El cuarto de la plancha - Inma Chacón - E-Book

El cuarto de la plancha E-Book

Inma Chacón

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Beschreibung

Un homenaje a las familias y a las madres tiernas, valientes y cómplices El cuarto de la plancha es un libro tejido con el amor de las madres y de las historias que se susurran al oído antes de irse a dormir; es un canto de amor a la familia con todo lo que tiene de caótico, de bueno, de triste, de sabio y de conocido; es una mano tendida, un corazón remendado y una ventana abierta a los recuerdos. Es, en suma, la voz única, sincera y dulce, certera y personalísima de Inma Chacón desgranando en una obra inolvidable, tierna, divertida y cercana, también desgarradora por momentos, la historia de su familia, y la suya propia, narrada como su más fascinante novela. De la particular relación que une a dos hermanas gemelas a lo largo de toda su vida y más allá de la muerte al valor de una joven madre viuda capaz de sacar adelante a sus nueve hijos; del misterio de un abuelo que no parecía querer a sus nietos al de una segunda esposa enamorada que, por no molestar, casi no tenía ni nombre; del recuerdo de un padre con un corazón tan grande que no le cabía en el pecho a los secretos que oculta un costurero antiguo o un rosario de piedras amarillas... Todo cuanto se nombra en El cuarto de la plancha guarda un significado y una historia. Pero, sobre todo, atesora un sentimiento, una emoción, que hace de este libro una obra cautivadora, honda, conmovedora, difícil de olvidar.

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Seitenzahl: 406

Veröffentlichungsjahr: 2023

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INMA CHACÓN

El cuartode la plancha

Para mi madre,que me enseñó a mirar las caras bonitas de la vida.

Y para mi padre,que nos regaló una infancia feliz.

Su presencia, Señor,que no nos falte nunca,porque es razón de nuestras vidas.Como un timón que gobernara el vientoceleste y alto de tu providencia,ella nos guía con su pulso firme.

ANTONIO CHACÓN CUESTA, 1965

PRÓLOGO

MI CASA

Su mano suave y su mirada cándidasin saberlo siquiera, dulcemente,está en todo y en todos, como un hitodonde nos aferramos a diario,es la fuente y la luz.
Cuanto recibe el toque de su graciase enriquece y cobra plenitudes.

ANTONIO CHACÓN CUESTA, 1965

PRÓLOGO Mi casa

Esta novela representa mi hogar, y mi hogar es mi madre, mi infancia, mi pueblo, mi adolescencia y toda una vida en la que mi madre ha sido mi referente más sólido.

Su casa es mi casa, siempre lo ha sido, por muchas otras en las que yo haya vivido. De ahí el título de la presente introducción, porque esta novela es una invitación a entrar en la casa de mi madre, que es el prólogo de mi vida y es ella misma y, a través de estas páginas, yo les invito a intentar conocerla, aunque sea desde la subjetividad de mi memoria.

Desde el umbral de la calle de la casa que dejamos en el pueblo al maravilloso cielo azul sobre la azotea del edificio donde vivimos en Madrid, la casa de mi madre es mi madre, su olor, su calidez, la hospitalidad que siempre demostró con todo el que llamaba a su puerta, la facilidad para abrirlas y la enorme bondad que derrochaba.

Cada palabra de estas páginas es un homenaje a ella, pero también a todas las madres, a todos los padres y a todos los hijos e hijas que puedan verse identificados conmigo.

En realidad, el libro empezó siendo una novela compuesta de anécdotas que mi madre me había contado sobre su familia, algunas de las cuales me han servido de inspiración para varias de mis novelas. Historias sobre sus antepasados que pensé que merecería la pena escribir tal y como sucedieron, sin la ficción a la que las había sometido anteriormente.

Cuando comencé el proyecto decidí recoger también anécdotas sobre mi madre que yo no quería olvidar. A medida que escribía me venían también a la memoria anécdotas de mi propia vida que fui enhebrando con las suyas. Y lo que iba a ser una publicación de apenas ochenta páginas sobre mi madre y sus antepasados se fue ampliando poco a poco hasta convertirse también en un libro sobre mí misma.

De modo que me gusta definir esta novela como una especie de diálogo entre las anécdotas de mi madre y las mías, o entre nuestras memorias. Una conversación entre recuerdos, donde mi voz se hace eco de la suya.

Porque sus recuerdos me llevaron a los míos, y decidí escribir algunos, a veces para completar los de mi madre y otras como punto de partida para alguna reflexión. Anécdotas que implican también a mi hermana gemela, fallecida unos meses antes de nuestro quincuagésimo cumpleaños.

De modo que esta novela es un homenaje a mi madre, hilvanando retazos de nuestras vidas para enhebrar su memoria con la mía.

La memoria como excusa. La traída y llevada memoria, que últimamente está traicionando a mi madre.

Gracias, mamá, por tus recuerdos, por tu forma de contarlos, por repetirlos, por olvidar que los has contado, por contarlos otra vez, y otra, y otra.

Por tu generosidad, por tu sonrisa, por tus carcajadas, por tu paciencia, por tu mirada, por tu amor, por tu ternura, por tu calma, por tu sentido del humor.

Por tantas horas felices.

EL CUARTODE LA PLANCHA

Ya no importa el dolor ni el fracaso; por encima de humana contingencia, los eleva su amorosa humildad, que se derrama, repetida y distinta en cada cosa, grande o pequeña, como si un milagro nos la hiciera rosal que deshojamos
—y florece fragante cada aurora—
 sin preguntar por qué todas las noches ha de quedar desnudo y sin espinas.

ANTONIO CHACÓN CUESTA, 1965

1. El umbral

Mi madre no tiene nombre. Solo se llama mamá, como todas las madres del mundo. Nunca se me habría ocurrido dirigirme a ella de otra manera; si acaso, a veces, cuando quiero mimarla o ser más cariñosa que de costumbre, le digo «mami», como me dice a mí mi hija pequeña, o mamina, como llaman a mi sobrina sus hijos casi italianos. No obstante, para mí, mi madre siempre ha sido mamá, como para miles de millones de personas. Sí, ya sé que no todo el mundo llama a su madre de la misma manera, hay otras variantes y otras lenguas, pero en todas ellas se produce el mismo fenómeno: tanto el concepto como el término que lo representa son unívocos e inequívocos; no hay polisemia ni sinonimia posibles, sino acepciones coloquiales como las que utilizo yo.

Sea cual sea el término elegido, una vez que una mujer se hace acreedora de llevarlo, se produce un cambio en su condición del que no hay vuelta atrás. No se puede dejar de ser madre, ni siquiera con la desaparición de un hijo se deja de serlo. La expresión «convertirse en madre» no es una forma de hablar. La transformación es real e implica cambios en casi todos los aspectos que nos definen, ya sean corporales, mentales, familiares, laborales o sociales. En ocasiones, hasta se nos identifica por este atributo, sobre todo en el colegio de nuestros hijos o cuando despuntan en algo.

Es precisamente en ese momento, cuando dejamos de ser fulanita de tal o menganita de cual, para pasar a ser la madre de fulanita de tal o de menganita de cual, cuando empezamos a entender muchas cosas de nuestras madres que nunca se nos habían pasado por el pensamiento. Nos igualamos a ellas. Ostentamos su título. Su responsabilidad. Su instinto de protección animal. Nos colocamos en el mismo umbral de la vida, del que todo parte.

No creo que haya ninguna emoción que supere a la de una recién parida cuando conoce a su hijo. Cuando le cuenta los deditos de las manos y los pies. La primera vez que el bebé le busca el pezón como un animalillo indefenso, o se aferra a su dedo meñique como si supiera que nunca podrá encontrar un lugar más seguro en el mundo.

Casi siempre que una embarazada habla de su miedo al parto yo suelo decirle las mismas palabras.

—¡No sabes la envidia que me das! ¡Vas a vivir el momento más feliz de tu vida!

Y no se lo digo por decir. Estoy completamente segura. He hecho la prueba. He preguntado a decenas de mujeres, y todas las que han sido madres me han dado la misma respuesta. Después, cada vida y cada experiencia toman caminos dispares, pero ese momento, el momento en que se conoce a un hijo, no puede superarse. Igualarse sí, cuando nace el siguiente y, si nace otro más, el otro, y el otro. Me atrevería a decir que se trata de una emoción universal, pero solo puede entenderla quien la haya sentido, nadie más.

Supongo que habrá excepciones, ¿en qué no las hay?, y, por supuesto, si las cosas no salen bien, estoy segura de que no habrá dolor más terrible, un dolor que solo puede entender quien lo haya vivido.

El dolor de una madre no puede medirse, no hay magnitud que lo abarque. Únicamente otra madre con idéntico daño puede ponerse en su piel. Nadie más.

Por otro lado, de la misma manera que no se puede dejar de ser madre, no se puede dejar de ser hijo y no se puede dejar de ser padre. Es cierto que en el último caso hay hombres que delegan o rechazan algunas responsabilidades —con muchísima menos frecuencia también sucede entre las mujeres—, pero no cambia el hecho que produjo el cambio: la conversión en padre o madre es irreversible.

Parecen una perogrullada estas reflexiones, y probablemente lo sean, pero creo necesario advertir que, en El cuarto de la plancha, mi madre siempre será mi madre, sin nombre y sin apellidos. No podría citarla de otra forma.

Por la misma razón, mi padre siempre será mi padre.

Mi padre y mi madre. Papá y mamá. No hace falta más. No hay duda posible de a quién me estoy refiriendo.

Es más, para evitar posibles agravios comparativos con la verdadera protagonista de este libro, no aparecerá ningún nombre propio en ninguna de sus páginas. Haré una excepción con el nombre de alguna ciudad y con los de algunos personajes relevantes, porque la cita me parece obligada en determinados casos, y en otros porque considero que aporta mayor significado al relato.

La forma de referirme a mi hermana gemela también será una excepción: no la citaré por su nombre, pero sí la identificaré por nuestra condición de gemelas. Por un lado, porque fue una relación completamente diferente a la del resto de las personas con las que he convivido, y por otro, porque la perdí de repente cuando teníamos cuarenta y nueve años, y tuve que aprender a vivir otra vez, como le sucedió a mi madre con la pérdida de mi padre, cuando él tenía cuarenta y cinco, casi la misma edad de mi hermana.

Al igual que con el vínculo de la paternidad y el de la maternidad, no hay analogía posible con un gemelo. Y aquí también me atrevo a asegurar que se trata de un sentimiento universal que, en toda su plenitud, no podrá entender más que otro gemelo, aunque las personas que viven o han vivido muy cerca de ellos puedan aproximarse en cierta medida. Ni siquiera los mellizos pueden comprender lo que sucede entre dos gemelos idénticos.

Mi madre solía decir: «Son ellas dos, y el resto del mundo». Y era cierto. No he conocido relación más diferente ni más generosa.

Es un sentimiento que no se puede explicar; sin embargo, este libro no pretende centrarse en nosotras ni en nuestra memoria, sino en la vida y la memoria de mi madre, a quien he tenido la fortuna de poder acompañar en sus últimos años, con su miedo a la muerte, a la soledad y a lo desconocido, sus recuerdos, sus olvidos, su ternura, su capacidad de amar y la seguridad de que se encuentra a las puertas de lo irremediable.

Sí, mi madre es el origen de estas páginas, sin nombre ni apellidos, pero con un artículo posesivo que le confiere a nuestra relación el nexo de pertenencia más fuerte de todos los que puedan existir. Mi madre es mía. Es más, la relación que nos une es absolutamente excluyente. Es solo mía. Es cierto que parió también a mis hermanos, incluso yo crecí en su vientre con mi gemela, cosa de la que presumo a la menor ocasión, pero nunca digo «nuestra madre», sino «mi madre», mía, por mucho que también lo sea de otros ocho hijos más.

Sucede lo mismo a la inversa. La relación madre-hija se define precisamente por esa univocidad. La famosa frase «madre no hay más que una» tampoco es una frase vacía. Mención aparte merecerían, desde luego, los casos de adopciones —madre adoptiva y madre biológica— y las de parejas homosexuales femeninas —madre una y madre dos—. Necesitaría reflexionarlo para poder desarrollarlo, y no tendría sentido en este contexto, pero yo diría que se cumple la misma pauta: dos madres únicas o dos únicas madres.

Yo me fui a vivir con la mía hace un par de años porque la notaba muy triste y lloraba sin razón aparente, como si estuviera deprimida. Después supimos que lloraba porque había sufrido pequeños derrames cerebrales que le afectaron a la parte frontal del cerebro, donde se segrega la serotonina, la hormona que produce la sensación de felicidad. No estaba deprimida, sino empezando un proceso degenerativo que, unido a las lógicas consecuencias de sus años, le iría mermando la memoria y la capacidad de concentrarse.

Fue entonces cuando decidí escribir las anécdotas que empezó a repetirnos, sin darse cuenta de que las habíamos escuchado muchas veces y, para mi sorpresa, también algunas completamente nuevas para mí.

Un tesoro que quise guardar para poder escuchar su voz siempre que quiera.

2. El pasado remoto

A mi madre le da miedo la muerte, y, no sé por qué, es católica de misa diaria siempre que puede o, mejor dicho, siempre que pudo. Ahora no. Ahora la ve desde el salón de su casa. Los días de diario en 13 TV, los sábados y domingos en La 2.

Los lunes le lleva un sacerdote la comunión, y los miércoles, unas señoras de la parroquia que charlan un rato con ella y son adorables. A veces, solo a veces, conseguimos llevarla a la iglesia en una silla de ruedas. Pero suele resistirse al paseo, entre otras cosas porque le aterra pensar que la vamos a tirar, y porque todavía le puede la coquetería y no le gusta que nadie la vea como si estuviera impedida, la conozcan o no.

El pasado verano, el día de la Revolución francesa, cumplió noventa y cinco años. Ella siempre presume de esa fecha, a pesar de que se declara monárquica de toda la vida como su padre, que en la guerra civil ingresó en la cárcel republicana por su lealtad a la corona y, terminada la guerra, en la de los sublevados, porque no quiso levantarse de su sillón cuando se lo ordenaron para recibir a Franco en el casino del pueblo.

—Yo solo me levanto ante el rey.

Y acabó sentado entre rejas.

Mi madre nos cuenta las historias de sus padres un día sí y otro también, como si fuera la primera vez, precedida de una coletilla que tampoco deja de repetir.

—Creo que ya os lo he contado.

Es cierto, lo ha contado a menudo, ella lo sabe, pero continúa su relato con la misma emoción que si nos estuviera descubriendo un secreto y le quedase poco tiempo para desvelarlo.

También repite muchísimo una frase que parece haber adoptado como un mantra, para alejar el miedo a la muerte que no puede reprimir.

—Últimamente me acuerdo mucho de mi madre. Será que me voy a morir.

Pobre mamá. Es como si la memoria remota se estuviera expandiendo sobre la reciente, capa sobre capa, y la estuviera sepultando. De vez en cuando me pregunta cómo me llamo o cómo se llaman mis hijas, mis hermanos o los hijos y nietos de mis hermanos. Sonríe como si fuera un despiste y finge que no tiene importancia para que no me preocupe, pero yo sé que, en ese momento, siente que se le está borrando su historia, porque no solo ha olvidado nuestros nombres, sino las emociones y los sentimientos asociados a cada uno de nosotros.

Olvidar es asomarse al vacío, deshacer lo vivido, diluirlo o difuminarlo, alejarlo poco a poco hasta perderlo de vista.

Cada sílaba de un nombre, cada letra, cada sonido perdido se lleva consigo un instante, una parte del otro, la evocación de un momento que creíamos que nos acompañaría siempre. Y la parte se transforma inevitablemente en el todo, en una suerte de metonimia diabólica capaz de tomar lo uno por lo otro.

—Fíjate, yo ahora no me acuerdo de la muerte de tu hermana —me dice de vez en cuando, con la voz más dulce del mundo y los ojos más dulces aún.

Y yo le digo que mucho mejor, que para qué recordar cosas tristes. Pero me entran unas ganas de llorar… La parte por el todo, o el todo por la parte, ¡qué más da! El caso es que el olvido se muestra inmisericorde, cruel e invasivo. Una rueda que avanza despacio, aplastando los retazos de un tiempo que ya nunca se convertirá en pasado.

La muerte de mi padre, sin embargo, la recuerda perfectamente después de más de medio siglo. El pasado remoto y sus deseos de volver. Parece una contradicción, pero no creo que lo sea. Probablemente, el pasado se presente más limpio, más sano, depurado por un tamiz hecho a medida, para que todo se ajuste sin roces y seamos capaces de recordarlo sin tener que volver a vivirlo. Sin daño.

—Lo llevamos en una ambulancia desde Madrid para no pagar el entierro en todos los pueblos por los que había que pasar. Tu tía me tapó la cara al pasar por el mío, para que no viera la torre de la iglesia ni el cementerio.

Se refiere a una de las hermanas mayores de mi padre. Ella siempre la cita por su nombre, pero lo omito aquí por las razones que expliqué anteriormente.

—¿Por qué haría eso? —le pregunto, como todas las veces que me lo ha contado ya.

—No sé… Será porque estaban enterrados mis padres… No sé…

Y se queda mirando al vacío, reviviendo el momento.

Hace casi cincuenta y cinco años.

No me imagino lo que debió de sufrir.

No creo que pueda imaginarlo nadie.

No en el grado en que ella sufrió.

No.

—¡Qué tonterías se hacen a veces! —continúa mi madre, cargada de razón.

Y después añade en un tono reflexivo, donde aún guarda el desconcierto y las manos de mi tía delante de sus ojos:

—Como si se pudiera sufrir más de lo que ya estaba sufriendo.

Por fortuna, existe la esperanza de que el tiempo actúe y transforme lo insoportable en soportable.

—Deja que el tiempo haga su trabajo —me dijo a mí una amiga en uno de los momentos más difíciles de mi vida.

En aquel entonces me resistí a darle la razón, en parte porque no quería que se empezase a borrar lo vivido, y en parte porque creo que no era el momento, todavía no; todavía no podía darle ninguna oportunidad al tiempo.

Pero es cierto que cura. Al menos la sangre. Las heridas se cierran poco a poco y van dejando paso a las cicatrices, esas huellas que nunca se borran, las que se resienten con los cambios de temperatura y humedad, y parece que laten, hundidas en la piel.

A mi madre se le notan cada día más, igual que las venas azules y abultadas de las manos, preciosas manos deformadas por la artrosis, pero bellas aún. Manos de madre, temblorosas y permanentemente activas: cuando no escribe crucigramas, dobla pacientemente un papel, se lima las uñas, o sencillamente se las mira. Antes le gustaba mucho coser, pero ahora casi no puede, aunque a veces nos sorprende. En cierta ocasión, ante la incredulidad de la chica peruana que la cuida, se empeñó en arreglar un delantal que se había descosido: enhebró la aguja ella sola y lo cosió como en sus mejores tiempos, con las puntadas algo más largas pero perfectamente alineadas, todas iguales.

De sus cicatrices no se lamenta nunca, es como si se hubiera acostumbrado a llevarlas y no hiciera falta nombrarlas. De la espalda y del cuello sí se queja, siempre le duelen. También se queja de que está sola, porque se olvida de que sus hijos nos estamos turnando para acompañarla de día y de noche.

Está más mimosa que nunca, reclama nuestra atención como una niña pequeña y le tiene miedo a morirse.

—A mí la muerte me da mucho miedo, y la tengo ya cerca… Será por eso por lo que ahora me acuerdo tanto de mi madre.

Y yo le pregunto por qué tanto miedo, ella no debería tenerlo: es buena, la más buena del mundo; ha sufrido mucho, mucho más que la mayoría de la gente que conozco; se ha sacrificado siempre, sobre todo por sus hijos, incluso más allá de lo necesario.

En medio de su dolor, consiguió mostrarnos la cara mejor de la vida, la más amable. Para que la mirásemos de frente, para que no nos costara vivirla, para que supiéramos que merece la pena levantarse cada día, buscar un rayo de sol, aunque estemos en medio de la negrura más absoluta, y construir recuerdos bonitos pase lo que pase.

Qué suerte tuvimos.

Porque todas las madres no son iguales, algunas ostentan el título con más orgullo que otras, o más ganas, o más derecho, no sé…

Algunas amigas me han contado cosas de sus madres que jamás hubiera imaginado que podían suceder. En cierta ocasión, una de ellas, escritora también, me propuso participar en un proyecto que estaba poniendo en marcha, donde debía explicar mi experiencia de cuando mi madre me contaba cuentos. Para aceptar la propuesta empecé por una frase más bien retórica, en la que me preguntaba a mí misma a quién no le ha contado su madre un cuento o miles de ellos.

—Te sorprenderías con las respuestas que he recibido —me contestó mi amiga.

Y me sorprendió, desde luego, la cantidad de madres diferentes a la mía que pueden encontrarse.

Por supuesto, conocía historias de madres cuya imagen no se corresponde con mi idea de la maternidad, pero siempre las había considerado como excepciones, cuando en realidad es más habitual de lo que yo hubiera imaginado.

El caso es que nosotros hemos sido afortunados con la nuestra.

Querida mamá, qué suerte tenerte.

3. El abrigo en el armario

La vida empieza muchas veces. Es algo que he dicho en más de una ocasión y repetiré en muchas otras. Unas veces empieza por propia voluntad, porque decidimos emprender un camino diferente al que llevábamos y dejar otros de lado, y otras veces porque la misma vida se empeña en un quiebro al que no podemos negarnos, sin alternativas, sin más opción que la que se impone delante de los ojos: o sigues, o no hay otro lugar por donde avanzar. Ni senderos, ni sendas, ni atajos, ni desfiladeros, ni arroyos, ni ríos, ni mares, ni océanos. No existe la posibilidad de quedarse parados mirando.

Vivimos tantas vidas como caminos por los que transitamos, obligados o no, y todas merecen la pena ser vividas, aunque algunas se esfuercen en parecer otra cosa.

Me lo enseñó mi madre, recién cumplidos los cuarenta y un años, cuando emprendió un viaje sin retorno a una ciudad desconocida, en contra de la opinión de los que creían que se hundiría en la desesperación, en la ausencia de un hombre que se fue demasiado joven y la hacía feliz. Muy feliz.

—No seas loca. ¡Cómo vas a mudarte a Madrid! ¿De qué vas a vivir? Aquí tienes muchos amigos que pueden ayudarte a salir adelante y tu hijo puede trabajar en la fábrica.

Se referían a mi hermano mayor y a una fábrica de motores con patentes propias situada en el pueblo, que se había ganado fama internacional.

Mi hermano apenas tenía catorce años.

Mi padre era el alcalde del pueblo, y su muerte había conmocionado a toda la provincia. El féretro se instaló en el ayuntamiento y de allí salió a hombros hacia la parroquia donde se ofició la misa de cuerpo presente. Todo el pueblo se volcó en la despedida. Mucha gente llegó desde los pueblos vecinos, e incluso desde la capital de la provincia, para rendirle tributo en un entierro multitudinario que presidió mi hermano mayor con muchísima entereza.

Caminó tras el féretro hasta al camposanto como si fuera el cabeza de familia, tan sereno como los adultos que portaban el ataúd y como los que se habían congregado para acompañar a la comitiva fúnebre, tan entero y tan controlado.

Todos en silencio. Guardándose las lágrimas.

Los hombres no lloraban a mediados de los años sesenta, y las mujeres se quedaban en casa de la recién viuda durante el sepelio, rezando el rosario. Las cabezas cubiertas con un velo negro, las ventanas y las contraventanas cerradas.

Desde la parroquia hasta el cementerio había que pasar por mi casa necesariamente. Me pregunto qué sentiría mi hermano al ver pasar el féretro por la puerta. Y cómo evitarían las mujeres que rezaban el rosario que mi madre escuchara el silencio de la comitiva.

—Hoy te has portado como un hombre —cuenta mi madre que le dijeron al terminar la ceremonia—. Toma, te lo has ganado.

Y le dieron un cigarrillo que ella piensa ingenuamente que fue el primero.

—Lo enviciaron con catorce años. Pobrecito. Me tenía que haber negado a que fuera al entierro. No sé a quién se le ocurrió que tenía edad para pasar lo que pasó.

Los demás no vimos a mi madre hasta después del entierro. Ella había preferido que recordásemos vivo a mi padre. La noche anterior nos habían distribuido para dormir en casas de amigos y familiares, para que no presenciáramos la llegada y la salida del ataúd, expuesto durante horas sobre la mesa del comedor que se usaba tradicionalmente para las grandes ocasiones.

Las campanas de la iglesia se oyeron a la mañana siguiente con toda claridad desde la casa donde pasamos la noche mi gemela y yo. Un tañer lento y seco, sin redoble, sin repique, sin más ritmo que el silencio que retumbaba entre una campanada y la siguiente.

Cuando terminaron los rituales nos llevaron a casa, con la previa advertencia de que no podíamos llorar.

—Delante de vuestra madre no se llora —nos dijo la hermana menor de mi padre con toda su buena intención, pero también con un resultado nefasto que nos marcaría para siempre.

Mi gemela y yo acabábamos de cumplir once años.

Nunca podré olvidar la imagen de mi madre vestida de negro, sentada en el sillón en el que había velado el cuerpo de mi padre. Amado cuerpo, frío, rígido, pálido, sin voz y sin caricias, ausente del hombre más bueno del mundo.

Mi madre nos abrazó en silencio, conteniendo el llanto, como nosotras. Abrió los brazos para que nos acercásemos y los cerró para abarcarnos a las dos. Nunca lo podré olvidar. Nunca. Nunca.

Un latigazo seco, sin lágrimas, sin aspavientos. Un desgarro de herida sin sangre. Un quejido sin lamento. Un pozo profundo, sin luz y sin fondo.

Quien nos dijo que no se lloraba delante de mi madre quiso protegerla, y ella nos abrazó en silencio porque quiso protegernos a nosotras. Pero sin llanto no hay cauce por el que vaciar el dolor, no hay grito, ni alivio, ni desahogo. Ni forma de entender qué ha pasado cuando acabas de cumplir once años.

Tampoco podré olvidar nunca que, cuando llegamos a Madrid, mi madre se escondía en su cuarto, metía la cabeza en el armario, donde ya no quedaba de mi padre más que un abrigo de paño de lana, y rompía a llorar abrazada a él, creyendo que no la escuchábamos.

El abrigo existe todavía; mi madre se lo ajustó a mi hermana pequeña, quien lo usó durante mucho tiempo. Supongo que hoy lo seguirá guardando en algún armario. Un recuerdo táctil imperecedero.

Es curiosa la capacidad de los objetos para retener el tiempo y el espacio, y devolvérnoslos cada vez que los miramos, como si fueran fotografías que fijan un momento concreto de la vida.

Yo siempre he dicho que las cosas son cosas, no hay que aferrarse a ellas, sino aprender a desprenderse. Tengo una amiga que dice que el contenido de un cajón que no se haya abierto en un año se puede tirar directamente sin mirarlo, a no ser que se trate de documentos o de joyas. Sin embargo, pensando en el abrigo de mi padre, pienso que hay cosas que trascienden la materialidad y, en cierto modo, se convierten para nosotros en una parte de lo recordado. El abrigo que guarda mi hermana no es el abrigo de mi padre, es una parte de él. Ya no conserva su olor, pero, si mi hermana volviese a ponérselo hoy, más de cincuenta años después de la última vez que él lo llevó, ella ocuparía el mismo espacio que él ocupó y se sentiría abrigada de idéntica forma.

A mí me pasó lo mismo con una chaqueta roja que se ponía mi gemela con mucha frecuencia. Su hija mayor me la regaló cuando ella murió, y yo me la ponía pensando que mi hermana me abrazaba y me daba su calor.

Tres años después, el padre de mi hija pequeña sufrió una muerte súbita. Estuve dieciséis años con él y lo había querido con locura. Aunque llevábamos unos años separados, nuestra relación, además de en nuestra hija, se basaba en el recuerdo del amor que habíamos vivido. Un amor loco, apasionado, profundo, lleno de todo tipo de momentos posibles, buenos, malos, pésimos, regulares y hermosísimos.

Fui yo quien tuve que vaciar su casa, la que había sido de los dos, donde vivíamos cuando nació nuestra hija, donde mi hija mayor —fruto de mi matrimonio anterior, con el hombre más bueno de todos los que he conocido— hizo las amigas que casi treinta años después siguen siendo sus amigas.

Mi casa, su casa, nuestra casa.

La casa en cuyo jardín plantamos un laurel pequeñito que hoy es un árbol enorme.

La casa donde murió.

La heredó mi hija pequeña. Tenía catorce años —los mismos que mi hermano mayor cuando murió mi padre— y tardó bastante tiempo en entender que una casa vacía se acaba cayendo. Había que venderla o alquilarla —así lo hizo mi madre con la nuestra del pueblo—. De venderla, mi hija no quiso ni oír hablar; consintió en alquilarla con la condición de que cuando ella fuese mayor pudiera vivir allí y conservase los muebles.

Es muy difícil explicar lo que sentí al vaciarla. Yo sola. Completamente sola, a excepción de los operarios de una empresa de mudanzas que contraté. No sé por qué no pedí ayuda a algún amigo o a mis hermanos, quizá porque aquella casa era él, como el abrigo era mi padre. Y también era yo. Los dos. Y era mi forma de despedirme, sin testigos, para dejarme llevar sin necesidad de controlarme.

La casa estaba prácticamente igual que cuando me marché. Me sorprendió mucho que en casi todos los cajones, en las mesillas, en el aparador y en su mesa de despacho guardaba fotografías mías.

Preparé una caja con las fotos y algunas cosas que podría gustarle conservar a nuestra hija, y el resto fue a los camiones de mudanza.

A un lado, uno con todo lo que me parecía que no debíamos conservar, al otro, un segundo camión con destino a un guardamuebles, con aquello que sabía que a mi hija le alegraría volver a ver al cabo del tiempo, cuando fuese mayor.

Entre las cosas que guardar, había tres saxofones de su padre: un barítono, un soprano y un alto. El barítono y el soprano se los regalamos a su hermano —el primero había sido de él y se lo había prestado—, el alto lo conserva mi hija como un amuleto.

A veces lo acaricia y lo mira. Es como si el aire de los pulmones de su padre aún estuviera en la boquilla, en el cuello, en el cuerpo y en la campana del saxo. Como si pudiera sentirlo o tocarlo. El saxofón es su padre. Pero no solo el que tocaba él: cualquiera que vea o que escuche lo es. Tanto es así que se ha tatuado uno pequeño en un costado, a la altura del corazón.

Podría decirse que la sensación a la que yo me refiero tiene un efecto similar al que produce el fetichismo o las reliquias religiosas, pero sin adjudicarle ningún poder sobrenatural o mágico, aparte del enorme poder evocador que pueden alcanzar, y su capacidad de quedarse en nosotros como si imprimieran carácter.

Mi hija pequeña y los saxos estarán unidos de por vida. Igual que mis hermanos y yo estaremos unidos siempre al abrigo de mi padre.

De la misma manera, hay reacciones ante determinados acontecimientos que se quedan en nosotros para siempre. Aunque pensemos que se han superado, aunque el tiempo y la memoria consigan que se pierdan en un limbo del que quizá no regresen. Pero ahí están, en los pliegues de la piel, en el brillo de los ojos, en el tono de voz, en la forma de mirar y dejarnos mirar. Imprimiendo carácter.

La decepción ante la noticia de la muerte de mi padre, la primera muerte que me tocaría vivir, supuso para mí una de esas reacciones.

La misma mañana en la que él viajaba hacia el pueblo en una ambulancia, con los ojos cerrados para siempre, nos habían llevado a rezar a un cristo milagroso muy venerado en el pueblo, para que pidiéramos por su curación.

Como caso excepcional, nos habían permitido subir hasta el retablo del altar mayor para besarle al Cristo los pies.

Nueve niños, uno detrás de otro, por las escaleras de caracol que terminaban a los pies del único que podía obrar el milagro.

Desde lo alto del retablo podía verse la nave central de una iglesia que parecía inmensa, completamente vacía.

Dice la leyenda que el brazo del Cristo se partió y se separó del cuerpo, no recuerdo cómo, y se había soldado solo. La imagen conservaba la marca de la soldadura, una cicatriz sobrenatural, donde residía su capacidad milagrosa.

Las heridas de las manos y del costado sangraban redentoras, tan bien esculpidas que parecían húmedas y saladas.

Los pies atravesados por un clavo enorme.

Nuestro beso en la sangre.

Nuestra oración en silencio.

Del hermano mayor al menor, en estricto orden, pero todos con la misma plegaria.

—Para que papá se ponga bueno. Para que papá se ponga bueno. Para que papá se ponga bueno.

Un imposible.

Un absurdo.

Un desvarío.

Una insensatez.

Una torpeza de los que sabían que ya no había lugar para esos rezos y no se detuvieron a pensar en las consecuencias que podrían acarrearnos.

Adiós a la inocencia.

Aquella visita supuso para mí un antes y un después en mis creencias y en mi confianza en el mundo de los adultos. El inicio de mi segunda vida, cuando mi infancia se rompió en añicos y las ropas se tiñeron de negro. Las de mi madre, completamente. Las nuestras, de alivio de luto. Blanco y gris para los niños. Para las niñas, blanco y negro, grises en todas sus gamas y algún toque de florecitas moradas.

Y para todos, una tristeza infinita y el desarraigo. La vida que empieza otra vez, muy lejos, muy diferente, incomprensible a ratos, ajena. En un entorno extraño, con calles interminables y distancias que no podían recorrerse a pie. Una vida de ciudad para la que nadie nos había preparado.

4. Tiempo de descuento

A nuestra llegada a Madrid, mi madre nos construyó uno de esos recuerdos que se quedan para siempre, uno que reproduje en una escena de mi primera novela, como homenaje a mi madre, cambiando los elementos para que tuvieran sentido en el tiempo y el lugar donde se desarrollaba la historia.

Mi hermana gemela y yo estudiábamos internas en un colegio de monjas de Madrid junto a mi hermana pequeña (la menor de las niñas y la séptima en el orden general). El resto de mis hermanos estudió en un pueblo cercano al nuestro, también en un internado; los niños en uno de curas y las dos niñas mayores (segunda y tercera en el orden general) en uno de monjas, donde mi gemela y yo cursamos el primer año del bachillerato, internas también. O sea que mi gemela y yo estudiamos internas en dos colegios diferentes: el primer curso del bachillerato elemental, en el mismo colegio que mis hermanas mayores, en un pueblo cercano al nuestro; y después en un colegio de Madrid, con mi hermana pequeña, donde cursamos el resto del bachillerato elemental y el bachillerato superior.

Desde nuestro colegio de Madrid se podía ver a lo lejos, muy a lo lejos, la sede de una marca alemana de electrodomésticos de enorme prestigio, situada en una zona de ampliación de la capital donde se estaban construyendo edificios muy modernos para la época. La primera televisión de mi casa, la primera lavadora y el primer frigorífico habían sido de esa marca. El logotipo de la empresa, en forma de anuncio luminoso situado en lo alto del inmueble, resplandecía en amarillo cuando nosotras subíamos las escaleras del internado, de camino a los dormitorios.

Mi madre trabajaba en el servicio de administración de una clínica muy conocida en Madrid, en el turno de tarde y, desde el autobús en que regresaba a casa al final de la jornada, también veía el edificio coronado con la marca de nuestros electrodomésticos.

No sé cómo, seguramente por azar, o porque lo comentaríamos algún día al pasar en el autobús, mi madre supo que veíamos el mismo edificio casi al mismo tiempo —ella cuando volvía de trabajar y nosotras cuando subíamos al dormitorio para acostarnos— e inmediatamente estableció una costumbre que se quedó para nosotras en un recuerdo imborrable.

—Cuando subáis las escaleras por la noche, mirad el edificio del anuncio; así estaremos juntas, porque yo también lo estaré mirando. Y si algún día pasáis más tarde o más temprano, no os preocupéis: al día siguiente recogéis mi mirada por la mañana, porque yo la habré dejado ahí para vosotras.

Todavía recojo sus miradas cuando veo el edificio. Porque todavía están allí. Ya no existe el anuncio de luces amarillas, pero a mí me sigue deslumbrando siempre que lo miro.

Qué grande, mi madre.

Y era tan joven… Cuarenta y un años recién cumplidos, la edad que tiene ahora mi hija mayor. Acababa de quedarse viuda de un hombre con el que fue la mujer más feliz de la Tierra.

Corría el mes de septiembre de 1965 cuando él la dejó.

—¡Qué pena me da de ti! —le dijo antes de cerrar los ojos, tras nombrar a sus hijos uno por uno.

Cómo no iba a darle pena. A él y todos los que los rodeaban. Nueve niños, el mayor de catorce años y el pequeño de cinco, y una vida maravillosa truncada de golpe.

«¿Qué va a ser ahora de ella?», pensaba la familia, los amigos y todos los que los habían visto mirarse como se miraban y quererse como se querían.

Sin embargo, mi madre era mucho más fuerte de lo que nadie imaginaba. Mucho más. Lo sigue siendo con casi un siglo de vida.

Pero le teme a la muerte.

Yo a veces me indigno, porque pienso que ha sido la Iglesia católica la que le ha infundido ese miedo. El fuego del infierno, las ánimas del purgatorio, los sufrimientos eternos, la justicia divina y el temor de Dios le han calado muy hondo y, ahora, cuando la religión debería ser el bálsamo que la ayudase en el trance, la aterra enfrentarse al momento que debería traerle la paz y el descanso.

Noventa y cinco años creyendo en un más allá donde reencontrarse con sus seres queridos y, cuando debería alegrarse porque pronto volverá a ver a mi padre, a los suyos, a mi hermana, a la suya y al suyo, a sus íntimos y a toda una corte celestial a la que siempre se ha encomendado, resulta que tiene pavor. Y si yo le pregunto qué es lo que tanto la asusta, me dice que el trance, el no saber cómo será.

—Será dulce —le respondo yo, intentando mostrarle otra cara de la muerte, como ella hizo con nosotros con las de la vida.

Y añado que lo vimos en mi hermana, que murió con una sonrisa en los labios; en su hermana mayor, que vio el famoso túnel y la luz resplandeciente y caminó confiada hasta que, al llegar al final, dijo no haber encontrado a ningún conocido y se volvió para atrás; en su hermana pequeña, que creyó morirse por un golpe de calor y se preparó abrazada a su crucifijo más querido, herencia de mi abuela.

—¿Y qué sentiste? —le pregunta mi madre de vez en cuando, como si fuera la primera vez, y mi tía le responde, también como por primera vez.

—Mucha paz.

—A mí me da miedo que duela.

—Yo no sentí nada, solo que me estaba muriendo, y no me importaba. No vi ningún túnel ni nada parecido. Me dio pena de mis hijos —y añade como si las dos lo hubieran hablado otras veces y hubieran llegado a un acuerdo—. Pero ya sabes que yo me tengo que morir antes que tú.

—Pero si yo soy mayor que tú, te saco tres años. Por edad, me moriré yo antes.

—De eso nada, que ya se me adelantó mi marido y no voy a repetir.

—¡Anda, y a mí también el mío!

Y se ríen de la ocurrencia, y continúan riéndose mientras simulan una disputa por ganarse el primer puesto en su carrera particular, porque las dos quieren librarse del sufrimiento de perder a la otra.

Las dos hermanas, viejitas y desmemoriadas, esperando a la muerte, sabiendo que no falta mucho para encontrarse con ella. Mi tía, tranquila, porque ya la ha sentido, y mi madre pensando que el trance será doloroso. Yo creo que por eso se resiste y aguanta, a pesar de su espalda encorvada, de sus piernas, que no le responden como ella quisiera, del pudor que le produce tener que dejar que la cuiden y de un día a día en que de vez en cuando se olvida de cómo se llaman sus hijos y nietos.

¡Qué tristeza! ¡Pobrecita, mi madre!

Se resistió a que contratáramos una interna como gato a la defensiva, pero llegó un momento en que no nos quedó más remedio. Nosotros ya no tenemos edad para levantarla, lavarla, acostarla y todos los etcéteras que su pudor no le dejaría nombrar. Así es que contratamos a una chica peruana que enseguida desarrolló hacia mi madre un cariño grandísimo y se ganó el de ella con la misma facilidad. A mí me gusta llamarla «Sol del Perú», y así es como ha entrado en nuestra casa, como una presencia cálida y amable que le hace a mi madre la vida mucho más fácil.

A muchos de mis amigos les sucede lo mismo, hemos llegado a la edad en que los padres dependen de nosotros, como nosotros dependíamos de ellos cuando éramos niños y los necesitábamos para sentirnos seguros.

La historia repetida.

Ahora son sus inseguridades las que hay que gestionar. Sus vacíos, sus recelos, sus saltos de memoria y un tiempo de descuento al que aferrarse, porque puede más el terror hacia lo desconocido que la necesidad de descansar.

Todos sabemos que vamos a morir, es lo único de lo que podemos estar seguros. Lo dijo Sócrates cuando lo condenaron a beberse la cicuta. Famosa cicuta que lo hizo eterno y nos dejó una reflexión que se ha convertido en un dicho popular incuestionable, un axioma sobre el que han teorizado los filósofos de todos los tiempos.

Pero llega un momento, como el caso de mi madre, en que ya no se trata de una reflexión, sino de la seguridad de su cercanía.

Ella sabe que le queda poco tiempo; su miedo no es teórico, ni abstracto, ni puntual. Ni siquiera se plantea una cuenta atrás que podría interrumpirse de golpe, sin aviso, de forma repentina.

—A mí me gustaría morirme dormida. Sin enterarme.

Nos mira con una mirada que últimamente cuesta mantener, porque sus ojos ya no son los que eran, vivos y sabios. Con frecuencia parecen perdidos, como si estuvieran muy lejos y no supieran que han de volver.

Y nosotros también nos sentimos perdidos, porque queremos que siga viviendo y al mismo tiempo deseamos que se cumplan pronto sus deseos, que no se deteriore más, que se quede dormida, que no sufra, que no haya que ingresarla y llenarla de cables y tubos, que se vaya tranquila.

Y cada noche nos acercamos a su cama deseando y temiendo al mismo tiempo que sea la última vez que la arropamos, el último beso, la última caricia. Las buenas noches de la despedida.

—Hasta mañana, mamá, que duermas bien.

5. El disparo

Las vidas de mi madre empezaron el 14 de julio de 1924. Ella se siente muy orgullosa de compartir cumpleaños con la revolución que cambió la historia del mundo y del pensamiento. Libertad, igualdad, fraternidad.

Ella no ha sido nunca consciente, pero, contra aquello que representa ese lema francés, heredado de los constructores de las catedrales del medievo, se sublevaron los que llevaron a su país al desastre cuando ella acababa de cumplir doce años. El comienzo de su segunda vida. Y no solo por vivir una guerra; ni por el hambre; ni porque pasó parte de la contienda interna en un colegio de Córdoba, donde las monjas intentaban que confundiera el ruido de las bombas con una tormenta, y donde se alojó un regimiento, no recuerda de qué ejército. Cuando tenían que refugiarse en el sótano por los bombardeos, las monjas colocaron unas sábanas para mantenerlos separados de las niñas, y las mayores se asomaban por las rendijas para mirarlos; ni porque apresaron a su padre y no lo reconoció al regresar, cuando escapó con las ropas medio quemadas, gracias a un agujero que abrieron las granadas que lanzaron los milicianos dentro de la iglesia donde lo llevaron preso.

—A mi padre se lo llevaron en pijama. Mi hermana mayor ya estaba casada y llegó de la calle diciendo que venían los milicianos a por su marido; entonces salió mi padre a la puerta para decir que no estaba en casa, y resulta que venían a por él. Se lo llevaron tal como estaba. No le dejaron vestirse.

No obstante, no fue esa la única razón por la que mi madre empezó una segunda vida. No fue solo a causa de la guerra, sino por la pérdida definitiva de su infancia, porque quizás hubiera podido conservarla, a pesar de todo el horror, si un fusil no hubiera disparado contra ella.

El tiro se efectuó desde la torre de la iglesia, la misma iglesia de la que había escapado su padre de milagro con el pijama chamuscado; la misma que quemarían después los sublevados para castigar a los milicianos que se habían refugiado en su interior.

Mi madre jugaba en el patio de su casa cuando le dispararon.

Los juegos de los niños deberían mantenerlos a salvo. Envolverlos con su escudo protector y permitir la ilusión de que la vida será siempre así, un día igual a otro, sin preguntas, sin preocupaciones, sin sobresaltos. Protegidos por las manos amorosas de los padres. Manos todopoderosas, capaces de solucionar cualquier problema y arreglar cualquier juguete. Manos que acarician y calman. Manos en las que confiar, firmes y fuertes, a las que aferrarse sin miedo y sin dudas.

La infancia es un lugar donde poder acomodarnos. El reducto más puro de la vida, protegido e inexpugnable. Un territorio seguro, fortificado contra todo tipo de peligros.

O sería mejor decir que debería serlo.

—Mi madre, en vez de atravesar el patio y venir a por mí, me decía que corriera hacia el otro lado del patio, donde estaba ella con mis hermanos. «¡Corre, corre! ¡Ven aquí! ¡Corre! ¡Cruza deprisa!» Me lo decía como si fuera fácil cruzar. «¡Venga, no seas tonta, corre!» Pero yo estaba paralizada.

Aún recuerda el sonido de la bala. Alcanzó la pared desviada apenas unos centímetros de su cabeza, milímetros quizá. Un mínimo espacio entre la vida y la muerte. Un juego del destino. Un golpe de suerte al que no le da ninguna importancia, porque lo más significativo, lo que siempre resalta al contarlo, lo que hizo que su infancia se rompiera en añicos, fue que su madre no cruzase el patio para rescatarla. Si lo hubiera hecho, probablemente ninguna de las dos habría sobrevivido, pero su mente de niña no pudo con el abandono, el miedo, el resplandor de la boca del fusil, el fogonazo, la bala incrustada en la pared a unos milímetros de su cabeza y la falta de la mano de su madre tirando de ella.

—¡Qué cosas! Con lo buenísima que era mi madre y lo que pensó siempre en nosotros, y me dejó allí sola.

Y lo era, todo el mundo quería a mi abuela. La llamaban con el tratamiento de doña delante de su nombre en diminutivo, y la adoraban. Murió un año exacto antes de que naciera mi hermana mayor, pero en mi casa hemos escuchado tantas historias de ella que se diría que la hemos conocido.

Curiosa memoria. A veces construye recuerdos por sí misma y los incorpora sin tener en cuenta si sucedieron o no. Otras veces deforma el pasado, lo adapta a su aire y nos hace creer que estuvimos donde no lo hicimos, o nos apropiamos de vivencias ajenas como si fueran nuestras y las recordamos tan vívidamente que volvemos a experimentar lo que nunca experimentamos.