El efecto elefante - Marisa Potes - E-Book

El efecto elefante E-Book

Marisa Potes

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Beschreibung

Acción, misterio, romante y aventuras protagonizan esta atrapante novela. Aunque nadie lo sepa, existe el Cuartel del Tiempo, un grupo de jóvenes que se encargan de solucionar las anomalías que se producen en la historia. Para eso, cada uno de ellos debe viajar al momento y lugar en que ocurren y corregirlas. Sin embargo, las anomalías aumentan, y los agentes tienen que trabajar sin descanso, arriesgándose cada vez más para descubrir qué es lo que las está creando. Laura, la más nueva de las agentes, se meterá de lleno en esta aventura de arreglar el pasado, para que la historia siga siendo tal como la conocemos. Porque un pequeño detalle alterado puede desencadenar El Efecto Elefante. Una novela llena de acción, misterio y romance que te darán ganas de saber más historia, y de tener a mano el control para ser parte de este grupo de aventureros del tiempo.

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Seitenzahl: 566

Veröffentlichungsjahr: 2022

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El efecto elefante

El efecto elefante

Marisa Potes

Índice de contenido

Portadilla

Legales

El efecto elefante

Potes, Marisa

El efecto elefante / Marisa Potes. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2018.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-609-722-2

1. Narrativa Infantil y Juvenil Argentina. I. Título.

CDD A863.9282

© 2017, Marisa Potes

© 2018, Editorial Del Nuevo Extremo S.A. A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina Tel / Fax (54 11) 4773-3228 e-mail: [email protected] www.delnuevoextremo.com

Imagen editorial: Marta Cánovas Diseño de tapa: WOLFCODE Diagramación interior: ER Correcciones: Mónica Ploese

Primera edición en formato digital: abril de 2018

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-722-2

A los que amo,- más allá del tiempo y del espacio.

PARTE ILA PARADOJA DEL TIEMPO

1. La paradoja del tiempo2006, junio

Sonó el despertador. Miró la hora: 6.50. Se dio vuelta y volvió a taparse. Un ratito más.

Se durmió y soñó. Era bueno tener esos sueños tranquilos. Recorría un lugar sin tiempo. Un tiempo sin horas. De una escena pasaba a otra, y todas eran la misma escena. Se sentía relajada sumergida en las sábanas. Una sonrisa se escapó hasta su boca. Le gustaba reírse estando dormida porque era una risa genuina, espontánea, emitida directamente del centro de felicidad de su alma, sin motivo, sin fachadas.

No le daban ganas de despertarse.

¡Despertarse! Se sentó de un golpe en la cama. ¡Era tarde! ¡Seguro que era tarde! ¿Cuánto tiempo habría pasado?, se preguntó mientras apartaba las sábanas de un tirón. Miró el reloj.

6.53.

¿6.53? ¿Solo tres minutos habían pasado? Y sí. El tiempo es relativo. Siempre supo que el tiempo es relativo. Lo que en algunas dimensiones era una hora, allí representaba tres pequeños minutos.

Pero su cuerpo había abandonado el mundo de los sueños, y en la alarma violenta que encendió de golpe todas las luces en su cerebro, ya estaba despierta.

Se preparó una chocolatada caliente, tomó tres galletitas de agua y buscó en la heladera algo para untarles. Quedaba muy poco del dulce de leche que ella había comprado y no había alcanzado a comer.

Mientras mordía la galletita, buscó el bolso y verificó que tuviera los apuntes. Y como escuchó ruido en el pasillo y no tenía ganas de hablar con nadie, se apresuró a abandonar la casa.

Otra mañana fría. Metió las manos en el bolsillo de la campera vieja. No se había comprado aquella que quería, porque su sobrino se cayó de un árbol y tuvo que acompañar a su hermana al hospital. Brenda era un poco inútil y no sabía desenvolverse sola… ¡Y encima se había olvidado los guantes! Las mañanas marplatenses suelen ser gélidas.

Otro día tedioso de oficina. No veía la hora de conseguir un trabajo más acorde con ella. Hacer copias todo el día y acomodar los papeles en las carpetas del archivo la estaba hastiando. La plata no le alcanzaba, pero si se buscaba otro trabajo más tendría que dejar la facultad, y estaba tratando de hacer lo contrario para cursar mejor. Por eso, finalmente, terminó desechando la idea de la compra de la campera.

Titi decía que de qué se quejaba, si en el archivo no entraba nadie y así podía estar tranquila y fumar lo que quisiera. Pero ella no fumaba, y le hubiera gustado tener una ventana para mirar para afuera.

Ahí venía el colectivo. Muy lleno. Miró la hora. No lo tomó. Había salido con tiempo suficiente como para ir caminando. Sería una buena manera de entrar en calor.

Todos los días iguales. Monótonos. Trataba de darles un toque diferente variando algunas rutinas, pero no tenía que engañarse: todos los santos días eran iguales. Igualitos.

¿Alguna vez un suceso extraordinario la sacaría de aquella abulia en la que se negaba a caer? ¿Un príncipe azul pasaría en un Mercedes descapotable y la rescataría de su vida chata? ¿Una invasión extraterrestre acabaría con la vida en la Tierra y ella sería la heroína que salvaría a los que quedaban? (No por ser la más valiente, sino porque era la única que podía... caminar, por ejemplo).

A veces tenía sensaciones raras. Muchos déjà vu de déjà vu.(1) Por ejemplo, cien veces había caminado esas cuadras, pero ahora tenía la sensación de que en otro momento había vivido ese mismo instante, en que pensaba que en otro momento anterior había tenido ese déjà vu... Como en un juego de líneas temporales paralelas como en Dragon Ball Z, en una infinita cantidad de universos paralelos, de espejos enfrentados, de “parques continuados”. (2)

Otras veces había oído voces que otros no oían o le parecía ver gente que no estaba ahí.

Por ejemplo, ahora, si le preguntaran, diría que ella misma iba caminando por la vereda de enfrente, ¡y con la campera que quería comprarse!

Miró la hora otra vez. Tenía tiempo, y su gemela iba en la misma dirección que ella, así que decidió jugar un poco y la siguió.

La chica esa caminaba tan rápido como ella misma, o más rápido. Evidentemente iba apurada.

De repente, la chica se detuvo. Se le parecía: pelo castaño claro atado con una colita, como ella usaba a veces, guantes negros, como los que había olvidado hoy.

Ahora sí la alcanzaría. La chica sacaba un objeto de su mochila. Parecía un celular o un Tetris o algo así.

Se acercó. Le preguntaría la hora para verle la cara. A lo mejor tenía una hermana gemela, ¡las separaron al nacer y su hermana era heredera de una inmensa fortuna en un reino lejano!, fantaseó. Se rio. ¡Las tonterías que se le ocurrían!

Cuando llegó junto a ella, la saludó con un “¡Buenos días, ¿podrías...?!”. Pero no terminó la frase, porque la otra levantó la mirada.

Se vieron a los ojos. ¿Pero...? Era más que una gemela. ¡Eran sus propios ojos! ¡Esa era... ella!

Algo como una aspiradora enorme comenzó a absorberla.

Sus pies se separaron del piso y sintió con horror cómo esa fuerza la atraía hacia su otro yo. Manoteó en el aire para agarrarse de algo, pero no pudo.

Sintió un golpe primero en el pecho, después en todo el cuerpo y luego una sacudida eléctrica. Pudo ver su forma simétrica con la otra.

Se le puso todo negro y después una hilera de imágenes en velocísima sucesión desfiló ante sus ojos, en un sinfín de colores.

Entonces notó algo más extraño aún. Supo cosas que antes no sabía.

Supo qué era ese aparato que había sacado de la mochila y por qué lo sacaba. Supo dónde lo había encontrado y para qué se usaba. Recordó caras, nombres y cosas que antes no estaban en su mente.

El golpe de electricidad cesó, y sus pies volvieron a tocar el suelo. Tuvo que apoyarse en la pared, porque fue tan repentino que trastabilló.

Pestañeó. Miró a su alrededor. Un tipo que dormitaba en un porche se despertó del todo y tiró el cigarro que fumaba. Una viejita comenzó a caminar más rápido con su trípode y murmuró:

–¡Lo único que me faltaba! ¡Alzheimer!

Se miró y agrandó los ojos, ¡tenía la campera que le gustaba, jeans y borceguíes! Miró para adelante, para atrás, se miró las manos. ¡Tenía los guantes puestos! Se tocó el pelo. ¿Cómo? ¿Se había hecho la colita? Fue hasta una vidriera y miró su imagen reflejada en el espejo. Gritó. ¡Era ella pero con la ropa de la otra!

Pero a la vez que se sorprendía y advertía que la parecida a ella había desaparecido, se daba cuenta de que sabía lo que le había ocurrido: la paradoja del tiempo. Mateo se lo había explicado cuando lo conoció: “Si uno se encuentra con uno mismo, a un metro de distancia y se mira a los ojos, se produce una intersección de líneas temporales y los dos ‘yos’ se atraen como dos imanes y se fusionan”. (3) No sabían mucho acerca del fenómeno, pero por unas experiencias de un agente canadiense en una tormenta geomagnética que había provocado muchas anomalías, se suponía que prevalecía el yo más fuerte, sin perder los recuerdos del otro.

Se sentó en una parecita. Le dolía la cabeza. Mateo le había dicho que eran normales el dolor de cabeza y unos minutos de confusión.

O sea, que estaba vestida como la otra, pero seguía sabiendo que era ella, caminando hacia el trabajo, pero ahora con aquel control remoto, la campera y los guantes. Y la campera la había podido comprar porque este nuevo trabajo era bastante bien remunerado.

¿Qué mes era este? Junio. Aquello había ocurrido a fin de marzo.

¿Qué era ese control? Un control de tiempo. ¿Por qué lo tenía? Lo había encontrado entre las cajas del archivo, en la oficina. Como no sabía qué era, apretó todos los botones, hasta que el botón fucsia la llevó ante la presencia de un tipo... raro.

Era joven, tenía el pelo negro alborotado como los animé que le gustaba ver, los ojos grises y una remera negra con una gran calavera que sostenía un cronómetro.

Estaba en un cuarto grande, con varias computadoras, un reloj extraño, de aspecto antiguo, rodeado por doce relojes iguales pero más pequeños.

Cuando ella apareció ahí, el sujeto estaba sentado en un sillón masajeador, comiendo pochoclo y mirando una película.

–Hola –le dijo mirándola apenas–. ¿Quién sos?

–Laura –respondió ella automáticamente. Había caído sentada y se sentía mareada y descompuesta.

–Hola, Laura. Ahora te atiendo... Mmmh, ¿dónde está el control remoto? –miró a su alrededor, buscó debajo de unos papeles. Finalmente optó por levantarse y poner en pausa el video que miraba.

Detuvo el sillón y se dirigió a ella.

–¿Cómo llegaste acá?

Laura seguía sentada en el piso sin entender nada.

–Eso es lo que quiero saber... ¿Quién sos vos?

–Mateo. ¿Laura?... No te recuerdo.

–¿Qué hago acá? ¿Qué lugar es este? –la voz de Laura ya sonaba alterada.

–Este es el Cuartel del Tiempo.

–¿Cuartel del Tiempo? ¿Qué idiotez estás diciendo?

El joven se puso de pie y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.

–Ninguna idiotez. Fijate. ¿No parece un Cuartel del Tiempo?

Laura miró mejor aquella habitación. Además de los relojes, había mapas, muchos mapas, calendarios de varias clases en distintos idiomas y con diferentes símbolos. Un monitor con la pantalla dividida en cuatro, que mostraba diferentes escenas. Otra que tenía un montón de números blancos que cambiaban todo el tiempo y una biblioteca enorme que apenas se asomaba hasta un espacio grande. Espió. Eran cuatro estanterías larguísimas que parecían no tener fin.

Dedujo que ese lugar se usaría para reuniones, porque contra la pared había apiladas muchas sillas.

–Pero... ¿qué es esto? ¿Qué hago acá?

–Soy el encargado de este Cuartel. Corregimos problemas en el tiempo.

Laura no toleraba la calma del muchacho, sobre todo porque de lo que le explicaba, no entendía nada.

–¡Decime de una vez! –gritó y casi sollozó–, ¿qué hago acá? ¡Yo estaba en mi trabajo, encontré esto y...!

Mateo le puso una mano en el hombro, invitándola a calmarse y a sentarse en la silla giratoria que le alcanzó.

–Shhh, shhh. ¿Así que lo encontraste? –Tomó el aparato, lo dio vuelta y miró la numeración que estaba detrás–. Ah, ya veo. Hace tiempo que no teníamos noticias de este... ¿y dónde trabajás?

–En La Segura Previsora. Una aseguradora.

–Sí, me doy cuenta. ¡Con ese nombre...! ¿Y dónde está eso?

–En Tucumán y Brown... En Mar del Plata.

–Me parecía.

–¡Basta! –Ahora sí lloró, porque se le salieron unas lágrimas involuntariamente–. ¡Yo soy la que quiere saber dónde está! ¡Quiero saber qué me pasó!

–Vení, sentate. ¿Querés un juguito? –le ofreció una cajita de jugo de un frigobar que tenía bajo la mesa de una de las computadoras.

–¡No, no quiero un juguito!... Bueno, sí, dame, pero ¡explicame!

Le dio una cajita de jugo de naranja.

–Bueno, ese es el control de tiempo. Cuando querés viajar a una fecha determinada, no tenés más que poner la fecha, el lugar, lo apoyás contra tu pecho, presionás el botón del elefantito y viajás a la brecha.

Laura lo miraba boquiabierta, porque el muchacho se había tirado para atrás en la silla giratoria que ocupaba ahora, había puesto los pies en un banquito y, con las manos en la nuca, hablaba como si le contara qué iba a hacer en su fiesta de cumpleaños.

–¿Viajes en el tiempo? ¿Es una máquina del tiempo?

–Sí, digamos que sí.

–¿Y cómo llegué aquí? Apreté el elefantito y no pasó nada... Apreté el fucsia y terminé acá. ¿En qué época estoy?

–En la actual, no te preocupes. Con ese viajás a las brechas. El fucsia es el de emergencia, digamos, y te trae acá.

–¿De emergencia? ¿Entonces no debería ser rojo?

–¿Y por qué no fucsia?

–Porque es de emergencia.

–¿Necesitás de estereotipos? Me gustó fucsia.

–¿Y... qué es lo que arreglan? ¿Como en la serie Viajeros?

–Y sí, más o menos. Pero no hay personajes de otra dimensión.

–¿Ah, no? ¿Y vos?

Mateo se sentó derecho, se tocó el cuerpo y se miró un poco alarmado.

–¿Por? ¿Parezco muy raro? Yo creí que era normal...

–No, no parecés raro, pero lo que me decís es raro.

–¡Ah, bueh, qué alivio...! –Se volvió a recostar en su sillón–. ¿Qué más querés saber?

–¿Cómo “qué más querés saber”? ¡Todo! ¿Qué es lo que arreglan? ¿Cómo es esto?

–Hace bastante tiempo empezaron a aparecer alteraciones en los libros de historia, y se dieron cuenta de que no eran solo errores de un historiador distraído. Había repercusiones en la realidad actual. Un científico inventó esta máquina y la posibilidad de mandar a un agente a volver a poner las cosas en el curso que se debe.

–¿Y por qué hay errores? No entiendo.

–No sabemos por qué hay errores, ni qué hace cambiar los hechos. Por ejemplo, nadie lo recuerda, pero un día flameó la bandera inglesa en nuestros mástiles.

Laura sintió uno de sus déjà vu.

–¿Me estás diciendo que...?

Mateo asintió con la cabeza.

–Sí. Perdimos las invasiones. Alguien fue, lo arregló, y no somos kelpers.

–Pero... ¿cómo vos te das cuenta de eso y yo no lo recuerdo?

–Porque yo estoy en este Cuartel del Tiempo. Estoy aislado de los cambios del mundo. Si no fuera así, no podría percibirlos.

–O sea que vos no viajás...

–No. Yo controlo.

–¿Y si un... agente, como los llamás vos, se equivoca?

–Me ocupo de mandar a otro que lo arregle. Pero no ocurre eso. Tenemos mucho cuidado en seleccionar a nuestra gente.

–¿Qué? ¿Son muchos?

–No tantos. No cualquiera puede ser agente. Es un asunto muy delicado.

–Sí, ya veo lo cuidadosos que son... –Laura le señaló el control–. ¿Dónde está el dueño de esto?

–Esperaba que me lo dijeras vos.

–¿Yo? ¡Yo no tengo ni idea ni entiendo nada todavía!

–Creo que sí entendiste. Si una mariposa aletea en California, puede provocar un tsunami en Japón, (4) así que imaginate lo que puede provocar una patada de elefante... y cualquier cambio en la historia de nuestro país es una patada de elefante.

–¿Por eso el botón con el elefantito?

–Sí... ¿Qué –bajó la voz y le preguntó en tono confidencial– no te gusta el elefantito? A mí me pareció que tenía sentido...

Laura lo miró. ¿Qué le pasaba a este tipo? ¿Le hablaba de brechas en el tiempo y le preocupaba si le gustaba el diseño del control?

–Sssí... tiene sentido... está lindo...

–¡Ah, bueno! Menos mal, porque ya me criticaste el fucsia.

Un número empezó a parpadear en naranja en la pantalla, esa donde corrían números todo el tiempo.

–Disculpame.

Mateo tomó el último sorbo de su jugo, lo arrojó con envidiable puntería al cesto que estaba en la otra punta de la habitación y escribió algo en la computadora que estaba al lado de aquella donde parpadeaba el número.

Fue hasta uno de los cajones, lo abrió, sacó una caja de chicles, tomó dos para él, le ofreció la caja a ella, que negó con la cabeza, y luego escribió algo en un control como el de Laura. Lo dejó sobre el escritorio y regresó a su posición indolente.

–¿Qué me decías?

–Que no entiendo nada.

–Ah, sí –masticó un poco, puso cara de asco y le pidió la caja–. ¿De qué son estos chicles? –la examinó–. Multisabores. ¡Qué feo! Prefiero los de menta.

Tiró el chicle al cesto lejano aquel.

–¿Por qué no lo ponés acá?

–Porque así practico puntería. Es más divertido. Mirá, yo creo que sí entendés. Lo que tu mente no logra es aceptar. Porque lo que aquí ocurre no es fácilmente aceptable para la mente humana promedio.

–Ah, ya entiendo. Es todo para mentes superiores como la tuya.

–Bueno, qué bien que te diste cuenta... A algunos les lleva más tiempo darse cuenta de que tengo un coeficiente intelectual superior, gracias. –No. No la estaba cargando. No había advertido el tono irónico que ella usó–. Pero no, la gente común también puede entender. En realidad, se trata más de aceptar que de entender.

A Laura le fastidiaba la naturalidad de aquel tipo. ¿Era que no advertía lo extraordinario de aquello?

–¿Y para quién trabajás vos?

–Para la Corporación del Tiempo –dijo, como si fuera obvio.

–¿Y te pagan? ¿Cómo llegaste acá?

–¡Claro que me pagan! ¿Si no de qué iba a vivir? Llegué como todos. Por casualidad.

–¿Y quién es tu jefe?

–El doctor Meier, el que descubrió esto. ¿Nunca oíste hablar de Meier?

–¡Hola! ¡Sintonizá! –Laura se golpeó la sien con un dedo–. Te recuerdo que en el mundo común no sabemos que ustedes existen.

–Sí, claro. A veces me olvido... Bueno, pero ¿relojes Meier, no te suena? No son suizos. Los fabrica él. Ese es Meier –le señaló un retrato en una de las paredes. Se trataba de un hombre de cabello blanco, rostro inteligente, ojos claros tras unos anteojos redondos, e impecable traje–. Bueno, Laurita. Gracias por traer el control. Podés irte.

–¿Y de quién era?

–De un tipo, medio tonto. No me pareció bien que lo contrataran, pero bueno… Hasta que pasó lo que pasó.

–¿Y qué pasó?

–Ah, no sé. Pero algo debe haber pasado, si no el control no lo tendrías vos.

–¿Y dónde está la puerta? –preguntó Laura entendiendo que era mejor irse. Tal vez si salía de ahí se daba cuenta de que estaba soñando. Drogarse, no se drogaba, pero quizá le habían echado algo en el café.

–No. No tenemos puerta. Para volver al lugar de donde viniste tenés que apretar el botón fucsia con el elefantito. ¿Viste? Lo hice difícil de apretar, porque si no acabarían todos acá todo el tiempo, por accidente.

–Claro. E imagino que preferís estar solo.

–Y sí. A veces me aburro, pero es preferible solo que mal acompañado por todos esos locos que viajan en el tiempo –se estremeció.

Laura lo miró. ¿Este muchacho tenía la menor idea de lo que los demás pensarían de él?

Pero resolvió que era el momento de irse de ahí. Suponía que Mateo tenía razón y era cuestión de aceptar, no de entender, como aquello que le enseñaron en la escuela de que la recta tenía infinitos puntos. Pero aún no estaba lista para aceptar, entonces...

–¿Me dijiste que el fucsia y el elefantito?

–Sí. Lo ponés contra tu pecho, apretás y ¡listo!

Laura lo agarró, lo puso contra su pecho y cuando apretó, alcanzó a darse cuenta de que él le iba a decir algo. Pero cuando Mateo dijo “apretá y soltalo enseguida”, ella ya había aparecido otra vez en el cuartito del archivo.

Había cerrado los ojos, así que se llevó por delante algunas cajas, pero nadie se enteró de que se había ido.

Bueno. Soñando, no estaba. Café, no había tomado todavía, tenía el control ese en la mano y el sabor del juguito en la boca. O sea, que aquello había ocurrido.

Ella no pensaba volver a tocar jamás ninguno de aquellos botoncitos, pero tampoco podía dejar que el control cayera en las manos de cualquiera. Qué tonta. Tendría que haberlo soltado no bien apretó, para que el control quedara en el Cuartel del Tiempo.

Tenía que devolverlo. Pero prefería esperar a otro día para regresar allí. Aún no estaba lista.

¿Y dónde lo guardaría? Pensó un poco. Ahí mismo. Nadie jamás iba al archivo. Era su ámbito exclusivo. Una de sus compañeras la cargaba y le decía que si llegaba a darle un ataque o algo y se moría ahí la iban a encontrar por el olor.

Lo colocó en una de las cajas donde lo había hallado, pero en la de 1989. (5) Había sido un año tan problemático que nadie lo tocaría. No lo consultaban porque era imposible de entender, y no lo tiraban porque les daba “cosita” tirarlo.

Se subió a un banquito, metió la caja en su lugar y decidió salir del cuarto. Si no veía el mundo real inmediatamente corría el riesgo de enloquecer.

Por supuesto que no olvidó el suceso, pero se quedó absorbida por la monotonía de sus días todos igualitos, todos igualitos.

1- “Ya visto”.

2- Es evidente que está pensando en “La continuidad de los parques”, de Julio Cortázar.

3- Este fragmento puede leerse en el Manual del tutorial del Cuartel del Tiempo.

4- El “efecto mariposa” es un concepto que hace referencia a la noción de sensibilidad de las condiciones iniciales dentro del marco de la Teoría del Caos. Su nombre proviene de un antiguo proverbio chino: “El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”.

5- Comienzo del gobierno de Menem. Época de hiperinflación.

2. “Azul un ala...”Potosí, 1789

María Ignacia Márquez no tenía intenciones de casarse con Antonio, peón del campo de al lado. ¿Qué futuro podría tener con un hombre como él?

Solía sentarse en la horqueta del árbol alejado y soñar con que alguien la sacaría de ese lugar y la llevaría lejos.

Corría el año 1789 y Potosí ya no era lo que había sido. Cerraba los ojos y soñaba que vivía cien años atrás, cuando su ciudad era la reina de las Indias.

Nacha, como la llamaban algunos cariñosamente, sabía que no tardarían en decirle que era hora de contraer matrimonio. Tenía quince años y había escuchado una conversación entre su madre y la tía de Antonio. Antonio tenía ocho años más que ella, y al momento de elegir, por supuesto que lo preferiría a él antes que al dueño de la posada. Don Iñíguez era mayor que su propio padre.

Sus opciones parecían ser esas: Iñíguez y sus novecientos años, o el joven Antonio y sus pocas probabilidades de superación.

Desde donde estaba sentada podía ver el sendero. Apareció alguien en él.

Contuvo el aliento. ¡Ese era! ¡Ahí estaba el que sería el amor de su vida!

Un rostro firme, de hermosas facciones enmarcadas en una barba oscura, prolijamente cortada. Había sacado un papel y lo examinaba detenidamente. Parecía dudar acerca de algo.

Nacha se estiró un poco para verlo mejor, pero perdió el equilibrio y resbaló de la horqueta hasta el piso. Se quería morir. No le parecía la mejor manera de conocerlo… pero resultó efectiva.

El recién llegado escuchó el golpe y acudió presuroso en su ayuda.

–¡Señorita! ¿Está bien?

Nacha trató de levantarse, pero como no lo logró porque estaba enredada en su propio chal y su falda, el hombre la ayudó a ponerse de pie.

–¿Seguro que está bien?

La muchacha se sacudió la tierra y las hojas del chal.

–Sí, sí. Gracias.

Él se tocó la cabeza, mirándola. Nacha frunció el ceño.

Él volvió a tocarse, alzando las cejas, y ella entendió. Tenía algo en el pelo. Pero como no lograba quitárselo, él dijo:

–Permítame –y le fue quitando una a una las hojitas que habían quedado enmarañadas en su cabello dorado.

Se sonrojó porque él estaba muy cerca, olía maravillosamente, y sí, era realmente muy buen mozo. Hubiera querido tocar su cabello oscuro como su barba. Pero no lo hizo. Esperó que él terminara su tarea.

–Bueno… Creo que ya está. –Le tendió la mano–. Soy José Trelles.

Ella le dio la suya, blanca, delicada.

–María Ignacia Márquez. Pero me dicen Nacha, más corto.

–Nacha –él le tomó la mano y mirándola a los ojos, la llevó a sus labios–, no sabía que hubiera flores que se llamaran “Nacha” –le dijo, galante.

Y María Ignacia confirmó lo que había pensado: ese era su hombre.

2006, abril

En las mañanas de viento a favor podía escuchar a los niñitos de la escuela de la otra cuadra cantar “Aurora”. Cosas de la física. Si se podía viajar en el tiempo, ¿por qué no iba a poder escuchar perfectamente “Aurora”?

Tarareó la canción mientras le ponía mermelada a las tostadas. ¡Aj! Mermelada de naranja. Re-ácida esa marca ordinaria que su madre compraba. Su madre compraba cualquier mermelada barata, aunque le dejara plata, pero cuando ella compraba dulce de leche, ¡bien que a todos les encantaba comerlo!

Alta en el cielo

Un águila guerrera

Audaz se eleva

En vuelo triunfal

Azul...

¿Qué? ¿Cómo que roja? Prestó atención.

Roja es la estrella

Que cayó del cielo

Roja es la sangre

Que brotó inmortal.

El resto de la canción era como ella la conocía.

Se encogió de hombros. Seguramente habría escuchado mal o se trataba de esos ejercicios de creatividad en los que le cambiaban la letra a las canciones. ¡Pero meterse con “Aurora”! Le pareció un sacrilegio.

Tomó el desayuno tranquila. Nadie se levantaba a esa hora en su casa. Su hermana más chica, Silvia, iba al Polimodal a la tarde. Su madre trabajaba como secretaria de un médico, a la tarde también.

Se puso un abrigo, tomó un poco de agua y salió. Era el fin del verano, pero en Mar del Plata siempre hay que salir con saquito por las dudas. El clima puede cambiar diez veces en el día. Aunque hoy hiciera calor como si fuera enero.

Cuando cruzó la calle y miró para el lado de la escuela, se quedó dura. Tanto, que un auto casi la pisa, la esquivó, le dijo un montón de palabras que empezaban con “p” y otras con “b”, y le tocó bocina. Laura solo atinó a cruzar, sin sacar la vista de la bandera que flameaba en el mástil que asomaba por el paredón.

Era roja y celeste. ¡Mitad roja y mitad celeste! ¡Qué fea! ¡Y tenía el sol amarillo en el medio! ¡Más fea, todavía!

Recordó lo que le había dicho aquel muchacho: “Empezaron a aparecer alteraciones...”.

Pero lo de la bandera inglesa no lo recordaba. Aunque tenía un déjà vu. Quizá, cuando las cosas se arreglaban a uno solo le quedaba el déjà vu...

Tenía que avisar. Quizá solo era un tema del color de la bandera, pero a lo mejor era algo más grave... A lo mejor pertenecían a otro país... Aunque no recordaba ningún país con una bandera tan fea como esa.

Bueno, el chico ese, Mateo, ya se encargaría de mandar a alguien... Se detuvo. ¿Y si no se daban cuenta?

Decidió ir a la oficina antes de hora. Se colgó del colectivo que venía abarrotado y llegó cuarenta y cinco minutos antes de que abrieran. La recibió el de seguridad, que a veces le hacía ojitos. Cretino. Era casado y tenía un bebé.

–Hola, Laurita. Qué temprano, ¿eh?

–Tengo trabajo atrasado. Abrí –le dijo secamente.

El tipo le franqueó la entrada. Laura corrió por el pasillo y fue al cuarto de archivo.

Se subió al banquito, sacó la caja y la abrió. Allí estaba el control. Cerró la puerta del archivo por dentro. A ver si todavía venía el imbécil ese a hacerse el vivo y la pescaba...

Tomó aire, nerviosa por lo que iba a hacer. Se puso el control sobre el pecho, apretó con fuerza el botón fucsia, pero esta vez no cerró los ojos. Esperaba poder aterrizar con mejor suerte.

La envolvió un vórtice transparente que giraba con lentitud. Podía ver todo a su alrededor, como en cámara lenta. Luego empezó a girar vertiginosamente, envuelta en miles de colores. Un flash. Un segundo de oscuridad absoluta, y ahí estaba en el Cuartel, de pie, sin marearse ni caerse. Bueh, parecía que aterrizar no era tan difícil.

–¡Ah, qué bueno que viniste! –exclamó Mateo, mientras cerraba un archivo que estaba mirando–. No llegué a decirte que dejaras el control.

Tenía el pelo igual de desordenado, pero la remera era blanca esta vez y tenía estampado un reloj de arena con ojos, tan grises como los de él mismo.

Un parpadeo en la computadora de los números. Fue, escribió algo, tiró un envoltorio de chocolate con cada vez mejor puntería y escribió un mensaje en el control.

–¿Y cómo andan tus cosas? –le preguntó.

–Bien, normal, bueh, bah, normal no...

–Apretá el botón fucsia y el elefantito, pero apenas lo hagas, tiralo para mi lado, si no voy a tener que mandar a alguien a buscarlo y están todos muy ocupados. ¿Lo ves? Otro más.

Era verdad. Otro destello. Consultó la pantalla dividida en cuatro, se pasó la mano por el pelo –ahí Laura descubrió por qué lo tenía tan alborotado y protestó:

–¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Lis-to! –dijo cuando apretó el enter–. ¿Necesitabas algo más? –se sentó en su silla giratoria, mientras tomaba una revista de historietas–: Hijitus –explicó–. No la editan más, pero se la encargué a uno que fue al 74.

¿A uno que fue al 74? Laura sacudió la cabeza.

–En realidad vine porque descubrí un error.

–¿Un error? ¿Viste que la fuente de Lola Mora no está? Ah, no, vos sos de Mar del Plata.

–No. La bandera. Es roja y celeste.

–Ah, sí. Justo estaba por mandar a alguien. Pero primero tenemos que convencer a Lola de que no se deje arrastrar por los prejuicios de la sociedad. Esa misión tiene cuenta regresiva más rápida.

–¿No querés que vaya yo? –y cuando terminó de decirlo, se tapó la boca. ¿Qué idioteces decía?

Mateo hizo girar la silla para enfrentarse con ella.

–¿Vos? No sos agente.

–Pero te falta un agente. ¿O el que perdió el control volvió?

–No, es cierto, pero no solemos tomar a nadie tan repentinamente.

–¡Mirá! Otro parpadeo. Hay muchos problemas.

–Es que se originan eventos en cadena que no siempre se solucionan al salvar el error originario. La patada de elefante, ¿entendés?

–Claro. Por eso, dejame ayudarte.

–No, no sé... ¿Vos sabés algo de historia?

–Sí. Siempre me sacaba diez, y estoy yendo a la facultad.

–Ajá. A ver... ¿qué diferencia hay entre el 25 de Mayo y el 9 de Julio?

–Fácil. Que en mayo fue la Revolución que cambió al virrey por una junta de vecinos, y en julio, pero seis años después, se declaró la Independencia.

–¿Qué presidente se cambió la inicial del segundo nombre para que no lo carguen?

–Castillo. Porque se llamaba Ramón A. Castillo y como sonaba “Ramona” se puso Ramón S. Castillo.

–¿Quién era Mariano Rosas?

–Era el nombre de un cacique pampeano, Panghitruz Guor.

–Estás enterada... Bien. Que sepas ese dato le gustaría a Lautaro. ¿Dónde está enterrado Álvar Rodríguez, el que vivía en el Torreón del Monje?

–En ningún lado. Es una leyenda que escribió Alberto del Solar.

–¡Aprobada! ¡Sos asombrosa! ¿Sos historiadora?

Laura se sintió orgullosa de que aquel tipo con “coeficiente intelectual superior” la felicitara.

–No. Estoy estudiando, pero Historia tiene unos horarios de cursada horribles y como tengo que trabajar...

–Sabés mucho. –Le tendió la mano que ella estrechó–. El test fue chiquito, pero te sacaste sobresaliente. Vení. Sentate a esta máquina y llená el formulario BS 512. Buscá el link en el escritorio. ¿Sabés usar una compu?

–Sí, lo básico.

Se sentó, mientras él seguía mandando mensajes por el control. Buscó. BS 500... BS 512. Lo abrió. Pedían todos sus datos, otra encuesta histórica y algunas preguntas.

–Ah, otra cositita... –dijo Mateo volviendo a tomar su Hijitus y haciendo girar su silla para mirarla–. Esto es un empleo de por vida.

–¿Cómo de por vida?

–Una vez que sos agente, no podrás dejar de serlo.

–¿Cómo? ¿Es como ser monja?

–No. Podés casarte y hacer tu vida. O si querés tener pilas de novios, también podés, yo me ofrezco. Pero no dejás de ser agente nunca y tenés un juramento de silencio para con los de afuera.

–¿Y qué pasa si decido irme?

–Nunca te vas. Estás siempre contactada y monitoreada.

–¿Cómo “monitoreada”? ¿Qué? ¿Desde que entré acá me pusieron un chip como a Nikita y me rastrean los de Section One?

–No tenés un chip. Es que cada ser humano tiene una frecuencia distinta y cuando… –como advirtió que ella lo miraba con el ceño fruncido, dijo–: Bueh, en definitiva, sí, te rastrean.

Laura se cruzó de brazos y lo miró enojada.

–¿Y no te parece que es lo primero que debiste advertirme?

–¿Para qué? Ya era tarde. Si yo te hubiera conocido afuera, no te habría permitido apretar el botón. Pero vos apretaste el botón y terminaste acá. Una vez que terminás acá, pertenecés.

–¿Y si no pasaba el examen?

–Pertenecés igual, aunque no te den misiones.

–Ustedes están locos.

–No. Vos misma viste una consecuencia pequeña de una patadita de elefante. ¿No te parece que todas las precauciones que se tomen son pocas?

–¿Precauciones? Ni me conocés y ya me ofreciste trabajo… Y el otro día me dejaste ir sin problemas.

–Pero siempre supimos dónde estabas.

–¿Y entonces cómo no sabés dónde está el dueño de mi control?

–Porque está perdido. Pero vos no estás perdida.

Laura dijo un par de palabras inadecuadas por lo bajo, que Mateo no oyó o fingió ignorar, sumergiéndose en el Sombreritus a través de la lectura de una de sus historietas favoritas.

Laura lo pensó.

–¿Y si no acepto ser agente?

–Pertenecés y nada más. Pero entregás el control y no volvés nunca más acá.

Laura se quedó un instante pensativa y entonces resolvió completar la encuesta. Si iba a pertenecer y la iban a tener controlada siempre, prefería actuar.

Al final había tres preguntas de desarrollo:

-¿Cómo convencería usted a San Martín de cruzar los Andes si este decidiera que es una empresa imposible?

-¿Trataría de salvar a Liniers del fusilamiento? ¿Por qué?

-¿Le explicaría a Rosas que conservar el poder tanto tiempo es nefasto para el país? ¿Por qué?

Se explayó en la primera y en las otras puso: “No lo haría porque alteraría el curso de la historia”.

Cuando terminó y apretó “aceptar”, a los pocos segundos la pantalla se iluminó en una profusión de globos de colores y fuegos artificiales, se oyó el chasquido de un látigo y un elefante apareció sentado en una tarima.

–¡Felicitaciones! –dijo una voz nasal desde el parlante–. ¡Ha sido aceptada como domadora de elefantes! Evite que den la patada y evitará mucho más que un tsunami.

Laura se arrepintió enseguida. ¡Aquello era una verdadera locura! Sabía de historia, pero ¿qué haría en febrero de 1812?

–¿Y qué debo hacer?

–Viajar a la fecha necesaria, enterarte y hacer lo que debas hacer para cambiar el hecho.

–¿Sola?

–Y… ya viste que muchos agentes no tenemos... Y los que tengo disponibles hoy no dan abasto.

–¿Y a qué fecha voy? Porque no sabemos cuándo Belgrano decidió que la bandera que izaría el veintisiete de febrero fuera de otro color.

–Eso lo determinamos en la Mátrix.

–¿Qué? ¿Es una Mátrix? (6) –casi se alarmó Laura.

Mateo se rio.

–¡No, no te asustes! La bautizamos así porque corren los números como en Mátrix. –Fue a la pantalla de los números, copió uno que destellaba en naranja, en un casillero de la computadora de al lado y esperó el resultado–. Acá está: 10 de febrero de 1812.

–¿Y cómo hacen eso?

–El sistema escanea y monitorea constantemente las líneas temporales. Cuando detecta la anomalía, lo transmite aquí. Hace un análisis e indica el momento exacto en que comenzó la anomalía.

–¿Y cómo puedo saber qué debo hacer exactamente?

–Con el análisis determinamos cuál fue el problema... a veces. Pongo el código que saco de la Mátrix en la Contigua, y si hay alguna imagen que valga la pena, la vemos en la Cuatripartita –tecleó en las máquinas de al lado y de la pantalla dividida.

–¿Todas las PC tienen nombre?

–Sí. Aquella es la Frívola, por ejemplo, porque la usamos para entretenernos cuando no es necesario usarla para otra cosa.

–¿Y aquella?

–Aquella es “la Otra”. No tiene un nombre muy definido porque la usamos como base de datos, más que nada. Algunos le dicen “la Datera”. Es la única que tiene Internet. Las otras solo tienen intranet. Una manera de proteger el sistema.

–Claro. Están a salvo de los hackers.

–Es la idea –miró los datos que aparecían en la Contigua–. Muy fácil esta vez.

–¿Fácil? ¿A qué te referís?

–Que tenés suerte. Esta primera misión es fácil. El problema es la tela.

–¿La tela?

–Sí. No consiguió tela blanca –se volvió hacia ella–. ¿Podés creer que haya conseguido roja y no blanca? ¿Es que nadie tenía una sábana para darle?

–¿Y puedo llevar desde aquí?

–Sí, pero yo no tengo ninguna tela.

–¿Y si paso por mi casa primero? ¿Puedo?

–Sssí... imagino que sí.... Pero no podés demorarte más de cuarenta y cinco minutos en ir. Las brechas tienen una cuenta regresiva que vas a ver en la pantalla del control. Cuando la cuenta regresiva se termina, es porque el continuum se adaptó, se generan brechas en cadena y la situación se complica. Cuando una brecha se cierra, ya no se puede viajar a ella, pero la cuenta regresiva para volver es más larga. El control te indica cuál es tu margen para regresar.

–¿Algo más que deba saber?

–No... Para ir al lugar de donde saliste, apretá el fucsia con el elefantito. Para volver al Cuartel, el fucsia solo. Cuando vuelvas, te programamos el lugar de llegada que vos quieras. Yo lo tengo en mi cuarto, por ejemplo.

–Ya entendí.

–Ah, muy importante: te tenés que quedar el menor tiempo posible. Cualquier exceso de interacción de un agente con la época puede provocar otra patada de elefante. Por eso lo que hables, que sea lo mínimo, y el tiempo que permanezcas, también.

–¿La fecha la pongo acá?

–Sí. Dame, mirá, ¿ves? Acá te pongo fecha, lugar o directamente el código de la brecha. No te olvides de ir a buscar la tela primero. El elefantito es el que te cambia de lugares y de líneas temporales a la vez hacia el lugar donde se produjo la anomalía temporal. El Cuartel no tiene código de lugar y por eso usamos directamente el fucsia.

–Comprendo.

–Después, cuando hayas conseguido la tela, apretá solo el elefantito para ir con Belgrano.

–Pero solo pusiste Rosario… ¿y si caigo muy lejos?

–No te preocupes. El código de la brecha es el que te dirige a lo que tenés que solucionar. Como es una especie de ruta, vas a llegar en el radio de acción del problema. Si quisiéramos precisar más el lugar de antemano, colocaríamos unas coordenadas e incluso hasta la hora exacta. Ah, otra cosa. Con el control se pueden mandar mensajes. ¿Ves? Si levantás esta tapa, tenés un teclado. La tapa es para que no se te aprieten las teclas por accidente. Esto funciona igual que los mensajes de un celular. Si tenés que pedir ayuda a toda la red de agentes, ponés “S.O.S.” antes del mensaje, y todo el mundo lo lee. Si no, cuando das enviar, el mensaje llega acá. Después te doy los códigos de cada uno. Por ahora no los necesitás y además no tenemos tiempo. ¡Suerte! Cuando consideres que terminaste la misión, apretá el fucsia.

Apretó el fucsia junto con el elefantito y apareció en el archivo. Bueno, ahora se tenía que ir de allí a su casa.

Fácil. Todavía no era hora de trabajo, así que le pidió al guardia que le abriera y se fue. Tenía que hacer rápido, y se tomó un taxi. Esperaba que realmente le pagaran. Se había olvidado de preguntar cuál era el sueldo. Por las dudas, le pidió al taxista un recibo.

–¿Lauri? –preguntó su madre con voz de dormida.

–Ah, hola, mamá... Ma, ¿sabés dónde están esas sábanas que la abuela insistía que usáramos?

–¿Las verdes?

–No. Las blancas. Vamos a... a hacer una obra de teatro en la facultad y necesito un par.

–Sí, llevátelas. Están en la baulera.

Con las sábanas en la mochila, salió de la casa. ¿Iría otra vez al trabajo? Miró la hora. No. No iba a perder más tiempo. ¿Dónde? El terreno. Se estremeció. ¿Hacía realmente tanto frío ahora? Estaba bien que en Mar del Plata el clima cambiara, pero ¿tan de golpe, a esa hora? No. Seguramente era un efecto secundario de los viajes. Eso tenía que ser. Aunque la gente pasaba levantándose el cuello de su ropa… La temperatura había bajado repentinamente.

Volvió a prestar atención al terreno. Se podía entrar por un hueco en los arbustos y estaba fuera de la vista de todos.

Una vez dentro, tomó el control, verificó la fecha, el lugar, apretó el elefantito y todo empezó a girar. Primero en cámara lenta, el vórtice de colores, flash, pozo negro…

¡Paf! ¿Es que siempre iba a caer sentada?

Miró alrededor. Un campamento militar. ¿Dónde estaría Belgrano? ¡No podía tener tanta suerte! ¡Allí estaba! Igual que en el cuadro de la escuela, pero de carne y hueso. Era un tipo buen mozo. No se podía negar. Preocupado, hablaba con otro oficial.

¿Qué haría? ¿Lo encararía directamente y le diría “Don Manuel, aquí tiene la tela”? ¿O la dejaría en su tienda? No. Era riesgoso. Tenía que asegurarse de que la usara. Mateo tenía razón. ¿Cómo iba a conseguir tela roja y no blanca? Algo más había ahí.

Tenía que asegurarse de que además de que tuviera la tela, siguiera con la idea de que la bandera fuera celeste y blanca. Qué lástima, antes de partir no se fijó qué había pasado con el resto de las poesías, sobre todo aquella que ella había escrito y dibujado para el concurso de 4to grado.

Cuando el otro oficial se hubo marchado y Belgrano entró a su tienda, Laura decidió que era el momento. Entró tras él.

–Don Manuel...

El hombre se sobresaltó.

–¿Qué...? –y extrañadísimo la miró de arriba abajo–. ¿Quién es usted?

Entonces Laura reparó en que estaba vestida con jeans, zapatillas y una remera rosa de algodón, con la cara de un gatito hecha con brillantina. Como cuando entró hacía todavía mucho calor, el abrigo había quedado en la aseguradora.

–Usted no me conoce, por supuesto, pero bueno, soy de... una feria y...

–¿De una feria? Ah, ahora entiendo... Pero no vi ninguna por aquí.

–No, lo que pasa es que, bueno, es una historia larga, no quiero aburrirlo, sé que usted tiene muchas preocupaciones.

–¿Y qué le trae por acá? ¿Vienen a entretener a los soldados?

–No, no. Supe que necesitaba tela blanca.

Ahí el general se enserió.

–¿Cómo lo supo? Lo he hablado con pocos.

–Un colaborador suyo. No me acuerdo el nombre. Insistió tanto, que, bueno, le traigo esto para ver si le sirve.

Le tendió las sábanas. El patriota tomó las telas. Las examinó.

–Son sábanas bordadas. ¿Está segura de que quiere desprenderse de esto?

–Oh, sí. Mi madre las odia. Úselas. Debe ser bueno su propósito.

–Sí, lo es. Esto servirá. Bueno, señorita. Gracias. Ahora debemos buscar a la costurera adecuada.

–¿Costurera?

Manuel la miró. Qué extraña esa muchacha. Pero su llegada había sido providencial, así que...

–Usted, que ni siquiera vive por acá, trajo estas sábanas para ayudar. ¿Le parece lógico que sea más fácil conseguir tela roja que tela blanca?

¡Belgrano se estaba dirigiendo a ella y le preguntaba! Estuvo a punto de desmayarse de amor. Sus dos grandes amores siempre habían sido San Martín y Belgrano, y...

Tosió un poco y volvió a la realidad. Bueno, si se podía llamar realidad a esto de estar hablando con Belgrano.

–Sí, realmente no me parece lógico. Por eso le traje esto.

–En realidad, hay un grupo que sostiene que habría que conservar algo del color de la bandera española y quiere que la insignia tenga rojo. Sé que alguien estuvo arengando acerca de eso, pero no he podido determinar quién. A varios ha convencido, por lo que doña Gertrudis, la costurera que iba a coser las escarapelas y la bandera, se niega a hacerla blanca y celeste, so pretexto de que no consigue suficiente tela. Para mí es muy sencillo ordenar que la haga como digo, pero lo que más me preocupa es esa ansiedad de algunos por conservar el color español y negarse a hablar de la Independencia como corresponde.

–Pero celeste y blanco son los colores de los Borbones...

–Ah, veo que usted lo sabe. Pues muchos más deberían saberlo, porque es también el color del manto de la Virgen y el color de las insignias de algunas asociaciones. Muchas gracias, señorita, por su colaboración.

–¿Quiere que le consiga otra costurera?

–¿Usted se tomaría esa molestia?

–No es ninguna molestia. ¿Me permite estrecharle la mano? –preguntó Laura–. Usted es un gran héroe para mí.

–Bueno, gracias... Es un halago que piense así.

Se estrecharon las manos, y Laura abandonó la tienda.

Se miró la ropa. ¡Qué falta de precaución! Y este Mateo era un nabo. ¿Cómo no le advirtió? Que ella no se diera cuenta, bueno, era novata, pero él ¿no era el controlador?

Unos soldados la miraron extrañados, ella los saludó con una sonrisa y se ocultó entre unos matorrales.

Mateo dijo que podía mandar mensajes por el control. Levantó la tapa, se apoyó contra un árbol y tecleó: “¿Quién es la costurera que cosió la bandera?”.

Casi instantáneamente apareció la respuesta “María Catalina Echeverría”.

¿Qué haría? ¿Buscaría a la mujer? No. ¿Cómo haría para encontrarla? Además, no podía andar con esa facha por ahí. Llamaba mucho la atención. Y estaba la premisa principal: no interactuar mucho.

Volvió al campamento.

Otra vez los soldados.

–¿Señorita? –la indagaron.

–Pertenezco a una feria que hay por aquí cerca.

–¿Una feria? ¿Dónde?

–Bueno, en realidad ya no funciona más. Tuvimos problemas... Tengo que darle un mensaje al general Belgrano.

–¿Al general? –los tipos se rieron–. ¿Y usted cree que cualquiera puede hablar con el general, así como así?

–Hace unos minutos hablé con él. Prometí conseguirle el nombre de una costurera.

En eso, Manuel salía de su tienda.

–Ah, volvió –dijo para sorpresa de los soldados, que se cuadraron inmediatamente. Laura pasó entre ellos y fue hasta el prócer.

–Sí, señor. Averigüé que la señora María Catalina Echeverría está dispuesta a hacer el trabajo de la manera que usted lo pida.

–Bien, muchas gracias. Aunque no lo crea, ha hecho un gran servicio a la patria.

–Me doy una idea, don Manuel. Permítame expresarle nuevamente mi sincera admiración por usted.

Se dio el lujo de estrecharle la mano nuevamente y se marchó.

Fue otra vez detrás de los arbustos y pensó qué debía hacer. ¿Debería esperar a ver qué pasaba? No, no se iba a quedar hasta el 27 de febrero... Si su misión no tenía éxito, suponía que la mandarían de nuevo o mandarían a otro. En el próximo viaje llevaría algún indicio consigo para comprobar que realmente el suceso había vuelto a ser como debía. En este caso, con la letra de “Aurora” le hubiera alcanzado.

Puso el control contra su pecho, cerró los ojos y apretó el botón de emergencia.

Vórtice, flash, blablablá: sillón de Mateo.

–¡Hey! ¿Por qué te sentás en mi sillón? ¿Quién te dio permiso?

–Aparecí acá..., ¿no será que cambiaste el sillón de lugar?

–Tenés razón. Es que no es habitual que después de una misión vuelvan acá.

–Vos me dijiste.

–Sí, porque sos nueva y te falta el adiestramiento. Hace mucho que no tenemos a alguien nuevo. ¿Cómo te fue?

–Esperaba que te fijaras vos. No iba a quedarme hasta el 27…

–No, claro.

Tecleó algo en su máquina. Se abrieron dos pantallas, escribió en ellas y salió una imagen con un elefantito pateando, tachado con una cruz, y la leyenda “¡DOMADO!”.

–Todo OK. Esto también podés verlo en tu control cuando la anomalía fue subsanada. Fijate.

Era cierto. Ahí estaba el elefantito domado.

–¿Y ahora?

–Sentate en esta máquina y seguí el tutorial.

–Una pregunta, cuando viajo, ¿el tiempo de acá sigue transcurriendo?

–Claro, si no tendríamos que volver atrás, y eso no se puede.

–Entonces tengo que volver al trabajo.

–Pero tenés que hacer el tutorial...

–Hago así: con el fucsia y el elefantito, ¿no?, voy al lugar de donde salí. Entro a la aseguradora otra vez, porque todavía estoy a tiempo, y desde el archivo vengo para acá.

–¿Y no se van a dar cuenta de que te fuiste?

–Al archivo no entra nadie. A veces se olvidan de que trabajo ahí.

–Bueno, está bien. El tutorial no es muy largo.

Laura hizo lo que había dicho, y no tardó en regresar. Mateo había tenido la precaución de correr su sillón, y parecía estar todo bastante tranquilo, porque dormitaba mientras escuchaba una música suave que invitaba a relajarse.

–Bueno, volví –Mateo se sobresaltó y casi se cayó del sillón–. Perdoname, no quise...

–No, no, está bien. Necesitaba relajarme un poco y... Fue una noche complicada, ya viste. Andá a la Contigua y poné “tutorial”.

–¿La “Contigua”?

–La compu que está al lado de la Cuatripartita, acordate.

¿Cuatripartita? Claro, era la que tenía la pantalla dividida en cuatro.

–Perdón, no, no. A la Otra –señaló la computadora que estaba junto a los relojes–. Cuando termines, despertame.

Laura se sentó a la máquina, se acomodó el cabello detrás de la oreja, vio que Mateo se disponía a dormitar otra vez e hizo clic sobre el ícono del tutorial (obviamente, un elefante con un puntero).

Pero no fue un elefante lo que apareció del otro lado. Era una chica, del estilo de Mateo, con una de aquellas remeras con alusión al tema del tiempo. Tenía el pelo a la altura de los hombros, castaño oscuro, pesado, lacio. Tres aritos en una oreja y uno en la otra. Los ojos delineados en oscuro y los labios pintados de color oscuro también. ¿Dark? Pensó que era un programa, pero no: era en vivo.

–Hola. Soy Renata. ¿Laura?

Ahí advirtió la camarita.

No. No le parecía muy dark. Era simpática. Quizá algo gótico el aspecto de su piel pálida, nada más. Tuvo un diálogo con Renata, quien le fue dando instrucciones y contestó a todas las preguntas que ella le hizo. En síntesis, el decálogo del buen agente decía:

- Nunca alterarás el curso del tiempo en tu propio beneficio.

- Tu estadía en el sitio del conflicto será lo más breve posible.

- No interactuarás con los locales a menos que sea estrictamente necesario.

- No llamarás la atención ni con tu aspecto, ni con tus actitudes.

- Comunicarás al Cuartel tus horarios disponibles y cualquier cambio en este sentido.

- Cada rechazo de misión debe estar bien fundamentado.

- Tres rechazos de misión serán sancionados con suspensión.

- Siempre pertenecerás, aunque no estés habilitado para tener misiones.

- No comentarás a NADIE que no pertenezca a la Corporación acerca de su existencia, ni sobre ningún aspecto relacionado con ella.

Cuando terminó el tutorial media hora después, Mateo ya estaba otra vez tipeando en una y otra máquina.

–¿Trabajás vos solo acá? –le preguntó.

–No. Nos turnamos. Renata, Beto y yo.

–Ah, claro, porque me imagino que debe de haber cambios todo el día y no podés estar sin dormir...

–Y, no... Bueno, andá a tu casa. ¿Dejaste bien claros tus horarios disponibles? Así te aviso cuáles son tus días de guardia.

–¿Guardia? ¿Hay que venir acá?

–No, no. El tema es que como este trabajo puede resultar un poco –hizo un gesto con la mano cerca de su sien– alienante, ningún agente está disponible fulltime. Se asignan guardias, es decir, momentos en que estás disponible para que te llamen. Por ahí, no te llaman. Cualquier cosa, te mando un mensaje.

–¿Adónde?

–A tu control, por supuesto. Si tenés algún problema y necesitás ayuda de cualquier tipo, tecleá “S.O.S.” y mandá el mensaje con tu código, como te dije. Alguien te va a contestar.

–¿Y cuál es mi código? ¿“Josephine”? (7)

–No. C415. Memorizalo.

–C415 –repitió ella.

–… Y si vos sos Nikita, ¿yo vengo a ser Michael?

–Y…, no sé. ¿Vos me vas a entrenar?

–Tanto como entrenar, no. Te voy a dar indicaciones.

–No te parecés a Michael.

–¿No? No, claro, yo soy más lindo. Ni tampoco vos te parecés a Nikita.

–Pero puedo pegar tan fuerte como ella.

–Tratamos de que no sea necesario para las misiones. Si no, contrataríamos comandos.

–Supongo que no. Lo decía para que vos lo sepas, porque eso sí: no vamos a tener los problemas de Michael y Nikita.

–¿Qué? ¿Ya te enteraste de que acá están permitidos los romances entre agentes?

–No, chistoso, porque vos vendrías a ser Birkoff.

Mateo agarró un espejito de mano y se miró:

–¿Qué? ¿Me parezco?

–Para nada, pero sos un nerd como él, ¿o me equivoco?

–Es cierto. Pero vos también sos nerd. Se te nota tanto como a mí.

–Y... ese asunto de que te pagan... ¿Cómo...?

–Ah, te mando un mensaje también.

–¿Y cuánto...?

–Y… depende. Esperá –dijo y prescindió de ella por completo, sumergiéndose totalmente en las computadoras.

Laura decidió que mejor era irse. No creía que alguien fuera a buscar nada al archivo, pero por las dudas...

Apretó el botón fucsia y se marchó.

6- Referencia a la simulación interactiva, colectiva, que conforma la Mátrix en la película del mismo nombre.

7- Nombre en clave del personaje Nikita en la serie homónima (1997).

3. Agente2006, junio

Esa había sido su primera misión. Y ahora, ¿adónde iba? ¿Por qué iba tan apurada?

Leyó el mensaje en el control: “Salta. La nota que Loreto puso en el árbol se voló. Güemes no la recibió y los realistas avanzarán hasta Córdoba”.

Miró la hora. Ahora que tenía dos trabajos podía tomarse un taxi para ahorrar tiempo.

En la compañía trataba de mantener un perfil más que bajo para que realmente se olvidaran de ella y poder desaparecer todo lo que quisiera para cumplir con las misiones. Esta era la tercera misión que le tocaba. La anterior había sido un asunto con el gobierno de Alvear. Marcelo T., no Carlos María. Fácil también.

No había vuelto al Cuartel. Mateo le había dado el número de una cuenta y con su DNI había podido cobrar su sueldo. Seiscientos pesos por dos misiones. No estaba nada mal. Entonces fue que resolvió pedir una reducción de horario en la oficina, y le aceptaron, total, eso implicaba reducción de sueldo y en invierno venía muy bien. También le había fijado otro lugar de regreso, en su cuarto, pero en general trataba de volver al lugar del que había salido.

Fue hasta la oficina, se encerró por dentro y se vistió de una manera que ella consideraba neutral: falda larga, blanca, remera azul, chal sobre los hombros. Recogió su cabello y lo atravesó con un palito japonés.

Verificó la fecha, la ingresó y viajó.

El árbol con el tronco hueco estaba allí, en el cerro San Bernardo. Sabía cuál era: un lapacho. Lo había leído, pero además, por el control Mateo le había mandado una imagen del lugar.

Recordó todo lo que le había dicho: cuando viajaban, era porque había una brecha. La brecha misma los llevaba hasta el lugar del conflicto en un radio no superior a los cien metros, a menos que, mediante coordenadas, especificaran otro punto de llegada.

Esperaba que el mensaje no se hubiera volado muy lejos del buzón. Conocía el trágico fin que tendrían algunas de aquellas valerosas bomberas.

Cuando iba a correr hacia el mítico árbol, se detuvo. ¿Y si la pescaban a ella buscando el papel? ¿Qué pasaba si uno moría en una misión? Nunca se lo había planteado. Ahora se daba cuenta de la cantidad de cosas que jamás se había planteado.

Tomó aire por la nariz para darse valor. Y bueno. Si la pescaban, sacaba el control y les daba un espectáculo desapareciendo delante de sus propias narices. Eso haría. Además, nadie la conocía, ¿de qué iban a acusarla? Siempre podría ponerse a hablar en español. Le salía bien la imitación de la gallega de la esquina.

Se persignó. Nunca estaba de más invocar algo de ayuda divina. No era muy religiosa, pero recurría a Dios cuando el temor le estrujaba el estómago.

¿Qué hacía? ¿Iba corriendo para tratar de pasar inadvertida? No. Error. Si quería pasar inadvertida no tenía que correr. Tenía que hacerse la tonta. Recogería... piedritas. Sí. Eso sobraba por ahí.

Caminó tranquila y comenzó a recoger piedras. Con esa excusa pudo mirar para todos lados. Se apoyó en el árbol, fue de acá para allá. Nada. Nada que se pareciera a un mensaje. ¿A ver? ¿Aquello? No, qué boba. Unas hojitas.

Afortunadamente no tuvo que andar mucho más. Allí estaba. Lo abrió. Avisaba que habían llegado refuerzos realistas e indicaba la ubicación y la cantidad. Miró a todos lados. Se persignó otra vez y colocó el papel en el hueco del árbol. ¡Que nadie la hubiera visto! Inmediatamente, sacó el control y regresó al cuarto del archivo.

Había sido demasiado fácil. Esperaría a que le enviaran el mensaje con el elefantito domado.

Salió del cuarto del archivo y fue hasta la máquina copiadora. Uno de sus compañeros la esperaba con una carpeta en la mano.

–Te estaba buscando. Necesito tres copias de cada hoja, urgente.

Laura tomó la carpeta sin decir nada.

–¿Dónde te metés cuando desaparecés?

–Me voy a otra dimensión –le contestó.

–No, en serio.

–Gustavo..., ¿te manda el gerente a vos? ¿Dónde voy a estar? En el archivo, ¿o no sabés que mi trabajo es copiar y archivar?

–Bueno, no te pongas así. ¿Qué? ¿Estás de malhumor?

–Ante los que me preguntan pavadas, siempre estoy de malhumor.

El compañero tomó las copias que ella le entregó y se fue.

En realidad, Laura estaba preocupada. ¿Cómo era que Loreto Sánchez había permitido que se le volara un mensaje? El hueco en el lapacho era lo suficientemente profundo como para que eso no ocurriera. ¿Y si alguien la había visto a ella volver a colocarlo?

Sintió una leve vibración contra su muslo derecho, dentro de la campera donde había colocado el control. Espió: el símbolo del elefantito domado estaba ahí. Qué alivio.

Fue a la facultad.

Siempre le había gustado Historia. Pero ahora que intervenía en ella no como mero sujeto de su época, sino realmente para conservar su equilibrio, bebía cada detalle, cada palabra, cada imagen, casi compulsivamente. Y esa clase era perfecta. En la pantalla, que como siempre estaba un poco torcida, se veía una diapositiva de un cuadro de pintor desconocido, que había sido descubierto recientemente.

–Es muy interesante porque sabemos de quién es la imagen, pero no sabemos quién lo pintó. Solo firma “Tu enamorado” –el profesor puso una diapositiva donde se mostraba una ampliación de la firma–. Tomen el documento número dos y, si no lo tienen, pasen por la fotocopiadora.

Laura lo tenía. Le costaba una fortuna, pero cada documento, cada libro que recomendaban, ella lo conseguía.