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¿Es posible educar sin gritar, sin ceder ni rendirse? Francisco Castaño demuestra que sí. Con una mirada honesta y profundamente humana, este libro combina disciplina positiva, educación emocional y límites firmes para ayudar a las familias a educar con amor y claridad. Una guía imprescindible para criar personas autónomas, resilientes y emocionalmente fuertes.
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Seitenzahl: 197
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Educar con disciplina positiva
Amor, límites y resiliencia para una crianza feliz
Francisco Castaño
Prólogo de Javier Urra
Primera edición en esta colección: agosto de 2025
© Francisco Castaño, 2025
© del prólogo, Javier Urra, 2025
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 979-13-87813-06-2
Diseño de cubierta: Pilar Eme
Fotocomposición y realización de cubierta: Grafime Digital S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Prólogo. Padres proveedores de deseos,
de Javier Urra
Principios básicos de la disciplina positiva
Introducción
1. Martillos para romper la burbuja de la sobreprotección
2. «Como viene de serie» no es excusa. Todo se educa, ¡la felicidad también!
3. Autonomía e iniciativa. Cómo potenciarlas y ¡cómo no!
4. Cómo hacer de GPS emocional para tus hijos: acompañar, nombrar y aceptar
5. Niños con límites, padres con rumbo, hogares sin estrés
6. Cómo enseñar a tus hijos a decir gracias y que se sientan agradecidos
7. La vida a través de una pantalla: ¿cuánto es demasiado?
8. La salud mental es cosa de todos
10 claves de la educación en 10 frases
Epílogo
Notas
Enlaces de interés
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
Comenzar a leer
Referencias bibliográficas
Colofón
El libro que tenéis en vuestras manos está lleno de frases, de ideas, de conocimientos.
Es un libro que derrocha criterio educativo.
Encontraréis en su lectura dilemas, como el dolor y la nada. También aclaraciones pertinentes, como la que diferencia temperamento de carácter y de personalidad.
Me gusta cómo el autor define, aclara, toma partido.
La lectura es fácil, grata. Las citas, certeras. Fran nos regala unos apuntes clave que sintetizan las ideas-fuerza y propician ser absorbidas, consolidadas.
Muy importantes los matices: no es lo mismo consecuencia que castigo.
El libro firmado por Castaño se enriquece de muy buenas citas, pero aún más de experiencias vividas.
Dice nuestro autor que hay que ser creíbles ante nuestros hijos, y es cierto.
Se le nota experiencia también como escritor.
Se agradece la claridad expositiva, que nace desde una mente estructurada y pedagógica.
Os contaré que he subrayado bastante y tomado buena nota.
Veréis que el índice ya invita, es sugerente, inclusivo, atractivo, estimulante. El contenido no defrauda.
Dejadme que desvele un titular: «Las nuevas tecnologías, el sonajero del siglo xxi».
El libro incluye cuestionarios, recuadros y nos pone al día sobre «las redes que enredan».
Una obra con contenido proteínico, una obra que merece la pena ser publicada y leída.
Javier Urra, psicólogo forense de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Menores
Ser amable y firme a la vez.
Principio de conexión: necesidad de pertenencia.
Efectos de largo plazo.
Enseña habilidades para la vida.
Invita a descubrir las propias capacidades.
¿Qué queremos para nuestros hijos? En el pasado la respuesta era clara: que fueran personas de provecho. Hoy, en cambio, la sociedad ha cambiado y la prioridad es que sean felices a toda costa. Pero ¿estamos persiguiendo la felicidad real o una versión distorsionada?
La verdadera calidad de vida no radica en acumular o desear lo inalcanzable, sino en aprender a disfrutar plenamente de lo que ya tenemos, como profundizaremos más adelante. Sin embargo, tendemos a generar en nuestros hijos unas expectativas y, en caso de sobreprotección, cuando llegan a la adolescencia y ven que no es así, se dan de bruces con la realidad. Los padres, cuando facilitamos tanto, podemos quitarles las herramientas que ellos necesitan para poder evolucionar como personas. En vez de preparar a nuestros hijos para la vida, preparamos la vida para nuestros hijos. Lo que hacemos es ir acomodando su vida hasta que ya no podemos hacerlo más y ellos acaban por no saber adaptarse.
Antes teníamos una educación muy autoritaria. Nuestros padres tenían solamente una preocupación: que nos comportáramos bien. Se trabajaba mucho en la conducta y se olvidaban en apariencia de las emociones. Tampoco creo que las dejasen de lado: si mis padres me veían triste o enfadado me preguntaban, aunque sí es cierto que hay personas que han tenido una educación mucho más autoritaria en la que las emociones no contaban.
La educación que recibimos marca, de forma consciente o inconsciente, la manera en que educamos a nuestras hijas e hijos. Puede ocurrir que hayamos recibido una educación muy autoritaria que rechazamos y ahora tendamos a ser más laxos. También puede suceder el otro caso: si estamos contentos con la educación que recibimos, educaremos del mismo modo. Hemos de tener presente que la sociedad ha cambiado, que nuestros hijos no son nosotros y que nosotros no somos nuestros padres.
Es muy importante que el niño se sienta acompañado emocionalmente, como veremos en el capítulo 4, pero el problema es que a veces, al priorizar el bienestar emocional, nos olvidamos de la conducta. Un niño o un adolescente que no tiene una buena conducta está haciendo cosas que no debe que, a su vez, le generan problemas y conlleva que se sienta mal. Es imposible que esté bien emocionalmente porque, en realidad, se encuentra mal, se comporta mal, le llaman la atención en clase y se siente con la autoestima baja. Se siente el malo y empieza a compararse con los demás.
Nuestros hijos no son nosotros, y nosotros no somos nuestros padres.
Si a un chaval que se porta mal, por la mañana antes de ir a clase, se le dice que se porte bien y cuando viene del cole lo primero que se le pregunta es cómo se ha portado, el chico está dando por hecho que se va a comportar mal.
Cuando un niño tiene un mal comportamiento, hemos de tener en presente que su objetivo no es amargar la vida a los padres: actúa así porque no sabe hacerlo de otro modo, pero se siente mal.
Mi objetivo con este libro es dar pautas prácticas para facilitar a los padres la educación de los hijos, desde los más pequeños hasta los adolescentes, con el propósito de ayudar a que en algunos casos se evite el mal comportamiento.
Daremos un repaso a los problemas que puede generar en los chavales una educación poco eficiente: ausencia de límites y rutinas, falta de iniciativa y autonomía, mala gestión de las emociones, estrés, queja e ingratitud y problemas generados por el mal uso de las nuevas tecnologías, pero sobre todo conoceremos las herramientas para disfrutar de un hogar en paz y feliz. Para ellos, es importante que, además de su bienestar emocional, trabajemos el comportamiento, la conducta, los valores, las normas y los límites.
Los límites son fundamentales. Se ponen para que nuestro hijo recoja la ropa, no abuse del móvil o descanse las horas necesarias para su salud física y emocional. Pero tienen otras muchas connotaciones en la conducta del niño: les ayuda, entre otras cosas, al control de impulsos. Os hablaré más adelante sobre el desarrollo del cerebro, pero antes voy a poner un ejemplo.
Imaginaos que voy a un restaurante, tengo mucha hambre y me hacen esperar veinte minutos a que me den mesa para comer. Mientras espero, estoy viendo a una persona tomarse unos muslos de pollo, que me encantan y me están apeteciendo. Sin embargo, no asalto al comensal, sino que espero a que me den mesa y pedir mi propio plato, porque controlo mis impulsos. Si esta situación nos ocurriese con un niño pequeño, le explicaríamos que no se puede coger la comida del otro comensal. Eso es poner un límite y eso es enseñar a nuestro hijo a controlar los impulsos.
Además de su bienestar emocional, trabajemos el comportamiento, la conducta, los valores, las normas y los límites.
Los límites les ayudan también a sentirse seguros, porque saben a qué atenerse. Mario Alonso Puig, experto en motivación, liderazgo e inteligencia emocional, explica las seis motivaciones que afectan a todas nuestras conductas, que nos mueven a la acción:
Estar en un entorno seguro, poder controlar lo que pasa, saber que el suelo que pisamos es suelo firme.
Sentirnos reconocidos, valorados.
Pertenencia al grupo. La motivación de llegar a un sitio y sentir que nos acogen, que no nos desprecian, que no nos marginan.
Motivación al desafío, al reto. Si en la vida no hubiera retos sería muy aburrido. Aunque nos guste mucho estar en la zona de confort y podamos estar ahí durante un tiempo, al cabo de un tiempo no hay quien lo aguante.
Crecer, mejorar y progresar.
Contribuir al bienestar de otras personas. Tener una vida con propósito.
Hay un equilibrio natural que hace que nos mantengamos de forma estable, pero cuando alguna de estas motivaciones cobra demasiado protagonismo en detrimento de las otras, podemos tener ciertos problemas. Los chavales que tienen mal comportamiento suelen tener ausencia de motivaciones. Si no hay límites, no se sienten seguros y, a partir de ahí, no se sienten reconocidos, no sienten pertenencia al grupo, etcétera.
Antes de emprender este camino hay algo que quiero dejar claro por encima de todo: la educación es un viaje maravilloso que disfrutar, en el que estamos formando personas que nos van a dar muchas satisfacciones, pero es también un viaje largo y esforzado que requiere tiempo, paciencia, mucho amor y comprensión. En ese viaje, pueden llegar momentos en los que los padres se sientan mal, ya sea porque el hijo lo está pasando mal o porque sienten que no han conseguido los objetivos que se han propuesto. Ante estas situaciones, en la asesoría familiar en la que atiendo a madres y padres con chavales con problemas de comportamiento, siempre les digo que han de comprender a los hijos, pero mal haría yo en no comprender a los padres que están en estas situaciones. Porque, además, cuando se tiene un hijo que está teniendo problemas de comportamiento, todo el mundo opina. Unos te dicen eso de «yo le habría pegado un bofetón a tiempo», otros te recomiendan que lo castigues, otros que le ignores. La sensación es que lo has probado todo y nada te funciona.
Jamás nos tenemos que sentir culpables porque hacemos lo mejor para nuestros hijos. A veces el resultado que se obtiene no es el que se desea, lo que genera mucha sensación de impotencia. En el caso de que tengáis problemas de comportamiento en vuestros hijos, si queréis cambiar la situación, habrá que buscar otro método, pero no hay que tirar nunca la toalla. Al final del libro, os dejo mis datos por si necesitáis ayuda. Cuando tenemos un hijo que tiene problemas de comportamiento, en ocasiones el clima familiar es tan complicado que lo primero que hay que hacer es dar la vuelta a la situación para reencontrar el equilibrio. Puede ocurrir que haya una autoridad perdida o que hayamos sido demasiado permisivos; cada situación es distinta. Para ello en la primera consulta analizo el caso y, en función de este, doy una solución personalizada a cada hija o hijo, teniendo en cuenta las características familiares y la personalidad del niño.
Si vuestros hijos tienen problemas de comportamiento, será necesario buscar otro método, pero no tiréis nunca la toalla.
Ante una situación como esta, como es tan tensa, solo vemos lo que hacen los hijos mal, pero es muy importante tener presente qué hacen bien. De ahí que una de las preguntas que hago a los padres y madres en consulta es qué hacen bien sus hijos. ¿Por qué? Porque es fundamental fijarnos en eso. En estos casos en los que ya ha sido necesario ir a consulta, la respuesta es «nada» o «muchas cosas». Cuando responden que nada, es una pena ver que unos padres no encuentran nada positivo que hagan sus hijos; cuando dicen que «muchas cosas», les pregunto qué cosas, pero no saben concretar. Esto es muy importante trabajarlo en consulta, empezar a dar la vuelta para ver lo que hacen bien los hijos.
Cuando nuestros hijos tienen un mal comportamiento y solo nos dirigimos a ellos para regañarles, potenciamos ese mal comportamiento. Entran en un bucle ellos y entramos en un bucle nosotros, angustiados porque no nos hacen caso. A veces, para romper el bucle, basta con pararnos a pensar qué están haciendo bien o qué se les da bien y decirlo, hablarles en positivo.
Las pautas que encontraréis en este libro serán principalmente herramientas emocionales, herramientas para revisar lo que hacemos y si nos ayuda o no, para saber qué hacer y qué no hacer, pero siempre bajo la perspectiva de la comprensión.
Trabajaremos la resiliencia desde la disciplina positiva y trabajaremos la disciplina positiva desde la resiliencia, pues ambas son una. Firmeza y cariño no son incompatibles. Disciplina positiva es educación con emoción y empatía, no dejarles hacer lo que quieran. El problema es que, una vez más, por ese deseo de darles todo y hacerles felices, confundimos conceptos. Recuerdo el título de una noticia: «Niños mandando callar y comiendo con las manos: ¿Estamos educando bien a nuestros hijos?». ¿Por qué salen estas noticias? Porque nos estamos equivocando.
Eduquemos en la resiliencia desde la disciplina positiva, y eduquemos la disciplina positiva desde la resiliencia; ambas son una.
Trabajemos con ellos desde pequeños con disciplina y amor. El recorrido será, así, mucho más sencillo. El cerebro acaba de formarse entre los veintidós y veinticinco años; en las mujeres antes que en los hombres. El cerebro es muy plástico, se adapta a las situaciones, pero con el tiempo hay partes que son como el cemento, no como la arcilla. ¿Cuál es la diferencia? La arcilla se moja, se le da forma y se deja secar, pero podemos volver a echarle agua y volver a modificarla. Sin embargo, el cemento fragua y, por mucha agua que eches, no puedes volver a modelarlo. Cuanto más tardemos, más difícil será la educación y más difícil será modelar algunos aspectos, porque el cemento estará ya duro.
«Los niños son como cemento fresco, cualquier cosa que caiga sobre ellos deja una huella», decía el psicólogo y educador Haim Ginott. Tratémosles con la delicadeza de ese cemento sobre el que vamos a dejar huella y la firmeza de ese cemento que un día no podrá modelarse.
No les evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas.
Louis Pasteur
Rocío acude a consulta porque la relación con su hija de catorce años, Clara, es muy difícil. Siente que apenas existe comunicación, no se entienden.
Me explica que unos días antes había decidido no ceder más ante su hija, que intentaba saltarse constantemente las normas que había en casa. Me pone el ejemplo de recoger la mesa. Me cuenta que Clara llevaba días negándose a llevar sus platos al fregadero después de comer. La madre había decidido plantarse y no ir detrás de ella recogiéndolos. La reacción de Clara fue seguir sin recoger y dejarlos esparcidos por la mesa del salón. Ante aquella situación, la madre tomó otra actitud: le dijo a su hija que hasta que no los recogiese y se quedase la mesa libre, no le serviría la comida. ¿Qué hizo Clara? Los acumuló en la mesa de tal forma que solo quedase libre un espacio para su plato. Desbordada ante la actitud de su hija, la madre decidió venir a verme.
Imaginad el sentimiento de esta mujer, sorprendida ante el comportamiento de su hija. Este tipo de actitudes, de tensar la cuerda, no son tan excepcionales. Imagino lo que estaréis pensando: que si una torta bien dada a tiempo, que si no se puede ser así de blanda, que si menuda cruz le ha tocado a esa madre con esa hija.
Hay un concepto que quiero remarcar y que va a estar muy presente a lo largo del libro: la empatía. Ningún progenitor busca llegar a esa situación. Entiendo la angustia de esta madre, tan desbordada después de haber probado todo y que nada le haya funcionado, que no sabe cómo actuar. Una madre o un padre desesperados tienen doble sentimiento de culpa, porque la relación con sus hijos no es la que ellos querrían y porque siempre hay voces alrededor señalándoles lo mal que lo están haciendo. Se frustran porque han hecho lo que mejor consideraban para sus hijos y no les ha funcionado.
Os digo también que esa hija —ni ninguna ni ninguno— no se porta mal por amargar a sus padres. ¿Creéis que Clara es feliz actuando como actúa?
Este ejemplo me sirve como muestra para analizar el panorama psicosocial en el que estamos actualmente.
Vivimos en una sociedad paradójica en la que priorizamos que nuestros hijos sean felices y, sin embargo, cada vez lo son menos. El último informe sobre la felicidad en el mundo1 señala que jóvenes de todos los países muestran menor grado de felicidad que sus mayores. Si bien esta época de incertidumbre, con retos económicos y sociales para todos, provoca inquietud, nosotros como padres podemos hacer mucho por ellos para que sepan lidiar con los obstáculos que se van a encontrar a lo largo de la vida.
Somos responsables de fomentar su bienestar, y la mayoría seguimos ese propósito con nuestra mejor intención, pero, en algunas ocasiones, lo hacemos de manera equivocada. En estas situaciones, se confunde el concepto de felicidad: confundimos la falsa felicidad con la auténtica, en la que profundizaremos en el siguiente capítulo. También, a veces, nos equivocamos en cómo les enseñamos a ser felices.
Hay una frase que siempre digo: «Les educamos en Disney y la vida es Walking Dead». Les queremos dar tanto para que no sufran que lo que estamos consiguiendo es generar niños que se convierten en adolescentes y adultos que no saben gestionar la frustración y no son capaces de manejarse en la adversidad. Son personas que no entienden que las cosas no siempre funcionan como esperan, que a veces se les dice que no, que un día uno se levanta con la idea de ir a dar un paseo y llueve, o que en una jornada laboral pueden salir mal las cosas y perder el trabajo de los últimos tres días.
No todo lo podemos controlar, no todo sale como nos gustaría. Debemos aceptarlo, y la única manera de aprender a aceptarlo es enseñárselo desde pequeños.
Les queremos dar tanto para que no sufran que en ocasiones les quitamos el derecho a equivocarse, frustrarse, responsabilizarse y madurar. Cuando esto ocurre, les estamos quitando los aprendizajes imprescindibles para que se manejen en la adversidad.
Todo este panorama psicosocial está dando lugar a la llamada generación de cristal. Algunos expertos ubican esta generación a los nacidos después del año 2000, o también llamados generación Z, hijos de otra generación, la X, que sufrió más carencias económicas y emocionales, y que no quiere que sus hijos pasen por lo mismo que ellos.
Así son los «chicos de cristal»
Algunas de las características que definen a la generación de cristal son:
Son nativos digitales. Las nuevas tecnologías forman parte de su vida desde que nacieron y las redes sociales son una realidad a través de las que generan amistades. Sus habilidades están muy enfocadas hacia lo audiovisual y tienen poco interés por la lectura y los eventos culturales.Están muy comprometidos en temas sociales y son defensores de aquello que consideran justo. Son la generación de la libertad, la diversidad y la búsqueda de cambios. Tienen un elevado sentido de la empatía, la espiritualidad y la sensibilidad y un fuerte deseo de ayudar a los demás.Son emocionalmente sensibles y expresan abiertamente sentimientos, pensamientos y preocupaciones.Son sensibles al rechazo y la crítica, se frustran con rapidez, sucumben con facilidad al estrés y tienden a deprimirse. Son creativos y demandantes, cuestionan tradiciones y normas sociales. Son más propensos a desafiar estereotipos y etiquetas tradicionales. Buscan mayor flexibilidad y no toleran la posición de autoridad, quieren que su profesor o jefe sean su amigo y se victimizan con frecuencia.Están condicionados a premios, recompensas y negociaciones y les cuesta esforzarse.Tienen sobrecarga de información, se sienten perdidos y con miedo al fracaso, lo que lleva al perfeccionismo en algunos casos y en otros a tirar la toalla rápidamente. Necesitan reconocimiento social porque a menudo son inseguros y de autoestima baja. Tienen sobrecarga y les cuesta concentrarse.Este término, que surge del estereotipo de que son «frágiles», es injusto para describir cualquier generación. Ni tienen que cumplir todas las características ni todos los chicos de esta generación son así ni los nacidos en otros años son distintos.
Mi objetivo en este libro es ayudar a que chicas y chicos —tengan la edad que tengan, sean de la generación que sean— sepan enfrentarse a la vida y para ello debemos conocer sus problemas y sus emociones, entenderles.
En absoluto tenemos una juventud o una adolescencia mala. Los chavales de ahora tienen unas cualidades magníficas, unas cualidades que ningún padre o madre quieren que se pierdan. Por eso, en estas páginas, pretendo daros pautas para acompañarlos y convertirlos en adultos sanos y equilibrados, dispuestos a ofrecer su mejor versión y preparados para sostener las adversidades que se encontrarán. Son pautas tanto para los más pequeños como para los más mayores con el objetivo de favorecer el resultado.
Si hay una mala conducta, los niños y adolescentes necesitan un motivo para que se produzca el cambio. Y ese motivo es que nosotros actuemos de otro modo. En absoluto quiere decir que la conducta sea porque estemos actuando mal, sino que el modo en el que estamos actuando en ese momento está generando que nuestro hijo tenga esa conducta. Entonces, para que haya cambios, tiene que haber motivos y, si no los hay, tenemos que provocarlos nosotros.
La llamada generación de cristal ha sido sobreprotegida y es sensible al rechazo y la crítica. Es emocionalmente sensible y demandante. Pero no todos son así; además, tienen cualidades magníficas. Sean como sean, nuestra función como padres es acompañarlos.
Tengan la edad que tengan podemos seguir acompañándolos y aprendiendo todos, padres e hijos, incluso si han llegado a la adolescencia y se han estampado con la realidad sin herramientas para poder afrontarla. No podemos esquivar la vida, ni nosotros como padres ni ellos. Es nuestro deber estar junto a nuestros hijos siempre, en los buenos y en los malos momentos, y buscar soluciones para transitar las dificultades. Siempre hay soluciones, cuesten más o menos, pero siempre hay mucho en nuestras manos para poder revertir una situación.
A menudo pongo este ejemplo: si se me está inundando la casa por una avería de agua del vecino debo actuar; si no, terminaré sin casa. Lo mismo ocurre con las personas, si no actuamos ante los problemas que vamos encontrándonos, terminamos estallando con una depresión, un problema de comportamiento, un problema de conducta alimentaria o ansiedad.
El ser humano tiene el poder de adaptarse a todo, pero esa facilidad nos la da la resiliencia y saber que nos tenemos que adaptar a las situaciones, a los problemas que nos surjan, a los obstáculos. Y eso es lo que a veces nos está fallando a los padres: enseñar a nuestros hijos a ser resilientes.
Queremos hacerlo tan bien que, en ocasiones, nos olvidamos de lo más básico: el sentido común. Es lógico que nos formemos como padres, que queramos aprender herramientas, estrategias y habilidades, pero no tenemos que hacer todo lo que se ve en los demás, porque no hay un estilo educativo ideal para cada niño.
