E-Pack Bianca y Deseo junio 2024 - Jane Holland - E-Book

E-Pack Bianca y Deseo junio 2024 E-Book

Jane Holland

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Beschreibung

Separados por el pasado Jane Holland El reencuentro con su antiguo amigo iba a cambiar su vida para siempre El multimillonario Rafael estaba decidido a demoler el mayor fantasma de su pasado: el orfanato griego donde se había criado. Era un cruel recordatorio de todo lo que había perdido, empezando por su dulce amiga de la infancia, Sabrina. Pero entonces, Sabrina apareció para impedirle que lo demoliera. Cuando Rafael le ofreció venderle el orfanato a cambio de que se casara con él, ella lo rechazó. Aún estaba dolida por lo sucedido tras su último encuentro amoroso, y casarse con Rafael era más de lo que podía soportar; pero los viejos secretos empezaron a salir a la luz, y Sabrina no tuvo más opción que confiar en él. Un apasionado fin de semana Janice Maynard En los negocios no podían soportarse el uno al otro… En la cama, ¡nada era suficiente! La hermana de Daley Martin iba a casarse con el hermano de Tristan Hamilton. Los dos rivales en el mundo de los negocios se veían obligados a mantener las formas durante un largo fin de semana y a cumplir a la perfección con su papel de madrina y padrino de bodas. Sin embargo, surgió un problema inesperado, porque entre ellos se desató la pasión y tuvieron una tórrida aventura. A pesar de la atracción que sentían, se prometieron que todo terminaría el fin de semana de la boda. Hasta que el jefe de Tristan compró la agencia de publicidad de Daley… ¡Desde ese momento, evitarse el uno al otro e ignorar la química que había entre ellos se convirtió en misión imposible!

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Seitenzahl: 328

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

E-pack Bianca y Deseo, n.º 395 - junio 2024

 

I.S.B.N.: 978-84-1062-901-1

Índice

 

Créditos

Separados por el pasado

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

Un apasionado fin de semana

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Capítulo 1

 

 

 

 

 

SABRINA –gruñó la voz al otro lado del teléfono, logrando que se sintiera culpable–. ¿Por qué demonios has vuelto a Calista?

Era la misma pregunta que se había estado haciendo a sí misma durante las veinticuatro horas anteriores. Pero ahora la formulaba su padre y, aunque ella tampoco sabía si había hecho bien al volver a la isla griega donde se había criado, su brusco tono de voz le molestó.

¿Por qué no podía confiar en ella, como confiaba en sus dos otros hijos? La respuesta era evidente: porque Tom y Pippa eran carne de su carne.

–Por un asunto pendiente, papá –respondió Sabrina–. No me llevará mucho tiempo. Te lo prometo.

–¿Qué asunto pendiente? ¿De qué estás hablando?

Sabrina activó el manos libres, dejó el móvil en el escalón de la entrada del antiguo orfanato y se alisó su encrespado cabello rubio. Había olvidado lo intenso y despiadado que podía ser el calor de la isla.

Como Calista era demasiado pequeña para tener aeropuerto, había alquilado un deportivo la noche anterior y lo había embarcado en el transbordador; pero quitó la capota del vehículo cuando llegó a su destino, y el viento la despeinó tanto durante el trayecto al hotel que convirtió su liso pelo en una maraña.

–No es nada importante –mintió–. Te lo contaré cuando vuelva a casa.

–Prefiero que me lo cuentes ahora.

El tono de su padre se volvió más afectuoso, y despertó la ansiedad de la niña pequeña que aún llevaba dentro.

–Sabrina, estás hablando conmigo. Sé que no has vuelto a Calista desde… –Andrew dejó la frase sin terminar–. Por favor, dime la verdad. Deja que sea yo quien juzgue si es importante o no lo es.

Sabrina gimió para sus adentros. Adoraba a Andrew Richard Templeton, el multimillonario caballero de la orden del imperio británico que la había rescatado, llevado a su familia y convertido en lo que era. Pero no le gustaba que interfiriera en su vida. Estaba a punto de cumplir treinta años, y la trataba como si siguiera siendo una niña.

–Lo siento, papá. Estoy… estoy perdiendo la conexión. No te oigo bien –dijo, aferrándose a la primera excusa que se le ocurrió–. Te llamo luego, ¿vale? Te quiero.

–Pero…

Sabrina cortó la comunicación, se levantó del escalón y se quitó el polvo del vestido blanco que se había puesto ese día.

A su padre no le habría gustado que lo dejara con la palabra en la boca. Y Sabrina se sintió culpable, porque no lo quería decepcionar. Pero Andrew siempre intentaba protegerla de los golpes de la vida y, aunque ella sabía que sus intenciones eran buenas, no se lo podía permitir. No ese día, porque habría conseguido que se sintiera insegura, y necesitaba estar fuerte.

Tenía una dura negociación por delante. Si es que estaban dispuestos a negociar.

Alzó la vista y contempló el edificio, escuchando el canto de las chicharras. El tejado al que se encaramaba de niña para tomar el sol había perdido unas cuantas tejas; pero las fragantes y alegres flores de las buganvillas que habían conquistado el lugar lograron que las desconchadas y blancas paredes no le parecieran tan tristes como en sus tiempos.

En la puerta principal, de color azul, había un anuncio de aspecto oficial. Sabrina se acercó y leyó el texto, escrito en griego. Era el aviso de demolición.

Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante, y estuvo a punto de romper el silencio con una furiosa descarga de improperios. Pero se refrenó y, tras un sollozo ahogado, dijo en voz alta:

–¿Cómo se atreve? No se lo permitiré.

Estaba en el Orfanato de Calista, la institución adonde la habían llevado de niña. Entonces, estaba tan asustada y se sentía tan avergonzada que caminaba cabizbaja por miedo a que alguien viera las cicatrices de su rostro. Pero, poco a poco, el orfanato se convirtió en su hogar y, como ya tenía dieciséis años cuando la adoptaron, conquistó un espacio imborrable en su corazón.

Allí se había sentido libre. Se había sumergido en sus lecturas de novelas y poesía, se había arañado las rodillas jugando al escondite y había encontrado al mejor amigo de su vida: un duro y joven golfillo de cabello negro y actitud beligerante, siempre dispuesto a pelear.

Sabrina llevó la mano al pomo, y descubrió que la puerta estaba abierta, pero no le extrañó. El orfanato estaba en pleno campo, a bastantes kilómetros del puerto principal de la isla, y nadie habría ido tan lejos para robar en un edificio vacío.

Sabrina deambuló por las familiares estancias, donde ya no quedaba nada. Sus zapatos de tacón alto resonaban en las desgastadas losetas del suelo, y casi podía oír las risas de las adolescentes que habían vivido allí. De hecho, no se habría llevado ninguna sorpresa si hubiera visto a Yannis o Melantha cuando se asomó al hueco de la escalera.

¿Cómo era posible que fueran a derribar el orfanato? Solo necesitaba una reforma, nada más.

Desde luego, su padre habría dicho que reformar el edificio sería malgastar el dinero, y no le habría faltado razón. Pero el dinero no era siempre lo primero. El corazón también importaba.

Desgraciadamente, la decisión no estaba en sus manos, y ese era el problema de la negociación que tenía por delante, lo que la había impulsado a ponerse ese vestido blanco y unos zapatos poco adecuados para caminar por aquel terreno.

Sabrina se había enterado por casualidad de que iban a derribar el orfanato, y ella misma se había quedado asombrada con el rechazo que le causó. Sin embargo, no estaba furiosa por el destino del destartalado edificio, sino porque lo tenía asociado a su madre y, si lo derribaban, sería como perderla otra vez.

Acababa de entrar en el salón donde hacían deporte de niñas cuando oyó un ruido que la detuvo en seco. Suponía que la persona con la que había quedado llegaría en coche; pero, al parecer, llegaba en helicóptero.

Sabrina subió a toda prisa por la escalera, consciente de lo que significaba ese sonido. Rafael no había enviado a uno de sus subalternos. Sorprendentemente, había decidido ir en persona.

Al llegar al primer piso, se acercó a las sucias ventanas y miró el exterior. El helicóptero descendía majestuosamente, provocando ráfagas de viento que azotaban árboles y arbustos y levantaban nubes de polvo. Sabrina intentó ver al hombre que viajaba en su interior, pero los cristales ahumados se lo impidieron, y no lo tuvo ante sus ojos hasta que se bajó del aparato.

Y entonces, el corazón se le encogió.

No esperaba verlo. Había supuesto que enviaría a algún subordinado, en la creencia quizá de que ella estaría en compañía de alguno de sus ayudantes. Pero Sabrina había optado por ir sola; en parte, por ocultar su pasado y, en parte, porque le agradaba la idea de caminar por el antiguo orfanato y revivir los aromas de su infancia sin sentirse observada.

Habían pasado cinco años desde su último y desastroso encuentro, cuando coincidieron en un acto benéfico que se celebraba en París. Era la primera vez que se veían desde la adolescencia, y ella saludó a su mejor amigo con tímido entusiasmo y el corazón en un puño.

Por supuesto, había seguido su meteórico ascenso en el mundo de los negocios, pero no se había atrevido a retomar su relación porque sabía que se había sentido traicionado cuando a ella la adoptaron y él siguió en el orfanato. Nunca había contestado a sus cartas, y no esperaba que la recibiera con los brazos abiertos.

Pero, cuando él le dio un abrazo, Sabrina olvidó todos sus temores. La velada parisina era una oportunidad perfecta para renovar su amistad y ponerse al día, así que se fueron a cenar juntos después del acto y, a continuación, se dirigieron al hotel donde ella se alojaba. Y, cuando quiso darse cuenta del error que había cometido, el daño estaba hecho.

Ya no era el jovencito inexperto de Calista. Ahora era un hombre.

El mismo hombre que caminaba en ese momento hacia el orfanato, a grandes zancadas. El hombre de camisa blanca, vaqueros negros y chaqueta perfecta que alzó la vista de repente, como si se hubiera dado cuenta de que lo estaba mirando desde la ventana.

–Rafael… –susurró ella.

Sabrina se quedó sin aliento y, justo entonces, se acordó del médico que le había informado de la muerte de su madre en el hospital y se volvió a sentir tan sola como abandonada.

La mirada de Rafael la dejó momentáneamente cegada, como si hubiera estado mirando el sol. De hecho, estaba tan desorientada que dio varios pasos hacia atrás, sin saber qué hacer.

Luego, se dio la vuelta y salió corriendo.

 

 

Rafael se desabrochó la chaqueta en cuanto bajó del helicóptero y notó el familiar bochorno de Calista. Para él, el orfanato había sido una especie de cárcel, y no le prestó particular atención hasta que distinguió un rostro ovalado en una de las ventanas de la primera planta.

Sabrina ya estaba allí. Un fantasma en un edificio condenado.

A tanta distancia, no podía estar seguro de que fuera ella, pero la reconoció cuando movió su rubia cabeza y su cabello se agitó como el maíz maduro en un campo azotado por el viento.

Todo en él se encogió al recordar su pelo extendido sobre la almohada y sus ojos brillantes, risueños…

«Maldita sea».

Rafael apretó los dientes, se puso unas gafas de sol y siguió adelante, borrando las emociones de su rostro. Luego, respiró hondo y se resistió a lo que sentía. Ya no era un niño dolido por la crueldad de su padre, sino un hombre.

¿Por qué demonios habría tomado la estúpida decisión de cruzar medio mundo para asistir a esa reunión? Su secretaria estaba en lo cierto al afirmar que era peligroso y una colosal pérdida de tiempo.

–Deje que Christopolous se encargue de ella –le había dicho–. Es de Calista, e hizo un buen trabajo con la venta del orfanato.

Ninguno de sus otros empleados se habría atrevido a llevarle la contraria, pero Linda era una mujer de cincuenta y tantos años, una lengua ácida, estaba casada y tenía hijos, uno de ellos casi de su edad. Y siendo él uno de los multimillonarios más jóvenes de Nueva York, apreciaba su experiencia, su franqueza y, hasta ocasionalmente, sus instintos maternales.

–No, iré en persona –replicó él, mientras firmaba unos documentos–. Encárgate de que preparen el avión, y dile a Johannes que tenga listo el plan de vuelo. Ah, y que me esté esperando un helicóptero en el aeropuerto, para ir a Calista.

–Pero señor…

–Ya he tomado la decisión –la interrumpió, jugueteando con los gemelos de su camisa–. Necesito que preparen Villa Rosa.

–¿Piensa quedarse mucho?

–Tal vez.

A decir verdad, Rafael no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Sencillamente, era una oportunidad perfecta para hablar con Sabrina Templeton cara a cara y decirle lo que le tenía que decir. Era demasiado importante para decirlo por teléfono o correo electrónico, y ya había esperado demasiado. Además, no sabía cómo iba a reaccionar y, como era una amiga de la infancia, prefería hacerlo en privado y con gentileza.

Sin embargo, eso no significaba que no estuviera de acuerdo con el análisis de Linda. Teniendo en cuenta su pasado, era un escenario infestado de peligros. Pero la idea de verla en persona había echado raíces en su mente, y no se iba a echar atrás.

–No estoy segura de que sea práctico, señor. Este mes va a estar muy ocupado –alegó ella, comprobando el calendario.

–Pues cancela mis compromisos –le ordenó–. También necesitaré un coche, algo apropiado para mí. Y llama a los establos y pídeles que lleven unos cuantos caballos a la casa.

Linda lo miró con asombro, y él añadió, con una sonrisa:

–Oh, vamos. ¿No decías que necesitaba unas vacaciones?

–Ya, pero estaba pensando en un fin de semana en los Hamptons, no en una estancia indefinida en una minúscula isla griega. He visto fotografías de su casa, y sé que está encaramada en un acantilado en mitad de ninguna parte… por no mencionar que no parece muy cómoda, salvo para un monje tibetano, quizá. ¿Tiene al menos agua caliente?

Rafael volvió a sonreír.

–Es curioso que digas eso, porque fue un monasterio en el pasado. Pero la reformé hace tres años, y tiene piscina, gimnasio y, por supuesto, todas las comodidades modernas. No tendré que bajar al arroyo en busca de agua.

Linda se estremeció, y él soltó una carcajada.

–Relájate. Volaré a Calista, hablaré con… la señorita Templeton y volveré tras haber disfrutado de unas cuantas semanas de sol, mar y buceo.

–¿Y qué pasa con la reunión mensual de la junta?

–Estoy seguro de que se las arreglarán sin mí por una vez.

Rafael se levantó y se quedó mirando Manhattan desde la ventana. Llevaba diez años en la ciudad, y seguía enamorado de su paisaje de rascacielos de acero y cristal. Hasta se alegraba de atisbar el río Hudson de vez en cuando, porque le recordaba que Manhattan también era una isla, aunque no se pareciera nada a Calista.

–Tengo una idea. ¿Por qué no ocupas mi puesto en las reuniones importantes? Al fin y al cabo, sabes lo que opino en casi todos los temas.

Linda pareció sentirse halagada, pero preguntó:

–¿Y el acuerdo nuevo? No puede negar que se ha empantanado. Convendría que estuviera en la mesa de negociación.

Rafael apretó los dientes. Estaban en mitad de unas delicadas negociaciones con una empresa de Estados Unidos que pertenecía a una familia ultraconservadora. Y todo se había complicado cuando uno de sus principales accionistas se quejó de sus aventuras románticas, que definió como decadentes y escandalosas.

–Diles que estoy buscando una solución.

Rafael alcanzó la chaqueta entonces, se la puso y salió del despacho, con su mente ya en el soleado paisaje de su juventud, por donde Sabrina y él corrían sin preocupaciones.

Y ahora estaba allí, bajo el sol de Calista, contemplando el orfanato donde se había criado, el sitio que lo había llevado a ser lo que era; aunque solo después del brutal asesinato de sus padres y de sus ímprobos esfuerzos por salir de la pobreza.

No era extraño que lo odiara. Lo odiaba tanto que había soñado mil veces con la posibilidad de derruirlo, o de dejarlo abandonado y permitir que los rosales y los arbustos lo conquistaran y convirtieran en algo parecido a un castillo encantado de un cuento de hadas.

Y entonces, el destino intervino.

El director del orfanato se puso en contacto con él inesperadamente para pedirle una donación y reformar el edificio, y Rafael vio la oportunidad de comprar el orfanato, derribar sus crueles muros y dar a los niños un lugar nuevo donde vivir, un principio nuevo para los huérfanos y para sí mismo.

Luego, Sabrina se enteró de lo que planeaba y se opuso. Pero era demasiado tarde. Habían firmado un acuerdo. Los niños ya estaban en otro lugar, y solo faltaban unas semanas para la demolición.

Sin embargo, Rafael se quedó intrigado con su carta, en parte suplicante y en parte, amenazadora. Sabrina había mantenido un silencio más que elocuente durante los cinco años anteriores, en demostración de que no lo había perdonado por lo de París; pero, de repente, se ponía en contacto con él por el asunto del orfanato. Una ocasión ideal para que él hiciera lo que tendría que haber hecho mucho antes.

Como Sabrina vivía en Londres y él estaba en Nueva York, la propuesta de encontrarse en el orfanato le pareció un compromiso razonable. A fin de cuentas, era territorio neutral.

Pero se empezaba a arrepentir de haber tomado esa decisión.

La intensidad de su reacción al verla en la ventana era una prueba evidente de que ni había superado lo suyo ni lo superaría nunca. ¿Cómo lo iba a superar, tras la asombrosa noche de París? Pero sabía cómo tratar a Sabrina Templeton. Solo tenía que reprimir su deseo y concentrarse completamente en los negocios.

Rafael entró en el familiar vestíbulo del orfanato, que encontró vacío. Se quitó las gafas, se las guardó en el bolsillo superior de la chaqueta y dijo, con toda la seguridad que tanto le había costado adquirir:

–¿Sabrina? Te he visto en la ventana. Sé que estás aquí. ¿Dónde te has escondido?

Sabrina no contestó, y él se sintió tan frustrado que se dirigió directamente a las escaleras y subió los escalones de dos en dos. No quería estar más tiempo del necesario en aquel edificio. Cuanto antes saliera de él, mejor.

Los recuerdos asaltaron su mente por el camino. Se acordó de los chicos mayores que le insultaban, le pegaban y le tiraban piedras. Él siempre devolvía los golpes, aunque no pudiera con ellos.

Segundos después, oyó un ruido procedente del cuarto donde se solían guardar las escobas, las fregonas y los cubos. Estaba debajo de la escalera, y era tan pequeño que apenas cabían un par de personas.

Rafael respiró hondo y dudó antes de abrir la puerta. Cuando era niño, su padre lo encerraba para castigarlo, y ahora odiaba tanto los espacios cerrados que hasta odiaba los ascensores. Pero, a pesar de ello, sacó fuerzas de flaqueza y se asomó al oscuro espacio, donde vio dos cosas: la escoba que Sabrina había tirado al entrar y las puntas de dos elegantes zapatos.

–Venga, sal de ahí –dijo en griego, retomando su idioma natal–. Este no es sitio para ti.

Sabrina se solía esconder allí cuando eran niños, como bien sabía Rafael. Entonces, el cuarto no tenía puerta, sino una simple cortina, y ella se apretaba contra la pared en cuclillas mientras los empleados del orfanato intentaban localizarla. ¿Cuántas veces había tenido que ir a buscarla? Eran dos inadaptados: la chica de las cicatrices en la cara y el chico de pasado delictivo.

Eran inseparables, amigos de verdad.

Hasta que París transformó su amistad en otra cosa.

–Márchate, Rafe.

–Parakalo… –le rogó él en su idioma.

–No.

–No seas cobardica. Me pediste que viniera, y aquí estoy –dijo Rafael, forzándose a entrar a pesar de su claustrofobia–. Deja de esconderte en la oscuridad, obsesionada con lo dura que ha sido tu vida. Te aseguro que la mía ha sido bastante peor que la tuya.

–¿Cómo? –dijo ella, enrabietada.

Sabrina, que estaba acurrucada en la esquina, se levantó. Tenía el pelo revuelto, y llevaba un vestido blanco completamente inadecuado para un lugar tan rústico como Calista. Rafael la había visto después de su operación de cirugía estética, cuando se encontraron en París; pero, a pesar de ello, se volvió a sorprender al ver su rostro sin ninguna cicatriz.

Su cirujano había hecho un buen trabajo.

–¿Cómo te atreves a decir eso? –bramó ella–. Deberías saber mejor que nadie que…

Sabrina guardó silencio repentinamente.

Sus miradas se acababan de encontrar.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

SABRINA había olvidado lo mucho que le afectaba Rafael. Era una atracción intensamente física, enganchada a sus pómulos, sus anchos hombros, sus largas y atléticas piernas y su arrogante pose. Pero también era algo más.

La amistad de su infancia, la de dos niños perdidos que encontraban consuelo en su relación, se había convertido en una emoción más profunda durante su encuentro en París. Hacer el amor con él había sido una revelación. Se había sentido como si hubiera encontrado la mitad de una taza rota y encajara tan perfectamente con la otra mitad que podría haber vertido leche en ella sin que se saliera.

–¿Qué debería saber? –preguntó él.

Ella parpadeó, confusa.

–¿Cómo?

–No has terminado la frase de antes –le recordó–. ¿Qué es lo que se supone que debo saber? ¿O solo es otra de tus complicadas adivinanzas?

Sabrina notó un fondo de amargura en su tono de voz, y se puso en guardia al instante. En París, se había acostado con el Rafe de siempre y se había levantado con un desconocido. Incluso la llamó desde el aeropuerto para decirle que no quería que le recordaran el pasado, que ella formaba parte del antiguo Rafael y que solo le importaba lo que tenía por delante, el futuro.

–Que no soy una cobarde –respondió ella al fin–. Eso es lo que deberías saber. Y también deberías saber que nunca he estado obsesionada con lo supuestamente dura que ha sido mi vida. Tuve suerte en este lugar. Me rescataron.

–¿A diferencia de mí? –dijo él.

–Tú te has hecho a ti mismo, Rafael. Y es para sentirse orgulloso –afirmó Sabrina–. Te abriste camino y trabajaste mucho para tener éxito.

–Claro que sí –dijo él, casi entre dientes.

–A mí tampoco me ha resultado fácil. Mi padre adoptivo se aseguró de que no me faltara nada, pero no hasta el extremo de mimarme. Me obligó a luchar para conseguir lo que quería, a demostrar que merecía…

–¿Su amor?

–Ni mucho menos –replicó ella, sintiéndose en la necesidad de defender al generoso y cálido hombre que la había adoptado–. Andrew Templeton me adora, y yo le adoro a él. Somos padre e hija, aunque nuestra relación no tenga base genética… No, solo me obligó a demostrar que merecía su apoyo.

Sabrina se acordó de lo que le había dicho su padre en cierta ocasión: que el mundo de los negocios era particularmente duro para las mujeres, y que ella tenía que ser tan dura como los demás. Que debía ocultar sus emociones, por muy mal que fueran las cosas.

–¿Te refieres a su apoyo económico? ¿Para financiar tus proyectos? –preguntó él.

–Sé lo que estás pensando, pero mis proyectos siempre son rentables. Lo nuestro es un quid pro quo, y disfruto ofreciendo nuevas oportunidades a mi padre.

–Bueno, ahórrame el discurso.

Súbitamente, Rafael dio medio vuelta y empezó a caminar.

–¿Adónde vas? –dijo ella, siguiéndolo de inmediato–. No hemos terminado.

Rafael no se detuvo, y ella admiró su cuerpo sin poder evitarlo.

Intentó apartar la vista de él, pero los vaqueros que llevaba enfatizaban tanto sus musculosas piernas que se vio asaltada por un montón de imágenes tórridas: las de aquella noche en París, las de sus caricias y sus cuerpos desnudos.

–¿Por qué has venido al orfanato, si no querías hablar conmigo? –preguntó ella.

Rafael se detuvo entonces, se giró de nuevo y la miró a los ojos.

Habían llegado al vestíbulo. La puerta principal seguía abierta, y dejaba entrar la fragancia de las plantas y la luz del intenso sol, que estaba cada vez más alto. El calor empezaba a ser insoportable, y Sabrina notaba el sudor que se había formado en su espalda, provocando que el vestido se le pegara a la piel.

–¿Por qué te has escondido en el cuarto de la escalera? Te has comportado como un conejo intentando ocultarse en su madriguera.

Ella se ruborizó.

–Solo era un juego, Rafael. El escondite, como cuando éramos niños –dijo, con una sonrisa falsa–. Quería saber si te acordabas de mi refugio preferido.

–¿Cómo lo iba a olvidar? –dijo él, mirándola de arriba abajo.

El destello de los ojos de Rafael le recordó otra vez su noche parisina. Tenían un fondo hambriento, de deseo, y ella desvió la vista y salió del orfanato, incómoda.

–Este lugar es tan tranquilo… –declaró Sabrina, intentando ocultar su turbación–. Un edificio precioso con un paisaje sublime. Nadie en su sano juicio lo querría destruir. Sobre todo, cuando se podría convertir en un hotel, un centro comunitario o un museo con suma facilidad.

Rafael la había seguido al exterior, y se había detenido a escasos centímetros de ella. Tenía el ceño fruncido, las manos en los bolsillos y expresión pétrea, pero Sabrina no se dejó intimidar. Había estado en muchas negociaciones, y reconoció el gesto de una persona que no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.

–¿Por qué has venido? –insistió ella–. En persona, quiero decir. ¿Por qué no has enviado a un subalterno? Al fin y al cabo, Nueva York está muy lejos.

Él tardó unos segundos en responder.

–Tenía curiosidad. Quería oír tus argumentos. Pero, por lo que veo, es la misma cháchara aburrida de costumbre.

–Aún no has oído mis motivos más profundos, los personales –dijo ella con calma, intentando apelar al antiguo Rafael–. ¿Sabes por qué quiero salvar el orfanato? Porque es un símbolo de amor, de amor y protección. Un recuerdo de las buenas personas que trabajaron aquí, ayudando a niños que no tenían a nadie en el mundo.

Rafael la miró con hostilidad y respiró hondo.

–Vaya, parece que he tocado una fibra sensible –continuó Sabrina–. Sé que estuviste sometido a un montón de abusones, pero los empleados te dieron un hogar y cuidaron de ti, ¿no?

Sabrina supo que su comentario había sido un golpe bajo, pero tenía que llegar a su corazón de algún modo. Rafael había sido un chico rebelde, y por buenas razones: su padre había asesinado a su madre y se había suicidado después, dejándolo solo a sus diez años de edad. Pero era obvio que había superado aquella tragedia. De lo contrario, no se habría convertido en un hombre tan poderoso.

–No he venido a hablar de los viejos tiempos. Este lugar está obsoleto. Los huérfanos actuales quieren vivir en lugares más modernos. Quieren conexiones a Internet, cuartos de baños grandes y sitios para patinar.

–No estoy en contra de que hayas realojado a los niños, sino de que quieras derribar el edificio –afirmó ella–. ¿Por qué no me lo vendes a mí en lugar de tirarlo? O, si no me lo quieres vender, ¿por qué no buscas una solución alternativa, como las que he mencionado antes?

–Porque lo odio.

La respuesta de Rafael fue tan vehemente que ella se quedó atónita, sin saber qué decir. ¿Odiaba el orfanato? ¿De verdad?

–Discúlpame –prosiguió él, al cabo de unos instantes de silencio–. Sé que tú aprecias este lugar, pero ahora es mío y soy yo quien debo tomar una decisión. El edificio tiene problemas estructurales. Se está viniendo abajo.

–Problemas estructurales que se podrían solventar con poco dinero –le recordó.

Rafael no dijo nada.

–No lo entiendo. ¿Por qué lo odias tanto? Siempre creí que…

–¿Que era feliz aquí? –la interrumpió él, arqueando sus oscuras cejas.

–No, que los dos lo éramos –puntualizó ella, mirándolo a los ojos–. Rafe…

Rafael dio un paso hacia Sabrina, y Sabrina retrocedió al instante, asustada ante la posibilidad de que la tocara.

–Ah, por eso te has escondido cuando me has visto, porque te doy asco –dijo él con frialdad–. Sin embargo, te mostraste de lo más apasionada en París, tan apasionada como si no te hubieran acariciado nunca.

Él extendió un brazo y le acarició la mejilla, ruborizándola.

–Será que dejamos de ser la pareja perfecta a los dieciséis años, antes de que supiéramos qué hacer con lo que sentíamos –declaró Rafael–. Ahora lo sabemos, pero es demasiado tarde.

Ella tragó saliva, intentando romper su hechizo.

–No sé de qué estás hablando.

–Mentirosa.

Sabrina le dio la espalda.

–¿Qué tiene de malo que quiera salvar el orfanato de Calista? Puede que tú lo odies, pero yo lo amo con todo mi ser, y sigo creyendo que es un lugar perfecto para los niños. Véndemelo, Rafe. No soporto la idea de que lo tires. Me recuerda una época mucho más feliz que esta.

–¿Una época más feliz? En ese caso…

Rafael dejó la frase sin terminar, y ella esperó a que siguiera hablando, cosa que hizo al instante.

–A ver si lo he entendido bien. Afirmas que amas este sitio con todo tu ser, ¿no?

–Sí.

–¿Y harías cualquier cosa por salvarlo?

–Lo que fuera.

Rafael la miró con toda la intensidad de sus ojos negros.

–Pues hagamos un intercambio. Tu quieres algo que solo te puedo dar yo, y yo quiero algo que solo me puedes dar tú.

 

 

Hasta el propio Rafael se quedó perplejo con lo que acababa de decir. Su intención original consistía en volar a Calista, revelar a Sabrina lo que sabía sobre su pasado y descansar unas cuantas semanas en su casa de la isla. No quería perder el tiempo con aquella exquisita rubia de vestido blanco, cuya parte delantera parecía apoyarse exclusivamente en sus pezones.

Pero sus emociones habían reventado ese plan, y su fría y lógica mente de hombre de negocios se apresuró a buscar una salida.

–¿A qué te refieres? –preguntó ella.

Rafael tuvo la impresión de que no había entendido su indirecta. Aunque también era posible que estuviera fingiendo.

–Tú quieres salvar el orfanato, y yo quiero tener la oportunidad de arreglar las cosas, por lo sucedido en París –respondió con una sonrisa–. Hice mal al marcharme de esa manera. Ha dejado… asuntos sin terminar, por así decirlo.

Los ojos de Rafael brillaron y, al ver que Sabrina daba un paso atrás, supo que tampoco había olvidado París. La había herido en su orgullo. A ninguna mujer le gustaba que la rechazaran. Pero se había sentido en peligro, en el peligro más que real de perder la cabeza por ella; y, cuando se despertó a su lado, se asustó tanto que salió disparado del hotel.

Sin embargo, ahora tenía la posibilidad de solucionar dos problemas al mismo tiempo.

–Bueno, ¿qué te parece? ¿Llegamos a un acuerdo?

Ella entrecerró los ojos, pensando.

–No sé si lo he entendido bien. ¿Quieres que…? ¿Qué quieres exactamente? ¿Que me acueste contigo otra vez? ¿Cómo en París?

–Es una idea tentadora –comentó él–. Fue una noche de lo más intensa.

Rafael ardía en deseos de tomarla entre sus brazos y besarla, pero no estaba seguro de poder refrenarse.

No, era mejor que mantuviera las distancias.

Además, lo que le tenía que decir era una verdadera bomba, y no se podía soltar una bomba a una vieja amiga y marcharse después. Su plan era más adecuado. Ganaría tiempo, y podría elegir el momento con cuidado.

–Pero las aventuras de una sola noche tienden a dejarte insatisfecho –continuó Rafael–. ¿No crees?

Ella no dijo nada.

–Mira, propongo que nos dejemos de tonterías. Te ofreceré un acuerdo serio, uno que satisfaga tus necesidades y las mías.

–¿Qué tipo de acuerdo? –preguntó ella con desconfianza.

Rafael se preguntó si iba a ser capaz de proponerle lo que se le había ocurrido. Era una idea indiscutiblemente escandalosa. Pero ¿por qué no? Sería la solución perfecta.

–Cásate conmigo.

–¿Cómo? ¿Qué has dicho?

–Que te cases conmigo.

Sabrina entreabrió los labios, lo miró con asombro y dijo:

–¿Te has vuelto loco?

–Quieres el orfanato, ¿no? Pues será tuyo a cambio de que me dejes ponerte un anillo en el dedo.

–No me tomes el pelo, Rafe.

–No te lo estoy tomando. Estoy en plena negociación con una empresa de Estados Unidos cuyos dueños son extremadamente conservadores y, como tengo fama de mujeriego, los accionistas se han puesto nerviosos. Pero mis abogados afirman que se tranquilizarían al instante si me casara.

–Pues cásate con otra mujer. No me necesitas a mí.

–Al contrario. Eres la opción perfecta. Inteligente, presentable y astuta. Una mujer que entiende el mundo donde vivo.

–Si esas son las virtudes que buscas, cásate con tu secretaria.

–Mi secretaria está felizmente casada –le informó él, mirándola nuevamente con deseo–. Además, necesito una persona que esté a la altura en las reuniones sociales y, aunque Linda es una mujer maravillosa, no está hecha para los vestidos de noche y los zapatos con tacón de aguja. De hecho, tengo un compromiso dentro de poco que sería ideal para dejarnos ver juntos. A los paparazis les encantaría.

–Basta ya, Rafe. No me voy a casar contigo.

–Piénsalo bien –insistió él–. Tendrás tu orfanato. Te transferiré la propiedad en cuanto nos casemos, y podrás hacer lo que quieras con el edificio. Reformarlo, abrirlo otra vez, lo que consideres oportuno.

–Esto no es justo. Me estás… presionando –Sabrina se mordió el labio inferior y se pasó una mano por su rubia melena–. No te entiendo, la verdad. ¿No odias tanto el orfanato? Estabas decidido a derruirlo.

Rafael apretó los dientes. Sí, lo odiaba con toda su alma, pero había hecho mucha terapia, y había aprendido a enfrentarse a los fantasmas de su pasado, aunque no del todo. Y, por otra parte, era un hombre de negocios: casarse con una Templeton reforzaría su posición empresarial y le abriría puertas en sectores que, hasta entonces, le habían estado vedados.

–Puedo ser flexible cuando las circunstancias lo exigen, y estoy dispuesto a replantearme mi decisión –dijo él, arqueando una ceja–. ¿Lo estás tú?

Ella apartó la mirada, en silencio. Y Rafael insistió de nuevo, convencido de que estaba a punto de convencerla.

–Pasaríamos la luna de miel aquí, en Calista. Tengo una casa en la isla, que solo está a unos cuantos minutos en helicóptero. Se llama Villa Rosa, y es bonita y tranquila. Solo tardarán unos días en concedernos la licencia matrimonial. Nos casaremos en cuanto tengamos los documentos.

–Olvidas un pequeño detalle.

–¿Cuál?

–Que aún no he aceptado tu propuesta.

Él suspiró, frustrado.

–¿Qué más necesitas? ¿Que te prometa que es un simple acuerdo de negocios? ¿Que solo te quiero para que interpretes el papel de esposa en unos cuantos actos, lo suficiente para convencer a esos accionistas?

Rafael se estremeció a su pesar. Estaban tan cerca que su dulce y sensual fragancia femenina lo estaba volviendo loco.

–Está bien, te lo prometo, será un matrimonio sobre el papel, pero nada más. Hasta podemos ponerlo por escrito –prosiguió–. Redactaré un contrato y lo firmaremos.

–¿Sobre el papel? ¿Qué significa eso?

–Sin sexo –respondió él, desconcertándola de nuevo–. Lo único que tienes que hacer es aceptar mis condiciones, Sabrina. Y el orfanato será tuyo.

Sabrina respiró hondo y declaró:

–No me puedo casar contigo.

Rafael se maldijo para sus adentros. Había ido a Calista para informarle de algo importante, algo devastador; pero se había refrenado y le había ofrecido matrimonio en su lugar, intentando ganar tiempo. Y no había servido de nada.

–En ese caso, no me dejas otra opción.

Sabrina lo miró con extrañeza.

–¿Qué quieres decir?

–Que tengo que contarte una cosa.

Ella alzó la barbilla.

–Pues cuéntamela.

A Rafael se le encogió el corazón. Sabía que sus siguientes palabras le iban a hacer mucho daño, pero no tenía más remedio que pronunciarlas. Era la verdad, y saldría a la luz más tarde o más temprano. Sería más fácil para ella si se enteraba por él y no por un desconocido.

–Templeton es tu padre –declaró.

Sabrina sonrió.

–Pues claro que lo es. Me adoptó legalmente. De hecho, tú estabas presente el día que vino a recogerme al orfanato.

–No, no entiendes –dijo él, bajando la voz–. Es tu padre de verdad, Sabrina. Es tu padre biológico.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

SABRINA miró a Rafael sin saber qué decir. Parecía estar hablando en serio, pero eso era imposible. Tenía que serlo.

–¿Qué demonios estás diciendo? –preguntó al fin.

–Espera un momento, por favor.

–¿Que espere un momento? Me estoy empezando a cansar de tus juegos.

–Confía en mí, Sabrina. Vuelvo enseguida.

Rafael se alejó hacia el helicóptero, y ella estuvo a punto de marcharse inmediatamente. Pero había algo en su ridícula afirmación que se lo impidió, y se quedó allí aunque sospechaba que solo la estaba manipulando.

Se sentó en un banco de piedra, a la sombra del edificio y se quedó mirando el intenso azul del cielo, intentando recomponer sus emociones. ¿Su padre biológico? ¿Andrew Templeton? No, no podía ser.

Rafael regresó al cabo de un par de minutos, con una carpeta en la mano. Se había quitado la chaqueta y desabrochado los botones superiores de la camisa.

–Toma, es para ti –dijo, ofreciéndole los documentos–. No hay forma fácil de decir algo así, pero esto demuestra que Templeton te ha estado mintiendo.

–¿Mintiéndome? ¿En qué?

–Lee los documentos.

Sabrina lo miró con furia.

–Rafael, si esta es tu forma de desacreditar al hombre que ha cuidado de mí desde que…

–Léelos –insistió el, interrumpiéndola–. Y mira las fotocopias… son las cartas y los mensajes que cruzó con el director del orfanato. Los encontré aquí, cuando compré el edificio. También hay recortes de periódicos y los resultados de la investigación que encargué, con declaraciones de testigos y detalles de las visitas de Templeton al orfanato. Estuvo aquí antes de que nacieras, y volvió muchas veces después.

Sabrina seguía sin creer lo que estaba escuchando, pero sintió curiosidad, abrió la carpeta y se concentró en su contenido.

Instantes después, estaba rígida. Completamente horrorizada.

–Oh, Dios mío… –dijo en voz baja.

–Me habría gustado decírtelo antes, pero te lo tenía que decir discretamente, en persona y lejos de tu padre. Templeton no habría permitido que hablara contigo si se hubiera enterado de lo que había descubierto. Y, por cierto, mi propuesta de matrimonio era real… si la hubieras aceptado, habría esperado hasta encontrar un momento más oportuno. Lo siento mucho, Sabrina.

Rafael se remangó la camisa y añadió, antes de alejarse de ella:

–Avísame cuando hayas terminado.

Las esperanzas de Sabrina se esfumaron rápidamente. El millonario que la había rescatado de la pobreza y le había dado una vida de lujos no era el héroe que siempre había creído, sino un mentiroso y un falso.

Todo lo que le había contado era un vulgar cuento.

Según el informe de los investigadores de Rafael, Andrew Templeton había ido por primera vez a Calista por asuntos de negocios; pero eso no impidió que alquilara una mansión y organizara fiestas salvajes para sus asociados, que a veces terminaban en verdaderas orgías.

Al año siguiente, Andrew regresó a la isla y pasó una temporada con una mujer inglesa, Cherie, que vivía en Calista y acababa de tener una niña. Según los testigos de la época, Cherie empezó a conducir súbitamente coches de lujo y a llevar ropa de diseño, aunque estaba desempleada.

Una década después, tras el fatídico accidente de tráfico que quitó la vida a Cherie y dejó a su hija marcada para siempre, el orfanato intervino y se hizo cargo de la niña. Al parecer, una empresa había hecho una donación anónima al establecimiento por aquellos días, y siguió donando dinero todos los años durante todo el tiempo que la niña estuvo allí.

Esa empresa era AT Holdings, la primera empresa de Andrew.