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El libro "El Caballero Carmelo y Otros Cuentos" de Abraham Valdelomar es una obra fundamental de la literatura peruana, que reúne relatos donde se amalgaman el realismo y la fantasía, con un estilo elegante y poético que cautiva al lector. A través de su narrativa, Valdelomar presenta un universo donde se entrelazan las tradiciones populares y la vida cotidiana en el Perú de principios del siglo XX. La obra se caracteriza por sus descripciones vívidas y su habilidad para retratar las emociones humanas, lo que contribuye a un profundo entendimiento de la psique de sus personajes, así como a una crítica sutil de la sociedad de la época. Abraham Valdelomar, un autor versátil y pionero del modernismo en Perú, se destaca no solo por su literatura, sino también por su faceta como poeta y periodista. Nacido en 1888, su obra refleja la influencia de su entorno, su formación en la educación clásica, y su interés por la cultura popular peruana. La experiencia de Valdelomar como observador de su sociedad lo llevó a plasmar en sus cuentos una rica variedad de matices y personajes que capturan la esencia de su época. Recomiendo "El Caballero Carmelo y Otros Cuentos" no solo por su calidad literaria, sino también por su relevancia cultural. Es una lectura indispensable para aquellos que buscan entender las raíces de la narrativa peruana y explorar temas universales que siguen resonando en la actualidad. Sin duda, este libro enriquecerá el acervo literario de cualquier lector interesado en la obra de Valdelomar. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
El Caballero Carmelo y Otros Cuentos reúne, en una edición de un solo autor, una selección esencial de la narrativa breve de Abraham Valdelomar. Su propósito es ofrecer un mapa legible de su cuentística: piezas canónicas junto con relatos menos frecuentados, organizados respetando sus divisiones internas en secciones numeradas. El conjunto privilegia el cuento —y la forma del relato breve de aliento ensayístico o lírico—, sin incluir teatro, poesía ni correspondencia. La colección está diseñada para introducir a nuevos lectores a la variedad de registros del autor y, a la vez, brindar a estudiosos un corpus compacto, representativo y contrastado.
La prosa de Valdelomar, escrita en el Perú del primer tercio del siglo XX, participa del modernismo y lo adapta a tonos criollos, urbanos y provincianos. Su estilo combina musicalidad, imagen precisa y ritmo narrativo, con ironías discretas y un sostenido cuidado por la voz. A partir de su labor periodística, refina la estampa y la crónica, pero en estos textos prioriza el cuento como forma artística, con estructuras limpias y finales de resonancia moral o emotiva. Este volumen permite observar cómo, desde escenarios costeros, andinos y citadinos, el autor modela una sensibilidad que vuelve decisiva la experiencia de la infancia y la memoria.
Como pieza axial, El Caballero Carmelo se sitúa en un hogar costeño y convoca la mirada de un narrador que evoca su niñez. La llegada de un ser querido desde el mar y la presencia de un gallo de pelea organizan el relato alrededor de la familia, la fiesta y los ritos del pueblo. Sin anticipar su desenlace, baste decir que la tensión entre el mundo adulto y la sensibilidad infantil estructura una historia de lealtades, miedos y afectos. Su eficacia narrativa y su emotividad controlada explican que sea considerado uno de los relatos peruanos más influyentes de su tiempo.
Otros cuentos de la colección exploran con intensidad el paisaje y la comunidad. El vuelo de los cóndores recorre alturas andinas y la percepción del límite humano frente a la naturaleza. Yerba santa aborda creencias populares y sus efectos en un ámbito provinciano, mientras Chaymanta Huayñuy introduce voces y resonancias andinas con respeto y eficacia literaria. Hebaristo, el sauce que murió de amor ensaya una fábula sentimental donde la naturaleza refleja emociones humanas. En todos ellos, Valdelomar modula registros: describe con precisión, sostiene atmósferas de espera y construye personajes a partir de gestos mínimos, sin perder el pulso narrativo.
El libro incluye relatos de corte urbano y portuario, y piezas en torno a la inmigración china en el Perú. Tres senas, dos ases desplaza el drama a una mesa de juego, donde azar y carácter exponen decisiones límite. El beso de Evans se despliega en un ambiente marítimo y de puerto, con pasiones que rozan la aventura. En los cuentos chinos, con títulos como Los Chin-Fú-Tón y Whong-Fau-Sang, el autor observa con humor y compasión vidas marcadas por el trabajo, la distancia y el roce cultural. El registro combina ternura, picardía y una mirada crítica sin caricatura.
Una veta fantástica y de inquietud moral atraviesa textos como Los ojos de Judas y El círculo de la muerte, donde el misterio, la sugestión y la fatalidad sostienen la intriga. La tragedia en una redoma ensaya una conjetura científica con ecos de laboratorio y consecuencias imprevistas, y piezas como Las vísceras del superior o El hediondo pozo siniestro intensifican lo grotesco y lo ominoso. Finis desolatrix veritae, de impronta decadentista, explora límites del conocimiento y la desolación. En estos relatos, Valdelomar experimenta con perspectivas, crea símbolos perdurables y cuida una prosa de timbre grave, precisa y sugestiva.
Unifican el conjunto la centralidad de la memoria, la formación sentimental y la tensión entre tradición y modernidad. El autor articula escenas familiares, fiestas populares, calles de puerto y alturas andinas para pensar identidad, pertenencia y pérdida. La división en secciones numeradas —presente en varios relatos— pauta la respiración del texto y sugiere una lectura por momentos y revelaciones. Hoy, estas páginas dialogan con debates sobre interculturalidad, migraciones internas, violencia simbólica y cuidado de la comunidad. El objetivo de esta edición es ofrecer un recorrido íntegro y accesible que permita reconocer la coherencia y la amplitud de su arte narrativo.
Abraham Valdelomar (1888–1919), nacido en Ica y formado en el periodismo limeño, escribió la mayoría de sus cuentos en la década de 1910, cuando el Perú oscilaba entre modernización urbana y memorias provincianas. El conjunto El Caballero Carmelo y Otros Cuentos reúne relatos que miran hacia su infancia costeña y, a la vez, ensayos imaginativos de una sensibilidad moderna, influida por el modernismo hispanoamericano y por la prensa ilustrada. Las secciones y series incluidas abarcan escenarios costeros, urbanos y andinos, y condensan una transición cultural: del orden oligárquico de fines del XIX a las nuevas capas medias, los lectores de revistas y la cultura de masas emergente.
El trasfondo político de estos textos es la llamada República Aristocrática (c. 1895–1919), marcada por el predominio civilista, la centralidad de Lima y una economía exportadora (azúcar, algodón) que coexistió con fuertes desigualdades. La memoria de la Guerra del Pacífico seguía viva, y el país buscaba símbolos cohesionadores. En ese marco, un cuento como El caballero Carmelo recobra prácticas populares costeñas y vida doméstica de pequeños puertos, mientras El vuelo de los cóndores invoca emblemas andinos para pensar el territorio. La escritura de Valdelomar transmite ese péndulo entre lo local y lo nacional, entre el barrio, la provincia y un imaginario republicano en redefinición.
La industria editorial y periodística fue decisiva. Revistas ilustradas y diarios urbanos publicaron cuentos por entregas, moldeando expectativas de lectura breve, de circulación rápida y de diálogo con la actualidad. Valdelomar colaboró intensamente en esa prensa y promovió, hacia 1916, la revista Colónida, emblema de una sensibilidad moderna que combinó refinamiento estético con criollismo. Piezas como Hebaristo, el sauce que murió de amor acusan ecos simbolistas y modernistas, mientras el tono costumbrista de otras páginas hace legible la vida cotidiana peruana. La mezcla de registros responde al circuito cultural de la época, donde la crónica, el cuento y el ensayo convivían en los mismos soportes.
Los desplazamientos del autor por provincias en los años finales de su vida, en giras de conferencias, alimentaron una mirada hacia la sierra y los valles interandinos. Relatos como El vuelo de los cóndores y Chaymanta Huayñuy incorporan imaginarios quechuas, paisajes de altura y tensiones entre cosmovisiones, en sintonía con el temprano debate indigenista que se intensificaría en los años 20. Yerba santa recoge prácticas curativas populares que circulaban en zonas rurales y en barrios urbanos, y que dialogaban con una religiosidad extendida. Estas piezas no describen programas políticos, pero registran fricciones y empatías culturales de un país diverso que empezaba a narrarse a sí mismo.
La modernización de Lima trajo tranvías eléctricos, nuevos cafés, clubes y cines, además de discursos científicos en expansión. Ese clima aparece filtrado en relatos urbanos como Tres senas, dos ases, que alude a sociabilidades nocturnas y al azar como metáfora social. El beso de Evans y El círculo de la muerte conversan con lenguajes médicos, criminológicos o psicológicos que ganaban autoridad en la esfera pública. Finis desolatrix veritae, con su título latino y su impronta decadentista, sitúa a Valdelomar en una corriente cosmopolita que releía a los simbolistas europeos. La ciudad republicana, con sus deslumbramientos y amenazas, se vuelve laboratorio de sensibilidades.
La colección incluye Cuentos chinos —con títulos como Los Chin-Fú-Tón, Whong-Fau-Sang o La tragedia en una redoma— que dan cuenta del lugar de la migración china en la costa peruana desde mediados del siglo XIX. Comerciantes y trabajadores chinos transformaron hábitos urbanos y rurales, y también fueron objeto de estereotipos y prejuicios muy visibles en la prensa de inicios del siglo XX. Estos relatos recogen esas representaciones, hoy problemáticas, y testimonian una sociedad multiétnica donde el contacto cotidiano coexistía con la caricatura. Leídos históricamente, permiten rastrear la presencia asiática en la vida popular limeña y provinciana, así como tensiones de integración y diferencia.
La religiosidad católica, las devociones callejeras y el curanderismo convivían con campañas higienistas, reformas educativas y una creciente secularización estatal. Textos como Los ojos de Judas y Yerba santa dialogan con ese tejido de creencias, mostrando la fuerza de rituales, reliquias y remedios en la experiencia social. Otros, como Las vísceras del superior, El hediondo pozo siniestro o El peligro sentimental, se acercan a imaginarios del miedo, la enfermedad y la culpa, afines al naturalismo tardío y al sensacionalismo periodístico. El resultado es un mapa moral de comienzos del siglo XX, donde la ciencia y la fe compiten por explicar el cuerpo y el destino.
La muerte prematura de Valdelomar en 1919, en plena transición hacia el oncenio de Leguía, fijó su figura en la memoria literaria. El Caballero Carmelo y Otros Cuentos fue pronto antologado y leído en clave de criollismo fino, pero las relecturas posteriores destacaron su papel de mediador entre modernismo e indigenismo, y su sensibilidad hacia la cultura popular y las periferias. A fines del siglo XX y en el XXI, los lectores han confrontado sus estéticas con debates sobre raza, clase, migración interna y representación del “otro”. La colección, así, funciona como archivo de sus épocas y espejo crítico para las nuestras.
Conjunto que reúne relatos de registros diversos —ternura íntima, exotismo irónico, tragedia y superstición— articulados por una prosa musical y visual. A lo largo del volumen afloran temas como la infancia, el honor, el azar, la muerte y el choque entre creencias populares y modernidad, en un arco que va del cuadro lírico al experimento satírico y lo macabro.
Relato de contemplación y vértigo en el que la visión de las alturas y el vuelo de las aves mayores se vuelve emblema de libertad y destino. Su tono lírico y ascensional contrapone la grandeza de la naturaleza con la fragilidad humana, entre mito y experiencia.
Fábula sentimental sobre un sauce humanizado y el poder desbordante del afecto, contada con ternura y melancolía. La pieza destila humor leve y compasión, y sugiere una ética del sacrificio sin moralizar.
Historia de atmósfera gótica centrada en la sugestión que ejerce una imagen y en el miedo que se propaga como contagio. Explora culpa, superstición y la fuerza de la mirada, con un cierre ambiguo que preserva la inquietud.
Un cuento que gira alrededor de una planta de virtudes curativas y de las esperanzas que despierta en una pequeña comunidad. Enfrenta fe popular y escepticismo con calidez y tensión contenida, interrogando los límites entre milagro y remedio.
Crónica de una noche de naipes en la que el azar, la astucia y la reputación se juegan a una sola mano. El ritmo nervioso, la jerga del juego y la escalada de riesgos construyen un retrato de honor y destino.
Relato de encuentro con un extranjero enigmático cuyo gesto mínimo —un beso— precipita una cadena de atracción, recelo y consecuencias inesperadas. Suspenso moral y sensualidad contenida se entrelazan en una prosa elegante.
Historia de un espectáculo regido por la violencia ritual donde los espectadores y los participantes quedan atrapados en una rueda sin salida. La narración equilibra fascinación y crítica, subrayando el magnetismo de la muerte como rito social.
Serie de piezas breves de exotismo paródico en las que nombres y escenarios orientales sirven a la sátira, la paradoja y la fábula moral. Con humor negro, absurdo y giros ingeniosos, relatos como Las vísceras del superior, El hediondo pozo siniestro, El peligro sentimental, Los Chin-Fú-Tón, Whong-Fau-Sang y La tragedia en una redoma juegan con lo fantástico y lo grotesco sin perder ligereza.
Relato teñido de mitología andina y fatalidad amorosa, donde los ritos y el paisaje serrano enmarcan un vínculo condenado. El tono elegíaco y la imaginería telúrica exploran lealtad, transgresión y memoria.
Texto de impronta decadentista que lleva la razón hasta el umbral del vacío y encuentra en la verdad un principio devastador. La prosa oscura y reflexiva combina ciencia, misticismo y pesimismo para tensar la frontera entre lucidez y abismo.
Un día, después del desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos aparecer, desde la reja, en el fondo de la plazoleta, un jinete en bellísimo caballo de paso, pañuelo al cuello que agitaba el viento, sanpedrano pellón de sedosa cabellera negra, y henchida alforja, que picaba espuelas en dirección a la casa.
Reconocímosle. Era el hermano mayor, que años corridos, volvía. Salimos atropelladamente gritando:
–¡Roberto, Roberto!
Entró el viajero al empedrado patio donde el ñorbo y la campanilla enredábanse en las columnas como venas en un brazo y descendió en los de todos nosotros. ¡Cómo se regocijaba mi madre! Tocábalo, acariciaba su tostada piel, encontrábalo viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada aún, Roberto recorría las habitaciones rodeados de nosotros; fue a su cuarto, pasó al comedor, vio los objetos que se habían comprado durante su ausencia, y llegó al jardín.
–¿Y la higuerilla? –dijo.
Buscaba entristecido aquel árbol cuya semilla sembrara él mismo antes de partir. Reímos todos:
–¡Bajo la higuerilla estás!…
El árbol había crecido y se mecía armoniosamente con la brisa marina. Tocólo mi hermano, limpió cariñosamente las hojas que le rebozaban la cara, y luego volvimos al comedor. Sobre la mesa estaba la alforja rebosante; sacaba él, uno a uno, los objetos que traía y los iba entregando a cada uno de nosotros. ¡Qué cosas tan ricas! ¡Por donde había viajado! Quesos frescos y blancos envueltos por la cintura con paja de cebada, de la Quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos, nueces, maní y almendras; frijoles colados, en sus redondas calabacitas, pintadas encima con un rectángulo de su propio dulce, que indicaba la tapa, de Chincha Baja; bizcochuelos, en sus cajas de papel, de yema de huevo y harina de papas, leves, esponjosos, amarillos y dulces; santitos de piedra de Guamanga tallados en la feria serrana; cajas de manjar blanco, tejas rellenas y una traba de gallo con los colores blanco y rojo. Todos recibíamos el obsequio, y él iba diciendo, al entregárnoslo:
–Para mamá… para Rosa… para Jesús… para Héctor…
–¿Y para papá? –le interrogamos cuando terminó.
–Nada…
–¿Cómo? ¿Nada para papá?
Sonrió el amado, llamó al sirviente y le dijo
–¡El Carmelo!
A poco volvió éste con una jaula y sacó de ella un gallo, que, ya libre, estiró sus cansados miembros, agitó las alas y cantó estentóreamente:
–¡Cocorocóooo!…
–¡Para papá! – dijo mi hermano.
Así entró en nuestra casa el amigo íntimo de nuestra infancia ya pasada, a quien acaeciera historia digna de relato; cuya memoria perdura aún en nuestro hogar como una sombra alada y triste: el Caballero Carmelo.
Amanecía, en Pisco, alegremente. A la agonía de las sombras[1q] nocturnas, en el frescor del alba, en el radiante despertar del día, sentíamos los pasos de mi madre en el comedor, preparando el café para papá. Marchábase éste a la oficina. Despertaba ella a la criada, chirriaba la puerta de la calle con sus mohosos goznes; oíase el canto del gallo que era contestado a intervalo por todos los de la vecindad; sentíase el ruido del mar, el frescor de la mañana, la alegría sana de la vida. Después mi madre venía a nosotros, nos hacía rezar, arrodillados en la cama, con nuestras blancas camisas de dormir; vestíanos luego, y, al concluir nuestro tocado, se anunciaba a lo lejos la voz del panadero. Llegaba éste a la puerta y saludaba. Era un viejo dulce y bueno, y hacía muchos años, al decir de mi madre, que llegaba todos los días, a la misma hora, con el pan calientito y apetitoso, montado en su burro, detrás de dos capachos de cuero, repletos de toda clase de pan: hogazas, pan francés, pan de mantecado, rosquillas…
Mi madre escogía el que habíamos de tomar y mi hermana Jesús lo recibía en el cesto. Marchábase el viejo, y nosotros, dejando la provisión sobre la mesa del comedor, cubierta de hule brillante, íbamos a dar de comer a los animales. Cogíamos las mazorcas de apretados dientes, las desgranábamos en un cesto y entrábamos al corral donde los animales nos rodeaban. Volaban las palomas, picoteábanse las gallinas por el grano, y entre ellas, escabullíanse los conejos. Después de su frugal comida, hacían grupo alrededor nuestro. Venía hasta nosotros la cabra, refregando su cabeza en nuestras piernas; piaban los pollitos; tímidamente ese acercaban los conejos blancos, con sus largas orejas, sus redondos ojos brillantes y su boca de niña presumida; los patitos, recién sacados, amarillos como yema de huevo, trepaban en un panto de agua; cantaba desde su rincón, entrabado, el “Carmelo”, y el pavo, siempre orgulloso, alharaquero y antipático, hacía por desdeñarnos, mientras los patos, balanceándose como dueñas gordas, hacían, por lo bajo, comentarios, sobre la actitud poco gentil del petulante.
Aquel día, mientras contemplábamos a los discretos animales, escapóse del corral “el Pelado”, un pollo sin plumas, que parecía uno de aquellos jóvenes de diecisiete años, flacos y golosos. Pero “el Pelado”, a más de eso, era pendenciero y escandaloso, y aquel día, mientras la paz era en el corral, y lo otros comían el modesto grano, él, en pos de mejores viandas, habíase encaramado en la mesa del comedor y rotos varias piezas de nuestra limitada vajilla.
En el almuerzo tratóse de suprimirlo, y cuando mi padre supo sus fechorías, dijo, pausadamente:
–Nos lo comeremos el domingo…
Defendiólo mi primer hermano, Anfiloquio, su poseedor, suplicante y lloroso. Dijo que era un gallo que haría crías espléndidas. Agregó que desde que había llegado el “Carmelo” todos miraban mal al “Pelado”, que antes era la esperanza del corral y el único que mantenía la aristocracia de la afición y de la sangre fina.
–¿Cómo no matan –decía en defensa del gallo– a los patos que no hacen más que ensuciar el agua, ni al cabrito que el otro día aplasto a un pollo, ni al puerco que todo lo enloda y sólo sabe comer y gritar, ni a las palomas, que traen mala suerte?…
Se adujeron razones. El cabrito era un bello animal, de suave piel, alegre, simpático, inquieto, cuyos cuernos apenas apuntaban; además, no estaba comprobado que había matado al pollo. El puerco mofletudo había sido criado en casa desde pequeño. Y las palomas con sus alas de abanico, eran la nota blanca, subíanse a la cornisa conversar en voz baja, hacían sus nidos con amoroso cuidado y se sacaban el maíz del buche para darlo a sus polluelos.
El pobre “Pelado” estaba condenado. Mis hermanos le pidieron que se le perdonase, pero las roturas eran valiosas y el infeliz sólo tenía un abogado, mi hermano y su señor, de poca influencia. Viendo ya pérdida su defensa y estando la audiencia al final, pues iban a partir la sandía, inclinó la cabeza. Dos gruesas lágrimas cayeron sobre el plato, como un sacrificio, y un sollozo se ahogó en su garganta. Callamos todos. Levantóse mi madre, acercóse al muchacho, lo besó en la frente y le dijo:
–No llores; no nos lo comeremos…
Quien sale de Pisco, de la plazuela sin nombre, salitrosa y tranquila, vecina a la Estación y torna por la calle del Castillo, que hacia el sur se alarga, encuentra, al terminar, una plazuela pequeña donde quemaban a Judas el Domingo de Pascua de Resurrección, desolado lugar en cuya arena verdeguean a trechos las malvas silvestres. Al lado del poniente, en vez de casas, extiende el mar su manto verde, cuya espuma teje complicados encajes al besar la húmeda orilla.
Termina en ella el puerto, y, siguiendo hacia el sur, se va, por estrecho y arenoso camino, teniendo a diestra el mar y a izquierda mano angostísima faja, ora fértil, ora infecunda, pero escarpada siempre, detrás de la cual, a oriente, extiéndese el desierto cuya entrada vigilan de trecho en trecho, como centinelas, una que otra palmera desmedrada, alguna higuera nervuda y enana y los toñuces siempre coposos y frágiles. Ondea en el terreno la “hierba del alacrán”, verde y jugosa[2q] al nacer, quebradiza en sus mejores días, y en la vejez, bermeja como sangre de buey. En el fondo del desierto, como si temieran su silenciosa aridez, las palmeras únense en pequeños grupos, tal como lo hacen los peregrinos al cruzarlo y, ante el peligro, los hombres.
Siguiendo el camino, divísase en la costa, en la borrosa y vibrante vaguedad marina, San Andrés de los Pescadores, la aldea de sencillas gentes, que eleva sus casuchas entre la rumorosa orilla y el estéril desierto. Allí, las palmeras se multiplican y las higueras dan sombra a los hogares, tan plácida y fresca, que parece que no fueran malditas del buen Dios, o que su maldición hubiera caducado; que bastante castigo recibió la que sostuvo en sus ramas al traidor, y todas sus flores dan frutos que al madurar revientan.
En tan peregrina aldea, de caprichoso plano, levántanse las casuchas de frágil caña y estera leve, junto a las palmeras que a la puerta vigilan; limpio y brillante, reposando en la arena blanda sus caderas amplias, duerme, a la puerta, el bote pescador, con sus velas plegadas, sus remos tendidos como tranquilos brazos que descansan, entre los cuales yacen con su muda y simbólica majestad, el timón grácil, la calabaza que “achica” el agua mar afuera y las sogas retorcidas como serpientes que duermen. Cubre, piadosamente, la pequeña nave, cual blanca mantilla, la pescadora red circundada de caireles de liviano corcho.
