El Ancla de la Misericordia - Pierre Mac Orlan - E-Book

El Ancla de la Misericordia E-Book

Pierre Mac Orlan

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Situada en Brest en 1777, "El Ancla de la Misericordia" (1941) tiene como protagonista un muchacho embelesado por la promesa de la aventura que le hace el mar vecino, pero destinado, pese a su origen plebeyo, a ingresar en una escuela militar. A lo largo de sus páginas, recuerda los meses cruciales en su existencia en los que se ve envuelto en diversas peripecias en las que participan un forajido con peligrosas amistades, el fantasmal y temido pirata Petit-Radet y los vecinos y pescadores de Brest y alrededores, entre los que destaca, como espejo y mentor, el instruido, afable y viajado cirujano naval Jerôme Burns. Teñida de un hálito oscuro, en esta inolvidable novela de formación tanto como de aventuras, Pierre Mac Orlan (1882-1970) da una vuelta de tuerca a su modelo e inspiración -"La isla del tesoro", de Stevenson- en un admirable ejercicio que la encumbra como una de las mejores obras de ambos géneros.

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Seitenzahl: 330

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Pierre Mac Orlan

El Anclade la Misericordia

Traducción deJuan Manuel Ibeas-Altamira

Índice

Nota del traductor a esta edición

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Nota del autor

Glosario

Créditos

Nota del traductor a esta edición

El ancla que se llama en francés «de miséricorde» se denomina, en castellano, «de la esperanza», y así es como se tradujo en la primera edición de esta traducción (Vitoria-Gasteiz, Ikusager, 2005). Sin embargo, comoquiera que los conceptos «misericordia» y «esperanza», pese a pertenecer a campos semánticos próximos, no son en absoluto intercambiables, y que el primero desempeña un papel ciertamente no despreciable en el conjunto de la novela, en esta edición se ha optado por una traducción literal aun a sabiendas de que, en castellano, como se ha dicho, no es exacta.

Uno

Vivíamos en la parte baja de la calle de Siam, así la llamaban desde hacía casi un siglo. Mi padre, Jean-Sébastien Morgat, ejercía la profesión de proveedor de barcos y la puerta de nuestra tienda no se hallaba lejos de las orillas del Penfeld, abarrotadas de cajas de municiones, toneles de pólvora y de maniobras°1 recién tramadas en la cordelería de la cárcel.

Era el comienzo del año 1777, y yo, Yves-Marie Morgat, era un adolescente de dieciséis años, bajo y robusto como buen bretón. Tenía los ojos azules, la cabellera castaña oscura y los dientes blancos como los de un buen comedor de crepes de trigo negro.

La tarde de enero en que da comienzo esta historia, volvía yo a las cinco del colegio de los jesuitas, donde estudiaba matemáticas y geometría para ingresar en una de las seis escuelas de artillería que proporcionaban oficiales a los regimientos de Metz, de La Fère, de Estrasburgo, de Grenoble, de Besançon, de Auxerre y de Toul.

Hacía un frío muy intenso y yo había abandonado el sombrero de tres picos para ponerme el gorro tejido con lana azul de los hombres de Goulven. Con las manos en los bolsillos del traje, la nariz roja y las orejas ardiendo bajo el gorro, bajaba a paso ligero en dirección a Kéravel dejando la cárcel a la derecha antes de alcanzar la cálida tienda de mi padre y la sopa de las noches, cuyo aroma parecía venir a mi encuentro.

Kéravel era el barrio pobre que se extendía entre la cárcel y la calle de Siam, donde vivíamos. Tomando para volver aquellas callejuelas oscuras y malolientes, desobedecía a mi padre y a Marianne Treviden, nuestra vieja criada, cuya imaginación poblaba aquel barrio con mil demonios de rostro humano. En realidad, no se equivocaba para nada. La proximidad de la cárcel daba a esas calles cubiertas de inmundicias y flanqueadas por tabernas de mala fama un carácter bastante peligroso, que no me preocupaba demasiado a causa de mi edad y de una cierta osadía de temperamento que había heredado del hermano de mi madre, fallecida el mismo día de mi nacimiento. Mi tío había mandado una compañía de un regimiento de la desaparecida Compañía de las Indias hasta el día en que había encontrado la muerte luchando por el honor de nuestras lejanas posesiones. Yo conservaba preciadamente en un armarito su gola y su cucarda; su espada, su fusil y su espontón estaban colgados encima de la chimenea del comedor. Era, sin duda, el recuerdo de aquel tío lo que me había impulsado a estudiar para hacer carrera en la artillería, pese a mi origen plebeyo. Yo había tomado partido ya por los “azules” partidarios de monsieur de Gribeauval, al que ponía como guía de todas mis acciones. En aquella época, la gran disputa entre los rojos, partidarios de las viejas tradiciones, y los azules, partidarios de los nuevos principios inspirados por monsieur de Gribeauval, hallaba eco entre las filas de los veinte alumnos del colegio que se preparaban para las escuelas de artillería2.

A decir verdad, en ese momento en que corría saltando por encima de los montones de basura que obstruían la estrecha calzada pavimentada con peligrosos guijarros no pensaba para nada en las sutilezas de la geometría de Euclides. Simplemente, esperaba encontrarme de camino al llamado Jean de la Sorgue3, que oficialmente ejercía la poco recomendable profesión de presidiario y, para mí, la mucho más deslumbrante de escultor. Jean de la Sorgue era hábil tallando en madera soldaditos que a continuación pintaba con arte, respetando amorosamente todas las particularidades de los uniformes. Yo poseía ya una hermosa colección de esas figurillas, desde los guardiamarinas con calzón rojo a los fusileros y granaderos del regimiento de Karrer que, en aquella época, tenían la guarnición en los nuevos cuarteles construidos recientemente delante de los severos edificios de la gran cárcel de Brest.

Que un chico de cuidada educación, como lo era yo, pudiera frecuentar tales hombres no deja de parecer sorprendente. No era menos cierto que los presidiarios mejor considerados se mezclaban a veces con la población de la ciudad bajo la vigilancia de cabos de vara bastante indulgentes. Llevaban a cabo los trabajos de limpieza. Y como algunos de ellos eran artesanos de una habilidad sorprendente, los más respetables burgueses no tenían reparos en utilizar sus servicios, que podían ser parcamente retribuidos.

En la esquina de una callejuela iluminada por un farol cuya luz era de candil adiviné en la sombra la alargada silueta que me era familiar. El hombre silbó suavemente. Atravesé la callejuela de un salto para caer con los pies juntos en un charco de agua embarrada.

—¡Eh! ¡Cuidado, Petit Morgat!

Siempre me llamaban Petit Morgat para distinguirme de mi padre: el Gran Morgat.

—¿Qué tal, Jean de la Sorgue?

—Bien. Escucha, Petit Morgat, he esquivado a los vigilantes para decirte esto: si oyes hablar de Petit-Radet cuando el padre Kilvinec venga a vender pescado a tu viejo… a tu padre, júrame que me avisarás poniéndome una nota en un papel que dejarás bajo esta piedra… sin que te vean, ¡eh! Sobre todo sin que te vean, Petit Morgat.

—¿Qué he de escribir en la nota?

—Simplemente esto, según lo que sepas: «Se habla un poco, para nada o mucho».

—¿Me darás el capitán de navío que tallabas el otro día?

—Por supuesto, Petit Morgat, con un soldado de primera del regimiento de Castellas que ha de venir próximamente a acuartelarse aquí para reemplazar al regimiento de Karrer, que debe desaparecer.

—¿Y por qué?

—Ya te lo diré, ya te lo diré… más tarde. Debo volver al Gran Colegio. Adiós, Petit Morgat: el mensaje en la piedra y el soldado en tu bolsillo.

El hombre se fundió en la noche. Escuché… Oí de nuevo el silbido de Jean de la Sorgue, al que respondió una especie de pequeño chillido que podía ser el de un pajarillo o una rata. Volví a meter las manos en los bolsillos y emprendí el camino de vuelta a casa. En un par de saltos estuve en la calle de Siam, recorrida por un viento helado que venía del oriente. Vi a lo lejos nuestra muestra que se balanceaba al viento. Me pareció más hermosa que un lucero, ya que el camino de la felicidad cálida y dulce conducía allí, ante la mesa redonda en que la sopera blanca de cerámica humeaba deliciosamente. Tenía hambre, pronto sería dueño de una bonita figurilla que añadir a mi colección, mis notas del colegio podían alegrar a mi padre y el siguiente domingo iba a ponerme por primera vez, antes de la misa en la iglesia de Saint-Louis, a la que aún había que construir la fachada, una bonita chaqueta de paño marrón al estilo de París. Empujé la puerta con el hombro alegremente, lo que sobresaltó a la vieja Marianne que cortaba un pan de azúcar en el mostrador.

—¡Al diablo con este crío! ¡Me ha helado la sangre! ¡Pues vaya!

Abracé a Marianne haciéndole dar una vuelta sobre sí misma como a una marioneta.

—¡Déjame… diantre!

—Tengo hambre, Marianne. Quiero sopa, pan, tocino, coles y sidra…

Apunté la nariz en dirección a la cocina:

—Y crepes.

—No hay crepes que valgan.

—¡Oh! Marianne, me desesperarías si creyera una sola palabra de lo que me dices.

En ese momento entró mi padre en la tienda. Le salté al cuello:

—Padre, soy el número dos en las notas del colegio.

—Está bien, está muy bien, Yves-Marie, ahora estoy convencido de que llevarás la casaca azul y la espada.

Tomamos asiento ambos ante la mesa cubierta con un mantel blanco y mi padre dijo el benedícite antes de sentarse.

Quería a mi padre más de lo que otros niños quieren a los suyos, ya que había comprendido su inteligencia y los matices más secretos de su sensibilidad.

—Padre, el abate Munien nos ha hablado de Horacio. ¿Me podríais prestar vuestro ejemplar? Y además quisiera un compás de proporción y un tiralíneas. Hemos empezado un plano de fortificaciones, según los principios del señor marqués de Vauban. El abate Munien nos ha dado como tema la defensa de Brest contra un enemigo proveniente del norte.

—¿Te sientes capaz de hacerlo? —dijo mi padre.

—¡Hombre, claro!

—Pronto me pedirás un cañón. ¿No debería cambiar nuestra vieja muestra El Ancla de Coral por una nueva, más adaptada al genio de mi hijo? ¿Qué dirías de estas palabras pintadas en una banderola atada en torno a una granada: El Artillero Filósofo?

—Diría que os burláis de mí, padre.

—No lo pretendo para nada. Tendrás tu caja de compases.

Mi padre me siguió hablando de los pequeños sucesos del día. Había vendido un compás marino a monsieur de Kergoes, un tonel de bacalao salado a los hermanos Peunteun, Kilvinec había venido de Le Conquet con un congrio gigante de un tamaño sorprendente…

Ante esas palabras, no pude evitar interrumpir a mi padre porque la pregunta de Jean de la Sorgue me volvió de repente a la memoria:

—¿Qué os ha contado Kilvinec?

—Dios mío, nada de sustancia. Se queja siempre. Ha faltado el pan en la isla durante dos semanas. Nadie quería atravesar la corriente4. Me ha dicho que había venido a tierra sólo para comer pan. Le hemos ofrecido de comer y se ha quedado una hora larga en la tienda charlando con monsieur Sheffer, el tambor mayor del regimiento de Karrer. Parece que Kilvinec sabía tocar el tambor en su juventud y monsieur Sheffer pareció halagado de encontrar un aficionado tan instruido en las cosas de su arte.

—¿Y Kilvinec no dijo nada más?

—No creo —respondió mi padre—. La conversación de este buen hombre es bastante simple… ¡Marianne! Me ha parecido oír hablar de crepes esta mañana…

—Si el hijo tiene buena nariz, el amo tiene buen oído… Dejadme el tiempo de cambiar los platos.

Mientras me comía las crepes rebozadas en el azúcar cogidas entre dos dedos, recordaba la misteriosa pregunta de Jean de la Sorgue. ¿Qué le respondería? «No se habla para nada.» Tal era la fórmula impuesta por el compañero disimulado entre las sombras de una casucha de Kéravel.

Pero poner la nota bajo una piedra cómplice me hacía latir el corazón con deliciosa angustia. La aventura que soplaba de alta mar penetraba familiarmente en nuestra tiendecita. Cuántas veces la había buscado entre los objetos seductores que llenaban los estantes y escaparates. Se escondía detrás de los aparejos, los compases marinos, los astrolabios, la cuchillería de a bordo, los barrilitos de pólvora de cañón, las cajas de carne adobada, los sacos de habas, las cajas de cuatro especias decoradas con imágenes encantadoras que representaban a un marinero del rey fumando una larga pipa en presencia de una joven negra vestida con una enagua de plumas multicolores. El olor del tabaco llenaba la tienda y se mezclaba con el del café, cuyo uso empezaba a expandirse entre los sibaritas. A mi padre le gustaba esta infusión olorosa y se decía que un gran albergue del barrio de los Sept-Saints pronto se especializaría en la venta de este delicioso brebaje que nuestro cliente el caballero de Pinville comparaba con el licor de los dioses del Olimpo.

La aventura por sí sola perfumaba para mí toda la tienda paterna. A ciertas horas la veía nacer en la colección de soldados y de marinos tallados por Jean de la Sorgue. En otros momentos subía como un blanco fantasma desde la vitrina en que mi padre había reunido una docena de rolling-pins que unos marinos ingleses le habían traído de Plymouth, junto con unas pipas de arcilla blanca adornadas con una fragata° y cuya larga boquilla estaba pintada de rojo en el extremo. Los rolling-pins me encantaban. Eran unos tubos de cristal de Bristol azul, decorados por marineros con pinturas frescas e inocentes. Introducían en aquellos frágiles estuches las cartas para sus amadas y los lanzaban a la mar al pasar a la altura de un puerto de su país. La marea se encargaba de este preciado envío y lo conducía a la orilla. Esos hermosos objetos cautivaban mi atención y mi pensamiento. Cuando los cogía los manipulaba con el mayor respeto. Mi padre apreciaba mucho aquella posesión y toda la gente con gusto de la ciudad venía a verlos.

Junto a aquellos rolling-pins estaban ordenadas cajas y figurillas talladas y pintadas por Jean de la Sorgue, quien se las dejaba en depósito a mi padre. Su venta le servía para mejorar el régimen de la cárcel, del Gran Colegio, como decía él. Jean de la Sorgue no era un miserable sin corazón. Más bien al contrario, se mostraba como un hombre afable que, a veces, no carecía de distinción. Como ya he dicho, los mejores entre los presidiarios eran empleados en trabajos urbanos, a veces a cargo de contratistas de la ciudad. Los conocíamos un poco y, aunque su pasado permanecía siempre en el misterio, no podíamos evitar sentir verdadera piedad por ellos. Cuidadosos de conservar sus privilegios, se comportaban con honradez. Cada mañana, al abrir la ventana, antes de irme al colegio, veía a Jean de la Sorgue y a tres de sus compañeros que escoltaban un volquete de desperdicios puestos en montón al borde de la calzada. Un cabo de vara, al que llamábamos El Frambuesa a causa del color de su nariz, los vigilaba con las manos a la espalda y la espada junto a las piernas.

Jean de la Sorgue miraba siempre a mi ventana y cuando yo aparecía me hacía un discreto gesto con la cabeza que quería decir: «Buenos días, Petit Morgat, pronto te traeré alguna cosa que te va a gustar».

Cuando Jean de la Sorgue entraba en la tienda de mi padre con la complicidad del cabo de vara o de su segundo, yo bajaba a verle. También él me parecía un mensajero de la Aventura. Yo no le juzgaba ni para bien ni para mal. Para mí era un ser sobrenatural, nacido de los libros. Creo saber que había sido condenado de por vida por haber servido en una embarcación que ondeaba la bandera negra durante el fin del reinado de Luis XV… A decir verdad, ni mi padre ni yo sabíamos nada concreto. Pero parecía cierto que Jean de la Sorgue había navegado, ya que hablaba de todas las cosas que concernían a la navegación con la autoridad que da la experiencia profesional.

Ni siquiera Marianne juzgaba a Jean de la Sorgue. Ella le reñía si se presentaba la ocasión y le trataba de malhechor. Entonces Jean de la Sorgue fingiendo confusión, respondía: «Oh, Madame Treviden, ¿por quién me tomáis?».

Claro está que Jean de la Sorgue no era para mí un amigo. Era una cosa menos real y, sin embargo, más emocionante: un misterio de apariencia inofensiva.

Volviendo al final de ese día, acabada la cena, di un beso a mi padre y subí a mi habitación con el fin de estudiar las lecciones y traducir un texto de Columela que no me gustaba nada.

Después de haber encendido la lámpara de aceite me senté ante la mesa y allí, con la cabeza entre las manos, los codos apoyados en el libro, me sentí bien, como un joven rey en el corazón de su reino, ante un mapamundi comprado en París en 1762, en casa del autor, calle de la Harpe, por el hermano de mi padre, capitán en un regimiento de la Compañía de Indias. Ante mí, la cama bien hecha, bien blanca, de vieja madera de Quimper; a la derecha, cuatro baldas cargadas de libros; a la izquierda, otras baldas donde ostentaba el lugar de honor la obra maestra de Jean de la Sorgue, un navío de línea provisto de pequeños cañones de bronce. Todo esto componía, con dos sillas de paja, el mobiliario de la habitación. Si abría la ventana, percibía la agitación del Penfeld y oía los gritos de los cabos de vara que dirigían a la chusma, y más lejos, hacia el castillo, el tambor de los granaderos de Karrer que tenían allí el cuartel.

En seguida sentí la imposibilidad de interesarme por mi agrícola autor. La frase pronunciada por Jean de la Sorgue resonaba en mis oídos. Tomé una hoja de papel en blanco y escribí en grandes letras mayúsculas, no sé por qué, la frase convenida: Nadie habla de él. Tras lo cual quise retomar mis ocupaciones. Mis esfuerzos fueron vanos. ¿Quién era ese Petit-Radet, cuyo nombre no se me hacía desconocido? ¿Dónde había oído ese nombre por primera vez? Decidí hablar de ello al día siguiente con mi padre.

Incapaz de quedarme sentado en la silla, me levanté y abrí la ventana. El aire frío entró en la habitación. Me apresuré a volver a cerrar la ventana y atizar el leño que terminaba de consumirse en la chimenea, demasiado grande para lo exiguo de la pieza. Siempre dejaba apagarse el fuego antes de deslizarme entre las sábanas.

De repente, la idea de Petit-Radet se precisó en mi pensamiento. Se hizo brillante de súbito como un fanal en la noche. Petit-Radet navegaba bajo la bandera negra de los caballeros de fortuna. Aún no tenía yo diez años cuando había oído su nombre por primera vez. Se decía que era de Groix. Había saqueado los mares del Nuevo Mundo, perseguido por todas las marinas reales de nuestro continente. El rumor de sus hazañas, a decir verdad, no nos había llegado más que por ser de donde éramos. Prestábamos poca atención a los acontecimientos que tenían lugar lejos de nosotros y América no nos interesaba más que por los rumores, bastante vagos, que dejaban entrever una próxima guerra con Inglaterra.

Estaba en ese punto de mis meditaciones sobre las cualidades de ese detestable pirata, cuando me pareció oír un ruido de pasos en la calle. Presté atención y no dudé más de mi impresión. El paseante nocturno se esforzaba incluso en andar lo más suavemente posible. Y aquello no parecía honrado.

Un choque contra los cristales hizo que me sobresaltara. Abrí la ventana de par en par y me incorporé para ver toda la calle de Siam. En ese momento una sombra se alargó sobre la calzada, iluminada por un farol. Vi moverse un brazo en la noche y una piedrecilla envuelta en una hoja de papel blanco cayó a mis pies.

Volví a cerrar la ventana y, con las manos bajo el quinqué, leí estas palabras: «Procura enterarte, Petit Morgat». Una carrera furtiva en la calle me advirtió de que el extraño mensajero huía.

1. Los términos acompañados a continuación del signo ° remiten al glosario que figura al final del volumen. (N. del E.)

2. Alusión a la disputa que se entabló a mediados del siglo xviii, en el seno del arma de artillería, entre los partidarios de Jean-Baptiste Vaquette de Gribeauval (1715-1789), renovador de la técnica de producción y el uso de sus armas, y los partidarios de su uso tradicional como instrumento de defensa y asedio, perfeccionado por Jean-Florent de Vallière (1667-1759), y que halló reflejo en la uniformidad de los soldados, que pasó de ser de color rojo a color azul a partir de 1765. (N. del E.)

3. Sorgue: la ‘noche’, en argot. (N. del T.)

4. Véase la nota de la p. 209. (N. del E.)

Dos

Las puertas del colegio se abrieron para dejar pasar a los escolares. Los más pequeños gritaron todos a la vez en cuanto pudieron correr por los adoquines de la calle. Aquel espectáculo alegraba a los soldados de Karrer que, a horcajadas en los bancos, los unos detrás de los otros en el patio del cuartel, trenzaban sus coletas y se untaban los cabellos con cosmético. Estaban con uniforme de cuartel, es decir, tocados con el pokalem5 y con la chupa vuelta, el forro de tela gris hacia fuera. Actuaban así con el fin de preservar sus vestimentas, ya que el coronel era considerado estricto. Ante la verja, un fusilero hacía guardia con el uniforme completo: casaca roja con cuello azul y chupa azul con botonadura con alamares blanca. Un cabo, el fusil de munición entre las piernas, dormitaba en un banco envuelto en un gran capote de garita. En cuanto a nosotros, el frío nos amorataba las orejas y la nariz, y nos maravillábamos de la resistencia de los suizos de aquel regimiento de infantería colonial. Los veinticinco últimos regimientos de infantería vestidos de blanco que aseguraban el servicio de las colonias antes de 1772 habían sido reemplazados por ocho regimientos, algunos de ellos extranjeros. Karrer y Castellas eran suizos. El primero tenía guarnición desde hacía poco en la ciudad tras haber permanecido largo tiempo en Rochefort.

Al salir del colegio, con los libros bajo el brazo atados con una correa, vi a Nicolas de Bricheny que me esperaba soplándose los dedos y pateando de frío.

Nicolas de Bricheny, hijo de Nestor de Bricheny, dependiente del Almacén general de la Marina, era mi mejor amigo. Estudiaba para ser pintor, como Jean-Honoré Fragonard, a quien admiraba por ser sensual y de corazón frágil. Era un gran chico rubio de nariz larga; era pendenciero como un guardia francés y servicial en igual proporción, lo que no es poco. De noche iba a la ciudad llevando espada y provocando chismorreos que le llenaban de satisfacción, porque él se decía noble: caballero de Bricheny. Aquello parecía posible aunque su excelente padre no hiciera gala de esa particularidad para nada. Bricheny era valiente y alegre. Entre esbozo y esbozo intentaba cortejar a Manon de Gwened, también conocida como Manon de Vannes, que servía a los oficiales de la Marina Real en el establecimiento del Brûlot Fournier. A través de Manon sabíamos todo lo que queríamos saber, ya que aquella amable chica, nacida en una familia muy piadosa, estaba mejor informada de los sucesos del día que los exentos6 de la policía. Sabía escuchar y retener tanto lo bueno como lo malo. En esa época Manon tenía diecisiete años, la edad de Nicolas. Más tarde ella había de recorrer su camino y morir muy joven, un día abominable, maldita a ojos del cielo.

Nicolas de Bricheny me esperaba porque le había hecho avisar a través de la encantadora Manon aquella misma mañana, cuando había pasado por delante del Brûlot Fournier, cuyas puertas daban a la calle de Siam, cerca de nuestra tienda. Mi padre frecuentaba aquel café, como se decía ya, para degustar su licor favorito y encontrarse con sus amigos: el capitán Joachim Goas y monsieur de Forster, teniente en el regimiento de Karrer, viejo oficial tuerto, malhumorado y servicial. Yo conocía bien a esos señores por mediación de mi padre, igual que conocía a Manon por mi amistad con Nicolas.

Nicolas vino a mi encuentro con los hombros encorvados y la boca apretada.

—Yves-Marie, reniego de Dios como no tengas nada que contarme, porque no está el tiempo como para tener a un cristiano en la calle.

—Acompáñame… ¿Te gusta el tabaco? Mi padre me ha dado un paquete para ti y es de los más aromáticos: de Puerto Rico. Llegó ayer de Rotterdam a bordo de una embarcación cuyo patrón es tan generoso como Aquiles y parece, además, un tonel rodeado por un cinturón de piel de cerdo sin curtir.

—En ese caso —dijo Bricheny—, reniego de mi blasfemia y elevo una oración.

Sacó del bolsillo una pequeña pipa de pata de buey de mar. Sopló dentro para mostrar que estaba vacía y la volvió a colocar en el bolsillo del traje.

Entramos en El Ancla de Coral y enseguida alcanzamos mi habitación, donde Marianne había preparado un buen fuego.

—¡Sacudíos los pies! ¿Os habéis sacudido los pies? —gritaba la vieja criada mientras escalábamos riendo la empinada escalera que daba acceso a mi fuerte.

Bricheny se dejó caer en la cama y dijo simplemente:

—¡El tabaco!

Le lancé el paquete a la cabeza. Lo abrió cuidadosamente y rellenó su pipa como un hombre poderoso y ponderado.

—¿Y bien? —dijo cuando hubo acabado.

—¿Conoces a Petit-Radet?

—Como todo el mundo aquí. Es un producto del país del que en realidad nadie está orgulloso. Cuando era niño me amenazaban con Petit-Radet como con el ogro y sus siete hijas casaderas. ¡Siete hijas casaderas! ¿Te imaginas las preocupaciones cotidianas de ese pobre bandido forzado por la necesidad a alimentarlas de carne humana? La carne humana vale menos que el tocino de cerdo; al menos eso es lo que afirman los…

—Dime, Nicolas, ¿has oído hablar de Petit-Radet últimamente?

—No. A decir verdad, imagino que ese maldito tipejo, perdona la expresión, ha debido de ser colgado hace tiempo en el patíbulo del muelle de las Ejecuciones, en Londres. Es el árbol adecuado para la maduración de tales frutos.

—¿Y Manon no sabrá nada?

—¡Voto a…! ¡Petit Morgat! Salvo algunos excesos debidos a su juventud, Manon es una chica honrada que no se mezcla para nada con ese tipo de héroes. Tiene bastante conmigo.

—Gracias. Es todo lo que quería saber.

—Dime ahora tú —dijo Bricheny retirándose la pipa de la boca— lo que significan estas preguntas. ¿Quieres escribir la apología en tres volúmenes de la existencia del capitán de fortuna Petit-Radet? ¿Quieres disertar sobre la influencia de la balística y de las piezas de ocho7 en la calidad del ron de las Antillas y la navegación de altura puesta en malas manos?

Dudé un momento si debía responderle. Luego tomé la decisión de contarle el encuentro con Jean de la Sorgue y la aventura nocturna de la noche anterior.

—¿Has respondido? —me preguntó mi amigo.

—No. Como sabes, no es hasta esta noche cuando tengo que depositar la respuesta bajo la piedra, en el lugar designado.

—Iré contigo, Yves-Marie. En realidad, esa historia me parece o estúpida o grave. Y conozco lo suficiente a Jean de la Sorgue como para saber que no le gusta preocuparse por fruslerías. Así pues, para concluir, como diría el abate Munien, el asunto es grave.

—Está claro que Jean de la Sorgue no querría perjudicarme. No le creo mal hombre y me conoce desde niño. ¿No será esto más bien el germen de un proyecto de evasión?

—Eso estaba pensando. De todas formas, no debes mezclarte en ese proyecto. ¿Has puesto a tu padre al corriente de la situación?

—No, ya te puedes imaginar. Dejemos a mi padre tranquilo. Soy lo bastante mayor como para no comprometerle. Si prevengo a mi padre me temo que me prohibiría toda relación con Jean de la Sorgue. Le obedecería sin dudar y entonces adiós a todas las figurillas de madera que tanto me gustan.

Nicolas de Bricheny se levantó y tomó una de las estatuillas de la balda. La examinó con interés.

—Es un granadero del regimiento de Saint-Malo —dijo—, hasta el último detalle. Y mira la cabeza del hombrecillo. ¿Sabes que Jean de la Sorgue tiene talento?…

Volvió a colocar la figurilla en su sitio y se quedó un buen rato pensativo.

—¿Qué excusa pondremos para salir? —preguntó de repente.

Después cogió el sombrero y lo lustró con su manga.

—Esta noche iré contigo. Vendré a recogerte aquí después de cenar y me acompañarás cuando me marche. Así que ya tenemos un pretexto para salir.

Bajó la escalera canturreando:

No abro mi puerta después de la medianoche

Os quedaréis fuera toda la noche…

Tres horas más tarde, hacia las nueve y media, cogí el sombrero y la hopalanda forrada para ir a acompañar a mi amigo.

—Date prisa —dijo mi padre—. Te esperaré para cerrar la tienda.

—Estaré de regreso en diez minutos —respondí siguiendo a Bricheny que acababa de concluir su despedida.

En la calle apretamos el paso. Hacía menos frío y podíamos esperar una lluvia suave y agradable. Mientras andábamos, yo tocaba dentro del bolsillo el cachito de papel cuyo contacto me transmitía un extraño malestar.

Bricheny no hablaba. Bajaba la cabeza para ofrecer al viento de la mar la superficie del tricornio.

Nos dirigimos así hacia Kéravel. La noche era oscura y la luz de la ciudad no llegaba a disipar la sombra de las paredes. Casas informes revelaban en la noche vagos rumores de baja estofa: voces animadas de soldados achispados. La risa tonta de las mujeres les respondía. Llegamos a la esquina de la calle donde se encontraba la piedra sin haber encontrado un alma. Al ruido de nuestros pasos respondió una tos discreta. Y oí una vez más el silbido suave que era la señal familiar de Jean de la Sorgue.

—Es él —dije yo en voz baja.

En ese momento distinguimos la voz del compañero:

—¡Eh! Petit Morgat, ¿no estás solo?…

—Es mi amigo Nicolas de Bricheny, el pintor. Le conoces bien.

—¡Ah! Sí. Entonces es diferente; avanza un poco… No tendrás necesidad de poner la nota bajo la piedra, puesto que te he esperado para hablarte.

Me es imposible describir el marco lúgubre de aquella calle donde el viento se precipitaba como en el tubo de un órgano. Sobre mi cabeza el farol chirriaba al final de una cadena y su brillo casi trágico amenazaba con apagarse con cada golpe de viento que dispersaba los montones de basura. Las ratas se perseguían lanzando chillidos agudos. Eran tan numerosas que los gatos se erizaban, llenos de miedo, tras las altas chimeneas. Yo debía de ser presa de una emoción insólita, pues esa escena, que marca el comienzo de la historia que voy a contar, ha quedado para siempre presente en mi memoria con sus más ínfimos detalles. La espadita de Bricheny no me tranquilizaba. Mi amigo tosió para reafirmar su voz:

—¿Qué quieres, Jean de la Sorgue? Yves-Marie tiene prisa. Su padre le espera.

—No os retendré. Solamente quisiera saber si se habla en la ciudad de Petit-Radet.

—Para nada —respondí yo—. Pero ¿puedes explicarte? De verdad, no me gusta nada este misterio. Dímelo francamente: ¿quieres evadirte?

Jean de la Sorgue se echó a reír.

—Gracias —dijo—, uno no se evade tan fácilmente del Gran Colegio.

—Sin embargo, estás aquí, con nosotros, fuera de los muros de la cárcel.

Jean de la Sorgue me miró sonriendo. Puso un dedo en los labios y con un débil movimiento de cabeza señaló un agujero de sombra en la noche, sin duda una puerta. Entonces distinguí una silueta humana, de la que no vi con precisión más que un destello de metal, el del cañón de una pistola.

—El Frambuesa —murmuró Jean de la Sorgue.

—¿Estás vigilado?

—Y por el mismísimo diablo, Petit Morgat. ¿Te crees que se sale de donde nosotros estamos como de tu seminario? El Frambuesa y yo estamos aquí por nuestros asuntos… Eres bueno, Petit Morgat. Y si oyes hablar de Petit-Radet, házmelo saber. Te daré lo que te he prometido. ¿Tienes algo de dinero para que pueda ofrecer un vino al carcelero?

Dimos cada uno alguna moneda menuda y regresamos hacia la calle de Siam sin decir una palabra. Bricheny olfateaba con desagrado.

Nos detuvimos ante su puerta. Me tendió la mano:

—¡Date prisa en volver! Mañana es domingo. Iré al Brûlot Fournier y veré a Manon. No me negarás que la presencia de Jean de la Sorgue y de El Frambuesa a esta hora en una calle de Kéravel puede dar que pensar. Es un buen tema de alegoría: la justicia y el crimen alzando sus vasos bajo la mirada indulgente de la pálida Hécate. Esbozaré esta escena a la sepia. Mientras tanto, Petit Morgat, buenas noches y no te mezcles en estas aventuras de novela… Mira, distingo a tu padre en mitad de la calzada. Te aguarda.

Bricheny entró en casa y yo eché a correr.

—¡Ah, charlatán! —exclamó mi padre—. Ya son las nueve y media y no has empezado los deberes. ¡Me vas a matar por dos perras!

Ayudé a mi padre a poner los postigos de madera ante la puerta.

Marianne nos había preparado un ponche que nos reconfortó. Entonces mi padre me mostró los libros que el librero, monsieur Dacé, le había hecho llegar durante mi corta ausencia. Estaban las Cartas filosóficas y El barbero de Sevilla, cuyo éxito en París no databa ni de hacía un año. El decimoséptimo volumen de la Enciclopedia estaba en el envío.

—Ya sabes —dijo mi padre— que esperamos varios regimientos. Al parecer, su destino es el campamento de Paramé. Los sargentos del regimiento de Bayona están en la ciudad para preparar los acantonamientos. Hay que prepararse para albergar a la tropa.

—Ofréceles mi habitación. Dispondremos una cama en el comedor. Me acomodaré muy bien ahí, porque hace calor.

—No esperaba menos de un futuro oficial del Cuerpo Real de Artillería —dijo mi padre sonriendo—. Dormirás en mi habitación, donde podrás estudiar cómodamente sin ser molestado.

No fue hasta el día siguiente, un domingo, cuando comenzó la extraña historia en la que me vi envuelto de corazón y de espíritu y cuyo recuerdo fue tan potente que me apartó durante algunas semanas de mis más ardientes ambiciones.

Todavía me parece estar viendo la escena. Mi padre y yo acabábamos la comida del mediodía ante la mesa que Marianne acababa de despejar. Mi padre bebía su café a sorbitos golosos y hablaba de mi futuro. No tratábamos más que del impulso que había dado al ejército monsieur de Choiseul, el cual comenzaba a dar su fruto. Yo había elegido la ciudad de Metz y su escuela para vestir allí la chupa y la casaca azules. Mi madre era de Lorena y su hermano vivía todavía en aquella ciudad, donde tenía un comercio de orfebrería. Había sido en parte esa particularidad la que me había hecho elegir Metz entre las seis escuelas de artillería que enseñaban en aquella época.

La aventura, hay que decirlo, me obsesionaba, la aventura marina principalmente. Y sin habérselo dicho a mi padre, que temía la profesión de marino para mí, esperaba escribir una petición para servir a bordo de los buques del Rey tan pronto tuviera el diploma en el bolsillo. El alza° y el punto de mira, inventos recientes, no tenían secretos para mí y no dudaba que me estaba reservada una plaza a bordo de una de esas hermosas fragatas que veía maniobrar en la rada, entre la Punta de los Españoles y la desembocadura del Élorn. Apenas se me abrían los ojos al salir del sueño, los espectáculos de la vida de un gran puerto de guerra se imponían en mi imaginación. Me despertaba con el sonido de los tambores y de los pífanos que ritmaban la maniobra de los buques anclados delante del castillo. Oía, en un duermevela cargado de imágenes, los silbidos de los cómitres que marcaban la cadencia a la chusma encorvada sobre los remos. Los mil martillos de los caldereros y de los carpinteros de ribera anunciaban que un navío estaba en dique seco. Entonces me levantaba de un salto para ir a abrir la ventana, tanto en invierno como en verano, y llenarme los ojos con todas las imágenes que ofrecía el muelle y que mi imaginación prolongaba más allá de los famosos mares donde comenzaba el gran reino de la aventura.

A mi padre no le gustaban esos momentos de ensoñación melancólica, cuando con la mirada perdida a lo lejos, ensimismado, abandonaba la árida ciencia contenida en el libro entreabierto, para seguir la estela de una fragata que alcanzaba la bocana para salir a alta mar con todas las velas desplegadas.

Entonces daba unas palmadas y decía

—Vamos, vamos, Yves-Marie. ¿En qué estás soñando?

Yo hundía la nariz en el libro y, con la cabeza entre las manos, intentaba deshacerme de mi poético e implacable mal siguiendo las complicadas líneas de un rompecabezas geométrico.

Ese domingo mi padre, aún bajo el influjo de los filósofos cuyas obras había recibido, me hablaba de los hombres y de la pobre sabiduría humana que ofrecían por poco dinero.

—Vender el secreto de la dignidad y de la razón es exponerse a ver pocos compradores en la tienda.

Suspiró y tomó una pizca de tabaco de su gran tarro de porcelana de China.

Fue entonces cuando la puerta de la calle se abrió y monsieur Jérôme Burns —no lo conocíamos en aquella época— entró en la tienda. Mi padre se levantó para informarse de sus deseos. El hombre apoyó las manos en el mostrador y, con la cabeza ligeramente inclinada a un lado, nos miró con donaire.

Era muy alto y macizo, pero de piernas cortas. La anchura de sus hombros revelaba una fuerza física excepcional. La cara, más bien redonda y alegre, se adornaba con una nariz carnosa un poco hendida en su extremo como la de un erizo. Sus cabellos castaños griseaban en las sienes. Estaban recogidos en la nuca en una bolsa de cuero satinado atada con un lazo de seda negra. Unos ojitos redondos color acero desconcertaban un poco en ese rostro de sensual y pacífica armonía. Sin embargo, el bronceado de las grandes brisas oceánicas había curtido su rostro de escribano y no dejaba ninguna duda sobre la profesión del desconocido, que era la de un hombre de mar. Su chaqueta de paño azul oscuro se abría dejando ver un chaleco de lana fina. Sus medias blancas bien estiradas se hundían en unos zapatos adornados con una hebilla de plata.

—¿Qué deseáis, señor?

El desconocido se inclinó ante mi padre y dijo:

—Me llamo Jérôme Burns. Jérôme Burns, cirujano naval. Hay en el escaparate un catalejo de segunda mano que me parece de buena casa. ¿Puedo verlo?

Mi padre abrió el escaparate y sacó el catalejo, que reposaba en una caja forrada de terciopelo verde. Era una magnífica pieza de óptica, firmada y garantizada. El privilegio del rey estaba inscrito en letras de oro en un escudo flordelisado que decoraba la funda de cuero.

El forastero examinó el instrumento con cuidado; un deseo evidente se leía en su rostro.

—¿Cuál es el precio de este objeto? —preguntó.

Mi padre se lo hizo saber.

—Me lo llevo —dijo monsieur Jérôme Burns—. Es una lente de primera.

Diciendo aquello, se la llevó al ojo haciendo girar la rosca del ocular. Abrió la puerta y miró detenidamente en dirección al muelle.

—Es la perfección misma. Os estaría agradecido si hicierais que me la lleven a mi domicilio. Vivo en un pequeño apartamento en una casa del arrabal de Recouvrance. Es la casa de madame Le Meur, costurera, junto a la torre de la Motte-Tanguy.

—Yo iré, padre.

Aún hoy no sé qué movimiento del alma me empujó a hablar. Las palabras me salieron de la boca antes de haberlas pensado.

Monsieur Jérôme Burns se volvió hacia mí y sonrió:

—¿Vuestro hijo? Sin duda. Es un guapo chico.

—Sí —respondió mi padre—, un buen chico a quien fascinan demasiado las cosas de la mar.

—¡Ah! ¡Caterina! ¡Caterina! —era su juramento favorito, como pude constatar a menudo—. No debe ser así. Creed en la amarga experiencia de un viejo marino.

5. pokalem: tocado de tela azul con bordes y costuras ribeteados de escarlata y con el número del regimiento. Sus patillas laterales se pueden abotonar bajo la barbilla para protegerse contra el frío. (N. del T.)

6. exento: equivalente a un agente de policía. También, suboficial que sustituía eventualmente al teniente. (N. del E.)

7. pieza de ocho: cañón que disparaba balas de 8 libras (3,91 kg) de peso. (N. del E.)