El blues del hombre muerto - Ray Celestin - E-Book

El blues del hombre muerto E-Book

Ray Celestin

0,0

Beschreibung

CHICAGO,1928 AL CAPONE DOMINA LA CIUDAD PERO SU HEGEMONÍA EMPIEZA A AGRIETARSE... Chicago, 1928, la ciudad más corrupta y más racialmente dividida de Estados Unidos. Allí coinciden Al Capone, el gánster que domina sus bajos fondos, y Louis Armstrong, el trompetista que está revolucionando el mundo del jazz. En el agobiante verano de aquel año se van a producir tres incidentes que van a sacudir las estructuras de la ciudad: por un lado, en un distinguido cóctel es envenenado lo más granado de la alta sociedad de Chicago; por otro, la inestable heredera de una familia adinerada desaparece sin dejar rastro; y, por último, un gánster aparece muerto y mutilado en un inmundo callejón. A Ida Davis y al expolicía Michael Talbot les encargan buscar a la joven desaparecida. Mientras, el fotógrafo forense Jacob Russo sigue la pista del gánster asesinado en un momento en que puede desatarse una guerra entre las bandas de Al Capone y Bugs Moran. ¿Tienen alguna relación todos estos casos? "El blues del hombre muerto", un guiño a un clásico del jazz ("Dead Man's Blues"), es una novela negra original, magníficamente documentada, que mantiene la tensión y la intriga de principio a fin. Celestin recrea de forma sin igual aquel Chicago de crímenes mafiosos, prostitución, tráfico de bebidas alcohólicas y heroína, violencia racista, políticos y policías corruptos..., que generaba fortunas sembradas de cadáveres mientras se violaba la ley seca tanto en las más distinguidas recepciones como en los garitos más inmundos. Siempre con un fondo musical de jazz y blues.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 730

Veröffentlichungsjahr: 2018

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ray Celestin

El blues del hombre muerto

Traducido del inglés por Mariano Antolín Rato

 

Índice

Prólogo: Cadenza

Primera parte: Primer chorus

Segunda parte: Dúo

Tercera parte: Puente

Cuarta parte: Solo

Quinta parte: Segundo chorus

Sexta parte: Tercer chorus

Séptima parte: Improvisación

Octava parte: Chorus final

Conclusión: Coda

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

Para Mum

«El jazz ha venido para quedarse porque es una expresión de estos tiempos, de la época apasionante, enérgica, superactiva en la que estamos viviendo».

LEOPOLDSTOKOWSKI, 1924

PRÓLOGO

CADENZA

Nueva Orleans, agosto de 1922

LOUIS ARMSTRONG CORRIÓ POR el andén cuando se estaba poniendo en marcha el Panama Limited, con su maleta de cartón en una mano y el estuche de su corneta y los billetes en la otra. Agitó el último de estos ante el guarda del andén, que ni siquiera lo miró porque estaba demasiado ocupado riéndose del chico regordete, sudoroso y sobrecargado con el equipaje que trataba de alcanzar el tren, intentando sobrepasar los vagones solo para blancos y llegar a uno de los furgones dentro de los cuales podría saltar sin miedo a que le dieran una paliza.

El tren pitó y Louis redobló sus esfuerzos, esquivó un montón de maletas, pasó junto a un maletero de aspecto desconcertado, alcanzó el primer vagón en el que ponía Gente de color, tiró su maleta dentro, se puso los billetes en la boca, se agarró al pasamanos y saltó al tren cuando el maquinista aumentaba la potencia y el ferrocarril dejaba la estación y salía disparado bajo los ardientes cielos sureños.

Se desplomó bruscamente en el suelo y se quedó un momento allí, tratando de recuperar la respiración, con los pulmones ardiéndole debido al escaso ejercicio y demasiados cigarrillos. Rebuscó en los bolsillos, encontró un pañuelo, se secó el sudor de la cara, tratando de resultar más presentable, y se dirigió a su compartimento. Cuando dio con él, vio que era estrecho y estaba cerrado y ocupado por una mujer enorme y una camada de niños, todos ellos sentados en las dos planchas de madera que hacían las veces de asientos. Louis sonrió a la mujer, ella gritó a los niños para que le hicieran sitio y él empujó su maleta, dejándola en la red de lino que estaba encima de los asientos.

—¿Cómo te llamas, chico? —preguntó la mujer cuando Louis se había apretujado en una esquina.

—Louis Armstrong, señora.

—¿Eres hijo de Mayann?

—Sí.

—Hace años que conozco a tu madre —dijo ella, con un tono que sugería que por algún motivo estaba orgullosa de ello—. ¿Adónde vas?

—A Chicago.

—Nosotros también. ¿Tienes trabajo allí?

—Sí, señora. Toco con la banda de Joe Oliver. Segundo corneta.

—¿Joe Oliver? —repitió la mujer, dando vueltas al nombre en sus recuerdos durante unos segundos para tratar de situarlo. Luego se encogió de hombros—. Bien, pues que tengas suerte. ¿Has comido?

—No, señora.

—¿Trajiste comida?

—No, señora.

Con las prisas por llegar a la estación, no había tenido tiempo de pararse en una tienda de comestibles y ahora la mujer le estaba mirando con los ojos sesgados. El tren tenía tres vagones comedor: en uno servían comida francesa à la carte, en otro comida de cafetería y en otro cosas para picar, pero a los negros no se les permitía entrar en ninguno. La mujer chasqueó la lengua y luego gritó al mayor de los niños que bajara la cesta; cuando el niño la cogió de la red y la puso en el suelo en el centro del compartimento, ella quitó la tela de cuadros y repartió trozos de pollo y siluro fritos, quingombó empanado, yaniqueque y botellas de gaseosa, y Louis tuvo la sensación, a los cinco minutos de dejar Nueva Orleans, de que ya había encontrado una familia nueva.

Después de comer guardaron los restos dentro de la cesta y Louis jugó con los niños, miró por la ventanilla, charló, fumó y se quedó dormido; el día se hizo noche y en un determinado momento despertó y vio una galaxia de luces de la ciudad que pasaban junto a la ventanilla, manchas de neón destacándose en la negrura, y percibió un gran movimiento en las calles, y luego oyó el zumbido de las farolas de sodio de la estación de la calle 12 de Chicago.

Louis ayudó a apearse a la mujer y anduvieron por el andén hasta el centro de la estación. Él paseó la vista por la gente que había, y vio lo rápido que andaban, la prisa que se daban, lo bien vestidas que iban, lo aerodinámico, brillante y moderno que parecía todo. Se preguntó si solo eran sus ojos, y se dio la vuelta para mirar el tren, a toda esa gente del Sur recogiendo su equipaje, y la diferencia le saltó a la vista: la ropa gastada, vieja, las maletas estropeadas, todo cubierto por la pobreza y el polvo de las llanuras sureñas.

Comparadas con las de Chicago, las personas como Louis parecían refugiados de algún país lejano, hambriento, y en aquel instante se dio cuenta de que su idea de lugar natal iba a ser puesto a prueba en aquel nuevo ambiente, que iba a tener que luchar para no dejarse influir por el contraste. Alejarse del Sur ya había sido suficiente batalla; a algunos negros los habían linchado solo por verlos en el mostrador comprando billetes de tren para el Norte, y algunas madres echaban pimienta en los zapatos de sus hijos al hacer el viaje creyendo erróneamente que espantarían a los perros de caza con su olor. Pero ahora Louis notaba que había otra batalla que acechaba a todas aquellas personas, una batalla para adaptarse, para que no se aprovechasen de ellas, para no perder lo que eran en el intento.

—¿Estás seguro de que tienes algún sitio al que ir? —preguntó la mujer.

—Claro que sí, señora. Joe Oliver va a mandar a alguien a recogerme —dijo Louis.

La mujer le miró fijamente, sin estar convencida, luego le saludó con la cabeza, reunió a sus chicos y le deseó buena suerte, y en el momento en que desapareció entre esa multitud cambiante, Louis lamentó haberle mentido. Miró a su alrededor, apreció la inmensidad de la estación y la ciudad al fondo y recordó las historias de músicos de jazz que dejaban Nueva Orleans y terminaban abandonados en sitios extraños, desplumados por promotores y tipos de las compañías de discos, abandonados sin un amigo ni un centavo, mendigando en las calles para conseguir lo suficiente para comprar un billete de tren y volver a casa.

Intentó quitarse esa idea de la cabeza y buscó unos servicios para ir a refrescarse un poco, así podría continuar el trayecto sintiéndose vagamente limpio. Vio un cartel y siguió la flecha hacia unos escalones de mármol que bajaban hasta un par de puertas, con las indicaciones habituales para hombres y mujeres. Pero no veía ninguna señal que indicase si los servicios eran para gente blanca o de color, y por eso se quedó quieto allí un momento, dudando.

—Chico, pareces más perdido que un pulpo en un garaje —dijo una voz a sus espaldas. Louis se volvió y vio a un negro viejo vestido con uniforme de ordenanza parado detrás de él y sonriendo. Algo en la actitud y modo de comportarse del hombre sugería que había hecho lo mismo antes, que trabajar en la estación muchas veces suponía ayudar a los sureños recién llegados que parecían aturdidos por su situación.

—¿De dónde vienes?

—De Nueva Orleans.

—¿Nueva Orleans? —repitió el hombre con una expresión de desagrado en la cara—. Yo nunca aguanté mucho en Nueva Orleans. No puedo soportar el olor a cerveza.

Louis frunció el ceño, inseguro de cómo tomarse el comentario.

—¿Adónde tienes que ir? —preguntó el hombre.

—A la parte sur.

—Todos los negritos que se bajan de esos puñeteros trenes van a la parte sur, chico. La cuestión es a qué sitio de la parte sur.

—Los Jardines Lincoln. He venido para unirme a la banda de Joe Oliver.

—¿King Oliver? —dijo el hombre, repentinamente animado—. ¿Eres el nuevo cornetista del que habla todo el mundo?

Louis frunció el ceño, suponiendo que debía de haber alguna confusión y preguntándose desde cuándo se llamaba King, Rey, a Papa Joe.

—Ven, chico. Te conseguiré un coche.

El ordenanza le condujo fuera, le metió en un taxi y dijo al conductor que le llevase directamente a los Jardines Lincoln, y Louis se sentó en el borde del asiento y contempló la ciudad que pasaba silbando. Se alejaron de la estación, bajaron por la calle State, cruzaron lo que parecía un barrio de putas y al poco tiempo Louis tuvo la sensación de que estaban en plena zona sur, en Bronzeville, el Cinturón Negro, el nuevo hogar del jazz. Eran más de las diez de una noche laborable y las calles estaban atestadas, animadas como un sábado en Bourbon Street. El taxi pasó por delante de clubes de jazz, bares donde se tocaba blues, despachos de chop-suey y salones de billar y cines y teatrillos de variedades, todos con luces de neón de todos los colores que brillaban chillonas en la oscuridad.

Pasaron por debajo de vías férreas elevadas y al lado de tranvías; y a lo lejos, hileras e hileras de rascacielos que resplandecían en la noche le daban a Louis la sensación de que la ciudad entera cabalgaba sobre una chispa, brillante de electricidad, cromo y velocidad. Los negros y negras que se apresuraban por las calles con trajes y vestidos elegantes, la circulación y los trenes que pasaban zumbando y el destello de los rótulos de neón: todo era un nuevo y palpitante reino de posibilidades.

El taxi dobló a la izquierda en la calle 31 y le dejó a las afueras de los jardines. Louis alzó la vista hacia el edificio y distinguió el rótulo encima de las puertas:

KING OLIVER Y SU BANDA DE JAZZ CRIOLLO

Y entonces oyó el sonido inconfundible de la corneta de su antiguo maestro atravesando las paredes del edificio y derramándose por la calle. Era el mismo blues arrastrado del sur, de casa, pero en cierto modo diferente. Le llevó un momento descubrir a qué se debía: la velocidad. Era mucho, muchísimo más rápido, como las personas que había visto apresurándose por las calles; tenía un tempo más frenético, vertiginoso, para adaptarse a su nuevo hogar.

—Es el nuevo chico de King —gritó el taxista sobre el ruido a uno de los porteros, señalando con un dedo en dirección a Louis. El portero era enorme, y a pesar del calor llevaba puesto un abrigo de lana, con solapas de terciopelo y cuello de piel. Louis se bajó del taxi y el portero le echó una ojeada, y él fue consciente una vez más de su ropa y su destartalada maleta de cartón.

Pagó al conductor y, cuando el taxi se alejaba chirriando, Louis observó a los hombres que andaban arriba y abajo por la acera vendiendo con disimulo botellas de ginebra o envoltorios de marihuana, heroína o cocaína. Y en la cola delante del club vio algo que le hizo detenerse: blancos. Un grupo de desmañados jóvenes, con pinta de estudiantes, inquietos, escuchaban la música como si estuvieran escuchando a una especie de dios.

El portero miró fijamente a Louis e inclinó la cabeza unos dos centímetros hacia la entrada; Louis anduvo hasta el principio de la cola, el portero empujó la puerta para abrirla y es entonces cuando le golpea la música, como un tren de mercancías, ensordecedor e implacable.

Recorrieron el vestíbulo y llegaron a la pista de baile. Louis vio que estaba abarrotada de cientos de jóvenes modernos que bailaban con el sonido de la música delirante de Papa Joe, cuya corneta gruñía, se quejaba y retorcía con su timbre y tono. El lugar atronaba con el jazz, giraba en una corriente de optimismo y hedonismo, enloquecido por el aquí y el ahora. Y en aquel momento una cosa destelló en la mente de Louis: a pesar de la diferencia de tempo, todas aquellas personas del Norte tan sofisticadas estaban congregadas allí para escuchar la música del Sur, la música de Nueva Orleans, su música. Y pensó en aquel ejército de aspecto desharrapado de refugiados que se apeaban del tren en la estación de la calle 12. Podían haber sido pobres, pero le estaban dando a la ciudad algo que esta ansiaba, algo que adoraba.

Y una sonrisa asomó a sus labios. No estaba seguro de lo que iba a seguir, un intercambio entre personas de diferentes extremos del país, entre rápido y lento, negro y blanco, antiguo y moderno, una fusión de algo nuevo e importante. En Chicago estaba pasando algo, y sonrió de oreja a oreja ante la rareza de todo aquello

PRIMERA PARTE

PRIMER CHORUS

 

«Hemos llegado a tal punto que es mejor que un policía dispare un par de balas a un hombre y le interrogue después. Esto es una guerra. Y en una guerra uno dispara primero y habla después».

INSPECTOR WILLIAM SHOEMAKERDEPARTAMENTO DE POLICÍA DE CHICAGO, 1925

«La única ley efectiva en Chicago es la de la violencia, impuesta por criminales y asesinos. La mala fama de Chicago se está extendiendo por todo el mundo y hace que los americanos que desean estar orgullosos de esa ciudad sientan vergüenza. Se ven obligados a disculparse por la segunda ciudad más grande de Estados Unidos y a explicar que es un sitio especial».

Washington Post, 1928

1

Chicago, junio de 1928

MILES DE PERSONAS ATESTABAN las calles, bloqueando el tráfico, incomunicando barrios enteros, con el grueso de la multitud agolpada en los locales de la funeraria Sbarbaro y Cía. en el 708 de la calle North Wells. La gente llenaba las calzadas y aceras que rodeaban el edificio, unos se alineaban en la ruta del cortejo, otros ocupaban las puertas de Monte Carmelo o trepaban a las farolas o colgaban de los aleros. Algunas familias disponían sillas en torno a las ventanas de los pisos altos. En el cielo, un negro zumbido de deudos brotaba como moho en los techos, coronando los actos.

Solo una mínima parte de ellos había conocido de verdad al muerto, un político de alto nivel con un historial de rumores que lo relacionaban con la mafia, que vestía trajes con bolsillos muy grandes hechos a medida para que cupiera el dinero en metálico con el que repartía en Navidades pavos y carbón a los pobres, incluidos los negros. Pero el entierro de un gánster suponía un espectáculo: miles en las calles; famosos y políticos; un desfile de flores y coches lujosos; un ataúd que costaba más que las casas de la mayoría de la gente; mafiosos que se matarían entre ellos cualquier otro día caminando codo con codo, respetando la tregua del día del entierro. Y eso convertía la ceremonia en un acontecimiento: Chicago, ciudad agitada, dinamo, hogar del rascacielos y la fábrica que opera veinticuatro horas, solo se detenía por el entierro de un gánster.

Entre las multitudes que invadían las calles aquella mañana, un hombre se había convertido en una molestia especial al empujar a la gente para pasar lo más educadamente que podía... Excuse, señora... Odio tener que fastidiar... Le importaría... al avanzar todo lo recto que podía por el centro de la tela de araña, hacia la puerta principal de la funeraria del juez John Sbarbaro. La gente a la que apartaba al pasar le miraba extrañada preguntándose si tenía una invitación para la ceremonia. No parecía un gánster ni un político, y aunque tenía el buen aspecto de un astro del cine, nadie le podía recordar de la pantalla del Uptown, o el Tivoli o el Norshore. Además, en realidad no iba vestido para un funeral, sino con un traje de verano de lino color crema, el cual, aunque un poco arrugado, era de un corte impecable.

El hombre, Dante Sanfelippo, tenía treinta y pocos años, estatura media y constitución esbelta, rasgos mediterráneos y mirada sobrecogedora. Llevaba un bolso de viaje de cuero colgado del hombro y tenía el aspecto cansado y confuso de un viajero que unas horas antes se había apeado del Twentieth Century Limited —el tren nocturno procedente de Nueva York— y hecho el trayecto hasta la parte norte entre la multitud después de una breve parada en el hotel Metropole.

Allá en Nueva York, Dante era traficante de ron, jugador, contrabandista de altos vueltos, chulo, arreglatodo y una especie de enigma, un hombre con muchos conocidos y muy pocos amigos. Se había criado en Chicago, pero había huido de la ciudad seis años antes y hoy volvía por primera vez a su ciudad natal; una ciudad natal que Dante se había dado cuenta, en las pocas horas desde su regreso, de que para él ahora no era más que una ciudad fantasma.

Tras unos cuantos minutos más luchando entre la multitud, por fin llegó al cordón policial que se había formado alrededor de la manzana de casas donde estaba situada la Sbarbaro. Apretados contra las barreras había hordas de chicos callejeros, vagabundos que tenían todo el día para estar apostados en un sitio desde el que poder distinguir a los gánsteres legendarios cuyos nombres circulaban por la ciudad en suspiros y disparos; chicos para los que Capone, Moran, O’Banion o Genna eran una especie de reyes, los hombres más grandes, más atractivos que nunca habían brillado en sus barrios.

Dante los examinó un momento, luego se volvió para mirar por encima del cordón y quedó pasmado por lo que vio: un océano de flores azules extendidas por el suelo delante del edificio en tan gran número que ni un centímetro de asfalto resultaba visible. Toda una manzana de casas de la ciudad cubierta de coronas, guirnaldas y ramos de flores. La marea azul se abría camino entre las barandillas de las fachadas de las tiendas, se extendía más allá de las bocas de incendio, farolas, cubos de basura; lamía porches y paredes. Todas las flores que se podían conseguir en el estado de Illinois, dispuestas en miles de ofrendas que debían de haber costado miles de dólares encargar, traer y distribuir.

Dante soltó un silbido, impresionado, luego buscó algún camino entre las flores y al cabo de un momento lo localizó: una delgada hilera de adoquines que llevaba a los escalones delanteros de la funeraria, donde tres pistoleros con traje y expresión impasible hacían guardia. Dante soltó un suspiro y pasó por debajo del cordón, y la multitud soltó un grito ahogado; la gente suponía que era un intruso, un desquiciado, un hombre con tendencias suicidas.

Se echó su bolsa sobre el hombro y anduvo entre el campo de acianos, campánulas, nomeolvides. Cuado se acercaba, los pistoleros se pusieron tensos, su actitud desganada desapareció, las manos se les movieron inquietas dentro de las chaquetas. Cuando Dante estaba a unos pocos metros del comienzo de los escalones, se detuvo, sonrió e hizo una inclinación de cabeza, y los hombres le devolvieron una mirada de expertos.

—He venido a ver al señor Capone —dijo Dante, y el pistolero más cercano le miró de arriba abajo.

—Está ocupado —contestó el hombre, con palabras cortantes.

—Dile que se trata de Dante el Caballero.

Ante la mención del nombre, el pistolero frunció el ceño, como si le acabara de poseer un espíritu y luego una expresión de reconocimiento fue sustituida en su cara por una expresión de preocupación. El pistolero hizo una seña con la cabeza a uno de sus colegas, que se la devolvió y pasó entre las puertas de cristal para entrar en la funeraria.

Dante sonrió a los vigilantes que quedaban y encendió un cigarrillo. Oyó el ruido de un rugido en el aire y junto al resto de la gente alzó la vista y vio dos aviones que se elevaban como un aullido en el cielo. La multitud soltó un grito apagado y se agitó cuando los aviones de pronto bajaron en picado; luego los pilotos giraron sus aparatos hacia arriba y volaron hacia el sol, desapareciendo en su resplandor.

La multitud empezó a preguntarse qué estaba pasando, y Dante volvió a bajar la mirada al suelo, se quitó el sombrero y se secó algo del sudor de la frente, esperando que el pistolero volviera pronto y le admitieran en la funeraria para librarse del calor. Había esperado que al dejar Nueva York evitaría sus abrasadoras temperaturas, pero por alguna razón parecía que en Chicago este verano era incluso peor.

Cuatro días antes Dante había estado en su barco, que contrabandeaba ron en las aguas de Long Island. Incluso desde el comienzo de la ley seca, a tres millas de la costa, justo la distancia que marcaba aguas internacionales, había surgido una serie de barcos conectados que vendían alcohol. Con el nombre de Cadena del Licor, se extendían desde Florida, por el sur, hasta Maine por el norte, y el conjunto de barcos más atareado de toda la hilera era el Rendezvous, al que acudían en lanchas rápidas todas las noches los dueños de restaurantes y cabarés de Nueva York en busca de bebida importada de alta calidad.

Entre la flotilla de barcos de la que formaba parte el Rendezvous, Dante tenía fama de vender el mejor alcohol de alta graduación. Él probaba personalmente cada caja... con gran riesgo teniendo en cuenta los venenos que pasaban por alcohol. Y fue allí, cerca de la costa de Long Island, entre los almacenes flotantes, donde una noche se le acercó una motora y los hombres que iban a bordo le informaron de que en Chicago solicitaba su presencia su viejo amigo el señor Capone. La mente de Dante había volado a su ciudad natal, una ciudad en llamas por asesinatos y atentados con bombas del crimen organizado, un faro de caos urbano que iluminaba como una puesta de sol las llanuras del Medio Oeste. Dejó el negocio en manos de los dos hombres con los que trabajaba en el barco —un antiguo mariscador de Florida y su nieto— e hizo el equipaje para ir a Chicago.

Cuatro días después, parado a la entrada de los locales de la funeraria Sbarbaro y Cía., aún no sabía nada de lo que quería Capone. Había desplegado sus antenas en Nueva York antes de irse, intentando disimuladamente hacerse una idea de cuál podría ser el motivo, pero lo único que captó fue lo que ya sabía: que los atentados y asesinatos de ojo por ojo habían disminuido después de las elecciones de la primavera anterior, que la guerra a muerte de bandas entre Capone y Bugs Moran se había atenuado y que la ciudad estaba al borde de una tregua poco tranquilizadora; todavía dividida entre los dos, con ambos ejércitos a la espera, como un par de platillos listos para tocar. Y a Dante lo había arrastrado hasta el centro de todo aquello una corriente que era imposible evitar.

Cuando estaba dándole vueltas, se abrió la puerta de la funeraria, el pistolero salió, hizo un gesto con la cabeza a su colega y este se volvió hacia Dante.

—El señor Capone le verá ahora mismo.

2

IDA DAVIS ESTABA JUNTO a la ventana de su despacho del noveno piso del edificio de la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton tratando de captar un poco de brisa templada. Una fina capa de sudor estaba produciéndole picor entre los omóplatos y amenazaba con bajarle por la espalda y mojarle el algodón de la blusa. El sol solo llevaba alto unas pocas horas y los cielos ya estaban sedosos por el calor; la ciudad se asaba, dispuesta a soportar otro día la interminable ola de calor que se estaba imponiendo durante el verano.

Abajo, en la avenida, la circulación de la mañana avanzaba lenta. La luz del sol destellaba en los estribos y los radiadores de los coches, y hasta la propia calzada brillaba con una ferocidad desacostumbrada, formando una cinta de luz deslumbrante que se extendía en ambas direcciones, emborronando la visión de Ida y obligándole a entrecerrar los ojos.

En la esquina de enfrente, una mendiga negra estaba gritando sin dirigirse a nadie en concreto, con una voz difícil de entender y cascada, que el calor antinatural de aquel verano era el comienzo del fin de los tiempos, que Chicago —moderna Gomorra, ciudad de hombres malvados y avariciosos— iba a arder barrida por la abrasadora espada del arcángel san Gabriel. Un poco más allá, en la acera, dos patrulleros se le estaban acercando con las manos en sus porras, hombros dispuestos como los de boxeadores.

Ida cerró los ojos un momento y deseó el final del maleficio ardiente, el frescor del otoño, la luz azul del invierno. En algún punto lejano oyó la campana de una iglesia que daba las nueve, pero el sonido era débil comparado con el rugido de la ciudad. Llevaba casi diez años viviendo en Chicago, pero el ruido constante de la metrópolis, su gruñir sobrenatural, era algo a lo que nunca se acostumbraba del todo.

Entonces a lo lejos oyó como un quejido mecánico, abrió los ojos y vio dos aviones que trazaban un arco en el cielo igual que una pareja de tortolitos de acero. Frunció el ceño, los contempló un momento y luego dirigió su mirada hacia abajo para ver qué pasaba con la profetisa de voz áspera, pero ni la mujer ni los policías estaban en ningún sitio a la vista, solo el imparable flujo de peatones continuaba invadiendo las aceras, el tráfico soltaba su miasma de contaminación al aire, donde formaba centelleantes remolinos con el calor, deformando y distorsionando la visión.

—¿Te encuentras bien? —preguntó una voz desde el interior del despacho.

Ida se dio la vuelta y vio a Michael, que estaba sentado a su mesa y alzaba la vista de unos documentos para mirarla.

Ella asintió con la cabeza.

—Solo aspirando los tubos de escape de los coches.

Michael sonrió; luego llamaron a la puerta y los dos se enderezaron.

—La señora Van Haren —anunció la recepcionista, asomando la cabeza por el borde del marco de la puerta. Se retiró de la habitación, y una mujer alta, delgada y de mediana edad ocupó el espacio que había dejado vacío y avanzó hacia ellos. Vestía un traje de chaqueta de un gris plomo que no se le ajustaba al cuerpo, algo que sugería una pérdida de peso rápida, problemas recientes. En la cabeza llevaba un sombrero campana con una pluma de pavo real sujeta al borde que, según se acercaba, se iba moviendo al ritmo de sus pasos, un toque alegre que no parecía corresponder con su por otra parte aspecto sombrío.

—Señora Van Haren —dijo Michael, poniéndose de pie y ofreciendo con la mano las dos sillas que tenía enfrente.

La mujer se sentó en una, e Ida ocupó la otra, y cuando estuvieron instalados los tres intercambiaron una forzada sonrisa.

—Yo soy Michael Talbot y esta es mi colega, Ida Davis —dijo Michael, y la mujer echó una ojeada a los dos antes de que en su cara se impusiera una expresión de desconcierto. Ida sabía lo que significaba; la mujer estaba insegura de qué comportamiento era el adecuado, pues nunca antes había tratado con nadie tan extravagante como una pareja de detectives, en especial una pareja de aspecto tan extravagante como Michael e Ida.

—Gracias por dedicarme su tiempo —dijo la mujer, con una voz tan relamida como su aspecto—. ¿Les importa que fume?

Michael negó con la cabeza. Cuando la señora Van Halen sacó un cigarrillo de la pitillera de su bolso de mano, Ida se fijó en los anillos de platino y las uñas muy cuidadas de la mujer. Esta encendió su pitillo con una mano temblona y aspiró profundamente. Había algo frío en ella, algo elaborado y severo, una rigidez gélida con la que estaba tratando de ocultar su nerviosismo.

El día anterior, cuando se enteraron de que una tal señora Van Haren había concertado una cita con ellos, Ida había investigado un poco y se había enterado de que se trataba de una de los Van Haren la que venía a verles; una de las familias más distinguidas de Chicago y, hasta hacía muy poco, una de las más ricas. En la prensa financiera hubo informaciones de que estaban siendo mal administrados, que el valor de sus acciones se estaba desplomando; había pérdidas en los beneficios, inquietud en los inversores. También se informaba en las páginas de sociedad de que la hija de la heredera de la familia se iba a comprometer con un tal Charles Coulton hijo, miembro de una familia de mayor, pero más reciente, riqueza cuya categoría de nuevo rico había sido objeto de burlas y esnobismo en los artículos que había leído Ida.

—¿Ustedes son los detectives que resolvieron el secuestro de Brandt? —preguntó la señora Van Haren, y Michael asintió con la cabeza—. ¿Y el robo del oro en el First National? —continuó ella, y Michael asintió una vez más.

También habían resuelto docenas de casos más durante sus años en Chicago —chantajes, atracos, asesinatos, saqueos—, la mayoría de los cuales nunca habían aparecido en los periódicos, para gran contento de Ida. La mujer debía de haber preguntado a alguien quiénes eran los mejores detectives de Chicago, y había apuntado su dirección. Y ahora estaba tratando de relacionar a los dos inverosímiles sureños que tenía delante con la idea que su imaginación se había formado de ellos a partir de los informes de prensa que había leído.

Michael, en la versión no imaginaria, tenía algo más de cincuenta años y era tan alto y delgado como la señora Van Haren; su cara, profundamente picada de viruelas, con cierta luz tenía aspecto macabro, con otra patético, pero tenía la ventaja de hacerle parecer extrañamente alguien sin edad. La característica principal de Ida, de veintiocho años y excepcionalmente guapa, si bien un poco desmañada, es que era una chica negra con la piel suficientemente clara como para pasar por blanca, un rasgo que le había hecho sentirse una inadaptada durante la mayor parte de su vida. Los dos hablaban con acento de Nueva Orleans, esa cadencia fluida que les delataba como emigrantes de la oscura ciudad del otro extremo del Mississippi desde Illinois, traídos a Chicago por el mismo río que antes que ellos había traído el vudú y el jazz, epidemias de cólera y decenas de miles de pobres del Sur.

Ida cruzó su mirada con la de la mujer cuando la de esta se detuvo en ella y sonrió, y la mujer le devolvió la sonrisa de un modo tenso antes de dar otra agresiva calada a su cigarrillo: el gris del humo se arremolinó en torno al gris de su vestido. Ida habitualmente se sentía incómoda en compañía de los ricos de cuna; su experiencia le decía que detrás de la elegancia siempre acechaba un desdén, una sensación de privilegio, la creencia de que el mundo estaba especialmente reservado para ellos. Pero con aquella mujer no estaba tan segura.

—Mi hija ha desaparecido —dijo al fin, con un temblor en la voz.

—¿Cuándo? —preguntó Michael.

—Hace tres semanas.

—¿Y la policía?

—La policía no ha hecho progresos en su búsqueda, y conociendo a la policía de esta ciudad, dudo que los haga nunca.

Michael cruzó su mirada con la de Ida. En Chicago era de esperar la incompetencia y la falta de interés de la policía... pero no cuando la familia con la que trataban era la de los Van Haren.

—¿Dónde se la vio por última vez? —preguntó Ida.

—En el Marshall Field’s. Uno de nuestros conductores la dejó delante de esos grandes almacenes, y esa fue la última vez que la vio alguien.

—¿Se había estado comportando de modo anormal los días anteriores a su desaparición? —preguntó Michael.

—No, señor Talbot —dijo la mujer—. No parecía desgraciada, ni inquieta, ni angustiada.

Ida volvió a pensar en las páginas de sociedad que había leído el día anterior. A juzgar por los artículos, la chica parecía dividir su tiempo entre los acontecimientos habituales de la alta sociedad y largos turnos de trabajo haciendo obras caritativas en el Hogar fundado por la socióloga y pacifista Jane Adams y en un proyecto en Hyde Park para ayudar a los negros jóvenes de la parte sur.

En las fotos Ida había distinguido algo raro —una pista en la ropa que vestía la hija perdida— que le hizo preguntarse si la señora Van Haren estaba diciendo la verdad sobre su desaparición.

—Mi hija iba a casarse pronto —continuó—. Y eso, quizá, sea lo extraño de esto... su prometido también ha desaparecido.

—¿Y no cree usted que se hayan fugado juntos? —preguntó Michael.

La señora Van Haren negó con la cabeza.

—Nosotros aprobábamos el matrimonio. La boda iba a ser uno de los grandes acontecimientos del verano. Y entonces, unas pocas semanas antes de la ceremonia, desaparecen los dos. De diferentes sitios. El mismo día.

—¿Y el prometido?

—Todavía desaparecido también —replicó ella inexpresivamente, bajando la vista hacia el cigarrillo de su mano—. He estado dándole vueltas un millón de veces. Si fue un secuestro, ¿entonces por qué ninguna nota sobre el rescate? Si estuviera en un hospital, o, Dios no lo quiera, en un depósito de cadáveres, ¿entonces por qué no ha sido reconocida? Si la estaban chantajeando, ¿entonces por qué no pidió dinero? Si se escapó con un amante, ¿entonces por qué ha desaparecido también su prometido? No tiene sentido. ¿Cómo puede una de las chicas más ricas, más guapas de la ciudad, desaparecer en una acera en pleno día? —La señora Van Haren los miró como si les planteara un acertijo, la definición de un crucigrama que le estaba enfureciendo—. No tiene sentido —repitió, con desesperación filtrándosele en la voz. Murmuró algo, luego empezó a temblar, e Ida pudo ver que el hielo se estaba cuarteando; un momento después se echó a llorar, y a su cara anteriormente gris afluyó la sangre. Sacó a tientas un pañuelo de su bolso, más para esconderse detrás que para secarse las lágrimas, e Ida se echó hacia delante y le puso la mano sobre los hombros, notando que el cuerpo temblaba y se convulsionaba—. Gwendolyn es mi única hija —continuó—. ¿Pueden imaginar el terror de no saber qué le ha pasado?

Abrió su bolso, sacó una fotografía y se la pasó a Ida. Era una de estudio que mostraba a una mujer de veintipocos años, sentada delante de un biombo con flores, que llevaba un vestido largo de crepé estampado y el pelo ondulado y salpicado de perlas. Ida reconoció a la chica de las páginas de sociedad de los periódicos. Gwendolyn van Haren era llamativamente guapa, un tipo de belleza graciosa con un toque de energía en sus elevados pómulos y su mirada franca.

Le pasó la foto a Michael, que la miró unos segundos y luego unió las puntas de los dedos índices, e Ida, viendo la señal, le hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Nos encantará ocuparnos de la desaparición de su hija —dijo él, y la señora Van Haren le miró con fijeza un largo momento, casi sin creerlo, antes de que se le dibujase una sonrisa en la cara, una sonrisa débil que indicaba inestabilidad, una sonrisa que despertó la simpatía de Ida simplemente porque parecía estar luchando con mucha fuerza solo para existir.

—Gracias, señor Talbot, señorita Davis —dijo, con una voz cálida debida a una esperanza reavivada—. Gracias.

Aspiró a fondo y se volvió a secar las lágrimas, y la pluma de pavo real de su sombrero se movió informalmente; Ida alzó la vista hacia ella, y el ojo del centro de la pluma pareció devolverle la mirada de un modo que parecía acusador.

—¿Puedo preguntarle dónde está su marido? —preguntó Michael.

—Está fuera, ocupándose de unos negocios en el oeste —respondió ella, tensa.

A Ida le gustaría saber a qué se refería exactamente. La familia había hecho su fortuna con el ferrocarril, contribuyendo a convertir Chicago en el principal centro de comunicaciones de la nación. Pero ahora el dinero de la familia parecía basarse únicamente en inversiones, y no buenas además, e Ida se preguntó qué negocios podían ser más importantes que la tarea de encontrar a su hija, y consolar a su afligida mujer.

—¿Qué pasos van a seguir ahora? —preguntó la señora Van Haren.

—Veremos qué tienen que decir los informes de la policía, y partiremos de ahí.

—¿Van a consultar este asunto con la policía? —preguntó ella, y por primera vez se apreció un tono nervioso en su voz, y el pañuelo de su mano aumentó su temblor aunque fuera ligeramente.

—Tenemos amigos en el departamento de policía —dijo Michael, utilizando la terminología más vaga posible para referirse al ejército de agentes corruptos con los que la agencia tenía componendas—. Dadas las circunstancias, estoy seguro de que estarán dispuestos a permitirnos el acceso a los archivos del caso.

Sonrió y la señora Van Haren le devolvió la sonrisa, indecisamente.

—Quiero pedirles discreción sobre esto —dijo—. La policía, a pesar de sus muchos defectos, se ha mantenido callada.

—Para nosotros toda la información de nuestros clientes es confidencial —dijo Michael, y la señora Van Haren asintió.

—Cuando nos dimos cuenta de que ella había desaparecido —dijo la mujer—, nosotros... esto es, mi marido y yo... reunimos una recompensa para su regreso sana y salva. Cincuenta mil dólares. Íbamos a anunciarlo en los periódicos, pero la policía nos lo desanconsejó. Ese dinero todavía sigue destinado a cualquiera que encuentre a mi hija, incluidos ustedes. Tengo que saber lo que le pasó —dijo, el tono de súplica había regresado a su voz—. Necesito saber dónde está.

—Es una oferta generosa, señora Van Haren —dijo Michael—, pero va en contra de la política de la empresa aceptar incentivos.

Ella asintió y buscó dentro de su bolso otro cigarrillo.

Unos minutos después, una vez que ellos obtuvieron más información, todos estaban de pie despidiéndose y la señora Van Haren salía, con la cara cenicienta de nuevo y la pluma oscilando con resolución en su sombrero.

—¿Qué opinas tú? —preguntó Michael después de que se hubiera ido.

—Está ocultando algo —dijo Ida—. Y me da la impresión de que los cincuenta mil que mencionó suenan a soborno. No quiere que la policía intervenga, y la ausencia de su marido resulta sospechosa.

—Como pasa con el prometido.

Ida asintió y se dirigió a la ventana para recibir la brisa una vez más. Pensó otra vez en las fotos de Gwendolyn van Haren que había visto en las revistas y en que no concordaban con la historia que había contado su madre. Miró por la ventana un momento y le alegró ver que la vagabunda estaba una vez más en la esquina gritando acerca de la apertura del Séptimo Sello, el trono de Dios, la tierra devastada.

Ida se dio la vuelta, se sentó en el alféizar y miró a Michael.

—¿Cómo puede desaparecer en plena calle una de las herederas de Chicago?

—No lo sé —dijo Michael—. Lo averiguaremos.

3

EL REGUERO DE SANGRE empezaba en pleno gueto de la calle Federal, una vía adoquinada cercana a las líneas de ferrocarril de Rock Island y New York Central. En gotas y chorros se dirigía hacia el norte y doblaba una esquina entrando en un estrecho callejón, pasaba junto a cajas rotas, cubos de basura, manchas de grasa y restos de comida putrefacta, hasta que al fin se detenía a unos metros del otro extremo del callejón en un copioso y espeso charco encima del cual yacía la fuente de toda aquella sangre: el cuerpo de un hombre blanco de mediana edad, vestido con elegancia, abierto de brazos y piernas, mutilado y muerto.

Había dos personas en el callejón con el cadáver: un agente de policía y un fotógrafo forense. Al resto de los agentes los habían mandado a interrogar al vecindario o a ocuparse del cordón a la entrada del callejón, y los inspectores encargados del caso habían ido a los billares de la vuelta de la esquina para llamar por teléfono y esperar a los médicos forenses.

El agente que estaba junto al cadáver, un tipo perezoso con señales en los nudillos, se suponía que no debería perder de vista al muerto, pero en realidad se estaba liando un cigarrillo mientras se apoyaba en la entrada de servicio a la cocina del Mai Wah Noodle Palace, cuya pared ocupaba medio callejón.

El fotógrafo, que se llamaba Jacob Russo, estaba ocupado montando su cámara en un trípode para sacar un primer plano de la cara del muerto.

Jacob tenía treinta y tantos años, era alto y astroso, y desempeñaba su trabajo con la indolencia propia de un corresponsal de guerra. Instaló su cámara, una Voigtländer Bergheil, en la placa de soporte del trípode; luego se fijó en la luz que le rodeaba y trató de calcular la exposición adecuada. El callejón era tan estrecho, y los edificios de cada lado tan altos, que conseguían impedir el paso de la luz solar, dejando la delgada tira de asfalto en que estaban tan sombría y oscura como una alcantarilla subterránea. Para más inri, el local de comida china en cuya pared estaba apoyado el policía tenía un enorme rótulo de neón en la esquina, y su luz inundaba el callejón desde la calle State, destellando púrpura y roja a intervalos de dos segundos y pasando sobre el cuerpo muerto como una marea eléctrica, que subía y bajaba: púrpura... roja... púrpura... roja...

—Como un jodido carnaval —dijo el agente, sonriendo a Jacob y metiéndose el cigarrillo en la boca. Jacob asintió, aunque pensaba que el neón parecía más una señal luminosa de advertencia, un eco de cosas que pasarían.

Se volvió para mirar la entrada del callejón, el rótulo que se alargaba nueve metros más arriba de la esquina del edificio:

CHOP SUEY... NOODLES... CHOP SUEY... NOODLES...

Las palabras se alternaban con la imagen de un dragón chino, con aspecto de estar perdido en un cuerpo eléctrico, analizando el suelo extranjero a sus pies.

Jacob volvió su atención del rótulo al cadáver y lo examinó un momento. La víctima tenía unos cincuenta años, supuso, e iba vestida como un gánster: traje cruzado adornado con un clavel en la solapa y un pañuelo en el bolsillo del pecho, zapatos de charol abotinados. Para nada el tipo de hombre que se espera encontrar muerto en un callejón de la zona con mayor número de delitos del Cinturón Negro.

Las cuchilladas cubrían la mayor parte de la tripa y el pecho del hombre, pero fue su cara —una cara dura, de líneas marcadas, con bigote— la que atrajo la atención de Jacob. Le habían sacado los ojos. Los globos oculares, situados, cuidadosamente, a unos centímetros de la cabeza, donde estaban caídos sobre el asfalto grasiento como un par de lichis pelados, captaban el reflejo del rótulo de neón, con el dragón apareciendo a intervalos en sus brillantes bóvedas blancas.

Después de acuchillarle y sacarle los ojos, habían terminado con el hombre poniéndole las manos en torno a su cuello, donde había un círculo de magulladuras azules y amarillas. Lo que quedaba de su cara estaba hinchado de un modo poco natural, pues la sangre se le había acumulado durante el estrangulamiento, haciendo que se le dilatasen los labios, la nariz y las mejillas y se le pronunciaran las venas convirtiendo su rostro en algo casi inhumano y más parecido a una careta de plástico del carnaval medio fundida por el fuego. Y por si fuera poco, la cara destellaba en púrpura y rojo a intervalos de dos segundos.

La mano izquierda del hombre estaba caída boca arriba detrás de su cabeza, y la derecha, extendida hacia un lado, casi tocando los cubos de basura del restaurante, que estaban alineados a lo largo de la pared y despedían un fuerte olor a carne y salsa de pescado podridas.

Había algo especial en esa mano.

Jacob se agachó para mirar más de cerca, apoyándose en el asfalto, que sintió extrañamente caliente al tocarlo. Sacó una linterna de su bolsa en bandolera, la encendió e iluminó la mano. Había esquirlas de cristal verde oscuro hundidas profundamente en la palma y los dedos del hombre, docenas de ellas, salpicadas por toda la superficie. Entonces Jacob lo olió: un tufo a champán despedido por la piel con cristal incrustado y, debajo de él, un olor a sustancia química, intenso y ardiente. Hacía años que no lo olía, pero se dio cuenta al instante de lo que era: el olor del alcohol alterado químicamente.

Hizo una pausa para respirar y un dolor agudo que le atravesó el pie le trajo de vuelta al aquí y ahora. Se levantó y estiró la pierna, flexionando los músculos doloridos que rodeaban su pantorrilla. Alzó la vista y vio al agente de policía sonriéndole con suficiencia, pero Jacob, acostumbrado a ser tratado en broma por el departamento de policía, ignoró al hombre y se puso a mover el trípode para sacar una foto de la mano de la víctima.

Preparó la Voigtländer, luego echó un poco de magnesio en polvo en su flash y lo levantó por encima de su cabeza. Apretó el obturador y cuando oyó el zumbido del temporizador de la cámara disparó el flash y se produjo un estallido como de fuegos artificiales cuando explotó el magnesio y mandó una oleada de blancura que se extendió igual que una cascada por el callejón, transportándolos durante un instante a un reino de nada cegadora.

Luego la realidad púrpura-roja volvió a imponerse y Jacob observó cómo el polvo formaba una nube de humo al aire, flotaba hacia el policía y le producía un ataque de tos.

—Joder —dijo el hombre, lanzando una mirada venenosa a Jacob entre la penumbra y limpiándose unas gotas de saliva nacarada de los labios.

Jacob contuvo una sonrisa e hizo como si no se hubiera fijado. Introdujo una platina oscura en la cámara y sacó la placa, que echó dentro de su bolsa en bandolera. Luego se apoyó en la pared, encendió un cigarrillo y volvió a mirar el cuerpo: los dos cráteres horripilantes donde deberían haber estado los ojos, el tercer cráter de la boca del hombre, abierta como si todavía estuviese sorprendido por lo que le había pasado.

Jacob oyó un ruido y miró hacia la pálida luz niquelada de la entrada del callejón. Se había detenido un coche en la calle State del que se apearon dos hombres de la oficina del forense, con abultados maletines de cuero en la mano. Se reunieron con los inspectores, que estaban saliendo del salón de billares casi al mismo tiempo, y, después de intercambiar informaciones durante un momento, pasaron por debajo del cordón policial y entraron en el callejón.

—¿Es que no hay unas jodidas luces aquí? —dijo el mayor de los dos médicos forenses, entrecerrando los ojos entre la lúgubre niebla de neón, mientras indicaba a su ayudante que sacara una linterna de uno de los maletines. La encendió, y cuando su luz atravesó la oscuridad, los hombres empezaron a ocuparse del cuerpo.

—¿Cuál es la funeraria más cerca de aquí? —preguntó el teniente.

—Gracie’s. A dos manzanas de distancia —contestó el más joven de los dos médicos sin alzar la vista—. Es un sitio muy pequeño.

—Servirá. Vamos a envolverlo para llevárnoslo de aquí enseguida. Antes de que los amarillos de la puerta de ahí al lado incorporen el cuerpo a su menú.

El teniente soltó una risita ante su broma, y Jacob cruzó la mirada con el inspector más joven. Se hicieron un gesto con la cabeza. El inspector joven se dio la vuelta y se dirigió hacia la boca del callejón, y Jacob le siguió. Salieron a la calle State y quedaron cegados un momento por la luz del sol; luego el inspector joven —Frank Lynott— sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta.

—Cojeas de mala manera —dijo—. ¿Estás bien?

Jacob asintió con la cabeza. Siempre le pasaba eso cuando estaba de rodillas demasiado tiempo. Si estaba estirado y se mantenía en movimiento, la gente raramente notaba su cojera, pero después de dormir, o después de estar de cuclillas, o después de cualquier período de inactividad, sus andares eran manifiestamente irregulares.

Lynott encendió el cigarrillo y observó lo que pasaba en la calle: un grupo de jóvenes se apretaba junto al cordón de la boca del callejón; otros entraban en los billares o en el restaurante chino; había taxis esperando pasajeros.

Unas horas antes, cuando al hombre lo estaban matando en el callejón, solo a unos pocos metros la calle State había estado llena de vida y animación, con los clubes abiertos, la música a todo meter y vendedores clandestinos de ginebra trabajando en las colas. Pero nadie se había fijado en el estropicio del asfalto del callejón. O, si lo había hecho, no había considerado que tuviera nada que ver con ello.

—¿Te las arreglaste para sacar algo en limpio antes de que los de la oficina del forense se pusieran a trabajar? —preguntó Lynott, volviéndose para mirar a Jacob con una mueca maliciosa.

—Claro que sí —contestó Jacob, secándose el sudor de la frente.

A los médicos del forense se los elegía por recomendación personal de este, y las recomendaciones llevaban mucho tiempo siendo ocasión para los sobornos. Así, de los veintiséis que trabajan en la actualidad en Chicago, ninguno tenía la menor experiencia como patólogo, y únicamente uno tenía relación con un hospital: como asesor en una planta infantil. Todo eso significaba que solo era cuestión de tiempo que los dos médicos del callejón echaran a perder, contaminaran o destruyeran cualquier prueba que quedase. Y tanto Jacob como Lynott lo sabían.

—El ataque empezó en algún sitio cercano —dijo Jacob—. En un almacén clandestino de alcohol entre aquí y las vías del tren de Rock Island. Lo apuñalaron allí, pero consiguió escapar, probablemente destrozándole la cara al atacante con una botella de champán. Vino dando tumbos todo el camino hasta aquí, donde había perdido demasiada sangre por las puñaladas, así que se desplomó. El asesino siguió el rastro de sangre, dio con él, le arrancó los ojos y luego lo estranguló.

—Dios santo. ¿Le sacó los ojos mientras todavía estaba vivo?

—Eso creo yo. Los ojos de los estrangulados están llenos de sangre debido a la presión. Esos de la calle están blancos como el mármol.

—¿Algo demás? —preguntó Lynott.

—Tenía cristales incrustados en la mano. Cristales verde oscuro, gruesos. Y la mano le olía a champán. Eso significa que donde le atacaron había botellas de champán a mano. Él cogió una y contraatacó. El rastro de sangre lleva a las vías de tren. No hay bares ni burdeles por esa parte, así que el único sitio con champán a mano tiene que ser un almacén clandestino de alcohol. Además el hombre va vestido como un gánster, de modo que probablemente estaba haciendo negocios y algo salió mal. Comprobaré en los hospitales para ver si han atendido a alguien con pinta de que le hayan estrellado una botella en la cara. Si no era el asesino, por lo menos era un testigo.

Jacob hizo una pausa y pensó si contarle a Lynott lo del intenso olor de las manos del muerto, pero al cabo de un momento decidió que no; no estaba seguro de si un olor apagado, casi imperceptible, que podría haber imaginado él en realidad constituía una prueba fiable. Los dos fumaron en silencio y miraron fijamente la calle State un rato.

Ambos se habían criado en el mismo bloque de casas, ambos habían soñado con ser inspectores. Pero a Jacob le habían impedido el ingreso debido a su pierna, así que Lynott le había recomendado para el trabajo de fotógrafo forense, y Jacob acabó de eso. Reconocía las escenas del delito, tomaba las huellas dactilares, estudiaba los pequeños detalles, no perdía de vista lo que era importante. Y ese era el motivo por el que era objeto de burlas en el Departamento de Policía: Jacob era un marginado con cojera y más talento que cualquier inspector de la división.

En la acera de enfrente se abrió la puerta de uno de los hoteles baratos que bordeaban la calle y salió una pareja al sol deslumbrante; se frotaban los ojos, parecían agotados y somnolientos. El hombre, un negro, y la mujer, una rubia, se despidieron con un gesto de cabeza y tomaron caminos distintos sin intercambiar una palabra. Esa era otra de las cosas que ocurrían en el Cinturón Negro —hombres negros con mujeres blancas, hombres blancos con mujeres negras—: la mezcla que se producía en los clubes de jazz «Black and Tan» interraciales de la ciudad muchas veces terminaba en las habitaciones llenas de pulgas de los hoteles que daban a la avenida.

Algo relacionado con la escena acudió a los pensamientos de Jacob, un recuerdo agazapado entre las sombras, fuera del alcance del foco de su conciencia.

—¿Qué pasa? —preguntó Lytton, que se fijó en el fruncimiento de cejas al mirar la fachada del hotel.

—No lo sé. Algo de esto me recuerda algo. Como si lo hubiera visto antes.

—¿Ya habías visto a un tipo cosido a puñaladas, con los ojos arrancados y estrangulado?

—Por como lo dices, crees que lo recuerdo.

Se sonrieron uno al otro y siguieron fumando.

—Hay algo más que me llama la atención de aquellos globos oculares —dijo Jacob.

—¿Que estaban mirando los cubos de basura?

—A la víctima la mataron en plena noche. Llevaba horas ahí. ¿Cómo es que no se los llevaron las ratas?

Se volvió para mirar a Lynott, que se encogió de hombros, y Jacob continuó dándole vueltas al asesinato. Por muy espantosa que fuera la escena del crimen, lo que atraía sus pensamientos era la imagen de la pareja que salía del hotel. Tenía la sensación de que estaba relacionada, y quería saber cómo.

—Conseguiré que alguien compruebe dónde empieza ese rastro de sangre —dijo Lynott al cabo de un momento—. Será mejor que volvamos.

Jacob asintió. Dejaron el sol de la calle State para volver a la sombra del callejón, convirtiéndose ellos mismos en sombras excepto por las puntas de sus cigarrillos, que brillaban rojas en la oscuridad.

4

DANTE SE SENTÓ al fondo de la sala del velatorio de la funeraria. Estaba solo, si se exceptúa el cadáver, al que habían instalado en un ataúd en la parte de delante, rodeado por unas espuelas de caballero e iris por valor de unos cuantos miles de dólares. La tapa del ataúd no tenía el pestillo echado y estaba abierta; algo importante para los sicilianos: el ataúd tenía que estar abierto durante dos días y dos noches para que el alma ascendiera a los cielos. La creencia había hecho que algunos de los sicarios más subnormales de los bajos fondos terminaran con sus víctimas con un disparo de escopeta en la cara, asegurándose la desfiguración, un ataúd cerrado, purgatorio, infierno.

La cara de aquel viejo, sin embargo, no estaba dañada más que por los estragos de la edad: unas cuantas arrugas, pelo blanco, manchas de vejez. El ataúd estaba forrado de terciopelo azul, y el cadáver llevaba puesto un traje azul con una rosa azul en la solapa. Dante ignoraba si el color repetido era un deseo del muerto o si a sus amigos simplemente se les había ido la mano.

En el silencio oyó una vez más el zumbido de los aviones por encima y luego, algo más cerca, pasos; se dio la vuelta y vio a tres hombres que entraban en la sala: Al, su hermano Ralph y su guardaespaldas Frank Rio. Al sonrió cuando vio a Dante, y Dante le devolvió la sonrisa, tratando de disimular su sorpresa ante lo mucho que había cambiado Al en los seis años que habían transcurrido desde la última vez que se habían visto.

Cruzaron la sala, se abrazaron y luego Al se estiró y se miraron uno al otro. Al estaba mucho más gordo de lo que recordaba Dante, más calvo también, y extrañamente pálido, con aspecto de tener diez años más de los que en realidad tenía. La buena comida, los puros, la bebida, la cocaína, la tensión constante por tener que protegerse de asesinos e intrigas: todos los ingredientes de la malavita estaban cobrándole su tributo a Al Capone.

—Cuánto tiempo, Dante —dijo Al con su característica voz baja marca de la casa, escasamente más sonora que un murmullo—. ¿Cómo está la Gran Manzana?

—Madura para la recogida.

Al sonrió fulgurante y le dio una palmada en la espalda.

Dante y Al habían ido a la par años atrás, los dos jóvenes promesas en la Banda Torrio. Pero mientras que Dante se había marchado de Chicago y vagado por el país como un alma en pena, Al se había quedado en la ciudad, se había convertido en el jefe supremo del hampa, y había terminado a cargo de una organización que controlaba la mayor parte del alcohol, el juego y la prostitución de Chicago, lo que le proporcionaba más de cien millones de dólares al año, con parte de los cuales compraba las elecciones a alcaldes, gobernadores y senadores. La ley seca había originado la mayor ola de delitos de la historia de Estados Unidos, y Al había ascendido con ella hasta la cima. Si había un indiscutible vencedor del juego de la ley seca, era el prematuramente envejecido de veintinueve años parado delante de Dante, que medía uno sesenta y siete, con ojos grises, pelo del color de la caoba, una sonrisa cómplice en los labios.

Dante dijo hola a Frank, y luego a Ralph, hermano de Al, que le devolvió el saludo con un frío gesto de cabeza. Ralph el Botellas Capone solo era uno de los hermanos que se ocupaban de la organización. Mientras Al era la cara exterior de la banda, siempre vestido a la perfección con trajes llamativos, sonriendo para las fotos, apareciendo en fiestas, acontecimientos deportivos y reuniones políticas, Ralph se ocupaba de la distribución de cerveza.

—Te acompaño en el sentimiento —dijo Dante, haciendo un gesto con la cabeza hacia el ataúd.

—Se lo tenía merecido —dijo Al—. Esta es la última velada. Vamos a hablar.

Pusieron unas sillas en forma de herradura y se sentaron, y Al se inclinó hacia atrás, apartándose de un rayo de luz que entraba por las ventanas y destacaba con un brillante relieve las cicatrices del lado de su cara. Al era dolorosamente consciente de las cicatrices, tres de las cuales, abultadas y púrpuras, se marcaban desde su oreja hasta debajo de su barbilla. Fueron consecuencia de una pelea años atrás en un bar de Brooklyn, y utilizaba una mezcla de polvos de talco y corrector facial para taparlas. Ese intento de controlar su imagen no funcionaba, así que entre los numerosos apodos de Al —Sumergido, Rey Alphonse, Al Brown— había uno que detestaba: Cara Cortada.

Al miró a Dante un momento antes de hablar.

—Tenemos un traidor en la Organización —dijo—. Quiero que lo descubras.

Dante pensó un momento, sorprendido por la solicitud, pero tratando de que su cara no lo mostrase.

—Ralph —dijo Al—, ¿quieres poner al día a Dante?

Ralph asintió con la cabeza y se aclaró la garganta.

—Hace como unas tres semanas hubo un envenenamiento en el Ritz. Unos del grupo de Big Bill Thompson reservaron una sala privada para una fiesta. Comida, chicas, naipes, alcohol. Asistieron el alcalde, el gobernador, dos antiguos senadores, el fiscal del estado, el jefe de la patronal, un juez del tribunal municipal. Les sirvieron una ronda de champán antes de la comida y una hora más tarde dos de ellos estaban en el depósito de cadáveres, y el resto, en el hospital, donde les hacían un lavado de estómago.