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Objetos que se mueven solos, milagros que ocurren en todas las religiones, posesiones diabólicas, magia negra, comunicaciones con seres fallecidos, apariciones de ovnis, de vírgenes y de seres de todo tipo... ¿Qué tienen en común todos estos fenómenos? El ser humano siempre ha buscado qué dar de comer a su espíritu. Las religiones ofrecen un buen alimento, pero puede ser muy enriquecedor o, por el contrario, carente de nutrientes. Y cuando el espíritu no está bien alimentado, sigue buscando con qué nutrirse, a veces de forma desesperada. Esta es una de las claves de la presente obra, en la que Salvador Freixedo establece una fuerte vinculación entre la parapsicología y la religión. Porque la religión puede ser un arma de doble filo, y este libro analiza ampliamente, aportando una gran profusión de casos, cómo los fenómenos parapsicológicos pueden convertirla en una herramienta muy útil o en un arma mortal. Cincuenta años después de que se publicara por primera vez El diabólico inconsciente, esta obra sigue más vigente que nunca, y su lectura es un rayo de claridad y lucidez para un mundo que continúa perdido, buscando algún sentido. El diabólico inconsciente; parapsicología y religión se publicó por primera vez en 1975, en México, y en 1980 salió a la luz una nueva versión del mismo libro, con el título Parapsicología y religión. Con esta nueva edición, revisada y actualizada, queremos conmemorar el 50.º aniversario de una obra de referencia.
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Seitenzahl: 551
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Objetos que se mueven solos, milagros que ocurren en todas las religiones, posesiones diabólicas, magia negra, comunicaciones con seres fallecidos, apariciones de ovnis, de vírgenes y de seres de todo tipo... ¿Qué tienen en común todos estos fenómenos?
El ser humano siempre ha buscado qué dar de comer a su espíritu. Las religiones ofrecen un buen alimento, pero puede ser muy enriquecedor o, por el contrario, carente de nutrientes. Y cuando el espíritu no está bien alimentado, sigue buscando con qué nutrirse, a veces de forma desesperada.
Esta es una de las claves de la presente obra, en la que Salvador Freixedo establece una fuerte vinculación entre la parapsicología y la religión. Porque la religión puede ser un arma de doble filo, y este libro analiza ampliamente, aportando una gran profusión de casos, cómo los fenómenos parapsicológicos pueden convertirla en una herramienta muy útil o en un arma mortal.
Cincuenta años después de que se publicara por primera vez El diabólico inconsciente, esta obra sigue más vigente que nunca, y su lectura es un rayo de claridad y lucidez para un mundo que continúa perdido, buscando algún sentido.
- Edición conmemorativa 50.º aniversario -
El diabólico inconsciente. Parapsicología y religión
© 1975, Salvador Freixedo
© 2025, Ushuaia Ediciones
EDIPRO, S.C.P.
Carretera de Rocafort 113
43427 Conesa
ISBN edición ebook: 978-84-19405-35-7
ISBN edición papel: 978-84-19405-34-0
Edición: agosto de 2025
Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales
Ilustración de cubierta: © Ushuaia Ediciones
Todos los derechos reservados.
www.ushuaiaediciones.es
RECONOCIMIENTO
INTRODUCCIÓN
Capítulo I. Qué se entiende por parapsicología
Capítulo II. Hechos paranormales
Capítulo III. Realidad y credibilidad de estos hechos
Capítulo IV. Espiritismo
Capítulo V. Fenomenología espiritista
Capítulo VI. Breve evaluación del espiritismo
Capítulo VII. Los ovnis como fenómeno parapsicológico
Capítulo VIII. El fenómeno psíquico llamado religión
Capítulo IX. Los hechos paranormales en la religión
Capítulo X. Demonología y demonolatría
Capítulo XI. Magia
Capítulo XII. Evaluación general de todos estos hechos
Capítulo XIII. Ovnis y «demonios»
Capítulo XIV. Parapsicología, historia y cristianismo
Capítulo XV. Conclusión
Fotografías
Índice bibliográfico
El autor
Es de toda justicia que al principio de este libro quede constancia la gran ayuda que ha supuesto para mí la colaboración del joven parapsicólogo puertorriqueño Alfonso Martínez Taboas. A pesar de su juventud, ha recorrido ya un largo camino por las tortuosas sendas de lo paranormal y ha logrado reunir la mejor biblioteca de parapsicología de Puerto Rico.
El lector tiene que estarle también agradecido, pues muchos de los casos que se encuentran a lo largo de estas páginas se deben a su privilegiada memoria, que le permite recordar exactamente el lugar en que los encontró en sus vastas lecturas sobre estos temas. No solo por eso tengo que estarle agradecido, sino por su apertura de mente y su originalidad en enfocar los difíciles problemas que en tantas ocasiones hemos discutido durante la composición de este libro.
Reconocimiento para mis colaboradores de México: agradezco cordialmente al C.I.F.E.A.C. (Centro Investigador de Fenómenos Extraterrestres). A sus creadores y fundadores: Ramiro Garza, Jorge Reichert y Rosario Machorrd de Reichert, su apoyo incondicional y desinteresado en todas mis estancias en el país.
La profundísima crisis ideológica por la que está pasando la humanidad tiene, como es natural, su repercusión en el pensamiento religioso. Estamos asistiendo, por más que algunos quieran encubrirlo con mantos color de púrpura, al derrumbe de las estructuras religiosas. No solo de las estructuras externas y anacrónicas, que hace tiempo deberían haber evolucionado radicalmente, sino también al de las estructuras dogmáticas.
El hombre del último tercio del siglo xx se resiste a seguir tragando sin masticar. Quiere ver qué es lo que le dan de comer a su espíritu. Quiere abrir las envolturas en las que le entregan el alimento religioso. Y al hacerlo, está encontrando que muy frecuentemente no hay nada dentro de ellas.
Descorazonado, acude entonces a todos aquellos lugares en los que, de una manera u otra, se promete alguna luz que le oriente en medio de la confusión actual. Esta es la razón de la enorme cantidad de «grupos» que en todas partes están naciendo. Y esta es también la razón de por qué este libro aborda el problema religioso a través de la parapsicología, que es uno de esos focos de atracción para el desorientado hombre de hoy.
«No se trata ya, de ahora en adelante, de destinar las facultades humanas a tal o cual divinidad. En nosotros sufre una crisis definitiva el vigor religioso de la tierra: la crisis de su propio descubrimiento. Empezamos a comprender, y para siempre, que la única religión aceptable para el hombre es la que le enseñará ante todo a conocer, amar y servir apasionadamente al universo, del cual es el elemento más importante». En estas cuasi heréticas y luminosas palabras de Teilhard de Chardin (si prescindimos de la última oración, con la que no estoy de acuerdo) se traza el nuevo rumbo que va a seguir el pensamiento religioso de la humanidad en los próximos siglos.
Quiero desde el principio dejar bien claro que este libro no es un manual de parapsicología y mucho menos una colección de «pruebas» de la realidad de los fenómenos paranormales de los que se ocupa la parapsicología. Doy por asentada esa realidad, y me he servido de esos fenómenos como de un punto de partida para enfocar desde un ángulo nuevo todo el panorama religioso.
Tengo que confesar que desde las páginas de Mi Iglesia duerme hasta las de este libro hay una larga distancia y un largo peregrinar que he recorrido penosamente, pero con el entusiasmo del que espera encontrar la luz que, sin duda, brilla en el Más Allá.
San Juan, Puerto Rico. 1973
Status quaestionis. No estará mal que, al adentrarnos en un campo tan confuso como es el de la parapsicología, comencemos usando en parte la técnica escolástica de ponernos de acuerdo sobre lo que vamos a discutir o investigar para no divagar y para no esperar conclusiones a las que no se pretende llegar. De ahí ese «status quaestionis» o estado de la cuestión: ¿de qué se trata?
Cada día se habla más de parapsicología. Gente que hasta hace pocos años o pocos meses apenas le había prestado alguna atención a esta palabra hoy día se lanza ávidamente sobre todo lo que tenga alguna relación con el exótico y misterioso mundo de la parapsicología. En todas partes hay una ola de interés, a veces desenfrenado, hacia la astrología, la clarividencia, la telepatía, los viajes astrales, los desdoblamientos, el hipnotismo, la demonolatría, los tarots, los amuletos, el I Ching, la magia, las tablas adivinadoras, etc.
Por otro lado, la parapsicología está tomando en las mentes de mucha gente el lugar que hasta ahora había ocupado la religión en la mente de nuestros antepasados. Y es lógico. La religión, tal como se practica en nuestra sociedad, se ha convertido en una serie de ritos sin sentido, sin mucha conexión ni con los problemas de esta vida ni con los de la otra, y en el orden ideológico se ha mantenido aferrada a una serie de rígidas creencias que comienzan a hacerse muy dudosas tras nuestra apertura al cosmos y precisamente por los resultados a que nos está llevando la parapsicología, al meterse esta a investigar sin trabas doctrinales ciertos fenómenos ante los que la religión no tiene nada que decir.
Al seguir en el alma de los hombres viva la eterna pregunta y angustia acerca del Más Allá, de las raíces y del porqué de la vida, de la finalidad del dolor y del mal en el mundo, y al no recibir de la religión sino respuestas fragmentarias e insatisfactorias, naturalmente los hombres de nuestro tiempo acuden a la parapsicología, que es decididamente la que más estudia todos estos misterios que tanto preocupan a la mente del ser humano.
Pero al recurrir precipitadamente a la parapsicología, el hombre de nuestro tiempo se encuentra con un panorama no más claro que el que tenía en la religión: cantidad de fenómenos, aparentemente inconexos y con frecuencia contradictorios entre sí; realidades totalmente inexplicables y hasta absurdas para la lógica humana, que ponen aún más confusión en la mente del hombre; supuestos mensajes del Más Allá que parecen un juego con el que alguien se divierte a costa de la pequeñez e impotencia humanas...
La parapsicología, en la actualidad, es una especie de recipiente en el que echamos todo aquello que no podemos explicar según las leyes físicas que conocemos. En realidad, es una ciencia que contiene dentro de sí, en germen, por lo menos diez ciencias del futuro. A medida que estas vayan desarrollándose, irán saliendo del seno de la parapsicología y tomando el puesto que por derecho les corresponde entre las demás ciencias. Actualmente la parapsicología estudia fenómenos que dejarán de estar bajo su dominio en cuanto encontramos las leyes psico-físicas que los rigen.
Pero, aparte de esto, la parapsicología cobija y estudia otras realidades mucho más profundas, cuya verdadera esencia el hombre tardará mucho más en descubrir, si es que alguna vez llega a hacerlo. Esta dificultad se acrecienta si se tiene en cuenta que en buena parte la parapsicología es una ciencia que está todavía en pañales.
Las razones para este estado embrionario de la parapsicología son fundamentalmente tres:
1. La natural resistencia de la mente humana a tratar problemas cuya raíz parece estar fuera de esta vida.
2. El dogmatismo religioso.
3. El dogmatismo científico.
En cuanto al dogmatismo científico, es increíble la tozudez con que mentes por otro lado brillantes se aferran a sus prejuicios y se niegan a admitir realidades que están en contradicción con sus principios, a pesar de que las tienen muchas veces delante de los ojos. Se siguen pidiendo pruebas y más pruebas de hechos cuya realidad hace años que está más que probada. Nada tiene de extraño que no se haya procedido a un estudio científico de estas realidades parapsicológicas cuando se negaba o por lo menos se dudaba de su realidad. Durante siglos se le ha cerrado la entrada a la mayoría de las universidades, y únicamente en nuestros días comienzan a abrírsele cautelosamente las puertas. Solo cuando rusos y estadounidenses han descubierto las incalculables posibilidades de la telepatía para tiempos de guerra, por poner un ejemplo, han comenzado los gobiernos de ambas naciones a hacer serios estudios sobre ella, prescindiendo por completo del poco interés con que durante siglos la ciencia oficial había mirado todas estas extrañas capacidades de la mente humana.
Que el dogmatismo religioso haya sido la causa principal del estancamiento de la parapsicología es un hecho que no admite dudas y sobre el que ya se ha escrito bastante. En el seno del cristianismo, su misma existencia ha sido perseguida en muchos aspectos y en numerosas ocasiones.
Al bregar la parapsicología con fenómenos aparentemente del Más Allá (un Más Allá sobre el que la religión pretendía tener un absoluto monopolio), es natural que esta sintiese celos. Y mucho más en los casos en los que la religión no tenía respuestas convincentes que ofrecer a sus fieles.
Aunque hoy nos pueda parecer increíble, es bien cierto que en otros tiempos en los que la Iglesia y el Estado estaban codo con codo, muchos de los parapsicólogos de hoy, de haber hablado entonces de los temas y con la libertad con que hoy lo hacen, hubiesen ido a parar a las mazmorras de la «justicia». El sambenito de «hereje» o «brujo» ha estado siempre levitando sobre las cabezas de los audaces que se permitían investigar con un poco de libertad de conciencia los muchos misterios que la vida encierra.
En concreto, las increíbles capacidades de la mente humana que actualmente estamos descubriendo (y de las que el hombre, más o menos confusamente, ha tenido vislumbres desde hace muchos siglos) caían en tiempos pasados bajo el ámbito de lo «divino» o de lo «satánico». Un ejemplo típico de esto es Santa Juana de Arco. Para unos, sus extrañas visiones fueron inducidas por el demonio (y por eso la quemaron en la hoguera); para otros, por el contrario, era Dios quien le hablaba en ellas (y por eso la declararon santa).
¿Quién podía atreverse con tranquilidad a investigar fenómenos que tenían toda la apariencia de algo mágico, con la posibilidad nada remota de que en cualquier momento llamasen a su puerta los oficiales de la Santa Inquisición? Si en fenómenos sencillos la Iglesia se sentía celosa, ¿qué no pasaría en cosas que rozaban los dogmas fundamentales?
Por mucho que las autoridades eclesiásticas quieran hoy presentársenos como liberales y abiertas a todo este tipo de fenómenos, no es posible borrar la realidad pasada. En otra ocasión he transcrito los consejos que el teólogo Gassendi le daba en una carta a Galileo, aconsejándole que tuviese cuidado en no presentar la Luna como demasiado parecida a la Tierra, no fuese a ocurrírsele a alguien decir que podría estar también habitada, lo cual le iba a traer problemas con las autoridades eclesiásticas. Son innumerables los ejemplos por el estilo que podrían aducirse.
Dije anteriormente que bajo el nombre de «parapsicología» se cobijan muchos fenómenos aparentemente inconexos entre sí. A primera vista nada tienen en común fenómenos tan dispares como la capacidad de levantarse en el aire, la capacidad de predecir el futuro, los extraños fenómenos que suceden en las casas encantadas, la emisión de ectoplasma o la estigmatización. Efectivamente, a cierto nivel, todos estos fenómenos son independientes entre sí y por eso ya es hora de que la parapsicología vaya diversificándose; sin embargo, en el fondo, todos tienen algo, si no mucho, en común, pudiéndose decir que bastantes de ellos solo son manifestaciones diferentes de lo mismo. Además de esto, podemos decir tres cosas de los fenómenos que caen bajo el ámbito de la parapsicología:
1. Que están fuera de las leyes conocidas de la naturaleza.
2. Que no tenemos, por lo tanto, una explicación demostrable para ellos.
3. Que todos tienen relación estrecha con el hombre y en concreto con su psiquismo.
Estos elementos son básicos para una definición del ámbito de la parapsicología. Indudablemente, a medida que vayamos descubriendo las leyes más profundas de la naturaleza, iremos sabiendo explicar, y por lo tanto iremos sacando de su ámbito, fenómenos que hoy incluimos en la parapsicología por no tener para ellos una explicación cierta.
Si al dogmatismo científico y al dogmatismo religioso añadimos la natural resistencia de la mente humana a ponerse en presencia de hechos ante los que nos hallamos completamente indefensos, por provenir, aparentemente, de un mundo que nos es totalmente desconocido, tendremos la explicación de por qué la parapsicología se ha quedado tan rezagada en comparación con las demás ciencias.
No se puede negar, y este es otro factor que milita en contra de la parapsicología, que esta se halla hoy ligada todavía en las mentes de mucha gente, con todo un grupo de ciencias o prácticas esotéricas que hacen que los científicos la miren con recelo, si no con desprecio. Y esto se debe a que la parapsicología, como ciencia, no se halla todavía bien delimitada y se encuentra aún en proceso de formación y de clarificación. Lo mismo le pasó a la química, que durante siglos estuvo amarrada a la alquimia, y solo hace apenas dos siglos empezó a desligarse de ella hasta llegar a ser la ciencia perfectamente definida que es hoy. Y lo mismo, dentro de la psicología, le está sucediendo todavía hoy al psicoanálisis, que, a pesar de ser un método científico incuestionable, está pasando todavía por una etapa de clarificación y depuración, y a ello se deben las grandes disputas y las diversas escuelas formadas por los más famosos psicoanalistas.
En resumen, podríamos decir que la parapsicología es una ciencia que estudia todos aquellos fenómenos extraños que tienen una estrecha relación con el hombre y su psiquismo, para los que las demás ciencias no tienen una explicación razonable.
Presentaremos en este capítulo todo un grupo de hechos paranormales de los que se ocupa la parapsicología. Esta presentación no pretende ser una especie de enciclopedia de todos los hechos paranormales; hay varias escritas, muy buenas. Ni siquiera pretendemos en esta presentación describir los hechos paranormales con profundidad y método. Lo que aquí pretendemos es darle al lector una visión de conjunto de todo un mundo de hechos extraños de los que con frecuencia oye hablar de una manera genérica como si se trataran de leyendas sin ninguna realidad.
Tampoco pretendemos explicarlos (aunque muchas veces digamos las teorías que existen para su explicación), sino únicamente admitirlos en el campo de nuestra conciencia como premisas de las que posteriormente podamos sacar conclusiones.
Si la presentación de muchos de estos hechos no es profunda y prescindimos del mecanismo inmediato por medio del cual se realizan, sí pretendemos sin embargo darle profundidad, en la segunda parte del libro, al estudio de las causas comunes y básicas de las que probablemente brotan muchos de ellos. Quien se interese por alguno de estos hechos en particular, podrá hallar en la abundante bibliografía que al fin brindamos una fuente de información más concreta.
Sabemos de sobra que hay todavía más hechos paranormales, pero con los que presentamos el lector podrá tener una visión bastante completa de toda la fenomenología paranormal.
Hiperestesia significa «supersensibilidad». A pesar de ser solo un fenómeno cuantitativamente paranormal, nos pone sobre aviso acerca de las increíbles posibilidades humanas.
Se trata de la capacidad de personas que tienen los sentidos tan afinados que son capaces de sentir lo que las personas «normales» no son capaces de sentir de ninguna manera, dando la impresión muchas veces de que adivinan. Sin embargo, en el fondo es el mismo caso de los animales que perciben sensorialmente muchas cosas que nosotros no podemos percibir.
La hiperestesia se da más frecuentemente en cierto tipo de psicópatas y no es raro que se dé en niños anormalmente identificados con sus madres. En presencia de ellas o en su proximidad (a veces incluso en habitaciones contiguas, con la puerta cerrada) son capaces de contestar preguntas y de resolver problemas que superan con mucho la normal capacidad mental de su edad. Lo que sucede en estos casos es que los niños son capaces de oír los imperceptibles movimientos inconscientes de las cuerdas vocales de sus madres, cuando estas, mentalmente (y sin caer en la cuenta de que al mismo tiempo están moviendo sus cuerdas vocales), contestan las preguntas que les han sido formuladas a sus hijos.
En casos de hiperestesia óptica, el dotado es capaz de distinguir con gran precisión pequeños objetos colocados a una gran distancia. A veces, la hiperestesia no consiste en la supersensibilidad de ningún sentido en particular, sino que está difundida por todo el cuerpo o localizada en partes que no son sensitivas en una persona normal. Por ejemplo, hay quienes llegan a «oír» con la boca del estómago o a «ver» con el pómulo de la oreja o con las yemas de los dedos.
La hiperestesia se confunde muchas veces con la telepatía propiamente dicha. Sin embargo, la hiperestesia no supera el nivel físico de los sentidos, los cuales necesitan algún tipo de comunicación más o menos material o física con el «emisor» para poder captar las señales. En las experiencias se ha descubierto que en cuanto se logra un aislamiento perfecto de los sentidos del hiperestésico, este cesa de percibir indefectiblemente. En esto radica precisamente la diferencia entre la hiperestesia y la telepatía y demás maneras de conocimiento extrasensorial.
Englobaremos bajo estos nombres lo que otros parapsicólogos llaman facultad psi-gamma, es decir, aquella capacidad que algunas personas tienen de conocer, sentir o percibir paranormalmente y sin hacer uso de sus sentidos. Esta percepción trasciende los límites del espacio y del tiempo; es decir, puede ser de cosas pasadas (desconocidas) o futuras, de cosas muy distantes, de cosas presentes pero escondidas y de puras ideas que están solo en la mente de alguna persona.
El mecanismo psico-físico mediante el cual se desarrolla este proceso en la mente y en el cerebro del hombre es del todo desconocido. Las maneras de manifestarse este conocimiento paranormal en la mente de las personas dotadas varían grandemente. Algunos «oyen», como si alguien les hablara, otros «ven» con diversos tipos de visión. En el caso de algún calculador prodigio (personas que hacen en un segundo operaciones matemáticas complicadísimas), los resultados son sentidos en las yemas de los dedos, como si los números se hiciesen sentir allí, y en la mayoría de los casos sencillamente se «siente» repentinamente y el percipiente o psíquico lo único que hace es exteriorizar una idea o concepto que repentinamente le han implantado o ha aparecido en su mente consciente sin que haya mediado proceso alguno de cerebración o sensorial.
Durante muchos años, el Dr. Joseph Banks Rhine, de la Universidad de Duke (Carolina del Norte, EE. UU.), junto con su esposa y un equipo de especialistas, han estado llevando a cabo interesantísimos experimentos sobre la telepatía y otras formas de percepción extrasensorial. Sus experimentos, además de los realizados por muchos otros investigadores en muy diferentes universidades de todo el mundo, ya no dejan lugar ninguno para la duda en lo que se refiere a la existencia de estas misteriosas cualidades de la mente humana que se manifiestan de forma clara en algunos individuos. Las matemáticas y la estadística se han encargado de demostrar incuestionablemente la existencia del fenómeno.
Esta cualidad psi-gamma, con ser muy importante, ya que nos descubre unas insospechadas posibilidades de la mente humana, no es, sin embargo, sino el umbral del vastísimo campo de la fenomenología parapsicológica. En otras palabras, conociendo estas capacidades de nuestra mente (aunque en la mayoría de las personas estén latentes), no tenemos que admirarnos de los extrañísimos fenómenos con los que más tarde vamos a tropezarnos y en los que encontraremos como primer actor, en la mayoría de los casos, al psiquismo o la mente humana.
Aunque los autores suelen hacer muchas distinciones entre estos fenómenos de percepción extrasensorial, y algunos llevan a mal el que se intercambien los nombres que se les dan, sin embargo, por interesarnos solo secundariamente en este libro, nosotros los englobaremos todos tal como lo hicimos en el encabezamiento de estos párrafos y no haremos distinción ninguna entre clarividencia, telepatía, etc., por pensar que en el fondo todos proceden de esta misma capacidad psi-gamma, que puede manifestarse de maneras diferentes.
Los casos de adivinación del pensamiento, precognición, etcétera están en todos los libros y revistas y por eso ahorraremos espacio para otros que consideramos más interesantes.
Como un ejemplo típico, similar seguramente a otros que el lector conoce, transcribiremos únicamente este que encontramos en el libro de G. N. M. Tyrrell, Apparitions, resumido por el Dr. Sánchez en su Curso intensivo de parapsicología:
«Una niña transita un camino leyendo uno de sus textos escolares... De repente, lo que se encuentra a su alrededor se desvanece y ve con nitidez a su madre tirada en el suelo, en un salón de su casa. Tan pronto desaparece la visión, corre la niña en busca de un médico, a quien convence de que vaya a ver a su madre moribunda. Llegan ambos corriendo, penetran al cuarto que la niña había “visto” y encuentran realmente a la madre tendida y agonizante de un ataque cardíaco. La niña advirtió en el cuarto todos los detalles de su visión, mientras que su padre, que estaba en la puerta de entrada despreocupado, ni siquiera se había dado cuenta de lo que ocurría».
El profesor Charles Richet narra en uno de sus libros que el Sr. Pierre Janet colocó en un trance profundo a Leonie B. La clarividente súbitamente declaró que el laboratorio de Richet se estaba quemando a causa de un incendio. El laboratorio efectivamente se quemó en el momento de la visión.
Aunque no sepamos decir exactamente en virtud de qué mecanismo las mentes se comunican entre sí, ya hemos avanzado mucho en el conocimiento del fenómeno. En 1965 los doctores T. D. Duane y Thomas Behrendt colocaron electrodos en dos gemelos idénticos y hallaron que cuando estimulaban a uno, el otro, colocado en otra habitación a cinco metros de distancia, también se estimulaba. El experimento, mucho más complejo de como lo he descrito, no dejó duda alguna que los cerebros de los dos hermanos estaban misteriosamente conectados. Sheila Ostrander y Lynn Schroeder nos hablan en su libro Psychic Discoveries Behind the Iron Courtain de experimentos similares hechos con animales en Rusia. Conectaron los electrodos en el cerebro de una coneja que acababa de dar a luz, mientras ponían a toda su prole a bordo de un submarino. Cuando este se hallaba sumergido, fueron matando uno por uno, a un ritmo sincronizado, todos los conejillos. La coneja, en el laboratorio de la universidad, estaba totalmente ajena a lo que le pasaba a su prole en el fondo del mar, y sin embargo, a cada punzonazo, las ondas eléctricas de su cerebro daban un bajón claramente visible en la pantalla y con una sincronización asombrosa.
Una vez que conocemos científicamente estas manifestaciones concretas de una capacidad natural, estamos preparados para no asombrarnos ante otras manifestaciones más complejas que puedan surgir y que probablemente procederán también de otras capacidades naturales que poseemos, pero que desconocemos.
«Mancia» es un sufijo que se le suele añadir a las palabras que designan las diversas maneras de adivinación. Proviene de la palabra griega «manteia», que significa «adivinación».
Las mancias más comunes tanto hoy como en el pasado son las siguientes:
- Rabdomancia (adivinación por medio de una varita).
- Quiromancia (adivinación por las rayas de las manos).
- Oniromancia (adivinación a través de los sueños).
- Cartomancia (adivinación mediante algún tipo de cartas).
- Piromancia (adivinación viendo los movimientos del fuego).
Además, según los diversos pueblos y edades, se han utilizado (y siguen aún utilizándose) muy diversos objetos para proyectar la mente en el futuro. Así, vemos que en la antigüedad los adivinos se valían del vuelo de las aves, de las entrañas de los animales sacrificados, de la forma de las nubes, de las ondas del agua, etc. y modernamente se valen de bolas de cristal o sencillamente observando los posos del café o del té que quedan en el fondo de la taza. Todos estos objetos no serían más que disparadores del inconsciente, que es el que en realidad prevé. Sin embargo, hay que confesar que, al hablar de cualquier tipo de clarividencia, nos estamos asomando a un profundo misterio del que apenas sabemos nada que no sea superficial.
Una de las mancias que tiene personalidad propia es la radiestesia o rabdomancia, es decir, el arte de adivinar (incluso cosas del futuro) por medio del péndulo. En muchas ocasiones, el péndulo (al igual que la varita de los zahoríes) puede ser que no haga sino amplificar las radiaciones físicas que los cuerpos emiten y que el cerebro capta inconscientemente. Pero en otros casos, el péndulo es el amplificador de algo que ha llegado a la mente de una manera mucho más misteriosa que trasciende las leyes de la física y de la materia misma.
La manera de operar el péndulo es la siguiente: el radiestesista se pone de acuerdo consigo mismo acerca de lo que van a significar los movimientos del péndulo. Por ejemplo: hacia la derecha, «sí»; hacia la izquierda, «no». Entonces el radiestesista procede a preguntar, comenzando por las preguntas más genéricas y concretando poco a poco. De normal, el péndulo se mueve con un movimiento circular, aunque algunas veces indica las respuestas con un movimiento lineal, indicando directamente en qué dirección se halla lo que se busca. Por supuesto que la causa inmediata del movimiento del péndulo no tiene ningún secreto: es sencillamente el brazo del radiestesista. Pero este no intenta precisamente mover el péndulo en ninguna dirección determinada, sino que deja en un estado de relajamiento su brazo, de modo que el péndulo comience a girar o a moverse en el sentido que aparentemente dicte el azar. Pero en realidad el péndulo aprovecha para moverse los movimientos sutiles e inconscientes que recibe del brazo y que pasan inadvertidos para el propio radiestesista.
Para el uso eficaz del péndulo (lo mismo que para la varita), hace falta un cierto tipo de sensibilidad; cuando no se posee esta cualidad de nacimiento, practicar mucho es menos útil.
Englobaremos bajo la palabra genérica «faquirismo» todos los fenómenos paranormales en los que se despliega un gran dominio sobre las funciones corporales y sobre todo una especie de indestructibilidad física, que a veces raya en lo totalmente increíble.
«Faquir» significa «pobre» en árabe, y los faquires son propiamente una secta mahometana, con influencias hindúes, que tratan de vivir pobres según la voluntad de Dios.
Es cierto que muchos investigadores han dicho en repetidas ocasiones que todos estos fenómenos que los faquires presentan como fruto de sus poderes psíquicos sobre la materia no son sino trucos. Es el caso del padre Carlos M. de Heredia, como podemos ver en su libro Los fraudes del espiritismo. Sin embargo, otros admiten que no todo es tan negativo ni tan fácil de explicar. Algunas de las capacidades que los faquires dicen que poseen son: el enterrarse vivos en un estado cataléptico controlado por la voluntad, el control de los latidos del corazón y de otras funciones del cuerpo que por lo general se realizan independientemente de la voluntad, curar heridas sin dejar cicatrices, detener el derramamiento de sangre, insensibilidad al dolor, etc.
Un caso por el estilo, extraído del libro The Facts of Psychic Science, de Campbell Holms, le ocurrió a Thomas Hatton, que el 18 de febrero de 1891, en Ahmedabad (India), vio una serie de fenómenos asombrosos llevados a cabo por algunos faquires. Su relato es el siguiente:
Aunque con alguna tardanza, a las 16:00 h el grupo arribó. Consistía de ocho faquires y de cerca de 150 de sus amigos. En el patio enfrente de mi bungalow se hizo un rectángulo de cinco por seis metros, sentándose todos alrededor de sus bordes. El centro se dejaba para las danzas y los trabajos. Sus instrumentos, consistían en tom-toms, parecidos a la tamborina. También trajeron unas cuantas dagas, espadas de unos veinte centímetros de largo y de poco más de un milímetro de ancho, perfectamente afiladas; cuatro clavos largos de acero... perfectamente afilados en la punta; y dos bayonetas, de más de sesenta centímetros de largo, afiladas como una navaja, las cuales yo mismo les presté a petición suya... Todos se pusieron en oración y encendieron fuegos a la vez que se prendió incienso. Después de esto, un hombre de mediana edad se levantó prontamente y se metió un clavo dentro de la quijada, a través de la lengua, saliéndole fuera de la boca. El mismo hombre bailó entonces alrededor de la alfombra con sus manos a los lados. Lo llamé y él se me acercó, y al sacarse el clavo no quedó ninguna cicatriz. Entonces se levantó un hombre viejo y, tomando un clavo de acero, dijo algunas encantaciones, y, levantando el acero lo más alto que podía, lo impulsó hacia abajo con mucha fuerza y se lo introdujo en el ojo. Yo le rogué a mis amigos que terminaran el asunto inmediatamente, ya que había visto suficiente. Su contestación fue que ellos apenas estaban comenzando y que las condiciones eran favorables. El clavo había entrado en el ojo del hombre no menos de diez o doce centímetros, y se hundió dentro de la cabeza. Yo cuidadosamente lo examiné, y el mismo clavo fue sacado y metido cuatro o cinco veces. Al terminar, no quedó cicatriz. El ojo estaba, de todos modos, rojizo; de pronto el hombre tomó una daga formidable de unos doce centímetros y se la introdujo en su totalidad en el mismo lugar, sobresaliendo muy poco excepto el puño. En ese momento declaré que había visto más de lo que esperaba. Pero no; otro hombre viejo, de no menos de 80 años, entró en el círculo y tomando una larga daga afilada y una espada de más de medio metro, lanzó un grito a Mahoma y se introdujo la espada bien dentro en los intestinos. Me sentí tan mareado al ver esto que me tuve que retirar un rato. Volví pronto, determinado a ver hasta el final; y otra vez aquel hombre, casi desnudo, alzó el arma y se la metió justamente en el diafragma. Entonces deliberadamente tomó un martillo y forzó la espada por el puño hasta que la punta sobresalía por su espalda. «¡Buen Dios! —grité—, quien quiera que seas, acaba esto. Yo estoy ya perfectamente satisfecho». Luego de esto él se extrajo el arma, y cerrando la herida, levantó sus ojos al cielo, y en un momento no quedó ni un vestigio de la herida. A mi petición, los trabajos terminaron de una vez... Yo no les pido que me crean. Reconozco que lo que he narrado será increíble para gran parte de la gente.
Ciertamente se hacen bastante increíbles las hazañas faquiriscas que nos narra el Sr. Hatton, pero es que no distan mucho de las que conocemos del famosísimo holandés Mirin Dajo, que fueron constatadas e investigadas hasta la saciedad por grandes eminencias médicas de varios países de Europa.
Mirin Dajo, nacido en 1912, era una especie de faquir europeo, un místico que predicaba el respeto a las leyes de Dios y la práctica de todo bien. Como un medio de atraer la atención de la gente hacia sus prédicas, practicaba sus hazañas físicas, que no envidiaban nada en muchos aspectos a las que vemos de los faquires. Se dejaba atravesar lentamente por una espada sin desinfectar, el estómago, los riñones, el hígado, los pulmones o el corazón hasta que la espada emergía por su espalda 20 o 30 centímetros. Se hicieron con él toda suerte de pruebas y experimentos, no solo para ver si sus hazañas tenían truco, sino para ver cómo era posible que no sucumbiese. En alguna ocasión se dejó atravesar el corazón simultáneamente por tres espadas; estas eran huecas y por ellas se hizo pasar agua, como prueba de que no había truco. Los médicos ya estaban convencidos de que el fenómeno era real, pues en varias ocasiones y en diversos hospitales sus transfixiones se habían hecho bajo la insobornable e inalucinable mirada de los rayos X, pudiendo verse cómo la espada se abría paso a través de sus vísceras sin desgarrarlas y sin provocar hemorragias. Nunca se le presentaban infecciones ni hemorragias y las heridas cicatrizaban muy rápidamente. Se calculó que durante su vida le hicieron más de 500 transfixiones, en las que prácticamente todas sus vísceras fueron atravesadas en todos los sentidos. Dajo murió en 1948, tras haber entrado, sin causa alguna aparente, en estado cataléptico y sin haber vuelto a recobrar el conocimiento. Los médicos dijeron que había fallecido de una infección general.
A lo que parece, el caso de Mirin Dajo, por haber podido ser muy bien investigado por eminentes autoridades médicas, ha servido mucho para comprender mejor el funcionamiento y la constitución profunda de nuestras vísceras y de nuestro cuerpo en general. Robert Tocquet nos dice que el caso de Mirin Dajo no debe considerarse como paranormal, en el sentido que le venimos dando a esta palabra, aunque sí como fuera de lo común.
Decir hasta dónde llegan las posibilidades desconocidas de nuestro cuerpo, y cuando hacen su aparición otras circunstancias más misteriosas que vemos por ejemplo en algunos tipos de curaciones, o en el caso citado en primer lugar, es muy difícil de determinar.
Es difícil decir exactamente en qué consiste la mediumnidad. Podríamos decir que es la facultad misteriosa que algunas personas tienen para realizar hechos paranormales. Estos hechos pueden variar muchísimo entre sí y en las maneras de realizarlos. La persona que está dotada con este poder se llama médium, aunque a muchos investigadores no les gusta este nombre y prefieren llamarles psíquicos, dotados, percipientes, etc. La razón de la antipatía hacia el nombre de médium es que consideran que la palabra «médium» está cargada de contenido espiritista. En efecto, al pensar los espiritistas que son los espíritus de los muertos los que se comunican con nosotros, lógicamente llaman «médium» al hombre que hace de intermediario. Pero para quienes no admiten tal hipótesis, lógicamente la palabra «médium» está fuera de lugar. Sin embargo, sin que con ello pretendamos tomar partido en la discusión, nosotros llamaremos indistintamente «psíquico» o «médium» a la persona dotada.
Esta capacidad de realizar actos paranormales parece que está latente en la mayoría de los seres humanos. En algunos se manifiesta después de algún ejercicio y en otros hace su aparición espontáneamente, sin que medie ejercicio ninguno y sin que los mismos sujetos sepan a qué se debe. Pero en la mayoría de los hombres permanece toda la vida en este estado latente sin que nunca o apenas llegue a manifestarse.
Muy unido a la mediumnidad es el estado de trance. La mayoría de los médiums solo pueden lograr sus actos paranormales cuando se hallan en ese estado, que consiste por un lado en la pérdida parcial o total del conocimiento, y por otro en la liberación de fuerzas misteriosas de su psiquismo. Ello se logra por una especie de desdoblamiento de la propia personalidad o admisión de una extraña que actúa a través de la propia.
Según lo dicho, es muy frecuente que los médiums, cuando vuelven en sí, no sepan qué han hecho o dicho mientras estuvieron en trance.
Sin embargo, no siempre y no todos los psíquicos realizan sus acciones paranormales en estado de trance. Algunos, sin perder en absoluto el conocimiento y sin que se sientan poseídos por ninguna extraña personalidad, perciben repentina o paulatinamente como si naciera dentro de ellos un poder, o sencillamente sienten que va a suceder algo que ellos no pueden ni explicar ni evitar. En algunos médiums, estos poderes están más o menos sujetos a su voluntad consciente y realizan sus proezas tras una concentración mental y un gran esfuerzo de su voluntad.
El Dr. Alain Assailly ha logrado reunir un grupo de características tanto físicas como psíquicas que suelen ser más o menos comunes entre los dotados. Son estas, en lo físico: cierta hinchazón abdominal que suele ser premenstrual en la mujer; fragilidad capilar; tendencia a la distensión de los ligamentos; un desarrollo capilar excesivo. En lo psíquico: insatisfacción (sexual, afectiva, intelectual); tendencia a la mitomanía; fácil sugestionabilidad y cierta liberación de los automatismos. Además de esto, el Dr. J. Maxwell halló que todos los médiums que él conocía tenían unas pequeñas manchas o puntos en el iris.
El misterio de la mediumnidad se acrecienta al conocer el hecho de que el médium no realiza sus actos paranormales con su sola presencia, sino que lo hace a costa de su energía psíquica y física. Es cosa común, sobre todo en actos paranormales como la materialización y todos aquellos en los que interviene el ectoplasma, que el médium pierda bastante peso durante el fenómeno y que al salir del trance lo haga con las fuerzas físicas y psíquicas quebrantadas. La verificación de este dato se hizo repetidas veces sentando al médium en trance encima de una báscula y viendo cómo la aguja bajaba visiblemente hasta indicar la pérdida de varios kilos. Además de la pérdida de peso, hay varios otros síntomas que suelen ser bastante comunes cuando los médiums están en trance: aumento notable de los latidos del corazón, gran palidez y frialdad en todos sus miembros, a veces dolores intensos en alguna parte del cuerpo, sed ardiente que a veces es producida por una especie de fiebre repentina o sofocación, etc.
Allan Kardec, el padre del espiritismo y que miraba todo este tipo de fenómenos con ojos muy benevolentes, aconseja repetidamente en su obra El Libro de los Médiums ser prudentes en el uso de estas facultades, pues usadas de manera imprudente pueden ser dañinas para la salud física y mental del médium. Y de hecho, lo han sido para muchos que no han sabido usarlas con discreción. Rafael Gasson, que ejerció sus facultades de médium durante bastantes años en sesiones espiritistas y espiritualistas, nos dice en su interesante libro The Challenging Counterfeit que él conoció por lo menos a dos médiums que murieron por haber usado sus cualidades mediúmnicas de manera abusiva.
Aparte de la prudencia del propio médium, está la prudencia de aquellos que lo utilizan, que muchas veces, llevados por su afán de conseguir lo que quieren, fuerzan las capacidades del médium y tardan en despertarlo de su trance sin importarles las consecuencias. En muchas de las actas de sesiones espiritistas o de estudios metapsíquicos de fines del siglo pasado y principios de este, se hacen constar los gemidos y la respiración angustiosa del médium en la cabina en la que se encontraba echado y amarrado, mientras se desarrollaban los fenómenos paranormales. Tocquet nos dice que en algunos médiums el ritmo de la respiración se elevó de 13 a 300 aspiraciones por minuto, lo cual es un claro síntoma de que el organismo estaba siendo sometido a un esfuerzo extraordinario que para algunas personas podría resultar muy peligroso. Es bien conocido el caso del médium Jack Weber, que murió debido a la imprudencia de uno de los científicos que con él experimentaban, por haber encendido una fuerte luz cuando el médium estaba en plena emisión de ectoplasma.
No es nuestro propósito ahora evaluar todo el fenómeno y mucho menos entrar en la parte difícil de él, que consiste en dilucidar si en efecto hay la intervención de una personalidad extraña a la del médium o si es la misma mente del médium la que realiza los actos paranormales. Esta es la médula o una de las médulas que la parapsicología tiene delante de sí para dilucidar, y hasta hoy está muy lejos de haber dado con la solución.
Como quiera que sea, el hecho de la mediumnidad, es decir, el que para la realización de muchos de los hechos paranormales que la parapsicología estudia se requiera como una condición indispensable la presencia de algún hombre dotado de esta extraña cualidad, es algo que llena de interés a la cualidad en sí, aun prescindiendo de los hechos extraños que se realicen.
Uno, lógicamente, se pregunta por qué muchos de los fenómenos paranormales no pueden darse sin la presencia de estas personas. ¿Qué es específicamente lo que de ellas se requiere? ¿Es la energía que sale de ellas la que produce los fenómenos? ¿Quién maneja esa energía? ¿Es el inconsciente del médium, o hay otra fuerza que es la que controla a su vez al ciego inconsciente?
En el hecho de la mediumnidad y en lo que se realiza íntimamente durante el estado de trance puede ser que esté la clave de muchos enigmas de la parapsicología.
He aquí cómo algunos de los grandes médiums describen el estado de trance en el que ellos tantas veces se vieron.
Daniel D. Home, un hombre dotado con unas cualidades asombrosas y probablemente el más completo de todos los médiums conocidos, lo describe así: «Me siento durante dos o tres minutos en un estado como de sueño, entonces me mareo, y pierdo todo el conocimiento. Cuando despierto, siento mis pies fríos y se me hace difícil restaurar la circulación».
William Eglinton, otro médium notable del siglo xix, describe así el estado en el que entraba: «Me parecía que ya no era de esta tierra. Una sensación de éxtasis entraba en mí y entonces pasaba al trance».
Otra médium, la Sra. Mellon, dice: «Sentía una sensación de frío; una sensación como si estuviera corriendo agua por mi espalda, ruidos en mis oídos y una sensación como si me hundiera en la tierra. Entonces perdía el conocimiento».
James H. P. Wilkie, médium moderno que se ha ganado la confianza del reconocido investigador Allen Spraggett, informa que la primera ocasión que cayó en trance fue a los 12 años. He aquí cómo describe lo sucedido en aquella ocasión: «Sentía como que esta otra presencia invadía mi mente de un modo más poderoso que antes, y al caer en la cuenta de que perdía el control de mi persona, me entró pánico. Mi cuerpo comenzó a retorcerse al luchar contra la influencia de mi espíritu guía. Debió de haber sido un espectáculo. Finalmente, me levanté y, sin poderlo remediar, me caí contra un chinero». (De su libro The Gift Within).
Por último, el médium Raoul de Fleuriere, estudiado por Tocquet, nos describe él mismo lo que le sucede: «Entro instantáneamente en una especie de estado segundo, en el que, al no ser ya el mismo hombre, ya no veo ni siento del mismo modo. Se produce en mí como un desdoblamiento de la personalidad, o mejor dicho, como si una persona oculta en lo más profundo de mi ser surgiese de repente para sobreañadirse a mi persona normal. No es que yo sienta mi psiquismo normal suplantado o abolido del todo. ¡No! Tengo más bien la impresión de que en esos momentos hay dos entidades que se reparten mi ser, dos inteligencias superpuestas una a otra como dos inquilinos misteriosos que habitaran dos pisos diferentes: arriba, la inteligencia consciente, momentáneamente más pasiva; abajo, la inteligencia subliminal en plena ebullición...». (De Inventario de lo sobrenatural, de Robert Tocquet).
La hipnosis se podría definir como un estado peculiar de sueño, inducido artificialmente, que libera el subconsciente del sujeto, poniéndolo en sintonía con el hipnólogo. Este último, si lo desea, le puede ordenar que ejecute cualquiera de sus sugerencias y el sujeto las ejecutará meticulosamente. Este estado produce a su vez efectos fisiológicos extraños como anestesia y el control sobre procesos orgánicos del cuerpo.
La naturaleza del trance hipnótico no está realmente esclarecida. Su relación con el trance mediúmnico es de gran interés. La principal diferencia consiste en que el trance mediúmnico es voluntario y se induce por el mismo sujeto.
Varios investigadores, sin embargo, han empleado el hipnotismo con algunos médiums con el propósito de salvar a estos de las molestias fisiológicas que conlleva el trance. Por ejemplo, el Dr. Ochorowitz salvó a la Sra. Tomczyk de sus sufrimientos durante el trance, hipnotizándola. Igualmente, la Sra. Bisson con Eva C.; el Dr. Crawford con la médium Goligher, etc.
El sujeto hipnotizado logra personificar cualquier papel que se le sugiera. Pero hay que decir que no alega estar comunicándose con los espíritus de difuntos, a menos que se le sugiera. En cambio, en el trance mediúmnico tales sugerencias no tienen efecto ninguno, todo lo contrario, es curioso notar que con frecuencia se manifiestan personalidades que nadie reconoce y las deseadas por los asistentes a veces no logran manifestarse. Es notable mencionar a su vez que las personalidades o «guías» que se manifiestan a través del médium exhiben una personalidad muy distinta a la de este, cosa que de normal no sucede con los sujetos hipnotizados.
Nandor Fodor, en su Encyclopedia of Psychic Science, anota otras diferencias entre el trance hipnótico y el mediúmnico: «La personalidad hipnótica posee un sentido agudo sobre el tiempo. Los controles espirituales del médium, sin embargo, son muy vagos e inexactos sobre este punto».
El conocido psicólogo William James trató de ver la similitud que existía entre los dos tipos de trance con la notable médium Leonora E. Piper. En su quinto intento de hipnotizar a dicha médium, tuvo éxito, y notó que, mediante la hipnosis, la médium se había convertido en un sujeto fácilmente manejable «en lo que concierne a los fenómenos musculares e imitaciones automáticas de su hablar; pero no pude afectar su consciencia, o, de otro modo, llevarla más allá de este punto. Sus condiciones —continúa James— en el estado de semihipnosis son muy diferentes a las de su trance mediúmnico. Este último se caracteriza por un gran desorden muscular; hasta sus orejas se mueven vigorosamente de una forma imposible de efectuar en un estado normal, pero en el estado hipnótico su relajación muscular y su debilidad son extremas. Estando en trance mediúmnico le hice sugerencias al control de que después del trance le haría recordar a ella todo lo sucedido durante él y aceptó, pero no tuvo resultado. En cambio, en el trance hipnótico, esa misma sugestión le hizo recordar a la paciente con frecuencia todo lo ocurrido».
Como podemos ver, hay diferencias entre el trance hipnótico (o provocado por otro) y el trance mediúmnico (en el que el médium cae en trance por voluntad propia). Durante la hipnosis, el hipnotizado está a merced de su hipnotizador, mientras que con el trance autoprovocado, el médium está a merced de su propio subconsciente, que actúa como una personalidad independiente o, según los espiritistas y algunos investigadores, a merced de otras entidades racionales que toman posesión de su psiquismo.
Como quiera que sea, la hipnosis y todos los fenómenos de los que el hombre es capaz durante el sueño hipnótico son como un síntoma que nos descubre que nuestra mente tiene unas profundidades insospechadas a primera vista.
La telequinesia puede en cierta manera confundirse con la levitación. En esta, lo esencial es que la persona u objeto se eleve en el aire contra la ley de la gravedad. La telequinesia, en cambio, se refiere preferentemente al movimiento de objetos sin que la causa aparente esté en contacto físico con ellos, y prescindiendo de si el movimiento es por el suelo o por el aire.
Hay varios tipos de telequinesia:
1. En las sesiones mediumnísticas, cuando estando el médium en trance, las mesas o cualquier otro objeto se levantan en el aire o se arrastran por el suelo sin que nadie los toque.
2. Cuando una figura materializada (debido al ectoplasma) se mueve por la habitación, con total independencia del médium.
3. Cuando sin estar nadie en trance, los objetos se mueven solos, frecuentemente contra la voluntad de todos los presentes (poltergeist, casas encantadas).
4. Cuando ante la presencia de algún médium (no en trance) o de alguna persona dotada, los objetos se mueven según la voluntad de esa persona.
5. Cuando ante la presencia de algún médium (no en trance) o de alguna persona dotada, objetos que se están moviendo se paran a voluntad de esa persona (por ejemplo, las ruletas de los casinos).
En su libro Fifty Years of Psychical Reseaych, Harry Price, quien investigó científica y metódicamente las telequinesia de Stella C., nos informa: «Durante la primera serie (desde mayo a octubre del 1923) de trece sesiones, fue cuando vimos los fenómenos más sorprendentes, casi todos de una naturaleza física. En la primera sesión, una mesa pesada, de unos veinte kilos, fue completamente levitada del suelo en tres ocasiones. El control en la médium era perfecto: ella rápidamente caía en un sueño ligero... En la segunda sesión, la misma mesa fue levitada otra vez en muchas ocasiones bajo una buena luz roja que iluminaba a todos los asistentes».
Sir William Crookes verificó también la telequinesia con el médium D. D. Home. Nos dice Crookes: «Una de las cosas más sorprendentes que he visto fue la levitación de una botella de cristal con agua y un vaso. El cuarto estaba bien alumbrado por dos llamas fuertes de alcohol de soda, y las manos de Home estaban distantes. Los dos objetos se mantuvieron suspendidos... a unos quince centímetros sobre la mesa durante cerca de cinco minutos, moviéndose al frente de cada persona... Pudimos verificar que Home se mantuvo quieto durante todo el tiempo y que ni hilos ni cordones fueron usados. Home no había entrado al cuarto antes de la sesión». (Thirty Years of Psychical Research, de Charles Richet).
Con Eusapia Palladino, en una sesión que tuvo lugar en Agnelas, en el 1895, en la casa del conocido investigador De Rochas, ocurrió lo siguiente: «La mesa se levantó unos treinta centímetros del suelo, tocándola las manos de Eusapia muy poco y a veces ni la tocaba; sus rodillas y sus pies eran mantenidos por Darieh, las patas de la mesa estaban libres de todo contacto con la médium. Una pianola pequeña, que pesaba un kilo, comenzó a tocar algunas notas, entonces se elevó en el aire mientras las manos, pies y rodillas de Eusapia estaban siendo amarradas firmemente». (Thirty Years of Psychical Research).
Actualmente se han hecho famosos por sus poderes telekinésicos la rusa Nelia Mikhailova y el sueco-norteamcricano Olof Jonsson. Ambos, sin caer en trance, pero mediante una gran concentración mental, que por lo general les ocasiona fuertes desgastes nerviosos, logran mover a voluntad objetos diversos que se encuentran colocados encima de una mesa. Sus capacidades paranormales se encuentran descritas en los libros Psychic Discoveries Behind the Iron Courtain, de Sheila Ostrander y Lynn Schroeder, y The Psychic Feats of Olof Jonsson, de Brad Steiger.
Xenoglosia (del griego xenos: «extranjero» y glossa: «lengua») es el fenómeno paranormal que consiste en hablar en lenguas desconocidas para el que las habla, que por lo general está en estado de trance o aparentemente poseído por alguna personalidad ajena. Probablemente el autor que más ha profundizado en el fenómeno de la xenoglosia es el italiano Ernesto Bozzano en su libro Polyglot Mediumship.
El que tiene esta capacidad, con frecuencia puede mantener una conversación, incluso de temas complicados, con otras personas que conozcan el lenguaje. En cuanto el dotado vuelve en sí, ni se acuerda de lo que ha hablado ni es capaz de decir una sola palabra en el lenguaje en que ha estado hablando antes.
Este fenómeno de hablar en lenguas desconocidas se daba abundantemente entre los primeros cristianos y de ello ha quedado constancia en varios lugares del Nuevo Testamento, especialmente en la primera carta de san Pablo a los Corintios, en la que leernos lo siguiente en el capítulo 14: «Si vosotros con la lengua no proferís un lenguaje que tenga sentido, ¿cómo van a entender lo que habláis?... Estaréis hablándole al aire. Yo en la Iglesia más quiero hablar cinco palabras con sentido, en razón de instruir a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida..., porque si la Iglesia entera estuviese reunida en asamblea y todos allí hablasen en lenguas y entrasen hombres no iniciados o infieles, ¿no dirían que estáis locos?».
Muy curiosamente, san Pablo da la impresión de hablar de una mente inconsciente, a la que él llama «espíritu» y que es la que en realidad practica la xenoglosia, y otra mente consciente, que es la que se queda frustrada al no entender lo que habla la mente inconsciente:
Por lo tanto, el que habla en lenguas (desconocidas), pida el don de la interpretación, porque si yo orare en lenguas, mi espíritu ora, pero mi mente se queda sin fruto. ¿Qué hacer, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con la mente. Pues de otro modo, si tú bendices a Dios con el espíritu, ¿cómo dirá «amén» a tu oración el que está en su estado normal, y no entiende lo que tú dices? Tú muy lindamente habrás alabado a Dios, pero el otro no saca fruto de ello.
Con frecuencia, la xenoglosia se reduce a emitir sonidos extraños, ininteligibles para todos los presentes y que probablemente no forman parte de ninguna lengua existente.
En algunas denominaciones protestantes y últimamente en los llamados «pentecostales católicos», se da este fenómeno con bastante frecuencia. Hay que decir que en algunas ocasiones es tal el atropello y la falta de orden y mesura de aquellos que hablan en lenguas que al «no iniciado» que entra en el templo le viene la tentación de llegar a la misma conclusión de que habla San Pablo en su carta.
A juzgar por lo que hoy vemos todavía en el seno del cristianismo y en algunas sesiones espiritistas, y por lo que podemos leer de san Pablo, llegamos a la conclusión de que el famoso don de lenguas es una cosa muy confusa y muy sospechosa de no tener nada que ver con las alabanzas a Dios. Si algún vehículo natural tiene el inconsciente para desahogarse, es precisamente la lengua de la persona que está en trance. Ante una manera de obrar tan extraña y confusa, uno no puede menos de quedar con muchas dudas y de llegar a la conclusión de que es muy raro que Dios actúe de una manera tan ilógica y aun tan irracional, admitido por el mismo san Pablo.
Samuel Vila, en su libro Espiritismo y fenómenos metapsíquicos, narra el caso de un muchacho poseso en el que se manifestaba este fenómeno:
Un notable evangelista muy conocido en toda la América Latina, a quien mostramos las pruebas de imprenta de este libro, durante su visita a España nos contaba una experiencia personal ocurrida en Barranquilla (Colombia), en casa de unos misioneros australianos, totalmente idéntica a los casos de demonismo de los evangelios.
Dice que encontró recogido en dicho hogar misionero a un muchacho nativo, de 17 años de edad, ciego de nacimiento, quien padecía de ataques epilépticos. Era un muchacho de campo, que no sabía leer ni escribir y de mentalidad atrasada y carácter muy tímido. Sin embargo, bajo el efecto de los ataques, se transformaba en listo y osado, reía despectivamente discutiendo con los circunstantes y hablaba en perfecto inglés. Como hacía solamente un mes que se hallaba en casa de dichos misioneros y nunca antes había tenido ocasión de oír hablar en dicha lengua, era incapaz de hacerlo en estado normal.
Otro detalle extraordinario es que, a pesar de ser ciego, durante el ataque se daba cuenta de quién entraba en la habitación, parecía reconocerle.
Cuando entró el referido evangelista, a quien fueron a buscar para que orara por el enfermo, le dijo:
—I do not want this man to come in. Leave me alone. No one would be able to get me out of here. Stay away. I am afraid of you. (No quiero que este hombre entre. Dejadme solo. Nadie podrá echarme fuera de aquí. Aléjese. Tengo miedo de usted).
El evangelista, considerando el caso como de posesión diabólica más bien que de epilepsia, respondió:
—You are defeated by Christ, and I have come to cast you out in the name of Jesus. (Estás derrotado por Cristo y he venido a echarte fuera en el nombre de Jesús).
Al oír estas palabras, el enfermo prorrumpió en carcajadas, que el evangelista tildaba de «diabólicas», a la vez que repetía:
—I know that Christ; I know that Christ. (Conozco a ese Cristo; conozco a ese Cristo).
El evangelista pidió a todos los circunstantes que salieran de la habitación, y una vez solo con el enfermo, oró a Dios en favor del muchacho. Este empezó a retorcerse y cayó del catre donde se hallaba echado. Luego se levantó, y en estado normal, como quien despierta de un sueño, exclamó:
—¿Qué ha pasado?
Y volvió a ser el muchacho tímido y apocado de antes, e incapaz de expresarse en inglés.
Samuel Vila comenta así este incidente: «Dejamos al lector las consideraciones de este caso. Los partidarios acérrimos de la teoría naturalista nos dirán que se trataba de un diálogo entre el consciente y el subconsciente del propio evangelista, reflejado por la mente anormal del muchacho. Pero es necesario tener en cuenta que no se trataba aquí de un caso de hipnotismo, y mucho menos provocado por el evangelista, como magnetizador, sino como lo contrario. No había un sometimiento de un cerebro a otro, sino una lucha, con lo cual la relación psíquica entre ambas mentes parece totalmente imposible según las leyes del magnetismo, sugestión e hipnosis».
El juez Edmonds anota una experiencia con xenoglosia, hacia el 1870, en donde su hija Laura era la médium. Entre los 14 o 15 asistentes se encontraba un griego, el Sr. Evangelides, a quien nadie conocía. Enseguida un «espíritu» habló en inglés a través de la médium. El Sr. Evangelides hablaba un inglés mediocre y, notando que el «espíritu» ocasionalmente hablaba alguna que otra oración en griego, el espíritu consintió y se llevó a cabo una conversación en griego por una hora. Cuando acabó la sesión, el Sr. Evangelides explicó, conmovido, que había conversado con el espíritu de un viejo amigo ya fallecido sobre varios temas domésticos, políticos y filosóficos. Luego él le confesó al juez Edmunds, en privado, que el «espíritu» le dijo que uno de sus hijos, a quien había dejado bien de salud en Grecia, había muerto. Dos semanas después, dicha noticia se confirmaba.
Como vemos por este caso y por muchos otros que se podrían poner, la xenoglosia se da también fuera del ámbito religioso, lo cual tiene mucha importancia para cuando más tarde hagamos una evaluación del fenómeno psíquico llamado «religión».
A la presencia o aparición de voces u otros sonidos audibles, sin que haya para ellos explicación lógica, algunos investigadores las llaman «psicofonías». Pero como este nombre prejuicia todo el fenómeno, atribuyendo la causa de las voces o ruidos al psiquismo humano, preferimos llamarlas «fonías paranormales».
Aunque el hecho de oír voces humanas o de animales y ruidos de todas clases es conocido desde hace mucho tiempo como algo concomitante de muchos de los fenómenos paranormales, en años recientes algunos investigadores, entre los que descuella Konstantin Raudive, se han dedicado a estudiar específicamente las voces, separándolas del fenómeno al que suelen acompañar.
Para ello se han valido de los adelantos de la electrónica en cuestión de grabación de sonidos y de la facilidad para repetirlos a voluntad y para aislarlos de otros ruidos.
He aquí cómo el autor, en compañía del destacado investigador español Germán de Argumosa, practicó alguno de estos experimentos.
