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El primer análisis en profundidad de una de las propuestas políticas más radicales, inquietantes y polémicas del siglo XXI. Cuando Javier Milei irrumpió en la escena televisiva, embrujó a la audiencia con su intensidad y osadía. Pronto su discurso comenzaría el tránsito que lo llevó a convertirse en un actor político. Durante ese proceso fue tildado por muchos de «fenómeno barrial», denostándolo porque su influencia no tendría la estatura para salir al mundo, pero al poco tiempo creció, el mundo puso sus ojos sobre él y se convirtió en el primer presidente anarcocapitalista de la historia. Luego vino Davos, la visita a Israel, su acercamiento a Trump y a otros líderes de la extrema derecha europea y americana... Ahora Milei es una referencia mundial, un líder contra los impuestos, que desea extinguir las sospechas contra los billonarios, convirtiéndolos en héroes. Y su popularidad crece a pesar de las dificultades sociales que ha supuesto su terapia de shock. Todo en Milei es inusual y conflictivo, tanto es así que a su alrededor flotan numerosas preguntas: ¿qué significa y qué consecuencias acarrea su crecimiento? ¿Cómo entender su «motosierra» contra el Estado en un país tan dependiente de él? ¿Cuál es su destino más probable? ¿Cuál es la relación de Milei con otros liberalismos y anarquismos de corte ultraconservador? ¿Cómo comprender un liberalismo que cree en el cambio radical? En esta obra, el experto en procesos de transformación política Alberto Mayol despeja las incógnitas que hay en torno a la figura del líder argentino y detalla las razones que lo han convertido en el representante de un problemático espíritu de nuestro tiempo.
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Seitenzahl: 291
Veröffentlichungsjahr: 2024
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EL FENÓMENO MILEI
© del texto: Alberto Mayol, 2024
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: mayo de 2024
ISBN: 978-84-10313-01-9
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Alberto Mayol
PRÓLOGO
PRIMER TEMA. MILEI, LA MOTOSIERRA Y EL ESTADO
1. Un fantasma recorre el mundo
2. Milei, los números rojos del significado
3. Milei y el Estado
4. Milei, rápido y furioso
5. La sociedad: el punto ciego de Milei
6. ¿Es Milei liberal?
7. ¿Qué hacer? El dilema bolchevique de Milei
8. Marx y Milei
9. Milei: ¿clímax o caída de la sociedad de mercado?
10. Argentina, el malestar y Milei
11. Milei y la sombra
12. Milei y la casta
13. Dos soluciones y una profecía: la fórmula política de Milei
SEGUNDO TEMA MILEI VERSUS MILEI
14. Milei, el Joker
15. Trump, Milei, Musk y otros chicos del montón
16. Milei y el dilema de la estabilidad
17. El destino de Milei
Cuando despertó, luego de un sueño frenético,Javier Milei se había convertido en jefe de Estado.
«El fenómeno barrial ahora está subtitulado para todo el mundo».
JAVIER MILEI
Muchas veces se confunde un episodio contingente con un fenómeno estructural.
Hay quienes dijeron que Milei era un «fenómeno barrial».
Hay fenómenos sociales que son estructurales, pero su aparición, su despertar, al darse sobre tierra extraña, al parecer un hito extravagante e impensado, nos conduce por el equívoco camino que señala lo visto como mera coyuntura, solo contingencia, solo casualidad. Hay quienes dicen: «Es solo una locura». Como si esta no tuviese raíces. Cuando el evento extraño está depositado en América Latina, en Macondo, suele parecer que no hay nada universal en ese particular caso. Y si ocurre en Argentina, donde a veces pareciera que puede existir un instante no newtoniano en nuestra experiencia, nos decimos: «Claro está, eso es Argentina», y tranquilizamos nuestra conciencia sin ir al fondo del asunto. Hemos asumido que la fuerza de gravedad no existe por la singularidad del lugar. Sin embargo, la fuerza de gravedad existe. Y por supuesto que existen los fenómenos estructurales. Y un buen investigador, un buen analista, un buen periodista, debe intentar al menos comprender si esto o aquello es contingente o es estructural.
¿Es Milei un fenómeno estructural? ¿O es un accidente de la historia?
Los hechos que lo han convertido en presidente ¿se sustentan en configuraciones estables o son episodios?
Como queremos ir más lejos, le ahorro a usted el problema. Es demostrable que el fenómeno Milei es un evento estructural. Aun cuando probablemente solo en Argentina podía ocurrir la manifestación del fenómeno con la tesitura alcanzada en el caso, aun cuando la probabilidad de lo ocurrido sea siempre baja, lo cierto es que lo que Milei representa tiene un trasfondo global y responde a procesos estructurales que aquí examinaremos.
Como todo líder, de algún modo, Milei es un accidente. Pero el sonar de sus campanas ante la historia no es casual y tiene un trasfondo al que debemos atender.
El auge de una ultraderecha desde el mercado, ya no desde el nacionalismo, ya no desde la seguridad, ya no desde el orden, ya no desde el enemigo personal (migrante, indígena, delincuente), sino desde el enemigo conceptual (el Estado), debe considerarse un hecho relevante. Si es posible un anarquismo de derecha es en la medida de condiciones estructurales de las cuales Milei no es responsable. Y de eso trata este libro: Milei es el nombre de una esperanza, de un acierto o un error, de una época medio viva y medio muerta, es el hijo de nuestro estupor, el retoño de nuestra confusión, el grito ambicioso del deseo de riqueza hasta hoy inconfesable.
¿Es Milei la libertad guiando al pueblo?
¿O es Milei el ángel de la muerte de una profecía que grita tras ser inútil su palabra?
«Yo soy el rey de un mundo perdido», eso dice Milei.
«¡Viva la libertad, carajo!». Lo grita Javier. Pero no cabe duda de que la libertad, como todo concepto que orienta al mundo, merece un examen delicado.
Milei es una ópera («soy una ópera de Puccini» ha dicho, sin análisis aparente). Milei es una extravagancia, una tragedia dentro de una ópera bufa, un trozo de mística judía para derrocar al Estado, una voz estruendosa para un mundo confundido, un Maradona adorando a Thatcher (es decir, un oxímoron), un Gobierno argentino pagando al Fondo Monetario Internacional, una obra de Beckett y de Sábato y de Borges y de Fontanarrosa y de Arlt. Milei me produce fascinación, lástima, miedo, simpatía. Otrora tuve la ocasión de experimentar un conflicto con Milei. Por entonces nos desafiamos a duelo (intelectual o a los gritos, quién sabe cómo sería la naturaleza del evento). No prosperó. Él adujo que yo le debía dinero y que el pago era la condición para el debate. Yo no le pagué, pensé en mí. Él pedía dinero, pensó en él. De eso debía resultar un bien superior, mano invisible mediante. Quizá la ausencia del debate fue mejor. Él llegó a presidente. Yo fui candidato presidencial. Lo cierto es que fuimos liberales en esa ocasión. Pero creo que, en realidad, ninguno de los dos lo somos realmente.
«Soy el general AnCap [anarcocapitalista]. Vengo de Liberland, una tierra creada por el principio de apropiación originaria del hombre [...]. Mi misión es cagar a patadas en el culo a keynesianos y colectivistas hijos de puta».
JAVIER MILEI
Esto no es una biografía. Esto no se trata de Argentina.
Esto se trata de usted y el dinero. Se trata de usted y el Estado. Y de la lucha independentista del dinero respecto del Estado.
Quizá Milei es una ilusión. Quizá no existe ese ser que se llama Javier Gerardo Milei, aunque haya nacido en Buenos Aires en 1970, aunque haya trabajado en el Banco Central Argentino, aunque haya sido diputado, aunque sea hoy el presidente de Argentina. Y es que nadie sabe quién es Javier Milei, pero sí conocemos su embrujo, la ilusión que en él se depositó, el miedo que despierta. Así es, quizá Javier Milei es nuestra ensoñación, tal vez es nuestro miedo o puede ser nuestra quimera. Quizás ese ser de carne y hueso proyecta sobre nosotros nuestra propia necesidad de sentido de época. Porque es posible, claro que lo es, que Javier Milei sea el alma de una época. Esa es nuestra tesis.
Lo cierto es que Milei es una fantasmagoría de nuestra época, es la emanación incomprensible e incierta de un nombre y una profecía para un mundo desvalido, enojado y confundido. Milei es la señal más extraordinaria de nuestra propia turbación, es la evidencia del retorno al Antiguo Testamento. Y es que nuestros días nos dicen que debemos dejar de hablar del amor y la igualdad, que es necesario volver al temor y al poder. No hay cruz y perdón. Solo está Job recibiendo los castigos. No estamos ante La Piedad de Miguel Ángel, sino ante El Moisés. O tampoco. Estamos ante la motosierra, en el nombre del dios más alto que conoce nuestra época: el dinero. Y es así como transitamos en un mundo que se asfixia, vuelve la guerra del fuego, vuelve la guerra del agua, he aquí las plagas, he aquí un mesías que alaba a los mercaderes en el templo. ¿Qué es todo esto? Es la escuela austriaca, es una canción desesperada, es el rock monetarista, es la fuerza del anarquismo y las derechas unidas en la gloria y en la muerte. Milei lo dice de manera apocalíptica: «Soy el destructor de mundos».
Era el 6 de septiembre de 2021 cuando Javier Milei modificó la letra de una famosa y rebelde canción argentina para interpretarla en un mitin político. Era una canción del grupo La Renga, emblemática canción de resistencia desde el rock de más voltaje de Argentina. Milei la cantó modificando la letra a su arbitrio, asumiendo la capacidad destructiva de la obra como propia. Y con esa canción, cuyo texto ha reiterado en diversas ocasiones, cuyo texto modificado ha sido motivo de lectura poética y frenética, Milei ha marcado su misión: destruir los cimientos impuros del presente:
Yo soy el león. Rugió la bestia en medio de la avenida. Corrió la casta sin entender. Panic Show a plena luz del día. Por favor, no huyan de mí. Yo soy un rey de un mundo perdido. Soy el rey, te destrozaré, toda la casta es de mi apetito.
Milei quiere ser el león. Y desea devorar a la casta política. Y su triunfo electoral ya es, en parte, su primer paso para ello. «La casta» (los grupos dominantes asociados a la burocracia estatal) lo resiente. Y es probable que, en ese resentimiento, en ese horror de los antiguos gobernantes, se encuentre la mágica fórmula del éxito electoral de un hombre que apareció de pronto, sin avisar, como una broma, como un showman, como un salvador, como un provocador, como un economista experto, como una ensoñación.
No hablaremos mucho de Milei como león. Y es que esto no es una biografía.
Aquí no encontrará la turbulenta infancia de Milei.
No nos referiremos a las numerosas tesis sobre su condición psiquiátrica.
No encontrará usted hipótesis alguna sobre su relación de pareja.
No reiteraremos el enorme anecdotario que durante varios años Javier Milei proporcionó en televisión y que hoy es fuente de contenidos virales por el mundo.
No detallaremos su carrera de futbolista o, más bien, de portero (prefiero aclararlo, pues hay infieles que consideran que el portero no cabe en la categoría de futbolista).
No mencionaremos los temas que compuso con la banda Everest, de la cual fue vocalista. Tampoco nos referiremos, en rigor, a dichas composiciones, pues no existe registro, y aunque él afirma tener las letras, no desea mostrarlas.
No hablaremos de su perro (con nombre de héroe bárbaro). Y tampoco de los clones de su perro (con nombres de economistas ultraliberales). No deduciremos nada de esta secuencia (sorprendente) de nombres.
No hablaremos de su declarada, pero incierta, profesión de instructor de sexo tántrico. Hay periodistas en Argentina que consideran esa información un mecanismo de conexión con el electorado. Incluso se especula con que pueda ser casto. Pero no hablaremos de eso. Tampoco lo creemos.
No hablaremos de su hermana, «la jefa», la que para Javier Milei es Moisés, mientras él es el divulgador, Aarón.
No nos concentraremos en cada polémica de aquel hombre que, en un país como Argentina, donde en cada hogar hay un polemista, emergió como el polémico principal, sin competencia. Atrás queda Charly García, atrás queda Diego Maradona. Dirá el lector que exagero, que entre esos dos lo han dicho todo. Pero Javier Milei ha ido más lejos, mucho más. Ha vulnerado el sentido común y la ética mínima argentina. Y ha salido indemne. Ha dicho cosas que, en cualquier lugar del mundo, no importa cual, le habrían significado el ostracismo: mercado de órganos, mercado de niños y mercado de armas con libertad de uso, por ejemplo. Además, luego de un gran acuerdo nacional posterior a las violaciones de derechos humanos que se logró a finales de los años ochenta, justo después del éxito mundial de la película Argentina, 1985 sobre el juicio a los dictadores argentinos, Javier Milei tuvo el arrojo de desconocer los números que suelen señalarse sobre las violaciones a los derechos humanos. Su negacionismo, su propuesta de mercado por encima de cualquier criterio jurídico o moral, todo fue aceptado sin mayor escándalo. Puestos a elegir entre su actor emblemático, Ricardo Darín, entre su historia que conmovió al mundo, Argentina, 1985, los argentinos eligieron a Milei.
Pero a nosotros no nos importará el caso a caso. O sí, pero solo para entender el fenómeno Javier Milei.
Y es que esto no es una biografía de Milei. Y tampoco es un perfil de él. Aunque ambas cosas servirán de motivo literario, aunque la vida y su perfil sean líneas de exploración, lo cierto es que aquí se busca otro objetivo: ser capaces de dar cuenta de esta novela notable donde un ultraliberal alcanzó la presidencia de Argentina, donde la destrucción del Estado aparece como profecía aceptada frente a un Estado presente y de peso constante en un siglo de historia. Milei llega gritando contra la protección social, los subsidios, en el perfecto equivalente de la llegada del hielo a la selva en Macondo. Y es que eso es el libre mercado en medio del peronismo, el hielo en Macondo.
Quizá sí valdrá la pena referirnos a algo que parece menor en su historia. Lo dice Rafael Bielsa, alto funcionario público de los Gobiernos peronistas (pero muy crítico con el giro de su sector hacia una neolengua)1. Lo dice un hombre que trabajó con Milei en la empresa Aeropuertos Argentina 2000: «No conocí a un calculista2 de riesgo tan bueno como Javier», dijo Bielsa en una entrevista el 22 de noviembre de 2023. Esto es importante. El análisis de riesgo financiero se basa en ciencia, pero es un arte. Y supone la ponderación de la medida de un riesgo. Hay quienes creen que analizar un riesgo es no hacer cosas novedosas, mantenerse en el universo conocido. Pero, en realidad, eso lo haría cualquiera. La gracia de un analista de riesgo realmente serio es saber que, en tiempos excepcionales, la conducta osada puede ser segura y la conservadora puede ser arriesgada. Y en eso, es cierto, Milei es un artista. Pero ser un extraordinario analista de riesgo, aunque puede llevarte a ser un candidato eficaz, ¿es acaso un predictor de la capacidad de gobernar?
Milei ha sido un académico mediocre, un espectáculo extraordinario en televisión, un hombre intelectualmente honesto, un artista argentino de aquellos que reemplazan el talento con la onda. Milei es un importador de ideas y contenidos, sin un ápice de pudor por no pagar derechos. Milei es una anécdota fantástica. Y luego otra, aún mejor que la anterior. Milei es fascinante, es el frenesí mesiánico, es la fe de los mercados, es el enemigo público del Estado. Que lo cuente él:
Yo estaba en una reunión de las Jornadas Internacionales de Finanzas Públicas, que es un congreso internacional que organiza la Universidad de Córdoba. Como te imaginarás, en un congreso internacional de finanzas públicas están todos los que aman al sector público, y yo odio al sector público, odio al Estado. Entonces, cuando termino de exponer, una de las personas que estaban ahí dice: «Mire, Milei, usted es un provocador. Si usted viene a un congreso de finanzas públicas a decir que quiere eliminar al Estado, es un provocador. No es el lugar, acá pensamos todos lo opuesto». Sin embargo, después me dice: «Le tengo que reconocer que es el mejor expositor que vi en mi vida, salvo por un italiano que cantaba sus presentaciones». Te imaginarás, en ese momento me sentía desafiado. Y frente a ese desafío, mientras que ganaba tiempo, le digo a la gente: «¿A ustedes les gusta la ópera?». «Sí», dicen. «Y ¿les gusta Verdi?». «Sí». Les digo: «¿Conocen La traviata?». «Sí, sí, claro». «Es más, hay un aria muy famosa que se llama El brindis». Mientras tanto, yo estaba construyendo la historia. Entonces digo: «¿A alguno le molesta que yo me ponga a cantar?». Y el remate de mi presentación la hice cantando algo que era así: «Gastar, y gastar y gastar y gastar, esa es nuestra regla fiscal. Y si los ingresos no alcanzaran más ahí iremos al Banco Central. Y eso será inflacionario, y eso será inflacionario. Si no le aflojan al gasto entonces la crisis vendrá. Gastar, y gastar y gastar y gastar, esa es nuestra regla fiscal».
Se non è vero, è ben trovato.
He aquí Milei. ¿Ha de ser otro de los monstruos de nuestra época, esos que desfilan por nuestros Gobiernos? ¿O es el símbolo de una nueva esperanza para un mundo que requiere algo nuevo? Milei no es una biografía, no puede serlo. Milei es el fantasma que recorre el mundo. Y es el fantasma de la unión de dos fuerzas disolventes de las estructuras: el anarquismo y los mercados.
Todo lo sólido se desvanece en el aire, diría Marx. «Menos el dinero», respondería Milei.
Y aquí está usted leyendo (después de comprar). Y yo escribiendo (y después vendiendo).
Y Milei nos dirá que todo esto ocurre gracias a una mano invisible, a una sombra, a una fantasmagoría (el mercado) que hoy busca cambiar de estatus y pasar de ser herramienta a ser profecía, que comienza su periplo osado de recorrer el mundo ya no provisto de la promesa de paz derivada del comercio, sino desde la rabia, los gritos y la radicalidad. El mercado deja de ser un silencioso método para convertirse en un grito de guerra. Deja de ser mano invisible para ser timón, grito y batalla cultural.
Quizá Milei es un dedo de esa mano invisible. O quizás es el grito altisonante, por desesperado, de un proyecto que ha perdido la fe en su propia evolución y tiene la necesidad de entrar en la política. Y en la religión.
________
1 Las acusaciones del surgimiento de una nueva lengua derivada de las izquierdas feministas han proliferado en diversos sectores, sobre todo de derecha (pero no exclusivamente). El concepto de neolengua se acuñó en la novela de G. Orwell 1984 para referirse al pilar lingüístico del autoritarismo de la sociedad allí descrita.
2 El nombre más común en lengua castellana para este rol es «analista de riesgo».
La pregunta cruzó fronteras. ¿Cómo fue posible el triunfo de Javier Milei en las elecciones presidenciales de Argentina?
El fenómeno Milei creció de manera constante y veloz desde 2021. Una némesis del hoy presidente fue el también economista argentino Eduardo López Murphy, quien señaló que el líder anarcocapitalista era «un fenómeno barrial», es decir, una moda de poco vuelo, que con suerte sería relevante en Argentina y no tendría peso internacional. En mayo de 2023 Milei escribió en la red Twitter: «Recordás cuando hablaban de que solo se trataba de un fenómeno barrial? Parece que se agrandó el barrio…» (11-5-2023). La frase la repitió en Estados Unidos, en la Conferencia Política de Acción Conservadora, cuando ironizó recordando la frase de López Murphy en un evento que lo tenía a él como el plato principal de los expositores, precedido por Donald Trump, Bukele, Bolsonaro y Abascal, entre otros. Milei sería la estrella de la conferencia de febrero de 2024, pero también lo sería en el Foro Económico Mundial de Davos, donde pocas semanas antes había expuesto en un evento de alto impacto mundial.
Milei no es un fenómeno barrial. Es un acontecimiento global. Milei no es un asunto principalmente argentino. ¿Por qué? La respuesta es parte de los objetivos de este libro. Pero comprender la magnitud del acontecimiento es muy relevante. En lo que sigue daremos algunas pistas del argumento del libro. Entonces, asumiendo el hecho cierto y contundente del rotundo triunfo electoral de Javier Milei en diciembre de 2023, vale preguntarse:
— ¿Es algo que incumbe a Argentina solamente? La respuesta es «no». Y vale la pena explicar por qué no es así.
— ¿Es algo que puede proyectarse a otros procesos políticos? Seguro que la respuesta es «sí». Y vale la pena comprender bajo qué formas el fenómeno Milei puede proyectarse en otras latitudes.
— Y ¿significa (este triunfo) un crecimiento importante del liberalismo? Luego de un detenido examen (que se explicará en estas páginas), esto parece ser más que discutible.
— ¿Puede entonces crecer el fenómeno Milei sin que crezca el liberalismo? La respuesta que sugerimos al respecto es simple: por supuesto que sí. De hecho, es altamente probable.
Lo que aquí se plantea supone encrucijadas difíciles de concebir. Si el triunfo de Milei tiene relevancia mundial, ¿cómo es posible que el triunfo electoral del liberalismo radical sea compatible con la irrelevancia del liberalismo?
Este libro define a Javier Milei como un acelerador de partículas. He aquí la clave. Argumentaremos que Milei es un actor capaz de producir un aumento en la velocidad de los objetos a su alrededor. En una época de alta velocidad, con evidentes consecuencias disruptivas, Javier Milei es el mejor representante de un vacío tumultuoso. ¿En qué consiste este vacío que, paradójicamente, puede estar tan caliente que siempre está a punto de estallar?
Hay quienes han buscado las explicaciones sobre el fenómeno Milei en el significado de su oferta política. No es lo que creemos. Más bien, consideramos que el concepto que hay que descartar es el de «significado», es decir, que la simetría de Milei con nuestro tiempo radica en la posibilidad de prescindir de orientaciones conceptuales. En parte es por esto por lo que la historia política de Milei, como veremos, a ratos carece de sentido. Y es que la falta de sentido no importa, no en lo esencial al menos. No es el «liberalismo» el que ha producido a Milei como posibilidad histórica. Es la velocidad, la energía descomunal, la existencia de un mundo turbulento, la aceleración extraordinaria de la historia, la que lo ha hecho posible. Vivimos en la fisión del átomo social. Y Milei es el caso de laboratorio que nos muestra la totalidad. Milei es nuestro acelerador de partículas.
El triunfo de Milei carece de significado. Su éxito está basado en haber interpretado el proceso energético y disruptivo del presente mundial, estableciendo un claro enemigo: el socialismo.
No dejen avanzar al socialismo. No avalen la regulación. No avalen la idea de los fallos de mercado. No permitan el avance de la agenda asesina y no se dejen llevar por los cantos de sirena de la justicia social. Yo vengo de un país que compró todas esas ideas estúpidas y pasó de ser uno de los países más ricos del mundo a ser el ciento cuarenta. Luchen por su libertad, porque, si no, los van a llevar a la miseria.
Pero ese enemigo seleccionado por Milei podría parecer la base orientadora del líder argentino. Pero nada más lejos de eso. Como demostraremos más adelante, la potencia de Javier Milei no está en la lucha ideológica o técnica. Su reino no habita el significado. Su reino está hecho de energía desbocada, de velocidad, de apuesta y frenesí.
Los hitos del proceso de crecimiento explosivo de Javier Milei como figura pública y líder político revelan la ausencia de toda ideología y, al mismo tiempo, muestran el tamaño del triunfo del economista argentino. Son dos ejemplos que políticamente reflejan la capacidad de haber realizado un imposible: recibir el apoyo de un pueblo mientras denostaba sus verdades más altas y mientras elogiaba al principal enemigo de la sociedad. Apreciemos los casos.
El primero es bastante sencillo, se resume en pocas palabras. Argentina tiene una religión preeminente en su Estado, la religión católica. El artículo 2 de la Constitución argentina señala que «el gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano». Hasta 1994 se exigía ser católico para ser presidente de la República Argentina, hasta el punto de que Carlos Menem tuvo que renunciar al islamismo para asumir la presidencia en 1989, y convertirse a la religión católica. En su funeral, tanto la luna y la estrella (que usualmente identifican al islam) como la cruz cristiana acompañaron los restos del expresidente. La sostenibilidad económica de la Iglesia católica está garantizada por la ley (ningún otro culto religioso goza de ese beneficio). El 77 % de la población argentina es católica. Argentina ostenta hoy ser la nación de origen del papa actual, el primer papa latinoamericano en la extensa historia vaticana (Francisco I). Probablemente, este líder religioso sea el ciudadano argentino más relevante a nivel internacional hoy, y es probable que lo sea también al mirar la historia completa de Argentina, o al menos compitiendo en relevancia con José de San Martín, José Faustino Sarmiento y Juan Domingo Perón. Pero hay más. La ciudadanía argentina estima al papa Francisco y desea una visita del sumo pontífice. Según una encuesta de la Universidad Abierta Interamericana (UIA), el 62,5 % de los argentinos juzgaron una eventual visita del papa como «positiva», sumando solo el 23,7 % quienes la juzgan como «negativa». Pues bien, ante esa historia se plantó Milei para profanar el espacio sagrado del papado argentino. En concreto, Javier Milei ha sido el personaje público que peores reparos e insultos ha dedicado al actual jefe de Estado del Vaticano y exobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. El resumen se puede hacer brevemente, pero es contundente.
Javier Milei era tertuliano de televisión en 2020 y, aclarando su carácter de católico, señaló que Francisco I (el papa) era un «imbécil» que siempre estaba de pie junto al mal y que tenía afinidad con el comunismo asesino. Las referencias al papa fueron constantes, por lo que no se puede considerar un mero exabrupto. Dijo que Francisco I violaba los diez mandamientos al «defender la justicia social» y que se trata de un «jesuita que promueve el comunismo». Milei ha dicho que Bergoglio es nefasto, que es impresentable y que, de hecho, es el «representante del maligno en la Tierra». Con el tiempo su posición no solo alcanzó al papa, sino indirectamente al catolicismo. Milei ha señalado con creciente intensidad su interés por Israel y el judaísmo. En agosto de 2023 señaló: «Estoy pensando en convertirme al judaísmo y aspiro a ser el primer presidente judío de la historia de Argentina».
La pregunta es obvia. ¿Se puede ganar una elección presidencial denostando a uno de los principales orgullos de la historia argentina? Evidentemente, es difícil. Cualquier asesor habría considerado un suicidio político entrar en esa discusión. Milei lo hizo. Y triunfó a pesar del significado de su acto.
Pero no se queda ahí. Si seguimos la arista religiosa nos encontramos con más asuntos complicados. Y es que, en todo el proceso de los últimos tres años, la vinculación de Milei con el judaísmo ha crecido constantemente. Sus opiniones en favor de Israel han sido de una inusitada intensidad. Es decir, no solo afrontó los posibles costes de atacar a Bergoglio, sino que, además, decidió apoyar irrestrictamente al judaísmo y a Israel en una acción que evidentemente no genera un diferencial electoral a su favor. Además, las constantes referencias apologéticas de Milei a Israel no han cesado, a pesar de la crisis de legitimidad que ha tenido Israel en el conflicto iniciado en octubre de 2023, cuando el grupo Hamás atacó en una fiesta electrónica a miles de israelíes e Israel desplegó una guerra de represalia con enormes costos políticos. A pesar de las dificultades, el apoyo de Milei a Israel ha sido total, indubitado, incluso más claro y explícito que el del propio Gobierno de Estados Unidos, que ha moderado su discurso, hasta el punto de que incluso su presidente, Joe Biden, ha evitado reiterar los comentarios sionistas que se conocen en su historia política. Milei, en cambio, ha decidido insistir con fuerza en sus planteamientos en favor de Israel. Su acción en campaña electoral fue muy clara al respecto. Y tras asumir el cargo ha insistido, hasta el punto de que su segunda visita extranjera como presidente de Argentina fue a Israel y allí complementó la visita de Estado con un rito extático ante el Muro de los Lamentos.
Milei ha ido lejos. No ha dudado ni un segundo en demostrar su apoyo irrestricto a Israel y ha aumentado la apuesta en todo instante. Estando de visita en Israel, señaló: «Obviamente, mi plan es mudar la embajada a Jerusalén occidental», ya que esa es la forma de dar cuenta de su «apoyo al pueblo de Israel». Son muy pocos los países que operan con su embajada en Jerusalén, siendo uno de ellos Estados Unidos desde que Donald Trump la trasladó desde Tel Aviv.
Este apoyo al judaísmo puede parecer justificado por la importancia histórica de la colonia judía en Argentina. Sin embargo, ese peso político no se traduce directamente en votos. La población judía en Argentina es de 172.000 personas. Si bien no es una cifra cuantitativamente grande (Argentina suma alrededor de 47 millones de habitantes), lo cierto es que la influencia de los judíos es muy grande y la herida del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994, donde 85 personas murieron, fue un hito político y social inolvidable. La población palestina en Argentina es muy baja, pero la población árabe suma una descendencia de más de tres millones de ciudadanos. Con esos antecedentes nadie habría asumido como un acto de sabiduría apoyar irrestrictamente a Israel en medio del conflicto de época, de una guerra sin buen pronóstico. Para decirlo claramente, dicho apoyo en un escenario electoral era una acción del todo irracional, quemar las naves en favor de Israel.
Pero ahí estaba Milei, listo para demostrar que la crisis reputacional israelí puede ser sorteada apoyando a la parte menos popular en el escenario mundial. Milei lo logró. No tener coste al entrar en asuntos religiosos, atacar al papa Francisco I en la mismísima Argentina, y apoyar a la parte minoritaria en términos de población (Israel). Ha demostrado de este modo una cierta inmunidad al problema que habitualmente destruye líderes: chocar con el sentido común imperante. Milei, sin embargo, fue, chocó y venció.
Es un caso extraño. Pero hay otro caso más. Y probablemente sea más sorprendente.
Argentina tiene un lamento. Una larga historia de litigio sobre las islas Malvinas ha mantenido en vilo a la élite política y a la ciudadanía argentina. A inicios de los años setenta estuvo a punto de firmarse un acuerdo propiciado por el embajador británico Hobson y el presidente Perón. La muerte de este último y la inestabilidad resultante en Argentina, sumadas al fallecimiento del propio embajador (todo esto ocurría en 1974, en un lapso de no más de cincuenta días), frustraron el acuerdo, que se resumía en una soberanía doble y dos idiomas oficiales para las islas (Falklands para los británicos, Malvinas para los argentinos). El acercamiento se transformaría en distancia total el 2 de abril de 1982, cuando tropas argentinas toman posesión de las islas sin haber declarado la guerra. La respuesta de Margaret Thatcher no solo fue veloz, sino, además, feroz. Las fuerzas navales desplegadas por Inglaterra fueron enormes y la guerra comenzó y terminó en apenas 74 días. Los ingleses se impusieron sin mayores dificultades. Más de seiscientos argentinos murieron (el triple de los muertos por parte inglesa) y la derrota fue muy dolorosa para su pueblo. Margaret Thatcher se convirtió para los argentinos en símbolo del mal, de la frialdad, de la falsedad y de los crímenes de guerra. El hundimiento del crucero Belgrano no solo fue el hito que marcó la guerra, no solo fue el evento más mortífero; sino que fue una señal de la brutalidad de Thatcher, pues el ataque se produjo fuera del área que se había delimitado para la guerra. Esa área la había decretado ella misma: 200 millas. El hundimiento del Belgrano fue un crimen que conmocionó a Argentina. La reparación de ese dolor nunca llegó desde la política. Las relaciones diplomáticas de Argentina con Inglaterra tuvieron que esperar a la salida de Thatcher del poder. La ausencia de un juicio contra la dama de hierro solo acrecentó la sensación de impunidad.
Pero hubo un día, cuatro años después de la guerra, en que Margaret Thatcher (aún en el poder) tendría que morder el polvo de la derrota.
La reparación apareció en forma de símbolo en el Mundial de fútbol de 1986. Argentina se enfrentaba a Inglaterra en el Estadio Azteca de México. Ese día un argentino se convertiría en Dios: Diego Maradona. Y su conversión escatológica se produciría no solo (ni principalmente) por haber hecho el gol más espectacular de los mundiales (que fue el segundo gol, conocido como «el gol del siglo» en Argentina). Su elevación al Olimpo no ocurriría por haber jugado un partido impresionante (que lo hizo). Tampoco serían su valentía, su arrojo, su artístico desempeño. Nada de eso fue lo importante. La clave es que, estando el partido sin goles, en el minuto 6 del segundo tiempo Maradona protagonizó una jugada espectacular y buscó una pared con Jorge Valdano. Pero un defensor inglés intentó interceptar el balón, lográndolo a medias, motivo por el cual lo arrojó hacia su propio arco, adquiriendo el balón gran altura (y poca velocidad). El emblemático portero Peter Shilton saltó para tomar el balón con sus manos. La jugada no parecía destinada ni a la historia, ni mucho menos a la Historia. Era una jugada normal con un desenlace normal: el arquero triunfaría en las alturas. Maradona corrió a toda velocidad y saltó cuanto pudo. No parecía, de todos modos, algo viable. Shilton medía ciento ochenta y tres centímetros; Maradona, apenas ciento sesenta y cinco. De añadidura, Shilton podía usar las manos; Maradona, no. La jugada no prometía nada. Pero Maradona saltó y usó su mano para evitar que Shilton accediera a la pelota, anticipándose. Era ilegal, era una trampa…
Una trampa como atacar el Belgrano fuera de la ley.
La pelota avanzó hasta cruzar la línea de gol y Maradona corrió a festejar, aunque todos (él inclusive) estaban atentos a ver qué decía el árbitro (que probablemente invalidaría la conquista). Los ingleses corrieron desesperados, persiguiendo al juez, pues era una mano evidente. El árbitro (presionado) le preguntó a uno de sus asistentes, quien apoyó la legalidad del gol. En ese instante la mitad del planeta sabía, sin duda alguna, que el gol había sido hecho con la mano. Sí, era ilegal, pero Maradona convertiría la ilegalidad en legitimidad en una acción taumatúrgica. En su declaración posterior al partido declaró que le gol fue anotado «un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios».
¿La mano de Dios?
Sí, la mano de Dios. No era cualquier gol. El gol no solo era ilegal, era la justicia, la reparación. Una moneda mala pagaba la deuda de otra moneda, indudablemente peor, desproporcionadamente peor, criminal. Esa equivalencia, esa metáfora, no había nacido en la cancha. La sensación de revancha y reparación precedía el encuentro de los dos equipos en la cancha del Estadio Azteca. Ese día, el ingreso al vestuario argentino había sido distinto. La responsabilidad era muy grande, pues ya no era fútbol, sino la conciencia nacional de Argentina. «Nunca más», se le había dicho a los militares respecto a las indiscriminadas violaciones a los derechos humanos. A Inglaterra había que dejarle claro que «nunca más» Argentina sería derrotada. Un jugador declaró: «Lo de Malvinas se sentía: teníamos que representar a todos los argentinos». Varios jugadores relataron que el nerviosismo era enorme. Giusti dijo: «Yo estaba cagado».
