La cueva del extranjero - Jesús Ballaz - E-Book

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Jesús Ballaz

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Beschreibung

Panocha, de once años y apodado así por ser pelirrojo, vagabundea mucho por las proximidades del faro. Allí, se hace amigo del torrero y es aceptado como aprendiz para, un día, poder hacerse cargo del faro. Pronto se hará su cómplice en una aventura que implica a un extraño (el extranjero) y la cueva de difícil acceso donde habita sin que nadie lo sepa excepto el anciano torrero que, desde "su observatorio" ha estado siguiendo los movimientos de tan peculiar personaje...

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Jesús Ballaz

LA CUEVA DEL EXTRANJERO

© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es

© Jesús Ballazjesusballaz.blogspot.com.es

ISBN: 9788416862351

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!  

A mis padres, que me contaron la guerra que vivieron.

A los que vivieron oscuras historias en la posguerra y a los que, con su lucidez y coraje, fueron faro para iluminarlas.

El torrero

FRENTE al mar azul, en lo alto del acantilado, se recortaba la figura ligeramente encorvada del torrero. Los pescadores de Riante lo veían siempre en pie, indestructible como los mismos peñascos en los que se apoyaba. Era más bien alto; delgado, pero fuerte; su cara estaba poblada de hoyitos de viruela, y no tenía lóbulo en la oreja derecha.

En las noches de tempestad, cuando la galerna jugaba caprichosamente con las barcas de pesca, el saber que estaba allí daba confianza a los marinos y les iluminaba más que el mismo faro que cuidaba.

Aquella mañana Ruperto, un viejo amigo, había subido a visitar a Alberto Durán, y los dos se habían sentado a la sombra de la torre, frente al límpido horizonte. Era uno de esos días en que todas las atalayas de las costas parecían estar de más. Reinaba una calma absoluta y el océano respiraba tranquilo.

Cerca de ellos un niño de cabello rojizo ordenaba las conchas que había recogido en la arena. Se llamaba Pedro Abilleira, y desde hacía algún tiempo andaba por allí cada vez con más asiduidad.

Los dos amigos, ante unos vasos de vino, recordaron sus aventuras de juventud. Después, su conversación recayó en Blas.

—Blas Resano está dando mucho que hablar; según dicen, ha desaparecido otra vez.

—¿Tú también crees que lo ha enloquecido el mar? —replicó el torrero.

—Desde que lo cogió la última galerna se ha vuelto tarumba. Eso es lo que se comenta.

—Lo que no significa que sea verdad, bien lo sabes tú. También de ti dicen que eres jugador empedernido por una vez que perdiste la camisa en una apuesta. Yo creo que de loco no tiene ni los sueños.

Pedro Abilleira, a cierta distancia, no perdía palabra. Nunca dejaba caer en saco roto lo que salía de la boca, ya desdentada pero sabia, del encargado del faro.

Éste, un hombre seco y severo como un acantilado, de joven había recorrido el mundo como marinero y después se había retirado al faro que ya custodiaban sus padres. Pertenecía a la tercera generación de torreros de apellido Durán y amaba su oficio, pero ahora estaba inquieto y contrariado porque con él se acababa la dinastía.

Los dos viejos se comunicaban con cortas frases entre largos silencios.

—¿A quién no lo ha cogido un día u otro la galerna en este maldito mar? —insistía incrédulo el torrero—. ¿Te acuerdas de los dos días que pasamos en el cabo de las Tormentas en aquel falucho?

Panocha —así llamaban a Pedro Abilleira— abría bien los oídos, sobre todo porque hablaban de Blas.

La charla de los dos viejos amigos fue después por otros derroteros, pues Alberto Durán no quería hablar demasiado de aquello.

Acostumbrado a estar consigo mismo, sabía escuchar y callar mucho, como el faro, que era testigo mudo de todas las tormentas.

Viendo que Pedro estaba atento a lo que hablaban, le dijo, como quien quiere dar una lección:

—El que tiene mucho tiempo para estar solo aprende a callar. ¿Para qué decir tonterías? Las tonterías se dicen para mentirle a alguien. Pero cuando uno habla consigo mismo, no hace falta que se eche trolas, porque él ya sabe enseguida que es un mentiroso.

Sin embargo, ese asunto de Blas Resano le escocía y estaba muy presente en su vida. No podía ocultarlo. Más de una vez le había preguntado al chico si había oído hablar sobre él en Riante. Pedro Abilleira llegó a pensar que el anciano tenía alguna relación con Blas.

Al final de la mañana Ruperto se marchó por la senda que baja hasta el pueblo por detrás del acantilado. Pedro lo siguió con la mirada. Por aquella vertiente el verdor llegaba hasta el pie mismo del faro. La vista se perdía, a lo lejos, en montañas azuladas que recibían muchos días la caricia de la lluvia.

Allá abajo se veía Riante, con sus fachadas de color gris oscuro y sus tejados verdosos. Era un pueblo casi llano, acostado a lo largo de la carretera con su cabeza en el núcleo antiguo de piedra bien apiñado. Tenía unos quince mil habitantes. Era una villa marinera que había crecido al abrigo del peñascal, con los pies seguros en la rada en la que se hallaba el puerto.

Riante se defendía bien de las tempestades y de las iras del mar detrás del espolón en el que se levantaba el faro, pero no podía vivir sin la pesca. ¡Los que vivían!, porque muchos habían dejado la piel en el empeño.

Por lo demás, allí la vida no dejaba de ser monótona. En aquellos años de penuria, las gentes subsistían tratando de olvidar una guerra cuyos cañones se habían oído muy lejos, pero que devoró a muchos de sus hijos. Algunos no habían querido ni enterarse de que más allá de las fronteras había habido otra guerra.