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El objetivo esencial de toda genuina educación no puede ser otro que recuperar la dignidad de las personas y enseñar a vivir humanamente. Recuperando la aventura apasionante de llegar a ser persona y volviendo a poner de moda al ser humano. Vivir es hacerse, construirse, inventarse, desarrollar la semilla de uno mismo hasta alcanzar la cumbre de sus potencialidades. En el corazón de una cultura de violencia y de muerte, es necesario educar para el amor, que es educar para la libertad, para la liberación de uno mismo liberando a los demás.
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Seitenzahl: 244
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Antonio Pérez Esclarín
NARCEA, S. A. DE EDICIONESMADRID
Antonio Pérez Esclarín estudió Letras en la Universidad Andrés Bello de Caracas, obtuvo un Docto-rado en filosofía por la Universidad Católica de Quito, cursó una Maestría en el Woodstock College de Nueva York y posteriormente estudió Educación en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez de Caracas.
Actualmente es Director Nacional del Centro de Formación e Investigación P. Joaquín, de Fe y Ale-gría; coordina las políticas de formación docente, investigación y publicaciones de dicha institución y el Proyecto de Formación de Educadores Populares de su Federación Internacional, con el que se aspira a formar unos 25.000 educadores en 14 países en América Latina. Es profesor e investiga-dor del Centro de Experimentación para el Aprendizaje Permanente (CEPAP), de la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez y cogestor y animador del Programa de Profesionalización de docentes en ejercicio.
Educador de profesión y vocación, es también escritor, y además de numerosos artículos, reportajes y folletos, ha publicado unos cuarenta libros, entre novelas, ensayos, biografías, parábolas, propuestas educativas, leyendas y tradiciones, etc., algunos de ellos traducidos a varios idiomas.
Presentación
1 Necesitamos educadores profetas
Profetas que recuperen el valor de la palabra
Profetas que anuncien al Dios de la Vida
2 El mundo inhumano
Los números de la deshumanización
Ponerle nombre y rostro a la pobreza
La cultura de la violencia
3 Educación que enseñe a vivir humanamente
La vida como don
La vida como proyecto: Alcanzar la plenitud, afectiva, intelectual, corporal, sociopolítica
Aprender a vivir en familia
Construir la fraternidad universal y cósmica
Necesidad de recuperar la política como servicio al bien común
La escuela democrática
Alcanzar la plenitud espiritual: vivir como un regalo para los demás
4 Las cinco vocales de la pedagogía
A: Amor, Alegría, Asombro, Autoridad, Alumno, Audacia
E: Escucha, Éxito, Entusiasmo, Equipo, Expresión, Experiencia
I: Inteligencia, Investigación, Integral
O: Organización, Observar, Ocio
U: Único, Utopía
5 Se buscan maestros
El liderazgo de los educadores
Ser maestro es la profesión más importante y más digna
Formar para transformar
Bibliografía
He escrito este libro para Maribel, como regalo por nuestros veinticinco años de casados. Un cuarto de siglo a su lado, renovando cada día el amor, aprendiendo a ser esposo, padre, compañero. Veinticinco años caminando al encuentro de un rostro, mezclando latidos y sangres, cultivando la ternura y alimentando los sueños, sin dejar que la rutina apague los fuegos o enturbie la luminosidad de la luz. Veinticinco años de alegrías, sobresaltos, entusiasmos, cansancios, problemas, ilusiones, esperanzas. Haciendo una vida, aprendiendo a vivir.
El libro le pertenece no sólo porque se lo dedico. Es suyo porque ella está presente en cada una de sus líneas. Ella ha sido mi maestra permanente, me ha enseñado la sencillez del compromiso, la fuerza irresistible de la fidelidad. Con ella he aprendido la importancia de los pequeños detalles, la fuerza del servicio, que el amor y la vida se renuevan cada día, que la sabiduría es algo más profundo y más difícil de obtener que la información, la erudición o los títulos académicos. Ella me ha enseñado esa lección fundamental que no se aprende en las aulas: me ha enseñado a vivir, a amar la vida, a hacer de ella una aventura apasionante en busca de un corazón para poder regalar corazones. Al lado de Maribel he aprendido que la felicidad no es una meta, sino una opción de vida, que consiste en hacer de una forma grandiosa las cosas pequeñas, cotidianas, en atreverse a vivir derramándose sobre los demás, convirtiendo el servicio en una forma de vida. Ella me ha enseñado que “hay más alegría en dar que en recibir”, que el único modo de llenarse de vida es dándola, que cuanto más amor da uno, más se llena de amor.
En cierto sentido, éste es un libro síntesis. En él vuelvo a retomar mis preocupaciones y mis búsquedas por una auténtica educación humanizadora, que enseñe a vivir, a amar la vida, a protegerla y defenderla, a darla, a vivirla como un regalo para los demás. Me preocupa la muerte de millones de hermanos bajo las dentelladas del hambre, la miseria y la violencia, y me preocupa también la muerte de otros muchos millones bajo la trivialidad, la superficialidad, la banalidad. Me preocupa que la humanidad no termine de entender que de nada sirve el desarrollo científico y tecnológico, si no produce más humanidad, y que es imposible construir una auténtica paz sin los cimientos sólidos de la justicia y la equidad. Cada día estoy más y más convencido de que, en el corazón de la muerte, anida el egoísmo, pero también estoy convencido de que el amor va a triunfar sobre el poderío de la muerte. De ahí la necesidad de educar para el amor, que es educar para la libertad, para la liberación de uno mismo liberando a los demás.
Hoy son muy pocos los que se plantean tomar la vida en serio, vivirla como una aventura fascinante en búsqueda de una verdadera plenitud que sólo es posible en el encuentro y el servicio. De ahí mis búsquedas permanentes, tanto en la reflexión como en la práctica, de una educación orientada a cincelar corazones fuertes y generosos, capaces de enrumbar nuestro mundo por los caminos de la convivencia, la fraternidad y la paz. Educar es algo más sublime e importante que enseñar a leer, enseñar a sumar, enseñar idiomas, electrónica o biología. Educar es construir personas, cincelar corazones, ofrecer los ojos para que el educando pueda mirarse en ellos y verse valioso y bueno y así ser capaz de mirar a los demás con mirada cariñosa, inclusiva, sembradora de ganas de vivir. Como me gusta repetir por todas partes, “la educación no puede ser meramente un modo de ganarse la vida, sino que tiene que ser un modo de ganar a la vida a los demás, de provocar las ganas de vivir con pasión, con sentido, con proyecto, de vivir dejando huella profunda en la historia y en el corazón de los demás”. Los educadores tenemos vocación de parteros del alma, ayudamos a nacer a la persona posible que se oculta en la semilla de cada uno. Si los padres dan la vida, los educadores estamos llamados a dar sentido a las vidas.
Si he dicho que este libro le pertenece a Maribel, debo también confesar que es también de mis hermanos los educadores y educadoras de «Fe y Alegría», con los que llevo ya treinta años soñando y construyendo montones de sueños. Ellos y ellas han alimentado mis búsquedas, me han dado fortaleza, han nutrido mi esperanza, me han ayudado a comprender que ser educador es una vocación y una misión que nos diviniza porque nos hace creadores. Dios se hizo hombre para hacernos dioses y asumió la misión de MAESTRO, para enseñarnos con la palabra y con la vida, el camino para encontrar la plenitud y la felicidad. Necesariamente, porque es imposible separar mi reflexión de la reflexión de «Fe y Alegría», algunas ideas de este libro están presentes en documentos importantes de «Fe y Alegría», de los que fui coautor, que ayudé a nutrir y que me nutrieron. Por eso, en cierto sentido, es también un libro de «Fe y Alegría».
«Fe y Alegría» nació en un humilde rancho de Caracas. La historia ha sido contada muchas veces, pero conviene recordarla para no olvidar sus orígenes humildes y su entraña de generosidad y de osadía: «Fe y Alegría» no nació como fruto de una planificación previa, sino que fue la respuesta natural de un grupo de cristianos al ponerse en contacto con la miseria y la marginalidad. Sus fundadores concebían la educación como un instrumento –incluso el principal– para mejorar las condiciones de vida de los hombres y mujeres que apenas sobrevivían en niveles de pobreza extrema. «Fe y Alegría» nació precisamente de la convicción profunda de que la ignorancia estaba en la raíz de las condiciones que impedían al pueblo empobrecido el acceso a una vida más digna y más humana. El Padre José María Vélaz S.J., fundador de «Fe y Alegría», cuenta cómo él y los estudiantes universitarios de la Congregación Mariana que realizaban su apostolado social en los barrios marginales de Caracas, llegaron a la conclusión de la necesidad de emprender una cruzada educativa para combatir eficazmente la pobreza:
“Cuando de regreso a la Universidad, hacíamos un examen del problema, nuestros diálogos terminaban en una conclusión: hacían falta casas decentes, era necesaria una mejor alimentación y para ello un mínimo de administración doméstica, la higiene, el decoro familiar, etc. Pero todo esto no se podía regalar al pueblo… Había que empezar a proporcionarle educación… Había nacido la idea germinal de Fe y Alegría”.
Para ubicar en su justa dimensión estos planteamientos, no podemos ignorar que, en 1955, año de la fundación de «Fe y Alegría», gobernaba en Venezuela el general Marcos Pérez Jiménez que, como buen dictador, privilegió la construcción de autopistas y la educación de las élites, y negó a las mayorías marginadas el acceso a la escuela. Será en los años posteriores a 1958, tras la caída de la dictadura y la implantación de la democracia, cuando en Venezuela se amplió el acceso a la educación de las mayorías.
Desde sus orígenes, «Fe y Alegría» se esforzó para que la educación de los empobrecidos fuera una buena educación. Como repetiría incansablemente el Padre Vélaz, “la educación de los pobres no tiene que ser una pobre educación. Queremos más y mejor educación para los que menos tienen y están en situación peor”. De ahí su esfuerzo por proporcionar a los educandos los medios indispensables para garantizar su éxito escolar. En las escuelas de «Fe y Alegría» pronto comenzaron a funcionar comedores escolares, roperos, dispensarios médicos…, y abrieron sus puertas no sólo a los niños y jóvenes, sino a todos los miembros de la comunidad. Durante el día, acudían a clases los niños y jóvenes, y en las noches y fines de semana, los adultos, con los que se iniciaron cursos de alfabetización, capacitación laboral, higiene y salud, economía familiar, atención y cuidado de los hijos, y se organizaron cooperativas de ahorro y de consumo. Las escuelas eran también hospitales, capillas y sobre todo hogares, pues desde el comienzo, «Fe y Alegría» consideró el amor a los alumnos como su principal principio pedagógico, fundamento de todos los demás. Un amor que debía traducirse en una relaciones de cercanía, servicio y amistad, y en unas escuelas sencillas pero bonitas y bien cuidadas, donde los alumnos se sintieran a gusto. No en vano, la Alegría, junto a la Fe, se trepó al propio nombre de ese movimiento educativo que estaba naciendo en los barrios de Caracas.
No hay duda alguna que, en aquellos tiempos fundacionales, la participación, más que un postulado pedagógico –como lo sería después– era una condición de la misma existencia. Optar por la educación de los más necesitados –que no podían pagarla y más bien había que dotarlos de útiles escolares, ropa y comida– sin recibir ningún tipo de ayuda oficial –durante sus primeros 16 años, «Fe y Alegría» no recibió ni un céntimo del Ministerio de Educación– podía parecer a muchos, como de hecho pareció, una fantasía quijotesca. Pero «Fe y Alegría» optó por la generosidad, solidaridad y participación del pueblo, primero venezolano y luego latinoamericano, que siempre respondió con creces. Fue precisamente un obrero, un hombre de barrio, Abrahán Reyes, quien asomó al Padre Vélaz y a los estudiantes universitarios que lo acompañaban en esta empresa fundacional, a las honduras del corazón del pueblo: “Mire, padre, yo he escuchado que usted anda buscando un local para poner allí una escuela –le dijo Abrahán–. Si usted pone las maestras, yo pongo la casa. Es sólo un rancho grande, pero servirá si lo acomodamos”. Siete largos años le había llevado a Abrahán y su esposa Patricia construir la casa, ladrillo a ladrillo, como las construyen los pobres. Cuando lograban reunir cien bolívares, corrían a comprar cemento, bloques o cabillas, no fuera que se les presentara algún percance y tuvieran que gastar el dinero. Poco a poco, como un árbol de vida, la casa de Abrahán y de Patricia fue creciendo de sus manos y sus sueños. No había agua donde estaban construyendo, y para batir la mezcla, carreteaban el agua en latas de manteca que por varios kilómetros cargaban sobre sus cabezas. Y cuando todavía estaba fresco el olor a cemento y no se habían acostumbrado al milagro de verla terminada, se la regalaron al P. Vélaz para que iniciara en ella su sueño de sembrar los barrios más pobres con escuelas: “Si me quedo con ella –trataba de argumentar Abrahán ante el asombro del Padre– será la casa de mi mujer y los ocho hijos. Pero si la convertimos en escuela, será la casa de todos los niños del barrio”.
Las clases comenzaron sin pupitres, sin pizarrones, con cien muchachos sentados en el piso y unas muchachas del propio barrio como maestras, que sabían un poquito más que sus alumnos, y que ciertamente ignoraban si algún día les llegarían a pagar… Y «Fe y Alegría» empezó a multiplicarse a punta de generosidad, sacrificio y de juntar muchos esfuerzos. Debajo de algunos árboles, en ranchos cedidos generosamente, al lado de basureros y quebradas de aguas negras, en galpones que crecían sobre barrancos y precipicios, en esos lugares que nadie ambicionaba, fue creciendo «Fe y Alegría». Las personas de los barrios colaboraban en la propia construcción de la escuela: tumbaban monte, allanaban terrenos, levantaban paredes, cargaban ladrillos, agua y arena, pintaban aulas, construían sillas, mesas, pizarrones y pupitres. Por eso, siempre han considerado a las escuelas de «Fe y Alegría» como algo suyo. Muchos profesionales y personas generosas aportaron su tiempo, sus conocimientos, su trabajo, su dinero, para hacerlo posible. Por eso, podemos afirmar que «Fe y Alegría» es ante todo una obra del pueblo latinoamericano, pues pronto «Fe y Alegría» saltó las fronteras de Venezuela y empezó a sembrarse en el corazón del continente latinoamericano. La fórmula sería la misma: fe en el pueblo, pasión educativa, gestión participativa, austeridad, administración transparente y creativa para “estirar al máximo los dineros”, mucha osadía, mínima burocracia. En Ecuador, los vecinos de Llano Grande fabricaron comunitariamente 20.000 adobes para levantar con ellos la primera escuela de «Fe y Alegría» en ese país. En Bolivia, los vecinos de Purapura y La Portada, barrios marginales de La Paz, se organizaron en minkas –palabra aymara que significa cooperación y ayuda mutua– y construyeron las primeras doce aulas.
«Fe y Alegría» acercó además a muchas congregaciones religiosas a los barrios. Gracias a esta institución, un número creciente de hermanas religiosas empezaron a vivir la misma vida del pueblo pobre, compartieron su suerte, sus carencias, sus problemas y valores. Ella les permitió vivir a plenitud su vocación cristiana de servicio a los más pobres. Su opción de vida las acercó más al evangelio, ahondó su decisión de seguir con radicalidad a Jesús.
Apuntalada en sus propios éxitos y aguijoneada por el espíritu de colaboración, participación y entrega, «Fe y Alegría» siguió creciendo. Hoy es un vasto movimiento de educación popular y promoción social, presente en 14 países de América Latina y en España, que atiende a un millón de alumnos y participantes en programas educativos, formales y no formales de sectores populares, desde el preescolar hasta la universidad. «Fe y Alegría» está presente en 2.200 puntos geográficos distintos, con una red de 922 planteles escolares, 46 emisoras de radio, 671 centros de educación a distancia y 1.187 centros de educación alternativa y de servicios. Pero su principal riqueza son sus 33.000 educadores y educadoras que se esfuerzan cada día por renovar su fe y experimentan la alegría en un servicio educativo de calidad para los más necesitados.
Porque conozco bien a Maribel y a mis hermanos y hermanas de «Fe y Alegría», sé que ellos quieren regalarles a ustedes este libro que he dicho que les pertenece. Esperamos que los posibles lectores encuentren en él alimento para el alma y salgan del libro con más ganas de vivir y de dar vida. Ojalá que, entre todos, hagamos que este mundo sea un poquito mejor.
La educación debe recobrar su dimensión profética. En estos tiempos de individualismo feroz, en que agonizan los grandes ideales y reinan omnipotentes la violencia, la insensibilidad y la injusticia, necesitamos con urgencia a los profetas. Hombres y mujeres que levanten sus gritos y sacudan tanta modorra, tanta mediocridad, tanto descompromiso. Hoy hay demasiado miedo al futuro, miedo a asumir en serio nuestra vocación de constructores de la historia, miedo a sumergirse en el cauce profundo de la vida. Por eso, nos perdemos en consuelos ilusorios, y hasta estamos empeñados en convertir la fe y la religión en algo liviano, sin prójimo ni compromiso. Confundimos la felicidad con pasarlo bien o ir de compras, el amor con el sexo irresponsable, la libertad con el capricho. Necesitamos drogarnos para sentirnos estimulados y no nos atrevemos a plantearnos ni a plantear qué debemos hacer, sino qué nos apetece hacer. Vivimos en la “era del vacío” (Lipovetski), en “tiempos de inercia y pasividad” (Castoriadis) donde la superficialidad se presenta como ideal de vida, y las grandes aspiraciones se reducen a ganar dinero y salir en la televisión. Necesitamos llenarnos de cosas, imágenes y ruidos, y nos esforzamos por crecer hacia fuera para tapar nuestro enanismo espiritual y nuestra creciente soledad.
La actual sociedad está enferma de insensibilidad y aburrimiento, y en vez de enfrentar la raíz de su enfermedad, fomenta la adicción a las compras, al sexo sin compromiso, a la televisión, al alcohol, a las drogas, e idealiza al “hombre light” (Rojas, 1998), superficial y vano, narcisista, entregado al dinero, al poder, al gozo ilimitado. Todo invita al descompromiso y la mediocridad. La vida moderna se presenta cada vez más como un camino sin meta, un vagar a la deriva, sin horizontes. Lo superficial se propone como lo valioso, el ideal de vida. Los efímeros héroes del deporte, la música, la moda, que los medios de comunicación crean y recrean permanentemente, son los modelos que hay que imitar y seguir. Se admira a las personas vacías, los “personajillos” de la farándula y las revistas del corazón, verdaderos “zánganos” que nunca han trabajado y cuyas vidas privadas se arrojan como pasto a la morbosidad de las audiencias. La mayor parte de la gente se la pasa huyendo de sí mismos, del compromiso, de la vida. Nos estamos convirtiendo todos en verdaderos campeones de la fuga. Empujados por los demás, empujando a otros, corremos y nos fatigamos sin saber a dónde vamos y sin tiempo ni valor para plantearnos esta pregunta tan fundamental.
Chateamos con cualquier desconocido en el otro extremo del planeta, pero cada día conocemos y hablamos menos con nuestros vecinos. Se nos ha vuelto imprescindible el teléfono celular, pero cada día conversamos menos con nuestra pareja y con nuestros hijos. Lo lejano se acerca, lo cercano se aleja. Vivimos intoxicados de una información que se nos ofrece inabarcable, fragmentada e incoherente, como un mero río de datos y noticias, que presenciamos pasivamente, como mero espectáculo que no nos mueve al compromiso, ni nos posibilita el conocer las raíces profundas de las cosas, y que nos aleja cada vez más del verdadero conocimiento y de la sabiduría, que no consiste en conocer lo que pasa y repetir lo que nos dicen, sino en ver más allá de los sucesos y opiniones que nos cuentan. Sabemos mucho, pero entendemos poco. Cada nueva noticia mata a la anterior, las últimas noticias son las únicas noticias, la sobreinformación nos mantiene desinformados. Importa el espectáculo (Finkielkraut 1990, 128), no comprender lo que pasa:
“En el preciso momento en que la técnica, a través de la televisión y los ordenadores, parece capaz de hacer que todos los saberes penetren en todos los hogares, la lógica del consumo destruye la cultura. La palabra persiste pero vaciada de cualquier idea de formación, de apertura al mundo y de cuidado del alma… Ya no se trata de convertir a los hombres en sujetos autónomos, sino de satisfacer sus deseos inmediatos, de divertirles al menor coste posible”.
Las noticias se disfrutan, se botan a la papelera (Alemany, 2001, 503), pero no nos hacen responsables:
“Podemos ver la historia en marcha. Informar no es narrar o explicar un acontecimiento, sino hacernos asistir a él… La historia transcurre delante de mí como si fuera espectador y no actor. El espectáculo predomina sobre la noticia”.
Los propios locutores trivializan los acontecimientos, fomentan una discusión vacía con supuestos “expertos” que sólo dicen generalidades y lugares comunes, insisten una y otra vez en no decir nada en los pequeños espacios que dejan las propagandas, y ponen todo su empeño en convertirse ellos en “la noticia”.
Necesitamos profetas de palabra valiente y comprometida con la vida que incendien los corazones y guíen nuestros pasos por caminos de riesgo y plenitud. ¡Basta ya de tanta palabrería hueca, de tanta mentira, de tanta frivolidad! Palabras sin alma en los discursos políticos, en los sermones religiosos, en las enseñanzas de profesores y maestros. Palabras intoxicadas de retórica, academicismo y vacuidad. Radios y televisores vomitan día y noche palabras estúpidas y banales y la publicidad nos embrutece con sus cantos de sirena. Para decirlo con palabras de Mario Benedetti (en Pérez Gómez 1997, 50):
“nunca como en esta última década se usaron tantas palabras profundas para expresar tanta frivolidad. Conceptos como libertad, democracia, soberanía, derechos humanos, solidaridad, patria y hasta dios se han vuelto tan livianas como el carnaval, el aperitivo, el videoclip, los crucigramas y el horóscopo”.
Aturdidos de cháchara y promesas falsas, aplastados por palabras engoladas y vacías, sin alma ni pasión, los seres humanos vivimos cada vez más incomunicados, más aislados, más tristes, sin posibilidad de encontrarnos, de volver a ser. Confundiendo la plenitud con el vacío.
Las palabras nos hacen dioses: con ellas podemos fortalecer la vida o asfixiarla. Con las palabras podemos sacudir conciencias, animar, levantar, entusiasmar, provocar ganas de arriesgarse a vivir en lo hondo; o podemos desanimar, aplastar, destruir, seducir para hacer de la vida un suceso trivial y sin sentido. Hay palabras que son golpes, puños, bofetadas. Y palabras que son caricias, estímulos, abrazos. Con las palabras podemos crear o destruir; dar vida o matar.
Todo genocidio fue primero palabra falsa, descalificadora del otro. La deshumanización verbal del adversario (Alemany 1999, 497) “suele preceder y crear las condiciones de legitimación de su eliminación física”. Los colonizadores europeos necesitaron justificar su barbarie llamando a los indios “salvajes e irracionales” y hasta discutieron si eran personas. Los esclavistas calificaron de bestias a los negros y los recientes genocidios han recibido la justificación de “no eran gente, eran sólo indios o negros”. Los nazis llamaban ratas y cerdos a los judíos. Los comunistas soviéticos calificaban como hienas a los disidentes. Muchos terroristas llaman perros a los policías que van a atacar. Los torturadores sólo ven bestias subversivas. “Gusano”, “animal”, “chusma”, “salvaje”…, una bofetada verbal como anticipo a la explotación, al golpe bajo, al posible exterminio…
Hoy las palabras languidecen heridas de muerte. Los comerciantes de la política y de la vida han matando las palabras, les han arrancado el corazón y las han convertido en meras cáscaras huecas, en sonidos sin alma, con los que pretenden seducirnos, engañarnos y manipularnos.
Palabras, montones de palabras muertas, sin carne, sin entraña, sin verdad. Dichas sin el menor respeto a uno mismo ni a los demás, para salir del paso, para confundir, para ganar tiempo, para sacudirse de la propia responsabilidad. Ernesto Sábato (2000, 45) deplora la pérdida del valor de la palabra y añora los tiempos en que la gente eran “hombres y mujeres de palabra”, que respondían por ellas:
“Algo notable es el valor que aquella gente daba a las palabras. De ninguna manera eran un arma para justificar los hechos. Hoy todas las interpretaciones son válidas y las palabras sirven más para descargarnos de nuestras actos que para responder por ellos”.
Es imposible construir un país, un mundo humano, si la palabra no tiene valor alguno, si lo falso y lo verdadero son medios igualmente válidos para lograr los objetivos, si ya nunca vamos a estar seguros de qué es verdad y qué es mentira. Hemos hecho de nuestro país y del mundo una verdadera Torre de Babel en la que, al matar el valor de la palabra, es imposible comunicarse y entenderse.
En consecuencia, necesitamos con urgencia recuperar el valor de la palabra, aprender a hablar y escuchar sólo palabras verdaderas, encarnadas en la conducta, comunicadoras de vida. No olvidemos nunca que, como solía repetir José Martí, “el mejor modo de decir es hacer”. O como expresa el viejo refrán castellano “obras son amores y no buenas razones”. Sólo palabras-hechos, sólo la coherencia entre discursos y políticas, entre proclamas y vida, entre conducta y declaración, entre promesa y realidad, nos podrá liberar de este laberinto que nos asfixia y nos destruye. Desoigamos los cantos de sirenas, las promesas de los supuestos Mesías que no viven lo que proclaman, los anuncios de los falsos profetas que prometen la felicidad entregando el corazón al servicio de los ídolos: Poder, Dinero, Consumo… No escuchemos llamados que nos separan y dividen; palabras o discursos que nos siembran el desprecio, la ira, la venganza, que nos nublan el corazón con desánimo y angustia, que nos llevan a perdernos por caminos de falsa plenitud. Cultivemos palabras de ánimo y consuelo. Palabras (Leclerq, 1994, 7) “provocadoras de encuentro, de reflexión; palabras bálsamo, que refresquen la aridez de las heridas, que den valor, que siembren esperanza, que provoquen ganas de vivir”. Palabras para celebrar, cantar la vida, el amor y la amistad.
Aislemos y demos la espalda a los charlatanes y mentirosos, y escuchemos el ruido ensordecedor de sus acciones y sus vidas que no nos dejan oír lo que en vano se esfuerzan por decirnos. Algunos, más que facilidad de palabra, tienen dificultad de callarse. Sólo si se callan, podrán oír a los demás y escuchar los gritos adoloridos de su propio corazón. Podrán escuchar sus contradicciones e incoherencias, el ruido de sus inseguridades y sus miedos, el abismo de su propia superficialidad. De ahí la necesidad de silencio. Silencio para poder dialogar con nuestro yo profundo, para ver qué hay detrás de nuestras palabras, de nuestros sentimientos, de nuestras poses e intenciones, de nuestro comportamiento y vida que, con frecuencia, ahoga nuestras palabras. Silencio para intentar ir al corazón de nuestra verdad, pues con frecuencia repetimos fórmulas vacías, frases huecas, la “verdad interesada” que repiten los medios, e incluso nos hemos acostumbrado a mentir tanto y tan repetidamente que estamos convencidos de que son ciertas nuestras mentiras.
Sólo en el silencio es posible madurar palabras verdaderas. Sólo en el silencio podrán germinar las Palabras-Vida.
“En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1, 1). Jesús es la palabra inagotable de un Dios que arde en deseos de comunicarse con los seres humanos. Por ello, las palabras de Jesús fueron siempre promesa y expresión de vida. Toda palabra de Jesús fue respaldada con sus actos, y su vida fue su mejor palabra. Fue Camino, Verdad y Vida. Camino a la Verdad y la Vida. Camino verdadero a la plenitud de vida. “La verdad les hará libres”, nos dijo. La mentira atenaza, oprime, mata. Con mentiras no se puede construir vida. Los mentirosos tienen podrido el corazón y asfixian con su aliento los brotes de la vida.
“Nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos”. Un Dios que ama la vida, que quiere vida en abundancia para todos, que camina a nuestro lado por los callejones de la historia impulsándonos a combatir a la muerte y sus heraldos. Un Dios que nos invita a derribar a los falsos dioses, los ídolos que causan muerte y destrucción.
La educación cristiana debe anunciar con valor, sin cobardía, ese Dios de la Vida. Por ello, nos son hoy tan necesarios los educadores profetas. ¿A dónde se habrán ido los profetas? Profetas que resuciten las palabras, sacudan con ellas nuestras conciencias y levanten las vidas de la mediocridad, de la desesperanza, del aburrimiento, de la insensibilidad. Profetas que promuevan las ganas de vivir con avidez, con intensidad. Profetas capaces de devolverle la dignidad al ser humano, que cultiven el orgullo de ser personas, que despierten la pasión de ser hombre y mujer, de aceptar la aventura de llegar a ser humano, plenamente humano (Leclerq 1994, 7).
Profetas que levanten sus gritos valientes de protesta y de propuesta, de denuncia y anuncio. Que transformen radicalmente las prácticas educativas y hagan de los centros escolares lugares de vida, en los que se aprenda a vivir y convivir, a disfrutar la vida, a defender la vida, a combatir todo lo que amenace la vida. Hoy, por lo general, los centros educativos no desarrollan el amor al aprendizaje ni a la sabiduría. Más que educar para la libertad, enseñan la sumisión y la domesticación. En vez de educar para la ciudadanía, promueven el descompromiso y la obediencia. No son lugares de vida, de creación, sino de rutina y repetición. Y así como con frecuencia en los hospitales y quirófanos se contraen enfermedades graves, en muchas escuelas se aprende ignorancia, soberbia, insolidaridad, miedo a la vida.
Sí, necesitamos con urgencia verdaderos educadores-profetas. En palabras de Mario Peresson (1998, 19), “todo profeta es un educador, y todo educador cristiano está llamado a ser un profeta”. La educación no es un empleo, es una vocación de servicio. El profeta se convierte en la “boca del Señor”. Etimológicamente, profeta significa “el que habla (del griego phemi: hablar) en nombre (pro) de Alguien o proclama el mensaje de Otro”. Por eso, los profetas hablan en nombre de Dios, son sus portavoces. Expresan con sus gritos el dolor y las ansias de vida del corazón de Dios. Porque el Dios de los profetas es el Dios de la Misericordia y de la Vida, que sufre en su propio cuerpo las dentelladas de la violencia, la injusticia, el desprecio, la crueldad, todo lo que amenaza o impide la vida.
Siguiendo de nuevo a Peresson (1998, 22):
