El calor de tu mirada - Alice Sharpe - E-Book
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El calor de tu mirada E-Book

Alice Sharpe

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Beschreibung

Cuando Megan Morison, toda vestida de novia, buscó refugio en sus brazos, John Vermont le ofreció un techo, un trabajo para pagar sus gastos y un hombro sobre el que llorar... Megan estaba harta de que la gente intentase llevar las riendas de su vida, pero con John, un hombre fuerte, callado y de ojos brillantes como el acero, se sintió a salvo y aceptada tal cual era. Pero le habría gustado sentirse también amada. Pero John decía que el matrimonio no era para él, aunque su mirada de deseo y sus besos daban a entender algo muy distinto…

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Seitenzahl: 197

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1998 Alice Sharpe

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El calor de tu mirada, JULIA 985 - abril 2023

Título original: WIFE ON HIS DOORSTEP

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo

Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788411418171

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

A John Vermont, dueño y capitán del barco Ruby Rose, no le gustaba casar a la gente. Por un lado, como se pasaba la mayor parte del tiempo en tierra, había perdido práctica, lo que lo llevaba a tener que leer las promesas de matrimonio del manual, en lugar de poder recitarlas con voz de barítono. Por otro, realmente no creía en el matrimonio. Su experiencia personal le había enseñado que el término «felicidad conyugal» no tenía mucho que ver con la realidad.

Por ejemplo la pareja que estaba frente a él en ese momento. Los declararía marido y mujer en unos minutos. Sin embargo se preguntaba si realmente sabrían en qué se estaban metiendo.

El novio era aproximadamente de su misma edad. Antes de la ceremonia lo había visto por la cubierta, comportándose como si fuera el dueño del barco, seguido de un montón de amigotes que le reían sus bromas mientras él sacaba pecho.

La novia debía de tener unos veintitantos, cinco o seis años menos que el novio. Era rubia, llevaba el pelo corto y una mirada de ojos azules llena de dudas, como si quisiera volver a pensárselo.

¿Por qué se casaría, entonces?

Probablemente la respuesta fuera el dinero. Por lo que había oído comentar a la señora Colpepper, la coordinadora de eventos, la boda la pagaba el novio. Y la langosta y el champán para ciento cincuenta personas no podía salir barato. Ni la conocida banda que tocaba la música ni las cientos de flores.

Otra mujer bonita que se casaba con un hombre rico por motivos equivocados.

Pasó una página y se dijo que era hora de recordarles que el matrimonio no era una institución en la que se pudiera entrar a la ligera. La novia se mordió el labio y lo miró mientras él hablaba, como pidiéndole que la convenciera. Pero él no era el indicado. Medía casi un metro noventa, era demasiado grande, tenía facciones duras y pronunciadas por su predilección por las actividades al aire libre, y sus modales eran un poco bruscos. Las mujeres solían sentirlo como una amenaza. Y a decir verdad, era un sentimiento mutuo.

—Si hay alguien que conozca algún impedimento para que estas dos personas se casen, que hable ahora o calle para siempre.

En el fondo de su corazón siempre había tenido la esperanza de que apareciera alguien en aquel momento y que al menos rompiese la monotonía de la ceremonia.

Pero como siempre, no apareció nadie.

Bueno en realidad ninguna persona lo había hecho. Porque Foggy Dew, la gata del barco, había hecho una aparición repentina. La había encontrado hacía menos de un mes, golpeada y abandonada abordo, y le había dado pena.

Ahora se paseaba entre los invitados, con cuidado de no acercarse a la señora Colpepper, a quien le disgustaban los gatos.

John hizo un esfuerzo por concentrarse en la ceremonia aunque se había dado cuenta de que la gata se había parado entre la pareja para olisquear el dobladillo del vestido de la novia. La mujer había bajado la vista, relajándose. La gata maulló y por primera vez la novia pudo sonreír, transformando aquella cara de belleza simple en un rostro perfecto.

John se quedó sin habla de repente, y lo disimuló carraspeando. Continuó hablando, y se dio cuenta de que una vez que Foggy Dew había conquistado la simpatía de la novia se había dedicado a inspeccionar al novio, que la había mirado con disgusto. Enseguida éste intentó quitarla de en medio con la pierna. Pero esto no hizo más que aumentar la determinación de la gata de ganarse al novio, y ronroneó en voz alta, restregándose contra el zapato del novio.

La señora Colpepper lo miraba profundamente como esperando que John echase a la gata, pero eso hubiera supuesto parar la ceremonia y luego tener que empezar desde el principio. Y como estaba a punto de terminar, ni se lo planteaba.

Así que hizo lo único que podía hacer en esa circunstancia: hablar más deprisa.

Además el animalito había puesto una nota de color en aquellos rostros, y algún día verían el video de la boda y les haría gracia el detalle de la gata.

John hizo un gran esfuerzo por mantener el tono y la mirada solemnes.

Cuando la novia pronunció las promesas lo miró a los ojos directamente. La experiencia le demostraba que la novia solía mirar a su futuro esposo en aquella ocasión y no al capitán del barco. Él miró el manual y encontró en el margen de la hoja el nombre de la mujer escrito a lápiz por la señora Colpepper. Miró a la mujer y le preguntó:

—Megan Ashley Morison, ¿aceptas por esposo…? —empezó a decir.

La mujer pareció sobresaltarse al oír su nombre, como si hasta entonces hubiera estado jugando a ser otra persona, una mujer que estaba en el altar de un barco, prometiendo unirse para siempre al novio que la acompañaba.

—Sí, quiero —contestó ella por fin.

La conducta de la mujer fue tan extraña que John se sintió decepcionado al oírla.

Ahora le tocaba el turno al novio, un tal Robert Winslow, que seguía distraído por la gata todavía. Cuando John le hizo repetir las promesas, Foggy Dew se dio por vencida y se echó a los pies del novio. Pero entonces éste, sorprendentemente, en lugar de decir: «Sí quiero», dio una patada a la gata precedida de un gruñido.

Entonces John observó en silencio cómo una mata de pelo, dos ojos amarillos encendidos, y veinte pezuñas extendidas se abalanzaban sobre él. John se agachó rápidamente para interceptarla, pero fue demasiado tarde. La gata voló entre la barandilla y la cubierta, y aterrizó en el río a unos metros más abajo.

Casi inmediatamente, la novia fue hacia la barandilla, y su ramo de rosas y azucenas quedó tirado en el suelo. John se había echado a la barandilla segundos antes, y estaba tratando de delimitar la localización del animal, guiado por unas rocas en la línea de la costa. En ese momento, Megan Morison le sujetó el brazo y le dijo:

—¿Qué puedo hacer?

John apartó a Megan de la barandilla, y le dijo:

—Venga conmigo.

—Espere un momento… —se quejó Winslow.

Pero para entonces John había corrido a las escaleras que bajaban, con la mano de Megan aún en la suya. En la cubierta de abajo, que estaba destinada a los cocineros y a los de la banda, le soltó la mano, y tiró un salvavidas unido a una soga.

Se puso a un lado de la puerta, muy cerca del agua. Megan corrió por delante de él. John le sujetó el brazo, seguro de que ella estaba a punto de zambullirse con su vestido. Ella lo miró y le dijo:

—Tranquilo…

—Mi compañía de seguros no ve con agrado que los pasajeros se caigan al agua. ¿Ve a la gata?

Juntos rastrearon la superficie del río. Afortunadamente no había corriente, pero, aunque John encontró rápidamente las rocas en la línea de la costa, la gata, del mismo color que el agua gris, había desaparecido. Por un momento, John pensó que se había ahogado.

Megan estaba tan cerca de él que sintió la tensión de su cuerpo al extender un brazo y exclamar:

—¡Allí está!

John siguió con la vista su dedo hasta ver la cabecita de Foggy Dew y sus uñas, que se movían frenéticamente en el agua.

—No la pierda de vista —dijo él.

—Dése prisa.

John tiró el salvavidas alrededor de la gata. Mientras lo hacía oía voces provenientes de la gente que empezaba a invadir la cubierta de abajo. Pero él puso toda su concentración en la gata.

Cuando el salvavidas cayó al lado de Foggy Dew, ésta lo miró asombrada. Luego, como comprendiendo que fuera lo que fuese el salvavidas sería mejor que el agua, puso las uñas e intentó trepar.

John arrastró el salvavidas hacia el barco.

A sus espaldas oyó la voz de Winslow:

—¡Ese maldito gato se ha llevado su merecido!

El salvavidas estaba muy cerca en ese momento. John miró por encima del hombro y descubrió a Megan. Necesitaba que ella sostuviera la soga mientras él recuperaba a la gata.

Al darse la vuelta vio al novio pasar por delante de él y tirarse al río, alejando al salvavidas con su estela. Megan lo miró furiosa o preocupada, era difícil saberlo. La señora Colpepper chillaba, algunos invitados exclamaban asustados, pero John sintió un gran alivio al ver que Foggy Dew se había aferrado al salvavidas.

Ahora tenía a dos pasajeros en el agua. Pero ni se le cruzaba por la mente rescatar al hombre antes que al gato. El muy tonto había saltado, así que bien se merecía dejarlo un par de segundos allí. Foggy Dew, en cambio, estaba preñada, y la habían tirado prácticamente.

La señora Colpepper apareció a su lado.

—¡Le ordeno que saque al señor Winslow del agua ahora mismo! —exclamó la señora Colpepper.

John la ignoró.

—Sostenga esto —le dijo Megan, poniéndole la soga en la mano.

Entonces él se agachó y tiró de Foggy Dew, sosteniéndola por el cogote y alzándola a cubierta mientras él se ponía de pie.

Sin dudarlo un momento, Megan tomó a la gata, que, ante aquellas manos extrañas, intentó escapar. Pero Megan logró aquietarla, acunándola entre los encajes de su vestido.

—¡Capitán Vermont, esto es una vergüenza! ¡No voy a tolerar esto! ¡No lo haré! —exclamó Colpepper.

—Robert no sabe nadar —gritó una mujer mayor.

Parecía la madre del novio.

John se volvió hacia el río. Era cierto, Winslow parecía estar en dificultades. John le tiró rápidamente el salvavidas. El hombre se aferró a él y esperó a que lo sacaran.

—Si Robert no sabe nadar, ¿por qué diablos se ha tirado al río? Si quería disculparse por dar una patada a mi gata, con haber pedido disculpas era suficiente.

—¡Pero él no saltó! —gritó la señora Colpepper.

—¡Ella lo empujó! —chilló la madre, señalando acusadoramente a Megan.

Mientras John tiraba de la cuerda para rescatar a Winslow, éste miraba a la mujer que acunaba a la gata. Ella lo miró desafiante.

—¿Lo ha empujado usted? —le preguntó el capitán.

Ella asintió con la cabeza.

John pensó que aquél era un momento de discreción, así que decidió agradecérselo más tarde. Entonces, junto con un par de hombres amigos del novio tiró de la cuerda para rescatarlo.

Aun empapado y con su atuendo deslucido y venido a menos, Winslow parecía no haber perdido el control sobre sí mismo.

—¿Por qué diablos has hecho esto? —preguntó a Megan.

Ella lo miró con la gata en brazos.

—¡Has dado una patada a un animal indefenso y lo has tirado al río!

Winslow hizo un gesto de desprecio hacia aquel comentario y dijo:

—Has arruinado esta ceremonia, ni qué decir de tu traje. ¿Sabes lo que he tenido que pagar para conseguir este barco con tan poca anticipación? Ahora nos tocará volver a fijar una fecha…

—No lo creo —contestó Megan.

Winslow la miró como si estuviera loca.

—Meg, ¿no me estarás diciendo…?

—Sí. Y por favor, no me llames Meg.

Winslow dio un paso hacia ella.

—No es posible que estés pensando las cosas con claridad.

—Sí. Tal vez por primera vez en mucho tiempo…

Winslow le cubrió los labios con un dedo para acallarla.

—No, no es cierto. No es posible que quieras estropearlo todo.

Ella le quitó la mano.

—No quiero casarme contigo. No creo que pueda casarme con un hombre que ha hecho lo que has hecho tú.

La señora Colpepper parecía a punto de desmayarse.

—Bueno, bueno, son los nervios de la boda —dijo la mujer. Y luego dirigiendo su atención a John dijo—: ¿Cómo se le ocurre rescatar a la gata antes que al señor Winslow?

—Muy fácil… —dijo John, pensando en cómo salir de todo aquel lío. No soportaba las escenas de gritos y acusaciones. Pensó que podía llevar a la gente arriba, quitarle la gata a Megan, llevarla a su camarote, y volver al puerto con el barco. Pero la gata estaba hundida en los encajes y Megan no parecía dispuesta a dejarla marchar.

—¿Eso es todo? ¡Por Dios! ¡Si se trata sólo de un gato! ¡No es nada más! —dijo Winslow.

Si John no lo había odiado hasta entonces, con aquella afirmación, Winslow se ganó su odio.

—¡Qué diablos se cree usted, que se siente con derecho a patear a mi gata embarazada! —gritó John.

—¡Capitán Vermont! —se escandalizó la señora Colpepper.

—¿Señor Winslow, cree que debería filmar todo esto también? —se oyó una voz.

Todos miraron al hombre que estaba filmando la ceremonia.

Estaba encima de una silla para obtener el mejor ángulo de la escena.

—¡Apague eso, imbécil! —gritó Winslow.

—¡No le hables así! —contestó Megan.

Winslow volvió a mirar con ojos incrédulos a Megan.

—¿Por qué te preocupa tanto? —inquirió Winslow.

—Es un ser humano…

Winslow negó con la cabeza, contrariado.

—Créame, capitán de pacotilla, cuando el dueño de la compañía se entere de lo que ha hecho… Permitir que un gato arruine una boda de treinta mil dólares… ¡No volverá a encontrar un trabajo en un barco!

—Lo único que te importa a ti es el dinero, ¿no es cierto? —intervino Megan, antes de que John pudiera decirle a Winslow que él era el dueño del barco—. ¡Sólo el dinero!

—O sea, que es el acuerdo prematrimonial lo que te ha puesto furiosa —dijo Winslow—. Lo sabía.

—Lo que me saca de quicio eres tú —dijo ella vehementemente—. ¡En lo único que piensas es en el dinero!

—Eso no parecía importarte cuando te firmaba los cheques para ti y para tu tío —le soltó Winslow.

—¿Qué? ¡Cómo te atreves!

Winslow la interrumpió con una risotada.

—Crece, Meg. El dinero es el dinero. Yo lo tengo, tú no, y ambos sabemos que no estás dispuesta a perderlo por un gato, así que será mejor que te dejes de juegos…

Los ojos de Megan echaban fuego, pero sonrió, no con una sonrisa como la que John había visto antes sino con un punto de malignidad que lo hizo sospechar.

Megan interrumpió el sermón de su prometido para tirarlo al agua una vez más.

Media docena de personas entraron en acción, tirando salvavidas y gritando.

Cuando John se dispuso a rescatar a Robert Winslow, vio a la novia salir corriendo, con una mano aún sostenía a la gata y con la otra se levantaba el vestido para moverse más deprisa. Así desapareció, al mismo tiempo que John sacó a Winslow del agua por segunda vez.

 

 

Megan corrió ciegamente. Sólo sabía que debía escapar de todos y de todo, sobre todo de Robert. Cuando subió las escaleras se encontró con varios de los invitados que la miraban sin saber muy bien qué había pasado. Los que la conocían, sus amigos, su madre y el tío Adrian, fueron hacia ella. Pero Megan sabía lo que sentían, así que apretó más a la gata y siguió subiendo escaleras.

Llegó a una explanada y corrió hacia el frente del barco. El corredor que se abría terminaba en un cartel que ponía «Sólo personal autorizado». No quería estar con gente. Había otras dos puertas, una a cada lado. Sin detenerse a pensarlo giró el picaporte de una de ellas. Sintió un gran alivio al ver que podía abrirla. La cerró y echó el cerrojo temblorosamente.

Como si hubiera intuido dónde se encontraba, el animal renovó sus esfuerzos de escapar de sus brazos. Megan lo soltó, pero las uñas del gato se engancharon en su vestido.

Finalmente la gata saltó a una alfombra oriental. El animal, mojado y asustado, corrió al único rayo de sol que entraba entre las cortinas. Megan lo siguió, descorrió las cortinas e inundó de luz la habitación.

Miró el camarote: las paredes cubiertas de madera, los cuadros de barcos, la tela azul marino con bordes dorados, el espejo, la pequeña mesa con cuatro sillas, la chaqueta abandonada en una de ellas.

La chaqueta le trajo a la mente la imagen del capitán Vermont. Ella se había imaginado que el capitán sería un hombre canoso de ojos brillantes, pero se había equivocado. Era un hombre joven, atractivo, con una figura bien plantada. Debía de tener unos treinta y pocos años. Aquel uniforme azul marino realzaba su figura, sus intensos ojos azules, su pelo negro.

¡Y qué voz tenía! Era un tono grave y a la vez duro y tierno. Recordó su mirada, ¡cómo le había hecho sentir que ella estaba fuera de lugar en aquella situación! Era una tontería, pero ahora se daba cuenta de que aquella mirada y aquella voz le habían dado las fuerzas para superar el pánico de aquellos momentos.

Se alegraba de no haberse casado con un hombre que había maltratado a un animal y que encima se jactaba de ello. Y todo aquello después de lo que había ocurrido aquella mañana. Robert le había dicho que tenía que firmar un acuerdo prematrimonial antes de la ceremonia y que de no ser así no se casaría.

Probablemente sería ingenua, pero ella había creído que el matrimonio debía de basarse en la confianza, la fe y el amor. ¿Había estado ciega todo aquel tiempo? Había creído que Robert era un hombre generoso que había animado su carrera dando fondos para el Hospital de Riverside.

Al final había firmado el acuerdo prematrimonial. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Toda esa gente, incluida su familia, estaba esperando que se comprometiera de por vida con aquel hombre.

Se sintió mareada.

Eso le pasaba por haberse dejado llevar por las apariencias, por haberse dejado deslumbrar. Eso le pasaba por haberse creído el cuento de hadas de que los hombres eran fuertes, sabios y protectores.

Eso le pasaba por no confiar en sí misma. Por confundir sus sueños con los de su madre…

Al parecer el precio de poder ver a Winslow tal cual era, suponía aceptar que se había equivocado y hacer una crítica de sí misma.

Megan cerró los ojos. Pronto la descubrirían en el camarote. Entrarían Robert y su madre, y tendría que tomar decisiones.

Bueno. Que entrasen, pensó con renovada decisión. ¡Verían con quién se encontrarían!

Capítulo 2

 

 

 

 

 

EN el barco circulaban rumores que iban desde la verdad a diferentes invenciones. La que más le gustaba a John era la de que Winslow había saltado al agua en un esfuerzo galante por salvar al pobre gato que Megan había tirado al río por haberle rasgado el vestido.

John dio órdenes de levar anclas y de que se dirigieran hacia el muelle de Portland. También le dijo a la familia de Winslow que, puesto que estaba todo pagado, la gente podía comer y la banda tocar música.

Winslow lo amenazó con demandarlo, lo que John recibió con una sonrisa desafiante y un brillo pícaro en los ojos.

Luego apareció la familia de Megan. Eran sólo dos personas. Una de ellas era un hombre robusto de unos cincuenta años, y la otra, una mujer de mediana edad que debía de haber sido muy guapa en sus tiempos. La mujer clavó sus ojos en John y tomó su brazo. Le dijo que había oído que Megan había tirado al agua a Robert. Que no podía ser verdad, que él se lo desmintiera.

John le dijo que era cierto.

—¿Está loca mi hija? Su prometido es un hombre muy rico.

John no contestó. Pero preguntó:

—Es usted la madre, ¿no es verdad?

La mujer asintió y dijo:

—No nos vimos anoche en el ensayo de la ceremonia. La coordinadora de la celebración, la señora Colpepper dijo que estaba ocupado… —la madre de Megan se interrumpió, como esperando que él le diera alguna explicación.

Él había estado pintando la cocina de la casa que se estaba construyendo sobre el río. La señora Colpepper se había enfadado con él por no haber aparecido por el ensayo. Pero él odiaba esas cosas. En cuanto encontrase a otra persona para ocupar el lugar de Colpepper, no habría más ensayos de bodas.

—¿Y? ¿Dónde está su hija?

La mujer hizo un gesto con la cabeza, señalando las escaleras.

—Arriba. No ha querido hablar conmigo ni con ninguno de sus amigos, ni siquiera con su tío Adrian. Incluso siguió de largo cuando nos vio. Créame, si su padre, que en paz descanse, hubiera estado aquí, la habría hecho escucharlo —se volvió hacia el hombre que estaba a su lado y agregó—: Mi George era igual a Robert, ¿no es cierto, Adrian?

Adrian era un hombre grande, de boca pequeña y nariz gordezuela.

—En muchos sentidos, sí. No te preocupes, seguramente a estas alturas, la niña debe de estar arrepintiéndose —en ese momento extendió una mano gordezuela también y se presentó—: Mi nombre es Adrian Haskell. Soy el tío de Megan. Sé lo loca que está mi sobrina por el chico de los Winslow. Seguro que todo este lío se termina solucionando.

—¿Dónde está el pobre Robert? —preguntó la madre de Megan.

—Abajo —contestó John. Estaba impresionado por la reacción de la familia de Megan.

Se tuvo que recordar que a él no tenía por qué importarle la reacción de aquella gente. No era asunto suyo.

De pronto oyó que alguien gritaba su nombre. Él estaba subiendo las escaleras, a pocos peldaños del final. Se dio la vuelta y vio a la señora Colpepper abajo. Sabía que iba a volver a arremeter contra él.

—Mire, capitán Vermont. Lo hago absolutamente responsable de este desastre. Si usted no hubiera permitido que esa gata subiera a bordo como yo se lo pedí, no habría pasado nada de esto. Y además, salvarla antes que al señor Winslow… ¡Es imperdonable! Estoy pensando en renunciar a mi puesto. Cuando pienso en el escándalo…

—Mantenga a todos allí abajo hasta que averigüe qué pasa, Colpepper. ¿Lo ha comprendido? —la interrumpió.

—No tengo intención de negar al señor Winslow el paso hacia su novia…

—Especialmente al señor Winslow —le ordenó.

—Pero…

Él la hizo callar dándole la espalda y terminando de subir las escaleras. La señora Colpepper siguió hablando sola.