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Las lecturas dominicales del ciclo A, aunque estén tomadas del evangelio de Mateo, son imposibles de compaginar con el proceso dramático del mismo. Pero el hecho de que el primer ciclo se dedique preferentemente a este evangelio anima a conocerlo mejor. La intención de este comentario es ayudar a descubrir el proceso que llevó a Jesús hasta la muerte, acompañándolo, a veces sin entender mucho, como los discípulos; escandalizándonos en ciertos momentos, como los fariseos; desconcertados, como las mujeres ante la tumba; cumpliendo, entre dudas y entusiasmo, la misión final que nos encarga, convencidos de que él está con nosotros hasta el fin del mundo.
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Seitenzahl: 900
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Prólogo
Este libro tiene una historia larga y complicada. Hace unos cuarenta años comencé a dar conferencias sobre el Antiguo Testamento en el Centro Suárez de Granada, dirigidas a un público muy variado de universitarios, matrimonios, religiosas, religiosos y sacerdotes. Al cabo de cierto tiempo me pareció absurdo hablar del Antiguo Testamento cuando mucha gente no conoce bien el Nuevo. Dediqué entonces varios años a explicar el evangelio de Mateo. Posteriormente lo he usado en conferencias y cursillos, especialmente sobre el Sermón del Monte y la Pasión, y para dar ejercicios espirituales de ocho días, donde era posible ofrecer una visión de conjunto del Evangelio.
En 2010 empecé a escribir comentarios breves a las lecturas del domingo, que enviaba a algunos amigos, y que ahora están siendo publicados en internet por «Amigos de fe adulta» y en mi blog: elevangeliodeldomingojlsicre.blogspot.com.es.
Guillermo Santamaría, director de Verbo Divino, me sugirió la posibilidad de editarlos como libro. Y esa fue mi primera intención. Pero las lecturas del domingo dejan muchos huecos, saltan de un episodio a otro bastante distante, omiten versículos o pasajes. Pensé intercalar entre los comentarios dominicales los textos del evangelio que faltaban. Al cabo de poco tiempo advertí que era una misión imposible. Entre el evangelio del domingo y el Evangelio existe, como entre el rico y Lázaro, un abismo infranqueable. Esto tiene dos causas:
1) Cuando se hizo la reforma litúrgica, se programaron tres ciclos (A, B, C) centrados en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Aunque los evangelios son cuatro, no se dedicó un ciclo D al de Juan. Supongo que a los responsables les entraría pánico de someter a los fieles a tan dura prueba y decidieron repartir sus textos a lo largo de los tres ciclos. Lo cual supone un problema. Cuando estamos leyendo la vida pública según Marcos, se interrumpe varias semanas con un discurso interminable de Juan. En resumen: ningún ciclo está dedicado a un solo evangelio.
2) El ritmo del ciclo litúrgico no ayuda a conocer un evangelio. El de Mateo, por ejemplo, sigue el orden: infancia, actividad pública, pasión, resurrección. El ritmo del ciclo A, dedicado a Mateo, comienza por un fragmento del discurso del fin del mundo (c. 24: primer domingo de Adviento). ¿A quién se le ocurre empezar la lectura de un libro por el final? El problema resulta casi divertido en este otro caso: el domingo siguiente a la Navidad se celebra la fiesta de la Sagrada Familia, y el evangelio cuenta que José se trasladó con el niño y su madre a Nazaret. Pero días más tarde, el 6 de enero, los magos de Oriente llegan a Belén, y resulta que el niño está allí, no en Nazaret. Un ejemplo más: el ritmo litúrgico impone que, después del bautismo, Jesús no puede marchar al desierto; las tentaciones se reservan para el primer domingo de Cuaresma, y Jesús, mientras llega, deberá dedicarse a hacer milagros y predicar.
En definitiva, ciclo litúrgico y Evangelio son incompatibles. Pero el hecho de que un año se dedique preferentemente a un evangelio anima a conocerlo mejor. Es lo que pretendo con este libro. El comentario, aunque extenso y detallado (alguno pensará que demasiado), no es un comentario científico. En España disponemos de dos excelentes comentarios de ese tipo: los de Xabier Pikaza y Ulrich Luz. El único problema para el gran público es el de sus dimensiones: más de mil páginas el de Pikaza, más de dos mil el de Luz. El mío es más modesto.
Lo concibo como un complemento a las lecturas del ciclo A, pero sin atenerse a su ritmo. El ideal es aprovechar el próximo año litúrgico para ir leyendo el evangelio de Mateo desde el principio, poco a poco, sin saltarse episodios, ayudado por el comentario.
En una obra que se caracteriza por su estilo directo y procura evitar tecnicismos, pueden extrañar dos datos: la comparación continua con el evangelio de Marcos y el uso de algunas palabras y frases griegas.
La comparación, que se advierte incluso a nivel tipográfico (lo típico de Mateo aparece en negrita), se debe al deseo de «dar al César lo que es del César». Mateo ha usado como base el evangelio de Marcos, ha copiado, añadido y suprimido. Si no se tienen en cuenta esos detalles, cabe el peligro de atribuir a Mateo algo que no es suyo, o de pasar por alto importantes aportaciones. He procurado presentar la comparación de forma amena, aunque a veces puede exigir bastante atención, como cuando se comparan dos cuadros muy parecidos.
En cuanto al uso del griego, se debe a que, para sorpresa mía, después de algunas conferencias se me han acercado personas que sabían esta lengua y me preguntaban por algún detalle concreto. Los términos griegos van entre paréntesis y no molestan la lectura.
Agradezco a la señora María del Mar Gil Cruces sus sugerencias y la ayuda prestada en la revisión del original.
Granada, 7 de septiembre de 2019
Introducción
Al comenzar la lectura de un libro escrito hace casi dos mil años es útil disponer de una introducción, sobre todo si se trata de unos libros tan mal conocidos como los evangelios. Libros que, más que leídos con su dinamismo propio, atendiendo al drama personal que desarrollan, han sido utilizados para sermones, homilías, meditaciones, e incluso citas traídas por los pelos. La intención de esta introducción, aparte de ofrecer algunos datos útiles sobre el autor y la obra, es crear interés por leer el evangelio de principio a fin, sin saltar pasajes o capítulos, compartiendo el drama que se desarrolla desde el nacimiento hasta la despedida de Jesús.
1. Autor
1.1. Un autor anónimo al que llamamos Mateo
De todos los libros del Antiguo Testamento, solo de uno conocemos a su autor con seguridad: el Eclesiástico, escrito por Jesús ben Sirá. Los demás son anónimos, aunque la tradición se preocupó de buscarles autor: Moisés para el Pentateuco; Josué para Josué; Samuel para los dos libros de Samuel; Jeremías para los libros de los Reyes; Salomón para el Cantar, Proverbios y Sabiduría, etc.
Conviene recordar esto para no extrañarse de que algunos escritos del Nuevo Testamento sean también de autor desconocido y les hayamos buscado un personaje famoso al que atribuírselos. Según la ciencia bíblica moderna, este es el caso del primer evangelio. La tradición lo atribuyó al recaudador de impuestos llamado Mateo o Leví. La idea no era descabellada. Sabemos que en el grupo de los Doce cuatro eran pescadores y uno recaudador de impuestos. Los recaudadores tenían muy mala fama, pero sabían contar, leer y escribir. Puestos a atribuir un evangelio a uno de los Once (Judas no cuenta), Mateo tenía todas las papeletas. No quiero decir que lo escribiese, sino que era lógico atribuírselo. Este dato está atestiguado desde mediados del siglo ii. El testimonio más antiguo es el de Papías (nacido hacia el año 70), y lo siguieron san Ireneo, Orígenes, Eusebio de Cesarea, san Efrén, san Cirilo de Jerusalén, san Jerónimo, san Juan Crisóstomo, san Epifanio. Demasiado importantes para ponerlo en duda. Incluso hoy día, Pérez Millos sigue esta opinión.
Sin embargo, la mayoría de los autores de los dos últimos siglos ponen en duda esta atribución del evangelio a Mateo. Los argumentos que aduce Guijarro son: a) Mateo no tiene un protagonismo especial en el evangelio, como cabría esperar si fuera el autor; b) las preocupaciones del evangelio y la situación comunitaria que refleja, sobre todo su relación con el judaísmo fariseo, hacen presuponer que se escribió en una fecha relativamente tardía; c) algunos pasajes presuponen que la destrucción del templo de Jerusalén ya había tenido lugar (22,7); d)el evangelio establece una distinción entre sus sinagogas (4,23; 9,35) y la iglesia (16,18); refleja fuertes tensiones con otros grupos judíos y una situación que solo se generalizó después del año 70.
Aparte de estos argumentos, hay otro que me parece importante: el evangelio demuestra un conocimiento de las Escrituras que es fácil imaginar en un escriba cristiano o un buen catequista, no en un recaudador de impuestos. En definitiva, no sabemos quién escribió el primer evangelio, pero todos aceptan seguir llamándolo Mateo.
1.2. Un autor desconocido del que quizá sabemos mucho
Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, escribió la famosa frase: «El estilo es el hombre». En el caso del primer evangelio, la obra revela mucho de quien la escribió. Reconozco que es un ejercicio de ficción, pero no me parece descabellado. Partiendo del supuesto bastante aceptado de que el autor escribe entre los años 80-90 en Antioquía de Siria, y que el evangelio ha sido escrito por una persona madura, con gran experiencia catequética, indicaría lo siguiente:
1. Mateo debió de nacer entre los años 25-35, en una familia judía. Desde muy joven se sintió atraído por las Escrituras y es posible que se preparase para ser escriba. Las palabras «todo escriba experto en el Reinado de Dios se parece a un padre de familia que saca de su arcón cosas nuevas y antiguas» (13,52), se le pueden aplicar perfectamente.
2. Después de la muerte de san Esteban, algunos cristianos llegan huyendo a Antioquía (¿entre 35-40?). Se relacionan con la abundante comunidad judía de la ciudad. La diferencia principal es que los recién llegados hablan de Jesús como el Mesías anunciado en las Escrituras. Mateo decide unirse a ellos en una fecha imposible de datar, aunque es probable que lo hiciera bastante pronto.
3. A los miembros del grupo comienzan a llamarlos «cristianos», no sabemos si en tono despectivo o irónico. Se les añaden pocos judíos, pero bastantes paganos. A todos ellos es preciso catequizarlos. La catequesis inicial consistiría en la misma que recibió Pablo: «Que el Mesías murió por nuestros pecados, como lo anunciaban las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, como lo anunciaban las Escrituras; que se apareció a Pedro y más tarde a los Doce...» (1Cor15,3-7). Es probable que se enriqueciese con recuerdos personales de los que habían conocido a Jesús o a los apóstoles. La visita de Pedro a Antioquía, que conocemos por la carta a los Gálatas, puede enriquecer mucho esos datos.
4. Hacia el año 60 llega a Antioquía un documento que contiene los Dichos de Jesús. Es una obra esencial para la formación de la comunidad y para la catequesis. Mateo, al que supongo catequista, la usa hasta sabérsela de memoria.
5. Durante esos últimos años han crecido las tensiones entre los «cristianos» y el resto de los judíos, especialmente con los dirigentes fariseos. La tensión alcanzará su punto culminante después del año 70, cuando la caída de Jerusalén en poder de los romanos es interpretada por los cristianos como castigo por haber rechazado al Mesías.
6. Si aceptamos que el evangelio de Marcos fue escrito entre los años 70-751, algún tiempo después llegaría a Antioquía. Es muy distinto del documento Q, presenta la vida de Jesús al estilo de las biografías griegas. Mateo lo usa como una contribución esencial para sus catequesis.
7. Poco a poco le viene la idea de unir ambos documentos. No es fácil, dada la diferencia entre ellos. Pero años de enseñanza le ayudan a ir elaborando un esquema en el que los Dichos de Jesús queden integrados en la «biografía».
2. Fuentes usadas por Mateo
2.1. Los Dichos de Jesús (Q)
Eran conocidos hasta hace unos años como la «fuente Q» (Q por Quelle, «fuente» en alemán). Este documento se perdió hace siglos, no está oculto en las mazmorras del Vaticano por miedo a que sea publicado. Se dedujo su existencia en el siglo xix, como única forma de explicar las coincidencias entre los evangelios de Mateo y Lucas. ¿De dónde podían venir? De una «fuente» (Quelle) que, por desgracia, se ha perdido. Una fuente centrada en dichos pronunciados por Jesús, con rarísimos relatos. Esos dichos han sido estudiados hasta lo inimaginable, y algunos han llegado a la conclusión de que es más lógico considerarlo «documento», porque no es una colección amorfa sino una presentación muy elaborada de la enseñanza de Jesús. Se admite que el documento tuvo diversas ediciones, y es posible que los manuscritos usados por Mateo y Lucas fueran algo distintos. El interesado dispone de la obra de Santiago Guijarro, Los dichos de Jesús. Introducción al Documento Q (Salamanca: Sígueme, 2014), que ofrece también su traducción. Comparar el evangelio de Mateo con Q no es tarea fácil, y siempre supone un margen de subjetividad, ya que nos basamos en una reconstrucción; he seguido la que ofrece la edición crítica2.
2.2. Evangelio de Marcos
Nadie duda actualmente que esta es la fuente principal usada por Mateo (digo «actualmente», porque siglos atrás se pensó que Marcos era un resumen del evangelio de Mateo). En lo que no existe tanto acuerdo es si la copia que usó Mateo era exactamente la misma que ha llegado a nosotros. En cualquier caso, no sería muy distinta. Y las diferencias podrían deberse en ocasiones a que Mateo lo cita de memoria; cosa lógica después de años usándolo en la catequesis; la memoria se presta a pequeños fallos. En la traducción del texto del evangelio he marcado en negrita las palabras o frases que Mateo añade a Marcos. Ayuda a ver de inmediato lo típico de Mateo y a comprender mejor el comentario.
Las diferencias, sin ser exhaustivo, podemos agruparlas en cuatro apartados:
a) Pasajes que añade Mateo a Marcos. Las narraciones nuevas no son muchas, pero sí famosas: la infancia (1-2), Pedro caminando sobre el mar (14,28-31), primado de Pedro (16,17-19), muerte de Judas, informe de los soldados que vigilaban la tumba, misión de los Once. En cuanto a palabras y enseñanzas de Jesús, lo más famoso es el Sermón del Monte (5-7) y el duro ataque a los escribas y fariseos (c. 23). También encontramos parábolas muy conocidas, como las diez muchachas y los dos hijos, y el famoso relato del Juicio Final («porque tuve hambre y me disteis de comer...»).
b) Pasajes y detalles de Marcos que omite Mateo. La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4,26-29); probablemente porque puede provocar la impresión de que no es precisa la colaboración humana, y Mateo insiste en que el cristiano debe practicar las buenas obras. Las explicaciones de costumbres judías, innecesarias para sus lectores (comparar Mt 15,1-2 con Mc 7,1-5). La curación del sordomudo (Mc 7,32-37) y del ciego de Betsaida (Mc 8,22-26), porque pueden interpretarse como si Jesús fuese un mago o un curandero.
Es frecuente que omita detalles que considera anecdóticos y desvían la atención de Jesús. Se advierte en los dos endemoniados (comparar Mt 8,28-34 con Mc 5,1-20); el asesinato de Juan Bautista (Mt 14,1-12 y Mc 6,14-29); la curación del niño endemoniado (Mt 17,14-21 y Mc 9,14-29). Sin embargo, Mateo nos desconcierta a veces con más detalle y dramatismo que Marcos, como en el episodio de la mujer sirofenicia (Mt 15,21-28 y Mc 7,24-30).
c) Pasajes que trata con más amplitud. Las mayores diferencias se encuentran en el relato de las tentaciones, donde la noticia breve y enigmática de Marcos se enriquece con los datos que ofrecían los Dichos de Jesús (Mt 4,1-11 y Mc 1,12-13); en las instrucciones a los Doce para la misión (Mt 10,5-42 y Mc 6,7-13; 13,9-13), la petición de una señal por parte de los fariseos (Mt 12,38-45 y Mc 8,11-12); la denuncia de los escribas y fariseos (Mt 23 y Mc 12,38-40).
d) Pasajes que modifica profundamente. Dos ejemplos: la curación del sordomudo (Mc 7,32-37 y Mt 9,32-34) y la aparición a las mujeres (Mc 16,8 y Mt 28,8).
Todo lo anterior (añadidos, omisiones, cambios) influye en la imagen resultante de los distintos protagonistas del evangelio: Jesús, su familia, los discípulos, los adversarios. Lo iremos notando en el comentario.
2.3. La Enseñanza de los Doce Apóstoles o Didajé
Se trata de un documento encontrado en 1873 en el monasterio de del Santo Sepulcro de Jerusalén y publicado diez años más tarde. Es muy discutida la fecha de su composición: algunos la sitúan pocas décadas después de la muerte de Jesús; otros la retrasan a finales del siglo i. Ya que se advierten parecidos con Mateo en algunos puntos, el problema consiste en saber si la Didajé influyó en Mateo o fue Mateo el que influyó en la Didajé. La mayoría se inclina por considerar anterior el evangelio de Mateo, pero no falta quien da la preminencia a la Didajé3.
2.4. El Sermón del Monte
Aunque la mayoría opina que fue escrito por Mateo, Betz, uno de los mayores especialistas sobre estos capítulos, piensa que le llegó como un documento ya completo4. Esto resolvería algunas contradicciones (como el mandato de poner la otra mejilla y el hecho de que Jesús no la ponga cuando lo abofetean), pero, en el enfoque de mi comentario, no lo considero una cuestión esencial.
2.5. Fuentes propias
Se presuponen para los relatos de la infancia, las parábolas exclusivas suyas, tradiciones sobre san Pedro, ataque a los escribas y fariseos, aparición de Jesús a las mujeres y despedida de los Once en Galilea. No sabemos cómo le llegaron a Mateo estas tradiciones. Teniendo en cuenta que Antioquía era lugar de paso, e incluso de residencia, de importantes personajes de la primera generación cristiana, como Pedro y Bernabé, entre otros, es probable que muchas de esas tradiciones provengan de ellos. Por otra parte, la diversidad de fuentes explicaría que algunos pasajes usen un vocabulario que no se encuentra en ningún otro lugar.
Pero no podemos olvidar que un autor tenía, antiguamente, la libertad de crear un relato o una enseñanza que considerase conforme con la persona y el mensaje del personaje sobre el que escribía (en este caso, Jesús). Mateo, igual que Lucas, pudo crear parábolas y ponerlas en su boca. Así se explicaría que textos tan espléndidos como el Juicio Final solo esté en Mateo, y las parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano solo en Lucas. Con eso no nos engañan, nos ayudan a comprender mejor al Señor.
3. El evangelio: un drama con final feliz
Hace años di ocho días Ejercicios Espirituales a jesuitas utilizando para la oración solo el evangelio de Mateo, de principio a fin. Cuando terminamos me dijo uno ya mayor, antiguo profesor mío: «Es la primera vez que no me aburro en los Ejercicios». El mérito no fue mío, sino de Mateo. Lo que presenta en su evangelio es un drama de profundo interés. Pier Paolo Pasolini, el director de cine italiano, comunista, lo captó, y filmó El evangelio según Mateo, premio de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC) en 1964. Para comprender mejor este drama diré algo sobre el escenario, los personajes (protagonista, amigos, adversarios) y los espectadores (la multitud, la comunidad de Mateo, nosotros).
3.1. El escenario
Si bien el evangelio menciona desde Egipto hasta Siria, la actividad de Jesús se desarrolla básicamente en Galilea, que recorre toda entera (4,23), aunque las únicas ciudades que se mencionan son Nazaret, Cafarnaún, Corozaín y Betsaida. Una vez cruza el lago y llega al territorio de los gadarenos, donde no es bien acogido por la población (8,28-34). En cambio, tiene mucho éxito en la orilla opuesta, en la comarca de Genesaret (14,34-36). Aunque las multitudes acuden a él desde Siria, Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania (4,24-25), él solo realiza un viaje largo a Tiro y Sidón (15,21) donde cura a la hija de una mujer pagana. Una excepción, porque Mateo quiere dejar claro que Jesús se considera enviado «a las ovejas descarriadas de Israel», y no ha traicionado a su pueblo, algo de lo que lo acusan muchos judíos. Mateo, siguiendo a Marcos, solo habla de una subida a Jerusalén, para la pasión.
3.2. El protagonista: Jesús
El personaje que presenta Mateo resulta desconcertante. No corresponde a las expectativas, rompe todos los esquemas. Se dice desde la primera línea que es el Mesías, y lo imaginamos lleno de poder «para quebrantar a los príncipes injustos, para purificar a Jerusalén de los gentiles que la pisotean, para expulsar a los pecadores de tu heredad», como piden los fariseos en los Salmos de Salomón. Efectivamente, incluso los magos de Oriente le rinden homenaje. Sin embargo, todavía niño tiene que huir a Egipto y, más tarde, refugiarse en una aldea sin importancia de Galilea.
El comienzo de su actividad también nos desconcierta. Juan Bautista anuncia a uno más poderoso que él, pero quien se presenta es uno que se pone en la fila de los pecadores, pidiéndole ser bautizado. Pero, inmediatamente después, la voz del cielo lo presentará como su Hijo querido, y él se demostrará un hijo fiel en las tentaciones.
El espectador del drama está avisado. Debe olvidarse de ideas preconcebidas. Todo puede sorprenderle. Por ejemplo, lo que hoy llamaríamos selección del personal. Dispuesto a extender por todo el mundo la buena noticia, no marcha a Jerusalén en busca de escribas, expertos en la Ley y los Profetas. Se dirige a la orilla del lago de Galilea en busca de unos pescadores jóvenes, ignorantes, a los que añade más tarde un recaudador de impuestos, que sabe leer y escribir, pero que goza de pésima fama. La selección es tan poco exigente que incluso se le cuela un traidor.
En la misma línea, sus partidarios y adversarios no son los que cabría esperar. Es «amigo de publicanos y pecadores», está siempre rodeado de los miembros menos válidos de la sociedad (ciegos, cojos, leprosos, enfermos de todo tipo), mientras que fariseos, escribas, saduceos, herodianos y sumos sacerdotes, todos los que detentan el poder político, social y religioso se le enfrentan.
De lo más desconcertante es su «tremendo poder inútil». Tremendo, porque domina la enfermedad, la naturaleza, los demonios. Inútil, porque fracasa en lo que más le interesa: la conversión de quienes lo escuchan, de las ciudades que han presenciado la mayor parte de sus milagros.
Pero el protagonista es un luchador, no se da por vencido. Discute continuamente con sus adversarios, refuta sus argumentos, ofrece una interpretación nueva de la voluntad de Dios, ataca duramente a quienes se aferran a las tradiciones. Poco a poco, la gente se divide ante él: un pequeño grupo de entusiastas, al que considera su familia, y un número creciente de adversarios. En medio, una multitud descrita por el evangelista con rasgos contradictorios: a primera vista, asombrada y entusiasmada por lo que presencia, dispuesta a seguirlo incluso sin comer; otras veces, con mayor realismo, se critica su pasotismo e indiferencia.
Jesús nunca pierde el contacto con las multitudes, pero se centra en la formación de sus discípulos. No lo hace montando una Facultad de Teología. Enseña a través de la vida diaria, aprovechando la petición de un centurión con el hijo enfermo, la del padre del niño lunático, de la mujer sirofenicia, del joven rico que quiere conseguir la vida eterna, de las preguntas capciosas de los fariseos sobre el divorcio, etc. Todo ello, enmarcado en el triple anuncio de su pasión y resurrección, que culmina en la gran enseñanza: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
3.3. Los partidarios
El protagonista no es un francotirador solitario. Cuenta con el apoyo de diversas personas y grupos.
a) Los partidarios celestes
Siguiendo el orden del evangelio, el primero es un ángel que cuida de él incluso antes de nacer: ordena a José acoger a María, pone en guardia sobre quienes desean matarlo, manda huir a Egipto, permite la vuelta. Después de las tentaciones, cuando haya vencido al diablo, los ángeles vendrán a servirle. A partir de ese momento desaparecen. En los momentos más duros, en el huerto de los Olivos y en la cruz, ningún ángel se hará presente. Él no quiere que el Padre le envíe diez legiones de ángeles a salvarlo. Debe cumplir su misión.
El ángel ha comunicado a José quién es el mayor «partidario» del niño: el Espíritu. Se lo nombra poco en el evangelio, pero desempeña la función principal. Jesús es obra suya; ha sido el Espíritu quien ha hecho que María lo conciba. Más tarde, en el bautismo, el Espíritu viene sobre él como paloma. En realidad, el Espíritu nunca lo abandona, mora dentro de él. Aunque los fariseos digan que lo que tiene dentro es un demonio, Jesús sabe que es el Espíritu Santo; quien lo niegue no tendrá perdón.
El Padre nunca aparece, cosa lógica, y solo habla dos veces, en el bautismo y la transfiguración, para repetir las mismas palabras: «Este es mi Hijo amado, mi elegido». Sin embargo, para Jesús no es un padre distante. Es «mi Padre». Y no pierde esa fe ni siquiera en el momento más difícil, cuando se avecina la muerte: aunque deba beber el cáliz de la pasión, siempre será «Padre». Y enseñará a sus discípulos a llamarlo así, a considerarlo «vuestro Padre del cielo»; en realidad, el único Padre.
b) Los partidarios terrestres
José y María. Los primeros puntos de apoyo humano de Jesús son sus padres. José le transmite la descendencia davídica; María, la vida. Mateo es muy sutil en los relatos de la infancia. El lector precipitado puede atribuir todo el protagonismo a José: a él se dirige el ángel, él salva «al niño y a su madre» huyendo a Egipto, él hace que la familia se establezca en Galilea por miedo a Arquelao. Es un modelo de obediencia a Dios, de disposición a cumplir su voluntad, por mucho que cueste. Un ejemplo para el cristiano, y un aviso de que cuanto más cerca se está de Jesús, más dura puede resultar la vida. Luego desaparece del evangelio de forma misteriosa. Cuando Jesús, ya adulto, reaparece por Nazaret, se dice que es «el hijo del obrero». Pero no sabemos si ya había muerto.
María parece quedar en segundo plano, pero no es así. Es la muchacha elegida por Dios para que se cumpla la profecía de Isaías; está inundada también, como su hijo, del Espíritu Santo, que la hace concebir de forma misteriosa. Y cuando llegan los magos a adorar al niño lo encuentran «con María su madre». No se menciona a José, solo a ella. Años más tarde irá con la familia en busca de Jesús. Él aprovecha la ocasión para enseñar que su hermano, su hermana y su madre son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. ¿Fue después a saludarla? No se cuenta.
Juan Bautista. Acaballo entre los personajes celestes y terrestres, porque su misión es preparar el camino a Jesús. Juan se mueve en una óptica claramente apocalíptica: la llegada del Reinado de Dios significará para algunos la llegada de una «cólera inminente». Por eso, el personaje más fuerte que anuncia vendrá con el bieldo y el hacha, dispuesto a talar todo árbol malo y a quemar la paja. La relación de Juan con Jesús está dominada por el desconcierto. No comprende que le pida el bautismo, cuando debería ser él quien se lo pidiese. Más tarde, ya en prisión, cuando se entera de las obras que realiza el Mesías, tan distintas de las que él esperaba, encarga a sus discípulos que le pregunten si deben esperar a otro. Es la mayor crisis que se puede imaginar en una persona que ha dedicado su vida a anunciar «al que debía venir». Sin embargo, superó la crisis. Antes de morir encargó a sus discípulos que fueran a contarle a Jesús lo ocurrido. Murió convencido de que él era «el que había de venir».
Los discípulos. Al poco de comenzar su actividad, Jesús decide formar un grupo que lo acompañe y se vaya preparando para continuar su obra. Empieza con cuatro pescadores. Pero no desea entusiasmar a la gente. A dos que se ofrecen a seguirlo les responde de forma tajante: «El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza»; «Deja a los muertos que entierren a sus muertos». No quiere que se le ofrezcan, prefiere elegirlos él. Añade a un quinto: Mateo, al que se terminará atribuyendo el evangelio. No lo elige por sus cualidades de escritor, su especialidad son los números, el cobro de impuestos y peajes. Un personaje odioso para la mayoría. Pero a Jesús le gusta provocar y demostrar que él no ha venido a llamar a los buenos sino a los pecadores. De repente, no sabemos cómo, de cinco pasamos a doce. El número de las tribus de Israel. Una forma de sugerir que el grupo de sus seguidores es el nuevo Israel.
Mateo trata a los discípulos con más respeto que Marcos. En Marcos son personajes de carne y hueso: gente de buena voluntad, pero con dificultades para entender a Jesús, no demasiado respetuosos con él en ciertos momentos, y que reciben duros reproches por su falta de inteligencia. Mateo ofrece una imagen muy distinta: son más inteligentes, no meten tanto la pata, tratan a Jesús con más respeto, confían en él, no reciben reproches tan duros.
Las mujeres. Mateo no habla, como Lucas, de mujeres que acompañan a Jesús durante su vida pública. Pero al final, en la cruz, cuenta que «estaban allí muchas mujeres mirando desde lejos, que habían seguido a Jesús desde Galilea y lo servían». Es una pena que no se nos haya ofrecido más información sobre su compañía y su servicio. Pero Mateo se vuelca al final del evangelio: a través de las figuras de María Magdalena y de María de Santiago, ofrece dos ejemplos admirables de amor y fidelidad a Jesús, permaneciendo solas ante el sepulcro cuando los demás se han marchado. Jesús las recompensará apareciéndose a ellas las primeras de todos.
3.4. Los adversarios
El diablo y los demonios. Hasta las tentaciones no aparece el diablo, al que Jesús aplica el título de Satanás. La terminología es muy variada: a)el término más usado es demonio (7,22; 9,33s; 10,8; 11,18; 12,24.27s; 17,18); b)sigue diablo (4,1.5.8.11; 13,39; 25,41); c)Belcebú5 (10,25; 12,24.27); d)Satanás (4,10; 12,26); e)espíritu impuro (10,1; 12,43).
A pesar de la mala fama, Satanás y su ejército son los adversarios menos peligrosos. Siempre son derrotados fácilmente por Jesús, que los expulsa de los enfermos con una sola palabra; le piden permiso para meterse en unos cerdos, lo confiesan Hijo de Dios. Aveces se los describe como un reino sin rey, pero con jefe.
La misión de los demonios es castigar a los hombres con plagas y daños de todas clases; corrompen el alma inclinándola a pecar; dañan la salud del cuerpo con todo tipo de enfermedades (ceguera, mudez, sordera, epilepsia, dolores terribles); arruinan a la gente, e incluso la atormentan en el momento de la muerte. A propósito de los «espíritus impuros» el Testamento de Rubén enumera «siete espíritus que ha dispuesto Beliar contra el hombre (...) El primero, el espíritu de la fornicación, tiene su asiento en la naturaleza y en los sentidos; el segundo, el espíritu de la insaciabilidad, en el vientre; el tercero, el espíritu de la guerra, en el hígado y la bilis; el cuarto, el espíritu del agrado y del encanto, para parecer hermosos por medio de lo inútil; el quinto, el espíritu del orgullo, para jactarse y vanagloriarse; el sexto, el espíritu del engaño, de perdición y envidia, para fingir palabras y hacerlas pasar desapercibidas ante parientes y vecinos; el séptimo, el espíritu de injusticia, gracias al cual se producen los robos y atracos, para ejecutar los deseos del propio corazón» (Testamento de Rubén 2-3). Los evangelios están influidos por la literatura apócrifa judía pero son mucho más sobrios en este tema6.
Reyes y tetrarcas. Jesús no tuvo tanta suerte con las autoridades civiles como los papas actuales. El único rey de su tiempo, Herodes, intentará matarlo. Su hijo Arquelao supone un peligro tan grande que José prefiere refugiarse en Nazaret. Más tarde, tras el asesinato de Juan Bautista, huye de Herodes Antipas. Es sintomático que el grupo político de los herodianos sea uno de los que consideran conveniente matar a Jesús.
Fariseos. Aparecen por primera vez en el bautismo de Juan. No podemos imaginar el protagonismo que tendrán en el evangelio. Eran en su mayoría gente del pueblo sin formación de escriba, aunque tan unidos a ellos que no se los puede separar fácilmente. Formaban comunidades que se esfuerzan por vivir de acuerdo con las prescripciones relativas al diezmo y la pureza ritual. Antes de ser admitidos había un período de prueba de un mes o un año de duración (según hillelitas o shammaitas), durante el cual el postulante debía demostrar su capacidad para observar las prescripciones rituales. La asociación tenía sus jefes y sus asambleas; parece que celebraban una comida en común, especialmente el viernes por la tarde, al comienzo del sábado. Su relación con el pueblo era muy curiosa. Por una parte, intentaban democratizar las prescripciones del AT relativas a la pureza y la alimentación de los sacerdotes, haciéndolas extensivas a todos los fieles; esto suponía un gran enfrentamiento con la aristocracia sacerdotal, los saduceos, y les valió el favor del pueblo. Por otra parte, no estimaban a la gente sencilla iletrada, a la que despreciaban por no pagar el diezmo, y trazaban una clara separación entre ellos y la gran masa. De todos modos, eran muy estimados.
Escribas. Constituyen un grupo muy heterogéneo, al que pertenecen sacerdotes de elevado rango, simples sacerdotes, miembros del clero bajo, de familias importantes y de todos los estratos del pueblo (comerciantes, carpinteros, constructores de tiendas, jornaleros). Incluso encontramos gente que no era de ascendencia israelita pura, sino hijos de madre o padre convertidos al judaísmo.
El poder de los escribas radica exclusivamente en su ciencia. Quien deseaba ser admitido en la corporación debía hacer un ciclo de estudiosde varios años. Generalmente, desde los 14 años dominaba la exégesis de la Ley. Pero la edad canónica para la ordenación eran los 40. A partir de entonces estaba capacitado para zanjar por sí mismo las cuestiones de legislación religiosa y ritual, para ser juez en procesos criminales y tomar decisiones en los civiles, bien como miembro de una corte de justicia, bien individualmente. Tenía derecho a ser llamado rabí. Y se le abrían los puestos claves del derecho, de la administración y de la enseñanza.
La juventud judía acudía a Jerusalén de todos los rincones del mundo para sentarse a los pies de los maestros y toda la gente les mostraba gran veneración. Cuando paseaban por la calle, iban vestidos con la túnica de escriba, una especie de manto que caía hasta los pies, adornada con largas franjas. De este modo se daban a conocer; todos se levantaban (menos los obreros que estaban trabajando) y los llamaban «maestro», «padre», «rabí». Les reservaban los primeros puestos en los banquetes y en la sinagoga.
Saduceos. Su nombre deriva de Sadoc, sumo sacerdote en tiempos de Salomón. Aunque el partido estaba compuesto en gran parte por sacerdotes, también lo integraban seglares. Su rasgo más destacado es que pertenecían a la aristocracia. Contaban sobre todo con los ricos; no tenían al pueblo de su parte. «Esta doctrina es profesada por pocos, pero son hombres de posición elevada» (Antigüedades, XVIII, 16). Solo reconocían como vinculante la Torá escrita y rechazaban «las tradiciones de los antepasados». Es muy posible que solo considerasen el Pentateuco como texto canónico en sentido estricto. Sus principales ideas religiosas: 1) negaban la resurrección de los cuerpos y cualquier tipo de supervivencia personal; 2) negaban la existencia de ángeles y espíritus; 3) afirmaban que Dios no ejerce influjo alguno en las acciones humanas y el hombre es causa de su propia fortuna o desgracia. Estas tres ideas suponían un choque fuerte con la mentalidad de los fariseos.
En el evangelio de Mateo aparecen tres veces, las dos primeras junto a los fariseos: cuando Juan bautizaba (Mt 3,7) y cuando se acercan a Jesús a pedirle una señal del cielo (Mt 16,1); este último caso provoca una advertencia de Jesús a los discípulos a propósito de la doctrina sobre los escribas y los saduceos (Mt 16,5-12). Al final aparecen solos planteando una pregunta sobre la resurrección de los muertos (22,23-33).
Sumos sacerdotes. Mateo los menciona en repetidas ocasiones7. Aunque también aparecen en Josefo y en el Talmud, los autores no se ponen de acuerdo sobre el sentido del término. Según Schürer, «los archiereis que aparecen en el Nuevo Testamento y en Josefo como personalidades dirigentes son en primer lugar sumos sacerdotes en sentido estricto, es decir, el sumo sacerdote que ocupaba el cargo y sus predecesores, y en segundo lugar, los miembros de las familias nobles entre las que se elegían los sumos sacerdotes»8. Jeremias9 piensa que esta teoría se basa en una interpretación errónea de los textos. En sentido amplio, los sumos sacerdotes son los sacerdotes jefes, un grupo mínimo de seis personas, formado por un sumo sacerdote, un jefe supremo del templo, un guardián del templo, tres tesoreros. A este número mínimo se añaden los sumos sacerdotes cesantes y los sacerdotes guardianes y tesoreros. Pero Geza Vermes, editor de Schürer, no está plenamente convencido de los argumentos de Jeremias.
Ancianos. Pertenecían a la nobleza laica y formaban (junto con los sacerdotes y los escribas) el Sanedrín. Jesús los nombra entre los adversarios responsables de su pasión (16,21); lo interrogan, junto con los sumos sacerdotes, sobre su autoridad (21,23); como miembros del Sanedrín se reúnen en casa de Caifás para juzgar a Jesús (26,3.57) y envían guardias a prenderlo (26,47); se reúnen para tramar su condena a muerte (27,1), lo acusan ante Pilato (27,12), convencen al pueblo de que pidan la liberación de Barrabás y la muerte de Jesús (27,20), se burlan de él en la cruz (27,41) y, por último, sobornan a los soldados (28,12).
3.5. Los espectadores
La multitud. Mateo la menciona en numerosas ocasiones y durante toda la actividad pública ofrece una imagen muy positiva de ella: sigue a Jesús (4,5; 8,1; 12,15; 13,2; 14,13; 20,29); se admira de su enseñanza (7,28; 22,33); siente miedo y alaba a Dios ante el poder que concede a Jesús de perdonar los pecados (9,8); se admira de ver algo inaudito en Israel (9,33); acude con sus enfermos a que los cure (15,30; 19,2); se pregunta asombrada si no será el Hijo de David (12,23); se admira de sus curaciones (15,31); participa triunfalmente en la entrada en Jerusalén y lo proclama el profeta de Nazaret (21,8-11). La vista de la multitud provoca la compasión de Jesús (9,36; 14,14; 15,32), que la alimenta (14,19; 15,36) e instruye (15,10; 23,1).
Al final aparece otra «multitud», mucho menos numerosa: es la que va al huerto de los Olivos a prenderlo, la que agitan los sumos sacerdotes para que pidan la liberación de Barrabás y la muerte de Jesús (27,20).
La comunidad de Mateo. La comunidad de Antioquía fue la más dinámica de la iglesia primitiva. La fundaron los que llegaron huyendo de Jerusalén tras la muerte de Esteban, aunque en un primer momento se incorporaron a las sinagogas existentes y hablaban a los judíos del Mesías Jesús. Algunos se dejaron convencer. La mayoría los miraba con extrañeza. Un Mesías condenado como blasfemo por sus autoridades religiosas, y crucificado por los romanos como rebelde político, no era lo que esperaban. Los recién llegados no se desanimaron. Al contrario, se les ocurrió la idea de hablar de Jesús a los paganos. Una experiencia nueva, pero lógica en una ciudad donde, a diferencia de Jerusalén, la mayoría de la población era pagana. En el fondo no era una novedad absoluta. Los judíos llevaban siglos haciendo proselitismo. Y dos de los personajes más importantes de la comunidad, Bernabé y Pablo, comenzaron una experiencia misionera por el centro de la actual Turquía.
La novedad consistió en no obligar a los paganos a circuncidarse para formar parte de la comunidad. Eso creó una fuerte tensión con las sinagogas de la ciudad. Hasta entonces los habían tolerado con displicencia. La nueva conducta iba claramente en contra de lo ordenado por Dios a Abrahán y de lo dispuesto en la Ley de Moisés. Entre cristianos y judíos se fue abriendo un abismo.
Los problemas no fueron solo con ellos. Unos hermanos procedentes de Jerusalén dijeron que si los paganos no se circuncidaban no podían salvarse. La discusión con Pablo y Bernabé fue terrible. Decidieron acudir a los apóstoles de Jerusalén y estos dieron la razón a los de Antioquía: no era preciso circuncidar a los paganos que se convertían. Eso repercutió en un aumento notable de la comunidad entre los cristianos y en un estancamiento entre los judíos. Incluso entre cristianos de origen judío y de origen pagano había tensiones, aunque disimuladas. Pablo habla de ellas en su carta a los Gálatas.
Las tensiones adquirieron una dimensión nueva durante la guerra de los judíos contra Roma (años 66-70). La derrota y caída de la capital fue vista por los cristianos como justo castigo por haber rechazado al Mesías. Con la destrucción del templo, los sacerdotes dejaron de poder cumplir su función sacrificial, perdieron importancia, y la autoridad religiosa pasó a los especialistas de la Ley de Moisés, los escribas, fielmente acompañados de los fariseos. Fue entonces cuando se produjo una auténtica batalla entre cristianos y judíos, que refleja muy bien el evangelio de Mateo.
Leyéndolo se advierten las acusaciones que hacen a los cristianos, relacionadas principalmente con la figura de Jesús. No es el Mesías, quiso abolir la Ley y los Profetas, traicionó a su pueblo dedicándose a los gentiles, no observó el sábado, se atribuyó el poder de perdonar los pecados, impidió el culto en el templo de Jerusalén, fue un endemoniado y un blasfemo. El ataque no quedó solo en palabras. Si interpretamos algunos dichos del discurso de misión y del discurso apocalíptico como referencia a hechos ya ocurridos, los judíos denunciaron a los cristianos ante las autoridades romanas, los encarcelaron y los azotaron en sus sinagogas.
Mateo no se queda corto en la réplica. Las primeras palabras que se dirigen a los fariseos las pronuncia Juan Bautista: «camada de víboras». Y Jesús se muestra en todo momento digno sucesor suyo. Aunque presuman de religiosos y de interesarse por Dios, «son una plantación que no ha plantado mi Padre celeste». Pueden irse al infierno tranquilamente, no se pierde nada. Ignorantes de lo esencial de la Ley, incapaces de comprender que la misericordia vale más que los sacrificios. Hipócritas, falsos, inútiles, presumidos, guías ciegos, estúpidos que filtran el mosquito y se tragan el camello, podridos por dentro.
Además de insultarlos, cosa que Mateo hace con mucho gusto, debe responder a sus ataques. Para demostrar que Jesús es el Mesías, dedica especial atención al cumplimiento de las profecías en él. En los relatos de la infancia se cumplen cinco profecías: que el Mesías nacería de una virgen (Isaías), en Belén (Miqueas), que sería llamado de Egipto (Oseas), junto con el llanto de Raquel por sus hijos (Jeremías). Además, una profecía enigmática sobre que «se llamará nazoreo». El que Jesús empiece a predicar en Galilea, en territorio de Zabulón y Neftalí, no es indiferente; en esa decisión se cumple lo anunciado por Isaías 8,23–9,1 (ver Mt 4,12-16). Cuando cura enfermos sin querer que hablen de él, está realizando el ideal del Siervo de Yahvé (Is 42,1-4 citado en Mt 12,18-20). El destino de Jonás se repite en el del Hijo del Hombre (Mt 12,40). Y cuando entra en Jerusalén sentado en una borrica se cumple la profecía de Zac 9,9 (ver Mt 21,4). Incluso en la actitud del pueblo, incapaz de comprender las parábolas, se cumple lo dicho por Is 42,18 (ver Mt 13,14-15). Sin citar expresamente ninguna profecía, la muerte violenta, injusta, de Jesús cumple lo profetizado a propósito del Siervo de Yahvé y en los Salmos.
Mateo dedicará especial atención a demostrar que Jesús no vino a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento. Un ejercicio difícil, porque su interpretación de la Ley supone en muchos casos dejar de practicarla en cuestiones tan esenciales para un judío como el sábado y las normas alimentarias.
También es falsa la idea de que traicionó a su pueblo, que no se interesó por él. Desde el primer momento se consideró enviado solamente a las ovejas descarriadas de Israel; y a los discípulos les prohibió dirigirse a territorio de paganos y ciudades de Samaria. La única vez que viajó al extranjero, a Tiro y Sidón, atendió a una pagana, pero lo hizo después de dejar claro cuál era su misión.
Mateo se encuentra en este punto con un problema: si Jesús no envió a los discípulos a territorio de paganos, ¿por qué la comunidad se ha extendido especialmente entre ellos? Esta aparente contradicción no la aborda nunca desde un punto de vista teórico. Su técnica consiste en demostrar que, en el plan de Dios, los paganos están en relación especial con el Mesías desde el primer momento. Son ellos, los magos de Oriente, los que acuden a honrarlo, no las autoridades de Jerusalén. Y los paganos que aparecen a lo largo del evangelio demuestran una fe en Jesús que los convierte en modelos para los cristianos.
Un tema que a nosotros nos resulta lejano, pero que entonces debió de ser muy importante, es el de la acusación de endemoniado. Es de las cuestiones tratadas con más detenimiento, con argumentos muy variados, como puede verse en el comentario a 12,22-45.
A todo esto, se unen las persecuciones, a las que se alude en el discurso de misión y en el del fin del mundo. «Os mando como ovejas en medio de lobos» (10,16). «Os llevarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os conducirán ante gobernadores y reyes por mi causa» (10,17-18). «Os entregarán para torturaros y os matarán; os odiarán por mi nombre todos los pueblos» (24,9). Las consecuencias fueron mucho más duras de las que imaginamos. «Un hermano entregará a su hermano a la muerte, y un padre a su hijo; los hijos denunciarán a sus padres y los harán morir» (10,21). «Entonces fallarán muchos y se delatarán y se odiarán unos a otros» (24,10). «Saldrán muchos falsos profetas y extraviarán a mucha gente; al crecer la maldad se enfriará el amor en la mayoría» (24,11).
Pero los problemas no le vienen a la comunidad de Mateo solo de fuera, también de dentro. Las parábolas del c.13 indican el desconcierto y las preguntas que sus cristianos se plantean, muy parecidas a las nuestras: ¿por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?, ¿tiene futuro esta comunidad tan pequeña?, ¿merece la pena seguir comprometidos con ella?
Cuando desaparecen las dudas no terminan los problemas. Algunos miembros de la comunidad tienen ideas muy equivocadas sobre el matrimonio y el celibato, la conveniencia de admitir a los niños, la riqueza y la recompensa. Más grave aún es el posible mal ejemplo de los responsables, dejándose arrastrar por la ambición, escandalizando a los más sencillos, despreocupándose de ellos. Y a todos es preciso recordarles la obligación de corregirse fraternamente y de perdonar.
Siempre hubo gente a la que gustaba predecir el fin del mundo. La erupción del Vesubio y las noticias que llegaron de la destrucción de Pompeya en el año 79 fomentaron esa tendencia y la convirtieron casi en preocupación general de la comunidad. Marcos había tratado el problema en su discurso apocalíptico. Mateo recoge muchos de sus elementos, pero lo hace para echar un jarro de agua fría a los exaltados. Lo importante no es fijarse en las señales ni calcular el día y la hora, sinoestar vigilantes. Yel mejor modo de vigilar no es vivir angustiados,sino dando de comer al hambriento, de beber al sediento, vistiendo al desnudo, visitando en la cárcel a los hermanos presos, cuidando a los enfermos. Mateo, tan amante de las buenas obras, cierra con este mensaje la predicación de Jesús.
Pero queda el broche final: la misión al mundo entero. Un encargo a los Once, pero afecta a toda la comunidad. Antioquía fue siempre un gran centro misionero. En ella comenzó la evangelización de los gentiles, de ella salieron Pablo y Bernabé para sus correrías apostólicas. Ahora todos continuarán esa misión.
Y ese Jesús al que Mateo presentaba al comienzo como Mesías, se revela ahora como mucho más: el Señor al que han dado pleno poder en cielo y tierra y que promete estar junto a nosotros hasta el fin del mundo.
Estas líneas, que no agotan el tema, demuestran la importancia de la comunidad en el evangelio de Mateo.
Nosotros. En este drama con final feliz también nosotros somos espectadores. Por desgracia, ya sabemos cómo termina. Eso le resta emoción. Pero la mayor desgracia es que no sabemos cómo se llega a ese final. Los pasos intermedios los tenemos difuminados y confusos. Como si nos hubiésemos ido del teatro en bastantes ocasiones durante la representación. El ideal al leer el evangelio sería olvidarlo todo, comenzar de cero, abierto a la sorpresa. Admirarse, extrañarse e irritarse. Admirarse de una actitud y una enseñanza tan distintas de las que observamos en muchos responsables de la iglesia y en nosotros mismos. Extrañarse, porque hay comportamientos y frases de Jesús que no se entienden fácilmente, difíciles de justificar. Irritarse, porque si lo aceptamos todo tranquilamente significa que no hemos entendido nada.
La intención de este comentario es ayudar a descubrir el proceso que llevó a Jesús hasta la muerte, acompañándolo, a veces sin entender mucho, como los discípulos; escandalizándonos en ciertos momentos, como los fariseos; desconcertados, como las mujeres ante la tumba; cumpliendo, entre dudas y entusiasmo, la misión final que nos encarga, convencidos de que él está con nosotros hasta el fin del mundo.
4. Bibliografía básica
Dada la enorme cantidad de publicaciones, me limito a las principales que he usado en lengua española (salvo una). Otras obras importantes aparecerán en las notas; serán pocas porque no pretendo acumular ni discutir opiniones ajenas.
4.1. Introducción al evangelio
Aguirre Monasterio, R., «Evangelio según san Mateo», en R. Aguirre Monasterio y A. Rodríguez Carmona, Evangelios Sinópticos y Hechos de los Apóstoles. Nueva edición actualizada y ampliada (Estella: Verbo Divino, 2012), 261-360.
Guijarro Oporto, S., Los cuatro evangelios (Salamanca: Sígueme, 2010), 283-347.
Luz, U., El evangelio según Mateo I (4 vols.; Salamanca: Sígueme, 1993-2004), 31-115.
Pikaza, X., Evangelio de Mateo. De Jesús a la Iglesia (Estella: Verbo Divino, 2015), 37-99; una introducción distinta de la habitual, pero muy interesante, igual que el prólogo, 21-36.
4.2. Comentarios
Entre los científicos, el más reciente, con detenido análisis y amplia bibliografía es el de Xabier Pikaza, Evangelio de Mateo. De Jesús a la Iglesia. Es también esencial el de Ulrich Luz, El evangelio según Mateo. Siguen siendo muy válidos los de Pierre Bonnard, El evangelio según san Mateo (Madrid: Cristiandad, 1976) e Isidro Gomá, El evangelio según san Mateo (2 vols.; Madrid: Marova, 1976). No he podido consultar W. Carter, Mateo y los márgenes. Una lectura sociopolítica y religiosa (Estella: Verbo Divino, 2007). El enorme comentario, de más de dos mil páginas, de S. Pérez Millos, Mateo. Comentario exegético (Viladecavalls: Clie, 2009), es muy útil para quienes deseen estudiar el Evangelio a partir del texto griego. Para el trasfondo judío y rabínico he utilizado H. L. Strack y P. Billerbeck, Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrasch (Múnich: Beck, 1922; ya que Strack se limitó a costear la edición, muchas veces se cita solamente a Billerbeck como único autor).
Hay otros comentarios buenos sin pretender el nivel científico de los anteriores: J. Mateos y F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada (Madrid: Cristiandad, 1981); S. Muñoz Iglesias, Comentario al evangelio según san Mateo (Madrid: Editorial de Espiritualidad, 1998).
4.3. Obras de Flavio Josefo
Antigüedades Judías (2 vols.; Edición de José Vara Donado; Madrid: Akal Clásica, 1997).
La guerra de los judíos (2 vols. Libros I-III y IV-VII; Introducción, traducción y notas de Jesús María Nieto Ibáñez; Madrid: Biblioteca Clásica Gredos 247 y 264, 1997 y 1999).
Autobiografía. Contra Apión (Introducción general de Luis García Iglesias. Traducción y notas de Margarita Rodríguez de Sepúlveda; Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, 1994).
4.4. Literatura intertestamentaria
Apócrifos del Antiguo Testamento (5 vols.; editados por A. Díez Macho; Madrid: Cristiandad, 1982-2004).
4.5. Qumrán
Utilizo la edición de Florentino García Martínez, Textos de Qumrán (Madrid: Trotta, 1993). La traducción es muy literal, a veces complicada, pero corresponde al pésimo hebreo de muchos de los originales.
Sobre la Regla de la Comunidad: Jaime Vázquez Allegue (ed.), La Regla de la comunidad de Qumrán (Salamanca: Sígueme, 2006).
4.6. El mundo de Jesús
Para los datos referentes a los diversos grupos religiosos judíos, el divorcio, la celebración de la Pascua, el Sanedrín, etc., me he basado especialmente en J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús (Madrid: Cristiandad, 1980).
Presentación del texto del evangelio
A fin de facilitar la comparación de Mateo con Marcos he usado la siguiente tipografía:
1. Cursiva y negrita. Indica que el texto es exclusivo de Mateo.
13Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a la madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.
2. Solo cursiva. Indica que el texto ha sido copiado de Marcos.
3Es lo que había anunciado el profeta Isaías: «Una voz clama en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad su calzada». Este Juan llevaba un vestido de pelo de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
3. Palabras y frases en negrita cursiva. Se trata de añadidos de Mateo a Marcos.
6Pero a quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al fondo del mar. 7¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos. Pero ¡ay del hombre por quien viene el escándalo!
Intermedio
Una división sugerente...
Durante años he explicado el contenido de los capítulos 16,21–20,34 del siguiente modo: a partir de la confesión de Pedro, Jesús se a dedicar a instruir a los discípulos sobre posibles peligros, obligaciones, y otros temas que pueden desconcertarlos. Mateo inserta esta instrucción en el marco de los tres anuncios de la pasión resurrección. Esto significa que la vida del discípulo solo tiene sentido y plenitud a partir del misterio de Cristo. Solo cuando recordamos que Jesús murió y resucitó encontramos fuerza para vencer la ambición, el escándalo o la despreocupación. Solo Cristo muerto y resucitado permite la verdadera corrección fraterna y el perdón. Solo este misterio ayuda a comprender el celibato, la actitud ante los pequeños, la riqueza, la recompensa. La estructura de estos capítulos demuestra que, según Mateo, para que exista auténtica comunidad cristiana no basta el llamamiento de Jesús, ni la aceptación inicial del evangelio; es preciso aceptar el misterio de la muerte y resurrección, y procurar imitar a Jesús, que no vino a ser servido sino a servir. El sufrimiento de Jesús y su triunfo posterior justifican los sufrimientos, renuncias y alegrías de la vida de comunidad.
I. PRIMER ANUNCIO DE LA PASIÓN (16,21-28)
1. La transfiguración (17,1-13)
2. Instrucción sobre la fe (17,14-21)
II. SEGUNDO ANUNCIO DE LA PASIÓN (17,22-23)
1. La dignidad de Jesús y de Pedro (17,24-27)
2. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)
3. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)
4. El desconcierto de los discípulos:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30–20,16)
III. TERCER ANUNCIO DE LA PASIÓN (20,17-19)
1. Petición y reyerta (20,20-28)
2. «Que se abran nuestros ojos» (20,29-34)
Pero equivocada
La división presenta dos grandes fallos: 1) El cuarto gran discurso de Jesús, sobre la vida dentro de la comunidad (c. 18) desaparece en medio de las diversas enseñanzas. 2) No tiene en cuenta que 19,1 marca el final del discurso y el comienzo de una nueva sección, como en 7,28; 11,1; 13,53. Por consiguiente, dividiré estos capítulos de forma nueva, procurando atenerme al texto de Mateo.
1
La infancia (cc. 1–2)
Mateo ha leído y comentado muchas veces el evangelio de Marcos. Le gusta y lo sabe de memoria. Pero hay cosas que echa de menos. Entre otras, una presentación de la persona de Jesús. Empezar por el bautismo, cuando ya era adulto, no le parece adecuado. De todos los personajes importantes se dice algo cuando nacen. Como mínimo se nombra a su padre y su abuelo. En algún caso, como el de Elcaná, padre del profeta Samuel, o el del profeta Sofonías, se llega al tatarabuelo. Hay que comenzar con una genealogía, pero mucho más larga y solemne, que no se limite a nombrar una serie interminable de personajes, sino que suponga una presentación grandiosa del protagonista.
¿Cómo seguir? De la infancia y la juventud de Jesús nadie sabe nada. Por más que pregunta, lo único que le dicen son los nombres de sus padres, que nació en tiempos del rey Herodes y creció en Nazaret. Naturalmente, no habría nacido allí. El Mesías tenía que nacer en Belén, como profetizó Miqueas. ¿Cómo llega de Belén a Nazaret? ¿Por qué se traslada la familia a ese pueblo que, según dicen, es pequeño y carente de importancia?
Poco a poco, o quizá fue de repente, a Mateo le viene la idea de escribir un midrás sobre la infancia de Jesús. Un relato que mezcle historia y ficción, entretenido y dramático, y, sobre todo, que enseñe mucho sobre la persona del Mesías. Porque esto es lo importante: que el lector se haga desde el primer momento una idea clara de quién es Jesús. No como ocurre en el evangelio de Marcos, que uno empieza a leerlo y parece que es un buen israelita arrepentido de sus pecados y necesitado de bautizarse.
La genialidad de Mateo consistirá en construir ese midrás contraponiendo las figuras de Jesús y de Moisés. Algo importantísimo en su comunidad, porque están cansados de escuchar a los otros judíos que Jesús no es tan importante como Moisés. Él piensa demostrar en su evangelio que Jesús es infinitamente superior. Pero lo hará de forma sutil, empezando por comparar a los dos personajes desde el nacimiento. Moisés se salvó de la matanza del faraón; Jesús se salvará de la matanza de Herodes; a Moisés lo salvaron su familia y la hija del faraón; a Jesús será Dios quien lo salve, enviando un ángel a José.
El proyecto de Mateo se va complicando cada vez más. No basta que el Mesías nazca en Belén, tiene que nacer de una virgen, como anunció Isaías. Y eso no es fácil de explicar. Además, si Herodes ha decidido matar a Jesús niño, debe haberse enterado de su nacimiento. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Y dónde se salva la familia?
En la búsqueda de respuestas desempeñarán un gran papel las profecías. Mateo, como catequista, siempre ha insistido en su relación estrecha con Jesús. En él se cumplen las Escrituras. Y los profetas hablan de reyes extranjeros que acuden a Jerusalén a celebrar su gloria, de Israel que vuelve de Egipto, de llanto por hijos muertos...
Después de mucho pensar y muchos cambios, tiene los elementos esenciales. Consigue elevar a cinco el número de profecías que se cumplen: la concepción virginal (Is 7,14); el nacimiento en Belén (Miq 5,1); la vuelta de Egipto (Os 11,1); la muerte de los inocentes (Jr 31,15); la ida a Nazaret, para que se cumpliera «lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazoreo». Los judíos no podrán decir que Jesús no es el Mesías verdadero.
Además, la historia del nuevo pueblo de Dios comenzará como la antigua: con un patriarca. ¿Cómo sugerir que José es el nuevo patriarca? A los antiguos, Abrahán, Isaac, Jacob, Dios se les comunicaba frecuentemente mediante sueños. A José se le comunica así cuatro veces, y en tres de ellas se aparece un ángel (1,20; 2,13.19.22). Jesús es el nuevo Moisés y José el nuevo patriarca.
A) Historia y teología
