Mi Iglesia duerme - Salvador Freixedo - E-Book

Mi Iglesia duerme E-Book

Salvador Freixedo

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Desde que el sacerdote jesuita Salvador Freixedo publicara en 1969 la primera edición de Mi Iglesia duerme, donde expuso sus enormes diferencias con la jerarquía de la Iglesia católica a la que pertenecía, sus páginas han constituido una revelación para cientos de miles de cristianos (y no cristianos) en todo el mundo. El presente libro es una crítica dura, aunque respetuosa, del triste estado de la Iglesia que Freixedo vio y vivió en primera persona. Freixedo habla de «una sociedad de lobos, donde los poderosos aplastan a los débiles, los ricos les roban a los pobres y los jerarcas se pastorean a sí mismos». Y habla de la interpretación del Evangelio, del celibato, de los bienes de la Iglesia, del apostolado, el laicado, los dogmas, el episcopado, la Santa Sede y de mucho más, no dejando casi ningún aspecto de la Iglesia fuera de estas páginas. La presente edición modernizada, incluye, además, algunos documentos gráficos de la época que muestran el escándalo (como el documento de prohibición de la publicación de Mi Iglesia duerme en España por parte de la censura, un documento histórico) y las consecuencias que conllevaron la publicación del presente libro.

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Seitenzahl: 491

Veröffentlichungsjahr: 2025

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«Los problemas ya hace tiempo que han entrado en la Iglesia. Todo está en crisis. Y entretanto, mi Iglesia duerme. Todo está motivado por el afán de lucro. Y mientras, mi Iglesia duerme».

Desde que el sacerdote jesuita Salvador Freixedo publicara en 1969 la primera edición de Mi Iglesia duerme (libro censurado en España), donde expuso sus enormes diferencias con la jerarquía de la Iglesia católica a la que pertenecía, sus páginas han constituido una revelación para cientos de miles de cristianos (y no cristianos) en todo el mundo. Este libro es una crítica dura, aunque respetuosa, del triste estado de la Iglesia que Freixedo vio y vivió en primera persona.

Tras la publicación de este libro, Salvador Freixedo fue expulsado de la orden de los jesuitas, después de 30 años de permanencia, y suspendido en su ministerio sacerdotal. Freixedo habla de «una sociedad de lobos, donde los poderosos aplastan a los débiles, los ricos les roban a los pobres y los jerarcas se pastorean a sí mismos». Y habla de la interpretación del Evangelio, del celibato, de los bienes de la Iglesia, del apostolado, el laicado, los dogmas, el episcopado, la Santa Sede y de mucho más, no dejando casi ningún aspecto de la Iglesia fuera de las páginas de una de sus obras más aclamadas.

Esta edición de Mi Iglesia duerme, revisada y actualizada, incluye material inédito de la época en la que el libro se publicó por primera vez, donde se muestra el escándalo que supuso esa primera publicación y las consecuencias que tuvo para su autor.

«Los primeros tiempos tras la publicación de Mi Iglesia duerme fueron muy duros: de intensa reflexión y tremenda soledad; una auténtica “noche oscura del alma”». Prólogo de Magdalena del Amo

Mi Iglesia duerme

Salvador Freixedo

www.ushuaiaediciones.es

Mi Iglesia duerme

© A los textos: Salvador Freixedo y Magdalena del Amo

© A la edición: La Regla de Oro Ediciones y Ushuaia Ediciones

[email protected]

[email protected]

ISBN edición ebook: 978-84-19405-41-8

ISBN edición papel: 78-84-19405-40-1

Primera edición: 1969

Edición actual: agosto de 2025

Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales

Ilustración de cubierta: © Ushuaia Ediciones

Imágenes del interior: archivo Magdalena del Amo

Todos los derechos reservados.

www.ushuaiaediciones.es

Índice

Prólogo a la primera edición en España

Introducción

Capítulo I. La Iglesia y su mensaje

Capítulo II. Legalismo

Capítulo III. Dogmatismo

Capítulo IV. Laicado

Capítulo V. Sacerdocio

Capítulo VI. Episcopado

Capítulo VII. Santa Sede

Capítulo VIII. Un angustioso panorama

Epílogo

Reflexiones para la 10.a edición (1976)

Nota del autor a la 12.ª edición (1985)

Anexo edición 2025. El escándalo tras la publicación de Mi Iglesia duerme en imágenes

El autor

Ofrezco modestamente esta edición a la Jerarquía Católica con el deseo de que comprendan el crucial momento en que se encuentra el pensamiento religioso del hombre actual.

Salvador Freixedo

Prólogo a la primera edición en España

El 16 de junio de 1969 el diario Excelsior de Ciudad de México publicaba:

Llegó el sacerdote freixedo, cuyo libro vetaron en españa

El sacerdote jesuita Salvador Freixedo, durante trece años asesor de la Juventud Obrera Católica de Puerto Rico, y a quien en España negaron la publicación de su libro Mi Iglesia duerme, se encuentra en México. Llegó casi de incógnito y, aparentemente, ha logrado la publicación del libro en el cual analiza de forma descarnada a la Iglesia católica actual. Freixedo está prácticamente escondido, porque el viaje a México lo realizó sin permiso de sus superiores. Antes estuvo en España, donde ninguna editorial quiso publicar su alegato en el que critica abiertamente a la jerarquía eclesiástica y señala, por ejemplo, que los obispos actualmente solo se ocupan de administrar los bienes de la Iglesia, y pide que cese ya el tintineo de monedas en torno a los altares. Según se sabe, el padre Freixedo volverá a Puerto Rico el miércoles, en cuanto esté terminada la edición del mencionado libro.

Era solo un aperitivo informativo de lo que habría de llegar dos semanas después. La noticia se extendió como la pólvora, y cuando Salvador Freixedo aterrizó en el aeropuerto de San Juan le esperaba una caterva de fotógrafos y periodistas. «Como si fuera una estrella del rock», solía decir entre risas.

La prensa le dio tanta relevancia al libro que el autor se pasó varias semanas casi sin dormir, de emisora en emisora, en radio, televisión y prensa escrita. Las entrevistas y los artículos de opinión, a favor y en contra, más las réplicas y dúplicas del propio autor eran de obligada lectura. ¡Todo el mundo quería tener el libro! Dos imprentas imprimían a destajo para abastecer la demanda de las librerías de todo el continente de habla hispana, incluidas varias librerías de Nueva York, Miami y Los Ángeles. Fue una locura que duró varios meses.

Ni por asomo imaginó Feixedo que el libro iba a ser tan mediático y polémico. Le escuché decir en muchas ocasiones que el libro había sido escrito «desde dentro [de la Iglesia] y con amor», para denunciar ciertos vicios que en su opinión podían corregirse. El entonces sacerdote creía que hacía falta una sacudida violenta, como cuando queremos despertar a alguien que duerme profundamente, o un peligro nos acecha. «Y ese es, ni más menos, el actual estado de la Iglesia. Muy graves peligros nos acechan, no solo a la Iglesia, sino a la humanidad entera. La necedad de los hombres tiene pendiente sobre nuestras cabezas una guerra atómica para la que nos preparamos concienzudamente día a día, gastando en ello miles de millones de dólares, que sacudirá, no solo nuestras vidas, sino nuestras creencias. El mundo entero está en convulsión. Y, entretanto, mi Iglesia duerme», dice en la introducción.

Salvador Freixedo pretendía que la obra fuese una sacudida. Sabía que escandalizaría a muchos, pero lo que le preocupaba realmente era el escándalo que desde hacía años padecían muchos católicos que aburridos y decepcionados le habían dado la espalda a su Iglesia, contemplándola con ojos de tristeza al verla convertirse en una anciana soñolienta, sin capacidad de reacción. Sabía que, frente al escándalo de muchos católicos satisfechos que siempre habían vivido cómodamente y nunca se habían cuestionado nada, habría muchos más que se alegrarían de que alguien se hubiese atrevido a hablar y gritase públicamente lo que ellos llevaban en secreto en sus conciencias y no se atrevían a pensar o a decirlo públicamente. «Pero el escándalo no lo doy yo —escribe— ni lo damos los que como yo nos atrevemos a hablar; el escándalo lo da, en la actualidad, la Iglesia jerárquica que duerme cuando los demás se afanan, que está tranquila cuando los demás se angustian, que se viste de pompa cuando las gentes no tienen casas para vivir». Escándalo era para el jesuita rebelde que los ricos no amaran a los pobres; que unos muriesen por no comer suficiente, mientras otros fallecían por comer demasiado; que unos sufriesen por desnutrición, cuando otros se estresaban por temor a engordar; escándalo era para el autor desencantado el sistema de castas, una sociedad de lobos donde los poderosos aplastan a los débiles; donde en muchos países no se aprende a leer y se gastan millones en armamento. «Escándalo es un sistema en el que se ha sustituido la gracia de Dios por los billetes de banco», concluía.

No es de extrañar que ciertos sectores lo hayan tildado de comunista y, en cierta manera, de cura peligroso, sambenito adjudicado en aquellos años a quienes hablaban de algo tan evangélico como la justicia social. De hecho, su primer libro, 40 casos de injusticia social, con el subtítulo «Examen de conciencia para cristianos distraídos», que el régimen cubano interpretó como toda una declaración de guerra, fue la causa de que el dictador Fulgencio Batista lo expulsara de Cuba, tras haberlo pactado con la Dirección General de la Orden. Y su actividad con la Juventud Obrera Católica, a quien enseñaba a defender sus derechos, fue el motivo por el cual fue investigado por los servicios secretos del régimen franquista.

Los primeros tiempos tras la publicación de Mi Iglesia duerme fueron muy duros: de intensa reflexión y tremenda soledad; una auténtica «noche oscura del alma». Una de las peores situaciones durante esos días de incertidumbre y reinicio de su vida fue cuando la jerarquía lo citó para someterle a un juicio sumarísimo, en el que estaban presentes varios obispos y el provincial de la Orden, que había viajado expresamente desde Nueva York, estado al que pertenecían los jesuitas de Puerto Rico.

Le exigieron que, a través de un comunicado, se retractara públicamente y se desdijera de lo publicado en el libro. Freixedo se negó rotundamente e incluso se atrevió a desafiarles diciendo que solo había denunciado lo más superficial, sin meterse en honduras graves. El obispo de San Juan se le enfrentó y, levantando la voz, le increpó: «¿Qué honduras graves, qué honduras graves? No hay nada grave». A lo que Freixedo contestó: «Monseñor, sabe usted bien a qué me estoy refiriendo». Esto alteró más al obispo y lo hizo explotar: «Si usted no se retracta, lo suspenderé en mi diócesis». El jesuita contestó: «Lo que digo es verdad, no voy a retractarme y le añado que será un placer estar suspendido en su diócesis». Y así fue como Salvador Freixedo fue suspendido a divinis, en todas las diócesis, lo cual aumentó el grado de tensión y echó más combustible a la controversia. ¡Habían transcurrido tres meses desde la publicación y aún quedaban otros tres de calvario diario!

Libre de ataduras, su discurso se hizo incluso más claro e incisivo, la bola de nieve cada vez más grande y la polémica más encarnizada.

Fue un cambio de vida en todos los sentidos. Su libertad le permitió investigar sobre otros temas que tenía pendientes, en los que siempre le había interesado profundizar: religiones comparadas, estudios sobre la mente, la mística, los milagros, la parapsicología, el mundo de las medicinas complementarias, los chamanes y curanderos, la radiónica, el espiritismo, las apariciones y, muy especialmente, el llamado y denostado fenómeno ovni, en el que también se declaraba «hereje», porque siempre consideró que se trataba de algo mucho más profundo que de simples visitas de viajeros de otros planetas. Según sus conclusiones, la humanidad es una granja, utilizada por seres no humanos en su provecho, que mantienen al hombre engañado para frenar su evolución, y han regido desde siempre los destinos de nuestra historia.

Y entre investigaciones, publicación de libros, viajes, congresos, conferencias, charlas con amigos y el disfrute de las cosas de la vida cotidiana transcurrió su vida en este plano, dando lo mejor de sí mismo. Siempre con un excelente sentido del humor, como pueden dar fe quienes lo trataron más íntimamente y, de alguna manera, conservando el talante especial y la conciencia del buen padre jesuita que fue.

Magdalena del Amo

Madrid, mayo de 2025

Introducción

La Iglesia avanzó durante siglos, y lo hizo de manera solemne a través de un amplio camino que poco a poco se ha ido estrechando y que en la actualidad no es más que un callejón sin salida.

Esta frase, puesta aquí al principio del libro, podrá parecerle irreal a más de uno; y ciertamente no es fácil captar su veracidad a simple vista, sobre todo para los cristianos que no estén muy acostumbrados a reflexionar sobre los problemas de la vida y de la fe ni a traducir las inequívocas señales de los tiempos. Sin embargo, este callejón sin salida en el que vemos a nuestra Iglesia se está convirtiendo para muchos cristianos de vanguardia en una verdadera obsesión al ver que, impulsada por la inercia y por la ceguera de muchos de los que la conducen —a pesar de las voces de alerta de algunos miembros de la jerarquía—, sigue avanzando ignorante de que no hay salida por el camino por el que discurre. La única salida es pararse a tiempo y dar marcha atrás. Pero, excepto en pequeñas minorías, no lo está haciendo.

Todo este libro no es más que un esfuerzo por hacer comprender a los cristianos de buena fe la realidad de esta afirmación, animarlos a que, en lo que esté en sus manos, frenen este avanzar ciego y ayuden a poner a la Iglesia, por lo menos a la Iglesia en la que ellos son ministros —sus familias, su trabajo, su ambiente—, en el camino recto.

Permítaseme poner al principio de él lo que el teólogo Hans Küng puso como epílogo al suyo Estructuras de la Iglesia:

Existió un tiempo en la historia de la Iglesia en que la finalidad de la teología consistió en mantener las estructuras de la Iglesia. Esta finalidad era necesaria. Hoy en día, la finalidad de la teología debería consistir en restituir a las estructuras originales el libre juego que las vicisitudes del tiempo han dejado en la penumbra y el olvido. Esto es también necesario. Hay libros que cierran la puerta a los problemas y hay libros que abren la puerta a los problemas. Cerrarles la puerta puede ser más consolador. Abrírsela es más fecundo y, por otra parte, más difícil, ya que quien no quiere atascarse ante un callejón sin salida no debe darse por satisfecho con gestiones rutinarias; a veces necesita emprender alguna cosa por cuenta propia, algo poco habitual y audaz a fin de lograr una feliz solución. Un esfuerzo semejante solo puede ser un intento y no está exento de peligro. Nadie se da más cumplida cuenta que quien ha conquistado su terreno palmo a palmo. Si solo se tratara de ciencia teológica, el envite no merecería la pena. La necesidad de la Iglesia en las exigencias del momento actual reclama, sin embargo, que de una manera prudente y consciente se le preste el servicio que tiene derecho a esperar de un teólogo.

Hans Küng, como buen teólogo, le ha prestado ese servicio a la Iglesia lanzando nueva luz sobre toda la estructura conciliar, y «abriendo la puerta a los problemas» —con generosidad, audacia y no sin peligros, como él mismo dice— al hacerle con libertad de espíritu ciertas observaciones al concilio y al dar en diversas ocasiones la voz de alarma ante posiciones falsas o callejones sin salida. Yo disto mucho de ser teólogo. Pero también es hora de que en la Iglesia dejen de tener voz únicamente los jerarcas y los teólogos. Es este uno de los graves errores que durante mucho tiempo hemos padecido. Yo quiero alzar mi voz, mi modesta voz de soldado de fila, de militante de base, de hombre de acción; una voz que representa a los miles de hombres y mujeres que, en la base del Pueblo de Dios, sin defender, ni interpretar, ni investigar, ni a veces comprender las estructuras, se limitan a padecerlas. Esas personas también tienen algo que decir en la Iglesia, ya que, consideradas en conjunto, son, después de Cristo, la parte más importante de la Iglesia. Si esta tiene derecho a exigir de un teólogo —y el teólogo tiene el deber de dárselo— el estudio de nuevas salidas a la luz de las Escrituras y de la sana tradición, también tiene derecho a exigir de un soldado de fila —y este el deber de dárselo— nuevas salidas a la luz del espíritu que se manifiesta con no menos fuerza en las almas de los fieles.

Eso pretendo hacer con toda modestia en este libro, que no será precisamente para abrir ni para cerrar puertas a ningún problema. Los problemas ya hace tiempo que han entrado en la Iglesia. Pretendo proyectar un poco de luz sobre ciertos problemas prácticos, para hacer resaltar un poco más su deformidad y para que al verlos más claramente se decidan a ponerle remedio aquellos en cuyas manos está. Y ojalá que, en algún caso, puedan ayudar mis pobres reflexiones a que por lo menos alguien, aunque solo sea de forma privada, encuentre algún principio de solución.

El teólogo parte de la reflexión basada en la historia y en las Escrituras; yo he partido también de la reflexión, pero basada en la acción y en la agonía que siempre ha supuesto, y especialmente supone en estos tiempos, extender y hacer vivir el mensaje del Evangelio en el mundo. Esa resistencia sorda, tan humana por otra parte, que uno encuentra en los corazones de las personas, y esa inflexibilidad y dureza granítica que se encuentra en ciertas estructuras eclesiales o sociales, lo hace a uno pararse a reflexionar para ver qué es lo que no está funcionando bien.

Esta misma actitud de reflexión es la que ha tenido la Iglesia en el concilio Vaticano II. Por primera vez en la historia, un concilio ha enfocado toda la problemática mundial y se ha echado sobre sus hombros la angustia de los tiempos por los que atraviesa la humanidad. El concilio, en algunos de sus más importantes documentos, ha puesto el dedo en algunas llagas que, hasta ahora, como en la parábola del samaritano, habían sido ignoradas, con el pretexto de tener que hablar de otros «problemas teológicos» de mayor importancia. Y la Iglesia jerárquica en pleno, al aprobar ciertos decretos, ha sentido por fin en sus manos, de manera oficial, la sangre y el pus de las llagas de este mundo. Los padres conciliares han hecho bajar la mente de la Iglesia de aquellas alturas olímpicas en las que durante los primeros siglos discutió sobre la persona, las naturalezas de Cristo y todas las demás disputas cristológicas y de aquellas otras no menos abstrusas sobre la gracia y la justificación del concilio de Trento, hasta los problemas no tan «teológicos» pero sí mucho más humanos de la superpoblación, del hambre, de la emigración, del coloniaje y de la injusticia social.

Sin embargo, para mí el valor del concilio no estuvo tanto en las cosas que me dijo sino en el hecho de que me despertó de una especie de sueño; me despertó a la realidad de que se podía pensar fuera del estrecho marco escolástico de la teología tradicional en el que fui formado, de manera rígida y, en muchos aspectos, del todo inadecuada para nuestros tiempos. Mi mente, desde entonces, comenzó a expandirse y a vislumbrar nuevos horizontes.

Han pasado unos cuantos años ya desde el comienzo del concilio. Lógicamente uno debería creer que el panorama, a estas alturas, habría cambiado bastante en la Iglesia. Pero por desgracia, no es así. En una mirada global, la Iglesia oficial sigue todavía avanzando por el callejón sin salida en que está metida. El panorama en las reuniones internacionales y en ciertas revistas especializadas sí está cambiando de forma notable —lo mismo que ciertas innovaciones, practicadas casi siempre «al margen de la ley» por cristianos desesperados al ver que las cosas no cambian—, pero en la mayoría de las diócesis y parroquias el panorama «oficial» sigue siendo tan cerrado como antes. La barca de Pedro está anclada. Nuestros patrones de conducta, nuestra moral, nuestra concepción de Iglesia, toda nuestra estructura eclesial, es, prácticamente, la misma de principios de siglo y, en muchos aspectos, la misma de hace varios siglos. Nuestro catecismo está empezando a cambiar, pero únicamente en las mentes de los técnicos y de los que se han preocupado por este campo particular. Pero en las mentes de la inmensa mayoría del laicado y del clero, tal como lo reflejan las predicaciones dominicales, nuestro catecismo, nuestro dogma, nuestras creencias y su expresión, son exactamente las mismas que eran hace varios siglos.

Hace bastantes años, gracias a la Juventud Obrera Cristiana (J. O. C.) y gracias a aquel carismático hombre, hijo de un minero llamado José Cardijn, pude comprender un poco mejor lo que era la verdadera Iglesia; pude entrever todo aquel espíritu que luego floreció abiertamente en el concilio Vaticano II. Y hace quince años que estoy tratando, con todas mis fuerzas, de extender y dar a conocer este mismo espíritu entre mis hermanos. Sin embargo, después de todo este tiempo, tengo la amarga impresión de que he estado hablándole a una pared, de que he estado predicando en el desierto. Todas estas ideas encuentran una sorda resistencia, a veces francamente abierta. Al cabo de años de tratar inútilmente de penetrar las existentes estructuras y viendo cómo lo poco que se sigue edificando se construye sobre los mismos carcomidos cimientos, uno comienza a sentir el cansancio, un desánimo profundo que le nace en el corazón, al ver que la Iglesia va dejando de ser la luz del mundo y la sal de la Tierra. Y de seguir así, en nuestra sociedad al menos, dentro de unos años la Iglesia será pisada por las personas «como una sal que perdió su sabor»1.

He llegado a la conclusión de que hace falta un movimiento violento. Cuando queremos despertar a alguien que duerme profundamente, hay que sacudirlo con fuerza. Y si acecha algún peligro, habrá incluso que llegar a algo doloroso para que acabe de despertar, para que caiga en la cuenta del peligro en que está. Y ese es, ni más menos, el actual estado de la Iglesia.

Muy graves peligros nos acechan, no solo a la Iglesia, sino a la humanidad entera. La necedad de los hombres tiene pendiente sobre nuestras cabezas una guerra atómica para la que nos preparamos concienzudamente día a día, gastando en ello miles de millones de dólares, que sacudirá, no solo nuestras vidas, sino nuestras creencias. El mundo entero está en convulsión; las viejas estructuras se derrumban; las estructuras políticas, las estructuras económicas, las estructuras sociales, los patrones de moralidad, incluso la estructura familiar. Todo está en crisis. La humanidad busca febrilmente salidas, nuevas fórmulas, e incluso se agarra desesperadamente a cosas tan absurdas como el apartheid, el «black power», el neonazismo, el hippismo, los estupefacientes, etc. El mundo —tanto las naciones como los individuos— está convulso: Biafra, Próximo Oriente, la República Dominicana, Checoslovaquia, el Congo, Vietnam, Rodesia, Indonesia, los estudiantes de las más famosas universidades del mundo... El mundo está convulso...

Y entretanto, mi Iglesia duerme.

En el plano local, ante los terribles e inmediatos problemas de hambre, de falta de alojamiento, de desintegración de la familia, de niños abandonados, de falta de empleos, de salarios injustos, de alcoholismo, de drogas, de ateísmo práctico..., los sacerdotes nos siguen hablando de la misa dominical, de las colectas deficientes, de las goteras del templo, de las dificultades económicas de la escuela parroquial, de la indecencia de las modas...

Los obispos, ante las frecuentes y terribles injusticias de los poderes públicos contra su rey, ante el subdesarrollo de los pueblos de los que ellos son pastores y ante el caso tan frecuente de una pastoral caótica en la que cada movimiento, cada parroquia e incluso cada persona hace lo que le viene en gana, dividiendo fuerzas y duplicando esfuerzos ante todos estos problemas específicos suyos, siguen gastando lo mejor de sus energías en la administración de «los bienes de la Iglesia», en lograr que las parroquias paguen las cuotas —con frecuencia abusivas— que ellos les han asignado, en prohibir tales o cuales experiencias litúrgicas, en presidir actos, graduaciones, coronaciones, banquetes totalmente intrascendentes o en urgir el último decreto emanado de Roma sobre la obligatoriedad de tal fiesta o tal norma en el vestir de los sacerdotes.

Y la Santa Sede, ese monumento romano, fruto de los siglos y resultado de los anhelos buenos y malos de las personas, ante las angustias en que vive la humanidad entera, angustias en sus cuerpos y angustias en sus almas..., nos habla —tal vez como un símbolo de muchas de las cosas de las que la Santa Sede nos ha hablado durante años— de la píldora.

Mi Iglesia duerme.

He comprendido perfectamente a Camilo Torres, su desesperación al ver que ante los terribles males por los que actualmente pasa el pueblo humilde de Colombia y que, como consecuencia de ellos, ante la violencia crónica que es como una espada siempre pendiente sobre el futuro de esta nación, la Iglesia oficial y jerárquica, establecida y bien acomodada entre billetes y rifles, duerme.

Yo me digo: puede ser que mi Iglesia despierte, pero despertará desperezándose lentamente, sacudiendo poco a poco la modorra que envuelve a aquel que duerme profundamente. Y si es así, cuando llegue a estar completamente despejada su cabeza, ya será demasiado tarde. Porque el mundo toma conciencia rápidamente de sí mismo; el mundo se está haciendo, se está estructurando a gran velocidad. En buena parte, prescindiendo de la Iglesia, y en buena parte se ha hecho ya de espaldas a la Iglesia, y aun contra la Iglesia.

¡Y decir que la Iglesia tiene tanto que contribuir a la recta ordenación y estructuración de este mundo! En realidad, tiene la palabra fundamental, y sin ella, a la larga, los seres humanos no podrán organizarse sino contra ellos mismos.2 Pero el mundo ya no acude a ella porque la ve dormida, la ve defendiendo lo indefendible, la ve preocupada por infantilidades, por medievalidades. El mundo busca, el mundo investiga, el mundo avanza y no quiere rodearse de gente que está siempre mirando atrás, de gente conservadora, de gente que le tiene miedo a la vida, de gente que defiende ciegamente las tradiciones por ser tradiciones, de gente que, por preocuparse tanto del Más Allá, se despreocupa del más acá, de gente que, en vez de avanzar, prefiere seguir tumbada, durmiendo...

Se me dirá: la Iglesia está alerta. La Santa Sede se pronuncia con frecuencia sobre los problemas candentes de la humanidad; la Iglesia tiene un cuerpo de doctrina social; muchos sacerdotes han participado activamente en la lucha contra la discriminación racial, etc. Todo eso es cierto. Pero no hay que olvidarse de que la Iglesia no es solo el papa, ni tales o cuales sacerdotes, ni una «doctrina» social, ni siquiera las conclusiones de algún congreso católico; la Iglesia está compuesta por millones de personas con unas vidas concretas. Y la vida de todo ese conjunto que constituye la Iglesia dista mucho de estar de acuerdo con la doctrina. Mucho me hizo pensar el periodista que en una rueda de prensa ante la televisión me dijo una vez: «Ustedes los católicos son la única sociedad que no son lo que son, sino lo que dicen que son».

Yo quisiera que este modesto libro fuese una sacudida, aunque pueda parecer un poco violenta, para ayudar a que mi Iglesia despierte.

Sé que muchos se escandalizarán, pero me preocupa menos el pequeño escándalo que estos muchos puedan padecer que el gran escándalo que ya están padeciendo hace años muchísimos más, y que, de hecho, escandalizados, aburridos, decepcionados, le han vuelto la espalda a la Iglesia o la contemplan con ojos de tristeza al ver que se va convirtiendo en una anciana soñolienta.

¿Quiénes son los «muchos» que se «escandalizarán»? Son, en su mayoría, aquellos a los que «la Iglesia» les ha dedicado lo mejor de sus esfuerzos. Son aquellos para los que la Iglesia ha tenido misas y para los que la Iglesia ha tenido sacramentos, colegios y universidades. Son, también, aquellos que nunca han tenido la audacia de cuestionarse, ni de preguntar, ni de rebelarse contra nada, sino que han preferidlo seguir, dócilmente, en el rebaño. Cierto que la docilidad a veces conlleva sacrificios, pero también es cierto que le libra a uno de la terrible angustia de pensar, de tomar decisiones, de rebelarse contra el mal y de enfrentarse consigo mismo y con su conciencia. Los «muchos» que se escandalizarán son aquellos que no quieren que las cosas cambien en la Iglesia, porque a ellos les va bien. Los «muchos» que se escandalizarán serán, con frecuencia, aquellos que han llegado a una tal deformidad de conciencia, que son capaces ya de comulgar con ruedas de molino, admitiendo, sin sublevarse, absurdos tan inadmisibles como el de que cualquier pensamiento admitido contra el sexto mandamiento es un pecado mortal y, por tanto, conlleva una pena de infierno eterno. (He tenido profesores de moral que enseñaban que el sacerdote que al rezar su breviario o al decir su misa omitiera conscientemente varias palabras del Canon o de los Salmos cometía pecado mortal, siendo, por tanto, reo del infierno si la muerte lo sorprendía con ese pecado). A mí, francamente, no me interesa ni me extraña que se escandalicen ante este libro personas que tienen tal deformidad de mente como para ser capaces de admitir semejante aberración.

Pero contra estos «muchos» que se escandalizarán, yo sé que habrá «muchísimos» que se alegrarán sobremanera de que alguien se haya atrevido a hablar, de que alguien diga públicamente lo que ellos llevan en el secreto de sus conciencias, pero que por una formación deforme no se atreven a pensar o a proclamar en voz alta. Yo sé que habrá muchas personas que leerán este libro y descubrirán en él una cara nueva de esa Iglesia que creían dormida y completamente desligada de los problemas de este mundo. Pero el escándalo no lo doy yo ni lo damos los que como yo nos atrevemos a hablar; el escándalo lo da, en la actualidad, la Iglesia jerárquica que duerme cuando los demás se afanan, que está tranquila cuando los demás se angustian, que se viste de pompa cuando las gentes no tienen casas para vivir.

No me da miedo este escándalo, porque es farisaico. Sucede con él lo mismo que con la violencia que tan preocupados tiene hoy a quienes hasta ahora habían vivido bien acomodados. Las clases pudientes latinoamericanas y los blancos sureños de Estados Unidos, por ejemplo, se escandalizan ante la violencia contundente practicada actualmente por los oprimidos, y gritan a los cuatro vientos que no se puede tolerar la implantación de la violencia en la vida de las naciones. Pero no caen en la cuenta de que la violencia no es implantada ahora por los oprimidos. La violencia «suave», la violencia «civilizada», la implantaron ellos hace ya muchos años: la institucionalizaron con leyes. Cuando se mata a alguien de un disparo o cuando se quema un establecimiento, se hace un acto de violencia violenta, ante el que nos escandalizamos fácilmente; pero cuando se impide, año tras año, votar a los negros, cuando no se legisla para que los salarios dejen de ser unos salarios de hambre, cuando se hace la vista gorda ante la falta de viviendas y se gasta ese dinero en obras suntuarias, cuando los gobiernos y las clases pudientes prefieren ver a los indios analfabetos y desnutridos, cuando los pobres no tienen cama en ningún hospital, cuando en las industrias se ganan cantidades fabulosas y se escamotea después el tributo fiscal, todos estos son actos de violencia suave, hechos «según la ley». Actos que, por ordinarios y por constitucionales, no escandalizan ya a nadie, ni siquiera, muchas veces, a quienes los padecen. Es una muerte lenta por envenenamiento y las personas y los pueblos no caen en la cuenta de que los están matando poco a poco. Sin embargo, esta violencia suave es mucho más culpable que la otra, porque no va dirigida a una persona o un establecimiento en particular, sino que va contra todo un pueblo, haciendo, no en un momento, sino a lo largo de los años, miles y miles de víctimas.

Mensaje para los otros «muchos» que se van a escandalizar con este libro: ya es hora ya de que os escandalicéis con algo, a ver si así salís de vuestra burguesía espiritual, endulzada con comuniones y anestesiada con limosnas a los pobres; a ver si así, al menos, comenzáis a pensar y a caer en la cuenta de la triste cosa en que hemos convertido a la Iglesia de Jesucristo, que fue creada para ser luz de todas las personas y se ha convertido en penumbra para que unos pocos privilegiados duerman una tranquila siesta, y viva en tinieblas la inmensa mayoría del pueblo.

El escándalo no lo daré yo; el escándalo está ya establecido en el mundo con nuestra práctica caricaturesca del Evangelio.

Escándalo es, para muchos que no creen, nuestra vida de cristianos satisfechos, que con unos cuantos ritos, más los nueve primeros viernes, estamos seguros de que tenemos asegurado el Reino de los Cielos. Escándalo es, sobre todo, ver cómo los cristianos no aman; ni se aman entre sí ni aman a los que no son cristianos. Y escándalo es, especialmente, el ver cómo los que de entre ellos son ricos, no aman a los que son pobres. Los primeros han construido un injusto sistema económico que es como una inmensa maquinaria para fabricar una minoría de ricos y millonarios, a costa de las grandes masas depauperadas. Un sistema económico en el que los ricos se hacen más ricos, y los pobres cada día más pobres; donde todo está motivado por el afán de lucro; donde se ha normalizado la explotación del hombre por el hombre; donde, mientras millones mueren cada año por no comer suficiente, unos pocos mueren por comer demasiado; mientras millones sufren de desnutrición, unos pocos sufren ante el temor de engordar; un sistema en el que se ha sustituido la gracia de Dios por los billetes de banco. Escándalo es ver cómo los poderosos han construido un sistema social, aliado del económico, donde unos tienen, necesariamente, que servir a los otros, y donde la mayoría del pueblo no tiene ocasión de aprender a leer, porque el dinero lo gastan los grandes en sostener los ejércitos con los que luego matan en las calles a los pobres que se sublevan. Escándalo es ver nuestro sistema de castas, esta sociedad de lobos, donde los poderosos aplastan a los débiles, los ricos les roban a los pobres y los jerarcas se pastorean a sí mismos.

Hemos desarrollado a lo largo de los años una sociedad cristiano-alcohólica en la que millones de bautizados se emborrachan proletariamente de desesperación y de asco de vivir, mientras una minoría ahoga elegantemente en scotch su aburrimiento, pagando por cada trago lo que uno de sus hermanos parias gana después de trabajar diez horas. Escándalo monstruoso es el que dan a los pueblos paganos del mundo, los pueblos cristianos. Pueblos cristianos son los que han conquistado el mundo entero por la fuerza. Pueblos cristianos son los que han abusado durante siglos de los pueblos atrasados, convirtiéndolos en sus colonias, sin ayudarlos a progresar más que en lo que les convenía. Pueblos cristianos son los que tienen acaparado, para una minoría, el 80% de las riquezas del mundo. Pueblos cristianos son los que editan y extienden por el mundo entero la pornografía. Pueblos cristianos son los clientes, casi exclusivos, de las drogas narcóticas. Pueblos cristianos son los que, a lo largo de los años, han convertido la guerra en el más criminal y más lucrativo de los negocios del orbe3. La practicamos entre nosotros y se la imponemos a los que no nos han hecho nada.

Ese es el gran escándalo que, durante siglos, los «cristianos» venimos dando a los pueblos «no cristianos». Y por eso nos odian. Y por eso ni los chinos, ni los indios, ni los árabes, ni los pueblos negros de África, paganos en su inmensa mayoría, quieren oír el mensaje evangélico que algunos cristianos queremos predicarles. Más de dos mil millones de personas no quieren oír hablar de Cristo, porque los cristianos, con nuestros sistemas criminales y nuestras vidas concretas, hemos desacreditado nuestra doctrina. ¿Con qué desfachatez les vamos a predicar después de haberles robado, de haberlos golpeado, de haberlos «colonizado», de haberlos hecho unos esclavos de nuestra economía? ¡Qué bien nos podría repetir san Pablo: «El nombre de Cristo es blasfemado por vuestra causa»!

Este pueblo de Dios, extendido por toda la Tierra, no ha comprendido que había de ser el fermento de santidad en las naciones en las que se halla inserto. No ha sabido reprimirse y ha aullado con los lobos, ha balado con los corderos, ha bendecido las armas de los césares, se ha aprovechado del «cochino dinero» fruto de las esclavitudes económicas y sociales, ha edificado teologías para justificar el acaparamiento de tierras y de bienes, ha divinizado la propiedad. Se ha puesto al mismo nivel ambiguo, por no decir más, de las «autoridades civiles y militares», satisfecho de llevar condecoraciones, galones y cintajos que le ataban cual cadenas a un mundo pervertido. Ha deseado los apoyos, fuente de privilegios pronto considerados como derechos. Ha inventado una pobreza que no es la de los pobres. Se ha servido del dinero para establecer un poder triunfalista. La lista de los adulterios del Pueblo de Dios se haría interminable.4

Este es el escándalo que, en grande, hemos dado los cristianos: lo mismo los protestantes, que los ortodoxos, que los católicos. Por eso no temo dar escándalo. El escándalo, en el mundo cristiano, es una institución; porque nuestras vidas, inconscientemente, al ser una grotesca caricatura del Evangelio, son un completo escándalo. Y si nunca nadie da la voz de alarma, corremos el peligro de seguir escandalizando al mundo y de seguir, aun de manera inconsciente, haciendo mofa, en nuestra vida diaria y en nuestras instituciones, del Evangelio. Yo quiero ayudar, con este modesto libro, a que despierten todos los que tienen que despertar, sobre todo aquellos que tienen más responsabilidad. Porque los pueblos «se pudren por la cabeza» y por eso hace falta hablarle claramente a la gente que la tiene «bien amueblada» para que sacudan su modorra. Porque se está haciendo tarde...

A algunos podrá parecerles que mis palabras contradicen a las promesas de Jesús de que estaría con nosotros hasta el fin de los tiempos. Pero hay que caer en la cuenta de que Jesús prometió esto de una manera general. No dijo que estaría con nosotros aquí o allá. No dijo que su Iglesia tiene que estar necesariamente en este país o en el otro. No dijo que su Iglesia había de tener necesariamente la estructura actual. Y, por otra parte, su Iglesia no es únicamente la jerarquía; su Iglesia es todo el Pueblo de Dios, somos todos. Y bien puede pasar que a buena parte de la jerarquía, como le sucedió a la hebraica, se le apague la lámpara entre las manos, sin que por ello salgan fallidas las palabras de Jesús. El Pueblo de Dios sostendrá entonces la lámpara, como tantas veces en la historia ha sucedido. Recordemos los cinco mil obispos que había en el norte de África en tiempos de san Agustín. Y recordemos los tres mil obispos que llegó a haber en Asia Menor. ¿Qué queda hoy de toda aquella Iglesia? Prácticamente nada. Uno de los últimos grandes templos católicos de África del Norte, la bella catedral de Cartago, fue regalada por Juan XXIII al Gobierno de Túnez ¡para hacer de ella un museo! Porque la Iglesia de Túnez se había convertido en eso, en un museo. Y yo creo firmemente que si la Iglesia, Pueblo de Dios, no despierta y aviva su luz y alumbra a las personas de este siglo, ya no acudirán a ella para alumbrar el camino de sus vidas.

Muchos buenos cristianos muy allegados al templo y muchos párrocos creen que la Iglesia todavía tiene fuerza, que la Iglesia todavía es oída. No caen en la cuenta de que siempre, alrededor del templo, hay un mundo artificial. En los países cristianos nunca falta gente para llenar un templo, siempre hay gente alrededor del párroco, y si este no es inteligente se formará la impresión de que el pueblo está a su alrededor. Pero la realidad es que en muchísimas parroquias del mundo el 80% de los católicos no acude al templo, no se interesa por la llamada «vida parroquial». Cuántos párrocos hay que creen que, porque lo dijo él en el pulpito el domingo, ya con eso se enteró todo el pueblo, y no caen en la cuenta de que con muchísima frecuencia las cosas que él dice en el púlpito no las oyen ni los que están en el templo.

La Iglesia local cada vez se convierte más en un gueto; únicamente los iniciados en este gueto saben lo que pasa allí, conocen las fiestas en la escuela parroquial, los cambios en el culto, etc. Pero en realidad la masa del pueblo vive ajena a todas estas cosas.

Una última cosa. No quisiera que este libro pudiera interpretarse como una rebelión contra la Iglesia. Jamás. Tengo un concepto claro de lo que es Iglesia. La Iglesia, fundamentalmente, es Cristo, rodeado de un pueblo que le sigue. No la identifico con los errores que pueda cometer este o el otro, aunque esté constituido en jerarquía. Yo soy parte de esa misma Iglesia.

Este libro es, sencillamente, un grito de dolor, nacido de mi amor a la Iglesia. Es un grito de angustia al ver que mi Madre la Iglesia duerme cuando el mundo más la necesita. Es una llamada anhelante a la Iglesia jerárquica para que no deje que se apague su luz.

Sí, es un grito de rebeldía contra ciertos elementos dañinos dentro de la Iglesia, un grito acusador contra todos los que abusan de su poder, un grito contra los perezosos que, por no pensar, por no cambiar, por no esforzarse, prefieren que las cosas sigan como van, aunque vayan mal. Es un grito contra todos los dormilones que descansan en su burguesía espiritual y material, y que serán doblemente culpables si, además de dormilones, son pastores. Es un grito de rebeldía contra los rutinarios y contra los tradicionalistas que defienden lo viejo aunque ya no sirva, contra los que defendieron el latín hasta última hora, cuando ya no lo entendía nadie, y que ahora siguen defendiendo otras cosas que ellos tienen también por sagradas y que son igualmente incomprensibles para el hombre de hoy. Un grito contra los que defienden aún vestimentas y ceremonias que ya no se sabe lo que significan; contra los que se oponen al uso del pan en la Eucaristía cuando lo que actualmente usamos es prácticamente un producto de confitería, contraviniendo arbitrariamente las palabras de Jesucristo. Es un grito de rebeldía contra los rigoristas que siguen enviando al infierno eterno a cualquiera que se descuide, impulsado por una humana pasión, de la cual, fundamentalmente, uno no es culpable, ya que vinimos al mundo con ellas.

Es un grito de rebeldía, en fin, contra todos aquellos que quieren hacer de la Iglesia una propiedad privada, una pieza de museo, una droga tranquilizante.

Sí, yo confieso que este es un libro adolorido ante tanta incomprensión como he encontrado a lo largo de los años —sobre todo por parte del clero y de la jerarquía— al querer sacar a la Iglesia de su letargo y hacer de ella algo vivo y algo encarnado en los seres humanos.

Ojalá que estas páginas logren más de lo que han logrado mis palabras.

1 Mt. 5, 13.

2Populorum progressio, carta encíclica del papa Pablo VI en 1967 (párrafo final de la primera parte).

3 Si el conflicto de Vietnam acabase repentinamente, supondría un desastre económico para miles de empresas de unas cuantas naciones.

4 F. Bertrand Duclos, O. F. M.: Los cristianos en la violencia.

Capítulo I

LA IGLESIA Y SU MENSAJE

Unas ligeras reflexiones para quienes todavía siguen identificando la Iglesia con el templo, con Roma, con el clero o con las leyes eclesiásticas. De manera inconsciente, la mayoría del pueblo cristiano sigue cometiendo este grave error.

Sin embargo, la Iglesia es, fundamentalmente, un pueblo penetrado de un espíritu. Un pueblo ordinariamente pobre, angustiado, que lucha por subsistir y que busca afanosamente el camino hacia Dios al ver que esta Tierra es, querámoslo o no, morada de paso. Un pueblo que, desde hace siglos, trata de penetrar en el terrible secreto del Más Allá. Un pueblo imbuido de un espíritu, el espíritu de Cristo, de las mil formas en que Cristo se hace presente. Un Cristo que es luz para la inteligencia, un Cristo que es fuerza para la voluntad, un Cristo que se hace presente en el amor hacia los demás, un Cristo que es Fe, Esperanza y Caridad, que nos da fortaleza para oponernos a las injusticias dondequiera que las veamos y que, al mismo tiempo, nos da espíritu de mansedumbre y de tolerancia para sobrellevar tantas cosas adversas como tenemos que encontrar en el mundo. Un Cristo, sobre todo, que difunde amor en todas las cosas, para todas las gentes y en todos los momentos.

Ese es el espíritu que tiene que penetrar a este pueblo para hacer de él el Pueblo de Dios, la Iglesia que Cristo quería. Repitamos, pues, que la Iglesia es, o tiene que ser, un pueblo cuya alma es Cristo.

¿Es esto lo que tienen en su mente la mayoría de las personas cristianas cuando hablan de la «Iglesia»? ¿Se dan cuenta de que ellos son esa Iglesia? ¿Se dan cuenta de que la Iglesia no es la Santa Sede, ni siquiera un grupo de obispos, sino que es todo el Pueblo de Dios obrando conforme al espíritu de Cristo que lo anima?

San Pablo nos habla del «depósito de la fe» en poder de la Iglesia. Hemos tomado demasiado al pie de la letra la comparación y tenemos en realidad «el agua que salta hasta la vida eterna»5 de que nos habló Jesús, guardada como en un depósito, sin permitir que se derrame sobre el mundo. Al lado de este recipiente lleno de la gracia que nos regaló Jesús está la arena seca del mundo esperando por esa agua de gracia que no le acaba de llegar, porque nosotros la guardamos demasiado. ¡Cuánto mejor sería que nosotros derramásemos esa agua sobre la sedienta arena del mundo! Veríamos cómo el agua iba desapareciendo. Pero ¿desaparecería en realidad? No; estaría allí oculta, empapando la arena y dándole capacidad germinal para que puedan, en su seno, desarrollarse las semillas. Hoy por hoy, el agua está en el depósito, conservándose a sí misma pero sin fecundar al mundo que está sediento de ella. Si la Iglesia se derramase sobre el mundo, si los cristianos empaparan con su mensaje vivido y predicado todas las estructuras de la sociedad, la Iglesia dejaría de tener aire triunfal que ahora tiene de gran institución, pero el mundo empezaría a dar los frutos que ahora no da, precisamente, porque está seco. Por desgracia, hoy hay muchas personas que no quieren que la Iglesia se derrame sobre el mundo y pierda ese aire triunfal, porque lo consideran de la esencia de ella, y hay mucha gente que se escandaliza al verla despojarse de esos prestigios y dignidades externas que tanto daño le hacen. Y sin embargo, esa Iglesia humilde al servicio de los seres humanos, sin estructuras externas a la vista y sin estar erguida como una institución rival de las otras instituciones de la sociedad, cada día más fuertes, será la única capaz de hacer penetrar eficazmente el mensaje en el seno del mundo. La otra, la externa, la de los grandes edificios, la que no se quiere «perder» en la arena y prefiere conservarse a sí misma pura y sin mezclar, no hará germinar semilla ninguna, como no hace germinar semilla ninguna el agua pura si no está mezclada con la tierra. Esa es, precisamente, la Iglesia que está hoy en un callejón sin salida.

Cuál es el mensaje

¿Cuál es, en definitiva, el mensaje fundamental que la Iglesia tiene para presentarle a la humanidad? El mensaje es muy sencillo y, al mismo tiempo, de una trascendencia enorme. Pero sucede con él lo mismo que con esas imágenes de los retablos barrocos: que es tal la ornamentación del retablo, es tal la abundancia de columnas salomónicas, de angelitos músicos, de símbolos bíblicos y de fronda vegetal, que a duras penas puede uno ver cuál es la imagen. Es tal el barroquismo de nuestro dogma que a duras penas podemos distinguir lo esencial de lo accidental, y, con frecuencia, en vez de venerar la imagen, estamos venerando una columna retorcida con formas humanas, pensando que veneramos la imagen. En la mente de muchísimos cristianos igual importancia tienen la devoción a María, el infierno, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, el purgatorio, la Santísima Trinidad o el poder del agua bendita. El primer error es atribuirles igual importancia; el segundo, creer que cualquiera de estas creencias es primaria o fundamental en el mensaje de la Iglesia.

El mensaje fundamental que la Iglesia tiene para decirle a la humanidad entera es que el Creador que hizo la Tierra con todas sus maravillas y con todos sus misterios, el Creador que hizo el cosmos con toda su infinidad, ese mismo Creador, por Su Voluntad, es padre nuestro, y al serlo es la solución al primer gran problema que toda persona tiene en el fondo de su corazón: el misterio de su existencia, el misterio del Más Allá, la orfandad que en lo profundo de su alma siente todo ser humano al pensar en su vida después de la muerte. Ese Padre quiere tener con nosotros verdaderas relaciones de padre a hijo. Y esto doblemente, primero porque nos creó con amor de padre, y segundo, porque nos envió a su Hijo para que fuese hermano nuestro. De ahí se deriva de inmediato otra enorme verdad: que todos los seres humanos somos hermanos y que, por tanto, el amor tiene que ser la única gran ley universal de la cual se deriven todas las demás leyes.

Pero la Iglesia hace siglos que tiene este gran mensaje envuelto en una paja religiosa de mini dogmas y preceptos que le quitan por completo su brillo y lo desacreditan ante las mentes de la humanidad.

A los que ya estamos dentro, la Iglesia tiene muchas otras cosas íntimas y profundas que decirnos, pero para el mundo, para la inmensa mayoría de los seres humanos que pueblan la Tierra, este es el primer gran mensaje que hay que darle, y para muchos, el único mensaje. Mientras no lo admitan, es inútil querer hablarles de otras cosas más íntimas. Y la dificultad está en que se lo presentamos todo mezclado y confundido. Empezamos queriéndolos llevar a misa —ese es casi el único método pastoral en los pueblos cristianos, pero ya descristianizados—, en vez de enseñarles que Dios es nuestro Padre. En lugar de ensancharles a los pueblos del mundo el corazón con tan increíble realidad, nos hemos empeñado hasta ahora en romanizarlos, en hacerles creer por ejemplo en el fuego del purgatorio y en acomplejarlos con el temor de que, si se rebelaban contra el pescado algún viernes, podían perderse eternamente. Si la Iglesia le hubiese dicho a la humanidad entera únicamente la gran verdad de que Dios nos ama como a hijos y que lo fundamental que Él exige de nosotros es el amor filial y fraterno, aunque no le hubiese dicho nada más, ya hubiese cumplido, en gran parte, con la labor profética que Dios le asignó en este mundo. Pero, hoy día, para la inmensa mayoría de la humanidad somos un grupo de fanáticos intransigentes que a duras penas empezamos a abrirnos a los demás. Y, sin embargo, el espíritu de Cristo que anida en el laicado, en el clero y en la jerarquía, sigue luchando por abrirse paso, por hacerse oír. Y se da el caso curioso de un Teilhard de Chardin que, mientras sigue siendo objeto de escándalo para muchos de los importantes en la Iglesia, está haciendo que el mensaje sea una respuesta para muchos espíritus, está atrayendo a las mentes más avanzadas, está haciéndoles «simpática» la faz de la Iglesia a muchos científicos que hace muchos años se habían alejado de ella por no estar de acuerdo con su barroquismo, con su medievalismo y con su enajenamiento de los verdaderos problemas de la humanidad.

Urge que la Iglesia purifique sus dogmas de toda la hojarasca que se le ha ido añadiendo a lo largo de los siglos. Urge que les sacuda el polvo de dos milenios. Urge dar brillo a los verdaderos dogmas. Y urge relegar a meras creencias cosas que hoy tenemos en el pedestal de dogmas.

Reinterpretación del evangelio

Creo que una de las tareas más importantes que hay que realizar hoy en la Iglesia es una fundamental exégesis de los Evangelios. Lo primero de todo, habrá que hacer una buena traducción de ellos, acomodada a nuestro tiempo y a nuestro lenguaje; el pueblo no comprende hoy muchas cosas de los Evangelios tal como están expresadas en ellos. Después habrá que ver qué quiso Cristo decir y qué añadieron por su cuenta los apóstoles para acomodar las enseñanzas de Cristo a su tiempo, y que nosotros hoy, erróneamente, creemos que pertenecen a la esencia del mensaje. Habrá que ver cuál es la recta interpretación de frases que, hoy día, tal como están enunciadas en los Evangelios, ya se nos hace muy difícil de admitir. Tómese, por ejemplo, la frase: «El que creyere y se bautizare, se salvará; el que no creyere, se condenará»6. ¿Qué quiso decir realmente Cristo? Porque tal como está enunciado, no podemos admitirlo hoy. Si una persona, con su mejor voluntad, oye el mensaje que la Iglesia tiene que decirle —y mucho peor si está mezclado con su buena dosis de adulteración—, y honradamente pensando, cree que no puede admitirlo, ¿será por ello enviada al fuego del infierno, a un fuego eterno? ¿Es eso lo que significa condenarse? ¿Qué es lo que Cristo realmente quería decir cuando decía: «El que creyere...»? ¿Y qué es lo que hay que creer? ¿Todo lo que nos enseñen? Y aunque así fuere, si una persona, después de meditar concienzudamente, de investigar, de orar, realmente no llega a convencerse, ¿será por eso condenada? ¿No iría esto contra la esencia misma de la racionalidad humana? ¿No iría contra la idea básica del decreto del concilio Vaticano sobre la libertad de conciencia? ¿No iría contra el gran dogma de la paternidad divina? ¿Qué padre, en este mundo, haría semejante cosa? «Si vosotros —como dijo Jesús— siendo malos, les dais cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre que está en el cielo...»7.

Permítaseme citar aquí a Adolfs, quien proyecta nueva luz sobre el mismo tema que estamos tratando:

... el anuncio del mensaje ya no es adecuado. Esta es la conclusión a que han llegado tres importantes teólogos, cada uno por camino distinto. Y cada uno ha intentado, además, ofrecer una solución. Pero es dudoso que hayan llegado a la médula del problema. ¿No es el anuncio del Evangelio la misión específica y primaria de la Iglesia? ¿No será el carácter conservador de las instituciones eclesiásticas el motivo por el cual la predicación (y la teología) se ha vuelto ininteligible en el mundo moderno y secular? Lo que surge una y otra vez de los trabajos de los teólogos que hemos venido discutiendo (Bultmann, Tillich y Van Burén) es que la Iglesia no debería, en nombre de la ortodoxia, continuar presentando lisa y llanamente sus viejas y tradicionales enseñanzas, sino que, consciente de su misión, como de algo que debe aplicarse a todas las edades en continuidad y discontinuidad con el pasado, debería reinterpretar el mensaje cristiano para cada nueva generación...

La predicación y la promulgación del Evangelio constituyen una enorme tarea para la Iglesia y exigen, constantemente, que recurra al límite de sus fuerzas. Pero hasta el presente, la Iglesia siempre se ha considerado a sí misma un «depósito de la fe» al que consideraba como una especie de tesoro que había que guardar en la caja fuerte y que había que custodiar cuidadosamente, con el resultado de que su enseñanza adquirió un carácter trans histórico y absoluto, y que el Evangelio terminó por interpretarse en modo tal que resultó asociado a un período ya superado de la historia. La enseñanza de la Iglesia marcha a destiempo con la edad moderna porque la forma misma de la Iglesia es una supervivencia de épocas pasadas.8

La encíclica humanae vitae

Leemos en los documentos del concilio Vaticano II: «Cristo, profeta grande, cumple su misión profética, no solo a través de la jerarquía, sino también por medio de los laicos a quienes; por ello, constituye en testigos y les ilumina en el sentido de la fe y la gracia de la palabra, para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social»9. Por eso, ¿no hay algo de pecado contra la Iglesia en la encíclica papal Humanae vitae, donde tajantemente se prohíben los medios «artificiales» anticonceptivos, cuando sabemos perfectamente que el Pueblo de Dios anhelaba un cambio, y aún sigue anhelándolo, en esta disciplina?

Documentos solemnes de la jerarquía y, en particular, de la Santa Sede, sobre todo cuando se trata de asuntos que, aunque tengan su implicación religiosa, no se refieren directamente ni se derivan del mensaje fundamental de la Iglesia, son los que confunden la mente del pueblo, ya que al ver este que también se exige para ellos obediencia, comienzan a no saber qué es lo principal y qué es lo secundario en las cosas que la Iglesia enseña.

Reflexionemos un poco sobre la encíclica Humanae vitae, que, aunque de forma directa no viene al caso en este capítulo, sin embargo, por ser este documento presentado por el magisterio como algo importante dentro de la Iglesia y por ser esto mismo causa de gran confusión en las mentes de miles de católicos, se convierte en el caso típico que veníamos tratando. Permítame el lector extenderme un poco acerca de él, y antes que nada explicar por qué me atrevo a no estar de acuerdo con la encíclica.

La Iglesia no es una sociedad fundada hace unos pocos años; tiene dos mil, y por ello posee una historia que es para nosotros de gran ayuda para llegar a comprender su esencia. Es una verdadera lástima que los cristianos no conozcan mejor la historia de su Iglesia, pues con ello se evitarían muchos errores en la comprensión y concepción de nuestra Iglesia actual. En las páginas de la historia de la Iglesia, mezcladas con terribles equivocaciones, abusos y herejías, encontrarían innumerables hechos maravillosos, manifestación clara del espíritu de Dios viviendo entre los seres humanos, que les darían más comprensión y amor hacia esta Madre Iglesia a la que pertenecen. Guiados por esta historia, reflexionaremos un poco sobre el papel que, a lo largo de los siglos, ha tenido la autoridad jerárquica y en particular el sumo pontífice.

Está fuera de toda duda que una encíclica no es infalible. Así lo han demostrado fehacientemente muchas encíclicas a lo largo de la historia. En ellas se han defendido verdades relativas, aceptables en una determinada época de la historia, pero que con el correr de los años se han hecho inadmisibles. El papa, según se nos enseña, es únicamente infalible cuando habla ex cátedra, como pastor supremo, queriendo imponer la fe a todo el Pueblo de Dios y únicamente en materia de fe y costumbres. (Cuál es esta materia de fe, y sobre todo, qué se entiende por «costumbres», es otro problema muy complicado que nos llevaría demasiado lejos. Pero la infalibilidad pontificia en lo que se refiera a «costumbres» es tan limitada que a duras penas encontrará asidero para poderla aplicar). En los últimos siglos, la Iglesia, a través de los sumos pontífices, ha hablado en poquísimas y muy solemnes ocasiones de manera infalible.