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"Me posé al centro del escenario. Las luces en la cara eran tremendas. Casi que me quemaban. Pero ahí estaba, de pie, firme, derecho". ¿De cuántos fue el sueño de cantar? Seguro que el de una buena cantidad, pero ese sueño siempre se termina perdiendo en el tiempo. Para Joel Galliano, esto era lo que más deseaba en la vida, y lo que sabía hacer con más pasión, aunque jamás se animó a hacerlo de manera profesional. Eso fue hasta que una noche conoció a Gian, quien le hizo saber que podía lograr su sueño. Juntos consiguen alcanzarlo. Sin embargo, luego se dio cuenta de que algunas personas solo entran en la vida de uno para enseñarles una lección y, sin más, una vez que el trabajo está hecho, se retiran.
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Seitenzahl: 334
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Alvarez, Pablo Agustín
El cantante / Pablo Agustín Alvarez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
252 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-873-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Música. I. Título.
CDD A863
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Alvarez, Pablo Agustín
© 2021. Tinta Libre Ediciones
¿Qué sería del mundo si cada persona se desarrollara en la habilidad con la cual nació?
Dedicado a mis queridos amigos, que me metieron en esto y me dieron fuerzas para poder darle forma a las ideas que desde hace muchísimo tenía en mente. Ema, Ludmi, Fran, Elías, Sofi. ¡Gracias a todos!
El cantante
1
Ahí estaba otra vez, dirigiéndome a mis clases de canto. Un hermoso día de lluvia acompañaba mi recorrido por el centro de la ciudad hacia la academia Voces de Plata.
Mi profesor tocaba en el piano notas que sonaban desde las más bajas hasta las más altas, para tratar de hacerme afinar aunque solo fuese un poquito y así evitar que pareciera un gato atropellado y muriendo. Una vez le había preguntado por qué los niños de alrededor de cinco, seis o siete años pareciera que cantaban bien de forma nata, y su respuesta fue: “Porque aún no sienten vergüenza”.
Luego de tratar de afinar un poco, el proceso usual consistía en que yo llevara una canción y juntos la preparáramos. Por Dios, qué difícil que era. ¿Por qué elegía canciones tan complicadas o siempre quería empezar con cantantes que tenían un registro vocal tan amplio? Estos cantantes pasaban de bajos a altos en una milésima de segundo, y yo apenas si podía abrir la boca. Literalmente tratábamos de hacer magia. Una vez leí por ahí que no hace falta cantar bien: “El éxito depende de qué canta uno, y no de cómo lo canta”; en otras palabras, la actitud debería hacer casi el noventa por ciento del trabajo. Por eso trataba de soltar mi supuesta voz de barítono —según mis profesores—, pero solo sentía que era una tortura para los oídos escucharme… y hablo de mis propios oídos. En público, la garganta se me volvía rebelde. No me quería ni imaginar lo que ocurría cuando otros me oían cantar. ¿Qué querían que hiciera?; soy un artista en proceso.
Al terminar la clase, salí y emprendí el regreso a casa yendo hacia la parada del colectivo. Cuando subí, pagué mi boleto con la tarjeta pero la máquina no me marcó el importe, o mejor dicho, no me di cuenta de si lo había hecho o no, y terminé pagando dos veces. ¡Con lo caro que estaba el pasaje! Y además, siempre andaba con lo justo. Traté de no darle importancia, no podía agarrar a patadas al pobre aparato hasta que escupiera el valor de mi segundo importe y lo introdujera de nuevo en mi tarjeta; así que solo me dediqué a mirarlo, aceptar lo ocurrido con un resoplido y seguir hasta un asiento. Más adelante, subió uno de esos cantantes callejeros con su guitarra; parecía que el destino o bien se me burlaba, o bien me quería dar una lección de confianza. Mitad y mitad, creo. Así que me dediqué a escuchar qué tenía preparado en su repertorio para deleitar a los pasajeros. La canción era bastante conocida, la había escuchado muchas veces en la radio y Youtube. Él entonaba bastante bien, iba al ritmo de las notas mientras hacía sonar el instrumento, respetaba los tiempos; aunque la canción era algo complicada, la llevaba como todo un experto (observación: soy de esos que se saben lo teórico pero no lo pueden llevar a la práctica). Quién sabe, en una de esas estaba ante el próximo gran descubrimiento de la música, ganador de todos los premios de oro otorgados para mejor canción, mejor artista masculino, artista del año, artista revelación, álbum más vendido… Y entonces me dije: «Vamos a colaborar con este sujeto». Diez pesos saqué del bolsillo, y se los puse en la gorrita negra que pasaba para juntar la caridad de los pasajeros; bastante tenía que haber gustado, ya que juntó una buena cantidad de billetes, cosa que yo no veía seguido.
También soy bastante observador respecto de las acciones de los otros, sus muecas, las cosas que dicen, los tonos con que lo hacen y cómo llegan a mí. Tal vez esté buscando inconscientemente una respuesta para mí mismo, pero eso no tuvo nada que ver con mi pequeña colaboración para ese tremendo artista callejero que se animó a hacernos frente en un día de lluvia y viento y con todos mojados hasta las narices.
Llegué a casa y saludé a todos. Vivía con mamá, papá y la abuela. Una vez terminado mi aviso de llegada, pasé directo a mi pieza en el piso superior. Me recosté. Ya era viernes por la noche y tenía ganas de salir a mover el cuerpo, tomar algo, gastar energía; nada que no hubiera hecho en algún otro momento, algo tranquilo. Así que agarré el teléfono y le escribí a mi mejor amigo, Leonel, para quedar en salir; me imaginaba lo muchísimo que me iba a costar convencerlo. El mensaje fue:
[Joel]: ¡Ey! ¿Salimos a reventar la noche?
[Leonel]:Ya estoy listo, ¿dónde te veo? ¿Ya venís? ¿Tomamos algo antes?
Eso fue todo, fin de la historia. Siempre listos para salir a despejar un poco la mente. Así que hasta su casa me iría primero.
Abrí mi placard siempre único, a la moda. Pantalones vaqueros azul oscuro, apretados; zapatillas de un verde manzana madura; remera marrón con una inscripción blanca en inglés en el pecho; camperas finas con más inscripciones a los costados y cierres por varios lados; camperas un poco más gruesas y, además, muchas prendas que no combinaban en lo más mínimo por sus tonos chillones. Elegí lo más tranquilo que encontré de entre toda la montaña de ropa ridícula que había sacado. Pensé en que tendría que hacer una limpieza de vestuario urgente. Elegí una remera amarilla, jeans claros y zapatillas blancas. Por supuesto que antes de vestirme me di un buen baño, me perfumé, me cepillé los dientes, saqué plata de los ahorros que no se debían tocar y recién ahí me fui, de nuevo, a la parada del colectivo.
Llegó el armatoste de metal tarde, como siempre. Pasé mi tarjeta para pagar mi boleto y ese sucio y odioso artefacto —estoy seguro de que uno de los aparatos más odiados del planeta es este que te cobra el viaje— marcó saldo negativo con una gran y sonora luz roja. ¡Puff! No tenía saldo cargado. Era de noche, y ya estaba en un colectivo en movimiento, y el chofer me miraba de reojo en clara señal de: «en la próxima te bajás, querido, nadie se sube a mi nave sin pagar». Así que a pedir una tarjeta con carga y pagarle en efectivo a la bondadosa alma que se apiadara de mí. Diez personas en las primeras filas, las de los asientos dobles, ya me miraban con cara de «va a venir a pedirme que le preste mi tarjeta, qué vergüenza». A las diez les puse cara de perrito mojado para ablandar sus corazones, pero ninguna tenía para venderme un boleto… o no querían, ¿quién sabe? Solo un señor mayor vestido con camisa que se encontraba en la fila de asientos únicos —ojalá Dios lo llene de bendiciones— me prestó la suya. Agarré la tarjeta, pagué, le mostré al conductor que ya era legal mi viaje y pasé a devolver la tarjeta. Quise pagar, por supuesto, pero bueno, evidentemente no estaba siendo mi día; no tenía cambio, así que tuve que pagar con un billete de cien. Saludos al cambio; no me iba a poner a pedirlo, sabría Dios si tenía para dármelo este buen señor, así que pagué el viaje más caro de la historia.
Llegué a la zona céntrica luego de cinco kilómetros de viaje. Mi parada estaba entre un colegio y una iglesia, en el cruce de una avenida principal con una plaza que le daba un toque más fino a tanto cemento; en una esquina, un McDonald’s, y quioscos alrededor (por lo menos, siempre que pasaba contaba un mínimo de cinco en tres cuadras distintas; parecía que había suficientes clientes para todos). Además, un banco provincial y una dependencia del gobierno. Muchos transeúntes de mi edad (tengo veinticuatro años), más grandes, más chicos, de todas las edades, daban vueltas bajo la fresca noche que se prestaba para salir. Crucé un puente, caminé cinco cuadras y llegué a lo de mi amigo. No tenía timbre y vivía en un segundo piso, así que saqué mi celular —como era un invitado asiduo, pronto me conecté al wi fi—, le envié un mensaje por línea y bajó para darme la bienvenida. Saludos, chistes y la pregunta de por qué no dejaba dormir un viernes nublado, especial para perderse entre las sábanas y un café. Yo sabía que era la alegría de su vida, y también lo que me esperaba cuando llegara.
Entré y fui directo a las sillas, me acomodé y largué la pregunta: “¿Qué tenemos para tomar?”; su contestación: “Perdón… ¿Acaso yo soy qué?”. Me paré como si estuviera en mi propia casa, fui hasta la heladera y vi que las cervezas estaban desde hacía rato enfriándose. Saqué una, sendos vasos y empezamos. Hice todo como dueño de casa, como si hubiera comprado el complejo de apartamentos junto con su mobiliario y solo por mi infinita generosidad le permitiera a Leonel vivir ahí; mejores amigos, qué se le va a hacer. Entre charlas, risas, algún eructo por la cerveza y música para ir calentando los cuerpos y los ánimos, vino la segunda ronda, y ya estábamos perfectos para salir a ponerle una bomba atómica a la noche.
No era lejos el lugar que habíamos elegido para ir a bailar, así que hicimos el trayecto a pie. Fuimos mirando chicos por el camino y haciendo bromas de todo tipo, limpiándonos las babas invisibles; y como por teletransportación, llegamos. Pagamos las entradas y fuimos a la barra para comprar tragos, y luego nos acomodamos en unos silloncitos para bajar esos vasos de bebida blanca que, tras mi degustación, decidí que estaban exquisitos. Como ya veníamos con los sentidos un poco doblados, yo le echaba a los vasos unos tragos que daban miedo, y bajaba buena parte del líquido con cada uno (otra cosa para notar: tengo poco aguante con las bebidas). Lion no se quedaba atrás; sabía que si no agarraba el vaso, se quedaría sin tomar nada, y como no lo iba a permitir, se ponía en sintonía conmigo. En tanto, mirábamos cómo iba llegando gente al antro hasta que se llenó, y entre luces, música y alcohol, la fiesta arrancó. Un vaho humano caldeado danzaba al ritmo de la música de moda. Movimientos raros e inventados en el acto, coreos de videos musicales; ya todos se subían al escenario, el DJ agitaba con más sorteos de tragos, pedía palmas, remixaba lo último en la moda y se adentraba en lo más movido. Cuando daban las cuatro de la madrugada, empezaron a sonar los clásicos. Yo era uno de los que no se dejaban nada sin bailar; en realidad, lo mío no era bailar sino hacer papelones, pasar vergüenza, desplegar movimientos que solo yo conocía e inventaba en el momento, pero que disfrutaba.
En un momento, Leonel y yo salimos del local hacia la calle para descansar un poco los pies y respirar aire fresco, porque si seguíamos con ese nivel de alcohol en sangre, de encierro y de calor, yo vomitaría y caería desmayado. Luego, lo más seguro era que yo no me acordara, pero mi amigo sí, y se reiría para el resto de nuestras vidas; la anécdota saldría cada vez que tuviera la oportunidad.
Cuando estábamos afuera para respirar y buscar un lugar sin tantas personas alrededor, me llevé una gran sorpresa. Como un golpe, descubrí que al otro lado de la estrecha calle —sin tantas personas juntas como en el lado en que yo estaba— se encontraba el ser más perfecto que jamás hubiera visto. Su estatura, su cara, su nariz, su pelo; era una combinación biológica tan perfecta que el cuerpo me llevaba para un lado y los ojos, que tenía fijos en él, para el otro. Sentí, por primera vez, el imperioso impulso de ir corriendo para hablarle y estar cerca de él aunque fuese un ratito, algo, no sé, lo que fuera. Esto era algo que nunca me había ocurrido. Aun así seguí caminando, aunque sin mirar al frente o a donde pisaba, y casi resbalo con el cordón de la vereda y me doy contra un contenedor de basura. Alcancé a reaccionar por instinto, aunque mis instintos estuvieran un poco desconfigurados por la bebida, para no terminar junto a la basura. Cuando giré para seguir a Lionel, esos instintos medio adormilados se doblaron de más y casi me estrello contra un grupo de gente que fumaba. Pero no, no choqué. Tampoco terminé dentro del contenedor de basura, pude seguir a mi amigo y otra vez miré al ángel que había divisado. Ahí estaba, con su grupo de amigos, riendo. Qué sonrisa tan perfecta, sus pómulos, la mandíbula; seguro se necesitó mucho trabajo para terminar de definir tanta perfección. Mientras yo lo miraba perdido, me preguntó Lionel:
—¿Estás bien?
—Sí, sí. —Dije esto sin mirarlo a la cara. Yo seguía perdido en esa escultura viviente—. Mirá a ese chico, es hermoso.
—¿Cuál?
—Ese de ahí. —No quería señalarlo, ni hablar fuerte por miedo a que me escuchara o me llegara a mirar; temía un posible paro respiratorio.
—¿El grandote de barba?
—¿Qué? ¿Cuál? —respondí frunciendo el ceño, y busqué al que me había mencionado entornando un poco los ojos. Por suerte, siempre tuvimos gustos diferentes, así que no iba a haber problemas de cuernos entre amigos jamás—. ¡No, ese no!
Parece que el chico esbelto que yo había divisado me escuchó, porque de reojo me lanzó una mirada rápida, sorprendido; sentí que el corazón me daba un vuelco, se frenaba y se reanimaba solo con sus manitos de carne, para no dejar de latir. Por un momento, se sintió peligroso lo que me provocaba (aparte, yo era muy tímido. Bueno, para todo siempre fui igual).
—Entonces, ¿de quién hablamos?
—Mirá al otro lado de la calle, en ese grupo de chicos, el que está ahí con pantalones negros, buzo oscuro y de brazos cruzados. El medio rubiecito. —dije apenas en voz baja, como si lo tuviera al lado, para que no me oyera.
—¡Ah! Él. Sí, es lindo, me gusta.
—¡Ah, no! ¡Yo lo vi primero!
—Tranquilo, yo necesito un hombre, a él le faltan unos buenos años, altura, pelos en la cara… y no solo en la cabeza.
Era verdad. ¿Cuántos años tendría? Si lo miraba bien, tal vez tuviese la misma edad que yo, veinticuatro. Poco más, poco menos. Pero su peinado, que parecía hecho hacia un costado simplemente con una mano en ese cabello castaño claro —si hubiera sol, resaltaría mucho más—, le daba apariencia de más joven. Tal y como siempre me habían atraído. Lo miraba y pensaba que él tenía todo lo que siempre me había llamado la atención en una persona, hablando solo sobre lo físico.
—Come viejos, es perfecto.
Un integrante de su grupo hizo un ademán para que entraran de nuevo, y yo me perdí en ese espectáculo visual que seguía con la mirada y que en pocos minutos me había dado vuelta toda la psiquis. Aún no sabía que con su presencia me daría vuelta absolutamente toda la vida.
Nosotros seguimos afuera un ratito más, mientras mi amigo se prendía un cigarrillo (yo no fumo). Algunos otros chicos se nos acercaron para tirarnos los perros y ver si podían llevarnos con ellos luego de terminada la noche, pero nos negamos; lo mío era solo mirar y Lionel no me iba a dejar solo para irse por ahí de levante. Una vez que él terminó el cigarrillo, tiró la colilla y entramos de nuevo. Sugerí ir a la barra por otro trago. Entre que mirábamos la carta para ver con qué nos deleitábamos para hacer la mezcla y que se pudriera todo, le dije:
—¿Dónde estará?
—¿Quién? —Lion miraba la carta, con un dedo eligió un trago y se lo pidió al de la barra.
—El chico que vimos afuera. —La música y las luces estaban a todo lo que daban, la noche se encontraba en su apogeo.
—¿Para qué querés saber? Si no le vas a hablar.
—Nomás quiero verlo de vuelta. Aparte quién sabe: terminamos este trago, agarro confianza, lo busco para hablarle y hasta termino sacándole su número.
—Eso sí quiero verlo.
Nos entregaron el vaso y pagamos mitad y mitad, como siempre, y fuimos a la pista a seguir bailando. Empezó a sonar una música caribeña con ritmo bastante movido, como para sacudir las caderas de lado a lado. Lion me agarró la mano que me quedaba libre —en la otra sostenía el trago— y me hizo girar; siempre estaba con él y bailábamos juntos, por lo que dábamos la impresión de ser pareja. Siempre nos lo decían, pero no era así, éramos simplemente mejores amigos. Yo, para seguir con el baile, giré, y cuando quedé de espaldas a mi amigo, el trago en una mano y la otra por arriba para dar la vuelta, lo vi. No solo lo vi, sino que noté que estábamos de frente. A centímetros tan escasos que casi suelto el vaso. Estoy más que seguro de que abrí los ojos con la mejor cara de espanto y sorpresa que nadie jamás hubiera visto; y la belleza me miró, estaba riendo.
No pude terminar mi vuelta, sentí que los ojos estaban a punto de salirse de mi cara. Apenas si podía sentir la fuerza que hacía Lionel para que terminara la vuelta. Entonces pareció que mi cara, mi pose y mi susto le daban gracia, porque el chico que admiraba soltó una pequeña risa cuando entendió que lo mío era algo más que una simple mirada de reojo. Sus ojitos se cerraron apenas y a los costados se les hicieron unas pequeñas patitas de gallo. Yo me solté y terminé de dar la vuelta con muy poca gracia, quedando de frente con Lionel. Me le acerqué más, hasta estar casi nariz con nariz, para que mi voz de protesta se escuchara por encima de la música.
—¡¿Qué hacés?! ¿Por qué no me dijiste que estaba detrás?
—Me dijiste que lo querías ver de nuevo y que le ibas a hablar. Así que lo encontré por vos y te quise ayudar. —Soltó una risa, ya sabía cómo me iba a poner.
Vino un chico a hablarnos. Por un momento pensé que era otro de esos afectados por el alcohol que quería ligar con nosotros, pero nos miró y nos dijo:
—¡Hola! ¿Cómo están, chicos? —Nos agarró a ambos por el cuello, casi me volqué encima el poco trago que aún tenía en la mano. — ¿Son novios? —preguntó muy interesado.
—No, somos primos. —Esa era la respuesta que siempre dábamos a los desconocidos.
—¡Ah! —dijo, poniendo una sonrisa divertida. Nos miró a ambos, y luego se dirigió a Lionel—: Mi amigo te quiere hablar, quiere bailar con vos, invitarte un trago o qué sé yo… Es él. —Y lo apuntó.
Yo había quedado de espaldas al grupo, pero recordé que había visto al ahora cupido en el grupo del hermoso adonis que me había impactado afuera. Entonces llegué a odiar tanto a mi amigo, pero tanto, con tantas fuerzas, que hubiese querido tirarle encima el trago que aún tenía en la mano, insultarlo y decirle que gracias por irse de levante con alguien que me gustaba, para luego darme la vuelta e irme llorando a casa (el alcohol me estaba poniendo muy dramático).
—¿Quieren venir con nosotros? —Asentimos y lo seguimos.
Cupido y Lionel se fueron con todo el grupo, pero yo me quedé como petrificado en el lugar. Lion tenía una sonrisa pícara cuando lo vi pasar, y yo sabía lo que estaba pensando: él se acordaba de que ese era el grupo donde estaba el que me había dado vuelta la cabeza con solo verlo. Pasaron por mi lado, salí de mi entumecimiento y fui detrás de él con ganas de apuñalarlo por la espalda con una espada, si hubiera tenido una a mano.
La cosa fue así: nos unimos a ellos y resultó que el que quería levante con mi amigo era un chico alto y flaco de camisa, pelito corto y sonrisa juguetona. Cuando cupido se lo presentó, yo sentí un alivio tremendo. Lo que sí lamenté fue que no estuviera el chico que me había robado el alma con los ojos, así que medio que me calmé y medio que me decepcioné. Quería, en el fondo, estar cerca de él. Pero no para hablarle, la lengua se me iba a carbonizar. Así que opté por calmarme, seguir bailando y hacer como si nada pasara con nuestros nuevos amigos, que preguntaron quién era yo. Por mi parte, solo me preguntaba a dónde se había ido el ángel; ¿acaso había subido de nuevo al cielo? ¿Había terminado su misión en la tierra y tenía que subir para dar su reporte? ¿Así nomás me había dejado? ¿Solito y desamparado?
La noche pasó, y concluyó el último tramo de canciones. Parecía que ya éramos todos amigos, y pudimos terminar todo más tranquilamente de lo que creí. Acabó la música y las luces se prendieron. El DJ se despidió hasta el próximo fin de semana, agradeció a los asistentes y les recordó en el mejor tono enérgico que los esperaba de nuevo el próximo viernes. Salimos todos juntos; creo que por la cantidad que había tomado y por las emociones experimentadas esa noche, no sentí casi nada de frío. Nos quedamos un ratito mirando como todos salían; Lionel parecía que esa noche había ligado. Él y el tipo que le habían presentado salieron muy abrazados; el nombre de él era Matías. Le pregunté qué iba a hacer y me respondió que se volvería con él a su departamento. Empecé a saludar a nuestro nuevo grupo para irme a casa, pero antes nos pasamos los números para organizar nuevas salidas, de esas que nunca sucedían; cuando terminaba de darle el beso pertinente a cada uno y estaba en el último de la ronda, sentí una voz detrás que dijo: “¡Hola!, volví”. No sé cómo ni por qué, pero sabía de quién se trataba.
Sabía que era el ángel de nuevo en la tierra, porque el corazón me empezó a palpitar con fuerza y el poco fresco que sentía se borró por completo para dar paso a un calor corporal tremendo, sobre todo en la parte de arriba de los hombros y el cuello. Tenía ganas de sacarme toda la ropa y quedar sin nada, no por exhibicionista, sino porque me estaban caldeando los nervios. Me di vuelta y entonces lo vi. Ahí estaba, con su sonrisa perfecta y sus ojos café, con pestañas largas y gruesas que se los remarcaban a la perfección. De repente, me asaltó mi pesimismo. Pensé que venía de estar con alguien, sentí unos celos enormes hacia no sabía quién y simplemente lo odié por haber estado con él haciendo no sabía qué, en no sabía dónde. Solo se me dibujó una sonrisa en la cara.
—Hola —fue lo único que me salió en un hilo de voz.
—Perdón que me perdí, fui al baño, estaba muy lleno.
—Tampoco quedaba mucho —dijo uno de sus amigos, quitándole importancia a su disculpa.
De pronto sentí alivio, no había estado besándose furiosamente con alguien en algún rincón y metiendo la mano por debajo de su ropa; solo era eso, el baño.
—Mirá, te presento a nuestros nuevos amigos —dijo uno de los integrantes del grupo que antes había bailado conmigo.
—Él es Gian —nos presentaron—, y él es… —Yo tenía la mirada clavada en él. Su semblante esperaba mi nombre. Su boca, su pelo, sus hombros; éramos de la misma estatura. Un metro con setenta centímetros. Solo que él era un diamante de esa altura.
—Joel… —dije por fin—. Joel Galliano.
¿Por qué esa formalidad para presentarme? Él notó mi nerviosismo al momento y soltó una risa divertida. Por la fuerza del universo, sentí una palmada en la espalda y me lancé a darle un beso para coronar el saludo; pero creo que se lo di más allá de la mejilla, casi llegando a la oreja, y pude sentir el aroma tan dulce de su perfume. Me contestó el beso con una mano en la espalda.
—Hola, te vi adentro —respondió divertido.
La alegría se apoderó completamente de mí, porque me había visto. Se me voló la tapa de los sesos.
—Justo cuando me iba los vi a vos y a tu amigo acercándose a todos estos. —Se refería a sus amigos, mientras los apuntaba con el pulgar hacia atrás.
—Eh… —No entendí qué me quería decir, así que rápido moví la cabeza para ver detrás de él y noté que Lionel estaba a los besos pasionales con Matías—. Ah, sí. Parece… parece que… ¿Y vos a dónde vas? —Fue la única pregunta de acosador que se me ocurrió hacerle, y él, divertido, creo que se sorprendió por mi interrogante.
—¿Qué?
—No, nada, perdón. —Risa nerviosa. No sabía qué le estaba diciendo. No podía llevar una conversación normal.
—No hay drama. Me voy a casa porque mañana trabajo, luego estudio y tengo cosas que hacer, así que este va a ser mi fin de semana, entretenidísimo.
—Bueno, mucha información de golpe —dijo uno de su grupo—. ¿Por qué no se pasan los números y siguen ahí la conversación?
—Ya lo tengo —dijo cupido, que estaba escuchando y mirando todo—. Después se lo paso a Gian, y que te hable.
—Ah, sí, ya lo tiene. Si querés, escribime.
—Sí, dale, lo hago apenas tenga un tiempo. Bueno, me voy. —Y empezó a saludar a todos con un beso, dejándome para el último.
Cuando llegó a mí se me acercó para darme un beso en el cachete; lo único que yo quería era que todos los edificios a mi alrededor se derrumbaran, me aplastaran y me hicieran desaparecer, pero al mismo tiempo quería con todas mis ganas saludarlo. Cuando se me acercó, alguien desde atrás lo pechó y casi me da un beso en los labios; alcanzó a hacerse para atrás de golpe, rio y se volvió a mirar a cupido, que había sido el gestor de la broma. Yo casi muero. Se miraron, y él volvió a la carga con el saludo.
—Un gusto, Joel. Nos vemos, suerte.
—S-sí, suerte, cuidate.
Se volvió hacia la calle y hacia los taxis, que ya estaban pasando para recoger gente; extendió el brazo, frenó uno y, de nuevo, el empujón universal en mi espalda. Me adelanté y le abrí la puerta. Por un momento todos pensaron que me subiría con él y nos iríamos juntos. Gian me miró, sorprendido por el gesto, y me agradeció. Subió y oí cómo le daba la dirección al chofer. Tenía todas las ganas del mundo de salir corriendo detrás de él. Cuando el coche arrancó, me di cuenta de que se estaba llevando consigo una parte de mí, y no quería que me la devolviera; quería que Gian me llevara todo entero a donde fuese que se estuviera yendo. Me quedé mirando cómo el vehículo doblaba en la esquina hacia la izquierda y se perdía de mi vista. Miré a mi amigo, que seguía apretando a un lado con Matías, mientras yo, ahí parado, sentía cómo el alma me había empezado a cantar en un tono hermoso; bajito, pero hermoso.
2
Esa madrugada volví a casa en taxi. No estaba pensando en cosas como gastar en un taxi o no; aunque antes me pareciera imperativo tenerlo en cuenta, esa madrugada me pareció de lo más trivial. Después capaz me dolería, cuando hiciera el recuento de los billetes que me quedaban y me agarrara la cabeza preguntándome por qué me había subido a un taxi si siempre salía con lo justo; pero en fin. No podía creer lo que había pasado y a quién había conocido, además de que pude saludarlo y sacarle su nombre. ¿Qué podía decir? Fue una salida con movimientos emocionales fuertes.
El fin de semana pasaba, pero el mensaje que tanto esperaba no llegó. Sí había llegado un mensaje de Lionel: cuando desperté, me preguntó si Gian siquiera se acordaría de que alguien de su entorno tenía mi número o de que le había abierto la puerta del taxi. También me contó lo que había pasado con Matías; parecía que ambos se habían gustado bastante, porque luego de que terminaran desayunando juntos esa madrugada, siguieron mensajeándose. Pero mi mensaje no llegaba. Pensé que lo que había pasado esa noche quedaría en esa noche y decidí dar por terminado el asunto. Nunca me escribiría; además, yo no podía buscarlo por sus redes sociales porque solo tenía su nombre y no su apellido. ¿Y si tenía algún sobrenombre? Aunque… ¿Y si le pedía a Lionel que le sacara el número a Matías y era yo el que le escribía? Pero ¿y si terminaba por enterarme de que tenía novio o de que Matías no creía que fuera a responderme? O tal vez sí estaba demasiado ocupado, como me había dicho antes de subirse al taxi, con sus estudios y el trabajo. Por cierto, ¿de qué trabajaba? ¿Cuántos años tenía? ¿Qué estudiaba? Yo lo podría ayudar, soy bueno memorizando y reteniendo, hago buenos resúmenes… ¿Qué estaba pensando? Tenía tantas preguntas. Y ya empezaba a imaginar cosas de las que no tenía la menor idea. «Basta, fue algo de una noche y nada más». Todo había muerto ahí, o al menos así parecía ser para él, porque por lo que a mí respectaba, estaba en esa etapa en donde la mente se pierde conjeturando e imaginando cosas sin sentido, y eso que había sido cosa de una madrugada. Tenía que entender que solo había sido una salida y nada más. Decidí concentrarme en mis cosas, que bastante tenía: estudios, trabajo, lecturas (amo leer), series en Netflix que terminar y películas pendientes. Chico tranquilo, vida tranquila, ¿por qué se iba a fijar en mí?
Había pasado el domingo tirado en la cama leyendo y sobre todo practicando canto, algo que nunca hacía; luego de terminar me llamó la atención que lo hubiera hecho: bajito, pero había empezado. ¿Qué había pasado? ¿Qué cambió en mí para que me animara a hacerlo? Jamás hubiera practicado en casa por miedo a lo que dijeran mis padres o la abuela, que, aunque un poco sorda, tal vez tuviera un momento de despertar auditivo y me criticara; pero no me había acordado de eso, solo lo hice.
Pasó el día y llegó el lunes. Desperté temprano, ocho de la mañana, desayuné pan tostado con queso, un café y un jugo de naranja exprimido, para empezar el día con fuerza, y salí, ya que a las nueve entraba al trabajo y tenía que abrir el local. Era una pequeña librería de mitad de cuadra que abría hasta las dos de la tarde, cuando la clientela se calmaba y venía el siguiente turno. Con ese horario reducido, luego podía o bien volver a casa a descansar y comer algo o ir tranquilamente a la universidad, cosa que pensaba hacer esta vez. Antes, iba a pasar por un supermercado nuevo que había abierto el viernes pasado. Quedaba a un par de cuadras de mi parada de colectivo, y varias veces había visto el cartel que anunciaba su apertura; por los próximos siete días habría ofertas, así que pensaba pasar y hacer una compra de frutas y algunas golosinas para el día, y si mi billetera lo admitía, algunas otras de reserva.
Faltaban diez minutos para la hora de salida cuando vino mi reemplazo. Mi compañera y amiga íntima luego de tantos años compartiendo el trabajo, Romina. Llegó, me saludó y revoleó su mochila por detrás del mostrador; hablamos un rato, le cedí el lugar y me preguntó qué tal había estado el fin de semana. Le conté muy por arriba lo que había sucedido, obviando la parte de que alguien me había robado el corazón solo porque no creí conveniente decirlo. Sabía cómo pensaba ella, me diría que esas cosas no existen, que alguien no puede enamorarse por un vistazo y que habíamos compartido muy pocas palabras; que menos que menos podría pasar eso en un local bailable. Así que me limité a decirle que muy bien, que había salido, bailado, tomado y luego a casa. El de ella había sido algo parecido. Solo que, a diferencia de mí, ella había salido y luego había ido a la casa de unas amigas a seguir la fiesta. Terminamos de ponernos al día sobre nuestros fines de semana y salí rumbo al nuevo supermercado.
Era bastante agradable por fuera. Entré y un guardia tomó mi mochila para ponerla en una cartera transparente con cierre y precinto con sensor, por las dudas se me diera por robar algo, y luego pasé con un canastito colgado en el brazo. El lugar no era lo suficientemente grande como para llevar carrito, así que con mi canastito y mi bolso parecía toda una señora. Primero compré varias frutas en oferta, manzanas, bananas y duraznos. En otro pasillo había una zona de productos de dietética, así que aproveché y compré una oferta de mix de frutos secos con nueces, almendras, cereales y pasas de uva. Pasé por donde estaban los refrigeradores y saqué un jugo de naranja con pulpa para ir tomando en el camino, y luego fui a la parte de los dulces. Completé con unos chocolates y dos alfajores, uno para ahora y el otro para la vuelta. Me estaba acordando de que había decidido ir directamente a la universidad, pero en vista de todo lo que estaba llevando, tal vez tuviera que hacer una parada por casa para dejar un poco de cosas. Cuando fui a las cajas, que en total eran siete, vi que las colas eran bastante largas. Parecía que todos estaban aprovechando las ofertas, y la verdad era que no tenía ganas de esperar en las colas donde las señoras llevaban sus canastitos hasta arriba, así que me fijé en todas las filas y vi que la última era CAJA RÁPIDA, HASTA 15 PRODUCTOS. Me puse a hacer la cola, con nueve personas por delante. Pasaron rápido los primeros siete clientes; luego, una señora más fue atendida. El cajero le hizo entrega de la boleta, ella lo saludó y le agradeció, este le devolvió el saludo. Mientras la abuela que estaba antes que yo se movía más hacia adelante para avanzar y poner sus pocas chucherías en la cinta, yo miraba a los costados, hacia las ofertas de pilas, máquinas de afeitar y más golosinas; entonces avancé y lo vi, el cajero era Gian.
Estoy seguro de que si alguien me hubiese estado viendo por la cámara de seguridad se reiría, porque seguí caminando, choqué con la señora y le tiré un frasco de aceitunas rellenas que estaba depositando en la cinta y que fue a parar al piso, desparramándose por todos lados. El supermercado lleno, mirando la situación. Parecía que había sido la primera gran tragedia vinculada con algún producto, y yo había tenido el honor de cometerla. Todos me miraban: la gente de las demás largas colas, que se perdían entre los pasillos; la supervisora, de camiseta roja para destacarse entre los empleados de las cajas, de remeras negras y gorritas; un segundo guardia de seguridad, de frente a mi fila; y la señora, que me fulminaba con la mirada. Yo ahí, deseando que la tierra se abriera y los tragase a todos, o solo a mí, y que de algún lado alguien trajera un frasco nuevo y lo depositara frente a la señora de rulos y lentes para que todos siguieran como si nada hubiera pasado. Pero nada de eso pasó.
Gian, que también miraba la escena y el enchastre en su caja apenas asomado, salió de su estación de trabajo con un trapo, una pala y una escoba. Rápidamente juntó las aceitunas, que no habían ido muy lejos, las botó en un tacho, secó y se volvió a situar detrás de la caja para seguir cobrando. No sé si la suerte estaba de mi lado o no, pero justo con ese frasco la señora llevaba dieciséis artículos; ella seguía de mal humor, pero Gian se lo hizo saber y pareció que eso la calmaba un poco, en cierto modo le había hecho un pequeño favor. Cuando llegó mi turno, los nervios me estaban matando. Sentía que si seguía caminando iba a tropezar con algo otra vez. Tropezaría con todo, y tal vez los demás cajeros tuvieran que estar todo el día limpiando solo mis desastres, así que traté de contenerme y dejar bien despacio lo que llevaba. Mis ojos iban apenas del canasto a Gian, como un autómata que deseara salir corriendo de ahí; aún sentía las miradas de todos clavadas en mi espalda, así que, como para aliviarme un poco y romper el hielo, lo saludé.
—Hola… —Él me miró y sonrió.
—¿Cómo estás? —No recordaba que su voz fuera tan melodiosa, y casi podría decir que ligeramente grave. Simplemente, me encantó.
—¿Te acordás de mí? —¿Qué era? ¿Un investigador? Qué estúpida conversación le estaba sacando.
—Sí, me acuerdo. —Acompañó el asentimiento con pequeños movimientos de cabeza y miradas rápidas—. Son trescientos veintiuno con ochenta.
Yo, perdido en su mirada, reaccioné solo porque hizo un ademán hacia la pantalla que marcaba el precio final, como diciendo: «¿Me estás escuchando o aparte de ciego también sos sordo?». Salí de mi hipnosis, saqué mi billetera y vi que tenía nomás un billete de mil, el pago del día. Se lo pasé.
—¿Un poquito más chico, quinientos aunque sea? Es una caja rápida y estamos con ofertas. —Era el único billete que tenía, más otros dos de cincuenta; o sea, seguía cagándola. «Bien, Joel, seguí así, así se te tiran los dos guardias encima y te sacan de los pelos frente a todos».
Abrí los ojos y negué con la cabeza, me empezaba a dar calor por los nervios; me respondió que no importaba, llamó a su supervisora, le dijo que necesitaba cambio y le pasó mi billete. Miré para atrás y vi que ya tenía a tres personas más esperando.
—¿Y hace mucho que trabajás acá?
—Es nuevo el súper. —O sea, por supuesto, es nuevo. ¿Qué pregunta era esa?—. Trabajaba en otra sucursal mucho más grande, pero me transfirieron a esta; es más chica y seguro luego se pondrá más tranquila. Beneficios de empleado cumplidor, supongo.
Y de nuevo su hermosa sonrisa para terminar de confirmar lo que decía, sus ojitos fijos en los míos. Puedo asegurar que casi solté una sonrisa, solo porque me gustaba que sus ojos estuvieran fijos en los míos.
—Ah, claro, bueno, mejor.
—¿Y vos, trabajás? —preguntó mientras esperábamos a su supervisora, que se encontraba retirando más billetes altos de otra caja.
—A-ah, sí. Acá a unas cuadras —dije, con unos nervios que se me empezaban a notar en la voz y apuntando con el dedo índice. No quedaba para donde apunté, pero fue lo único que atiné a hacer—. En la librería a mitad de cuadra.
—Bastante cerca. Sé dónde es, lo ubico. —«Mátenme». Sabía dónde quedaba mi trabajo, ¿me habría visto? ¿Por qué nunca había entrado a saludarme? Más tarde, pensando, con los nervios más calmos, deduje dos cosas: primero, su horario de trabajo era igual que el mío; segundo, si había pasado o había entrado a comprar, estaría Romina atendiendo, porque para esa hora yo ya me habría retirado. Volvió su supervisora con el cambio, Gian le agradeció, acomodó los billetes en la caja y, mientras tanto, yo miraba a las demás personas de la fila, que ya se empezaban a enojar por tener que esperar en la caja rápida y, además, porque nos pusimos a conversar—. Listo. Tu cambio, ticket. ¿Querés bolsa?
—N-no, está bien. Pongo todo en la mochila. —Alargó la mano como para tomar algo, pero yo pasé de largo para guardar todo solo. Se quedó con el brazo estirado, mirándome, y me di cuenta de por qué. Mi mochila estaba dentro de la cartera transparente de señora, y él debía sacarle el precinto con sensor. Me volví y se la pasé, él abrió mi bolso y me pasó mi mochila. El tipo que ya había puesto sus compras en la cinta y se había colocado frente a Gian tuvo que retroceder, y me lanzaba miradas de odio. Gian rio, ¿acaso le divertía yo o era así, de risa fácil? Me devolvió la mochila; yo, todo bruto, al tomarla le choqué la mano, y pude sentir lo suave que era. Regresé al final de la caja, guardé todo y lo saludé, me devolvió el saludo y me fui a paso rápido. No le pregunté por qué no me había escrito si tenía mi numero —tal vez ni se acordaba de que uno de sus amigos lo tenía— o si quería que se lo pasara por escrito ahí en el momento, o darme el suyo.
Casi llegaba a la salida, mientras rogaba que no sonara la alarma antirrobo —ya bastante vergüenza estaba pasando—, cuando decidí volver. De frente, de nuevo en su caja, hice un tremendo acopio de fuerzas para no quedarme ahí pasmado mirándolo; él volteó a verme y se sorprendió por mi regreso.
—E-eh, disculpá. —Saqué de la mochila uno de los alfajores que había comprado para más tarde; en ese momento, con todos los nervios del mundo, decidí regalárselo. Se lo pasé—. Para vos.
Lo tomó rápido y lo hizo desaparecer para que no pareciera que estábamos de transas con los productos.
—Gracias —fue lo único que dijo, abriendo los ojos por la sorpresa y tratando de mostrar su sonrisa ya plasmada en mi mente de una forma tan nítida.
—Si no te importa, ¿salimos esta noche?
