para darse la vuelta y ver el azul del cielo. Cualquiera que conociera entonces Chenggang sabía de mi mujer. Su padre fue el primer secretario del Partido de Chenggang después de la Liberación.[11] Por eso me casé con su hija. Antes de ingresar en el Ejército, me dio un hijo. Un año después de alistarme, se presentó en mitad de las montañas, en algún punto de la frontera entre Henan y Hubei, para hacerme una visita. Por aquella época, nuestra unidad estaba excavando túneles junto a la cumbre Número Dos (cavad túneles, acumulad grano y nunca busquéis la hegemonía),[12] preparándose para combatir al enemigo en caso de guerra. Un día, estaba yo retirando escombros en el interior del túnel cuando un soldado novato gritó hacia mí, sacudiendo el pico en el aire: «¡Gao Aijun, ahí fuera hay una mujer grande como una tinaja que pregunta por ti!». Le solté una patada y le contesté: «Hay que trabajar unidos, permanecer alerta, ser serios y vivaces»,[13] a lo que él replicó: «Como amigos entrañables, nos sentimos uno al lado del otro, aun en distintos extremos del mundo...[14] Dice que eres su marido».
Me sobresalté y salí del túnel como un vendaval.
La mujer que esperaba fuera era, en efecto, la mía: Cheng Guizhi.
Pasamos la noche en el albergue de la compañía, una casucha del tamaño de la mitad de esta sala. Los muros estaban construidos con ladrillos apilados hasta el alto de una persona y el tejado lo formaban lonas militares que protegían del raso. Había un retrato del presidente Mao colgado en la pared y varios de sus libros sobre la mesa. La cama estaba debajo del retrato. Mao vigilaba así a todos los hijos y familiares de los soldados de la unidad que venían de visita. Guizhi no llevó con ella a nuestro hijo mayor, Hongsheng.[15] Se presentó sola, unos días antes del Día Nacional, fecha clave de nuestra misión.
—Estamos hasta arriba de trabajo. ¿A qué has venido? —le dije.
—El trigo está segado y la siembra de otoño lista. No hay trabajo en el campo, así que, o venía ahora, o no tendría tiempo de hacerlo más tarde —contestó ella.
—La obra de ingeniería para la defensa en tiempos de guerra atraviesa por un momento decisivo —dije yo.
—Hongsheng ha cumplido dos años, ya corretea de acá para allá —añadió ella.
—Me estás dejando en evidencia con tu visita. Mírate.
Bajó la cabeza y contempló la chaqueta cruzada, de paño azul grueso, que ella misma había confeccionado. En silencio, se desabrochó los botones que había forrado:
—¿No van así todos los labriegos? Hongsheng pasa ya de los dos años. Es el momento de quedarme embarazada otra vez. Quiero una hija, así que me he montado primero en un tren y luego en un autobús, y aquí estoy.
Me contó que el viaje había sido muy duro, que se había equivocado de autobús y había tenido que pasar la noche tirada en el suelo de una estación. Que si al final había logrado llegar, había sido gracias a que tenía una boca debajo de la nariz y que, de no querer una hermana para su hijo, no habría ido hasta allí ni muerta ni me habría dado el gusto de decirle que su visita me dejaba en evidencia. Me dijo: «¿Qué pasa?, ¿es que te parezco fea? Entonces, ¿por qué me pediste matrimonio y te casaste conmigo? ¿Por qué me dejaste preñada de Hongsheng si no te gusto?». Y así, mientras decía todo aquello, acabó de desnudarse y se sentó en el borde de la cama. La bombilla de cuarenta y cinco vatios lucía dorada y su gordura despedía un brillo magenta. Un olor a carne de mujer flotaba en el cuarto como niebla rosácea. Me apeteció explayarme un rato contemplando su cuerpo desnudo. Llevaba en el ejército dos años, los mismos que, en un abrir y cerrar de ojos, había cumplido mi hijo, y la imagen de su cuerpo después de la boda se había desdibujado hasta caer en el olvido más absoluto. La miré fijamente. Ella se limitó a permanecer sentada en el borde de la cama. A continuación, retiró el edredón y se coló dentro. En el momento en que se metió en la cama, la sangre me comenzó a arder y la garganta se me secó como leña que llevara tres años puesta al sol. Nunca me había fijado en la enormidad de sus pechos, blancos y suaves como dos ovejitas. Cuando levantó el edredón y se tumbó, aquellos pechos comenzaron a dar saltitos entre los brazos, lanzando destellos ardientes y rojos, justo antes de desaparecer debajo del edredón. Recordé cuando, de niño, había trabajado como pastor y de cómo saltaban las ovejitas entre la alta hierba, asomando la cabeza y ocultándose entre el pasto un momento después. Me pareció que tenía los pechos mucho más grandes. Cuando nació Hongsheng, no le bajaba la leche, así que tuve que ir al río a cogerle unos peces.[16] Me dijo: «Aijun, ve al río y péscame unos cuantos pescados», y al río que fui, con el frío que hacía. ¿Cómo tenía entonces los pechos? Como bollos al vapor amasados con harina molida a la piedra que, aunque blancos, encierran entre la blancura motas más oscuras. ¿Cómo habían podido crecer tanto? ¿Cómo es que se habían vuelto más blancos y parecían pequeñas ovejas?
—Guizhi, ¿mama todavía Hongsheng?
Se volvió hacia mí:
—No puede pasar sin mamar ni aunque me unte los pezones con guindillas.
Me hice una idea del motivo por el que habían adquirido ese tamaño y ese aspecto tan atractivo, como cabezas de ovejas.
—Entonces, ¿quieres quedarte embarazada otra vez? —pregunté.
—¿Crees que de lo contrario habría recorrido cientos de li para llegar hasta aquí?
Comencé a desvestirme. La chaqueta del uniforme se puede desabrochar con un tirón desde abajo que hace que se abran de golpe cinco botones, casi como si se tratara de una cremallera. Esta fue una de las cosas que me enseñaron durante la instrucción que recibí como novato. Así, en caso de tener que repeler un ataque repentino del imperialismo estadounidense o del revisionismo soviético, uno podía actuar con rapidez, acostarse y levantarse en un momento. Me desnudé a toda velocidad y me colé en el edredón como el rayo. Guizhi se sentó de nuevo para apagar la luz. Mientras lo hacía las cabezas de las ovejitas volvieron a asomar entre el pasto. Mis manos se extendieron, buscando atraparlas.
No me di prisa en hacer lo que vino después. Era su marido y ella mi mujer. Nuestro certificado de matrimonio, con sus tapas de un rojo intenso y brillante, nos protegía para traer hijos al mundo y divertirnos como nos apeteciera. Pero llevaba dos años sin tocar a una mujer y casi se me había olvidado cómo era un cuerpo femenino. Necesitaba ir palpándola poco a poco, de arriba a abajo: el pelo, la cara, los hombros llenos de durezas de cargar la vara, los senos, repentinamente repletos y rollizos, y el amplio vientre, blando y suave. Al principio se quedó quieta, permitiendo que la acariciara y la besara de la cabeza a los pies. Sin embargo, cuando mi boca y mis manos llegaron a la mitad inferior de su cuerpo, explotó de pronto, lanzando un clamor que conmocionó al cielo y sacudió la tierra y, como si de pronto hubiera reparado en que el hombre que tenía encima no era su marido, se zafó de mí y encendió la luz.
El empujón me dejó sentado en mitad de la cama, con el edredón medio caído por el suelo.
Y entonces dijo:
—Gao Aijun, eres soldado del Ejército de Liberación, un referente para la nación entera. ¿Cómo has podido convertirte en un indecente en estos dos años que llevo sin verte?
La miré alelado.
Y añadió:
—¿Cómo se te ocurre ponerte a hacer esas cosas para engendrar un hijo? ¿Cómo es que te paras a toquetearme como un obsceno? Con la cabeza y la cara me he contenido, pero luego has seguido más abajo y… Dime, ¿eres un canalla o un soldado del Ejército de Liberación?
La luz del cuarto hacía que pareciera de día. Guizhi permanecía de pie junto a la cama, con el rostro cetrino como una col y un aire de humillación que inundaba el cuarto. La miré y me entraron ganas de saltar de la cama y darle una patada en esos pechos saltarines, de golpear su vientre orondo y blando. Pero no lo hice. Me limité a contemplarla fijamente durante un lapso tan largo que parecieron transcurrir lunas y años. Algo me oprimía la garganta con tanta fuerza que quise escupir la lengua.
Había refrescado. Estábamos en el noveno mes, pero las noches de verano en mitad de las montañas podían hacer que uno despertara helado del sueño. Los compañeros de la unidad de ingeniería dormían en un barracón, a poco más de diez metros de distancia. Los pasos del soldado que hacía la ronda resonaban como remos sacudiendo la superficie de un río. Oí el cambio de guardia. «¿Contraseña?», preguntó uno. «Abajo con el imperialismo americano», contestó otro. El primero dejó escapar un suspiro: «En defensa de la madre patria». Se produjo el relevo. El ruido de pasos se alejó hasta desaparecer, la noche volvió a sumirse en el silencio y allí seguía yo, mirando de hito en hito a mi mujer. Creo que aquel debió de ser el instante en el que mi cabeza alumbró la idea de que, si tuviera la ocasión, la mataría. No era más que un pensamiento borroso, enmarañado. Sencillamente sospecho que comenzó a gestarse entonces. A decir verdad, soy un revolucionario humanista. En el largo tiempo que vino después, no volví a abrigar esa pérfida intención. La observé hasta que me cansé, hasta que ya no pude más. Luego ella me atravesó con la mirada hasta que se hartó. Recogí por fin el edredón del suelo y le dije desabrido: «Acuéstate, Guizhi. Mañana te llevo de regreso a Chenggang».
Pese a que llevábamos dos años sin vernos, aquella noche no le rocé ni un pie. Pero al día siguiente, maldita sea, no la llevé de vuelta. La segunda noche accedí a sus deseos. Ella quería quedarse embarazada y yo obré tal y como me pedía. La dejé preñada de nuestra hija Honghua. Y bueno, llegados a este punto, seguro que os habéis percatado del talante de nuestra familia. Yo me llamo Aijun, que quiere decir «Amor al Ejército»; el mayor se llama Hongsheng, que significa «Nacido Rojo»; y la pequeña, Honghua, «Flor Roja». En suma, una familia revolucionaria. ¡Y vaya si somos una familia revolucionaria y roja! Nuestro estatus político brilla con tanta fuerza que deslumbraría a muchos hasta cegarlos. El abuelo de mis hijos murió acuchillado por un diablo japonés. Su padre ha sido soldado del Ejército Popular de Liberación. Han nacido y han crecido bajo el signo de la bandera roja, destinados en un principio a ser dignos sucesores de los más brillantes revolucionarios, de no haber sido porque el destino quiso que su padre conociera a Xia Hongmei. El amor y la revolución acabaron con sus perspectivas y con la vida de su madre, del mismo modo que un japonés le cortó a mi padre la cabeza y la colgó a las puertas de Chenggang.
III. LA MÚSICA DE LA REVOLUCIÓN
En el andén de la estación del condado de Baiyun, con su edificio de dos plantas, solo se detiene, durante apenas un minuto, un único tren al día. Sus dos vías, sin embargo, se extienden a lo lejos sin descanso ni interrupción, en uno y otro sentido. Debido a algún motivo político, nuestra división fue disuelta al completo y reestructurada temporalmente, y a mí me desmovilizaron por anticipado en abril de ese mismo año. Chenggang se sitúa a setenta y nueve li de la capital del condado. Cuando bajé del tren, el sol caía ya por el oeste y no me quedó más remedio que hacer noche en la capital para, al día siguiente, ir a tramitar mi licencia ante la Comandancia de las Fuerzas Armadas Populares. El ambiente político estaba agitado, los ánimos caldeados y en mi querida vida se presentó de pronto una nueva aldea de sauces frondosos y espléndidas flores.[17] Me alumbró la luz de un gran amor. Decidme, ¿no es esto cosa del destino? ¿No es uno de esos cruces de caminos en los que, dicen, la revolución sacude la vida de los hombres?
Me alojé en la pensión de la comandancia: dos yuanes y veinte céntimos por una habitación individual; cincuenta y cinco céntimos por una habitación con cuatro camas. Cuando estalla la revolución, los precios se ponen por las nubes. Es una ley histórica. Sin embargo, como yo iba a licenciarme, se me permitía alojarme gratis. Fui al comedor comunal de la calle y por cuarenta y cinco céntimos me llené bien el estómago con un cuenco de sopa de tripas de oveja, que no había probado en todo el tiempo que había permanecido fuera de casa, otro de consomé de ternera y dos tortas a la brasa. Tras esto, como el sol todavía no se había ocultado y no tenía nada más que hacer, me dediqué a dar vueltas, ocioso, por la capital del condado. En aquellos días la capital del condado había perdido el esplendor que había tenido antes de que me alistara. Los rayos del sol de poniente caían oblicuos, las tiendas estaban cerrando sus puertas y un zumbido recorría las calles sin cesar. El ambiente alrededor de las ocasionales fábricas, como la de cuerda, la de corcho y aquella otra que se había dedicado en exclusiva a confeccionar guantes para los operarios de las factorías de la ciudad, lucía deprimido y apenas se veía gente. Después de que se interrumpiera la producción, las fábricas se habían quedado paralizadas, como una mujer muerta en un mal parto, con el patio lleno de troncos y hierros oxidados. Pese a todo, la capital del condado seguía siendo la capital del condado, las aceras aún eran anchas, las calles estaban asfaltadas y los ancianos cargaban sus cestos de verduras en el tranquilo camino de vuelta a casa. Si algo había cambiado eran los carteles con grandes caracteres[18] que se superponían, inundando ambos lados de la calle, plagados de nombres escritos en rojo y tachados. Nada de aquello era nuevo, pero venía a significar que la revolución ya levantaba tempestades en la capital del condado. Multitud de jóvenes con brazalete, de una edad similar a la mía o tal vez algo más jóvenes, pasaban apresurados a mi lado, como si se dirigieran a alguna asamblea. Sentí envidia por no vivir en la ciudad y también pena, por no ser uno de ellos. Pensé en lo bien que estaría ser su líder, en lo magnifico que sería que aquellos pasos acelerados los condujeran ante mí, para que yo les hablara de los principios de la revolución. Los veía adelantarme uno tras otro y posar en mí la mirada un instante. Sabía que ansiaban un uniforme militar color verde como el mío y temí que alguno de ellos se me echara encima y me lo quitara, o que me arrebataran la gorra, por lo que decidí no permanecer más tiempo en la calle y, tranquilamente, me dirigí a las afueras.
Anduve siguiendo las vías del tren como quien transita por un poema revolucionario. El paisaje era extraordinario. El cielo estaba alto, las nubes dispersas. No se veían las ocas del sur.[19] El sol caía por el oeste y los bueyes se inclinaban sobre los abrevaderos. Un anciano conducía sus ovejas alejándose de las vías, recorriendo los vastos trigales en dirección a una aldea. Los balidos de las ovejas rezagadas sonaban en mis oídos como canciones. La ciudad quedaba cada vez más lejos y el ocaso cada vez más cerca. Los rayos rojizos del sol caían relucientes sobre los raíles y se oía un leve crepitar, como de agua adentrándose en un suelo arenoso y seco. Seguí avanzando por las vías hasta que llegué a un campo silencioso. Cuando el ruido del silencio aumentó, detuve el paso.
Vi a alguien en las vías. La tez le brillaba como el crepúsculo y la melena negra le caía sobre la blusa rosa. A lo lejos, entre las ondulaciones de las montañas, bosques y cultivos alternaban trechos de verde claro y negro. Desde los campos al pie de la sierra me llegaban aromas a tierra fresca, hierba y brotes de trigo. Al principio solo vi que había alguien; más tarde distinguí la melena y la blusa. Cuando me percaté de que se trataba de una mujer, dudé un instante antes de acercarme. El presidente Mao dice que las mujeres sostienen la mitad del cielo. Ahora sé que ella estaba allí sentada esperando a que me presentara yo, su otra mitad de cielo; que había estado aguardando mi llegada largo tiempo. Fui hacia ella. Cuando se giró, su rostro me alarmó. Tenía el rictus de tristeza de las mujeres entradas en años a las que nadie presta atención. Parecía haber sido bella hasta hacía dos días, como una fruta madura que ha perdido el lustre después de haber sido arrancada y manoseada. Una pátina amarillenta de cansancio le cubría la piel. Se notaba que venía de la ciudad, o acaso del extrarradio, porque la blusa rosa era de poliéster y en aquellos tiempos la gente apenas vestía poliéster fuera de las ciudades. Me quedé frente a ella, a solo unos pasos de distancia: la miré y ella a mí.
Contemplaba mi uniforme nuevo.
Yo me fijé en que llevaba unos pantalones militares de imitación.
—Los camaradas del Ejército de Liberación son un ejemplo del que aprender —dijo.
—El Ejército de Liberación aprende del pueblo. Me han licenciado. Solo me queda tramitarlo —contesté.
—Si no lo has tramitado, todavía formas parte del Ejército.
Su admiración y respeto me cogieron por sorpresa. No esperaba que me tomara por un ejemplo para todo el pueblo. Me senté en las vías, frente a ella. Cara a cara, como hacía el comandante cuando venía a hablar de algo serio con nosotros. Le dije que los enemigos conocidos quizás habían sido eliminados, pero no así los desconocidos, y le pregunté si no le daba miedo estar allí sola. Contestó que el cielo y la tierra pertenecían al pueblo y no había nada que temer, que lo único a lo que había que tener miedo era a una incursión de los capitalistas estadounidenses o de los revisionistas soviéticos. Le dije que a esos tampoco había que temerlos, porque, comparados con el Ejército Popular de Liberación, no eran más que tigres de papel.[20] Entonces esperé a que me preguntara cómo me llamaba, de dónde venía, en qué unidad servía, para preguntarle yo, a continuación, su nombre y lugar de trabajo. Sin embargo, se limitó a observarme detenidamente. Lo que me dijo después hizo que el corazón me diera un vuelco y la ropa me quemara:
—¿Me puedes dar un uniforme militar? No espero que me lo regales sin más. A cambio, te puedo dar cinco yuanes y cupones para cuatro pies de paño.
Enrojecí avergonzado y mascullé:
—Compañera de clase, lo lamento de veras, después de licenciarme solo me quedarán dos uniformes. Así es para todos los licenciados. Uno debo llevarlo puesto. Antes de alistarme prometí que regalaría el otro al comandante del batallón de milicianos.
Esbozó una gran sonrisa y contestó:
—Hacer la revolución no es ofrecer un banquete.[21] Si no tienes, no te preocupes. ¿Quién iba a dar algo tan preciado a una completa desconocida?
Me sentí profundamente avergonzado, como si no dárselo fuera una ofensa contra el mismísimo presidente Mao y contra el Comité Central del Partido. Agaché la cabeza y observé la hierba que asomaba por las ranuras de las piedras, entre las traviesas. Eran almorejo y artemisa. Entre los dos flotaba un olor pastoso, mitad verde, mitad amarillo, y sonaba el tictac de la puesta de sol. A un costado, a lo lejos, descansaba borrosa la capital del condado. Igual de borrosa y lejana estaba la aldea de la falda de la montaña. En el mundo estábamos solo ella y yo, la hierba del campo y los cultivos, el aire y el silencio. El tiempo pasaba rodando entre nosotros y la historia dejaba sus huellas, grandes y redondas, sobre las traviesas. Me fijé en sus zapatos de paño de estilo extranjero, con pulsera y hebillas doradas de metal, que brillaban como las estrellas de la constelación del carro.
Montañas. Mares y ríos revueltos en olas ciclópeas. Diez mil caballos galopando impetuosos en el fragor de la batalla.[22] Por dentro forcejeaba y ardía como una hoguera; por fuera permanecía compuesto y sereno, como una balsa de agua. Contemplé sus pies sin inmutarme, hasta que ella preguntó: «¿Qué haces que me miras tanto los pies?». Los estiró hacia el frente, hizo unos movimientos con las puntas y arqueó el dedo gordo, ahuecando el paño del zapato. Mientras hablaba y se movía de esa forma, su bello rostro se sonrojó, como si un primer amor le hubiera cogido de la mano.
—No te miraba los pies —contesté—. ¿Te has fijado en que ninguna de las piedras sobre las que se asientan las vías es redonda?
—Me los estabas mirando. He visto que has tenido la mirada clavada en mis dedos un buen rato.
—¿Qué tienen de interesante tus pies?
Entonces, el mundo dio una sacudida y los espíritus se estremecieron. Para enfrentarse al cielo no hay que tenerle miedo al viento ni a la lluvia; para enfrentarse a la tierra no hay que temer los abismos; y para enfrentarse a los hombres no hay que temer lanzas sibilinas y susurrantes.
De pronto, se desabrochó los zapatos y se los quitó. Dos pies con diez uñas aparecieron de golpe. Oh, cielos… Oh, tierra… Llevaba las uñas pintadas de un rojo vivo que deslumbraba, como diez soles diminutos posados sobre cada dedo. Además, estaban cuidadosamente cortadas, redondeadas como medias lunas, suaves y bellas como los dedos rollizos de una niña. Me quedé atónito. Sabía que se las había teñido con hojas rojas de balsamina machacada. Sentí un olor intenso y rosado a mujer y, mezclado en ese aroma resplandeciente, tintes verdosos de hierba y rojizos de tierra. La gente suele decir que el cielo, pese a su grandeza, no es capaz de abarcar el amor, y que la tierra, pese a su abundancia, no puede contener el sentimiento. Sin embargo, no hay mayor sentimiento en el mundo que el sentimiento revolucionario. La amistad revolucionaria es más alta que las montañas y más honda que el mar. Ninguna cima ni ningún abismo se pueden comparar en grandeza y profundidad con el amor a primera vista entre dos revolucionarios. ¿Cómo se ha de ser en la vida? Se ha de ser honesto. Y, siendo honesto, un capullo floreció en mi corazón en aquel instante, abriéndose pétalo a pétalo, con tal estruendo que se diría que un coche me estaba pasando por encima del pecho. Me observó con los labios cerrados, como si quisiera ponerme a prueba y, de pronto, se reclinó sobre las vías y extendió de nuevo las piernas. Cielos, oh, cielos. Tierra, oh, tierra. El fulgor de aquellos diez soles volvió a inflamarme el corazón.
Se apoderó de mí una fuerza sobrehumana. Observé las marcas del zapato en sus lindos pies: el tono más oscuro, rojo tirando a magenta, de la parte que solía estar al aire; y la palidez, como si no le llegara la sangre, de la piel que quedaba cubierta. El blanco hacía que el rojo se viera más intenso y profundo, y el rojo hacía que el blanco pareciera aún más fino y tierno. Si aquellos eran sus pies, ¿cómo serían sus piernas, sus muslos, su cuerpo? Era imposible no imaginarlos todavía más blancos y suaves. Consciente y tentado, me recliné sobre los raíles y abrí las piernas estiradas, de modo que las suyas quedaran entre las mías, justo en mi regazo. No sé cómo sería la expresión de mi cara en aquel momento. Solo sentía el corazón desbocado y el río Amarillo bulléndome por las venas. Ningún enemigo me daba instrucciones ni me guiaba en las sombras. Mi mano temblorosa se alargó, tambaleándose en una larga marcha hacia sus pies. En aquel instante, grandioso y divino, cuando estaba a punto de rozar sus uñas rojas como la sangre, ella encogió las piernas de pronto. El aire se heló entre los dos y cielo y tierra comenzaron a dar vueltas, pero aquel frío tenso apenas duró un instante. La nieve se derritió entre ella y yo y brotaron la hierba y las flores, como bajo un sol de primavera. Tan solo encogió los pies ligeramente para, a continuación, con sonrisa tímida, volver a estirarlos lentamente, como flores que abren en las noches con luna. El aire frío de los interminables raíles nos caldeaba y el abatimiento infinito de las afueras de la ciudad nos animaba. La luz radiante del sol se extendía sobre los campos como una enorme sábana roja que lo cubriera todo. Un gorrión y una golondrina se detuvieron a piar a nuestro lado. Le levanté las piernas y las coloqué sobre las mías, cruzadas. Temblando, comencé a acariciarle las uñas rojas: el pie izquierdo y luego el derecho, desde el dedo pequeño hasta el gordo, sintiendo que sus dedos se estremecían sin poder ocultarlo entre los míos y que la sangre le corría acelerada. Le acaricié las uñas decenas, cientos de veces, palpando el tinte rojo, fino como una hoja de papel, hasta que la balsamina comenzó a desprender levemente su olor crudo. A ese olor vegetal le siguió otro más intenso, rosado, a piel de mujer, que me alcanzó como una lluvia de balas. Sus uñas y su olor me derribaron. El cielo se hundió y el suelo se abrió, girando a mi alrededor. Estaba tan feliz que me sentía mareado, los labios me temblaban y los dientes me castañeteaban. Le levanté los pies y comencé a besárselos enloquecido, del dedo pequeño al gordo y de estos al empeine, hasta que, mientras yo los besaba y besaba, se retiraron de pronto de entre mis manos.
Nuestras miradas se cruzaron como espadas en duelo.
Y, de pronto, oímos los altavoces de la ciudad. Sonaron primero un himno revolucionario y, a continuación, anuncios como alaridos salidos de una casa de locos que se propagaban en todas direcciones, lanzando consignas y canciones. De entre todos ellos, los megáfonos de la aldea más cercana proyectaban melodías sonoras y radiantes, nuevas y rojas, con letras brillantes que se hundían por entre los precipicios hasta las piedras de los estanques, y notas sedosas y luminosas que se deshacían en perlas y espuma de mar. La observé mientras ella escuchaba atenta aquella música cuyo nombre yo no era capaz de recordar. Reparé en su rostro emocionado y sonrosado, como si aquel ritmo parecido a un oleaje se hubiera introducido en sus venas y le hubiera encendido las mejillas. Paralizada por la música y los anuncios, apartó de mí la mirada y la fijó, dura, en la aldea que descansaba a mis espaldas y en el sonido confuso de los mensajes de los megáfonos. Su cara era un pañuelo húmedo de seda roja tendido en el aire helado de un día de invierno; tenía las manos detenidas, no sé desde cuándo, en la base del cuello, sobre el primer botón de la blusa, como si la incomodara y quisiera desabrocharlo y, al mismo tiempo, no lo hiciera por estar yo delante. Los dedos le temblaban como si palpara una plancha de hierro candente y ese tamborileo de la carne sobre los botones emitía un leve tintineo. Agucé el oído con el fin de reconocer la canción que sonaba con más fuerza. Creí distinguir, por el este, Que la revolución continúe hasta el final, de hierro negro y acero blanco; por el oeste, Abajo con el imperialismo estadounidense y el revisionismo soviético, potente; por el sur, Pekín tiene un sol de oro; y, por el norte, Tómate una taza de té de mantequilla, de un rojo verdoso y Denuncia a una sociedad vieja y corrupta, salada de sudor y lágrimas. Por encima de nuestras cabezas resonaba Cielo y tierra no superan en grandeza a la bondad del Partido, rezumando olor a tierra, y de debajo de nuestros pies se elevaba El cielo de las regiones liberadas es un cielo resplandeciente, saltarina, sonriente, flotando sedosa. Eran, todas ellas, melodías que conocía bien, que me sabía verso a verso. Las podía cantar de memoria y reconocerlas con solo oír una frase. Y, sin embargo, no logré dar con el nombre de aquella otra que resonaba en mi cabeza, en la nuca, la frente y las sienes, con más fuerza e insistencia, más enardecedora y emocionante que ninguna otra, que me hacía sentir desasosiego e inquietud y me aceleraba la sangre. Aquella canción la estremecía a ella igual que a mí. De hecho, la estremeció primero a ella y luego a mí. Ella me contagió su estremecimiento. Cuando fui a preguntarle por el título de aquella música, vi su mirada violácea fija en mis labios. No sé en qué momento se había desabrochado el primer botón. A continuación, sus manos temblorosas desabrocharon el segundo.
Así fue la cosa.
El cielo estaba alto, las nubes dispersas. No se veían las ocas del sur. El sol moribundo presentaba colores rojo sangre,[23] todo estaba cubierto de rojo. Los dos primeros botones se los desabrochó porque oyó la canción. Y los tres siguientes porque la oí yo. Con cinco botones desabrochados bajo la influencia de la música revolucionaria, la blusa rosada colgaba abierta como un telón a ambos costados y, entre ellos, sus dos pechos enhiestos, alegres como conejos animosos, enormes y blancos, en la cima de un monte y bajo los rayos del sol, me llamaban.
La tibia luz se condensó y el aire se detuvo. Cielos, oh, cielos; tierra, oh, tierra… Uno frente a otro, sin que ninguno dijera nada, se quitó la blusa, la dejó a un lado sobre los raíles y permaneció sentada como estaba, sobre un parche de hierba, con el torso desnudo y erguido como el de una diosa. Espera a que esté bien. Verás todos los baños a la luz del sol, presentando una vista encantadora. Para ver grandes héroes, mira a las gentes de hoy.[24]
