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Antonio Pavía se dispone en este libro a analizar cuidadosamente qué significa y qué supone realmente ser un discípulo amado de Jesucristo. Toma como punto de partida la escena en la que el Señor, antes de expirar en la cruz, les dirige unas palabras a Juan y a María, que permanecieron a su lado en este trance, puesto que debemos ser capaces de acompañar al Maestro hasta el Calvario para poder asumir de manera plena su Evangelio.
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Seitenzahl: 222
Veröffentlichungsjahr: 2022
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«Porque os hago saber, hermanos, que
el Evangelio anunciado por mí
no es de orden humano, pues yo no lo recibí
ni aprendí de hombre alguno, sino
por revelación de Jesucristo».
Gál 1,11-12
Gracias sean dadas a Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
único autor y creador de este libro,
y gracias también a la
Comunidad Bíblica
«María Madre de los Apóstoles»,
en cuyas entrañas Él depositó
con amor estas palabras.
Prólogo
Las cosas de Dios y mis cosas
«Ahí tienes a tu madre», dijo el Hijo de Dios clavado en la cruz al discípulo amado, señalando a esa mujer que, agarrada al madero, conoció el desfallecimiento más desolador que puede sufrir un ser humano. Estamos hablando de la propia Madre de Jesús que, al pie de la cruz y en comunión con los sufrimientos de su hijo, también Hijo de Dios, recibió el título de Madre de todos los discípulos amados de Jesús, de su Iglesia.
Ambos, María y el discípulo amado, están juntos al pie de la cruz en el Calvario. Creo que es bueno recalcar que sin la fuerza de María, el discípulo amado no habría podido llegar hasta el Crucificado. No fue Juan quien fortaleció a María para subir hasta el Calvario, sino al contrario: fue ella, anticipándose al título de Madre de la Iglesia, recibido –como hemos visto– por Jesús agonizante, quien dio fuerzas a este hombre que un día dijo «aquí estoy» a la llamada que años atrás le hizo Jesús para ser su discípulo.
Escriben los Padres de la Iglesia que Juan no dice explícitamente que sea él el discípulo amado que planta su tienda/existencia al pie de la cruz (aunque se sobreentiende sin el menor asomo de duda) para hacernos ver a todos los que recibimos la llamada a seguir a Jesús, que sigue resonando en su Evangelio a lo largo de la historia, que aquellos que llegan hasta el Crucificado a pesar de todo un cúmulo de infidelidades y negligencias se hacen acreedores del mismo título recibido por Juan: ¡discípulos amados!
Es un título que resuena en el corazón, resuena desde el Evangelio acogido en nuestras entrañas; es como si los labios del Crucificado y Resucitado se volvieran a abrir para pronunciar el nombre de los que hasta allí peregrinaron. Todos y cada uno de ellos oyen con los oídos de su alma las palabras por las cuales valió la pena venir a la existencia y haberla puesto en las manos del Hijo de Dios: ¡tú eres mi discípulo amado! He ahí el Título de todos los títulos.
Fijemos nuestra atención en María de Nazaret, la discípula amada del Padre que, como señalé anteriormente, alentó y sostuvo a Juan hasta llegar junto al Crucificado, aquel ante –como profetizó Isaías– hay que desviar la mirada porque su rostro ensangrentado es despreciable (Is 53,3). La figura de María, la mujer fuerte por excelencia, es para Juan y para todos nosotros como la nube que protegió y sostuvo a Israel en su «caminar suicida» por el desierto hasta alcanzar la tierra prometida.
Echemos una mirada a María antes de recibir la llamada para ser la Madre del Hijo de Dios. Como todas las personas del mundo, también ella ha programado su futuro; sus objetivos son bastante claros y definidos. Su relación exquisita y profunda con Dios está fuera de toda duda, y desde esta relación proyecta su vida, que la espiritualidad bíblica definiría como: «sus cosas».
Está ya desposada con José, hombre justo y leal, de quien podemos decir que, igual que Simeón y tantos hombres y mujeres rectos del pueblo elegido, «esperaba la consolación de Israel» (Lc 2,25). Esperar la consolación de Israel se entendía entonces como esperar la venida del Mesías.
Así pues, José y María tienen sus cosas –proyectos de vida– perfectamente establecidas; y sobre todo honestamente encajadas con Dios. El problema, por llamarlo de alguna manera, es que cuando Dios pone sus ojos en alguien para una misión concreta, se acerca a él con otro proyecto bajo el brazo, con otras cosas, las suyas, que sobrepasan totalmente las que con tanto esmero e incluso rectitud este alguien había asentado en su corazón.
Nos situamos como espectadores en la escena indescriptible de la visita del ángel Gabriel a María, la cual también podríamos considerar como el recibimiento del ángel por parte de María con su corazón abierto de par en par. Es un encuentro que rompe todos los esquemas habidos y por haber. María recibe la propuesta de Dios de ser la Madre del Mesías, su Hijo; de entrada María ya sabe que tiene que aparcar las cosas personales, los proyectos que con José había diseñado con bastante precisión y en los que sin duda Dios jugaba un papel preponderante.
En estas, aparece Dios con sus cosas. Ya no se trata de esquivar su propuesta, la cuestión es que no hay cómo llevarla a cabo. No estamos hablando de incapacidad en cuanto a ser idóneo o no, como en el caso de tantos profetas del pueblo elegido que, mirándose a sí mismos, se sabían incapaces de cumplir la misión que Dios les confiaba. En el caso de María, estamos hablando de absoluta imposibilidad: ¿cómo va a ser posible que un ser humano pueda dar a luz al Hijo de Dios?
El ángel Gabriel se hace cargo, cómo no, de la situación. Sin embargo, no echa ningún discurso a María, no apela a que sea disponible, generosa, ni nada parecido; la invita simplemente a poner sus cosas debajo de las cosas de Dios con esta proclamación solemne: «Porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37). Fijemos nuestra atención: el ángel emplea la palabra «cosa» dándole primacía sobre todas las demás cosas que José y María habían proyectado; ambos habían proyectado lo posible, Dios lo imposible. De eso se trata, de dejar a Dios que haga sus cosas en ella.
Hacer nuestras cosas-proyectos generalmente está a nuestro alcance, sobre todo si nos preparamos bien para ello. Hacer las cosas de Dios, las que Él tiene previstas para nosotros, no está a nuestro alcance. En nuestras manos está solamente dejar a Dios las manos libres para hacerlas. Así lo entendió, y perfectamente, María, por lo que sin prometer nada ni a nada comprometerse, se limitó a decirle a Dios: ¡Haz! Haz en mí el imposible que me propones, haz tu Palabra en mi seno. Así fue como respondió al ángel. Y Dios lo oyó y lo hizo.
Fue esta disposición invariable a lo largo de toda su vida, disposición que implicó llevar sobre su cuerpo y su alma el continuo y despreciable rechazo del pueblo elegido hacia su Hijo, lo que engendró en ella la fuerza y la sabiduría que la condujeron y llevaron hasta el Calvario. Una vez que llegó al pie de la cruz –lo veremos con amplitud a lo largo del libro– con el alma atravesada por una espada, como le profetizó el anciano Simeón (Lc 2,35), fue cuando las cosas de Dios, que había acogido en detrimento de las suyas propias, alcanzaron su plenitud. Hablamos del desbordamiento de su maternidad, el ser Madre del Hijo de Dios fue el punto de partida para llegar a ser Madre de la Iglesia, de todos los discípulos amados de Jesús que iluminan y dan sabor al mundo de generación en generación (Mt 5,13-14).
Nos acercamos a Pablo, pues es un discípulo de Jesús altamente representativo en lo que respecta al ámbito existencial que supone dejar de lado las propias cosas concienzudamente acariciadas, sopesadas y prácticamente alcanzadas, para dar lugar a las cosas de Dios. Nos introducimos en el corazón de este apóstol tan vehemente como apasionado en todo, incluso en sus errores y desviaciones antes de ser alcanzado por el Señor Jesús como él mismo testifica (Flp 3,12).
Entramos en el corazón de Pablo partiendo de lo más valioso que en él alberga: sus cosas, esas de las que se sentía más que orgulloso, tanto que casi podía decir que no podía pedir más de la vida, y ni siquiera... de Dios. ¡Tan engañado estaba! Hablaremos un poco por encima de esto, pues lo veremos más adelante. Ahora nos limitamos a enumerar alguno de sus logros, cosas de las que tan orgulloso se siente.
Tenemos motivos serios para creer que en su juventud soñó y proyectó llegar a ser alguien importante en el círculo socio-religioso de Jerusalén, y lo consiguió. Fue educado en el conocimiento de las Escrituras por uno de los rabinos más famosos de su tiempo: Gamaliel. Ha llegado a formar parte del prestigioso círculo de los fariseos. Intachable, como él mismo nos dice, en el cumplimiento de la Ley. En lo que respecta al prestigio social, ostenta algo que era de inmenso valor en su tiempo: la ciudadanía romana. En fin, todo un cúmulo de credenciales, una más brillante que otra, que le ofuscan tanto que le hacen incapaz de distinguir entre el bien y el mal, llegando incluso a ver como algo normal el participar en el apedreamiento de Esteban, aunque fuese simplemente guardando los mantos de quienes le arrojaban piedras (He 22,20).
A esto añadimos que era un hombre de confianza del sumo sacerdote, quien le confió la misión de inspeccionar la sinagoga de Damasco con el fin de descubrir si algún judío se había hecho discípulo de Jesús, para hacerle prisionero y llevarlo a Jerusalén. A este respecto, tengamos en cuenta que las autoridades romanas dieron esta potestad al sumo sacerdote sobre los miembros de las comunidades judías, incluso fuera de Palestina como eran las de Damasco.
Justamente yendo a esta ciudad y con esta finalidad, fue cuando Jesús le salió al encuentro. No entramos en su proceso de conversión, pero sí en el testimonio público que nos da a modo de confesión en el capítulo tercero en su Carta a los filipenses. Una vez enumeradas sus cosas y proyectos ya realizados, nos hace saber con inmensa alegría que dejó de lado las baratijas de sus cosas, a las que llega a llamar «basura» al compararlas con haber conocido a Jesús. Especifica que este conocimiento es sublime, y se nos antoja de una ternura entrañable cuando orgullosamente nos dice que fue por él, por Jesús, por quien perdió todas sus cosas: «Y más aún: Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,8).
Paso a paso
La garantía de la culminación de aquellos llamados por el Señor Jesús a ser sus discípulos y recibir el título de amados al pie de la cruz estriba no tanto en renuncias y generosidades –veamos en el texto anterior que Pablo no alude a nada de eso–, sino en considerar el verdadero valor que significa el título de discípulo amado. Y no tanto porque sea una distinción deslumbrante –recordemos las barbaridades que hizo Pablo al dejarse deslumbrar por sus cosas–, sino porque forma parte de esos bienes incorruptibles e inagotables propios de Dios que no están al alcance de los ladrones ni de las polillas... «Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,33-34).
En realidad Pablo, al confesar que sus cosas pesan bastante poco al lado de las cosas de Dios, está recogiendo la savia más profunda que encierran las Palabras salidas de la boca del Hijo de Dios, como por ejemplo: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8,35-36). Desde el punto de vista catequético, podríamos traducir este texto en esta dirección: el que quiera salvar sus cosas, las perderá; pero el que las deje de lado para hacerse con las cosas de Dios, escondidas en el Evangelio, las ganará. En ellas está la Vida.
Antes de continuar en esta terminología de «las cosas de Dios y nuestras cosas», y para que no parezca que estamos estirando de forma desorbitada la catequesis que se desprende de ella, creo pertinente hacer constar lo que dice el autor del libro de la Sabiduría acerca de las cosas santas, sagradas, de Dios: «Los que guarden santamente las cosas santas serán reconocidos santos, y los que se dejan instruir en ellas, encontrarán defensa. Desead, pues, mis palabras; ansiadlas, que ellas os instruirán» (Sab 6,10-11).
En este sentido podemos entender con mayor profundidad esta alabanza que Jesús dirige a su Padre: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues así te ha parecido bien» (Lc 10,21). Alabanza parecida vemos que dirige a Pedro al constatar que su Padre le reveló que él era su Hijo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17).
Jesús puntualiza que «esto» le ha sido revelado por su Padre. Expresión que ubicamos en la misma línea de «estas cosas» que vimos anteriormente y que se cierra con este broche de oro: «Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron”» (Lc 10,23-24).
Jesús habla de una revelación progresiva que trasciende la carne y la sangre, es decir, nuestra mente, que no es desechada sino enriquecida desde esta acción de Dios. Él es quien hace posible que nuestros ojos vean y nuestros oídos oigan su Misterio en una dimensión que nadie en el Antiguo Testamento pudo alcanzar. A medida que va creciendo la revelación de Dios en los discípulos de su Hijo, sus pasos, aún tambaleantes, se encaminan hacia el Calvario, saben que allí tienen reservado su lugar santo; caminan hacia él de gracia en gracia, como diría Juan (Jn 1,16); de victoria en victoria, como proclama Pablo (2Cor 2,14).
Caminamos victoriosos, lo que no implica ser inmunes a caídas ni tampoco a negaciones como las de Pedro. Es mucho mejor caer en el camino que nos lleva al Hijo de Dios en el Calvario, que no caer –aparentemente– en el camino que no nos lleva a ninguna parte, ya que son solamente vueltas y vueltas alrededor del círculo de nuestro ego, camino en el que al final uno se queda solo y desamparado.
El que ha decidido en su corazón perder sus cosas, a las que tanto tiempo dedicó, por las cosas de Dios, que también ha dedicado su tiempo en ti y no poco, termina –como he dicho antes– por encontrar su razón de ser al pie del Crucificado. Al plantar sus pies, su tienda, en el lugar santo, se le ilumina intensamente lo que fue vislumbrando a lo largo de su caminar; que ese lugar es su medida, la medida infinita que se acopla perfectamente a la infinitud que lleva dentro de sí; al pie del Calvario ve con sus propios ojos que Dios no ha sido parco en colmar sus ambiciones de gloria a la que todo ser humano que se precie debe aspirar. Sí, debemos aspirar a ser partícipes de la gloria del Señor Jesús, como testifica el apóstol Pedro (1Pe 5,1).
Allí, con sus ojos fijos en el Crucificado, envuelto y arropado por la fortaleza inaudita de la Madre de Dios y también de la suya, el discípulo abre los oídos de su alma, como diría san Agustín, y escucha palabras que emanan de la Palabra Crucificada: «¡Tú eres mi discípulo amado!». Y a raíz del título recibido, percibe que el Crucificado le sigue diciendo: «Intuiste dónde estaba la Vida, te fascinó, la buscaste, te pusiste en camino y la encontraste; hiciste de mi Evangelio no un simple libro espiritual, sino el Manantial del Dios vivo dentro de ti; fue el Evangelio quien te trajo no hasta el Calvario sin más, sino hasta mí».
Atrás quedaron las noches de dudas y tinieblas, los miedos a haberte embarcado hacia lo desconocido, a poner tu vida en manos de una utopía. Atrás quedaron también las lágrimas furtivas causadas por todos aquellos que te llamaron irresponsable y soñador, como a José (Gén 37,18-20). El discípulo que se sabe amado así por su Señor, sabe que está ante el vencedor de la muerte a pesar de que los clavos le retienen en la madera. Su asombro, en continuo crecimiento, desborda completamente su frágil corazón al tener conciencia de que puede apropiarse de la proclamación victoriosa que hizo Pablo de sí mismo en el atardecer de su vida: «El momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en mi carrera, he mantenido la fe» (2Tim 4,6-7).
Podemos considerar la fuerza, incluso el esplendor que emana de esta confesión de Pablo, el haber mantenido la fe, a la luz de esta exhortación de Jesús, su Señor: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,31-32). En efecto, absolutamente libres de toda la ambición y la pretensión que nacen de nuestras cosas, para alcanzar las ambiciones y pretensiones que Dios Padre tiene sobre nosotros que llegamos al pie de la cruz y recibimos el Título de todos los títulos: «discípulo amado de nuestro Señor».
I
Todo está cumplido
Empezamos el primer capítulo de este libro situándonos en el Calvario en el lugar de Juan, con nuestros ojos vueltos hacia el Hijo de Dios levantado en la cruz y escuchando sus últimas palabras antes de entregarse al poder de la muerte: «¡Todo está cumplido!» (Jn 19,30). La entrega ha sido total, la muerte acaricia su triunfo, digamos temporalmente, pues aunque tiene poder sobre el Crucificado, no lo tiene sobre la Vida, y el Crucificado es la Vida (Jn 14,6). Jesús al dejarse crucificar llevaba escrito en su corazón la profecía del salmista de que su Padre no abandonaría su alma en el abismo de la muerte (Sal 16,10-11); sabía que esas palabras habrían de cumplirse en él primeramente, y también en todos aquellos a quienes alcanzara su redención, es decir, su rescate de la muerte.
El «todo está cumplido» de Jesús antes de morir, o como puntualiza Juan, antes de entregar su espíritu, no tiene ninguna connotación moral aunque se presuponga; va mucho más allá. Jesús está proclamando que la misión que su Padre le había encomendado en el mundo ha sido coronada con el mayor de los éxitos; al dejarse aprisionar por la muerte nos libró a todos de su espectro. De hecho, nosotros nos consideramos simples mortales, cuando en realidad se nos ha dado a través del Hijo de Dios el poder sobre nuestra mortalidad.
«Todo está cumplido», proclama victoriosamente Jesús, eso escuchamos todos los Viernes Santos. Ya el día anterior, en la catequesis que impartió a sus discípulos –al mundo entero– a lo largo de la Última Cena, Jesús había anticipado y proclamado su victoria al dirigir su plegaria al Padre en estos términos: «Te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4).
La entrega de Jesús va infinitamente más allá de un simple heroísmo. No es un punto y final, como el de tantos hombres que entregaron su vida a causas justas, sino que es como una llave que abre las puertas de la Vida. Esto no es algo que intuyamos, lo sabemos a la luz de lo que Jesús proclamó a continuación de lo que hemos oído anteriormente: «Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo fuese» (Jn 17,5).
«Todo está cumplido», proclama Jesús. Y el discípulo amado que solo tiene ojos, oídos y corazón para él, comprende, en lo que podríamos llamar un instante eterno, el alfa y la omega de su llamada, y también su camino como discípulo. El alfa que se identifica con la llamada que recibió de Jesús: ¡Ven conmigo! Y la omega, es decir, el broche, se asemeja en todo al de su Señor y Maestro: ¡Todo está cumplido, glorifícame junto a ti!
El «todo está cumplido» del Hijo de Dios en la cruz tiene un doble destinatario: los oídos de su Padre y los nuestros; y digo los nuestros porque el lugar que Juan ocupó al pie de la cruz lleva dos mil años a disposición de todo aquel que quiera hacerlo suyo. Jesús subió al Calvario y se entregó a la muerte para que todo hombre pudiese encontrar a lo largo de su caminar en su búsqueda de Dios ese lugar, en otro tiempo ocupado por Juan, que está reservado para él, ya que es ahí donde recibe el título de todos los títulos: discípulo amado.
Creo que los lectores de este libro saben que no es nada nuevo; ya desde las primeras generaciones cristianas los Padres de la Iglesia decían a los que querían llegar a ser discípulos de Jesús que Juan nunca escribió expresamente que él fuese el discípulo amado para hacernos saber que todo buscador de Dios está llamado a serlo; eso sí, al pie de la cruz como él.
Hablando de las primeras generaciones de cristianos, podemos fijar nuestra atención en el apóstol Pablo. Recogemos su confesión a los presbíteros de Éfeso, en la que testifica que lo que realmente le importa, a estas alturas de su vida y en cuanto discípulo de Jesús, es poder confesar su particular «todo está cumplido», igual que su Maestro: «Yo no considero mi vida digna de estima, con tal de que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios» (He 20,24).
No hemos de considerar esta conmovedora confesión del apóstol como una especie de broche de oro para deslumbrar a los que le escuchaban. Era una fuente interior que emanaba de su inmenso e incondicional amor a Jesús, el Hijo de Dios y Señor suyo. De hecho, en el atardecer de su vida, presintiendo cercana ya su muerte martirial, proclama anticipadamente su victoria por haber apostado por la Vida: «He combatido el noble combate, he terminado la carrera, he mantenido la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia que el Señor, Juez justo, me dará en aquel día» (2Tim 4,7-8).
Discípulo amado de Jesús no se nace sino que se hace, o mejor dicho, es un dejarse hacer, dado que es una creación del Hijo de Dios partiendo de sus palabras que son de por sí creadoras. No damos en absoluto preeminencia a unas palabras sobre otras en lo que al Evangelio se refiere; pero sí nos parece conveniente señalar estas que Jesús hizo resonar con especial solemnidad en la Última Cena, a raíz de que Tomás manifestase su absoluto desconocimiento de adónde dirigía sus pasos, un desconocimiento que afectaba a todos los que estaban con Jesús en la mesa. Entonces él les dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,6).
El mismo Jesús, que está a punto de atravesar el umbral que le lleva al Padre, es quien se nos ofrece a todos como Camino, Verdad y Vida, por el que, atravesando su mismo umbral, podamos encontrarnos un día en los brazos del Padre. Caminamos entre luces y sombras, auroras y densas tinieblas, alegrías y pesares, confianza y dudas insidiosas; pero no es un caminar en el que tengamos que valernos por nosotros mismos.
En el camino, el torrente
Nuestros pasos se afirman en la medida en que bebemos de la fuente de Vida que brota del costado abierto del Crucificado, torrente que había sido anunciado y profetizado en el Antiguo Testamento; torrente que Dios pone a disposición de todos aquellos que dirigen sus pasos hacia él: «En su camino beberá del torrente, por eso levantará la cabeza» (Sal 110,7). Fijémonos en esta puntualización. Ya el hecho de beber del torrente nos da la garantía de que somos vencedores, victoria que está simbolizada por el hecho de caminar con la cabeza levantada.
Cuando un soldado, también al pie de la cruz, atravesó con su lanza el costado del Hijo de Dios, jamás imaginó la infinita trascendencia de su violenta acción. Al abrir el costado del Señor se pusieron a nuestra disposición las infinitas riquezas que albergaba en su seno: su amor al Padre y a la humanidad entera, la infinita belleza de la gracia que fluye de la palabra del Padre guardada en sus entrañas (Jn 8,55b). El mal y su mentor Satanás fueron engañados y burlados por el Hijo de Dios que, obediente hasta la muerte y muerte de cruz, decidió ubicarse como blanco perfecto del odio del mundo; al dejarse perforar por él puso en evidencia su derrota y fracaso. Ríos de gracia y sabiduría brotaron impetuosos del costado abierto del Señor a disposición de todos aquellos que encontraron su lugar junto a él, el lugar –como ya hemos dicho– de Juan, el discípulo amado; y que está siempre libre para todo aquel que quiera hacerlo suyo.
Es el lugar de los vencedores, los eternos, en contraposición a aquellos que se consideran triunfadores hoy, pero que tanto el tiempo como los que vienen empujando por detrás, desplazan inmisericordemente. Como mucho, se les recuerda a nivel conmemorativo; sin embargo, los eternos según Dios están siempre vivos. Para poner un ejemplo de nuestros días fijémonos en santa Teresa de Calcuta, ya no está físicamente entre nosotros pero sí vive entre nosotros.
Paradójicamente, el mal, al mover el brazo del soldado y atravesar el costado del Hijo de Dios, abrió para los discípulos amados de todos los tiempos el tesoro de la plenitud de Dios, quien nos hace partícipes del radiante esplendor de su sabiduría, de la que provienen todos los bienes, como señala el Antiguo Testamento: «Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos. Y yo me regocijé con todos estos bienes porque la sabiduría los trae» (Sab 7,11-12).
En este contexto nos conviene saber lo que el Espíritu Santo inspiró a san Buenaventura acerca de la Vida que mana del costado abierto de Jesucristo, el Señor: «Para que del costado de Cristo, dormido en la cruz, se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice mirarán al que atravesaron, uno de los soldados le hirió con una lanza y le abrió el costado... Aplica a ella –la herida– tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador». Del libro El árbol de la Vida.
