Extraterrestres y religión - Salvador Freixedo - E-Book

Extraterrestres y religión E-Book

Salvador Freixedo

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Beschreibung

¿Qué tienen en común los fenómenos religioso y extraterrestre? ¿Vamos hacia una nueva religión que incluya el fenómeno ovni? Cuando se publicó por primera vez, Extraterrestres y religión fue un libro pionero en abordar el fenómeno religioso con un dura crítica y un gran respeto al mismo tiempo, y el fenómeno extraterrestre con una apertura de mente y una habilidad inusuales. En este libro, Salvador Freixedo aunó la investigación del fenómeno ovni y el fenómeno religioso, dos terrenos que parecen contrapuestos, pero que tienen más en común de lo que parece. Según Freixedo, Dios es nuestro Dios, pero no es el Dios de nuestros teólogos, demasiado atado a absoluciones, ceremonias, unciones e indulgencias. Ante la aparición de seres muchísimo más adelantados que nosotros en el fenómeno ovni, descubrimos un Dios muy diferente.  Los teólogos, los científicos y los ufólogos suelen estar un tanto ciegos ante la realidad que Salvador Freixedo mostró en estas páginas, publicadas por primera vez en 1971 y reeditadas ahora, más de 50 años después, porque dicha ceguera se resiste a desaparecer.

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Seitenzahl: 274

Veröffentlichungsjahr: 2025

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¿Qué tienen en común los fenómenos religioso y extraterrestre? ¿Vamos hacia una nueva religión que incluya el fenómeno ovni?

Cuando se publicó por primera vez, Extraterrestres y religión fue un libro pionero en abordar el fenómeno religioso con un dura crítica y un gran respeto al mismo tiempo, y el fenómeno extraterrestre con una apertura de mente y una habilidad inusuales. En este libro, Salvador Freixedo aunó la investigación del fenómeno ovni y el fenómeno religioso, dos terrenos que parecen contrapuestos, pero que tienen más en común de lo que parece.

Según Freixedo, Dios es nuestro Dios, pero no es el Dios de nuestros teólogos, demasiado atado a absoluciones, ceremonias, unciones e indulgencias. Ante la aparición de seres muchísimo más adelantados que nosotros en el fenómeno ovni, descubrimos un Dios muy diferente.

Los teólogos, los científicos y los ufólogos suelen estar un tanto ciegos ante la realidad que Salvador Freixedo mostró en estas páginas, publicadas por primera vez en 1971 y reeditadas ahora, más de 50 años después, porque dicha ceguera se resiste a desaparecer.

Extraterrestres y religión

Salvador Freixedo

www.ushuaiaediciones.es

Extraterrestres y religión. Cuando los ovnis aterrizan, los dogmas vuelan

© 1971, Salvador Freixedo

© 2025, Ushuaia Ediciones

EDIPRO, S.C.P.

Carretera de Rocafort 113

43427 Conesa

[email protected]

ISBN edición ebook: 978-84-19405-44-9

ISBN edición papel: 978-84-19405-43-2

Primera edición: noviembre de 2025

Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales

Ilustración de cubierta: © Ushuaia Ediciones

Todos los derechos reservados.

www.ushuaiaediciones.es

Contenido

INTRODUCCIÓN

Primera Parte. Cuando los ovnis aterrizan...

1. PERO ¿EXISTEN LOS OVNIS?

2. ¿POR QUÉ NO SE MANIFIESTAN?

3. GOBIERNOS Y EXTRATERRESTRES

4. LOS OVNIS EN LA HISTORIA

5. ANTEPREHISTORIA DE LA HUMANIDAD

Segunda Parte. ... los dogmas vuelan

6. TRASCENDENCIA RELIGIOSA DEL FENÓMENO OVNI

7. NATURAL Y SOBRENATURAL

8. LAS RELIGIONES DE LOS HOMBRES

9. BIBLIA Y EXTRATERRESTRES

10. CRISTIANISMO

11. JESUCRISTO

12. POSCRISTIANISMO

El autor

Considerado por el propio Freixedo como la segunda parte de ¡Mi Iglesia duerme!, este libro, Extraterrestres y religión, es otra obra herética y pionera. Unas páginas de obligada lectura para comprender el estado tanto de la Iglesia católica como del fenómeno ovni en todo el mundo.

INTRODUCCIÓN

Sé que con este libro muchos de mis amigos dejarán de serlo. Lo siento. Y sé que muchísimos que no me conocen, al leer el título del libro, me habrán rápidamente catalogado como un visionario o como algo peor. Lo siento también... por ellos, porque al no leerme, perderán la oportunidad de asomarse a un mundo increíble y maravilloso, pero real.

Sé de sobra que la palabra «extraterrestre» está en parte desprestigiada. Y, sin embargo, me he atrevido a usarla en el título —aun a despecho de ser juzgado como «escritor mercantil»—, e incluso he tenido la audacia de mezclarla con la palabra «religión», que también está en parte desprestigiada. Sé que, a pesar de ello, ambas palabras tienen un gran atractivo para miles y miles de personas que, dotadas de un sentido lógico por un lado, y por otra parte despiertas ante la enorme crisis por la que atraviesan las religiones en el mundo, ven en la unión de estos dos conceptos, por extraño que pueda parecer, una posibilidad de esclarecimiento para los críticos tiempos por los que pasa la humanidad.

Antes de pasar adelante, quiero dejar bien claro que este no es un libro para demostrar la existencia de objetos volantes no identificados (ovnis). Esto para nosotros es un hecho histórico tan comprobable al menos como muchos otros hechos históricos y científicos. De su existencia y aparición en nuestros cielos nadie de nuestro tiempo sin prejuicios puede tener la menor duda; aunque por desgracia los prejuicios son una de las muchas enfermedades que afectan al psiquismo humano. La demostración de su existencia la podrán encontrar los lectores en las obras que sobre este tema iremos citando a lo largo del libro.

Puede ser que alguien nos diga que esto es precisamente lo que habría que demostrar, y que al aceptarlo nosotros como un axioma, estaremos edificando toda nuestra argumentación en el aire. A quien tal cosa nos diga, le repetiremos que se informe en los libros escritos por personas de todo crédito y que fueron escritos precisamente con ese propósito. Las experiencias personales que nosotros pudiésemos aportar no añadirían básicamente nada a las muchas y bien documentadas que el lector podrá encontrar en los autores a los que lo referimos.

No se nos oculta, por otra parte, que todo este asunto de visitantes extraterrestres, etc. tiene un especial atractivo para ciertas mentes desequilibradas que ven en todo este fantástico mundo un campo aptísimo para desplegar en él todos sus sueños y deseos reprimidos y obtener un escape providencial para las presiones internas de su psiquismo. Toda esta literatura desenfrenada y comercial que alrededor de este tema se ha desarrollado es una plaga que hace más difícil y sospechoso lo que ya de por sí —por su magnitud y su extrañeza— es difícil de comprender y de ser creído. Quien de buena fe se adentre a investigar por este maravilloso mundo que estamos empezando a descubrir, tiene que estar preparado a encontrarse con toda suerte de charlatanes, psicópatas y visionarios que lo harán dudar muchas veces de la veracidad total del fenómeno. No nos extrañaría que si él no hubiese tenido alguna experiencia personal —física y comprobable—, acabase desistiendo y pensando que todo son habladurías y proyecciones mentales de personas desajustadas. Esa ha sido la triste deducción a que más de un investigador serio —pero falto de preparación— se ha visto forzado a llegar al verse rodeado de un mar de insensateces escritas y habladas.

No será ese ciertamente el tono de este libro, aunque en él digamos cosas que al lector le parezcan increíbles. Únicamente afirmamos aquello que creemos suficientemente probado, y cuando conjeturemos, lo diremos claramente.

Si hemos de ser sinceros, tendremos que decir que el punto fuerte del libro no consistirá precisamente en lo relacionado con los ovnis ni con otros mundos habitados. Eso, que en nuestra mente fue un punto de arranque para un nuevo enfoque de la realidad religiosa de la humanidad, aquí será nada más que una de las razones que aduciremos para el total replanteamiento de este gran problema que todo el género humano tiene constantemente delante de sí pidiendo una solución: el origen de la vida, el porqué de la vida, la trascendencia de la vida.

Los cristianos —y no diremos nada de los creyentes de otras religiones— hemos comulgado demasiado tiempo con ruedas de molino. Por fortuna, tal alimento espiritual se nos empieza a hacer intragable. Y creemos que no lo hará más deglutible el hecho de azucararlo o adobarlo de modo que sea menos repulsivo para los paladares del siglo XX. Siguiendo la comparación, no es cuestión de cambiar el recubrimiento de la almendra; es cuestión de cambiar la almendra. No es cuestión de cambiar la música en los himnos litúrgicos, sino de cambiarles radicalmente la letra, y aún puede ser que sea cuestión de callarse.

En mi libro Mi Iglesia duerme escribí de pasada una nota —que fue utilizada por espíritus obcecados por el fanatismo para hacernos aparecer como desequilibrado mental— en la que se leía lo siguiente: «Apenas vemos, entre los teólogos contemporáneos, algunos balbuceos sobre esta interesantísima realidad [la de los visitantes extraterrestres], que dentro de pocos años creará un verdadero terremoto en la humanidad y en sus creencias religiosas». El terremoto del que hablamos en la nota ya ha comenzado a realizarse de manera privada en las mentes de muchas personas. Naturalmente, el exceso de autoritarismo y de dogmatismo que prevalecen en la mayoría de las religiones impiden ver el fenómeno con claridad a los millones de «fieles».

Este libro podría considerarse, en cierta manera, como una segunda parte de Mi Iglesia duerme1. En dicho libro dimos una voz de alerta desde dentro a los cristianos para que cayesen en la cuenta de que en el seno de nuestra religión algo había que se estaba empezando a morir o que ya estaba definitivamente muerto; en el presente libro pretendemos decirles que no se desanimen ni pierdan la fe, porque Dios no se deja aprisionar dentro de ninguna estructura ni sistema. El Dios que se ha ido muriendo poco a poco en las conciencias de los seres humanos —porque lo mataron los doctrinarios de todas las religiones— reaparece de nuevo como la estrella de Belén, fuera de la santa Jerusalén y fuera del Templo oficial: en lo alto del cielo, no del cielo místico, sino del cielo azul, para que lo vean no solo los sumos sacerdotes y los iniciados, sino, sobre todo, las gentes del pueblo.

He pertenecido durante treinta años a la Compañía de Jesús. A ella le debo el haberme dado la oportunidad de conocer a fondo el cristianismo. Y a ella le debo el haberme enseñado a vivirlo intensamente, poniendo con gusto mi vida al servicio de los demás. Pero esto tiene su parte negativa. Durante treinta años —por fidelidad a los rígidos principios que me enseñaron— viví inmerso en un marco religioso-cultural que me impedía ver muchas otras realidades y muchos otros valores que constituyen también la vida de la humanidad y que son auténticas manifestaciones del Dios cósmico e incomprensible, omnipresente en todas las criaturas del universo. Cuando descubrí todas estas otras realidades, el dios vengativo y cicatero que nos habían enseñado todos los escritores ascéticos, al que había que darle gracias por el pan de cada día pero que se desaparecería a la hora de las desgracias, el dios que hacía milagros para propugnar causas dudosas y que exigía templos suntuosos, el dios a quien le gustaba echar ceniza en los goces normales de los hombres y que inexplicablemente nos exigía el dolor como moneda con la que pagar la entrada en un más allá nebuloso, ese dios comenzó también a morirse en mi corazón. Y, al mismo tiempo, comencé a sospechar que el cristianismo no tenía el monopolio del Más Allá, lo mismo que claramente había perdido hacía ya siglos el monopolio del más acá.

Se cayó de mis ojos la venda que durante años me había impedido ver la realidad total, o por lo menos más vasta de la que había estudiado y vivido con tanto afán. Me pasó algo así como le pasaría a alguien que hubiese nacido en una inmensa y maravillosa caverna a cuyo estudio y embellecimiento hubiese dedicado lo mejor de su vida, creyendo que aquella era la realidad total del mundo..., hasta que un buen día descubrió que fuera había una cosa maravillosa que se llamaba luz, y que los campos abiertos y las montañas y el mar, sin destruirla, continuaban y ampliaban la realidad de su caverna.

Nunca he alardeado de ser teólogo, ni siquiera de haberme afanado demasiado en los normales estudios que durante dieciséis años tienen que hacer los miembros de la Compañía de Jesús que aspiran al sacerdocio. Pero sí puedo decir que conozco suficientemente bien las enseñanzas doctrinales clásicas de la Iglesia y puedo asegurar que he dedicado muchas horas al estudio de la teología moderna. Mientras estuve constreñido en los límites de la «formación» escolástica, todos los variadísimos fenómenos de la vida eran juzgados por mí desde un punto de vista preestablecido. Había ciertas premisas intocables que había que respetar, aunque muchas veces uno no estuviese perfectamente seguro de ellas. En la puerta del «Templo Santo de la Ciencia Intocable» estaba de guardián el «Terror Sagrado», que amenazaba desde lo profundo de la conciencia con fulminar una condenación eterna si uno osaba dudar o investigar cualquiera de las verdades en él guardadas. De acuerdo con estas «verdades» eran las soluciones a toda la variadísima problemática vital.

Pero llegó un tiempo en que todas estas «verdades» empezaron a parecer no tan verdades. Y llegó también un tiempo en que el «Terror Sagrado», además de desacralizarse, dejó de ser terror. (Eso es lo que personalmente tengo que agradecerle al concilio Vaticano II). Nombres de los que apenas había oído hablar durante mis largos años de estudio, o de los que no había oído hablar en absoluto, empezaron a sonar en mis oídos y a resonar en mi mente y en mi corazón. Eran palabras raras, cargadas de milenios y de aridez, de tragedias ignotas y de misterio, pero que rezumaban vida humana y realidad: Zimbabwe, Nazca, Baalbek, Tiahuanaco, vimanas, Gilgames, Gobi, Mahabharata, Qumran, Ramayana, isla de Pascua, Teyucare, Pedra Pintada, Marcahuasi, Benin, Keops, Hinsg-Nu, Dogus, Mohenjo-Daro, Popol-Vuh, Sacsahuaman, Tepotzteco, Kalasasaya, Sillustani, Ain Fritissa, Toro Muerto, Chuquiyutu…

¿Qué le dicen estas palabras y muchísimas otras a un teólogo cristiano? Prácticamente nada. De la mayor parte de ellas apenas ha oído hablar, si es que no las lee ahora por primera vez. Y sin embargo, estas palabras, junto con muchas otras, son la verdadera biblia de la humanidad. Gracias a ellas el espeso velo que cubría nuestra mente se empezó a rasgar. Y gracias a ellas pudimos darnos cuenta de que el cristianismo y la cultura occidental no son más que un breve párrafo de un capítulo del largo libro de la historia de la humanidad.

Estas páginas serán, seguro, tachadas de «heréticas» por todos aquellos cristianos que tienen una visión estrecha —y podríamos decir, normal— del cristianismo. Lo comprendemos perfectamente y reconocemos que no es culpa de ellos, ni de ninguno en particular. El dogmatismo, que por ser un fenómeno muy humano se da en todas las religiones, ha ido estrechando su lazo a lo largo de los siglos alrededor del cuello de los creyentes, y hoy día el cristiano que quiera librarse de su abrazo estrangulante para pensar con una mente libre —único pensamiento válido—, necesitará toneladas de coraje y toneladas de fe en el verdadero Dios. La mayoría seguirá gimiendo bajo el peso de dogmas que no comprende y repitiendo tradiciones que no le convencen. Esperemos que estas modestas páginas ayuden a no pocos a esclarecer su mente para que así puedan pensar con la libertad que compete a los hijos de Dios.

Pero ¿es en realidad este libro un libro «herético»? Sinceramente, no nos interesa el adjetivo, porque lo consideramos pasado de moda y sin un significado válido para los tiempos presentes. Este es un libro respetuoso de los fundamentales valores cristianos, que no se deja enredar en el bizantinismo de la teología tradicional ni le teme a las fulminaciones canónicas. Este es un libro que modestamente recoge, o pretende recoger, el mensaje de Jesucristo —despojado de todos los pegotes que la buena voluntad y el fanatismo que los hombres le han ido añadiendo a lo largo de los tiempos—, junto con los otros mensajes de los hombres extraordinarios, cristianos y no cristianos, que también recibieron de Dios en su tiempo el encargo de iluminar esta humanidad que se renueva sobre la superficie del planeta como las hojas de los árboles en el bosque. Poco a poco irá naciendo una nueva religión o, si queremos, un nuevo concepto de cristianismo más auténtico y más de acuerdo con el deseo de Jesucristo, en el que las leyes fundamentales serán las de la justicia y el amor, que hoy tan ausentes están del mundo por más que los pueblos que se dicen cristianos sean los más numerosos de la Tierra.

Pensar así, en un hombre que durante más de treinta años había sido indoctrinado muy diversamente, supone una verdadera revolución. Pues bien, esta revolución estalló en mí el día que definitivamente me convencí de que nuestros cielos estaban siendo surcados por seres inteligentes extraterrestres —indudablemente criaturas de Dios—, de los cuales ni nuestros dogmas ni nuestros teólogos tenían nada que decirnos en la actualidad, después de habernos hablado contra su existencia en los siglos pasados.

1 Editado por primera vez en España este año 2025 conjuntamente por esta editorial y La Regla de Oro Ediciones. [Nota del editor de la actual edición]

Primera Parte

Cuando los ovnis aterrizan...

1. PERO ¿EXISTEN LOS OVNIS?

Repetiremos aquí lo ya dicho en la introducción, es decir, que este libro no pretende coleccionar nuevos hechos con los que probar la realidad del fenómeno de los ovnis. Hacerlo nos parece del todo inútil, ya que lo hecho por otros en este sentido es más que suficiente para convencer a cualquier persona que investigue el fenómeno con imparcialidad.

Además, creemos que quien con los hechos ampliamente documentados por otros no se haya convencido, tampoco se convencerá con los personales que nosotros pudiésemos aportar. Sin embargo, el meollo de toda la cuestión radica en esto, en estar convencido de que la presencia de objetos volantes de origen desconocido, atestiguada por decenas de miles de personas de todas las condiciones y continentes y comprobada por toda suerte de aparatos ópticos, acústicos y electrónicos, es un hecho absolutamente real y no el producto de ninguna fantasía colectiva.

Admitido esto, será lógico que cualquier persona con buena lógica saque ciertas conclusiones que harán estremecer las que hasta entonces habrá tenido por principios fundamentales de su vida.

No se puede negar que muchos científicos y en general personas con buena formación profesional y humana se resisten tenazmente a la admisión de tales fenómenos. Vemos en esta resistencia una razón muy lógica, que en muchos casos tiene más de subconsciente que de puramente racional o deductiva. En el fondo, esta gente inteligente, precisamente por serlo, cae en la cuenta de que si admiten el hecho, necesariamente tendrán que admitir otros que, a la larga o a la corta, subvertirán todo su mundo de valores que tanto trabajo les ha costado adquirir. Consciente o inconscientemente verán que tanto el mundo religioso como el científico, el social y hasta el familiar se verán «amenazados» por este nuevo descubrimiento.

Es inútil que algunos digan que la admisión de tales fenómenos no tiene trascendencia ninguna para el desarrollo de nuestra cultura. Y es poco sabio que ciertos teólogos digan que esto no pone en peligro ninguno de nuestros dogmas. Los teólogos que dicen tal cosa demuestran no tener demasiada imaginación, ni siquiera un mediocre sentido de deducción. No es extraño que sigan, por tanto, defendiendo ciegamente una teología que hace tiempo que presenta signos de descomposición.

Pero de igual manera que vemos cierta lógica en la resistencia de científicos y personas cultas a la admisión de tales fenómenos, no vemos ninguna lógica en la actitud de aquellos que, admitiendo en principio la posibilidad de la existencia de otros mundos con seres inteligentes, incluso admitiendo la presencia en nuestros cielos de naves de origen desconocido, se niegan sin embargo a aceptar cualquier clase de contacto nuestro con ellos y tachan de alucinado a cualquiera que diga haber estado en relación directa con los tripulantes de tales naves. Si hay habitantes en otros mundos, y si estos, de hecho, ya han llegado hasta nuestra atmósfera, lo lógico es que desciendan y que intenten alguna suerte de comunicación con los habitantes de este planeta. Lo contrario, es decir, haber caminado millones de kilómetros para luego contentarse con una inspección ocular, va contra toda lógica, o por lo menos contra la lógica humana.

Para nosotros el problema radica más bien en lo contrario, es decir: poder encontrar una razón de por qué no se manifiestan más claramente y por qué no buscan de una manera más positiva el contacto directo con los habitantes de este planeta. Si bien esta dificultad tiene sus respuestas —que veremos más adelante—, reconocemos que no deja de ser embarazoso a primera vista el ver esta especie de juego al escondite que tienen con nosotros, mostrándose muchas veces a las personas aparentemente menos indicadas y queriendo, por otro lado, hacernos caer en la cuenta de su presencia entre nosotros.

Piensen lo que piensen los incrédulos, lo cierto es que no solo pasean por nuestros cielos unos misteriosos vehículos desconocidos por nuestros científicos y por nuestros militares, sino que toman tierra con mucha mayor frecuencia de la que piensan los escépticos.

El astrónomo J. Allen Hynek, que estuvo muchos años al frente del Proyecto Blue Book de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, por cuyas manos han pasado más casos de ovnis que por las de ningún otro mortal y a quien no se puede tachar, de ninguna manera, ni de ignorante ni de fanático de los «platillos volantes», ha confesado repetidamente que aparte de los miles de casos que se habían explicado como causados por fenómenos naturales quedaban sin embargo muchos que no se habían podido explicar de ninguna manera después de haber investigado concienzudamente la capacidad y la veracidad de los testigos.2

Los ovnis recorren nuestros cielos y se posan en nuestra tierra, y lo vienen haciendo desde hace miles de años, como veremos. Al hacer esta afirmación no tenemos para nada en cuenta las afirmaciones y los escritos de todos aquellos que dicen haber tenido comunicaciones telepáticas ni de ningún tipo, por muy dignas de crédito que sean sus aseveraciones. Lo creemos perfectamente posible; sin embargo, por ser todo este tipo de fenómenos mentales muy susceptibles de alucinaciones e ilusiones, preferimos no tomarlos en cuenta y atenernos únicamente a aquellos casos en los que ha habido una presencia física comprobada por testigos y preferiblemente si estos testimonios están corroborados por aparatos a los que no se puede tachar de ilusos ni alucinados. Por supuesto, tendremos mucho menos en cuenta la charlatanería psicótica o comercial que en torno a todo este asunto se ha desatado. Por desgracia, toda esta avalancha de papel impreso acerca de los visitantes extraterrestres le hace daño a la credibilidad de un asunto tan interesante.

Por otra parte, no caeremos en la necedad de confundir la ciencia con la tozudez. El hecho de que nuestros científicos no hayan sido capaces hasta ahora de penetrar en los secretos del magnetismo no quiere decir que sea imposible llegar a dominarlo. Los científicos humanos han sido los primeros en ir acabando poco a poco con todas esas «imposibilidades» que habían heredado de edades anteriores. Cada nuevo descubrimiento es una demolición de otro prejuicio o dogmatismo, que tanto daño han hecho y hacen en todos los campos al progreso de la humanidad.

Cuando no hace tantos años los físicos lograron traspasar las fronteras de la molécula, descubrieron la «partícula fundamental de la materia» e ingenuamente la llamaron «átomo» («indivisible»). Hoy conocemos por lo menos treinta subpartículas del átomo y estamos seguros de que seguiremos dividiendo al «indivisible». Por eso es absolutamente anticientífico cerrarse del todo, o por lo menos no admitir un punto de duda, ante hechos como los registrados en Washington los días 13, 14 y 26 de julio de 1965. Esos días, los radares de cuatro bases aéreas norteamericanas situadas en las cercanías de Washington (Andrews, Langley, Bolling y New Castle County), además de los del aeropuerto internacional de la capital de Estados Unidos, fueron «testigos científicos» en sus pantallas de radar de cómo diferentes vehículos espaciales no identificados, «al principio demasiado lentos para ser aviones, y más tarde demasiado rápidos», literalmente jugaban con los aviones caza F-94, que en repetidas ocasiones fueron enviados en su persecución. Cuando aparecían los cazas, desaparecían en unos segundos los extraños vehículos, excepto en alguna ocasión en que uno de ellos optó por quedarse y jugar al «corre que me coges» con el caza que lo perseguía; larvado el veloz caza a toda velocidad, vio cómo el «ovni» mantenía delante de él, por un tiempo, la misma distancia, sin permitir que el caza se le acercase, hasta que de un fantástico acelerón vertical se le perdió de vista en unos segundos.

Entre los muchos defectos que se le pueden achacar al espíritu militar no suele estar el de ser facilitones o improvisadores. Es inútil querer achacar los fenómenos de Washington al mal funcionamiento de los radares, impericia de los observadores, fenómenos de inversión de temperatura, etc. Todo fue concienzudamente investigado por los altos oficiales de la Fuerza Aérea, que muy a regañadientes y de manera no oficial tuvieron que reconocer que las señales que se recibían en los aparatos de radar provenían aparentemente de objetos «metálicos, duros y sólidos».

Otros testigos de primera categoría vinieron a corroborar estos mismos hechos: los pilotos de varios grandes aviones comerciales de las compañías Capital Air Lines, National Air Lines y Panamerican que se acercaban o abandonaban el aeropuerto internacional de Washington. Aparte de esto, miles de personas en toda esta área fueron testigos oculares de todas estas extrañas luces multicolores que surcaban el espacio a grandes velocidades para detenerse súbitamente y permanecer inmóviles. Todos los aeropuertos, y en especial el de Langley, recibieron numerosas llamadas reportando los hechos y preguntando por su causa.

Y no fueron ciertamente los testigos oculares menos cualificados los mismos operadores de radar de la Base Aérea de Andrews, que, avisados al amanecer por sus compañeros del radar de largo alcance ARTC (Air Route Traffic Control), situado en la torre del aeropuerto internacional de la capital, vieron casi verticalmente sobre ellos «una enorme esfera que emitía una luz anaranjada». Al día siguiente, un diario de Washington se hacía eco de todos estos fenómenos en sus grandes titulares: «Aviones de caza persiguen “ovnis” sobre Washington».3

Como dijimos anteriormente, cerrarse ante hechos tan bien documentados como el anterior es indicio de cerrazón mental, la cual puede muy bien darse al mismo tiempo que una gran especialización en un campo determinado. Es frecuente el caso de grandes científicos que son unas grandes nulidades en cuanto salen del estrecho, aunque profundo marco de sus conocimientos.

Pues bien, hechos como los relatados de Washington, con igual o mejor documentación y testigos, y con detalles mucho más concretos e interesantes, distan mucho de ser escasos. Podría narrar aquí varias docenas de ellos con todas las investigaciones llevadas a cabo para demostrar su autenticidad, pero prefiero que el lector se documente por sí mismo.

Si hubiésemos de hacer un resumen de lo que sabemos con seguridad de los ovnis, de lo que dudamos o conjeturamos y de lo que ignoramos, podríamos decir lo siguiente:

- Sabemos con certeza que unos vehículos extraños, de origen no terrestre, surcan nuestros espacios. Sabemos también que muchos de estos vehículos están tripulados por seres inteligentes, aunque de estos conocemos muy poco con seguridad.

- Conjeturamos que son de orígenes diversos, que las motivaciones que los indujeron a hacer el viaje hasta nuestro planeta son también muy diversas y difíciles de comprender por nosotros. Por supuesto, en el campo de las conjeturas entran muchísimas otras ideas que lógicamente le vienen a uno a la mente, y que muchos dan por seguras a pesar de no tener razones válidas para sustentarlas.

Lo cierto es que, aparte de su existencia real, desconocemos casi todo de ellos y tenemos que confesar que cuando uno se mete a investigar a fondo este fenómeno, llega casi indefectiblemente a un estado de perplejidad y confusión ante tantos hechos, por una parte, con una garantía de realidad más que suficiente para la mente humana en cualquier otro fenómeno, y por otra parte confusos, ilógicos y hasta contradictorios, que le hacen a uno suponer que se halla ante fenómenos que están planteados en un plano o en una dimensión a la que no alcanza la mente del ser humano actual.

Si en un tribunal de justicia el testimonio de un testigo ocular capacitado tiene fuerza, no vemos por qué no va a tener fuerza el testimonio directo de miles de testigos capacitados, algunos de los cuales son eminentes por sus conocimientos de las ciencias físicas y astronómicas. Este es el caso del ilustre padre jesuita Segundo Reyna, director del observatorio astronómico de Adhara, en Buenos Aires (Argentina), que además de astrónomo y biólogo es doctor en Ciencias y Letras y profesor de Física Matemática en la Universidad Bonaerense de El Salvador.

A las nueve de la noche del día 1 de diciembre de 1965, a causa de haber recibido varias llamadas telefónicas en las que le informaban que se divisaban extraños puntos oscuros pasando por delante de la Luna, el padre Reyna obtuvo una foto en la que aparecen tres ovnis en el campo lunar. En la misma foto podían apreciarse hacia la izquierda otros tres ovnis muy pequeños y otro más, de mayores proporciones, en la parte izquierda superior, fuera del disco lunar. Estas fotografías, poco nítidas, de no haber sido su autor una persona excepcionalmente dotada para emitir un juicio sobre este tipo de hechos, hubiesen sido de muy poco valor, sobre todo si las comparamos con otras mucho más precisas y claras hechas a plena luz del día y a distancia considerablemente menor. Sin embargo, su autor las consideró como «un documento irrefutable».

Todavía más notable es otro testimonio del mismo padre Reyna, a quien el lector debe guardarse de considerar como un «fanático de los platillos volantes», teniéndolo, al contrario, por un hombre más bien reacio a admitir estos hechos, pero, por otra parte, con una mente suficientemente abierta y sanamente científica como para no cerrarse ante hechos que a él se le muestran como evidentes. Copiamos literalmente su testimonio, tal como nos lo cuenta Carlos Murciano en su libro Algo flota sobre el mundo:

Ocurrió en la clara noche del 14 de noviembre de 1964. Con un telescopio de más de 100 diámetros de aumento seguíamos el Eco II [satélite artificial estadounidense], que apareció por el Norte a las 20:37 h, casi sobre el mismo meridiano que el observatorio. A las 20:45 h, por el Oeste, y en plano perpendicular al del satélite, surgió un «ovni» desde la constelación de Pegaso; pero al llegar a la proximidad del satélite desvió su ruta, describiendo una semicircunferencia (quizá para no atraerlo a su campo magnético) y prosiguió su camino hacia el Este; cerca de Orión descendió hacia el horizonte. Hizo todo este trayecto en tres minutos. A las 20:52 h, cuando el Eco II se encontraba en el cénit, surgió de nuevo el «ovni» hacia el Suroeste, junto a Centauro; esquivó el satélite y, dirigiéndose hacia el Nordeste, se ocultó junto a Andrómeda. Por tercera vez, a las 21:00 h, surgió desde el Este en forma de cigarro, en las cercanías de Altair, tomó forma circular al pasar por Orión, evitó el encuentro con el Eco II, se detuvo en dirección a Canopus y desapareció por el Sur, al tiempo que lo hacía también el satélite artificial.

Como eran varias las personas que se encontraban bajo la cúpula del observatorio, desplazamos el telescopio según las direcciones tomadas por el «ovni» y así pudimos captar con nitidez las maravillosas evoluciones del objeto.

En las cercanías del horizonte pudimos distinguir con absoluta perfección su torreta superior, de color verdoso, como el de la luz de las lámparas de mercurio; su limbo central, amarillo áureo, y sus bordes, azul brillante. A veces ocupaba todo el centro del telescopio y aparecía más grande que la Luna llena.

La velocidad del satélite artificial Eco II era de unos 25 000 kilómetros por hora, por lo que estimo que la del «ovni» debía ser, dados los trayectos cubiertos, de unos 100 000 kilómetros por hora.

Testimonios por el estilo hechos por personas totalmente fidedignas se cuentan no por centenares, sino por decenas de millares. Hace ya años, el número de los reportes acerca de hechos extraños en el cielo en poder de la Agencia de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, especialmente encargada de ellos, superaba los 15 000. Suponiendo que solo un 10% fuesen auténticos «objetos volantes no identificados», tendríamos la respetable cantidad de 1500 fenómenos en un solo país, ante los cuales ni la ciencia ni las competentes autoridades tienen nada que decirnos, pese a estar sumamente interesadas ambas en descifrar este tipo de enigma y en darle una explicación racional.

Sin embargo, de toda esta avalancha de fenómenos extraños, de hechos comprobados y de explicaciones más o menos creíbles, solo nos quedaremos con una verdad que es la que fundamentalmente nos interesa: estos hechos son reales; existen en realidad unos misteriosos vehículos no fabricados por seres humanos que se pasean por nuestros espacios. A los efectos de este libro no nos interesa de dónde vienen, cómo vienen ni por qué vienen. Nos basta saber que vienen, que llegan hasta nosotros, prescindiendo de nuestro gusto o disgusto, de nuestra credulidad o incredulidad. Dudar de este hecho, sencillamente, no podemos, porque de hacerlo tendríamos que dudar entonces de muchísimas otras cosas serias que se apoyan en los mismos testimonios y razonamientos en los que se apoya la existencia de los ovnis.

2. El Dr. Hynek dirige en Illinois (EE. UU.) uno de los mejores centros de estudio del fenómeno ovni. En los diez años que han pasado desde que escribí estas líneas, ha perdido todas las dudas que tenía cuando trabajaba en el Proyecto Blue Book y hoy en día investiga más bien el impacto que el fenómeno puede tener en la humanidad.

3 Más detalles sobre todos estos incidentes de Washington, al mismo tiempo que una exposición desapasionada sobre todo el asunto de los ovnis, podrá encontrarla el lector en el libro The Report on Unidentified Flying Objectes, de Edward J. Ruppelt, ex jefe del proyecto de la Fuerza Aérea Blue Book, especialmente establecido por las Fuerzas Armadas de Estados Unidos para investigar todas las noticias sobre ovnis.