1,99 €
"La Ciudad de los Tísicos" es una notable novela de Abraham Valdelomar que se sitúa en el contexto de la sociedad peruana de principios del siglo XX. Este libro describe la vida en la ciudad de Pisco, donde los tísicos, personas afectadas por la tuberculosis, encuentran un lugar de refugio y resignación. A través de un estilo lírico y melancólico, Valdelomar emplea imágenes vívidas que evocan tanto la belleza de los paisajes como el sufrimiento interno de los personajes. La obra refleja el ambiente cultural de la época, marcada por la enfermedad y la lucha por la supervivencia, lo que la convierte en una crítica social aguda y un análisis profundo de la condición humana. Abraham Valdelomar, reconocido por su enfoque modernista y por su interés en las problemáticas sociales, explica su fascinación por temas como la fragilidad de la vida y el costo del sufrimiento. Su propia experiencia con el contexto de enfermedad y la muerte, así como su dedicación a la literatura, le confiere a esta obra una voz única y personal. Valdelomar, además de novelista, fue poeta y ensayista, lo que enriqueció su prosa con un sentido estético profundo. Recomiendo encarecidamente "La Ciudad de los Tísicos" a aquellos interesados en la literatura peruana y en las exploraciones sobre la vida, la enfermedad y la muerte. La novela no solo ofrece un vistazo íntimo a la lucha de sus personajes, sino que también invita a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia humana. Es un libro que, más allá de su contexto histórico, resuena con cuestiones atemporales y universales. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2023
La Ciudad de los Tísicos, de Abraham Valdelomar, se presenta aquí como una colección de autor que busca reunir, en un solo volumen, las vetas principales de su prosa. El conjunto propone un recorrido por relatos, crónicas, ensayos breves y cartas ficcionales organizados en tres secciones articuladas por afinidades temáticas y de tono. Más que una suma de piezas dispersas, esta edición ofrece una lectura continuada de una sensibilidad que dialoga con la modernidad urbana, la memoria histórica y los dilemas íntimos. Su propósito es poner al alcance del lector un retrato compacto y fiel del escritor en su pluralidad expresiva.
Valdelomar, figura mayor de la literatura peruana de inicios del siglo XX, cultivó el cuento, la crónica, el ensayo y la poesía con un estilo que combina la elegancia modernista, la observación social y una ironía precisa. La colección evidencia esa doble pertenencia: la del escritor atento a la música de la frase y la del cronista que registra gestos, ritos y símbolos de su tiempo. Sus textos, de registro variado pero reconocible, despliegan una mirada cosmopolita anclada en escenarios peruanos, donde conviven la herencia virreinal, la memoria andina y la experiencia de la ciudad que se transforma con rapidez.
La sección I se abre con El perfume, pieza inicial que establece un clima de sensibilidad y de atención a lo concreto del mundo. Allí, la percepción se afina y la prosa explora la relación entre los sentidos y las imágenes que los acompañan, sin perder el pulso narrativo que caracteriza al autor. El título anuncia una escritura que sabe convertir un estímulo mínimo en atmósferas densas, y prepara al lector para una poética de la sugerencia. En esta apertura, la ciudad, el recuerdo y el deseo aparecen como fuerzas latentes que orientan el movimiento de la prosa.
En la sección II se reúnen crónicas y piezas ensayísticas como La quinta del virrey Amat, El salón de pinturas, El Imperio del Sol, La mirada de los ojos blancos, ¡La muerte toca el tambor!, La terrible arquera y La catedral y el conquistador. Estos textos, entre lo narrativo y lo reflexivo, recorren escenarios históricos y artísticos, interrogan símbolos de poder y visitan la presencia de la muerte con imaginación alegórica. La escritura alterna la imagen brillante con la observación precisa, y organiza un mapa cultural donde el legado virreinal y la memoria andina dialogan con la sensibilidad moderna.
La sección III agrupa La correspondencia de Abel Rosell y un conjunto de piezas breves que alternan la reflexión y la fábula. Aparecen cartas y miniensayos como La primera carta, Los extranjeros, Actitudes redondas y actitudes cuadradas, Las manos y las religiones o El matrimonio, junto a estampas y relatos como Rosalinda, la triste, Sor Luisa de la Purificación, El bautizo o Elizabeth. Se perfila una voz que piensa con agudeza y narra con sobriedad, capaz de pasar del apunte moral a la escena íntima sin perder coherencia, y de convertir ideas abstractas en gestos, figuras y situaciones memorables.
El conjunto se unifica por ciertos núcleos temáticos: la ciudad y sus espejos, la fragilidad de los cuerpos, la persistencia de la historia, la tensión entre el rito social y la libertad individual. También por rasgos estilísticos reconocibles: musicalidad de la frase, imaginación simbólica, gusto por la paradoja y una prosa que busca la precisión sin renunciar al brillo. Los géneros se mezclan para interrogar asuntos contemporáneos y antiguos a la vez. El lector encuentra una cartografía de lo peruano y de lo humano, donde el rumor de la modernidad convive con mitos, costumbres y silencios perdurables.
La vigencia de esta colección radica en su capacidad de hablar a lectores actuales desde formas breves y dúctiles. Sus crónicas y ensayos iluminan debates que siguen abiertos —la convivencia de culturas, la autoridad de las tradiciones, el lugar del extranjero—, mientras sus relatos y cartas ficcionales indagan en la ética cotidiana, el deseo y el duelo. Reunidas bajo el título La Ciudad de los Tísicos, estas páginas componen un itinerario coherente sin sacrificar la diversidad. Invitan a una lectura lineal o por núcleos, y ofrecen una entrada esencial al laboratorio estilístico y temático de Abraham Valdelomar.
Abraham Valdelomar (1888–1919) emergió en el Perú de inicios del siglo XX como cronista, cuentista y ensayista modernista. Publicó en la prensa limeña y, brevemente, sirvió como diplomático en Italia, experiencias que alimentaron su mirada cosmopolita y urbana. La colección La Ciudad de los Tísicos reúne piezas aparecidas, en su mayoría, durante la década de 1910, cuando Lima vivía una rápida modernización bajo una élite civilista. Los textos recorren épocas distintas: evocaciones del mundo inca y del virreinato, escenas de la capital republicana y apuntes sobre costumbres y artes. Esa amplitud temporal permite leerlos como un diálogo con la formación histórica del Perú.
En el trasfondo inmediato se halla la llamada República Aristocrática (aprox. 1895–1919), etapa de hegemonía civilista, apertura exportadora y reformas urbanas en Lima. Tranvías, alumbrado eléctrico, cafés y salones modelaron hábitos y sociabilidades. Ese mundo oligárquico y elegante, pero desigual, asoma en piezas que retratan espacios de sociabilidad, como El salón de pinturas, y en miradas sobre los “extranjeros” que llegaban a la capital. La célebre ironía de Valdelomar sobre el Jirón de la Unión resume ese centralismo. La ciudad moderna convive, además, con la fragilidad sanitaria y la ansiedad ante la muerte, que late en títulos como ¡La muerte toca el tambor!.
El motivo de la tisis remite a una realidad global: la tuberculosis fue la principal causa de muerte urbana hasta bien entrado el siglo XX. En el Perú, las primeras décadas de 1900 vieron campañas higienistas, dispensarios y ligas antituberculosas, así como debates entre caridad religiosa y políticas públicas. La ciudad también enfrentó epidemias, incluida la influenza de 1918–1919. En ese clima, piezas como La terrible arquera, La ronda o El mes enemigo condensan el temor, la vigilancia y la temporalidad de la enfermedad. El tono modernista acentúa la sensibilidad decadentista, pero dialoga con saberes médicos, fotografías clínicas y discursos de regeneración social.
Varias piezas miran hacia el virreinato y la Conquista, núcleos de la memoria limeña. La quinta del virrey Amat evoca al gobierno de Manuel de Amat y Juniet (1761–1776), asociado a obras públicas —como el Paseo de Aguas y mejoras urbanas— y a la teatralidad cortesana. La catedral y el conquistador remite a los rituales cívico-religiosos que articularon el poder en Lima desde el siglo XVI. El Imperio del Sol propone, por contraste, la grandeza incaica como horizonte simbólico. En conjunto, esos textos registran cómo los relatos sobre la ciudad, sus monumentos y genealogías políticas ordenaron la identidad criolla.
Las tensiones entre tradición católica y proyectos de secularización también atraviesan la época. A inicios del siglo XX, el Estado peruano fortaleció la educación pública, y los debates intelectuales —del positivismo a renovaciones espiritualistas— cuestionaron viejas jerarquías. En ese marco, piezas como Las manos y las religiones, El bautizo o Sor Luisa de la Purificación observan prácticas, símbolos y moralidades que regulaban la vida familiar y comunitaria. La catedral y el conquistador recuerda, además, que la Iglesia administró espacios clave de la ciudad. Estas referencias dialogan con la reforma universitaria de 1918–1919 en la región, que impulsó nuevas sensibilidades cívicas.
El modernismo de Valdelomar se alimentó de circuitos transatlánticos de revistas, traducciones y exposiciones. La fundación de Colónida en 1916 canalizó esas inquietudes, al tiempo que Lima incorporaba tecnologías que transformaron el ocio y la percepción: fotografía, cinematógrafos, fonógrafos y tranvías eléctricos. Piezas como El salón de pinturas, El perfume o Elizabeth dialogan con ese consumo cosmopolita, con modas y códigos de sociabilidad importados de París o Madrid. La mirada de los ojos blancos sugiere, además, cómo la observación —fotográfica, científica o periodística— se volvió un método dominante para clasificar la realidad, en sintonía con el positivismo tardío.
La apertura comercial del puerto del Callao y la expansión de líneas marítimas acercaron a Lima a corrientes migratorias y diplomáticas. Italianos, españoles, chinos y, desde 1899, japoneses, integraron barrios y oficios, mientras empresas británicas y alemanas dejaron huellas en finanzas y tecnología. La experiencia diplomática de Valdelomar en Italia amplió su repertorio, perceptible en nombres y escenarios de relatos como Elizabeth o en evocaciones históricas como Egadí y la señora de Liniers, que enlazan Perú y el Río de la Plata. La correspondencia de Abel Rosell y Al día siguiente recrean, asimismo, sociabilidades mediadas por prensa, telégrafo y correos.
Leída en conjunto, la colección funciona como un comentario histórico sobre tres capas: el legado inca y colonial, la construcción de una Lima republicana oligárquica y el avance de la modernidad tecnológica y sanitaria. Cada pieza selecciona emblemas —la catedral, el salón, la quinta, la carta— para interrogar memorias y hábitos. Desde mediados del siglo XX, críticos han visto en Valdelomar un puente entre el modernismo y la vanguardia, y han revisitado estos textos a la luz de debates sobre nación, raza, género y centralismo. Sus lectores posteriores reconocen, además, cómo la melancolía urbana convive con una temprana conciencia histórica.
Conjunto de relatos y piezas breves que se mueven entre la evocación histórica, la fantasía sombría y la introspección. Reaparecen la memoria, el poder, la fe y los afectos como núcleos temáticos, trabajados con prosa sensorial y un marcado sentido visual. El conjunto exhibe variaciones de registro —de la crónica al apunte epistolar— que revelan una sensibilidad moderna, melancólica e irónica.
Un aroma desencadena un hilo de recuerdos y deseos, convirtiendo lo sensorial en una puerta a la intimidad. El tono es lírico y envolvente, con una atención minuciosa a la atmósfera y a la ambigüedad entre evocación y presente.
Cuatro cuadros que revisitan símbolos y escenarios del pasado: la residencia virreinal, el recinto pictórico, el sol como emblema imperial y la catedral frente al conquistador. Cada pieza contrapone objetos, arquitecturas y gestos para interrogar la autoridad y su legado estético. La prosa combina elegancia descriptiva y distancia crítica, proponiendo leer la historia como un teatro de imágenes persistentes.
Relatos de atmósfera inquietante en los que la visión, el ritmo fúnebre y la puntería del destino encarnan lo ineludible. La tensión se sostiene en símbolos y silencios antes que en la acción explícita, privilegiando lo ominoso y lo alegórico. Las imágenes de luz y sombra refuerzan una inquietud que roza lo sobrenatural sin diluir lo humano.
