Sus hijos después de ellos (AdN) - Nicolas Mathieu - E-Book

Sus hijos después de ellos (AdN) E-Book

Nicolas Mathieu

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Beschreibung

PREMIO GONCOURT 2018 Agosto de 1992 en el este de Francia: un valle olvidado, unos altos hornos extinguidos, un lago y el calor canicular de la tarde. Anthony tiene catorce años y, por puro aburrimiento, acaba robando, junto a su primo, una canoa para ir curiosear a la famosa playa nudista de la orilla de enfrente. Allí lo que le espera es el primer amor, el primer verano, el que marca todo lo que le sucederá después. Así se inicia en el drama de la vida. Este libro es la novela de un valle, de una era y de la adolescencia; es el relato político de una juventud que tiene que encontrar su propio camino en un mundo agonizante. Cuatro veranos, cuatro momentos, desde "Smells like teen spirit" al Mundial de fútbol de 1998, para relatar unas vidas que transcurren a toda velocidad en esa Francia intermedia, la de las ciudades medianas y las zonas residenciales, entre el aislamiento rural y el hormigón de los polígonos. La Francia de Johnny Hallyday, la de los pueblos que se divierten en las atracciones de feria y se enfrentan en los concursos de televisión; la de los hombres que se consumen en el tajo y las mujeres enamoradas que se marchitan a los veinte años. Un país en la retaguardia de la globalización, atrapado entre la nostalgia y el declive, la decencia y la rabia.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Índice

I. 1992. Smells Like Teen Spirit

II. 1994. You Could Be Mine

III. 14 de julio de 1996. La Fièvre

IV. 1998. I Will Survive

Agradecimientos

Créditos

Para Oscar

De otros no ha quedado recuerdo,desaparecieron como si no hubieran existido,pasaron cual si a ser no llegaran,así como sus hijos después de ellos.

Eclesiástico, 44, 9

I1992Smells Like Teen Spirit

1

Anthony estaba de pie en la orilla, con la mirada al frente.

El sol caía a plomo sobre las aguas del lago, confiriéndoles la densidad del petróleo. De tanto en tanto, esa superficie de terciopelo se estremecía al pasar una carpa o un lucio. El chico sorbió. El aire estaba cargado con ese mismo olor a lodo y a tierra plúmbea por el sol. El mes de julio le había salpicado de pecas la espalda, ya ancha. No llevaba nada puesto aparte de un pantalón de fútbol viejo y un par de Ray-Ban falsas. Hacía un calor para morirse, pero eso no lo explicaba todo.

Anthony acababa de cumplir catorce años. Para merendar, se metía entre pecho y espalda un bocata de quesitos de una barra. Por las noches, a veces le daba por escribir canciones con los cascos puestos. Sus padres eran unos capullos. Ese curso entraba en tercero1.

El primo, en cambio, no se comía el coco. Estaba medio dormido, echado en la toalla, la bonita que había comprado en el mercadillo de Calvi, el año que se fueron de campamento. Incluso tumbado, se veía lo alto que era. Todo el mundo le echaba no menos de veintidós o veintitrés años. Tanto que el primo lo aprovechaba para ir a sitios donde no debería poder estar. De bares, de disco y de ligue.

Anthony sacó un pitillo del paquete que llevaba metido en el pantalón y le preguntó al primo si a él también le parecía que, a veces, todo era un coñazo.

El primo no dijo ni mu. Por debajo de la piel se le podía seguir con precisión el trazado de los músculos. A ratos, se le posaba una mosca en el pliegue que formaba el sobaco. Entonces, se le estremecía la piel como la de un caballo molesto por un tábano. A Anthony le habría gustado ser así, esbelto y con el torso compartimentado. Todas las noches hacía fondos y abdominales en su cuarto. Pero él no era así. Seguía teniendo el cuerpo cuadrado y recio, un tocho. Un día, en el patio, un bedel se puso a darle la brasa por culpa de un balón de fútbol que se había pinchado. Anthony quedó con él en la calle. El bedel nunca apareció. Por si fuera poco, las Ray-Ban del primo eran auténticas.

Anthony encendió el pitillo y suspiró. El primo sabía de sobra lo que quería Anthony. Este llevaba días agobiándolo para ir a dar una vuelta por donde la playa nudista, a la que, por cierto, habían llamado así en un arranque de optimismo, porque solo se veían chicas en toples, y eso con suerte. Pero aun así, Anthony estaba totalmente obsesionado.

—Venga, vamos.

—No —gruñó el primo.

—Venga, hombre...

—Ahora no. Anda, báñate.

—Eso mismo...

Anthony contempló el agua con esa mirada suya tan rara, como torcida. El párpado derecho se le quedaba medio cerrado, como si tuviera pereza, y le falseaba el rostro con una expresión de estar siempre de malas. Era una de esas cosas que no van. Igual que ese calor que lo tenía atrapado, y ese cuerpo mal hecho que le quedaba pequeño, esa peana del 43 y los granos que le salían por toda la cara. Que se bañara... Qué gracioso, el primo. Anthony escupió entre los dientes.

Hacía un año que el hijo de los Colin se había ahogado. Fue el 14 de julio, era fácil acordarse. Esa noche, un montón de gente de la zona había ido al lago y al bosque para ver los fuegos artificiales. Habían encendido fogatas y barbacoas. Como siempre, poco después de las doce se montó una pelea. Los militronchos del cuartel, de permiso, la tomaron con los árabes de la ZUP2, y luego también se metieron por medio los cabezudos de Hennicourt. Por último, algunos habituales del camping, sobre todo jóvenes pero también algunos padres de familia, belgas barrigones y colorados del sol, se sumaron a la fiesta. Al día siguiente aparecieron papeles grasientos, trozos de madera manchados de sangre, botellas rotas y hasta un Optimist del club náutico atascado en un árbol; no había sido poca cosa. Pero el que no apareció fue Colin hijo.

Sin embargo, sí que había pasado la noche a la orilla del lago. Se sabía fijo porque fue lo que, más tarde, declararon sus amigos. Unos chavales de lo más normal, que se llamaban Arnaud, Alexandre o Sébastien, con el bac3recién aprobado y que ni siquiera se habían sacado el carné de conducir. Habían ido allí para no perderse la bronca tradicional, pero sin intención de zurrarse también. Solo que, en un momento dado, acabó arrastrándolos. Lo que pasó luego no quedó muy claro. Varios testigos aseguraron haber visto a un chico que parecía herido. Se hablaba de una camiseta llena de sangre y también de una herida en la garganta, como una boca abierta hacia una hondura líquida y negra. Con todo el jaleo, nadie se ocupó de socorrerlo. A la mañana siguiente, la cama de Colin hijo estaba vacía.

En los días que siguieron, el prefecto4 organizó una batida por los bosques circundantes mientras se dragaba el lago con buceadores. Durante horas, los mirones estuvieron observando cómo iba y venía la zódiac naranja. Los buceadores se dejaban caer de espaldas con un «pluf» lejano y entonces tocaba esperar, en un silencio de muerte.

Se decía que la mujer de Colin estaba en el hospital, sedada. Se decía que se había ahorcado. O que la habían visto andando por ahí en camisón. Colin padre trabajaba en la policía municipal. Como era cazador y todo el mundo creía, lógicamente, que había sido cosa de los árabes, se esperaba que habría un ajuste de cuentas o así. El padre era un hombre achaparrado que se quedaba en el barco de los bomberos, con la calva al aire bajo un sol de justicia. La gente lo observaba desde la orilla, tan inmóvil, con esa tranquilidad insoportable y la cabeza madurando lentamente. A todos les resultaba indignante esa paciencia, les habría gustado que hiciera algo, que al menos se moviera o se pusiera una gorra.

Después, lo que alteró mucho a la población fue aquel retrato que se publicó en el periódico. En la foto, Colin hijo tenía cara de buen chico, pálido y del montón que le pegaba ser víctima, vamos. Tenía el pelo rizado por los lados, los ojos marrones y llevaba una camiseta roja. El artículo decía que había sacado un notable en el bac. Conociendo a su familia, no dejaba de ser una proeza. «Para que veas», había dicho el padre de Anthony.

Al final, el cuerpo nunca apareció y Colin padre volvió mansamente a la rutina del curro. Su mujer no se ahorcó ni nada. Se conformó con empastillarse.

En cualquier caso, a Anthony no le apetecía para nada bañarse allí. Tiró la colilla, que emitió un silbidito al tocar la superficie del lago. Alzó los ojos hacia el cielo y, deslumbrado, frunció el ceño. Por un instante, se le equilibraron los párpados. El sol estaba muy alto, debían de ser las tres de la tarde. El pitillo le había dejado un sabor desagradable en la lengua. Definitivamente, el tiempo iba muy despacio. Y, por otra parte, el nuevo curso estaba a la vuelta de la esquina.

—Joder...

El primo se enderezó.

—Eres un plasta.

—Menudo coñazo. Todos los días sin hacer nada.

—Bueno, venga...

El primo se puso la toalla en los hombros, se subió a la bici de montaña y se marchó.

—Venga, espabila. Nos vamos.

—¿Adónde?

—Que espabiles, hombre.

Anthony metió la toalla en su mochila vieja de Chevignon, sacó el reloj de una de las botas de baloncesto y se vistió rápidamente. Apenas había levantado la bici BMX cuando el primo ya se perdía por el camino que rodeaba el lago.

—¡Espérame, joder!

Desde pequeños, Anthony siempre le iba pisando los talones. Sus respectivas madres, de jóvenes, también habían sido uña y carne. Las Mougel, las llamaban. Durante mucho tiempo habían arrasado en los bailes del condado antes de sentar la cabeza por culpa del amor verdadero. Hélène, la madre de Anthony, eligió al hijo de los Casati. Irène cayó más bajo aún. En cualquier caso, las Mougel, sus hombres, los primos y las familias políticas pertenecían todos al mismo mundo. Para darse cuenta bastaba con ver cómo funcionaban en las bodas, en los entierros o en Navidades. Los hombres hablaban poco y se morían pronto. Las mujeres se teñían el pelo y miraban la vida con un optimismo que se iba atenuando. Cuando llegaban a viejas, conservaban el recuerdo de los maridos que la habían palmado en el trabajo, en el bar o de silicosis, y de los hijos que se habían matado en la carretera, sin contar a los que habían ido por tabaco. Irène, la madre del primo, pertenecía precisamente a esta categoría de las esposas abandonadas. Por eso el primo se había hecho mayor tan rápido. A los dieciséis años, sabía afeitarse, conducir sin carné y hacer la comida. Hasta le dejaban fumar en su cuarto. Era intrépido y seguro de sí mismo. Anthony habría ido con él hasta el mismísimo infierno. En cambio, su familia, por su forma de ser, cada vez le caía peor. Los suyos, a fin de cuentas, le parecían insignificantes, por su alcance, su situación, sus esperanzas y hasta sus desgracias, tan extendidas y coyunturales. Eran gente despedida, divorciada, cornuda o cancerosa. Gente normal, en definitiva, y todo lo que había fuera se consideraba relativamente inadmisible. Las familias crecían pues sobre grandes losas de ira, de subterráneos de disgustos apisonados que, por efecto del pastís, podían volver a la superficie de pronto en mitad de un banquete. Anthony cada vez estaba más convencido de que era superior. Estaba deseando pirárselas.

No tardaron en llegar a la antigua vía del tren y el primo dejó tirada la bici entre las ortigas. Luego, de cuclillas en los raíles, se quedó mirando un momento el centro de vacaciones Léo-Lagrange, que estaba al pie del talud de la SNCF. El cobertizo de las embarcaciones estaba abierto de par en par. No había ni un alma. Anthony dejó la BMX para reunirse con él.

—No hay nadie —dijo el primo—. Nos cogemos una canoa y nos vamos.

—¿Estás seguro?

—No querrás ir nadando...

Y el primo se lanzó talud abajo, saltando entre zarzas y hierbajos. Anthony lo siguió. Tenía miedo, era una sensación deliciosa.

Cuando llegaron al cobertizo, tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra. Había cascarones, un 420 y canoas en un soporte de metal. De los chalecos salvavidas colgados en un perchero se desprendía un fuerte olor a moho. Por las puertas abiertas de par en par se veía la playa, el lago resplandeciente y el paisaje llano, como en una pantalla de cine recortada en la oscuridad húmeda.

—Ven, nos llevamos esta.

Descolgaron la canoa que había elegido el primo con un movimiento sincrónico y luego cogieron las palas. Antes de salir de la sombra fresca del cobertizo, hicieron una pausa. Se estaba bien. A lo lejos, una tabla de windsurf trazaba una estela clara en la superficie del lago. No venía nadie. Anthony podía sentir ese vértigo embriagador de cuando iba a hacer alguna gilipollez. Como cuando mangaba en el Prisunic5 o cometía imprudencias en moto.

—Venga. Vamos allá —dijo el primo.

Y se lanzaron con la canoa al hombro y las palas en la mano.

En conjunto, al centro de vacaciones Léo-Lagrange acudían críos bastante inofensivos cuyos padres los aparcaban allí hasta que empezaba el curso. Así, en lugar de meterse en líos en la ciudad, tenían la oportunidad de montar a caballo o pedalear en patín. Al final hacían una fiesta y todos se morreaban y privaban a escondidas; los más espabilados conseguían incluso enrollarse con una monitora. Pero en el grupo siempre había algunos chalados que se salían de lo normal, chulitos de algún pueblo perdido educados a latigazos. Si te pillaba por banda uno de esos, la cosa podía ponerse fea. Anthony intentaba no pensarlo. La canoa pesaba lo suyo. Había que aguantar hasta la orilla, unos treinta metros como mucho. La embarcación se le clavaba en el hombro. Apretó los dientes. Fue entonces cuando al primo se le enganchó el pie en una raíz y la proa de la canoa se plantó en el suelo. Anthony tropezó a su vez y notó que algo duro le desgarraba la mano, una astilla o una punta que sobresalía en el interior. De rodillas, se miró la palma de la mano. Estaba sangrando. El primo ya se había puesto de pie.

—Venga, no tenemos tiempo.

—Un segundo. Me he hecho daño.

Se había llevado la herida a los labios. El sabor de la sangre le llenaba la boca.

—¡Corre!

Se acercaban voces. Retomaron la marcha a paso ligero, sujetando la embarcación como buenamente podían, con los ojos clavados en los pies. Aprovechando el impulso, se metieron en el agua hasta la cintura. Anthony pensó en el tabaco y el walkman que llevaba en la mochila.

—¡Sube! —dijo el primo, que empujaba la canoa lago adentro—. Deprisa.

—¡Eh! —gritó alguien a su espalda.

Era una voz nítida y masculina. Siguieron otros gritos, cada vez más cerca.

—¡Eh, volved aquí! ¡Oye!

Anthony se aupó como pudo en la canoa. El primo le dio un último empujón antes de trepar también. En la orilla, a su espalda, un crío en bañador y dos monitores se desgañitaban.

—Rema. Ahora juntos. ¡Vamos!

Después de unos tanteos, los chicos dieron con la forma correcta de remar, Anthony a babor y el primo a estribor. En la playa se veía pulular a un montón de críos que chillaban, histéricos. Los monitores desaparecieron en el cobertizo y salieron con tres canoas.

Por suerte, la embarcación de los primos hendía la superficie del lago con una fluidez reconfortante. Notaban cómo les subía la resistencia del agua por los hombros y, en los pies, una embriagadora sensación de velocidad. Anthony se fijó en que un hilillo de sangre le serpenteaba por el antebrazo. Soltó la pala un momento.

—¿Estás bien? —preguntó el primo.

—No es nada.

—¿Seguro?

—Sí.

A sus pies, unas gotas rojas habían formado al caer una cabeza de Mickey Mouse. En la palma se abría un fino corte. Se lo llevó a la boca.

—¡Rema! —dijo el primo.

Los perseguían en embarcaciones de dos o tres personas, con varios adultos. No estaban tan lejos y Anthony se puso a palear a más y mejor. El sol pegaba fuerte en las aguas negras del lago, formando como un millón de reflejos blancos. Notaba cómo le corría el sudor por la frente y por los costados. En la espalda, la camiseta de tirantes se le había pegado a la piel. Estaba preocupado. Igual habían llamado a la policía.

—¿Qué vamos a hacer?

—No van a seguirnos.

—¿Seguro?

—¡Tú rema, joder!

Al cabo de un rato, el primo cambió de dirección para bordear la orilla. Tenía la esperanza de que así llegarían antes al Pointu, la estrecha franja de tierra que cortaba el lago en dos. Cuando doblaran el cabo, los perderían de vista durante unos minutos.

—Mira —dijo el primo.

En las playas circundantes, algunos bañistas se habían puesto de pie para ver mejor y silbaban o gritaban para animarlos. Anthony y el primo habían cogido la costumbre de ir siempre al mismo sitio, una playa a la que se accedía fácilmente, conocida como el Vertedero. Se suponía que estaba cerca de una salida de alcantarilla, y de ahí que estuviera tan tranquila, incluso en temporada alta. En el lago había otras. A su espalda, la playa del centro Léo-Lagrange. Más allá, la del camping. Y algo más lejos, la playa americana, donde iban los cabezudos. Del otro lado del Pointu estaba el club náutico, el mejor sitio, con abetos, arena casi clara, casetas y un bar, como en la costa.

—Ya está, ya llegamos —dijo el primo.

A unos cien metros, a su derecha, la silueta de una cabaña en ruinas que había pertenecido al Servicio de Aguas y Bosques señalaba el arranque del Pointu. Entonces se dieron la vuelta para calcular la distancia que los separaba de sus perseguidores. Estos habían dejado de avanzar y, por lo que se veía, estaban en plena discusión. Incluso de lejos se les notaban los nervios y los desacuerdos. En un momento dado, una silueta se puso de pie para enfatizar su punto de vista y alguien la obligó a sentarse de nuevo. Al final, dieron media vuelta hacia el centro de vacaciones. Los primos intercambiaron una sonrisa y Anthony se permitió sacarles un dedo, ahora que los tenía de espaldas.

—¿Qué hacemos?

—¿A ti que te parece?

—Seguro que llaman a la poli.

—¿Y qué? Tú rema.

Siguieron avanzando muy cerca del borde, a través de los cañaverales. Eran las cuatro pasadas y la luz iba siendo menos hiriente. Entre la maraña de hojas y ramas que flotaban a lo largo de las orillas, se oían ruidos y ranas croando. Anthony, que tenía la esperanza de ver alguna, tenía los ojos clavados en la superficie.

—¿Qué tal la mano?

—Bien. ¿Falta mucho?

—Diez minutos.

—Joder, la verdad es que está lejísimos.

—Te lo dije. Consuélate pensando en las nudistas.

Anthony ya se imaginaba aquel lugar como algo parecido a la sección de pelis X del videoclub. Se colaba a veces, de extranjis y acojonado, para meterse por los ojos cuanto pudiera antes de que un adulto fuese a desalojarlo. En general, esas ganas de escudriñar el cuerpo de las chicas eran constantes. Escondía revistas y cintas VHS en los cajones y debajo de la cama, por no hablar de los pañuelos de papel. En clase, todos sus colegas estaban igual de salidos. Tanto que se volvían subnormales. Pensándolo bien, casi todas las peleas venían de eso, en realidad. Uno mira a alguien en un pasillo, al otro se le cruzan los cables, y ¡hala!, a zurrarse y rodar por los suelos llamándose de todo. Algunos conseguían salir con tías mayores. Y Anthony había besado una vez a una chica, al fondo del autobús. Pero no le dejó tocarle las tetas. Así que pasó de ella. Ahora lo sentía; se llamaba Sandra, tenía los ojos azules y los vaqueros C17 le hacían un culo guay.

Lo sacó de su ensimismamiento un ruido de tubo de escape que venía de detrás de unos árboles altos. De inmediato, el primo y él se quedaron quietos. Venía hacia ellos. A Anthony no le costó reconocer las PW 50 del centro de vacaciones, unas motos de cross pequeñitas, peleonas e infantiles. Hacía tiempo que el centro ofrecía la actividad de motocross. De hecho, era la base de su éxito, mucho más que el Jokari o las carreras de orientación.

—Están rodeando el lago por la carretera.

—Nos están buscando, eso seguro.

—Se supone que no deberían vernos.

Por si acaso, los primos se dejaron de chorradas. Pegados al fondo de la canoa, escuchaban, con el corazón palpitante.

—¡Deprisa, quítate la camiseta! —susurró el primo.

—¿Qué?

—Tu camiseta. Se ve a kilómetros.

Anthony se quitó la camiseta de tirantes de los Chicago Bulls y se la metió bajo las nalgas. El petardeo agudo de las motos iba y venía por encima de sus cabezas como una rapaz. Estaban callados, impacientes e inmóviles. De la vegetación que se descomponía en la superficie subía un olor dulzón. Se les pegaba al sudor y picaba muchísimo. Al pensar en todo lo que pululaba en esa agua casi pantanosa, Anthony sintió un escalofrío.

—Vamos a llegar demasiado tarde —dijo.

—Cierra el pico...

Las motos acabaron alejándose, dejando tras de sí un leve traqueteo. Los chicos siguieron adelante con precauciones de sioux, doblaron el Pointu y en el horizonte se abrió la otra mitad del lago. Por fin se veía la famosa playa nudista, a estribor. Era una playa gris, rodeada de vertientes que impedían acceder por carretera, y estaba casi desierta. Una motora cabeceaba a unos treinta metros de la costa. Menuda mierda.

—Joder, no hay nadie —gimoteó Anthony.

En realidad, se veía al menos a dos chicas, pero llevaban puesta la parte de arriba del biquini. De lejos, era difícil saber si eran guapas o qué.

—¿Qué hacemos?

—Ya que estamos aquí...

Según se acercaban, las chicas empezaron a ponerse nerviosas. Ahora que las siluetas se iban definiendo, se adivinaba que eran muy jóvenes, estaban inquietas, preocupadas más bien. La más bajita al final se puso de pie para llamar a los de la motora. Con los pies en el agua, silbó muy fuerte, metiéndose los dedos en la boca, pero sin resultado. Así que se volvió corriendo a la toalla y se quedó pegada a su amiga.

—Están acojonadas —dijo Anthony.

—¿Y tú no?

Los primos arribaron, sacaron la canoa del agua y se sentaron cerca de la orilla. Como no sabían qué hacer, se echaron unos pitillos. No intercambiaron ni una mirada con las ocupantes del lugar. Pero sí sentían su presencia a su espalda, la hostilidad sorda e infranqueable. Ahora, lo que le apetecía a Anthony más bien era irse. Por otro lado, sería una pena, con lo que les había costado llegar. Si supieran qué hacer...

Al cabo de unos minutos, las chicas trasladaron sus cosas al otro extremo de la playa. La verdad es que estaban muy buenas, con esa cola de caballo, esas piernas y nalgas formadas, pecho, todo. Volvieron a pegar voces en dirección de la motora. Anthony les echaba miraditas de reojo. Le fastidiaba asustarlas tanto.

—Es la hija de los Durupt —dijo el primo, bajito.

—¿Cuál?

—La bajita del bañador blanco.

—¿Y la otra?

El primo no la conocía. Sin embargo, estaba como para no fijarse. Desde la nuca hasta los tobillos, se resumía en una sola línea, precisa y rotunda; llevaba la melena recogida muy alto, con una bonita caída de tan espesa. Unos cordones le sujetaban la parte de abajo del biquini a las caderas. Se le debían de quedar claramente marcados en la piel cuando los desataba. El culo, sobre todo, era alucinante.

—Ya te digo... —reconoció el primo, que a veces le leía el pensamiento.

Al final, los ocupantes de la motora acabaron reaccionando. Por supuesto, se trataba de una pareja, un tipo con pinta de deportista y una tía tan rubia que casi resultaba desagradable. Se recompusieron a toda prisa, el deportista tiró fuerte del arranque y enseguida la embarcación viró en redondo con un prolongado lamento de batidora. Llegaron en un pispás. El deportista preguntó a las chicas si estaban bien y le dijeron que sí. Mientras, la rubia miraba a los primos con una cara como si acabaran de colarse en su cuarto en vespino. Anthony se fijó en que el deportista llevaba unas Nike Air nuevecitas. Ni siquiera se había molestado en quitárselas antes de saltar al agua. Se fue hacia ellos, con las tías detrás. El primo se puso de pie para hacerle frente. Así que Anthony también.

—¿Qué coño estáis haciendo aquí?

—Nada.

—¿Qué queréis?

Se estaban metiendo en un terreno peligroso. Claro que el deportista era más bajo que el primo, pero del tipo borde y satisfecho de sí mismo. No iba a dejar el tema así como así. Anthony ya tenía los puños cerrados. Con una palabra, el primo desactivó la situación.

—¿No tendréis papel?

De primeras, no contestó nadie. Anthony estaba de lado, con la cabeza inclinada, una manía que había cogido para disimular el ojo mustio. El primo acababa de sacar el librillo de OCB empapado y se lo estaba enseñando:

—Se me ha caído al agua.

—¿Tenéis para fumar? —se sorprendió el deportista.

El primo se sacó un botecito de Kodak del bolsillo y lo movió para que sonara la china que había dentro. De pronto, todo el mundo se relajó, sobre todo el deportista. Sin darse cuenta, los dos grupos se juntaron. El deportista tenía papel y ahora estaba emocionadísimo.

—¿De dónde la has sacado? Ahora mismo no hay nada.

—También tengo maría —dijo el primo—. ¿Os interesa?

A todas luces, sí. Dos semanas antes, los chavales de la ZUP se habían quejado de los estupas, que tomaron represalias organizando una redada, con información bastante certera, en algunos pisos de la torre Degas. Según se contaba, la mitad de la familia Meryem o casi había acabado en el talego, y desde entonces no había nada que pillar en toda la ciudad. Y en pleno verano, era una putada.

El resultado fue que se montaron otros circuitos sobre la marcha. Los cabezudos hacían viajes de ida y vuelta a Maastricht y el primo encontró un apaño en el camping con unos belgas. Dos hermanos con piercings que se pasaban todo el rato poniéndose hasta el culo de X mientras escuchaban techno. Por pura potra, habían ido quince días a Heillange de vacaciones con la familia. Gracias a ellos, un enlace se vino desde Mons con skunk de los Países Bajos y un costo marroquí casi rojo que daban ganas de tomar leche mojando galletas y viendo pelis de Meg Ryan. El primo lo pasaba al doble de lo normal, a 100 pavos el gramo, en la urbanización La Grappe y alrededores. Claro que los compradores se quejaban un poco, pero seguían prefiriendo apoquinar a volver a estar sobrios.

Al caer la noche, cuando Anthony daba la última vuelta en bici por su barrio, podía oler toda esa mierda tan especial que se filtraba por las persianas entornadas. En la buhardilla, críos apenas mayores que él se zurraban jugando al Street Fighter. En la planta baja, el padre veía Intervilles6con una birra en la mano.

El primo encendió un petardo y se lo pasó al deportista, que se llamaba Alex y era cada vez más majo. Luego le tocó a Anthony. Le dio unas caladas y lo pasó a su vez. A la hija de los Durupt, Anthony la conocía de nombre. Su padre era médico y ella tenía fama de ser tirando a temeraria. Contaban, en concreto, que una noche de sábado se había llevado el BMW Serie 3 de su padre, lo cual no dejaba de tener mérito para alguien que ni siquiera podía conducir acompañada7. También se acostaba con tíos. Anthony la miraba imaginándose cosas.

En cambio, de la otra chica no sabían nada. Y encima se había sentado a su lado. Por eso pudo fijarse en las pecas, en la pelusilla rubia de los muslos y en esa gota de sudor que se le había escurrido desde el ombligo hasta la goma del bañador.

El primo lio enseguida otro porro y Alex le compró 200 pavos de skunk. Ahora estaban todos superrelajados, con la boca pastosa y la risa fácil. Las chicas, que se habían traído unas botellas de Vittel, ofrecieron agua a los demás.

—Queríamos venir aquí para ver chicas en toples.

—Gilipolleces. Aquí nadie se pone en bolas.

—Puede que antes.

—¿Queréis que nos despelotemos?

Anthony se volvió hacia su vecina. La pregunta la había hecho ella. Era sorprendente. De entrada, daba una impresión de pasividad, de indiferencia casi animal, y viéndola así, lastimera y a su bola, casi parecía que estaba esperando el tren en el andén de una estación. Pero luego también era descarada y divertida, con unas ganas tremendas de pasárselo bien. Además, con el primer peta se había quedado sobada un buen rato. Y también olía de maravilla.

—¡Eh, escuchad!

A lo lejos subían los quejidos de las motitos, con esas inflexiones agudas y esos reflujos graves, como los de hacía un rato.

—Nos están buscando.

—¿Quién?

—Los del centro.

—Buah, pues los de este año son un peligro.

—¿Y eso?

—Lo de los incendios, han sido ellos.

—Qué va, han sido los cabezudos.

—¿Y por qué os buscan?

—Por la canoa. Se la hemos mangado.

—¿En serio la habéis mangado?

Se estuvieron descojonando un buen rato, a salvo, tensos y complacientes. Había aflojado el calor, y un olor sutil, a carbón vegetal, a bosque y a abetos resecos les subía por la nariz. Al caer el sol se habían callado los insectos y solo se oía el chapoteo del lago, el rumor lejano de la autovía y los estallidos de los motores de dos tiempos que a ratos desgarraban el ambiente. Las chicas se habían puesto una camiseta y quitado la parte de arriba del biquini. Por debajo de la tela se adivinaba el movimiento de las tetas. A ellas les daba igual y los chicos fingían que también pasaban. Anthony había acabado quitándose las gafas de sol. En un momento dado, sorprendió a su vecina mirándolo como si tratara de comprender cómo iba ese rostro a la virulé. Luego, a eso de las seis, empezó a ponerse nerviosa. Debía de ser la hora de volver a casa y no paraba de menearse. Y como estaba sentada con las piernas cruzadas muy cerca de él, al final su rodilla rozó la de Anthony. Qué suaves son las chicas, uno nunca acaba de acostumbrarse.

Esta se llamaba Stéphanie Chaussoy.

Anthony estaba viviendo el verano de sus catorce años. Siempre tiene que haber una primera vez.

1 En 1992, 1.º de BUP en España (actualmente, 3.º de ESO). (Todas las notas son de la traductora.)

2Zone à urbaniser en priorité: zona de urbanización prioritaria. Tipo de barriada de vivienda social en Francia, construida en terrenos sin ningún tipo de urbanización previa. En la práctica, muchas de ellas han acabado albergando a una población marginal y cerrada (muy vinculada a la emigración, incluso de 2.ª y 3.ª generaciones) y son sinónimo de «zona peligrosa» para quienes no viven en ellas.

3 Abreviatura coloquial de Baccalauréat, el examen final del bachillerato francés, que es necesario aprobar para cursar estudios superiores.

4 Delegado del gobierno francés en los departamentos o regiones.

5 Cadena de supermercados francesa.

6 Programa concurso de la televisión francesa de formato similar al Grand Prix del verano de la televisión española.

7 En Francia, a partir de los 15 años se puede «aprender a conducir anticipadamente» (apprentissage anticipé de la conduite) mediante la modalidad de «conducción acompañada» (conduite accompagnée), en la que un conductor adulto que cumple determinados requisitos supervisa al menor que va al volante.

2

Después de esconder la canoa, los dos chicos volvieron a casa en bici por el bosque de Le Petit-Fougeray. Como siempre, Anthony se divertía haciendo eses por la línea discontinua en medio de la carretera. Al primo le horripilaba esa manía. Unos días antes, subiendo la cuesta cerca de los almacenes, Anthony se había encontrado de frente con una Volkswagen Combi. El hombre tuvo que dar un volantazo. Cuando el primo le preguntó si estaba gilipollas o qué, Anthony le contestó que tenía prioridad.

—¿Qué prioridad ni qué leches? Estabas en mitad de la carretera.

A veces Anthony lo volvía tarumba. Como para preguntarse si estaba bien de la olla.

Pero de momento la carretera estaba desierta y los dos chicos pedaleaban deprisa, de cara al sol, con sus sombras persiguiéndolos. Después de los calores de la tarde, los bosques circundantes volvían a abandonarse en un suspiro y la caída de la noche era como una cuenta atrás. Porque al final, Alex el deportista les había propuesto un asunto. Un colega suyo organizaba un fiestón en casa de sus padres. Si querían, Anthony y el primo podían pasarse por allí, a condición de que llevaran la mandanga, claro. Por lo visto, la juerga era en una chabola con piscina. Iba a haber priva, chavalas, música y baño a medianoche. Anthony y el primo dijeron que vale, a ver si podían. Definitivamente, ser guay requería bastante dedicación.

Luego, el plan se torció porque la fiesta iba a ser en Drimblois. En bici, eran cuarenta kilómetros, ida y vuelta, una pasada. A menos que cogieran prestada la YZ de su padre. Llevaba años muerta de asco al fondo del garaje, debajo de una lona. Solo que no valía la pena ni pensarlo. A Anthony se la pelaba darse de narices con una Volkswagen Combi. Pero el viejo era otra cosa, ahí sí que no se andaba con chorradas.

—No se va a enterar, a tomar por culo —alegaba el primo.

—No, muy arriesgado —replicaba Anthony—. Intentamos ir en bici y listo.

—Qué dices, si ya son las siete, olvídate.

—En serio que no puedo. Si le cojo la moto, me estampa. Ya lo conoces.

En realidad, el primo lo conocía bastante bien. Patrick Casati era un buen hombre, pero a veces bastaba con una huella en la pantalla de la tele para que se cogiera unos cabreos que daba vergüenza verlos. Lo peor venía luego, cuando tomaba conciencia. Confundido y enrocado en la mala fe, incapaz de pedir disculpas, intentaba que le perdonaran hablando bajito y ofreciéndose a secar los cacharros. La madre de Anthony había hecho las maletas varias veces para ir a refugiarse a casa de su hermana. Cuando volvía a casa, la vida seguía como si no hubiera pasado nada. Lo que no quitaba para que entre los dos siguiera habiendo como una distancia, algo que te acababa quitando las ganas de vivir en familia.

—Va a estar tu amiga —insistió el primo—. Tenemos que ir.

—¿Quién?

—Venga ya, ya sabes quién.

—Pues sí...

Steph ya se había convertido como en una de esas musiquillas que se te meten en la cabeza y que te vuelven loco. La vida de Anthony estaba patas arriba. No había cambiado nada, pero ya nada estaba en su sitio. Estaba sufriendo; eso era bueno.

—Qué buena está la tía, fuera coñas.

—Que sí, hombre.

El primo se empezó a partir de risa. Conocía muy bien esa carita, la misma que en quinto8, cuando Anthony se quedó colgado de Natacha Glassman, una niña con un ojo de cada color y Kickers. Anthony se picó y se puso de pie en los pedales. Tenía que gastar toda esa energía. Se lanzó bailando sobre la bici, en mitad de la carretera, faltaría más.

El primo vivía con su madre y su hermana en un adosado estrecho de dos pisos, con geranios en las ventanas. La fachada se estaba desconchando. Cuando llegaron delante de la casa, los chicos dejaron las bicis tiradas en la gravilla y se abalanzaron dentro. En el cuarto de estar, la madre del primo estaba viendo Fort Boyard9. Tenía la manía de poner la tele a todo volumen. Con el sonido a tope, la voz del père Fouras cobraba una dimensión profética bastante inesperada. Cuando los oyó galopar por la escalera, Irène gritó:

—¡Quitaos los zapatos antes de subir!

Pues claro, porque en el piso de arriba había moqueta. Al llegar al rellano, Anthony echó un vistazo al cuarto de Carine, la hermana del primo. Por la puerta entornada, entrevió una silueta sentada en el suelo, con las piernas estiradas, en pantaloncito corto. Era Vanessa. De inmediato lo pusieron a caldo, niñato, vicioso, vete a meneártela. Carine tenía dieciocho años, y ella y Vanessa Léonard, su amiga del alma, que solo tenía dieciséis, se pasaban el día juntas, despellejando a la peña, sin hacer nada e inventándose historias de amor tristes. En verano alternaban estas actividades con ir a broncearse con las tetas al aire al jardín de los Léonard. De vez en cuando, el padre de Vanessa aparecía sin previo aviso. Las chicas se reían, pero en el fondo a Vanessa le parecía algo turbio. Lo que no sabían era que Anthony, que vivía en la misma urbanización, iba a veces a espiarlas a través de los aligustres. Eran unas auténticas víboras y Anthony les tenía bastante miedo. Se batió en retirada antes de que la tomasen con él físicamente. Ya había pasado antes. Eran bastante duras.

Ya en el cuarto del primo, se dejó caer en la cama. Estaba en la buhardilla y, a pesar del ventilador, hacía un calor infernal. En las paredes, estanterías con cintas VHS, algunas fotos de Los vigilantes de la playa y un póster de Bruce Lee, muy relajado por una vez. Y además, un televisor grande con caja de madera de imitación, un vídeo de cuatro cabezales y un terrario vacío en el que había vivido brevemente una pitón neurasténica. En los rincones, calcetines sucios y un bate de béisbol. El primo ya estaba liando un dos papeles de maría.

—Joder...

—Ya...

—¿Qué hacemos?

—Ni idea.

Se quedaron un rato así, fumando por turnos, sin hacer nada más que pensar mientras el ventilador dispersaba el humo. Se miraban, con la piel sudorosa, nerviosos.

—Por una vez que nos sale un buen plan...

—Sí, pero mi padre me revienta como le toque la burra.

—Pero ¿tú has visto a la tía esa?

—Te digo que no puede ser.

Anthony estaba mosqueado. El primo sabía lo que se hacía.

—A las malas, ¿qué te puede pasar? En serio, hay nueve posibilidades contra una de que no se entere nunca. A la burra esa ya no le hace ni puto caso.

Llevaba parte de razón. El padre ya no quería ni oír hablar de esa moto. Le traía demasiados recuerdos, renuncias, cómo podría haber sido su libertad. Lo cual no cambiaba en nada la prohibición que pesaba sobre ella, todo lo contrario. Anthony se llevó la mano maquinalmente al párpado derecho. Le había entrado un poco de humo en el ojo.

—¿Qué es lo que quieres?

—¿Cómo?

—Nunca has salido con ninguna tía.

—¡Claro que sí!

—El cuento ese al fondo del autobús, vaya cosa. Y la Glassman esa con la que nos estuviste dando la tabarra dos años. Y al final, para nada.

Anthony notó un nudo en la garganta. A la tía esa no se la había quitado de la cabeza desde CM110 hasta final de quinto. En clase siempre buscaba el sitio que estuviese más cerca de ella. Cuando daban gimnasia, la acechaba con ojos de perro apaleado. Tenía casetes con su nombre, recopilatorios de canciones que hacía escuchando la radio: Scorpions, Daniel Balavoine, Johnny Hallyday... Llegó incluso a rondar por su casa en bici. Y después de tanta historia, ni siquiera se había atrevido a pedirle salir. Al final, el que se la ligó fue Cyril Medranet, el hijo de la profe de mates. A Anthony le habría gustado partirle la cara. Se conformó con mangarle la mochila para tirarla al Henne. Acabó superándolo, no era más que una zorra.

—Bueno...

El primo dio una última calada, aplastó el peta y encendió la Mega Drive. Se acabó lo que se daba. A Anthony le daban ganas de llorar.

—A la mierda...

Se levantó de la cama de un brinco, salió del cuarto y bajó las escaleras de cuatro en cuatro. Ante la perspectiva de otra velada perdiendo a Sonic mientras las chicas iban a beber, a ligar y a dejar que otras lenguas se enrollasen con las suyas, casi prefería arriesgarse a que le dieran una paliza. Salió disparado en la BMX. Estaba decidido. Pero al final de la calle, vio a su prima y a Vanessa que volvían de la tienda de Derch con bolsas llenas de tercios de cerveza. Puso el pie en el suelo.

—¿Adónde vas?

—¿Tienes prisa?

—Eh, mírame cuando te hablo.

Vanessa le levantó la barbilla. Ella y la prima iban peinadas igual, con la melena suelta y un mechón recogido hacia atrás con una horquilla. Llevaban camiseta de tirantes, pantaloncitos cortos y chanclas, y olían a aceite de coco. En el tobillo de Vanessa brillaba una cadenita de oro. Anthony se fijó en que su prima no llevaba sujetador. Usaba una 95D, nada menos. Lo sabía de tanto hurgar en su cuarto cuando ella no estaba.

—Que adónde vas —repitió Vanessa sujetando la rueda de la bici entre las piernas para impedir que se largara.

—A casa.

—¿Ya?

—¿Y qué vas a hacer?

—¿Quieres un trago?

—¿Qué estás mirando?

—Nada...

Anthony notó que se ponía colorado. Volvió a bajar los ojos.

—So pervertido, ¿quieres ver si tengo marcas?

Y Vanessa le enseñó en la cadera la piel más clara. Anthony retrocedió para liberar la rueda.

—Tengo que irme.

—Oye, para, no me seas mariquita.

La prima, que ya había empezado un tercio, estaba detrás, muerta de risa. Pero aun así salió en su defensa.

—Ya está bien, déjalo en paz un rato.

Bebió otro trago de cerveza y un poco de líquido le brilló en la barbilla. Anthony intentó liberarse una vez más, pero Vanessa no lo soltaba. Le ponía caritas.

—Anthony...

Le puso una mano en la mejilla y el chico sintió la palma. La piel de la joven estaba sorprendentemente fresca. Sobre todo las yemas de los dedos. Le sonrió. Se sentía muy raro. Ella se echó a reír.

—¡Venga, vete!

Se largó sin pedir cuentas.

Durante un momento sintió cómo lo miraban por detrás y se saltó el stop antes de meterse por la calle Clément-Hader. A esas horas estaba totalmente desierta y bajaba en picado hacia el centro urbano. En el horizonte, el cielo había cobrado colores intensos. Embriagado, soltó el manillar y abrió los brazos. La velocidad le agitaba los lados de la camiseta. Cerró los ojos un instante, mientras le silbaba el viento en las orejas. En esa ciudad medio muerta, con esa pinta tan extraña, construida en una pendiente y con un puente encima, Anthony rodaba a tumba abierta, sintiendo escalofríos, joven a más no poder.

8 7.º de EGB (actualmente, 1.º de ESO).

9 Concurso televisivo estival muy popular en Francia.

10 4.º de EGB (actualmente, 4.º de educación primaria).

3

Anthony reconoció enseguida la risa de Grandemange. Los vecinos debían de estar otra vez en casa, tomando el aperitivo con sus padres en la terraza. Dio la vuelta por detrás para reunirse con ellos. La casa de los Casati tenía una sola planta y nada alrededor, solo el césped medio seco, que bajo los pasos del chico sonaba como un papel arrugado. Su padre, que estaba harto de cuidarlo y de quitar malas hierbas, lo había rociado todo con Round Up. Desde entonces, podía ver el gran premio de automovilismo los domingos con la conciencia tranquila. Junto con las pelis de Clint Eastwood y Los cañones de Navarone, era lo único, o casi, que le aliviaba las penas. Anthony no tenía mucho en común con su viejo, pero al menos les quedaba eso, la tele, los deportes de motor y las pelis de guerra. En la penumbra del cuarto de estar, cada uno en su rincón, era el grado máximo de intimidad que se permitían.

Durante toda su vida, los padres de Anthony habían tenido esa ambición: «construir», la meta de la casa, y mal que bien, lo habían conseguido. Ahora ya solo les quedaban veinte años de pagar letras para que fuera suya de verdad. Las paredes eran de yeso laminado, con un tejado a dos aguas, como en todas las regiones donde llueve la mitad del año. En invierno, la calefacción eléctrica producía un poco de calor y unas facturas tremebundas. Por lo demás, dos habitaciones, cocina amueblada, sofá de cuero y cerámica de Lunéville en la vitrina del aparador. La mayoría de las veces, Anthony se sentía en casa.

—Anda, ya está aquí el que faltaba.

Évelyne Grandemange fue la primera en verlo. Conocía a Anthony desde muy pequeño. Hasta había dado sus primeros pasos en el caminito de su jardín.

—Y pensar que dio sus primeros pasos en el caminito del jardín...

Su marido asintió con la cabeza. La urbanización La Grappe ya tenía más de quince años. Se vivía como en un pueblo, o casi. El padre de Anthony consultó el reloj de pulsera.

—¿Dónde andabas?

Anthony contestó que había pasado la tarde con el primo.

—Volví a pasarme por casa de los Schmidt esta mañana —dijo el padre.

—Lo dejé todo hecho antes de irme...

—Sí, pero te olvidaste los guantes. Ven a sentarte.

Los adultos se habían sentado en sillas de camping alrededor de una mesa de jardín de plástico. Estaban pasándose a la cerveza con Picon, menos Évelyne que bebía un oporto.

—Hueles a lodo —observó Hélène, la madre de Anthony.

—Es que nos hemos bañado.

—Creía que te daba asco. Vas a pillar granos. Está lleno de agua de las alcantarillas.

El padre comentó que tampoco lo iba a matar.

—Anda, ve a por una silla.

Para hacer la gracia, Grandemange se palmeó el muslo, invitándolo a sentarse en su regazo.

—No te cortes, que este lo aguanta todo.

El hombre medía cerca de dos metros y tenía unas manos duras como la madera, a las que les faltaban tres falanges. Para ir de caza usaba una escopeta especial con la que podía apretar el gatillo con el dedo corazón. Era un cachondo impenitente con el que nadie se reía demasiado. Anthony conocía a un montón de tíos así, que bromeaban más por educación que por otra cosa.

—De todas formas, no me voy a quedar.

—¿Dónde piensas ir?

Anthony se volvió a su padre, cuyas facciones se habían endurecido. Cuando eso pasaba, la piel se le tensaba de pronto, con un aspecto de cuero mate bastante bonito.

—Mañana es sábado —contestó Anthony.

—Déjale, hombre, que está de vacas.

El vecino había intervenido. El padre suspiró. Él y Luc Grandemange habían trabajado juntos en el almacén Rexel tiempo atrás, un poco después de que cerraran los altos hornos. Formaban parte de la tanda de despedidos voluntarios reconvertidos en carretilleros a través del plan de formación. Por aquel entonces, les pareció una buena oportunidad; conducir máquinas durante el día, sonaba como un juego. Después, Patrick Casati tuvo varios altercados. Perdió el carné de conducir y el trabajo el mismo día y por el mismo motivo. Consiguió volver a sacarse el carné al cabo de seis meses de rollos administrativos y un cursillo en la Croix Bleue11. En cambio, el trabajo escaseaba en el valle y al final se decidió a crear su propio empleo. Compró una camioneta Iveco con volquete, un cortacésped, herramientas y un mono con su nombre bordado. Ahora se dedicaba a hacer chapuzas aquí y allí, esencialmente en negro. Los meses buenos conseguía sacarse 4.000 o 5.000 pavos. Con el sueldo de Hélène se apañaban más o menos. El verano era la temporada alta y había recurrido a Anthony para pasar el cortacésped o limpiar piscinas. Aquella ayuda resultaba especialmente útil cuando tenía resaca. Esa mañana, sin ir más lejos, Anthony se había encargado él solo de podar los setos del doctor Schmidt.

Al final, el padre sacó una birra de la nevera portátil que tenía a sus pies, le quitó la chapa y se la alargó a Anthony.

—Solo piensa en salir por ahí.

—Está en la edad —dijo el vecino filosóficamente.

Por debajo de la camiseta le asomaba un poco la barriga, una mole lívida bastante asquerosa. Se levantaba ya para cederle el sitio.

—Venga, siéntate un segundo. Cuéntanos qué tal todo.

—¿Ha vuelto a crecer, no? —dijo Évelyne.

Hélène Casati insistió a su vez para que se quedase un rato, recordándole que la casa no era una pensión. Cada segundo que pasaba allí se alejaba un poco más la fiesta de Drimblois.

—¿Qué te ha pasado en la mano?

—No es nada.

—¿Te has desinfectado?

—Que te he dicho que no es nada.

—Ve por una silla —dijo el padre.

Anthony lo miró. Estaba pensando en la moto. Obedeció. Su madre fue detrás de él hasta la cocina. A Anthony le tocó que le pusiera alcohol de 90 grados y una venda.

—No hacía falta —dijo.

—Un primo mío perdió un dedo así.

Su madre siempre se sacaba alguna anécdota familiar edificante, imprudencias que acababan en tragedia o porvenires envidiables truncados por una leucemia. Tanto que casi se había convertido en una filosofía de vida.

—Déjame ver.

Anthony le enseñó la mano. Estaba perfecta. Pudieron volver a la terraza.

Allí hicieron un brindis y Évelyne se puso a preguntarle cosas. Quería saber cómo le iba en el cole y a qué dedicaba las vacaciones. Anthony contestaba con evasivas y ella lo escuchaba con una sonrisa bondadosa y ennegrecida por la nicotina. Para pasar la velada, se había llevado dos paquetes de Gauloises. Cuando cesaba la conversación, se la oía respirar con un pitido ronco y familiar, y entonces se encendía otro cigarro. En un momento dado, el padre quiso espantar a una avispa gorda que rondaba los papeles de los cubitos de queso. Pero como pasaba de él, se fue a buscar un matamoscas eléctrico. Hizo «bzzz» y el bicho se quedó tieso.

—Qué asquerosidad —dijo Hélène.

A modo de respuesta, el padre apuró la cerveza con Picon y cogió otra de la neverita. Se pusieron a hablar con el vecino del accidente que acababa de ocurrir en Furiani. A Luc Grandemange esa carnicería no le sorprendía nada. Había visto a los corsos en los talleres y le daba la risa. Como tantas veces, hablaban de fútbol, de corsos y de moros. Évelyne se apartó, no le gustaba cuando su marido empezaba a desbarrar con historias así. Hay que decir que las recientes desgracias de los estupas tenían conmocionada a la urbanización. La ZUP no estaba tan lejos. La gente ya se imaginaba a los moracos con pasamontañas quemando coches, como en Vaulx-en-Velin. El vecino y el padre solo podían decir que había cada vez más peligro y se imaginaban que eran el último baluarte.

—Deberíais ocuparos vosotros —dijo el gigante señalando a Anthony con la barbilla.

—Con esa gente, siempre hay problemas —convino el padre.

—Cuando era voluntario en los bomberos, fuimos varias veces a la ZUP. Críos que no levantaban tres palmos y que intentaban mangarnos las llaves del camión.

—¿Y luego qué?

—Luego nada, apagábamos el fuego. ¿Qué más quieres?

—Ahí está el error.

Se descojonaron, menos Anthony, que se puso de pie para pirarse.

—¿Adónde vas?

Esta vez fue Hélène, su madre, la que lo paró.

—Me tengo que ir.

—¿Con quién?

—Con el primo.

—¿Has visto a Irène?

Las hermanas ya no se trataban. Un jaleo con la hipoteca de la casa en la que vivía Irène y que habían heredado las dos. Siempre la pasta.

—Sí.

—¿Y? ¿Qué tal está?

—No sé. Bien.

—Pero ¿cómo?

—Pues eso, bien.

—¡Madre mía! Si te vas a poner borde, mejor vete.

El padre no dijo ni mu. El vecino y él se estaban poniendo otra cerveza con Picon. En la noche ya cerrada, confraternizaban en la ira y la calentaban juntándose mucho, cómplices y feroces.

Anthony aprovechó para irse a su cuarto, que era mucho menos chulo que el del primo, la verdad. Su padre había recogido para él una litera cuajada de cromos Panini, retratos de futbolistas franceses y argentinos, y también de Chris Waddle con la camiseta del Olympique de Marsella. Una tabla apoyada en unos caballetes hacía las veces de escritorio. Ni siquiera tenía una silla propia, lo que no contribuía a que se aprendiera las lecciones. Sin contar con que en casa siempre había gente, un tío, unos colegas o un vecino para tomar una copa. Se puso a revolver en el armario empotrado, en busca de algo de ropa decente. No encontró nada mejor que unos vaqueros negros y un polo blanco. De talla L. En el pecho ponía «Agrigel»12. Se miró un rato en el espejo que había en el cuarto de sus padres. Si no se hubiera gastado toda la guita en la feria y en el Metro, podría haberse comprado ropa molona. Hay que decir que, hasta ese momento, los problemas de vestuario no lo habían preocupado. Pero desde hacía poco las conversaciones en clase habían empezado a tomar un giro inhabitual. Tíos que perdían la chaveta por unas Torsion o una camiseta Waikiki. Mientras contemplaba su pinta lamentable en el espejo, se juró que iba a empezar a ahorrar.

En el garaje, la YZ estaba donde siempre, encajada al fondo del todo, detrás de la mesa de pimpón vieja. Tras doblar con esmero la lona que la protegía, Anthony olfateó con gusto el olor a carburante y palpó las ruedas de tacos. Era un modelo del 82, rojo y blanco, que llevaba el número 16. En otros tiempos, su padre había competido un poco. Cuando estaba de buenas, le dejaba dar una vuelta por el barrio. A Hélène no le gustaba. Todos los motoristas acaban tirados encima de los quitamiedos, no hay que ser estadístico para saberlo. Pero a Anthony le daba igual. Llevaba las motos en la sangre, hasta su padre lo decía. Cuando cambiaba de marcha o se tumbaba en las curvas, estaba en su elemento. Algún día, seguro que tendría su propia moto. En su cabeza, esa idea fija se mezclaba con imágenes de paisajes costeros, puestas de sol, chicas en bañador y fragmentos de Aerosmith.

Empujó la YZ en la oscuridad, procurando no rayar el Opel de su madre. Luego abrió con precaución la puerta del garaje. Entonces, una voz se le escurrió por la nuca.

—Ya me parecía que había oído un ruido.

Su madre estaba fumando fuera. Podía verla en el vano de la puerta, sobre el fondo azul de la noche. Tenía la mirada perdida, con una rebeca echada por los hombros y los brazos cruzados.

Anthony no dijo nada. Tenía las manos puestas en el manillar y ciertas ganas de llorar. Pensó en Stéphanie.

Su madre dejó caer el cigarro y aplastó la colilla con el zueco de cuero.

—¿Has pensado en el número que nos puede montar tu padre?

Como se le había acercado, Anthony podía olerla, esa mezcla de tabaco frío, champú de tilo, sudor y todo lo que había bebido. Anthony le prometió que iba a tener cuidado. Le estaba suplicando.

—Sabes, bichejo...

Estaba muy cerca, tambaleante. La luz de la farola le daba en los muslos y le perfilaba con una línea clara la pierna y la tibia en la penumbra. Se humedeció el pulgar para limpiar un resto de algo en la mejilla de Anthony. El chico se zafó.

—¿Qué?

Hélène parecía ausente. Pero volvió.

—Yo tenía tu edad cuando perdimos a mamá.

Apoyó los antebrazos en los hombros de su hijo y entrelazó las manos detrás de su nuca.

—Sabes, la vida no siempre es una juerga.

Anthony callaba. Le horrorizaban ese tipo de conversaciones, cuando su madre se buscaba excusas, aliados.

—Mamá, porfa...

—¿Qué?...

Tras un instante de vacilación, su madre le dio un beso en la mejilla y a punto estuvo de acabar en el suelo. Daba la impresión de que oscilaba subida a unos zancos y se apoyó en la pared en el último momento. Le entró la risa. Una risa de niña, aguda y fugaz.

—Creo que me he pasado un pelín. Y encima, me he hecho daño.

Se llevó a la boca la falange que se había desollado con el cemento. Chupó la sangre, se miró el dedo y se lo volvió a meter en la boca, sonriente.

—¿Es por una chica, a que sí?

Anthony no contestó. Ella volvió a sonreír y dio media vuelta para regresar a la terraza. Al final, sí que andaba recto. Era alta y superdelgada. En la urbanización la llamaban «la zorra».

Después de alejarse un buen trecho, Anthony arrancó la YZ con el pedal. En la oscuridad, estalló un petardazo ultragudo y Anthony echó a rodar en la noche resonante. Iba deprisa y sin casco. El aire le inflaba el polo demasiado ancho. Aún hacía bueno. Enseguida dejó de pensar. Conducía.

11 Organización internacional dedicada a asistir a personas con adicciones, en particular a la bebida.

12 Marca francesa de productos congelados.

4

El primo se montó detrás y cogieron la D953. Anthony apuraba el motor, separaba la pierna en las curvas y se lanzaba a fondo en las rectas. La velocidad les hacía llorar los ojos y se les subía al pecho. Iban raudos por la tierra apagada, con la cabeza descubierta, ajenos a los accidentes, demasiado rápidos, demasiado jóvenes y escasamente mortales. Aunque el primo sí le pidió en cierto momento que se cortase un poco.

Drimblois era un pueblecito modélico, con su iglesia, algunas granjas al borde de la carretera departamental, algunos chalés más recientes, una vieja chabola de dentista con verja de hierro forjado. Tardaron apenas veinte minutos en llegar. Una vez allí, estuvieron un rato dando vueltas antes de localizar la casa donde se celebraba el famoso fiestón. Era bonita, una chabola moderna y transparente. Había luz en todas las habitaciones, tenía un césped ondulado como el de un campo de golf y, al fondo, la piscina brillaba con un reflejo turquesa. La YZ se detuvo como con un titubeo elástico delante de las otras motos. Anthony apoyó el pie en el suelo.

—Es aquí.

—Ya —dijo el primo.

El aire olía de maravilla a fuego de leña, carne a la brasa y hierba cortada. Se oía música. Reggae, puede que Natural Mystic.

—Parece guay.

—Se me ha olvidado el antirrobo.

El primo acababa de bajarse de la moto. Estaba inspeccionando el lugar.

—De todas formas, aquí no hay peligro. La dejas ahí y listo.

Señalaba una granja alargada con los postigos echados. Un poco más allá, había diez palés de leña esperando a que llegara el invierno. Anthony aparcó la burra detrás. Aunque no estaba del todo tranquilo.

El primo se sacó una botellita de ron de la chupa y pegó un buen trago antes de pasársela a Anthony. Luego pilló una lata de birra en su mochila y repitió la jugada. Estuvieron así bebiendo por turno y luego tiraron la lata en el césped recién cortado. Les hizo gracia; se fueron para allá.

En la terraza situada al otro lado había un montón de gente joven, muy animada ya en torno a una mesa grande. Encima había ensaladas, patatas fritas, pan y botellas de vino. También había bastante priva más fuerte, botellas metidas en un barreño lleno de hielo. Unos chicos altos y estilosos se encargaban de la barbacoa mientras bebían cerveza Sol. Pertenecían al Círculo de Natación; se les notaba en los hombros, la fatuidad y, sobre todo, por lo que llevaban escrito en las camisetas. En el valle, esos tíos representaban lo más guay que se podía hacer, los atletas, los surfistas de interior. Se tiraban a todas las tías y no le caían bien a nadie. El reggae había dado paso a un rock llorica, tipo REM.

—¿Conoces a alguien?

—A nadie, contestó el primo.

Dicho lo cual, se encendió un pitillo.

El caso es que los invitados parecían contentos de estar allí. Anthony vio a algunas chicas de las que se podría haber enamorado enseguida. Tías altas con coleta y camisetitas claras. Tenían los dientes blancos, la frente ancha y un culo minúsculo. Los chicos hablaban con ellas como si nada. Todo fluía de una forma bastante inaguantable. En una esquina dos tíos compartían un cubi13 de rosado, sentados en sendas tumbonas viejas. Por las camisetas y los pelos que llevaban, se notaba que les gustaba mucho Iron Maiden.

—Venga, nos piramos —dijo Anthony.

—No fastidies. Ya que estamos aquí...

Encontraron unas birras en la cocina y se pusieron a beber mientras daban una vuelta para ver la casa. Como nadie los conocía, se les quedaban mirando, pero sin especial hostilidad. La verdad es que era una casa estupenda, tenía hasta un futbolín en la entreplanta. Los primos volvieron con regularidad a la nevera para reabastecerse. Progresivamente, se fueron familiarizando con los rostros y, con ayuda del alcohol, empezaron a hacer buenas migas con un montón de peña.

—¡Anda, joder, aquí estáis!