Me Casé Contigo, Pero No Te Conozco - Josephine Poupilou - E-Book

Me Casé Contigo, Pero No Te Conozco E-Book

Josephine Poupilou

0,0
2,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Qué les pudo ocurrir a dos perfectos desconocidos para encontrarse esposados a la cama de un hotel a tres mil kilómetros de casa? Él no lo sabe. Ni siquiera sabe quién es. Ella tampoco lo sabe. Lo único que sabe es que ella no debería estar allí, vestida de novia en una suite de luna de miel. ¿Por qué está allí? ¿Y cómo acabó allí con ese vestido blanco?

Todo parece carente de sentido y, justo cuando las cosas parecen mejorar, llegan documentos falsos para ambos, una Colt semiautomática, un test de embarazo positivo y dos individuos sospechosos decididos a encontrarlos cueste lo que cueste. No hay tiempo para pensar ni recordar, sólo para escapar y averiguar qué demonios ocurrió el día anterior, del cual ambos no recuerdan nada en absoluto. Una huida sin límites, en la que todas las certezas se derrumban miserablemente, todos los recuerdos dan un vuelco ante lo que descubren y las cartas del destino se barajan cada vez de nuevo. Un viaje que llevará a los dos protagonistas por toda América hasta el giro final. «Me casé contigo pero no te conozco» es una novela llena de suspense, misterio y acción con un toque cómico y romántico.

PUBLISHER: TEKTIME

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2025

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ME CASÉ CONTIGO, PERO NO TE CONOZCO

Derek Stevens

Josephine Poupilou

©2025 Derek Stevens & Josephine Poupilou

Traductor (italiano > español): Jorge Ledezma Millán

Editorial: Tektime

Portada: © 2017 - Diseño gráfico de Elister | stock: stock.adobe.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o distribuida por ningún medio, fotocopia, microfilm u otro, sin el permiso del editor.

Este libro es una obra de ficción. Los personajes y lugares mencionados son invenciones del autor y tienen como finalidad dar veracidad a la narración. Cualquier analogía con hechos, lugares y personas, vivas o muertas, es absolutamente casual.

PRIMERA PARTE

HOTEL RAIZE

Él

Un sutil y muy cercano chirrido metálico llegó a mis oídos, sacándome de aquel extraño sopor sin sueños ni tiempo en el que me sentía atrapado.

Mi mente seguía completamente entumecida, al igual que todos mis doscientos seis huesos que parecían haber permanecido momificados en aquella posición fetal durante quién sabe cuántas horas... o días.

Intenté abrir los ojos, pero en cuanto un rayo de sol logró filtrarse entre mis pestañas, sentí como si me alcanzara un láser capaz de atravesar mi globo ocular hasta el cerebro, el cual empezó a latir dolorosamente.

Un leve gruñido de dolor escapó de mi boca congestionada.

Intenté respirar profundamente, pero tenía las fosas nasales obstruidas por un fino aserrín que me picaba y se alojaba en la garganta con cada respiración.

Intenté toser, pero con poco éxito. Mis costillas no parecían estar dispuestas a extenderse para permitir que entrara más oxígeno a los pulmones del necesario.

Mientras tanto aquel crujido metálico, parecido al roce de una cadena contra algo liso y ferroso, seguía atormentándome y abriéndose paso desde mis oídos hasta la parte más racional de mi mente.

¿De dónde venía ese ruido? No me resultaba familiar, pero me dio una ligera sensación de confort, como si no estuviera solo.

Asustado por aquel extraño sonido, pero a la vez más tranquilo, comencé a mover lentamente mis dedos, recuperando la circulación perdida.

Mis piernas también empezaron a hacer los primeros movimientos tímidos y enseguida me di cuenta de que estaba acostado.

Sentí una tela suave y sedosa corriendo bajo mis manos, en las cuales aún sentía un ligero hormigueo.

Sábanas, pensé.

Estaba en una cama.

¿Mi cama?

No podría decir eso. Ni siquiera recordaba cómo era mi cama en ese momento.

Todo me resultaba ajeno.

Incluso el aroma femenino que capté al inhalar a través de mi nariz enterrada en la almohada me resultaba desconocido.

Con un esfuerzo sobrehumano conseguí mover la cabeza y por fin pude respirar mejor.

El aire que me rodeaba era fragante pero viciado, como si la habitación en la que me encontraba no hubiera sido ventilada durante mucho tiempo. Olía a rosas, a alfombra nueva y a vino añejo dejado evaporar durante horas. Pero también algo más… Algo indescifrable, a lo que estaba seguro no estaba acostumbrado.

De repente mi mente empezó a diseccionar cada estímulo: el ruido metálico, el vino, la alfombra, las sábanas, el perfume de la mujer…

Pensé en mi dormitorio.

Pensé en ello durante mucho tiempo hasta que casi caí en catalepsia.

Nada.

No lo recordaba

Ni siquiera podía recordar cómo era: el color de las paredes, la posición de la cama, el olor de la habitación...

Nada.

¡Absolutamente nada!

En ese momento una sensación de ansiedad comenzó a invadir cada célula de mi cuerpo.

Con la velocidad del rayo, mi mente buscó respuestas, ampliando la búsqueda desde el dormitorio a toda la casa.

También había un vacío allí.

Pero ¿cómo carajo era posible que no recordase mi casa, mi cocina, mi salón…?

Quiero decir, debía haber comido y cocinado al menos una vez en mi vida, ¿no es así?

Debía haber visto la televisión sentado en un sofá o un sillón, ¿no?

Empezaron a aparecer vagos recuerdos de la misma consistencia que las nubes: el adorado chisporroteo de huevos con tocino, un sillón color borgoña, un corte en el dedo hecho con la hoja de un cuchillo japonés Santoku, la película Blade Runner, la tarjeta coleccionable de los Yankees autografiada por Phil Rizzuto, el libro Silent Hunt de Derek Stevens…

Recuerdos sí, pero inútiles y demasiado borrosos para encontrar la ubicación espacio-temporal adecuada.

¡La dirección! Sí, la necesitaba... ¿Dónde vivía? Intenté pensar, estrujándome el cerebro, mientras mis ojos intentaban de nuevo abrirse y adaptarse al baño de sol que inundaba la habitación.

Aunque mi vista regresó poco a poco, no podía decirse lo mismo de mis recuerdos.

En cuanto a calles, barrios e incluso la ciudad… ¡Nada! Un profundo agujero negro había absorbido cada imagen. Incluso la escritura en la correspondencia estaba tan borrosa que resultaba ilegible de memoria.

Como si abriendo mejor los ojos pudiera enfocar incluso esos pocos recuerdos de un pasado que parecía no haber existido nunca, abrí más la mirada.

Decenas de capas de tul parecían envolverme como un mar de espuma blanca, suave y ligera.

"¿Qué es esto?" Me pregunté ansiosamente, intentando con los brazos entumecidos por la incómoda posición abrirme paso hacia aquel alboroto de tela que se mimetizaba con las sábanas, también blancas como la nieve, y con la camisa que llevaba puesta. Esta también era blanca con sólo una mancha dorada en el pecho.

No sabía el motivo, pero sabía que no era de los que se iban a dormir vestidos.

Apenas logré incorporarme un poco y oler la mancha en mi ropa.

Un Bollinger, lo deduje sin duda por su aroma afrutado pero también exótico y especiado, con una nota de miel perceptible en el paladar, que lo hacía único entre los champagnes más renombrados del mundo.

También tenía una pajarita desordenada colgando sobre mi hombro. Era negra como los pantalones de vestir y los zapatos brillantes que llevaba.

Todo parecía fuera de lugar, pero no podría decir exactamente qué. O lo que no era.

Ya no era capaz de reconocer nada.

“¡Ni siquiera mi persona!” Mi mente gritó, conmocionada y finalmente libre de la niebla de ese extraño cansancio.

La pregunta que ya escuchaba en mi cabeza logró formularse incluso en mis labios resecos y deshidratados: "¿Quién soy yo?".

Esas dos simples palabras me golpearon con la misma fuerza de un puño que retorciera violentamente mi estómago.

Sentí ganas de vomitar pero sabía que estaba en ayunas.

Experimenté náuseas y una extraña sensación de malestar que pronto me hizo suponer que me habían drogado y llevado a esa extraña habitación que, a medida que mi cuerpo iba adquiriendo movilidad, comencé a examinar.

Intenté levantarme y de repente ese chirrido metálico que me había despertado en primer lugar se hizo oír de nuevo. Él estaba detrás de mí.

Me giré y solo vi el cabecero de hierro forjado contra la pared pintada con espátula de color caramelo.

Me senté intentando recuperar el aliento, oxigenar por completo mis neuronas, porque en ese momento necesitaba que cada fibra y terminación nerviosa de mi cuerpo volviera a trabajar a su máximo rendimiento para encontrar las mil respuestas que buscaba y que volvían a tragar mi mente hacia el abismo del que sentía que acababa de salir.

Cerré los ojos e intenté hacer algunos ejercicios de respiración profunda… quizás los había aprendido en alguna clase de yoga o quién sabe dónde y cómo.

Sin embargo, cuando volví a abrir los ojos, lo que estaba frente a mí me arrojó nuevamente al mar helado del miedo, inmovilizándome y cristalizando mis pulmones y todo el aire dentro de ellos.

Frente a mí, inmersa en un vestido de tul blanco, apareció una cabeza con cabello castaño claro, llena de rizos que adornaban y suavizaban el rostro ligeramente cuadrado de una mujer.

“¿¡Una mujer!?” Mi mente angustiada gritó.

Ella estaba acostada a mi lado y por los ligeros movimientos del imponente vestido blanco que llevaba, supe que estaba a punto de despertarse.

Intrigado y aterrorizado por el hecho de que incluso tratando de recordar cada fragmento de rostro y cuerpo conocido en el pasado no correspondía al de la persona que dormía plácidamente a unos centímetros de mí, comencé a mirarla como si quisiera memorizar cada rasgo suyo por temor a que la próxima vez que despertara pudiera olvidarme de ella también. La única que quizás podría responder a mis preguntas y decirme quién era yo.

Sus ojos ligeramente maquillados aún estaban cerrados, mientras que su boca rosada y llena estaba abierta en una dulce sonrisa.

Atónito, yo también me encontré sonriendo mientras terminaba de examinar aquellas mejillas suaves y sedosas, aquella frente baja y aquella nariz pequeña y bulbosa.

Tenía una apariencia agradable pero vagamente cómica y era de edad indeterminada. Quizás entre veintiocho y treinta y dos.

¿Y yo? ¿Cuántos años tenía? Me sentí triste, como me ocurría con cada nueva pregunta sin respuesta que asaltaba mi mente.

"¿Cómo soy?" Me pregunté sin aliento, tocándome la cara con las manos mientras mi mirada recorría la habitación en busca de un espejo.

Tenía que saberlo.

¡Necesitaba saberlo!

Las preguntas fueron aumentando.

Sentí que la cabeza me iba a explotar bajo el peso de aquel huracán de dudas y agujeros.

Intenté tocarla para sacudirla, pero me encontré temblando de miedo.

Tenía miedo de que si hablaba con ella las cosas se complicarían aún más y las preguntas aumentarían aún más.

Además, ese vestido blanco, al que antes había prestado poca atención, de repente comenzó a sonar como una sirena en mi cabeza.

“Un vestido de novia… Ella es una recién casada… ¿mi esposa?” Mi mente racional tartamudeó, disparándose hacia lo desconocido como una bola de pinball.

Conmocionado y cada vez más a punto de vomitar bilis, me miré de nuevo.

La camisa estaba desabotonada hasta la mitad del pecho y manchada con champán. Era evidente que había estado de fiesta antes de quedarme dormido.

¿Pero por qué? ¿Era fiestero? No lo creo... No sé... No me veía emborrachándome... con una mujer, además.

Pero mi aspecto también era inconfundible: parecía recién salido de una boda.

“¿Mi… boda?”

Con la ansiedad a niveles estratosféricos, llevé mi mano izquierda a mi rostro en busca de mi anillo de bodas.

Y justo en ese momento escuché nuevamente el sonido de la cadena.

Desvié mi mirada.

“¡Qué carajo…!” exclamé, sorprendido de encontrarme esposado a la cabecera de la cama.

En ese momento, el brillante y nuevo anillo de oro amarillo que lucía mi dedo anular pasó a un segundo plano.

¡Alguien me había atado a la cama y el ruido que escuchaba era la cadena de metal deslizándose por la cabecera!

Si, pero ¿quién? ¿Por qué? ¿Cuándo?

De repente la ira que comencé a sentir alivió la angustia que había oprimido mi pecho hasta ese momento.

Tratando de contener mi irritación, tiré de la cadena atada a mi muñeca izquierda.

Ésta giraba alrededor de un garabato en la cabecera de hierro de la cama. Era imposible quitar la cadena de la varilla sin cortar el metal a menos que tuvieras la llave.

Estaba a punto de empezar a buscar la llave entre las sábanas con la esperanza de que el idiota que había tenido esa estúpida idea también hubiera tenido la decencia de dejar la llave a mi alcance, cuando noté que el otro extremo de las esposas no estaba conectado a la cama sino apretado alrededor de la muñeca derecha de la mujer.

Un grito repentino y agudo rompió el silencio de la habitación, haciéndome gritar a mi vez de miedo.

Me di la vuelta en pánico.

La mujer se había despertado y dos ojos azules llenos de terror estaban fijos en mí.

"¿Quién eres?" Ella gritó aterrorizada y se lanzó de la cama.

Desafortunadamente, la cadena era demasiado corta y pronto me encontré con mi muñeca doblada dolorosamente alrededor de la cabecera y su brazo estirado mientras caía descoordinada hacia atrás sobre el colchón.

"¡Ay!" Gruñí y traté de tirar de la cadena, pero en respuesta ella continuó gritando y retorciéndose como un pobre cachorro de zorro con su pata atrapada en una trampa.

Durante mucho tiempo continuó el tira y afloja entre ambas partes para ganar más centímetros de cadena.

"¡Libérame!" La mujer se agitó aún más.

"¡No puedo!" Grité, enojado porque mi muñeca estaba siendo golpeada contra la pared. Aunque no lo pareciera esa mujer era más fuerte de lo que pensé.

"Libérame", dijo.

"¡Me gustaría pero no puedo! Yo también estoy atado, ¿no lo ves?"

"¡Libérame! Quiero irme… ¡Ni siquiera sé dónde estoy! ¿A dónde me trajiste? ¿Quién eres? Déjame ir".

La insistencia de aquella mujer y sus preguntas gritadas a 150 decibeles, como si quisiera romper aquella cadena con la fuerza del sonido, ciertamente estaban dañando mis tímpanos.

Y lo que me puso aún más furioso fue que no sabía cómo calmarla ya que no podía responder a ninguna de sus preguntas.

"Cálmate, por favor, ¿vale? No sé por qué estamos aquí. No sé quién ni qué nos ha traído. Ni siquiera sé por qué estás vestida de novia..."

Esa última declaración debió haberla impactado porque de repente dejó de gritar y miró su vestido.

"¿Estoy casada?" susurró suavemente, buscando también confirmación en el anillo en su dedo que brillaba como una estrella en la noche.

"No lo sé, pero creo que sí", suspiré con cautela para evitar otra escena histérica.

"¿Y con quién?" murmuró tímidamente, con las mejillas sonrojadas por la emoción.

"¿Quizás conmigo?" Me encontré preguntándole, esperando sus recuerdos, mientras le mostraba mi anillo de bodas.

"¿Tal vez?" Se enojó instantáneamente.

"No lo recuerdo", admití, volviendo a caer en la desesperación.

En respuesta, la mujer me miró fijamente durante un largo rato.

Pude ver en sus ojos la misma angustia que sentía dentro de mí.

"Pero ¿quién eres tú?"

Esa pregunta tuvo el efecto de destruir todas mis esperanzas.

Ella ni siquiera sabía quién era yo.

"No lo recuerdo. Esperaba que pudieras ayudarme. Me desperté hace un rato y no…"

No logré terminar mi frase cuando la cadena comenzó a tirar nuevamente y la escena histérica de antes comenzó de nuevo.

"¡Ayuda!" gritó con todas sus fuerzas. "¡Ayuda! ¡Que alguien venga y me libere!"

"¿Dejarás de gritar?" Me impacienté después de cinco minutos de laceraciones en mi canal auditivo.

"Pero ¿quién eres tú? ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me vestiste así? ¡Me drogaste para casarte conmigo! ¡Admítelo!"

"¿Pero no entendiste lo que te dije antes? ¡Perdí mi memoria! ¡No recuerdo nada!"

"¿Crees que soy tan tonta como para creerte? Si crees que puedes apaciguarme con esta historia melodramática, estás muy equivocado. Pienso pedir el divorcio si este matrimonio es realmente válido, ¿entendiste, acosador?"

"¿Acosador? ¿Estás loca? ¡Ni siquiera te conozco!" grité indignado. Era cierto que no sabía nada sobre mí mismo, pero me negaba a pensar en llegar al punto de hacer tales cosas.

"¿Y cómo puedes saber si has perdido la memoria?" exclamó triunfante.

"Tienes razón. No lo sé. Creo..." cedí, intentando controlar los nervios.

"¡Oh, Dios! Estas cosas pasan a menudo: mujeres secuestradas, violadas, casadas bajo los efectos de las drogas..."

¡Oye! ¡Tranquila! Por lo que sé, este viaje podría haber sido organizado por ti. Una loca que secuestra y droga al hombre del que está enamorada.

"¡Imposible!"

"¿Y cómo puedes decir eso?"

“A diferencia de ti, yo sé quién soy”.

Esa declaración dejó mi cerebro en un completo apagón.

 

ELLA

 

 

 

Despertar al lado de un extraño ya era un shock, ¡pero ser secuestrada por un hombre con amnesia era suficiente para volverte loca por el resto de tu vida!

Y por si fuera poco, ¡estaba vestida de novia!

¡Yo! ¡Casada!

¡No, no, no! ¡Imposible!

Y sin embargo, cuanto más veía brillar el anillo de bodas en mi dedo anular y no podía dejar de acariciar lo que debía ser el vestido blanco más principesco y vaporoso del mundo, más gritaba de felicidad mi mente soñadora por ese deseo cumplido después de años de decepciones y soledad, gastados recortando fotos de las bodas más hermosas de otras personas con la esperanza de que un día yo también pudiera casarme como en los cuentos de hadas más románticos.

¡Qué lástima que no fuera un cuento de hadas!

No, la mía era una pesadilla, una realidad ajena a mí y mi príncipe era un perfecto desconocido de al menos cuarenta años, con cabello canoso en las sienes, ojos color gris oscuro, de los que partían dos arrugas que probablemente empeoraban con cada sonrisa, y que recordaban a un hámster narcoléptico.

"¿Sabes realmente quién eres?" El hombre me preguntó con una expresión que era una mezcla de sorpresa y desconfianza.

"¡Claro! Me llamo Jane Mosey", me presenté de inmediato, intentando disimular mi irritación al ver que entrecerraba los ojos, como si me examinara, buscando alguna pista sobre si mentía.

"¿En serio?"

“¡Si sigues dudando de mi palabra una vez más, te estrangularé con mis propias manos!”

"Jane Mosey. Lo confirmo. Al menos recuerdo mi nombre", grazné enojada, poniéndolo furioso como pude ver por sus puños apretados y su mandíbula tensa.

"¿Y estás seguro que no me conoces?" Siseó en señal de ofensa y sospecha.

"Sí… creo que sí".

"¿Crees?"

"¡Creo que sí! Bueno, quizá ya te he visto, pero no lo recuerdo".

"En resumen: ¿me recuerdas o no?"

"¡No exactamente!" Grité de agitación durante tal interrogatorio".

"¡Y luego soy yo el que no recuerda nada!"

"¡No puedo recordar a todas las personas que conozco! ¡Nueva York es enorme! ¡Tal vez nos vimos una vez en la calle o algo así!"

"¿Nueva York?"

"Sí, vivo allí. ¿Eres de Nueva York también?"

"No lo recuerdo", gruñó furioso, pronunciando cada palabra como si estuviera hablando con un pobre idiota.

Una parte de mí estaba inmediatamente dispuesta a insultarlo y a empezar a gritar de nuevo pidiendo ayuda, pero aquella mirada asustada y hambrienta, que seguía mirándome con desconcierto, me detuvo.

El hombre parecía inofensivo, perdido y tan confundido como yo, si no peor.

Frustrada y arrepentida por aquella absurda situación, volví a sentarme en la cama.

"¿Recuerdas si tienes algún familiar mayor hospitalizado en Saint-George Recovery?" Intenté preguntar, intentando ser educada.

"No sé qué es eso".

"Es una residencia para personas mayores. Llevo tres años trabajando allí como asistente”, expliqué, omitiendo el hecho de que conocí el lugar por primera vez cuando tuve que internar a mi padre en el hospital por Alzheimer, once meses después de que mi madre muriera de cáncer de pulmón.

"No creo haber estado nunca en Saint-George Recovery, pero no podría decirlo con seguridad. Mi memoria es un enorme agujero negro", el tipo frunció el ceño, pasándose las manos por el cabello.

“Estoy segura de que recuperarás la memoria”, me encontré consolándolo, dedicándole una tímida sonrisa.

"¿Y si no vuelve? ¿Qué haré? No sé quién soy. Donde vivo".

"Una vez que nos liberemos de esta cadena, podemos ir a la policía. Quizás ya haya una denuncia por tu desaparición. Y mientras tanto, puedo alojarte en mi casa", ofrecí, arrepintiéndome inmediatamente después.