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Mientras el infame pintor Yoshihide realiza un biombo infernal, tienen lugar una serie de sucesos inexplicables. Este relato sigue uno de los principales estilos de Akutagawa: la actualización de cuentos antiguos para reflejar la psicología moderna. Akutagawa da nombre a uno de los premios literarios más importantes de Japón, pero además es un autor irreductible al tiempo, cuya obra no solo se enseña en los colegios e institutos nipones como lectura obligatoria, sino que además no deja de interesar a lectores adultos.
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Seitenzahl: 72
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Ryūnosuke Akutagawa
El biombo del Infierno
Ilustraciones de Marta Gómez-Pintado
NOTA DE LA TRADUCTORA
El budismo es una religión que cree en la reencarnación como resultado directo de las acciones acumuladas en vida (karma). Con el propósito de enseñar el bien y el mal, pero sobre todo para infundir miedo y aumentar la fe, durante el periodo Heian (794-1185) en Japón se elaboraron pergaminos ilustrados y pinturas que representan escenas de los diferentes reinos de la escala móvil de la existencia y que integran la cosmovisión budista de los continuos renacimientos, cuyo nivel más bajo es el inframundo. Este reino infernal está dividido principalmente en ocho regiones heladas y ocho regiones ardientes. El biombo mencionado en este relato representa las ocho regiones del Infierno Ardiente donde los condenados son atormentados con una infinidad de torturas en medio de llamas feroces.
I
Quizás no haya existido otra persona como el señor de Horikawa, ni existirá en el futuro. Se rumoreaba que antes de que él naciera, la imagen de la deidad Daiitoku Myō-ō[1] se le había aparecido a su señora madre en sueños, una señal de que desde el inicio de su existencia ya estaba destinado a no ser un hombre corriente. Hiciera lo que hiciera, se ganaba la admiración de todos. Por ejemplo, la magnitud de su mansión, no sé si describirla como magnífica u ostentosa, en cualquier caso, era una muestra de la osadía característica y fuera de lo común del señor. Algunos cuestionan sus comportamientos comparándolos a los de los emperadores tiranos Qin Shi Huang[2] y Yang.[3] Pero quienes así lo critican están equivocados, porque, como dice un adagio, los mediocres no son capaces de entender a los grandes hombres. El señor de Horikawa nunca fue codicioso, nunca estuvo obsesionado por acaparar riqueza y poder. Manifestaba una gran benevolencia a la hora de tratar a las personas humildes como si quisiera compartir con todo el mundo los bienes que le había concedido la vida.
Y tal vez por su bondad, no lo afectó en absoluto el incidente ocurrido con los cien demonios que merodeaban por el cruce de las avenidas Nijō y Ōmiya.[4] Asimismo, ahuyentado por él, desapareció incluso el fantasma del antiguo gran ministro de la izquierda, Tōru,[5] que se aparecía por las noches en el afamado jardín, inspirado en el paisaje de Shiogama de la provincia de Mutsu, de su inmensa mansión de Kawara en la avenida Higashi Sanjō.[6] Estoy seguro de que él tuvo algo que ver en cómo se desarrollaron ambos hechos.
Con personalidad y poder tales, no era de extrañar que el señor de Horikawa gozara de tanta popularidad en aquella época entre los hombres y mujeres de todas las edades de la capital, quienes lo veneraban como a la reencarnación de un santo. Una vez, cuando regresaba a casa tras asistir a la contemplación de los ciruelos en flor, el buey de su carruaje se soltó y embistió a un anciano que pasaba por allí. Y este, a pesar de resultar herido, lejos de protestar, juntó las palmas y bendijo la suerte de haber sido alcanzado por el buey de tan distinguido señor. Y le acontecieron otros numerosos sucesos de este estilo a lo largo de su vida, sucesos dignos de ser recordados durante largo tiempo, si bien pudieran ser interpretados como un ostentoso desafío a la autoridad de su señor superior, su majestad el emperador. En ocasión de un gran banquete en la corte, el señor de Horikawa envió un espléndido obsequio de treinta caballos blancos, y otra vez ofrendó con devoción un sacrificio humano para la reparación del puente del río Nagara[7] en la persona de uno de sus jóvenes criados predilectos;[8] en otra ocasión se ofreció valientemente al experimento de un monje chino, que había aprendido el método de cirugía de Hua Tuo,[9] para que le extirpara una pústula del muslo. En fin, de referirme a todos los episodios protagonizados por el señor no terminaría nunca. Sin embargo, entre todos, ninguno es tan espantoso como aquel referente al Biombo del Infierno, que hoy es uno de los tesoros artísticos de esa ilustre familia. Incluso el señor de Horikawa, que por lo general se mostraba imperturbable, pareció profundamente afectado en aquella circunstancia. Ni que decir tiene la conmoción que nos causó a nosotros, los que estábamos a su servicio. En particular, a mí, que llevaba veinte años sirviéndole, nunca antes ni después me había tocado presenciar un espectáculo tan tremebundo.
Pero para contaros esa historia, creo que es imprescindible que os dé a conocer en detalle la personalidad del protagonista, el pintor Yoshihide, autor de dicho biombo que representa el infierno budista.
II
Al oír su nombre, es posible que algunos de vosotros lo recordéis. Fue un artista tan destacado que en su época se decía que no tenía rival. En el momento de este episodio, frisaría los cincuenta. Era un hombre bajo, escuálido, de mirada perversa. Y sin embargo, cuando se personaba en la mansión del señor de Horikawa, solía ir vestido con veste de caza kariginu[10] de marrón amarillento oscuro[11] y tocado formalmente con el gorro momieboshi[12] como si fuese alguien de importancia. Con todo, su aspecto desprendía cierto aire de bajeza y sus labios húmedos llamativamente colorados, algo impropios de su edad, recordaban un animal carnívoro, haciendo que su presencia resultara realmente repulsiva. Algunos suponían que mojaba tanto los pinceles en la boca que sus labios acabaron tiñéndose. Otras personas de lengua viperina lo apodaban burlonamente «Saruhide» (Mono-hide), diciendo que sus movimientos se parecían a los de un mono.
Hablando de ese apodo, voy a referir una anécdota. Por aquel entonces, la hija única de Yoshihide, de quince años, servía como dama de compañía en la mansión de los Horikawa. Era una muchacha encantadora que no se parecía en nada a su padre. Era madura y considerada, tal vez porque había perdido a su madre siendo muy pequeña, y tan espabilada que era capaz de llevar a cabo cualquiera de las tareas que se le encomendasen. Con lo cual, era muy querida tanto por la señora de Horikawa como por las otras damas que servían en la casa.
Un día, alguien regaló a la familia un mono amaestrado que había traído de la provincia de Tanba.[13] El hijo del señor, que estaba en la edad de las travesuras, le puso el nombre de Yoshihide. El animal ya resultaba gracioso solo por su aspecto. Así que al darle tal nombre, no había nadie en la casa que no se riera de él. Lo malo era que todo el mundo no solo bromeaba con la bestezuela, sino que también comenzó a divertirse malintencionadamente llamándolo sin cesar por su apodo «Yoshihide, Yoshihide», y a la menor ocasión acusaban al macaco de perpetrar diabluras tales como subirse al pino del jardín, o manchar el suelo de la habitación de las damas de servicio.
Un día que la hija de Yoshihide llevaba una rama de flores encarnadas de ciruelo con un billetito atado a ella, al pasar por un largo pasillo, vio aparecer al pequeño mono por una de las puertas correderas del fondo. Venía huyendo en dirección a ella, pero debía de haberse hecho un esguince en la pata, pues cojeaba y no tenía ni siquiera fuerza para trepar velozmente por las columnas como hacía habitualmente. Y además, detrás del animal venía el hijo del señor blandiendo una delgada rama a modo de látigo amenazándolo: «¡Ladrón de naranjas! ¡Alto, alto, que te voy a castigar!». La muchacha los observaba vacilante, pero justo en ese momento el mono se aferró a ella por la falda de su hakama[14] sin dejar de chillar lastimeramente… Ella no pudo por menos que sentir pena por el animalillo. Sosteniendo la rama de ciruelo en una mano, con la otra estiró rápidamente la amplia manga de su uchigi, su kimono a capas, de color morado, y con ella cubrió al mono y lo aupó cariñosamente en brazos. Luego saludó al niño con una profunda reverencia diciéndole con voz serena:
—Joven señor, no es más que un pobre animal. Os ruego que lo perdonéis.
Sin embargo, el niño, que estaba excitado, se mostró malhumorado ante ese ruego y mientras pataleaba en el suelo irritado, protestó:
—¿Por qué lo defiendes? No es más que un mono ladrón de naranjas, que lo sepas.
—Porque es un pobre animal que no sabe lo que hace… —insistió la muchacha, y tras sonreír afligida, se atrevió a añadir—: Y además, como lleva el nombre de Yoshihide, igual que mi padre, me parece que lo castigáis a él, y no puedo soportarlo.
Esas palabras debieron de hacer que el niño cediera.
—Está bien. Ya que me lo pides en nombre de tu padre, lo perdono, aunque no es justo —rezongó, y arrojó el improvisado látigo al suelo volviendo por donde había venido hacia la puerta corredera del fondo.
III
