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En el cambiante panorama educativo, se alza un poderoso paradigma que redefine la forma en que aprendemos y enseñamos: el Aula Inteligente. Como un destello de innovación, esta realidad educativa, creada en los años 90 por D. Felipe Segovia Olmo, Presidente de la Institución Educativa SEK, nos invita a explorar un horizonte de posibilidades sin límites, donde el conocimiento se fusiona con la tecnología para crear experiencias de aprendizaje enriquecedoras y significativas. El Aula Inteligente: Aprender en el tercer milenio se sumerge en un fascinante viaje en consonancia con la sociedad actual, caracterizada por la información y el conocimiento. Esta obra académica ofrece una experiencia cautivadora, un análisis científico y crítico que analiza y responde a las necesidades educativas actuales, marcadas por avances tecnológicos y cambios socioculturales, donde es necesario ofrecer alternativas que favorezcan procesos inclusivos activos y participativos. En este nuevo modelo educativo, el docente se transforma en un facilitador, en un guía, en un educador cuya función trasciende la figura tradicional del maestro mientras que el alumno actúa como agente activo y autónomo para dar sentido a su proceso de aprendizaje. Asimismo, la metodología explora enfoques didácticos basados en la evidencia y se adapta a las necesidades individuales, potenciando la comprensión y aplicación de los contenidos y adquisición de competencias. Por su parte, la evaluación se redefine como un proceso continuo y formativo, brindando una retroalimentación constante y personalizada, y promoviendo el crecimiento y desarrollo integral del alumnado. En esta misma línea, el entorno físico y social del aprendizaje es fundamental, donde se muestra la importancia de los espacios flexibles, que estimulan la creatividad, la colaboración y el intercambio de ideas. Todo ello, mediado por una gestión eficiente del tiempo que favorece mayores oportunidades de aprendizaje y potencia la personalización de la enseñanza. En síntesis, el libro profundiza en la comprensión de este innovador enfoque educativo y ofrece las herramientas necesarias para abrazar este cambio y contribuir al avance de una educación de calidad adaptada a las necesidades tanto individuales como colectivas.
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Seitenzahl: 218
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Aprender en el tercer milenio
Diego Galán-Casado Álvaro Moraleda Ruano (Coords.)
Prólogo deNieves Segovia Bonet
NARCEA, S. A. DE EDICIONESMADRID
Han participado en la edición de esta obra los siguientes autores:
COORDINADORES
Diego Galán-Casado (UNED) Álvaro Moraleda Ruano (UCJC)
AUTORES
Olvido Andújar Molina (UCM) Ángeles Bueno Villaverde (UCJC) Ruth Castillo Gualda (UCJC) Alejandro Delso Segovia (SEK) Alejandro Díaz Garreta (SEK) Pilar Ester Mariñoso (UCJC) Diego Galán-Casado (UNED) Bruno García-Tardón (UCJC) Fátima González Gómez (SEK) Laura Herrero Pérez (UCJC) Daniela Kemeny (SEK) María Cruz Lagar Cruz (SEK) Francisco López Muñoz (UCJC) Carlos Magro Mazo (SEK) Mayra Martínez Avidad (UCJC) Álvaro Moraleda Ruano (UCJC) Isabel Morales Jareño (UCJC) Concepció. Muntada Pujol (SEK) Miguel Ángel Pérez Nieto (UCJC) Francisco Javier Pericacho Gómez (UAM) Ricardo Javier Presol Castillo (SEK) María Esther de Jesús Robles Sastre (UCJC) Joaquín Rodríguez López (SEK) Carmen Sánchez Ovcharov (UCJC) Guadalupe Sánchez Ruíz (SEK) Verónica Sánchez Ruiz (SEK) Nieves Segovia Bonet (SEK) Francisco Tejeira Bújez (SEK) María Amor Vieira Álvarez (SEK)
Institución Educativa SEK (SEK), Universidad Autónoma de Madrid (UAM), Universidad Camilo José Cela (UCJC), Universidad Complutense de Madrid (UCM), Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
PRÓLOGO. El Aula Inteligente, un nuevo horizonte educativo para una nueva era
Nieves Segovia Bonet
1. LA EDUCACIÓN EN LA SOCIEDAD ACTUAL. EL MODELO DEL AULA INTELIGENTE EN LA INSTITUCIÓN EDUCATIVA SEK
Carlos Magro, Daniela Kemeny, Guadalupe Sánchez, Esther Robles
La educación en una sociedad en constante cambio y evolución
El modelo de Aula Inteligente en la Institución Educativa SEK
El pulso de una innovación
El Aula Inteligente
El término “Secuencia” y las bases del Aula Inteligente
La Secuencia en el modelo de Aula Inteligente
Referencias bibliográficas
2. EL PAPEL DEL DOCENTE EN LA ACTUALIDAD. MUCHO MÁS QUE UN MERO TRANSMISOR DE CONOCIMIENTOS
Olvido Andújar Molina, Mayra Martínez Avidad, M.ª Amor Vieira Álvarez
Conceptualización y antecedentes
Situación actual
El papel del docente en el modelo de Aula Inteligente y su adaptación a la situación generada por la COVID-19
Planificación de la secuencia de unidades
Contenido: comprensión, retención y transformación del conocimiento
Evaluación
Referencias bibliográficas
3. EL ROL DEL ALUMNO, UN AGENTE ACTIVO Y PROTAGONISTA DE SU PROPIO PROCESO DE APRENDIZAJE
Joaquín Rodríguez, Carlos Magro, Fátima González
El alumno como centro de la experiencia de aprendizaje
Situación actual en el modelo de Aula Inteligente
Conceptualización y antecedentes
International Baccalaureate (Bachillerato Internacional)
NEASC (Asociación de Colegios de Nueva Inglaterra)
El rol del alumno en el modelo de Aula Inteligente y su adaptación a la situación generada por la COVID-19
Adaptación del alumnado SEK durante el confinamiento 2020
Autogestión
Creación de puntos de comunicación individuales entre los alumnos y con los maestros/tutores
Importancia de la honestidad académica por parte del alumnado
Referencias bibliográficas
4. LA METODOLOGÍA COMO VEHÍCULO EN EL PROCESO DE APRENDIZAJE-ENSEÑANZA
Pilar Ester Mariñoso, Bruno García-Tardón, Isabel Morales Jareño, Francisco Tejeira, Carmen Sánchez, Concepció Muntada
Conceptualización y antecedentes metodológicos
La metodología educativa en el siglo pasado
Situación actual sobre el concepto de metodología activa
Características de las metodologías activas
El Aula Inteligente como ejemplo de transformación metodológica
La metodología en el modelo de Aula Inteligente. Importancia de las tareas y las actividades y su adaptación a la situación actual
El proceso de aprendizaje en el Aula Inteligente
El diseño de actividades y el rol del docente en el Aula Inteligente desde una perspectiva metodológica
Referencias bibliográficas
5. LA EVALUACIÓN EDUCATIVA COMO PROCESO CONTINUO PARA EL LOGRO DE OBJETIVOS
Laura Herrero Pérez, Miguel Ángel Pérez Nieto, Verónica Sánchez Ruiz, Francisco López Muñoz
Evolución histórica de la evaluación educativa
La evaluación formativa como modelo de evaluación procesual
La evaluación formativa en el modelo de Aula Inteligente
La experiencia de evaluación en el modelo de Aula Inteligente y su adaptación a la situación generada por la COVID-19
Referencias bibliográficas
6. EL ESPACIO Y EL TIEMPO COMO ELEMENTOS SOCIOEDUCATIVOS FACILITADORES DEL APRENDIZAJE
Francisco Javier Pericacho Gómez, Diego Galán-Casado, Álvaro Moraleda Ruano, Alejandro Díaz Garreta, Mª Cruz Lagar
El espacio y el tiempo en el proceso de enseñanza-aprendizaje
El uso del espacio y del tiempo en el modelo de Aula Inteligente: la gestión del tiempo lectivo de los alumnos
Gestión de los espacios y del tiempo pedagógico
Referencias bibliográficas
7. LA ORGANIZACIÓN DEL CENTRO. CALIDAD, PLANIFICACIÓN COLABORATIVA Y MEJORA DEL CLIMA ESCOLAR
Ángeles Bueno, Ruth Castillo-Gualda,Alejandro Delso, Javier Presol
Misión, visión y valores del centro
Liderazgo transformacional, distribuido y pedagógico
Comunidades de aprendizaje
Clima de aula y planificación colaborativa
Calidad del proceso organizativo en el modelo de Aula Inteligente y su adaptación a la situación generada por la COVID-19
Referencias bibliográficas
“En todo hombre existe el deseo natural de aprender. Asumimos como axioma de nuestro diseño, el Aula Inteligente, la primera frase de la Metafísica de Aristóteles, en el convencimiento de que, en un medio idóneo, los seres humanos tienden libremente a perfeccionarse”.
FELIPE SEGOVIA OLMO
Presentar una publicación sobre el Aula Inteligente tiene para mí un doble significado. Primero, la perspectiva personal, la admiración por la visión, el pensamiento y la obra de mi padre, Felipe Segovia. Y a continuación el reconocimiento, como educadora, de un modelo educativo que un cuarto de siglo después de su creación no ha sido superado.
Asomarse hoy al Aula Inteligente, y hacerlo tras el periodo convulso de la pandemia, es una invitación a la reflexión profunda acerca de los fines, personales y sociales, de la educación, y una llamada a la revisión de un sistema que si no respondía a los desafíos del siglo XX difícilmente lo hará a los de este nuevo milenio.
Con esta obra, la Universidad Camilo José Cela quiere subrayar la calidad del empeño educativo del Aula Inteligente. Desde estas líneas deseo agradecer a profesores y colaboradores de la Institución Educativa SEK, muchos de ellos artífices del Sistema Educativo del Aula Inteligente, que hayan puesto de relieve la importancia de sus innumerables aportaciones pedagógicas, especialmente a la luz de los desafíos de los últimos años.
Mi padre definía el Aula Inteligente como un “constructo creativo”, la propuesta de un nuevo paradigma en el que se abordan, como pone de manifiesto este libro, todas las dimensiones del hecho educativo. No se trata de una revisión puntual de uno u otro aspecto del proceso de aprendizaje, sino de un análisis pormenorizado de las conexiones e interdependencias que conforman su estructura.
Con una mirada profundamente innovadora, el Aula Inteligente plantea reformas estructurales valientes que evidencian el agotamiento, e incluso el anacronismo, de un modelo educativo sobradamente superado y que, sin embargo, sigue vigente.
La colaboración de Jesús Beltrán, eminente catedrático de Psicología de la Educación, es esencial para la construcción del marco conceptual del Aula Inteligente. También lo fueron la publicación de los libros El Aula Inteligente: nuevo horizonte educativo (1998) y El Aula Inteligente nuevas perspectivas (2003). Pero el Aula Inteligente no es solo fruto de una reflexión teórica, los fundamentos del modelo tienen su origen en la larga trayectoria de innovación educativa de Felipe Segovia al frente de la Institución SEK. Los Colegios de la Institución, en los años previos al nacimiento del Aula Inteligente (1960-1995), vivieron la creación de comunidades de aprendizaje, el nuevo rol de los profesores, las “aulas sin paredes”, el uso de las primeras tecnologías aplicadas a la educación o el empleo de metodologías docentes activas.
El Sistema del Aula Inteligente nace de la práctica y del conocimiento de la acción docente, nace por lo tanto desde el aula para crear un modelo de eficacia superior que ofrece, a cada miembro de la Comunidad, una experiencia educativa significativa, valiosa, duradera y personal.
Porque el alumno –sea este estudiante o profesor– siempre ha estado en el centro. De ahí que el origen del nuevo modelo lo encontremos en una visión antropológica del ser humano, del respeto a su dignidad, a su deseo de aprender, y a su libertad para decidir su destino de forma responsable.
La implementación en las aulas del SEK del Sistema Educativo del Aula Inteligente, y la medición de sus resultados, ponen en valor la singularidad del modelo. Se trata de un ejercicio de investigación-acción, de una creación colaborativa de alumnos y profesores comprometidos con el perfeccionamiento de su propio proceso de aprendizaje.
Por otra parte, la visión prospectiva del Aula Inteligente incluye también los avances de numerosas disciplinas que dotan al proceso educativo de rigor científico y enriquecen su rediseño. Razón por la que el Aula Inteligente es hoy el espacio idóneo para la incorporación de los grandes hallazgos de nuestro tiempo. La inteligencia artificial, las analíticas de aprendizaje, la neurociencia, la ergonomía del medio escolar o la nueva ecología social encuentran en el Aula Inteligente un lugar para su desarrollo.
El Aula Inteligente recoge todos los conceptos, los ideales y los fines de la educación del futuro. Sin embargo, el mundo sigue esperando un modelo educativo que asegure su crecimiento de forma sostenible y la posibilidad de un nuevo Renacimiento humano. Un modelo flexible, adaptado a las necesidades de cada alumno, que potencie sus capacidades y que le acompañe a lo largo de toda su vida. La pandemia ha puesto de manifiesto la urgencia de esta transformación, así como las carencias de un sistema tradicional que definitivamente ha entrado en crisis.
En los 90 anticipar una nueva Era parecía metáfora o espejismo. Muchos años después de la creación del Aula Inteligente, cuando artículos o libros apuntaban a las claves del Aula Inteligente para explicar la necesaria renovación del sistema educativo, mi padre solía decir “e pur si muove”. Convencido de que, más tarde o más temprano, la humanidad se exigiría un nuevo modelo de aprendizaje y así se entendería el valor del esfuerzo realizado, y su contribución a un futuro más libre y mejor.
NIEVES SEGOVIA BONET Presidenta Institución Educativa SEK
Carlos MagroDaniela KemenyGuadalupe SánchezEsther Robles
Vivimos en una época global, postnacional, postindustrial, líquida, desbocada e incierta. En una sociedad cambiante, innovadora, abundante y veloz, pero también incierta, frágil y fragmentaria. Una sociedad del riesgo (Beck, 1998), atravesada por megatendencias como el cambio climático; los cambios demográficos, y en particular las migraciones y el envejecimiento en algunas partes del mundo; una urbanización destructora; el impacto de las tecnologías digitales y la cuarta revolución industrial; y, sobre todo, el crecimiento desbocado de las desigualdades (UN, 2020). Una sociedad donde lo único que permanece es el cambio. Una sociedad, en la que, como decía Zygmunt Bauman (2001, p. 224), “cada uno de los puntos de orientación que hicieron que el mundo pareciera sólido y que favorecían la lógica en la selección de estrategias de vida: los trabajos, las habilidades, las asociaciones humanas, los modelos de propiedad, las visiones de la salud y la enfermedad, los valores que valía la pena perseguir y las formas probadas de perseguirlos, todos estos y muchos más puntos de orientación, antes estables, parecen estar cambiando”.
Todo indica que estamos más cerca de un cambio de época que de una época de cambios. Un cambio de época que nos provoca incertidumbre y miedo, y nos obliga a tomar constantemente decisiones bajo condiciones de ignorancia.
Vivimos, también, rodeados de una desigual abundancia que, paradójicamente, nos produce malestar (Davies, 2019). Los más afortunados, vivimos bajo la presión de lo que Barry Schwartz (2004) denominó la paradoja de la elección. Para algunos, el reto no es tanto gestionar la escasez como superar la parálisis que provoca la abundancia. Abundancia, por ejemplo, de datos, información y conocimiento, convertidos en las últimas décadas en las fuentes primarias de la productividad económica, en recursos fundamentales para las organizaciones y en signo distintivo de la empleabilidad de las personas. Pero abundancia, también, que esconde nuestras ignorancias y escaseces. Porque para otros muchos, el reto sigue siendo gestionar lo que no tienen, gestionar la escasez, la falta de trabajo, la pobreza, la exclusión y la invisibilidad de sus vidas, pero también de sus epistemes, de sus modos de vida y sus saberes (Sousa Santos, 2019). Cada sociedad es responsable de sus conocimientos y sus ignorancias.
Cada sociedad es responsable de lo que muestra y de lo que esconde (Broncano, 2019); de lo que deja en la oscuridad, o de a quienes deja en la penumbra, y de aquello que ilustra y aquellos a quienes ilumina. De lo que dice o permite que se diga, y de lo que calla o a quienes decide acallar. No olvidemos tampoco, como dice Boaventura de Sousa Santos (2019), que la incertidumbre, el miedo y la esperanza no están igualmente distribuidos entre todos los grupos sociales.
Vivimos en una sociedad del conocimiento atravesada por una profunda paradoja. Esta sociedad del conocimiento, como afirma Michel Serres (2014), ha acabado con la autoridad del conocimiento. De hecho, como sostenía Edgar Morin (2000, p.72) “la mayor aportación del conocimiento del siglo XX ha sido el conocimiento de los límites del conocimiento”. Parece que nuestra sociedad ha efectuado una radical transformación de la idea de saber, hasta el punto de que cabría denominarla con propiedad la sociedad del desconocimiento, mantiene el filósofo Daniel Innerarity (2008), para quien nuestra sociedad, la sociedad del conocimiento, sería “una sociedad que es cada vez más consciente de su no-saber y que progresa, más que aumentando sus conocimientos, aprendiendo a gestionar el desconocimiento en sus diversas manifestaciones: inseguridad, verosimilitud, riesgo e incertidumbre”. Nuestra sociedad del conocimiento es también una enorme fábrica de ignorancia estratégica y de desinformación sistémica (Broncano, 2019). Hay todo un no-saber que es producido por la ciencia misma. El avance del conocimiento aumenta proporcionalmente el de los no-saberes (Ravetz, 1990). Lo que no se sabe, el saber inseguro, las formas de saber no científico y las ignorancias no han de considerarse como fenómenos imperfectos sino como activos en un nuevo ecosistema de aprendizaje.
En este contexto, aprender se ha vuelto una actividad imprescindible, y en consecuencia también enseñar y educar. El oficio de enseñar es más complejo que nunca. Y al igual que enseñar no es solo transmitir contenidos, aprender hoy no es tanto apropiarse de la verdad como ser capaces de dialogar con la incertidumbre. Aprender hoy es saber navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certeza (Morin, 1999), actuar sin saber qué sucederá, vivir en la incerteza sin sentirse inseguro, saber qué hacer cuando no sabemos qué hacer. Aprender significa tomar decisiones sobre qué es lo relevante y lo irrelevante, hacia dónde mirar y cuándo y sobre qué velar la mirada, a quién escuchar y qué colectivos ignorar (Broncano, 2019).
Aprender es saber mirar, prestar atención, hacerse preguntas, no aceptar sin más lo dado. La educación nos debe permitir “ser, preguntar, discutir, intervenir; en suma, ser un humano decente”, decía Freire (2016, p. 75). Educar es enseñar a poner el foco en los problemas, las preguntas, el cuestionamiento y la crítica de la realidad.
Nunca aprendemos nada totalmente solos. Aprender demanda la interacción e intercambio activo con otros, por lo que propiciar la posibilidad de intercambios, las acciones compartidas, el hacer juntos y el lenguaje colectivo son también acciones esenciales. Aprender requiere sentirse apoyado y legitimado, saber que se tiene el derecho a ser curioso, a discutir, a llevar la contraria, a imaginar cómo las cosas podrían ser de otra manera. Aprender es también poder hacernos colectivamente preguntas incómodas. Aprender juntos sería buscar respuestas a preguntas que nos interesan, abordar colectivamente lo que nos pasa. En este mundo incierto, la función principal de la educación es dotarnos de conocimientos relevantes y pertinentes, de las habilidades y la confianza necesarias para afrontar bien esta incertidumbre y enfrentar los desafíos del mundo que los rodea. Educar es favorecer el desarrollo de nuestras potencialidades de manera que seamos capaces de valorar y participar en el mundo que nos ha tocado vivir.
Pero uno de nuestros mayores fracasos, por no decir nuestro mayor fracaso, es precisamente nuestra incapacidad para incluir a todos y todas en este ecosistema de aprendizaje. Para garantizar el derecho a la educación ya no nos basta con garantizar la escolarización. Garantizar el derecho a la educación, supone trabajar por una educación que no excluya a nadie; que ayude a aminorar las desigualdades; que atienda las múltiples diversidades que existen en la sociedad, en los centros educativos y en nuestras aulas; que sea capaz de ofrecer a todos y todas las máximas oportunidades para desarrollarse en todos los ámbitos de su vida personal, social, académica y profesional, sean cuales sean sus condiciones de partida y sus circunstancias particulares. Que permita a todos aprender. El reto que tenemos es garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos.
Algo imposible de alcanzar mientras no seamos plenamente conscientes de que la desigualdad socioeconómica genera desigualdad educativa y que el fracaso escolar es una consecuencia de nuestro fracaso social. Y que, si algo caracteriza, desgraciadamente, nuestra sociedad en estas primeras décadas del siglo XXI es que, desgraciadamente, la desigualdad está desbocada. El fracaso escolar (abandono temprano, repetición, no titulación, bajos niveles competenciales...) es el resultado de nuestra incapacidad, como sociedad, para resolver el desafío de la inclusión y la diversidad. Sin equidad no puede haber un proceso educativo exitoso (Rodríguez-Martínez, 2019). Sin equidad social, no hay calidad educativa posible (Martínez, 2017). Los retos educativos no son solo educativos. Son, ante todo, retos sociales.
Paradójicamente, mientras que la pobreza mundial ha disminuido sustancialmente y se ha alcanzado una mayor esperanza de vida, la comunidad mundial no ha logrado erradicar los conflictos y las guerras. Los avances en prosperidad se han compartido de manera desigual, y muchas de las personas y países que han escapado de la pobreza extrema corren el riesgo de retroceder por falta de estructuras socioeconómicas sólidas y resilientes para proteger sus avances.
De hecho, desde los años 80, la desigualdad de ingresos se ha incrementado en Norteamérica, China, India y Rusia y se ha mantenido en niveles muy altos en Brasil, África Subsahariana o el Medio Oriente desde 1980. España es el cuarto país de la Unión Europea más desigual y el segundo en el que más ha aumentado la distancia entre ricos y personas empobrecidas (Oxfam, 2019).
Cómo debe ser la educación en esta sociedad de la incertidumbre, el desconocimiento, el riesgo medioambiental y sanitario y la desigualdad es la gran pregunta que debemos hacernos tanto a nivel global, como a nivel local, como países, pero también en cada escuela y en cada aula. Es, por tanto, un reto para cada comunidad escolar y para la escuela como organización. Porque el fracaso escolar de un alumno no es una responsabilidad exclusiva del alumno, su tutor o sus maestros directos, sino de toda la escuela (y de toda la sociedad). Todos tenemos parte de responsabilidad. Es un fracaso de todos. Un fracaso colectivo.
Lograr que los sistemas educativos mantengan su relevancia y pertinencia en la construcción de sociedades (e individuos) más justas y preparadas para los desafíos de este mundo incierto exige, entre otras cosas, que los países realicen apuestas decididas por la educación en términos de inversión y recursos, pero también supone realizar modificaciones profundas en la gobernanza de los sistemas, los sistemas de formación de profesorado, las culturas escolares, las metodologías y los currículos.
La pregunta que debemos hacernos es en qué medida el centro escolar y sus dinámicas puede responder adecuadamente a las diversidades y a las necesidades de todos nuestros alumnos (González, 2008) o, en palabras de Mel Ainscow (2001), cómo podemos crear contextos educativos que puedan llegar a todos los estudiantes. El reto es transformar la escuela, cada escuela, en una comunidad capaz de trabajar unida en beneficio del aprendizaje y la formación de todos sus alumnos (Fullan y Hargreaves, 1996). Dentro y fuera de la escuela.
Cuando hablamos de transformación, innovación y cambio educativo debemos tener siempre en cuenta que nada de lo que hagamos tiene sentido si no está orientado a garantizar el aprendizaje de todos y cada uno de nuestros alumnos. No hay mejora posible sin una mejora de los alumnos; y cualquier proceso de cambio que no persiga como objetivo final esta mejora de los aprendizajes de los alumnos será inútil.
Ponernos a pensar en la educación que necesitamos para esta sociedad supone un proceso previo de reflexión por parte de cada comunidad educativa en torno a los objetivos del cambio, los fines de la educación, las metas a lograr, el tipo de aprendizaje que se quiere fomentar, el tipo de enseñanza que se requiere para desarrollar ese tipo de aprendizaje y, finalmente, el modelo organizativo que se necesita. Tampoco habrá cambio, si antes no tenemos claro quiénes son nuestros alumnos, si no hemos hecho el esfuerzo de entender qué esperan ellos y sus familias de la educación, si no compartimos previamente lo que entendemos por educación, si no definimos qué esperamos de nuestro esfuerzo educativo, si no establecemos conjuntamente nuestros objetivos.
Pensar en la educación que necesitamos para esta sociedad exige también ser conscientes del enorme esfuerzo que estamos pidiendo, y que este esfuerzo debe ser liderado por los docentes, facilitado e impulsado por los equipos directivos y compartido por toda la comunidad educativa. Transformar la educación pasa por abrir un debate profundo y constructivo sobre qué entendemos por aprendizaje, enseñanza y educación.
Transformar el sistema educativo y la escuela, pasa por una reflexión compartida en torno al sentido y las metas educativas.
Preguntarse por las finalidades de la educación es hacerlo sobre aquello que nuestros esfuerzos educativos deben tratar de conseguir (Biesta, 2014). Es preguntarse sobre qué debemos aprender y qué enseñar en las escuelas. Y es, en definitiva, preguntarse por el sentido –o sin sentido– de la escuela. La pregunta sobre el qué, al estar vinculada a los fines, es siempre una pregunta acerca de qué es lo educativamente deseable (no todo aprendizaje es educativamente deseable). Y en ese sentido, estamos siempre ante una cuestión ética y política. “Solamente cuando tenemos claridad sobre lo que queremos lograr a través de nuestros esfuerzos educativos es posible tomar decisiones significativas sobre el qué y el cómo de tales esfuerzos, es decir, decisiones sobre los contenidos y los procesos”, sostiene Gert Biesta (2016, p.123).
Qué debemos aprender y, en consecuencia, qué debemos enseñar tiene que ver con la misma gramática de la escuela (Tyack y Cuban, 2001) y, por tanto, como han señalado Tedesco et al. (2013, p.2), “qué tipo de educación y qué aprendizajes promover no pueden plasmarse solo sobre un plano normativo, de un deber ser abstraído del repertorio de circunstancias actuales, sino que debe construirse sobre la base de un renovado sentido que entusiasme a docentes, familias, comunidades, y a los propios alumnos, para que se comprometan con sus aprendizajes”.
La discusión sobre la orientación del contenido está siempre inscrita en una discusión más amplia acerca de las funciones de la escuela. Preguntarse por las habilidades y las competencias que debemos aprender en la escuela, es preguntarse ¿por qué deben ir los niños y los jóvenes a la escuela?, es preguntarse ¿para qué sirve todo esto?
Dependiendo de la respuesta que demos, orientaremos el sistema educativo hacia un lado u otro y, en principio, aunque sabemos que la causalidad en lo social y en lo educativo ni es unifactorial, ni es sencilla, estaremos también orientando la propia sociedad hacia un futuro u otro. Preguntarse sobre qué es importante enseñar y qué se debería aprender en la escuela es una manera de imaginar el futuro que queremos.
La noción de justicia curricular, descrita, entre otros, por Connell (2006) y por Torres Santomé (2011), resulta de especial interés en el debate sobre qué se debe enseñar en la escuela ya que parte como condición necesaria de garantizar el derecho a aprender de todos y todas, especialmente de aquellos grupos o sectores de la población marginados y excluidos, lo que nos obliga a tomar decisiones no solo en términos de los saberes que deben ser incluidos en el currículo, sino que también nos obliga a repensar la dinámica de los centros educativos, su gestión y organización, al tiempo que repensamos también las dinámicas internas al aula y las prácticas de enseñanza y aprendizaje.
La educación que necesitamos es aquella que asume que aprender hoy no es tanto apropiarse de la verdad como dialogar con la incertidumbre. Que entiende que es necesario aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certeza (Morin, 1999).
La escuela que necesitamos no puede quedarse solo en la enseñanza y aprendizaje de contenidos disciplinares. Tampoco como mero vehículo de transmisión de las habilidades básicas para ganarse la vida (Bruner, 1997). Es la que nos permite movilizar los conocimientos adquiridos para entender el mundo y poder actuar sobre él. La escuela que necesitamos es aquella que cuestiona sistemáticamente la reproducción de desigualdades, la falsa idea de meritocracia o los destinos marcados de antemano. La escuela como un espacio de posibilidad para todos y el currículo como el conjunto de oportunidades educativas que la escuela ofrece a los alumnos (Moya y Valle, 2019).
No queremos una educación, solo, para la adaptación. Queremos una educación también para la transformación. Para la transformación de las vidas de las personas y para la transformación de la sociedad.
“El diseño del Aula Inteligente no fue una visión instantánea ni una luz que, de improviso, ilumina un escenario en sombra. Tuvo una larga gestación y la inspiración, como siempre, nos sorprendió trabajando”.
FELIPE SEGOVIA, 2009
Escribir sobre el Aula Inteligente, desde la perspectiva de quienes participaron en ella en sus comienzos, es un ejercicio nostálgico y, a la vez, grato y provechoso.
El haber vivido y participado en una experiencia educativa inigualable como el Aula Inteligente se recuerda como algo excepcional: un proyecto valiente, meditado, documentado hasta el último detalle y avalado por las más avanzadas teorías sobre el aprendizaje.
Su promotor, Felipe Segovia, dedicó una gran parte de su tiempo a profundizar en las teorías del aprendizaje y a su vez lograr la implicación y la complicidad del profesorado en el desarrollo teórico-práctico de un nuevo modelo, el Aula Inteligente, que detectara las carencias del sistema docente e identificara nuevos parámetros de funcionamiento, acordes con el momento social que se presentaba a las puertas de la actividad docente y del proceso de enseñanza-aprendizaje. Un sistema docente que aportara soluciones a la realidad del momento social e histórico.
Tras años de profundas reflexiones y estudios teóricos que, a modo de píldoras, su promotor presentaba frecuentemente a los profesores para integrarles en el proceso de convertir las ideas en realidades, el proceso de cambio comenzó cuando Felipe Segovia, presidente de la Institución SEK, a finales de la década de los 90, invitó a un grupo de profesores, al más puro estilo socrático, a visitar con él el pabellón de Secundaria del Colegio SEK El Castillo. Allí empezó a platearnos preguntas:
—¿Qué os parece lo que veis?
