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¿Cómo crear la escuela que soñamos, en el mundo en que vivimos? ¿Es posible producir y sostener transformaciones profundas en las aulas reales? ¿Cómo hacer que la diversidad y la inclusión en la escuela sean parte de su riqueza y no una fuente de sufrimiento y frustraciones? Educar para la vida busca dar respuesta a estas preguntas con una mirada humanista, que devuelve a la escuela la misión de formar para una vida con más oportunidades. Una escuela capaz de generar aprendizajes para la construcción de personas más libres, que puedan utilizar los conocimientos y así enfrentar los desafíos de la realidad y generar una vida integrada a su comunidad, irreverente con los contextos hostiles. Pepe Menéndez nos abre la puerta a esta concepción luminosa. Para eso, invita a reflexionar sobre el propósito de la educación que queremos, pero también, y sobre todo, nos cuenta cómo se hace. Así, desarrolla cómo abordar en sus múltiples dimensiones la tarea: cómo trabajar sobre la organización del conocimiento expresada en el currículum, los métodos de enseñanza, la manera de agrupar e interrelacionar a alumnos y docentes, cómo organizar los tiempos y espacios, e incluso la distribución y el destino de los recursos. A sabiendas de que el desafío es sistémico y complejo, pone el acento sobre cómo crear y potenciar equipos de personas con compromiso y convicción de transformación, y brinda las claves de una educación para la convivencia, en la que el acompañamiento y el clima escolar son factores determinantes. Este libro es producto de una vida de reflexión en la acción, de surcar las diversas trillas de la escuela, desde profesor de aula y director hasta reconocido asesor de procesos de cambio pedagógico en todo el mundo. Con una mirada optimista pero no edulcorada de la educación, Pepe nos recuerda que la escuela misma puede ser ese lugar en el que una mirada amorosa nos habilite a ir más lejos de donde alguna vez soñamos posible.
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Seitenzahl: 306
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
Este libro (y esta colección)
Dedicatoria
Introducción
1. El propósito de una educación humanizante y transformadora
Del derecho a la educación al derecho al aprendizaje
Algunos aprendizajes que nos dejó la pandemia
El valor de la experiencia escolar
Lo propiamente humano en la educación
2. ¿Cómo sería una escuela solo para aprender?
El saber y el ser
La aspiración de una escuela orientada a la formación integral
La metodología de la pregunta
Coherencia entre nuestros propósitos y nuestras prácticas
Características de una escuela solo para aprender
3. Competencias para la vida: aprender a ser y a transformar
La personalización del aprendizaje
Dar sentido y contexto al aprendizaje
Competencias y desafío intelectual
Expertos en aprendizaje: aprender a hacer y a transformar
Aprender a ser para transformar la realidad que nos envuelve
La aplicación y las posibilidades de la teoría del “núcleo pedagógico”
4. Competencias para la vida: aprender a ser y a convivir
Seres únicos e irrepetibles
El acompañamiento
La orientación personal y profesional
El sentido de la pertenencia
Transformar la mirada ante el desafío de la inclusión
Las prácticas relacionales
El fantasma de la crisis de autoridad
5. El compromiso profesional de los educadores: interactuar para crecer, aprender y servir
Desafíos del nuevo rol docente
La identidad docente es indisociable de la identidad educadora
La irrupción de la tecnología
El trabajo en red
Tres ejemplos del potencial transformador de la profesión docente
6. El liderazgo para el aprendizaje: hacer que las cosas pasen
Girar el foco hacia el aprendizaje supone cambios en la organización escolar
El “encargo” como instrumento de transformación profesional
Instrumentos para desarrollar el liderazgo para el aprendizaje
Epílogo
Agradecimientos
Referencias
Pepe Menéndez
EDUCAR PARA LA VIDA
Guía basada en la experiencia para pensar juntos la escuela que queremos (y necesitamos)
Menéndez, Pepe
Educar para la vida / Pepe Menéndez.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2024.
Libro digital, EPUB.- (Educación que Aprende / dirigida por Melina Furman)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-801-340-4
1. Educación. 2. Escuelas. 3. Política Educacional. I. Título.
CDD 307.7
© 2024, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de colección y de cubierta: Pablo Font
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: abril de 2024
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-340-4
Este libro (y esta colección)
A juicio del pensador Tzvetan Todorov, son tres las exigencias y retos del proyecto humanista […]: “La autonomía del yo, la finalidad del tú y la universalidad de los ellos”, una trilogía que asume la libertad como forja de la propia voluntad para hacer al sujeto dueño de sí, pero encadenado y obligado al reconocimiento del otro o de los otros como iguales, al tiempo que se autoconstriñe el propio ego y la soberbia para aceptar el permanente movimiento de ampliación de la frontera hacia ese territorio desconocido, ese país ajeno, el de los otros, el de ellos; para aceptarlos en igualdad y dignidad junto al Yo autónomamente libre y al Tú reconocido como digno.
Frank Molano Camargo, “El humanismo en perspectiva histórica”[1]
¿Cuántas veces nos transformamos a lo largo de nuestras vidas? José “Pepe” Menéndez Cabrera comienza el libro con esta frase: “Hoy sería un profesor diferente de aquel que comenzó en 1981 con 25 años. Y también sería un director de escuela diferente de aquel que empezó a ejercer la dirección del colegio Juan XXIII en 1998”. Es que este libro es producto de una vida de reflexión en la acción, de un compromiso con la educación y con los estudiantes genuino y profundo que se fue manifestando en distintos roles que Pepe asumió, desde profesor de aula a director y, en la actualidad, a asesor de procesos de cambio educativo en todo el mundo. La reflexión, claro, trae cambios, trae aprendizajes que nos llevan a ser distintos, que hacen crecer nuestras ideas hacia horizontes más amplios y que nos permiten actuar diferente en esa búsqueda de crear, junto con otros, una educación diversa, que conecte con el proyecto de vida de estudiantes, familias, docentes, directivos y la comunidad toda.
A este libro lo nutre un saber teórico, pero sobre todo el que proviene de la experiencia de vida y de trabajo, del contacto real con quienes forman parte de la vida de la escuela. El que viene de la posibilidad de ver en acción ideas transformadoras y un conocimiento cabal de lo complejo que es lograr esas transformaciones profundas, echarlas a andar y que se sostengan en el tiempo con entusiasmo y visión. El que surge de una visión humanista y humanizadora que organiza y da sentido a cada propuesta, víncula y método.
En Educar para la vida, Pepe nos habla de cómo la escuela tiene que humanizarse para poder seguir cumpliendo su misión de formar para una vida con más oportunidades, con proyectos, con la posibilidad de utilizar el conocimiento para los desafíos de la vida real y para generar, a su vez, una vida con desafíos. Humanizar la educación en la escuela, define Pepe, está conectado con la generación de aprendizajes para la construcción de personas más libres, capaces de aportar su parte en la construcción de contextos de mayor justicia, cooperación y sostenibilidad. Una perspectiva que articula la escuela con el más allá de la escuela: con el mundo, la comunidad, el entorno propio. Una escuela que no se recorta de la comunidad, sino que se integra a ella.
En este libro van a encontrar una mirada optimista sobre la educación y sus posibilidades de generar proyectos de vida con sentido y, al mismo tiempo, realista. Porque abreva de numerosas experiencias en todo el mundo que Pepe ha recorrido y en las que ha participado de primera mano. Casos y experiencias educativas que nos muestran que el desafío de crear y sostener una escuela humanizadora es viable, y que les ponen cara y nombre a diversas maneras de llevar adelante ese sueño en contextos de lo más diversos, en muchas ocasiones con recursos exiguos, y siempre con la convicción de que ese sueño merece la pena.
En sus capítulos nos habla también de cómo se hace: nos dice que, para lograrlo, necesitamos un cambio de mirada que resignifique el propósito de nuestros objetivos y prácticas docentes. Habla de procesos restaurativos que interpelen tanto los contenidos como las prácticas, ahora revisados a la luz del objetivo de la escuela humanizadora.
Con esa visión esperanzada y realista interpela también a nuestra paciencia, porque esa transformación en varios niveles de acción en simultáneo exige consensos y tiempo. Nos dice que para alcanzar una educación transformadora y humanizadora debemos actuar de manera sistémica sobre todos los elementos claves del modelo educativo: reflexionar sobre el propósito de la educación que queremos, sí, pero también sobre la organización del conocimiento expresada en el currículum, los métodos de enseñanza, la manera de agrupar e interrelacionar a los alumnos y docentes, sobre los tiempos y espacios y la propia distribución y destino de los recursos. Un desafío sistémico y complejo. Pero –de nuevo– posible si contamos con equipos de personas con compromiso, convicción y deseo de transformación.
Pepe pone en el centro de su visión a los y las estudiantes. Nos invita a replantearnos cómo los acompañamos en ese período de la vida escolar y cómo entendemos y atendemos las relaciones personales entre todos los miembros de la comunidad educativa: “La escuela es el lugar en el que se pronuncian las palabras más bellas y nobles de la voluntad humana, pero en demasiadas ocasiones es también el lugar donde se quiebran, de manera traumática, los sueños infantiles y de juventud”. Donde a menudo esas etiquetas pronunciadas en la infancia que nos hacen sentir que no podemos o no somos suficientes quedan impresas para toda la vida. Y, también, donde una mirada amorosa y compasiva nos habilita a ir más lejos de donde alguna vez soñamos que era posible.
Respecto del conocimiento expresado en el currículum, el libro nos propone dos miradas hacia las competencias para la vida: aprendiendo a ser para transformar y aprendiendo a ser para aprender a convivir. Aborda el desafío de la formación integral de la persona como el objetivo central de la escuela, y las claves de una educación para la convivencia y su vinculación con el acompañamiento y el clima del centro educativo como factores determinantes para construir la experiencia de la diversidad y la inclusión. Como suele decir Arthur Costa –gran referente del enfoque “Hábitos de la mente”– en relación con los exámenes que muchas veces rigen la vida escolar de docentes y estudiantes, la escuela tiene la misión de preparar “para las pruebas de la vida, y no para una vida de pruebas”.
Con ese fin nos aporta teoría y experiencias centradas en el trabajo conjunto de docentes y directivos, por medio de una visión clara acerca de la necesidad de establecer vínculos entre ellos: interactuar para crecer, aprender y servir. Así, el liderazgo (un aspecto de la vida de Pepe que ha desarrollado durante muchos años) tiene que servir para “hacer que las cosas pasen”, y centrarse en el crecimiento de las personas, sus aprendizajes y el impulso de alcanzar los objetivos del proyecto educativo que nos proponemos, más allá de la retórica de los documentos burocráticos, en el desafío de resignificarse para dar sentido y servicio a su labor en cuanto líderes y docentes de una comunidad que decide transformarse desde su corazón mismo.
Este libro forma parte de la colección “Educación que Aprende”, pensada para todos aquellos involucrados en la fascinante tarea de educar. Confluyen aquí reflexiones teóricas y aportes de la investigación pero también ejemplos y orientaciones para guiar la práctica. Porque la educación ha sido, desde sus inicios, un terreno de exploración y búsqueda permanente que se renueva con cada generación de educadores, niños y jóvenes. Y porque, para educar, tenemos que seguir aprendiendo siempre.
Melina Furman
[1] En D. Arias Gómez y F. Molano (comps.), Escuela y formación humanista: miradas desde la investigación educativa, Bogotá, Kimpres - Universidad de la Salle, 2016, p. 14.
A Arnau, mi nieto, que luchó en sus primeros días de vida por sobrevivir e iniciar la maravillosa experiencia de la vida.
Introducción
Hoy sería un profesor diferente de aquel que comenzó en 1981 con 25 años. Y también sería un director de escuela diferente de aquel que empezó a ejercer la dirección del Colegio Joan XXIII en 1998. Quizás es un sentimiento lógico y que tendrán muchas personas de mi profesión, o de cualquier otra, porque la diferencia, a lo largo del tiempo, entre lo que haces desde que empiezas a ejercer una profesión o una responsabilidad y lo que crees que deberías haber hecho, cuando lo miras desde la perspectiva que dan los años de experiencia, se llama “aprendizaje”. También he querido que estén presentes en estas páginas testimonios de la evolución de creencias y pensamientos de personas referentes del sector educativo con las que he mantenido conversaciones muy inspiradoras, y que son reflejo de la voluntad inequívoca del deseo de aprendizaje.[2]
Este libro se propone abordar reflexiones y experiencias de mi vida educativa, especialmente en el ámbito profesional pero también algunas del entorno personal, y argumentar la convicción de que la educación debe ir evolucionando hacia un propósito profundamente transformador y humanizador. Con esta idea me refiero a impulsar un proceso de resignificación de la escuela actual que, por otra parte, ya se está produciendo en escuelas y sistemas educativos de bastantes partes del mundo, tal como explicaré. Humanizar la educación que recibimos en la escuela también es entender el proceso formativo escolar como un proceso restaurativo de la persona con ella misma y con el devenir histórico de la humanidad. Es preguntarnos qué es lo propiamente humano en estos tiempos, por ejemplo, ante la potencia de la revolución tecnológica. Es ayudarnos a situar la capacidad de amar, de relacionarnos, de comprender la significación de pertenencia e inclusión y de justicia en el proceso de enseñanza y aprendizaje, para lograr una educación que humanice. Es desarrollar la potencia que posee la educación para promover la convivencia y la ciudadanía desde la experiencia práctica del conocimiento que vamos adquiriendo.
Estas páginas quieren ser una modesta contribución a esta resignificación del propósito de la educación en la escuela, y a la necesidad que tenemos todos los educadores de regenerar nuestras creencias a la luz de nuestra experiencia y traza biográfica. He comprobado muchas veces la dificultad que tenemos para regenerar ideas si no las compartimos y las ponemos en cuestión con nuevas vivencias y con nuevos debates que nos reten en nuestras certidumbres. Por esto, también me propongo que estas páginas puedan aportar otras expectativas y perspectivas al camino, a menudo complejo, de otros educadores.
El sentido de humanizar la educación en la escuela está conectado con armar aprendizajes que tengan proyección para la construcción de personas más libres, capaces de aportar su grano de arena a la construcción de entornos de mayor justicia, cooperación y sostenibilidad. El gran salto de la educación después de la Segunda Guerra Mundial fue el reconocimiento del derecho al acceso universal a la educación. En el siglo XXI, especialmente después del período de pandemia provocado por el covid-19, el salto que debe consolidar la educación es hacia el derecho al aprendizaje en términos de beneficio personal y comunitario. Por eso, la mirada al propósito de la educación debe ser profunda y radicalmente humanizadora.
¿Qué significa, entonces, convertirse en una escuela humanizadora? Desde mi punto de vista, hay dos elementos claves para conseguirlo: conectar los aprendizajes con el proyecto de vida de los alumnos y las alumnas, y favorecer experiencias satisfactorias en el proceso de formación y crecimiento integral de la persona. Por eso decía antes que humanizar la escuela comporta también un proceso de restauración de la persona con su propio devenir. Muchos niños y niñas viven en la actualidad en zonas de conflicto grave. Otros viven situaciones en los límites de la pobreza. La gran mayoría vive un proceso de crecimiento que entraña frecuentes choques emocionales con el entorno. El crecimiento social y económico de las sociedades está vinculado a una “confrontación” con nosotros mismos, con nuestro entorno familiar, con nuestras características, con nuestros miedos, con nuestras necesidades y con nuestras ilusiones. El aprendizaje ha de ser un proceso permanente de abrirse al mundo, de conocerse y de poder intervenir en su evolución para mejorarlo y para transformarlo. Conozco y he formado parte de muchos proyectos educativos que están priorizando herramientas educativas y metodológicas de enseñanza y aprendizaje para conseguir que estos procesos de conocimiento, autoconocimiento y reconocimiento sean una realidad que permita la formación de las personas desde su propia identidad hacia metas personales y colectivas de mejora propia y del entorno. Este libro también pretende ofrecer ejemplos de estas realidades.
Las historias y las referencias que expondré tienen en común la voluntad de romper con una buena parte de los elementos fundamentales y muy arraigados del modelo dominante, basado sobre todo en la transmisión y acumulación enciclopédica de información. También es un proceso de mutación que requiere identificar los dilemas y las tensiones relevantes del sistema educativo para ponerlos a dialogar y contrastar, y para pensar en estrategias de resignificación. No se trata de reformar, no alcanza con eso. Se trata de transformar en profundidad. Es un reto muy poderoso que solo podremos afrontar desde la claridad de nuestras prioridades como educadores y compartiendo nuestra visión y trabajo con nuestros colegas y con otras perspectivas del mundo que nos rodea. Y, especialmente, podremos hacerlo si mantenemos una actitud de permanente escucha de los niños, niñas y jóvenes, que son los sujetos centrales de esta acción transformadora y humanizadora. Por eso, también he querido recoger sus historias y sus voces en estas páginas.
La infancia y la adolescencia son los períodos más frágiles y decisivos en la configuración de nuestra personalidad, de las convicciones que tenemos sobre nosotros mismos y de la mirada que proyectamos hacia el mundo que nos rodea. En definitiva, es el tiempo en que ponemos las bases de nuestra construcción como personas. No somos un terreno virgen sobre el que se pueda construir cualquier edificio. Somos herederos de la historia y de la cultura de nuestros ancestros, de su carga genética, de todo aquello que ayudó y dificultó la vida de los que nos precedieron. Y crecemos en entornos concretos, que muestran muy a menudo enormes diferencias. Son las “mochilas” que llevamos al llegar a la escuela. Pero, al mismo tiempo, somos una nueva oportunidad de resignificación. La escuela tiene la oportunidad de colaborar en la refundación de nuestras vidas, pero no lo puede hacer al margen de lo que somos y del lugar de donde venimos. Por eso, la escuela debe ser muy sensible a las prioridades de ese período de la vida y necesita romper con la tradición de una educación que ve a los estudiantes como recipientes vacíos que deben llenarse con unos contenidos iguales para todos.
La vida es un proceso continuo de autoconocimiento en contextos relacionales. Nos construimos en relación con nuestras creencias y con lo que los demás creen de nosotros. Y también respecto de lo que vemos hacer y de lo que creemos que nosotros debemos hacer. Y nos construimos también, sin ninguna duda, con la referencia de lo que creemos que nuestros padres piensan de nosotros. La pertenencia es, posiblemente, un valor intrínseco a la naturaleza humana desde nuestra condición animal. En este sentido, nuestra vida es un proceso permanente de restauración: con nuestro ser, con nuestros antepasados, con el lugar en que nacimos y donde habitamos, con la fluidez de nuestras conductas, con las consecuencias de nuestros actos.
Por eso, una educación transformadora y humanizadora es también una educación que ayuda a construir la base de nuestro ser y estar en el mundo. Para lograrlo, necesitamos un cambio de mirada que resignifique el propósito de nuestros objetivos y prácticas de enseñanza y aprendizaje. Creo que se podría hablar de procesos restaurativos que interpelen tanto los contenidos como las prácticas, ahora revisados a la luz del objetivo de la escuela que nos proponemos. Por eso es tan importante detenernos a pensar muy seriamente, y de manera lo más participativa posible, en qué educación y qué escuela deseamos para construir un modelo de sociedad con valores de equidad y justicia social. Como suele decirme Melina Furman, la reflexión y la discusión sobre el propósito de la educación están hoy ausentes de los debates, que muchas veces se centran en lo operativo o en tópicos que se bloquean entre sí, como el de las competencias frente a los contenidos, el rol de las tecnologías digitales o qué asignaturas incluir en el currículum, entre los más recurrentes.
Por eso es tan relevante hablar de la restauración en nuestro devenir histórico como uno de los elementos de una escuela humanizadora y transformadora. Porque la restauración comienza con la comprensión del mundo y con la concepción de que el mundo es nuestro hogar común. En mis años de experiencia y colaboración con la educación de los jesuitas, aprendí a integrar la vinculación entre el amor al mundo tal como es y el deseo de transformarlo.
La educación y la escuela pueden influir poderosamente en el devenir de la humanidad, pero ambas tienen una trayectoria histórica que muestra valores y realidades que a menudo han sido contradictorios con aquella finalidad. Así que entiendo esta restauración como la capacidad de las personas para entendernos como parte de una historia que viene de muy atrás y más allá de nuestro entorno social y familiar. Nos reconocemos como herederos biológicos y culturales de nuestro pasado y, al mismo tiempo, proyectamos nuestro proceso de aprendizaje para transformar precisamente esas heridas personales y colectivas de nuestra historia. La restauración es, a veces, una reconciliación que surge del agradecimiento y del reconocimiento de aquello que nos duele o de aquello que hicimos y provocó dolor.
Para alcanzar una educación transformadora y humanizadora, debemos actuar de manera sistémica sobre todos los elementos claves del modelo educativo. En primer lugar, reflexionar profundamente sobre el propósito de la educación que queremos. Y del mismo modo, sobre la organización del conocimiento, básicamente expresada en el currículum, pero también sobre los métodos de enseñanza, sobre la manera de agrupar e interrelacionar a los alumnos y docentes, sobre los tiempos y espacios, sobre la propia distribución y destino de los recursos. Y replantearnos cómo acompañamos a los estudiantes en ese período de la vida escolar y cómo entendemos y atendemos las relaciones personales entre todos los miembros de la comunidad educativa. La escuela es el lugar en el que se pronuncian las palabras más bellas y nobles de la voluntad humana, pero en demasiadas ocasiones es también el lugar donde se quiebran, de manera traumática, los sueños infantiles y de juventud.
Esta transformación no es una tarea fácil ni de rápida ejecución. La profundidad del cambio que procuramos está directamente relacionada con la capacidad que tengamos de avanzar de manera sólida, sin dar lugar a retrocesos provocados por la superficialidad de modificaciones cosméticas. Como decía antes, gastamos mucha energía y progresamos muy poco al discutir sobre si enseñar por competencias o por contenidos, sobre si extender la jornada escolar o acerca del rol de las tecnologías digitales en la enseñanza. Y se elaboran nuevos currículums, nuevas normativas, nuevos exámenes estandarizados, pero no se avanza con reflexiones diletantes o con documentos perfectos. Avanzamos mientras aprendemos, haciendo lo que creemos que debemos llevar a cabo, documentando y debatiendo de manera profesional las evidencias de lo que realmente ocurre.
Los sistemas educativos están conformados por paradojas y tensiones que son inherentes a su propia existencia. He asistido a muchos debates centrados en el empeño de resolverlas a base de negar la existencia de algunos de los dos polos de la paradoja o de la tensión. Me he ido dando cuenta de que es una pérdida de energía, además de un esfuerzo inútil. En este libro planteamos las que me parecen más relevantes y aquellas que están en la propia naturaleza del sistema que da sentido y función a la escuela. Trataremos de argumentar aquellas paradojas y tensiones en las que no se trata tanto de hacer desaparecer alguno de sus polos opuestos, sino de equilibrar, a veces de desequilibrar, la balanza, para dar más sentido a lo que queremos que determine el propósito de la educación deseada.
Pondré un solo ejemplo de los que desarrollo en el libro. La escuela es el lugar de transmisión de la cultura y del saber. La escuela es uno de los espacios privilegiados donde se transfiere la diversidad de legados de la humanidad. Pero, al mismo tiempo y muy a menudo, es el lugar en el que se perpetúa la cultura dominante, incluso aquellos valores que pueden deshumanizarnos. La paradoja es que la escuela es el lugar de transferencia de lo que somos, pero también debe ser el lugar para cuestionar los valores dominantes y ayudarnos a crear un pensamiento crítico propio.
Es una tensión inherente al sentido mismo de la escuela, pero depende de nuestra voluntad y de nuestra práctica que sea predominante la transmisión mecánica, repetitiva y acrítica, o que sea una transferencia orientada a la pregunta, la exploración y la creatividad.
Para conseguir resignificar esta escuela que defiendo, necesitamos dedicar tiempo, dentro de la estructura habitual del horario laboral, a la reflexión, al diálogo, a crear espacios de participación, especialmente de los estudiantes y familias, orientados a la acción, y también entre nosotros, los educadores. No me refiero en particular a una acción a corto plazo, sino a conversatorios que ayuden a proyectar lo que queremos que pase y, en consecuencia, lo que tenemos que hacer para que suceda aquello que queremos que ocurra.
Preguntarnos por el propósito de la educación es, en estos tiempos tan convulsos, una cuestión crucial para dar sentido a la estancia de tantos años en la escuela de millones de niños, niñas y jóvenes. Preguntarnos para qué quiero que sirva la educación, para qué quiero que exista la escuela, y quiénes y cómo transformamos la educación. Plantearnos las principales paradojas y tensiones que subyacen en el sistema educativo y en la propia existencia de la escuela.
Estas son las cuestiones que quise abordar en este libro, para dar una respuesta basada en mi experiencia de cuarenta años en la educación y más de sesenta de vida. Por eso, he querido ilustrar las reflexiones con casos reales que he vivido o conocido, visitando escuelas de varios países del mundo y conversando con cientos de docentes. También me han inspirado escuelas, personas y redes de escuelas y organismos de gobierno de la educación que acompaño y asesoro desde 2018, en este nuevo rol, después de tantas décadas como docente y directivo. Igualmente me ha parecido sugerente referirme a algunos libros y películas que me han inspirado para comprender mejor la educación y el mundo que nos rodea.
Cómo se organiza este libro
En el capítulo 1 desarrollaremos cuál es el propósito de una educación transformadora y humanizadora, y la vinculación de este objetivo con el concepto de restauración de la persona con el devenir histórico de la humanidad. Hablaremos sobre la relación directa entre el proceso de autoconocimiento y reconocimiento, y el sentido y contenido de las experiencias de aprendizaje. Nos preguntaremos cómo puede contribuir la educación, a través de los procesos de enseñanza y aprendizaje, a nuestra manera de relacionarnos, de amar, de conseguir mayores cotas de respeto, de justicia y de sostenibilidad. Una escuela más humanizadora favorece una manera de aprender y de evaluar que respeta los ritmos personales, las identidades culturales y las maneras en que nos aproximamos al conocimiento.
Estableceremos la vinculación entre esos objetivos y la existencia de condiciones y entornos de aprendizaje que favorecen el diálogo, las relaciones, la transparencia, la adquisición de competencias, la experimentación de vivencias satisfactorias y estimulantes en la escuela, y el feedback formativo. Y compartiré mi visión sobre la naturaleza de estas transformaciones con las miradas de algunos especialistas y algunas experiencias que las ejemplifican.
El capítulo 2 busca responder a una pregunta clave para poder pensar en una escuela humanizadora: ¿cómo sería una escuela solo para aprender? Es un ejercicio disruptivo[3] que pretende transformar la mirada y ponerse en otro lugar desde el cual ver la escuela. Parafraseando a Melina Furman, es la urgencia de “enseñar distinto” y de provocar mayores dosis de creatividad en el hacer cotidiano de docentes y alumnado. Nos preguntaremos por las maneras de conectar la escuela con la vida, asumiendo los aprendizajes previos, estimulando preguntas para despertar la curiosidad, entendiendo que todos no crecemos al mismo tiempo ni nos interesan las mismas cosas, pero sí podemos ser mejores personas desde nuestra identidad.
También veremos que muchas propuestas innovadoras de nuestro tiempo tienen sus raíces en los esfuerzos de renovación pedagógica que caracterizaron las iniciativas reformadoras de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, por qué entonces no pudieron universalizarse y ahora, en cambio, tenemos una gran oportunidad de actualizarlas e impulsarlas. Reflexionaremos sobre cómo sería una escuela que fuera solo para aprender, y lo que podría estimular y practicar.
Los capítulos 3 y 4 desarrollan dos miradas hacia las competencias para la vida: aprendiendo a ser para transformar y aprendiendo a ser para aprender a convivir. Pretenden conectar de manera directa algunos de los desafíos de nuestro tiempo y preguntarnos cómo podemos ser, transformar y convivir ante estas realidades. Una escuela transformadora y humanizadora promueve aprendizajes de experiencias positivas a través del “siendo” y “haciendo”. Aprendemos todo el tiempo y en muchos lugares. Debemos estar atentos a los factores de crecimiento y también a las desigualdades. Reflexionaremos sobre el salto cualitativo del siglo XXI que supone el derecho al aprendizaje, y la imposibilidad de abordarlo desde el modelo educativo imperante hasta ahora.
Invitaré a vincular la idea del “aprender a ser para transformar” con algunas teorías que han analizado la conexión directa entre las prácticas pedagógicas y las relaciones de poder en el proceso de enseñanza y aprendizaje.
Abordaremos el desafío de la formación integral de la persona como el objetivo central de la escuela, y las claves de una educación para la convivencia y su vinculación con el acompañamiento y el clima relacional del centro educativo, como factores determinantes para construir la experiencia de la diversidad y la inclusión en la escuela. También compartiré algunas experiencias que demuestran un alto valor para que todos los alumnos y las alumnas puedan aprender a ser para aprender a convivir. Iniciativas que también involucran las experiencias y aprendizajes de las y los docentes.
El capítulo 5 trata sobre el compromiso profesional de los docentes: interactuar para crecer, aprender y servir. Un proceso restaurativo exige un giro en el foco tradicional de la escuela. De la enseñanza al aprendizaje. Pondré el foco en el crecimiento y aprendizaje de los docentes que “sirven” a los estudiantes para facilitarles su proceso de crecimiento y de formación integral. Es un cambio de rol que abre la resignificación de la profesión docente. Por eso, me ocuparé de por qué me parece muy relevante hablar de restauración como una actitud y predisposición en el ejercicio de la docencia. Compartiré entonces algunas buenas experiencias de talleres con docentes sobre la biografía profesional en la educación, como instrumento de introspección para la restauración y la resiliencia.
En este capítulo también vincularemos el trabajo en equipo, en el interior de las escuelas y en red con otras instituciones educativas, como un medio para hacer frente a la magnitud de este desafío. Y, de nuevo, pondremos en cuestión la actual organización escolar por ser un obstáculo para trabajar realmente en equipo y en red.
El capítulo 6 aborda el liderazgo para el aprendizaje: “Hacer que las cosas pasen”, en expresión de Ronald Heifetz. Reflexionaremos sobre algunas percepciones del término “liderazgo”, y la convicción de entenderlo como “liderazgo para el aprendizaje”, como una acepción propia del mundo educativo: la capacidad de “hacer que las cosas pasen”, pero en la educación. En varios capítulos compartiré algunas experiencias centradas en la observación y el diálogo profesional sobre las prácticas pedagógicas, entendidas como un ecosistema que consigue que todos aprendamos y mejoremos nuestra práctica docente; en este desarrollaremos en particular el sentido del liderazgo que puede ayudar a los equipos docentes a centrarse en el objetivo de la mejora de las prácticas pedagógicas que nos lleven a conseguir el derecho efectivo al aprendizaje de todos los estudiantes.
Una escuela humanizadora se construye a partir de la visión sistémica del modelo que queremos impulsar. En este capítulo desarrollaré el sentido de esa visión global, centrada en el crecimiento de las personas, en sus aprendizajes y en el impulso de alcanzar los objetivos del proyecto educativo que nos proponemos, más allá de la retórica de los documentos. Y en la implicación que tiene con el cambio de rol de las personas en los equipos directivos, que afrontan el desafío de resignificarse para dar sentido y servicio a su labor directiva.
Conseguir una educación transformadora y humanizadora en la escuela será la tarea más estimulante y necesaria en este siglo. Para lograrlo, necesitamos convicciones profundas y buenas dosis de perseverancia. La naturaleza del cambio es cultural, lo que significa que debemos trabajar sobre nuestras creencias a través de la observación de evidencias. Es un proceso de transformación, pero no de sustitución de la institución escolar ni de sus docentes. Es un proceso de humanización, en el que aprendemos haciendo, a partir de compartir con otros en diversidad de redes.
Este libro pretende dar pistas para el camino a través de la reflexión y del compartir experiencias vividas y conocidas que muestran que la transformación y la humanización son posibles. Espero que les resulte de utilidad como lectoras y lectores, y los animo a hacerme llegar sus opiniones y reflexiones a esta dirección de correo electrónico: [email protected]
[2] En el período de confinamiento por la pandemia del covid-19, inicié unas conversaciones, que denominé “Mudanzas”, con personas de diferentes ámbitos de la educación, en un sentido amplio, para reflexionar sobre aprendizajes y cambios en su manera de pensar, siguiendo el método de metaaprendizaje del profesor Richard Elmore, de la Universidad de Harvard, desafortunadamente ya fallecido, y que más tarde evolucionó hacia la metodología de la rutina de pensamiento, inspirada por Ron Richhart y sus colegas del Proyecto Zero.
[3] El origen de este reto me lo planteó Mora del Fresno, una joven docente graduada en la Universidad de San Andrés de Buenos Aires, con quien he ido compartiendo el desarrollo de este libro.
1. El propósito de una educación humanizante y transformadora
Bilal El Abiyad es, ahora, un joven de 30 años. Nació en Tánger (Marruecos). Con 15 años, llegó a L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), donde siguió cursando estudios de secundaria. Como otros jóvenes que emigran a Europa desde el norte de África, tuvo que superar barreras idiomáticas y raciales. “Llegué a España con 15 años y me encontré con un nivel y un dominio del idioma mucho más bajos que los que tenían mis compañeros de clase. No me enteraba de nada. No veía ningún futuro. Todo era oscuro para mí, hasta que, de repente, me ofrecieron entrar en una escuela de segunda oportunidad, El Llindar, donde las cosas eran muy diferentes. Aprendía en talleres de manera más práctica. Y me noté diferente y más motivado. Me defendía y competía con el nivel de mis compañeros. En el instituto anterior nadie me veía, era un invisible. El cambio fue clave para mí. En el instituto, las relaciones con los profesores eran totalmente distintas. No había vínculo ni se preocupaban por mi familia o por cómo me encontraba. Me sentía inútil”. A pesar del desánimo y de la soledad que vivió en el instituto de secundaria, tiene algunos recuerdos muy hermosos del apoyo que le dieron algunas de sus profesoras, como aquella “que me llamaba a casa para animarme cuando no iba a la escuela. Me decía que podía y me facilitaba mucho ir avanzando. Para mí, fue muy importante porque acabé consiguiendo aprobar la secundaria”. Después pudo estudiar un grado medio de Formación Profesional de Electricidad. También se formó como pintor de pared, camarero y peón de construcción. En un momento delicado de su adolescencia, conoció la escuela El Llindar [el umbral, en catalán]. “En El Llindar enseguida sentí confianza y que creían en mí, aunque lo hiciera mal al principio”. Estas frases que he reproducido me las dijo cuando lo entrevisté para un capítulo de las conversaciones “Mudanzas”,[4] que publico en mi blog. Al inicio de nuestra charla me decía: “Antes pensaba que la educación era aprender algunas cosas y un oficio. Y ahora, pienso que la educación es para siempre y no se acaba con la edad. Pienso en seguir educándome y formándome toda la vida. Para mí, es muy importante que haya escuelas como El Llindar, en que los jóvenes que abandonan tengan oportunidad de no hacerlo, por lo menos hasta una edad. La educación podría mejorar bastante en este sentido. Hay mucho abandono escolar de jóvenes”. Sus palabras golpean con dureza, pero también muestran una experiencia que da esperanza. “De mi etapa en El Llindar, sí que recuerdo la alegría que teníamos por venir a la escuela y las buenas relaciones personales que establecimos. Es un recuerdo que no se olvida nunca. Todos acabamos descubriendo nuestro camino y hemos seguido estudiando”. Actualmente, cursa un grado superior de Formación Profesional en Instalaciones Electrotécnicas y Automatizadas, que compagina con su trabajo como profesor de taller en la escuela El Llindar. Él dice que es una manera de devolver lo que recibió.
La realidad de muchas personas está atravesada por experiencias muy duras. Para ellas, el único lugar de esperanza, a menudo, es la escuela, entendida como un espacio donde experimentar vínculos y sentirse aceptadas con dignidad y con reconocimiento de su propia identidad. Para conseguirlo, necesitamos que la escuela sea verdaderamente humanizadora. Es un objetivo que solo vamos a lograr desde una mirada diferente a la escuela del modelo industrial que nos domina y desde un proceso de resignificación de esta escuela, tal y como la hemos estado entendiendo hasta hace bien poco.
