El Día Que Te Conocí - Josephine Poupilou - E-Book

El Día Que Te Conocí E-Book

Josephine Poupilou

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Beschreibung

Lucille solo tenía diecinueve años cuando su madre la echó de casa. Abandonada a su suerte, Lucille se fue a vivir a la enorme finca que había heredado de su abuela. Han pasado ocho años desde entonces y, de repente, su hermanastra Nicole, con quien nunca se había llevado bien, la llama para pedirle que pasen juntas la Navidad y hagan las paces. Lucille acepta y, cuando acude a la cena de Nochebuena, conoce al futuro marido de Nicole, Xavier Blanc. Para su sorpresa, descubre que ya lo conocía desde cinco años antes. Este pasado en común creará inmediatamente una cierta sintonía entre ambos jóvenes, pero Nicole no tiene ninguna intención de aceptar la intrusión de Lucille en su vida. Entonces, ¿por qué la ha invitado a la fiesta? ¿Nicole realmente quiere empezar de nuevo o ha vuelto a acercarse a Lucille con una segunda intención?

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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EL DÍA QUE TE CONOCÍ

Josephine Poupilou

Nueva Edición ©2025 Josephine Poupilou

Portada: © 2025 - Diseño gráfico a cargo de Elisa Ester Zurzolo | stock: Image by Bianca Van Dijk from Pixabay

Traductor (ita – esp): Jorge Ledezma Millán

Editor: Tektime

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o difundida por medio alguno, fotocopiado, microfilmado u otro, sin el permiso del editor.

Este libro es una obra ficticia. Los personajes y lugares mencionados son inventos de la autora y tienen como objetivo conferir veracidad a la narración. Cualquier analogía con hechos, lugares y personas, vivas o fallecidas, es meramente casual.

1

"No puedo con esto", suspiré débilmente, agotada, observando mi figura demacrada en el espejo. Mientras tanto, Yvette trataba de arreglarme el cabello en un moño perfecto, y Margot se esforzaba por disimular esas profundas ojeras que se negaban a desaparecer de mis ojos.

"¡No digas tonterías! ¡Todo saldrá bien! ¡Solo es una cena!", intentó tranquilizarme Margot mientras me aplicaba una tercera capa de corrector bajo los ojos.

"Una cena con mi madre y su nueva familia, a quienes no he visto en seis años", le recordé, intentando contener la ansiedad que me tensaba el vientre.

"¡Precisamente por eso tienes que ir! ¡Tienes que demostrarles todo lo que se han estado perdiendo todo este tiempo! Debes demostrarles que su abandono no te ha afectado en absoluto y que has salido victoriosa... De hecho, ahora eres más fuerte que antes", intentó convencerme Yvette.

"¿Yo victoriosa? ¿Me has echado una ojeada?"

"¡Sí, estás guapísima! ", replicó Yvette de inmediato con una amplia sonrisa.

"¡No estoy guapísima! Estoy agotada, duermo poco, estoy en quiebra, eternamente desempleada, tengo muchísimas deudas y me preocupa la salud de Chucky".

"¡No digas eso! ¡Debes comenzar a ver las cosas desde otra perspectiva!"

"¿Qué?", pregunté con aspereza.

"Antes que nada, estás guapísima. Incluso has perdido algunos kilos".

"Gracias a un cólico que me tuvo en ayunas casi una semana. Aún no me siento bien del todo", le respondí, recordando lo enferma que había estado unos cinco días antes.

"Un cólico que, sin embargo, te ayudó a perder peso, por lo que este precioso vestido tubo de Chanel te quedó a la perfección", intervino Margot.

"Un vestido que ni siquiera podría permitirme porque estoy en la ruina", repliqué deprimida, deslizando mis dedos temblorosos sobre aquel precioso vestido color esmeralda de Yvette.

"No importa. Lo único que importa ahora mismo es que este vestido te hace ver increíblemente elegante y resalta tus ojos y tu tez clara. Además, tú misma siempre has dicho que no deseas que tu madre, ni peor aún, tu hermanastra, sepan lo mal que la estás pasando, y seguro que con este vestido y los Louboutins de Margot, nadie pensaría que eres una chica pobre y desafortunada. Ni mencionar que vives en un auténtico palacio rodeado de hectáreas de jardines".

Lástima que la realidad sea muy distinta, quise responderle. Hacía un año, había agotado toda la cuenta que heredé de mi abuela para el mantenimiento constante de esa inmensa villa. Había recibido ofertas para venderla, pero la idea de desprenderme de lo único que me unía a la única persona que me había amado en mi vida era desgarradora e impensable.

Antes de morir, mi abuela quiso heredarme su finca, heredada de un antepasado miembro de la realeza. Realmente amaba la propiedad y había hecho todo lo posible durante años para restaurarla a su antiguo esplendor, pero las obras nunca se completaban, y cada año surgía un nuevo problema.

El dinero se agotó y encontrar empleo era cada vez más difícil, ya que me costaba mantener uno durante más de unos meses.

"¡Además, ahora eres secretaria de dentista! ", continuó Yvette, intentando presumir mi último empleo, en el cual había empezado apenas dos días antes.

"¡Sí, tienes razón! No debo desanimarme. Ahora soy una mujer de veintisiete años, independiente, con un trabajo estupendo, una casa envidiable y, lo más importante, tengo dos amigas maravillosas a las que adoro y que me también me quieren".

"¡Siempre estaremos ahí para ti, Lucille!", me tranquilizó Yvette, abrazándome fuerte, seguida inmediatamente por Margot.

"Además, tienes un montón de tíos guapos listos para protegerte, haciendo cola tras esta puerta, esperando abalanzarse sobre ti", exclamó Margot entre risas.

De hecho, se oyeron varios sonidos sordos justo detrás de la puerta.

En un instante la abrí, dejando entrar a mi pequeña tribu peluda que cada día llenaba mi vida de felicidad.

"¡Aramis! ¡Byron! ¡Lupin! ¡Chucky!", grité de alegría mientras mis amigas se interponían entre ellos y yo para evitar que los perros me saltaran encima y me estropearan el vestido.

"¡Aramis, ese vestido me ha costado un ojo de la cara! ¡No te acerques o te arrepentirás! ", le reprendió Yvette, tratando de alejar al viejo pastor maremmano, que estaba tan sordo que casi no podía oir nada.

"Tú también, Byron. Es inútil que intentes causarme lástima", dijo Margot, agachándose para acariciar al viejo perrito que arrastraba las patas traseras con la ayuda de un carrito que lo sostenía, pero que le impedía moverse con libertad.

Solamente Lupin logró colarse entre nosotras a pesar de su cojera, debido aque le faltaba una pata delantera.

"Margot, a Lupin le encanta la base de maquillaje", me reí al ver cómo Lupin se esforzaba por lamerme toda la cara.

"¡No, Lupin! ¡Me llevó una hora maquillarla! ¡Fuera de aquí, bribón!" lo regañó Margot, mientras se dejaba distraer por Chucky, que seguía débil por la bronquitis que había cogido tras pasar días jugando en la nieve. Ya tenía catorce años y enfermaba cada vez con más frecuencia. Además, desde el fallecimiento de Cabret, su compañero de juegos, parecía estar cada vez más resignado a la vejez.

Tras la muerte de Aaron, afrontar la muerte de Cabret hacía apenas dos meses también había sido realmente difícil para mí. No pasaba un día sin que buscara a esos dos enormes perros blancos y negros, siempre cariñosos y hambrientos.

"Seguirás sufriendo si no te decides por un perro joven y sano", intentó decirme una vez Marie, la encargada del refugio donde solía pasar cada Navidad consiguiendo un perro. Por desgracia, siempre elegía al perro más viejo y desafortunado del refugio, con la esperanza de que terminara sus días de la mejor manera posible. Cada vez que pedía "el perro que nadie querría", el que había sido abandonado, tirado como basura porque estaba demasiado viejo o enfermo para recibir más amor de su propia familia.

La verdad era que me sentía como ellos: expulsada de casa porque ya no servía. Nunca podría olvidar el día que mi madre me echó porque no me llevaba bien con su nueva pareja y su hija.

Ni siquiera se había tomado un minuto para comprender mis razones y la incomodidad de verme apartada para dar cabida a desconocidos que, en un instante, me habían arrebatado el cariño del último pariente que me quedaba y todas mis pertenencias, las cuales de repente me encontré compartiendo con una hermanastra prepotente y autoritaria.

Pero, por desgracia, a sus ojos, la culpa siempre era mía. Yo era la irritable, la enfadada con el mundo, la egoísta que quería las cosas para sí misma...

Esos pensamientos me golpearon como un puñetazo en el estómago.

Habían pasado ocho años desde entonces, y después del primer año de intentar hacer las paces, me di cuenta de que era inútil. Nunca podría recuperar a mi familia.

Habían pasado siete años desde la última vez que vi o supe de mi madre, su esposo Hubert o Nicole.

Siete años sin un encuentro fugaz o casual. Eso demostraba lo maravilloso que era París y lo lejos que estaba de su realidad.

Sin embargo, después de tanto tiempo, allí estaba, frente al espejo, preparándome para celebrar la Nochebuena con ellos, tras la inesperada llamada de Nicole diciéndome que quería dejar atrás el pasado y reunir a la familia.

Margot afirmaba que fue precisamente esa llamada la que me hizo sentir tan mal, víctima de un cólico terriblemente doloroso que me duró días.

"¡Ve y pateáles el trasero!" Margot e Yvette me desearon suerte mientras me acompañaban por el camino de entrada de la villa que había limpiado de nieve hasta llegar a mi pequeño y viejo Peugeot.

2

 

 

Me había dado una larga charla de ánimo durante más de dos horas mientras conducía hacia la casa donde pasé toda mi infancia y adolescencia.

Sin embargo, al tocar el timbre, me di cuenta de que estaba temblando.

Unos segundos después, oí que se abría la puerta y, por primera vez en siete largos años, volví a ver a mi madre.

Tenía algunas arrugas más, el cabello recogido y llevaba un traje de cachemira rojo y blanco que le daba un aspecto muy burgués, junto con las tres hileras de perlas blancas alrededor del cuello. No había cambiado mucho.

"Hola, mamá", apenas logré decir, incapaz de recordar todo lo que había planeado decirle cuando la volviera a ver.

"¡Hola, cariño, entra! ¡Vamos, ya están todos en la mesa!", exclamó con una voz aguda y fingida de alegría que me dejó paralizada. Me había llamado cariño y actuaba como si solo nos hubiéramos visto hacía dos días y nunca nos hubiéramos peleado. Era como si en todos esos años la única persona que hubiera sentido resentimiento, rabia o dolor hubiera sido yo.

Me dolía. Me dolía esa actitud indiferente cuando en realidad solo quería oírla decir cuánto me quería y que se había equivocado al elegir a su nueva familia en lugar de a mí años atrás.

Con una mezcla de sorpresa y decepción, entré y me quité el abrigo com lentitud.

"¡Dios mío! ¿Dónde te has metido?", chilló sorprendida al ver la alfombra de pelos de Chucky y Byron en la espalda de mi abrigo.

"Oh, nada. Son mis perros. Deben haber dormido encima", respondí encogiéndome de hombros. Estaba tan acostumbrada a ver pelos de perro por toda mi ropa que ya ni me daba cuenta.

"Hola, Lucille", me saludó el marido de mi madre, extendiendo la mano. "Hola, Hubert", respondí, estrechándole la mano. Al menos no había fingido que la separación de los últimos años nunca había sucedido.

"Ven, Lucille. Nicole está aquí y está deseosa de verte", interrumpió mi madre, llevándome al salón, que había sido decorado para Navidad con un imponente árbol de Navidad cargado de adornos, guirnaldas doradas y rojas, y luces de colores que parpadeaban.

En el largo aparador a la derecha del sofá había un largo belén con figuras de todo tipo, todas orientadas hacia el establo donde nació Jesús.

"¿Cuándo se hizo católica mi madre?", me pregunté, recordando que nunca había visto un belén en casa hasta entonces.

Además, cada superficie había sido decorada con elaborados arreglos de acebo, frutos rojos, piñas, velas aromáticas y nieve artificial.

Entré vacilante por la puerta del salón y a la izquierda encontré una mesa enorme, puesta con platos, vasos y adornos dorados, como si el Rey Midas lo hubiera tocado todo. Mi atención se centró rápidamente en las dos únicas personas sentadas en la mesa: Nicole, la hija de Hubert, de mi edad y una enemiga acérrima desde el día que la conocí; y un joven que me resultaba familiar.

"¡Lucille, me alegro tanto de verte! Tenía miedo de que no vinieras", bramó Nicole, acercándose a mí con una de sus sonrisas falsas y llenas de odio que recordaba tan bien.

"Perdona la tardanza, pero está nevando otra vez afuera y casi me quedo atrapada en el coche varias veces", expliqué, intentando tragarme el resentimiento que había albergado durante años, que siempre estaba ahí, listo para recordarme todo lo que esa mujer me había arrebatado.

"¡Oh, no importa! Quiero que conozcas a mi prometido, Xavier Blanc", me presentó rápidamente con entusiasmo, con un gesto de la mano que solo servía para mostrar su anillo de compromiso, un enorme diamante que brillaba bajo las luces del salón.

"Lucy", susurró tímidamente, con una leve sonrisa.

¿Lucy? Aparte de Margot e Yvette, nadie me había llamado así en años.

Lo miré con atención. Xavier era un hombre muy guapo y encantador, con una espesa melena castaña ligeramente ondulada y dos maravillosos ojos verdes que me miraban con dulzura y amabilidad.

Al llegar a su boca, sentí que me ruborizaba ligeramente. Esa boca carnosa y sonriente era un auténtico desgarrador para cualquier mujer.

"¿Se conocen?", preguntó Nicole, carraspeando nerviosamente.

"¿No me recuerdas?", preguntó Xavier, para nada avergonzado.

"Seguro que te he visto antes...", expliqué con inquietud. Nunca había sido un gran fisonomista.

"De hecho, hace cinco años que no nos vemos. Por tu culpa, incluso me manché la cara con un trozo de pastel", rió.

Esa frase despertó de repente mi memoria.

"¡Claro! ¡Xavier! Eras el novio de mi amiga Yvette".

"Sí".

"¿Porque nunca supe nada?", nos interrumpió Nicole de nuevo, a punto de cometer un asesinato. "Nunca pensé en contarte sobre una ex de hace cinco años, con la que solo salí unos meses. Ya ni siquiera recuerdo a Yvette."

"¡Pero tú recuerdas a Lucille!"

"Es imposible olvidarla, ya que Yvette rompió conmigo por su culpa y mi madre no me habló en una semana."

"¡¿Tu madre?! ¿También conoce a Lucille?"