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Un corazón de hielo Cathy Williams Atrapada por una tormenta invernal... ¡Juntos por la consecuencia! Cuando una tormenta de nieve obliga a Alice Reynolds a refugiarse en el chalet de un desconocido, la gélida bienvenida de su salvador le sorprende. Está claro que Mateo Ricci no quiere compañía, pero el continuo roce llega a un punto insostenible. Y Alice no puede resistirse a abandonar sus conservadoras costumbres... La experiencia ha demostrado que los sentimientos siempre son dolorosos. Sin embargo, después de que Alice le siguiera la pista semanas más tarde, el frío magnate se siente tentado a a volver a caer en los cálidos abrazos de Alice, hasta que ella muestra su secreto: ¡va a tener un hijo suyo! La hermana de su amigo Dani Collins ¿Un millonario para las Navidades? ¿O para toda la vida? Para Konstantin Galanis, Eloise Martin siempre había sido terreno prohibido. Era demasiado joven, demasiado inocente y, por si eso fuera poco, la hermana de su mejor amigo. Pero, años después, se la encontró en Manhattan, disfrazada de elfa, y descubrió que, entre casarse con un hombre al que no quería y vivir en la pobreza, había elegido vivir en la pobreza. A partir de ese momento, el duro magnate se sintió obligado a ayudarla haciéndole su propia propuesta navideña. En cuanto a Eloise, el beso que se habían dado años atrás aún la turbaba. Aceptar su anillo de compromiso era un acto de desesperación, y cada minuto que estaba con él aumentaba su incontrolable deseo. ¿La habría salvado Konstantin del frío para condenarla a vivir abrasada por su pasión? De jefe a amante Michelle Smart Atrapada por la nieve con su jefe y su deseo prohibido. La secretaria Victoria Cusack estaba harta del exigente multimillonario Marcello Guardiola. Después de que él la hubiera llamado de madrugada para que fuera a su casa, ella decidió dejar el trabajo, pero se vio atrapada por una nevada. Aislada con el hombre que ya no era su jefe, no le resultó difícil olvidar que él era terreno prohibido. Para Marcello, la prioridad era su trabajo, sobre todo después de haber sufrido una terrible pérdida, y exigía lo mismo de Victoria. Como no estaba acostumbrado a que le dijeran que no, se juró que, gracias a su encanto, haría que ella volviera al trabajo. Pero la química abrasadora entre ambos los condujo a una situación muy distinta.
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Seitenzahl: 561
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
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28036 Madrid
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© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
E-pack Bianca, n.º 428 - diciembre 2025
I.S.B.N.: 979-13-7017-267-1
Índice
Créditos
La hermana de su amigo
Capítulo 1
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Un corazón de hielo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
De jefe a amante
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Créditos
Índice
La hermana de su amigo
Capítulo 1
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
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Un corazón de hielo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
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Epílogo
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Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Siete años atrás
La puerta se cerró tras su hermano, y Eloise Martin se quedó a solas con el enigmático Konstantin Galanis.
Su corazón de diecisiete años se aceleró. Ilias solo había ido a la esquina, a comprar ponche. Volvería en cinco minutos. Pero ella se había quedado a solas con un tigre, y sin más seguridad que la promesa de que no la iba a morder. Una promesa poco creíble, teniendo en cuenta que, por lo que había leído sobre el genio de las finanzas, se afilaba los colmillos con los huesos de sus enemigos.
A pesar de ello, no se podía decir que estuviera asustada o, por lo menos, no exactamente. Estaba entre intimidada y asombrada con él, porque Konstantin era un magnífico rey de la jungla.
El hombre que estaba ante ella llevaba unos vaqueros de color negro, a juego con sus botas, y un elegante jersey de color marfil, con coderas de ante y adornos del mismo material en los hombros. Tenía el pelo corto, rebeldemente revuelto, y, como era obvio que habían pasado bastantes horas desde la última vez que se había afeitado, la incipiente sombra de la barba enfatizaba su sombría boca y los hoyuelos de sus mejillas.
Eloise sabía que había sido una tonta por encapricharse con él. Mientras sus amigas perdían la cabeza con actores atractivos o estrellas de la música, ella se dedicaba a recortar fotografías de Konstantin de las revistas.
¿Cómo había podido ser tan inmadura?
Fuera como fuera, Konstantin no le estaba haciendo ningún caso. Ni siquiera la miraba. Estaba ocupado con su teléfono móvil. Pero debió de notar que ella lo estaba mirando a él, porque sus oscuros ojos marrones la buscaron súbitamente.
Las pupilas de Eloise se dilataron al instante. Las luces del árbol de Navidad parecieron bañar toda la estancia de psicodélicos rojos, azules, dorados y verdes.
Incómoda, apartó la vista y siguió decorando el árbol. Suponía que Konstantin habría vuelto a centrar su atención en su teléfono móvil, pero era tan consciente de él que lo imaginó admirando sus nalgas y sus piernas.
Al cabo de unos momentos, estaba tan nerviosa que casi no era capaz de sacar los adornos de la caja y colocarlos, así que decidió romper el silencio.
–Ilias dice que has venido a Nueva York para hacer negocios con él –dijo, con voz más aguda de la cuenta.
–En efecto –respondió Konstantin.
Esta vez, Eloise ya no tenía ninguna duda. La estaba mirando. Y su corazón se desbocó un poco más.
–Sé que… –empezó a decir, sintiéndose más torpe que nunca–. Sé que Galanis es una empresa de fletes y transporte, pero no sé a qué te dedicas en concreto.
–Superviso las operaciones. Estamos a punto de entrar en el mundo de la tecnología y los medios de comunicación. De hecho, vamos a cambiar el nombre de la compañía. A partir de ahora, se llamará KGE.
Eloise asintió. Ya había dado por sentado que Konstantin se dedicaba a algo más que a administrar la fortuna que había heredado, como hacía Ilias.
–¿Y la diriges tú solo?
–Tengo empleados –contestó él, con sorna.
Eloise se sintió estúpida. Konstantin tenía veinticinco años, los mismos que Ilias, pero parecía estar a años luz de todo el mundo en términos de madurez y experiencia vital.
–Sí, ya sé que sería demasiado trabajo para una sola persona. No me refería a eso. Solo me preguntaba si tienes hermanos o hermanas que te ayuden.
–No.
–¿Y otros familiares? –se interesó ella.
Eloise no sabía gran cosa de su vida familiar, porque Ilias siempre se mostraba irritantemente vago en lo tocante a la vida de Konstantin. Sin embargo, sabía que su abuelo había fallecido unos años antes.
–Tampoco.
–¿Y mascotas? –preguntó con humor.
–No –respondió él, del mismo modo–. ¿Qué quieres saber de verdad? ¿Cómo acabé viviendo con mi abuelo? Pues lo siento, pero no me gusta hablar de eso.
Eloise pensó que, por lo menos, era brutalmente franco.
–No intentaba ser cotilla –dijo, más ruborizada todavía–. Es que Ilias y tú sois amigos de toda la vida, desde que estuvisteis juntos en aquel internado inglés. Sin embargo, nunca me cuenta nada de ti.
Su afirmación no podía ser más correcta. Ilias no solía hablar de su amigo. De hecho, ella solo lo había visto un par de veces, y aquella era la primera que hablaba directamente con él.
–Excelente.
–¿Cómo? –dijo Eloise, desconcertada.
–Me alegra que no hable de mí. Mi vida privada es solo mía.
Ella se puso tensa, y miró la puerta con nerviosismo. ¿Cuánto tiempo tardaría Ilias en volver? Cualquiera habría dicho que, en lugar de comprar ponche, lo estaba preparando.
En su incomodidad, se acercó a la mesa, alcanzó una silla y la llevó hacia el árbol.
–¿Qué vas a hacer con esa silla? –preguntó él, apareciendo súbitamente a su espalda.
Eloise sintió una descarga eléctrica en sus venas.
–Subirme a ella. No llego a las ramas más altas.
–Déjame a mí. Dime qué tengo que hacer.
Konstantin pasó a su lado y, al hacerlo, la rozó sin querer, aumentando su turbación.
–Lo que te parezca mejor. No soy una de esas personas que tienen ideas estrictas sobre los árboles de Navidad –le confesó ella–. Me limito a sacar las cosas de la caja y colocarlas donde haya sitio.
Él alcanzó una bola, la colgó de una de las ramas superiores y la miró, como buscando su aprobación.
–Sí, así está bien –dijo ella, encogiéndose de hombros.
Konstantin siguió colgando adornos y, cada vez que colgaba uno, la miraba de nuevo. A Eloise le pareció extraño, así que preguntó:
–¿Nunca habías decorado un árbol?
–No.
–Bueno, supongo que no debería sorprenderme. Hace años que mi madre no pone árboles de Navidad. Y si yo no estuviera pasando las vacaciones con Ilias, él tampoco lo habría puesto. Pero a mí me gusta.
Para entonces, estaban tan cerca que Eloise notaba el aroma de su loción de afeitado y un vago olor a ron, porque Konstantin se había tomado uno. La situación empezaba a ser muy perturbadora para ella. Siempre se ponía nerviosa delante de él. Le parecía extremadamente atractivo, y ardía en deseos de que se fijara en ella.
Pero, al cabo de unos instantes, empezó a sonar una canción de Mariah Carey, All I Want for Christmas is You, y, cuando Eloise se giró hacia el equipo de música, su mirada se cruzó con la de Konstantin.
Aquello estuvo a punto de colmar su vaso. Por sorprendente que fuera, Konstantin la estaba mirando. Se había fijado en ella. Y la miraba con un interés que iba más allá de lo puramente intelectual.
Su reacción fue desconcertante. Primero, Eloise se sintió como si se hubiera quedado sin aire en los pulmones; después, se sintió como si empezara a respirar por primera vez y, al final, se sintió como si fuera tan leve como una mariposa y tan pesada como si la sangre que corría por sus venas se hubiera convertido en melaza.
En ese momento, habría dado cualquier cosa por besarlo.
Desgraciadamente para ella, Ilias regresó unos segundos después y rompió el hechizo sin saberlo.
–No quedaba ponche –anunció desde el vestíbulo.
Konstantin regresó a la mesa, alcanzó su teléfono móvil y, tras guardárselo en el bolsillo, se aproximó a su amigo.
–Tengo que volver a Atenas.
–¿Ahora? ¿Por qué?
Como Konstantin se había ido al vestíbulo a hablar con Ilias, Eloise no los oía bien, y decidió acercarse un poco, lo justo para poder escuchar a hurtadillas.
–Ilias, tu hermana es encantadora, pero no la quiero animar.
Eloise tragó saliva, horrorizada.
–Vaya, esperaba que se le hubiera pasado eso –dijo Ilias con humor–. Gracias por no obligarme a batirme en duelo contigo. Hablaremos pronto.
Instantes después, Eloise oyó que se cerraba la puerta y sintió el deseo de correr a su habitación y esconderse en algún sitio. Pero, en lugar de eso, volvió junto al árbol y fingió que no había oído nada.
–Te está quedando muy bien –declaró Ilias.
–Sí, creo que sí –dijo ella, sin mirarlo.
De repente, odiaba el maldito árbol de Navidad. Lo que acababa de oír le había arruinado las vacaciones y, por lo mal que se sentía en ese momento, pensó que no volvería a disfrutar de las Navidades nunca más.
El presente
Eloise abrió el saco de terciopelo que llevaba encima, sacó un regalo, se aseguró de que tenía el nombre correcto y llamó a la puerta del piso de Manhattan.
Una mujer le abrió la puerta. Llevaba unos pantalones de seda y un jersey de holgado cuello abierto. Se había recogido su rubia melena en una coleta, pero dejando unos mechones sueltos, para tener un aire informal. Y entre eso y su maquillaje, Eloise dedujo que tenía planes interesantes para aquella noche.
Al verla en la entrada, la mujer miró su disfraz de elfo con pena y suspiró.
Eloise no se lo tuvo en cuenta. No había encontrado ningún disfraz que no le quedara grande, y la tela era tan barata que se ajustaba a su cuerpo donde no debía. Además, no podía ser más chillón: de color verde intenso, adornos naranjas y un enorme cuello de tortuga con franjas rojas y blancas. Y, por si eso fuera poco, tenía campanillas en las faldas.
–Buenas noches –acertó a decir–. El portero le ha avisado de que iba a subir, ¿verdad? Traigo el regalo para Noah, el que usted encargó.
–No lo encargué yo, sino mi cuñada. –La mujer se giró y llamó a gritos a su hijo–. ¡Noah, ven aquí! Hay alguien que quiere verte…
–¿Otra vez?
Un niño de unos cuatro años apareció de repente.
Eloise se puso de cuchillas y dijo, intentando parecer una elfa muy animada:
–¡Hola, Noah! ¡Soy Merrilee, otra ayudante de Papá Noel! Me han dicho que conociste a Rocket ayer… De hecho, me ha pedido que te traiga esto.
Eloise le dio el regalo.
–¡Bien! ¿Lo puedo abrir?
–Sí, pero antes tienes que dar las gracias –respondió su madre.
–Gracias –dijo el niño, y se fue al instante.
Eloise quiso despedirse de la mujer antes de marcharse, pero no tuvo ocasión, porque le cerró la puerta en las narices.
Mientras arrastraba el enorme saco de regalos hacia el ascensor, pensó que ella nunca había sido tan maleducada. Sí, también había sido rica y elegante, pero jamás había maltratado a personas que solo intentaban ganarse la vida. Aunque hubiera cometido el error de dar por sentado que siempre nadaría en la abundancia.
Tras pulsar el botón de llamada, sacó el teléfono y buscó la dirección del siguiente cliente. Estaba a pocas manzanas de allí, pero arrastrar el pesado saco por la calle era más difícil de lo que había imaginado al principio.
En ese momento, se dio cuenta de que no se acordaba de cuántos niños había en esa casa. ¿Era uno? ¿O eran dos? Por suerte, los regalos llevaban el nombre de los niños que los debían recibir, así que decidió revisarlos. Y se concentró tanto en ello que no vio que el ascensor había llegado hasta que oyó una impaciente voz masculina.
–¿Subes? ¿O bajas?
Eloise se quedó helada, porque reconoció la voz al instante.
Era él, Konstantin Galanis.
El simple hecho de que la viera con ese horrible disfraz bastó para horrorizarla. Pero ni la miró ni la reconoció. Se limitó a apartarse un poco y guardar silencio, tan distante como de costumbre.
Al llegar a la planta baja, Konstantin la dejó salir en primer lugar y, a continuación, la adelantó y se dirigió a la salida del edificio. Eloise se sintió aliviada, porque su cercanía física había alterado enormemente sus hormonas. Era tan atractivo como recordaba, y estaba impresionante con el abrigo, la chaqueta de color arándano, los camisa plisada y los pantalones de esmoquin que llevaba.
¿Qué estaría haciendo allí? ¿Viviría en el edificio? ¿O habría ido a ver a alguien?
Antes de salir, Eloise se detuvo en el mostrador del portero, para que le devolviera el abrigo y las botas que le había dejado.
–¿Qué tal te ha ido? –preguntó el joven, más o menos de su misma edad.
–Bien –mintió.
El joven sonrió. Era obvio que ella le gustaba, pero el sentimiento no era recíproco.
–¿Volverás mañana? –le preguntó, dándole sus cosas.
–Eso depende. Estoy haciendo sustituciones, y nunca sé a dónde me van a mandar. Pero seguro que vuelvo en algún momento.
Mientras hablaba, Eloise se puso el abrigo, se quitó los ridículos zapatos del disfraz y se calzó las altas botas, que le llegaban a las rodillas.
–Deja que te dé mi número de teléfono –dijo él–. Por si quieres tomarte una copa uno de estos días…
–¿Eloise? ¿Eres tú?
Eloise se estremeció al oír la voz de Konstantin. Creía que se habría marchado ya; pero, por lo visto, se había quedado en el vestíbulo para abrirle la puerta del portal.
Espantada, guardó silencio, inclinó la cabeza y se bajó el élfico sombrero para pasar a su lado sin que él le viera la cara. Con un poco de suerte, pensaría que se había equivocado de persona y la dejaría en paz.
Salió a la calle y apretó el paso. Había empezado a nevar, y el desabrido viento invernal de Nueva York abofeteaba sus mejillas.
–¡Eloise!
Eloise hizo caso omiso y siguió andando. Estaba siendo increíblemente grosera con él, pero intentó convencerse de que tenía derecho a serlo. Ni siquiera la había reconocido. Aunque, por otra parte, ¿cómo la iba a reconocer? Incluso descontando el disfraz, habían pasado seis años desde la última vez que se habían visto, en el entierro de Ilias.
–Eloise –repitió Konstantin, con tono de orden.
–Lo siento, pero tengo mucha prisa –dijo ella, sin detenerse ni mirarlo–. Hay niños que me están esperando.
Al menos, lo de los niños era verdad. Los padres que pagaban tanto dinero para que sus hijos tuvieran sus regalos a una hora determinada no toleraban los retrasos.
–Venga, seguro que puedes esperar unos minutos…
–No, no puedo.
–¿Por qué no puedes? –preguntó él.
–Porque no quiero que me despidan del trabajo.
–¿Del trabajo? ¿Es que estás trabajando?
–Sí.
–¿Repartiendo regalos? –preguntó él con desdén, dejando claro lo que pensaba de su empleo.
Eloise se detuvo y se giró hacia él. ¿Qué tenía de malo su trabajo? Era tan digno como cualquier otro, y no se avergonzaba de hacerlo.
De lo que se avergonzaba era de no haber podido proteger a su madre cuando un estafador las dejó a las dos en la ruina. Y también se avergonzaba de haber vivido como una princesita mimada, sin preguntarse nunca de donde salía el dinero ni prepararse para la posibilidad de que las cosas cambiaran algún día.
Estaba tan enfadada que ni siquiera se dio cuenta de que se había parado en mitad de una calle. Y un segundo después, un coche giró en la esquina a gran velocidad.
Al verlo, se quedó inmovilizada, incapaz de reaccionar. En otras circunstancias, el coche la habría atropellado sin remedio, pero Konstantin se abalanzó sobre ella y la apartó de la calle, salvándole la vida.
Paradójicamente, su intervención aumentó el enfado de Eloise. Se sentía impotente. Tenía frío y hambre. Estaba agotada. Y ahora, para empeorarlo todo, se encontraba entre los brazos de un hombre capaz de excitarla incluso en un momento así.
–Suéltame –protestó.
Él la soltó y, cuando ella quiso seguir adelante, vio que el saco se le había caído en un charco, que se habían salido los zapatos de elfa y dos regalos y que el coche que había estado a punto de atropellarla los había aplastado.
–¡Oh, no! ¿Qué voy a hacer ahora?
–¿Cómo te puedes preocupar por eso? ¿Eres consciente de lo que podría haber pasado? Si no te llego a apartar, la que estaría aplastada serías tú.
Eloise se inclinó con intención de alcanzar los destrozados regalos.
–Deja eso en el suelo. Ya lo recogerán los barrenderos –dijo él.
–Tengo que entregar esos juguetes… si no los entrego, me despedirán.
–¿Después de lo que te ha pasado? ¿Qué tipo de empleo es ese?
–Tengo que entregarlos –insistió ella, desesperada–. Los clientes…
–Sobrevivirán si no vas –la interrumpió él–. Anda, ven conmigo.
Eloise sacudió la cabeza.
–No, necesito este trabajo. Si lo pierdo, no tendré para comer.
–Pues yo te alimentaré. Y, mientras comes, me dirás qué diablos ha pasado para que tengas que trabajar en algo así.
Konstantin la tomó del brazo y la llevó hacia el edificio del que acababan de salir.
–Hablas de mi empleo como si se tratara de vender drogas –dijo ella al cabo de unos instantes, indignada.
En el preciso instante en que llegaron al edificio, la puerta se abrió y dio paso a una preciosa mujer de ojos grises, pendientes de diamantes, vestido verde y abrigo negro. La mujer miró a Konstantin con perplejidad, y Eloise la miró a ella con absoluto asombro. ¿Sería posible que fuera Gemma Wilkinson, la famosa actriz?
–¿Konstantin? ¿Ocurre algo? Como tardabas tanto, he hablado con Giles. Y me ha dicho que te acababas de ir.
–Sí, me temo que ha pasado algo importante –dijo él–. No te podré acompañar a la fiesta.
Gemma soltó una carcajada de incredulidad, claramente dirigida a la disfrazada acompañante de Konstantin.
–Mira, si no me llevas a la fiesta esta noche, no volverás a llevarme nunca a ninguna parte –le advirtió la actriz.
–Como quieras –dijo él.
Eloise parpadeó. Konstantin acababa de dar a Gemma la respuesta más desapasionada que había oído en su vida. Y se la había dado con una mirada tan implacable como la que le había dedicado su casero al informarle de que les iba a subir el alquiler a su compañera de piso y a ella.
–Me tengo que llevar mi coche –continuó Konstantin–. Pero, si quieres, te puedo enviar uno.
–No te molestes.
Gemma volvió al interior del edificio, y él se puso a hablar por teléfono. Entre tanto, ella aprovechó para llamar a su supervisora e informarle de lo sucedido.
–¿Me estás diciendo que no puedes entregar el resto de los regalos? Está bien. Hablaré con los clientes y solucionaré el asunto. Pero eres consciente de que no te volveré a contratar, ¿verdad?
–Sí, lo soy –dijo Eloise–. En fin, mañana devolveré el uniforme… bueno, menos los zapatos, que están destrozados.
–Eso no tiene importancia. Hablaré con la oficina central y les diré que has sufrido un accidente. De esa manera, no te lo descontarán de tu sueldo de este mes.
–Gracias –dijo Eloise, sorprendida–. Feliz Navidad…
–Feliz Navidad –contestó su supervisora.
Eloise se acababa de guardar el teléfono cuando un reluciente vehículo se detuvo en la esquina. Konstantin se acercó a él, abrió una de las portezuelas traseras y esperó a que ella subiera.
–Creo que me has confundido con tu cita. Me iré en metro.
–Sube.
Ella apretó los puños.
–¿Sabes por qué me he visto obligada a aceptar un trabajo como este?
–¿Por qué?
–Porque no me quise doblegar a un hombre autoritario.
–¿Y qué tal te fue después?
Ella no dijo nada. Era evidente que no le había ido precisamente bien. Pero tampoco se iba a doblegar a él.
–Sube, Eloise. O te subiré yo.
Eloise clavó la vista en sus ojos y, para su eterna vergüenza, sintió una descarga de excitación. Estaba deseando que la tocara.
–¿Quieres que cuente hasta tres?
Konstantin le habló con el tono condescendiente que se habría dedicado a una niña; y ella se lo tomó como un insulto, porque ya no era la niña mimada que su madre la había enseñado a ser. La dura realidad la había obligado a madurar. Pero respondió como si siguiera siendo una privilegiada:
–Está bien. Como tú eres el culpable de que haya perdido mi empleo, lo mínimo que debes hacer es invitarme a cenar.
Luego, lo volvió a mirar a los ojos, pasó por delante de él y se sentó en el asiento trasero del vehículo.
Las campanillas de su vestido tintinearon.
Konstantin respiró hondo antes de subir al coche. Necesitaba expulsar la adrenalina que había anegado sus venas unos minutos antes, cuando Eloise había estado a punto de morir atropellada. Se había asustado mucho, y no era un hombre que se dejara dominar por las emociones. Cuando las cosas no salían como quería, se controlaba a sí mismo, intentaba controlar la situación, hacía los reajustes necesarios y seguía adelante.
Sin embargo, lo que acababa de ocurrir había sido totalmente inesperado. Aunque, por otra parte, no se podía decir que le apeteciera ir a aquella fiesta. Había aceptado ir porque Gemma había insistido y, como ella lo había acompañado a las Maldivas, no había tenido más remedio que aceptar. Pero ni siquiera se trataba de recaudar dinero para una buena causa: era un simple y puro acto social, una de esas cosas de ver y dejarse ver.
Y él detestaba ese tipo de actos.
Se sentó junto a Eloise y la miró cuando el conductor arrancó el vehículo. Entre las pecas pintadas que llevaba, los círculos rosados de sus mejillas y el sombrero de elfo que ocultaba su cabello, era normal que no la hubiera reconocido al principio.
Además, ni siquiera se había fijado en ella en el ascensor. Sus pensamientos estaban en otra parte, en el deseo de marcharse de Nueva York. Podía soportar el tráfico y las aglomeraciones, pero no soportaba ni la iluminación navideña ni los villancicos ni la forzada alegría de la época. Durante esas semanas, casi echaba de menos los grises inviernos de su precaria infancia en el norte de Grecia, aunque solo fuera por la tranquilidad.
Desde luego, podría haberse fijado en ella cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, pero estaba tan acostumbrado a que lo miraran que no le había llamado la atención. A fin de cuentas, era un hombre famoso, el dueño de una empresa valorada en muchos miles de millones de dólares.
Lo que le había llamado la atención, hasta el extremo de sorprenderle, era otra cosa: la punzada de irritación que había sentido cuando vio que el portero del edificio tenía intenciones románticas con ella. Aquello era absurdo. ¿Por qué le había molestado? Particularmente, teniendo en cuenta que aún no la había reconocido.
Ni siquiera era su tipo de mujer. A él le gustaban las rubias altas, de curvas perfectas y carisma sexual. Se acostaba con mujeres que sabían lo que valían y que sabían lo que querían, aunque fuera su fortuna. Al menos, no engañaban a nadie. Con ellas, siempre conocía el terreno que pisaba y, por supuesto, sabían cuidar de sí mismas. Él no era hombre de delgaduchas vulnerables.
Pero había notado algo extraño en su voz, un acento de una clase social que no se correspondía con una chica con un disfraz de elfa. Y cuando el portero le dio su abrigo, la voz del difunto Ilias sonó en su cabeza:
–Tengo que comprarle un abrigo a mi hermana. Un buen abrigo, porque va a venir en Navidades y no quiero que pase frío.
Era ella, Eloise. Pero ¿qué diablos estaba haciendo allí? Y sobre todo, ¿por qué se dedicaba a arrastrar un saco lleno de regalos por Nueva York, en plena tormenta de nieve?
Fuera cual fuera el motivo, su actitud no podía ser más distante. Estaba haciendo verdaderos esfuerzos por ningunearlo. Había girado la cabeza hacia la ventanilla, con la obvia intención de no mirarlo.
–Te dije que te pusieras en contacto conmigo si necesitabas algo –le recordó–. ¿Por qué no me llamaste?
Ella hizo un sonido que estaba entre la carcajada y el bufido.
–Me lo dijiste hace seis años, en un entierro. Solo pretendías ser educado.
–No. Estaba hablando en serio.
Eloise no dijo nada.
–¿Qué tal está Lilja? –preguntó él, refiriéndose a su madre.
–Bien.
–¿Tan bien como tú?
Ella respiró hondo.
–Se volvió a casar hace unos años. Está viviendo en Niza.
–Sí, creo recordar que me lo dijo alguien. ¿Y tú? ¿Te has casado?
–No –respondió ella, sin más.
–¿Vives con alguien?
–Con una compañera de piso.
–Entonces, te drogas…
–¿Cómo? ¿A qué viene…?
Eloise no terminó la frase, porque entendió súbitamente su extraño comentario. Konstantin sabía que se había criado entre lujos, y era lógico que considerara la posibilidad de que se estuviera drogando, incapaz de soportar la pobreza.
Instantes después, el coche se detuvo delante del edificio donde vivía Konstantin, y ella preguntó:
–¿Hay un restaurante ahí arriba?
–No, pero no me voy a sentar en ningún restaurante en compañía de una ayudante de Papá Noel –respondió él.
–Ni tampoco vas a secuestrar a una –replicó ella, saliendo del vehículo.
Konstantin se bajó y se despidió del conductor mientras Eloise se subía el cuello del abrigo.
–Será mejor que me vaya a casa. ¿Por dónde se va al metro? –continuó ella.
–He dicho que te iba a invitar a cenar y te voy a invitar a cenar. Venga, sígueme. Quiero que me cuentes lo que está pasando.
Konstantin se dirigió a la entrada del edificio, pero ella no se movió del sitio.
–Oh, vamos, Eloise… ¿Es que no te fías de mí? No será la primera vez que nos quedemos a solas, y nunca ha pasado nada entre nosotros.
Konstantin pensó que eso no era del todo cierto. Efectivamente, nunca había pasado nada entre ellos, pero a él le había pasado algo las dos últimas veces que se habían visto, y había tenido que tirar de fuerza de voluntad para no cruzar determinadas líneas. Eloise le gustaba sexualmente, algo que, en otros tiempos, le había parecido tan inapropiado como peligroso. En parte, porque era demasiado joven para él y, en parte, porque era la hermana de su mejor amigo.
Y en circunstancias normales, también se habría apartado de ella aquella noche. No era tan estúpido como para introducir explosivos a su hogar y empezar a jugar con cerillas. Pero no podía permitir que se marchara. La temperatura era bajísima, y ni siquiera llevaba guantes.
–Si quisiera acostarme con alguien esta noche, me habría ido con Gemma –dijo secamente, con intención de tranquilizarla–. El disfraz que llevas no es tan seductor como crees.
–Grosero –dijo ella, temblando de frío.
El temblor de Eloise hizo que se acordara otra vez de Ilias y de aquel abrigo que le había querido comprar.
–Vamos, ven conmigo –insistió Konstantin–. Tu hermano habría querido que te ayudara.
–Eso es manipulación emocional –lo acusó Eloise.
–Es la verdad.
Eloise arrugó los labios, sintiendo una extraña angustia en la garganta. Extrañaba a Ilias todo el tiempo. Y la perspectiva de hablar con alguien que se acordaba de él, de alguien que lo había querido, le resultó tan tentadora que anuló todas sus reservas.
Además, no era cierto que Konstantin la asustara. Lo que le asustaba era su propia reacción ante él. El menor roce entre ellos le atravesaba la piel y le dejaba marca. Por no mencionar que estaba realmente hambrienta, y que a Ilias le habría gustado que dedicara al menos unos minutos a su mejor amigo.
Suspiró y entró en el edificio, pensando que ella también quería dedicar unos cuantos minutos a Konstantin. El rascacielos era aún más lujoso que los que ella había visto repartiendo regalos. Konstantin la llevó al interior de un ascensor privado y pulsó un botón.
Eloise no era precisamente ajena a los lujos. Se había criado entre los algodones de la fortuna de los Drakos, que primero había heredado su madre y, después, su hermano. Había estudiado en uno de los mejores colegios del mundo, había esquiado en Saint Moritz y había ido de compras por las boutiques más caras de París y Milán.
Sin embargo, Konstantin estaba muy por encima de eso. Y Eloise pensó que, si Ilias no hubiera fallecido, podría haber estado a la altura de su amigo. O no. El propio Ilias le había confesado en cierta ocasión que Konstantin tenía una energía que él no tendría nunca. De hecho, ella siempre se había preguntado si esa energía tendría algo que ver con sus orígenes, porque Konstantin era huérfano.
Tras un trayecto silencioso, las puertas del ascensor se abrieron en lo que resultó ser una mansión de dos pisos de altura que ocupaba toda la planta superior del edificio.
–Dame tu abrigo.
Hacía mucho tiempo que nadie se ponía a sus espaldas para ayudarla a desprenderse caballerosamente de una prenda, pero le dejó hacer, y sintió un escalofrío cuando sus dedos le rozaron los hombros.
A continuación, se quitó las botas y echó un vistazo al lugar.
La planta principal era un espacio abierto, con una escalera a un lado, una chimenea en el centro y un enorme ventanal con vistas al río Hudson y el puerto de Nueva York. La luz era suave y los muebles, de aspecto cómodo.
–No tienes árbol de Navidad –dijo ella, deteniéndose junto a la chimenea.
–¿Para qué? Me voy mañana.
Konstantin se quitó su abrigo, revelando la chaqueta roja, la camisa blanca, la pajarita y los pantalones que llevaba debajo.
Ella tragó saliva, acosada por su impresionante cuerpo. En ese momento, habría dado lo que fuera por ser como Gemma. Le habría gustado ser más alta. Le habría gustado tener más curvas, y exudar autoridad. Pero solo era una chica bonita y graciosa, a la que raramente tomaban en serio.
Eloise se cruzó de brazos, súbitamente helada.
–Acompáñame –dijo Konstantin–. No puedo hablar contigo con esa ropa que llevas.
Ella lo siguió escaleras arriba y se detuvo cautelosamente ante las puertas dobles de su dormitorio. Era muy lujoso. Tenía una cama gigantesca y una zona de descanso, con una mesa para trabajar.
–Deja de preocuparte –dijo él, quitándose la chaqueta–. Eres la hermana pequeña de Ilias. Mis intenciones contigo son estrictamente platónicas.
Konstantin desapareció en el interior de un vestidor y regresó instantes después con unos pantalones, una camiseta azul, un jersey de lana y unos calcetines blancos.
–Puedes cambiarte ahí. Usa lo que necesites –dijo ladeando la cabeza hacia el abierto cuarto de baño.
Eloise aceptó la ropa y entró en el precioso servicio, que era dos veces más grande que su apartamento. Tenía suelos de mármol, una bañera, un enorme plato de ducha y algo que llamó poderosamente su atención.
–¿Por qué está el retrete detrás de una pared de cristal? –se interesó.
Konstantin entró y pulsó un botón. La pared de cristal se oscureció al instante, volviéndose opaca.
–Guau. Qué refinado –dijo ella.
Sin poder evitarlo, Eloise miró la ducha con nostalgia. Más que nada, porque llevaba varias semanas sin agua caliente en su piso.
–¿Te quieres duchar? –preguntó él, y se sacó la camisa de los pantalones.
Ella se estremeció al verlo, confundida.
–Tranquila. No pretendo bañarme contigo –añadió Konstantin, mirándola con ironía–. Baja cuando hayas terminado.
Acto seguido, Konstantin dio media vuelta, salió del cuarto de baño y cerró la puerta.
Eloise echó el cerrojo, con intención de cambiarse de ropa rápidamente, cenar algo, marcharse a casa y empezar a buscar un empleo, en sustitución del que había perdido. Sin embargo, la tentación de ducharse pudo más que ella. O quizá no fuera la tentación, sino la vanidad. O la cobardía.
Odiaba que Konstantin la viera con tan mal aspecto. Aunque tampoco se podía decir que hubiera estado particularmente atractiva la última vez que se habían visto, en el entierro de Ilias. De hecho, no le había extrañado que se alejara de ella aquel día, como todas las veces.
Ansiosa por estar un rato a solas y por volver a sentirse como cuando era rica y no tenía ningún problema real, se desnudó y se metió en la ducha. El agua caliente estuvo a punto de arrancarle un gemido de placer, y la textura del carísimo champú y del acondicionador le pareció inmensamente satisfactoria.
De haber sido por ella, se habría quedado allí toda la noche; pero se obligó a salir, y tuvo que refrenar otro gemido al sentir la temperatura de la toalla con la que se secó y del albornoz que se puso después. El servicio tenía un sistema que mantenía calientes esas cosas y, además, olían tan bien como si Konstantin las hubiera usado pocas horas antes y hubiera dejado en ellas su fresco aroma.
Pero ¿por qué tenía que estar tan obsesionada con él? Konstantin había arruinado su vida sin saberlo. Se había convertido en el modelo del hombre que buscaba, y nadie estaba nunca a su altura. Era inteligente, seguro, refinado y extremadamente sexy. Era lo mismo que deseaba la mayoría de las mujeres.
Desgraciadamente, Konstantin ni siquiera la consideraba una mujer. Para él, solo era la hermana pequeña de Ilias.
Los hechos lo demostraban: habían estado solos más de una vez, y nunca había pasado nada.
Eloise cerró los ojos e intentó bloquear un recuerdo muy determinado, el de una noche en el jardín de la mansión ateniense de su madre. La recepción había terminado, la gente se había ido y Lilja se había acostado.
–Gracias por todo lo que has hecho –le dijo ella, deteniéndose en el último escalón de la escalera que llevaba a la terraza inferior–. Significa mucho para nosotros.
Eloise esperaba que se abriera a ella de algún modo, que le mostrara que estaba tan destrozado como ella, que la abrazara un poco. Y Konstantin se le acercó, sí, pero se detuvo delante, sin tocarla.
–Llámame si necesitas algo –le dijo, con voz ligeramente rota.
Desde luego, Eloise sabía de sobra que la muerte de su amigo le había afectado mucho. ¿Cómo no le iba a afectar? Konstantin estaba en Estados Unidos cuando la avioneta de Ilias se estrelló y, además de reconocer el cadáver, se encargó de que enviaran sus restos a Atenas.
–Lo haré –dijo ella, y se estremeció.
–No deberías estar fuera sin abrigo –replicó él, poniéndole una mano en el brazo.
–No tengo frío. No siento nada. Ni siquiera puedo llorar.
–No llores, Eloise.
Solo entonces, se acercó a ella y la tomó entre sus brazos.
Eloise seguía en la escalera, así que su cabeza estaba a la altura de la barbilla de Konstantin. Y, sin ser consciente de lo que hacía, le pasó los brazos alrededor del cuello y se puso de puntillas para besarlo.
Sus labios se rozaron. Las manos de Konstantin se tensaron sobre su talle y, de repente, asaltó su boca con una pasión tan desatada que borró su dolor, su tristeza, su ira y su sentimiento de vacío por la muerte de su hermano.
Sin embargo, él se apartó enseguida y, tras maldecir en voz alta, dijo:
–No, esto no puede… Entra en casa. Será mejor que me marche.
Y se fue, dejándola tan alterada como sorprendida. Y rompió a llorar. Se sentó en los escalones y lloró más de lo que había llorado nunca.
Aquella había sido la última vez que se habían visto. Konstantin se comportó a partir de entonces como si no hubiera pasado nada entre ellos, y ella le odió por eso. Hasta llegó a pensar que ya no sentía nada por él. Pero los hechos demostraban lo contrario.
Enfadada con ella misma, salió del cuarto de baño, regresó al dormitorio y miró la ropa que él le había llevado. Era ropa suya, y era evidente que le quedaría enorme, por no decir ridícula. ¿Cómo la iba a tomar en serio si aparecía con eso puesto?
Durante unos instantes, sopesó la posibilidad de entrar en el vestidor y buscar algo más apropiado, pero no se atrevió. Además, el albornoz le quedaba relativamente bien, y era muy cómodo.
Decidida, localizó un peine y se empezó a peinar el cabello. Hacía siglos que no se lo cortaba y, como ya lo tenía por debajo de los hombros, tardó mucho.
Konstantin había dejado encendida la lámpara de la mesita de noche, pero la habitación estaba bastante oscura por lo demás, lo cual le permitió acercarse a la ventana y admirar las luces de la ciudad y los pocos barcos que surcaban las casi heladas aguas.
Luego, se sentó en el sofá e intentó pensar, sin éxito.
Estaba demasiado cansada. Y si lo estaba para pensar, también lo estaría para hablar con él. Además, ¿qué le podía decir? Todo se había vuelto difícil, sombrío, insoportable.
Eloise cerró los ojos. En el fondo, le habría gustado tener el coraje de enfrentarse a Konstantin y encontrar las palabras necesarias para defender las decisiones que había tomado en su vida. Pero no lo encontró.
Sí, estaba terriblemente cansada; tanto que se tumbó de lado, se puso un cojín bajo la cabeza y bostezó.
Solo quería descansar unos minutos.
Eloise no había bajado todavía cuando llegó la cena, de modo que Konstantin decidió subir al dormitorio, y se quedó atónito al ver que estaba vacío.
Preocupado, corrió al teléfono de la mesita de noche con intención de preguntar al portero si había visto a una mujer desnuda cruzando el vestíbulo del edificio; y, justo entonces, reparó en el pie que descansaba sobre el brazo del sofá.
Cuando se acercó, vio que se había quedado completamente dormida, con un brazo bajo un cojín. Ya no parecía tan joven como antes, porque se había quitado el disfraz y el maquillaje de elfa. Tenía unos pómulos altos y bien definidos, y la expresión de sus relajados labios era sombría.
Konstantin deseó acariciarle una mejilla, pero no estaba seguro de que debiera despertarla. La paciencia no se encontraba entre sus virtudes. Ni siquiera se podía afirmar que fuera un hombre virtuoso. Trataba bien a la gente, pero no se sentía en la necesidad de demostrarle nada a nadie. Además, tampoco creía en el cielo, así que no se esforzaba por ganarse el paraíso.
Sin embargo, eso no significaba que le gustara molestar a personas tan evidentemente desesperadas como Eloise. Le habría gustado hablar con ella. Quería saber qué había pasado para que se viera obligada a ejercer trabajos que la dejaban agotada antes de la hora de cenar. Pero la dejó dormir.
Antes de marcharse, le puso una manta por encima. Luego, volvió a la planta baja y registró sin reparo alguno los bolsillos del abrigo de Eloise. En su interior había un puñado de monedas, un abono de transportes, bálsamo labial, un roto bastón de caramelo y dos llaves, que supuso de su apartamento y su buzón.
Después, se sentó a cenar a solas. Lo hacía con relativa frecuencia; pero, por primera vez en mucho tiempo, deseó poder llamar a Ilias. Aunque, en realidad, nunca lo había llamado por teléfono: Ilias solía llamar tan a menudo que no era necesario.
El hermano de Eloise se había empeñado en ser su amigo aunque él no quisiera. Y no quería. La amistad no era un concepto familiar para Konstantin. No tenía hermanos ni primos, y había visto a muy pocos niños de su edad cuando lo sacaron de la remota granja de su padre y lo llevaron al fastuoso mundo de su abuelo. Y en cuanto se acostumbró a la mansión ateniense del segundo, lo enviaron a un internado británico.
A sus diez años de edad, se encontró en la lluviosa Inglaterra, sin saber hablar inglés y rodeado de chicos que parecían conocerse los unos a los otros o tener intereses comunes. Fue una verdadera pesadilla. Aprendió lo que significaba estar solo, y se acostumbró a la soledad de tal manera que la buscaba a propósito.
Pero Ilias, que hablaba inglés perfectamente, no se lo permitía. Decía que eran los dos únicos griegos del internado, y que debían estar juntos. Además, era tan espabilado, extrovertido y simpático que ni él mismo lo pudo odiar.
En cambio, a él lo odiaba todo el mundo. Era un chico taciturno, y hasta algún profesor se dedicaba a tomarle el pelo al respecto, arrancando carcajadas a sus compañeros de clase. Pero ¿cómo no iba a ser taciturno? Nunca había ido a un colegio de verdad. Todo lo que sabía se lo había enseñado su madre. De hecho, de no haber sido por el apoyo de Ilias, no habría salido adelante.
Su difunto amigo pasó horas y horas a su lado, ayudándolo con las asignaturas, como si fuera su tutor. Hasta le ayudaba a hacer sus deberes, para que terminara pronto y pudieran jugar al fútbol. Y al final del curso, Konstantin aprobó todos los exámenes y aprendió una cosa importante: que había una persona en el mundo con quien podía contar.
Con excepción de los dos primeros años, cuando se sentían particularmente solos porque añoraban Grecia, Konstantin nunca había entendido qué veía Ilias en él. Pero, con independencia de los motivos que tuviera, se volvieron inseparables.
Ilias lo buscaba constantemente; sobre todo, después de hablar con su madre. Su padre había fallecido cuando él tenía seis años, y ella lo había enviado a aquel internado con el argumento de que su difunto esposo había estudiado allí. Sin embargo, echaba mucho de menos a su hijo, y lo llamaba casi todos los días en busca de consuelo. Y su hijo se lo daba; pero, cuando terminaba de hablar con ella, siempre estaba afligido.
Konstantin nunca había sabido qué hacer con su aflicción, aunque comprendía que se sintiera responsable de su madre. El resto de los chicos intentaban animarlo cuando lo veían triste, pero Ilias rechazaba su afecto y se marchaba con él a estudiar.
Con el tiempo, Konstantin llegó a la conclusión de que Ilias buscaba su compañía precisamente porque era el único que no le pedía nada.
Al terminar la enseñanza secundaria, sus caminos se separaron. Ilias se fue a Harvard y él, a Oxford, aunque no pudo terminar la carrera. Su abuelo había enfermado y, como su empresa estaba en una situación muy problemática, no tuvo más remedio que intervenir.
Para entonces, había vivido media vida en la pobreza y la otra media, en un mundo de lujos. Y como prefería ser rico a ser pobre, se esforzó por aprender lo necesario para mantener la empresa a flote.
Luego, y para su sorpresa, Ilias se enteró de que tenía dificultades y le hizo un préstamo que equilibró el fondo fiduciario al que había tenido acceso a sus veintiún años. Con el dinero de su amigo, Konstantin tuvo el margen necesario para hacer rápidos, profundos y radicales cambios que no solo salvaron la empresa de su padre, sino que doblaron su valor en apenas dos años.
A partir de ese momento, los inversores hicieron cola por darle dinero. Les gustaba que un joven ambicioso estuviera al timón.
Más tarde, Konstantin devolvió el préstamo a Ilias con generosos intereses y viajó a los Estados Unidos para cerrar los detalles de la operación. Ilias había terminado sus estudios en Harvard y estaba viviendo en Nueva York, donde ya trabajaba de arquitecto. Era diciembre. Las calles, las tiendas y los clubs estaban abarrotados de gente, pero Ilias lo arrastró de aquí para allá de todas formas.
–Mi madre tiene un novio nuevo –le informó–. Está con él, en Escocia, donde resulta que tiene un castillo. Pero Eloise prefiere pasar las Navidades aquí, y se me ha ocurrido que podrías quedarte y pasarlas con nosotros.
Konstantin solo conocía a la hermana de su amigo por las fotografías y dibujos suyos que Ilias le había enviado a la facultad. De vez en cuando, la oía hablar cuando hablaba por videoconferencia con Ilias, pero nada más. Era ocho años más joven que él, así que siempre le había parecido una niña pequeña, y se lo pareció aún más cuando empezó a trabajar, porque ella aún llevaba coletas.
Eloise no le caía mal, pero la invitación de Ilias le provocó un conflicto emocional. Con excepción de las tranquilas cenas con su abuelo, que ya había fallecido, nunca había celebrado las Navidades.
Casi no la reconoció cuando la vio. Nunca se había parecido mucho a su hermano, porque eran de padres diferentes. Pero, desde luego, había dejado de ser una niña. Tenía diecisiete años, y estaba muy chic con sus vaqueros ajustados y su jersey de cuello de cisne. Llevaba el pelo tan corto como él, y tenía unos labios grandes y unos preciosos ojos verdes, con motas doradas.
Konstantin no supo qué decirle, pero los dos hermanos se pusieron a charlar animadamente, de modo que no notaron su incomodidad. Minutos después, Ilias quiso servir unas copas de ponche y, cuando vio que no quedaba, decidió ir a comprarlo.
–Me apetece un ponche con ron, y me apetece ahora –dijo–. Pero si vas tú a buscarlo, tardarás varias horas porque te pararás a hablar con todo el mundo. Y, francamente, no necesito saber qué pasatiempos tiene el señor de la bodega o cuántos gatitos ha tenido la gata del vecino. Querías un árbol de Navidad, ¿no? Pues quédate aquí y decóralo.
–Y eso lo dice un tipo que solo va a bares donde hay que hacer cola para pedir un café –se burló Eloise.
–Buena suerte con esta –dijo Ilias antes de salir, mirando a Konstantin–. Puede que vuelva. O puede que no.
Konstantin intentó hacer caso omiso de la hermana de su amigo, pero ella no dejaba de hablar y, antes de darse cuenta de lo que pasaba, lo acorraló y lo obligó a ayudarla decorar el árbol.
Fue entonces, estando casi pegados, cuando se rozaron sin querer y se miraron a los ojos.
Él se quedó atónito con su belleza. En cierto modo, la vio de verdad por primera vez. Y la deseó.
La súbita descarga de masculina energía desequilibró tanto a Konstantin que se apartó inmediatamente. De hecho, se apartó tanto que aquella misma noche dejó el piso de Ilias y regresó a la capital griega.
La sorpresa que se llevó Ilias al saber que se iba a ir fue mayúscula, y Konstantin se escudó en el encaprichamiento juvenil de Eloise. A decir verdad, nunca le había molestado, pero eso había cambiado al rozarse junto al árbol. La deseaba, y ella lo deseaba a él.
Lo único que podía hacer era poner tierra de por medio. Eloise seguía siendo una adolescente. No sabía nada de la vida y, si no se andaba con cuidado, confundiría la atracción sexual con el amor.
Así que Konstantin se fue, y no volvió a ver nunca más a su amigo. Como tampoco volvió a ver a Eloise hasta que le llegó la noticia de que Ilias había muerto al estrellarse su avioneta.
Konstantin procuraba no mirar atrás, y no se permitía el lujo de pensar en aquellos días de pesadilla. Hizo lo posible por ayudar a Eloise y a la destrozada Lilja, pero fue un verdadero infierno. El entierro y todo lo que lo rodeó fue tan impactante como chocar con un muro a toda velocidad. Se obligó a hacerlo, pero estuvo a punto de hundirse por completo; especialmente, cuando miró a Eloise.
La agonía de sus ojos le partió el corazón. No sabía cómo mitigar la enormidad de su pérdida; estaba seguro de que, si lo intentaba, fracasaría. Y sintió el casi irrefrenable impulso de llevársela de allí y ocultarla de algún modo tras el muro emocional que él utilizaba para protegerse del dolor.
Era invierno otra vez; un inverno ateniense, pero frío en cualquier caso. Y al anochecer, cuando los asistentes a la recepción ya se habían ido, Eloise salió al jardín de la mansión y lo vio allí. Era una sombra de sí misma. Estaba tan pálida que parecía traslúcida, y daba la impresión de ser tan frágil como una escultura de hielo.
Konstantin deseó darle afecto, abrazarla. No lo pudo evitar y, de repente, se encontró besándola con pasión.
Los labios de Eloise le supieron a salvación, a esperanza, a futuro. Y, por supuesto, Eloise no intentó apartarse de él; de hecho, le pasó los brazos alrededor del cuello y se apretó contra su cuerpo. Pero Konstantin se arrepintió enseguida. ¿Qué tipo de hombre se aprovechaba de una mujer que acababa de perder a su hermano? Sobre todo, de una mujer tan joven, que seguía siendo demasiado joven para él.
Estaba tan disgustado con lo que había hecho que no volvió a ponerse en contacto con ella. Naturalmente, le dijo que lo llamara si necesitaba algo, pero no le sorprendió que no lo hiciera. Eloise y su madre tenían todo lo que pudieran necesitar en ese momento. O eso le pareció.
Ahora, ya no estaba tan seguro.
En lo tocante a ella, ya no estaba seguro de nada.
Había dejado de ser una adolescente. Tenía veinticuatro años, por lo menos. Y por detalles como su forma de mirarlo y la turbación que él le había causado al preguntarle si quería darse una ducha, sabía que le seguía gustando.
Y ella le seguía gustando a él.
Konstantin apretó el vaso de whisky que tenía en la mano, intentando impedir su inconsciente erección. Era una reacción tan carnal como humana; pero, desde su punto de vista, inapropiada. A sus ojos, Eloise nunca sería otra cosa que la hermana pequeña de su ya difunto amigo. Y para empeorarlo todo, se encontraba en una situación difícil. Necesitaba su ayuda.
Definitivamente, era territorio prohibido.
Eloise se despertó desorientada. Había estado soñando que volaba por la ciudad bajo la nieve y, durante unos segundos, pensó que seguía dormida. Pero no era así. Los altos rascacielos que veía por la ventana eran reales.
Se sentó de golpe, y la manta que tenía sobre el cuerpo cayó al suelo. No llevaba más ropa que un albornoz y, como se le había abierto un poco, se incorporó para atarse bien el cinturón y despabilarse.
Entonces, bajo la luz del amanecer, vio la forma que estaba en la cama.
–Oh, no –se dijo para sus adentros.
Primero, se había quedado dormida sin darse cuenta y, después, había pasado la noche en la misma habitación que Konstantin, también sin darse cuenta.
El hecho le pareció tan perturbadoramente íntimo como estimulante.
¿Dormiría desnudo?
En cuanto se formuló esa pregunta, supo que tenía que salir de allí, así que se dirigió al cuarto de baño de puntillas, con intención de vestirse y desaparecer. Pero entonces oyó una voz grave, ahogada contra una almohada.
–No tenemos que levantarnos hasta dentro de una hora. ¿Quieres dormir un rato en una cama de verdad?
–No –dijo bruscamente Eloise.
–No me refiero a esta, sino a la del otro dormitorio –puntualizó él.
Ella se maldijo por haberlo malinterpretado. No, claro que no la estaba invitando a acostarse a su lado. Konstantin nunca la habría invitado a algo así. Y se alegró de que casi no hubiera luz, porque la penumbra ocultaba su intenso rubor.
–Estoy bien. Sigue durmiendo.
Eloise entró en el cuarto de baño, cerró la puerta y descubrió que ni su disfraz de elfa ni la ropa que Konstantin le había prestado estaban allí.
–¿Dónde está mi ropa? –preguntó, asomándose a la habitación.
–La he tirado.
–¿Cómo?
–¿Tenemos que hacer esto ahora? –gruñó él.
–¿Hacer qué?
–Hablar.
–No tendremos que hablar mucho. Me iré a casa enseguida.
Konstantin suspiró con impaciencia y se levantó.
La casi matinal luz de invierno enfatizó su pecho desnudo y sus potentes piernas. No estaba desnudo; llevaba unos calzoncillos negros; pero Eloise se estremeció al ver toda esa piel de golpe. Era tan sexy que la boca se le quedó seca.
–¿Estás tomando algo?
Ella, que había apartado la mirada para no caer en la tentación de admirar su erección, se giró un poco y vio que se estaba poniendo unos pantalones.
–¿Qué?
–Que si estás tomando alguna droga. ¿Por eso te desmayaste anoche?
–No me desmayé, me quedé dormida. Ya te he dicho que no tomo drogas.
–Entonces, ¿estás enferma? ¿Embarazada quizá?
–¿Qué demonios crees que estoy haciendo con mi vida? No, por supuesto que no. Me quedé dormida porque estaba agotada, nada más.
Eloise miró la puerta de la habitación, sopesando la idea de marcharse sin más prenda que su abrigo. Habría sido verdaderamente lamentable, pero en el metro de Nueva York se veían cosas bastante peores a esas horas.
–Bueno, no te preocupes por la ropa. Localicé una boutique que abre toda la noche,y les pedí que enviaran cosas de tu talla.
Konstantin se inclinó, alcanzó una enorme bolsa y la dejó en la banqueta que estaba a los pies de la cama.
–Oh… –dijo ella–. Gracias.
–Baja cuando te hayas vestido.
Konstantin se puso una camiseta y se fue. Eloise dudó unos momentos, alcanzó la enorme bolsa y se dirigió al cuarto de baño, donde miró lo que él le había comprado. Había unos vaqueros normales, un top y un jersey de color azul, además de ropa interior y unos calcetines de color rosa.
Los vaqueros le quedaban algo grandes, así que tuvo que doblarse las perneras, pero le pareció preferible a llevar ropa de Konstantin. En cuanto al top, le quedaba perfectamente, y el jersey era casi tan cálido como el albornoz que había llevado.
Al ver que su pelo estaba hecho un desastre, porque se había quedado dormida sin terminar de peinarse y con la cabeza mojada, decidió hacerse una coleta de caballo. Pero no encontró una goma en ninguna parte, y no tuvo más remedio que mojárselo otra vez y peinárselo hacia atrás para disimular el desaguisado.
Cuando por fin bajó, Konstantin estaba hablando con una mujer de mediana edad que estaba sirviendo comida en la larga mesa del comedor. Sin embargo, Eloise solo tuvo ojos para los anchos hombros y los pectorales de su anfitrión, que se tensaron bajo su camiseta negra cuando se sirvió un café.
Eloise titubeó, intentando no quedarse hechizada con él; pero, entonces, el aroma de las tostadas y la panceta arrancaron un gruñido a su estómago. Últimamente, dormía poco y comía aún menos.
–Te perdiste la cena. Siéntate –dijo Konstantin.
A continuación, se giró hacia su ama de llaves y declaró:
–Nos iremos hacia las nueve de la mañana. Vuelve entonces y cierra el piso. Te mandaré un mensaje en Año Nuevo para informarte de cuándo voy a volver. Disfruta de tus vacaciones.
La mujer asintió, le dio las gracias y, tras sonreír a Eloise, salió por la puerta que estaba junto a la despensa.
Mientras miraba la comida, Eloise pensó que había demasiada. Evidentemente, el ama de llaves no la había preparado deprisa y corriendo, lo cual significaba que sabía que Konstantin iba a estar acompañado aquella mañana.
Inmediatamente, sintió unos celos del todo injustificados, imaginándose a Konstantin en brazos de Gemma Wilkinson.
–¿Cómo has acabado en esta situación?
Eloise se sentó en una silla, alcanzó una tostada y le puso mantequilla y unas cuantas frutas del bosque, eligiendo entre la amplia selección. Él se inclinó hacia delante para servirle una taza de café y, al estirar el brazo, ella lo admiró sin poder evitarlo.
¿Cómo era posible que un simple brazo extendiera el calor de la parte baja de su estómago por su espalda, por su pecho y hasta el cuello? Era tan ridículo que, en lugar de intentar contestarse a sí misma, cortó un pedazo de tostada y se lo llevó a la boca.
La exquisita mezcla de dulces sabores estalló en su lengua de tal manera que cerró los ojos con placer. Y cuando los abrió, Konstantin la estaba mirando.
Eloise se ruborizó y se obligó a tragar. Evidentemente, él estaba esperando a que contestara su pregunta, pero no sabía por dónde empezar.
–Las cosas se complicaron tras el fallecimiento de Ilias. –Ella carraspeó y probó el café–. Mi madre ya había sufrido muchas pérdidas en su vida, y no son situaciones a las que la gente se pueda acostumbrar. Además, siempre ha sido emocionalmente sensible. Se lo toma todo muy a pecho.
Konstantin no dijo nada. Se limitó a mirarla con intensidad, y ella se sintió como si tuviera una lupa encima que lo amplificara todo, haciéndola ultraconsciente de sí misma.
–Intenté ser fuerte por ella, como Ilias lo había sido conmigo. Y no me di cuenta de lo mal que yo misma lo estaba pasando hasta que volví a la universidad –continuó Eloise–. Mi madre había empezado a salir con alguien, y creí que yo también estaba preparada para seguir con mi vida. Pero no fui capaz de salir de mi habitación en todo el semestre.
Konstantin arqueó las cejas.
–¿Nadie te ayudó? ¿Ninguna compañera de clase?
–No tenía amigos en la universidad. Solo llevaba dos meses allí cuando falleció mi hermano, y luego estuve ausente más de un año. Los pocos amigos que había hecho al principio estaban a lo suyo, estudiando, viajando, etcétera. Al final, conseguí volver a las clases, pero descubrí que no me interesaban. Mi cabeza no estaba en los estudios. Y, además, mi madre me desconcentraba constantemente.
–¿Tu madre?
–Cuando tiene un hombre en su vida, le encanta hablar de su relación –contestó con una sonrisa irónica–. Pero siempre me distancio de ella cuando está saliendo con alguien nuevo, así que saqué fuerzas de flaqueza y me quedé en la universidad.
Konstantin entrecerró los ojos.
–¿Por qué te distancias de ella? –preguntó con interés.
–Porque algunos de los hombres con los que ha salido pensaban que su relación sexual con ella me incluía a mí.
–¿Y Lilja se lo permitía? –dijo él, indignado.
–Por supuesto que no. Se los quitaba de encima de inmediato.
–Estás hablando en plural… ¿es que te ha pasado más de una vez? ¿Lo sabía Ilias?
–No, claro que no lo sabía.
Él la miró con recriminación, y ella añadió:
–Decir a mi madre que su amante me había tocado las nalgas o me había intentado besar ya era bastante difícil. No me sentía capaz de contárselo además a mi hermano. Además, mi madre siempre solventaba el problema, y yo aprendí a mantenerme al margen.
–Esto es increíble…
Konstantin se levantó de la silla y se puso a andar de un lado a otro.
–¿Crees que estoy mintiendo?
