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Después de cinco siglos proporcionando materias primas a distintos imperios y de haber sido el soporte para el desarrollo y la industrialización de otros continentes, en las últimas décadas, Latinoamérica ha comenzado un proceso de apropiación y explotación de sus recursos naturales que le ha permitido disminuir sensiblemente los índices de pobreza. Al mismo tiempo, este nuevo escenario económico ha estimulado el surgimiento de movimientos ecologistas dominados por un discurso eurocéntrico reñido con las prioridades de una región que todavía evidencia importantes niveles de exclusión social. Frente a esas voces sombrías que vaticinan el apocalipsis ambiental, Aramis Latchinian es responsablemente optimista respecto al futuro y duramente crítico, tanto con los defensores del crecimiento económico a ultranza como con los movimientos ecologistas transnacionales por su miope, abstracta y no pocas veces interesada visión de la realidad. Latchinian afirma que hay razones para tener confianza en el futuro y que los avances en la ciencia y la tecnología, así como los cambios de paradigma social y su repercusión en la legislación ambiental, nos permiten ver al hombre como un constructor de un ambiente nuevo y no necesariamente como un depredador irracional de la naturaleza.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Este tipo de propaganda tremendista proviene de muchas organizaciones ecologistas, como el Instituto Worldwatch, Greenpeace o el Fondo Mundial para la Naturaleza, además de algunos comentaristas particulares, apoyados todos ellos por los medios de comunicación. La cantidad de ejemplos es tan enorme que podrían llenar un libro...
BJORN LOMBORG[1]
En primer lugar, quiero aclarar que no es posible hacer demasiadas generalizaciones acerca de los escenarios ambientales de América Latina. Todos los países del continente son distintos y todos son cambiantes, su historia, su cultura, su geografía, su ambiente y sus condiciones actuales hacen imposible meterlos a todos en la misma bolsa. Pero existen algunos elementos comunes, tal vez coyunturales, en los que nos centraremos: prácticamente todos vienen de una década de crecimiento económico –lo que en principio es bueno, pero como veremos conlleva riesgos ambientales significativos–; en todos se han instalado grandes proyectos de inversión que en muchos casos son objeto de importantes conflictos ambientales; en todos existe un movimiento ecologista con un discurso similar –que también analizaremos– y todos tienen gobiernos intentando administrar esta compleja situación con pocas herramientas.
Analizaremos ese nuevo escenario ambiental, caracterizado por una década de crecimiento económico inédito y por el desembarco de los megaproyectos de inversión –megapuertos, megaminería, complejos hoteleros, grandes monocultivos, entre otros–. En este contexto, la mayoría de los ciudadanos hemos quedado atrapados en medio del tiroteo ambiental entre grupos ecologistas que rechazan toda nueva inversión y gobiernos que celebran alegremente cualquier megaproyecto, sin contar con una planificación estratégica ni con herramientas adecuadas para gestionarlos. Tal vez a la mayoría de los ciudadanos nos bastaría con un poco de planificación y racionalidad en la administración de los recursos naturales. De lo que hablamos es de gestión ambiental. De una nueva gestión ambiental, con nuevos conceptos y herramientas, pensada para los cambiantes escenarios ambientales de América Latina.
También analizaremos el discurso ecologista ante este nuevo escenario, que frecuentemente se confunde con el discurso ecológico.
La ecología es una ciencia fundamental para la comprensión de nuestro entorno y para el desarrollo de la gestión ambiental, mientras que el ecologismo es una ideología con un enfoque subjetivo de la problemática ambiental y no implica un abordaje científico u objetivo de los problemas que el hombre provoca en su entorno. Sin embargo, es demasiado frecuente la confusión entre ecología y ecologismo –asumir que un ecologista sabe de ecología es como asumir que un socialista sabe de sociología– son categorías distintas, no comparables.
La ecología es el inicio del camino de la gestión ambiental. Su objeto de estudio son los elementos de la naturaleza, describe relaciones, establece cómo funcionan los sistemas naturales y las leyes que los gobiernan, aporta los elementos teóricos para que otras disciplinas diseñen las soluciones prácticas. Se trata básicamente de una ciencia descriptiva y analítica –aunque la ecología moderna tiende a desarrollar un enfoque mucho más aplicado– en la que se soporta la gestión ambiental. En la ecología el hombre no es protagonista, es una especie más.
En el otro extremo y aunque no lo parezca, el ecologismo tiene un enfoque totalmente antropocéntrico; propone un ideal y al revés que en la ecología, su objeto de estudio es totalmente humano: la moral, los valores, la ética –ninguno de estos conceptos existe en la naturaleza, son construcciones propias y exclusivas del pensamiento humano–. El ecologismo expresa el deseo ambiental de la sociedad, en su forma más pura, sin los límites que imponen la economía, la tecnología u otros elementos de la realidad. Expresa el deseo ambiental como único motivador de la acción y, por lo tanto, como causa de permanente insatisfacción. Al final se hace evidente la contradicción entre su discurso y los resultados de su acción.
Si bien podríamos decir que en el amplio espectro en que se mueve la gestión ambiental la ecología es el extremo científico y el ecologismo es el extremo ideológico, en la realidad los límites entre la ecología y el ecologismo no son tan claros. Todos llevamos dentro a Mr. Hyde[2], un transgresor antisistema harto de convencionalismos cómplices –como el monstruo insomne de la novela de Stevenson, que recorre las noches de Londres.
Nuestro Mr. Hyde suele explotar ante distintas situaciones escandalosas, casi cotidianas, pero la contaminación ambiental lo subleva especialmente –y denuncia a empresarios contaminadores, tecnócratas complacientes, políticos omisos y corruptos–. Este Mr. Hyde ecológico es una desviación tan frecuente como peligrosa de la gestión ambiental, a la que nos dedicaremos en la segunda parte de este libro. Analizaremos el discurso ecologista como hecho social, que desde hace décadas pronostica una crisis ambiental de dimensiones bíblicas, un discurso autoritario y conservador, reactivo a los cambios y muy poco útil para resolver los graves problemas ambientales actuales.
Pero también llevamos dentro a un temeroso Dr. Jekyll, que permanentemente autoimpone límites a su lucha por el ambiente: límites técnicos asociados a lo que la ciencia nos permite realmente hacer, límites económicos haciendo análisis de costo-beneficio de cada decisión que toma, límites legales para asegurar que sus decisiones se encuentren dentro del ordenamiento jurídico. Un Dr. Jekyll que opera en un contexto de recursos económicos limitados, que no tiene más remedio que establecer prioridades y que termina convirtiendo la utopía ecologista en un tímido y poco vistoso conjunto de acciones para calmar nuestra culposa conciencia ambiental.
La sociedad sufre esta bipolaridad: por un lado nos subleva el agotamiento de los recursos naturales y su mercantilización, y por otro, no dudamos en usarlos para satisfacer las necesidades de una población mundial que no deja de crecer. Todos convivimos con este trastorno de personalidad, nos fascina la naturaleza, pero solo si tenemos la certeza de que podemos regresar al confort de lo artificial; preferimos la vida natural, pero ante un problema serio buscaremos la mejor tecnología para enfrentarlo. El problema llega cuando uno de los dos personajes devora al otro y nos volvemos burócratas complacientes con el deterioro del ambiente, o conservacionistas reaccionarios opuestos a cualquier cambio.
Es urgente desarrollar un tratamiento para este desequilibrio ecológico de personalidad y seguramente algunas pistas se encuentren en conceptos y herramientas que ofrece la gestión ambiental, en un abordaje más riguroso y objetivo de la nueva realidad ambiental, lo que es imprescindible para quienes –desde la órbita del Estado o desde el sector privado– deben prevenir conflictos y administrar el ambiente en un contexto de recursos limitados y creciente complejidad. Discutiremos la aplicabilidad de herramientas de planificación ambiental estratégica en América del Sur, los megaproyectos de inversión y la creciente demanda internacional por nuestras materias primas. La oposición intransigente a los megaproyectos es la forma menos inteligente de gestión, pero la promoción irresponsable tampoco es una buena estrategia.
Por último, casi a modo de epílogo, abordaremos los desafíos de la gestión ambiental en el futuro próximo. La urgencia de dar respuestas que contemplen simultáneamente las necesidades de preservación ambiental y las necesidades de inversión e intervención humana en el territorio. Para eso, el continente debe superar el discurso ecologista, fuertemente conservador, mucho más religioso que científico, y sustituirlo por un nuevo tipo de discurso ambientalista, más pragmático, de bases científicas y que tenga el ordenamiento jurídico como contexto –un ordenamiento jurídico a mejorar, no a desconocer–. Aunque frecuentemente ecologismo y ambientalismo se usen como sinónimos, analizaremos las diferencias sustanciales entre ambos. A diferencia del discurso ecologista, en el que el hombre es el culpable del desastre y por lo tanto debe alejarse de la naturaleza para dejarla en paz, en el nuevo discurso ambientalista el hombre está en el centro de la escena –para bien o para mal, para destruir o para construir el ambiente–. Aunque aparente lo contrario, el ecologismo es un discurso moral, que poco tiene que ver con lo que ocurre realmente en el ambiente, mientras que el nuevo discurso ambientalista que debe elaborar el continente se debe sustentar en los problemas reales, en las posibilidades técnicas y económicas de resolverlos, se trata de un discurso menos vistoso pero verdaderamente crítico y propositivo, más útil para abordar los desafíos ambientales que enfrenta América Latina.
Para mí el progreso es si este año usted se siente más feliz que el año pasado, no cuántos edificios se construyeron.
MANFRED MAX-NEEF
El contexto mundial durante la década pasada ha impulsado el crecimiento económico de los países de América del Sur: aumento del PIB en todos los países del continente, aparición en varios países de una importante clase media con poder de consumo, demanda sostenida de materias primas por parte de China y otras potencias emergentes, son características comunes y prácticamente ningún país sudamericano ha estado ajeno a esa tendencia.
A 15 años de la crisis más importante de su historia reciente, el continente logró una década de desempeño económico favorable, caracterizado por el abatimiento parcial de la pobreza, la diversificación de mercados, el fortalecimiento del sistema financiero y el incremento progresivo de la inversión con relación al PIB.
Todos los gobiernos adjudicaron este crecimiento a su excelente gestión y anuncian lo cerca que está el país de ingresar al primer mundo. En realidad, ni tan calvo ni con dos pelucas. Si bien no hay dudas de que ha sido una muy buena década para América del Sur y que varios gobiernos han administrado inteligentemente esta bonanza, hay señales de alerta que no se deben desatender. Apenas bajaron los precios de algunas de las principales materias primas que exporta el continente, las economías se comenzaron a contraer en forma preocupante. Suramérica sigue manteniendo una fuerte dependencia de sus productos primarios –los commodities representan el 75 % de las exportaciones– y la mitad de las exportaciones de América Latina hacia China corresponden a cobre, hierro y soja, lo que incrementa la dependencia. De hecho, en 2012 y 2013 estas exportaciones se redujeron cerca de un 25 % debido a la caída de los precios[3] y en 2014 continuaron bajando, en 2015 comenzó a sentirse la retracción de las economías. Bolivia, Venezuela y Chile encabezan esta dependencia con el 90 % de sus exportaciones con base en productos primarios, mientras que el mejor desempeño lo muestra Brasil con un 50 % de primarización[4].
En el 2016 el crecimiento económico de América del Sur se ve seriamente comprometido pero muchas inversiones se desplazan a Centroamérica. Con economías pequeñas pero pujantes, varios países del Caribe lideran el crecimiento económico del continente.
Tal vez los precios internacionales se recuperen, tal vez sigan cayendo, lo que es indiscutible es que el crecimiento económico de América Latina está fuertemente influenciado por la demanda internacional y nuestra economía es básicamente primaria. Esta vulnerabilidad es mayor para los países que venden productos energéticos y metales, mientras que los países que exportan productos agrícolas tienen más estabilidad. Esta es la diferencia estratégica más importante del crecimiento entre los países del continente.
Aunque no aparezca frecuentemente en el discurso ecologista, el resultado ambiental más relevante de una década de crecimiento fue la reducción de la pobreza. Para quienes colocamos al hombre en el centro de la escena, la falta de saneamiento, la proliferación de enfermedades hídricas, la basura como fuente de alimentación, la precariedad de las condiciones de trabajo y de la salud pública, son problemas ambientales centrales. Una sociedad con hambre no puede cuidar el medioambiente y hará un uso desesperado de sus recursos naturales, además de que la pobreza es causa directa de impactos ambientales. Y en el abordaje de estos problemas hubo avances importantes durante la última década.
Gobiernos de corte socialdemócrata y autodefinidos como de izquierda a lo largo de todo el continente durante una década hicieron especial énfasis en la redistribución de la renta, en la mejora de las condiciones de vida y en posibilitar que millones de personas ingresen a la sociedad de consumo, lo que sin dudas fue positivo, aunque ambientalmente no es gratis. Durante 10 años, las políticas simultáneas y en ocasiones coordinadas de estos gobiernos en la mayoría de América generaron un escenario inédito en el continente, que los nuevos gobiernos no pueden desconocer.
Uno de los riesgos de este contexto favorable está asociado justamente a la propensión que tienen los distintos gobiernos a asimilar el concepto de crecimiento con el de desarrollo. Una confusión ampliamente discutida, que entraña peligros significativos para el ambiente: una deformación que se manifiesta claramente en la subvaloración de los activos ambientales en la medida en que no sean explotados, y en los análisis de costo-beneficio para la evaluación de grandes proyectos que no consideran seriamente la variable ambiental.
Gracias a los inmensos estímulos al consumo suntuario, que obviamente están directamente relacionados con la exagerada explotación de los recursos naturales, se ha logrado instalar la idea de que producir más y consumir más es parte de la solución a nuestros problemas económicos y a partir de ahí la obsolescencia programada es una estrategia aceptable, hasta positiva. La presión mediática/social para que cambiemos el teléfono celular, porque apareció uno nuevo que nos permite saber en cada momento dónde está la estación espacial internacional o ubicar con precisión los radares de control de velocidad en la vía pública, hace que un joven sea capaz de matar –literalmente– para obtener ese modelo nuevo de teléfono. Estas demenciales pautas de consumo están condicionadas por las ganancias previstas por gigantescas empresas multinacionales y los gobiernos no tienen la capacidad de desatar ese nudo. Esta acepción de desarrollo –usado como sinónimo de satisfacción de las necesidades materiales de la sociedad– es imposible que sea sustentable; por el contrario, el desarrollo tiende al colapso. Desarrollo sustentable, planteado así, es el más fraudulento oxímoron[5] del discurso económico moderno.
Ante este dilema del crecimiento económico persiguiendo la utopía del desarrollo, pero que en realidad nos conduce hacia el abismo –independientemente de que esté más cerca o más lejos– han surgido varias disciplinas derivadas de las ciencias económicas, especializadas en abordar la problemática ambiental: la economía ecológica, la economía ambiental, la economía de los recursos naturales.
Se dice que los economistas dedican la primera mitad del año a predecir cómo se comportará la economía, y la segunda mitad del año a explicar por qué no se comportó como estaba previsto. Más allá de la ironía, parece claro que la creciente complejidad y la interminable cantidad de interacciones –muchas de ellas subjetivas– que gobiernan los procesos sociales y económicos, hace difícil atrincherarnos exclusivamente en las herramientas de la economía clásica para abordar los nuevos escenarios. Incluso es discutible el carácter científico de la economía como disciplina capaz de predecir fenómenos con precisión y obtener resultados similares al repetir experimentos. En ocasiones el error está en pretender aplicar herramientas duras del método científico a fenómenos muy influenciados por aspectos sociales y psicológicos.
Cada vez que los organismos multilaterales de crédito –Banco Mundial, FMI, etc.– en un remedo de rigurosidad científica establecen las recetas que debe aplicar un país para mejorar su economía y luego la aplicación de las medidas provoca cualquier resultado menos el esperado, el organismo de crédito atribuye el desastre a errores en la aplicación práctica de las medidas. Así es muy fácil ser científico, si no hay que hacerse cargo de los resultados[6].
La revolución tecnológica –como etapa superior de la revolución industrial que en los siglos XVIII y XIX cambió el modo de producir y el alcance de la actividad económica moderna– ha sufrido una explosión de escala planetaria gracias al desarrollo de las comunicaciones y las nuevas tecnologías de la información. Hoy es innegable que la economía mundial se ha globalizado involucrando, para bien o para mal, a todos los rincones del planeta. Y es ante este contundente proceso de globalización que la economía clásica parece no tener todas las respuestas.
Ya desde los años ochenta del siglo pasado, ante la acelerada expansión económica, muchos autores alertaban sobre la necesidad de que la economía como disciplina incorporara seriamente la variable ambiental y sobre todo la idea de finitud de los recursos naturales. Y es que ante un sistema que se basa en producir cada vez más y consumir cada vez más, sin apuntar a la equidad en la distribución, la concentración de las riquezas y el agotamiento de los recursos parecen ser un pronóstico más que razonable[7].
En este contexto surgió la economía ambiental, que adaptó conceptos de la economía clásica para contribuir a la gestión ambiental del nuevo escenario[8], y una de las herramientas principales que aportó fue la valorización de los servicios ambientales: los beneficios que obtienen los seres humanos por el funcionamiento de los ecosistemas –la depuración de efluentes en un humedal, la captura de CO2 en un bosque, entre tantos– que ha resultado útil para incorporar la variable ambiental a los procesos de gestión en las empresas y el Estado. Pero indudablemente no es suficiente con tratar la variable ambiental como una falla de mercado[9], como algo que lamentablemente no ha sido tomado en cuenta e incorporarla a la contabilidad de las organizaciones empresariales. Y el nuevo escenario de globalización económica, de aceleración de los procesos extractivos y de indicios de agotamiento de distintos recursos a nivel planetario, alertaron a los investigadores acerca de la necesidad de un enfoque más integrador; ya no bastaba con valorar cada recurso natural por separado, se hizo necesario considerar los ecosistemas como unidad mínima indivisible. El concepto de ecosistema implica que todos sus componentes están relacionados; pensar que podemos agotar uno sin desequilibrar el resto del ecosistema es un error. En ese contexto la economía ambiental evolucionó hacia la economía ecológica que, por ejemplo, revisó el concepto de servicios ambientales proponiendo en cambio el de servicios ecosistémicos, definidos como «las condiciones y procesos mediante los cuales los ecosistemas naturales y las especies que los conforman, sostienen y satisfacen las necesidades y el bienestar humano»[10]. El problema principal de la economía ecológica es que tiende a no jerarquizar entre distintos componentes del ecosistema: considera a todos igualmente valiosos, desestimando dos conceptos clave de la economía: utilidad y escasez[11], lo que la vuelve poco práctica para la administración ambiental ya que una premisa básica de la administración es que se deben satisfacer necesidades en un contexto de recursos limitados, lo que implica necesariamente una jerarquización. Si partimos de la idea de que todos los recursos son igualmente valiosos, no tendremos nada que administrar.
Lo más parecido a una economía verdaderamente ecológica son los trabajos realizados por el Centro para el Consenso de Copenhague[12], integrado por economistas de primer nivel –varios de ellos premios Nobel– y dirigido por Bjorn Lomborg, quienes han demostrado de manera lapidaria que la mejor forma de invertir dinero en temas ambientales es combatir la pobreza y el hambre, el sida, los conflictos bélicos y que el gasto para enfrentar el cambio climático se parece mucho más a despilfarro que a inversión. Particularmente discrepo con esta opinión de Lomborg, ya que el gigantesco gasto asociado al cambio climático no es producto del desorden o la incapacidad de los administradores, ni siquiera se trata de un error, se trata de un negocio minuciosamente planificado.
El Centro para el Consenso de Copenhague establece periódicamente un ranking muy riguroso de los principales problemas ambientales –por sus impactos sobre la salud, los ecosistemas y la economía– que la humanidad debe abordar; el último de ellos estuvo encabezado por la desnutrición infantil, mientras que el cambio climático se encuentra muy lejos de los primeros lugares. Lomborg lo resume de esta forma: «Invertimos mucho para cumplir con las exigencias del Protocolo de Kioto. En un año con todos los recursos que destinamos ahí podríamos darle agua potable a toda la población del mundo. Y, disculpen, pero yo creo que darle agua potable a todo el mundo es más prioritario que cumplir con el Protocolo de Kioto. Eso es justamente lo que falta: ordenar los problemas en una lista de prioridades»[13].
El discurso oficial de la economía ecológica se ha alejado sustancialmente de este enfoque práctico y ha desarrollado una visión holística de los sistemas, con un abordaje desde la teoría de la complejidad, con el que se fue distanciando de la toma de decisiones concretas y comenzó a incorporar aspectos cada vez más subjetivos, éticos y morales, alejándose paulatinamente de los problemas ambientales reales que afectan a la humanidad.
Independiente de las nuevas disciplinas surgidas desde las ciencias económicas, debemos tener claro que el problema de fondo no es disciplinar. Los problemas ambientales están estrechamente vinculados a la concentración de la riqueza y sus consecuencias –pobreza y exclusión social– y al agotamiento de los recursos naturales, y eso no se debe a que la economía clásica sea incapaz de analizarlos y dar respuestas. De hecho, los trabajos del Centro para el Consenso de Copenhague no se enmarcan en la economía ambiental, ecológica, de los recursos naturales o cualquier otra variante; emplean las herramientas de la economía clásica y sus resultados son tan contundentes como distantes del discurso ecologista global. En definitiva, lo importante no es si la economía es ambiental, ecológica o clásica, sino la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno y cómo desarrollamos los procesos productivos. Análogamente a lo que ocurre con la ecología, donde lo importante no es si se trata de ecología urbana, ecología del paisaje, ecología social, o cualquiera de las decenas de variantes que se han acuñado, lo importante es que se conozcan y apliquen bien las leyes de la ecología –sea un lago, una ciudad, una sociedad o una fábrica lo que tomemos como ecosistema–. De hecho, si somos exigentes con la definición de ecología, podemos decir que la economía es una aplicación particular de esta.
Concedamos que desarrollo es mejorar la calidad de vida, la calidad del ambiente, la seguridad social, la seguridad personal, la educación; y además lograr que estas mejoras se mantengan en el tiempo cuando ya no se esté invirtiendo. Cuando decimos que la economía de América Latina creció en forma significativa durante una década, nos referimos en primer lugar a que exportamos más recursos naturales; en segundo lugar, exportamos más bienes, más alimentos y produjimos más dinero. En el mejor de los casos repartimos más equitativamente ese dinero. Sin embargo, existen aún muchos problemas de calidad de vida en el continente y en algunos casos se agudizaron. Empezamos a sospechar que el crecimiento es un proceso estrictamente económico, mientras que el desarrollo es un proceso principalmente cultural y que uno no necesariamente lleva al otro.
¿Por qué gobiernos bien intencionados, con buenos planteles técnicos y disponibilidad de recursos, no logran resolver los problemas básicos de la sociedad, como la calidad de la educación o del ambiente, la seguridad ciudadana o la salud pública? Sin duda, la respuesta es compleja y las causas muchas, pero el enfoque economicista es una de ellas. Mientras las decisiones estén guiadas por una economía más financiera que humana, seguiremos buscando las soluciones en el crecimiento económico.
Esto puede parecer una exhortación vaga e idealista, pero en realidad es absolutamente práctica y apunta a administrar racionalmente los recursos naturales con que contamos. El asumir que más es sinónimo de mejor, que el crecimiento de la economía necesariamente redundará en calidad de vida –educación, ambiente, salud, etc.– es parte del problema.
¿Por qué los gobiernos celebran como un éxito que aumente la cantidad de autos cero kilómetros vendidos cada año? Básicamente están asumiendo que el poder de compra de automóviles nuevos es un buen indicador de calidad de vida.
Los economistas saben bien que un indicador para ser útil debe abarcar gran cantidad de información, que una sola medición sencilla debe describir una situación amplia. Por ejemplo, para evaluar la calidad de las aguas de una playa recreativa, medimos solo los coliformes fecales –dentro de las decenas de parámetros posibles– porque sabemos que este dato nos hablará de los riesgos para la salud de los bañistas, de vertidos de aguas cloacales, entre otras informaciones. Se trata de un buen indicador, una sola medición sencilla nos da información valiosa y amplia para gestionar la playa.
Volviendo entonces al ejemplo de la compra de automóviles nuevos, ese indicador me estaría hablando no solo del poder de compra de las personas –o de dudosos esquemas de financiamiento–, sino de un incremento en los gases de efecto invernadero y el deterioro de la calidad del aire en la ciudad, de mayor consumo de recursos naturales y generación de residuos de baja degradabilidad, del índice de accidentes y muertes asociadas, de embotellamientos, del estrés y sus repercusiones sobre la salud, del deterioro de la red vial y mayores impuestos, de posible desatención al sistema de transporte colectivo, etc.
Insisto entonces: ¿por qué es motivo de celebración que se vendan más autos? Esto no se debe a que los economistas sean torpes o mentirosos, se debe a que la economía financiera es el paradigma y en ese universo no son fáciles de integrar el tiempo libre o la contemplación de un paisaje.
Los neomalthusianos[14] están desesperados por el crecimiento de la población humana y seguramente tienen motivos, pero tal vez deberían preocuparse por la población de autos, que crece más que la humana y con mayores impactos ambientales. Ya hemos superado los mil millones de vehículos en el planeta y la venta no para de crecer –en el año 2005 se vendieron en el mundo 65 millones de vehículos y actualmente se venden más de 80 millones por año–[15]. Y aunque parece un tanto exagerado, los expertos predicen que el parque automotor en China se duplicará entre 2012 y 2019, llevándolo a niveles similares a los de Estados Unidos y Europa juntos[16].
Sin mucho esfuerzo, un nuevo «malthusianismo automotor» notaría que los países con más vehículos por habitante no son los más poblados. Tanto China como EE.UU producen algo más de 20 millones de autos por año, pero en EE.UU viven 300 millones de personas y en China 1.400 millones. El resultado es que en EE.UU hay un auto por persona y en China no llegan a un auto cada 8 personas. El problema no es la cantidad de personas sino lo que consumen y emiten las personas –en este ejemplo cada estadounidense consume aproximadamente por 10 chinos– y aunque el principal fabricante de autos, en términos absolutos, es China, la coartada de echarle la culpa a los chinos por la cantidad de vehículos se desmorona rápidamente –es como culpar a los campesinos colombianos por el narcotráfico–. En Suramérica, que entre 2005 y 2012 duplicó la cantidad de autos vendidos de 3 a 6 millones por año, alcanzando la tasa de crecimiento más alta del mundo, el crecimiento en la fabricación de autos se detuvo y en el ejercicio más reciente (2015) el continente volcó al mercado la misma cantidad que en el 2014, mientras que China mantiene para el mismo período una tasa positiva de crecimiento en la fabricación de automóviles, superior al 7 %[17].
Pero la mayor debilidad de los pronósticos de colapso ambiental del malthusianismo es no considerar que los avances científicos y tecnológicos no tienen más límites que la inteligencia humana. Ningún sector de la industria ha experimentado avances ambientales tan espectaculares como la industria automotriz, que cada vez es más eficiente y menos contaminante, contribuyendo cada vez menos en la emisión de gases de efecto invernadero. No tengamos dudas de que en pocos años todos los vehículos serán emisión cero, y aunque no es tema de este libro, tampoco tendrán conductor.
Definitivamente, crecimiento y desarrollo no guardan una relación de causalidad, incluso en ocasiones van en direcciones contrarias, podríamos mencionar muchos ejemplos en los que el crecimiento atenta contra la calidad de la vida y el ambiente. El consumo de alcohol, los casinos o la televisión basura también pueden contribuir al crecimiento de la economía, pero seguramente no contribuyan a la educación, la salud o la protección ambiental. Según Ronald Colman[18], el Exxon Valdez contribuyó mucho más a la economía estadounidense derramando su petróleo que si lo hubiera entregado a salvo en el puerto, porque todos los costos de limpieza, los pleitos legales y el trabajo de los medios de comunicación se agregaron a las estadísticas de crecimiento. Extremando esta hipótesis, las guerras modernas suelen ser un disparador del crecimiento económico, sin embargo nadie en su sano juicio las puede asociar al desarrollo.
Un inmenso cráter dejado por un proyecto minero mal gestionado o el suelo erosionado por las malas prácticas agrícolas no se reflejarán en las estadísticas del crecimiento económico. En una sociedad que persigue el crecimiento en lugar del desarrollo, no somos ciudadanos sino consumidores y no nos rodea la naturaleza sino los recursos naturales.
Hace apenas algunas décadas cada individuo consumía la mitad de recursos naturales que ahora, ¿y somos el doble de felices que hace algunas décadas? En absoluto. En los últimos 30 años hemos utilizado cerca de la cuarta parte de los recursos naturales del planeta, muchos de los cuales no son renovables a esta tasa de explotación –lo que los economistas ecológicos llaman «el consumo del capital natural»–, de modo que redujimos la capacidad del ambiente de generar un flujo de bienes y servicios naturales. Parece obvio que la relación entre consumo y felicidad no es directa, muy por el contrario, no es difícil demostrar que en muchos casos es inversa, que el consumismo es causa de insatisfacción, de depresión y de degradación ambiental.
Tal vez el desafío de un continente joven e innovador sea liderar un cambio de rumbo: bajar la pelota y levantar la cabeza, como se dice en el argot futbolero, desacelerar el crecimiento para construir modelos de desarrollo de escala humana[19], incluso el decrecimiento puede ser en determinados contextos una estrategia de desarrollo[20].
América Latina tiene condiciones muy favorables para innovar en el pensamiento ambiental y desarrollar una visión a largo plazo. Una década de crecimiento y, sobre todo, un inmenso capital ambiental, sumado al pronóstico de que durante los próximos años las economías de la región no tendrán mayores sobresaltos –más allá de los escándalos políticos que distinguen a nuestros gobiernos–, la reducción de la pobreza y gobiernos democráticos con sensibilidad social en todo el continente, son contextos muy favorables para la planificación estratégica. América Latina puede resolver la contradicción entre desarrollo y ambiente, construir el escenario inédito de un continente verde y desarrollado. Y tal vez, en el contexto de este gran desafío debemos ubicar a la gestión ambiental de los megaproyectos de inversión que desembarcan en el continente.
Una característica del escenario ambiental del continente durante la última década fueron los megaproyectos de inversión de origen público o privado: decenas de miles de hectáreas de monocultivos intensivos: soja, eucalipto, maíz; grandes proyectos extractivos, megaminería, explotación de hidrocarburos; desarrollos inmobiliarios: megahoteles en zonas costeras, barrios privados en zonas rurales, megafábricas, megapuertos, entre muchos otros.
Se trata de inversiones de cientos de millones de dólares, que exigen cambios metodológicos sustanciales en su abordaje ambiental –evaluación ambiental estratégica, enfoque de planificación territorial, etc.–, que en nuestros países aún no están suficientemente desarrollados.
Estos nuevos emprendimientos de grandes dimensiones son recibidos por los gobiernos como motores de desarrollo, pero el movimiento ecologista los ve como la causa del agotamiento de los recursos naturales y del empobrecimiento del país. Seguramente la realidad dependerá de que se enmarquen en una planificación estratégica y de que se los gestione adecuadamente o no.
Ante esta situación y el anuncio de la instalación de una cantidad importante de nuevos megaproyectos de inversión a lo largo del continente, emerge como una necesidad impostergable la incorporación de la dimensión ambiental a la discusión sobre crecimiento económico, que aporte elementos concretos y útiles para que la discusión sea verdaderamente acerca de un nuevo tipo de desarrollo, y no solo de cómo crecer más. Con las particularidades ambientales, culturales, económicas de cada país, el nuevo escenario ambiental del continente tiene algunos tipos de megaproyectos en común, que analizaremos en el próximo capítulo.
Luego de estos primeros comentarios acerca de una década de crecimiento en América Latina, en los próximos capítulos intentaré aportar elementos para demostrar las siguientes hipótesis:
