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La Hacienda de la Cumbre está marcada por la tragedia. Años atrás, su propietario, el vizconde de Altaslomas, perdió a su mujer en un incendio que también arrebató la vista a su hija. Ahora, una noche de diciembre de 1870, un grito desgarrador procedente de la casa vuelve a acabar con la paz en Aldea del Risco. La hermana del terrateniente ha encontrado a su sobrina de dieciocho años asesinada. Todo ha pasado muy rápido. Apenas la ha dejado sola cinco minutos para ir a rellenar de aceite el quinqué y, cuando ha vuelto, la ha encontrado en un charco de sangre, reclinada sobre la mesa, con un corte limpio en el cuello. Todos callan y todos mienten. Pero algo parece estar claro, el padre de la víctima tenía una relación muy extraña con su hija y no colabora con la investigación. Los indicios apuntan hacia el entorno familiar. Sin embargo, la tía de la víctima, la única testigo de los hechos, recuerda que vio a dos hombres embozados saliendo del patio. ¿Conseguirá descubrir la Guardia Civil la verdad?
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Seitenzahl: 593
Veröffentlichungsjahr: 2025
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INMACHACÓN
Los ojos de Bruna
A mi familia,mi ancla siempre.
Y todos los que saben versin ayuda de los ojos,en especial a Carmen, a Silvia y a Jenniferque me enseñaron tanto.
La luz es más que un agente físico que hace visibles las cosas. Es el orden, un patrón repetitivo que da forma a la vida que me rodea. La descubro tocando, surcando los límites, percibiendo cómo los rayos impactan sobre las texturas.
La madera es luz, en su nacimiento y en su muerte, bajo el yugo del fuego. Junto a ella, los ruidos luminosos gritan alegría, la fuerza de una presencia, allí, donde se corta el viento y la textura reluce transmitiendo calor.
Las flores también son mi luz, suavidades llenas de vida. Porque yo no la busco, sino que la llevo dentro, en el corazón, y se proyecta hacia todo lo que toco.
El agua y sus sonidos me inspiran luz, una luz muy brillante. Puedo sentir los reflejos de ese espejo inmaculado.
Cuando el calor del sol roza mi piel y sube la temperatura, a mi alrededor todo despierta, salgo a celebrar la luz. Acepto esa invitación al regocijo para continuar con el juego, el juego de las cosas importantes.
La luz es emoción porque es variable y contagiosa. Encontrar el equilibrio entre la luz y la sombra, entre el movimiento y la quietud, entre la palabra y el silencio. Luz.
Silvia Micó, Ternura y coraje
La niebla se extendió sobre la comarca como un velo blanquecino que presagiaba malos tiempos para la aldea, invasivo y transparente. La noche estaba a punto de caer, pero el aire aún conservaba la luz azulada de las últimas horas del día. El frío se había incrustado en los tejados, en los muros, en los troncos de los árboles, en las piedras de las tapias y en los adoquines de las calles, en forma de minúsculas gotas heladas.
El poblado coronaba la cima de un cerro de casi ochocientos metros de altitud conocido como el Monte del Risco, cuyas laderas pertenecían a dos provincias limítrofes que se arrogaban el derecho de propiedad de toda la montaña, sin haber llegado a un acuerdo jamás.
En el punto más alto de la cumbre, junto al campanario de la iglesia, sobresalía un caserón flanqueado por dos torres gemelas, al modo de los castillos medievales. La casa, como el resto de las viviendas del lugar, pertenecía a una familia nobiliaria, los vizcondes de Altaslomas.
No era la primera vez que la comarca sufría una bajada de temperatura similar a la de aquel mes de diciembre. Diez años atrás, la aldea vivió otra noche helada que se quedaría en la memoria de todos como un referente de la tragedia. Un suceso de consecuencias irreparables, en medio de un frío como el de aquella noche. Un frío que corta y que duele. El mismo que sintieron los lugareños cuando sonó la última campanada de las ocho, y se oyó un grito que retumbó entre la niebla y se extendió por las laderas del monte.
—¡Mi niña! ¡Mi niña! ¡Mi niña!
Los visillos de algunas ventanas dejaban traspasar las luces de los quinqués y de las chimeneas encendidas, pero casi todo el pueblo permanecía semi a oscuras, difuminado entre la bruma como en una postal.
Hacía un par de horas que el alguacil había encendido los faroles de las plazas de la iglesia y del ayuntamiento, el de la entrada de la casona y el de la calle Mayor, los únicos puntos de luz de que disponía la aldea.
Olía a humo y a invierno.
En las mañanas de los días claros, cuando el sol rebotaba en el blanco de los muros y en el verde de los árboles, cualquiera diría que aquel pueblecito de apenas doscientas almas podría ser el escenario de una leyenda sobre espíritus inconformistas que no quieren abandonar este mundo. Cualquiera lo diría. Pero resultó ser el de un crimen que conmovería a todos los habitantes de la comarca y de las provincias vecinas.
El calendario marcaba el 30 de diciembre de 1870, una fecha que se escribiría en la Historia de España como el día en que Amadeo de Saboya, segundo hijo de Víctor Manuel II de Italia, desembarcó en Cartagena para ocupar el trono español, vacante desde que Isabel II saliera expulsada del país dos años antes, tras la llamada Revolución Gloriosa.
La misma noche del crimen, moría el artífice del acuerdo de coronación del príncipe italiano, el General Prim, tiroteado tres días antes en su carruaje, al volver de una sesión del Congreso donde se votaba el presupuesto para la nueva Casa Real.
En Aldea del Risco, sin embargo, esa fecha se recordaría como el comienzo de un camino que todos los parroquianos se verían obligados a emprender, lo quisieran o no. Un camino sin retorno del que pocos saldrían ilesos, que comenzaría en la oscuridad de una noche que llegaría a conocerse en toda la comarca como «la noche del crimen de la Casona de la Cumbre».
La niebla se había ido intensificando conforme avanzaban las horas. Poco antes de oírse el alarido, cuando las campanas de la iglesia tocaron el cuarto para las ocho, se había apoderado por completo de la cima de la montaña, convertida en una nube que apenas dejaba vislumbrar las edificaciones.
Todo era quietud y silencio hasta que el grito de socorro se coló en cada casa de la aldea.
—¡Mi niña! ¡Mi niña! ¡Mi niña!
Nada se movía en la tierra ni en el aire. Nada se escuchaba en las calles ni en los huertos. Ningún sonido entraba o salía de las alcobas ni de los corrales. Si acaso, el del frío, ese frío que silba y escuece en los ojos y en los huesos. Ese que se cuela por las holguras de las ventanas, por debajo de las puertas, por los graneros, por las alacenas, por los altillos, por los cristales empañados, por la falda de la mesa camilla, por los embozos de las sábanas, y hasta por la memoria.
Era viernes, la víspera de una Nochevieja que se llenó de lágrimas y de palabras de duelo.
***
La aldea no tardó en acudir como un solo hombre a la Casona de la Cumbre, el lugar de donde procedían los gritos.
Un solo hombre para comprobar la tragedia, para ver el horror de la sangre, del cuerpo inocente, de la boca que ya no sonreirá, del desconsuelo de lo que no tiene remedio ni se puede entender.
Un solo hombre para tratar de imaginar quién le haría daño a una criatura incapaz de defenderse. ¿Por qué? ¿Dónde está escrito que un ángel puede morir a manos de un cobarde? ¿Qué monstruo habría ejecutado un acto de semejante vileza?
Todo ocurrió en menos de cinco minutos, mientras la tía de la víctima bajaba al sótano para rellenar uno de los quinqués del comedor.
La lámpara había empezado a tintinear cuando se disponían a tomar el postre y, aunque había otras dos más pequeñas en sendas mesitas auxiliares, el comedor era demasiado grande y se estaba quedando en penumbra.
—Le falta aceite a un candil —dijo la sobrina mientras colocaba un dedo sobre el borde de la taza, para evitar derramar el café que se iba a servir ella misma.
—¿Cómo lo sabes?
—Chisporrotea.
—Nunca me acostumbraré a que veas con los oídos mejor que yo con los ojos.
—Tú me enseñaste. ¿O es que ya no te acuerdas?
—Yo me acuerdo de todo.
Pero no era cierto, la tía no se acordaba del detalle del chisporroteo. Sí recordaba haberle enseñado otras formas de manejarse en la rutina diaria y en cualquier circunstancia que se le pusiera por delante, por supuesto. Cómo no iba a recordarlo. Ella le había enseñado prácticamente todo lo que aprendió en los últimos diez años.
Llegó a la Casona de la Cumbre en diciembre de 1860, cuando la pequeña tenía ocho años, poco después del accidente que se llevó a su madre y dejó ciega a la niña.
Nadie estaba presente cuando, aquella noche aciaga de hacía diez años, un ascua de la chimenea saltó a la alfombra del cuarto de doña Blanca Gutiérrez de Villafranca, la señora de la casona, y de allí se extendió a la ropa de cama, a las cortinas y a todas partes.
Hacía tanto frío que la niebla se congelaba sobre las ramas secas de los árboles, sobre los hilos de las telas de araña y sobre los tejados, en una intensa cencellada que le daba al Monte del Risco el aspecto de un paisaje nevado muy propio de la Navidad. La escarcha no había esperado a las primeras horas de la mañana para condensarse. Hasta tal punto se estaba intensificando que parecía que en cualquier momento podría colarse hasta el interior de las viviendas por alguna rendija.
No era costumbre de la casa que las chimeneas permanecieran encendidas de noche, pero, en aquella ocasión, la señora le había pedido al servicio que dejase los rescoldos de la de su dormitorio y, según la versión oficial de los hechos, el fuego debió de avivarse por sí solo y se extendió por la torre del ala derecha de la casona, donde se encontraban los dormitorios familiares.
La señora debió de morir antes de que las llamas alcanzasen las sábanas y las mantas, porque nadie la oyó gritar, y apareció tendida sobre la cama, sin el menor indicio de que hubiera intentado huir.
El señor no se encontraba en el caserón, los criados ocupaban las habitaciones del ala opuesta de la vivienda, sobre la cocina, donde no llegó el fuego, y a la pequeña la encontró su tata envuelta en humo, sin parar de llorar y de llamarla, mientras caminaba aterrorizada por el corredor, con las manos abiertas y los brazos extendidos hacia el frente, según la tata, como un presagio de la vida que le esperaba.
—¿Se da usted cuenta, señor Mateo? —le dijo a uno de los dos guardias civiles que llegaron a la aldea para investigar el crimen de la Casona de la Cumbre el 13 de marzo de 1871, dos meses y medio después de que se iniciase una primera investigación que no convenció al juez provincial—. El incendio fue por la noche, y ella no vio nunca más la luz del día. ¡Pobrecita mía! Tener que vivir lo que vivió en aquel infierno. Sola entre tanto humo. Sin saber hacia dónde tirar. Era como una ternera recién nacida. Andaba con la cabeza apuntando a lo alto, meneándola de un lado a otro, con los ojos pitañosos, más cerrados que abiertos. Y no dejaba de llamarme y de buscarme con las manos. Esas manitas que fueron su vista desde ese día y esa hora. ¡Maldito presagio!
A partir de entonces, la tía se encargó de ayudar a la tata, y de enseñarles a las dos los trucos que ella aprendía para hacerle la vida más fácil a la pequeña. Tan solo se llevaban nueve años, pero, desde que llegó al pueblo para echarle una mano a su hermano con ella y después decidió quedarse para cuidarlos a los dos, la tía siempre ejerció de madre con su sobrina.
***
La Casona de la Cumbre era un conjunto arquitectónico de granito y muros encalados, en cuya fachada principal, sobre una enorme puerta de madera maciza, colgaba el escudo del vizcondado de Altaslomas, el título nobiliario perteneciente a la familia propietaria del inmueble desde su construcción a mediados del siglo xvii, y de la finca que daba nombre a la casona, la Hacienda de la Cumbre.
El emblema nobiliario, esculpido en granito, se encontraba dividido en dos mitades idénticas, compuestas por dos torres colocadas sobre la cima de sendas lomas, una a cada lado del blasón. Por la parte exterior, abrazado a los bordes, desde la punta hasta la corona de cinco perlas propia del título de vizconde, llevaba esculpido un motivo floral compuesto por ramas entrelazadas de castaño y de cerezo, los árboles más presentes en la comarca.
El portalón daba acceso a un patio porticado donde confluían las cocheras, las caballerizas, las viviendas de algunos trabajadores de la hacienda, la entrada a la casa grande, blasonada con la misma divisa esculpida en granito, y una valla de piedra con una cancela que daba acceso a un huerto y a un pequeño campo de cerezos y castaños que bordeaba uno de los laterales del edificio y llegaba hasta la parte trasera.
María Julia Pacheco del Valle tenía diecisiete años cuando pisó la casona por primera vez. Al principio, ella era los ojos, los pies y las manos de su sobrina, y después, paso a paso, consiguió que se fuese valiendo por sí sola en casi todo. Le enseñó a usar el bastón para esquivar los obstáculos que tuviera delante. Se informó de cómo debía usar los cubiertos y los útiles de cocina. Aprendió a leer y escribir con un sistema de puntos para poder enseñárselo a ella y, a través de numerosas revistas que su padre, el abuelo de la niña, le enviaba desde la capital del país, averiguó un sinfín de recursos para salvar los problemas que podrían presentársele.
El método de lectura lo inventó un ciego francés hacía casi medio siglo, y se había extendido por Europa como una bendición. La tía lo conoció gracias a un amigo de su padre, un inventor ciego de nacimiento, inquieto y sabio como el que más, experto en las artes de navegación de los globos aerostáticos.
El sistema consistía en grabar una serie de pequeños abultamientos en una cartulina, con la ayuda de un punzón y una regleta. Los puntos se distribuían en unas celdas imaginarias, donde cabían seis bultitos colocados en filas de a dos. Cada letra y cada signo de puntuación se correspondía con una celda y se distinguía de los otros por la distribución y el número de puntos que los representaban. Las primeras letras coincidían con los números arábigos, a excepción del cero.
La «a» y el «1», un punto en el ángulo superior izquierdo de la celda. La «b» y el «2», dos puntos, el primero como la «a» y el segundo debajo. La «c» y el «3», dos puntos contiguos en la primera fila horizontal. La «d» y el «4», tres puntos ajustados al ángulo recto de la parte superior derecha de la celda. Y así hasta la zeta, el nueve, la coma, el guion, el paréntesis y los demás signos ortográficos.
—Mira, toca —le decía la tía a la sobrina mientras le llevaba la mano a la cartulina, en cuyo envés había grabado la primera letra con un punzón—. Esta es la a. Solo tiene un punto. Se aprieta con el punzón de derecha a izquierda, y se queda grabado el punto hacia dentro. Luego se le da la vuelta al papel para que se note el bultito y poder leer de izquierda a derecha, como has leído siempre. La regleta sirve para mantener la línea y no perderse. Mira, toca, ¿lo ves?
Y la niña lloraba y retiraba la mano para taparse los ojos.
—Yo no veo nada.
—Ya lo sé, mi niña, pero verás. No siempre hacen falta los ojos para ver el mundo.
—¿Tú has visto el mundo?
—Pues claro. Y te lo voy a enseñar enterito.
La niña se llamaba como su abuela paterna, María Bruna de Casia, en honor a la patrona de la aldea, la santa de los casos imposibles y desesperados; para la tata, otro presagio de lo que la vida le tenía reservado a la pequeña. Algunos, como su padre y el cura del pueblo, la llamaban María Bruna, o incluso, cuando pretendían aleccionarla o recriminarle alguna falta, utilizaban el nombre completo, María Bruna de Casia; sus amigas y gran parte de los vecinos le decían Bruna o Brunita; otros la conocían como «la niña de la casona» o «la niña de la casa grande»; y su tía y su tata siempre la llamaban «mi niña», aunque hablasen de ella la una con la otra, como si rivalizaran en el pronombre que las convertía en las mayores poseedoras del cariño de la pequeña.
A la tía la había bautizado su madre como María Julia porque nació un diez de julio luminoso y feliz, pero la aldea la conocía como la tía Julia o la señorita Julia.
Tía y sobrina se entretenían con cualquier cosa. Las dos eran alegres. Juntas consiguieron perderle el miedo a la ceguera de la más joven y demostrarle a todo el mundo, en especial a la tata y al padre de la niña, que la falta de vista no le impediría desarrollar las actividades en las que habría ocupado su tiempo si fuese vidente.
Bruna ayudaba a su tía a organizar las tareas de la casa con el ama de llaves, aprendía con su padre a manejar las cuentas de las tierras que tenían en arriendo, leía novelas especialmente transcritas para ella en el sistema de puntos, gracias al amigo de su abuelo, y se divertía bailando en las fiestas cogida del brazo de su tía Julia, vestida con el traje típico de la región. Incluso jugaban a las cartas con su tata, con una baraja que Julia había adaptado grabando en las esquinas de cada naipe el número y la inicial del palo correspondiente.
—¿Usted también sabe leer en el sistema de puntos, señora Berta? —le preguntó a la tata Nicolás Torrehermosa, el segundo guardia civil que llegó a la aldea, junto a Mateo Granjeño, para investigar el crimen por orden del juez provincial.
La primera investigación se inició el mismo 30 de diciembre de 1870, nada más suceder el asesinato. La llevó a cabo el vizconde de Altaslomas, el dueño de la aldea y de gran parte de las fincas de la comarca, que ejercía como alcalde de la localidad.
El regidor investigó los hechos durante más de dos meses. Tomó declaración a toda la comarca. Removió cielo y tierra en busca del arma del crimen hasta que la encontró en la cocina de los presuntos asesinos y, ese mismo día, el 8 de marzo de 1871, los detuvo y los entregó personalmente en el Juzgado Provincial.
No obstante, según el criterio del juez, había que continuar con las indagaciones, porque era muy probable que se hubiese encarcelado a dos inocentes. De manera que ordenó una nueva investigación a las comandancias de la Guardia Civil de las dos provincias a las que pertenecía el Monte del Risco.
Los agentes Nicolás Torrehermosa y Mateo Granjeño llegaron a la aldea el 13 de marzo, con la intención de convocar en la biblioteca de la casona a todos los habitantes de la aldea, a la familia y a la servidumbre del terrateniente, para tomarles declaración.
—¡Qué voy a saber! —respondió Berta a la pregunta del agente Torrehermosa—. ¡Si ni conozco las letras normales! ¿Ha visto usted alguna vez a una sirvienta que sepa juntarlas? ¡Aunque ya me hubiera gustado, no se vaya a creer su excelencia!
La tata Berta se revolvió en su asiento. Se había sentado frente a los investigadores, en uno de los sillones de la biblioteca, utilizada desde ese momento como la central de operaciones de la investigación. Ella hubiera preferido quedarse de pie, como cuando empezó a investigar el señor vizconde, la misma noche del crimen, e interrogó a un sirviente detrás de otro allí mismo, y a cada aldeano y a cada aparcero de la hacienda; él sentado en su mesa de despacho, y ellos de pie enfrente de él. Más de dos meses estuvo interrogándolos a todos con el alguacil al lado, y no una vez, sino varias, y en ninguno de los casos les pidió que se sentasen en los sillones, como se habían tomado la libertad los agentes de la Guardia Civil. La tata Berta se encontraba incómoda, fuera de lugar. Aquellas butacas eran para la familia y para los invitados. Jamás se le hubiera ocurrido ni siquiera probarlas, pero los guardias civiles se lo habían ordenado, y habían sido tan tajantes que no se le pasó por la cabeza desobedecerlos.
—¿No le enseñó a manejar el punzón la señora Julia? ¿Aunque solo fuese para escribir las vocales?
—¡Qué vocales ni qué vocales! ¡Eso era cosa de ella y de mi niña! ¡A mí con mis cosas me sobraba! ¡Pues anda que no tengo yo faenas que hacer en esta santa casa!
—¿Serán muchas sus ocupaciones, verdad, señora Berta? —preguntó Nicolás como si estuviera respondiendo a la pregunta al mismo tiempo que la formulaba.
—¡Muchas, sí, señor!
—Me lo imagino. Este es un caserón enorme. Supongo que la señora Julia sería un alivio para usted, cuando llegó y empezó a ocuparse ella de la niña.
—¡No, señor, no lo suponga! ¡Alivio ninguno! No se confunda. ¡A mí no me pesa el trabajo! Ella no vino para descargarme a mí de nada. Le enseñó lo que yo no podía enseñarle, bendita ella, que lo hizo con todo el cariño del mundo y le enseñó de todo y muy bien, pero yo siempre me ocupé de mi niña.
—No sé por qué me da la impresión de que hay algo en la señorita Julia que no le agrada —observó el brigada Mateo Granjeño.
—A mí no tiene que agradarme ni que desagradarme. Y tampoco podría decir ni una cosa ni la otra. Ella es de la familia del vizconde y yo soy una sirvienta, creo que sobra decir nada más.
—Pero con la joven Bruna sí se llevaba muy bien.
—Sí, señor, estupendamente. Desde que llegó a la hacienda.
***
Entre Bruna y Julia no hacían falta palabras. Se entendieron desde el primer momento, como si se conocieran desde antes de que Bruna perdiera los ojos. La pequeña sabía cuándo su tía entraba o salía de una habitación, porque entre las dos eligieron el perfume que debía llevar, suave pero característico. También decidieron los zapatos que cada criado debía calzarse y el lugar que ocuparía cada mueble para siempre, para que pudiera moverse por la casa sin necesidad de bastón. A su padre también lo convencieron para que usara siempre el mismo tipo de zapatos y, en lugar de que se perfumara, le pidieron que fumase en las pipas que su abuelo tenía en sus habitaciones, aunque podía identificarlo por los pequeños silbidos que se le escapaban al respirar y porque carraspeaba de diferentes maneras.
—Mi niña decía que sabía si estaba contento o enfadado por cómo carraspeaba —les contó la tata a los guardias civiles—. Si estaba enfadado sonaba como un mulo recién despertado de la siesta. Y si estaba contento, como un caballo que le estaba diciendo a la yegua que la quería con todo su corazón. Pero sobre todo lo distinguía por el olor dulzón de las pipas. Nadie en la casa olía como él. Yo creo que lo distinguíamos todos.
—¿Y era así? ¿La quería? —preguntó Mateo.
—¿Que si la quería? —respondió la tata—. Ya lo creo que sí. Pero a veces tenía unas maneras...
La tata vaciló y se quedó pensativa. Como si algo la hubiera obligado a callarse de repente. Nicolás le hizo un gesto de no entenderla y acercó su sillón al de ella.
—¿A qué se refiere, Berta?
—Él no hablaba mucho con mi niña. Bueno... con nadie habla mucho... Menos mal que vino su hermana y se inventó todas las cosas que le enseñó. A veces jugaban a esperarnos detrás de una cortina y, a cada golpe que aparecíamos, salían las dos voceando los nombres de cada cual. Se ponían lo mismo de presumidas cuando atinaban. ¡Qué risa pasábamos con tanto escondite!
—¿Y usted no jugaba con ellas? —le preguntó Mateo Granjeño.
—¡Yo qué voy a jugar!
—Era su niñera —añadió Nicolás Torrehermosa—, las niñeras juegan con los niños a su cargo, ¿no es así? ¿O ella solo jugaba con la señorita Julia?
—¿No jugaba usted con la señorita Bruna? —repitió Mateo—. Es de suponer que, al menos cuando era pequeña...
La tata los miró desconcertada por la insistencia, chasqueó los dedos como si se le hubiera quedado una palabra en la punta de la lengua, y rectificó lo que acababa de decir.
—¡Bueno... claro está que jugaba con mi niña! Sobre todo antes de quedarse ciega la pobre. ¡Cómo no! Y luego después también. La señorita Julia me enseñó a jugar a las cartas y nos pasábamos tardes enteras en comandita.
—¿Diría usted que su relación con la joven Bruna cambió con la llegada de la señorita Julia? —continuó preguntando Mateo—. Supongo que no sería fácil para usted.
—¿Qué quiere decir? ¿No estará imaginando que yo...? ¡Por la Virgen Santa y Purísima! ¡¿Cómo pueden ustedes creer...?!
—No se preocupe, señora Berta —la cortó Nicolás intentando tranquilizarla—, no creemos nada en absoluto, son preguntas de rutina. Tenemos que saber todo sobre esta hacienda y los que viven aquí, y mientras más preguntemos, más pronto sabremos lo que pasó. Pero usted no tiene de qué preocuparse.
—Por supuesto —corroboró Mateo Granjeño—, no tiene usted de qué preocuparse.
—¿No voy a preocuparme? ¡Se les ve la intención! ¡Tanta pregunta y tanto suponer y suponer! Pregúntenle a cualquiera en diez leguas a la redonda. No encontrarán un solo paisano en la comarca que no me conozca y no les cuente cómo quería yo a mi niña, y el trato que he tenido de siempre con la señorita Julia.
—¿Sabía usted que la señorita Bruna tenía un pretendiente? —le preguntó Nicolás Torrehermosa para desviar el tema y recuperar la cordialidad con la que se había producido el resto del interrogatorio. Debía relajarla para poder tirarle de la lengua y que continuase hablándoles. Así es que le dirigió la media sonrisa que solía utilizar cuando quería ganarse la confianza de los testigos de un caso, e insistió—. ¿Lo sabía? Seguro que sí, claro. Ella debía de contarle todo. Y más una cosa como esa.
—¿No lo iba yo a saber? —respondió la tata, todavía molesta con las últimas preguntas de Mateo.
Nicolás volvió a sonreírle, se inclinó hacia adelante en su sillón y bajó el tono de voz, como si tratase de acercarse a ella y fuesen a hablar entre amigos.
—¿Le gustaba a usted el pretendiente, señora Berta? Para la señorita sería muy importante su opinión. Me han dicho que la quería a usted muchísimo.
Hay momentos en que es más importante la reacción ante una pregunta que la propia respuesta. La tata se echó hacia atrás en el sillón y sonrió como si estuviera asintiendo. Una vez arrellanada contra el respaldo, miró alternativamente a los dos brigadas y se dedicó a examinarlos.
Se parecían como si fueran hermanos, la misma estatura, muy superior a la normal, y los mismos hombros anchos y acogedores; los mismos ojos pardos, grandes y vivos; la misma boca atractiva y carnosa, el mismo color castaño de pelo, aunque Mateo lo llevaba siempre en su sitio y a Nicolás se le escapaba de vez en cuando un mechón que le tapaba la frente, y él se lo colocaba hacia atrás con la mano o con un movimiento de cabeza.
Si no fuera por el óvalo de la cara —en Mateo un poco menos pronunciado que en Nicolás—, cualquiera podría haberlos confundido con hermanos gemelos. Era como si los hubieran buscado a propósito para confundir a los testigos y desconcertarlos.
Ambos llevaban puesto un gabán largo de un color parecido, el de Mateo más claro que el de Nicolás, pero oscuros los dos. Se cubrían la cabeza con un sombrero hongo que no se quitaban al entrar en la casona, sino cuando se retiraban el abrigo en la biblioteca y se lo entregaban a la doncella, que les había seguido desde el recibidor con los brazos extendidos.
Debajo del gabán vestían un traje de chaqueta pasado de moda, con su chaleco y sus leontinas del reloj a la vista. Siempre llevaban una cartera llena de papeles y una libreta negra en la que escribían sus anotaciones sobre los interrogatorios. En lugar de corbata, llevaban pajaritas pequeñas de seda; la de Nicolás, siempre mal anudada, de color rojo granate, y la de Mateo, de un azul marino cercano al negro.
Nicolás dejó que la tata se relajase mientras los observaba, y, cuando le pareció que había conseguido sentirse cómoda, continuó preguntándole como si la estuviera invitando a compartir una indiscreción.
—Dígame la verdad, señora Berta, ¿le gustaba a usted el pretendiente de la señorita Bruna, aunque fuera de una familia tan distinta a la de los vizcondes?
—Pues claro que sí. Pobre criatura. Tan buen mozo y tan bien como se portaba con mi niña. ¡Cómo no iba a gustarme! Pero estuvieron muy poquito con la relación. No les dio tiempo.
—¿Y a la familia? ¿Les gustaba el buen mozo?
—Tenga usted por seguro que, de no haberles gustado, mi niña no habría durado ni un soplo de viento con él.
—¿También al vizconde?
—Él no se manifestaba —contestó Berta como si estuviera hablando con una amiga de toda la vida en la plaza de abastos—. La señorita Julia tenía sus peros y sus miramientos, eso nadie lo puede negar. Pero el señor no decía ni que sí ni que no. Le bastaba con que lo quisiera la niña.
—Y ¿qué peros eran los de la señora doña Julia? —intervino Mateo, una vez relajado el ambiente.
—Ellas eran inseparables... Y... a ver cómo le explico yo lo que le quiero explicar... Estaban demasiado unidas. Pero a la señorita Julia no le gustaba el zagal por nada que tuviera que ver con él ni con su gente. A ella no le habría gustado ninguno que se le hubiera acercado a mi niña.
—¿Estamos hablando de celos? —continuó Nicolás Torrehermosa en su tono confidencial.
Y la tata le contestó de nuevo como si estuviera hablando con una amiga de siempre.
—Celos no, por Dios Santo y Bendito, pero la señorita Julia no es de las que les gusta ver cómo crece el trigo en el campo de enfrente si ella no ha puesto ningún grano para sembrarlo.
Los guardias civiles volvieron a mirarse con cara de no entender y preguntaron al tiempo:
—¿Qué quiere decir?
—¡Nada! ¡Yo me entiendo! Son cosas mías.
—Pero sus cosas pueden ser muy importantes para la investigación, señora Berta —le dijo Nicolás para tirarle de la lengua—. ¿Ha querido decir que si ella no maneja los hilos prefiere no tirar de las marionetas?
—¡Eso lo ha dicho usted, no yo!
***
Todo el mundo decía que la joven Bruna y su tía Julia habían heredado los rasgos de don Humberto Pacheco del Valle, octavo vizconde de Altaslomas, padre de Julia y abuelo paterno de Bruna, un hombre apuesto, con un don de gentes natural y un atractivo que no se limitaba a su aspecto físico, a pesar de que la naturaleza no se había portado mal con él. No. El magnetismo del vizconde no residía en su físico, sino en el respeto, la cercanía y la cordialidad que mostraba frente a cualquiera con quien tratase, fuese hombre, mujer, caballero o lacayo.
Era extraño encontrar a alguien que lo conociera que no lo considerase un hombre de bien, afable, de un carácter alegre y optimista que solía contagiar a los demás.
Su presencia no pasaba desapercibida para nadie. Siempre impecablemente vestido, con sus gabanes largos o su capa española, dependiendo de la ocasión, como sus chaqués y sus fracs; sus levitas negras de buen paño de lana; sus corbatas de lazo con sus alfileres de piedras preciosas, siempre a juego con sus chalecos de seda estampados; sus sombreros de copa; su colección de bastones, muchos de ellos heredados de los anteriores vizcondes; su reloj y su leontina de oro, también heredados; sus guantes de gamuza blancos, y una estatura que solía superar a la de cualquier hombre de su alrededor.
—¿Conoció usted al anterior vizconde, señora Berta? —le preguntó Nicolás Torrehermosa a la tata, completamente relajada ya en su sillón.
—¿No iba a conocerlo? ¡Pues claro que lo conocía! ¡Era el amo de la comarca entera! —contestó Berta mientras dibujaba un semicírculo extendiendo brazos hacia adelante, para señalar la enorme extensión de las tierras—. Hasta que llegó su hijo, el padre de mi niña, y se hizo cargo de la propiedad.
—Pero... don Humberto padre no vivía en la hacienda —añadió el brigada Mateo—. Tengo entendido que se marchó a vivir a Madrid cuando era muy joven.
—Pero nació, se crio y se casó en el pueblo. Y también fue alcalde de la aldea, igual que lo fue su padre y lo es su hijo ahora. Y no dejó de venir para las cosas que tenía que venir, las del pueblo y las de sus tierras. A lo menos venía una vez al mes para cobrar las rentas y darles una vuelta a las fincas y a la alcaldía.
La tata miró a su alrededor para comprobar que no les estuvieran escuchando, a pesar de que no había nadie más que ellos en la biblioteca, y bajó la voz para continuar.
—El padre y el abuelo eran muy diferentes al hijo. ¡Dónde va a parar! Don Humberto padre era un señor de los pies a la cabeza. Igual que el abuelo don Humberto. Pero el padre de mi niña... —y volvió a mirar con desconfianza a su alrededor y a bajar un poco más el tono—. Verán... don Humberto hijo... si sus señorías me permiten la confidencia... desde que llegó a la casona...
La tata Berta se mordió el lateral del labio inferior. Parecía dudar entre seguir hablando o callarse, pero se tapó la boca como si quisiera amortiguar el sonido de su voz, se recolocó en su sillón y comenzó a susurrar entre dientes.
—Verán... es que... no sé si sería un atrevimiento por mi parte... es muy delicado... el caso y la cosa es que... verán... no quisiera yo que sus señorías pensaran que...
Al ver que la tata Berta no terminaba de arrancar y no paraba de morderse la comisura del labio, cada vez más nerviosa y dubitativa, Nicolás la interrumpió para tratar de tranquilizarla.
—No tiene que llamarnos señorías, no lo somos —le dijo con su media sonrisa forzada.
—Basta con brigadas o agentes —añadió Mateo—, los dos tenemos el mismo rango. Él viene de la comandancia de una provincia, y yo de la comandancia de la otra. El caso ha levantado mucho interés en las autoridades de la región.
—¡Claro, brigadas o agentes, se comprende! —dijo la tata recuperando el tono alto de voz que la caracterizaba—. Esta familia es muy principal. Y, claro, con la gente principal ya se sabe y se entiende, hasta las ruedas cuadradas echan a rodar.
Mateo y Nicolás reaccionaron como si ambos estuvieran pensando lo mismo. Miraron a Berta con idéntica cara de asombro y le volvieron a preguntar a la vez:
—¿Qué quiere decir?
—¿Otra vez me salen con que qué quiero decir? ¡Por Dios Misericordioso! ¡Pues bien claro está lo que quiero decir! ¡Que buscarán hasta debajo de las piedras más pequeñas para que se sepa lo que le pasó a mi niña, Dios la guarde en su seno!
—No le quepa la menor duda —dijo Nicolás.
—No me cabe, no, señor. Porque si hubiera sido otra la pobrecita que encontraron como encontraron, a este risco no habría venido ni un cabo primera. ¿A que no? ¡Pues claro que no habrían venido! Pero aquí están ustedes. No uno, sino dos brigadas o agentes de la Guardia Civil. Para que empujen las ruedas y rueden, aunque sean cuadradas. Y eso que el señor alcalde lo investigó todo desde aquella maldita noche.
—A propósito del señor alcalde, ¿qué iba usted a contarnos cuando la interrumpió el brigada Torrehermosa hace unos momentos? —le preguntó Mateo.
Nicolás hizo un gesto de contrariedad, como si la pregunta de su compañero contuviera un reproche hacia él, y no fuera la primera vez que, de una u otra manera, censurase sus intervenciones o su forma de interrogar a un testigo.
—Sí, por favor, doña Berta, cuéntenos esa confidencia —dijo mirando a Mateo con la intención de que advirtiera su malestar—, estaba a punto de pedírselo cuando el brigada Granjeño comenzó a hablar de nuestros rangos.
Mateo le hizo a la tata un ademán con la mano para que continuase hablando, y ella los miró a los dos y los señaló con el dedo índice igual que una maestra señalaría a los alborotadores de una clase para no tener que reñirles.
—Me parece que hoy ya he hablado de más, señores brigadas o agentes. Y no me conviene. Pero sí les voy a decir una última cosa: todos los ojos no lloran el mismo día.
Nicolás y Mateo se miraron como siempre que no entendían a Berta. Pero ninguno le preguntó qué quería decir. Ella volvió a señalarlos con su dedo acusador, como si les estuviera ahorrando una regañina y esa lección tuvieran que aprenderla por ellos mismos. Después se levantó para dar por terminado su testimonio y se dirigió muy sigilosa hacia la puerta de la biblioteca. Antes de abrir, les pidió silencio con el mismo dedo índice sobre los labios fruncidos, y les advirtió con un gesto de que había alguien escuchando al otro lado.
El brigada Torrehermosa se acercó hasta la tata, y él mismo abrió la puerta de golpe. Berta tenía razón, Nicolás se encontró con la tía Julia frente a frente, intentando recuperar el equilibrio que perdió al querer retroceder.
***
Julia llegó a la hacienda el 8 de diciembre de 1860, tras el incendio que dejó ciega a su sobrina. En los diez años que compartieron, hasta que asesinaron a Bruna, se hicieron inseparables y desarrollaron entre ellas una relación que iba más allá del parentesco. Desde la admiración de una alumna por su maestra hasta el asombro de la propia tía por los avances que lograba su sobrina un día sí y otro también; desde el agradecimiento de la sobrina por los cuidados de la tía y por el enorme cariño que le mostró desde su llegada a la complicidad entre dos amigas, con una relación de confianza absoluta y recíproca.
Las dos eran jóvenes y soñadoras. Hermosas, divertidas, risueñas. Siempre juntas. Les hubiera encantado dar la vuelta al mundo y comérselo de un solo bocado.
A las dos les gustaba salir, bailar en la verbena de las fiestas del pueblo, pasear por el campo, recorrer el monte a caballo y llegar hasta el valle, tumbarse en la hierba fresca, mojarse los pies en el río, levantarse las faldas y las enaguas cuando nadie las veía y sentir cómo el agua corría entre sus piernas.
Les emocionaba distinguir el sonido de la corriente que discurría monte abajo desde el manantial, diferente al que producía el agua que se retrasaba bajo sus pies y golpeaba contra las piedras del fondo. Las distintas direcciones del viento traían también sonidos distintos de cada aparcería. Los perros a lo lejos, los burros, los grillos y las chicharras, el silbido de los pastores, los gallos, el vuelo de los pájaros y sus polluelos en los nidos.
—¡Escucha, mi niña!
Y la tía Julia permanecía en silencio durante unos minutos, para ponerle a la niña el mundo a su alcance.
A veces, cuando la sobrina era pequeña y los niños del pueblo comenzaban a esquivarla para apartarla de sus juegos a causa de su ceguera, también jugaban a que Bruna se soltaba del brazo de Julia y era ella quien la guiaba. Olfateaba como un perrillo de caza los diferentes olores del camino de vuelta a la casona, tanteaba con los pies las distintas formas de las piedras o la consistencia de la arena y calculaba mentalmente las distancias y el número de curvas del camino.
A la joven le gustaba desafiar a su tía para ver quién de las dos llegaba antes a la Casona de la Cumbre con los ojos tapados y la sola ayuda de un bastón. Y, para asombro de todos, la sobrina siempre ganaba la apuesta.
De olor en olor, de sonido en sonido, de rugosidad en rugosidad, de guijarro en guijarro, de recodo en recodo. Aliada con la naturaleza para demostrarle al mundo todo lo que se podía llegar a aprender para desenvolverse sin ayuda.
La libertad. Esa batalla que siempre hay que ganar a pulso, y defenderla día a día para que se mantenga intacta. Vigilarla para que no se desvirtúe y se diluya. Para que nadie ni nada la perturbe. Porque quien se acomoda o se distrae puede llegar a no reconocerla y creer que no necesita quitarse los grilletes.
El romero, las jaras, el hinojo, la lavanda, las moreras, la tierra de los senderos, los cinamomos, los naranjos, la madreselva de la valla del huerto, los geranios, los rosales, las campanillas de invierno de los macetones que Julia ordenó plantar junto a los portalones del patio y de la casa grande, colocados estratégicamente para que la niña siempre supiera que había llegado a su destino.
Las dos presumían de cada desafío y de cada logro que alcanzaba la pequeña Bruna, como si les implicase de la misma forma a la una y a la otra. Como si ambas tuvieran el mismo mérito y la misma responsabilidad en cada victoria que conseguían, en cada intento por saltar una barrera, en cada fracaso y en cada vuelta al punto de partida.
Las dos consiguieron despertar la admiración de todo el Monte del Risco y que su historia se fuese extendiendo por las comarcas de las provincias como un ejemplo de superación. La sobrina sin la tía nunca lo habría conseguido, pero la tía tampoco habría conseguido una obra tan deslumbrante si no hubiera encontrado una materia prima como la de la pequeña Bruna.
Las dos podían estar orgullosas del camino recorrido. Siempre juntas. Felices de lo lejos que habían llegado y decididas a seguir avanzando, aunque no siempre fuese fácil ni seguro.
Las dos estaban llenas de vida la noche del 30 de diciembre de 1870, antes de que la tía bajase al sótano porque se había terminado el aceite del quinqué, y la cabeza de la más joven acabase apoyada sobre la mesa, entre borbotones de sangre. El lado derecho de la cara sobre el mantel, y el izquierdo a la vista. El uno ensangrentado, el otro limpio y tranquilo.
Probablemente trataron de cerrarle los ojos, porque los párpados mostraban unas pequeñas manchas de sangre. Sin embargo, permanecían abiertos, profundos, mirando sin mirar. Unos ojos de color verde oscuro, como la fronda de un bosque o el fondo de un río bordeado de helechos.
Quien no hubiera sabido que un incendio los había dejado inútiles para siempre, en una noche parecida de diez años atrás, diría que aquellos ojos habían reconocido al asesino y lo estaban acusando. No podía ser. Pero el caso es que parecía que miraban.
Sujetaba su bastón en la mano derecha, y con la izquierda se había agarrado al mantel. Lo apretaba entre el puño cerrado en un gesto de rabia muy propio de ella, como si quisiera decir que no le dieron opción a girarse. Como si ella misma quisiera entender. Y también sujetaba con fuerza el bastón, pero no lo había cogido como si quisiera apoyarse, sino como si fuera a blandirlo para defenderse.
Cuando Julia volvió al comedor con la lámpara llena de aceite, le pareció desde lejos que estaba dormitando, como si un sueño repentino la hubiera asaltado y quisiera descansar.
Pero la sangre y el horror se hacían más visibles a medida que la tía se acercaba, un horror para el que nadie podía estar preparado. Un sinsentido que se hizo insoportable cuando distinguió la cabeza de su sobrina sobre la mesa, separada del cuerpo.
—Buenos días... perdonen... Me han dicho que querían ustedes hablar conmigo...
—Adelante —dijo Mateo mientras se levantaba de su sillón, al tiempo que Nicolás le hacía un gesto a Julia con la mano para que pasase, y le señalaba la misma butaca donde había prestado declaración la tata esa misma mañana.
Mientras la tía Julia se acomodaba, Nicolás se acercó a uno de los estantes de la biblioteca y cogió un libro para hojearlo. Después cogió otro, pasó también las primeras hojas y repasó con la mirada los títulos de los estantes contiguos.
—Curiosa colección —dijo mostrándole a Julia los dos libros que tenía en las manos.
—A mi padre le volvía loco cualquier invento, sobre todo los que tuvieran que ver con los fenómenos de la electricidad —respondió Julia, todavía nerviosa porque la hubieran pillado en su intento de escuchar la declaración de la tata—. Nació en 1801. El mismo día de su nacimiento se presentó en Francia la pila voltaica con un éxito enorme. Su padre siempre le dijo que había venido al mundo para ser testigo de los inventos más extraordinarios de la humanidad.
La mayoría de los libros de aquella estantería estaban dedicados a la pila que había revolucionado las ciencias físicas, gracias al ingenio del científico italiano Alejandro Volta.
—¿Era físico su padre? —preguntó Mateo acercándose también a las baldas repletas de libros de física.
—Solo aficionado.
Uno de los libros que Nicolás tenía en la mano era un tratado de Luigi Galvani, el médico, italiano también, que sentó las bases para las investigaciones de Volta. El brigada se lo mostró a su compañero mientras le preguntaba a Julia sin mirarla.
—¿Todos estos libros eran de su padre?
—Y de mi abuelo. Los dos eran iguales. Y mi abuela también. Les hubiera encantado a los tres ser inventores. Pero ninguno tenía la paciencia y la imaginación suficientes. Se conformaron con seguir los hallazgos de otros. No se perdían una conferencia donde se hablase de la fuerza que podía guardar esa pila, o una exposición donde se exhibieran sus propiedades. A París fueron en muchas ocasiones. Eran bastante excéntricos. También coleccionaban cualquier libro que apareciera en el Índice de los libros prohibidos por la Iglesia, decían que casi todos estaban relacionados con la ciencia y que, algún día, alguien les agradecería que los hubieran reunido y conservado. Están en la biblioteca de la casa de Madrid.
En uno de los estantes, el brigada Granjeño vio unas publicaciones que le llamaron la atención. Más delgadas que los libros y de un tamaño algo mayor, con una tipografía más cercana a los periódicos que a las monografías.
—Son revistas científicas —le dijo Julia antes de que él preguntase—. Mi padre y mis abuelos estaban abonados a muchas francesas y a varias inglesas. Les llegaban a Madrid. Pero yo me las traje todas. A mí también me gustan. Y también me aboné a unas cuantas.
—¿Habla usted inglés y francés?
—Un poco. Los aprendí de pequeña. Viajé con mi padre muchas veces a París y a Londres.
La biblioteca estaba forrada por una serie de muebles de madera de roble ajustados a las paredes, tipo boisserie. La parte superior se distribuía en baldas de igual tamaño, y la inferior en puertas labradas, también de roble, en cuyo centro destacaban los mismos motivos florales que aparecían en el escudo familiar.
Se apreciaba una clara influencia francesa en la decoración de la estancia, que servía como despacho y como zona de estar, amueblada con un gran escritorio de roble labrado, con su sillón principal y dos sillas confidentes, además de varias mesas auxiliares y diferentes tresillos y butacas tapizados en brocado de seda de color vino, a juego con los cortinones que caían a ambos lados de los ventanales. Los muebles se encontraban distribuidos para marcar diferentes espacios, desde un rincón con un par de sillones y una mesa pequeña, donde había un tablero de ajedrez, hasta la zona del despacho del terrateniente, o la que servía como sala de recibir, donde se estaban llevando a cabo los interrogatorios.
Julia se levantó del sillón, se colocó frente a una de las estanterías y se sacó de la faltriquera un manojo de llaves. Después se agachó para quedarse a la altura del armario, eligió una llave para abrir la puerta labrada y dejó a la vista una colección de artilugios, algunos metálicos y otros de madera, que parecían juguetes. Luego se colocó junto al armario contiguo y realizó la misma operación.
Los brigadas no pudieron reprimir su sorpresa al ver el contenido de los armarios, se agacharon a la altura de la tía Julia y contemplaron extasiados aquella colección de artefactos que habría hecho feliz a cualquier niño del mundo.
Y la tía Julia no pudo reprimir el orgullo que le producía mostrar su extraño tesoro.
—Cada uno es un recuerdo de un viaje. Mi padre se los traía a mi hermano, y luego a mí. Son miniaturas de las máquinas que a él le hubiera encantado inventar. Yo seguí la colección siempre que me fue posible, cuando él faltó. Más de un coleccionista ha querido comprármela, pero no me desharía de ella ni por todo el oro del mundo.
—¿Funcionan? —preguntó Mateo cogiendo una diligencia que le ofreció Julia, con un carruaje más largo y más alto de lo normal, tirado por dos caballos, y con una especie de hendiduras en las ruedas.
Julia sacó unos raíles del armario y los ensambló unos con otros para colocarlos sobre la alfombra. Después le hizo un gesto al brigada para que acoplase las ruedas sobre el carril.
—Solo ha de tirar de los caballos.
El brigada ajustó la diligencia a los rieles y comenzó a tirar del bocado de la caballería, fascinado por la suavidad que proporcionaban los carriles a la marcha del vehículo.
—Se llama tranvía —continuó Julia, mientras Nicolás contemplaba ensimismado el juguete de su compañero, todavía con los libros de física en la mano—. En Francia circulan desde hace tiempo. Son como los trenes antiguos, pero más pequeños, para usarlos en la ciudad. Los viajeros pueden ir de pie. Dicen que en Madrid se van a instalar en breve. Mi padre y yo nos montamos en uno igual en París, en la Exposición Universal del 53, todavía era un experimento, pero funcionó a la perfección. Yo tenía diez años. Me acuerdo como si fuera hoy. Mi padre no paró hasta que consiguió que unos herreros le construyesen esta reproducción.
Mateo le cedió el sitio a Nicolás para que accionase el tranvía y le pidió permiso a Julia para asomarse al interior de uno de los armarios que había dejado abiertos.
—Este se quemó en el incendio en el que murió mi cuñada —le dijo Julia después de abrir otro armario, de donde extrajo un artilugio del tamaño de una caja de puros, ennegrecido y retorcido.
El artefacto estaba compuesto por una serie de placas metálicas superpuestas, introducidas en una especie de caja del mismo material. Junto a uno de los vértices, incrustado en una placa más grande que servía de base, había un recipiente redondo de vidrio, ennegrecido por el efecto del humo, en cuyo interior se apreciaba un filamento en forma de espiral, conectado a una manivela similar a un émbolo. La manivela activaba una rueda dentada, comunicada con las placas a través de una serie de cables.
—¿Puedo? —le preguntó Mateo mientras señalaba el juguete y alargaba la mano para que se lo entregase.
—¡Por supuesto!
—¿Otra reproducción?
—Uno de los inventos fallidos de mi padre. Debería haberlo tirado, pero él le tenía mucho cariño. Y yo también, la verdad. No tuve corazón para deshacerme de él. Después de este, no volvió a inventar más. Se lo dejó a los que realmente sabían.
—¿Es una pila voltaica?
—No, no. Ni mucho menos. Aunque se basó en las que había visto. Lo hizo para mi hermano. El objetivo era calentar las bases de las placas. ¿Ve ese cable en forma de tirabuzón? Se le llama resistencia, y desprende calor cuando se acciona el mecanismo.
La joven cogió el artefacto de las manos de Mateo y tiró de la manivela. Después volvió a dárselo al brigada.
—¿No es fascinante? —preguntó mientras le sugería a Mateo con un gesto que tocase la base donde se apilaban las placas, que se había calentado ligeramente.
—Desde luego. ¿Podría llegar a quemar?
—En absoluto, no alcanza más temperatura que la que usted siente en estos momentos, y solo por unos minutos —añadió devolviendo el juguete al armario—. Pero mi padre estaba muy orgulloso de su placa, decía que, si hubiera podido perfeccionarlo, habría llegado a servir como calentador de agua. Pero ya le digo que no tenía ni los conocimientos ni la disciplina para ser un inventor. Él era consciente de sus limitaciones, decía que no tenía ni ciencia ni paciencia. Así es que se conformó con una especie de mecenazgo científico que le permitía asistir a todos los eventos que le interesaban.
—¿La colección es suya o de su hermano? —preguntó Nicolás, que presenció la demostración sin haber soltado los libros.
—De los dos. Me los traje de la casa de mi padre cuando me vine a cuidar de mi sobrina. Creí que a mi hermano le haría gracia recuperarlos. Pero me equivoqué, estuvo a punto de tirarlos a la basura cuando abrió los baúles y los vio. Mi padre me lo había advertido, pero yo no podía creer que a mi hermano no les gustaran. Me permitió que los conservara, muy a su pesar, con la condición expresa de que estuvieran siempre guardados bajo llave. Y así lo hice, aunque de vez en cuando sacaba uno para ver si lo ablandaba, pero no hubo manera. Le molestaba muchísimo verlos, y ya no digo tocarlos. Ni se le ocurría. Decía que eran un auténtico nido de polvo. A su madre le pasaba igual. Los detestaba. Al menos eso dicen los que la conocieron.
Los brigadas se miraron con el gesto de sorpresa que compartían a veces, y preguntaron de nuevo al mismo tiempo:
—¿Su madre?
—Murió hace casi treinta años. Mi padre se casó con mi madre poco después de enviudar de la madre de mi hermano.
Mateo y Nicolás volvieron a mirarse extrañados. Habían llegado a la Hacienda de la Cumbre esa misma mañana, y el vizconde se había encargado de presentarles a todos los que vivían en la casona. A Julia se la presentó como su hermana, pero no les dijo que era hija de la segunda mujer de su padre.
—¿Por qué cree que su hermano nos ha ocultado esa información? —preguntó Nicolás.
—No le gusta mucho hablar de sí mismo. Su relación con nuestro padre no era precisamente buena. Dejaron de tratarse muchos años antes de que él muriese. Pero no creo que les haya ocultado nada a propósito, no vería necesario ser tan explícito en una simple presentación. Y yo tampoco lo veo, francamente. Les dijo a ustedes que yo era su hermana, y es lo que soy, no hacían falta los detalles.
***
Don Humberto Pacheco del Valle y Arriaga, octavo vizconde de Altaslomas, era el mayor terrateniente de las provincias a las que pertenecía el Monte del Risco. Su hijo, padre de Bruna y hermano de Julia, no solo llevaba su nombre, incluido el tratamiento de «don», sino que, además del título nobiliario que heredó a la muerte de su padre, este le había legado en vida todas las tierras del municipio de Aldea del Risco, el cargo de regidor de la aldea y la propiedad de todas sus edificaciones y las de sus pedanías correspondientes. Una fortuna que habían disfrutado los Pacheco del Valle de generación en generación.
Las fincas del vizconde ocupaban prácticamente toda la comarca, extendidas por las dos provincias a las que pertenecía el Monte del Risco. La mayoría se distribuían en pequeñas parcelas agroganaderas, explotadas en régimen de aparcerías.
La madre de don Humberto hijo, además, había heredado una serie de propiedades en Portugal, en una zona de dehesas a unas veintisiete leguas al sureste de Lisboa, de donde procedía su abuela por parte de madre.
Don Humberto padre enviudó el 21 de noviembre de 1841; tenía cuarenta años, la mitad de ellos los había vivido con su esposa.
Dos días después de la muerte de doña María Bruna de Casia, don Humberto hijo cumpliría veinte años.
La muerte de la octava vizcondesa de Altaslomas se produjo mientras su marido se encontraba en París, en uno de sus múltiples viajes a la capital francesa, donde había acudido en compañía de su amante para presenciar una demostración de cómo la pila voltaica podía descomponer el agua en sus diferentes elementos.
La relación entre padre e hijo estaba rota a todas luces. Don Humberto hijo no le perdonaba a su padre la falta de atención que demostró siempre hacia doña María Bruna y le miraba con un resentimiento más que evidente, acumulado durante años y enquistado en lo más profundo. Una mezcla de desconfianza y animadversión que hacía tiempo que había alcanzado un punto de no retorno.
El hecho de que la muerte de la vizcondesa encontrase al vizconde fuera de la ciudad y, para mayor ofensa, en compañía de otra mujer, agravó la situación, deteriorada de por sí desde hacía años.
La convivencia entre padre e hijo resultó imposible. La situación podía estallar por parte de cualquiera de los dos. Mantenían las distancias y se trataban procurando contener la tensión que provocaban el uno en el otro. Apenas hablaban entre sí, guardaban las formas por pura educación, desayunaban, comían y cenaban en la misma mesa y se fumaban un puro tomando el café en la biblioteca, pero la tirantez crecía a diario sin necesidad de que existiera una nueva razón para alimentarla.
Tal era el rechazo que se provocaban, que llegó un momento en que ninguno soportaba la presencia del otro, y tampoco tenían el menor interés en disimularlo. De manera que don Humberto padre pensó que había llegado la hora de separar sus vidas y que cada cual buscase la tranquilidad por su cuenta.
Su hijo había acumulado tantos agravios contra él que resultaba difícil enumerarlos; el mayor, desde luego, y quizás el único en que debería darle la razón, se centraba en haber dejado sola a la enferma en sus últimos días de vida.
El vizconde no debería haber ido a París estando enferma su mujer, pero la salud de doña María Bruna de Casia se encontraba en constante estado de alerta desde hacía años. Nunca pensó que empeoraría tan de repente y que el desenlace llegaría casi sin avisar.
Y don Humberto hijo no perdía la ocasión de recriminárselo una y otra vez, viniera al caso o no.
Él asumía su error y dejaba que se desahogara, pero el vaso de su paciencia estaba a punto de rebosar. Hasta que un día, unas semanas después del entierro, cayó la gota que faltaba para que su vida en común saltara por los aires.
—Ella no salía nunca de casa. Pero usted... —le dijo en la última comida en que compartieron mesa.
—Pero yo, ¿qué?
—Usted siempre andaba de acá para allá, quién sabe dónde y con quién. Y con qué precauciones.
—¿Estás insinuando algo?
—No estoy insinuando nada. Se lo estoy diciendo a las claras. Han sido sus correrías.
—¿Qué has dicho? ¿Mis correrías?
—Exacto. Sus correrías. Ellas son las que han traído las enfermedades a esta casa.
—¿Enfermedades que yo no he padecido?
—Bien sabe usted que algunas no hace falta que se vean para contagiarlas.
Hasta ese momento, don Humberto había mantenido la calma a duras penas, pero, ante el tono de su hijo y la gravedad de su acusación, se levantó de la mesa, le señaló con el dedo y le gritó:
—¡No te atrevas! ¡Nunca más! ¡¿Me entiendes?! ¡Nunca! ¡No te lo volveré a consentir!
Y salió del comedor dando un portazo que retumbó en toda la vivienda. Hacía años que no tocaba a su mujer. No podría haberle contagiado ninguna de las enfermedades a las que se refería su hijo, pero, además de la falta de ocasión, él siempre había mantenido un cuidado extraordinario.
Al día siguiente llamó a su hijo a su despacho y le propuso hacerse cargo de la hacienda de Aldea del Risco, y que se trasladase a vivir a la Casona de la Cumbre para administrar la propiedad. Una propuesta que su hijo aceptó sin necesidad de pensárselo.
***
Además de la Hacienda de la Cumbre y de las propias casas de Aldea del Risco y sus pedanías, don Humberto padre poseía otras fincas en la región, heredadas de su familia materna —aportadas por su madre, doña Urania Arriola, como dote para la boda—, varios cotos de caza mayor y menor y una decena de aparcerías más, repartidas entre las dos provincias del Monte del Risco.
Doña Urania, la séptima vizcondesa, heredera de una familia de hacendados procedentes de Vizcaya, conoció al viejo vizconde en una montería organizada en la Hacienda de la Cumbre para celebrar la llegada del siglo xix
