El descenso de la oscuridad - Chloe C. Peñaranda - E-Book

El descenso de la oscuridad E-Book

Chloe C. Peñaranda

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Beschreibung

El impresionante tercer y último volumen de la serie Nytefall de la autora superventas Chloe C. Peñaranda. La luz más potente necesita la sombra más oscura. Astraea, la doncella de las estrellas, deberá enfrentarse a una carrera contra el tiempo para romper la maldición que tiene prisionero a su amante, Nyte, mientras todavía sigue procesando una gran traición. Deberá decidir si aceptar la mano de la oscuridad, o más bien la de su enemigo, puede llegar a convertirse en una alianza para traerlo de vuelta. Pero, tras la pérdida del día y el reino al borde de la ruina, Astraea y sus amigos tendrán que retomar las pruebas para encontrar las piezas perdidas de su llave rota, la única arma capaz de matar a los dioses iracundos que están empeñados en dominar el mundo mortal. Los dragones se liberarán y ellos también deberán escoger bando. Los dioses lucharán contra otros dioses, los padres contra sus hijos y todos se terminarán enfrentando al fin del mundo. Porque, cuando la sangre que los une se convierta en el arma que puede acabar con ellos, los dos amantes deberán elegir si quieren jugársela o llevar a cabo el mayor sacrificio de sus vidas.

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Seitenzahl: 865

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Para los soñadores que miráisa las estrellas. Ojalá siempreencontréis la luz en la oscuridady el coraje en el infinito.

Nota de la autora

Querido lector: soy una gran friki de la fantasía, y la idea de crear un multiverso lleva mucho tiempo rondándome por la cabeza. Ya se ha mencionado anteriormente que Nyte no pertenece al reino en el que se encuentra, y el concepto de la trilogía Nytefall surgió de mi otra saga, An Heir Comes to Rise, que se desarrolla en otro mundo. Hay algunas menciones de personajes que aparecen durante El descenso de la oscuridad que podrían desvelar sucesos que ocurren en la saga An Heir Comes to Rise. Así que, si preferís leer ambas obras para disfrutar al máximo del multiverso que he creado, el orden de lectura que os recomiendo es el mismo en que se fueron publicando los libros, que es el siguiente:

An Heir Comes to Rise, A Queen Comes to Power, A Throne from the Ashes, A Clash of Three Courts, A Sword from the Embers, La muerte de las estrellas, El desafío de la noche, A Flame of the Phoenix, El descenso de la oscuridad.

Sin embargo, si me has descubierto a través de la trilogía Nytefall, el siguiente orden de lectura surtirá el mismo efecto:

La muerte de las estrellas, El desafío de la noche, toda la saga de An Heir Comes to Rise y, después, El descenso de la oscuridad.

Cabe destacar que no hace falta leer la saga An Heir Comes to Rise para disfrutar al completo de la trilogía Nytefall. Ambas se pueden leer y disfrutar por separado sin que se pierda información por el camino.

¡Que disfrutes de la lectura!

PARTEUNO

Los días más oscuros de Nyte

Astraea — Pasado

Astraea Lightborne descendió de los cielos igual que una estrella fugaz: un arco de luz cegador y unas alas de plumas plateadas aparecieron de entre las nubes oscuras sobre la ciudad de Vesitire. La llave que llevaba en la mano desprendía una energía radiante y fiera, al igual que los tatuajes que lucía por todas partes, unos símbolos centenarios que brillaban como brasas sobre su piel y cuya intensidad aumentaba por momentos. Astraea sentía en su interior el peso del nuevo propósito que le había sido encomendado, y aterrizó con una gracia suave y letal en el tejado de una humilde vivienda.

La ciudad se extendía bajo ella en una red intrincada de puentes y altas torres. Los vampiros habían atacado esa noche. Astraea estaba al tanto de la cantidad de ojos rojos y alas coriáceas que se extendían debajo de ella, pero los moradores de la noche, unos seres condenados a vagar por la oscuridad eternamente, no eran la única raza de vampiros que luchaban contra los celestiales, su propia especie. Algunos vampiros no tenían sombra mientras hundían los colmillos sobre los humanos y les consumían la sangre. Otros no tenían reflejo, pero se podía apreciar en las ventanas de los escaparates más cercanos mientras sostenían a presas inocentes entre sus brazos y consumían a las víctimas con su beso de la muerte.

No siempre había sido así. Los vampiros una vez fueron una especie tan pacífica como los fae y lograron aprender a coexistir entre los humanos. Hasta que alguien se introdujo en su mundo, alguien que jamás debería haber entrado, y trató de derrocar su reinado como la doncella de las estrellas, gobernadora de Solanis, al tratar de envenenar las mentes de la gente y las de los celestiales que gobernaban a su lado. El padre de Nyte era el líder y el causante de todo aquel revuelo, pero todo el mundo sabía que él no era nadie sin Nyte, sin el Caballero de la Noche, más conocido como la pesadilla del reino.

Astraea bajó en picado del tejado y, con un giro de muñeca, sostuvo la llave en el aire mientras observaba cómo esta brillaba en respuesta a su magia latente, a modo de faro en medio de la oscuridad. Los vampiros salieron disparados hacia ella, ya que acababa de convertirse en su objetivo. Se fueron acercando con una mirada letal, enseñando los colmillos y las garras. Astraea inhaló el aire frío y doloroso antes de ponerse manos a la obra.

—Podemos ocuparnos nosotros de esto —le dijo Auster mientras lanzaba rayos azules para eliminar a varios enemigos a la vez.

Él siempre intentaba que Astraea se mantuviera al margen, pero ella nunca podía estarse quieta. A Auster y los otros tres Altos Celestiales les gustaría encerrarla en una jaula de cristal para protegerla mientras ellos lideraban los frentes de esa batalla. Y a pesar de que a Astraea le irritaba que Auster siempre le sugiriera que se mantuviera apartada de todos los altercados, también podía llegar a entender su preocupación. Astraea sintió miedo al ver a Auster rodeado de enemigos. Ambos eran amigos de toda la vida, y además él también era su vínculo.

Astraea recordó lo tremendamente culpable que se sentía por no haberle contado aún que jamás podrían llegar a completar su vínculo. Ella ya se había vinculado con otra persona: la pesadilla del reino y el mayor enemigo de Auster.

Nyte también debería ser su enemigo, pero, en algún momento de la peligrosa alianza que había forjado con él para descubrir el motivo de los terremotos en sus tierras y la razón por la que las estrellas se estaban muriendo, la línea entre el deseo y el odio se había difuminado, quemado y, en definitiva, había dejado de existir.

En ese momento, mientras enviaba un haz de luz hacia un grupo de moradores de la noche, sabía que Nyte la estaba observando. Su presencia siempre la acompañaba. Era todo un alivio y, a la vez, un verdadero obstáculo que le impedía concentrarse por completo. Él no podía interferir en esa pelea, a pesar de que podía sentir su ira por tener que quedarse relegado a un segundo plano.

—Eres mucho más hábil que él —gruñó Nyte en su mente como respuesta a la preocupación que sentía Auster por ella—. Detrás de ti.

Astraea se giró a tiempo y convirtió la llave en una espada para atravesarle el pecho a un sin sombra. A pesar de que estaba concentrada en eliminar a todos los que pudiera, odiaba derramar la sangre de criaturas a las que no conocía personalmente. ¿Hasta qué punto estaría desesperado ese sin sombra para aliarse con el padre de Nyte y creer que esa era la única forma de conseguir que su especie alcanzase la igualdad algún día?

Astraea estaba empeñada en restaurar la paz a la que había dedicado su vida entera. Su Era Dorada se estaba tambaleando, y a ella le quedaba poco tiempo para tratar de evitar que esta colapsase definitivamente.

—Podría concentrarme mejor si no me interrumpieras todo el rato —le dijo mentalmente a Nyte.

—Y yo me concentraría mejor si estuviera a tu lado.

—No te necesitamos.

—Eso me ha dolido.

Ella no le contestó porque, a pesar de lo que le había dicho, hablar con Nyte al mismo tiempo que peleaba la mantenía muy concentrada mientras derrotaba a sus enemigos.

—¿Sabías algo de este ataque? —le preguntó ella. Quería parar un segundo para averiguar dónde se encontraba Nyte exactamente, pero los vampiros no cesaban en su ataque.

—La verdad es que no —respondió un tanto alterado.

—Pues, si te apetece ser de ayuda, podrías tratar de descubrirlo.

—No pienso marcharme si sé que estás en peligro.

—Acabas de decir que soy la más hábil del lugar. Y sabes que he sobrevivido a situaciones peores sin ti.

—Te lo estás pasando en grande sin mí.

—Ya te lo compensaré luego.

Se estremeció cuando Nyte le acarició los sentidos mentalmente. Resultaba muy inapropiado dadas las circunstancias en las que se encontraba. Astraea se agachó para extraer su espada de la espalda de un vampiro.

—¿Y cómo lo harás? —la instó él.

—Quizá con un baño, ya que antes nos han interrumpido.

Dos vampiros fueron corriendo hacia ella por distintos lados. Astraea solo tuvo un segundo para echar un vistazo por encima del hombro y lanzar un guiño hacia las sombras que rodeaban una chimenea. Nyte estaba muy bien escondido, pero no para ella.

—Qué arrogante —murmuró Nyte, fascinado.

Se refería al hecho de que se hubiera tomado su tiempo para sonreírle y guiñarle el ojo mientras dejaba que los vampiros se acercaran a ella a una distancia que rozaba lo peligroso. Astraea sacó su daga roca de la tormenta en el último segundo y se la clavó justo en el corazón a uno mientras se agachaba para no caer en los brazos que el otro había extendido para intentar atraparla. Al mismo tiempo, logró hacerle un corte limpio en las rodillas al segundo con la llave en forma de espada. Astraea se giró mientras se levantaba y, con otro golpe, le cortó el cuello al vampiro antes de que el cuerpo de este cayera junto al resto de sus extremidades.

—Eres la cazadora de vampiros más exquisita que jamás he visto.

—El espectáculo está a punto de terminar —dijo ella—. Podrías intentar averiguar cuál ha sido el motivo de tu padre esta vez antes de que me vea obligada a descubrirlo por mí misma.

—Ya que me lo suplicas…

—Tú también podrías recompensármelo después.

—Yo solo te suplico a ti, Estrellita. Solo para oírte gritar mi nombre.

Esas fueron sus últimas palabras, y mientras Astraea recuperaba la daga roca de la tormenta del pecho del vampiro, alzó la mirada y se sintió un tanto decepcionada al darse cuenta de que ya no la estaba observando. Su ánimo decayó al constatar que se había marchado a pesar de que había sido ella la que se lo había pedido.

El hecho de que ella se hubiera enamorado de su enemigo era un secreto que podría sacudir a todo el continente, pero, aun así, quería que saliera a la luz. Quería que todos lo supieran, y en su mundo de fantasía creía que la gente podría llegar a aceptar a Nyte como su pareja e incluso a alegrarse por ellos algún día. Una de las cosas que más le gustaban de Nyte, aunque nadie llegaría a entenderlo nunca, era que no pretendía ser algo que no era. Él era consciente de todos sus pecados más oscuros y sangrientos, a pesar de lo cual ella creía que algún día podría conseguir redimirse.

Astraea era la diosa de la justicia de ese mundo. Había sido creada para gobernar y crear un reinado de paz, amistad e igualdad. Lo único que deseaba era que nadie la cuestionara en lo concerniente a él.

Su vínculo había sido forzado, ya que no existía forma alguna de salvarla de aquella herida mortal, pero una parte de ella se sentía aliviada de que Nyte lo hubiera hecho. Sabía que su vínculo y el deseo que compartían se habían ido haciendo cada vez más profundos durante todos los años que habían pasado juntos. Nyte se había introducido en su mente, cuerpo y alma. Había ido ocurriendo tan poco a poco que pensaba que ninguno de los dos se había dado cuenta, o había querido admitirlo siquiera, de lo que llevaba forjándose entre ellos desde el inicio.

Astraea se vio forzada a dejar de sumirse en sus propios pensamientos cuando un vampiro cayó en picado hacia ella desde el cielo, y maldijo a Nyte en voz baja por ser el causante de ese momento de distracción que a punto estuvo de impedir que lo detectara. El vampiro la tumbó de espaldas mientras le enseñaba los dientes afilados a la cara. Astraea lo agarró con firmeza por los hombros y estuvo a punto de quemarle por dentro con su magia. Pero no tuvo que molestarse, ya que un rayo azul partió al vampiro por la mitad y ella se lo sacudió rápidamente de encima. Unos segundos después, Auster desencajó la espada roca de la tormenta del pecho del morador de la noche.

Mientras Astraea trataba de recuperar la respiración, Auster se acercó a ella desde arriba con el ceño fruncido en señal de decepción y preocupación.

—Tenía la mente en las nubes —dijo ella, avergonzada.

—Muy raro por tu parte cuando estamos en medio de una batalla —dijo él con escepticismo, tendiendo una mano en su dirección.

Astraea le dedicó una sonrisa dulce y aceptó la ayuda para ponerse en pie.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que los otros Altos Celestiales, Notus, Aquilo y Zephyr, ya habían finalizado con lo que quedaba del ataque vampírico.

—Me pregunto qué intentaban conseguir —soltó Zephyr, limpiando la sangre que un morador de la noche caído había dejado en su espada.

Cuando Nyte lo averiguara, estaba segura de que se lo contaría.

—Son una abominación —espetó Notus.

A ella no le gustaba ese término. No le gustaba que condenara tan fácilmente a toda una especie solo por los actos de unos pocos. Tres de los seis guardianes de Astraea eran vampiros y habían sido seleccionados de entre todas las razas por sus creadores, el Amanecer y el Anochecer. Sus guardianes la habían criado para que fuera una gobernadora justa e imparcial. Hacía ya unas décadas que sus guardianes habían logrado pasar al maravilloso mundo éter cuando finalizaron con su deber sagrado. Desde entonces, Astraea debía liderar y descubrirse a sí misma.

—Empezad a rastrear el terreno para buscar a cualquier persona que pueda estar herida y despejad las calles —ordenó Astraea conforme comenzaron a acercarse más soldados celestiales.

La doncella pasó por encima de los cuerpos caídos para acercarse a los hogares más cercanos y comprobar si todos los inocentes se encontraban bien.

—Deberías volver al castillo —la aconsejó Auster, yendo tras ella.

—¿Por qué debería hacer tal cosa?

—Es más seguro. Deja que investiguemos nosotros qué puede haber causado este ataque y que rastreemos la ciudad en busca de más vampiros.

Auster siempre intentaba protegerla detrás de los muros. Ella nunca lo había admitido en voz alta, pero una de las razones por las que había insistido en gobernar en Vesitire y no en Althenia era para poder librarse de las sofocantes medidas de seguridad de Auster y sus hermanos.

El suspiro de Auster fue más que audible cuando ella ignoró su sugerencia y tocó a la puerta del primer hogar. Al no recibir respuesta, Astraea se introdujo en la casa y comprobó que todos los residentes habían sido asesinados. Cuatro humanos.

—No podemos permitir que sigan asesinando a nuestra gente de este modo —espetó Auster.

Astraea se enderezó. A pesar de que el padre de Nyte era el líder de la revuelta vampírica, Auster y sus hermanos sabían que había alguien más manteniendo a los ejércitos vampíricos en activo.

—Hay que acabar con el Caballero de la Noche.

Había oído esa frase cientos de veces. Joder, incluso había sido su propio objetivo durante mucho tiempo. Pero ahora ambos estaban vinculados… y todo había cambiado.

Le dolía en el alma imaginárselo muerto, pero fue entonces cuando recordó un dato muy importante.

—No se lo puede matar —murmuró Astraea.

Al ver la expresión intensa en los ojos de Auster, un escalofrío le recorrió la piel mientras su atención seguía clavada en los charcos de sangre que empapaban la madera alrededor de la pintoresca casa de campo.

—Claro que se lo puede matar —dijo Auster.

—Técnicamente es… un dios. Solo se lo puede matar con algo de lo que haya sido creado.

Notó ácido en la garganta al exponer la debilidad de Nyte ante Auster. Sin embargo, le reconfortaba saber que Nyte no era de ese reino, lo que significaba que no había nada con lo que se lo pudiera matar, incluso aunque Auster dispusiera de esa información.

—¿Cómo lo sabes? —inquirió él.

—Llevo mucho tiempo tratando de darle caza. Yo misma lo he descubierto.

La piel de Astraea brilló tras soltar esas mentiras piadosas. Auster la observó con cautela y ella no pudo evitar un prurito de culpa al pensar que quizá, si la observaba durante un buen rato, podría acabar descubriendo el vínculo que había forjado con el mayor villano del reino. ¿Podría acusarla de traición? Le gustaba pensar que Auster le permitiría explicarse antes. Después de todo lo que habían pasado juntos, él no la juzgaría a pesar de sus oscuras decisiones.

Auster suspiró.

—Vámonos. Ya no hay nada que podamos hacer aquí.

Se pasaron el día limpiando la carnicería, rescatando a los supervivientes e implementando medidas de protección más estrictas por todo Vesitire. Cuanto más tiempo pasaba Astraea sacando sus propias conclusiones sobre el ataque y viendo cómo se limpiaba la sangre de gente inocente de las calles, más aumentaba su resentimiento.

Tampoco ayudó mucho que no lograse tener ni un solo momento a solas alejada de los Altos Celestiales y sus diatribas contra los vampiros y Nyte; sobre todo contra él en particular. Apretaba los puños cada vez que daban por sentado que cualquier muestra de barbarie había sido perpetrada por él.

—Pareces tensa —observó Zephyr, acercándose más a ella. El resto continuó hablando en la sala del trono del castillo.

—Ha sido un día muy largo —explicó ella.

Zephyr se giró y le bloqueó la vista de sus hermanos como si fuera un escudo humano para poder permitirle así algo de privacidad.

—¿Qué es lo que sabes? —le preguntó con cautela.

—¿Sobre qué?

—Sobre el ataque.

—Nada más de lo que sabéis vosotros.

Era cierto, a pesar de que Zephyr era consciente de sus actividades más bien «ilícitas» cuando se escabullía de los muros del castillo. Ella confiaba en él. Astraea protestó mucho cuando descubrió que Auster y el resto estaban expulsando a su propia gente de Althenia por el simple hecho de haber terminado con las alas arrancadas, sin importarles el modo por el que habían acabado así. Pero, pese a ser la doncella de las estrellas, no parecía tener demasiado poder para cambiar las reglas impuestas a los celestiales, ya que los cuatro hermanos habían sido bendecidos por los dioses para gobernar sobre esa especie. No eran hermanos de sangre, sino de deber.

—Has estado muy ausente últimamente. Auster está empezando a sospechar de ti —la advirtió Zephyr.

—No necesito que nadie me vigile —refunfuñó ella.

Zephyr hizo una mueca antes de mostrarle una expresión de disculpa.

—Tienes que rechazar tu vínculo con él —le dijo en un mero susurro.

Ella lo sabía. Jamás había sentido tanto miedo como cuando se cruzó por primera vez con Auster después de haberse vinculado con Nyte, pero al instante sintió alivio al comprobar que aquel no parecía haber notado nada extraño.

—Lo sé. Pero no quiero hacerle daño.

—Cuanto más tiempo le hagas creer que tiene una oportunidad contigo, más daño le harás.

Astraea miró a Zephyr con una súplica silenciosa. Tenía tantas ganas de contarle todo lo relativo a Nyte que le dolía hasta el pecho. Sabía que él le guardaría el secreto, pero temía que la juzgara con dureza, a pesar de que ambos mantenían una amistad muy estrecha.

Zephyr se dio cuenta de su encrucijada y la sostuvo por los brazos.

—Sabes que puedes contármelo todo —dijo él.

Ella asintió, pero sus labios se mantuvieron sellados. Pronto encontraría el coraje para contárselo. Pero en ese momento solo tenía una persona en mente mientras se escabullía con discreción del castillo.

Astraea esperó a Nyte en el campanario, un lugar que se había convertido en su hogar secreto en las alturas. Ella lo sintió cerca y notó su sigilo, como si quisiera pillarla desprevenida mientras observaba la ciudad bañada por la luz de la luna. Astraea se giró y le colocó una mano en el pecho cuando notó cómo le surgía la magia. Nyte se tensó, pero mantuvo una expresión firme y no solo no cedió ante ella, sino que la agarró de la muñeca y la atrajo hacia sí.

—Siempre tan violenta —dijo con un tono de voz bajo.

Ambos compartieron la misma respiración con la mirada en llamas.

—¿Por qué nos han atacado los vampiros? —le preguntó ella.

—Te he echado de menos —dijo él, alzando el brazo para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja.

Ella liberó un brazo e intentó volver a atacarle con magia. Su destello de luz quedó envuelto en una oscuridad estrellada. Nyte esbozó una sonrisa malévola a través de las sombras, que se fueron disipando.

—Dime que no has tenido nada que ver con el ataque —dijo ella, clavándole la mirada.

La alegría se desvaneció de su rostro.

—¿Acaso crees que sería capaz de mentirte?

—No lo sé.

Pero su corazón sí lo sabía. Notaba cómo le oprimía las costillas con un pulso feroz por el desconcierto que dominaba su mente.

Nyte salvó la poca distancia que los separaba empujándola hacia una de las paredes que delimitaban los arcos abovedados del campanario.

—Entonces es que no fui lo suficientemente claro cuando te aseguré que no dudaría en matar a nadie, en arrasar cualquier reino o en acabar con cualquier dios por ti.

Le enroscó una mano en el cuello mientras la miraba con la misma intensidad con la que el sol brillaba en sus ojos color ámbar.

—Pero la familia siempre es lo primero —dijo ella.

—Eres mi vínculo, así que tú eres mi familia. No puedo renegar de mi herencia, pero lo haría por ti. ¿A qué viene todo esto?

Le apartó la mano del cuello para colocársela en la nuca y crear un ángulo perfecto entre su boca y la suya.

—Eres mi condena —le susurró ella sobre los labios.

—Estrellita, nuestra colisión quizá sea una obra maestra ideada en las profundidades del infierno, y tal vez sea ese el lugar de nuestro próximo encuentro, pero sé que gobernarías el inframundo con una expresión triunfante.

Posó los labios sobre los suyos y ella se perdió en él. Se encontró en él. Ella era suya por toda la eternidad, y eso era justo lo que más la asustaba.

Cuando le plantó las manos en el pecho, Nyte cedió a su empuje y se deslizó a su alrededor. Lo único que había conocido en su vida era el deber. Hacia su gente. Hacia Auster. Antes de que llegara Nyte, ya había aceptado comprometerse con el Alto Celestial.

—Mi padre ha declarado que la única intención del ataque era comprobar vuestros recursos y vuestra estrategia. Había espías observando la masacre —dijo Nyte.

Astraea advirtió la duda en los ojos de Nyte mientras le daba la información.

—¿No lo crees?

—No estoy del todo seguro. No sé por qué me mentiría, pero nunca ha iniciado un ataque sin que yo lo supiera antes. Según él, lo ha hecho porque últimamente he estado muy descuidado en mi propósito de capturarte.

—No puedes perder su confianza.

—Deja que sea yo el que se preocupe por mi padre.

Astraea sabía que el padre de Nyte no era el motivo por el que sus pensamientos iban a la deriva y su corazón latía desbocado.

—Dime qué te ocurre —la instó Nyte con un tono suave, casi de súplica, que ella no solía oírle mucho.

—Te quiero —dijo ella de pronto, todavía dándole la espalda.

La confesión le salió a trompicones. Él le había dicho esas mismas palabras después de su vínculo, pero ella todavía no había sido capaz de devolvérselas. Pero las sentía ahí… justo en el pecho, a veces subiéndole hasta la garganta, y llevaban meses sofocándola, pero había tenido demasiado miedo a decirlas en voz alta. Y en ese momento… se dio cuenta de lo fuerte que se sentía con él a su lado, incluso cuando no lo estaba físicamente. Quería demostrarle más que nunca al mundo que Nyte no era terrorífico, sino más bien la única esperanza para lograr finalizar la guerra contra su padre.

Astraea sintió que Nyte avanzaba hacia ella por detrás y notó cómo le quemaba la piel. Cuando presionó el pecho contra su espalda, su cuerpo se volvió maleable y él le pasó los brazos alrededor como si fueran un escudo contra todo y todos.

—Vuelve a decir eso —murmuró sobre su cuello. Le pasó los labios por un lugar muy específico detrás de la oreja y ella cerró los ojos al sentir el placer.

—Te quiero —repitió. Cada palabra se aferró a su corazón para lograr convencer a su mente de que todo iría bien. Que serían capaces de sobrevivir a cualquier cosa juntos.

Nyte gruñó contra ella y Astraea notó las vibraciones por todo el pecho como si fueran arena y guijarros.

—A pesar de que llevo muchísimo tiempo queriendo oírlo, ¿por qué me da la impresión de que te duele decirlo?

—Porque no debería hacerlo. Porque temo que sea una elección que no pueda tomar. Quererte a ti supone no poder cumplir con mi deber. La gente comenzará a rebelarse contra nosotros antes de que podamos hacerles entrar en razón. Esto le dolerá mucho a Auster, y quizá comience una nueva guerra.

Nyte le colocó una mano en la cintura para darle la vuelta y la guio hasta que la parte trasera de sus rodillas rozó el borde de la cama. Él la ayudó a tumbarse mientras la lujuria comenzaba a calentarle la piel conforme sentía sus movimientos lentos y cuidadosos por todo el cuerpo, presionándola contra el colchón.

—¿Qué quieres que haga? —le preguntó con calma, preparado para doblegar al mundo entero o para quemarlo por ella si hacía falta—. Porque ahora eres mía, y no me importa lo que tenga que hacer para mantenerlo. Estoy absolutamente decidido a conseguirte todo lo que desees.

A Nyte se lo consideraba una pesadilla que poblaba las mentes de todas las especies. Era malvado, frío y cruel… Pero Astraea había descubierto que su oscuridad podía ser cálida si uno se aventuraba lo suficiente como para intentar sentirla. Nyte le ofreció su ayuda en el momento más vulnerable de Astraea, cuando podría haberse limitado a matarla. Sus deseos nunca le habían pertenecido hasta ese momento, hasta que se había forjado su vínculo. Estaba dispuesto a hacer o a ser lo que hiciera falta para mantener ese vínculo, y eso despertó algo muy poderoso dentro de Astraea.

Él merecía que alguien lo amara. Merecía recibir la misma devoción que él ofrecía.

—Sé paciente conmigo —le dijo ella en voz baja. Le apretó las piernas alrededor de las caderas cuando las bajó para unirlas a las suyas.

Nyte se apartó un poco después de depositar todo un reguero de besos en su clavícula. Reclamó sus labios y ella le enredó los dedos en el pelo oscuro durante un solo beso, largo y prometedor.

—Por ti seré tan paciente como la noche que aguarda a la luna llena. Tan calmado como las estrellas que aguardan la noche. Por ti, Astraea Lightborne, esperaría en el infinito durante toda la eternidad. —Nyte sonrió. Su sonrisa era un tesoro que valía más que cualquier diamante—. Ahora —dijo en un murmullo ronco— creo que te toca suplicarme un poco.

Astraea — Presente

La luna estaba sangrando e iluminaba nuestro mundo con una tonalidad rojiza, como si la ira de los dioses se hubiera desatado sobre nosotros. Logró convertir la nieve cubierta de sangre en una estampa mucho más siniestra.

Había perdido todo el sentido de la moral mientras manchaba de color carmesí mi daga morada al deslizarla por el cuello de otro celestial.

«Si no estáis conmigo, estáis contra mí».

Ese era el mantra que no paraba de repetirme cada vez que alguien moría entre mis manos, pero las palabras no eran suficientes para detener la oscuridad que no dejaba de envolverme el alma con cada una de sus muertes.

No todos eran celestiales. Vampiros, faes e incluso humanos parecían desesperados por conseguir la recompensa que les había prometido Auster si lograban capturarnos a mis amigos o a mí. Algunos se lo habían tomado al pie de la letra y urdían estrategias retorcidas e implacables, por lo que cualquiera que decidiera atacar a mis amigos no debería esperar piedad a cambio.

Mi regreso de las estrellas comenzó mientras trataban de darme caza, pero ahora era yo la que se había convertido en la cazadora, e incluso en algo más: en una servidora de la muerte. Su doncella.

El amanecer nunca volvió a despuntar y el anochecer nunca se produciría. Y lo peor era que me habían arrancado la otra mitad de mi alma. Nyte me había dejado sola en ese mundo inmerso en el desorden y la anarquía, pero estaba absolutamente decidida a traerle de vuelta.

Ya habían pasado dos semanas y todavía no habíamos avanzado nada en la búsqueda de una cura para la maldición que le habían impuesto. Una especie de sueño profundo, como si se tratara de la misma muerte.

—No estarías a punto de desmayarte si dejaras que nos ocupáramos nosotros de algunos —remarcó Nadia. Se acercó a mí con cautela, al igual que Davina. Siempre se mantenían en guardia cuando se dirigían hacia mí, como si una sola palabra equivocada pudiera desencadenar mi explosión inminente.

—No podéis seguirme el ritmo —dije mientras me agachaba para limpiar la sangre de la espada en la capa de un celestial caído. Pude vislumbrar un atisbo de la insignia de la constelación de Auster en la capa azul marino. Enseguida, la culpabilidad que sentía por la vida que acababa de quitar se transformó en resentimiento.

«Si no estáis conmigo… Estáis contra mí».

Al que más odiaba era a Auster porque por su culpa me había convertido en la persona que era ahora.

Auster me mató una vez, hace más de trescientos años, pero incluso ahora podía sentir el roce fantasmal de la llave cuando me la clavó en el pecho con un pulso de hielo como si ese suceso hubiera ocurrido hace tan solo unas semanas.

Bueno, eso era justamente lo que había sucedido. La historia se había vuelto a repetir y había obligado a Nyte a completar nuestro vínculo. Ahora la sangre de Nyte podía curarme si la bebía. O matarme si bañaban un arma en su sangre y me la clavaban en el corazón. Era toda una paradoja retorcida y maquiavélica.

Odiaba a Auster con todo mi corazón.

Y, aun así, sentía lástima por él.

«Odio el hecho de sentir lástima por él».

El tira y afloja mental se había vuelto agotador y muy injusto. Casi podía sentir a Auster observándome y sonriendo como si fuera consciente del control que todavía ejercía sobre mí. Como si fuera una sombra cerniéndose sobre mis pensamientos. Estaba furiosa con él, sí, pero me odiaba todavía más a mí misma por permitírselo. Por reproducir una y otra vez conversaciones que se abrían paso entre mis recuerdos perdidos, como si tratara de descubrir cuál fue el momento exacto en que decidió convertirme en su enemiga. El momento en que supo que tenía que matarme sin que yo lo supiera.

Cuando me giré, me topé con el rostro preocupado de Davina.

Nos encontrábamos en la frontera de la ciudad de Vesitire. Solíamos ir a ese lugar para intentar averiguar de cuántos cuerpos de defensa disponía Auster. No tenía tiempo de descansar. Si no estaba debatiendo con Drystan cada mínima teoría que se nos ocurriera para traer de vuelta a Nyte, me centraba en idear un plan de rescate.

Auster tenía a Eltanin. Mi dragón.

La osadía de Auster al capturarle me enfureció hasta la médula, pero, al margen de eso, temía lo que pudiera hacerle al joven dragón conforme se acercaba su segunda luna llena. Dentro de poco, Eltanin volvería a crecer.

Lo único que me impedía irrumpir temerariamente en la ciudad y enfrentarme a él era saber que Auster la mantenía firmemente sujeta a su control. Las patrullas celestiales estaban por todas partes. La mayoría de los habitantes de Vesitire que vislumbraran un atisbo de mi presencia querrían capturarme para recibir la gran recompensa que les había prometido. Toda la ciudad se convertiría en sangre, escombros y cenizas si decidiera desatar a la Dama de la Luz para conseguir justo lo que quería sin importarme los demás.

No podía permitir que eso sucediera pese a ser consciente de que poseía el poder suficiente para lograrlo. Aunque tampoco podía negar que la cantidad de derrotas recientes me tentaba a intentar probar a qué sabía la victoria por primera vez en mi vida.

La Dama de la Luz residía adormilada en mi interior. Era un don mortal que me otorgaba un poder sin precedentes y que podría devastar el mundo entero si lo liberaba antes de aprender a controlarlo. La mismísima Muerte había hecho exactamente lo que esperábamos de ella a cambio de devolvernos a Drystan y me había otorgado una gran ventaja: un poder que podría matar incluso a dioses.

La Muerte quería acabar con el Anochecer y el Amanecer, mis creadores. Y, habida cuenta de todo lo que estos habían hecho, como arrebatarme a Nyte, por ejemplo, mi deseo más oscuro era acabar con ellos en persona.

Temía que la Dama de la Luz me hiciera olvidarme de quién era realmente y perdiera así la habilidad de distinguir a los amigos de los enemigos. Recordaba lo mucho que le costaba a Nyte lidiar con el Caballero de la Noche y, ahora más que nunca, necesitaba su ayuda para aprender a dominar ese nuevo don.

—¿Te has dado cuenta de que hay un hueco en el muro oeste? Los guardias están muy separados, y tal vez haya un punto ciego por el que colarnos dentro sin que nos detecten —comentó Davina, pensativa.

Miré en la dirección que me señalaba. El hueco era más bien pequeño, pero estaba segura de que lograríamos introducirnos por él. Auster le había ordenado a un mago que creara un velo alrededor de los muros para impedir que utilizara el vacío y burlase así los esfuerzos de los soldados por mantenerme alejada de la ciudad.

—Y entonces, ¿qué? —contraatacó Nadia. Se cruzó de brazos. Siempre tenía el ceño fruncido con una expresión calculadora, como si le fastidiara reconocer que quería formar parte de nuestros planes—. Seríamos un blanco fácil al otro lado del muro.

—Lo único que tenemos que hacer es tratar de llegar hasta Eltanin para así poder escapar rápidamente con él —contestó Davina—. ¿Es lo suficientemente grande para transportar a tres personas?

—No creo —le dije.

Lo que me había contado Drystan, que seguía siendo un complicado aliado para encontrar una cura para salvar a su hermano, era que Eltanin todavía no había forjado un vínculo de dragón conmigo para que fuera su jinete. No, desde luego, como el que Drystan había forjado con Athebyne, su gran dragón rojo liberado del Templo de los Guardianes que habíamos visitado hacía ya unos meses. Pasado su segundo ciclo lunar, los dragones maduraban lo suficiente para forjar un vínculo con un jinete. De ahí la urgencia por recuperar a Eltanin, ya que Auster quizá pudiera doblegarlo y forzarlo a vincularse con él. Era un acto infrecuente e inhumano, pero muy posible; totalmente ilegal durante la época en que existieron los dragones, pero no creía que Auster se rigiera por ninguna moral o código ético, ya que estaba obcecado y obsesionado con vencerme.

—Marchémonos —dije—. Ya se ha derramado suficiente sangre por hoy.

Ya había logrado mi objetivo, que no era encontrar un punto para poder infiltrarme en la ciudad, sino cuándo hacerlo. Quienes se habían aventurado fuera de la ciudad para buscarme me habían proporcionado la suficiente información antes de que les arrancara el último aliento. Gracias a eso había descubierto que Auster había convocado a todos los ciudadanos de Vesitire para que se reunieran en el castillo dentro de unos días.

Le eché un vistazo a las puntas de mis plumas negras, que acariciaron la nieve cuando desplegué las alas. La crudeza de su color era un sello de la Muerte y significaba un mal presagio para los de mi especie, los celestiales, cuyas alas eran de distintas tonalidades de plateado. A pesar de ello, nunca me había sentido más segura de mí misma tras recibir el regalo de la oscuridad.

Me alcé hacia los cielos y puse rumbo al hogar de Nadir, donde nos habíamos refugiado durante las últimas semanas. El mago vivía en una estructura de madera muy alta, aunque un tanto inestable, oculta y protegida por un velo mágico. Se había ofrecido a ocultar a la banda más buscada de todo el continente.

Sentí un cosquilleo en la piel al cruzar el escudo mágico y vi cómo mis tatuajes plateados comenzaban a brillar. Nadia y Davina tardarían un poco más en llegar, ya que tenían que regresar a pie.

Ya dentro del hogar, casi no me di cuenta de la presencia de Nadir, que estaba sentado en la sala principal fumando algo en su pipa, como siempre. Una especie de planta que parecía tener propiedades relajantes. Creo que solo intentaba fingir que no estábamos entrometiéndonos demasiado en su habitual vida relajante.

Subí dos pisos y ralenticé el paso frente a la sala en la que se encontraba Zathrian. La puerta estaba un tanto entreabierta, y a pesar de la cantidad de veces que lo había visto tumbado en esa cama con Rose a su lado, siempre sucumbía a la desesperación. El descubrimiento de que Zath era un nefilim, mitad celestial, mitad humano, me había sorprendido muchísimo, pero ahora me alegraba porque, de no ser así, la herida que le asestaron con una espada en la garganta habría sido letal. Ahora, en cambio, permanecía inconsciente desde que comenzó la emboscada de Auster. Mientras que los latidos de Zath eran cada vez más fuertes y prometían su pronta recuperación, los de Nyte eran un eco distante y efímero.

Pasé de largo la habitación de Zath y subí dos pisos más.

Cada vez que empujaba la puerta tras la que yacía Nyte, sentía un halo de esperanza en el pecho por si había logrado despertar. Por si me lo encontraba sentado, esperándome, y esos ojos color ámbar, al verme, brillaban más que todos los amaneceres perdidos que había tenido que sufrir nuestro mundo.

Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que ese pequeño haz de esperanza se había esfumado en el momento en que lo veía tumbado en la misma cama, tan inerte como si estuviera muerto. No había día en que lo mirara y no sintiera como si alguien me hubiera introducido la mano en el pecho y me estuviera estrujando con fuerza el corazón.

Me deshice de las armas, la capa y las botas y me tumbé a su lado, colocando una pierna encima de la suya y acurrucándome lo mejor que pude. No estaba para nada cálido, pero noté la magia vibrando en mi mano mientras se la colocaba en el pecho, calentándonos a ambos, y traté de sentir la lenta melodía que producía su corazón. Me inundó el alivio cuando la descubrí, y me permití cerrar los ojos un instante.

Mi momento de paz no duró ni un solo minuto antes de oír unos pasos resonando en el vestíbulo y después introduciéndose en la habitación sin tocar siquiera a la puerta. Abrí los ojos y clavé la mirada en Drystan. La emoción de su rostro contrastaba vivamente con mi progresiva irritación.

—Vínculos de dragones —me dijo, sonriendo.

Era la expresión más brillante que cualquier habitante de esa casa había mostrado en varias semanas.

—Explícate antes de que te eche de aquí sin pestañear —le advertí.

Las cosas entre nosotros estaban más bien tensas. Aunque habíamos logrado urdir una estratagema para conseguir adquirir todo el poder posible de la Dama de la Luz, ahí terminaba nuestra reciente alianza. Él me culpaba por haberme marchado —bueno, más bien por haberme muerto— hace muchísimos años y haber apartado así a su hermano de su lado cuando Nyte levantó un muro de hielo hacia el resto del mundo. Y ahora mismo era de nuevo responsable de que Nyte se hubiera ido. No sabía si había forma alguna de reencauzar mi amistad con Drystan, si podría perdonarme algún día, pero no iba a darme por vencida, aunque no lo estuviera demostrando en esos momentos.

—Tu vínculo con Nyte ya se había forjado cuando la maldición cayó sobre él —continuó—. Pero ¿y si no se hubiera terminado de completar antes de que esto ocurriera? ¿Y si intentaras reclamar vuestro vínculo para comprobar si él lo reclama también? ¿Y si eso fuera suficiente para despertar su consciencia?

—Como ya has dicho, nuestro vínculo ya se ha forjado, así que esa ya no parece ser una opción.

—¿Y si pudiera ocurrir lo mismo con otro vínculo?

Me alcé de la cama, frunciendo el ceño y dándole vueltas.

—¿Con un dragón? —concluí. Drystan me miró asintiendo como única confirmación antes de cruzar la habitación, donde había amontonadas varias pilas de libros.

Se pasaba la mayor parte del tiempo estudiando en su propia habitación, pero de vez en cuando traía sus libros y diarios aquí. Nunca hablábamos, pero tenía que admitir que a veces apreciaba su compañía. Incluso aunque estuviéramos en silencio, compartíamos el peso de la situación tan complicada en la que nos encontrábamos y agradecía no tener que soportar toda la carga yo sola.

—Eltanin todavía no ha forjado un vínculo con ningún jinete. Si conseguimos recuperarlo antes de que complete su segundo ciclo, quizá escoja a Nyte con un poco de ayuda por tu parte. Y si ese nuevo vínculo se forja, tal vez tenga acceso a alguna parte del subconsciente de Nyte que le haga despertar de su letargo —continuó Drystan, sin dejar de pasar las páginas de un libro.

Me apoyé sobre los muslos, en el borde de la cama, todavía pensativa.

La esperanza comenzó a aflorar en mí mientras sopesaba esa posibilidad. Siempre había detectado algo familiar entre Nyte y Eltanin que en su momento me hizo creer que el dragón celestial terminaría escogiéndole a él como jinete.

Drystan cerró el libro cuando encontró el mapa encantado que parecía haber sido usado como separador en algún momento. Recordé algo sobre él que no había cambiado, y era lo caótico y desorganizado que era Drystan con sus cosas. Sin embargo, siempre parecía recordar dónde estaba cada cosa cuando la necesitaba.

—Parece que todavía no has descubierto que existen los marcapáginas —murmuré.

Fue un mero intento de ser amable y normalizar un poco la situación, aunque todavía ese tipo de interacciones resultaban extrañas entre nosotros. Odiaba la tensión que parecía haber surgido entre nosotros, pero no sabía cómo acabar con ella.

Drystan me echó una ojeada y pareció sopesar si quería recuperar algo del pasado que nos unía o no. Vi cómo apretaba la mandíbula y después volvió a enfrascarse en sus papeles.

—¿Recuerdas todo sobre tu pasado?

—No del todo. La mayoría de las veces recuerdo las cosas justo en el momento en que suceden, igual que ahora, al darme cuenta de lo desorganizado que eres.

—Está organizado a mi manera.

Eso me provocó una sonrisa.

—Lo siento —susurré. Drystan cuadró los hombros—. No sé por dónde empezar.

—Pues no lo hagas. —Su mirada afilada casi me corta por la mitad—. Deja el pasado atrás.

—No puedo —le dije con desesperación mientras me alzaba de la cama—. Eras mi amigo. El primer amigo que tuve más allá de mi vida estresante con los Altos Celestiales y mis responsabilidades.

—Y entonces me abandonaste. Ambos lo hicisteis, y yo me quedé solo. No puedes culparme por haber tratado de curar esa herida durante todos estos siglos y negarte la espada para que puedas volver a herirme de nuevo.

Eso me dolió muchísimo. Una herida física sería mucho más fácil de soportar.

—Voy a ganar esta guerra. Nyte va a despertar. Y cuando eso suceda, ambos nos quedaremos a tu lado hasta el final de los tiempos.

Drystan me dedicó una mirada fría, pero pude advertir que fruncía un poco los ojos. No me respondió, sino que volvió a centrar la atención en los diarios.

Colocó sobre la mesa el mapa encantado que me prestó durante el Libertatem y extendió otra hoja transparente sobre este. Me acerqué más a él para tener una mejor vista.

—Hay dieciséis templos más con representaciones de dragones por todo Solanis, lo que significa que podemos liberar a dieciséis dragones más, al igual que hicimos con Athebyne, o, al menos, eso espero. Le pediste a Nyte que me dijera que tu llave estaba con los dragones. Cuando la rompiste, enviaste las piezas a todos estos templos, ¿verdad?

—Sí. Mis creadores concedieron a tu padre el poder de blandir la llave sin que esta le inflija ningún daño. Creo que me quieren muerta, al igual que Auster. No podía arriesgarme a que esa arma cayera en sus manos mientras nos tenían retenidos en el templo. Así que la rompí. Sabía que si no lograba escapar de Auster, tú entenderías el significado y lograrías reunir todas las piezas sin mi ayuda.

—Muy inteligente por tu parte. Pero ¿realmente necesitamos la llave?

—Soy la Dama de la Luz, pero no puedo matar al Anochecer y al Amanecer yo sola. Necesitaré la llave para hacerlo.

A veces, mientras dormía, creía poder sentir el dolor de la llave. Podía escuchar los gritos de un poder roto como si fuera un violín desafinado. Oía los chirridos exigirle a alguien que atendiera al instrumento y volviera a afinarlo. Me preguntaba si ignorar las llamadas de la llave para que la encontrara y volviera a forjarla tendría algún otro efecto aparte de unos cuantos dolores de cabeza y noches sin dormir.

—Eso podría llevarnos meses —me dijo él, compartiendo mi propia desesperación—. Pero si Eltanin decide no vincularse a Nyte, al menos podremos volver a intentarlo con otros dieciséis dragones.

Mi esperanza se convirtió en una llama mucho más grande en contra de mi voluntad.

—¿De verdad crees que podría funcionar? —susurré.

Drystan volvió a alzar la mirada y pude advertir lo preocupado que estaba. Era el momento más cercano que habíamos compartido en mucho tiempo. Había llegado a aceptar su frialdad durante las últimas semanas. Como yo no aportaba soluciones y mis sugerencias se antojaban siempre callejones sin salida, no podía culparlo porque ni siquiera me soportaba a mí misma.

—Espero que sí —me dijo antes de darse la vuelta—. Ya que has mencionado a mi padre, ¿has conseguido verlo en alguna de tus incursiones por la ciudad?

—No —le dije. De hecho, casi no había tenido tiempo de pensar en él, ya que mi principal venganza tenía por objeto a Auster.

Drystan hizo una pausa justo en la puerta, a punto de marcharse.

—Quizá Auster ya se haya deshecho de él. Sería una pena, ya que llevo mucho tiempo queriendo hacerlo yo mismo.

Pronunció esas palabras con un tono frío y desprovisto de cualquier emoción. Su indiferencia era una máscara para ocultar su dolor. A pesar de que merecía enfrentarse al monstruo de su padre y acabar él mismo con su vida, como quiso hacer también Nyte, creía que sería la situación más difícil a la que se enfrentarían nunca.

Estaba a punto de volver a meterme en la cama cuando una cabellera rosa muy familiar apareció en la puerta. Abrí la boca, pero no fui capaz de verbalizar ninguna palabra. Nunca había visto a Rose tan cansada y asustada como en las últimas semanas. Casi no comía, y no la había escuchado pronunciar ni una sola palabra. En medio del caos en el que se había convertido mi vida, no me había parado a considerar cuánto se preocupaba por Zath. Sin embargo, había algo diferente en ella: una luz en sus ojos que no había visto en mucho tiempo, que me hizo enderezarme y que casi consigue que se me saliera el corazón del pecho antes de que ella hablara.

—Está despierto.

Astraea

No sabía por qué me ponía nerviosa volver a ver a Zathrian. Para mí seguía siendo la misma persona que conocía, sin importar lo que realmente fuera. Sin embargo, tenía las manos temblorosas y el corazón acelerado, y casi me caigo al cruzar la puerta y verlo de pie sonriendo.

Sonriendo como si no acabara de esquivar a la muerte por muy poco. Como si no se estuviera recuperando todavía de la herida que llevaba repleta de vendas. Era… Zath. Con sus ojos azules brillantes y una sonrisa radiante. Cuando me miró, se me escapó un sollozo de los labios.

—Venga, hombre, tampoco estoy tan feo, ¿no? —me dijo con la voz ronca después de pasar tanto tiempo inconsciente—. Me alegro de verte, As.

Fruncí el ceño al oírle pronunciar mi apodo. Al acordarme del gran amigo que había sido mientras yo todavía estaba buscando mi propio camino.

Solté una risa ahogada y su imagen se emborronó más a causa de las lágrimas mientras me acercaba a él.

—¿Cómo está? —le pregunté a Lilith, que había sido su salvadora. Sus conocimientos sobre la naturaleza le habían permitido elaborar las medicinas que le habían mantenido con vida, y yo estaba segura de que su magia también poseía propiedades curativas.

—Se está recuperando —me informó Lilith tras enderezarse al terminar de examinar las vendas que llevaba Zath sobre el pecho desnudo.

—Voy poco a poco —dijo Zath inspeccionándose a sí mismo. Había perdido el brillo y el moreno en la piel, y estaba más delgado y pálido. Tenía ojeras oscuras debajo de los ojos a pesar de esa expresión alegre que confería un brillo particular a sus iris.

—Iré a traerte un poco de agua —dijo Lilith antes de marcharse.

—Sé que soy muy guapo, pero ya estoy pillado, así que puedes dejar de mirarme así —comentó Zath en mi dirección.

Mi mirada se posó brevemente en Rose, a quien se le encendieron las mejillas, pero dirigió su habitual ceño fruncido a Zath, que le guiñó el ojo. Me fui relajando al comprobar que parecía volver a ser el mismo de siempre.

—No me hagas hablar porque no diré nada bueno —dijo ella.

—Venga, Espinas, déjame soñar un poco, acabo de esquivar a la muerte.

—Haciendo trampa —contraatacó Rose.

—¿No te alegra que haya terminado siendo un ser sobrenatural y que gracias a eso haya logrado sobrevivir?

—Pues claro que sí —gruñó ella, cruzándose de brazos.

—Nefilim —dije. La atención de Zath volvió a centrarse en mí con una sonrisa tímida.

—¿Sorprendida?

Sacudí la cabeza, incrédula.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Cómo iba a hacerlo? Ya era suficiente que descubrieras que tú tampoco eras humana.

—Pero precisamente por eso no me habría sentido tan sola. —No pretendía que sonara como una acusación, pero me dolía que hubiera mantenido en secreto un dato tan importante.

Ser nefilim seguramente debió de suponer una carga muy solitaria y difícil que soportar. Los celestiales habían pasado mucho tiempo ocultos detrás del velo, pero ahora que habían logrado salir, Zath y su especie tendrían que esconderse como no hace mucho tiempo hubieron de hacer los fae para no ser descubiertos por las tropas del rey. Auster había mirado a Zath con tanto desdén que no podía evitar que incluso ahora me bullera la sangre. Querían cazar a los nefilim para matarlos o desterrarlos.

—Lo siento —me dijo él—. Llevo mucho tiempo queriendo negar lo que soy. Me negaba a aceptar que era diferente.

—¿Qué conlleva ser nefilim? —preguntó Rose.

—Pues ser mucho más encantador de lo que era antes.

—¿Encantador? Yo más bien creo que eres muy irritante.

Zath se rio, pero terminó quejándose del dolor al contraérsele las heridas del abdomen.

Rose soltó un resoplido mientras le mullía las almohadas para que pudiera volver a tumbarse. El cariño con que lo ayudaba en todo, a pesar de su ceño fruncido, me reconfortaba el corazón.

—Y entonces, ¿cuál es el plan ahora, doncella de las estrellas? —murmuró Zath.

—Tu plan es que descanses. Todavía no estás en condiciones de hacer mucho más.

—Por lo que he podido oír, ya he descansado demasiado. Pero, por supuesto, ese bastardo oscuro se ha propuesto ganarme en absolutamente todo, al parecer.

El comentario sobre el estado de Nyte no fue tan gracioso como él pretendía que sonara. La expresión de Zath se turbó al instante.

—¿Acaso él…?

—Se pondrá bien —le dije rápidamente, más para tratar de mitigar mi propia ansiedad que para asegurárselo a Zath—. Pero, al igual que le diría a él si despertara ahora mismo, no vas a ir a ninguna parte hasta que no puedas volver a combatir sin esbozar ni una sola mueca de dolor.

Zath gruñó mientras trataba de volver a sentarse. Era obvio que no iba a poder alzar una espada en mucho tiempo, y mucho menos blandirla.

—Eso me suena más bien a reto —me dijo con la voz tensa mientras trataba de ocultarnos el dolor que sentía.

—Deja de ser tan pesado —le reprendió Rose.

—¿Por qué tengo la impresión de que hemos intercambiado los roles?

Rose apretó la mandíbula, y en cualquier otra circunstancia, estoy segura de que se habría marchado y le habría dejado ahí tirado, pero no lo hizo. Al contrario, volvió a sentarse en la silla, y fue entonces cuando me di cuenta de la cantidad de utensilios para tejer que tenía al lado, junto a una bufanda a medio terminar.

No tuve tiempo de preguntarle por su sorprendente nueva afición.

—¿Cuál es el plan ahora? He oído que andas merodeando por ahí.

—Hemos estado estudiando las defensas de Auster para tratar de encontrar algún punto débil que nos permita recuperar a Eltanin.

—¿Eli? —dijo Zath frunciendo el ceño con decepción. Después su expresión se tornó en enfado—. ¿Ese idiota tiene a Eli?

Mi expresión de tristeza le sirvió como respuesta.

Y eso llevó a Zath a pensar otra vez que no necesitaba seguir las indicaciones de los curanderos. Echó hacia atrás las sábanas y consiguió sacar las piernas por un lado de la cama, pero cuando tuvo que apoyarse y parar un segundo para recuperar el aliento, fue realmente consciente de lo mal que se encontraba.

—Solo tengo que estirar un poco y levantarme de la cama de vez en cuando. Pienso acompañarte cuando decidáis ir a por el dragón.

Tenía la piel perlada con una fina capa de sudor y su respiración seguía siendo fatigosa. Decidí no discutir más con él, firmemente convencida de que solo lograría alentar más su propósito y hacer más lenta su recuperación.

—No es fácil regresar de la muerte —le dije en voz baja.

Me dedicó una mirada de entendimiento.

—Parece que estamos creando una banda de muertos vivientes. —Al decirlo, su mirada se posó sobre Rose con una expresión de terror—. Aunque estoy completamente decidido a evitar que tú formes parte de ella.

—Mejor preocúpate por ti mismo —dijo ella, pero juraría que sus líneas faciales se suavizaron al notar su preocupación. Era un trato que no estaba acostumbrada a recibir.

—Tiene razón —dije yo—. Yo ya no soy la chica asustada y vulnerable de la mansión. Y he recuperado muchos de los recuerdos de la persona que era antes y de lo que soy capaz de hacer.

Pensé en tratar de explicarles el cambio que había experimentado, pero la Dama de la Luz todavía era un concepto bastante inconcebible para mí y aún no había tenido tiempo de descubrir qué significaba todo aquel poder.

—Me he dado cuenta —dijo con cierta amargura—. Tu compañía es ciertamente intimidante.

Yo solté una risa ahogada.

—No hace falta que me halagues.

Zath sonrió y consiguió así disipar algunas de las nubes oscuras que ondulaban por encima de mí.

—Es por la forma en la que te comportas ahora, como la líder que estabas destinada a ser. Incluso tu forma de expresarte es diferente, mucho más confiada. Estoy muy orgulloso de ti. —Me escocieron los ojos y me coloqué frente a él para tomarle de las manos—. Pero al margen de lo que seas o del poder que poseas, sigues siendo mi amiga y pienso permanecer a tu lado para ayudarte en lo que necesites.

—Pronto —le prometí.

La gratitud que sentía por tener a Zath en mi vida era inconmensurable. No era un escudo que me protegía, sino que un firme pilar de apoyo dentro y fuera del campo de batalla.

Estaba deseando que terminara de restablecerse para comenzar con el plan de recuperar a Eltanin.

—¿Cómo está él? —preguntó Rose en voz baja. Detecté cierta culpa en su tono al preguntarme por Nyte, ya que no lo había hecho en las últimas semanas. Casi no toleraba su compañía cuando estaba consciente.

—Todo lo bien que puede estar ahora mismo —le dije.

—Quizá Zath no pueda ayudar mucho, pero yo sí. Quiero acompañarte la próxima vez que salgas a merodear por ahí.

—Te avisaré la próxima vez que lo hagamos —le dije, a pesar de que las palabras me quemaron un poco la garganta porque eran mentira.

Llevaba muchas semanas deseando volver a luchar mano a mano con ambos, pero sabía que debía actuar sin ellos. Estaba harta de ser una mera espectadora mientras veía a Auster introducirse poco a poco en mi reino y manipular las mentes de mi gente.

Les deseé buenas noches, a pesar de que no sabía si tenía mucho sentido hacerlo dado que la luna de sangre dominaba constantemente el cielo, y abandoné la sala rumbo a las escaleras antes de oír a Davina y Nadia. Las encontré en la sala principal conversando con Nadir. Tenían las mejillas sonrojadas por el frío al que se habían enfrentado en el camino de vuelta.

—Las alas son muy injustas —gruñó Nadia al verme, quitándose la nieve de los hombros.

Se quedó mirando un invento que marcaba el tiempo y estaba situado sobre la hoguera. A Nadir le encantaban los objetos únicos, y ese invento parecía un reloj de arena, salvo porque se movía poco a poco en espiral y marcaba cada hora del día. El invierno era cruel durante el día, pero, cuando se acercaba la medianoche, las temperaturas se desplomaban.

—Deberíais ir a resguardaros del frío —les dije.

Davina pareció darse cuenta de mi expresión sombría. Se acercó a mí y me apretó los brazos.

—Mañana será mejor que hoy —me dijo. Siempre se mostraba optimista, y su presencia, junto con la de Lilith, a veces era el único respiro que teníamos de vez en cuando.

Le dediqué una sonrisa, aunque no debió de resultarle muy convincente. Mañana… Ni siquiera la calidez de Davina podía ahuyentar el frío premonitorio que me invadía.

Ambas se dirigieron a sus habitaciones para disfrutar de su merecido descanso y me dejaron a solas con Nadir. Su compañía era extrañamente relajante, aunque turbadora. Se reclinó en el sillón al lado de la chimenea. Tenía los pies desnudos encima de un taburete de madera. Llevaba una camisa con un estampado de filigrana esmeralda remetida por dentro de unos pantalones negros, a pesar de que tenía desabrochados la mayoría de los botones, dejando al descubierto la piel oscura de su pecho. Estaba fumando mientras daba sorbos de vez en cuando a una taza de té. A veces sentía, al percatarme de las miradas silenciosas que me dirigía, que los secretos no podían permanecer ocultos para siempre. Ni siquiera aquellos que yo misma ignoraba que estaba ocultando.

—El sacrificio forma parte de tu naturaleza —dijo con una sonrisa cómplice. Sus ojos vagaron perezosamente por la habitación a causa de los efectos de lo que había en esa pipa, fuese lo que fuese.

—Creo que forma parte de la naturaleza de todo el mundo cuando se trata de las personas que amamos.

—No de todos. El egoísmo es una bestia imparable.

Tenía varias dudas sobre Nadir. ¿Acaso podía ver el futuro? ¿Su magia era más poderosa que la que poseía un mago humano común? ¿Tal vez era lo que fumaba en esa pipa lo que le otorgaba cierta sabiduría?

Fuera como fuera, decidí sentarme a su lado. Había algo en él que me hacía sentir enormemente aliviada, incluso aunque me entregase a divagaciones sin sentido a las que yo misma tenía que encontrarle significado.

Soltó el humo de la siguiente calada y me ofreció una sonrisa ladeada. Cuando lo vi por primera vez, sus ojos eran amarillos y tenía las pupilas en vertical, pero ahora habían cambiado ligeramente de forma, seguramente debido a la materia de luz estelar, una sustancia elaborada a partir de la materia de las estrellas caídas y hechizada por los magos para diversos usos cosméticos y prácticos. Sus ojos ahora eran de un color verde vibrante y antinatural, y tenían las pupilas redondas.