El cielo abierto - Nicolas Mathieu - E-Book

El cielo abierto E-Book

Nicolas Mathieu

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Beschreibung

La nueva novela del ganador del Premio Goncourt Estos textos nacieron de la necesidad de escribir lo que va llegando día a día: las personas, los libros, el amor y su contrario. Además, los trenes, los encuentros, el horror de los domingos; el gran embeleso horizontal de nuestros veranos, el despilfarro y el deseo posible: todo lo que llevaba años exigiendo palabras y encontró su sitio en Instagram de a poquitos -en pequeñas pinceladas compactas- hasta convertirse en esta historia que siempre ha comenzado ya. Aquí la soledad en una habitación de hotel, allá una viajera que va al encuentro de la inmensidad de su vida; el bullicio de los bares y su concurrencia de buscadores de oro y, además, el mar, las ciudades vislumbradas, los inicios y la felicidad insoportable, las épocas del año, las sábanas revueltas, las resacas, la espera, el infortunio de los cuerpos, la infancia y, siempre, ese tiempo que falta; nuestra necesidad que dinamita el cielo y esta única consigna que corre de frase en frase: «Agárrate bien y, sobre todo, no cedas nada de tu alegría». Cuando encaremos los grandes incendios, por lo menos habremos tenido eso: la cerveza, la sal y la penumbra de una habitación por la que andábamos descalzos; nuestras noches en vela con los ojos entornados y el amanecer a treinta y dos grados ya; las sábanas restallando al viento fuera y el azul del mar; nuestras peleas y tus riñones hechos polvo. Son recuerdos suficientes para diez novelas y nuestras dos vidas.

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Seitenzahl: 103

Veröffentlichungsjahr: 2025

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«Pertenezco sin remedioa esa noche oscuraque llaman amor.»

Victor Hugo

Ya no sé cuándo empecé a escribir en Facebook. Hacia 2008, creo. Y mi primer post de Instagram datará de 2012. Desde entonces he publicado más de mil cuatrocientos. Pero a partir de 2018 empecé a colgar mensajes que iban destinados a una única persona: una mujer que, al principio, no estaba libre. Aquellos textos se pueden leer como billetes lacrados que yo le dirigía y en los cuales de paso deslizaba, a modo de golosina, la atención que otros les iban a prestar. Le decía: «Pienso en ti todo el rato. Quiero tenerte: tus manos, tu culo, tus besos, tu tiempo, tu noche. Quiero tenerte y no estás». Presumía el final de nuestra historia, soñaba con la continuación; volvía siempre sobre tres o cuatro ideas fijas: la ausencia, la necesidad, el secreto, nuestra alegría a pesar de todo. Sobre todo, le decía: «Mira cómo te amo; te envidian».

Pues por el cielo abierto de nuestra correspondencia, las miradas de lectores desconocidos venían a amplificar nuestra historia: la abrían a un exterior que contradecía felizmente nuestra clandestinidad. Aquellos textos que yo escribía en mi rincón —solo, inquieto, ansioso por gustarle—, aquellos textos destinados a aquella mujer que me disputaban otro hombre, una familia, un trabajo, unas responsabilidades, unos días en los cuales yo apenas tenía cabida, aquellos textos fueron mi estratagema, mi auténtica dádiva y un desafío. Atestiguaron nuestra existencia ante los ojos del mundo. Aplomaron aquel amor con el peso de todos los ojos que en él se posaban. Hicieron recaer toda la luz posible en aquella sombra a la que estábamos reducidos.

Escribiéndolos, también inventaba nuestro amor: abría, como siempre, el laboratorio de las novelas; sacaba las probetas de destilar lo vivido, de condensar la sustancia de las historias futuras. Me convertía en esa máquina de ficción que transforma la fuga en destino; cada palabra desempeñaría su papel en aquella leyenda por venir. Al mismo tiempo intentaba disminuir mi soledad cuando era un amante encerrado solo en casa y sopesaba la horrible existencia de ella, lejos de mí, con un hombre que no tenía mis rasgos; cuando era un viajero atrapado en una habitación de hotel, en otro tren, en otro aeropuerto; cuando era un paciente en el hospital, tu chico que no sabe serlo, un padre, un hijo, todos esos papeles sucesivamente insostenibles, nuestro teatro.

En aquella historia inicialmente clandestina, no nos saltamos ninguna etapa: descubrirse, perderse, maldecirse, hacer las paces, querer vivir juntos y evitarlo. Fuimos, por turnos, amantes, una pareja, una familia reconstruida, divorciados que se reencuentran, separados que siguen unidos, extraños que se maldicen cada uno en un rincón de una misma ciudad. Nuestros corazones fueron versátiles; nuestras horas, contadas. Pero habitaciones de hoteles, playas y manteles de restaurantes, fotos, nuestras casas y amigos podrían dar fe de nuestros placeres y de la alegría a pesar de todo. Nos mostramos celosos, maltrechos, conciliadores, maniobreros y malintencionados. Bebimos mucho, hicimos mucho el amor y dormimos poco, en resumidas cuentas. Quisimos a otros; con frecuencia nos echamos de menos. No faltaron las lágrimas, las risas, los somieres maltratados. Hubo mensajes de texto a millares de los que no quedará nada, navidades con y sin, vacaciones en el mismo plan, peso perdido y recuperado, ultimátums y promesas: todo el abanico que va desde las citas a escondidas hasta los grandes saraos familiares a la vista de todos. El hecho es que aquello lo vivimos. Decenas de textos dan fe de aquel sino magnético, de nuestro recorrido compartido y adumbrado: de aquellas rectas adyacentes que no habían de acabar fusionándose.

Releyéndolo todo, redescubro el sucederse de las estaciones, el dolor y la emoción de los comienzos, el tedio del día a día, las tournées, las ciudades vislumbradas, algunas obsesiones más, el mar, la desazón, la rabia, la felicidad insoportable, las cenas, nuestros hijos, la bebida, las resacas, las horas en la cama y las horas de espera, la llegada del verano otra vez; al cabo todo se amontona y, en esos bloques de frases que fui sembrando a lo largo de cinco o seis años —en los cuales todo se repite hasta el vértigo—, redescubro ni más ni menos que nuestras vidas y aquella historia que las atraviesa de lado a lado: el conjunto, que es nuestro dolor y fue nuestra oportunidad.

Aquellos textos también los escribí para continuar esa guerra contra el curso de las cosas que me ocupa desde la adolescencia (congelando el movimiento del reloj, transformando en palabras el tráfico infernal de sentimientos, impresiones e imágenes que nos atravesaban). En el fondo, la vida excede casi siempre nuestras fuerzas. Y desde esa premisa, escribir no había de ser para mí sino el intento de aguantar, de lentificar un poco la inminencia de la última ola. Tal fue el gesto que intenté día tras día. Pero ese movimiento tan personal no lo hice en el desierto. Aquí escribir supuso siempre expresar un destino que no era mío en exclusiva; supuso perfilar, en la bruma de las situaciones y los afectos, una silueta en la que otros podrían encontrarse, un lugar que sería también el suyo, en el cual tendrían por fin las palabras para decirlo. Una voz tiene siempre un devenir colectivo y, en eso, la literatura es fatalmente política. A ello se debe que esta historia de amor, tan singular y parecida a las otras, tenga un alcance que supera con creces a sus meros protagonistas.

Concibiendo esta recopilación con mi editora Emmanuelle Lê, tomamos por punto de partida esa línea de fuego que va desde las efemérides de una pasión —desde los fragmentos de un cuerpo que ama— hacia la posibilidad de un exterior, de una ascensión hacia algo más. No deja de oírse la misma voz que repite una y otra vez: «¿Eso es todo? ¿No hay más que eso? ¿Tan poca vida, tan poco tiempo, tan poco aliento? Y mi fuerza, ¿solamente para eso alcanza?». Aquí la melancolía es la manifestación de una resistencia: un lamento que es también revuelta. Pues detrás de la serenata la voz de quien ama es siempre una exhortación a llevar una existencia que se encamine hacia su intensidad máxima. Componiendo nuestro libro, dotándolo de un orden, organizando en él sistemas de ecos, de correspondencias; extrayendo esos motivos que son como señales en una pista de aterrizaje de noche —cuando el cielo no se distingue ya del suelo—, teníamos la ambición de despertar ese brío que nos late dentro a todos: esa sensación que a veces, por la mañana, nos agarra del cuello y nos hace decir, en el coche o frente al espejo —con los ojos húmedos y los labios pálidos—, «Maldita sea; ¿mi vida no ha de ser más que eso?». La certeza del amor fue para nosotros el signo precursor de una insurrección íntima. En ese pecho rebosante encontraríamos la prueba de que la existencia que nos viene dada no basta, de que no procede seguir portándose bien: de que queremos todo y lo queremos ya. Nuestro sueño era abrir de par en par el cielo que hay sobre el tejado.

De manera que este libro lo concebí —con ciertas complicidades— como una máquina infernal que reuniera las piezas dispersas de aquellos embelesos, de aquellas angustias: de todo el flujo de experiencias y sentimientos que me atravesaron y ya no me pertenecen. Se añaden las sorpresas del viaje, el corazón partido de ser padre, hijo; de ser presa de las cosas. Y afinando este proyectil soñé, como siempre, con la lectora o el lector que dijera: «Sí, soy yo. Esta es mi pena y mi alegría, mi historia y el problema común a todos. He aquí cómo nos abruman y cómo yo quiero existir a toda costa. Este grito que abre el cielo, este tiempo que no van a quitarme son los míos». Sí: partiendo de este amor concreto, quiero creer que es posible instituir las alianzas y forjar las armas de una batalla que no tendrá fin. Mi corazón no es mío. Ese gran deseo de ser que por todas partes choca contra los mismos rigores, contra las mismas empresas de sometimiento; ese pulso de bestia que late en nosotros y que no tiene su sitio en ninguna retícula ni se resigna a ningún cálculo, ese gran núcleo del que brota nuestro brío: tal es el bien común por excelencia. Este libro quisiera tender un puente entre esa palpitación tan personal —el suspiro de uno solo— y la sublevación de nuestras manos. Quisiera ser ese vigía que, instruido por el recuerdo y por la piel, clama una misma consigna siempre: «No cedas nada de tu alegría».

Es verdad que, haciendo eso, no nos mostrábamos humildes. Y fue en ese esfuerzo compositivo donde nació la posibilidad de un poema; una posibilidad difusa, pero que ahí estaba y que, más allá de la narración —de la cronología de los hechos—, sería la tentativa de plasmar mediante el roce de las impresiones, la profusión de los detalles y el canto especial de una lengua, un poco de lo que resuena en nosotros cuando nos enfrentamos al mundo. Un poema es ese relato equívoco y confuso que atestigua la existencia de lo que morirá. Es toda la verdad de la que es capaz nuestra piel. Es, también, esta declaración de guerra: «De este mundo, de esta vida, de este tiempo, quiero mi terrible parte». Todo será en vano.

Verás, en realidad la literatura no consigue nada. Sobre eso, todo el mundo miente. Y yo odio su delirio centenario, esa ensoñación asmática, todas las florituras que utilizan para maquillar cadáveres; odio sus reparaciones de embalsamadores. La verdad es que no hay «tiempo recobrado», esa majadería de clase de literatura de instituto, ni hay resurrección posible. Todos los libros son necrópolis. No hay frase, no hay epíteto que pueda devolverme aquella noche de Berlín, nuestras tardes furtivas, las duchas de Baden o la felicidad abrumadora de tu culo entre mis manos. Nuestras miles de horas de conversación —la izquierda, la derecha, tu trabajo, el feminismo, mis libros, tus niños y el mío—, el queroseno de aquellas noches bebiendo vino ya no arde y no hay palabra que pueda hacer nada al respecto. La literatura no sabe nada de tu forma de moverte, de tu risa, del vello de tus muslos, congelados apenas ella los toca. Y yo cambiaría sin vacilar mil años de escritores por un segundo de tus ojos, por recobrar el sonido de tus pies desnudos sobre el parqué cuando salías volando hacia el baño, por oír el golpeteo inquieto de tu sandalia bajo una mesa de jardín. Cancelaría a Homero y todo lo que sigue por volver a ver aquella pulsera de oro en tu muñeca y volver a vivir una sola hora de verano en el Lot y en la buhardilla. Mírame haciendo frases; mira cómo busco tu piel y lo único que logro es tocar páginas del diccionario. Mira mis dedos, que se desviven por volver a representar la vida y solo encuentran esa ausencia en el lugar que eras tú.

En otra época habríamos escrito largas cartas; habríamos ordenado mejor nuestros sentimientos, lo que queríamos callar o decir. Y más tarde habríamos releído esos pobres pedazos de papel sentados en el borde de la cama sonriendo como viejos. Pero hoy todo va rápido. Cada mensaje es un ataque de risa, un puyazo, un remordimiento. Nos enviamos hojas de afeitar en la espesura digital. Ellas cumplen con su feo cometido egoísta. Dicen: «Piensa en mí. Escúchame. Existo. No me olvides». Dicen: «Estoy solo y voy a hacerte daño». Son arrugas que se añaden a nuestros rostros: vanas heridas. Haría falta más tiempo. Haría falta el mar y abolir las distancias. Habría que atreverse a guardar silencios.

Él había cogido la costumbre de escribirle aquellas notas en Instagram. Así su historia tenía su escaparate. Era una forma de superar las clandestinidades: de darse a sí mismo, pero delante de los demás, el espectáculo de una relación envidiable. El cariño que había entre ellos podía, de aquel modo, alimentarse con la aprobación de amigos puestos al corriente, de lectores desconocidos, de espectadores fortuitos cautivados sin saber. Cada