Separados por el pasado - Jane Holland - E-Book

Separados por el pasado E-Book

Jane Holland

0,0
2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

El reencuentro con su antiguo amigo iba a cambiar su vida para siempre   El multimillonario Rafael estaba decidido a demoler el mayor fantasma de su pasado: el orfanato griego donde se había criado. Era un cruel recordatorio de todo lo que había perdido, empezando por su dulce amiga de la infancia, Sabrina. Pero entonces, Sabrina apareció para impedirle que lo demoliera.   Cuando Rafael le ofreció venderle el orfanato a cambio de que se casara con él, ella lo rechazó. Aún estaba dolida por lo sucedido tras su último encuentro amoroso, y casarse con Rafael era más de lo que podía soportar; pero los viejos secretos empezaron a salir a la luz, y Sabrina no tuvo más opción que confiar en él.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 163

Veröffentlichungsjahr: 2024

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2023 Jane Holland

© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Separados por el pasado, n.º 3093 - junio 2024

Título original: Her Convenient Vow to the Billionaire

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788410627956

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

SABRINA –gruñó la voz al otro lado del teléfono, logrando que se sintiera culpable–. ¿Por qué demonios has vuelto a Calista?

Era la misma pregunta que se había estado haciendo a sí misma durante las veinticuatro horas anteriores. Pero ahora la formulaba su padre y, aunque ella tampoco sabía si había hecho bien al volver a la isla griega donde se había criado, su brusco tono de voz le molestó.

¿Por qué no podía confiar en ella, como confiaba en sus dos otros hijos? La respuesta era evidente: porque Tom y Pippa eran carne de su carne.

–Por un asunto pendiente, papá –respondió Sabrina–. No me llevará mucho tiempo. Te lo prometo.

–¿Qué asunto pendiente? ¿De qué estás hablando?

Sabrina activó el manos libres, dejó el móvil en el escalón de la entrada del antiguo orfanato y se alisó su encrespado cabello rubio. Había olvidado lo intenso y despiadado que podía ser el calor de la isla.

Como Calista era demasiado pequeña para tener aeropuerto, había alquilado un deportivo la noche anterior y lo había embarcado en el transbordador; pero quitó la capota del vehículo cuando llegó a su destino, y el viento la despeinó tanto durante el trayecto al hotel que convirtió su liso pelo en una maraña.

–No es nada importante –mintió–. Te lo contaré cuando vuelva a casa.

–Prefiero que me lo cuentes ahora.

El tono de su padre se volvió más afectuoso, y despertó la ansiedad de la niña pequeña que aún llevaba dentro.

–Sabrina, estás hablando conmigo. Sé que no has vuelto a Calista desde… –Andrew dejó la frase sin terminar–. Por favor, dime la verdad. Deja que sea yo quien juzgue si es importante o no lo es.

Sabrina gimió para sus adentros. Adoraba a Andrew Richard Templeton, el multimillonario caballero de la orden del imperio británico que la había rescatado, llevado a su familia y convertido en lo que era. Pero no le gustaba que interfiriera en su vida. Estaba a punto de cumplir treinta años, y la trataba como si siguiera siendo una niña.

–Lo siento, papá. Estoy… estoy perdiendo la conexión. No te oigo bien –dijo, aferrándose a la primera excusa que se le ocurrió–. Te llamo luego, ¿vale? Te quiero.

–Pero…

Sabrina cortó la comunicación, se levantó del escalón y se quitó el polvo del vestido blanco que se había puesto ese día.

A su padre no le habría gustado que lo dejara con la palabra en la boca. Y Sabrina se sintió culpable, porque no lo quería decepcionar. Pero Andrew siempre intentaba protegerla de los golpes de la vida y, aunque ella sabía que sus intenciones eran buenas, no se lo podía permitir. No ese día, porque habría conseguido que se sintiera insegura, y necesitaba estar fuerte.

Tenía una dura negociación por delante. Si es que estaban dispuestos a negociar.

Alzó la vista y contempló el edificio, escuchando el canto de las chicharras. El tejado al que se encaramaba de niña para tomar el sol había perdido unas cuantas tejas; pero las fragantes y alegres flores de las buganvillas que habían conquistado el lugar lograron que las desconchadas y blancas paredes no le parecieran tan tristes como en sus tiempos.

En la puerta principal, de color azul, había un anuncio de aspecto oficial. Sabrina se acercó y leyó el texto, escrito en griego. Era el aviso de demolición.

Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante, y estuvo a punto de romper el silencio con una furiosa descarga de improperios. Pero se refrenó y, tras un sollozo ahogado, dijo en voz alta:

–¿Cómo se atreve? No se lo permitiré.

Estaba en el Orfanato de Calista, la institución adonde la habían llevado de niña. Entonces, estaba tan asustada y se sentía tan avergonzada que caminaba cabizbaja por miedo a que alguien viera las cicatrices de su rostro. Pero, poco a poco, el orfanato se convirtió en su hogar y, como ya tenía dieciséis años cuando la adoptaron, conquistó un espacio imborrable en su corazón.

Allí se había sentido libre. Se había sumergido en sus lecturas de novelas y poesía, se había arañado las rodillas jugando al escondite y había encontrado al mejor amigo de su vida: un duro y joven golfillo de cabello negro y actitud beligerante, siempre dispuesto a pelear.

Sabrina llevó la mano al pomo, y descubrió que la puerta estaba abierta, pero no le extrañó. El orfanato estaba en pleno campo, a bastantes kilómetros del puerto principal de la isla, y nadie habría ido tan lejos para robar en un edificio vacío.

Sabrina deambuló por las familiares estancias, donde ya no quedaba nada. Sus zapatos de tacón alto resonaban en las desgastadas losetas del suelo, y casi podía oír las risas de las adolescentes que habían vivido allí. De hecho, no se habría llevado ninguna sorpresa si hubiera visto a Yannis o Melantha cuando se asomó al hueco de la escalera.

¿Cómo era posible que fueran a derribar el orfanato? Solo necesitaba una reforma, nada más.

Desde luego, su padre habría dicho que reformar el edificio sería malgastar el dinero, y no le habría faltado razón. Pero el dinero no era siempre lo primero. El corazón también importaba.

Desgraciadamente, la decisión no estaba en sus manos, y ese era el problema de la negociación que tenía por delante, lo que la había impulsado a ponerse ese vestido blanco y unos zapatos poco adecuados para caminar por aquel terreno.

Sabrina se había enterado por casualidad de que iban a derribar el orfanato, y ella misma se había quedado asombrada con el rechazo que le causó. Sin embargo, no estaba furiosa por el destino del destartalado edificio, sino porque lo tenía asociado a su madre y, si lo derribaban, sería como perderla otra vez.

Acababa de entrar en el salón donde hacían deporte de niñas cuando oyó un ruido que la detuvo en seco. Suponía que la persona con la que había quedado llegaría en coche; pero, al parecer, llegaba en helicóptero.

Sabrina subió a toda prisa por la escalera, consciente de lo que significaba ese sonido. Rafael no había enviado a uno de sus subalternos. Sorprendentemente, había decidido ir en persona.

Al llegar al primer piso, se acercó a las sucias ventanas y miró el exterior. El helicóptero descendía majestuosamente, provocando ráfagas de viento que azotaban árboles y arbustos y levantaban nubes de polvo. Sabrina intentó ver al hombre que viajaba en su interior, pero los cristales ahumados se lo impidieron, y no lo tuvo ante sus ojos hasta que se bajó del aparato.

Y entonces, el corazón se le encogió.

No esperaba verlo. Había supuesto que enviaría a algún subordinado, en la creencia quizá de que ella estaría en compañía de alguno de sus ayudantes. Pero Sabrina había optado por ir sola; en parte, por ocultar su pasado y, en parte, porque le agradaba la idea de caminar por el antiguo orfanato y revivir los aromas de su infancia sin sentirse observada.

Habían pasado cinco años desde su último y desastroso encuentro, cuando coincidieron en un acto benéfico que se celebraba en París. Era la primera vez que se veían desde la adolescencia, y ella saludó a su mejor amigo con tímido entusiasmo y el corazón en un puño.

Por supuesto, había seguido su meteórico ascenso en el mundo de los negocios, pero no se había atrevido a retomar su relación porque sabía que se había sentido traicionado cuando a ella la adoptaron y él siguió en el orfanato. Nunca había contestado a sus cartas, y no esperaba que la recibiera con los brazos abiertos.

Pero, cuando él le dio un abrazo, Sabrina olvidó todos sus temores. La velada parisina era una oportunidad perfecta para renovar su amistad y ponerse al día, así que se fueron a cenar juntos después del acto y, a continuación, se dirigieron al hotel donde ella se alojaba. Y, cuando quiso darse cuenta del error que había cometido, el daño estaba hecho.

Ya no era el jovencito inexperto de Calista. Ahora era un hombre.

El mismo hombre que caminaba en ese momento hacia el orfanato, a grandes zancadas. El hombre de camisa blanca, vaqueros negros y chaqueta perfecta que alzó la vista de repente, como si se hubiera dado cuenta de que lo estaba mirando desde la ventana.

–Rafael… –susurró ella.

Sabrina se quedó sin aliento y, justo entonces, se acordó del médico que le había informado de la muerte de su madre en el hospital y se volvió a sentir tan sola como abandonada.

La mirada de Rafael la dejó momentáneamente cegada, como si hubiera estado mirando el sol. De hecho, estaba tan desorientada que dio varios pasos hacia atrás, sin saber qué hacer.

Luego, se dio la vuelta y salió corriendo.

 

 

Rafael se desabrochó la chaqueta en cuanto bajó del helicóptero y notó el familiar bochorno de Calista. Para él, el orfanato había sido una especie de cárcel, y no le prestó particular atención hasta que distinguió un rostro ovalado en una de las ventanas de la primera planta.

Sabrina ya estaba allí. Un fantasma en un edificio condenado.

A tanta distancia, no podía estar seguro de que fuera ella, pero la reconoció cuando movió su rubia cabeza y su cabello se agitó como el maíz maduro en un campo azotado por el viento.

Todo en él se encogió al recordar su pelo extendido sobre la almohada y sus ojos brillantes, risueños…

«Maldita sea».

Rafael apretó los dientes, se puso unas gafas de sol y siguió adelante, borrando las emociones de su rostro. Luego, respiró hondo y se resistió a lo que sentía. Ya no era un niño dolido por la crueldad de su padre, sino un hombre.

¿Por qué demonios habría tomado la estúpida decisión de cruzar medio mundo para asistir a esa reunión? Su secretaria estaba en lo cierto al afirmar que era peligroso y una colosal pérdida de tiempo.

–Deje que Christopolous se encargue de ella –le había dicho–. Es de Calista, e hizo un buen trabajo con la venta del orfanato.

Ninguno de sus otros empleados se habría atrevido a llevarle la contraria, pero Linda era una mujer de cincuenta y tantos años, una lengua ácida, estaba casada y tenía hijos, uno de ellos casi de su edad. Y siendo él uno de los multimillonarios más jóvenes de Nueva York, apreciaba su experiencia, su franqueza y, hasta ocasionalmente, sus instintos maternales.

–No, iré en persona –replicó él, mientras firmaba unos documentos–. Encárgate de que preparen el avión, y dile a Johannes que tenga listo el plan de vuelo. Ah, y que me esté esperando un helicóptero en el aeropuerto, para ir a Calista.

–Pero señor…

–Ya he tomado la decisión –la interrumpió, jugueteando con los gemelos de su camisa–. Necesito que preparen Villa Rosa.

–¿Piensa quedarse mucho?

–Tal vez.

A decir verdad, Rafael no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Sencillamente, era una oportunidad perfecta para hablar con Sabrina Templeton cara a cara y decirle lo que le tenía que decir. Era demasiado importante para decirlo por teléfono o correo electrónico, y ya había esperado demasiado. Además, no sabía cómo iba a reaccionar y, como era una amiga de la infancia, prefería hacerlo en privado y con gentileza.

Sin embargo, eso no significaba que no estuviera de acuerdo con el análisis de Linda. Teniendo en cuenta su pasado, era un escenario infestado de peligros. Pero la idea de verla en persona había echado raíces en su mente, y no se iba a echar atrás.

–No estoy segura de que sea práctico, señor. Este mes va a estar muy ocupado –alegó ella, comprobando el calendario.

–Pues cancela mis compromisos –le ordenó–. También necesitaré un coche, algo apropiado para mí. Y llama a los establos y pídeles que lleven unos cuantos caballos a la casa.

Linda lo miró con asombro, y él añadió, con una sonrisa:

–Oh, vamos. ¿No decías que necesitaba unas vacaciones?

–Ya, pero estaba pensando en un fin de semana en los Hamptons, no en una estancia indefinida en una minúscula isla griega. He visto fotografías de su casa, y sé que está encaramada en un acantilado en mitad de ninguna parte… por no mencionar que no parece muy cómoda, salvo para un monje tibetano, quizá. ¿Tiene al menos agua caliente?

Rafael volvió a sonreír.

–Es curioso que digas eso, porque fue un monasterio en el pasado. Pero la reformé hace tres años, y tiene piscina, gimnasio y, por supuesto, todas las comodidades modernas. No tendré que bajar al arroyo en busca de agua.

Linda se estremeció, y él soltó una carcajada.

–Relájate. Volaré a Calista, hablaré con… la señorita Templeton y volveré tras haber disfrutado de unas cuantas semanas de sol, mar y buceo.

–¿Y qué pasa con la reunión mensual de la junta?

–Estoy seguro de que se las arreglarán sin mí por una vez.

Rafael se levantó y se quedó mirando Manhattan desde la ventana. Llevaba diez años en la ciudad, y seguía enamorado de su paisaje de rascacielos de acero y cristal. Hasta se alegraba de atisbar el río Hudson de vez en cuando, porque le recordaba que Manhattan también era una isla, aunque no se pareciera nada a Calista.

–Tengo una idea. ¿Por qué no ocupas mi puesto en las reuniones importantes? Al fin y al cabo, sabes lo que opino en casi todos los temas.

Linda pareció sentirse halagada, pero preguntó:

–¿Y el acuerdo nuevo? No puede negar que se ha empantanado. Convendría que estuviera en la mesa de negociación.

Rafael apretó los dientes. Estaban en mitad de unas delicadas negociaciones con una empresa de Estados Unidos que pertenecía a una familia ultraconservadora. Y todo se había complicado cuando uno de sus principales accionistas se quejó de sus aventuras románticas, que definió como decadentes y escandalosas.

–Diles que estoy buscando una solución.

Rafael alcanzó la chaqueta entonces, se la puso y salió del despacho, con su mente ya en el soleado paisaje de su juventud, por donde Sabrina y él corrían sin preocupaciones.

Y ahora estaba allí, bajo el sol de Calista, contemplando el orfanato donde se había criado, el sitio que lo había llevado a ser lo que era; aunque solo después del brutal asesinato de sus padres y de sus ímprobos esfuerzos por salir de la pobreza.

No era extraño que lo odiara. Lo odiaba tanto que había soñado mil veces con la posibilidad de derruirlo, o de dejarlo abandonado y permitir que los rosales y los arbustos lo conquistaran y convirtieran en algo parecido a un castillo encantado de un cuento de hadas.

Y entonces, el destino intervino.

El director del orfanato se puso en contacto con él inesperadamente para pedirle una donación y reformar el edificio, y Rafael vio la oportunidad de comprar el orfanato, derribar sus crueles muros y dar a los niños un lugar nuevo donde vivir, un principio nuevo para los huérfanos y para sí mismo.

Luego, Sabrina se enteró de lo que planeaba y se opuso. Pero era demasiado tarde. Habían firmado un acuerdo. Los niños ya estaban en otro lugar, y solo faltaban unas semanas para la demolición.

Sin embargo, Rafael se quedó intrigado con su carta, en parte suplicante y en parte, amenazadora. Sabrina había mantenido un silencio más que elocuente durante los cinco años anteriores, en demostración de que no lo había perdonado por lo de París; pero, de repente, se ponía en contacto con él por el asunto del orfanato. Una ocasión ideal para que él hiciera lo que tendría que haber hecho mucho antes.

Como Sabrina vivía en Londres y él estaba en Nueva York, la propuesta de encontrarse en el orfanato le pareció un compromiso razonable. A fin de cuentas, era territorio neutral.

Pero se empezaba a arrepentir de haber tomado esa decisión.

La intensidad de su reacción al verla en la ventana era una prueba evidente de que ni había superado lo suyo ni lo superaría nunca. ¿Cómo lo iba a superar, tras la asombrosa noche de París? Pero sabía cómo tratar a Sabrina Templeton. Solo tenía que reprimir su deseo y concentrarse completamente en los negocios.

Rafael entró en el familiar vestíbulo del orfanato, que encontró vacío. Se quitó las gafas, se las guardó en el bolsillo superior de la chaqueta y dijo, con toda la seguridad que tanto le había costado adquirir:

–¿Sabrina? Te he visto en la ventana. Sé que estás aquí. ¿Dónde te has escondido?

Sabrina no contestó, y él se sintió tan frustrado que se dirigió directamente a las escaleras y subió los escalones de dos en dos. No quería estar más tiempo del necesario en aquel edificio. Cuanto antes saliera de él, mejor.

Los recuerdos asaltaron su mente por el camino. Se acordó de los chicos mayores que le insultaban, le pegaban y le tiraban piedras. Él siempre devolvía los golpes, aunque no pudiera con ellos.

Segundos después, oyó un ruido procedente del cuarto donde se solían guardar las escobas, las fregonas y los cubos. Estaba debajo de la escalera, y era tan pequeño que apenas cabían un par de personas.

Rafael respiró hondo y dudó antes de abrir la puerta. Cuando era niño, su padre lo encerraba para castigarlo, y ahora odiaba tanto los espacios cerrados que hasta odiaba los ascensores. Pero, a pesar de ello, sacó fuerzas de flaqueza y se asomó al oscuro espacio, donde vio dos cosas: la escoba que Sabrina había tirado al entrar y las puntas de dos elegantes zapatos.

–Venga, sal de ahí –dijo en griego, retomando su idioma natal–. Este no es sitio para ti.

Sabrina se solía esconder allí cuando eran niños, como bien sabía Rafael. Entonces, el cuarto no tenía puerta, sino una simple cortina, y ella se apretaba contra la pared en cuclillas mientras los empleados del orfanato intentaban localizarla. ¿Cuántas veces había tenido que ir a buscarla? Eran dos inadaptados: la chica de las cicatrices en la cara y el chico de pasado delictivo.

Eran inseparables, amigos de verdad.

Hasta que París transformó su amistad en otra cosa.

–Márchate, Rafe.

–Parakalo… –le rogó él en su idioma.

–No.

–No seas cobardica. Me pediste que viniera, y aquí estoy –dijo Rafael, forzándose a entrar a pesar de su claustrofobia–. Deja de esconderte en la oscuridad, obsesionada con lo dura que ha sido tu vida. Te aseguro que la mía ha sido bastante peor que la tuya.

–¿Cómo? –dijo ella, enrabietada.

Sabrina, que estaba acurrucada en la esquina, se levantó. Tenía el pelo revuelto, y llevaba un vestido blanco completamente inadecuado para un lugar tan rústico como Calista. Rafael la había visto después de su operación de cirugía estética, cuando se encontraron en París; pero, a pesar de ello, se volvió a sorprender al ver su rostro sin ninguna cicatriz.

Su cirujano había hecho un buen trabajo.

–¿Cómo te atreves a decir eso? –bramó ella–. Deberías saber mejor que nadie que…

Sabrina guardó silencio repentinamente.

Sus miradas se acababan de encontrar.