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Embarcada en una dura misión solo para satisfacer los deseos de su abuela, Roxanne Salyer se encontraba en mitad del desierto de California. Con el coche averiado, sin móvil y quemada por el sol... hasta que el fuerte y sexy Jack Wheeler llegó a rescatarla. Roxanne había crecido con la idea de ser una profesional independiente, no una madre de familia, así que en el rancho de Jack, rodeada de animales de todas las especies, se encontraba totalmente perdida. Lo más peligroso era que Jack tenía a su hija con él, y esto empezaba a provocar en Roxanne unos sueños tan imposibles para ella como el matrimonio y la maternidad. No obstante, Roxanne estaba empeñada en no rendirse a tales sentimientos... hasta que probó ese primer beso...
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Seitenzahl: 202
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Alice Sharpe
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Secretos del amor, n.º 1226 - octubre 2015
Título original: The baby Season
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2001
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7341-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Después de tres penosas horas, la caminata que Roxanne Salyer había emprendido tratando de encontrar ayuda había demostrado ser un viaje al infierno. Hubiera debido quedarse junto al coche estropeado, en lugar de echar a andar. No dentro, pero sí cerca. Tras evitar atropellar a un conejo, el vehículo había quedado atrás, engullido en el desierto de California. Roxanne sabía que solo de ella dependía el salvarse, y si tenía que hacerlo con el traje medio roto y las sandalias llenas de arena, lo haría.
No era un buen augurio, no era la mejor manera de comenzar la investigación. Aunque en realidad, no se trataba de una investigación, era la misión de un loco.
—¡Oh, basta, olvídalo! —le contestó Roxanne a su conciencia mientras contemplaba los kilómetros y kilómetros de dunas de arena y las montañas lejanas.
Había postes de cables de vez en cuando, lo cual sugería la presencia de civilización. Sin embargo estaba demasiado lejos. No había ni edificios, ni cabinas telefónicas, ni nada.
¿Es que nadie tomaba nunca aquella carretera?
Por primera vez, Roxanne sintió miedo. Mucha gente había muerto en el desierto. Podía ocurrir.
Hubiera debido llevar ropa más práctica y menos bonita. Y más agua. Hubiera debido prepararse mejor. Roxanne sintió un nudo en el estómago. No podía tragar; no le quedaba saliva. Y no podía hacer otra cosa más que seguir andando, cosa que hizo hasta el momento en que su cerebro recocido comprendió que el camino se bifurcaba en dos. Uno de las bifurcaciones continuaba en línea recta, la otra giraba hacia el oeste, hacia las montañas. Dos carreteras, y ninguna buena. Era como una pesadilla.
El instinto le decía que siguiera por el camino recto, pero el instinto le había fallado últimamente.
—Al oeste —musitó en voz alta pensando que el océano Pacífico estaba en esa dirección. A ciento cincuenta kilómetros, claro. Entonces se le rompió la tira de una de las sandalias y se detuvo. Tenía la garganta tan seca como el mismo desierto—. Y ahora, ¿qué?
Jack Wheeler frunció el ceño al ver el vehículo parado en medio de la carretera, bloqueándole el paso. Continuó por la pedregosa cuneta y dio la vuelta, deteniéndose entre una nube de polvo. Abrió la puerta de su vehículo y salió.
Al acercarse al coche, observó que la matrícula era del estado de Washington. Sobre el parabrisas delantero una pegatina recomendando amabilidad y prudencia. No tenía ni idea de quién podía ser el propietario del vehículo; no esperaba ninguna visita. Se acercó impaciente a la ventanilla y trató de abrir.
Estaba cerrado. Se agachó y asomó la cabeza. En el asiento del copiloto había una botella de agua vacía, una chaqueta de mujer, un teléfono móvil y una bolsa de plástico con un logo que le era desconocido. Dentro de la bolsa, documentos de identificación.
Jack hizo un gesto de ira. «¡Oh, Dios, no! ¡Otro periodista no! ¡Por favor!»
Quizá se tratara simplemente de un curioso, pero el logo parecía sugerir otra cosa. Jack recordó a la última periodista que había llegado para indagar en su vida, acabando con el último resquicio de su dignidad. La había pillado justo a tiempo, pero no había podido evitar las medias verdades.
Eso había ocurrido justo después de que lo abandonara Nicole, cuando la prensa hervía aún de curiosidad. Además, aquel coche estaba abandonado en un sitio bastante raro para tratarse de un periodista o de un escritor. Demasiado lejos de la casa como para espiar, demasiado lejos de las montañas como para guarecerse en ellas.
Jack se arrodilló y miró el bajo del vehículo. Había una mancha negra de aceite en el suelo y una piedra volcánica, dentada, incrustada en un tubo. Eso explicaba muchas cosas, pero no explicaba lo principal: ¿dónde estaba el propietario?
No tenía tiempo que perder, pensó echando un vistazo al reloj de pulsera heredado de su padre. Llegaba con retraso. Pero no importaba, no podía dejar a nadie perdido en el desierto. Ni siquiera a una periodista.
Tampoco podía dejar el coche ahí en medio, bloqueando la carretera. Jack juró, se tumbó boca abajo y se metió debajo del vehículo para sacar la piedra. Luego sacó una cuerda de su camioneta y la ató a ambos vehículos. En pocos minutos había echado el coche a la cuneta.
De vuelta en la camioneta, Jack condujo en dirección al norte hasta llegar a la bifurcación. De pronto se le ocurrió pensar que solo una persona que conociera la existencia de la emisora de radio tomaría la desviación hacia el Oeste. Se detuvo y sacó un par de gemelos de la guantera.
El calor del desierto producía aquel efecto visual como de olas vibrando en el aire. No se veía a nadie por el camino recto. Entonces observó la otra carretera, la que se dirigía al oeste. ¿Era aquello una figura humana? De ser así, y de ser el dueño del vehículo, había andado lo suyo. Casi ocho kilómetros. Dejó los gemelos y aceleró.
¿Otro periodista curioseando por la emisora de radio? Fuera quien fuera, lamentaría haber invadido su intimidad.
Minutos más tarde, Jack disminuyó la velocidad y abrió la boca atónito. Su irritación se transformó en asombro. Se trataba de una mujer joven, y parecía asustada. Era alta y esbelta, con el pelo largo y rubio recogido en una coleta de caballo, gafas de sol, una camisa que en origen debió ser blanca y una falda azul de corte perfecto. Iba cubierta de polvo. El sol le había quemado el cuello, los brazos y las piernas, porque no llevaba medias. En el pie derecho calzaba una delicada sandalia blanca, una sandalia tan inapropiada y fuera de lugar en el desierto de California como una heladería en el infierno. Y el pie izquierdo lo llevaba… metido en un bolso.
Aquello lo obligó a mirarla una segunda vez. Sí, llevaba el pie metido en un bolso de mano. Y tiraba de la correa con la mano. Jack se quedó mirándola y la mujer echó a correr hacia él. El bolso la obligaba a andar como a una inválida con muletas.
Jack salió del coche con la cantimplora. Ella se acercó y trató de sonreír, pero era evidente que no podía, porque esbozó una mueca de dolor. Entonces, en ese instante, Jack se dio cuenta de que era muy guapa. Bajo las quemaduras solares y el polvo se escondía una mujer hermosa, muy hermosa. Jack se retrajo de inmediato, tratando de elevar bien alto sus defensas personales.
—¿Quién es usted? —se escuchó a sí mismo preguntar, de mal humor.
Aquella pregunta detuvo a la joven de inmediato. Jack sabía que debía mostrarse amable y compasivo, pero le era imposible. El aspecto de aquella mujer era lamentable. Aunque fuera una periodista, estaba en muy malas condiciones. No obstante, Jack sentía cómo todos sus sentidos, uno a uno, iban despertando de un largo letargo. Hasta el aire parecía adquirir una fragancia diferente, nueva, fuerte. Y el sol, que le daba en la nuca, parecía más caliente que nunca.
—¿Qué está usted haciendo aquí? —volvió a preguntar de mal humor, repitiéndose en silencio que aquella mujer no era su tipo.
A Jack le gustaban las mujeres menuditas, de cabellos revueltos. Le gustaban las mujeres con curvas y, lo más importante de todo: detestaba a las mujeres que se ganaban el sustento cotilleando en la vida de los demás. Eso, si es que era periodista.
—¿Es que no ha visto el cartel de Prohibido el paso? —añadió.
—¿Eso es agua? —jadeó ella.
Por fin Jack abrió la cantimplora y se la tendió. Ella se lanzó a beber. Él la observó tragar el precioso líquido, moviendo la garganta y derramando parte por el cuello hasta alcanzar el rosado valle entre sus pechos, bajo la camisa. Jack tragó el aire ardiente del desierto.
—¿Quién es usted? —repitió cuando ella bajó por fin la cantimplora.
—Roxanne Salyer —respondió sin aliento, limpiándose la boca con la mano.
—¿Es su coche el que está ahí abandonado? —ella asintió y le tendió la cantimplora—. No, quédesela. Termínesela, pero beba a pequeños sorbos —recomendó Jack observándola y fijándose en su extraño calzado—. ¿Está herida?
Los ojos de la extraña siguieron la dirección de los suyos. Luego ella esbozó una mueca de dolor y se mordió el labio, pero solo contestó:
—Se me ha roto una sandalia.
—¿Tiene alguna herida?, ¿siente náuseas, se marea?
—No, no, de verdad, estoy bien. Me alegro mucho de verlo.
La voz de aquella mujer era cálida y melodiosa. Lo trataba como si fuera un amigo al que se alegrara de saludar tras una larga ausencia. No era de extrañar, estaba perdida en el desierto. Lo miraba como si fuera su héroe, su salvador.
—¿Qué está haciendo usted aquí?
—He venido a buscar a una mujer.
Entonces no era cierto que estuviera perdida, reflexionó Jack molesto. Si buscaba a una mujer, cabían dos posibilidades. Pero la segunda ni siquiera contaba. Justo lo que se figuraba: aquella joven iba tras la historia de Nicole. ¡Dios lo ayudara!
—Ya, comprendo. Pues mi ex mujer se marchó hace ya tiempo. ¿Es que no ha hecho averiguaciones?
Ella frunció la nariz. Aquel gesto le recordó a Jack a su hija Ginny.
—¿Que se ha ido?
—Sí —respondió él con frialdad—. Nicole se fugó con el artista al que le encargué su retrato. Lo último que sé de ella es que estaba en Francia. Me cuesta creer que no lo sepa. ¿A qué está jugando?, ¿para qué periódico trabaja?, ¿o es que trabaja para la radio? ¿Quién es usted?
—No trabajo ni para la radio ni para ningún periódico —respondió ella sacudiendo la cabeza—. Trabajo para la televisión…
—¿Qué? ¡Un momento! Mi vida privada no es asunto de…
—Trabajo para un canal que tiene una filial en Seattle, Washington —lo interrumpió ella—. No tengo ni idea de quién es usted, y no sé nada de su mujer. En otras palabras, es imposible que estemos hablando de la misma mujer. La que yo busco tiene unos sesenta años. Se llama Dolly Aames.
Lo de la televisión lo había despistado. Por un momento había imaginado la penosa historia de su vida aireada en uno de esos programas baratos de televisión. ¿Por qué había tenido que fugarse Nicole con un artista famoso como Jeremy Titus? Jack, de nuevo al ataque, añadió:
—Aquí en el desierto habría podido tener usted graves problemas.
—Lo sé, lo sé. ¿Tiene un teléfono móvil que pueda prestarme?
—No lo llevo encima. Vi uno en su coche.
—Se le ha acabado la batería. Utilicé la poca que quedaba para llamar a mi agente de seguros, pero me dijo que estaba demasiado lejos, que debí haber llamado mejor a un taller. ¡Es encantador!, ¿verdad?
Todo aquello resultaba muy interesante. Tenía su morbo. Pero Jack tenía prisa.
—Vamos —dijo girando sobre sus talones—. La llevaré hasta un teléfono. Podrá llamar a una grúa.
—¡Espere, espere! —exclamó ella corriendo tras él—. ¿Conoce usted a Dolly Aames?
—Jamás he oído hablar de ella —respondió él abriéndole la puerta del coche. Roxanne se detuvo junto a él, y Jack observó que tenía abrasado hasta el cuero cabelludo. Aquello le iba a doler. Mucho. Abrió la guantera y sacó un tubo de aspirinas. Tomó un par y se las ofreció—. Tómase esto, es para las quemaduras del sol.
Roxanne tragó las aspirinas y entró en el vehículo.
—¡Sombra! —exclamó. Luego se levantó las gafas de sol y, aferrada a la cantimplora, añadió, suspirando—: ¡Qué alivio!
Jack esperaba que tuviera los ojos azules. Con aquella piel tan blanca y aquellos cabellos rubios, sus ojos hubieran debido ser azules. Sin embargo los ojos de Roxanne eran de un marrón chocolate oscuro y sensual, y parecían absorber todo lo que miraban, todo el mundo. Resultaban simpáticos, inteligentes y llenos de humor. Eran ojos peligrosos.
—Gracias —dijo ella.
Jack asintió y cerró la puerta. Dio la vuelta a la camioneta quitándose el sombrero y volviendo a ponérselo sobre la cabeza, y se sentó al volante.
Roxanne no consiguió relajarse hasta no subir a la camioneta. Bueno, en realidad tampoco entonces se relajó. Era imposible con aquel tipo extraño y malhumorado, que no dejaba de observarla en aquel desastroso estado.
Al principio, al ver el vehículo acercarse en una nube de polvo, había sentido un tremendo alivio. Escaparía de un ignominioso final. ¡Aleluya! Pero el hombre de la camioneta la asustó con su mirada profunda, con esos ojos que la examinaban de arriba abajo, con sus preguntas a voz en grito. No había sido capaz de articular palabra hasta no ver la cantimplora bajo su brazo.
En el coche, al mirarlo de perfil, Roxanne se preguntó si se atrevería a importunarlo una vez más pidiéndole cacao para los labios. Finalmente decidió echar otro trago. Observarlo con la vista fija en la carretera tampoco contribuía a tranquilizarla, al contrario. Su corazón parecía palpitar al doble de velocidad de lo normal.
—Aún no sé su nombre.
—Jack Wheeler —contestó él mirándola de reojo, apartando la vista de inmediato.
No debía gustarle, pensó Roxanne. Era evidente que a aquel extraño, que por cierto era bastante guapo, no le entusiasmaba rescatar a damiselas en el desierto. Bueno, tampoco a ella le gustaba sentirse como una damisela.
Jack parecía unos diez años mayor que ella. Debía tener unos treinta y cinco o cuarenta años. Tenía la tez morena. No llevaba anillo alguno, ni tenía marca de haberlo llevado. Tenía el pelo castaño, oculto bajo el sombrero texano Stetson. Llevaba una camisa de estilo leñador y unos vaqueros igualmente desgastados. El atuendo lo completaba un par de guantes de piel que le colgaban de un bolsillo. Los rasgos de su rostro eran duros, aunque quizá se tratara simplemente de una primera impresión, a la que contribuía sin duda su expresión de hastío general de la vida.
A juzgar por la ropa y por los alambres de espino que llevaba en la parte de atrás de la camioneta, debía ser ranchero. Quizá con aspiraciones políticas en la localidad. Ningún cowboy de paso se hubiera preocupado por la visita de un periodista. Además, había dicho que había contratado los servicios de un artista para pintar el retrato de su mujer.
El desierto debía estar repleto de hombres como aquél, reflexionó Roxanne. Hombres desilusionados que, de un modo u otro, habían perdido lo que un día les había pertenecido.
Como por ejemplo a su mujer.
Quizá la esposa adúltera se hubiera cansado de vivir en medio de aquel desierto, por mucho que fuera Jack Wheeler quien tratara de estimular su corazoncito ardiente por las noches. Roxanne se estremeció solo de pensar en aquel hombre avivando un fuego que solo él podría extinguir. Toda aquella energía, todo aquel poder, todos aquellos músculos masculinos… Roxanne lo imaginó tumbado junto a ella, acariciando su rostro, su espalda, con aquellos dedos morenos. Eso la hizo vibrar.
Era imposible no comparar a aquel hombre, de planta imponente, con su ex novio, Kevin, de aspecto tan fino. Kevin era presentador de la misma cadena de televisión para la que ella trabajaba. Cuatro días antes él la había abandonado, sonriendo con su dentadura perfecta de vendedor mientras le soltaba una arenga:
—Enfréntate a ello, Roxanne. Eres igual que tu madre.
—¡Púdrete! —había exclamado ella entonces.
Sin embargo, no podía evitar recordar a cada momento sus palabras.
Roxanne olvidó de inmediato a Kevin y se concentró en otro misterio: una caja envuelta en papel de regalo rosa, con un lazo rosa, que había sobre el asiento, junto a ella. Era tremendamente femenina. Aquel regalo parecía sugerir que Jack tenía un nuevo amor. Roxanne se moría de curiosidad, pero lo mejor era meterse en sus propios asuntos. Y eso le recordó sus asuntos, la razón por la que había viajado hasta allí.
—Estoy buscando a Dolly Aames —declaró una vez más.
—Sí, eso has dicho.
—Lo último que sé de ella es que vivía por aquí…
—Escucha —la interrumpió él—, esto es el desierto, la parte más remota del desierto.
—No tan remota, si se viaja en coche. Está a una media hora por carretera de la ciudad más próxima.
—Si tu amiga vive por aquí y ha roto con su pasado —añadió él, interrumpiéndola una vez más y mirándola intensamente con sus ojos azules—, entonces no seré yo quien la delate. Jamás he oído hablar de ella. En serio.
—¿Pero me lo dirías, si supieras algo?
—No.
—Entonces, ¿cómo sé que no mientes?
—No lo sabes —confirmó él encogiéndose de hombros.
En ese momento, llegaron a la bifurcación de la carretera. Jack tomó el camino recto, el contrario al que había elegido ella.
—¿A dónde habría llegado por allí?
—¿Es que no lo sabes? —preguntó él.
Roxanne miró para abajo y vio su pie metido en el bolso. ¡Qué violento que un hombre como él la encontrara en semejante estado! Se metió las manos en los bolsillos y sacó de ellos las llaves del coche, la cartera y una pequeña grabadora. Lo había guardado todo allí cuando se le rompió la sandalia. Jack vio la grabadora y esbozó una mueca de desagrado.
—¿Para qué es eso?
—¿Esto?
—Sí, ¿qué es lo que quieres grabar?
—A Dolly Aames, por supuesto —contestó ella metiendo todas sus pertenencias de nuevo en el bolso.
—No debiste abandonar la carretera principal, por aquí todo son propiedades privadas. Estas tierras pertenecen al rancho de High W Ranch. Está indicado.
—No vi la señal —respondió ella con sinceridad.
De haberla visto, tampoco habría hecho caso, reflexionó Roxanne dando otro sorbo de agua. ¿Cómo iba a detenerla un miserable cartel clavado a un poste, impidiéndole así complacer el más ardiente deseo de su abuela? Imposible.
—Ahí está el cartel —afirmó él.
—Pero no lo vi. ¿Cómo puede ser esto un rancho? No hay ni una sola vaca. Y aunque hubiera vacas, ¿qué comerían?
—Me cuesta creer que una mujer vestida como tú, con ropa tan inadecuada, pueda andar sola por el desierto —dijo él sin contestar a su pregunta—. Deberías llevar agua, deberías haberte quedado cerca del coche. Podrías haber utilizado la chaqueta para darte sombra. Y si pensabas caminar, ¿por qué no tomaste la carretera principal de vuelta al pueblo? De no haber pasado yo por aquí…
La voz de Jack se desvaneció. Roxanne había pensado exactamente lo mismo, pero oírselo decir a él la asustó.
—Siento mucho no encajar con tu versión perfecta del «Salvamento en el desierto». Soy nueva en esto. Sabía que el pueblo estaba muy lejos, las montañas parecían más cerca. Además, tenía que ir en esa dirección —añadió sacándose un sobre amarillo del bolsillo—. Dolly Aames le mandó esta carta a mi abuela hace casi cuarenta años. ¿Lo ves? En el remite pone Tangent, enero de 1964.
Jack paró el coche en mitad de la carretera desértica y se volvió hacia ella. De frente, en aquel espacio tan reducido, su presencia resultaba abrumadora. Roxanne tragó.
—Espera, deja que trate de entenderlo. ¿Estás buscando a una mujer desaparecida hace cuarenta años? ¿Tú qué eres?, ¿detective privado?, ¿cazarrecompensas?
—Ya te lo he dicho, trabajo para una filial de la televisión en Seattle. Soy productora de programas de noticias.
—¿Productora? Estaba convencido de que trabajabas delante de las cámaras.
—El verdadero poder está detrás de las cámaras.
—Poder, ¿eh? Así que eres de esas.
—No, no soy de esas. Simplemente me gusta producir. Además, detesto el maquillaje. Y mi cabello tiene más días malos que buenos. Pero vamos a ver, en cuanto a Dolly Aames…
Jack observó su cabello y volvió de nuevo la vista hacia su rostro. Roxanne solo podía imaginar cuál sería su estado. Como él no dijo nada, ella se temió lo peor.
—¿Acaso la mujer que buscas es una criminal fugada o una famosa asesina?
—Por supuesto que no.
—Entonces, ¿por qué has venido desde Seattle a buscarla?, ¿es pariente tuya?
—No, es una vieja amiga de mi abuela.
—¿Así que has viajado casi tres mil kilómetros solo para ver a una vieja amiga de tu abuela? ¿Y por qué ha esperado tanto tu abuela?
—Es complicado.
Roxanne no estaba dispuesta a contarle los detalles de la enfermedad de Grandma Nell solo para satisfacer su curiosidad. Al fin y al cabo no era más que un extraño. Además, apenas podía soportar hablar de ello, o pensar en lo que podía significar.
—Grandma quiere volver a reunir a un grupo de cantantes al que pertenecían ellas dos hace mucho tiempo.
—¿Y tú qué?, ¿qué quieres tú?
Roxanne se lo quedó mirando sin parpadear. Luego musitó:
—Yo lo que quiero es ayudar a mi abuela.
—Hmmm…. —sacudió él la cabeza—. ¿Y no se os ha ocurrido pensar que esa tal Dolly puede haberse mudado, o muerto?
—Por supuesto, pero tendré que empezar por algún sitio, ¿no?
—La verdad, me parece increíble. Y muy ingenuo —volvió él a sacudir la cabeza.
Roxanne abrió el sobre y sacó una foto vieja y amarillenta de una joven sentada delante de una valla. Los postes de la verja, muy rústicos, estaban adornados en su parte superior por la calavera de un astado. Aquello hacía del lugar un sitio único, muy particular. Ella le tendió la foto, y él la examinó reacio.
—Anoche estuve preguntando por Tangent, aunque la verdad, no sirvió de mucho, porque estaba casi todo cerrado. De todos modos, nadie conocía a Dolly Aames. El tipo del motel me dijo que esta foto debía haber sido tomada justo aquí, en la bifurcación de esta carretera.
—¿Era Pete, el del Cactus Gulch, o Alan, el del Midtown?
—Supongo que sería Pete. Estuve allí solo una noche, me despedí esta mañana. No puedo creer que sepas su nombre.
—Esta ciudad es muy pequeña —contestó Jack devolviéndole la foto—. Está bien, es cierto, está foto tuvo que ser tomada aquí, más o menos. Esas calaveras estaban por esta zona, en esa valla, hasta que yo las quité. De todos modos, la gente sigue viniendo a hacerse una foto con ellas, así que eso no significa que viviera cerca. No sé quién es Dolly Aames.
—Hmm…
—Quizá Sal lo sepa —continuó él vacilante.
—¿Sí?, ¿y quién es Sal?
—Sally Collins, pero ni se te ocurra llamarla Sally. Y te lo advierto, no es tan comunicativa como yo cuando se trata de contestar preguntas.
—¿Comunicativo?, ¿tú? Debes estar de broma.
Jack la miró serio.
—Escucha, Roxanne, ¿se te ha ocurrido pensar que quizá Dolly Aames no quiera que la encuentres?
No, la verdad era que no.
La casa, edificada entre dunas, era de estuco blanco con tejas rojas. Las plantas del desierto, reavivadas con la presencia de flores aquí y allá, hacían que aquello pareciera un oasis. Un racimo de globos rosas y blancos, atados a una vieja bomba, eran la única nota discordante.
—¿Es esta tu casa? Es preciosa.
