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El eco de los libros antiguos E-Book

Barbara Davis

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Beschreibung

Dos misteriosos libros y un amor infeliz. ¿Te atreverás a leer y reescribir tu propia historia? Cuando Ashlyn, una librera enamorada de los libros antiguos, descubre un par de hermosísimos volúmenes que parecen no haberse publicado nunca, su fabuloso hallazgo se convierte enseguida en una obsesión. Cada uno de ellos contiene una asombrosa acusación, y sus autores, Hemi y Belle, narran lados opuestos de un trágico romance. Decidida a descubrir la verdad tras esta historia de amor desdichado, Ashlyn se embarca en un misterio literario hecho de traiciones aparentemente imperdonables y que tiene sorprendentes ecos en su propia vida y en su propia historia de amor.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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El eco de los libros antiguos

Barbara Davis

Traducción de Patricia Mata

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Prólogo

Uno

Dos

Mi lamento: Belle (páginas 1-13)

Tres

Mi lamento: Belle (páginas 14-29)

Cuatro

Para siempre y otras mentiras (páginas 1-6)

Para siempre y otras mentiras (páginas 7-10)

Cinco

Para siempre y otras mentiras (páginas 11-28)

Mi lamento: Belle (páginas 30-39)

Para siempre y otras mentiras (páginas 29-36)

Seis

Mi lamento: Belle (páginas 40-47)

Mi lamento: Belle (páginas 48-54)

Siete

Ocho

Para siempre y otras mentiras (páginas 37-44)

Mi lamento: Belle (páginas 55-65)

Para siempre y otras mentiras (páginas 45-49)

Para siempre y otras mentiras (páginas 50-56)

Nueve

Diez

Mi lamento: Belle (páginas 66-72)

Mi lamento: Belle (páginas 73-86)

Once

Doce 

Para siempre y otras mentiras (páginas 57-69)

Mi lamento: Belle (páginas 87-92)

Para siempre y otras mentiras (páginas 70-76)

Para siempre y otras mentiras (páginas 77-80)

Para siempre y otras mentiras (páginas 81-83)

Mi lamento: Belle (páginas 93-95)

Trece

Catorce

Para siempre y otras mentiras (páginas 84-85)

Para siempre y otras mentiras (páginas 86-99)

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veitiuno

Veintidós

Veintitrés

Epílogo

Agradecimientos

Sobre la autora

Página de créditos

El eco de los libros antiguos

V.1: marzo, 2024

Título original: The Echo of Old Books

© Barbara Davis, 2023

© de la traducción, Patricia Mata Ruz, 2024

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2024

Esta edición se ha hecho posible gracias a un acuerdo con Amazon Publishing, www.apub.com, en colaboración con Sandra Bruna Literary Agency.

Diseño de cubierta: Faceout Studio, Spencer Fuller

Imagen de cubierta: Shutterstock: ©Vasya Kobelev | ©VolodymyrSanych | ©PhetcharatBiRTH | ©tomertu | ©SUFAIR | ©Franck Boston | Stocksy United: ©BONNINSTUDIO | ©Todd Korol

Adaptación de cubierta: Taller de los Libros

Corrección: Gemma Benavent, Raquel Luque

Publicado por Lira Ediciones

C/ Roger de Flor n.º 49, escalera B, entresuelo, despacho 10

08013, Barcelona

[email protected]

www.liraediciones.com

ISBN: 978-84-19235-13-8

THEMA: FV

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

El eco de los libros antiguos

Dos misteriosos libros y un amor infeliz. ¿Te atreverás a leer y reescribir tu propia historia?

Cuando Ashlyn, una librera enamorada de los libros antiguos, descubre un par de hermosísimos volúmenes que parecen no haberse publicado nunca, su fabuloso hallazgo se convierte enseguida en una obsesión. Cada uno de ellos contiene una asombrosa acusación, y sus autores, Hemi y Belle, narran lados opuestos de un trágico romance.

Decidida a descubrir la verdad tras esta historia de amor desdichado, Ashlyn se embarca en un misterio literario hecho de traiciones aparentemente imperdonables y que tiene sorprendentes ecos en su propia vida y en su propia historia de amor.

«Repleto de giros y sorpresas, encantará a los fans de Los siete maridos de Evelyn Hugo.»

Booklist

«La habilidad de la autora para presentar dos historias emocionantes, diferentes pero relacionadas, dentro de su propia novela y mantener todas las voces diferenciadas es impresionante. Los fascinantes personajes y la belleza de la escritura enamorarán al lector. […] Muy recomendable.»

Historical Novels Review

«He devorado con avidez todos los libros de Barbara Davis, pero esta joya de doble línea temporal, con una protagonista que es librera, se ha abierto camino hasta mi corazón. El eco de los libros antiguos es un brillante testimonio del poder redentor del amor. Me tomé mi tiempo para deleitarme leyendo esta historia, saboreando todas sus hermosas frases, porque no quería que terminara. Muy recomendable.»

Terry Lynn Thomas, autora best seller

«Entretejida con sugerentes detalles históricos, El eco de los libros antiguos celebra un romance memorable que supera todos los obstáculos y el poder del amor para curar el dolor de los secretos pasados. Una joya que hará las delicias de los amantes de los libros de todo el mundo.»

Christine Nolfi, autora best seller

«Desde la primera página supe que me enamoraría de esta ambiciosa gema literaria. Dos libros dentro de un libro. […] Puede que Davis haya alcanzado una nueva cumbre en su carrera.»

Barbara Conrey, autora best seller

Este libro está dedicado a los bibliotecarios y a los libreros…

Custodios de la imaginación, alimentadores de corazones hambrientos, alcahuetes de la palabra escrita.

¿Dónde estaríamos de no ser por vuestra labor de amor?

«Cuando estoy sentado en mi biblioteca por la noche, contemplando los rostros callados de mis libros, a veces me visita la extraña sensación de lo sobrenatural».

Alexander Smith

Prólogo

21 de julio de 1954

Marblehead, Massachusetts

Llega en un día soleado de verano.

Un sobre grande de papel de manila con la palabra «Urgente» estampada con tinta roja en dos lugares diferentes del anverso. Lo miro fijamente sobre el protector de escritorio de cuero arañado, donde descansa con el resto del correo del día. La caligrafía me resulta familiar, y también el nombre del remitente.

Me siento en la silla, respiro hondo y exhalo. Incluso ahora, después de tantos años, los recuerdos son escurridizos. Como en el caso de una extremidad fantasma; puede que la causa del dolor haya desaparecido, pero el recuerdo de la pérdida, tan repentino e intenso, me pilla desprevenida. Me quedo sentada un momento con el dolor y espero a que desaparezca.

El sol de la tarde se cuela entre las persianas del despacho y dibuja líneas de luz suave sobre la moqueta y las paredes, sobre los estantes llenos de libros, premios y un poco de todo lo que he ido coleccionando con los años. Es mi santuario. Aunque hoy parece que el pasado me ha encontrado.

Abro el sobre y vacío el contenido sobre el escritorio. Hay un paquete rectangular envuelto en papel marrón corriente y un pequeño sobre con un clip y una nota.

Te lo mando tal y como pide en la carta.

La caligrafía cuidadosa de Dickey es inconfundible.

Mi sobrino.

Apenas hablamos hoy en día, porque las conversaciones se han vuelto incómodas con los años, pero nos seguimos carteando en las vacaciones y los cumpleaños. ¿Qué puede haberme mandado?

Saco una sola hoja de papel del sobre y lo dejo abierto sobre el protector de escritorio. La caligrafía no es de Dickey, sino de otra persona. También me resulta familiar. Es nítida, con las letras angulares y bastante inclinadas. Es la letra de un fantasma.

Dickey:

Después de todo lo que ha pasado conmigo y tu familia, pensarás que soy un atrevido por ponerme en contacto contigo. Soy totalmente consciente de las consecuencias que tuvo mi conexión con tu familia y no me gusta tener que implicarte otra vez, pero pienso que, después de tantos años, tengo que aclarar algunas cosas. Y por eso te suplico que me hagas un último favor. Te pido que envíes este paquete a tu tía, ya que, con el tiempo, le he perdido el rastro. Asumo que seguís en contacto, porque siempre fuiste su favorito y recuerdo que, en una ocasión concreta, te confió una tarea bastante delicada. Es por eso por lo que me atrevo a pedirte que me ayudes. Deseo que le mandes el paquete intacto, ya que el contenido es privado y solo lo puede ver ella.

Te lo agradezco muchísimo. Un saludo,

H.

La habitación me resulta muy pequeña, cerrada y sofocante cuando observo el paquete envuelto con esmero. Trece años sin mediar palabra y ahora, de repente, me manda un paquete clandestino a través de nuestro viejo intermediario. ¿Por qué ahora? ¿Por qué razón?

Rasgo el papel duro y marrón con las manos sudadas. Aparece un lomo de cuero grabado en relieve. Una cubierta de color azul veteada. Un libro. Ver el título, con las letras de color dorado, me sienta como un puñetazo.

Mi lamento: Belle.

Trago para deshacerme del nudo en la garganta, de la sensación tan dolorosa y real que me deja sin aliento. He pasado tanto tiempo sin sentir nada, intentando no recordar, que se me había olvidado qué se siente cuando te abren en canal, cuando sangras. Me preparo para lo peor cuando abro la cubierta y me llevo una mano a la boca para contener un sollozo. Claro que tiene dedicatoria. Nunca habrías dejado pasar la oportunidad de tener la última palabra. Sin embargo, no estoy preparada cuando tu voz resuena en mi mente al leer las palabras que has escrito en la portada; un dardo directo a mi conciencia.

¿Cómo, Belle? Después de todo… ¿cómo pudiste hacerlo?

Uno

Ashlyn

«No hay nada tan vivo como un libro bien amado».

Ashlyn Greer, El cuidado y mantenimiento de los libros antiguos

23 de septiembre de 1984

Portsmouth, Nuevo Hampshire

Como era habitual los domingos por la tarde, Ashlyn Greer había salido de caza. En esta ocasión, al desordenado almacén de una tienda de antigüedades que había a dos manzanas de Historias Improbables, la tienda de libros antiguos de la que era propietaria y que había dirigido durante casi cuatro años.

El día anterior había recibido una llamada de Kevin Petri, el propietario de la tienda, que la había avisado de que un chico de Rye había llevado varias cajas de libros y él no tenía espacio para almacenarlos. ¿Quería ir a echarles un vistazo?

No era la primera vez que se pasaba el único día que tenía libre buscando un tesoro perdido entre cajas. Normalmente se iba con las manos vacías, aunque no siempre. En una ocasión, encontró una primera edición de Todas las criaturas grandes y pequeñas en perfectas condiciones. Otro día rescató una primera edición de Horizontes perdidos de una caja de libros de cocina viejos. Lo habían tratado muy mal, pero después de una buena rehabilitación, le había resultado muy rentable. No era habitual dar con este tipo de tesoros (de hecho, casi nunca tenía tanta suerte), pero la emoción que sentía en esas ocasiones excepcionales hacía que la búsqueda valiera la pena.

Por desgracia, las cajas de ese día no parecían especialmente prometedoras. La mayoría de los libros eran ediciones de tapa dura, éxitos de ventas recientes de Danielle Steel, Diane Chamberlain y del aclamado rey de las novelas que te hacían llorar a moco tendido, Hugh Garret. Eran autores muy admirados, sin duda alguna, pero no eran libros únicos. La segunda caja tenía una mezcla más ecléctica, entre la que había varios libros de salud y nutrición, uno que prometía un vientre plano en treinta días y otro que alardeaba de las ventajas de la dieta macrobiótica.

Buscaba rápidamente y con cuidado de no tocar los libros durante mucho tiempo, aunque resultaba difícil no percibir las sutiles vibraciones cuando los devolvía a la caja. Los libros habían pertenecido a alguien enfermo y asustado, alguien a quien le preocupaba que se le estuviera acabando el tiempo. Estaba casi segura de que había sido una mujer.

Era un don que tenía, un talento, como el oído absoluto o la nariz de un perfumista. La habilidad de leer los ecos que se aferraban a algunos objetos inanimados, a los libros, concretamente. No tenía ni idea de cómo funcionaba. Solo sabía que había empezado cuando tenía doce años.

Sus padres estaban teniendo una de sus violentas peleas, así que se escapó por la puerta trasera, se montó en la bicicleta y pedaleó con furia hasta llegar a la pequeña tienda a rebosar de libros de Market Street. Había llegado a la conclusión de que ese era su lugar seguro (y lo seguía creyendo).

Frank Atwater, el propietario de la tienda, la había saludado con uno de sus movimientos de cabeza taciturnos. Él conocía la situación que tenía en casa -lo sabían todos en el pueblo- aunque nunca sacó el tema, sino que optó por ofrecerle un refugio cuando las cosas entre sus padres se volvían insoportables. Nunca olvidó la bondad del hombre.

Ese día tan trascendental había ido directa a su esquina favorita, donde se encontraban los libros para niños. Se sabía todos los títulos y autores de memoria, además del preciso orden en el que estaban colocados.

Los había leído todos como mínimo una vez. Pero ese día había tres libros nuevos. Acarició los lomos desconocidos con los dedos. La historia del Doctor Dolittle, The Mystery of the Ivory Charm, y Los niños del agua. Sacó el último de la estantería.

Fue entonces cuando sucedió. Una ligera chispa de corriente le recorrió los brazos hasta llegarle al pecho. Y fue tal la pena que sintió que, de repente, le faltó el aliento. Soltó el libro, que aterrizó a sus pies, abierto sobre la moqueta como un pájaro herido.

¿Lo había imaginado?

No. Sin duda lo había sentido. En el cuerpo. Era un dolor tan real, tan agudo que, por un instante, se le habían llenado los ojos de lágrimas. Pero ¿qué había pasado?

Recogió el libro del suelo con recelo. Esta vez, dejó que los sentimientos se apoderaran de ella. Las lágrimas le ardían en la garganta. Tenía los hombros pesados por la pérdida. Una de esas pérdidas despiadadas e infinitas. En aquel momento, ella todavía no conocía una angustia tan grande, de esas que se te tatúan en el cuerpo y se te quedan grabadas en el alma. Simplemente, se quedó allí sentada e intentó entender lo que fuera aquello.

Con el tiempo, el tormento fue perdiendo intensidad y la abandonó. O bien se había acostumbrado a la sensación, o las emociones se habían marchado sin más. No sabía cuál de las dos opciones era la correcta. Incluso ahora, con el paso de los años, lo desconocía. ¿Podía un libro cambiar sus ecos, o eran los sentimientos que Registraba de una naturaleza ineludible que los hacía perdurar en el tiempo?

Al día siguiente, le preguntó a Frank de dónde habían salido esos libros. Él le respondió que los había traído la hermana de una mujer cuyo hijo había fallecido en un accidente de coche. Por fin lo entendió. Comprendió la tristeza sofocante; el dolor que sentía debajo de las costillas era de duelo. El duelo de una madre. Sin embargo, todavía seguía sin comprender qué había ocurrido. ¿Era realmente posible sentir las emociones de otra persona simplemente con tocar un objeto que le había pertenecido?

Durante las siguientes semanas, intentó recrear la sensación tomando libros aleatorios de las estanterías, con la esperanza de que la asaltara alguna emoción repentina. Lo probó un día sí y otro también, pero no ocurrió nada. Entonces, una tarde, sacó una copia maltrecha de Villette, de Charlote Brontë, y una corriente de felicidad imprevista le recorrió los dedos, como una ola de agua fría, una sensación ligera y jovial pero de una intensidad sorprendente.

Entonces fue el turno del tercer libro. Una antología de poemas de Ella Wheeler Wilcox llamada The Kingdom of Love. Sin embargo, la antigua energía masculina que percibió contrastaba con el título romántico del libro, lo que demostraba que los ecos de los libros no tenían nada que ver ni con el género ni con el tema que trataban. La energía parecía ser un reflejo del propietario.

Al final reunió el valor para contarle a Frank lo de los ecos. Le daba miedo que le dijera que había leído demasiados cuentos de hadas pero, en lugar de eso, el hombre la escuchó con atención y la sorprendió al responder:

—Los libros son como las personas, Ashlyn. Absorben lo que hay en el aire a su alrededor. El humo. La grasa. Las esporas de moho. ¿Por qué no habrían de absorber los sentimientos? Son tan reales como los otros factores que he mencionado. No hay nada más personal que un libro, sobre todo si ha sido una parte importante de la vida de una persona.

Ella puso los ojos como platos.

—¿Los libros tienen sentimientos?

—Los libros son sentimientos —se limitó a responder—. Su existencia se basa en hacernos sentir. En conectarnos con lo que llevamos dentro, a veces incluso con emociones que ni siquiera sabemos que cargamos. Tiene sentido que una parte de lo que sentimos cuando estamos leyendo… se quede impregnado en ellos.

—¿Tú también puedes hacerlo? Me refiero a si tú también puedes sentir lo que ha quedado impregnado en ellos.

—No. Pero eso no quiere decir que no haya otras personas que sean capaces de ello. Dudo que seas la primera o que vayas a ser la última.

—Entonces, ¿no debería asustarme cuando me pasa?

—No lo creo, no. —Se rascó la barbilla brevemente—. Lo que describes es como un don. Y los dones se tienen para usarlos, si no ¿de qué sirven? Yo en tu lugar intentaría descubrir cómo mejorarlo, practicaría para saber cómo funciona. Así no tendrás miedo cuando ocurra.

Y así lo hizo. También indagó un poco. Con la ayuda de Frank, descubrió que lo que le pasaba tenía un nombre: psicometría. El doctor Joseph Rodes Buchanan había acuñado el término en 1863, y un geólogo de apellido Denton había publicado un libro: The Soul of Things. Básicamente, Ashlyn tenía una especie de empatía con los libros.

Frank estaba en lo cierto. Los libros eran como las personas. Cada uno tenía una energía única, como si fuera una firma o una huella dactilar, y a veces esa energía se quedaba impregnada. Ashlyn se pasó las manos por los muslos de los vaqueros para deshacerse de la tristeza que se le había contagiado de la caja de libros de cocina viejos. Esa era la parte mala de su supuesto don. No todos los ecos eran de felicidad. Como las personas, los libros también sufrían sus dosis de aflicción y, como las personas, también las recordaban.

Con el paso de los años, Ashlyn había aprendido a limitar su exposición a los libros cargados de ecos negativos y a rehuir de algunos por completo. Pero en días como ese, no podía escapar. Lo único que podía hacer era ser rápida.

En la última caja había más novelas, todas en perfectas condiciones, pero ninguna le valía para la tienda. Entonces, cuando estaba llegando al fondo de la caja, se encontró una edición de tapa blanda de Los restos del día, de Kazuo Ishiguro.

No era nada especial. De hecho, estaba bastante desgastada, tenía las páginas de un color amarillo amarronado y el lomo totalmente arrugado. Sin embargo, era imposible ignorar su eco. Intrigada, se puso el libro sobre el regazo y tocó la cubierta con la palma de la mano. Era un juego al que le gustaba jugar de vez en cuando, adivinar si el libro tendría una dedicatoria y cuál sería.

Le encantaba imaginarse cómo había llegado un volumen en particular a las manos de su lector y por qué. ¿Por qué había sido ese libro en concreto y para qué ocasión? ¿Para un cumpleaños o una graduación? ¿Por un ascenso?

Había leído muchísimas dedicatorias a lo largo de los años, algunas tiernas, otras divertidas y algunas tan enternecedoras que le habían llenado los ojos de lágrimas. Abrir un libro y encontrarse aquellas líneas en la guarda era algo deliciosamente íntimo. Era como echar un vistazo a la vida emocional del libro, algo que no tenía nada que ver con el autor, sino con el lector.

Sin un lector, un libro era una página en blanco, un objeto inerte sin pulso propio. Pero en cuanto un libro se volvía parte del mundo de alguien, tenía una vida, un pasado y un presente, y, si se cuidaba como era debido, también un futuro. Esa fuerza vital permanecía con el libro siempre, como una firma de energía a juego con la del dueño.

Algunos libros tenían energías confusas y eran más difíciles de descifrar, normalmente era el caso de los que habían tenido varios dueños. Eso era lo que percibía en ese momento con la copia de Los restos del día. Muchas capas. Muy intensas. Era de esos libros que casi siempre tenían una dedicatoria y, en cuanto abrió la cubierta, vio que no se equivocaba.

Querido:

El honor no es una cuestión de sangre ni de nombre.

Es una cuestión de ser valiente y de defender lo correcto.

Tú, mi amor, siempre has elegido con honradez y eso es algo de lo que siempre podrás estar orgulloso, igual que yo estoy orgullosa del hombre con el que me casé.

Catherine

Sintió una especie de consuelo, eran palabras de ánimo hacia un corazón afligido, pero la energía que emanaba del libro era fría y húmeda, con ápices de culpabilidad y arrepentimiento que parecían indicar que quien fuera el tal «Querido» no había estado nada convencido.

Ashlyn cerró el libro y lo puso en la pila de descartes antes de sacar el último libro de la caja. Cuando lo alzó, sintió un cosquilleo en el estómago, lo que significaba que por fin había encontrado algo interesante. Era un volumen pequeño pero muy bonito. Tenía tres cuartas partes de la cubierta forradas con cuero marroquí, el lomo acanalado, la cubierta y contracubierta de color azul jaspeado y (si no se equivocaba) estaba encuadernado a mano.

Contuvo el aliento al examinarlo. No tenía casi ningún signo de desgaste perceptible. La encuadernación seguía en perfecto estado. La tripa del libro tenía un color amarillento, pero, por lo demás, estaba bien. Se fijó en las letras doradas grabadas en el lomo. Mi lamento: Belle. El título no le resultaba familiar. Siguió examinando el libro con el ceño fruncido. En ningún lugar constaban el nombre del autor ni el de la editorial. Era extraño, pero no era totalmente inaudito. Sin embargo, algo no encajaba.

El libro estaba demasiado tranquilo. De hecho, no decía nada de nada, como un libro nuevo al que todavía no se le ha impregnado el eco del dueño. ¿A lo mejor era un regalo no deseado y nunca se había leído? La idea la entristeció. Uno siempre debía leer sí o sí los libros que le regalaban. Abrió la cubierta y buscó la página de créditos, pero no tenía. Lo que sí tenía era una dedicatoria:

¿Cómo, Belle? Después de todo… ¿cómo pudiste hacerlo?

Ashlyn miró fijamente la línea solitaria. La caligrafía era puntiaguda, las palabras afiladas pretendían cortar, herir. Pero también se veía la tristeza en los espacios entre las letras, entrelazada con lo que no se decía, la desolación de una pregunta sin responder. La dedicatoria no tenía ni firma ni fecha, lo que implicaba que al receptor no le hacía falta ninguna de las dos. O sea, que debía de ser una persona muy cercana. Un amante, quizá, o el marido. «Belle». El nombre sobresalía en la página. ¿Era posible que el nombre de la destinataria fuera el que aparecía en el título del libro y que quien lo había enviado fuera el autor?

Intrigada, empezó a hojear el tomo en busca del nombre del autor o de la editorial, pero no encontró nada. No había nada que indicara cómo ese ejemplar tan extraño y bonito había llegado al mundo.

A lo mejor no tenía página de créditos porque era de dominio público, lo que significaría que lo tenían que haber escrito antes de 1923. En ese caso, estaba en perfecto estado. Sin embargo, había otra posibilidad, una que parecía más probable: que hubieran vuelto a encuadernar el libro en algún momento y que el encuadernador no hubiera podido incluir la página de créditos.

Tal vez algunas de las páginas se habían dañado o perdido. A veces ocurría. A ella le habían encargado volver a encuadernar algunos libros de los que llegaban a la tienda. Venían en bolsas de papel, con las páginas sueltas y sujetas por un cordel o una goma de plástico, y las cubiertas deformadas y mohosas de estar abandonadas en sótanos húmedos. En otras ocasiones los encontraban en los áticos y tenían las páginas tan secas que se desmenuzaban al tocarlas. Pero nunca había encontrado ningún libro que no tuviera ni el mínimo rastro de su procedencia.

La gente restauraba los libros viejos por una infinidad de razones que solían encajar en dos categorías: o por motivos sentimentales o porque eran piezas de coleccionista. En ambos casos, conservar el nombre del autor era esencial. ¿Por qué iba alguien a tomarse las molestias y gastarse el dinero para reencuadernar el libro y luego omitir esos detalles tan importantes? A no ser que la omisión fuera intencional. Pero ¿por qué?

Tentada por la promesa de un misterio literario, Ashlyn abrió el libro. Acababa de llegar al primer capítulo cuando una especie de corriente eléctrica le recorrió los dedos y la sobresaltó. Sorprendida, apartó la mano enseguida. ¿Qué acababa de pasar? Hacía unos momentos, el libro había estado en silencio absoluto, sin pulso. Pero, al abrirlo, lo que yacía en su interior había despertado, como cuando se abre una puerta en medio de un incendio y se produce una gran llamarada. Era una vivencia nueva y estaba decidida a explorarla.

Sin respirar, colocó las palmas de las manos sobre las páginas abiertas y se preparó para lo que sabía que le esperaba. Cada libro era diferente. La mayoría le producía una sensación física sutil, como un zumbido en la mandíbula o un aleteo en el estómago. En otras ocasiones, los ecos eran más intensos. Como un sonido metálico en los oídos o un escozor en las mejillas, como si la hubieran abofeteado. A veces se presentaban como gustos y olores. Vainilla. Cerezas maduras. Vinagre. Fuego. Pero este libro era diferente, era algo más profundo y, de algún modo, más visceral. Tenía un fuerte sabor a ceniza en la lengua. Las lágrimas le quemaban en la garganta. Sentía un dolor abrasador en el centro del pecho.

Un corazón hecho añicos.

Y, sin embargo, no había sentido nada hasta que no lo había abierto, como si los ecos hubieran estado conteniendo el aliento, aguardando su momento. Pero ¿cuánto tiempo habían esperado? Y ¿de quién eran esos ecos? La dedicatoria («¿Cómo, Belle?»), estaba dirigida sin duda alguna a una mujer, pero era evidente que la energía que emanaba del libro era masculina.

Volvió a examinar el lomo, buscó en la guarda, en el reverso y en la guarda posterior con la esperanza de encontrar alguna pista del origen del libro. Esta vez tampoco tuvo éxito. Era como si el libro hubiera aparecido de la nada, como si fuera un volumen fantasma que existía más allá del tiempo y el espacio literario. Excepto por el hecho de que lo estaba sujetando y los ecos eran muy reales.

Apartó las manos de las páginas y sacudió los dedos de la mano derecha para deshacerse del leve dolor que sentía en la palma. La cicatriz le había empezado a molestar otra vez. Se miró de cerca la herida con forma de medialuna que le recorría de la base del dedo meñique a la del pulgar. Sin querer, había cogido un cristal roto en un momento de pánico.

La herida se había curado sin problema y había dejado una cicatriz blanca y curvada que le atravesaba la línea de la vida. Hizo presión con el pulgar sobre la palma y flexionó los dedos repetidamente, un ejercicio que le habían recomendado después del accidente para prevenir las contracturas. A lo mejor había llegado el momento de tomárselo con más calma en el taller de encuadernación y darle un respiro a la mano. Y hablando del taller de encuadernación, ya era hora de regresar a la tienda.

Tras devolver los libros que no se iba a quedar a sus respectivas cajas, se llevó el volumen misterioso a la parte delantera de la tienda, donde Kevin pulía con cariño una radio de baquelita rosa.

—Veo que hoy has tenido suerte. —Tomó el libro, lo abrió un momento y lo cerró mientras se encogía de hombros—. No lo conozco. ¿Quién lo escribió?

Ashlyn miró asombrada al hombre, totalmente ajeno a los sentimientos que emanaban con fuerza del libro.

—No tengo ni idea. No consta el nombre del autor y no hay página de créditos, ni siquiera información sobre la editorial. Creo que lo deben haber restaurado. O a lo mejor fue el proyecto vanidoso de alguien: los ejemplares para la familia y amigos de la novela del tío John.

—¿Y crees que puede interesarle a alguien?

Ashlyn le guiñó el ojo con complicidad.

—No lo creo. Pero me encantan los misterios.

Dos

Ashlyn

«¿Dónde es la naturaleza del hombre tan débil como en las librerías?».

Henry Ward Beecher

Ashlyn cerró la puerta al entrar y saboreó la tranquilidad que la embriagaba cada vez que cruzaba el umbral de Historias Improbables, la sensación de que estaba, sin lugar a duda, donde debía. 

Ya hacía casi cuatro años que era la dueña de la tienda, aunque, de algún modo, siempre había sido suya. Y ella siempre había pertenecido a la tienda. Desde que tenía memoria, allí se había sentido como en casa, con los libros apilados en los estantes desordenados, como si fueran sus leales amigos. Los libros eran seguros. Tenían argumentos predecibles, principios, nudos y desenlaces. Normalmente felices, aunque no siempre. Pero si en un libro pasaba algo trágico, podías cerrarlo y elegir uno nuevo, no como en la vida real, donde a veces pasaban cosas sin el consentimiento del protagonista.

Como un padre que era incapaz de conservar un empleo. No porque no fuera lo bastante inteligente o porque no estuviera cualificado, sino porque, simplemente, era demasiado impetuoso. Los vecinos conocían el temperamento de Gerald Greer. O bien lo habían vivido en sus carnes o lo habían oído filtrarse por las ventanas casi todos los días. Reñía a su esposa porque había cocinado demasiado las chuletas de cerdo, había comprado las patatas fritas que no eran o había almidonado mucho las camisas. Nunca nada estaba bien o era lo bastante bueno.

La gente cuchicheaba que tenía un problema con la bebida, aunque Ashlyn jamás había visto alcohol en casa. Y menos mal, decía la abuela Trina, que alguna vez había refunfuñado que su yerno siempre estaba a una mala cena de prenderle fuego a la casa. Solo le hacía falta un detonador.

Y luego estaba su madre, esa sombra que se pasaba el día en el dormitorio viendo concursos y las tardes durmiendo gracias a la ayuda del frasco sin fondo de pastillas amarillas que guardaba en la mesilla de noche. Las llamaba «las pastillas para lidiar con todo».

El verano que Ashlyn cumplió quince años, a Willa Greer le diagnosticaron cáncer de útero. Le dijeron que la tendrían que operar y luego hacerle quimioterapia y radioterapia, pero ella rechazó el tratamiento y dijo que no tenía nada por lo que valiera la pena vivir. Falleció en cuestión de un año, la enterraron cuando faltaban cuatro semanas exactas para el decimosexto cumpleaños de Ashlyn. Había elegido morir antes que a su familia, antes que a su hija. 

El fallecimiento de su esposa dejó al padre de Ashlyn sorprendentemente desatado y, o bien se encerraba en su cuarto, o ni siquiera aparecía por casa. Comía poco, hablaba menos y sus ojos se llenaron de un vacío perturbador. Entonces, la tarde del decimosexto cumpleaños de Ashlyn, durante la fiesta que su abuela había insistido en organizar (aunque ella no había querido fiestas), su padre había subido al ático, se había puesto una Winchester cargada debajo de la barbilla y había apretado el gatillo.

Él también había elegido.

Después de eso, Ashlyn se había ido a vivir con su abuela, y se pasaba los jueves por la tarde con una psicóloga especializada en niños y duelo. Aunque no la ayudó mucho. Había perdido a sus padres en cuestión de un mes, cuando los dos habían elegido abandonarla. Era innegable que era culpa suya. Sería por algo que había hecho o se había olvidado de hacer, por algún defecto horrible e imperdonable. Como una marca de nacimiento que la deformara o un gen defectuoso, pero la cuestión se había vuelto una parte constante en su vida. Como la cicatriz que tenía en la mano.

Después del fallecimiento de sus padres, la tienda se había convertido en su santuario, en un lugar en el que refugiarse de las miradas y los cuchicheos, donde nadie la miraba de reojo ni se reía de la niña cuyo padre se había volado los sesos mientras ella soplaba las velas de su pastel de cumpleaños. Aunque el suicidio de su padre no fue lo único que le estropeó sus primeros años de vida. Siempre había sido diferente, una niña asustadiza y reservada.

Una rarita.

Esa fue la etiqueta que le pusieron el primer día de séptimo, cuando rompió a llorar después de que le entregaran un ejemplar maltratado del libro de estudios sociales que estaba cargado de autodesprecio. Los ecos habían sido tan lúgubres y profundos, tan incómodos y familiares, que le resultó casi insoportable tocar el libro. Le pidió a la chica que se sentaba a su lado que se lo cambiara, pero no le dijo el motivo. Al final, la profesora le dio otro tomo, pero para entonces toda la clase ya se había echado unas risas a su costa.

Años después, el recuerdo le seguía doliendo, aunque, por fin, había aceptado su extraño don. Se había convertido en una parte de ella, como a quien se le da bien dibujar o tocar el violín, y en algunos momentos se había convertido en su consuelo, pues los ecos reemplazaban a los amigos reales, que podían juzgarla y abandonarla. 

Ashlyn se deshizo del pensamiento, dejó la bolsa de ropa sobre el mostrador y recorrió la tienda con la mirada. Le encantaba hasta el último detalle de aquel desorden tan acogedor, las alfombras deshilachadas y el suelo de madera de roble levantado, el olor de cera de abeja mezclado con el de los vestigios de la pipa de tabaco de Frank Atwater. Sin embargo, mientras observaba los montones de libros que la esperaban en el mostrador principal, las estanterías llenas de polvo y las ventanas repletas de porquería, se arrepintió de no haber contratado a alguien de una vez para que la ayudara con las tareas rutinarias.

Había estado a punto de colgar un anuncio el mes anterior, había llegado incluso a escribirlo, pero al final había cambiado de parecer. No era por el dinero. Ahora que el taller de encuadernación estaba despegando, la tienda ganaba más que suficiente para contratar a alguien. Su recelo tenía que ver con la idea de preservar el santuario que se había hecho para ella misma, un mundo insular de tinta, papel y de ecos familiares. No estaba preparada para compartirlo con nadie, aunque eso supusiera tener más tiempo libre. Puede que fuera, sobre todo, por lo del tiempo libre.

Ashlyn le echó un vistazo al reloj de estación antiguo mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre el mostrador. Ya eran casi las cuatro, y tenía una hora para organizar las estanterías antes de cambiar de tercio y dirigirse al taller de encuadernación. El montón de ese día era especialmente diverso e incluía obras como: The Art of Cooking with Herbs & Spices, los dos primeros volúmenes de A Guide to Bird Behavior, The Poetical Works of Sir Walter Scott y The Four Dimensions of Philosophy.

Nunca dejaba de sorprenderla que sus clientes tuvieran intereses tan variopintos. Si a alguien en algún lugar le interesaba un tema, por extraño que fuera, había un libro sobre él. Y si había un libro, alguien, en algún lugar, querría leerlo. Su trabajo era conectar al libro con el lector, y era una tarea que se tomaba muy en serio. Había crecido con la idea de que las personas podían aprender de todo con los libros, y lo seguía creyendo. ¿Cómo no iba a pensar algo así si se pasaba los días respirando un aire tan enrarecido?

Cuando terminó con las estanterías, pulió el mostrador y puso más folletos en el expositor de la parte delantera de la tienda, donde también colocó el boletín informativo mensual. Las ventanas tendrían que esperar otro día. Con más de sesenta años, la tienda ya no resplandecía, aunque los suelos arañados y las estanterías a rebosar tenían una pátina agradable que los clientes apreciaban y, a lo mejor, incluso esperaban.

En el taller de encuadernación, situado en la parte trasera de la tienda, Ashlyn encendió las lámparas fluorescentes, casi cegadoras después de la luz tenue de las lámparas de lectura de la tienda. La estancia era pequeña y estaba desordenada, aunque era un caos organizado. A la derecha, justo al entrar, estaban el telar de encuadernación, que servía para coser las páginas, y un estante con guardas de diferentes colores y estampados. A la izquierda, presidiendo la habitación, había una prensa antigua de hierro que en sus tiempos había publicado imágenes de la Inquisición española, hasta que Frank le había enseñado a imprimir libros.

Una mesa de trabajo ocupaba una gran parte de la pared del fondo. Encima, en las estanterías, había herramientas varias del oficio: pesas, leznas, lijas, plegaderas y una variedad de martillos de madera y espátulas. También había un despliegue de artículos menos especializados, utensilios domésticos como papel encerado, pinzas sujetapapeles y un práctico secador de pelo que usaba para quitar las pegajosas etiquetas de los libros que compraba en los mercadillos. A un extremo del banco, una caja con la parte delantera de cristal guardaba una selección de disolventes y adhesivos, botes de tinte y tubos de pintura, gasa y cinta para reforzar los lomos, y papel japonés para reparar las hojas rasgadas.

Aquella imagen la había intimidado en el pasado. Ahora, cada una de las herramientas era como una extensión de su amor por los libros, una extensión de ella misma. Después del «accidente» de su padre, como su abuela Trina insistía en llamarlo, Frank le había ofrecido un trabajo de verdad. Al principio, solo tenía que limpiar el polvo y sacar la basura, hasta que un día Frank la encontró inmóvil delante de la puerta del taller, con la respiración contenida, mientras diseccionaba meticulosamente una primera edición de un Steinbeck, así que le pidió con la mano que se acercara y le dio su primera clase de encuadernación de libros.

Demostró ser muy buena alumna y, al cabo de unas pocas semanas, Frank le permitió que lo ayudara regularmente en el taller, empezando con libros de menos valor hasta llegar a ejemplares más especiales y caros. Con el paso de los años, la restauración de libros se convirtió en una vocación casi sagrada. Tomar algo que había sido descuidado, o incluso maltratado, y darle una nueva vida, deconstruirlo con todo el cariño del mundo para volver a montarlo con el lomo enderezado y los rasguños alisados. Restaurar su belleza gastada era de lo más gratificante. Cada restauración era una labor de amor, una especie de resurrección, una nueva vida para un objeto roto y olvidado.

Su primera tarea para ese día era comprobar el estado de varias páginas de un volumen de Tom Swift; lo había dejado en remojo en una gran bañera esmaltada con la esperanza de poder quitarle todo el pegamento que le habían puesto en un intento desacertado de restaurarlo. El pegamento era un asunto complicado, incluso para un encuadernador experto. En las manos de un principiante entusiasta solía acabar en desastre.

Tomó una pequeña espátula, alargó el brazo hacia el agua y rozó con cuidado la mezcla de pegamento y cinta vieja que había en la esquina de la primera página. Todavía no estaba listo, pero bastaría con unas horas más. Cuando se secara, volvería a montar la tripa del libro, añadiría una nueva cubierta y contracubierta, las guardas y grabaría el lomo restaurado. No sería barato, pero el libro saldría de la tienda con unas ganas de vivir renovadas y, con un poco de suerte, el señor Lanier se abstendría de volver a intentar restaurar algo en casa.

Cuando quedó satisfecha de haber hecho todo lo posible, se secó las manos y apagó las luces con la mente ya en su piso, en la planta de arriba, en su sillón de lectura y en las palabras que ya se le habían grabado en la mente.

¿Cómo, Belle? Después de todo… ¿cómo pudiste hacerlo?

* * *

Seguía pensando en aquellas palabras cuando cruzó el umbral del apartamento y se quitó los zapatos con los pies. Como la tienda, para ella, el piso de Frank Atwater se había convertido en una segunda casa durante su infancia. Ahora también era suya.

Cuando las cosas en casa no iban bien, Frank y su mujer, Tiny, le habían ofrecido un lugar al que ir después del colegio, un lugar en el que merendar, hacer los deberes o acurrucarse en el sofá y ver Sombras tenebrosas. Cuando Tiny sufrió una aneurisma y falleció de repente, Ashlyn hizo todo lo que pudo para llenar el vacío que provocó su ausencia. A cambio, Frank se lo dejó todo en herencia cuando falleció seis años después. «La hija que nunca tuve la suerte de tener», manifestó en el testamento. «Mi alegría y mi apoyo en tiempos de sufrimiento».

Lo echaba muchísimo de menos. Su bondad incesante, su discreta sabiduría, su amor por la palabra escrita. Pero él seguía ahí, presente en el viejo reloj de bronce dorado de la repisa de la chimenea, en el cuero gastado del sillón orejero que había al lado de la ventana, en la colección de clásicos victorianos que tanto le gustaban, todos cargados de ecos de una buena vida. Antes de mudarse al piso lo había modernizado un poco, lo que había resultado en una mezcla ecléctica de estilo victoriano, contemporáneo y Arts and Crafts que encajaban perfectamente con los grandes ventanales y los muros de obra vista.

En la cocina, metió las sobras de kung pao de la noche anterior en el microondas y se las comió directamente de la caja, de pie delante del fregadero. Se moría de ganas de sumergirse en Mi lamento: Belle, pero tenía unas reglas muy estrictas en cuanto a la comida y los libros: había que elegir o el uno o el otro, pero nunca iban juntos.

Al final, después de quitarse los vaqueros y ponerse unos pantalones de chándal, sacó el libro de la bolsa de tela, encendió la llamativa lamparita de lectura de estilo Arts and Crafts que había encontrado en un mercadillo el verano anterior y se sentó en el sillón orejero al lado de la ventana. Permaneció allí un momento, con el libro sobre las rodillas, para prepararse para la tormenta emocional que sabía que se avecinaba. Entonces, tomó aire y abrió la primera página.

Mi lamento: Belle

(Páginas 1-13)

27 de marzo de 1953

Nueva York, Nueva York

Quizá te preguntes por qué me he tomado tantas molestias. Por qué, después de tantos años, me empeño en emprender un proyecto como este. Un libro. Sin embargo, al principio no pretendía que fuera un libro. Empezó siendo una carta. Una de esas catárticas de desahogo que uno no piensa enviar. Pero, cuando la pluma empezó a fluir, me di cuenta de que tenía mucho que decir. Me arrepentía de demasiadas cosas para limitarme a una sola página, o incluso a unas cuantas. Así que me senté al escritorio, delante de la máquina de escribir (la antigua Underwood N.º 5 de mi padre), donde me encuentro ahora, para mecanografiar las palabras que me he guardado durante doce años y la pregunta que todavía me persigue.

¿Cómo? ¿Cómo, Belle?

Porque incluso ahora, después de todos los errores que he cometido en mi vida (y son muchos), tú eres aquel del que más me arrepiento. Has sido el error más grande de mi vida, aquel por el que nunca habrá absolución, ni paz. Ni para ti ni para mí.

En esta vida, hay pérdidas que uno nunca puede anticipar. Un pesar que te ataca desde la oscuridad. Un golpe tan rápido y diestro para el que simplemente no te puedes preparar. Pero hay veces que sí que lo vienes venir. Lo ves, pero te quedas quieto y dejas que te golpee con fuerza. Y más tarde, años después, te sigues preguntando cómo pudiste ser tan necio. Tú fuiste uno de esos golpes. Porque te vi venir la primera noche. Y, a pesar de eso, dejé que me derribaras.

Todavía me cuesta aceptar el recuerdo de ese encuentro, es un cáncer del que no me he podido deshacer con los años y, aunque revivirlo no me resulta placentero, creo que me puede aportar paz. Por eso debo comenzar y retroceder en el tiempo. Hasta la noche en que comenzó todo.

* * *

27 de agosto de 1941

Nueva York, Nueva York

Recorro con la mirada el salón de baile del hotel St. Regis e intento no parecer nervioso en el traje que he alquilado. No hay nada que delate tanto a un impostor como los gestos nerviosos, y un impostor es precisamente lo que soy.

Mientras examino al gentío reunido (hombres de la industria y sus consentidas esposas de la alta sociedad que engullen canapés de hojaldre con cangrejo acompañados de Veuve Clicquot frío), me resulta fácil olvidar por un momento la Gran Depresión. Puede que porque esta afectó a estos individuos resplandecientes y sedosos mucho menos que al resto, y reservó la peor parte para aquellos con recursos más limitados.

No es de extrañar. Tanto si lo merecen como si no, los más acaudalados siempre tienen un aterrizaje más suave. Para colmo de males, muchos de aquellos cuyas fortunas no se vieron afectadas parecen ahora decididos a presumir de su supervivencia haciendo una ostentación de riqueza como la que estoy presenciando hoy.

La fiesta está en pleno auge, llena de excesos y buen gusto; el champán fluye y la pista de baile es un mar de esmóquines y de vestidos de diseño que se pudrirán en el fondo del armario. Hay una orquesta sinfónica, las mesas están abarrotadas de gambas y cuencos de cristal con caviar, esculturas de hielo y angelitos con las mejillas rosadas, y los combinados con champán no dejan de circular sobre bandejas de plata resplandecientes. Es de una opulencia ostentosa. Y totalmente descarada. Pero, claro, es lo que se espera en una noche así. Una de sus princesas se ha comprometido con uno de sus príncipes, y yo estoy aquí para ser cómplice de las felicitaciones (y para observar a la princesa en su hábitat natural).

No estoy aquí como un invitado, sino como el invitado de una amiga con la misión de codearme, si lo consigo, con las personas que marcan tendencia en la ciudad más importante de Estados Unidos. Los apreciados descendientes de los famosos «cuatrocientos», nombre que surgió del número de supuestos invitados al salón de baile de Caroline Astor. Y como en el salón de baile de la señora Astor, aquí solo ha sido invitada la crème de la crème de la sociedad neoyorquina. Por supuesto, a mí nunca me habrían invitado. No estoy a su nivel. A ningún nivel. Es más, soy un parásito astuto en el lugar correcto, un trepador social con un objetivo.

He visto a dos de las hermanas Cushing entre el gentío, a Minnie y a la recién casada Babe acompañada de su madre, la casamentera Kate, a la que, para mi sorpresa, los amigos llaman «Gogsie». También han venido representantes de los Whitney, los Mortimer, los Winthrop, los Ripley, los Jaffray y los Schermerhorn. La ausencia evidente de la noche (aunque era de esperar) son los miembros del clan Roosevelt, que, supuestamente, han perdido el favor de nuestra anfitriona. A nadie parece importarle. Hay calidad de sobra para compensarlo. Gente atractiva haciendo cosas bonitas en atuendos elegantes. Y ahí, a unos pasos, con un aspecto impecable y heroico en su traje de gala, está el hombre que paga por todo, el hombre de la noche, rodeado de sus poderosas amistades.

Y no muy lejos (nunca está muy lejos), su hija. No me refiero a Cee-Cee, a la que subastaron hace unos años al hijo y heredero del Rey del Aluminio. Me refiero a la hija pequeña, a la protagonista de la fiesta a la que me han arrastrado esta noche. A ti, querida Belle, que has aparecido hace poco en el Sunday News junto a tu prometido aficionado al polo, Theodore. El tercero de su nombre.

He pasado un momento incómodo cuando os he visto bailar, justo cuando he llegado, mientras repasaba sus virtudes y las comparaba con las mías, como se suele hacer. El corte perfecto de su chaqueta, sus hombros anchos, sus ondas brillantes y doradas peinadas hacia atrás. Y su rostro, esculpido como un trozo de mármol macizo, marrón y cuadrado, con una expresión levemente aburrida mientras te dirigía por la pista de baile, como si prefiriera estar en una de las habitaciones de la planta de arriba fumando puros y perdiendo una buena parte de la fortuna de su padre en una partida de cartas, (asumiendo, claro está, que los rumores sean ciertos).

He pensado que hacíais buena pareja; vuestros brazos se rozaban mientras os desplazabais por la pista de baile con una precisión mecánica. Llegué a esa misma conclusión cuando vi la foto del compromiso en el periódico: qué par de especímenes más bellos y frívolos. Los dos privilegiados por igual. Aburridos por igual. Sin embargo, ahora, mientras te estudio desde el otro lado de la sala, por fin sin él, veo que no eres la misma mujer del periódico y, por un instante, mientras te contemplo, me olvido completamente de mis pensamientos.

Estás espectacular envuelta en una capa de seda verde azulada que se te ajusta al cuerpo como una segunda piel y parece cambiar de color cuando te mueves. Azul, luego verde e incluso plateado, como las escamas de algunos peces. O como la sirena de un cuento de hadas.

Llevas unos guantes largos del mismo color y un collar sencillo de perlas grisáceas en el cuello. El pelo, negro y brillante, peinado hacia atrás y con las ondas recogidas en la coronilla, no te tapa el rostro pálido con forma de corazón, ni los labios carnosos, ni el mentón puntiagudo con ese sutil hoyuelo. Tienes un rostro llamativo. De esos que se te quedan grabados en el alma como el negativo de una fotografía. O como un cardenal.

Bebes de forma distraída de una copa de champán y, cuando recorres la habitación con la mirada, nuestros ojos se encuentran. Es un momento extraño, como si hubiera una corriente eléctrica entre los dos, algo parecido al magnetismo de un imán. Es una fuerza de la naturaleza.

Inclino la cabeza levemente, un saludo breve y frío. Supongo que me creo encantador. Si no, no haría el ridículo de esa forma. Tú te das media vuelta, como si no me hubieras visto, y empiezas a charlar con una mujer que lleva un tocado bastante poco acertado, y yo me doy cuenta de que las perlas te cuelgan por encima de los hombros y se balancean como un péndulo hasta el centro de la espalda. El efecto es hipnotizante.

Aún te observo cuando te despides de tu compañera y te giras para volver a mirarme, como si supieras que he tenido la vista fija en ti todo este tiempo. Me sostienes la mirada. ¿Un reproche? ¿Una invitación? No tengo ni idea. Tu rostro es inexpresivo y no revela nada. En ese mismo momento, en ese instante de incandescencia helada, debería entender que siempre me ocultarás una parte de ti, pero no lo comprendo ni quiero hacerlo.

En cierto modo, espero que te alejes cuando me acerco, que desaparezcas entre la multitud, pero te quedas ahí plantada sin apartar la mirada de la mía mientras bebes de la copa. De repente, tienes un aspecto joven, vulnerable de una manera que no había notado hasta ahora, y tengo que recordar que acabas de celebrar tu vigésimo primer cumpleaños.

—Ándese con ojo —digo con una sonrisa hábil al pasar por tu lado—. Se le subirá a la cabeza muy deprisa. Sobre todo si no está acostumbrada.

Me miras con frialdad.

—¿Acaso parece que no lo esté?

Te recorro el cuerpo con la mirada, me detengo en tu cuello, en el arco esbelto de tu clavícula, me fijo en el movimiento de tu cuerpo al respirar, un poco más deprisa que hace unos instantes.

—No —respondo—. Ahora que la veo de cerca no lo parece.

Te ofrezco la mano, me presento y tú haces lo mismo, como si alguien de esa sala ignorara quién eres.

Me fijo un instante en el diamante que te brilla en el dedo anular. Es de corte pera y de tres quilates como mínimo, aunque yo no entiendo de esas cosas.

—La felicito por su compromiso.

—Gracias —dices, y apartas la mirada—. Ha sido muy amable por venir.

Tu voz, sorprendentemente grave para alguien tan joven, me da que pensar, aunque también me divierte tu tono tan correcto. Es evidente que no tienes ni idea de quién soy porque, si así fuera, no serías tan amable.

Me vuelves a mirar de arriba abajo y te detienes un momento en mis manos vacías.

—No está bebiendo nada. —Giras el cuello e invocas a un camarero—. Permita que le ofrezca una copa de champán.

—No, gracias. Soy más de ginebra con tónica.

—Es británico —comentas, como si acabaras de darte cuenta de que no soy uno de los tuyos.

—Así es.

—Pues está muy lejos de casa. ¿Puedo preguntarle qué le trae por aquí? Porque estoy convencida de que no ha cruzado el gran océano azul solo para venir a mi fiesta de compromiso.

—La aventura —te doy una respuesta escueta porque no admitiré qué hago en el St. Regis esta noche. Ni en los Estados Unidos, de hecho—. He venido a vivir aventuras.

—Las aventuras pueden ser peligrosas.

—Eso es lo que las hace atractivas.

Vuelves a examinarme despacio con los ojos de color ámbar entrecerrados, y me pregunto qué te parezco (y si me has calado).

—¿Y qué tipos de aventuras le gustan? —me preguntas, con ese aire de aburrimiento que a veces adoptas como defensa—. ¿A qué se dedica exactamente?

—Soy escritor. —Otra evasiva, aunque esta es menor.

—Vaya. ¿Y qué escribe?

—Historias.

Cada vez nos acercamos más a la verdad, aunque sin rozarla. Veo que mi respuesta ha despertado tu interés. La palabra «escritor» tiene ese efecto en mucha gente.

—¿Como Hemingway?

—Quizá algún día —respondo, porque, como mínimo, esa parte es cierta. Puede que algún día escriba como él. O como Fitzgerald. O Wolfe. Por lo menos, esa es la idea.

Arrugas la nariz pero no dices nada.

—¿No admira usted al señor Hemingway?

—No me gusta especialmente. Demasiado machismo resentido. —Tus ojos se van a la pista de baile y, por un momento, creo que te has cansado de nuestra conversación—. Soy más de las Brontë —añades al final, mientras los instrumentos de viento metal interpretan «Never in a Million Years» en el escenario.

Me encojo de hombros ligeramente.

—Héroes melancólicos y páramos barridos por el viento. Resultan muy… atmosféricos. Aunque son demasiado góticos para mí.

Inclinas la copa hacia atrás y te la terminas, luego me miras de reojo.

—Pensaba que los ingleses eran unos petulantes empedernidos con el tema de los libros. Que solo les gustaban los clásicos.

—No todos. Algunos somos bastante modernos, aunque admito que soy un gran admirador de Dickens. No era muy romántico, pero el hombre sabía contar una historia.

Alzas una de tus cejas sedosas y oscuras.

—Ha olvidado a la atormentada señorita Havisham y su horrible tarta. ¿Eso no le parece gótico?

—De acuerdo, lo admito. Sí que recurrió a los jóvenes amantes condenados y a las mujeres recluidas en vestidos de novia viejos un par de veces, pero, como norma general, escribía sobre problemas sociales. Sobre los acaudalados, los necesitados y la disparidad de clases.

Espero con el rostro inexpresivo y me pregunto si morderás el anzuelo. Intento tirarte de la lengua, porque ya me he formado una opinión de ti y, de repente y de forma inexplicable, deseo no estar en lo cierto.

—¿Y en qué bando está usted? —respondes, devolviéndome la jugada—. ¿En el de los acaudalados o el de los necesitados?

—Sin duda alguna en el segundo, aunque aspiro a mejorar. El tiempo dirá.

Ladeas la cabeza con los ojos levemente entrecerrados y veo que te empiezas a cuestionar otra cosa. Un aventurero confeso, sin dinero ni posibilidades y, sin embargo, estoy en tu bonita fiesta, bebiendo del champán de tu padre y siendo impertinente. Quieres saber quién soy y cómo alguien como yo ha conseguido llegar hasta aquí. Pero, antes de que me puedas preguntar, una mujer corpulenta vestida de tafetán negro te agarra del brazo con una gran sonrisa bajo unas blanquecinas capas de polvos.

Me mira de arriba abajo, me tacha de alguien poco importante y te da un beso en la mejilla.

—Bonne chance, querida. Tanto para ti como para Teddy. Entiendo que tu padre esté tan contento. Te irá muy bien. Y a él también.

Respondes con una sonrisa, pero no es tu sonrisa de verdad, sino la que reservas para momentos así. Es un gesto ensayado y mecánico. Y al verte sonreír, afectada, no puedo librarme de la sensación de que la mujer a mi lado, esta belle reluciente, en su vestido de seda y sus perlas, es una farsa, un personaje de un fastuoso drama de época con su disfraz, un ser eficiente compuesto de ruedas y engranajes.

En cuanto la mujer se va, la sonrisa desaparece tan deprisa como ha aparecido. Te veo desanimada sin ella, menos resplandeciente, no sé por qué, y casi siento lástima por ti. Era lo último que esperaba sentir hoy, y eso me molesta. La compasión es un lujo para los hombres de mi profesión.

Inclino la cabeza con un simple asentimiento.

—Si no la conociera, y supongo que es así, pensaría que es infeliz. Algo sorprendente, teniendo en cuenta que ha conseguido cazar a uno de los solteros mejor considerados de Nueva York. Petróleo. Propiedades. Casas. Y el muchacho no está nada mal. Es lo que llamaríamos un «niño bonito».

Te tensas, ofendida por mi tono. Y por el hecho de que he visto más allá de tu deslumbrante fachada.

—Parece conocer muy bien a mi prometido. ¿Es usted amigo de Teddy?

—No somos amigos, no. Pero sé algunas cosas de su apuesto hombre y su familia. Y de la interesante colección de amigos de la que han conseguido rodearse. No todos son de primera categoría, pero no cabe duda de que son… útiles.

Una pequeña arruga te cruza la frente.

—¿Útiles?

Respondo con una sonrisa distante.

—A todos nos viene bien tener amistades en las bajas esferas, ¿no cree?

Te he dejado totalmente desconcertada. No sabes cómo interpretar mis palabras. ¿Son una amenaza? ¿Una petición para que me presentes a alguien? ¿Una insinuación sexual? Te llevas la copa a los labios, pues has olvidado que te la has acabado, y la bajas con un quejido.

—¿Le ha invitado alguien?

—Pues sí. Aunque creo que mi acompañante ha desaparecido. Ha ido a empolvarse la nariz hace un rato y todavía no ha regresado.

—¿Y quién es su acompañante? Odio tener que preguntarlo, pero es mi fiesta.

—Me ha traído Goldie —me limito a contestar, porque los apellidos son innecesarios cuando se trata de Goldie.

Se te abren las aletas de la nariz al oír el nombre.

—Pensaba que alguien a quien le preocupan tanto las amistades de mi prometido sería más sabio al escoger acompañante.

—¿Entiendo que no lo aprueba?

—Yo no tengo que aprobar nada. Simplemente, no sabía que estaba invitada. No suelo codearme con propietarias de periodicuchos de cotilleos.

—Solo tiene un «periodicucho de cotilleos», el resto son periódicos legítimos.

Apartas la mirada con un gesto de la cabeza.

—¿No cree que las mujeres puedan trabajar en los periódicos?

Me lanzas un vistazo rápido, con los ojos afilados y cargados de emoción.

—Creo que las mujeres pueden trabajar donde quieran, siempre que sea un empleo respetable. Pero esa mujer… —Te quedas en silencio cuando el camarero se acerca y cambias la copa vacía por una llena. Le das un trago corto y esperas a que se vaya para inclinarte hacia mí—. Debería usted saber que esa mujer es de todo menos respetable.

—¿Imagino que lo dice por su séquito de jóvenes pretendientes?

Me miras con incredulidad, sorprendida por mi franqueza. O por lo menos lo finges. Eres de las que juzga por cosas superficiales sin molestarse en descubrir qué hay más allá. Es una pena, aunque probablemente sea mejor para mí a la larga.

—¿Lo sabía? ¿Y a pesar de eso ha venido con ella a un acontecimiento como este?

—Ella tenía una invitación y yo quería venir.

—¿Por qué?

—Quería ver a los suyos en su hábitat natural. Además, la mujer no lo esconde. No me lo ha ocultado ni a mí ni a nadie.

—¿Y a usted le parece bien formar parte de ese… séquito?