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Cuando Ryder Hogan abrió los ojos y la miró con adoración, Amelia Enderling se dio cuenta de que algo había cambiado en él. El hombre al que había amado había perdido la memoria. Pero estaba dispuesto a aceptar sus responsabilidades... respecto a ella y a sus hijos. El nombre de Ryder no significaba nada para él, y su familia eran unas personas desconocidas. Pero Amelia... Tenerla en sus brazos era como volver al hogar. Cuidarla era algo natural. Al margen de lo que hubiera sido en el pasado, este Ryder quería ser un hombre mejor, un hombre dedicado a Amelia y a sus hijos. Pero cuando recuperó la memoria...
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Seitenzahl: 192
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Alice Sharpe
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Recuerdos de otro hombre, n.º 1151 - enero 2020
Título original: Prim, Proper... Pregnant
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-073-2
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
DESPUÉS de unos minutos de furtiva búsqueda, Amelia Enderling estaba a punto de dejarlo. Se detuvo delante de una puerta abierta para mirar a la bahía y fue cuando, por fin, lo vio. Estaba de pie, al lado del muro de piedra que bordeaba la terraza del club de campo de Bayview, de cara al mar.
Era la oportunidad perfecta, estaba solo. Era el momento de plantarle cara, darle la noticia y luego desaparecer de Seaport, Oregon, para siempre. En ese caso, ¿por qué no parecía capaz de moverse?
Hacía cuatro meses que no lo veía. Cuatro meses, dos semanas y tres días. Él seguía increíblemente guapo, delgado y, a la vez, con anchas espaldas y cuerpo musculoso bajo el esmoquin que llevaba como padrino de la boda de su hermano mayor. Sus cabellos eran negros como el azabache, ligeramente ondulados y peinados hacia atrás. Sus pestañas eran largas y sus ojos profundos pozos oscuros; la nariz y la barbilla perfectamente delineadas y absolutamente varoniles. De pie como estaba, pensativo y quieto, parecía un aristócrata.
Era abogado.
Amelia se miró el vestido azul y, de repente, se arrepintió de no llevar una chaqueta para taparse, a pesar del calor de aquel día de julio. Demasiado tarde, ya estaba avanzando hacia él.
Sintió su mirada antes de alzar el rostro y mirarlo a los ojos. Contuvo la respiración. Sabía que él le atraía físicamente; pero había supuesto que, después de lo que él le había hecho, de lo que sabía de ese hombre, el efecto sería mínimo. ¡Ja!
Fue como si un millón de cables invisibles cobraran vida. En aquella mirada volvió a sentir su piel, a saborear sus labios, su deseo.
Amelia se dijo a sí misma que era un maniquí, no un hombre. Que era egoísta y, si ella se lo permitía, volvería a hacerla daño sin siquiera darse cuenta de ello.
El le sonrió como si fuera la primera vez que se hubieran visto, como si el pasado no existiera. Por mal que se hubiera portado con ella, esa sonrisa era prácticamente imposible de resistir.
Amelia respiró profundamente… y resistió.
Él pareció sorprendido. Bien, en unos momentos su sorpresa se transformaría en susto. Amelia continuó avanzando hacia él.
–Hola –dijo él con una voz profunda que volvió a hacerla temblar.
–Tengo que hablar contigo –dijo Amelia.
A pesar de la brusquedad de ella, los hermosos labios de él continuaron sonriendo. Apoyado contra el muro de piedra, con los brazos cruzados a la altura del pecho y los ojos llenos de vida, él dijo:
–Sí, por supuesto.
Amelia se quedó mirando la rosa blanca que él llevaba prendida a la solapa de la chaqueta.
–Lo que voy a decir me resulta bastante difícil –dijo ella.
Él frunció el ceño, como si no comprendiera.
–¿Te acuerdas del marzo pasado? –murmuró Amelia.
–¿El marzo pasado? Mmmm. No sé, déjame que piense…
El brillo de sus ojos le dijo a Amelia todo lo que necesitaba saber. Se estaba burlando de ella.
–Por favor, escúchame. Deja que te diga lo que he venido a decirte.
Él asintió.
–Adelante.
–Yo… estoy embarazada.
¡Por fin! Por fin lo había dicho. Amelia se atrevió a mirarlo a la cara, esperando ver ira tras sus palabras; pero no fue eso lo que vio.
–Felicidades.
–¡Qué!
Él sacudió la cabeza ligeramente.
–He dicho que felicidades. ¿No es eso lo que se suele decir? Estás… radiante.
–¿Felicidades? –repitió ella con incredulidad.
–Sí.
–¿No… estás enfadado?
–Quizá desilusionado, pero no enfadado. ¿Por qué iba a estarlo? ¿Debería estarlo?
–Bueno… no. Quiero decir que… pensé que quizá te disgustara. Me dijiste que no querías tener hijos –un inmenso alivio la embargó, y no se dio cuenta de la perplejidad de aquella mirada–. Creía que ibas a pensar que me he quedado embarazada a propósito. Pero te aseguro que no es así, que fue un desliz. Pero ahora que ha ocurrido, ahora que ya me he hecho a la idea de que voy a tener un hijo y que lo siento en mi vientre… bueno, estoy encantada de estar embarazada. Estoy…
–Yo…
–No, déjame terminar –Amelia se mordió los labios, intentando olvidar el pasado–. Fuera lo que fuese lo que hubo entre los dos, acabó la noche que descubrí que tu proposición matrimonial fue solo una broma por tu parte. No he venido a hablar de las otras mujeres, no he venido a acusarte de nada. Eso es el pasado y ya no importa, lo nuestro acabó. Tampoco he venido para pedirte que te cases conmigo, no lo haría aunque me lo volvieras a pedir y, esta vez, fuera en serio.
Amelia se interrumpió para respirar al tiempo que se preguntaba si era verdad lo último que había dicho, con la esperanza de que lo fuera. Llevaba meses tratando de convencerse a sí misma de que la atracción que sentía por él no era excesiva; sin embargo, ahora que lo tenía delante, la sintió más fuerte que nunca. Pero no debía perder el sentido común, no debía sucumbir a la tentación. Tenía que pensar en su hijo también.
–Mi padre me dejó algo de dinero –continuó Amelia antes de que él pudiera interrumpirla–. Si tengo cuidado, el niño y yo podemos vivir con ese dinero durante dos años. Voy a volver a Nevada, así que mis tíos podrán ayudarme. Ayer, cuando vi a tu madre, me di cuenta de que no podía marcharme sin decirte esto, Ryder.
Amelia respiró profundamente, las manos le temblaban.
Por fin, él pareció entender, y Amelia se preguntó qué parte de lo que había dicho había logrado afectarlo. En realidad, teniendo en cuenta la personalidad de Ryder, le parecía un milagro que siguiera ahí de pie escuchándola.
–¿Has acabado?
–Bueno… sí. Sí, he acabado.
Él la miró a los ojos y dijo:
–Entiendo lo difícil que ha debido resultarte contarme todo esto. Pero lo siento, yo no soy Ryder.
Amelia se quedó inmóvil mientras lo miraba con incredulidad. Por fin, lo comprendió, cuando recordó anécdotas de la señora Hogan sobre los gemelos. Amelia no conocía a uno de ellos, al hermano de Ryder, el abogado que trabajaba en California.
–Oh, Dios mío, tú debes ser Rob.
Él le tocó un brazo.
–Si te sirve de consuelo, estoy encantado de que vayas a hacerme tío.
–¡No puedo creerlo, le he contado todo esto a otro hombre!
Él asintió. Durante un momento, Amelia se preguntó si Ryder no le estaría gastando una broma. Sin embargo, a la vista de la reacción de aquel hombre, se daba cuenta de que, aunque físicamente fuera igual que Ryder, su actitud era completamente diferente.
En ese caso, ¿cómo se explicaban las intensas vibraciones sexuales que ella había notado? ¿Lo había sentido él también o había sido producto de su imaginación?
–¿Cómo te llamas? –le preguntó Rob con voz suave.
–Amelia. Amelia Enderling.
Rob le ofreció la mano para estrechársela a modo de una presentación formal. La situación era tan absurda que a Amelia le dieron ganas de salir corriendo.
Después de darse la mano, él dijo:
–Siento mucho no ser Ryder.
Amelia se frotó las sientes con dedos temblorosos.
–No comprendo cómo puede haber alguien que sienta no ser Ryder –contestó ella.
Él, sorprendido, parpadeó.
–Supongo que… debiste sentir algo por él… Perdona, me refería a que, como estás embarazada…
–Sí, sé lo que has querido decir –lo interrumpió Amelia. Le habría gustado añadir que solo había estado con Ryder una vez, pero no quería que pareciese que se estaba disculpando a sí misma–. Perdona por haber hablado así de él, sé que es tu hermano, y tu hermano gemelo.
Rob le lanzó una mirada penetrante.
–Me temo que hay pocas cosas que puedas decir de mi hermano que yo no sepa –dijo Rob por fin.
Amelia asintió nerviosa.
–Dios mío, voy a tener que repetir todo lo que he dicho.
Levantando los ojos, Rob añadió:
–Y muy pronto.
Amelia volvió la cabeza y vio al hombre con quien tenía que hablar, el hermano de Rob, Ryder.
Ryder, el padre de su hijo. Ryder, con la misma sonrisa que su hermano, los mismos ojos, el mismo cabello y los mismos rasgos.
–Vaya, vaya, vaya –dijo Ryder con voz ligeramente ebria–. Amelia, ¿qué estás haciendo aquí? No sabía que conocieras a Rob.
Juntos, el parecido entre los dos hermanos era increíble, incluidos el corte de pelo y la voz. Lo único que les diferenciaba era el anillo de la fraternidad que llevaba cada uno y las rosas de la solapa, la de Rob era blanca y la de Ryder era roja.
Ambos hermanos se miraron con hostilidad, insinuando una larga historia de enfrentamientos que explicaba por qué Ryder casi nunca hablaba de su hermano.
–Acabamos de conocernos –contestó Amelia.
Ryder sonrió maliciosamente.
–Pues parecéis entenderos muy bien.
–Déjalo estar –le dijo Rob a su hermano.
–He venido a verte –dijo Amelia a Ryder.
Ryder se desprendió la rosa roja de la solapa y la acercó a la mejilla de Amelia.
–Vaya, Amelia, veo que has entrado en razón.
Ella empequeñeció los ojos y apartó la rosa de un manotazo.
–¿Que he entrado en razón?
–Sí, sobre el pequeño malentendido de marzo.
–Ah, ya. Te refieres al «malentendido» que hubo entre los dos cuando me pediste que me casara contigo y, a la semana, ya te estabas acostando con otra.
–¿Es así cómo lo recuerdas?
–Eso es exactamente lo que pasó –respondió ella.
–Pues yo no recuerdo que pasara así –repuso él–. Me parece que eras tú la que no podías despegarte de mí; aunque, te aseguro, que no me molestó.
Rob cerró un puño, que Amelia le agarró para evitar más problemas.
–Por favor, déjalo –le dijo Amelia a Rob cuando éste la miró.
Mientras Rob abría el puño, Ryder agarró una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba por allí y la levantó para hacer un brindis.
–Por ti, Amelia. Por el marzo pasado y por los marzos del futuro.
Rob y Amelia se miraron. Los ojos de Rob parecían decir: «vamos, ahí está tu oportunidad de decírselo. Adelante».
Era una crueldad tener que hacer semejante confesión dos veces en cuestión de minutos. Por fin, alzó la cabeza y, mirando a Ryder a los ojos, dijo:
–Tengo que hablar contigo.
Ryder vació la copa que tenía en la mano y llamó al camarero:
–Eh, aquí. Deja la bandeja.
–Señor…
–¡He dicho que dejes la bandeja! –le espetó Ryder.
Cuando el camarero se alejó ya sin su bandeja, Amelia respiró profundamente y anunció:
–Ryder, estoy embarazada y tú eres el padre.
Se hizo un profundo silencio en el que resaltó la expresión de perplejidad de Ryder. Por fin, dejó caer al suelo la copa que tenía en una mano.
–Es una broma, ¿verdad? –dijo Ryder.
–No, no es una broma –contestó Rob.
–¡Tú no te metas en esto! –le espetó Ryder a su hermano.
–Pues cálmate.
–No, no es una broma –corroboró Amelia.
Ryder se la quedó mirando, sacudiendo la cabeza, sin habla. Amelia sintió no haber encontrado una mejor forma de darle la noticia.
Despacio, con calma, Amelia repitió lo que ya le había dicho a Rob, haciendo énfasis en que su intención no era obligarle a casarse con ella.
–Me pareció que tenía que decírtelo con el fin de que puedas decidir si quieres formar parte en la vida de tu hijo o no –concluyó ella–. Además, tendrás que decirles a tus padres que van a ser abuelos.
–Yo no tengo obligación de hacer nada –contestó Ryder con firmeza, con mirada fría y calculadora–. Sé lo que estás tramando: estás intentando utilizar a mi familia para atraparme. Pero te lo advierto, no te vas a salir con la tuya.
Rob dio un paso hacia delante.
–Ryder, escúchala.
Ryder apartó el brazo de su hermano de un manotazo; después, agarró otra copa de champán de la bandeja y bebió. Amelia quiso decirle que el alcohol no iba a ayudarlo; pero, de repente, sintió una urgente necesidad de marcharse de allí.
–Que quieras o no formar parte de la vida de tu hijo, Ryder, es asunto tuyo; sin embargo, no puedo creer que quieras evitar que tus padres se enteren de que van a ser abuelos. Díselo.
Entonces, tras una mirada de disculpa a Rob, Amelia se alejó de los gemelos Hogan.
En el servicio, Amelia no pudo contener las lágrimas. Lloró durante cinco minutos y después vomitó el almuerzo. Cuando por fin se lavó la cara y la boca, había pasado casi media hora. Lo único que quería en ese momento era marcharse de allí sin encontrarse con Nina y Jack Hogan, los padres de Ryder. Con un poco de suerte, no se enterarían de que había estado allí.
Hacía tiempo que había decidido no mencionarles al Ryder que ella conocía. A veces, se preguntaba cómo era posible que, siendo sus padres, no se hubieran dado cuenta de lo manipulador que era. Delante de ellos, Amelia se había responsabilizado de la ruptura de su relación con Ryder, ocultándoles que se había acostado con Ryder después de que éste le hiciera una falsa proposición matrimonial para, unos días después, acostarse con otra mujer.
Ya era demasiado tarde para aclarar la situación. Además, Jack Hogan estaba delicado del corazón, y Amelia jamás haría nada que pudiera empeorar su condición. Quería mucho a Nina y a Jack.
Amelia estaba abriendo la puerta de su coche cuando unas voces, a la entrada del edificio, llamaron su atención.
–Ryder, no digas tonterías. No puedes conducir en ese estado –dijo Rob tratando de impedir que su hermano se metiera en su coche deportivo rojo.
–¡Métete en tus asuntos! –le espetó Ryder.
–No has cambiado nada, ¿verdad? Sigues siendo igual que eras cuando estábamos en la universidad.
Ryder alzó un puño.
–¿Quieres que te lo meta en la boca?
–No son el momento ni el lugar apropiados para esto –contestó Rob–. Vamos, ten un poco de consideración, es la boda de Philip.
Ryder dio un empujón a su hermano y Rob se tambaleó.
–¿Qué te pasa, me tienes miedo? –dijo Ryder en tono desafiante.
Rob, ya harto, se quitó la chaqueta y la tiró al césped. Ryder hizo lo mismo. Cuando los dos, enfrentándose, se miraron, Amelia murmuró una disculpa al niño que llevaba en el vientre.
Pero antes de llegar a los golpes, Ryder, con su acostumbrada agilidad, dio un salto, volvió a su coche y se sentó al volante. Ryder corrió hacia el coche, abrió la puerta y se sentó en el asiento contiguo al del conductor con la intención de convencer a su hermano de que no condujera. El motor se puso en marcha y el coche salió disparado.
El auto pasó por delante de Amelia, que no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Ninguno de los dos hermanos pareció verla, pero ella jamás olvidaría aquella escena.
Amelia pasó la noche en un saco de dormir en el sofá. Era su última noche en el apartamento que había alquilado amueblado y en el que había vivido los últimos tres años. Por la mañana, cuando la luz del sol entró por el ventanal, Amelia miró a su alrededor. La estancia parecía vacía y solitaria sin sus pertenencias personales, que casi todas estaban ya en el coche. Lo único que le quedaba por hacer era doblar el saco de dormir y meter unas cuantas cosas en la maleta.
Continuó tumbada, sin ganas de emprender el largo viaje a Nevada. No había vuelto desde hacía un año, desde el funeral de su padre. Pero ahora que ya tenía el título de maestra, le parecía lo más natural del mundo volver a la vieja casa de su padre y tener a su hijo en compañía de sus tíos preferidos. No era así como había soñado empezar una familia, pero estaba decidida a ver el lado positivo de la situación.
Durante unos instantes, Amelia pensó en Rob y en la intensa reacción física que ese hombre había provocado en ella. Lo mismo le ocurrió con Ryder unos meses atrás. Lo conoció cuando necesitó el consejo de un abogado tras la muerte de su padre; después, se enteró de que Ryder era demasiado importante para ocuparse de un caso menor como el suyo, pero le recomendó uno de sus compañeros de trabajo. Amelia llegó a pensar que el destino los había unido.
Al principio, Ryder fue amable y cariñoso con ella, y a Amelia le llevó demasiado tiempo darse cuenta de que el comportamiento de él era sumamente egoísta.
¿Era Rob igual que Ryder? ¿Se mostraba irresistible al principio para luego mostrarse como era, un egoísta?
¿Tenía importancia? En un par de días, Amelia iba a estar muy lejos de allí.
Mientras se abrochaba los pantalones, sonó el teléfono.
–Gracias a Dios que estás en casa –dijo Nina Hogan con voz ronca y emocionada.
Amelia se pasó una mano por el cabello rubio y liso, apartándoselo de la cara. A pesar del cariño que le tenía a Nina, no le apetecía hablar con ella en esos momentos.
–Lo siento, pero… voy a marcharme…
–Tienes que venir, Amelia. Tienes que venir.
Amelia sintió una súbita alarma.
–¿Ir adónde, Nina? ¿Qué pasa?
–Estamos en el hospital.
Al principio, Amelia pensó que se trataba del padre de Ryder.
–¿Le ha ocurrido algo a Jack? ¿Es el corazón?
–No –contestó Nina con un sollozo–. Oh, Amelia, se trata de Ryder. Ha sufrido un accidente en el coche… Por favor, ven.
–¿Ryder? –murmuró Amelia.
–Ayer, durante el banquete de bodas, te vi hablando con él. Sé que estabais intentando solucionar vuestros desacuerdos otra vez.
–Bueno, Nina, la verdad es que…
Pero Nina, tragando un sollozo, la interrumpió.
–Philip está en viaje de luna de miel, y Jack está tan mal que me tiene muy asustada. No sé a quién acudir…
–¿Dónde está Rob? –preguntó Amelia automáticamente.
–Oh, Amelia, eso es lo peor… Ryder y Rob se marcharon juntos de la fiesta. Ryder iba conduciendo y tuvieron un accidente. El coche se cayó por un terraplén y tardaron horas en encontrarlos; cuando los encontraron, no sabían quiénes eran porque ninguno de los dos llevaba identificación. Los llevaron a una pequeña clínica y allí, por la matrícula del coche, acabaron identificando al dueño, a Ryder. Ryder está inconsciente, pero su hermano, nuestro Rob… Oh, Dios mío, Amelia, Rob está muerto.
Amelia se quedó inmóvil. Después, un profundo dolor le atravesó el corazón. Ryder estaba malherido. Rob estaba muerto.
–Ahora mismo voy –susurró Amelia.
–Estamos en el hospital del Buen Samaritano, en la unidad de cuidados intensivos. Date prisa.
–Enseguida estaré allí.
EL PASILLO del hospital era estrecho y largo. Amelia se detuvo delante del mostrador de información para preguntar dónde estaba la unidad de cuidados intensivos; pero antes de formular la pregunta, vio a Jack Hogan apoyado contra una pared al fondo del pasillo y se dirigió hacia él.
Jack levantó la cabeza cuando ella estaba a unos siete metros de él. Amelia se paró momentáneamente al ver el cambio en el aspecto físico de él; le había visto tres semanas atrás al encontrarse accidentalmente con Jack en la tienda de comestibles.
Jack era tan alto como sus hijos, pero ahora estaba encorvado y su piel, siempre pálida, parecía de cera. Él se la quedó mirando con esos ojos castaño oscuro que sus hijos habían heredado de él, unos ojos que podían ser como los del bebé que ella llevaba en el vientre. Ahora, esos ojos estaban cegados por las lágrimas.
Amelia le tomó las manos en las suyas y se miraron en silencio, sin hablar. El sufrimiento de Jack era tangible. A Amelia le daba miedo preguntar por Ryder; por fin, tras una larga pausa, susurró:
–Siento mucho lo de Rob.
Él asintió mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Amelia lloró con él.
Nina salió por unas puertas de cristal opaco, que cerró cuidadosamente. Cuando vio a Amelia, perdió la compostura.
–¡Sabía que vendrías! –gimió Nina abrazando a Amelia.
–Ryder… ¿está…? –murmuró Amelia
Nina rompió el abrazo y, con ojos enrojecidos por el llanto, miró a Amelia. Sus oscuros cabellos salpicados de canas estaban despeinados y la boca le tembló al murmurar:
–Todavía está en coma.
–Ya verás como se pone bien –dijo Amelia.
Nina se mordió los labios.
–La doctora ha dicho que se recuperará, pero no sabe cuándo. Vas a quedarte aquí con él, ¿verdad? Ya se lo he dicho a las enfermeras, les he dicho que su novia es de la familia. Sé que tenerte a su lado le va a ayudar enormemente.
–Ya no estamos prometidos –dijo Amelia con todo el cariño que pudo.
–Ya sé que solo estuvisteis prometidos unos días y que luego rompisteis –dijo Nina–, pero también sé que estabais tratando de volver juntos otra vez.
Amelia se preguntó si no debía confesarles la verdad; pero en ese momento, Nina abrió la mano y le enseñó la rosa roja que, el día anterior, Ryder le pasara por la mejilla.
–La han encontrado en el bolsillo de Ryder –dijo Nina con los ojos llenos de lágrimas–. Oh, Dios mío, no sé qué haríamos si lo perdiéramos a él también.
Mientras Jack reconfortaba a su esposa, Amelia se quedó mirando la maltrecha flor que, en cierto sentido, parecía un cómplice en aquella tragedia. Todo podría haber sido diferente si ella hubiera esperado a que Ryder estuviera sobrio para anunciarle que iba a ser padre.
