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En el Cuartel del Tiempo ha habido muchos cambios, y la dirección ya no está a cargo de la familia Meier. Pero esto no alcanza para solucionar las crecientes anomalías que se producen en la historia y ahora en fechas mucho más recientes. Mateo cree que un Cuartel paralelo las está produciendo pero no alcanza a entender cuál puede ser el motivo, y para colmo, ¡no puede soportar al nuevo director! Tendrá que actuar por su cuenta y descubrir quién controla a quién y por qué. En este segundo y último libro de la saga El efecto elefante los miembros del Cuartel deberán enfrentar nuevos y caóticos retos. Ningún error debe quedar sin corregir. Ninguna anomalía debe ser ignorada, porque cualquiera de ellas puede hacer desaparecer la propia historia del Cuartel. Aventuras, historia, suspenso y romance te invitarán a acompañar a los agentes en este viaje en el tiempo. Conseguí tu Control para ser parte de esta increíble travesía.
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Seitenzahl: 624
Veröffentlichungsjahr: 2022
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La ruptura del continuum
La ruptura del continuum
Marisa Potes
Potes, Marisa El efecto elefante 2 : la ruptura del continuum / Marisa Potes. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2020.
Archivo Digital: descargaISBN 978-987-609-778-9
1. Novelas de Ciencia Ficción. 2. Narrativa Infantil y Juvenil Argentina. I. Título.
CDD A863.9283
© 2019, Marisa Potes
© 2019, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.
Charlone 1351 - CABA
Tel / Fax (54 11) 4552-4115 / 4551-9445
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas
Corrección: Mónica Ploese
Diseño de tapa: WOLFCODE
Diagramación interior: Dumas Bookmakers
Primera edición: febrero de 2020
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-778-9
A mis hijos. Porque los quiero.
“Porque el amor que vence al tiempo no puede estar sino a cubierto del espacio”.
FRANCISCO LUIS BERNÁRDEZ
1. Un mes después
El tiempo es el gran devorador de la vida. Aunque no hubiera relojes para medirlo, transcurre.
Aunque la Tierra no girara y el Sol no existiera, el tiempo seguiría su camino inapelable. ¿O el tiempo no transcurre, solo está y nosotros lo transitamos?
Mateo arrojó con fuerza la pelota contra la pared.
Lo único que sabía era que Uriel no estaba más. Y no era el tiempo el que se lo había devorado. Una explosión en una guerra absurda, en un tiempo que no era el suyo, se había llevado su vida.
–¿A quién tenés ganas de pegarle en realidad? –le preguntó Graciela.
Mateo se sobresaltó.
–Hola, ¿qué tal la misión en El Plumerillo?
–Apasionante. Ver a San Martín aunque sea de lejos siempre es un plus. Genio de genios.
–¿Tu pololo? –le preguntó Beto, mientras espiaba a Mateo que le habló con una sonrisa a Graciela que su mirada ojerosa desmentía.
–A mí me dieron ganas de pasar por acá. No voy a negar que es bueno que todo vuelva a ser como antes, pero los extraño un poco. Gastón se fue a su hotel a descansar. ¿No deberías hacer lo mismo? Mirá las ojeras que tenés.
Mateo se miró en un espejo y dijo:
–Tenés razón –y, obediente, reclinó el sillón masajeador y lo encendió.
–¡Buen consejo, Graciela! Ahora se queda dormido y tengo que controlar yo solo –protestó Beto.
–Shhh… El genio descansa –canturreó Mateo.
–La ambición es la que descansa –lo corrigió Beto.
–Disculpame, Le Pera, (1) pero la realidad es bien otra. La ambición nunca descansa. La ambición acecha. Y eso es lo que me preocupa.
–Dormite si querés. Yo controlo.
–Poné música para relajarme.
–Dale. Eso me gusta.
El sonido de un arpa y de una flauta de pan inundó el Cuartel.
Mateo se recostó en el sillón y cerró los ojos. Pero no se durmió.
* * *
Sonó el despertador. Miró la hora: 6.50. Se dio vuelta y volvió a taparse. Un rato más.
Qué bueno soñar así. No querría despertarse.
Pero el reloj, perseverante, volvió a sonar.
Lo apagó y se levantó, abriendo los ojos apenas para permanecer un rato más en el universo onírico. Era una habilidad que había desarrollado hacía algún tiempo. Vivía sola, así que nadie le interrumpía los pensamientos hasta que subía al colectivo. Recién allí entraba en contacto con el mundo de los despiertos. Prefería no llamarlo el “mundo real”. Laura sabía que aquel
mundo, el de los sueños, también era real. La realidad no visible, quizá, pero real.
Rendía un examen complicado. La materia le gustaba, pero tenía cero afinidad con el profesor titular y, pese a que había estudiado mucho, dudaba.
Se cerró la campera. Agosto es un mes muy frío en la ciudad. Mar del Plata tiene esas cosas: las medias estaciones se hacen ver poco. Mientras iba hacia la facultad pensó en el Cuartel. ¿Cómo andarían las cosas por allá?
Había tomado una licencia para estudiar, pero extrañaba. Melchor salía en misión con Roberta, y suponía que habrían vuelto a la vieja rutina de un par de misiones por semana. Si bien todos los agentes trabajaban con seriedad, el clima en el Cuartel siempre había sido de alegría, de camaradas que salen en excursión, un clima casi escolar de trabajo en equipo, de scouts, si se quiere. Pero aquella bomba que se llevó a Uriel había cambiado todo. Nicolás se salvó gracias a que su control se le cayó en la corrida.
Pobre Nicolás. Había aparecido en la antesala del Cuartel abatido, embarrado, lastimado, vestido de soldado. Le dieron entrada inmediata, en medio de la desesperación de todos al ver que el punto de rastreo de Uriel había desaparecido.
Fue espantoso.
La mayoría quiso suponer que fue un accidente y nada hacía pensar otra cosa. Pero Laura no estaba tan segura. Siempre había disentido de la percepción ingenua que tenían casi todos. Cuando eso ocurrió, el Cuartel estaba en medio de una guerra, y no la de Malvinas precisamente. Una guerra contra los que querían adueñarse del continuum. A ella misma habían tratado de matarla, y varios agentes habían sufrido atentados. Entonces, ¿por qué tenía que ser un accidente lo de Uriel? La Corporación estaba investigando y suponía, si lo conocía un poco, que Mateo también. Los analistas no tenían un pensamiento tan ingenuo como los demás.
Decidió tomar un jugo en el bar de enfrente. Había recuperado el hábito de frecuentarlo: sin Perales, no había peligro.
–¿Qué tal, Lauri? –la saludó una de sus compañeras–. Cambiaron el horario del examen. Tenemos un par de horas más.
–¿Estás segura?
–Sí. Estamos todos acá.
–Ah, qué bien... –dijo y se quedó pensando.
–¿Qué pasa?
–Cami, si no te molesta, te dejo el bolso con los apuntes. Voy a aprovechar para visitar a una tía que vive cerca.
–Okay, te lo cuido –respondió Camila extrañada, porque Laura prácticamente le arrojó el bolso y corrió hacia el baño, en lugar de salir del bar.
Laura sintió urgencia, sí, pero lo único que su urgencia tenía que ver con el baño era que había decidido ir al Cuartel y viajaba desde allí.
–Hola –susurró Beto cuando la vio.
–Hola. ¿Solo?
Beto señaló con la cabeza.
–Ahí tenés al bello durmiente. ¿Por qué no lo despertás?
–No, dejalo.
–Con un besito, digo…
Laura le pegó con la carpeta.
–¡Beto! ¿A qué se debe esto? ¿Vos no eras el serio del grupo?
–Perdoname, pero, bueno, estoy muy tenso. Además, pensé que ustedes…
–Pensaste mal. Nosotros nada. Parece que hice mal en venir, así que me voy.
La conversación se había desarrollado en voz bajísima, pero Mateo se despertó igual.
–¿Qué pasó? –dijo desperezándose–. ¿Por qué hiciste mal en venir?
–Nada. Tu cuñado me está molestando.
–Estás con licencia, ¿no?
–Sí, y como extrañaba el Cuartel, vine a ver cómo andan las cosas. Si me necesitan, llámenme.
–Todo en calma –Mateo arrojó unos papeles al cesto que ahora había colocado sobre una de las estanterías.
–¿Preparándote para la NBA? –le preguntó Laura.
–Más o menos. Quedate tranquila que cualquier cosa que pase, te avisamos. Pero fijate vos misma: todos blancos como copos de nieve –le dijo señalando la pantalla de la Mátrix.
–Sí. Es raro, ¿no? ¿Qué va a pasar con los extranjeros? ¿Los van a mandar de vuelta?
–Y si esto sigue así, supongo que sí. La Corporación no puede bancar tanta gente si no es estrictamente necesario.
–Sería una pena. Ya me había acostumbrado a ellos. ¿Vos seguís siendo “cristiano”?
–Todos seguimos siendo “cristianos”. Salvo mi cuñado y Horacio, los demás no tenemos ningún motivo para dejar de serlo.
–Pero Cruz es una chica inteligente y no les da ni la hora.
–En cambio tu rey mago está encantado con vos.
–¿Sí? Qué bueno saberlo. Bueno, chicos, me voy yendo, no sea cosa que vuelvan a adelantar el examen y me lo pierda. Bye! –Agitó la mano y volvió al bar. Camila le dio el bolso, le dijo que no había novedades y se fue a saludar a su novio que pasó a desearle suerte.
Se sentó cerca de la ventana. Ya no hacía frío. ¿Habría cambiado el viento? Sacó los apuntes y se puso a repasar. Como su trabajo estaba basado en fechas, le resultaban sencillas. No así las teorías filosóficas, las citas textuales de las interpretaciones de Fulano y Perengano y aceptar como sacrosanto el punto de vista del profesor. El profesor predicaba la libertad de pensamiento…, mientras coincidiera con el pensamiento de él.
Por ejemplo, acá sabía que el apunte estaba mal, porque la Revolución del Parque había sido el 26 de julio de 1890 y no el 15 de julio. ¿Y esto otro? Pero si ella ya había leído y no decía eso... ¿Juárez Celman no se moría en 1909? Juárez Celman no había muerto en la Revolución… Se irguió en su asiento y, conteniendo el aliento, revisó lo que seguía. Sacó un libro de su bolso y cotejó: muerto en la Revolución que fue once días antes de lo debido.
Se quedó dura, con las manos apoyadas sobre el tablero de la mesa. Pero si ella había estado hacía minutos en el Cuartel y no había ninguna anomalía… Y si había habido un cambio, ¿por qué su cabeza lo registraba como cambio? ¿Era que la brecha se había producido cuando estaba todavía en el Cuartel o saliendo de él? El bolso había quedado allí y por eso los apuntes sí habían registrado el cambio.
Tomó el control y envió un mensaje.
“¿Qué pasó con Juárez Celman?”.
“Se murió antes de tiempo”. Mateo.
“Brechas por todos lados. Un caos. Venite”. Beto.
Metió las cosas en su bolso, dejó sobre la mesa unas monedas para pagar el jugo, se encerró en un baño, apretó el fucsia y viajó.
Apareció en la cruz negra y enseguida se apartó un paso, porque supuso que si era un caos, más agentes llegarían al Cuartel. Pero no. Fue ella sola.
–¿Y los demás? –preguntó.
–Empezaron a salir en misiones.
–Bueno, dame algo entonces.
–No. Quedate acá.
–¿Vas a empezar de nuevo? –protestó–. Ya no están más, ¿de qué me querés proteger ahora?
–Tu novio no puede salir en misión. Vos quedate a ayudar acá.
–¿Melchor? ¿Qué le pasó? –No se molestó en aclararle que no era su novio. Mateo estaba agresivo con ella, así que si quería cargarla, que lo hiciera. No valía la pena.
–Se lesionó un tobillo jugando al tenis.
–Ah, pobre. Pero si hay muchas misiones puedo salir sola.
–No. Puse la Datera a tirar una secuencia lógica y quiero que te fijes si es lógica o si es caos puro.
–¿Y por qué no lo hacés vos?
–Porque voy a cazar destellos y Beto tiene que supervisar las misiones. Siempre dijiste que te gustaba ayudar. Pero si no querés, no te hagas problema. Te mando a la misión que elijas.
–No, no. Está bien.
Se sentó frente a la Datera y empezó a ver la secuencia de cada misión. En ninguna había terminado la cuenta regresiva y, por lo tanto, ninguna había generado nuevas brechas. Todas eran brechas originales. Extrañada, emitió su conclusión.
–Son todas brechas originales.
–Me lo imaginaba, pero quería que lo observara alguien que tuviera una perspectiva “totalmente opuesta a la mía”.
Laura se mordió los labios, cerró los ojos, respiró y se guardó todas las palabras que hubiera querido descerrajarle al superbocho.
–Se cerraron Chacabuco y Cepeda.
–¿Qué? ¿Ya terminaron?
–No. No alcancé a mandar a nadie.
Beto y Mateo se miraron.
–¿Eran destellitos? –preguntó Laura.
–No, Laurita. No eran destellitos. Vos misma lo viste.
–Ah, perdón por no tener tu cociente intelectual. Pero vos tampoco tenés idea de por qué pasó esto. Beto, ¿me darías una misión, por favor? ¿Juárez Celman sigue en pie? Tenía un examen sobre eso.
–No, pero te puedo mandar a Pellegrini, que es parecido.
–Bien, gracias.
–¿Qué? ¿Y vas a ir sola? –Mateo se dio vuelta para mirarla.
–Perales se murió, así que no creo que haya peligro. Pero, bueno, asigname a alguien.
–Andá con Roberta. –Le mandó el mensaje y, cuando la colombiana respondió, dijo a Laura–: Listo. Se encuentran allá. Ya te cargué el archivo.
Cuando Laura desapareció, Beto se quedó mirando a su futuro cuñado.
–¿Qué me mirás con esa cara?
–Que no entiendo por qué la tratás mal.
Mateo enfrentó otra vez la Mátrix.
–Porque no la soporto. Pero te prometo disimularlo.
Beto meneó la cabeza y siguió supervisando. Al cabo de un rato dijo:
–Che, Laura ya viajó, pero no veo su control…
Mateo salió eyectado de su asiento, con tal violencia, que la silla donde estaba sentado cayó hacia atrás.
–¿Qué? ¡A ver, dejame! –Apartó a Beto de la Cuatripartita, aisló un código, escribió en la Contigua–. ¡Ah, no! ¡Qué alivio! ¿No te acordás de que el C415 volvió a perderse? Ahora tiene el C715.
–Ah, es cierto, perdón. Mi tía la quinielera diría “la niña bonita”. Bien puesto el número. ¿Habrá posibilidades de recuperarlo?
–No volvimos a tener brecha en 1876. Está absolutamente desactivado. Cuando Perales la tomó como rehén, lo primero que hice fue desactivar los códigos de acceso, y cuando no lo necesitamos más para comunicarnos, Dermijian lo desactivó por completo. Si alguien lo encontró, será solo una curiosidad tecnológica.
Beto volvía a verlo, con esa mirada suya tan particular.
–¿Qué?
–Ni vos te creés lo que me estás diciendo. Sabés bien que es un peligro que ese control ande por ahí.
Mateo suspiró.
–Sí. Pero no lo comentes con nadie más. Vos sabés cuál es mi teoría.
–Sí que sé: que esto no se acabó.
–Exacto. Porque Perales y Emanuel están muertos.
–Bueno, Emanuel no murió exactamente…
Mateo apretó los labios y agregó enseguida:
–Lo que quieras, pero todos sabemos que había más gente trabajando con él.
–Pará, Mateo. Ya sé lo que quiere decir ese gesto con lo de Emanuel. Pero vos no…
–¡Está bien! Está bien. No nos desviemos del tema. Emanuel desapareció y Perales murió y estas brechas todas juntas no son algo casual. Y no es casual que esas dos se hayan cerrado. Alguien que no somos nosotros las cerró.
–¿Vos creés que…?
–Sí. Lo creo. –Como en la Mátrix solo destellaban las misiones en curso, Mateo se tiró hacia atrás con las manos en la nuca y, desperezándose, expuso lo que pensaba–. ¿Te acordás esa noche que creímos que Perales venía a buscar a Laura?
–Cuando entraste al departamento de ella.
–Bien. Te acordás que la mandé para acá y me quedé en el departamento, esperando que Perales apareciera, y no solo no apareció, sino que desapareció por un buen rato su punto de rastreo.
–Sí. Nunca supimos qué pasó.
–Tormenta geomagnética no había, sabemos que en ese momento no se murió y que en el Cuartel no estaba. Dos más dos son cuatro, Beto.
–Bueno, creo que esto es algo más complejo, como la raíz cuadrada de diecinueve mil trescientos veintiuno…
–Lo que quieras, pero también es un número exacto.
–¿Vos querés decir que el nuestro no es el único cuartel que existe?
–Es lo único que se me ocurre pensar. Y lo de hoy es una muestra.
–¿Tu papá qué dice?
–Nada. No sabe. Estoy tratando de investigar yo esto. Lo de mamá da para largo y no quiero que vuelvan, ni se preocupen hasta no estar seguro de que se tienen que preocupar.
–¿Y cómo podemos hacer para averiguarlo?
–Analizando. No nos queda otra. Observando. Vamos a decirles a todos que estén muy atentos, que nos llama la atención esta cantidad de misiones y que cada uno aporte lo que vea.
–¿Vas a hacer una reunión?
–Sí. Es el cumpleaños de Pili, que siempre insiste con que quiere fiestas, vamos a hacerle una fiesta de cumpleaños y aprovechamos para charlar este tema. Creo que todos merecen distenderse un poco. Si expongo esto en una reunión formal, lo único que voy a lograr es asustarlos.
–Es una buena idea. Ahora, no pretenderás que no le diga nada a tu hermana…
–¡No! Ni se me ocurriría.
–Mirá, aviso de Dermijian. Volvió Nicolás.
–¿Ya? Tendría que haberse quedado más tiempo.
–Bueno, va a ser doble fiesta: el cumpleaños de Pili y la bienvenida a Nicolás.
–Aunque no sé si es adecuado hacer una fiesta…
–Uriel decía que todo era motivo para una fiesta. Es más, decía que cuando se muriera quería que se hiciera una fiesta.
–Hagámosla, entonces –asintió Mateo.
* * *
En otro lugar, otras máquinas nevaban códigos de la misma manera que la Mátrix lo hacía en el Cuartel. Otros analistas vigilaban el devenir de la historia, pero sin el menor interés de mantener su statu quo, dentro de un salón grande, sin ventanas, de paredes gruesas de ladrillos pintados de blanco, gobernado por cinco computadoras, y mucho espacio vacío.
Las voces se oían ahuecadas y el zumbido de los coolers ofrecía una banda sonora monótona y vacía.
–No entiendo qué querés hacer, Ibáñez –dijo la mujer que operaba dos de aquellas máquinas. Era joven, delgada, de cara alargada como sus manos. Masticaba chicle rítmicamente y hablaba sin apartar los ojos de los códigos blancos.
–Enloquecerlos –respondió el hombre. Mayor que ella, de mandíbula cuadrada y cabello entrecano que comenzaba a escasear. Sentado un poco más atrás, con los brazos cruzados, parecía esperar algo.
–¿Para qué? ¿No es más fácil buscarlos y eliminarlos?
–Eso será en la próxima etapa, Donini. En primer lugar, tenemos que desconcertarlos. Si simplemente los eliminamos, les daremos algo seguro sobre qué trabajar. Si los desconcertamos, seremos más fuertes que ellos, porque nosotros tenemos las certezas y ellos no.
La mujer meneó la cabeza. Tomó dos chicles de un paquete y los agregó al que ya mascaba.
Rumiaba sus dudas, cuando un código destelló en la pantalla y luego otro.
–Dos brechas más. ¿Mando a alguien?
Ibáñez se puso de pie y tecleó algo en una tercera máquina.
–Sí. Dile a Musso.
–¿Musso? No lo encuentro. Debe estar durmiendo.
–¡Ve y despiértalo tú misma, jolines, pero lo quiero en actividad ahora! –le gritó encendiendo un cigarrillo.
–Oíme, si vas a fumar, ¿no podríamos tener una ventanita?
–No vengas con niñerías, Donini. Si tanto te incomoda, pues fuma tú también.
–Vos ya me estás obligando a fumar.
–Estamos organizando algo realmente grande ¿y tú te preocupas por gilipolleces?
–Quiero llegar viva a ese momento, Ibáñez, pero si vos me asfixiás antes no va a poder ser –dijo la analista, agitando la mano delante de la nariz. ¿Es que este tipo no iba a entender que no debía fumar en un sitio sin ventanas?
Le daba claustrofobia ese lugar. ¿Cómo harían para salir si el sistema se estropeaba?
–Qué tía cargante eres, Donini. Ahora que no tenemos que soportar las niñerías de Perales, no vengas con las tuyas. Hay mucho movimiento –dijo, señalando los códigos en una de las pantallas–. No me doy cuenta de qué es.
Ibáñez habilitó un cuarto monitor y se puso a tomar nota de los datos que aparecían.
–Escanean las misiones y algunas brechas las cierran antes de que lleguemos. Ese es el movimiento que captas en tu pantalla. Tenemos que trabajar más a prisa.
–¿No podemos enmascarar las brechas de alguna manera?
–Estoy trabajando en eso, pero no. Ellos no pueden y nosotros tampoco.
–Yo haría un zafarrancho total que no pudieran parar.
–Es peligroso. Tenemos que cazarlos a ellos sin desaparecer nosotros. No te olvides de que la Teoría del Caos…
–Es verdad. Yo sigo preguntándome por qué sus controles tendrán un botón con forma de elefante. ¿No tendría que haber sido una mariposa?
–Quizá sea porque un elefante es algo mucho más imponente que una mariposa.
–Apareció Musso. Listo. Creo que tenemos que seguir con las secuencias lógicas. Reconocé que de la manera que íbamos se iban a dar cuenta de que algo pasaba.
Ibáñez hizo un gesto de desdén.
–No te hagas el fastidiado conmigo que no te conviene –apuntó Donini–. Hasta hace poco todo era atribuible a Perales, pero Perales ya no está. Si seguían apareciendo brechas disímiles se iban a dar cuenta de que alguien más las provocaba. Te juego lo que quieras que con esto de que las brechas parezcan unas consecuencias de otras se van a desconcertar en serio.
–Por eso es importante que las que no generemos nosotros las cerremos nosotros. Dile a esos gilipollas que se apresuren, que no hemos trabajado tanto para que ellos lo echen a perder.
–No te preocupes. Ya están en eso.
–Eres buena, tía. Anda preparando más secuencias que sean la peste de lógicas –le dijo, mientras se llevaba un nuevo cigarrillo a la boca.
–¡No! –exclamó la analista.
–¿Qué te sucede que gritas así?
–¡Que si querés que haga las secuencias, no enciendas otro cigarrillo! ¡No puedo estar todo el día acá si seguís inundando de humo este cuchitril!
–¿Cuchitril? Mira a tu alrededor, mocosa, y fíjate que tienes todo tipo de comodidades.
–¿Comodidades le llamás a un pobre sillón para dormir cuando no doy más? Encima si fumás, no hay aire, así que, en lo que a mí respecta, es un cuchitril.
–Está bien, iré a fumar afuera.
–Sí, sí, andá, andá, y no tardes que sola no puedo con las secuencias. Te aclaro que con lo de este golpe quiero como mínimo una bicicleta fija y un futón decente.
Ibáñez apretó el botón de su control y desapareció.
Donini se acomodó en su silla, estiró el chicle que comía, lo volvió a meter en su boca y miró a su alrededor. Eso de estar tan encerrada…
Luego, tomó el control para comunicarse con Musso y murmuró:
–Un botón con forma de elefante… No le veo ningún sentido. No voy a ponerle eso a mi control.
1- Autor de la letra del tango “Silencio” al que pertenece el verso que parafrasean.
2. Reunión
El cumpleaños de Pili era el sábado, cinco días después, así que todo encajaba para hacer la fiesta el día de reunión. El continuum seguía respetando el sábado a la noche y no había misiones en curso.
Habían puesto aquella bola tipo disco, que giraba lentamente y reflejaba suaves destellos en toda la sala. Roberta y Judith hicieron carteles para Pili y Nicolás. Había globos adornando, y entre todos armaron un buffet bastante atractivo.
–Esto es un cumpleaños de verdad. ¡Por fin! –exclamó Facundo, mientras terminaba de colgar el último globo.
–Nos merecíamos algo de esto, después de tanto dolor –dijo Liliana, al tiempo que acomodaba los saladitos que ella misma había preparado.
–¡Ay, Dios mío! ¡Quiero que me venga a buscar Poncio Pilato ya! –exclamó Toto poniendo los ojos en blanco–. ¡Mirá lo que es esa mujer! –dijo señalando a Cruz, que se ocupaba de poner una torta en la mesa de dulces.
–¡Babosos! –exclamó Liliana.
–Vos tenés a tu marido, Lili, no seas egoísta, que nosotros no tenemos a nadie. ¿Iris no…? –lo miró a Facundo.
–No. Todo bien, somos más amigos ahora, pero no. Igualmente mi amor es todo para “ella” –suspiró con ojos soñadores–. ¿No está hermosa?
–¿Quién? Ah, Laura… Sí, está lindísima, pero el ecuatoriano la acapara.
–Sí, pero Melchor no puede bailar porque tiene enyesado el pie, así que está fuera de juego. Y si hoy Mateo no pone lentos, lo mato.
–Y como hoy yo soy el rey de la fiesta, va a tener que hacerme caso.
Se volvieron hacia el recién llegado.
–¡Nicolás! –Abrazaron al amigo y enseguida se esparció un aplauso en el Cuartel, con hurras y silbidos. Y la algarabía hubiera dejado paso a la emoción, si no hubiese sido por la oportuna aparición de Pili, que se había vestido estilo charleston, porque sabía que si no le daba el toque de humor a aquel encuentro, acabarían todos llorando.
Beto fue hasta donde estaba Mateo.
–Che, ¿cómo vas a hacer? ¿Prendo las luces y hacés la reunión?
–No sé. Hace cinco días que no hay nada anormal. No sé qué hacer.
–Nunca está de más ser precavidos.
–Tenés razón. Prendé las luces, que yo musicalizo.
Mateo puso una música de trompetas y Beto encendió las luces. Se oyeron varios silbidos de desaprobación.
Esta vez no fue Renata la que tomó la palabra.
–En primer lugar, pido otro aplauso para Nicolás y Pili, que son los agasajados de la noche. No vamos a hacer una reunión formal, no se preocupen, pero hay algo que quiero comentarles.
–¡Sé breve, superbocho! –le gritó Facundo.
Mateo le lanzó una mirada asesina.
–Hace cinco días pareció que íbamos a volver al caos que hizo que tuviéramos que traer a lo mejor de América del Sur a trabajar con nosotros. Pero ahora está todo demasiado tranquilo, como antes de que pasara lo que pasó.
–Sí, hace como mil años –dijo Maru, y todos se rieron.
–Exactamente, hace como mil años. Puede ocurrir dos cosas: que el continuum se haya vuelto a estabilizar, lo que es muy probable, o que alguien esté al acecho y esperando. Esto ya pasó: después del Éxodo, después de Vilcapugio…, se quedaron tranquilos y luego atacaron con todo porque se estaban preparando. No los quiero asustar, no quiero arruinar la fiesta. Simplemente, quiero que estén siempre atentos, que miren a todos lados. Sabemos bien que Perales y Emanuel no trabajaban solos y que desaparecieron los dos antes de saber quiénes los ayudaban. En el caos de hace cinco días hubo dos brechas que se cerraron antes de que llegáramos nosotros. Pueden haber sido destellitos, pero también puede haber alguien más trabajando. Estamos haciendo todo lo posible por averiguarlo, pero todavía no tenemos nada. Lo único que podemos hacer es estar atentos.
–¿Alguna pregunta? –dijo Renata. Como nadie dijo nada, palmeó y exclamó–: ¡Entonces, que empiece la fiesta!
Beto volvió a cambiar la iluminación y Mateo encendió el equipo de música.
Melchor, a despecho de Facundo, se las arregló igual para bailar con Laura.
Liliana le llevó unos saladitos a Mateo.
–¿En serio vos creés que hay alguien más?
Mateo paseó la mirada por el plato, para elegir.
–Mmmh… Este. Vos que tenés tanta experiencia, ¿no lo creés así?
–Es sospechoso, sí. ¿Cuánto tiempo más se quedarán los extranjeros?
–Si llega a haber otra racha de tranquilidad, la Corporación los va a mandar de vuelta y no quiero que eso ocurra. Sospecho que esta es la calma que precede a la tormenta.
–A lo mejor estás pasado de vueltas.
–Eso dice Graciela, sí, pero no sé.
–¿Por qué no te relajás un poco y te dedicás a comer unos bocaditos?
–Ya estoy comiendo. Muy rico esto.
–¡No, tonto! No me refería a estos bocaditos. ¡Mirá cuántas chicas lindas!
Mateo miró a “su” chica linda.
–Muy linda. De verdad.
–Tomá. Mejor que te deje esto, que va a ser la única manera de que comas algo. –Liliana, con gesto de resignación, le dejó el plato con los saladitos y se fue meneando la cabeza. Era tan tonto. Y él no captó nada, porque estaba totalmente ido.
–Tenía que ocurrir: Cruz me abandonó. –Nicolás fue junto a Mateo y se puso a comer.
–¿Por?
–Lautaro la conquistó haciéndose el distante. ¡Claro! Mi vieja siempre me dice que las chicas muy codiciadas prefieren a los hombres serios.
–No sos el único que sufre –dijo Facundo, agregándose al grupo de desahuciados.
–¿No pasa nada con Iris? –le preguntó Mateo–. Eh, che, no se coman todo.
Facundo negó con la cabeza y cuando terminó de tragar los dos canapés que había metido en su boca, respondió:
–Ni un amague. Además, yo tengo que terminar de admitir que estoy absolutamente enamorado de Laura. ¡Mirá, por favor! ¿No es una belleza esa chica?
–¿Y te da bola? –La pregunta la hizo Nicolás, porque a Mateo se le había secado la garganta.
–¡Menos bola me da, más la amo! Así que sacá cuentas.
–¿Larry, Curly y Moe? –preguntó Pili acercándose.
–Athos, Porthos y Aramís –respondió Facundo.
–Hugo, Paco y Luis –cerró Graciela–. No sean amargados y vengan a bailar.
–Yo soy el dj –dijo Mateo dando un paso atrás. Pili y Graciela se llevaron a Facundo, porque a Nicolás se le hacía un poco difícil sumergirse de golpe en la diversión.
–¿Cómo estás? –le preguntó Mateo.
–Bien. ¿Y vos? Me enteré de que tuvieron una buena acá.
–Sí. Pero ya se acabó.
–Y encima tu vieja, perdón, Elisa, enferma. El día que me recibió, ya no tenía buena cara, pero tenía un concierto, una presentación en una fiesta de la Fundación Zeit, una entrevista… Qué sé yo cuántas cosas.
–Es así. Primero las obligaciones y después ella. Pero ahora se acabaron los chistes. No puede permitirse el lujo de tener una recaída.
–¿Vos creés que ese hijo de su buena madre de Perales tuvo algo que ver con… con lo que nos pasó en Goose Green?
–No voy a subestimarte, Nicolás, para mí no fue un accidente. Pero no puedo probarlo.
–Sí, escuché lo que dijiste. Contá conmigo para lo que sea. Pero lo quesea ¿eh? Si hay realmente un culpable, me encantaría hacerlo pedacitos con mis propias manos.
–Si descubro algo, te prometo que vas a ser el primero en saberlo.
–Así que entonces le volviste a salvar la vida a Laura…
–Más o menos, sí.
–Le pegó fuerte a Facundo. Está muerto con ella. ¡Es tan buena amiga! Y hoy está hecha un bombón.
–Sí, es macanuda –la voz no le salió muy normal, pero el volumen de la música ayudaba a disimular un poco.
–¿Qué?
–Que es macanuda.
Melchor hizo un gesto de dolor y Laura le sugirió que se sentara.
–Te traigo jugo y algo de comer, ¿querés?
–Eres muy “caballera”. Gracias.
Fue a servir, y allí estaban algunas de las chicas, cuchicheando.
–A vos, Laura, ni preguntarte cuál te gusta más, porque estás con el churro máximo –le dijo Pili.
–Sí. La verdad que estuvo bien Renata al asignarme a Melchor como pareja. –Guiñó un ojo–. Lo que pasa es que la soborné.
–Yo estoy conforme con Walter. Es muy gauchito.
–Y sí, como es uruguayo es “gauchito” –se rio Graciela–. Son un poco pichones para mí.
–Yo me quedo con Salo –dijo Patricia–. Pero te escuché decir algo el otro día. ¿Es cierto que tenés pareja?
Las otras se volvieron hacia Graciela.
–Sí.
–¿Y no es ninguno de estos?
–No.
–¿Y cómo hacés? –Iris la miró asombrada.
–El Flaco es un divino. Es poeta y vive en su mundo.
–¿Poeta?
–Sí.
–¿Pero viven juntos?
–Sí.
–¿Y cómo hacen? ¿Qué le decís de tu trabajo?
–Que soy agente del gobierno y que si quiere vivir conmigo, no tiene que preguntar nada.
Algunas de las chicas largaron una carcajada y otras la miraron asombrada. Graciela era genial.
–¡Realmente, te admiro! –exclamó Laura–. Yo me tuve que ir de la casa de mi mamá, porque no podía ocultarle lo que hacía, y ni siquiera nos llevamos bien.
–El Flaco confía en mí. Su amplitud mental le permite pensar que los agentes del gobierno son personas también y que por qué yo no podría ser una de ellos. Igual, a la hora de votar, voto por Melchor, por supuesto.
–Voto por Lautaro –dijo Cruz, que en el segundo que fue a buscar un bocadito, captó cuál era el tema de conversación.
–Elegiste al menos baboso –la aplaudió Laura.
–Yo voto por el superbocho, como dice Facundo –dijo Maru con ojos soñadores.
–¿Qué? ¿Mateo? –preguntó Laura con cara de repudio.
–Bueno, Laura, reconocé que es raro, pero está bueno –la reconvino Pili.
–No me retes a mí. No hace taaanto, taaanto tiempo, la señorita Maru me dijo que Mateo esto y Mateo aquello.
–Bueno, pero quizá no me usó como yo dije. Estaba un poco enojada… Laura, a vos te lo confieso: Mateo fue el que cortó conmigo –le dijo en el oído–. Y yo no estoy acostumbrada a eso. Pero ahora me parece que me tira onda, así que voy a ver qué pasa.
–Y, a lo mejor se arrepintió de haber cortado –le dijo Pili que había escuchado pese a la precaución.
–Y, capaz –se arregló el vestido y partió rumbo a su elegido.
Laura acomodó los canapés, que se le caían del plato como si hubieran cobrado vida propia, y dijo:
–Me voy a llevarle esto a Melchor. Tengo que alimentarlo, porque está averiado –y se fue, con un nudo muy muy fuerte en el estómago.
Mateo elegía compactos, pero miraba constantemente la Contigua.
–Hola. ¿Así que estás preocupado? –era Maru.
–¿Te parece que puedo no estarlo?
–Sí, es tu deber, pero no por eso vas a quedarte toda la noche acá.
–Tengo que controlar esto.
–¿No era que habías instalado un “cazadestellos”? Ponelo a trabajar. Dale, no es de buena educación trabajar durante un cumpleaños.
Miró a los demás. Estaban todos muy divertidos, siguiendo las clases de rumba que les daba Judith. Melchor ya venía para su lado, rengueando.
–Esto es demasiado para mí. Vayan a bailar que yo pongo la música.
Imposible decir que no. Maru ya lo arrastraba hacia la pista y lo obligaba a tomarla por la cintura.
–Ah, pero no sos tan “patadura” como yo pensaba. Tenés ritmo.
–Tonto, pero hijo de concertista –le dijo Renata, que se deslizaba junto a ellos, pasándola divinamente con su amado.
–¿Por qué le dijiste eso? –le preguntó Beto.
–Beto, ¿vos también estás tonto de tanto juntarte con mi hermano? Se muere por Laura ¡y baila con Maru! ¿Cómo se llama a alguien que hace eso?
–Y, sí, tonto. Yo no soy así.
–No, ya lo sé, por eso soy tu novia.
Judith daba las instrucciones por el micrófono primero y luego empezó a pasar entre las parejas y las acomodaba.
–Ponte más derecha, Iris. No, no, Salo: un paso adelante y otro atrás, eso, así. No seas tímido, ¡acércate que no te va a morder! –y le daba una palmadita a una, empujaba a otro.
A Facundo le encantó la indicación de acercarse más que Judith le había dado a Mateo, pero que él tomó para sí.
–¡Epa! –le dijo Laura apoyando una mano en su pecho.
–¿No escuchaste a la profesora?
–No te lo dijo a vos, así que no te avives.
–Lo que está avivado es el fuego que enciende la hoguera de mi amor por vos.
–Facu, no soy Nacha Márquez. No me seducen los poemas.
–No es un poema. Es lo que siento.
–Esto está poniéndose incómodo, Facundo.
–No te lo digo más, pero sabelo.
Desde que la había acompañado ese día en que Brenda se tomó todas las pastillas, tenía una mejor relación con él y también le caía mucho mejor. Si con una foto había alimentado su amor por Martín, ¿por qué no tratar de pensar un poco más en Facundo, que la adoraba y lo tenía ahí, en carne y hueso? Encima, el otro imbécil había acatado la orden de Judith. ¿Qué? ¿Había vuelto con Maru?
–¿En qué pensás? ¿En mí?
–No digas eso, que me impresiona. Perales me preguntó algo parecido un día en la facultad y después intercaló un verso de la “Sonatina” haciéndose el romántico.
Como Facundo la miró frunciendo el ceño porque no sabía a qué se refería, Laura citó:
–“La princesa está triste, qué tendrá la princesa…”.
–¿Qué? ¿Y por qué estabas triste? ¿Porque yo no estaba?
Laura le puso las manos en el cuello.
–Cuando te ponés así de pesado, te ahorcaría. Bailo con vos y no tengo problemas en hablar con vos, pero si no te lo pasás tirando palos. ¿Puede ser?
–Sí. Puede ser. Perdoname. Pero yo quiero que sepas que…
–Shhh. Ya sé. Ya me lo dijiste. Pero no me lo digas todo el tiempo. En serio, me resulta incómodo.
Facundo enmudeció.
–¿Quiere decir que tengo alguna esperanza?
–Quiere decir que acepto bailar con vos, nada más. Si decís algo más, bailo sola.
–No te preocupes. Me callo para siempre. Lo veo bien a Nicolás.
–Sí. Qué suerte. Dice que el viaje a la India fue lo mejor que le pudo haber pasado para poder entender la muerte de Uriel. Nunca quise ver las imágenes de la explosión, pero he tenido pesadillas con eso. Me imagino lo que tiene que haber sido para él.
Se quedaron un poco callados, porque el tema lo ameritaba y porque lo que explicaba Judith ahora era demasiado complejo.
–Uno, dos… Así, ¡eso es! –aprobó la venezolana cuando pasó cerca de ellos.
–No pensé que el superbocho podía darse maña con el baile –dijo Facundo señalándolo con la cabeza–. Así que se volvió a enganchar con Maru. Esto es serio: Maru nunca salió dos veces con nadie.
Laura pensó que a lo mejor solo estaban bailando, pero Maru lucía muy contenta y habían obedecido muy rápido la indicación de bailar pegados.
Cuando la pieza terminó, Judith decidió darles un respiro.
–¡Bueno, luego de esta clase de rumba bolivariana, creo que están en condiciones de bailar solos! –Su comentario arrancó risas y le dedicaron un aplauso por los logros que había obtenido.
Luego de un par de rumbas más de práctica, hubo música disco. Gastón era un experto, por lo que aceptó hacer una demostración de viejas coreografías de John Travolta, en compañía de la agasajada.
Maru, que evidentemente iba por una segunda vuelta, no se despegaba de Mateo.
–Dale, sigamos bailando.
–Esperá que quiero ver si cazamos algún destello.
–Pero si se ve desde acá… ¿No ves que la Contigua está muda? Vení, tomemos algo, descansamos un poco y seguimos, ¿querés?
–Está bien.
–Qué buena idea la de hacer esta fiesta. ¿De quién fue?
–Aunque no lo creas, mía.
–¿Por qué no iba a creerlo? No te olvides de que yo sé que vos no sos solamente lo que mostrás acá.
Patricia llegó en su rescate.
–Dice Pili que pongan algo de salsa y más rumba. Que se siente muy latinoamericana.
–Decile al colega musicalizador. –Mateo señaló a Melchor.
–¿Ya comiste? Vení, vamos a seguir bailando. –Y se dejó arrastrar por Maru otra vez–. Desde aquella vez no salí con nadie más.
–¿Ah, no? –Mateo tragó saliva. ¿Si ella se lanzaba otra vez qué le iba a decir?
–No. Y vos tampoco salís con nadie…
Él no contestó. Maru le hablaba muy de cerca, entornando los ojos.
–La pasamos bien juntos, ¿no? Qué sé yo… Viste…, a mí me cuesta no tener a alguien…, y yo pensaba…
Sí. Y él también pensaba. ¿Qué hacía? ¿La dejaba instalar otra vez el jueguito? ¿O seguía sufriendo en soledad por no poder jugar al Wow, al Starcraft y al Monkey Island? Maru era linda, divertida, estaba disponible y no cabía duda de que él le gustaba.
Había resuelto aceptar, cuando Melchor dijo por el micrófono:
–¡Atención! ¡Al sonido de la bocina, cambio de pareja! El que toque, mujer, hombre o computadora –hizo sonar la bocina y Mateo no llegó a dar clic izquierdo aceptando retomar su relación con Maru. Cada uno buscó a quién emparejarse y cuando se dio vuelta, la persona que más cerca estaba también se volvió.
Sí. Era Laura. Se miraron, dudaron, incómodos, pero resolvieron bailar para no llamar la atención.
–Nunca te pregunté qué pasó con mi control –le soltó ella enseguida. Estaba enojada con él. Y consigo misma. Y con el planeta.
–No sé qué va a pasar con mi control.
Lo pensó. No lo dijo. Pero lo pensó, porque tenía miedo de que Laura notara que estaba a punto de ponerse a temblar. Por suerte, ella llevó la conversación a un asunto sumamente serio y él concentró sus sentidos en eso.
–Desactivé los códigos de acceso no bien Perales te tomó de rehén y Dermijian lo desactivó completamente después. Es tan útil como un pedazo de madera.
–Con un pedazo de madera se puede iniciar un incendio, vos lo sabés.
–Sí, lo sé, pero no hubo brechas a 1876 y no pudimos volver a buscarlo. Y si no hubo brechas, quiere decir que no pasó nada. ¿Cómo era el lugar? Imagino que apartado.
–Sí. Era un rancho derruido, pero había un camastro con mantas y una pava, señal de que lo usaban.
–Alguien le tuvo que avisar a Perales que vos estabas ahí. Cada vez estoy más seguro de eso.
Mateo sentía el suave calor que irradiaba el cuerpo de Laura, y su propio cuerpo evocó la diferencia entre jugar al Ta-teti y al Starcraft. Entonces quiso que la tierra lo tragase, porque no sabía cuánto rato más iba a poder permanecer indiferente.
Evidentemente lo lograba, porque Laura solo percibió su hostilidad y ese maldito perfume que usaba. Y ese maldito de Melchor que no daba la orden de cambiar de pareja. Pero no iba a dejar de bailar con él, porque si lo hacía, era como confesarse. Y no pensaba confesarse, porque ya había logrado decirle que no lo quería y él bien que había acusado recibo de eso.
–Salieron deliberadamente a cazarnos.
–A cazarte, Laura. A cazarte.
La tomó de la mano, la hizo girar y luego volvió a tomarla por la cintura.
Quedaron mirándose.
–Siempre me pregunto qué hubiera pasado si Perales no creía lo que vos le dijiste. Si todo hubiera dependido de quién resistía más.
Mateo, que nunca quiso contestarse esa pregunta, le dijo:
–Y yo me pregunto por qué insististe en salir en misión siendo que nos ponías a todos en peligro. Porque, por tu causa, ellos ahora tienen un control.
–¿Cómo? ¿No era que estaba desactivado?
–Como vos dijiste, es peligroso dejar tecnología abandonada. Con un poco de suerte, sigue sin encontrarlo nadie, pero eso es tan poco probable que ocurra como que San Martín cruce la cordillera. Y la cruzó.
Laura entrecerró los ojos.
–¿Me estás culpando? –se detuvo.
Él presionó su cintura con su mano derecha, para animarla a seguir.
–Bailá, que nos van a empezar a mirar todos.
–Te pregunté algo –pero reanudó los pasos.
Melchor indicó cambio de pareja, pero ellos no oyeron.
–No. Te responsabilizo. Culpa, tuvo Perales.
–Entonces me queda claro qué hubiera ocurrido.
–¡Por supuesto! Si el continuum se desquicia, ni tu vida, ni la de nadie valdrían un centavo. Por eso la estabilidad del continuum está más allá de cualquier idiotez personal.
–¡Sí! ¡Ya me doy cuenta! –Entonces Laura lo soltó y se fue rumbo al baño, enojadísima. Mateo bufó algo y regresó con Melchor.
–¿Qué pasó? –le preguntó el ecuatoriano.
–¡Nada!
Dos cambios de pareja más y puso rock a pedido del público.
Laura salió del baño. El juego de luces impidió que se notara lo enrojecidos que traía los ojos. Era evidente que había abandonado definitivamente el kokoro de Mateo. Bueno, al menos ya lo tenía claro. Se fue con las chicas que se disponían a que Lautaro les enseñara a bailar el rock como es debido.
Salvo por lo que la lastimó la acritud con que la trataba Mateo, se sentía muy bien en el Cuartel. Era la primera vez que se sentía en total confianza con un grupo de personas.
Mateo se había apartado un poco y miraba con los brazos cruzados, apoyado en el escritorio de la Contigua. Maru lo enlazó por los hombros y le dio un beso en la mejilla.
–Volví. Melchor nos interrumpió.
Mateo la miraba. Muy cerca. Y dejó que Maru lo besara. Entonces terminó de decidir. No le iba a dejar instalar el jueguito. No podía hacerle eso. Sabía bien que Maru no había salido jamás dos veces con el mismo tipo. Si él aceptaba, la estaría usando. Maru no se lo merecía… y él tampoco.
Le tomó la mano.
–Sabés que sos muy linda, pero sería un error que volviéramos. Me gusta estar con vos, pero –meneó la cabeza y alzó los hombros levemente– yo no tengo la capacidad de mantener una relación.
–¡Vamos, que yo no te proponía nada serio! –Maru no podía creerlo. ¡La había rechazado dos veces!–. Yo hablaba de un touch and go, como dicen. La noche pinta.
Él no dijo nada. Ella tampoco. Se quedaron allí un rato más, viendo la clase de Lautaro. Por suerte, Nicolás lo fue a rescatar. Tomó a Maru de las manos y le dijo a él:
–¿No bailás más?
–Le voy a hacer un poco de compañía al herido –y señaló a Melchor. Pero en realidad, el herido era él. No era el único corazón herido. Cuando Laura lo vio con Maru, se quiso matar. ¡Y ella que tenía una vida tan tranquila antes!
Algunos se acercaron a Melchor y le trajeron un cd.
–¡Vos no escuches! –le dijo Pili a Mateo.
–¿Por qué?
–Porque ya sabemos que tenés prohibida la cumbia.
–Toda la cumbia, no. Pero no me van a decir que lo que ustedes escuchan es cumbia verdadera… Si no, pregúntenle a Roberta que, como colombiana, debe saber. Pongan lo que quieran, pero después no me critiquen si no bailo.
La música estuvo bien, pero el problema eran las letras. Todas melosas, románticas. Mateo fingió alguna cosa técnica y se sentó frente a la Contigua, ocupadísimo. Laura se puso a acomodar un poco la mesa, renovando los platos.
Esa maldita “Ventanita”, por ejemplo. Decía cosas espantosas como “tengo el alma en pedazos” o “no soy nada si no estoy contigo” y finalmente “ser tu abrigo en la noche de frío”. Con ese nocivo verso, ¿cómo no recordar durante el Éxodo, la noche junto al fogón, en que la había abrazado para darle calor? Todas las horribles canciones que siguieron, cumbia, rock, heavy metal, pop, bolero: todas tenían algún verso meloso que les amargó el resto de la noche. Que “la moneda cayó del lado de la soledad”, o que “Bésame mucho”, o el desubicado de Barilari diciendo lo que él pensaba “Es difícil pensar / el vivir ya sin vos”; encima alguien tuvo el mal gusto de poner esa espantosa “Laura no está”. Mateo optó por ponerse los auriculares y escuchar música instrumental, bien pesada, bien estrepitosa, para ver si lograba aislarse. Laura no tuvo ese recurso. Y ni siquiera podía comer chocolate, porque se le había cerrado el estómago, así que terminó pasando una hora horrenda hasta que llegó el momento de cortar la torta. Liliana prendió las velitas y Pili se puso frente a ellas. Las diminutas llamas le iluminaban la cara, con los ojos maquillados lánguidamente al estilo 1910, brillando emocionados. Luego de escuchar el feliz cumpleaños, carraspeó y dijo:
–Ahora viene el momento de pedir tres deseos. Pero uno se los voy a regalar a ustedes. Quiero que a todos se les cumpla lo que pidan hoy.
Casi todos eran científicos en lo suyo, seres estudiosos y racionales, a quienes la firmeza de sus teorías se les había ido al diablo cuando supieron la existencia del Cuartel, con su lógica de la ilógica del viaje en el tiempo. Entonces, no les costaba creer que si cerraban los ojos y deseaban en ese momento fervientemente algo, podía llegar a cumplirse.
Hubo deseos de lo más disímiles. Pequeños y enormes. Que resucite Uriel. Que ella me quiera. Que mi tía se cure. Que pueda comprarme la moto. Que pueda terminar la carrera. Que pueda arrancarlo a él de mi corazón… como él me quitó del suyo.
3. No puedo equivocarme
A fines de agosto, antes de lo que esperaban, el doctor Meier y su esposa regresaron al país y a la vida de la Corporación.
Se organizó cena formal en la casa de los Meier, con novio de Renata y todo.
Renata demostró que, además de ser una excelente analista, podía ser una buena cocinera, habilidad de la que ninguno de sus compañeros del Cuartel hubiera sospechado. Se ocupó de hacer la comida y de servirla también.
–Lo que puede el amor –la cargó su hermano por lo bajo.
–Lo que puede la inteligencia emocional. No como otros que dejan pasar debajo de su nariz lo mejor de su vida.
–Ya fue, Renata. Vos escuchaste lo mismo que yo ese día. No te metas.
–No, si no me meto. Digo, nomás. Si yo pudiera o debiera meterme, vos no estarías sentado acá solo, con esa cara de amargado.
La conversación era en voz baja, pero Elisa no se había perdido palabra.
–¿Qué pasa? ¿Todavía siguen peleándose?
–Tu hijo, Elisa Grimaldi, es un chico muy tonto.
–Tu hija es una metomeentodo. Lo que pasa es que estoy preocupado. Demasiado poco trabajo.
–¿Y eso te preocupa? –No hubo ningún sarcasmo en la pregunta del doctor Meier.
–Sí. Por varios motivos. No es normal que haya una racha de casos y luego nada. Pero si seguimos un par de semanas de nada, sabés lo que va a pasar.
–Vamos a tener que mandar a los latinoamericanos de vuelta.
–Exacto. Van a tener que hacer las misiones de a uno y es peligroso.
–Vos estás seguro de que hay alguien más –dijo Elisa, alcanzándole la panera a su futuro yerno.
–Como que me llamo Mateo Meier. Y me preocupa no saber para qué lado se va a disparar esto.
–Entiendo. De todas maneras, aunque tengamos un manejo democrático de la Corporación, sigo siendo el presidente y el que más cantidad de fondos aporta. Y como los gastos extra por los agentes extra los cubre la Fundación, y tu mamá se encargó de llenar sus arcas, aunque casi deja sus pulmones en la empresa, creo que tengo algunas razones para poder decidir que esta gente no se vaya todavía.
–Bien, papá. Me alegra saber que pensás así.
Beto se sentía espectacularmente a gusto. Su amada Renata era tan maravillosa porque sus padres lo eran. Y era la primera vez que iba a su casa, en todo sentido: como invitado y como novio oficial.
–Pero esta es una cena familiar, así que no hablemos más de trabajo –dijo el doctor Meier.
–Fue él quien empezó, porque no tiene interés en hablar de cuestiones afectivas –lo acusó Renata.
–Renata… –la reconvino Elisa. El comportamiento de los hermanos era atemporal. Iban a tratarse igual tuvieran dos o noventa años–. Contanos algo de vos, Beto –Elisa dirigió hacia él sus ojos castaños tan iguales a los de Renata que Beto se sintió impresionado.
–Me falta una materia y el proyecto final para recibirme de ingeniero, cosa que este muchacho hizo hace tiempo y nunca voy a terminar de entender.
–¡Imaginate lo que nos sorprende a nosotros, que hemos convivido con él! –exclamó Renata.
Se rieron.
–Vivo solo, como todos los que no tenemos parientes trabajando en la Corporación.
–Renata me dijo que te criaste con dos tías.
“Qué discreta la señora Meier –pensó Beto–. Ella debe saber todo de mí por mi expediente”. Pero en honor a la gentileza, respondió:
–Sí. Cuando escucho “Mariposa Tecknicolor”, pienso en ellas. Igual. Siempre cocinaban arroz y yo decía de ellas que eran mis “mamás”.
–“El sacrificio de mis madres…” –canturreó Elisa.
–Tal cual. Siempre se sacrificaron por mí. Por eso es que siempre traté de trabajar y estudiar lo mejor que podía.
–Y te vas a recibir con honores –dijo Renata, orgullosa.
–¿Con honores? Cuando me enteré de que este chico ya se había recibido, me quería morir.
–No pienses en mí. Yo soy un bicho raro, al que algunas cosas le salen más fácil que otras. Vos lo sabés bien –dijo Mateo–. Vos sos uno de los mejores tipos que conozco. Si algún día mi hermana te trata mal, yo te defiendo.
–¿Las ves a tus madres?
–Sí. En realidad, vivo en un PH que da al patio de la casa de ellas.
–Las conocí –dijo Renata–. Son geniales.
–Un poco celosas al principio, porque tienen miedo de perderme, pero yo les dije que no tiene nada que ver. Que por más que me case, ellas van a seguir siendo mis mamás.
–¡Ah! ¿Así que pensás casarte con mi hija? –preguntó el doctor Meier, acomodándose los anteojos para mirarlo mejor–. ¿Y a quién le pediste permiso, vos?
Beto, pálido, miró alternativamente a su amigo, que había retornado a su expresión de guardabosque, y a su novia.
–Bueno… esteee…
Renata hizo un amague de tirarle con algo a su padre.
–¡Papá! ¡No molestes a Beto! ¿De quién te creés que mi hermano aprendió esos chistes malos que hace? ¡Del benemérito doctor Meier!
Ambos varones Meier soltaron la carcajada.
–Pero, en serio, ¿piensan casarse pronto?
Beto de todas maneras no se había recuperado y tomaba un poco de agua.
–En 2008, seguramente. Cuando Beto haya terminado la carrera. Queremos, además, comprarnos una casa.
–Yo los voy a ayudar.
–No, discúlpeme, doctor Meier, pero permítame que seamos nosotros quienes logremos hacerlo. Estamos trabajando y ahorrando mucho, y pienso conseguir un crédito.
El doctor Meier asintió con la cabeza.
–Me parece justo. Eso sí: los relojes para toda la casa se los regalo yo.
–Acepto. Me consta que no hay relojes más precisos.
* * *
Las misiones empezaron a sucederse otra vez. Más que a sucederse, a superponerse. La actividad en el Cuartel era febril. Patricia, Renata y Mateo trabajaban sin descanso. Ya llevaban veinticuatro horas complicadísimas. Se disparaba una misión y aparecían cuatro más. Habían puesto todo a analizar y, en la Corporación, el doctor Meier estaba haciendo su parte también. Logró que su mujer obedeciera las indicaciones del médico y no fuera ni al Cuartel, ni a la Corporación.
El objetivo era encontrar alguna pista que les indicara a qué se estaban enfrentando.
Mateo no le había dicho nada a su padre sobre su sospecha de que había otro cuartel. Le parecía un poco descabellado, aunque estaba seguro de eso. Tampoco habían hablado con los demás sobre su temor sobre el control C415. Pero sí les recordaban que estuvieran alertas ante cualquier cosa que les llamara la atención.
–Esto aparenta ser una secuencia lógica –dijo Renata cuando apareció la séptima misión.
–Esa es la palabra exacta: aparenta. Si es una secuencia lógica, ¿por qué no se corrigió todo a partir de la primera?
–Pero, che, Mateo, ¿vos pensás que esto es adrede?
–La verdad que sí, Patricia. No lo puedo probar, pero a mí me parece que sí.
–Pero Renata tiene razón. Mirá, ella tiró la secuencia ni bien tuvo las dos primeras, y las misiones que aparecen son tal cual.
–Todo bárbaro, pero ¿por qué siguen apareciendo si la primera brecha ya se cerró? Cuando todo estaba normal, tuvimos errores en cadena, pero solucionando el original todo se arreglaba.
–Bueno, Mateo, ¿quién sabe cabalmente cuáles son las reglas de este universo? No tenemos que ser tan mal pensados…
–Esto empezó porque éramos demasiado bien pensados, Paty. Prefiero pasarme de vueltas que volver a enfrentarme a otro Perales.
Así, de misión en misión, completaron cuarenta y ocho horas. Los analistas se iban relevando, pero siempre había tres porque Mateo jamás volvió a su casa. Con los ojos rojos y las ojeras ensombreciendo su cara, se mantenía despierto a fuerza de dormitar una hora cada tanto y dándose tres duchas diarias.
Cuando llegaban a las setenta y dos horas, con tres secuencias lógicas, hubo una última misión que provocó el cierre de dos brechas más.
Mateo, bostezando, examinaba la Datera, donde Renata había puesto a correr las secuencias. El doctor Meier había ido al Cuartel. Como la calma parecía haber renacido, estaban todos los analistas.
–A ver: tenemos tres brechas originales y tres secuencias. Todas parecen emparentadas.
–Poné la última ahí –indicó Renata.
–¿Dónde?
–Como origen de las tres. Probá.
Mateo se sentó frente a la máquina y tipeó una serie de números y signos que a Nicolás, que lo observaba, le parecieron jeroglíficos.
Cuando la máquina terminó de procesar, se abrió otra pantalla.
–Sí, no era necesario hacer esto. Era obvio que iba a resultar así.
–Bueno, pero es mejor que lo haga la máquina, porque si no, cualquiera puede pensar que vemos fantasmas –dijo Renata.
–Tiene sentido… –afirmó Patricia.
–No –Mateo seguía en sus trece–. No tiene sentido. Ningún sentido. ¿Desde cuándo el origen de algo se produce al final?
–Capaz que desde que se puede viajar en el tiempo –se rio Salo.
–Como dice papá: “todo lo que tenga que ver con viajes en el tiempo está lleno de paradojas”, pero en todo lo que estudié nada parece indicar que acá se pueda invertir el orden de las cosas: lo que ocurre primero es lo que provoca lo otro.
–Estaba pensando… –dijo Mateo– si un exceso de fluctuación en el continuum incide en la magnetosfera al punto de modificar el clima, un exceso de actividad puede hacer peligrar el continuum todo. Creo que debería poner unos parámetros, porque si de repente aparece algún otro irresponsable como Perales y se pone a viajar sin que nosotros lo sepamos, no podemos estar sospechando a partir de los cambios de clima.
–¿Más parámetros querés poner? –se rio el doctor Meier–. No es necesario. En la Corporación tengo un medidor de nivel del continuum, porque es cierto que la excesiva fluctuación es peligrosa para el planeta. Por eso es necesario preservar el equilibrio y por eso es impensado provocar brechas.
–Sí, para nosotros es impensado, pero Perales lo hizo con el solo objetivo de rastrearnos.
–Nosotros no somos Perales.
Mateo hizo retroceder la silla donde estaba sentado para mirar mejor a su padre.
–Papá, ¿no te parece que la vida de alguien merecería provocar una brecha?
La respuesta del doctor Meier fue inmediata y tajante:
–No. Nos dedicamos a mantener el curso de la historia, sea positivo o negativo para las personas como individuos. Por eso la vida de nadie merece provocar una brecha que trae consecuencias inesperadas. Recordá la paradoja de Laura. Durante el breve instante que duró la brecha hubo un universo duplicado. Una locura. La preservación del continuum va más allá de cualquier vida individual, porque tiene que ver con el devenir del planeta.
–¿No lo harías por nadie?
–Ni siquiera por mi mujer y mis hijos, que son lo único que me importa. Solo lo haría por el mismo continuum. Y no pienses que muchos no se han visto tentados. En Europa, lo primero que pidieron algunos fue ir a buscar a los desaparecidos de la guerra. Aquí mismo nos planteamos con algunos agentes en qué podría afectar viajar, ver qué ocurrió con los desaparecidos por la última dictadura y luego divulgarlo. Pero no lo hicimos. Si no mantenemos para todo los principios de la ética en los que se funda la Corporación, entonces no podemos seguir operando. Porque si nosotros intervenimos en la historia, entonces daría lo mismo que la Corporación existiera o no.
–Disculpame, papá. Tenés razón. Es todo tan claro cuando vos lo decís. Pero es que todo el resto es tan confuso que agradezco tenerte a mano para volver a los principios básicos.
El doctor Meier lo abrazó.
–Te quiero, hijo. Y estoy muy orgulloso de vos y de tu trabajo.
–Gracias, papá. ¿Por qué nunca supimos de ese medidor de nivel?
–Porque no se me ocurrió comentárselo. Es algo que creé antes del primer control. Lo usé para determinar que había una alteración en el continuum. Ya que estás investigando todo esto, andá a la Corporación a verlo.
–OK. Pero igual creo que habría que mejorar la sensibilidad del escáner de sucesos del tiempo.
–Podemos considerarlo. Pero no ahora. Estamos todos demasiado agotados –dijo el doctor Meier–. Así que, jóvenes, les sugiero que se vayan a dormir. ¿De quién es verdaderamente este turno?
–Mío y de Beto –dijo Mateo.
–¿Cuántos días hace que estás acá?
–Empecé hace un rato.
–Mateo, tengo un archivo rastreador tuyo también. Además, nunca fuiste bueno para mentirle a tu padre.
Mateo bajó la cabeza.
–Bueno, está bien, hace un par de turnos.
–Ochenta horas, más o menos, porque cuando este caos empezó, él estaba terminando su turno y no se fue –dijo Beto.
–¡Cuatro días encerrado! Hijo, es una barbaridad.
–Disculpe, doctor Meier, pero su esposa lo reclama diciendo que hace cuatro días que no lo ve –acusó el acusado.
–Pero soy tu padre y tu jefe, y te ordeno que salgas de acá inmediatamente. Creo que afuera es un lindo día de primavera, así que te vas a pasear.
–Si salgo de acá va a ser para dormir.
–Bueno. Vas a casa y te acostás en el parque. Es una orden.
–¿Tenés parque en tu casa? –preguntó Patricia.
–Sí. ¿Querés venir?
–Bueno, no sé… No. Mejor me voy a dormir a mi hotel. Otro día me invitan a un picnic.
–De acuerdo. ¿Tomás mi turno, Ren?
–Con mucho sacrificio.
–Sí, lo imagino. Bueno, papá, vos también te venís conmigo. Elisa debe estar esperándote con el palo de amasar en la mano.
–¿Te parece que le compre unas flores a la pasada?
