E-pack Bianca noviembre 2025 - Sharon Kendrick - E-Book

E-pack Bianca noviembre 2025 E-Book

Sharon Kendrick

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Beschreibung

Rendida a su pasión Sharon Kendrick La delgada línea entre el odio y el deseo… Quedarse atrapada por una tormenta en el castillo del multimillonario Romano Castelliari era una auténtica pesadilla. Cada una de las miradas que le dirigía el hermano de su mejor amiga, y objeto de su fascinación de adolescente, hacía arder su cuerpo y su alma en deseo… Romano aprendió en su infancia a evitar cualquier cosa que amenazara su autoimpuesta disciplina. Por eso, la forma en la que Kelly lo perturbaba era inaceptable. Pero al descubrir que no era la mujer experimentada que hasta entonces había creído que era, su rechazo se convirtió en un abrasador anhelo. Y la única manera de recuperar el dominio de sí mismo pasaba por la apasionada rendición de su enemiga. Una noche para siempre Julia James No tenían ningún compromiso… hasta que un bebé los unió para siempre. Tras haber visto cómo su padre lo perdía todo por una mujer, el multimillonario italiano Vincenzo Giansante había evitado cualquier relación sentimental. Así pues, cuando Siena, con la que había tenido solo una noche de pasión, aseguró haberse quedado embarazada de él, Vincenzo insistió en que se hiciese una prueba de paternidad. Y cuando esta resultó ser positiva, se quedó de piedra con su propia reacción: ¡Pedirle a Siena que se casase con él! Siena, que era una mujer independiente, no quería depender de un hombre que la había acusado de ser una cazafortunas, pero tampoco era capaz de olvidar la ardiente noche que había pasado con él. Y cuanto más insistía Vincenzo en casarse con ella, más difícil le resultaba resistirse a aquella atracción… Infiltrada en su corazón Louise Fuller Exigencia en la oficina. Química fuera del horario laboral Al borde de la quiebra, la hacker profesional Sydney Truitt tuvo que aceptar un lucrativo trabajo que tenía como objetivo la empresa del despiadado CEO Tiger McIntyre. A punto de conseguirlo, el jefe la pilló con las manos en la masa y le dio un impactante ultimátum: enfrentarse a la cárcel o hacerse pasar por su novia. La cuidada imagen de playboy de Tiger estaba diseñada para mantener al mundo a distancia. Llevar a Sydney como su cita a una prestigiosa gala hacía precisamente eso. Pero él no contaba con que sería imposible fingir la cruda necesidad que su proximidad desataba... Al esforzarse tanto en dejar fuera a los demás, ¿habrá dejado entrar a Sydney? La mujer equivocada Tara Pammi Me perteneces. ¡Y también las gemelas! Nyra huyó de su matrimonio con Adriano Cavalieri cuando él quebró la confianza entre ambos al pensar que ella lo había traicionado. Ni siquiera descubrir que estaba embarazada de gemelos la convenció para regresar a Capri. Hasta que su marido descubrió su secreto… Adriano quería una segunda oportunidad. El deseo puro y vivo que existía entre ellos era tan potente, que dejarse llevar por esa pasión le parecía arriesgado. No obstante, una vez que encontró a Nyra, decidió enmendar su error. Primero, reclamaría a su familia. Después, rompería las barreras que protegían el corazón de su esposay desnudaría su propio corazón…

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Seitenzahl: 755

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

E-pack Bianca, n.º 426 - noviembre 2025

 

I.S.B.N.: 979-13-7017-265-7

Índice

 

 

 

Créditos

Rendida a su pasión

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capitulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro...

Una noche para siempre

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Infiltrada en su corazón

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

La mujer equivocada

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Índice

Créditos

Índice

Rendida a su pasión

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro...

Una noche para siempre

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Infiltrada en su corazón

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

La mujer equivocada

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Portadilla

Capítulo 1

 

 

 

 

 

La tormenta rugía, la lluvia golpeaba los cristales y el cielo negro parecía querer replicar la furia de Romano Castelliari.

Acababa de volver de Turín, donde había acudido para firmar el mejor negocio de su vida. Añadir la icónica fábrica de automóviles a sus muchas otras empresas había sido su sueño durante años, y estar a punto de conseguirlo había logrado acelerar su corazón de piedra. Hasta que, en el último momento, el anciano empresario se había retirado del trato aduciendo su más absoluta censura al estilo de vida de Romano: «Quiero vender mi compañía a un hombre de familia», había aducido. «No a un playboy».

Y ninguna propuesta u oferta que Romano le hiciera había servido de nada. De manera que Romano había vuelto a Italia en su jet privado.

–Porca miseria –exclamó, sabiendo que estaba solo y que nadie le oiría.

¿Qué derecho tenía Silvano di Saccucci a rechazar un acuerdo tan beneficioso para ambos basándose en un criterio tan poco profesional?¿Qué derecho tenía nadie a impedir que lograra sus deseos o de juzgarlo?

Siguió recorriendo malhumorado su refugio en la Toscana, el antiguo castillo contra cuyos cristales golpeaba una cortina de lluvia que ocultaba las montañas en la distancia.

Él nunca dejaba que los elementos lo gobernaran o le impidieran salir a caminar, a montar a caballo o a cazar. Pero aquella interminable tormenta se había convertido en un factor añadido a la larga lista de inconvenientes que se acumulaban y, de no ser porque los planes de aquel fin de semana eran inamovibles, se habría marchado a algún lugar cálido, por ejemplo, Brasil, donde habría podido acudir a la carrera en la que competía uno de sus coches.

Frunció el ceño. Ser dueño de un gran patrimonio italiano iba acompañado de algunos acontecimientos sociales ineludibles. Aquel fin de semana celebraban el bautismo de la hija de su hermanastra pequeña, Floriana, a la que tenía que dejar de considerar una niña, puesto que ya era esposa y madre. Se trataba del tipo de acto que detestaba porque, inevitablemente, daba lugar a preguntas incómodas, la más común y de apariencia inocente, la relativa a cuándo tenía pensado convertirse en padre.

Aunque no tenía nada de inocente, para entonces Romano se había acostumbrado a evitarla. ¿Cuántas de sus amantes lo habían mirado fijamente como si quisieran leer en el fondo de sus ojos? Solía coincidir con sesiones de sexo especialmente satisfactorias, cuando ellas asumían que había bajado sus defensas porque eran lo bastante ingenuas como para pensar que alguna vez las bajaba. ¿Aprenderían alguna vez que no tenía sentido intentarlo?

«Serías tan buen padre, Romano», solían decir en tono seductor, como si se les acabara de ocurrir.

No era verdad. Él conocía sus limitaciones y eran las mismas que habían llevado a Silvano a rechazar su oferta en el último momento. No tenía ni el deseo ni la capacidad de sentar la cabeza, por mucho que la presión aumentara con cada año que pasaba. Se estremeció con incomodidad. Solo pensarlo lo devolvía a su desgraciada infancia.

Y en aquel instante fue como si abriera la compuerta a sus peores recuerdos, ya que ¿no había sido una noche exactamente como aquella?

Su cuerpo se tensó.

La noche en que su madre se lo había llevado. Romano recordaba la lluvia calándolo mientras iba en sus brazos. El viento ululando al tiempo que lo depositaba en el asiento trasero de una limusina. Recordaba el olor acre y dulzón del humo que impregnaba el aire y luego… nada. Hasta que se despertó en una casa desconocida y vio a su madre besando a un hombre desconocido que no era su padre.

Romano sintió que le palpitaban las sienes. La pesadilla había durado tres años. Pero, en el fondo, uno nunca se liberaba de su pasado. Fuera malo o bueno, aquellas eran las experiencias que definían la persona en la que uno se convertía. Cada crítica que recibía podía remontarla a aquel periodo de su vida. Era consciente de que era el origen de que no tuviera sentimientos, de la elegida distancia que mantenía con los demás y el motivo por el que siempre se sentía como un extraño, alguien que nunca encajaba y que solo observaba desde el exterior.

Y así era como quería seguir siendo.

No quería implicarse emocionalmente. Se negaba a pasar de nuevo por algo así. No quería sentir ni dolor ni incertidumbre. Le gustaba controlar todos los aspectos de su vida y, si alguna vez alguien cuestionaba su actitud, se limitaba a prescindir de esa persona con una indiferencia que se había convertido ya en marca de su personalidad.

Echó un leño en el gran fuego que ardía vivamente en el vestíbulo, coloreando de rojo y dorado las paredes empaneladas de madera y caldeando el vacío castillo, que Romano había encontrado helado al llegar. Al menos, podía disfrutar de un día tranquilo antes de que llegara todo el mundo. Su hermanastra y su familia, así como su madrastra, habían tenido que retrasar su viaje. Y Romano prefería no pensar en la otra invitada.

La que no quería ver.

El fantasma siempre presente.

La hechicera de ojos verdes y cabello cobrizo.

La mujer que…

En el reflejo de uno de los antiguos espejos vio su rostro contraído en un gesto de rabia.

¿Por qué demonios había elegido su hermanastra llevar al castillo a aquella mujer infernal cuando sabía hasta qué punto la detestaba? Romano sintió todo su cuerpo en tensión. ¿Qué necesidad había de elegir a Kelly Butler como madrina de un Castelliari cuando era la amiga de Floriana menos apropiada? ¿No había creado suficientes problemas ya la testaruda pelirroja con su determinación e insolencia?

¿Y no estaban relacionados esos problemas con la forma en la que le hacía sentir? ¿Por la abierta sexualidad que rezumaba y que le hacía arder en un deseo intensificado por el hecho de que estaba fuera de los límites que él mismo había establecido?

Sus turbulentos pensamientos fueron interrumpidos por un sonido distante. Un golpeteo ahogado apenas audible por encima del rugido de la tormenta. Romano pensó que se trataba de la rama quebrada de un árbol golpeando la puerta, hasta que el viento se remansó por unos segundos y volvió a oírlo, en aquella ocasión mucho más nítidamente.

Una voz.

Romano arqueó las cejas.

La voz de una mujer.

Apartándose del resplandor del fuego, abrió la pesada puerta al vendaval ululante sin estar preparado para la visión que encontró al otro lado. Al principio apenas la reconoció bajo la luz interior que se proyectó en el patio, envolviéndola en un halo dorado. Tenía el pelo pegado a la cabeza y lo hombros encorvados para combatir el embate de la lluvia. Entonces ella alzó la mirada y pronunció su nombre con su voz suave y hechicera, y Romano no pudo hacer nada por evitar el nudo que se le formó en la garganta y el golpe de calor que sintió en la ingle. La recorrió con mirada hambrienta y tragó saliva. Había olvidado lo diminuta que era.

–Entra –murmuró.

Ella asintió y cruzó el umbral del castillo. Romano cerró la puerta pensando que nunca la había visto actuar con tanta docilidad. O tan vulnerable. Su bonito rostro no reflejaba la menor insolencia. Sus mejillas salpicadas por la lluvia se sonrosaron al mirarlo. A la luz del fuego sus ojos eran tan brillantes como los recordaba: los ojos verdes de una hechicera.

Romano habría querido preguntarle qué demonios estaba haciendo allí tan pronto, pero, al verla temblar violentamente, indicó el fuego con un gesto de la cabeza.

–Acércate y quítate el abrigo –ordenó con brusquedad.

A ella le castañeteaban los dientes con tanta fuerza que no podía hablar, pero alzó la barbilla con un gesto desafiante que sí le recordó a la Kelly de siempre.

–Ve–veo que no has perdido tu ten–tendencia a mandar –dijo ella.

–Déjate de tonterías y concéntrate en lo que tienes que hacer, o mejor, deshacer –replicó él–. Empieza por quitarte la chaqueta.

Pero las manos congeladas de ella eran incapaces de realizar una tarea tan simple como desabrocharse y, después de chasquear la lengua con impaciencia, Romano se acercó a ella.

–¿Me permites? –masculló.

Ella asintió a regañadientes con un rictus impertinente que le resultó muy familiar.

–Si quieres.

¿Que si quería? Romano dejó escapar una risa breve. Lo que quería era algo muy distinto.

Que ella estuviera lo más lejos posible, fuera de su vista y de su mente.

¿Ah, sí?

¿No era la verdad otra muy distinta y estaba relacionada con algo carnal y urgente que lo recorría por dentro como una fiebre repentina a pesar del aspecto patético de Kelly en aquel momento? ¿No la habría querido debajo de él, acogiéndolo dentro de su cuerpo suave y delgado?

Y ¿no había sido siempre ese el efecto que tenía en él?

Recordó el torpe intento de seducirlo que había hecho con apenas dieciocho años. Le había asombrado que la amiga de su hermana expresara tan abiertamente que lo deseaba y con ello había alimentado sus peores prejuicios contras las mujeres, además de preocuparle la influencia que pudiera tener en Floriana. La había rechazado sin parpadear, incluso con crueldad, pero había sido necesario hacerlo porque, al mismo tiempo, se había indignado consigo mismo al darse cuenta de hasta qué punto la deseaba a pesar de que le estaba prohibida, tanto por su edad como por ser la mejor amiga de su hermana pequeña.

Conteniendo la respiración, desabrochó los botones de la empapada chaqueta y se la retiró, esforzándose por mantener el contacto físico al mínimo. Y, aun así, bastó el leve roce de sus dedos con los hombros de ella para que una lengua de fuego le recorriera la piel.

–¿No se te ha ocurrido ponerte un impermeable abrigado? –preguntó con voz ronca, al tiempo que colgaba la prenda en un perchero.

–No esperaba que hiciera tan mal tiempo.

–¿Acaso crees que en la Toscana siempre luce el sol, Kelly? –preguntó Romano sarcástico.

–Dudo que cuando tú estás aquí se atreva a asomar la cara –replicó ella. Miró alrededor y su cabello, que empezaba a secarse, pareció un halo de fuego–. Por cierto, ¿dónde está Floriana?

–Primero tenemos que secarte –dijo él con impaciencia.

–Hablas como si fuera un perro que se ha metido en un charco.

–Un perro mostraría más gratitud.

–Ah, por eso pareces aún más enfadado que de costumbre. ¿No estoy siendo lo bastante agradecida, Romano? ¿Quieres que te haga reverencias para darte las gracias?

–Si fuera humanamente posible, lo que quiero es que te calles un rato.

–Me sorprende que te refieras a un comportamiento humano cuando todo el mundo sabe que eres el demonio en persona –masculló ella.

La respuesta de Romano se quedó congelada en sus labios al observarla. Llevaba un jersey de rayas que le hacía parecer un personaje de dibujos animados y unos vaqueros gruesos. Aun así, ¿cómo conseguía que un atuendo tan corriente resultara sexy?

–Estás empapada –comentó, alterado

–¿Crees que no lo sé?

–¿Dónde está el resto de tu ropa?

–En el coche.

–No he visto ni oído ningún coche.

–No, porque me ha dejado tirada a mitad del camino de acceso. He golpeado algo y creo que he dañado una rueda.

–¿Crees?

–¡Vale! Le he hecho algo a la rueda –dijo Kelly exasperada–. No todos nos desplazamos en limusina. El GPS ha dejado de funcionar y me he perdido. Aun con las carreteras en buen estado y no convertidas en ríos, sería difícil encontrar este sitio. Está perdido de la mano de Dios.

–Está en lo alto de una colina. No puede ser tan difícil localizarlo.

–No vendrían mal algunas señales en el camino.

Romano masculló algo en italiano.

–Dame la llave del coche y espera aquí –dijo, tomando una cazadora y dando un portazo al salir.

Kelly se dijo que se alegraba de perderlo de vista, aunque tenía que admitir que lo mejor de Romano era precisamente su físico. El viaje hasta allí había sido una auténtica pesadilla, como un cuento de terror: árboles que se retorcían y crujían, lluvia torrencial que impedía toda visibilidad.

Un castillo que nunca le había gustado se había erguido finalmente ante ella, enorme y fantasmagórico. Y en su interior: el ogro, la bestia.

Solo que Romano no era ni una cosa ni otra.

Intentó calmar su respiración, pero fracasó. ¿Quién podía actuar con naturalidad teniendo delante a Romano Castelliari? Ese había sido siempre su problema cuando lo tenía cerca. Había algo casi peligroso en su belleza, que lo separaba del resto de los mortales. Su más de metro ochenta de puro músculo; sus ojos, más negros que una noche sin luna y que parecían poder leerte el alma, aunque a ella nunca la hubiera mirado más que con desdén.

Recordó la primera vez que lo había visto. Había estado espiando desde una ventana del colegio cuando él llegó en un coche negro reluciente para llevar a su hermana a comer. ¿Se había dado cuenta de que lo estaba mirando? ¿Por eso había mirado hacia arriba entrecerrando sus ojos oscuros, con el cabello negro alborotado por la brisa? Su primera impresión había sido que no tenía nada de la expresión alegre de su hermana. Recordaba que había pensado que tenía un semblante frío, duro y severo. Pero algo en la sensual curva de sus labios hizo que ansiara besarlo. Y en un abrir y cerrar de ojos, había perdido la cabeza por él aun sabiendo que nunca se fijaría en ella, aunque casi tuviera dieciocho años y estuviera a punto de ir a la universidad.

¿Había sido esa la razón de que empezara a vestirse como una seductora aficionada cada vez que lo veía y actuaba, para regocijo de su hermana, como si fuera la reina de todas las fiestas? Porque Flo sabía la verdad: que su vida social era inexistente. Pero, por mucho que se esforzara, Romano no se había fijado ni en cómo se vestía ni en lo que hacía. Por eso había cometido la terrible equivocación de armarse de valor y, ataviada con un vestido provocativo que le había prestado una compañera, preguntarle si quería salir a tomar una copa con ella el último día de curso. Y se había merecido la sonrisa desdeñosa con la que él la había rechazado.

–Vete de aquí, pequeña –había dicho.

Y ella había obedecido, dolida y humillada.

«Para», pensó distraída. «Para ahora mismo». La belleza de Romano no había estado nunca en duda y ella hacía tiempo que ya no lo veneraba. Lo que era una suerte, dado que la había recibido con el mismo esnobismo y frialdad que entonces. Nada había cambiado. «Le caes mal y él te cae mal a ti. Punto final».

Además, ella tenía otros asuntos más acuciantes. Por ejemplo, cómo iba a conseguir pagar el alquiler después de que el restaurante en el que trabajaba hubiera quebrado. Aunque el trabajo a media jornada no supusiera mucho dinero, complementaba los escasos ingresos que conseguía en el puesto del mercadillo.

Pero seguía haciendo malabarismos, mantener todas las bolas en el aire había supuesto un gran esfuerzo y, dado que en aquel momento una de ellas se había caído, Kelly no estaba segura de cómo iba a salir adelante.

Para distraerse de sus preocupantes pensamientos, se preguntó dónde estaba todo el mundo. Ladeó la cabeza y escuchó. No se oía más ruido que el crepitar del fuego y el ulular del viento. Tampoco recordaba haber visto ningún coche en el exterior. De pronto, sintió una oleada de aprensión al pensar que estaba a solas en el castillo con el millonario italiano, pero sus cavilaciones se evaporaron cuando Romano reapareció a los pocos minutos, dejó su maltrecha maleta en el suelo y se quitó la chaqueta.

–¿Has conseguido arrancarlo? –preguntó ella.

–No –replicó él.

–Es un coche de alquiler –se lamentó Kelly, pensando con desánimo en la cláusula sobre averías del contrato.

–Me ocuparé de que lo retiren esta noche y de que un mecánico lo revise mañana –dijo él entre dientes.

–Muy bien –dijo Kelly. Y su mirada se desvió por voluntad propia hacia el cuerpo de Romano.

Nunca lo había visto vestido de una manera tan informal, con un jersey negro y unos vaqueros que se ajustaban obscenamente a sus muslos y que le aceleraron el corazón hasta casi marearla. ¿Le gustaba sentirse deseado? «Céntrate», se reprendió mentalmente al tiempo que carraspeaba.

–Todavía no me has dicho dónde está Flo –dijo.

–Atrapada en Francia por una nevada. No llegarán hasta mañana. ¿No te ha llamado para avisarte?

Kelly se mordió el labio.

–Puede que lo haya intentado, pero he estado mucho rato sin cobertura, y ahora se me ha acabado la batería.

–Ya veo. Y luego tu coche te ha dejado tirada. –Romano la miró con sorna–. Podría pensarse que te querías quedar aislada conmigo a solas, Kelly.

–¿Es que las mujeres acostumbran a maquinar para poder quedarse a solas contigo, Romano?

–Te sorprendería saber cuántas.

–Lo que me sorprende es que alguien quieras estar en tu compañía.

Romano esbozó una sonrisa apenas perceptible, pero bastó para atravesar la coraza de Kelly, como un rayo de sol que comenzara a derretir un cubito de hielo.

–¿De verdad te sorprendería? –preguntó él en tono sensual. Y Kelly sintió que se ruborizaba al recordar el escandaloso vestido, junto con el vergonzoso parpadeo, con el que le había invitado a salir.

Decidió cambiar de tema.

–¿Y dónde está tu regimiento de sirvientes?

–Ya no se llaman sirvientes y, aunque te parezca mentira, soy un jefe considerado y a veces les doy tiempo libre.

–¿Tampoco está tu madre?

–Querrás decir mi madrastra –la corrigió Romano.

Kelly arrugó la nariz.

–Pensaba que siempre te había tratado como a un hijo.

–Rosa siempre me ha tratado con afecto –admitió él con un rictus–. Pero no soy su hijo.

Kelly percibió su voz tan fría y quebradiza como la escarcha. Creía recordar que su madre había muerto cuando era pequeño, pero no estaba segura. A pesar de su naturaleza alegre, Flo siempre rehuía hablar del pasado.

«Siempre que se menciona el tema, hay llantos o peleas. Por eso prefiero olvidarlo», le había dicho su amiga en una ocasión.

–Rosa llegará mañana con Floriana –la informó Romano.

–¿Y tu hermano? Perdona, tu hermanastro –se corrigió Kelly de inmediato al recordar al rígido y dogmático hermano de Flo, Riccardo, quien, según decían, se había dulcificado tras casarse con su antigua secretaria, Angie–. ¿Va a venir?

–No. Están en Nueva York y Angie está a punto de dar a luz, así que no puede volar. –Romano suspiró–. Entre tanto, está claro que tú estás aquí para quedarte.

–No hace falta que te muestres tan entusiasmado.

–No voy a fingir lo que no siento, Kelly.

–Está claro que preferirías que no hubiera venido.

–Así es. –Romano se encogió de hombros–. De hecho, preferiría no haber vuelto a verte.

–Te aseguro que el sentimiento es mutuo.

Se miraron con odio de un lado al otro del vestíbulo.

–Pero, aunque podríamos dedicar el resto del día a insultarnos, tiene más sentido que subas y te quites la ropa –dijo Romano finalmente–. No me gustaría tener que llamar al médico porque una invitada tiene neumonía. Entre otras cosas, porque no querría molestarlo en mitad de la cena.

Kelly abrió la boca para contestar algo agudo, pero la mente le falló porque, en cuanto Romano había mencionado que se quitara la ropa, los pezones se le habían endurecido. ¿Cómo era posible que unas palabras inocentes pudieran causarle aquel efecto? ¿Por qué su cuerpo la traicionaba cuando Romano ni siquiera le caía bien? Se cruzó de brazos rezando para que Romano no lo notara.

–No sé dónde pensaba instalarte Floriana, pero hay varios dormitorios disponibles en el primer piso –comentó él–. ¿Tienes alguna preferencia?

–¿Cómo voy a saberlo? –preguntó ella, alegrándose de poder olvidar su reacción física–. La última vez que vine me obligaste a alojarme en un hotel local, supongo que porque no me considerabas digna de quedarme en tu precioso castillo.

Se miraron en silencio con gesto desafiante.

–Sabes que intentaba mantenerte alejada de mi hermana tanto como fuera posible –dijo él finalmente.

–¿Aunque, como su dama de honor, se suponía que debía estar disponible en todo momento?

–No me gustaba la influencia que tenías sobre ella –dijo Romano con ojos brillantes–. Y se ve que no me equivocaba, puesto que la animaste a huir la noche antes de su boda, abandonando al hombre con el que se suponía que debía casarse y deshonrando a toda la familia Castelliari.

–¿No crees que su felicidad era más importante que la reputación de la familia? –protestó ella–. Además, todo fue idea suya.

–Podrías haberla detenido –dijo él–. Podrías haber acudido a mí.

–¿Por qué habría hecho eso? No solo eres la última persona a la que acudiría en busca de consejo, sino que estabas entregando a tu hermana a un hombre mayor y rico como una especie de sacrificio

–No seas tan melodramática –replicó Romano–. El conde Alfonso de Camino habría sido un excelente marido. Y, al contrario que su marido actual, la habría mantenido como se merece.

Kelly captó la crítica implícita en su tono.

–Pero Floriana es feliz con Max –los defendió.

–¿Hasta cuándo? –replicó él–. Dejará de serlo si no tiene dinero.

–Sí es así, ¿por qué no se lo das tú?

–¿Crees que no lo he intentado? –preguntó Romano–. Pero Max no solo es pobre, también es orgulloso. La peor combinación posible.

Kelly lo miró fijamente

–¿De verdad querías que se casara con un hombre al que no amaba? –susurró.

Romano se tensó.

–Por favor. No me hables de amor –dijo con amargura–. No es más que un eufemismo para la lujuria que arruina la vida a quienes son tan estúpidos como para creer en él.

–Cosa que tú no haces.

–Por supuesto que no –respondió él, desdeñoso.

–Qué cínico eres, Romano. –Kelly suspiró.

Estaba a punto de darse la vuelta cuando algo en su expresión la detuvo, y de pronto no pudo apartar la mirada. Porque parecía… Kelly tragó saliva. Todo en Romano parecía ser una contradicción en aquel momento. Como hielo y fuego. Como el anhelo y el desprecio. Sus rasgos reflejaban amargura, también impaciencia. Tal vez porque nadie antes que ella había tenido la temeridad de hablarle en aquel tono. Pero percibió algo más mientras él seguía el movimiento de su cabello cayendo hasta sus hombros, como si estuviera hipnotizado contra su voluntad. Algo en sus ojos, muy parecido al calor que ella sentía acumularse en su vientre, llenándola de un ansia y una frustración desconocidas, que la impulsaban a pedirle que… a suplicarle que…

Se le secó la garganta. ¿Cómo era posible desear a alguien a quien se odiaba tanto?

¿Ansiar sus caricias como si sin ellas la vida no tuviera sentido?

Sabía que todavía la culpaba por su participación en lo que había sucedido. La boda de Floriana con el conde de mediana edad nunca había sucedido, porque la futura novia se había escapado en medio de la noche, ayudada por su mejor amiga. Y Kelly había estado a su lado cuando Floriana se casó con Max, el hombre del que llevaba años enamorada. Las emociones habían estado a flor de piel durante mucho tiempo después, lo que explicaba por qué el primer bebé de Floriana y Max había sido bautizado en una discreta ceremonia familiar, a la que Kelly no había sido invitada.

Pero todo eso quedaba en el pasado. En el presente, estaban a punto de celebrar el bautizo de su nueva y adorable niña, Allegra, cuya madrina iba a ser Kelly.

Los ánimos se habían enfriado y todos eran adultos, así que Kelly confiaba en poder mantener una relación cortés con Romano durante un corto fin de semana.

Aunque no iba a ser fácil si Romano la seguía mirando, haciendo que su piel se electrizara y anhelara cosas que no tenía derecho a querer. Y menos aún de él.

Se humedeció los labios secos.

–¿No ibas a enseñarme mi habitación?

Romano inclinó la cabeza y el hechizo sensual que había tejido se rompió.

–Ven conmigo.

Kelly lo siguió por la amplia escalera, recordando lo poco acogedor que siempre le había parecido aquel enorme castillo y lo mal que siempre había encajado allí. Ella no era como ellos. Floriana tenía dinero, clase y conexiones sociales, mientras que ella no tenía nada.

Llegaron al segundo piso, donde, al final de un largo pasillo, Romano se detuvo frente a una puerta y la abrió.

–Puedes quedarte aquí –gruñó, dejando su maleta sin hacer ademán de entrar en la habitación–. Encontrarás todo lo que necesites. El baño está dos puertas más allá.

–¡Qué desgracia! ¿No es un baño en suite? –bromeó Kelly.

–Es un castillo, Kelly, no un hotel –dijo Romano, apretando los dientes.

Desde luego que no. Un hotel nunca contrataría a alguien tan sombrío como él.

–Baja cuando estés lista –dijo Romano–. Prepararé algo de comer.

Dio media vuelta y se fue y Kelly se quedó sin oxígeno en los pulmones. Parpadeó, preguntándose si había oído bien. ¿Romano iba a cocinar? Probablemente se refería a calentar una comida preparada en el microondas. No podía imaginar que Romano Castelliari hubiera tenido que mover un dedo en su vida cuando estaba rodeado de sirvientes y de amantes.

Quitándose la ropa húmeda, la colgó sobre uno de los radiadores y, dando un suspiró, rebuscó en su pequeña maleta. El vuelo barato había supuesto que su equipaje tuviera un peso restringido, y no disfrutara de mucho espacio para moverse, pero aun así… Miró a su alrededor y tragó saliva. Ella no tenía ropa adecuada para un bautizo en el castillo de un multimillonario, así que había tenido que usar su imaginación y el poco dinero que tenía para hacerse un par de conjuntos que de ninguna manera podrían competir con la ropa que llevarían las demás invitadas.

Sacó un vestido y lo estudió: lo había hecho ella misma con un corte de terciopelo color burdeos que había comprado en el mercadillo. Pero un vestido significaba enseñar las piernas y en cierta forma eso la hacía sentirse … vulnerable.

No. Era Romano quien la hacía sentirse vulnerable. Bastaba una mirada para que se derritiera.

En el enorme cuarto de baño encontró el agua deliciosamente caliente y darse un baño con un exquisito jabón de lavanda le hizo sentirse por primera vez desde que había llegado vagamente humana. De vuelta en su habitación, domó sus rebeldes rizos y se puso un par de aros de plata hechos por ella misma, pero la mirada que le devolvía el espejo era de inquietud. Romano le hacía sentir fuera de lugar y extraña, pero no debía permitir que la intimidara o se daría cuenta de que todavía lo deseaba. Porque eso tenía que quedar en el pasado.

Aun así, sus dedos seguían temblando cuando salió del dormitorio.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Romano la percibió antes de verla, como si Kelly hubiera activado un sexto sentido que lo alertara de su presencia.

Se giró y encontró a Kelly Butler dubitativa en la puerta de la cocina, como si fuera el último lugar en el que quería estar. O como si él fuera la última persona con la que quisiera estar. Pensó sombríamente que eso los igualaba, aunque el desbocado latir de su corazón al mirarla lo contradijera.

Kelly llevaba un vestido de terciopelo que se pegaba a sus generosas curvas y la tela gastada parecía curiosamente apropiada para el entorno, al igual que el intenso color burdeos. Pudo ver el destello plateado en sus orejas y el balanceo de su lustroso cabello y pensó que sus ojos verdes eran tan grandes como los recordaba. Parecía una pintura que hubiera cobrado vida y maldijo el instantáneo endurecimiento de su ingle.

–Siéntate ahí –dijo, indicando la mesa–. La cena estará lista enseguida.

–Prefiero caminar un poco –dijo ella, mirando a su alrededor–. Llevo horas sentada en ese maldito coche.

–Como quieras –dijo Romano con fingida indiferencia.

Porque no la quería lo bastante cerca como para detectar el calor de su cuerpo u oler la sutil fragancia de su perfume. O para ver su pequeña figura mientras recorría el espacio con una curiosidad inocente y sus gruesos rizos balanceándose alrededor de sus hombros. Quería que se sentara a la mesa, donde apenas pudiera verla. Porque si seguía paseándose con aquel aire de…

Su garganta se secó mientras se acostumbraba a la nueva Kelly Butler. No quedaba rastro ni de la colegiala de aire seductor y minifalda escandalosa ni de la estudiante de arte con una horrible ropa negra y botas militares. Cada vez que la había visto había encontrado su aspecto más detestable, pero a un nivel visceral no había podido negar su atracción hacia ella. Sin embargo, siempre la había mantenido a distancia. Sabía que las mujeres se enamoraban de él con facilidad y jamás alimentaba el amor no correspondido por alimentar su ego. Y por encima de cualquier mujer, la amiga salvaje de su hermana había estado estrictamente fuera de los límites de lo permitido. Tal vez por eso había transformado su innegable atracción hacia ella en desaprobación. Le resultaba más fácil que desearla.

Cuando coincidieron en la fallida boda de su hermanastra, llevaban años sin verse y aún entonces la química entre ellos seguía siendo explosiva. Recordó la forma en que ella lo había mirado, con aquellos magníficos ojos esmeralda brillando de deseo. Cómo sus rizos cubrían la deliciosa curva de sus senos. Y podía recordar vívidamente la urgencia con la que había querido lamerle los pezones. De no haberse escapado con Floriana aquella la noche, ¿habrían terminado juntos en la cama? Se rio brevemente. Probablemente. Después de todo, no estaba hecho de piedra y al menos así quizá se habría librado de su obsesión por ella. Porque una vez intimaba con una mujer, esta empezaba a aburrirlo.

En el caso de Kelly, conservaba intactas las ganas de pasar los dedos por su cabello y besar sus voluptuosos labios.

Vio que tenía unas profundas sombras debajo de los ojos, como si hubiera estado durmiendo poco, y supuso que seguía disfrutando de la noche.

–¿Qué quieres beber? –preguntó bruscamente.

–Agua, por favor. No te sorprendas tanto, Romano. ¿Creías que tomaría una cerveza de la botella?

–¿Por qué no?¿No es eso lo que solías hacer en tus fiestas del instituto?

–Ah, casi ni me acuerdo –respondió ella con aire indiferente–. De todas formas, no hace falta que me sirvas. Dime dónde están los vasos y me ocupo yo misma. Soy autosuficiente.

–No. –Romano sacó una botella del frigorífico, llenó un vaso y se lo tendió–. No quiero que te interpongas en mi camino.

–Por supuesto que no –dijo ella, bebiendo un sorbo de agua y luego dejando el vaso sobre la mesa con un suspiro–. Flo tiene razón: eres un fanático del control.

–No lo niego.

–Supongo que lo consideras un cumplido.

–¿Te molesta, Kelly? –se burló Romano–. ¿Prefieres a los hombres dóciles que hacen todo lo que tú quieres?

Kelly se mordió el labio como si el comentario la hubiera hecho sentir incómoda. ¿Sería verdad que le gustaban los hombres sumisos? Mientras sus miradas se cruzaban en un duelo hostil, Romano tuvo que sofocar una fantasía sexual.

–Esto no va a funcionar –dijo ella entonces–. Será mejor que vuelva a mi habitación y te deje en paz.

–Llevas todo el día de viaje.

–¿Y?

–Necesitas comer algo.

–Puedo llevar un sándwich a mi habitación.

–Aquí no hacemos las cosas así.

–Perdona, es que la chica de clase trabajadora no sabe comportarse. ¿O temes que las migas atraigan a las ratas?

–¿Intentas escandalizarme, Kelly?

–No tendría que esforzarme mucho, ¿verdad, Romano?

Él esbozó una sonrisa.

–Estoy seguro de que podemos soportarnos durante una comida sin matarnos. –La miró fijamente–. ¿No crees que sea posible?

–Puede ser –asintió ella a regañadientes.

Pero, cuando se dio la vuelta para atender el fuego, Kelly se dio cuenta de que en realidad no quería un sándwich, ni nada. ¿Cómo podía pensar en comida cuando tenía a Romano ante sí empuñando sartenes como un prestidigitador sexy? Parecía completamente cómodo en el entorno y había algo perturbador e íntimo en el hecho de estar solos, con unas velas ardiendo sobre la mesa, como una pareja a punto de disfrutar de una romántica cena.

Claro que ella no podía saberlo porque jamás había formado parte de una pareja. Ni siquiera sabía lo que era una relación. ¿Sería por la actitud de su madre hacia los hombres? ¿Había absorbido toda su desconfianza y negatividad? O tal vez la verdadera razón era más preocupante… que simplemente no estaba hecha para una relación romántica.

Observó a Romano remover la ensalada y rallar parmesano antes de colocar en la mesa dos tazones de pasta humeantes.

–Siéntate –dijo él secamente

Ella se sentó frente a él y carraspeó.

–No sabía que supieras cocinar.

Romano levantó las cejas.

–¿Porque soy un hombre crees que no puedo valerme por mí mismo? Es un comentario un poco machista.

–Solo lo digo por lo que he oído.

–¿Que es…?

Kelly probó la pasta antes de responder y se dio cuenta de lo hambrienta que estaba.

–Que eres un hombre al que le han hecho siempre todo.

Había creído que su rostro era inescrutable, pero en aquel momento vio en sus ojos un destello de irritación.

–¿Es así como me ves, Kelly? –preguntó él con suavidad– ¿Como un niño rico al que siempre le han dado todo en un plato?

–¿Y no es así?

–Puede que haya nacido rico, pero aprendí a ser autosuficiente porque nunca quise depender de nada ni de nadie. Por eso sé cocinar. Ahora, come –dijo Romano con firmeza antes de añadir–: Dadas las ojeras que tienes, deduzco que necesitas alimentarte y una noche de sueño decente. Supongo que has estado pasándolo bien, como de costumbre.

Que estaba agotada era cierto, pero por razones muy distintas a las que Romano imaginaba.

–Sí, claro. Supongo que lo sabes todo sobre mi alocada vida –comentó descuidadamente–. Floriana te lo habrá contado.

–No hablamos demasiado y, cuando lo hacemos, nunca sobre ti –respondió Romano con aspereza.

Kelly suponía que era el último tema de conversación en el que Romano pudiera estar interesado. De haberle hecho aquella pregunta cualquier otra persona tal vez habría contado la triste versión real: que trabajaba como camarera la mayoría de las noches y pasaba el resto del tiempo haciendo joyas de plata para vender en un mercadillo. Que hacía malabarismos para ganar suficiente dinero para pagar el alquiler. Su corazón se aceleró al pensar en su situación. Porque el restaurante acababa de cerrar y no sabía cómo iba a poder mantenerse…

Pero ni iba a justificarse ante él ni intentar conmoverlo con su triste historia cuando sabía que eso era imposible. Además, ¿no era más fácil alimentar sus prejuicios? Era preferible ser objeto de su desdén, para tener claro qué lugar ocupaba cada uno de ellos, que ser vulnerable.

–Solo trato de vivir la vida al máximo –dijo frívolamente–. Ya sabes, ir de fiesta en fiesta y disfrutar.

–Sí, lo sé –dijo él, frunciendo el ceño–. Recuerdo la mala influencia que ejercías sobre Floriana cuando estabais en el colegio.

Kelly tuvo que morderse la lengua, pero al menos ahora estaba en territorio familiar. ¿No se daba cuenta de que había sido más sencillo para todos ser un chivo expiatorio? La hija de la enfermera siempre iba a ser un objetivo más fácil que la de uno de los hombres más ricos de Italia y donante habitual al fondo del colegio. Si alguien había estado descarriado era Floriana, no ella. Pero los amigos no se traicionaban entre sí, menos aún después de todo este tiempo. Por otro lado, los supuestos crímenes no habían consistido más que en perder el último tren a casa y tener que gastar una fortuna en un taxi para regresar, o probar un cigarrillo y luego vomitar.

–Éramos un poco alocadas –admitió.

–¿Y tú todavía lo eres?

–Puede ser –dijo Kelly, divertida por lo fácil que resultaba confirmar sus prejuicios.

Él la miró con expresión reprobatoria. Entonces un nervió palpitó en su sien, y preguntó:

–¿Y qué hay de los hombres?

–¿A qué te refieres, Romano? –preguntó ella, pestañeando con exagerada inocencia.

–¿Hay… muchos?

Kelly se quedó helada. Probablemente era la pregunta más ofensiva que podría haber hecho y se preguntó cómo reaccionaría si le contara la verdad: que apenas tenía tiempo para salir, que ni siquiera había conocido a un hombre que la interesara. Pero se negaba a parecer una pobre chica sola, y mucho menos una virgen inexperta. Era preferible que siguiera pensando en ella como una fiestera descarada, así que, apartándose el cabello del rostro, lo miró desafiante.

–¿Tú que crees?

Romano apretó los labios.

–No creo que te interese saber lo que pienso sobre el tema.

–Al contrario. Estoy expectante.

–No me extrañaría que tuvieras una multitud de hombres con los que divertirte.

–Vaya… una multitud… –repitió Kelly

–¿Por qué no? –Romano hizo un rictus–. Eres una mujer muy hermosa.

Lo último que Kelly esperaba escuchar era un piropo, y se llevó la mano al cuello, tratando de ocultar su turbación. Tragó saliva. Romana acababa de decir que era hermosa. ¿Y no era absurdo que el cumplido lograra contrarrestar los insultos que le había dedicado con anterioridad? Kelly sintió que se le endurecían los pezones y de repente no supo cómo responder. Sabía que no podía ronronear de placer, que era lo que le apetecía hacer.

Hasta que Romano añadió:

–Pero creo que debes tener cuidado con ese estilo de vida, porque tarde o temprano envejecerás. He visto lo que les pasa a las chicas como tú, Kelly, y te aseguro que no es nada bonito. –Reclinándose en el respaldo de la silla, remató–: La mariposa que va a la llama se quema las alas.

–¡Vaya! Y yo que por un momento he pensado que estabas siendo amable conmigo . – Kelly dejó el tenedor en el plato–. Ahora que has criticado mi vida, ¿qué te parece si hablamos de la tuya?

–Como quieras –dijo él, encogiéndose de hombros.

–Flo dice que nunca estás aquí.

–¿Y qué? Mi administrador se ocupa de todo. No tengo que recoger las uvas o las aceitunas, ni ordeñar las vacas, ni supervisar el etiquetado del vino para que prospere el lado agrícola del imperio Castelliari –explicó él, burlón–. Yo estoy centrado en mi fábrica de automóviles en Turín, así como en el equipo de carreras que dirijo.

–Que tuviste la fortuna de heredar…

–Y que estaba a punto de colapsar cuando asumí el cargo –intervino él con frialdad.

–Eso es verdad. Está bien: no eres «solo» un niño rico –dijo ella sarcástica.

Romano la miró con suspicacia.

–¿Qué quieres decir?

–Que eres un privilegiado, Romano, no un granjero, y que vives la vida a tope. ¿Qué derecho tienes a criticarme por los hombres con los que salgo? Siempre te fotografían saliendo de clubes nocturnos, y nunca con la misma una mujer.

Romano la miró inquisitivo.

–Parece que sabes mucho sobre mi vida, Kelly.

–No es difícil. Tus fotos aparecen por todo Internet.

–Se ve que dedicas mucho tiempo a explorar.

–No seas engreído, Romano. Recibo alertas de vez en cuando, probablemente porque tienes el mismo apellido que mi mejor amiga. Pero, de todos modos, eso da lo mismo –balbuceó Kelly, temiendo sonar como una acosadora–. Lo que estoy tratando de decir es que, si una mujer sale y se divierte, la sociedad le pone etiquetas insultantes. Pero si lo hace un hombre, la historia es completamente diferente. En cualquier caso, creo que esta conversación ha terminado, ¿no crees? –Kelly empujó la silla hacia atrás–. Gracias por la cena. Es hora de que me vaya a la cama –añadió, altiva.

Pero cuando ella se puso de pie, él también se levantó, haciéndola sentir curiosamente frágil. Su poderoso cuerpo parecía vibrar con energía y cuando Kelly sintió que se humedecía, se preguntó, desesperada, por qué tenía que ser precisamente él el único hombre que la hacía sentir así.

–Te acompaño arriba –dijo Romano.

–Soy perfectamente capaz de volver a mi habitación sin tu ayuda.

–Teniendo en cuenta lo que te ha costado llegar, prefiero no correr riesgos. No quiero que deambules por el castillo por la noche y me molestes.

–¡Qué sarcástico eres! –masculló ella.

Pero secretamente se alegró de que la acompañara por los retorcidos pasillos subterráneos que conducían desde el sótano del castillo. Y mientras subían la amplia escalera, se preguntó cuántos pares diferentes de pies habrían pisado aquellos peldaños a lo largo de los años. ¿Habría llevado Romano allí a sus amantes? ¿Y por qué era tan fácil imaginar su cuerpo musculoso, iluminado por la pálida luz de la luna?

Kelly bloqueó esa imagen de inmediato e intentó concentrarse en sus defectos: su carácter frío y censor, su actitud cínica hacia el amor; la forma en que intentaba controlar la vida de su hermana.

Alzó la barbilla para mirarlo.

–Será mejor que intente deshacerme de estas espantosas ojeras antes de que lleguen los demás –dijo, haciendo referencia a su comentario anterior.

Romano la observó entonces con un destello de fuego en la mirada que quemó la piel de Kelly. De repente, le costó respirar y le temblaron las rodillas.

–No he dicho que fueran espantosas –dijo él–. Ha sido una crítica a tu estilo de vida, no a tu aspecto.

Dio media vuelta y Kelly resistió el impulso de quedarse mirándolo, por temor a que se volviera y pudiera ver hasta qué punto, aunque no le cayera bien, nunca había dejado de desearlo.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Kelly, Kelly, despierta!

Emergiendo a regañadientes de un sueño fragmentado, Kelly mantuvo los ojos bien cerrados, consciente de la luz que inundaba sus párpados y del aroma a café recién hecho que impregnaba el aire. No quería despertar. Había tardado en conciliar el sueño porque su cuerpo se negaba a relajarse. Quería quedarse en el mundo celestial que su inconsciente había creado, en el que Romano Castelliari lamía muy lentamente su cuello, sus dedos adentrándose debajo de su vestido hacia sus bragas.

Se le secó la garganta.

¿Desde cuándo había empezado a tener sueños eróticos con su archienemigo?

Abrió los ojos de golpe y, al ver a Floriana abriendo los postigos de las ventanas de su dormitorio, se sentó en la cama ajustándose apresuradamente la chaqueta del pijama y vio una cremosa taza de café sobre la mesilla, que Floriana debía de haberle llevado. Y, a pesar de sus sentimientos encontrados, Kelly sonrió, porque su amiga siempre le hacía sentirse bien, a pesar de que no pudieran verse tan a menudo como les gustaría. Se conocían desde que tenían trece años, cuando Floriana llegó al exclusivo colegio donde la madre de Kelly trabajaba de enfermera, lo que significaba que le habían pagado los estudios y, supuestamente, había tenido las mismas oportunidades que los demás alumnos del elegante centro.

Pero no había sido así. A Kelly nunca le habían permitido olvidar ni sus compañeros ni sus profesores y, en ocasiones, ni siquiera su madre, que estaba allí por «caridad». Y que su existencia dependía de la generosidad de otras personas. Su uniforme y sus libros era de segunda mano. Nunca hizo ninguna excursión escolar. Nunca la invitaron a la casa de nadie y nunca pudo invitar a nadie al minúsculo apartamento encima de la enfermería del colegio en el que vivía con su madre y que se parecía más a una sala de espera que a un hogar.

La única persona diferente había sido Floriana. Al parecer, había rogado a sus padres que la dejaran asistir al prestigioso internado inglés principalmente, según supieron más tarde, para escapar de su dominante hermano mayor, Riccardo, y de su hermanastro, Romano. Este, en particular, había negociado el matrimonio de su hermana con un rico conde más de dos décadas mayor que ella y, durante un tiempo, Floriana había accedido a plegarse a sus designios. Pero en el último minuto había cambiado de opinión. Y Kelly había estado de acuerdo con ella: era mejor evitar lo que claramente era un error, especialmente tratándose de algo tan importante como el matrimonio.

Kelly centró su atención en su amiga.

–Buenos días, Flo.

–¡Por fin te despiertas! –dijo su amiga, sonriendo–. ¡Se suponía que eras madrugadora! Te he traído un café.

–Ya veo. Grazie. –Kelly bostezó–. ¿Qué hora es?

–Casi las once.

–¿En serio?

Como si quisieran confirmarlo, varios relojes comenzaron a dar la hora desde diferentes partes del castillo.

–¿Lo oyes? –dijo Floriana, recorriendo la habitación, su cabello negro brillando bajo el sol que entraba a raudales por las altas ventanas del castillo–. Gracias a Dios que hemos llegado –exclamó, inclinándose para dar un gran abrazo a Kelly–. Intenté avisarte de que nos íbamos a retrasar, pero tu teléfono no daba señal. He oído que te perdiste y tuviste una avería y que luego apareciste en la puerta como una rata empapada.

–¿Eso te ha dicho Romano? –preguntó Kelly.

–Bueno, lo ha mascullado con su habitual estilo de oso, pero fue así más o menos, ¿no? Deduzco que estabais solos. –Floriana la estudió con picardía–. ¿Cómo ha ido todo, dado lo bien que os caéis?

–Digamos que conseguimos pasar unas horas sin llegar a las manos.

–¡Genial! ¿Y qué hicisteis?

–Me preparó la cena –dijo Kelly con calma.

–¿De verdad? ¡Qué amable por su parte! Tengo entendido que es buen cocinero, aunque nunca he probado su comida. –Floriana frunció el ceño al ver que su amiga no tenía buena cara–. Tengo la impresión de que te vendría bien tomar algo.

Kelly suspiró.

–Quería comentarte…

–¿Qué pasa? –preguntó Floriana.

Kelly negó con la cabeza.

–No importa.

–Sí importa. –Kelly escudriñó su rostro inquisitivamente–. Algo va mal, ¿verdad?

Kelly se mordió el labio. No había pensado decir nada, menos aún el fin de semana del bautizo de su ahijada. Pero la tensión se había ido acumulando en su interior desde que le habían dado la noticia y sentía los ojos húmedos de lágrimas. Estaba tratando de recordar la última vez que alguien la había mirado con tanta compasión y, si no podía confiar en su mejor amiga, ¿en quién podía confiar?

–Es solo cuestión de dinero –dijo, encogiéndose de hombros con la intención de quitarle importancia.

–¿Cómo que «solo» dinero?

–El restaurante donde trabajo ha quebrado –explicó, apresuradamente–. Con suerte, conseguiré otro trabajo en cuanto vuelva de Italia. –Hizo una mueca–. Pero, hasta entonces, tengo un problema de liquidez y el pequeño detalle de tener que pagar el alquiler.

–Yo te lo dejo –dijo Floriana impulsivamente–. ¿Cuánto necesitas?

–Ni hablar. Nunca le pediría dinero prestado a una amiga –respondió Kelly con fiereza–. Además, tengo la impresión de que no te sobra el dinero.

Floriana frunció el ceño.

–¿Te lo ha dicho Romano?

–Con su habitual estilo gruñón, sí. –Kelly se encogió de hombros–. Dio a entender que llevas una vida precaria. ¿Es verdad?

–Supongo que, para alguien con el estilo de vida de mi hermano, lo es. Pero tener aviones, propiedades y fábricas de automóviles no es lo habitual. –Floriana miró su alianza de oro antes de volver a alzar la vista–. ¿Sabes que Romano quiere que Max gestione esta finca?

Kelly negó con la cabeza.

–No. ¿Y tú qué quieres, Flo?

Floriana se sentó en el borde de la cama.

–No lo sé. En cierto modo, sería fantástico. Me encanta la Toscana y todavía tengo amigos aquí. El sitio donde vivimos en Francia es encantador, pero… Bueno, no voy a negar que no es fácil. Tenemos una pequeña propiedad, la tierra no es fértil y está aislada, por lo que a veces nos quedamos atrapados por la nieve.

–¿Y cuál es el problema? ¿Por qué no aprovecháis la oportunidad?

Floriana soltó una risa quebradiza.

–Me temo que por culpa de la terquedad de los hombres. Max no quiere estar en deuda con Romano y, aunque Romano no tiene el menor interés en ser granjero, es incapaz de delegar. Ya sabes que quiere tomar todas las decisiones. Y Max dice que eso lo volvería loco. Dice que ya le costó suficiente demostrar que era digno de ser mi esposo después de que nos fugáramos, y se niega a tener que seguir demostrando su valía el resto de su vida. Dice que prefiere ser pobre que tener que seguir arrodillándose ante Romano.

–¿Y tú? ¿Qué es lo que quieres? –preguntó Kelly en voz baja.

Floriana se encogió de hombros.

–Amo a mi marido –dijo–. Y ya sabes lo que dicen: si él no es feliz, ninguno de nosotros lo es. –Poniéndose en pie, se alisó el vestido y, cambiando de tema, continuó–: ¿Piensas quedarte ahí en la cama toda la mañana o te vas a levantar y venir a ver a tu preciosa ahijada?

Kelly se echó a reír.

–Enseguida bajo.

–Será mejor que espabiles o llegará la hora del almuerzo, y ya sabes lo exigente que es Romano con la puntualidad. Sobre todo, porque acaba de llegar un montón de servicio extra. Ha encargado catering, floristas y niñeras, como si estuviéramos esperando cientos de invitados. –Floriana suspiró–. Pensaba que con los años se suavizaría, pero creo que ha sido al contrario.

Kelly parpadeó. «Suave» no era una palabra que ella hubiera asociado con el millonario italiano.

¿Suavizarse Romano?

Imposible.

 

 

Romano se sentó a la cabecera de la mesa sin esforzarse por ocultar su irritación.

–¿Dónde está esa? –preguntó, mirando su reloj con el ceño fruncido.

–«Esa» se llama Kelly –observó su madrastra con dulzura.

–Sé cómo se llama, Rosa –dijo él, impaciente. Recorrió con la mirada la mesa, desde Rosa, su cuñado, Max, que estaba arrancando un trozo de pan para dárselo a su hijo de cuatro años, Rocco, hasta que finalmente la fijó en su hermana y preguntó–: ¿Crees que Kelly tiene la intención de honrarnos con su presencia?

–Solo quería ver a Allegra antes del almuerzo y darle un abrazo –se apresuró a decir Floriana–. ¡Oh, Kelly, qué bien que ya estés aquí! Ven y siéntate a mi lado.

Romano se tensó al ver a Kelly entrar en el comedor, aunque confió en que no lo notara nadie. Cuando se lo proponía, podía ocultar fácilmente las pocas emociones que no había podido erradicar por completo. Las lecciones que había aprendido en su infancia no habían caído en saco roto.

Había aprendido muy pronto a construir una barrera de hielo a su alrededor, diseñada para protegerse del horrible mundo que había habitado. Su propia supervivencia había dependido de ello. Y los viejos hábitos eran difíciles de erradicar. Gracias a ellos, pudo componer un semblante pétreo al ver a la pelirroja sentarse frente a él, aunque en su fuero interno la maldijera por la mala noche que le había hecho pasar.

Apenas había pegado ojo y sabía exactamente por qué. A pesar de la amarga decepción de su fallida oferta de adquisición, la quietud y la soledad de la finca toscana podrían haber sido un bálsamo para su espíritu si hubiera estado solo, pero ella lo había impedido. Y aunque la había instalado en un rincón remoto del castillo, no había conseguido dejar de percibir su presencia como si la hubiera tenido a su lado. Por mucho que se hubiera esforzado por dormir, había sido incapaz de reprimir la pulsante ansiedad de su cuerpo al imaginar sus firmes curvas y la llamarada de sus rizos.

–¡Tita Kelly! ¡Tita Kelly! –gritó Rocco, bajándose de su silla y corriendo a sus brazos.

Ella lo elevó en el aire y dio vueltas sobre sí misma.

–Rocco, ¡cómo has crecido!

–Soy el más alto de mi clase.

–Seguro que sí.

–¿Podríamos empezar a comer? –preguntó entonces Romano con frialdad.

–Sí, claro. –Kelly dejó a Rocco en el suelo y lo condujo a su asiento–. Jugaremos más tarde –le prometió en voz baja, subiéndolo a la silla.

Romano la miró fijamente desde el otro lado de la mesa y, a pesar de la irritación que siempre le provocaba, no pudo hacer nada para sofocar un instantáneo deseo. Para su asombro, notó que llevaba el mismo vestido que la noche anterior, algo que habría horrorizado a cualquiera de las mujeres que conocía. Pero eso no cambiaba el hecho de que siguiera deseándola. Siempre había sido así, desde el momento en que la vio por primera vez. La pequeña Kelly Butler, con su aspecto desaliñado, su determinación y sus modales descuidados. La mujer que no conseguía quitarse de la cabeza.

–No llego tarde, ¿verdad? –preguntó ella con sarcasmo, lanzándole una mirada desafiante.

–Por los pelos –respondió él, malhumorado.

–Romano, no seas tan gruñón –intervino Floriana.

Kelly contuvo una sonrisa, contenta de que su amiga hubiera aprendido a enfrentarse por fin a su dominante hermano mayor. Tomó un sorbo de la copa de vino que le habían ofrecido, agradeciendo que el calor que la inundaba contrarrestara la mirada helada de Romano.

–Qué precioso está todo –dijo, señalando la bella porcelana y los ramilletes de rosas blancas. Se volvió hacia la madre de Floriana y sonrió–. Me encanta estar de nuevo en el castillo, y más para una celebración tan feliz.

–Desde luego –dijo Rosa, justo cuando llegaron dos sirvientes y colocaron las fuentes con comida en la mesa–. Hace mucho tiempo que no te vemos, ¿qué tal estás, querida?

Antes de que Kelly decidiera cómo contestar para dar el tema por concluido, Floriana saltó en su nombre:

–No muy bien, la verdad. Esta semana se ha quedado sin trabajo, mamá –dijo dramáticamente.

Kelly vio que Romano fruncía los labios con desaprobación.

–¿Ha tenido algo que ver con tus problemas de puntualidad? –preguntó con frialdad.

Kelly tuvo la tentación de contestar con una impertinencia, o decir que la habían acusado de coquetear con los clientes. O había robado dinero de la caja. Pero, por respeto a los demás, trató de dar una explicación lo más sucinta posible.

–He estado trabajando de camarera para complementar lo que gano en mi puesto del mercadillo.

–¿En un mercadillo? –preguntó Romano, atragantándose.

Llevándose el dedo a la oreja, Kelly rozó los pendientes que llevaba en forma de cascada de estrellas y explicó:

–Vendo pendientes hechos por mí. Es un pequeño mercadillo muy animado. La gente viene a Granchester solo para visitarlo. La próxima vez que estés en Inglaterra deberías visitarlo, Romano. Puedes comprar un paquete de cinco calcetines por menos de diez libras.

Floriana miraba a Romano, ajena a la batalla que lidiaban Kelly su hermanastro.

–No puede pagar el alquiler –dijo a bocajarro–. Necesita un trabajo temporal para salir a flote hasta que consiga algo. Seguro que se te ocurre alguna cosa que pueda hacer, Romano.

Romano no hizo el menor esfuerzo por disimular su desdén.

–Lo dudo mucho –dijo.

–¿Cómo que no? –insistió Floriana.

–A menos que tu amiga se haya graduado recientemente en ingeniería mecánica, no sé de qué puede servirme –replicó él con frialdad.

–No me refiero a ese tipo de trabajo –protestó Floriana–. Algo más informal. Por ejemplo, en la limpieza del castillo. Lleva tiempo deshabitado y se nota.

–Estoy de acuerdo con Floriana –dijo Rosa inesperadamente–. Los pisos superiores están polvorientos y he visto telarañas. Da cierta sensación de decadencia que no solía tener.

–No os molestéis, de verdad –intervino Kelly apresuradamente–. Es una idea descabellada.

–Desde luego –contestó Romano sin intentar disimular su exasperación.

Pero se enfrentaba a un atronador silencio. Todos lo miraban a él. Su madrastra, inquisitivamente; su hermana, suplicante; y su cuñado, con un brillo burlón en sus ojos. Como si disfrutara de verlo arrinconado. De hecho, solo Kelly parecía tan horrorizada como él y eso también le molestó. Fue precisamente la sospecha de que se creía por encima de limpiar su castillo lo que le hizo mirarla fijamente y decir, dando un profundo suspiro:

–Muy bien. Si eso es lo que deseas, te permito limpiar mi castillo.

–Ay, sí, permítemelo –dijo Kelly sarcástica. O al menos Romano creyó leerlo en sus labios.

–Te pagaré adecuadamente, por supuesto. Calculo que diez días de trabajo serán suficientes.

–¡Fantástico! Gracias, Romano –dijo Floriana alegremente–. ¿Qué te parece, Kelly? ¿No es una buena solución?

Kelly trató de no removerse en su asiento, aunque no fue fácil porque todos se habían vuelto a mirarla. Sin embargo, lo único que percibía era el gesto hostil de Romano. Había un millón de cosas que habría querido decir, la primera, que se guardara su oferta donde le cupiera. Pero, aparte de una grosería, habría sido una estupidez: sus problemas eran reales y no podía dejar que la dominara el orgullo.

Y aunque había muchos motivos para criticar a Romano, el instinto le decía que sería generoso con su remuneración. Podía ser frío y ocasionalmente cruel, pero no era un explotador.

–Es muy generoso por tu parte, Romano. Gracias. ¿Cuándo quieres que empiece? –añadió dulcemente–. ¿Quieres que friegue después del comer?

El breve destello en sus ojos negros fue la única indicación de que sabía que intentaba provocarlo.

–No es necesario. Tu empleo empezará oficialmente después del bautizo y de que los demás se hayan ido a Roma –dijo con frialdad.

«Será entonces cuando mi ropa se convierta en harapos», pensó Kelly con acritud. Pero no dijo ni una palabra más.