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Dos extraños caminos se cruzan en el interior de las murallas de un castillo: el de un beduino azul, que sintió la llamada del mar, y el de Kurt, que emprendió el Camino de Santiago desde el Báltico.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
El castillo
© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es
© Jesús Ballazjesusballaz.blogspot.com.es
ISBN: 9788416862283
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Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!
Hacía cuatro lunas que habían salido de las montañas de Air. Efal recordaba aquellas tierras con nostalgia.
–¡Al menos allí nos visita algún día la lluvia...!
–Debiste nacer a orillas del mar, en vez de ser tuareg –le contestó su madre, cuaando le oyó lamentarse.
En aquel momento llegaban en sus camellos los hombres que habían salido en busca de un lugar para acampar donde hubiera nuevos pastos.
Al anochecer el jefe de la tribu convocó a los mensajeros y a los cabezas de familia en su tienda de pieles de cabra. Se adivinaba la preocupación en los ojos profundos de aquellos hijos del desierto.
–Los pastos de los alrededores están resecos
–informó uno de los que habían llegado–. No nos queda un solo lugar en esta zona donde apacentar el ganado.
–Las cabras están adelgazando. Como sigamos así, no podremos vender más que su piel para hacer pellejos.
–Mañana saldremos hacia el oasis Al-Khon –decidió el jefe, después de oír el parecer de todos, como era su norma.
Efal, que estaba a la escucha, dio un brinco.
–¿Habré oído bien? Allí podré ver a Zayda –se dijo, y se llevó los dedos a las orejas y hurgó en ellas–. A veces, cuando uno desea mucho una cosa, oye lo que nadie ha dicho.
Al poco rato, la decisión que muchos esperaban había llegado a todas las tiendas. Su destino era incierto, pero no había pastos en aquella parte del Sahel, el semidesierto al sur del Sáhara, y ya no podian continuar allí.
Los tuareg partieron con sus rebaños al día siguiente, cuando el sol ya había secado la rosa-da de las tiendas. Tras un día de marcha, hacia el atardecer, llegaron al oasis Al-Khon. El oasis es el paraíso del desierto, un lugar de mercado, de fiesta y de descanso.
Montaron las tiendas bajo un palmeral y levantaron cercados de ramas para guardar sus animales.
Efal salió aquella misma noche, loco de contento, a recorrer una parte del oasis. La luna bailaba sobre las palmeras y el aire estaba cargado de voces; pero sobre todo se oía el rumor del agua y en todos los susurros el chico creía distinguir la dulce voz de Zayda. ¡Quién sabe si podría verla...!
Se dirigió hacia el pequeño lago, caminando entre las huertas sigilosamente como lo haría un feneco, el pequeño zorro del desierto.
No había nadie junto a la orilla, bajo el cielo tachonado de estrellas. Hacía fresco, pero Efal se descalzó y metió los pies en el lago. Después, cogió agua con el cuenco de sus manos y se la echó sobre la cabeza. ¡Cuántas veces había deseado hacerlo y no había podido porque ésta escaseaba!
En aquel momento una piedra cayó a pocos pasos de él. El niño se asustó. Miró a su alrededor. Las sombras danzaban en silencio. Un silbido suave atravesó el viento. Un silbido como de una serpiente. Tras el tronco de una palmera Efal creyó descubrir la silueta de Zayda. Pero no era ella sino Bensal, otra muchacha de su tribu.
–Me imagino que esperabas a Zayda. Ya no vendrá. Se la llevaron unos guerreros que atacaron nuestro campamento. Fueron por el río Níger hacia el mar.
