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María, una reconocida periodista, viaja a Barcelona y queda involucrada en un delito por el que cae en prisión. En una vieja máquina de escribir inicia un relato en el que vuelve una y otra vez sobre su pasado, sobre la maternidad y los vínculos familiares. Su marido viaja desde Buenos Aires y contrata a un afamado abogado para poder liberarla y así volver juntos, finalmente, a la casa familiar con las hijas de ambos. Pero María ya no es la misma, no se siente madre, y se esconde en un pueblo de pescadores donde le ocurrirá un hecho que cambiará su vida.
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Seitenzahl: 411
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Dragna, Vivian
El daño está hecho / Vivian Dragna. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Corregidor, 2024.Libro digital, EPUB - (Narrativas al Sur del Río Bravo / María Fernanda Pampín ; Paula Pampín ; 10)
Archivo Digital: descarga ISBN 978-950-05-3397-3
1. Novelas. 2. Literatura Argentina. 3. Mujeres. I. Título.
CDD A863
Diseño de tapa: Ezequiel Cafaro
Todos los derechos reservados
© Ediciones Corregidor, 2024
Lima 575 1° piso (C1073AAK) Bs. As.
Web site: www.corregidor.com
e-mail: [email protected]
Este libro no puede ser reproducido total ni parcialmente en ninguna forma ni por ningún medio o procedimiento, sea reprográfico, fotocopia, microfilmación, mimeógrafo o cualquier otro sistema mecánico, fotoquímico, electrónico, informático, magnético, electroóptico, etc. Cualquier reproducción sin el permiso previo por escrito de la editorial viola derechos reservados, es ilegal y constituye un delito.
1.ª edición digital: septiembre de 2024
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Para mí.
Para aquellos que me abandonaron.
Para los que abandoné.
Todo lo que nos sucede,
incluso nuestras humillaciones, nuestras desgracias,
nuestras vergüenzas, todo nos es dado como materia prima,
como barro, para que podamos dar forma a nuestro arte.
Jorge Luis Borges
Puedo estar más de seis años presa por un delito que no cometí. Cuando quede libre seré otra; una mujer gastada, envejecida, me habré olvidando de mi vida, de las palabras, de los otros.
No es este mi país. Aquí la orfandad es más inmensa.
Tengo un abogado de oficio, se llama Fermín Pelayo y dice que todo se va a aclarar. Parece no dudar de mi inocencia. Quizá me buscó en internet y sabe a qué me dedico, o se guía por impresiones: soy elegante y educada, tengo cuarenta y un años y dos hijas.
Estoy en la cárcel para mujeres Wad-Ras, en el distrito barcelonés de Sant Marti. Me trajeron a esta celda dos funcionarios, así le dicen a los que tratan con nosotras. Uno de ellos entró primero y encendió la luz. La celda estaba en penumbras, desde afuera alcancé a ver una cama, una silla, una mesa, un velador, un ropero, una pequeña ventana enrejada y el espejo del baño. No conseguía imaginarme adentro de ese cuadrado minúsculo y sucio; y aunque no estuviera sucio, así lo parecía, como lo parecen ciertas cosas viejas que fueron usadas por otros. Me aferré a la silla de ruedas pero uno de los funcionarios empujó mi brazo hacia arriba para que me parara. No fue brusco su movimiento, la fuerza del hombre estaba en su mirada, parecía decirme que me lo merecía.
Pero no. No me lo merezco.
Me paré y escuché sus indicaciones.
Cuando me quedé sola, me senté a observar el cuadrado que sería mi prisión. Pero lo que veía era otra cosa: mi desgracia en plenitud. Y así, sentada en esta vieja silla de madera, en la que ahora escribo, lloré con agonía, con impotencia. Al fin había podido volver a llorar. Dejé caer las lágrimas para sentirlas en mis mejillas y en los labios; quería recuperar el sabor de mi sal. Cuando el llanto se agotó (¿por qué uno deja de llorar si la pena no se va?), fijé la vista en una de las paredes de la celda. En pintura roja, con letra cursiva y despareja, sin mayúsculas, alguna mujer había escrito: guíame con tus aletas tiburón / pero no me comas.
Mi madre me abandonó cuando tenía once años. Se fue en un auto rojo con un hombre seis años más joven. “Ya sos grande”, me dijo. “Sos una mujercita. Me voy hija, algún día me vas a entender y a perdonar”. A partir de ese tarde, y por treinta años, no pude llorar más. No es que en todo ese tiempo no me hubiera emocionado. Me sucedió algunas veces, los ojos se humedecieron, pero inclusive haciendo el esfuerzo por llorar, no me fue posible. Iván quiso ayudarme hasta que se dio cuenta de que no podía. Franco ya lo había intentado antes. Ayudar a llorar. ¿Se puede?
Mi padre ya no está. No tengo hermanos, y no sé si el tío que alguna vez tuve, vive aún.
Iván es lo único que tengo o tenía. Me traicionó, pero no sabe que lo sé. Y esa traición me llenó de una tristeza conocida. No era tan inmensa como había sido la de mi padre, pero lo suficiente como para necesitar alejarme de mi marido. Vine a Barcelona a reencontrarme con Franco, mi primer novio, al que no había visto en veinte años.
No tendría que haber viajado. Tampoco podría haberme quedado con Iván. Quería huir de la mujer que era antes del viaje.
Subí al avión para vengarme.
Pero el plan salió mal.
Llegué a Barcelona hace seis días. Estuve dos días con Franco y otros dos en el hospital. Del hospital fui al juzgado en silla de ruedas. El médico había indicado que la usara hasta volver a realizarme estudios. Del juzgado me trasladaron a esta vieja prisión.
Tengo que volver a Buenos Aires el 18 de octubre, de esa forma uso el pasaje de regreso que ya tengo emitido y nadie se enteraría de esta tragedia. Nadie, salvo Iván.
En la celda el tiempo parece no avanzar, sin reloj la referencia es el sol o las comidas o la sirena en la mañana, o el ruido que sube del patio. Los sonidos, las luces, las sombras, los pasos que escucho en el pasillo; son señales que arman el día en bloques. La escritura me ayuda a calmar la ansiedad. Desbaratada la ficción del tiempo, mi vida aquí encerrada se convierte en una sucesión de palabras escritas a máquina, de silencios, de escuchas, de mínimos movimientos del cuerpo. Son horas inmedibles, intervalos de algo espeso.
La noche no terminara nunca. Miro la ventana a la espera de que desoculte el día nuevo y traiga algo de esperanza.
No sé para quién escribo, ni si lo hago bien. Sé que no es un texto ornamental, tal vez se encuentre despojado de poesía o de buenas metáforas, no soy escritora.
Mi celda no tiene rejas, tiene puerta de metal con una tapa desde donde pueden observarme. Mi mesa está ubicada de costado a la puerta, frente a la pequeña ventana enrejada. De vez en cuando levanto la vista del papel y miro hacia esa tapa, los posibles ojos del otro lado de la puerta no me inhiben; ¿cómo me veré desde ahí, desde “afuera”? Estoy acá y escribo, le digo al que me mire, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Decidí bañarme. Olía muy mal, hacía días que no me bañaba. La suciedad también denigra. La ducha es pequeña, sin cortina, el chorro de agua es mínimo, me da mucho asco pararme sobre el piso mugriento. No esperaba un jabón de buena calidad pero tampoco uno que no hiciera espuma, tan grasoso. Lavé la bombacha y el corpiño y colgué todo en la canilla de la ducha, una cañilla vieja, oxidada, que gotea aunque la cierre con mucha fuerza. Había una parecida en la casa de mi padre, en el baño del garaje, el que usé cuando no quise entrar al baño principal. Esta canilla me remite a la otra, y mi memoria elige un recuerdo triste.
Cuando el agua caliente se acabó, y eso sucedió muy rápido, me sequé con una toalla áspera y miré la ropa que debía volver a ponerme. Ropa de prisionera: pantalón y camisa amarilla. En la camisa estamparon el número de mi celda, la veintitrés, y las iniciales de la prisión, dice en el bolsillo: WR 23. Uso zapatillas que fueron blancas. Vestirme sin ropa interior fue desagradable pero no tuve alternativa. Sigo oliendo mal.
En esta celda no me siento madre, ni esposa, ni periodista. Estoy en la orilla de mi presente, la playa solo abarca esta tierra extranjera.
Hay pocas veces en la que uno alcanza a percibir la bifurcación vertiginosa de la vida provocada por un acto. Yo atravieso ese instante infinito e intento desagotarlo en estas páginas.
Todas las mujeres en Wad Ras somos idénticas por el solo hecho de estar acá. Vestimos iguales y tenemos estampadas nuestras celdas en la camisa. Nos vemos sometidas a un proceso de indiferenciación. El único pasado que tal vez importe: nuestro delito.
La máquina de escribir es del enfermero. Ayer me vino a curar las heridas que tengo en las piernas. Observó las servilletas sobre las cuales yo había escrito algunas frases. Me preguntó si quería algo para escribir, pensé que se refería a papel, le dije que sí. Esta mañana regresó con una máquina de escribir y hojas. Dijo que la máquina había sido de su padre y que en ella se escribieron textos que nunca pudo leer. “¿Por qué?”, pregunté. El funcionario escuchaba todo en silencio, se quedó entre nosotros, vigilando. El enfermero no me respondió. Le hice otra pregunta: “¿por qué me la das?” “Usted me hace acordar a mi mamá”, dijo. “Ella también escribía en servilletas. Mi padre no la dejaba usar la máquina de escribir. Pero ellos murieron, y ya nadie la usa”. El muchacho es como yo, somos una cofradía de abandonados que se encuentran en lugares imprevistos, como lo es esta prisión para mí, pensé mientras ponía la primera hoja en la máquina de escribir. Coloqué los dedos sobre las teclas como me habían enseñado en dactilografía en la escuela secundaria. Había tenido que memorizar las letras de izquierda a derecha y de derecha a izquierda ayudada con un cartón amarillo con el dibujo de las teclas. Las acaricié y practiqué el movimiento de los dedos hacia arriba y hacia abajo. Al principio me costó y tiré varias hojas, me equivocaba de teclas.
Dejo mis dedos agazapados, no estoy acostumbrada a escribir así. Dudo de mis ideas, de la frase que estoy por armar. No puedo borrar hacia atrás como con la computadora. A veces paso mucho tiempo con las manos en esa posición, mirando lo que ya escribí y el blanco que le sigue. Hasta que se produce el momento mágico y mentirosamente autónomo de buscar con los dedos las letras y los signos. Con golpecitos que suenan distinto, lo que pienso se graba en el papel. De a poco, voy conociendo el sonido de mis teclas. No suena igual la z que la y. Ni el retroceso, ni el guión. Me convertí en pianista de mis pensamientos. Los escucho mientras los escribo. ¿Pianista, como quería ser mi madre?
A la noche debemos apagar la luz de la celda, solo me permiten el encendido de un velador que tiene una bombita opaca y de bajo voltaje. Todo lo que obtengo del mundo exterior son las sombras que pasan por debajo de la puerta. Eso y lo que puedo mirar a través de la pequeña ventana enrejada. Me pregunto y lo escribo: ¿cuántas horas faltan para que Iván se dé cuenta de que algo me sucede? Le dije que viajaba con una amiga. Los dos primeros días lo llamé para saber cómo estaban las nenas. Desde el día del accidente, y de eso hace cuatro días, Iván no sabe nada de mí.
Él fue quien me llevó al Aeropuerto de Ezeiza para mi vuelo a Barcelona. Me dijo: “María, es la primera vez que viajás sola, y va a salir todo bien. Vos disfrutá, yo cuido a las nenas”. Parecía contento con mi viaje. Quince días solo le daban una libertad aún mayor a la que ya tenía. No dijo que me iba a extrañar. El trabajo lo lleva –sin mí– a festivales de publicidad en el exterior. Los dos sabemos, aunque no lo decimos, que algunos de esos viajes pueden evitarse.
Iván me lleva trece años. Lo conocí cuando él tenía treinta y cuatro, ahora tiene cincuenta y cuatro años. Sigue siendo un hombre atractivo, menos por la belleza que por su personalidad. Es alto, delgado, el cuerpo lo trabaja en el gimnasio. El pelo se le está llenando de canas.
Cuando lo vi por primera vez, quedé impactada por sus ojos: tan iguales a los de mi madre, tan azules.
Mi madre en los ojos de Iván.
Iván tiene la virtud de la creación, el entusiasmo del emprendedor. Es dueño de una agencia de publicidad, trabaja con la intensidad de un animal que persigue a su presa.
No quiero encontrarme con Iván en Barcelona. No lo perdono. Y no quiero que me vea en la situación en la que me encuentro. Ya me rescató una vez, de eso hace veinte años. Otra vez, no.
El tiempo corre de otro modo aquí, sé que es un problema de percepción, solo cuento con la virtud absolutoria del sueño, en las pocas horas que logro dormir. Siento que hace meses dejé mi casa, mis hijas, mi trabajo. Cada hora, parece que abro puertas que dan a cuartos vacíos.
Los días con Franco, los del hospital, los de esta vieja prisión, valen por semanas, por meses. ¿Cuántos años tengo ahora?
Si el tiempo fuera medible en velocidad, la aceleración comenzó el día del choque en la autopista, que sucedió la mañana de mi tercer día en Barcelona. Íbamos a Cadaqués con Franco, Felipe y Montse, su mujer. Querían llegar en menos de dos horas, justo para almorzar. Felipe manejaba muy rápido y su esposa se lo reclamó, discutieron, se insultaron, parecía que iban a golpearse. Franco y yo le pedimos que disminuyera la velocidad o nos bajaríamos del auto, pero él se rio de nosotros, giró la cabeza para vernos y en ese instante todo se volvió impreciso, primero rebotamos contra algo, luego contra un poste de luz. El impacto final contra una pared provocó ruidos secos, algunos vidrios estallaron, todos gritamos. El dolor me llegó de costado cuando el auto se detuvo, me quedé quieta, Felipe y Montse bajaron del auto, yo miré a Franco que había perdido el conocimiento, no usaba cinturón y se golpeó la cabeza con el techo y la ventana. Sangraba, busqué su mano. La remera se le fue manchando de sangre, también la mía porque me apoyé en su hombro. Podía sentir sus latidos. Nunca antes había visto a alguien herido de esa forma.
Fue todo muy rápido, yo tengo para mí, ahora, que el choque duró un par de minutos, sin embargo recordarlo resulta lento, escribirlo también.
Las escenas se liberan solas en mi cabeza.
Participan mis dedos como médium.
La carta que yo le había puesto en el bolsillo esa mañana sin que él se diera cuenta, no se había caído al piso del auto. El sobre decía: “De Lola para Franco: variaciones de una vida”. Dudé: ¿debía sacársela o dejarla? Sentí un golpe en la ventanilla, era un policía. Alguien los debe haber llamado. Luego supe que estaban cerca, camino a un operativo, eran de la Policía Nacional y se acercaron a socorrernos. Del patrullero bajaron dos perros que después de dar unas vueltas se sentaron frente al baúl y se quedaron quietos mirándolo. Escuché la sirena de las ambulancias. Sentía un dolor insoportable en mi costado izquierdo. Los médicos se ocuparon primero de Franco, lo sacaron del auto entre dos personas, lo colocaron en una camilla y ya no lo vi más. Felipe y Montse no tenían heridas, el airbag había amortiguado los golpes. Yo salí del auto sola pero me costaba caminar, un enfermero vino a auxiliarme. Los policías abrieron el baúl y bajaron todos los bolsos y valijas alertados por la actitud de los perros. Me hicieron mirar las valijas cerradas y decir cuál era la mía. A Felipe y su mujer les pidieron lo mismo. Recuerdo ahora la escena como si hubiera pertenecido a alguna película policial. ¿Qué hacía yo dentro de esa escena? Policías, perros, sirenas, ambulancias, patrulleros. Diez minutos antes íbamos camino a Cadaqués, me llevaban a conocer ese pueblo mediterráneo, “te va a encantar”, me habían dicho, “ahí vivió Dalí, y también hubo otros pintores que solían pasar largas temporadas: Miró, Picasso”. Justo cuando subía a la ambulancia, un policía se acercó para informarme que estaba detenida y que iría al hospital con custodia porque habían encontrado una bolsa con droga en mi valija. Quise verlo con mis propios ojos. Eso dije, “es imposible, quiero verlo con mis propios ojos”. Yo no pude ver cuando abrieron mi valija, me la habían mostrado cerrada para que la identificara. El policía me acompañó hasta el auto. Vi mi valija abierta sobre el pasto, vi mi ropa esparcida, y a un costado, una bolsa pequeña que tenía un polvo blanco. Alguien le sacaba fotos, un oficial escribía algo que supuse debería ser un informe. Habían alejado a los perros. Me desesperé, dije que no había seguridad de que esa bolsa fuera mía. Indicaron que mejor me callara la boca, mi valija se había abierto frente a testigos. Sería verdad, cerca del auto chocado conversaban unas personas para mí desconocidas, tal vez los testigos. Nadie sabía que yo estaba ahí, el único que podía ayudarme había perdido el conocimiento. Creo que grité, me subieron a la camilla, me inyectaron algo, de a poco sentí que el dolor cedía, los ojos se me cerraban, recordé en forma abrupta lo que había dicho la mamá de Franco cuando me tiró las cartas del Tarot, yo tenía veintiún años y era Lola: “vos y mi hijo tienen que separarse ahora y no verse nunca más, pero nunca más”. Al final me dormí. Desperté en una habitación en el Hospital de Bellvitge.
Hoy abrí los ojos muy temprano, antes de la sirena. Me tapé la cara con la sábana y lloré con los ojos cerrados, acurrucada, se trataba de un llanto antiguo, algo que pedía salir de su encierro, un agua oxidada, gotas repletas de recuerdos.
Seguí tapada un tiempo más, quise creer que estaba en una bolsa de dormir o en una carpa. Porque lo que estaba afuera, una vez que pisara descalza mi celda, era una realidad demoledora. Ya sé que la vida es una constelación de incidentes, pero no era necesario este cortejo con la desgracia.
Al destaparme, demoré mucho en aceptar la luz, el primer minuto me resultó terriblemente extraño, un momento de pánico.
Más tarde, en el baño, me miré detenidamente en el espejo. Seguía teniendo el pelo largo y castaño, los ojos negros de mi padre. Ahí estaban mis cejas oscuras y tupidas, mis lunares, el labio inferior corrido levemente hacia un costado, los dientes alineados, las arrugas, las ojeras. Todo era mío, y había sido de Lola, sin embargo sentí que miraba a otra persona.
Adelgacé, pero los kilos perdidos por adversidades pesan en el cuerpo como anclas. Debo moverme a pesar del dolor en la cadera. Tomo un calmante a la noche y otro a la mañana. La celda es un rectángulo de unos tres metros de ancho por cuatro de largo. Si le quito lo que ocupa la cama, la mesa, la silla y el placard, me quedan unos ocho metros cuadrados, sin contar el baño. Hice un dibujo en una hoja y algunos cálculos en base al tamaño de mi pie y la superficie disponible. Diseñé un recorrido para dar la mayor cantidad de pasos que permite el espacio. Me propuse tres mil pasos por día sin salir de la celda. Debo respetar la misteriosa costumbre del cuerpo de moverse. No quiero bajar al patio, ni cruzarme con las otras mujeres que lucen como yo. Me imagino repetida cientos de veces, clonada mi desdicha.
Hacía muchos años que no resolvía algún problema matemático. Hacer ese cálculo me remitió brutalmente al pasado. Mi memoria se atropella desordenada con incómoda violencia. Exceso de sensaciones.
* * *
Nunca se me ocurrió estudiar otra cosa que no fuera matemática. Me refiero a que a Lola nunca se le ocurrió. Fue tan natural, los números estuvieron siempre alrededor mío. Escuchaba desde la cocina las clases que mi padre daba a sus alumnos. De tanto escucharlas, las memoricé. Las preguntas de los chicos eran siempre las mismas, sin embargo no me aburría. Lo que variaba era la forma en que mi padre le entraba al tema, que dependía del alumno. En el Instituto él preparaba para el ingreso al Nacional Buenos Aires. Esas clases eran distintas, me decía, se trataba de chicos más pequeños. Se lamentaba algunas veces: “fulanito no va a entrar”. Lo decía con tristeza. Pensaba que los problemas matemáticos no debían ser nunca un obstáculo, que tan solo eran una batalla a librar, un enredo del que se podía salir si uno no pierde la ilusión. Decía que los problemas eran como la niebla. Todo se hunde en la niebla, pero cuando la niebla se despeja, la resolución aparece y ese momento es mágico. La revelación desvanece los temores sufridos, aseveraba. Mi padre tenía todas las respuestas a esas cuestiones pero ninguna respecto a mi madre.
Él no había estudiado música clásica, sin embargo me decía que la matemática está a mitad de camino entre la ciencia y el arte.
Mi madre nunca había hablado así a pesar de haber estudiado piano tres años. Tal vez parezca extraño que yo recuerde las palabras de mi padre después de tanto tiempo. Pero hay ideas que quedan prendadas en algún lugar nuestro, y sucede que no sabemos que recordamos hasta que el recuerdo aparece y se expande y, como ahora, lo escribo.
Una noche, mi padre pelaba papas en la cocina y yo planchaba al lado de él, estábamos en silencio escuchando a Mozart que sonaba en el living. Cuando terminó de sonar el CD habló. Dijo que en Estados Unidos habían hecho un test a los alumnos que rendían matemáticas. A la mitad los separaron y los hicieron resolver los problemas escuchando música de Mozart. El otro grupo no escuchó música. Aquellos que escucharon a Mozart dieron mejor el examen. A este resultado lo llamaron inteligencia musical.
Yo lo admiraba por todo lo que me decía y por la paciencia que le tenía a sus alumnos.
Su vida era una repetición. La vida le daba un día tras otro. Ahora, después de haber escuchado tanto su música, después de haber estudiado teoría musical solo para entenderlo a él, comprendo que entre los músicos que escuchaba hubiera elegido a algunos que componen en base a la repetición de notas.
Yo también me repetía ante él, (pobre Lola), pero siendo niña no se me ocurría cómo convertirme en una hija y dejar de ser la ofrenda que le había dejado mi madre. Creo que ahora tampoco sabría hacerlo.
Atravesé el CBC en la UBA sin esfuerzo. Me costó más adaptarme a la nueva vida lejos de mi barrio, que a los aspectos académicos. Todo transcurrió como si ya lo hubiese vivido y esa facilidad me dejó tiempo libre para trabajar. Mi padre me pasó algunos alumnos y di mis primeras clases. Comencé con matemática de primer y segundo año de la secundaria. Entonces el que se quedaba en la cocina escuchando, preparado por si debía intervenir, era él.
Un día de abril, la lluvia persistía de tal forma que me provocó una congoja especial. Bajé del colectivo y corrí hacia el pabellón II de Ciudad Universitaria. “¿Me llevas?”, escuché a un muchacho decirme debajo de mi paraguas. Más que una pregunta era una decisión porque se acopló a mi andar hasta el primer techo. “Chau linda”, dijo y desapareció. Me quedé mirando su recuerdo unos segundos. Era un día malo por la lluvia y porque mi madre estaría cumpliendo años en algún lugar del planeta, si estaba viva. Entré al aula y me senté atrás, algo que nunca hacía. Estaba en segundo año de la carrera, era de las alumnas con mejores notas, participaba en clase y mis compañeros me buscaban para que los ayudara a estudiar. No tenía vida social como tampoco la había tenido en la época escolar.
Esa tarde cursaba dos materias. La segunda, Álgebra lineal, era en otro piso. Hice lo mismo, me senté en los bancos de atrás. Me dediqué a dibujar caracoles alrededor de los orificios de la hoja del cuaderno. Cuando el profesor dio por terminada la clase, una compañera se acercó a hacerme una pregunta. Ella se despidió y yo giré a buscar la mochila, fue cuando encontré (sobre la mochila) un papel doblado y un bombón. El papel tenía dibujado un paraguas y una sonrisa. Y pude ver escrito en lápiz un nombre: Franco.
Miré alrededor pero no lo encontré, tampoco estaba segura de poder reconocerlo, solo lo había visto de perfil. Las semanas siguientes busqué al muchacho del paraguas sin una determinación particular. Me sentía ansiosa cada vez que entraba al Pabellón.
Estaba tan sola que el recuerdo del chico del paraguas era todo lo que tenía. La posesión de un recuerdo inesperado fue la primera fortuna de esos tiempos.
Una tarde Franco apareció y se sentó en el banco junto a mí. Éramos compañeros en una materia. Mucho tiempo me pregunté cómo nunca antes lo había cruzado. Me miró y dijo como al pasar: “Hola preciosa”. Sus ojos tenían el brillo de los que todavía sueñan y me enamoré de él en ese instante. Fue como un dulce rayo que vino a darle luz a mis días. Dije: “Te estaba buscando, te estaba esperando”. Nos observamos y sonreímos.
Claro, pienso ahora, y la que piensa es María: el universo se da entero en cada instante, en cada lugar. El azar tiene sus formas y sus recursos.
Me invitó a tomar un café con leche en al bar de la facultad. Después subimos a su auto y escuchamos música. Me llevó a casa y el viaje fue la evidencia del colapso. Todo en él era nuevo, fresco, lindo, tenía una vitalidad arrasadora. Su boca era perfecta, los labios carnosos, el pelo rubio lacio y abundante, era alto y delgado. Los ojos achinados tenían el color de la miel. A sus veinte años parecía haber vivido varias vidas y eso lo hacía superior e interesante. Franco ocupó todo el espacio de mi soledad desde ese día y por un tiempo imposible de medir.
Estudiaba matemática sin emoción, le daba lo mismo cualquier carrera. Simplemente tenía facilidad para los números, pero era vago e inconstante. Siempre se las ingeniaba para conseguir los apuntes de alguna compañera. Era un gran seductor. Unos días después me invitó a cenar. Yo nunca había salido con un hombre. Me creía enamorada sin siquiera saber qué era el amor. Mi única referencia era el sufrimiento de mi padre. Su desolación, su llanto seco. La devoción por las fotos de mi madre, la obstinación en escuchar siempre las mismas canciones tristes. Las fotos le imponìan silencio, como si le hablaran, tenìan poder sobre èl, una adicciòn irrefrenable.
Esa noche, esa primera noche con Franco, me vestí de blanco. Cuando estuve lista y por salir, mi padre, que me observaba desde su sillón en el living, dijo: “Sos muy linda, como tu madre”. Lo odié, era un idiota, ¿no se daba cuenta de que toda comparación con mi madre me perjudicaba?
Del lugar del choque me llevaron al Hospital de Bellvitge. No me pasó como en algunas películas, que la persona despierta y no sabe dónde está. Tuve una dolorosa conciencia de mi presente. Entendí, cuando abrí los ojos, que se había acabado todo contacto con Buenos Aires. Estaba detenida y con custodia. Pregunté en vano por mi cartera y mi celular, mis pertenencias estaban en el juzgado. A partir de ese momento ya no podía comunicarme con Iván y las nenas. Comenzaba la cuenta regresiva, Iván iba a sospechar que algo ocurría
El segundo día de internación me dieron el alta. Un médico me explicó que el dolor en la cadera se debía a un politraumatismo causado por fractura de pelvis. Me mostró los estudios que me habían hecho, dijo que por un mes debía quedarme bastante quieta, con movimientos mínimos, no era necesaria cirugía. Aclaró que me iba a doler, por eso me indicaba tramadol, un analgésico muy fuerte. Las heridas en las piernas no eran graves, había que curarlas. Con ayuda de una enfermera pude vestirme con mi ropa, que seguía manchada con la sangre de Franco. Antes de irse, dijo que me quedara sentada en la cama, que vendrían a buscarme. Fijé mi mirada en la puerta. Nunca pero nunca, voy a olvidar esos minutos. Las piernas me colgaban de la cama. Me sentí Lola con once años. Una nena a punto de ver a su madre irse en un auto rojo. El corazón latía muy rápido, no bajé la vista. Tuve el mundo dentro mío, en mi estómago. La puerta se abrió.
Entró un hombre vestido con uniforme, me miró unos segundos antes de hablar, sus ojos se desplazaron por todo mi cuerpo, parecía estudiarme o tal vez preparase para lo que iba a decir; era un Inspector de la policía.
—María Krandeu, la tengo que llevar al juzgado a declarar, le recuerdo que está acusada por el delito de contrabando de drogas.
Su voz era fuerte pero cordial. Me quedé atrapada en esa red sonora, repetí en mi mente su frase varias veces. No podía ser cierto aquello que escuchaba. Los ojos del hombre me decían que sí, que debía acompañarlo. Su mirada me convertía en prisionera. Algo se clavó en mi garganta, quizás vergüenza o un descubrimiento repentino: todavía pueden sucederme desgracias. Un exceso del azar, un ensañamiento de la mala suerte. La sensación de llanto surgió potente, me tapé la boca con las manos, bajé de la cama, sentí un dolor muy fuerte en la cadera, una pierna se me aflojó, todavía no sé cómo hice pero llegué hasta el baño agarrándome de las paredes, entré y trabé la puerta. El policía no detuvo mis movimientos, no imaginó que iba a encerrarme. Había llegado el día en que me rebelaría, que gritaría, que rompería un espejo con mi puño, que lloraría como no lo había hecho en treinta años. Repetí más de una vez Spiegel im Spiegel la puta que te parió, y sílabas sueltas o letras ahogadas. Sentí un terrible desprecio por mí misma y un gran alivio al mismo tiempo, algo contenido salía por fin, una furia reservada por años, unas ganas de llorar enormes que no sabía que eran tantas hasta ese momento, adentro del baño. Me lastimé la mano cuando rompí el espejo, comencé a sangrar y manché la blusa, que ya estaba manchada, con la sangre de Franco. Había vuelto a ver a Franco después de veinte años a pesar del vaticinio de su madre. Nuestras sangres se mezclaban en mi ropa. Encerrada en el baño del hospital apareció el llanto, de esos que uno mueve el cuerpo y parece que se ahoga. Tuve una terrible sensación de vacío en la cabeza y en el pecho, al mismo tiempo estaba llena de una angustia espesa, oscura, una lava que necesitaba huir del volcán. Era tan pronunciada esa angustia, que llegué a pensar que no era yo la que habitaba mi cuerpo. Ahora era otra mujer, una que al fin podía llorar. Regresaba en una escena inesperada el don del llanto.
Lola había dejado de llorar a los once años. Yo había olvidado ese estremecimiento. Lo recuperé. De alguna forma Franco, al final, había conseguido que yo llorara.
Abrí la puerta del baño y el Inspector se abalanzó sobre mí, llevó mis brazos hacia atrás y me colocó las esposas. “Me duele mucho, por favor, estoy lastimada”, dije. No podía taparme la boca con la mano, sentí el agua salada que rodaba desde mis ojos hasta los labios. Me tironeó varias veces, su brusquedad era desmesurada, yo no me resistía a nada y en cada tironeo sentía una puntada en la cadera, parecía que perdía el equilibrio, el policía quizás se haya dado cuenta porque dejó de moverme y se quedó quieto. Pidió que me sentara en el sofá que estaba al lado de la cama, él mismo ayudó a que lo hiciera. Liberó mis manos, dijo que no me moviera sin que él me lo indicara. Me dio una servilleta que estaba sobre la mesa de luz para que me limpiara la cara. Me sequé las lágrimas, me soné la nariz, arrugué una servilleta. Pequeños actos que no practicaba en décadas. Tan corrientes en otros, pero convertidos en mí en una ceremonia de iniciación.
Bienvenida, Lola.
Entraron dos policías más y un enfermero con una silla de ruedas. Salimos de la habitación, el Inspector caminaba al lado mío, los otros, atrás. El enfermero empujaba la silla. Subimos a un patrullero. No me hablaron hasta llegar al juzgado. Lloré casi todo el trayecto, el Inspector se dio vuelta un par de veces para mirarme y darme pañuelos de papel.
Bajamos frente a un edificio antiguo: el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Desde afuera parecía menos un lugar oficial que un palacio descuidado. Mi ingreso fue por la entrada de las celdas, en una silla de ruedas que quedó ahí y luego caminé con la ayuda de una oficial. Después de soportar múltiples trámites administrativos, me llevaron al juzgado. Ahí conocí a Fermín Pelayo, mi abogado de oficio. Me mostró una foto de mi valija. Me preguntó si la reconocía, me moví de tal modo que le fue imposible al abogado saber la respuesta, volvió a preguntarme, era tan extraño ver mi valija en esa foto, quedé sepultada en el absurdo, no quería hablar. Pero tuve que decir que sí, para que dejara de mostrarme la foto. Me pidió que recordara la trayectoria de la valija desde que me habían pasado a buscar por el hotel hasta el momento del choque. A quién se la había entregado, quién la había cargado en el baúl, si hubo alguna parada en el camino, si el baúl del auto se abrió entre nuestra salida y el choque. Si en algún momento me había llamado la atención algo. Preguntó por Franco, Felipe y su mujer. Quiso saber la relación que yo tenía con cada uno de ellos. Le dije que no había visto a Franco en los últimos veinte años, que había sido mi novio y que los otros eran amigos de él. Sabía que se dedicaban a la gastronomía ya que de eso hablaban todo el tiempo. Además habíamos ido a comer al bar de tapas de Felipe y su mujer. Solo estuvimos dos días juntos, el tercer día a la mañana fue el choque. Dije que no los conocía lo suficiente. Al que conocía era a Franco y en él sí confiaba.
—¿Está segura? –preguntó sin mirarme.
—Sí, claro –dije con firmeza.
El abogado ofreció llamar a algún familiar mío.
—No –dije–. Claro que no, de ninguna manera –agregué.
—Pero usted es casada –parecía escandalizado.
No dije nada más, me quedé inmóvil, tal vez con la boca abierta. El abogado siguió con su explicación. Que yo estaba ahí para declarar ante el juez, aunque podía negarme.
—Claro que voy a declarar –afirmé, cómo se le podía ocurrir que yo no iba a hacerlo.
El abogado se fue. Me dejó sola mucho tiempo, tal vez fueron dos o tres horas. Ya no sabía que pensar, de a ratos lloraba, me quedé dormida, caminé, pedí ir al baño. Pensé que se había olvidado de mí. Hasta que entró a buscarme y me llevó ante el juez. El encuentro fue breve y desagradable, no parecía muy interesado en mi caso. O tal vez era otra cosa: mi caso lo aburría. ¿Cuántas latinas intentan ingresar droga en Europa? Yo era una más. Nada nuevo para él. Le dije que era periodista, quizás eso le llamara la atención. “Y yo soy juez”, dijo con severidad, había rastros de ironía en su mirada.
Volví a la sala a esperar. Tal vez resolviera mi libertad bajo condición de quedarme en Barcelona durante el proceso hasta el juicio oral. Eso era lo mejor que se podía conseguir, dijo el abogado. Pero tal vez se dictara mi prisión provisional.
—¿Cómo?, no puedo ir presa si soy inocente –me quejé, asustada, me tembló la voz, me mordí los labios por miedo e incredulidad. Me los mordí como se los mordía Lola. No, no era posible esto que proponía el abogado.
Pasaron más horas de angustia en esa sala. El tiempo fluía lento, espeso. Tuve frío, hambre, sueño. Me dolía la cadera. Podía percibir la intensidad de mi alteración. Sentí una tristeza intensa, desazonadora, especie de emoción anticipadora de lo que me podría suceder. Yo no era nadie ahí, nada de lo que había sido. Había perdido total control de mi vida.
Si no hubiera viajado, ahora estaría en la radio con los auriculares puestos, frente al micrófono. Tendría la posibilidad de leer el texto que habría preparado para ese día, atender el llamado de algún oyente, entrevistar a algún personaje, o hablar sobre economía. Siempre tuve facilidad para los números pero jamás imaginé que terminaría siendo una especialista en temas económicos. En parte, se lo debo a Iván.
Podría haber sido Licenciada en Matemática, egresada de la Universidad de Buenos Aires, pero abandoné la carrera a los veintiuno, después de que me ocurriera el hecho más trágico de mi vida. Dejé de cursar y me dediqué a otra cosa (Lola se dedicó a otra cosa): a sufrir, a buscar a otros, a dar clases de matemática, a escuchar la música de mi padre, a hacerme daño. Mi vida era un caos.
Hasta que conocí a Iván.
Al poco tiempo me llevó a vivir a su casa. Fue su decisión y yo la acepté.
Unas semanas después, ya trabajaba en su agencia de publicidad. Me dijo que tenía que estudiar algo, no podía ser su esposa (sí, me presentaba como su esposa), y no tener un título. A los veintitrés años me anoté en la UBA para estudiar Licenciatura en Comunicación. Me daba lo mismo cualquier carrera, cualquier universidad, hice todo lo que me pidió Iván. Estaba segura de su buena fe, de su equilibrio emocional y de su amor por mí. No había machismo en su actitud, yo decidí que él decidiera por mí.
De a poco, Iván me fue dando más responsabilidades en la agencia. Cuando tuve que elegir orientación, opté por una distinta a la que Iván quería. Elegí periodismo. Tal vez, por fin, había encontrado mi genuina vocación. O quizá solo necesitaba diferenciarme de Iván. Sorprendido, me felicitó. Dijo que me estaba curando.
Antes de terminar la carrera dejé la agencia y comencé a trabajar en la revista Noticias. Recuerdo que entré a la oficina de Iván, me senté frente de él y se lo dije. Después me callé para esperar el impacto. “Acá sos dueña”, dijo. Le expliqué que quería tener la experiencia del periodismo en un medio gráfico. Nos quedamos callados, sus ojos me miraban con una intensidad difícil de soportar. Me perdía, eso es lo que decían esos ojos. Yo lo perdía a él también. Se paró, se acercó hasta mi silla, me dio la mano para que yo me parara también, dijo que me quería, que estaba muy orgulloso, que me iba a extrañar. “Ya estás curada”, dijo y me abrazó muy fuerte.
Casi un año después me llamaron del diario La Nación para ofrecerme un trabajo de pasantía por seis meses. Yo me sentía grande para eso, era como retroceder, pero Iván me dijo que aceptara. Le hice caso. Entré al diario en la sección Economía. Me podría haber tocado otra sección, pero fue economía y entonces, los números, aquellos que me habían acompañado hasta los veintiún años, los de mi padre, volvieron de una forma distinta, pero volvieron.
Terminé la carrera en esa época. Me recibí con uno de los mejores promedios. No tengo el título porque nunca presenté la tesis. Es algo pendiente, pero también algo a lo que no le encuentro sentido. Trabajé muchos años en el diario, hasta que nació mi segunda hija. De a poco, comenzaron a llamarme de otros medios gráficos. También de programas de televisión para ser panelista. Un tiempo más tarde me convocaron de radio Del Plata. Renunciar al diario fue una excelente decisión; conseguí manejo de agenda, diversidad profesional y libertad en la elección de los trabajos que aceptaba.
La radio es lo que más me gusta. Dejo a las nenas en el colegio y voy a al programa que se emite de nueve a once de la mañana.
Pedí en la radio quince días por vacaciones. Tengo que volver en la fecha planeada, el 18 de octubre. Y nadie se tiene que enterar de mi detención.
El juez dictó mi prisión provisional. Cuando Fermín Pelayo me lo informó, sentí un odio tremendo por ese hombre, parecía estar hablando del clima o de un viaje, no había ninguna expresión en su cara que demostrara injusticia o desolación. Dijo que yo iba a una cárcel de mujeres donde no se me iba a obligar a trabajar ni a estudiar, era de las más flexibles de España. Me alojarían en una celda unipersonal con baño, no iba a dormir en un pabellón con veinte o treinta mujeres. Lo dijo como si tuviera que agradecerle mi hospedaje. Él se iba a ocupar de investigar, y cuando tuviera pruebas suficientes, pediría mi liberación. No pudo asegurarme fechas. Lloré en su cara, me ahogaba el miedo y la incredulidad. No podía pasarme lo que me estaba pasando.
Complejas variaciones del destino.
Fermín Pelayo no dijo ni hizo nada, dejó que me calmara mientras miraba su reloj o el techo o su lapicera. Es un hombre acostumbrado a las malas noticias, pienso ahora mientras escribo, tiene el corazón blindado, podría caminar sobre el fuego y no quemarse. ¿Les habrá cantado canciones de cuna a sus hijos? ¿Sufrirá por amor? ¿Se puede amar a Fermín Pelayo?
La certidumbre de que me llevarían a una cárcel, la de haber perdido la libertad, desarmó toda idea que yo tenía sobre la lógica de las cosas. El Estado, ese sobre el que estudiamos, sobre el que leemos en el diario, el que dicta leyes que obedecemos y ordena nuestras vidas, toma la forma de personas: el policía que me detiene, el juez que resuelve mi prisión, el abogado de oficio.
No conseguía hablar, lloraba de a ratos, suspiraba, cerraba los ojos. Fermín Pelayo tampoco decía nada. Cuando pude mover la boca, dije: “Esto es una locura, un absurdo, una falta de respeto”. El abogado lanzó una frase obvia, dijo que se trataba de una decisión del juez.
En el patio del juzgado me juntaron con otras presas, unas que habían ido a declarar o a notificarse de alguna resolución.
Es la primera vez que me nombro como presa, lo escribo, veo las letras sobre el papel, me pregunto si puedo esquivar ese sustantivo, si debería ir hacia atrás y tachar la palabra y buscar otra, pero no. Ya soy parte.
En total éramos seis. Las otras cinco estaban paradas, y yo seguía en mi silla de ruedas. Seis presas frente a tres policías mujeres. Nos pusieron de a dos. Y nos esposaron juntas. Muñeca izquierda mía, con muñeca derecha de la otra mujer. Mi compañera y yo éramos las desparejas. Ella parada, yo sentada. Dejamos el patio, fuimos a un garaje y subimos a un ómnibus de traslados carcelarios. En el ómnibus las mujeres me dieron la bienvenida a la realidad tumbera. Nunca había escuchado esa palabra. Las miré. Eran feas, o me parecían feas. Una me preguntó si tenía hijos, dije que sí, me advirtió que las presas pierden la tutela, que se mendiga atención médica y se recibe mala alimentación. Las escuché con cierta pena, ellas están condenadas o procesadas. Yo voy a salir pronto. Eso me decía una y otra vez en ese trayecto.
—¿A quién habéis matado? –me preguntó otra mientras miraba mi ropa manchada de sangre.
—A nadie –fue mi respuesta, con voz de ofendida.
—Que si no me lo quieres contar, no me lo cuentes, pero todos los días van a ser iguales y vais a aprender a callar, a tener cojones, a vivir encerrada –hablaba y movía los brazos, miraba a las otras buscando complicidad.
No le hablé más. Me daba mucho miedo esa mujer.
Cuando bajamos del ómnibus vi su cuello porque usaba el pelo muy corto. Se había tatuado una frase de dos líneas, el tatuaje decía: en el cuerpo quedan las marcas, aunque no se vean.
Nadie sabrá jamás lo que me cuesta este presente. Esto que viví, que vivo, es intransferible. No hay escritura posible que sea capaz de reproducir las sensaciones que atravesé. Ni una novela, ni aún las imágenes del cine podrían ser fieles al derrotero de aquella tarde.
Mi vida cambió ese día y me vi arrojada a una degradación abrupta, a una vergüenza inmensa. Acá no soy nadie, ya lo escribí. Ni madre, ni periodista. Soy un cuerpo delincuente, alguien a castigar.
Me recuerdo a mí misma esa tarde como cuando uno se sueña, como si me hubiera filmando: estoy sentada en la silla de ruedas, alguien la empuja, uno de mis brazos levantados, mi muñeca unida a la de otra mujer que estira su brazo hacia mí. Las muñecas unidas por esposas. Así avanzamos hasta un ómnibus. Cuando me bajo de la silla de ruedas, los brazos se relajan, caminamos unos pasos a la par y subimos juntas la escalera del vehículo. Primero yo, con el brazo estirado hacia atrás. Después ella con el brazo hacia adelante. Es difícil coordinar los movimientos. El chofer está vestido de policía, pero no mira como un policía. Nos sentamos juntas. Alguien pliega la silla de ruedas y la sube al ómnibus. Se me llenan los ojos de lágrimas, mi compañera me mira y me susurra al oído: “Teneís que ser cojonuda o te van a comer viva”.
María: no tendrías que haber viajado.
Le digo al funcionario que me lleve a la enfermería porque me duele mucho la cadera. Dice que lo tiene que consultar. Unas horas más tarde, me sube a la silla de ruedas y vamos. El médico pide que me saque el pantalón, señala un biombo. Dudo en sacármelo, él repite. Tiene unos años más que yo. Salgo del biombo incómoda, creo que tengo las mejillas coloradas. En la camilla el médico me toca la cadera y sus alrededores, una mezcla de caricia y examen. Al mismo tiempo me cuenta que está casado con una argentina que huyó del país en la crisis del 2001. Ahora trabaja en un centro de estética como administrativa. Me pregunta por Argentina, qué cómo veo la situación, si estamos mejor. Todo eso mientras me revisa, hecho que se demora y al que no le encuentro justificación. Intento sentarme pero no me deja, dice que me ponga de costado así revisa las heridas. Trato de relajarme, le digo que Argentina es un país difícil. Y algo más pero que no revela mi profesión. El médico sabe que soy nueva en Wad Ras.
—Conmigo puedes conseguirlo todo, si necesitáis algo, y no sabes a quien recurrir, ven a verme, di que te duele la cadera. Me gustan las argentinas, son muy guapas –sonríe pero no me gusta cómo lo hace.
—Sigue con los calmantes, hasta que vuelva a revisarte –dice y hace un gesto para indicarme que baje de la camilla.
Vuelvo al biombo, me visto, salgo del consultorio sin mirarlo y voy a la enfermería. Veo al muchacho que me dio la máquina de escribir y siento alivio. Es alto y delgado, de cejas gruesas y labios muy rojos. En su chaqueta tiene una identificación del penal donde pude leer su nombre: Alfonso. Mientras hace la curación le pregunto si estudia.
—Fotografía, para sacar fotos en lugares donde haya guerra –sus ojos resplandecen cuando lo dice.
—¿Vivís solo?
—Sí, desde el día en que mis padres murieron, estoy solo en la casa –no hay tristeza en su voz.
—¿Tus padres murieron… juntos? –me llama la atención que hable en plural.
—Sí –dice, tengo ganas de acariciarlo, es uno de los míos, pertenecemos a la cofradía de los abandonados, somos material para la literatura, damos pena y, en el mejor de los casos, alguien nos salva.
Veo una lapicera sobre una mesa de apoyo. Anoto en la palma de su mano el nombre y apellido de Franco. Sé que es arriesgado. Le pido que busque el teléfono de Franco en la guía y que lo llame para saber cómo y dónde está. No recuerdo el número del celular, ni su correo electrónico. Sé que no vive en Barcelona. Confío en el enfermero, tengo su máquina de escribir.
* * *
Cuando volví a la celda, un hombre vestido con uniforme leía una de mis hojas mecanografiadas. Sentí el impulso de sacarle la hoja de la mano. Una oleada de enojo recorrió mi cuerpo. Como si supiera lo que yo iba a hacer, dejó la hoja sobre la mesa, y dijo que era el Director del penal. Su mirada se imponía, entendí que trataba de mostrarme su poder amablemente. Nos miramos en un silencio inquisitivo. Después se plantó delante de mí y dijo que había leído mi legajo y quiso conocerme.
—¿Por qué? –le solté con cierta elevación de la voz.
Es alto y derecho hasta los hombros, luego algo en él se descompone y curva. Los bigotes esconden unos dientes irregulares. Los surcos al costado de su boca son profundos y se arman y desarman según cómo mueva la cara. La voz es la de alguien que manda. En sus rasgos hay signos de vejez, tiene la piel de la cara floja, los párpados oscuros y arrugados, el pelo ha perdido su color original.
—Argentina y periodista famosa, dos motivos más que suficientes para querer conocerla –lo dijo con una sonrisa en la boca, como si quisiera exagerar. Sentí un inmenso rechazo por ese hombre.
—No soy famosa, de dónde sacó eso.
—Escribí su nombre en el buscador de Google.
—Internet exagera. ¿Tiene alguna novedad de mi caso? –estaba sedienta de saber lo que este hombre supiera.
—Hay que seguir el proceso, su abogado ya le habrá explicado.
—Me dijo que iba a presentar un recurso contra el dictado de la prisión provisional –dije con esperanza, ese recurso era mi tabla de salvación.
—Ya lo hizo –caminó unos pasos, se apoyó en la puerta del baño
—¿Cómo sabe que ya lo hizo?
—Soy el Director del penal –su respuesta era un modo de no decir la verdad pero decidí no preguntar más, la noticia era buena y me reconfortó.
—Le puedo facilitar una notebook para que escriba. Por supuesto no tiene conexión a internet pero será más cómoda que la máquina de escribir.
—No, gracias –no dudé un instante en la respuesta. Prefiero la máquina de escribir de Alfonso. Además no quería nada de ese hombre.
—Como a usted le guste. ¿Le puedo hacer una pregunta? ¿Cómo sabe usted que su madre se fue con un hombre seis años más joven?
Su pregunta me descolocó, traté de pensar rápidamente, de evaluar su conducta, la intención de su voz, el interés por mi texto, y su presencia allí en mi celda.
—Lola conocía al hombre del auto rojo, era un maestro en su escuela –respondí aturdida ante la pregunta inesperada.
—¿Quién es Lola? –preguntó.
—La que fue abandonada por la madre.
—Pero usted escribe en primera persona.
—¿Y?
—Parece un diario, todo lo que dice ahí es lo que le está sucediendo.
—No tiene que creer todo lo que leyó, que haya alguna coincidencia no basta para que lo escrito sea real. ¿Qué quiere saber?
—¿Cómo Lola, o mejor dicho usted… sabe que el hombre del auto rojo es menor que la madre? –insistió el Director.
