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Zoey dejó su vida atrás. Debió huir y abandonar a su familia, a sus amigos y todo aquello que alguna vez conoció; un ser maligno e inmortal la persigue para asesinarla y para robar sus poderes, por lo que encontrar las respuestas a los misterios del dije puede ser la única forma de sobrevivir. A través de leyendas antiguas y de confusas profecías, ella se aventura a un mundo olvidado que puede contarle innumerables historias. Con la ayuda y con el apoyo de Zack, Zoey deberá superar sus propios límites, desentrañar los secretos del pasado que no debían ver la luz y hallar así la forma de salvarse a sí misma y a su propio mundo.
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Seitenzahl: 642
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Publicado por:
www.novacasaeditorial.com
© 2020, Andrea Rodríguez Salas
© 2020, de esta edición: Nova Casa Editorial
Editor
Joan Adell i Lavé
Coordinación
Noelia Navarro
Portada
Angel Blue (@Ang3Blue)
Maquetación
María Alejandra Domínguez
Corrección:
Nathalia Tórtora
Primera edición en formato electrónico: Julio 2020
ISBN: 978-84-18013-48-5
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).
Ann Rodd
«Ducunt volentem fata, nolentem trahunt»
El destino guía a los que están dispuestos y arrastra a los que no están dispuestos.
Lucius Annaeus Séneca
«Igne natura renovatur integra»
A través del fuego, la naturaleza renace.
«Et lux in tenebris Lucet»
Y la luz brilla en las tinieblas.
Evangelio de San Juan
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Epílogo
Agradecimientos
Capítulo 1
Jessica Hill estaba cansada de quedarse callada y de aguantarse los interrogatorios y los gritos de los adultos. Pero ¿qué podía decir? ¿Que su mejor amiga estaba siendo perseguida por un ser inmortal muy sádico? No. Más allá de que iban a tomarla por loca, no podía exponer a Zoey de esa manera.
Suspiró, exhausta, y mantuvo la mirada en el suelo. Los padres de Zoey no dejaban de gritarle y, aunque ella detestaba la situación, entendía por qué lo hacían. Llevaban horas atormentándola así.
La jaqueca de la chica iba en constante aumento. El oficial intentaba calmar a Helena Scott mientras que la señora Hills exigía a ambos que no le gritaran a su hijita que, después de todo, no tenía la culpa de lo ocurrido. Pero la señora Scott se negaba a bajar la voz, estaba furiosa porque Jessica se rehusaba a decirle por qué su pequeña se había salido del colegio y ahora no aparecía.
—Pero ya te lo ha dicho, Helena.
—¡Zoey nunca se iría! —chilló la mujer.
Jessica se estremeció porque conocía a su mejor amiga tan bien como su madre lo hacía. La señora tenía razón: en situaciones normales, su hija jamás se escaparía.
—Pero lo hizo… —insistió la señora Hills. Aferró el hombro de su hija, pero ni con eso Jessica se sintió más cómoda con la situación.
—¡Ella no lo haría! ¡Y menos con ese muchacho! Con ese… ¡delincuente! —continuó la mamá de Zoey.
Si Jessica no estuviera tan concentrada en serle fiel a su amiga, intentaría decir la verdad.
—¡Mi hija no está mintiendo! —exclamó entonces su propia mamá.
—¡Sí lo está! —Helena Scott casi que escupió al gritar.
—Señoras. —El oficial intentó detener los gritos en vano—. Así no solucionaremos las cosas. Yo hablaré con Jessica a solas esta vez y…
—¡Mi niña no se quedará a solas con nadie! —explotó la señora Hill.
—Con todo respeto, una niña ha desaparecido con un muchacho prófugo, el cual, justamente, fue novio de Jessica.
Con eso, Jessica sí tuvo que intervenir. Ya sabía que el tema saldría a colación, por supuesto: así lo habían planeado junto con Zack y Zoey. Todo tenía que apuntar a Adam para que no pareciese tan extraño.
—Estuvimos juntos por menos de dos semanas —acotó—. Y ya le dije que eso es lo único que sé. Zoey solo dejó ese papel. Cuando me desperté, ella ya no estaba.
—Y es su letra —agregó el oficial, afirmándolo para sí y para la madre de Zoey, que estaba a punto de entrar en coma por la desesperación. El papelito escrito por la chica desaparecida pasaba de mano en mano—. ¿O no lo es, señora Scott? Mírelo de nuevo.
Helena arrugó la nariz, sabiendo que eso era cierto, pero el que respondió fue Francisco Scott.
—Sí, la letra es de mi hija. Pero insistimos en que ella no hubiera hecho algo así —dijo.
—Yo no sé más que eso. —Jessica volvió a bajar la mirada.
—Hablaré con ella a solas —insistió el oficial, suplicando con la mirada a los padres de la menor.
El señor Scott acompañó a su esposa fuera de la oficina y Jessica subió la cabeza para suplicar a su propia madre que cooperara, aunque sabía que no estaba muy dispuesta a moverse.
—Señora Hills —dijo el hombre otra vez, con el tono más duro.
Sin más, la mujer se vio obligada a salir.
Jessica bajó la cabeza otra vez mientras repasaba con prisa la historia que habían armado para cubrir la verdad; reflexionaba sobre cómo la había dicho y qué debía añadir ahora para no estropear las cosas.
El oficial Carlos Mancini, un hombre de mediana edad y aspecto robusto, tomó asiento detrás del escritorio y juntó las manos. Detrás de él, otro oficial, que había permanecido en silencio, se puso a anotar en un papel.
—Jessica —llamó—. Zoey escribió que se iba con Adam Smith. ¿Por qué haría eso?
Ella levantó la mirada y se mostró tan confundida como pudo.
—En verdad no lo sé. Yo tampoco puedo creer que Zoey se fuera con él; en ningún momento vi a Adam cerca de ella como para que eso pasara.
—¿Zoey tenía algo con él?
—Ella y yo hemos peleado por Adam —retrucó ella—, pero no por eso.
Desconcertado, el hombre alzó las cejas.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Zoey no quería que yo saliera con Adam porque sabía él lo hacía para llegar hasta ella a través de mí —respondió la joven.
Una vez más, el oficial se mostró sorprendido. Ella le sostuvo la mirada.
—¿A ella le gustaba?
—Claro que no —dijo Jessica al tiempo que negaba—. Es sabido por sus amigos que Zoey estaba enamorada de Zackary Collins. Yo misma sé muy bien que ella no podía superar su muerte. Zoey fue quién lo halló, después de todo, ¿sabe?
El hombre movió su cabeza con pesar, tal vez recordando el terrible caso del adolescente que había fallecido en la escuela tiempo atrás. Luego, puso ambas manos sobre la mesa y suspiró.
—De acuerdo, volvamos a Adam Smith. ¿Por qué dices que te usaba?
—Porque es lo que hacía —respondió ella, con soltura—. Superé la decepción que me causó su abandono con la ayuda de Zoey y de mi novio actual. Pero Adam me dijo algo el otro día…
Allí se generó la reacción esperada. El oficial estuvo a punto de saltar de su silla.
—¿El otro día?
Jessica apretó los labios.
—Entonces, ¿no lo sabían?
—¿Saber qué cosa, Jessica? —insistió el hombre.
—Mi novio, Rick Davenson, otro alumno del colegio y yo vimos a Adam en el pueblo hace unas semanas. Él me amenazó con llevarse a Zoey después de decir que la amaba.
El policía, nervioso, comenzó a pasar las páginas del caso de Adam.
—Sí, hay una denuncia del día 15 de octubre.
—Nunca pensé… que realmente iba a pasar algo así —siguió la muchacha, con un tono más bajo y cargado de lamento.
—¿Crees que él la secuestró? —preguntó él. Dudaba de la situación porque era casi imposible sacar a una chica, sin que nadie los viera, de un colegio—. ¿Cómo podría haberlo hecho?
Jessica fingió dudar también, pero trató de ser convincente para el oficial, pues tenía que dejar en claro que Adam había sido y siempre sería el malo de la historia.
—Mire, Zoey estuvo muy rara este año por culpa de lo que vio, pero yo estoy segura de una cosa: ella jamás se iría con Adam Smith a ningún sitio, mucho menos en buenos términos.
Capítulo 2
Zoey tenía frío. Tanto, de hecho, que se sentía incómoda viajando sobre la espalda del chico muerto que no paraba de hacer bromas insulsas y poco decentes sobre la forma de las nubes.
Zackary intentaba quitarle un poco de tristeza al asunto, pero hacía ya un cuarto de hora que a ella no le daba gracia que él encontrara formas de aparatos reproductores masculinos en cualquier masa blanca que viera en el cielo. Había respondido a sus chistes con suaves risas solo por compromiso cuando, en realidad, prefería llorar antes que reír.
Había dejado todo atrás: el colegio, a Jessica, a James, a sus padres e incluso al bodoque de su hermanito. Su vida ahora era un recuerdo de lo que jamás volvería a ser porque, a partir de ese día, ella era la tercera chica de esa escuela en verse inmiscuida en una situación extraña y de gravedad. Era la segunda persona desaparecida.
Apoyó el mentón sobre el hombro de Zack y contuvo el llanto una vez más. Su familia explotaría de dolor cuando supieran que se había ido, si es que no lo sabían ya. Suspiró y miró el cielo, no por las bromas de Zackary, sino para ver la altura del sol.
«Sí, ya deben saberlo», pensó.
Ya había pasado el mediodía y ellos estaban lejos de Villa Elena. Viajaban desde la madrugada y sabían que no había posibilidad de que alguien pudiera encontrarlos si mandaban a buscarlos. Bueno, a buscarla a ella. Zack estaba muerto y nadie notaría su ausencia, así como tampoco notaban su presencia.
Zoey pensaba en qué tan difícil iba a ser para Jessica y para James mantener la historia que habían inventado. En especial para Jessica que, por ser su mejor amiga, cargaría con la mayoría de los interrogatorios.
Era probable que, en poco tiempo, investigaran también la terrible explosión en el bosque y que hallaran el templo destruido. Si los oficiales eran muy rebuscados, relacionarían su desaparición con ese hecho y Jess también tendría que luchar con los cuestionamientos al respecto. Zoey cerró los ojos por un momento y le pidió al universo que apoyara a su amiga y que no la dejara caer. Y, aunque Jessica se rindiera, ella no la culparía.
A pesar de que le dolía pensar en lo que había perdido, Zoey también era plenamente consciente de que debía concentrarse en lo que se aproximaba. Tenía miles de datos en la cabeza, teorías conspirativas y múltiples hipótesis sobre lo que era el dije y sobre lo que Peat significaba para él.
Y, entre tantas inseguridades, tanto ella como Zack tenían una cosa en claro: Peat estaba herido y se había marchado, pero se recuperaría y volvería por ellos. Y no pensaban esperarlo sentados. Esta oportunidad era la única esperanza que tenían para descubrir la Ciudad de Césares y para encontrar allí una pista que pudiera indicarles cómo protegerse y cómo deshacerse de la amenaza.
Incluso en lo que refería al dije, seguían avanzando sobre, valga la redundancia, sobre nubes, sobre castillos en el aire. Porque, como siempre, ningún dato era certero y nunca estaban seguros de si algo era real o no. Para peor, el dije había permanecido en absoluto silencio desde la noche anterior. Era como volver tener un objeto muerto colgando del cuello; la incertidumbre de su ausencia desconcertaba a Zoey.
Ella no podía dejar de darle vueltas al asunto, de preguntarse por lo que ocurría y si ese silencio significaba que Peat estaba lejos. Quería creer que sí y, a la vez, no deseaba aferrarse a ninguna creencia. Lo único que sabía era que necesitaba tranquilizarse, que todo estaría bien si iban con cuidado.
—Tal vez deberíamos parar, ¿no? —preguntó Zack, dejando de pronto el chiste de las nubes. Redujo la velocidad y se detuvo en medio del camino de tierra que corría junto a la carretera.
—¿Ahora?
—¿No tienes hambre? —insistió él.
Ella miró nerviosamente a la desolada ruta provincial.
«Tranquilízate», se repitió.
—No es que no tenga hambre, pero aquí me siento muy descubierta —admitió Zoey.
Zackary miró a su alrededor y luego la bajó de su espalda. Se giró y le puso una mano sobre el hombro.
—Hey, tranquila, no va a caer la policía tan rápido. No saben a dónde podríamos haber ido.
—A menos que hayan quebrado a Jess…
—Sí, claro, eso —replicó el muchacho y puso los ojos en blanco—. Van a encontrar el pasadizo que lleva a la iglesia antes de que hagan quebrar a Jessica. Además, no le creerían.
El comentario hizo que Zoey sonriera. Su mejor amiga podía ser insoportable y difícil de manejar en ocasiones, pero seguía siendo una chica que aún no había cumplido los diecisiete años y que debería enfrentarse a policías y a detectives, a adultos atemorizantes con estrategias para hacer hablar a la gente.
—Mmm —murmuró ella por fin.
«Deja de ser paranoica, Zoey, cálmate», se suplicó a sí misma.
—¡Por favor! —Zack alzó las manos—. ¡Si ha tolerado a Adam puede aguantar a cualquier policía malote!
Esta vez, la que puso los ojos en blanco fue ella.
—Dame el maldito sándwich de milanesa1 antes de que te muerda a ti —masculló ella.
Se sentó en el suelo y recibió la mochila que él había llevado colgando sobre el pecho junto al bolsito con su ropa.
—Eso no estaría tan mal —rio Zackary, pero obedeció y se sentó frente a ella. Miró el cielo azul sobre sus cabezas mientras se relajaban un poco—. En unas horas tu cara estará en las noticias. Tendríamos que buscar la manera de que no te reconozcan porque, en algún momento, tendremos que ingresar a las ciudades por refugio y por comida.
Zoey apretó los labios.
—¿Podremos intentarlo esta noche? En verdad estoy demasiado cansada como para dormir en el campo.
Con todo lo que había pasado en la madrugada, era un milagro que Zoey siguiera hablando y coordinando sus movimientos. Se tragó un pedazo de milanesa casi sin masticar y sacó la botella de agua de la mochila.
—Sí, estoy de acuerdo con eso. No me preocupa Peat justo ahora, así que una ciudad no nos delataría con él.
—¿Qué tan lejos estamos de Azul? —murmuró ella, quitándose su propia mochila para ver uno de los mapas.
—El último cartel que vimos decía que estábamos a unos veintitrés kilómetros —respondió Zack, ayudándola a estirar el mapa—. Si tenemos que bajar hasta Río Negro…
Azul era una ciudad pequeña que estaba en medio de la provincia de Buenos Aires, casi a medio camino de Río Negro, que era donde se encontraba el Antiguo Fuerte, cerca de la costa atlántica.
—¿No crees que Peat sabe que iremos allí? —susurró ella.
Los ojos grises del chico se clavaron en los suyos.
—Ya te dije lo que creo —contestó él—. Creo que no está todavía en condiciones de buscarnos, pero tampoco tenemos demasiado tiempo.
—¿Y qué sugieres?
—Comprar boletos para un micro de larga distancia. Viajaremos más rápido, sin riesgos de que nos vean corriendo por aquí, y estaremos en el Golfo de San Matías en lo que se extingue un gas.
Zoey hizo una mueca, con la boca llena de comida.
—Zack…
—Hablo en serio, ¿o tienes otra idea mejor?
—No me refería a eso. —Zoey tragó con dificultad y, antes de agarrar la botella de agua, asintió—. Creo que es lo mejor. ¿Nos pedirán documentos para eso?
Él se encogió de hombros.
—No tengo idea —Sin más, sacó de la segunda mochila sus identificaciones—. Usaremos esto en caso de que sea obligatorio… Yo creo que sí podrían llegar necesitar los datos, pero… —Sonrió y agitó su propio documento de identidad.
—¿Lo quieres sacar con el tuyo? —murmuró ella, que comprendía por fin por qué él había insistido tanto en asaltar su propia casa antes de empezar con el verdadero viaje. No era solamente un intento de tomar objetos de su propiedad a los que no había tenido acceso desde hacía meses, sino que se trataba de recuperar su identidad. Lejos del colegio, él no tenía que seguir estando muerto.
—Si alguien te busca, no te ubicaran por un boleto comprado por Zackary Collins en la terminal de micros en la ciudad de Azul —explicó—. Puedo comprar todo con mi nombre. Para cerciorarse de que realmente estoy muerto, tendrían que entrar a algún registro. Y no creo que lo hagan en el momento.
Ella sonrió en respuesta. Cuando había esperado, agazapada entre los maceteros de la entrada de la casa de los Collins, se había sentido fatal. No le había preguntado si había mirado a sus hermanas y a su madre o si solamente se había limitado a robar sus propias cosas del cuarto, todavía intacto. Tampoco quería ponerse a pensar en qué hubiera hecho ella en su lugar.
—Eso será genial. Si buscan cosas relacionadas con mi nombre, sabrán que me subí a un micro que iba hasta Río Negro. De esta manera, no tendrán ni idea.
Zack asintió y le mostró el cambio de ropa que había escondido en su mochila, bajo otro sándwich de milanesa hecho por Jessica.
—No tomar demasiadas cosas porque lo notarían, el documento estaba en la habitación de mi mamá. Pero estoy contento de tener algunas pertenencias mías. Todo este tiempo he estado con la misma ropa con la que morí y ni siquiera es real en sí.
Ella terminó de comer, un poco más relajada. Se esforzaba por no pensar en que, en realidad, la situación no era bonita. Intentaba ver solo el lado positivo porque no quería llorar.
—Entonces, ¿Azul?
Zackary estuvo de acuerdo. Ese realmente era el mejor lugar para poner a andar sus planes.
—Azul —afirmó él.
La cargó sobre su espalda una vez más y apresuraron el paso hacia la ciudad. Y, cuando se aproximaron a la entrada, comenzaron a caminar con normalidad porque las sospechas se levantarían en cuanto los vieran moverse a un paso inhumano.
Cansada como estaba, el andar de Zoey se volvió lento y Zack se ajustó al ritmo sin chistar. Así, el campo se convirtió en ciudad; la cantidad casas y el tránsito en las calles aumentaron de golpe. Pidieron indicaciones de la forma más discreta posible y compraron comida antes de detener a un taxi para trasladarse hacia la terminal de buses.
Al llegar, se dirigieron directo al mostrador indicado. Zoey pensó que sentiría nervios, pero enseguida su compañero se hizo cargo de la situación.
—¿Qué tal? —dijo a la señorita que atendía; la chica tendría unos veinticinco años y se notaba que lamentaba ser demasiado mayor para salir con él—. Quería dos pasajes para la provincia de Río Negro.
La chica los miró antes de teclear en la computadora.
—¿A Viedma?
—Exactamente —respondió Zack con confianza—. ¿Para cuándo podría ser?
—Veamos.
Zoey esperó detrás de él mientras miraba a su alrededor, Sabía que estaba siendo paranoica. Nadie allí les prestaba atención, a pesar de que los dos se veían jóvenes.
—Hay un bus que sale hoy a las 3:45 de la madrugada —explicó, entonces, la vendedora—. Son 230 pesos cada pasaje. Si no, hay otro mañana a las 12:50 del mediodía.
—El de la madrugada estará bien, ¿no? —Zackary se giró hacia su acompañante.
Zoey asintió con la cabeza. Cuanto más pronto estuvieran en viaje, mejor. Podría dormir en el micro.
—Voy a necesitar sus números de documento —añadió la empleada. Alzó la vista y los miró con más detenimiento—. Ambos son mayores de edad, ¿cierto?
—Sí, claro. Mi documento es 37.876.344, Zackary Collins —dijo, sin dudar—. Y el de ella es 36.023.250, Samantha Diana Collins.
Zoey abrió y cerró la boca varias veces. Ni de chiste ese era su documento de identidad, y ese no era su nombre. Pero no llegó a decir nada, pues la chica tecleó los números en la computadora sin objetar porque sabía que esos números pertenecían a personas que ya deberían tener más la edad indicada.
—¿Podrías mostrármelos?
Zack le tendió su documento y otro más, salido de la nada.
Zoey tragó saliva, preocupada. Sin embargo, la chica los miró por un instante antes de regresarlos a su dueño. No empezó a gritar ni tampoco los acusó.
—Perfecto. Primero de diciembre a 3:45 am. Dos pasajes a Viedma, Río Negro.
—Sí, así mismo.
Esperaron alrededor de un minuto a que la chica confirmara los datos e imprimiera los boletos.
—Muchas gracias por viajar conPlusmar —dijo mientras les entregaba los pasajes con una sonrisa.
Ambos agradecieron y se marcharon, con ganas de reírse y de respirar aliviados por el logro.
—Bueno, hermana, ¿qué hacemos mientras tanto? —consultó él cuando la empleada ya no podía oírlos.
—¿Le robaste el documento a tu hermana? —inquirió ella, incrédula. Zack se encogió de hombros—. ¿Y cómo es que no se dio cuenta de que no me parezco en nada a ella? ¿Qué dirá la verdadera Samantha si se entera de que supuestamente compró un pasaje a Viedma cuando en realidad estaba en su casa, repasando para un examen de la universidad?
Él rio.
—Jamás lo sabrá, creo. Me sé el número por una apuesta que hicimos de pequeños. Ella es la que me sigue en edad y la que más me peleaba. Cuando yo tenía cinco y ella siete, me dijo que yo era adoptado y que mi verdadera madre era un hada del infierno que me había intercambiado por su hermano real. Intentó colgarme por la barandilla de las escaleras… —resumió, sin verse afectado en lo absoluto, pero perdiéndose bastante en la historia que debía pasar por sus recuerdos.
Zoey hizo una mueca.
—¿Era así de malvada?
—Ahora debe estar más que arrepentida —suspiró él—. Estoy seguro de que me extraña. Pero, volviendo a lo anterior: sí, se lo robé. Y la chica de Plusmar no se dio cuenta porque usé un pequeño truquito de magia —añadió y le tendió el documento en cuestión.
Zoey lo tomó y se dio cuenta de que la foto tenía su cara. Entonces, Zack lo tocó dos veces con el dedo y la imagen convirtió en el rostro de Samantha.
—¿Una ilusión?
Él se encogió de hombros.
—Me acordé de lo que hice con la pared del sótano y el túnel. Es genial, ¿no?
—Claro que sí —afirmó ella, aliviada y contenta.
Zack le sonrió y tiró de su mano en dirección al restaurante de la terminal.
—¿Y si te invito a merendar? —propuso, con un gesto galante.
Ella asintió, con ganas de aprovechar sus últimos momentos de normalidad, y entró al establecimiento. En unas horas sería una adolescente prófuga y los pequeños placeres, como comer algo en un sitio público, se terminarían.
1Milanesa: filete de carne empanado. Muy común en Sudamérica.
Capítulo 3
Después de comer algo, y de que Zack bebiera café con leche como si fuese una persona normal y viva de dieciocho años, ambos caminaron por las calles de Azul para matar el tiempo. Faltaban varias horas hasta que el bus saliera en dirección a Viedma.
Pasaron por tiendas de ropa en las que ella se detuvo para ver las tendencias del verano. Las vacaciones y el verano eran dos cosas a las que también tendría que renunciar, no compraría un bikini y era probale que ni siquiera se aproximara a una piscina en el futuro.
Cuando estaban frente al reflejo de ambos en una vidriera, Zack tomó un mechón del cabello de Zoey y lo extendió en el aire. El rizo se estiró con el suave jalón.
—¿Qué piensas de cambiarlo de color? —opinó él—. Si lo oscureces, no será tan fácil que la gente te reconozca una vez que emitan una orden de búsqueda.
Ella hizo una mueca. Nunca lo había pensado y, aunque había odiado siempre su pelo —de tono rubio desvaído y con rulos indomables—, no se veía a sí misma con un color más oscuro.
—No sé cómo teñirme —admitió ella.
—¿Y si buscamos una peluquería?
—¿Ahora?
No podían malgastar el dinero. Teñir el cabello en un salón era mucho más costoso que comprar una tintura e intentarlo en el baño de un hotel. Además, tampoco tenían mucho tiempo.
—Es solo una sugerencia —replicó él, encogiéndose de hombros—. Recuerda que eres menor de edad, ni siquiera tienes diecisiete todavía. En cuanto la orden se emita y llegues a las noticias, porque estoy seguro de que lo harás, cualquier niña rubia se parecerá a ti… y más te parecerás tú a ti —agregó. Hizo un gesto con los dedos y bajó la voz cuando una señora pasó caminando junto a ellos.
Zoey levantó una mano.
—Lo sé, lo sé —contestó, pero suspiró y movió la cabeza para afirmar—. Lo entiendo, pero eso puede ser un potencial desastre.
—Yo puedo ayudarte, siempre que sea necesario —aseguró Zack—. He visto a mi mamá teñirse el pelo.
—Será un desastre —insistió ella, pero no acotó nada más. No podía preocuparse por su cabello en esos momentos.
«Hay cosas más importantes»,pensó.Como, por ejemplo, un loco ser milenario que quería matarla.
—Por ahora, compremos la tintura y luego vemos —propuso él. Se giró y señaló una perfumería en esquina opuesta—. Supongo que con decir que quieres un color oscuro bastará, ¿no?
Ella lo miró con la misma expresión estupefacta.
—Ni idea.
Ingresaron a la tienda y se aproximaron a la vendedora. Zoey habló con la mujer, que presentaba una actitud desconfiada, y le expresó su deseo de oscurecerse el cabello. La señora, de mediana edad, le mostró varias cartillas de color y se los quedó mirando con la boca abierta, como si estuviera a punto de hacer una pregunta acusatoria.
Al notarlo, Zack intervino.
—¿Y para mí cuál podría ir?
—¿Tú? —terció Zoey. Se giró y notó que estaba bromeando.
—Para cualquiera de los dos creo que este color quedaría precioso —contestó la mujer, riendo—. Con esos ojos claros que tienen, un negro caoba haría resaltar sus expresiones.
—Ah… —respondió el chico. Frunció el ceño.
Tanto Zack como Zoey querían algo que opacara sus expresiones, no que las resaltara.
—¿No es algo muy… osado?
—Cambiarte completamente el tono podría tomarse así, sí, pero un color lindo y muy clásico.
—Creo que a ella le quedará muy bien —admitió Zack al fin.
Zoey asintió. Si de ella dependiera, se iban a pasar el día entero allí sin que se decidiera por un color. No quería teñirse, aunque fuera una cuestión de fuerza mayor.
—¿Este, entonces? —sonrió la mujer—. ¿Quieres el kit listo o todo por separado?
Y, como no tenía ni idea de cuál era la diferencia, optó por la caja ya preparada. Sonaba más sencillo.
Inspeccionaron la caja mientras se alejaban de la tienda y, cuando Zackary volvió a asegurar que quedaría bien, Zoey se sintió un poco más confiada. Guardó la tintura en su mochila y suspiró.
Recorrieron el resto del centro de la ciudad sin apuro y regresaron a la terminal al anochecer. Cenaron en el mismo restaurante en el que habían merendado por la tarde; por segunda vez, Zack comió de verdad, masticando y tragando como si tuviese órganos que pudiesen procesar el alimento.
—Tengo una duda enorme —preguntó Zoey, cuando lo vio mordisquear la orilla de una porción de pizza—. ¿A dónde va todo eso?
—Creo que no voy a expulsarlo, pero ni idea —respondió Zack, sin mirarla y con los ojos en otra porción—. ¿Sabes qué es lo más extraño? Le siento algo de sabor.
—¿De verdad?
—Estaba seguro de que no sería así. Ya sabes que no siento dolor y, si te acuerdas de mis teorías con respecto al placer… —añadió. Alzó los ojos para verla, le guiñó un ojo y ella se atragantó con la gaseosa—. Pero esta parte sí que no le encuentro sentido.
—Bueno, que yo recuerde, nunca habías probado comer. —Zoey se limpió la nariz, que goteaba después de la tos que le había provocado el accidente con la bebida.
—Creo que no, ¡y está genial! —admitió Zack—. Voy a comer un montón de ahora en más. ¿Qué tal un McDonald’s? De seguro hay uno en Viedma, ¿no?
Zoey tomó el último trozo de pizza que quedaba. Se encogió de hombros y masticó despacio, sintiendo la garganta raspada y molesta por la tos previa.
—Puede ser… —respondió ella algunos segundos más tarde.
Dejó la pizza a medio comer y se encogió en la silla. El cansancio comenzaba a golpearla con fuerza, no podía dar ni siquiera otro bocado. Desvió la mirada hacia la ventana y observó, con expresión impaciente, a los buses que entraban y salían de la terminal.
Lo que Zoey más ansiaba era sentarse sobre la butaca mullida del micro y cerrar los ojos, desmayarse.
—¿Estás cansada? —preguntó Zack, inclinándose hacia ella por encima de la mesa.
—No puedo más.
—Lo estás haciendo bastante bien. Pensé que morirías mucho antes.
—No bromees —terció ella—. Yo también pensé que moriría mucho antes, como por comienzos de este año.
Esta vez, fue Zack el que frunció el ceño.
—¿En serio dices eso?
—¿En serio tú creíste que no iba a morir? —Zoey soltó una carcajada siniestra y se resbaló por el asiento para apoyar la cabeza contra el respaldo.
—Claro que no.
Sin más, ella puso los ojos en blanco. Zack siempre le provocaba las mismas reacciones, en todos los sentidos.
—Por supuesto, tu ego nunca falla —musitó ella.
Zoey guardó silencio mientras él se acababa la pizza; observó sus manías a la hora de comer, maravillada, en cierta forma, de contemplar acciones que nunca antes había podido apreciar de cerca. Así, él volvía a parecer vivo, mucho más que la mayoría del tiempo. Se veía normal, humano, mortal, necesitado de una cuestión tan básica como el alimento.
La chica sonrió y estrechó los ojos cansados.
—¿Qué? —preguntó él, tragándose la gaseosa—. No voy a engordar.
Zoey negó con la cabeza.
—No es eso. Estaba pensando en lo vivo que te ves ahora —suspiró, todavía con la sonrisa en la cara—. Y en que de verdad me gustas mucho.
Zackary esbozó una sonrisa enorme y cargada de orgullo. Entrelazó sus dedos con los de ella por encima de la mesa y rio suavemente.
—Sí, tú también me gustas mucho. Especialmente cuando estás tan cansada que pareces drogada —se burló.
Zoey lanzó un manotazo débil al aire.
—¿Drogada?
—¡Pareces una china!
—Qué tonto eres —replicó ella, pero continuó sonriendo.
El cuarto de hora que faltaba para las doce de la noche se hizo eterno y todavía faltaba mucho para subir al bus.
Zack se cambió de silla para sentarse junto a Zoey, se convirtió en una cama humana por las horas restantes. Aunque pareciera increíble, ella se durmió sobre su regazó, en esa pose tan incómoda, y no despertó hasta que él la obligó a hacerlo. Faltaba media hora para la salida del bus y, al parecer, este ya estaba en una de las plataformas y pronto abriría las puertas a los pasajeros.
Pagaron la cuenta y se alejaron del restaurante sin dejar propina, no podían malgastar el poco dinero que tenían. Caminaron hacia el bus y aguardaron allí, con los boletos en mano, hasta que pudieron abordar e instalarse en los lugares indicados.
Zack ocupó de inmediato el sitio junto a la ventana porque, a pesar de su confianza, prefería vigilar el exterior y que ella estuviera más segura del lado del pasillo.
No pudieron conversar más porque Zoey volvió a dormirse apenas comenzó el viaje, la cómoda butaca y el sonido del motor ayudaron. Dos horas después, sin embargo, despertó con las voces de los ocupantes de los asientos detrás del suyo. Giró la cabeza para ver a Zack que, obviamente, estaba despierto.
Él tenía los mapas en las manos y uno de los cuadernos en los que Jessica había estado trabajando con las traducciones sobre el regazo.
«Habría sido ideal traerla también a ella para que siguiera traduciendo», pensó Zoey en ese instante. Se pasó las manos por la cara para aclarar su visión antes de llamar la atención de su acompañante.
—¿Y qué buscas? —preguntó, somnolienta.
—Quiero ver si hay algo aquí que corrobore lo del grial y lo de la ciudad oculta. Han sido todas teorías relacionadas con lo que Jess sacó e intuyó con la información de internet.
—Pero lo que decía en el templo…
—Lo de la piedra filosofal —contestó Zack, sin levantar la vista—. Sí, hay unas tantísimas teorías sobre la piedra filosofal. En cuanto lleguemos a Viedma, deberíamos buscar una computadora con buena conexión.
—¿En dónde se relaciona el tema del grial con la piedra y, de ahí, al dije? —murmuró ella, mirando brevemente hacia su alrededor. Las personas que hablaban detrás se habían callado.
Zack chistó, frustrado con los papeles.
—Ay, esa será la cuestión. ¿Confiamos en todas esas teorías locas de internet o no?
Todavía adormilada, Zoey se pasó la lengua por los labios antes de responder.
—¿Escritas por algún otro loco? —musitó—. Perfecto.
Se rieron por lo bajo, tratando de no despertar a nadie como la habían despertado a ella. Recién se asomaba el sol por el este, justo del otro lado del pasillo del bus.
—Pero ¿y si algo de eso resulta ser cierto? Es muy probable que los templarios realmente hayan ocultado el grial allí —continuó él, sin mencionar el lugar. Otra vez, la gente de atrás estaba muy callada—. Tendríamos que ver…
—Para empezar, no tenemos ninguna otra cosa que hacer. Es nuestra única posibilidad para no andar vagando de un lado a otro. Si el dije tiene algo que ver con los templarios y, por ende, con la copa, y llegásemos a dar con ella, o con cualquier otro tipo de información, tendremos algo, al menos.
Zack giró la cabeza hacia ella y la miró con las cejas arqueadas. Zoey bufó cuando esa mirada se transformó en un gesto pícaro.
—¿Han pasado cientos de siglos y dos adolescentes van a dar con una copa milenaria en el proceso?
Ella soltó una risita baja y se acomodó en la butaca para girarse hacia él y darle la espalda al sol.
—¿Qué? ¿No somos dos adolescentes geniales que superan la vida y la muerte? —murmuró.
En ese momento, Zack acortó la distancia para plantarle un beso casto en los labios.
—Sí, lo somos. Y por eso la encontraremos —afirmó él, completamente convencido de repente.
A partir de allí, para Zoey fue difícil volver a dormir, entre el sol y la gente a su alrededor, cada vez más charlatana.
«¿Es que ellos no están cansados?», se preguntó. Tal vez sí lo estaban, pero no tanto como ella, que solo había dormido cuatro horas en los últimos dos días.
Se resignó cuando, en los carteles de la ruta, Zack comenzó a señalar los kilómetros que faltaba para llegar a Viedma. Sabían que desde allí deberían trasladarse todavía más hacia el sur, hacia el Golfo de San Matías, para hallar la manera de acceder al Antiguo Fuerte. Según lo que había buscado Jessica, el lugar estaba cerca de Las Grutas. Pero, en lo inmediato, el plan era bajarse de ese bus y descansar.
Cuando estaban por llegar, Zack acomodó los papeles, que había releído varias veces, y los guardó en la mochila de azul.
—McDonald’s, yo quiero un McDonald’s —murmuró él.
Ella tuvo un ataque de risa que se le quedó pegado en la garganta. Los ojos irritados no le permitieron apreciar Viedma con la emoción requerida.
Tardaron una eternidad para alcanzar la terminal y otra eternidad para descender. Al final, cuando bajaron con los bolsos colgados, Zoey sentía que se iba a desmayar por el sueño. Miró a Zack y buscó su apoyo para arrastrarse a donde fuera.
Solo con gestos, él la ayudó a llegar al escritorio de información. Sabían que, al preguntar, corrían el riesgo de exponerse demasiado, pero necesitaban hallar un hotel económico, de fácil acceso y con internet lo más pronto posible, y solo lo obtendrían si consultaban con un local.
Zoey se apoyó contra el hombro de Zack mientras él se inclinaba sobre el alto mostrador de la cabina de Información. Escuchó sin prestar atención hasta que la mujer preguntó si estaban solos en la ciudad.
Zackary, hábil como siempre, respondió que él y su hermana estaban viajando al sur para visitar a su tía abuela. No aclaró nada más y la señora tampoco preguntó, pero fue evidente que no les creía cuando les marcó los hoteles en el mapa que tenía en la mano.
—No vayamos a ninguno de ellos —dijo Zoey al alejarse de la cabina de Información—. No nos ha creído y estoy segura de que, si llega a sospechar algo más o, por ejemplo, si ve mi foto mañana en las noticias, nos denunciará. Podría decirle a la policía los hoteles que nos mencionó.
Mientras él la ayudaba a llegar hasta los taxis, se volteó para ver la cabina y a la señora, que los seguía con la mirada.
—No he actuado tan bien, ¿no? —respondió Zack. Abrió la puerta de un taxi y metió los bolsos dentro—. Buscaremos cualquier otro. Esta noche jugaremos a la peluquería.
Una vez dentro del automóvil, pidieron indicaciones al chofer2. Muy amablemente, y sin dudar tanto, el hombre los llevó a un hotel de dos estrellas que estaba alejado de los que la señora les había dicho en la terminal. Antes de bajar, Zack se sostuvo de los asientos delanteros y le preguntó muy seriamente al conductor si había un McDonald’s en la ciudad.
—Lo siento, muchacho, pero no.
De seguro la ciudad tendría sitios de comida rápida que podrían reemplazar a la franquicia, pero Zack se mostró desilusionado.
Bajaron del auto con desgano y entraron al hotel. Era un sitio económico, por lo que no conseguirían una computadora y una buena conexión, al menos ese día.
Pidieron una habitación con dos camas, todavía simulando ser hermanos, y fueron conducidos a una pieza pequeña, pero con un baño limpio y un televisor moderno. Era más que suficiente para lo que les quedaba del día.
Acomodaron sus pocas cosas antes de que ella pudiera relajarse en una de las camas.
Se durmió a los pocos minutos, aunque la almohada estaba dura y el colchón tenía un bollo a la altura de los omóplatos. El cansancio era superior y cualquier cama era lo bastante buena para ella en esos momentos.
Sus sueños estuvieron llenos de imágenes inconclusas.
Horas después, cuando el anochecer se dejaba ver por la pequeña ventana de la habitación, Zoey abrió por fin los ojos y se dijo que todas esas escenas llenas de luces, de ráfagas y de exaltaciones tenían que ver con la pelea con Peat. Antes había estado demasiado cansada como para soñar con ellas, ahora, su cuerpo estaba más repuesto.
Bostezó y se giró para ver a Zack que, sobre la otra cama, revisaba los papeles de la logia y la información que Jess había recolectado, otra vez.
—¿Tienes hambre? —preguntó él cuando la vio despierta—. Estaba esperando para salir por algo de comida. En la recepción decía que no se puede traer la cena a las habitaciones, pero nadie va a saber que he metido un par de hamburguesas —aseguró.
Contagiada por su buen humor, ella le devolvió el gesto.
—La verdad es que me comería una docena de hamburguesas en estos momentos —admitió.
Zack apartó los papeles y se levantó de un salto, alegre.
—No serán hamburguesas de McDonald’s, pero prometo que será algo rico igual. ¿Con queso?
Zoey asintió.
—Con mucho queso.
—¡A sus órdenes, señorita!
Cuando él se encaminó a la puerta, y mientras guardaba dinero en el bolsillo trasero de los vaqueros, ella se dio cuenta de que Zack se había cambiado de ropa. Se había puesto lo que había robado de su casa. Se veía muy… normal.
—Trae papas, por favor —pidió en voz baja.
Antes de salir y de dejar un lindo escudo protector alrededor de la habitación, él le guiñó un ojo y le recordó que no se bañara todavía. Necesitarían el cabello sucio para poder teñirlo después de comer.
Una vez sola, Zoey tomó el control remoto que descansaba sobre la pequeña mesa que dividía la habitación en dos. Apuntó a la televisión, pero dudó antes de apretar el botón. Un montón de preguntas y de dudas pasaron por su cabeza. Tragó saliva y empujó la ansiedad a un lado. Encendió el aparato diciéndose a sí misma que era algo que debía enfrentar tarde o temprano. Además, era mejor estar informada de lo que la gente sabía sobre ella.
El canal que apareció en pantalla era de documentales. Zoey resistió el impulso de poner el noticiero durante algunos minutos, hasta que se rindió. Apretó sus labios y bufó al darse cuenta de qué tan ansiosa estaba y de que retrasar lo que sabía que haría no tenía sentido.
Buscó por fin un canal de noticias las 24 horas. Lo miró en silencio. Se llevó los dedos a la boca y se mordió las uñas por unos veinte minutos, hasta que el periodista cambió la expresión de su rostro y, desde la capital del país, anunció otra extraña desaparición en un colegio del interior de la provincia.
La chica apretó el control remoto con ambas manos cuando en la pantalla apareció una foto que su madre había sacado en el sillón de la casa algunos meses antes.
—Zoey Scott, de 16 años, desapareció este pasado 17 de noviembre en la localidad de Villa Helena. Es la segunda desaparición del año en la escuela pupilo Santa María del Valle. Hace menos de un mes, Adam Scott, de 17 años, también desapareció sin dejar rastros y, aunque la policía y la familia consideran que el adolescente se ha fugado, las sospechas no dejan de sobrevolar el colegio. A principios de este año, otra tragedia se produjo dentro de las instalaciones escolares. Zackary Collins, compañero de clase de Adam Smith, falleció tras un accidente dentro del edificio. Ahora, la policía está indagando entre los familiares y los amigos de Zoey Scott, quienes señalan a Adam Smith como posible culpable, aumentando así las sospechas de que él también esté involucrado en la accidental muerte de Zackary Collins. —La mirada del periodista pareció trabarse con la suya. Zoey suspiró—. Se solicita que, ante cualquier información que usted pueda proveer, llame a este número. Si usted ve o sabe algo de Zoey Scott no dude en comunicarse al número en pantalla o al 911.
Salió de la cama y caminó frenéticamente por el cuarto. Rezaba para que nadie en ese hotel estuviera viendo la televisión justo en ese canal. Estaba bien jodida. Necesitaba quitarse el rubio del cabello lo más rápido posible. No podría calmarse hasta que Zack regresara y la ayudara con ello.
Muchas cosas más pasaron por su mente mientras analizaba el tema. Pensó en sus padres y en lo que debían estar sintiendo. Se aliviaba de que la carta que había dejado hubiera funcionado para desviar la atención hacia Adam, un joven al que no encontrarían jamás.
Zoey se sentó sobre la cama y allí se quedó hasta que Zack regresó, con deliciosa comida caliente que había mantenido oculta con su magia del recepcionista del hotel.
—¡Qué cara! —exclamó él, mostrándole las enormes hamburguesas con queso que había conseguido—. Pensé que estarías emocionada por algo como esto. Yo lo estoy.
Zoey tomó la comida sin decir nada. La ansiedad le había dado hambre… Además del hambre que ya tenía, claro. Comieron en silencio porque, hasta que ella no se terminó las papas fritas, no estuvo dispuesta a comentar lo que había visto y sus temores.
—Salí en las noticias. Si me ven, piden llamar al 911 —contó por fin mientras se pasaba una mano por el cabello—. Necesito quitarme esto ya.
—Podemos raparte también —se carcajeó Zack, como si el asunto no le preocupara tanto—. Anda, lo arreglaremos rápido. Soy un maestro con estos asuntos de los cabellos.
Por desgracia, Zoey estaba acostumbrada a que Zack fuera un completo desastre en todo lo que aseguraba ser bueno. Ella se sentó en una banqueta, en el baño, y dejó que él hiciera su trabajo cuasi improvisado. Le pintó hasta las orejas, pero eso fue lo de menos. Cuando terminó de aplicar el color, ambos miraron sus reflejos e inspeccionaron el fino trabajo que había logrado el muchacho.
—Demonios —dijo ella, frotándose la ceja—. Tengo la cara llena de manchones.
—Son artísticos —se defendió Zackary con sarcasmo—. Vamos, que te verás genial —agregó y le robó un beso.
Eso la relajó por un momento. Sin embargo, cuando él se alejó y la dejó sola en el baño, el estrés, las dudas y las preocupaciones volvieron a asaltarla. Comprendió que cambiar el color no iba a solucionar nada. Era apenas una ínfima ventaja pues Peat, el mayor peligro, podía estar todavía muy cerca y de seguro la reconocería de todas formas. Para peor, el dije seguía en silencio.
A la hora de enjuagarse, Zoey elevó plegarias al cielo. Esperaba que no le quedara el cabello verde, o algo por el estilo, pues lo único que le faltaba era conseguir más atención de la deseada. Se lavó sola y no le importó manchar la toalla del hotel con el color caoba que había puesto sobre su cabeza.
Los mechones oscuros de cabello todavía escurrían cuando ella se observó al espejo. Zoey hizo una mueca, pero lo aceptó. El color no estaba parejo, algunas zonas se veían más oscuras que otras. Había un sector en particular que parecía más rubio. Sin embargo, a pesar de todo, creía que funcionaría.
—¿Listo? —Zack abrió la puerta y soltó unos cuántos comentarios halagadores—. ¡Podría vivir de esto!
Zoey negó, divertida, y le dio un pellizco cariñoso en la mejilla.
—Por supuesto, ¡Peluquerías El conejo loco volador!
Ella se rio tanto como él, aunque seguía agotada.
Se acostaron en sus respectivas camas poco después. Zoey cerró los ojos de inmediato, tratando de mantener la mente en blanco y de alejarse de todo aquello que la asustaba.
Un cuarto de hora más tarde, se levantó y se acurrucó junto a Zackary, buscando en su compañía un consuelo ante todo lo que había perdido.
2Chofer: conductor. Palabra tomada del francés chauffeur.
Capítulo 4
Zoey durmió como un tronco. Zack la despertó cuando ya no podía dejarla en la cama ni un poco más. Debían abandonar la habitación antes de las once de la mañana y no estaban dispuestos a perder dinero por un descuido.
A pesar de la reparadora cantidad de horas que había descansado, ella no se sentía del todo bien. Sus músculos seguían agotados, pero no se quejó mientras se vestía y peinaba su nuevo cabello en una coleta alta.
Al salir del hotel, en una mañana cálida y normal para el resto de las personas, los dos miraron hacia los lados en busca de una nueva dirección. Necesitaban una computadora y, como no sabían dónde encontrarla, caminaron hasta las calles más transitadas. Llevaban las mochilas en sus espaldas y se sentían más seguros que antes gracias a la tintura de Zoey.
Nadie los miró, nadie se preguntó nada, y con eso llegaron a una avenida que tenía varios puestos de internet y de telefonía pública. Ingresaron al primero que pasaron y se acomodaron frente a una de las pantallas.
—Bien —dijo Zack mientras abría el navegador—. «Antiguo Fuerte», ¿no es así?
Zoey repasó con la vista los resultados de la búsqueda, había algunos sitios web para turistas al respecto.
—Genial, ¿excursiones? —murmuró cuando leyó que la única forma de ingresar a los terrenos aledaños al antiguo fuerte era a través de recorridos para turistas que eran muy costosos—. No podemos gastar el dinero en eso.
—Ni por casualidad —contestó Zack mientras leía un blog que mencionaba algo sobre la posible presencia de antiguos templarios en el lugar—. Nos colaremos, claro.
—Ya quiero ver cómo lo haremos —suspiró Zoey, recargándose contra la silla—. Será divertido.
—Como siempre.
Se aseguraron de averiguar tanto como pudieron. Desde Viedma, tendrían que buscar un bus que los alcanzara a la localidad de Las Grutas, un balneario turístico en la costa atlántica que estaba a pocos kilómetros del Antiguo fuerte. Si podían hacerlo todo en un día, mucho mejor.
El problema era, por supuesto, la locación de su destino en sí. La zona parecía ser difícil de acceder sin un vehículo y sin guías. Ella no podría subirse a la espalda de Zack bajo la luz del sol para recorrer el terreno, pero tampoco era seguro pasar allí la noche.
Al final, después de debatir en voz baja sus opciones, resolvieron decidirlo cuando llegara el momento. Una vez que estuvieran allí y pudieran ver con sus propios ojos cómo era el lugar y de qué manera acceder, lo intentarían.
—Bueno, morena infartante —dijo Zack, palmeándole el hombro—. ¿Lista para salir de aquí?
No les costó mucho conseguir un bus que los llevara a Las Grutas. Pagaron por los boletos y se acomodaron en la pequeña terminal de corta distancia a esperar el siguiente horario de partida.
Una vez a bordo, el viaje transcurrió en paz —salvo por un grupo de adolescentes que parecían haberlos tomado de punto y que no dejaban de soltar comentarios burlones por lo bajo—.
Casi llegando a su destino, Zack no toleró más la situación. Movió los dedos, sin decir nada, y aguardó con una sonrisa. De pronto, uno de los jóvenes molestos se puso a llorar porque no podía controlar su propia mano, que le golpeaba el rostro una y otra vez.
—Zack —reprendió Zoey.
Él se limitó a reír por lo bajo mientras el bus se detenía. Le puso fin a la magia antes de descender.
Allí, en Las Grutas, comenzaba la verdadera aventura.
Pidieron mapas en una cabina de información turística y fingieron estar interesados en todas las excursiones al Antiguo Fuerte —o Fuerte Argentino, como le decían los locales—. Los contingentes salían del centro y atravesaban el campo en vehículos 4x4.
—Tendremos que seguir el mapa —dijo Zoey mientras Zack inspeccionaba.
—¿Te gustaría caminar, entonces?
—No podemos gastar tanto dinero, es la única opción —recordó ella, con una mueca—. Las excursiones cuestan muchísimo, podríamos necesitar lo que nos queda más adelante.
—Pues intentemos con un taxi, que nos deje lo más cerca posible y… veremos. Dijimos que lo resolveríamos en el momento, ¿verdad? —añadió él. Guardó el mapa y se aproximó a la esquina para detener un taxi.
Esa idea no funcionó tan bien cómo esperaban. Pasados varios minutos, tuvieron que caminar hasta encontrar una agencia de remises3 para solicitar que un coche los acercara por al Fuerte Argentino. El hombre que los atendió, extrañado, aceptó y condujo por la Ruta 3 hasta la altura indicada por el GPS.
En medio de la nada, el vehículo se detuvo y los chicos miraron la calle de tierra que iba hacia el océano con extrañeza.
—¿No quieren que los lleve de regreso?
—No —dijo Zack al tiempo que le pagaba por el viaje.
Sin esperar por el cambio, descendieron con prisa y se colocaron las mochilas.
—No es una zona para que vayan solos —insistió el hombre a través de la ventanilla.
—En realidad, solo estaremos por aquí, cerca de la carretera. Queremos tomar fotos —añadió Zoey, con una sonrisa genuina—. Tenemos el número de teléfono de la remisería para cuando queramos volver.
—Se va a hacer de noche y nadie va a venir para este lado —avisó el conductor—. Chicos, mejor regresen conmigo.
—Estaremos bien —zanjó Zackary mientras cerraba la puerta trasera.
Sin más, comenzaron a caminar hacia la calle de tierra. Al remisero no le quedó más que aceptar y marcharse.
Era una zona extraña. Estaba totalmente despoblada y el camino era polvoroso y seco.
—Bueno, morena, tenemos mucho que avanzar. ¿Te subes? —propuso él. Dejó caer el bolso al suelo y señaló su espalda.
No había ni una sola alma dando vueltas por allí, así que estaban seguros. Parecía que, a esa hora de la tarde, ya no había excursiones vigentes.
—Si nos cruzamos con una 4x4 dando la vuelta desde el Fuerte, tenemos que aparentar ser normales —recordó Zoey mientras se subía y se acomodaba para poder cargar las mochilas de ambos durante el trayecto.
Zack volvió a tomar el bolso antes de continuar.
El primer tramo lo hicieron en silencio. Él corría, su ropa se ensuciaba con el polvo que levantaban sus pasos. En algún punto, alcanzaron una bifurcación que los obligó a sacar el mapa y decidirse por el camino de la izquierda. Mucho después, cuando ya estaban totalmente sucios y Zoey tosía como loca, notaron que habían conseguido llegar a una zona con rastros de presencia humana, con árboles y casetas que estaban cerradas y vacías.
—¿Hoy no era día de excursión? —preguntó ella.
Más allá de los árboles, imponentes y asombrosos, se delineaba el fuerte que solo habían visto en fotos.
Zack ayudó a Zoey a poner los pies sobre la tierra y luego se sacudió el polvo de los pantalones. Con la boca abierta, negó a modo de respuesta.
—Vaya, es enorme —exclamó al alzar la vista.
—¡Es muy alto! —reafirmó ella. Sin dudas, no se lo había imaginado así.
—Hay que recorrerlo.
Despacio y sin prisas, caminaron por los terrenos hasta acercarse tanto como pudieron a la base del Fuerte Argentino. Se trataba de una meseta junto al mar, estaba llena de historias antiguas que ellos ansiaban descubrir.
A medida que sus pies atravesaban el sitio, se encontraban con más rocas y dificultades para avanzar.
—Ten cuidado —dijo Zack, señalando un pozo antes de que ella lo viera—. Supongo que los turistas no vienen por aquí… ¿por el otro lado, quizás? El lado del mar, digo.
El Antiguo Fuerte medía cerca de cien metros de altura y parecía ser un sitio natural y alejado de las leyendas de internet.
Zoey no solo prestó atención al lugar por donde pisaba y a las indicaciones de su compañero, sino que también se mantuvo al tanto del dije. Esperaba percibir alguna señal de su parte, teniendo en cuenta que ese podía ser el lugar de otro templo o secreto oculto que tuviera una estrecha relación con el collar. Sin embargo, el dije estaba en silencio dentro de ella, sin ninguna señal para su alma. No había pensamientos fuera de lugar, visiones, sueños o palabras con otra voz.
—¿Qué piensas? Todo se ve normal, e igual de terroso que nosotros —murmuró Zack, después de que bordearan la enorme meseta hacia el lado del mar.
—No tengo ni idea, ¿qué podría haber aquí que nadie más haya encontrado antes?
—Quizá nada. Tal vez sí hemos seguido las teorías más bobas del universo.
—Sí, pero pensé que nosotros, que éramos los adolescentes que desafiaron a la muerte y que tienen poderes mágicos, podríamos… percibir algo más —dijo ella, tentada a reírse por la frustración que sentía. Habían sacrificado mucho para huir de Peat y, a la vez, para encontrar algún arma para defenderse de él. Si el viaje no valía la pena para nada, sería una pérdida de tiempo soberana. Un error imborrable.
Zack ladeó la cabeza. Se trepó a una roca y miró hacia la cima.
—¿Qué tal si probamos la magia por allí arriba?
Zoey siguió la línea de su mirada. De escalar, ni hablar. Seguramente tendrían que llegar hasta allí como tantas veces lo habían hecho para alcanzar la ventana de la escuela.
—Tú me subes —avisó ella.
Zack se tronó los huesos de la mano mientras analizaba la altura que tenía por delante. Nunca había llegado tan alto, era un gran desafío. En cualquier otra circunstancia, ella tampoco estaría dispuesta a algo así. Pero ya habían llegado hasta el fuerte, tenían que intentarlo.
Ella trepó a la espalda de él y se aferró con todas sus fuerzas mientras escondía el rostro en su nuca. Zackary se inclinó un poco hacia abajo y luego saltó, con tanto poder que el aire voló sus cabellos y a ella la impulsó hacia atrás, hacia el suelo. Nunca le había puesto semejante fuerza a un brinco antes.
Zoey no quiso ver; si no llegaban, prefería no presenciar la caída.
Zack no parecía contrariado por nada. Un nuevo sacudón y una exclamación victoriosa hicieron que ella levantara finalmente la cabeza y comprobara que lo habían logrado. Habían saltado más de cien metros sin ningún problema.
—¡SÍ! —gritó él, dando un puñetazo en el aire—. Soy genial.
Zoey, en cambio, continuó aferrada a su espalda sin poder moverse.
—Mierda, sí —contestó en voz baja, dándole la razón. Nunca hubiese imaginado que él fuese capaz de eso.
Un par de segundos después, Zoey fue capaz de bajarse sin mareos ni vértigo. Entonces, pudo admirar la enorme planicie sobre la que estaban parados.
Allí arriba hacía calor, había viento y todo parecía todavía más seco. La meseta era imponente y el silencio de la ausencia de vida, además de ellos, por supuesto, era atronador. Se sintieron decepcionados por no ver nada más que rocas y tierra, aunque ambos quedaron maravillados por la vista. El mar se extendía mucho más allá de lo que eran capaces de vislumbrar, era un paisaje hermoso.
—Bueno, al menos la vista valió la pena. Tomémoslo como un paseo —dijo él, reteniendo un suspiro.
Zoey, en cambio, lo dejó salir. Allí tampoco era capaz de percibir nada, ni una sola pista del dije.
—Lástima que corremos de un demonio milenario y que esto era lo único que teníamos como esperanza —murmuró, apoyando la cabeza sobre el hombro de él.
Zackary no contestó. Lo más probable es que no supiera qué decir en esas circunstancias, cuando no había ningún plan B.
En ese lugar, aunque todo el mundo se abría para ellos, con su inmensidad y su imponencia, sus pensamientos iban de un lado a otro de todos sus problemas. En aquel momento, Zoey se preguntó qué hubiera sido de ellos si Zack nunca hubiese conseguido el dije. Los muertos serían otros. Pero, si Peat conseguía el dije, al final, ¿el resultado podría ser el mismo?
—¿Qué crees que hará él con el poder del dije? —preguntó ella, abrazándose al brazo de él.
Zack hizo una mueca y despegó los ojos del océano.
—¿Destruirnos a todos? —contestó, con un escalofrío—. ¿Qué puede querer un demonio de este mundo? Tan solo míralo —dijo mientras extendía la mano libre—. Todo esto tiene siglos y siglos de antigüedad, nosotros poseemos apenas un puñadito de años. Pero Peat tiene mucho más que eso. Ha visto esto gestarse y seguramente lo verá destruirse. ¿Por qué dominar algo que tiene ya puesta la fecha de caducidad?
Zoey lo abrazó con más fuerza.
—Hablas como todo un adulto —replicó ella—. No sé qué querrá Peat de todo esto. En parte, es cierto lo que dices, ¿qué sentido tiene domar algo que es breve? Tiene que haber otra cosa.
Si la había, no podían imaginar qué era.
Zoey le dio vueltas a la idea por todo el tiempo que estuvieron allí y lo que se le ocurrió temió decirlo en voz alta. Era demasiado irreal pensar en que Peat podía querer algo extraterrenal y que el dije pudiese darle el poder para tomar todo lo de ese mundo y más.
Siguió a Zackary por la meseta, mientras rebuscaban entre las rocas cualquier tipo de señal. Mantuvo la boca cerrada, pero estaba cada vez más segura de que Peat no podía simplemente desear algo del mundo mortal.
Cuando el sol de la tarde comenzó a descender, ellos también lo hicieron. Caminaron un poco más lento, por el cansancio que ella tenía en las piernas, hacia el mar. Allí, la marea subía y llenaba las piletas naturales que se habían formado entre las rocas con el paso del tiempo. Era un lugar bonito. Cuando estuvieron en la orilla, Zoey comprobó que el agua no estaba tan fría como en otras partes de la costa atlántica. El área de Las Grutas tenía la fama de ser una de las playas más bonitas de América del Sur y ella no la había conocido hasta entonces. La afirmación de que el agua era tibia era cierta.
—Zoey —llamó Zack, golpeándole el hombro y señalándole el Fuerte Argentino, ahora a sus espaldas—. ¿Ves esa cosa de ahí?
No le costó nada darse cuenta. Había una apertura en las paredes altas del fuerte, que se veía tétrica y fantasmagórica a esa hora, con el atardecer sobre ellos.
—Una gruta, ¿no? —dijo ella con una sonrisa y la emoción a flor de piel.
Aunque la entrada era amplia, no se podía el interior desde allí, tenían que aproximarse.
