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Un canto al amor, la vida y la superación Los silencios de Hugo es un viaje por el pasado reciente de España, lleno de contrastes y claroscuros, y, sobre todo, un homenaje a la vida y a la capacidad del ser humano de seguir adelante. Noviembre de 1996. Hace doce horas que Olalla ha desaparecido y su ausencia no tiene sentido para nadie. No es propio de ella estar tanto tiempo sin avisar dónde localizarla, y menos ahora, cuando su hermano se debate entre la vida y la muerte, a la espera de un tratamiento experimental que podría salvarle. Todos la buscan, pero nadie logra dar con ella. Pero ¿cómo ha llegado Hugo a ese hospital y por qué ha desaparecido Olalla? Con prosa ágil y certera, Inma Chacón teje una historia marcada por los silencios: el de Hugo, que mantiene en secreto su enfermedad durante años, y el de Olalla, aquejada de polio, que procuró siempre no quejarse y ahora no contesta las llamadas de los suyos. El silencio, además, vertebra todas las relaciones de Hugo con su entorno: con Olalla, a la que siente que tiene que proteger, especialmente de sí mismo; con su amigo Manuel, de quien decide alejarse sin explicación alguna tras vivir con él sus tiempos revolucionarios; y con Helena, amiga de Olalla, de la que huye pese a que están enamorados; y con Josep, el marido de Olalla, con quien esta mantiene un feliz matrimonio hasta que el secreto de Hugo sale a la luz. Reseñas: "Una historia con una fuerza enorme que te emocionará desde la primera página" - Revista Mía "El silencio como hilo conductor y metáfora de la protección entre personas que se aman, pero también el que se impone sobre determinadas enfermedades, como el Sida" - ABC "Una historia de amor fraternal, de pareja, de amigos y el propio amor a la vida" Semana
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Seitenzahl: 347
Veröffentlichungsjahr: 2021
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INMACHACÓN
Los silenciosde Hugo
A Paco y a Julia. Y a todos los suyos
Hace doce horas que Olalla no da señales de vida. No es propio de ella. Ni lógico. Su hermano se encuentra en estado crítico, y la abogada apenas se mueve de la cabecera de su cama desde que lo ingresaron. Su ausencia no tiene sentido para nadie.
Su teléfono móvil continúa encendido. Hasta hace un par de horas respondía la propia Olalla a través del contestador automático, pero el buzón ya no admite más mensajes. En otras circunstancias, podría pensarse que la está reteniendo un asunto importante, pero nunca dejaría pasar tanto tiempo sin ponerse en contacto con el bufete o con su familia, y menos ahora, cuando Hugo se debate entre la vida y la muerte. Salió del hospital a primera hora de la mañana para atender a un interno del Centro Penitenciario de Valdemoro, a pocos kilómetros de Madrid, pero al despedirse aseguró que regresaría antes del mediodía.
El equipo médico de Hugo la había citado a las doce para informarla sobre los resultados del tratamiento, un cóctel de fármacos en fase experimental que quizá le salve la vida. El primer viso de esperanza para Olalla desde hace unos meses, cuando conoció la enfermedad de su hermano. Apenas un rayo de luz en la oscuridad donde lleva viviendo. La salida de un túnel que parecía taponada por piedras enormes, como las galerías de las minas accidentadas, cuando se derrumban las paredes y se impone la tragedia.
No tiene sentido su ausencia, sin una llamada, sin un recado, sin un aviso. No. No lo tiene. Ni sentido ni lógica.
Las alarmas saltaron al no presentarse a la cita. La doctora Del Solar la llamó varias veces al móvil y le dejó un mensaje en el contestador, pero no hubo respuesta.
En ese momento, el aparato continuaba dando cinco tonos de llamada antes de escucharse el mensaje grabado de Olalla, con un acento extremeño, arrastrado y amable, que no ha perdido desde que llegó a Madrid cuando era una niña.
—Lo siento, ahora no puedo atenderle. Pero devuelvo todas las llamadas. Por favor, deje su nombre y su número.
Sus amigos más íntimos también le han dejado decenas de mensajes urgentes a lo largo del día, insistiendo en que se ponga en contacto con ellos o con el hospital, hasta que la voz metálica de una operadora los ha informado de que el buzón de voz no admite más grabaciones, y han empezado a elaborar conjeturas que no convencen a nadie.
Josep, el marido de Olalla, ha denunciado la desaparición en una comisaría situada frente al hospital, pero le han asegurado que no pueden actuar hasta pasadas cuarenta y ocho horas. Lo dice el protocolo de actuación, unas normas no escritas, insensibles y duras, frías, dictadas desde los despachos de los que, probablemente, no han soportado nunca una espera tan larga y tan sin sentido: se trata de una persona mayor de edad que ha podido desaparecer voluntariamente. Hay que esperar.
Son las ocho de la tarde del 29 de noviembre de 1996. Las campanas de la torre de una iglesia colindante al hospital marcan la salida de las visitas. Los pasillos se van quedando vacíos poco a poco, mientras los familiares y amigos de Olalla se reúnen en la sala de espera donde les han permitido quedarse hasta que se aclaren las cosas.
Los últimos visitantes que ocuparon la sala dejaron la televisión encendida, y un fuerte olor a cansancio y a humo que continúa flotando en el ambiente, denso y pesado.
En la habitación de Hugo hay una actividad incesante. Las enfermeras entran y salen a cada minuto. A veces de dos en dos, y otras por separado. La doctora Del Solar ha doblado su guardia para vigilar la evolución del enfermo. Nadie, excepto el personal sanitario, puede entrar a verlo.
Josep se ha sentado en un rincón de la sala de espera, apartado del resto, después de dar vueltas y más vueltas llevándose las manos a la cabeza. Del pasillo al ventanal de la sala, de la sala a la puerta cerrada de la habitación de su cuñado, de la puerta de la habitación al pasillo y al ventanal.
Hace más de dos horas que cayó la noche y dejó en penumbras el jardín delantero del recinto hospitalario, un antiguo cuartel cedido por el Ministerio de Defensa al de Sanidad y Consumo.
Durante el día, el jardín se ve repleto de gente, y ahora, solitario y quieto, como las fotografías antiguas que cuelgan en las paredes de los vestíbulos y las salas de espera, en recuerdo de los usos anteriores del inmueble. Nostalgia en color sepia donde se guarda la historia del complejo militar.
Hace frío en el exterior y se está levantando algo de neblina. Olalla siempre reniega de las noches así. No puede soportar que la humedad se le cuele hasta los huesos y le reavive el dolor de las piernas, sobre todo de la que tiene más corta. No le gusta la niebla, ni el frío, ni la lluvia, ni las tormentas. Los odia, dice que son venganzas de la Naturaleza por el maltrato continuo que está sufriendo.
Por la mañana, sin embargo, lucía un sol radiante, ese sol de noviembre que difumina el cielo contaminado de Madrid, encapotado por el humo de las calefacciones. Hace semanas que no cae una gota de lluvia en la ciudad, pero por las noches se levanta una bruma pegajosa y negruzca que lo empapa todo, mezclada con las partículas de carbón transportadas por el aire.
Josep ha vuelto al ventanal. Observa el jardín y, al fondo, la calle, solitaria y oscura. No para de mirar el reloj. Las manillas avanzan a pesar de que el tiempo se ha quedado en suspenso. Quieto. Impasible. Cruel. Incapaz de ofrecerle la menor muestra de compasión.
La humedad se está cristalizando en capas de hielo sobre los techos de los automóviles, y en la televisión acaban de informar de que seguirán bajando las temperaturas.
Las miradas de la sala de espera se cruzan y se rehúyen al mismo tiempo, en un acto instintivo de impotencia compartida y desolación.
Los pasillos del hospital se han quedado vacíos.
Las salas de espera, también, excepto la que ocupan los familiares de Hugo.
El vaho y la oscuridad impregnan los cristales.
Y el silencio de Olalla retumba en la mente de todos como un mal presentimiento, convertido en un grito largo y ahogado, profundo, un grito de angustia que nadie se atreve a lanzar en voz alta.
Josep no se separa de la ventana. Mira el reloj, lo remira, apoya la frente en el cristal y siente el frío de la calle, el frío húmedo que odia su mujer con todas sus fuerzas.
¡Llama, Olalla, por lo que más quieras, llama! ¡Por favor, Olalla! ¿Dónde te has metido? ¡Llama! ¡Llama!
La doctora no ha dejado de entrar y salir de la habitación de Hugo en todo el día. Las enfermeras le han tomado la temperatura y controlado el goteo más veces que nunca. Ellas creen que él no se entera de nada, porque la mayor parte del tiempo está semiinconsciente, pero se equivocan, Hugo oye sus pasos acercándose y alejándose, siente el calor de sus cuerpos, sus movimientos alrededor de la cama y los suspiros que no pueden evitar, sofocados a duras penas por sus mascarillas verdes.
Claro que se entera, y quisiera gritarles: ¿Qué está pasando? ¿Por qué no entra nadie a verme? ¿Dónde está mi hermana?
Conoce al equipo médico desde hace doce años. Cada enfermera tiene un olor diferente, una forma distinta de andar, de ponerse y quitarse los guantes de látex. A veces se intercambian los turnos, pero él sabe a quién le toca cuidarle cada mañana, cada tarde y cada noche.
Doce años ya.
Mientras no dio la cara, Hugo arrastró su virus como su hermana arrastraba la polio que contrajo de niña, ocultando su dolor y su miedo para que no les doliera a los suyos.
Olalla se había infectado en el verano de 1959, en una playa del Algarve donde Hugo se empeñó en celebrar su sexto cumpleaños porque quería conocer el mar. Olalla no había cumplido los cinco años.
Su padre se mostró contrariado con aquel viaje; tenía una plantación de tabaco a las afueras del pueblo y no podía desatenderla por un capricho de su hijo, pero su madre consiguió convencerle y se marcharon los cuatro a pasar un par de días al sur de Portugal, sin saber que acababa de producirse un brote de polio que se cebaría con el sur de la península ibérica y se extendería por todas partes como una maldición de la Biblia.
El niño apagó sus seis velas en un restaurante frente al Atlántico, donde su hermana se entretuvo jugando con unas niñas que la trataron como a una muñeca. La peinaron, la bañaron en la orilla del mar, la secaron con sus propias toallas y le dieron decenas de besos.
Olalla amaneció con fiebre a la mañana siguiente, igual que les sucedería a las niñas con las que había jugado. Comenzó a quejarse de dolor en las piernas, se le pusieron rígidas y dejó de moverlas.
La parálisis la mantuvo en cama durante trece meses, para someterla después a una intervención detrás de otra y atarla durante años a unos hierros de los que nunca se quejaba, porque no soportaba la compasión ni el llanto de los demás.
Aceptar la compasión es colocarse en un plano inferior al que compadece, debilitarse en la diferencia y asumirla como un mal del que se debería huir. Olalla aprendió desde muy pequeña que tendría que vivir con su enfermedad como con sus ojos negros, su pelo moreno y rizado y su piel cetrina, sin lamerse las heridas y sin que los demás supieran cuándo tenía motivos para hacerlo.
Y cuando le tocó a Hugo ser el enfermo, eligió también el silencio. Se encerró en sí mismo para que nadie tuviera que sufrir por él ni con él, y se alejó de todos.
Aún no sabía que sus padres no tendrían que llorarle, porque ambos morirían antes que él. El cáncer se llevó a doña Aurora sin que apenas pudiera darse cuenta y, once meses más tarde, la pena se llevó detrás al hombre, que no podía vivir sin su mujer.
Unas semanas después del entierro de don Francisco, Olalla descubriría el secreto que había guardado su hermano durante doce años.
La abogada había aceptado la muerte de sus padres sin plantearse que podría rebelarse. Lloró sobre los hombros de Hugo y de Josep hasta que el desgarro se fue convirtiendo en un llanto tranquilo y consiguió asumir la pérdida. Pero aún no había llorado suficiente cuando descubrió que el dolor no siempre empieza con la ausencia del otro, sino con la certeza de que sangrarán las heridas mucho antes de que existan.
La seguridad de que el sufrimiento se acerca puede doler tanto como el propio daño, a veces, incluso más, como le sucedió a ella cuando conoció el secreto de su hermano, porque no le dejó la menor oportunidad a la esperanza.
La sentencia era firme y no cabía apelación alguna.
Si lo hubiera sabido antes…
Si Hugo no se hubiera callado durante tanto tiempo…
Si no le hubiera mentido…
Si hubiera confiado en ella…
Si hubiera…
Olalla se educó en un colegio de monjas francesas, donde le inculcaron una aversión por la mentira que condicionó su vida. Ni se miente ni se tapa la verdad. Lo aprendió cuando trató de encubrir a una compañera que fingió estar enferma para saltarse las clases durante tres días seguidos. A Olalla la castigaron a copiar doscientas veces una enseñanza del Evangelio que se le quedó grabada en el cuaderno y en el alma: La verdad os hará libres. San Juan, capítulo 8, versículo 32.
Su compañera recibió un castigo parecido, además de una expulsión del colegio de quince días. Y, como colofón, para que sirviera de ejemplo al resto de las alumnas, a la vuelta, la obligaron a escribir en la pizarra, una y otra vez, la segunda frase que se quedaría en la mente de Olalla como una advertencia inquietante: La mentira perjudica más al que la dice que al que la recibe.
Aquel día, mientras su amiga se afanaba en la pizarra, a Olalla se le iba llenando la boca de un sabor ácido y amargo que le subía desde el estómago y la obligó a salir corriendo en dirección a los lavabos, entre arcadas y retortijones de tripa.
Aún no había cumplido los diez años. Desde entonces, desarrolló un rechazo casi enfermizo por la mentira, un malestar entre físico y moral que la acompañó durante toda su adolescencia.
Pero se licenció en Derecho y eligió ejercer como abogada penalista. Su profesión le enseñó que la verdad perjudica al culpable y que cualquier reo tiene derecho a mentir para librarse de las acusaciones que pesan sobre él. No es cierto que la verdad nos haga libres, no siempre, a veces hay que sortearla para que no nos destruya. Olalla lo aprendió hace mucho tiempo. La verdad puede ser una soga alrededor del cuello, un nudo en la garganta que nos impide respirar, una corriente de aire que nos empuja hacia el abismo. Olalla lo sabía. Y sabía que la mentira no siempre necesita las palabras; a veces, el silencio es capaz de mentir, tanto o más.
Ella misma se enfrentó muchas veces al dilema de hablar o guardar silencio, pero ahora era distinto, ahora se trataba de una enfermedad que nadie se atrevía a llamar por su nombre. Tampoco la abogada.
Olalla habría estado dispuesta a dejarse arrastrar al precipicio si no supiera que detrás caerían también sus hijos, contagiados por el estigma del que Hugo quiso protegerlos desde que averiguó que se había infectado. Olalla no quería ver a sus hijos marginados en el colegio, en el parque o en la consulta del pediatra, como esos niños que se convirtieron en noticia de los telediarios hacía algunos años, señalados por la ignorancia, la confusión y el miedo de las madres de sus compañeros.
En la retina de la abogada, permanecían vivas las imágenes de un Informe semanal que se emitió a principios del curso escolar 1989-1990, sobre las posibilidades de contagio en los centros educativos, una polémica que agitaba los ánimos de los padres de los alumnos que debían compartir aula con los hijos de los infectados.
El programa mostraba las manifestaciones contra la escolarización de una niña que había nacido con anticuerpos. Las madres de sus compañeros protestaban con la boca tapada con esparadrapo, bajo una pancarta en la que habían dibujado el signo de la muerte —dos tibias sobre una calavera, alarmantes y amenazadoras, negras, como el miedo que transmitían sus mordazas—. Los manifestantes habían colocado cadenas en la verja del colegio para impedir la entrada de los escolares cuyos padres no apoyaban el boicot contra la niña seropositiva, y habían llenado los muros de la institución de pintadas de rechazo.
Algunas imágenes se habían tomado en las asambleas donde las madres exigían la expulsión de la pequeña, otras enseñaban el aula vacía, y otras se centraban en las declaraciones de la maestra y en las campañas que habían puesto en marcha las instituciones sanitarias para tranquilizar a la población, donde se insistía en que, hasta la fecha, no se había dado un solo caso de contagio en el medio escolar.
La campaña —compuesta por anuncios de radio y televisión, y carteles que sembraron los centros sanitarios y numerosos lugares públicos— se basaba en el lema Sí da, no da, que pretendía aclarar las vías de contagio, a través de situaciones de la vida cotidiana protagonizadas por los símbolos del sexo masculino y femenino en forma de simpáticos dibujos animados.
Olalla no podía olvidarse de aquel programa de Informe semanal. No podía. Pero, sobre todo, por encima de todo, no podía olvidar cómo se posicionó entonces al lado de la intransigencia. Sus hijos tenían entonces uno y dos años. Nunca habían ido a una guardería, Josep se había negado en rotundo a exponer a sus hijos a los gérmenes que proliferaban en los parvularios y contrató a una chica para que los cuidase mientras ellos trabajaban, pero el mayor cumpliría tres años al comienzo del curso siguiente y tenían previsto matricularlo en Infantil del colegio de su urbanización.
—Yo tampoco llevaría a los niños a ese colegio —comentó Olalla mientras veían Informe semanal—. Dicen que no se contagia por la saliva, pero ¿y si tienen una pupa en la boca? ¿Quién es capaz de controlar que un niño sano no chupe un caramelo de uno infectado?
Y tampoco podía olvidar cómo la apoyó Josep con argumentos parecidos a los suyos.
—¡Desde luego! Mucho ejemplo de sí da no da, pero ¿qué pasa si un niño se cae y se hace una herida? ¿O si se pelean y se muerden?
Las campañas se siguieron multiplicando un año tras otro hasta el día en que desapareció la abogada, pero el debate continuaba en la calle.
Desde el primer caso diagnosticado en el país, en 1981, el virus se propagó de forma alarmante. Las cifras justificaban el miedo y la desconfianza, que se extendieron como una mancha de aceite, empapándolo todo. Desde 1981 a 1996, en España se contabilizaron casi ciento cincuenta mil víctimas, más de treinta mil mortales.
Una pandemia que en el resto del mundo se cifraba en treinta millones de personas infectadas, de las que ocho millones y medio desarrollaron la enfermedad y más de seis millones fallecieron.
Olalla no supo que su hermano formaba parte de las estadísticas hasta que las enfermedades oportunistas comenzaron a aparecer, siete años después de la emisión del programaen el que se identificó con las madres que reclamaban el derecho a proteger a sus hijos.
La abogada no había encontrado el valor para contarle a nadie la verdad. Solo su amiga Helena compartía con ella la angustia que le encogía el estómago; y su marido, que no tenía angustia, sino miedo, un miedo incontrolado que consiguió separarlos cuando más se necesitaban.
Olalla y Josep se conocieron a finales del verano de 1973, en la Unidad del Campamento de San Clemente de Gerona, donde Josep y Hugo cumplieron el primer periodo de instrucción del servicio militar. Los jóvenes se habían acogido a las Leyes de la Milicia Universitaria que, para no interrumpir el periodo lectivo, permitían realizar dos periodos de instrucción durante las vacaciones de verano del segundo y el tercer curso de carrera, y seis meses de prácticas como oficiales o suboficiales de complemento, una vez que obtuvieran la licenciatura en sus estudios.
Olalla acompañó a su madre a la jura de bandera en representación de su padre, quien vivía en un estado de reposo obligado desde hacía tiempo, a causa de una dolencia cardíaca.
La familia de Josep no pudo estar con él en la ceremonia, de manera que Hugo decidió compartir la suya con él. Deseaba emparejarlo con su hermana desde que se conocieron, estaba completamente seguro de que se complementarían y, en muchas ocasiones, ambos habían bromeado con la idea de convertirse en cuñados.
La habían visto llegar cojeando para colocarse en primera fila, justo enfrente de la formación donde ellos esperaban su turno para besar la bandera, uno al lado del otro. Olalla llevaba un traje de chaqueta que la hacía parecer mayor. En varios momentos de la ceremonia había mirado a Josep a los ojos, e incluso sonreído, entre insolente y acogedora, como si supiera que su familia no había ido a la jura y quisiera decirle que no estaba solo. Y él le había guiñado un ojo disimuladamente.
Cuando rompieron filas, el soldado que estaba a su izquierda le preguntó si la conocía y él le contestó haciéndose el despistado.
—¿A quién, a la cojita? —dijo sin darse cuenta de que ella les estaba escuchando—. Creo que es la hermana de Hugo.
En ese momento, Olalla no dijo nada, se guardó la respuesta hasta que se le presentara la oportunidad de dársela en privado y esperó.
Su madre los invitó a comer en un restaurante típico de la ciudad, a orillas de uno de sus ríos, donde Hugo y Josep no pararon de hablar y de contar anécdotas. Olalla se colocó frente a él y no dejó de lanzarle miradas huidizas, pero apenas le habló directamente.
Después de la sobremesa dieron un paseo por el centro histórico. Josep actuó de cicerone para todos, pero la mayor parte de las explicaciones se las dirigía a Olalla, admirada con cada rincón que le enseñaba y cada leyenda que le contaba.
Una vez terminada la visita, cuando se encaminaban al coche para volver a Madrid, la joven se colgó del brazo del amigo de su hermano y alargó el cuello para hablarle al oído.
—Si quieres que nos llevemos bien, no vuelvas a llamarme cojita. Te oí en el cuartel.
Él la miró desconcertado, movió la cabeza a un lado y a otro como si quisiera deshacer un error involuntario, e inició una serie de frases de disculpa que ella interrumpió sistemáticamente.
—Lo siento, yo…
—No lo sientas, de verdad. No lo vuelvas a decir y podremos ser grandes amigos.
—De acuerdo. Me sabe mal que…
—Insisto, no quiero que te disculpes.
—Ya, pero…
—No te lo vas a creer, pero es que yo no soy cojita.
A Josep se le puso un nudo en la garganta, se desabrochó el cuello del uniforme, confundido y avergonzado, e intentó disculparse otra vez, pero ella volvió a interrumpirlo.
—No me gustan los eufemismos. Yo soy coja, no cojita.
—Molt be, molt be —contestó Josep sonriendo—, no volveré a…
—De verdad, no te disculpes. Te lo he dicho porque me has caído bien. Me ha gustado tu forma de tratarme, sin obsesionarte por no mirarme las piernas.
Mientras hablaba, Olalla sacó unas gafas del bolso y se las puso.
—¿Ves? También soy miope, y todavía no se le ha ocurrido nunca a nadie llamarme miopita.
Josep no pudo evitar que se le escapase una carcajada. Se paró en seco en medio de la acera, se colocó ante la que le pareció la mujer más adorable del mundo, apoyó una rodilla en el suelo y se quitó la gorra.
—Lo siento, miopita, ignoraba que algunas cojas tuvieran tanto interés por el lenguaje. ¿Podrías perdonar mi torpeza?
En ese momento, desde una furgoneta cargada de soldados, se oyó una voz seguida por un coro de risas.
—¿A qué estás esperando, recluta? ¡Bésala ya! ¡Es una orden!
Josep se levantó y obedeció. Sujetó la barbilla de Olalla con la mano derecha, rodeó su cintura con la izquierda para atraerla hacia su boca y le dio un beso sin saber que para Olalla sería el primero.
Ella lo recibió sin saber que tenía que abrir los labios.
Veintitrés años después, mientras Josep mira a través de los cristales del ventanal, no puede dejar de pensar que desearía tenerla en los brazos, olvidarse de sus diferencias y levantarla del suelo para repetir aquel beso.
Pero las horas pasan, y siguen sin tener una sola noticia de ella.
Han llamado a todos los hospitales y casas de socorro de Madrid y sus alrededores. La han buscado en su casa y en el despacho. Han recorrido varias veces el tramo de la carretera que debería haber usado para resolver el asunto que la obligó a salir del hospital. Pero no aparece. Josep ha vuelto a la policía, que insiste en que aún no puede actuar, que tenga paciencia, pero le hacen tantas preguntas que no sabe a qué atenerse.
El día anterior, Olalla había llamado por teléfono a sus hijos, pero no preguntó por él ni él mostró ningún interés en ponerse al aparato. La última de una larga lista de llamadas en la que ninguno preguntó por el otro, desde que supieron lo que supieron y cada cual reaccionó a su manera.
Josep no debería haberle contado nada a la policía. Porque le interrogan como a un sospechoso y centran todas las preguntas en la relación que mantiene con su mujer.
—¿Por qué se fue usted a Barcelona? ¿Cuándo ha vuelto? ¿Por qué discutieron? ¿Cuándo la vio por última vez? ¿Sigue enfadado con ella? ¿Cómo diría que son sus discusiones? ¿Violentas?
Y él se desespera. Y se desespera aún más cuando vuelve a llamar al móvil de Olalla y la voz metálica de una operadora de la compañía telefónica le dice que ya no funciona.
—El teléfono móvil al que está llamando se encuentra apagado o fuera de cobertura.
¡Olalla, por Dios, busca un teléfono! ¡Por lo que más quieras! ¡Una cabina, un bar, un hotel…! ¡Llama! ¡Por nuestros hijos! ¡Llama de una maldita vez!
Helena se ha colocado junto a Josep y se le ha colgado del brazo para que sienta su apoyo. Le aprieta el antebrazo con las dos manos en señal de cariño y fija la mirada en los edificios de enfrente. Apenas se distinguen tras la bruma, cada vez más cenicienta y densa. Algunas ventanas están iluminadas. Helena las mira como si pudiera colarse por los cristales para ver qué ocurre en cada salón y en cada dormitorio. Los imagina tranquilos, calientes, acogedores, felices, habitados por gente sencilla que disfruta de su vida y de sus rutinas: la cena, la tele, las protestas de los niños a la hora de acostarse, el beso de buenas noches y la seguridad de que llegará la mañana.
—No te preocupes —le dice a Josep como si estuviera hablando para sí misma—, ya sabes que odia los móviles. Seguro que aparece diciendo que se lo ha dejado en cualquier sitio y no ha encontrado la forma de decirnos dónde se ha metido en todo el día.
Y Josep le responde que no sería la primera vez que lo pierde o se lo deja olvidado por ahí, pero a ninguno de los dos les convence lo que acaban de decirse. Es cierto que a Olalla no le gustan los móviles. Se siente ridícula hablando por esos trastos que mucha gente lleva solo por aparentar. Ella se resistió a comprarlo, pero acabó por ceder ante la insistencia de sus compañeros del bufete. En su profesión, la posibilidad de estar localizados supone una ventaja innegable. Así es que se compró el más barato que encontró en el mercado, aunque la mayor parte de las veces se lo deja en casa, olvidado en alguno de los bolsos que colecciona.
Es cierto, no le gustan los móviles. Los odia, como odia el frío y la niebla. Pero también es cierto que siempre encuentra un teléfono fijo desde el que llamar.
Josep le pasa el brazo a Helena por encima del hombro, ella le abraza la cintura, apoya la cabeza sobre él y aguanta la angustia.
Los dos miran por el ventanal.
El frío se ve desde arriba como un cuchillo en la noche.
La niebla se está espesando. Se condensa cada vez más sobre los techos de los coches, en las aceras y en los troncos de los árboles.
Y las horas pasan, lo dicen las campanas del reloj de la iglesia cercana, aunque el tiempo se haya estancado en la sala de espera.
Olalla presintió que Josep se convertiría en el hombre más importante de su vida cuando le guiñó un ojo desde la primera fila de la formación que compartía con su hermano, cuando juraron bandera al terminar el campamento del servicio militar. Él tenía entonces veinte años. Ella, diecinueve.
Su madre se había mostrado encantada de que Josep los acompañase a comer, y Hugo se comportó en todo momento como si también presintiera que entre su hermana y su amigo había nacido algo que los uniría para siempre a los tres.
Habían almorzado en un restaurante del casco antiguo, junto a uno de los cauces que discurrían por Gerona, la ciudad de los cuatro ríos. Desde los ventanales del restaurante podían verse las torres de la catedral, que sobresalían majestuosas detrás de las casas, a la otra orilla del Oña. En las aguas del río se reflejaban las siluetas de los edificios adosados a la muralla medieval, bajo un cielo cubierto de nubes a punto de venirse abajo. Durante toda la comida, se rieron con los relatos de rigor de los reclutas: imaginarias en las que los árboles se convertían en sombras amenazantes, pases pernocta que no llegaban, arrestos del cetmepor haberse disparado solo, escapadas a medianoche vestidos de paisano y decenas de anécdotas más que los acompañarían como un ritual obligado cada vez que volvieran a verse.
Después de comer pasearon por las calles empedradas de aquella ciudad repleta de historia y de leyendas que Josep les contó entusiasmado. La de la bruja de la catedral, que tiraba piedras contra la fachada del templo y se convirtió en gárgola como castigo divino. La de la leona que trepa por una columna del siglo xii situada junto a la excolegiata de San Félix, que todos besaron para cumplir con la tradición del bautizo gerundense: no es buen ciudadano de Gerona el que no ha besado el culo de la leona. La del halcón que descubrió el cuerpo de Ramón Berenguer, muerto a manos de su hermano gemelo. En los funerales de la catedral, el halcón sobrevoló sobre el asesino para que no quedase impune el fratricidio. Y la del sepulcro de San Narcís, que defendió su iglesia lanzando miles de moscas contra los franceses que asediaban la ciudad.
Cuando empezaron el recorrido, Olalla se adelantó para caminar al lado de Josep, que no había dejado de mirarla y devolverle sonrisas, mientras Hugo y su madre los seguían a unos pasos.
Jamás hubiera imaginado que de aquel viaje a Gerona se llevaría su primer beso y la sensación de que había conocido al hombre más tierno del mundo.
Era tan alto que para besarla tuvo que levantarla del suelo; la sujetó por la cintura y la atrajo hacía arriba como si fuese una pluma.
Ella cerró los ojos y se dejó llevar.
El único punto que la mantenía unida a la tierra era el dedo gordo del pie sano, pero nunca se había sentido más estable. Josep se alargó en aquel beso que se convertiría en un lugar común entre los recuerdos que construyeron juntos. Ella separó los labios sabiendo que su madre y su hermano los estaban mirando y recibían aquel momento como un regalo de Dios.
Hugo sonrió. Conocía el nombre de cada chaval, algunos de ellos amigos suyos, que Olalla había rechazado por no saber disimular el embarazo ante su cojera.
Su madre no sabía que su hija había crecido hasta convertirse en una mujer con un cuerpo casi perfecto, sujetado por las piernas desiguales que tanto la habían acomplejado de niña.
Olalla se mantenía en equilibrio sobre la punta del dedo, saboreando la sensación de ser el centro de la felicidad.
Y Josep continuó besándola, sin pensar en otra cosa que en sus ojos cerrados.
La infancia es un olor que vuelve siempre,un amigo del alma, unas manos seguras, un pueblo y un río.
—Se me va mi infancia. Cuando todo era bonito y los domingos olían bien —le había dicho Olalla a Helena llorando cuando supo que Hugo se moría.
Y su amiga la abrazó intentando darle un consuelo imposible, viéndola sufrir y sin poder remediarlo.
Apenas habían cumplido un año de amistad, pero entre ellas existía una complicidad y una confianza absolutas, un cariño que no se basaba en el tiempo, sino en la intensidad de los momentos compartidos, desde los más insignificantes hasta los que impiden dormir.
Helena trabajaba como secretaria de un bufete de abogados penalistas situado en el mismo edificio que el de Olalla, junto a la plaza de las Salesas, una en la primera planta y la otra en la segunda.
Los jueves coincidían en la sala de espera de una clínica de fisioterapia cercana y se saludaban cortésmente, sin que ninguna de las dos supiera que acababan de llegar del mismo lugar, una en el autobús, leyendo tranquilamente en el asiento reservado para minusválidos, y la otra en el metro, sin leer y de pie, porque no le compensaba sentarse para un trayecto de solo dos paradas.
Así estuvieron durante un par de meses, recibiendo cada una su tratamiento todos los jueves, en la hora del descanso para comer, y volviendo a la oficina en el mismo transporte que habían utilizado para llegar hasta allí.
Hasta que un día, Helena decidió regresar en autobús y se encontró en la parada con la chica de la sala de espera.
Desde entonces, todos los jueves salían juntas del edificio de oficinas. Si Olalla tenía alguna visita al centro penitenciario, un juicio o una reunión, quedaban en la parada de autobús o en la propia clínica, para volver juntas al trabajo después del tratamiento.
En cierta ocasión, Olalla le propuso a Helena que la acompañase al supermercado para hacer la compra de la semana.
—Suelo ir los sábados con mi marido, pero sé que lo odia. ¡Anda, dime que sí! Luego merendamos en mi casa.
A partir de entonces, se alternaron para llevar el coche a la oficina un jueves cada una. Aquellas tardes se convirtieron enseguida en las de las confidencias, las risas y las meriendas en casa de Olalla.
Después de las sesiones de fisioterapia, se lanzaban a los pasillos del hipermercado para llenar sus carros de cosas que necesitaban y que no.
Hoy también deberían haber ido a fisioterapia, pero Olalla no se ha presentado a la cita, y la preocupación que Helena sintió en un principio se ha ido transformando en miedo.
Helena necesita el consuelo que ella le ofrece a Josep. Un consuelo que solo sirve para cubrir la necesidad de ofrecerlo.
Su amiga salió del hospital a las ocho de la mañana para entrevistarse con un interno en el Centro Penitenciario Madrid III, entre Pinto y San Martín de la Vega. Pero no llegó a su destino.
Manuel y Yolanda, el mejor amigo de Hugo y su mujer, fueron las últimas personas en verla. Josep les ha preguntado una y otra vez por algún dato que pueda aportar luz sobre el paradero de la abogada, pero solo recuerdan que llevaba tanta prisa que apenas se despidieron. Se fue sola y se llevó el coche de Yolanda, a menos que encontrase las llaves del suyo en el último momento.
Nadie se explica por qué no llama. Nadie mira a los ojos a nadie, ninguno quiere contagiarle su angustia a los demás. Ni el miedo ni las ganas de llorar.
¿Dónde estás, Olalla? ¿Dónde te has metido? ¿Por qué no te pones en contacto con nosotros?
Manuel se convirtió en el mejor amigo de Hugo desde el mismo día en que su familia se instaló en una colonia de viviendas unifamiliares situada al norte de la ciudad, recién llegados de Extremadura.
Los dos recordaban la fecha exacta porque el día anterior habían asesinado al presidente de los Estados Unidos y en sus casas lo habían llorado como si se tratase de un familiar. Por aquel entonces, Manuel había desarrollado una enfermedad de la piel que le producía irritación en la cabeza, las rodillas y los codos, cuyos brotes se agudizaban con los estados nerviosos. Manuel había visto a sus padres tan alterados por el magnicidio que el día en que conoció a Hugo tenía el cuerpo repleto de descamaciones. Las de la cabeza no se le veían a simple vista, y las de las rodillas se las tapaba usando pantalones largos, pero los codos resultaban más difíciles de ocultar. Otros niños se hubieran reído de él llamándole pescado o lagartija, como le pasaba con frecuencia, pero Hugo, en cuanto lo vio, reconoció los síntomas de la enfermedad que sufría el mejor amigo que había dejado en el pueblo, e inmediatamente lo identificó con Manuel y se hicieron inseparables.
Vivían en la misma calle e iban al mismo colegio, unas veces andando y otras en el tranvía, que los dejaba prácticamente en la puerta.
No había secreto que no compartieran ni pelea en la que se enzarzase cualquiera de ellos en la que el otro no le defendiera.
Hasta que Hugo empezó a encerrarse en su caparazón años después, los dos amigos fueron el binomio que nadie conseguía separar, ni las familias, ni los otros amigos, ni los ideales, ni siquiera los amores de juventud.
Manuel fue el único que advirtió que el cambio de Hugo se produjo poco tiempo después de terminar la carrera de Ciencias Exactas. Olalla no. Olalla hubiera querido estar alerta, haber sido capaz de identificar el primer síntoma para no consentir que los demás se le escapasen. Nunca reparó en que las matemáticas se convirtieron en lo más importante para su hermano, como si condujeran a algún lugar donde no se pudiera acceder de otra forma, como si ellas mismas fueran un espacio en el que vivir.
La abogada tampoco se dio cuenta de que su hermano se apartó de sus amigos sin mediar explicación. Una excusa detrás de otra, un me duele la cabeza, ya te llamo yo cuando pueda; hoy no puedo salir, tengo que corregir muchos exámenes; mañana tengo que madrugar. Hasta que los amigos dejaron de llamar y la familia se fue acostumbrando poco a poco a verle como un hombre solitario.
Hacía mucho tiempo que Olalla no contaba con él. Apenas se veían y, cuando lo hacían, Hugo siempre encontraba alguna excusa para no rozarla ni besarla.
Aunque solo se llevaban un año, Hugo siempre había ejercido de hermano mayor, de amigo, de protector, de confidente. Él la defendía de las burlas de los niños sobre su cojera, la llevaba de acá para allá, en brazos si hacía falta, y la abrazaba cuando se acercaban las fechas de las operaciones, para que llorase con él lo que no quería llorar delante de sus padres.
Cuando comenzó a encerrarse en sí mismo, Olalla y Josep acababan de mudarse a un chalé, a ella le habían dado firma en el bufete donde llevaba trabajando como pasante desde hacía cuatro años, y se estaba planteando la posibilidad de tener hijos. Estaba tan absorta en su vida, con la mirada siempre puesta en el juicio que debía preparar, en los muebles con los que quería decorar su nueva casa y en las facturas que no paraban de llegar que los primeros desplantes de Hugo le pasaron inadvertidos.
Josep había abierto un gimnasio en el centro comercial de la urbanización donde compraron la casa. Un sueño que acariciaba desde que terminó la carrera de Educación Física y se trasladó a Madrid para casarse.
Hugo entrenaba todas las tardes en el gimnasio de su cuñado. Después del entrenamiento, se tomaba una cerveza con él y se volvía a casa en bicicleta. Hasta que un día, con la excusa de que se la había roto la bici y no le gustaba conducir, cambió de gimnasio, espació sus visitas a la casa de su hermana y empezó a rehuir sus besos. Casi nunca aceptaba sus invitaciones a comer o a cenar y, cuando lo hacía, se empeñaba en llevar sus propios platos, su vaso y sus cubiertos.
Mientras Hugo se alejaba, Olalla se enfrascó en su bufete y en su vida. Intentó quedarse embarazada, pero cada embarazo terminaba en un aborto que la sumía en una profunda tristeza, hasta que once años después de su boda, cuando ya había desistido, llegó Antonio, su primer hijo. Olalla tenía treinta y dos años. Trece meses después llegaría la niña, Aurora, una preciosidad que heredó el nombre de su abuela y las piernas de su madre, de las que Olalla habría podido presumir de no haberse contagiado de la polio.
Durante años, Olalla se concentró en su vida familiar y profesional, sin darse cuenta de que estaba perdiendo a su hermano y no estaba haciendo nada para ponerle remedio. Al fin y al cabo, entre las actividades extraescolares de los niños, las vacunas, los dentistas, los deberes, los cines de dibujos animados, sus propias idas y venidas a los médicos, y el bufete no le quedaba un minuto libre en la agenda.
Y así, enfrascada en sus cosas, se acostumbró a las excentricidades de Hugo sin preguntarse a qué se debían. No obstante, a raíz de la muerte de sus padres, intentó un acercamiento para el que solo encontró evasivas y salidas de tono.
—¿Qué pasa, Hugo? —le preguntó en cierta ocasión en que lo notó desmejorado y taciturno.
—¡Qué va a pasar! Los trenes por la superficie y el metro por el túnel.
—Hace años que no tenemos una conversación decente. Dime la verdad, algo te pasa.
—La verdad no existe. Solo es una decisión lógica entre el sí y el no.
Ella se conformó con la evasiva, estaba acostumbrada, aunque, años después, no dejó de lamentarse.
La plantación de tabaco de don Francisco era una de las más extensas del norte de Extremadura. Un mar de matas dispuestas en hileras sobre las faldas de las estribaciones de la sierra de Gredos, donde se levantaban varios secaderos para el proceso de curado. El río Tiétar atravesaba el cafetal, procedente de la sierra, retorcido en meandros y gargantas repletas de pozas y cascadas.
