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Medios de comunicación y organizaciones ambientales nos advierten con insistencia sobre una inminente catástrofe ambiental de carácter global. Pronósticos de tono apocalíptico que tienen como objetivo mantener activa una agenda cuyas prioridades responden a intereses políticos y económicos que poco tienen que ver con la búsqueda de soluciones a los conflictos ambientales. Se trata de un conjunto de mensajes erróneos que Latchinian ha definido como Globotomía y que irá analizando a través de las páginas de este libro, partiendo de una afirmación provocadora: no existe comprobación científica definitiva que demuestre que el agujero en la capa de ozono, el calentamiento global o la extinción de las especies son el resultado de la actividad del ser humano sobre el medio ambiente. "Globotomía" despeja la discusión de los artificios creados por los "mass media", el mercado y la política para reflexionar seriamente sobre los problemas ambientales reales y las formas de prevenirlos a través de una gestión más racional de los recursos naturales.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
«But I don’t have to know an answer. I don’t feel frightened by not knowing things; by being lost in a mysterious universe without any purpose –which is the way it really is, as far as I can tell, possibly. It doesn’t frighten me.»
Richard Feynmann[1]
Aramis Latchinian ha escrito un libro provocador, que puede leerse en más de un registro y que será igualmente útil al ciudadano común atento a los temas políticos y ambientales contemporáneos, al ambientalista, ecólogo o científico, y al estudiante que intente poner orden en un tema complejo y marcado a fuego por las posiciones tomadas. Este pronóstico de su pluralidad de destinos se basa en reconocerlo como un texto cuyo pulso late en el flujo de la realidad contemporánea, de especial significación para los países del tercer mundo en los cuales el tema ambiental es otro campo en el que se debaten las posibilidades de autonomía política y los desafíos del desarrollo.
En su aspecto provocador, Globotomía se inscribe en esa saludable corriente de eclecticismo que no puede sino desconfiar de muchos de los consensos que unifican a los bienpensantes de este temprano siglo XXI. Y que un libro tan lleno de sensatez y argumentación transparente constituya una provocación para el pensamiento dominante nos deja ver hasta qué punto hemos dejado que las certezas de nuestro espíritu se apoyen en falacias y posiciones ideológicas que nublan la realidad. Para quienes somos hijos de la generación que protagonizó la etapa de revoluciones mundiales que tuvo lugar en los años sesenta del siglo XX, constatar que nuestros pares, ocupando hoy posiciones de decisión claves a lo largo y ancho del mundo, se encuentran atrapados en un esquema políticamente «correcto» que los hace conformistas en su inconformismo consensuado, no deja de ser una constatación casi vergonzosa.
Su análisis de la corriente de opinión dominante sobre el tema ambiental reconoce el papel del mercado, los medios y las tendencias culturales en la construcción del consenso, un consenso que equivale a una «falsa conciencia», para utilizar un término del instrumental teórico del siglo XX. Pero en la lectura política que propongo –una entre otras posibles–, el valor que subrayo del texto son sus «consideraciones intempestivas»: como operación del pensamiento, provee herramientas para desembarazarse de algunas de las imposiciones del consenso progresista que, en su faceta ambientalista, nos impone agregar a nuestras culpas el que la tierra se esté destruyendo a manos de una sociedad de la que todos formamos parte, y como consecuencia de la búsqueda de un bienestar al que aspiramos todos los seres humanos. Lo que nos dice sobre el destino de la tierra y el nuestro, sorprende, parafraseando a un pensador-artista brasileño: «No por ser exótico, sino por el hecho de haber estado siempre oculto cuando era obvio»[2]. No es la sobrevivencia del planeta lo que está en juego, nos dice, sino la nuestra como especie, y es muy probable que no duremos muchos miles de años más. ¡Pero esto no va a ser nada malo para el planeta! Así como a los librepensadores este argumento nos devuelve la alegría de una conciencia en la propia finitud que es uno de los combustibles para una vida entusiasta, habrá quien encuentre este argumento desolador. Incluso al lector que precisa creer en nuestra trascendencia infinita para mantener el ánimo, este libro aportará herramientas valiosas para entender algunos temas de la vida moderna y de la acción responsable. El lector verá aquí deshacerse sus certezas sobre algunos de los temas que más espacio ocupan en los medios de comunicación, que provocan angustias reales o latentes en su día a día, brillando con la intensidad siniestra de la destrucción: calentamiento global, extinción, agujero en la capa de ozono, reciclaje de la basura, energía nuclear, contaminación.
El autor no niega la crisis ambiental que vive el planeta, aunque relativice su gravedad. Pero sí nos asegura que las soluciones o estrategias consensuadas para enfrentar esta crisis o las innumerables crisis locales que surgen en todo el mundo como producto del desarrollo y del crecimiento poblacional de nuestra especie están presas de una resonante imbecilidad global, que confunde causas y consecuencias, que obstaculiza soluciones, que importa modelos de uno a otro lugar del mundo reproduciendo las agendas de los países dominantes en los países subdesarrollados y convirtiéndose en frenos de su crecimiento, entre otras consecuencias nefastas.
El enfoque de Latchinian es esencialmente práctico, aunque podamos encontrar una fundamentación filosófica en sus argumentos: hace del análisis de costo-beneficio una de sus herramientas básicas de abordaje del estado de la cuestión en los grandes temas ambientales del planeta. Como toda opción esta deja de lado otras, como las perspectivas basadas en la valoración existencial o ética de los temas ambientales (el derecho de todas las especies a existir, el goce estético que provee la vida misma en su «autoconciencia», la «salud» del planeta). Pero lejos de ser una limitación, esta toma de partido por un argumento económico y pragmático permite al autor hacerse presente con contundencia argumental en el campo de coordenadas en el que se debaten hoy algunos de los grandes temas ambientales: el desarrollo, la pobreza y la independencia productiva irregularmente distribuidos en los países en el mundo.
Al proponer para el abordaje de estos problemas un contrapunto entre la visión global y la acción local, que haga posible la gestión del ambiente, Latchinian retoma una fórmula del movimiento ambientalista global, desde sus saludables inicios, como movimiento político. A diferencia del enfoque tradicional, el autor subraya el papel del conocimiento, y con esto toma distancia de una acción basada en consignas políticas y no en conocimiento ajustado y técnico sobre las realidades ambientales. El enfoque es políticamente movilizador en tanto que otorga poderes al individuo, al ciudadano inserto en una comunidad, capaz de evaluar su calidad de vida y las fuerzas que la determinan y capaz de responder a estas realidades, pero reconociendo el valor del conocimiento, del experto, en el momento del diálogo con los políticos.
Y la herramienta que promueve –y he aquí su elección y posicionamiento para la acción– es la Gestión Ambiental. La revisión crítica de esta herramienta que propone en la sección final del libro será de interés tanto para el lector no especializado como para los profesionales involucrados en evaluaciones de impacto ambiental. Muchos encontrarán aquí un eco a las impresiones que suelen tener en sus propios trabajos, especialmente en los países con débil estructura institucional de América Latina. Para decirlo rápidamente y sin matices: en nuestros países, en los cuales tanto el Estado como la empresa privada o dejan de cumplir sus responsabilidades básicas con el colectivo o abusan de su poder, con frecuencia los profesionales del área ambiental, los emprendedores y el Estado juegan un juego de simulaciones burocráticas sostenido en el aparato legal, con los estudios de impacto ambiental como guión de la comedia o la tragedia.
No es poco común que biólogos y ecólogos encuentren en estos estudios, encargados por razones legales por empresas privadas o estatales, oportunidades para emprender investigaciones con suficientes recursos en ciertos ecosistemas, sin las limitaciones financieras de sus universidades o centros de investigación. Y mientras abren esas brechas para hacer en el campo aquello que les gusta por vocación hacer –colectar y catalogar especies de fauna o flora, mapear y reconocer unidades de vegetación a pie o en sobrevuelos aéreos, hacer mediciones ecológicas, químicas y físicas de cuerpos de agua, etc.–, no pocas veces saben que el trabajo que hacen servirá para un informe que será archivado después de una lectura, como requisito para obtener un permiso.
En muchos países de nuestra Latinoamérica de débiles instituciones, repito, es frecuente que el escenario de los estudios de impacto ambiental sea uno en el que emprendedores y científicos hacen posible el trabajo el uno del otro, sin que efectivamente el conocimiento termine sirviendo para regular los desarrollos sobre el terreno. Se dirá que esto no es responsabilidad de la herramienta, sino de la todavía pobre estructura institucional de nuestras democracias, y es justo decirlo. Pero un libro como este nos permite ver las deformaciones que ha sufrido la herramienta que son los estudios de impacto ambiental debido a este estado de cosas. Y al hacerlo, permite que tanto científicos como emprendedores se vean sumergidos en la realidad mayor de las estructuras políticas que les dan contexto, y sean extraídos de ese compartimiento social estanco de técnicos y empresarios en el que los inserta su trabajo, expulsados al espacio mayor de ciudadanos, de copartícipes en la construcción de nuestras formas de gobierno marcados por la libertad de disentir, de pensar, de exigir y de actuar, y a la vez por la responsabilidad por la propia inserción social.
Tenemos entre las manos un libro que abre ventanas para pensar la realidad y actuar sobre ella, que sirve para moverse en la argumentación y la acción sobre aspectos fundamentales de nuestra vida en el mundo contemporáneo. Sin duda hará que muchos lectores vean disolverse algunas de sus certezas, pero esta pérdida de referencias contribuirá a empujarlos hacia un terreno más incómodo y a la vez más fértil: el campo de los que saben que la búsqueda de la verdad y el manejo de la duda son siempre herramientas de un esfuerzo constructivo mayor, el de buscar las formas de hacer fructificar tanto lo claro como lo oscuro en la producción de nuevas realidades.
Alejandro Reig
No hay duda de que los temas ambientales se han instalado en la agenda mundial, aunque eso no es garantía de que se enfoquen de modo responsable o al menos útil para darles solución. Estos problemas se pueden abordar desde la gestión ambiental, es decir, desde una perspectiva técnica que apunte a la identificación y evaluación de causas y al diseño de soluciones específicas; desde una perspectiva político-mediática –en ocasiones hasta cinematográfica–, que tiene como mejor exponente al ex vicepresidente Al Gore, con sus giras por el mundo; o desde una perspectiva catastrofista, que promueve el anuncio de una crisis inminente y de consecuencias desastrosas, representada por gran parte del movimiento ambientalista mundial. Estos distintos enfoques coexisten y la percepción y el abordaje de los problemas ambientales suelen ser el resultado de la interacción conflictiva entre estos modos de verlos y presentarlos a la opinión pública.
El enfoque de la gestión ambiental adolece de excesivo reduccionismo: pretende desagregar los problemas en sus componentes más ínfimos entendiendo que la solución de las partes solucionará el todo. Esta fuerte influencia del método científico sobre la gestión ambiental le impide comprender que los sistemas ambientales no se comportan como máquinas, que son sistemas complejos, interrelacionados unos con otros, que requieren de un enfoque global, un tanto holístico, para explicarlos. La gestión de los sistemas ambientales requiere primero un análisis del todo para luego estudiar las partes.
El enfoque ambientalista, por su parte, se sustenta en una premisa falsa. Los augurios del desastre ambiental están en la esencia filosófica del ambientalismo: una crisis inminente, anunciada sistemáticamente desde la década de 1970 y que sin embargo nunca se concreta (entendiendo crisis como un cambio brusco y cualitativo, como una mutación, no como una transformación gradual y permanente). El dramatismo del diagnóstico ambientalista no admite medidas tenues ni gradualismos, exige acciones inmediatas y contundentes, cambios de hábitos a escala planetaria. Y esta urgencia no habilita demasiados espacios para la discusión ni la disidencia, pues cualquier distracción podrá tener consecuencias catastróficas. Así se va formando una especie de iluminismo ambiental de corte autoritario al que le ha sido revelada la verdad ambiental.
Pero aunque la crisis ambiental no llega, lejos de una autocrítica o revisión metodológica, los pronósticos catastróficos se reinventan y conquistan nuevos espacios. Así surge el enfoque político-mediático. Los grandes líderes del mundo no se arriesgan a omitir un tema como la crisis ambiental y lo incorporan al discurso político, pues ello les otorga un toque de estadistas de avanzada, y en algunos casos les permite trascender fronteras diciendo generalidades. Y el tema es bien recibido por los electores, quienes leen en ese interés la preocupación sincera de sus dirigentes por la humanidad y por las futuras generaciones, y los perciben como hombres con una visión de futuro, en fin, generosa. Y continuando este efecto en cascada de frivolización de los problemas ambientales, el enfoque ambientalista permea a los grandes organismos de cooperación internacional y se transforma en el discurso oficial, en un discurso global.
Si bien durante muchos años los problemas ambientales tuvieron un carácter fundamentalmente local y se abordaron desde los ecosistemas y las comunidades afectadas, el movimiento ambientalista del mundo desarrollado contribuyó definitivamente a su globalización. El darle una dimensión universal a cada problema ambiental del que se ocupa y un enfoque catastrófico que no admite ningún tipo de negociación ni camino intermedio, otorgó a los problemas ambientales un carácter no solo global sino moral y absolutamente urgente, sin dejar lugar para el planteo de dudas ni discrepancias.
Es decir que si se han extinguido algunas especies (tal vez muchas) por la acción humana, parece que estamos ante una extinción en masa que en algunas décadas habrá acabado con la biodiversidad del planeta. Si una central nuclear tiene un accidente se cuestionará toda generación de energía nuclear independientemente de los niveles de seguridad y de los avances de la tecnología empleada. Si se constatan daños sobre el ambiente o las personas por la aplicación de algún tipo de plaguicidas, se opondrán en forma absoluta y militante al uso de cualquier tipo de plaguicidas, lo que (como veremos) puede ser más perjudicial que beneficioso. Muchas posturas como éstas, bien articuladas pero prescindiendo de datos científicos y constataciones empíricas, fueron transformando a un ambientalismo esencialmente local, reivindicativo, casi subversivo, en una cultura planetaria, en el discurso políticamente más correcto. ¿Quién podría estar a favor de la extinción de las especies o de los accidentes nucleares? Y como broche de oro para terminar de banalizar el discurso ambiental, llegó a las plataformas políticas de los candidatos.
Así se ha ido construyendo un consenso global, un discurso con muy pocos matices entre el movimiento ambientalista, organismos internacionales, gobiernos y medios masivos de comunicación. Las problemáticas ambientales dejaron de ser pasivos que interpelaban la gestión de gobiernos y de grandes empresas, para transformarse en un discurso que anuncia una crisis en puertas y que como toda crisis nos distrae de los objetivos estratégicos y nos impide detenernos a analizar causas profundas. Se está gestando una cultura de crisis para abordar los problemas ambientales que frivoliza la gestión ambiental y no logra comprometer ninguna acción de fondo.
En este contexto de globalización ambiental, la participación social de actores locales en la solución de los problemas de contaminación se ve muy limitada, constituyendo poco más que mano de obra medianamente calificada para instrumentar políticas ambientales que no necesariamente responden a su realidad. Nos bandeamos entre discursos abstractos imposibles de bajar a tierra y la clasificación de residuos en bolsitas de colores sin ninguna contextualización. En medio del desconcierto, los problemas y conflictos ambientales siguen su curso. Los hechos demuestran que el abordaje global de los problemas ambientales con políticas diseñadas desde organismos internacionales, lejos de aportar un enfoque holístico que permita contextualizar las acciones específicas para mitigarlos o remediarlos, promueve la burocratización de las políticas ambientales y pierde de vista las causas concretas que hay detrás de cada problema ambiental.
La distracción de recursos en el mantenimiento de una gran burocracia ambiental internacional que sigue de atrás los problemas y se autoalimenta de ellos mismos, la elaboración de políticas gubernamentales que no responden a las problemáticas locales y distraen recursos escasos de los problemas verdaderamente urgentes, la construcción de paradigmas pseudocientíficos sin las necesarias constataciones y la segregación de las opiniones disidentes, son algunas de las manifestaciones negativas de esta globalización de los problemas ambientales.
Es innegable que la mundialización de las comunicaciones y de la tecnología es un avance que posibilita realizar diagnósticos tempranos, estandarizar aprendizajes y métodos, socializar experiencias y construir soluciones para problemas comunes. Sin embargo, este no es el rumbo actual de las estrategias para enfrentar los reveses que afectan a vastas regiones de la biosfera.
Hasta el momento el acercamiento práctico más adecuado para los problemas ambientales sigue siendo el análisis holístico, pero siempre en función de los casos específicos que desea resolver, como forma de comprender las leyes que los gobiernan y los procesos que se deben enfrentar. Para resolver problemas ambientales sigue siendo imprescindible la desagregación en las causas particulares que los provocan, partiendo de que cada problema ambiental es ocasionado por consumos o emisiones concretas y medibles, que se pueden identificar y gestionar a nivel local. Esto permite un abordaje temprano y un enfoque preventivo de las dificultades.
En definitiva: la contaminación no se puede resolver globalmente. La localización es un componente esencial en la definición de los problemas ambientales: la contaminación ocurre en un lugar concreto, que debe ser ubicado para combatirla. La formulación global de los problemas ambientales, la dilución de los límites espaciales, su definición inespecífica, inviabiliza un abordaje concreto y tangible, hace que estén más asociados al discurso y a la política que a la gestión y al territorio.
La gestión ambiental no se debe limitar a la ejecución obediente de los programas internacionales (que, por lo general, responden a múltiples intereses políticos y económicos, pero no a los problemas ambientales locales), más bien se debe orientar a la participación activa en la caracterización de los escollos y en el diseño de soluciones originales e innovadoras en cada realidad. Al definir los problemas ambientales en una escala planetaria, son de tal magnitud los sesgos políticos y económicos que se introducen en desmedro de un enfoque científico y objetivo, que no es posible una identificación de sus causas concretas y menos aún el diseño de estrategias para resolverlos.
La hipótesis principal de este libro es que la globalización de los problemas ambientales se ha desarrollado en una dirección perversa, que no contribuye a resolver los impactos provocados por el hombre sobre su entorno natural. Los problemas ambientales globales se han convertido en profecías catastróficas que como tales no requieren mayores constataciones científicas y que, en los hechos, terminan siendo poco más que un tópico para amenizar reuniones.
Para discutir la aplicabilidad del enfoque global se toman opiniones e hipótesis desarrolladas por científicos de distintas disciplinas, que discrepan de la «versión oficial» y que, por ello mismo, han sido desatendidas e incluso despreciadas.
En este contexto, mientras se revisan y refrendan acuerdos internacionales para frenar el calentamiento global o la liberación de gases agotadores de la capa de ozono, o para que no se extingan más especies, los conflictos ambientales siguen sucediéndose como antes, o tal vez peor. Se comentan dos conflictos ambientales emblemáticos. Primero, la contaminación de la bahía de Minamata durante las primeras décadas del siglo pasado, cuando Japón pertenecía al tercer mundo, un caso que conmovió a la comunidad científica ambiental, en el que murieron cientos de personas por contaminación con mercurio. El segundo, el conflicto binacional entre Argentina y Uruguay por la instalación de plantas de producción de pasta de celulosa en las márgenes del río Uruguay, un conflicto interesante por su vigencia, por su vinculación con los procesos de globalización y por el papel jugado por el movimiento ambientalista. Dos conflictos ambientales con casi un siglo de diferencia y muy pocos aprendizajes en el medio. Se describen como ejemplo, además, cuatro problemas ambientales globales que por diferentes motivos son representativos del conjunto de esta problemática de obediencia masiva y acrítica, en ocasiones de fascinación ante el discurso ambiental global.
Se plantean preguntas incómodas y se insinúan respuestas que discrepan de las ideas arraigadas en la opinión de la mayoría de la población y de los tomadores de decisión. Por ejemplo: ¿el calentamiento global es provocado por el hombre o es de origen natural? Y en función de ello, ¿cuánto podemos hacer para frenarlo? ¿Estamos ante un evento de extinción en masa de especies o ni siquiera sabemos cuántas especies existen? ¿Era tan grave el agujero en la capa de ozono o había muchos intereses para sustituir los CFC por otro producto de síntesis? ¿Los plaguicidas son un problema o una solución? ¿La energía nuclear es riesgosa para el ambiente y las personas o es la energía más limpia de que disponemos? En definitiva se ponen en duda algunas de las verdades ambientales más dogmáticas del momento, sean pregonadas por organizaciones no gubernamentales ambientalistas, multinacionales, gobiernos de derecha o de izquierda, y en ese contexto se discute la crisis por la que atraviesan los principales instrumentos para gestionar a nivel local los problemas ambientales.
Podemos ser responsablemente optimistas: no estamos ante el fin del mundo ni mucho menos, estamos ante problemas ambientales de distinta magnitud y todos ellos tienen solución, todos pueden ser manejados con un conjunto de herramientas de evaluación y gestión que se enriquecen y evolucionan metodológicamente. De hecho, los datos científicos evidencian que la situación ambiental del planeta no es tan mala como se la presenta y en algunos aspectos tiende a mejorar. Sin embargo la percepción de la gran mayoría de la población es la contraria, es de múltiples desastres ambientales en curso o inminentes, y esta percepción falsa se alimenta desde organizaciones ambientalistas multinacionales, desde una enorme burocracia ambiental internacional, desde gobiernos y sectores académicos, que a esta altura dependen de estos desastres ambientales para su propia supervivencia. A esta suerte de esquizofrenia ambiental de escala planetaria hemos llamado Globotomía.
Este libro solo pretende plantear una duda razonable respecto a un consenso sospechoso, tal vez echar leña a un debate que se apaga y requiere ser avivado. No es mi intención incorporarme a la troupe de los escépticos ambientales, argumentando que el medio ambiente está de maravillas y que no hay de qué preocuparse; pero tampoco deseo integrar la claque impensante que celebra el dudoso consenso y las predicciones apocalípticas promovidas desde algunos organismos de Naciones Unidas y parte del movimiento ambientalista. Si estas páginas contagian estas dudas o contribuyen a movilizar el espíritu crítico y la curiosidad del lector, el objetivo se habrá cumplido.
«Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé… En el quinientos seis y en el dos mil también.»
Cambalache,
Enrique Santos Discépolo
Los primeros mamíferos del género Homo aparecieron en la Tierra (seguramente en el continente africano) hace unos pocos millones de años, muchos millones después de que desapareciera el último dinosaurio. Dentro de este género, el hombre (Homo sapiens sapiens) apareció apenas 50 o 60 mil años atrás, cuando las condiciones ambientales eran esencialmente iguales que ahora, y rápidamente se dispersó por todo el planeta abandonando su estado de salvajismo y de sumisión a su entorno. Desde la prehistoria sus capacidades especiales le permitieron modificar profundamente el ambiente.
El control del fuego, el cultivo de plantas y la domesticación de animales herbívoros favorecieron la destrucción de la vegetación natural, el sobrepastoreo y la erosión. Pero mientras las poblaciones eran pequeñas, con las tecnologías y herramientas rudimentarias y consumos moderados, el impacto sobre el ambiente fue solamente local y el medio tuvo la capacidad de restablecer las condiciones originales con facilidad.
Pero la agricultura se desarrolló rápidamente (dos mil años a.C. ya existían calendarios de riego para campesinos). Desde entonces, la forma de relacionarnos con el ambiente ha ido evolucionando desde el temor y el respeto del hombre primitivo por las fuerzas de la naturaleza a la conquista del fuego y el mandato divino de dominar el mundo y reproducirnos indefinidamente, luego la valorización del ambiente en función de su capacidad de producir bienes y servicios, pasando por los ensayos de acabar con la explotación del hombre por el hombre en base a la explotación de los recursos naturales. Y llegamos a tiempos en que los impactos ya no son solo locales ni transitorios, y la resiliencia de los ecosistemas no es suficiente para amortiguar los daños ambientales y regenerarse hasta alcanzar su estadio primario.
En definitiva, la vinculación del hombre con el medio siempre estuvo dirigida al uso, al consumo, a la extracción, asumiendo en los hechos que el ambiente es infinito, que los recursos naturales son inagotables, que el entorno tiene la capacidad de absorber cualquier emisión humana y restablecer las condiciones originales. Pese a que se viva en forma culposa, la conquista es inherente al hombre. Claro que en temas ambientales es una conquista contradictoria, pues en la medida en que el desarrollo tecnológico nos permite apropiarnos de la naturaleza nos hace más dependientes de ella y su agotamiento promete dejarnos en peores condiciones que al inicio de la carrera. Pero igual continuamos en la carrera, pues es inherente al hombre, y sobre este desarrollo tecnológico funcional a la conquista de la naturaleza se fundó la modernidad y toda la mitología del progreso que desencadenó la Revolución industrial, punto de quiebre en las relaciones del hombre con su entorno. El desarrollo de las ciencias, la política y la economía consideran a la naturaleza como un reservorio de recursos a explotar.
Esta peligrosa percepción de la infinitud ambiental sirvió hasta que a fines del siglo XIX los efectos de la Revolución industrial transformaron en cloacas a varios ecosistemas emblemáticos de la vieja Europa. Cloacas de donde la gente extraía agua para consumo, por lo que los impactos sobre la salud de las personas no se hicieron esperar: miles de muertos en forma directa por la contaminación del aire y del agua, por la sobreexplotación de los recursos naturales. La niebla asesina, el agua venenosa se apoderaban de distintas capitales de Europa cobrando vidas. Comenzaban los conflictos ambientales de la era industrial. Así, las epidemias y muertes provocadas por la contaminación ambiental ya ocurrían cien años antes de los pronósticos de una crisis ambiental.
Y la población mundial siguió aumentando, como bacterias en una cápsula de Petri en la fase exponencial, en que los nutrientes parecen infinitos. Pero en la fase final las colonias bacterianas declinan estrepitosamente cuando los recursos se agotan. En cambio, la población mundial continuó creciendo (evidenciando un comportamiento más parecido a virus que a bacterias), y mejoraron las tecnologías extractivas, el uso de combustibles fósiles y los niveles de consumo por habitante.
Los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial implicaron redireccionar los nuevos desarrollos tecnológicos del período bélico y la tremenda capacidad productiva construida durante la guerra hacia finalidades de desarrollo económico y social. Computadoras, antibióticos, vehículos, plaguicidas, se masificaron en el mercado mundial y se incorporaron a los hábitos de consumo planetarios.
A mediados del siglo pasado ya existían indicios de que el hombre había incidido en cambios de escala planetaria, a nivel de la atmósfera, del suelo y del agua. Estos efectos de alcance global llevaron a que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente (Estocolmo, 1972) sentara las bases institucionales de una ciencia ambiental aplicada. Allí se discutió la relación directa entre desarrollo (y subdesarrollo) y medio ambiente y surgió la famosa definición de desarrollo sustentable que regiría la gestión ambiental hasta nuestros días: «… que el uso que hagamos de los recursos naturales no ponga en riesgo la disponibilidad de esos recursos para las futuras generaciones»[3]. Veinte años después, la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992) estableció los parámetros de la gestión ambiental moderna a partir de compromisos y programas internacionales de acción, además de mecanismos de normalización que buscaron armonizar el desarrollo (producción, comercio y consumo) con la preservación ambiental.
Una década más tarde, en 2002, vino la cumbre «Río+10» en Johannesburgo, donde continuó el debate pero sobre todo donde se consolidó el enfoque global de los problemas ambientales, con una desproporcionada relación entre lo global y lo local[4].
La dilución de las fronteras geopolíticas y el alcance mundial de procesos que antes eran locales o regionales es lo que comúnmente se conoce como mundialización. Pero si a esta definición, que es en esencia geográfica o espacial, la cargamos de contenidos económicos e ideológicos, hablamos de globalización[5].
Cuando se habla de problemas ambientales globales se hace referencia a aquellos efectos de las acciones humanas que por su alcance o magnitud han llegado a afectar a una zona amplia de la biosfera. Estos problemas se caracterizan por ser acumulativos, en muchos casos irreversibles incluyendo sinergias y reacciones en cadena. Se trata de efectos en los que, si bien responden a la acumulación de múltiples causas locales, no siempre se pueden identificar las fuentes específicas que los provocan[6].
Tan importante como la gravedad de los problemas ambientales globales en sí es que implican un cambio sustantivo en la metodología de análisis y de gestión y en el diseño de respuestas. Los problemas ambientales globales requieren para su solución de amplios consensos y articulaciones, de la cooperación internacional, pues aparentemente es imposible abordarlos desde «lo local»: los problemas ambientales globales requieren actuar globalmente. Esto podría ser visto como la necesidad de un enfoque holístico de la problemática ambiental, pero también es cierto que este enfoque entraña una devaluación de la toma de decisiones locales.
Existen varias listas internacionalmente aceptadas de problemas ambientales globales, y esto se debe a que en muchos casos no se puede delimitar con precisión cuándo un efecto ambiental trasciende ámbitos locales para conformar un efecto global. Una lista bastante comprensiva podría estar integrada por:
Cambio climático y calentamiento global.
Destrucción de la capa de ozono.
Pérdida de biodiversidad.
Crisis energética y crisis alimentaria.
Contaminación de los océanos.
Escasez y mal uso del agua.
Degradación de suelos fértiles y desertificación.
Destrucción de selvas y bosques tropicales.
Lluvia ácida.
Acumulación de desechos tóxicos.
Sin duda esta lista es incompleta, pero la omisión más clara es la de efectos globales sobre el medio antrópico, es decir, sobre elementos propios y exclusivos del hombre, de su cultura; aspectos vinculados a hábitos de consumo, de alimentación y de pobreza, a procesos de urbanización, entre tantos otros. Solo nos referiremos a efectos globales sobre el medio natural, en el entendido de que existe una relación de causalidad directa entre el deterioro del medio natural y del medio antrópico.
Será suficiente discutir, a modo de ejemplo, los cuatro primeros problemas ambientales de la lista anterior, que son comunes a la mayoría de las listas y contienen todas las características que definen a los problemas ambientales globales. De estos cuatro problemas ambientales globales, la destrucción de la capa de ozono estuvo en el tapete durante la década pasada, el calentamiento global está desde hace varios años en primera plana, pero su éxito mediático está siendo desafiado por la problemática socioambiental del petróleo y la crisis energética, y muy posiblemente la pérdida de biodiversidad sea el problema ambiental de la próxima década. Como veremos más adelante esta secuencia es relevante.
Una tendencia destacable es que desde hace algunos años los problemas ambientales globales (calentamiento del planeta, adelgazamiento de la capa de ozono, pérdida de biodiversidad) tienden a ocupar lugares muy destacados en las agendas de gobiernos, sociedad civil, organismos de cooperación, en las entregas de premios (sean Oscar o Nobel), desplazando a los problemas ambientales locales, que sin duda son menos mediáticos (acumulación de residuos sólidos, contaminación acústica, emisiones atmosféricas, efluentes urbanos e industriales, entre otros). Aunque obviamente no hay una contradicción entre problemas globales y problemas locales, sino una clara relación de causalidad, sin embargo los primeros tienden a desplazar a los segundos de la atención pública.
Cerda y Cúneo[7], en su trabajo de Atención Primaria Ambiental (APA) de la Organización Panamericana de la Salud, describen los problemas ambientales locales que son padecidos todos los días por miles de millones de personas, a quienes nadie les tiene que contar acerca del olor de los basureros, del ruido del tráfico, ni de bañarse en una playa contaminada con aguas cloacales. Sin embargo, los problemas ambientales globales, que se ven por televisión en forma de desastres en lugares que posiblemente nunca serán visitados por el televidente, tienden a preocupar cada vez más a la opinión pública.
En parte, este fenómeno de globalización de temas ambientales responde a la constatación empírica del deterioro ambiental global provocado por modelos de producción y hábitos de consumo insostenibles, que tal vez, como propone el químico atmosférico James Lovelock[8], en su teoría Gaia, ponen en riesgo la vida en el planeta tal como la conocemos hoy. Pero esta globalización de la problemática ambiental provoca otros efectos: deja al descubierto la existencia de agendas ocultas de corporaciones dentro de los organismos de crédito y de cooperación, evidencia la frivolidad de parlamentos y gobiernos que adoptan temas de moda para elaborar políticas de Estado sin más fundamentos que las noticias que aparecen en la prensa y la televisión, muestra indicios de la formación de una gran burocracia ambiental internacional que corta transversalmente a la sociedad y que parasita estos problemas ambientales globales, entre otros.
¿Es del todo cierto que la humanidad se encuentra al borde del precipicio o se trata de otra de las tantas profecías del fin del mundo, en este caso respaldada por la globalización de las comunicaciones y la falta de diversidad en las opiniones? Y de ser ciertas las calamidades anunciadas, ¿será suficiente andar más en bicicleta y usar desodorante corporal en barra o habrá que hacer alguna otra cosa? ¿Y las responsabilidades serán iguales para todas las sociedades o habrá algunas que deberán rendir cuentas primero? Acerca de estas preguntas discutiremos en los próximos capítulos.
La globalización de las comunicaciones como fenómeno de concentración y pérdida de diversidad ha permitido la construcción de una opinión pública unánime respecto de distintos tipos de problemas, con cierta prescindencia de la demostración científica de esos problemas, o en otras palabras, la fabricación de certezas y temores en la opinión de millones de personas[9]. No significa esto que no exista una base científica en el análisis de los problemas ambientales globales, pero sería deseable que cuando vamos a extraer conclusiones de alcance planetario, contemos con algunas certezas y sobre todo con un debate abierto y plural.
La amplia mayoría del público está absolutamente convencida de que el calentamiento del planeta se debe a las emisiones atmosféricas provocadas por el hombre, de que la capa de ozono se reduce por la misma causa, el precio de los alimentos sube porque se emplean vegetales cultivados para producir biocombustibles y las especies animales y vegetales se están extinguiendo aceleradamente también por la acción humana. Más aún, los organismos internacionales de cooperación o de crédito (desde Naciones Unidas hasta el Banco Mundial) encargados de estos asuntos son reticentes a discutir estos diagnósticos de causalidad antrópica para todos los males ambientales, y alertan de que poner en duda nuestra responsabilidad criminal en esos problemas ambientales globales sería retroceder décadas en la discusión, cuando esto ya fue «acordado».
El mayor perjuicio de este enfoque globalizador es que los problemas ambientales globales se transforman en construcciones sociales, en acuerdos entre partes, con los medios de comunicación como principal instancia de validación empírica, sin requerir constataciones objetivas en el campo de las ciencias ambientales.
En este contexto, los problemas ambientales globales sirven de marco y justificación para cualquier efecto o desastre sin demasiada necesidad de buscar causas concretas y específicas. Si un huracán provoca un efecto devastador en una ciudad costera y asumimos que la causa del desastre es el cambio climático, como una suerte de venganza de la naturaleza, nos exoneramos de investigar las causas concretas sobre las que seguramente podemos incidir (ordenamiento ambiental del territorio, mantenimiento preventivo de infraestructuras, sistemas de alerta temprana, etc.). Si las intensas lluvias provocan un deslave que arrastra la ladera de un cerro y sepulta cientos de casas, para un gobierno es mucho más cómodo hablar de calentamiento global que de la falta de controles en la localización y calidad de las viviendas, de la modificación hidrográfica por impermeabilización del suelo y por pérdida de la cobertura vegetal, entre otras causas que lo responsabilizan directamente. Estos desastres «naturales» ocurrieron siempre, solo que ahora son culpa de otro.
