El gran círculo (AdN) - Maggie Shipstead - E-Book

El gran círculo (AdN) E-Book

Maggie Shipstead

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Beschreibung

La historia de una aviadora decidida a marcar el rumbo de su vida Finalista del Premio Booker 2021 Después de ser rescatados de un transatlántico naufragado en 1914, cuando aún eran bebés, Marian y Jamie Graves crecen en Missoula, Montana, criados por su tío de vida disoluta. Allí, tras conocer a una pareja de acróbatas aéreos que pasan por la ciudad con sus destartalados biplanos, Marian inicia su idilio con la aviación, que se prolongará toda la vida. A los catorce años deja la escuela y encuentra un mecenas inesperado y peligroso: un adinerado contrabandista que le consigue un avión y le paga las clases. Un acuerdo que la perseguirá siempre, incluso aunque le permita cumplir con su destino: circunnavegar la tierra sobrevolando el Polo Norte y el Polo Sur. Un siglo después, Hadley Baxter consigue el papel de Marian en una película que gira en torno a su desaparición en la Antártida. Radiante, astuta y harta de la claustrofobia hoollywoodiana, Hadley está deseando reinventarse tras formar parte de una franquicia de películas románticas que la ha hecho caer en las garras del culto a la fama. A medida que se sumerge en el personaje de Marian, las historias de ambas mujeres se desarrollan en paralelo hasta que sus destinos colisionan; y con ellos también su sed de autodeterminación, enmarcada en espacios y tiempos muy diferentes.

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Seitenzahl: 1095

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Para mi hermano

Vivo mi vida en círculos crecientes,que encima de las cosas se dibujan.El último quizá no lo completepero quiero intentarlo.

Giro en torno de Dios, de la torre antiquísima,durante miles de años voy girando.Todavía no sé: ¿soy halcón, soy tormenta,o bien soy un gran cántico?

Rainer Maria Rilke, El libro de horas, trad. Federico Bermúdez Cañete, Hiperión, 2005.

Si se atravesara una esfera con una cuchilla y se dividiera en dos mitades perfectas, la circunferencia de la sección de cada mitad sería un gran círculo, es decir, el círculo de mayor tamaño que puede dibujarse en una esfera.

El ecuador es un gran círculo, así como los meridianos. En la superficie de una esfera como la Tierra, la distancia más corta entre dos puntos dibuja un arco que es un segmento de un gran círculo.

Los puntos opuestos, como el polo norte y el polo sur, están intersecados por un número infinito de grandes círculos.

Little America III, barrera de hielo de Ross, Antártida

4 de marzo de 19501

Nací para ser errante. Me adapto a la tierra como un ave marina a las olas. Algunas aves vuelan hasta que mueren. Yo me he prometido a mí misma que mi descenso final no será una caída impotente, sino una elegante zambullida en picado, con decisión, apuntando a algo en las profundidades del mar.

Estoy a punto de despegar. Quiero intentar cerrar el círculo, unir el final con el principio. Ojalá la línea fuera un meridiano sin obstáculos, un aro tenso perfecto, pero nos hemos visto obligados a desviar el curso: las islas y los aeródromos se distribuyen de forma desigual, el avión necesita combustible.

No me arrepiento de nada, pero porque no me lo permito. Solo pienso en el avión, el viento, la costa, tan lejana, donde la tierra comienza de nuevo. El tiempo está mejorando. Hemos reparado la fuga lo mejor que hemos podido. Pronto partiré. Odio los días eternos. El sol es un buitre que me sobrevuela. Quiero una tregua de estrellas.

Los círculos son maravillosos porque son infinitos. Lo infinito es maravilloso. Pero la infinitud también es tortura. Yo sabía que el horizonte no podía alcanzarse, pero lo perseguí de todos modos. He hecho una estupidez, pero no tenía más remedio que hacerla.

Ahora que el círculo está casi cerrado, el principio y el final separados por un último tramo aterrador de agua, me doy cuenta de que esto no es como pensé que sería. Pensé que sentiría que había visto el mundo, pero hay demasiado mundo para tan poca vida. Pensé que sentiría que había concluido algo, pero ahora dudo que nada pueda concluirse. Pensé que no tendría miedo. Pensé que me expandiría, pero ahora sé que soy más insignificante de lo que creía.

Nadie debería leer esto jamás. Mi vida es mi única posesión.

Y sin embargo, sin embargo, sin embargo.

1 [Última anotación de El mar, el cielo, las aves entre ambos: El diario perdido de Marian Graves. Publicado por D. Wenceslas & Sons, Nueva York, 1959.]

Los Ángeles

Diciembre de 2014

Conocía a Marian Graves solo porque una de las novias de mi tío solía dejarme en la biblioteca cuando era niña y en una ocasión cogí un libro al azar que se titulaba algo parecido a Damas valientes de los cielos. Mis padres se subieron a un avión y no regresaron, y resulta que un porcentaje considerable de las damas valientes había sufrido el mismo destino. Eso me llamó la atención. Quizá buscara que alguien me dijera que un accidente de avión no era una mala forma de morir, aunque si alguien me lo hubiera dicho en serio, habría pensado que era mentira. El capítulo de Marian decía que la había criado su tío y cuando lo leí sentí un escalofrío porque a mí también me estaba criando (más o menos) mi tío.

Una amable bibliotecaria me sacó el libro de Marian —El mar, el cielo, etc.— y me sumergí en él como una astróloga consultando una carta astral, con la esperanza de que la vida de Marian me explicara la mía, me dijera qué hacer y cómo comportarme. La mayoría de lo que había escrito no lo entendí, pero sí me quedó una vaga voluntad de convertir mi soledad en aventura. En la primera página de mi diario escribí «NACÍ PARA SER ERRANTE» en grandes letras mayúsculas. Después no escribí nada más porque ¿qué podría añadir a eso una niña de diez años que pasa los días entre la casa de su tío en Van Nuys y audiciones para anuncios de televisión? Una vez devuelto el libro, prácticamente me olvidé de Marian. En realidad, casi todas las damas valientes de los cielos han sido olvidadas. Hubo algún que otro reportaje especial aterrador sobre Marian en los años ochenta y unos cuantos fans acérrimos siguen elaborando teorías en internet, pero su figura no cuajó como la de Amelia Earhart. Al menos la gente cree que conoce la vida de Amelia Earhart, aunque no sea así. Es imposible.

Lo de que me dejaran en la biblioteca tan a menudo resultó ser algo bueno porque, mientras otros niños estaban en el colegio, yo iba de silla plegable en silla plegable, de pasillo en pasillo, por todas las audiciones para niñas blancas (o niñas de raza no especificada, que también significa blancas) de la zona metropolitana de Los Ángeles acompañada por toda una colección de niñeras y novias de mi tío Mitch, dos categorías que solían solaparse. Creo que a veces las novias se ofrecían a cuidar de mí porque querían que él viera su lado maternal, pensando que eso las haría parecer una buena posible esposa, pero lo cierto es que esa no era la estrategia adecuada para mantener encendida la llama del amor con el viejo Mitch.

Cuando tenía dos años, el Cessna de mis padres se estrelló en el lago Superior. O eso se cree. No hallaron rastro. Mi padre, hermano de Mitch, pilotaba el avión. Viajaban de escapada romántica a la cabaña de un amigo en medio de la nada «para reconectar», como decía Mitch. Incluso cuando era pequeña, me contaba que mi madre seguía follándose a otros. Con esas palabras. No estoy segura de que Mitch creyera en la existencia de la infancia. «Pero también seguía con él, y él con ella», añadía. En las frases de efecto sí que creía. Había empezado su carrera dirigiendo telefilmes cutres con títulos como El amor se paga caro (sobre un cobrador de deudas) y Asesinato en San Valentín (imposible adivinar la trama).

Mis padres me habían dejado en Chicago con una vecina, pero en su testamento me dejaron con Mitch. En realidad no había nadie más. No tenía más tías ni tíos y mis abuelos estaban muertos, distanciados, ausentes o no eran de fiar. Mitch no era mala persona, pero sus instintos eran oportunistas, a la manera hollywoodiense, así que, después de unos meses conmigo, pidió que le devolvieran un favor para meterme en un anuncio de compota de manzana. Después me buscó una agente, Siobhan, y empecé a conseguir trabajo suficiente en anuncios, breves apariciones como actriz de reparto y telefilmes (fui la hija de Asesinato en San Valentín) como para no recordar ninguna época en la que no estuviera actuando o intentando hacerlo. Para mí era normal meter un poni de plástico en un establo de plástico una y otra vez mientras las cámaras rodaban y un adulto desconocido me decía cómo sonreír.

A los once años, después de que Mitch hubiera progresado de las películas de sobremesa a los vídeos musicales y se estuviera peleando para entrar en el mundillo del cine independiente, me llegó mi gran oportunidad: el papel de Katie McGee en una serie de comedia infantil sobre viajes en el tiempo titulada Todas las vidas de Katie McGee.

En el plató, mi vida era impecable y de colorines, todo eran bromas y tramas muy cuidadas y habitaciones de tres paredes bajo un cielo lleno de focos ardientes. Sobreactuaba con una risa estridente vestida con ropa de tan rabiosa actualidad que parecía el espíritu preadolescente personificado. Cuando no trabajaba, hacía prácticamente lo que quería gracias a la negligencia de Mitch. En su libro, Marian Graves escribía: «De niños, mi hermano y yo casi siempre teníamos que arreglárnoslas solos. Yo creía —y durante muchos años nadie me dijo lo contrario— que era libre de hacer lo que quisiera, que tenía derecho a ir adonde consiguiera llegar». Puede que yo fuera una mocosa más impulsiva que Marian, pero tenía la misma sensación. Quería comerme el mundo, y la libertad era la salsa que lo acompañaba. Si la vida te da limones, decora tus martinis con las peladuras.

A los trece años, después de que el merchandising de Katie McGee empezara a venderse como churros y Mitch dirigiera Torniquete y se revolcara en el éxito como un cerdo empastillado en un charco de mierda, mi tío decidió que nos mudáramos a Beverly Hills a gastos compartidos. Ahora que ya no estaba atrapada en el valle, el niño que hacía de hermano mayor de Katie McGee me presentó a los cabrones de sus amigos ricos del instituto, que me llevaban en coche por ahí y me invitaban a fiestas y se enrollaban conmigo. Seguramente Mitch no se daba cuenta de lo mucho que salía porque él también solía estar fuera. A veces coincidíamos volviendo a casa a las dos o tres de la madrugada, ambos hechos un desastre, y nos limitábamos a saludarnos con la cabeza como dos personas que se cruzan por el pasillo del hotel donde asisten al mismo congreso de juerguistas.

Pero también había cosas buenas: los profesores particulares de la serie eran decentes y me recomendaron que fuera a la universidad, y como me gustaba la idea, me las arreglé para entrar en la Universidad de Nueva York cuando la serie acabó con bastantes puntos extra por ser una pseudoestrella de la tele. Si no hubiera tenido las maletas hechas cuando Mitch tuvo una sobredosis, probablemente me habría quedado en Los Ángeles y habría seguido de fiesta hasta matarme yo también.

Entonces sucedió algo que podía haber sido bueno o malo: después del primer semestre, me dieron un papel en la primera película de Arcángel. A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera terminado la universidad y hubiera dejado de actuar y la gente me hubiera olvidado, pero ni me planteé rechazar la inmensa suma de dinero que me ofrecían por hacer de Katerina. Así que lo demás no importa.

Durante mi breve paso por la universidad, tuve tiempo de cursar Introducción a la Filosofía y descubrir el panóptico, la hipotética prisión ideada por Jeremy Bentham, donde solo habría una diminuta garita en el centro de un gigantesco anillo de celdas. No se necesitaba más que un guarda, porque este podía estar vigilando en cualquier momento, y la idea de estar siendo vigilado es mucho más importante que la vigilancia real. Después Foucault convirtió todo aquello en una metáfora de que lo único que necesitas para castigar y controlar a una persona o a un grupo de población es hacerles pensar que los pueden estar vigilando. Era evidente que el profesor quería que pensáramos que el panóptico era horrible y aterrador, pero más tarde, cuando Arcángel me hizo demasiado famosa, me habría gustado coger la absurda máquina del tiempo de Katie McGee, volver a aquella aula y pedirle que se planteara lo contrario. Que en lugar de un guardia, en el centro estuviera él, y miles, quizá millones de guardias lo estuvieran vigilando —o pudieran hacerlo— todo el tiempo allá donde fuera.

En realidad no me habría atrevido a preguntar nada a ningún profesor. En la NYU todo el mundo me miraba continuamente por haber sido Katie McGee, pero parecía que me miraran porque supieran que no merecía estar allí. Y puede que así fuera, pero la justicia no puede medirse en números. No puedes saber si te mereces algo. Es probable que no. Así que fue un alivio dejar las clases por Arcángel, volver a tener un millón de obligaciones sobre las que no podía opinar y un horario que yo no decidía. En la universidad hojeaba completamente desconcertada el catálogo de asignaturas, del grosor de un diccionario. Vagaba por la cafetería mirando el surtido de comida, los bufés de ensaladas y las montañas de panecillos y los envases de cereales y la máquina de helados y sentía que debía resolver un monumental acertijo de consecuencias fatales.

Después de echarlo todo por tierra, un día sir Hugo Woolsey (el mismo sir Hugo que casualmente es mi vecino) empezó a hablarme de una película biográfica que estaba produciendo y sacó de su bolsa de tela un ejemplar del libro de Marian, libro en el que no había pensado en quince años. De pronto me vi de nuevo en una biblioteca mirando un fino libro de tapa dura que podía contener todas las respuestas. Las respuestas parecían algo bueno. Algo que quizá deseara, aunque me resultara imposible descifrar lo que deseaba de verdad, aunque nunca llegara a saber lo que significaba «desear». El deseo se me presentaba casi siempre como una maraña de impulsos contradictorios. Deseaba desaparecer como Marian; deseaba ser más famosa que nunca; deseaba expresar algo sobre la valentía y la libertad; deseaba ser valiente y libre, pero no sabía qué significaba eso. Solo era capaz de fingir que lo sabía, y supongo que en eso consiste actuar.

Hoy es mi último día de rodaje de Peregrina. Estoy sentada en una maqueta del avión de Marian colgada de un sistema de poleas que está a punto de ser lanzada sobre el tanque gigante de agua en el que caerá. Llevo un anorak de piel de reno que pesa una tonelada y pesará aún más cuando se moje y estoy intentando que no se note que tengo miedo. Bart Olofsson, el director, me ha llevado aparte antes y me ha preguntado si estaba segura de querer rodar yo misma esa escena peligrosa teniendo en cuenta lo que les pasó a mis padres. «Creo que quiero enfrentarme a ello —le he dicho—. Creo que me vendrá bien para cerrar la herida.» Me ha apoyado la mano en el hombro y ha puesto su gesto más convincente de gurú. «Eres una mujer muy fuerte», me ha dicho.

Pero las heridas nunca se cierran de verdad. Por eso no hacemos más que intentarlo.

El actor que hace de Eddie Bloom, mi navegante, también lleva un anorak de reno y tiene sangre falsa resistente al agua en la frente porque se supone que el golpe lo dejará inconsciente. En la vida real, Eddie se sentaba ante una consola detrás del asiento de Marian, pero los guionistas, dos hermanos agresivamente alegres cuyo corte de pelo y rostro son como de las Juventudes Hitlerianas, pensaron que sería mejor que Eddie pasara delante para la zambullida mortal. Venga, pues vale.

De todos modos, la historia que estamos contando no es lo que sucedió en realidad. Hasta ahí sí que llego. Aunque no diría que sé lo que le pasó de verdad a Marian Graves. Solo ella lo sabía.

Ocho cámaras grabarán mi caída: seis fijas y dos manejadas por submarinistas. El plan es rodar una sola vez. Dos, como mucho. Es una escena cara, nuestro presupuesto nunca ha sido muy generoso y ya se ha agotado, incluso excedido un poco, pero ya que hemos llegado hasta aquí, no tenemos más remedio que seguir. En el mejor de los casos, tardaremos todo el día. En el peor, me ahogo y acabo en el in memoriam, acabo como mis padres, solo que en un avión falso y en un océano de mentira, ni siquiera intentando llegar a algún sitio.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo?

El coordinador de escenas de acción está comprobando mi arnés, toqueteándome la entrepierna de forma muy profesional, palpando las correas y los ganchos entre el hirsuto pelo de reno. Fiel al estereotipo, tiene la cara curtida, vestuario de cuero y unos andares como de muñeco que son el resultado de varias reparaciones imperfectas.

—Completamente segura —contesto.

Cuando termina, la grúa nos eleva y nos coloca sobre el agua. En el extremo del tanque hay un telón de gasa que forma una especie de horizonte con el agua y ahora soy ella, Marian Graves, sobrevolando el océano Antártico con el indicador de combustible a cero y sabiendo que no puedo llegar a ninguna parte que no sea donde estoy, o sea, en medio de la nada. Me pregunto lo fría que estará el agua, cuánto tiempo tardaré en morir. Repaso mis opciones. Recuerdo lo que me he prometido a mí misma. «Una zambullida en picado.»

—Acción —dice una voz en el pinganillo, y empujo el volante del avión falso como si quisiera hundirnos hasta el centro de la Tierra. Las poleas inclinan el morro y descendemos.

El Josephina Eterna

Glasgow, Escocia

Abril de 1909

Un buque sin terminar. Un casco sin chimeneas atrapado en sus gradas por un pórtico de acero en la parte superior y una cuna de maderos en la parte inferior. Más allá de la popa, bajo las cuatro flores impotentes de sus hélices expuestas, el río Clyde fluía en tonos verdes bajo un sol inesperado.

Desde la quilla hasta la línea de flotación era de color teja, y por encima, pintado expresamente para la botadura, era tan blanco como un vestido de novia (el blanco quedaba mejor en las fotos de los periódicos). Después del estallido de los flashes, después de que se quedara amarrado él solo en el río para que lo equiparan, varios hombres se descolgarían por los costados sobre unos tablones amarrados con cuerdas gruesas y pintarían de negro brillante la chapa y los remaches del casco.

Las dos chimeneas se izarían, se atornillarían y se amarrarían. Las cubiertas se entablarían con madera de teca; los pasillos y salones se revestirían de caoba y nogal y roble. Habría sofás y sillones y chaise longue, camas y bañeras, escenas marinas con marcos dorados, dioses y diosas de bronce y alabastro. La vajilla de primera clase tendría el borde dorado y dibujos de anclas doradas (el símbolo de L&O Lines). En segunda clase, anclas azules y el borde azul (el color de la línea). La tercera clase tendría que conformarse con loza blanca lisa, y la tripulación, con hojalata. Llegarían furgones llenos de cristalería y plata y porcelana, damasco y terciopelo. Las grúas subirían a bordo tres pianos suspendidos de una red como bestias con las patas rígidas. Un bosquecillo de palmeras en tiestos se empujaría pasarela arriba. Se colgarían lámparas de araña. Se apilarían hamacas plegables como bocas de cocodrilo. Llegado el momento, se echaría la primera carga de carbón por las aberturas de la parte baja del casco hacia las carboneras, por debajo de la línea de flotación, lejos del ambiente selecto. El primer fuego ardería en lo más profundo de las calderas.

Sin embargo, el día de la botadura todavía no era más que un casco, una cuña de acero desnuda, sin comodidades. La muchedumbre se empujaba a la sombra del buque: trabajadores navales formando grupos alborotadores, familias de Glasgow que querían presenciar el espectáculo, pilluelos vendiendo periódicos y bocadillos. Un cielo azul radiante ondeaba sobre la escena como un gallardete. En esa ciudad de niebla y hollín, un cielo como aquel solo podía ser un buen presagio. Se oía una banda de música.

La señora de Lloyd Feiffer, Matilda, esposa del flamante dueño estadounidense del barco, estaba sobre una tribuna adornada con banderines azules y blancos y llevaba una botella de whisky bajo el brazo.

—¿No debería ser champán? —le había preguntado a su marido.

—En Glasgow no —le había respondido él.

Matilda debía romper la botella contra el buque para bautizarlo con un nombre en el que le resultaba casi insoportable pensar. Estaba impaciente por que llegara el momento catártico de romper el cristal, por cumplir con su labor, pero no tenía más remedio que esperar. Algo estaba retrasando la ceremonia. Lloyd no se estaba quieto, de vez en cuando hacía comentarios al arquitecto naval, que estaba paralizado por la preocupación. Unos cuantos ingleses descontentos tocados con bombín merodeaban por la tribuna, así como un par de escoceses de la naviera y otros hombres que ella no conocía.

El buque ya estaba construido cuando L&O Lines, fundada en 1857 en Nueva York por el padre de Lloyd, Ernst, que se la dejó en herencia en 1906, compró la línea inglesa quebrada que había encargado fabricarlo («fabricarla», la corregía siempre Lloyd, pero para Matilda los barcos siempre serían cosas y no seres femeninos). El buque se estaba revistiendo cuando se terminó el dinero, y los trabajos se reanudaron cuando los dólares de Lloyd se convirtieron a libras y después a acero. Los hombres que llevaban bombín, procedentes de Londres, que comentaban taciturnos el tiempo espléndido, habían diseñado el buque, habían discutido sobre los planos y habían escogido un nombre sensato del que Lloyd había decidido hacer caso omiso. Todo ello para acabar siendo obsoletos: cabrones con sombrero cuidadosamente cepillado en una tribuna engalanada con banderines y las entusiastas marchas de la banda bullendo a sus pies. Se había untado sebo en las gradas para engrasar el camino del buque y Matilda notaba que el denso olor animal le impregnaba la ropa y le ensuciaba la piel.

Lloyd quería un nuevo transatlántico para fortalecer L&O. A la muerte de Ernst, la flota estaba exhausta y anticuada, la mayoría eran cargueros a vapor que hacían la ruta de la costa, además de varios buques de carga y de pasajeros que cruzaban el Atlántico a duras penas y unos pocos veleros que todavía recorrían las rutas del cereal y del guano por el Pacífico. Ese buque no sería el transatlántico más grande, ni el más rápido, ni el más ostentoso que cruzara el Atlántico desde Europa —no podía competir con los monstruos de White Star Line que se construían en Belfast—, pero Lloyd le había dicho a Matilda que sería una respetable apuesta inicial para entrar en la mesa de los ricachones.

—¿Alguna novedad? —la sobresaltó Lloyd con un graznido. La pregunta estaba dirigida a Addison Graves, el capitán Graves, que estaba cerca de allí. Más bien acechaba, aunque su habitual joroba parecía una disculpa preventiva por su altura. Era delgado, casi demacrado, pero sus huesos eran tan macizos y pesados como un garrote.

—Es un problema con la palanca de accionamiento —le explicó a Lloyd—. No tardarán mucho en solucionarlo.

Lloyd dirigió una mirada contrariada al barco.

—Es como si estuviera encadenada. Su sitio es el mar. ¿No crees, Graves? —De pronto estaba eufórico—. ¿No crees que es absolutamente espléndida?

La proa se alzaba sobre ellos, afilada como un cuchillo.

—Será un buque excelente —respondió afable Graves.

Él sería el primer capitán del barco. Había viajado para la botadura con Lloyd y Matilda y los cuatro jóvenes hijos de los Feiffer: Henry, el mayor de ellos, de siete años, y Leander, un bebé que ni siquiera había cumplido su primer año de vida, con Clifford y Robert entremedias, todos ellos cuidados por dos niñeras en algún lugar donde no molestaran. Matilda había albergado la esperanza de cogerle cariño a Graves durante la travesía. No era mala persona, siempre era educado, pero su carácter reservado parecía infranqueable. Ni siquiera sus intentos más osados de descubrir algo sobre sus ideas habían obtenido resultado. «¿Qué lo empujó al mar, capitán Graves?», le preguntó una noche durante la cena. Él respondió: «Si uno avanza lo suficiente en cualquier dirección, siempre llegará al mar, señora Feiffer», y ella se lo tomó como un reproche. A sus ojos, el capitán había acabado representando lo impenetrable que era la vida masculina. Lloyd mostraba por él un entusiasmo que no parecía dedicar a nadie más, sin duda no a Matilda. «Le debo la vida», había dicho Lloyd en muchas ocasiones. «Tu vida no puede ser una deuda —replicó ella una vez—, a no ser que no sea tuya en realidad, y entonces no se ha salvado nada.» Pero Lloyd simplemente se echó a reír y le preguntó si alguna vez se había planteado hacerse filósofa.

Graves y Lloyd habían coincidido de jóvenes en la tripulación de una corbeta. Graves era entonces marinero de profesión y Lloyd, que acababa de graduarse en Yale, fingía serlo a medias. Ernst, el padre de Lloyd, le había dicho que si quería heredar L&O, tenía que aprender cómo funcionaba el negocio. Cuando el desafortunado Lloyd cayó por la borda en la costa de Chile, Graves fue rápido y preciso y le lanzó un cabo del que tiró para subirlo a bordo. Desde entonces, Lloyd siempre había venerado a Graves como su salvador. («Pero tú fuiste quien agarró el cabo —decía Matilda—. Fuiste tú quien se aferró a él.») Después de lo de Chile, a medida que Lloyd ascendía en la empresa, Graves lo acompañaba.

La tribuna ya no estaba a la sombra. El sudor hacía que a Matilda se le clavara y le rozara el corsé. Al parecer Lloyd pensaba que su esposa había nacido sabiendo cómo bautizar un barco. «No tienes más que romper la botella en la proa, Tildy —le había dicho—. Es muy sencillo.»

¿Reconocería cuándo había llegado el momento? ¿Se acordarían de avisarla? Lo único que sabía era que, al parecer, alguien (no estaba segura de quién) le haría una señal cuando el buque comenzara a deslizarse, y entonces ella tendría que romper la botella de whisky contra la proa para bautizarlo con el nombre de Josephina Eterna, en honor de la amante de su esposo.

Meses atrás, cuando le había preguntado a Lloyd durante el desayuno cómo se llamaría el buque, él se lo dijo sin ni siquiera levantar la vista del periódico.

La taza de Matilda no había ni tintineado al dejarla de nuevo sobre el platillo. Al menos podía sentirse orgullosa de eso.

Cuando Lloyd se casó con ella, Matilda era joven, pero no demasiado: veintiuno frente a los treinta y seis de él; era lo bastante mayor para saber que la habían elegido por su fortuna y su fertilidad, no por amor. Lo único que pedía era que Lloyd actuara con respeto y discreción. Se lo explicó antes de comprometerse y él la escuchó con amabilidad y se mostró de acuerdo en que la privacidad individual dentro del matrimonio tenía muchas ventajas, sobre todo sabiendo que la vida de soltero le había sentado tan bien durante tanto tiempo. «Entonces estamos de acuerdo», dijo ella, y le tendió la mano. Él la estrechó con solemnidad, después la besó en la boca durante un buen rato y ella, a su pesar, empezó a enamorarse de él. Mala suerte.

Sin embargo, no pensaba retractarse. Aceptó lo mejor que pudo las correrías de Lloyd y centró su pasión en el cuidado de sus hijos y el mantenimiento de su vestuario y de sí misma. Sabía que Lloyd le tenía afecto, y era más cariñoso en la cama de lo que había oído de otros esposos, aunque también sabía que en el fondo no era de su gusto. Prefería a las mujeres temperamentales, insaciables, normalmente mayores que Matilda, a menudo incluso mayores que él mismo, y sin duda mayores que la mujer que compartía nombre con el barco, esa tal Jo, que solo tenía diecinueve años y era morena y frívola. Pero Matilda era lo bastante lista como para saber que muchas veces la mayor perdición era la amante que no respondía al estereotipo.

El nombre del buque le había parecido una triste recompensa a su tolerancia y generosidad, y en cuanto tuvo un momento a solas, lejos del tintineo de la vajilla y de las miradas de los criados, derramó unas cuantas lágrimas. Después se recompuso y siguió adelante, como siempre.

En la tribuna, Lloyd se volvió agitado hacia ella.

—Casi es la hora.

Ella intentó prepararse. El cuello de la botella era demasiado corto para sujetarlo bien, sobre todo con sus guantes de seda, y se le resbaló. Aterrizó haciendo un ruido sordo peligrosamente cerca del borde de la tribuna. Cuando la recogió, alguien le tocó el hombro. Addison Graves. Le cogió la botella con suavidad.

—Será mejor que te quites los guantes —le dijo.

Cuando se los hubo quitado, él le hizo rodear con una mano el cuello de la botella y le colocó la palma de la otra contra el corcho.

—Así —dijo, haciendo un movimiento de arco hacia el lado—. No tengas miedo de darle un buen golpe, da mala suerte que la botella no se rompa.

—Gracias —murmuró Matilda.

Esperó su señal al borde de la tribuna, pero no sucedió nada. La proa seguía en su sitio, la inmensa nariz respingona de una criatura orgullosa y altiva. Los hombres hablaban entre sí con urgencia. El arquitecto naval salió corriendo. Ella esperó. La botella cada vez pesaba más. Le dolían los dedos. Abajo, entre la multitud, dos hombres se daban empujones y causaban revuelo. Vio que uno golpeaba al otro en la cara.

—¡Tildy, por el amor de Dios! —Lloyd le tiraba del brazo.

La proa se estaba deslizando. A gran velocidad. Ella no se esperaba que algo tan grande se moviera tan rápido.

Se asomó y lanzó la botella a la pared de acero que se alejaba. Con torpeza, por encima de la cabeza. La botella dio un golpe sordo contra el casco, pero no se rompió, solo rebotó y cayó a la grada, donde se hizo añicos sobre el hormigón y dejó un charco de líquido ambarino y trozos de cristal. El Josephina se alejó. El río recreció tras la popa y formó un montículo verde que se hundió en espuma.

Atlántico Norte

Enero de 1914

Cuatro años y nueve meses después

Josephina Eterna, rumbo al este en plena noche. Un broche joya sobre terciopelo negro. Un cristal solitario en la pared de una oscura cueva. Un cometa majestuoso en un cielo desierto.

Debajo de las luces y del laberinto de camarotes, debajo de los hombres trabajando penosamente entre el calor incandescente y el polvo negro, debajo de su quilla repleta de percebes, un denso banco de cuerpos ondulantes en la oscuridad con los ojos saltones, aunque no haya nada que ver. Y debajo de los peces, frío y presión, kilómetros de vacío negro, unas pocas y extrañas criaturas luminiscentes a la deriva en busca de partículas de comida.

La noche que Addison Graves fue a cenar y se encontró a Annabel sentada a su lado fue la segunda después de zarpar de Nueva York. Había descendido sin entusiasmo del masculino silencio del puente a la vibrante y chispeante algarabía del comedor. El ambiente estaba caldeado y húmedo, olía a comida y a perfume. El frío del océano que se le había quedado adherido al uniforme de lana se evaporó; el sudor empezó a picarle inmediatamente. Cuando llegó a su mesa, hizo una reverencia con la gorra bajo el brazo. Los rostros de los pasajeros irradiaban un entusiasmo voraz por su atención.

—Buenas noches —dijo mientras se sentaba y desdoblaba su servilleta.

No solía disfrutar de las conversaciones, y mucho menos de la cháchara autocomplaciente que exigían los pasajeros adinerados o tan importantes como para hacerse con un sitio en la mesa del capitán. Al principio no vio nada más que el verde pálido del traje de Annabel. A su otro lado estaba sentada una mujer mayor vestida de marrón. Llegó el primero de una larga serie de platos demasiado elaborados que traían de la cocina unos camareros de frac.

Lloyd Feiffer ascendió a Addison a capitán en cuanto heredó L&O, cuando la tierra aún estaba fresca sobre la tumba de su padre. Cenando un buen bistec en Delmonico’s, Lloyd lo puso al mando de un buque y Addison se limitó a asentir porque no quería que se le notara la euforia. ¡Capitán Graves! El muchacho triste que había sido tiempo atrás en aquella granja de Illinois pronto desaparecería para siempre pulverizado bajo el tacón de sus botas lustradas y lanzado por la borda.

Sin embargo, Lloyd expresó una ligera preocupación:

—Tendrás que ser cordialísimo, Graves. Tendrás que conversar como es debido. Es parte de lo que están pagando. No me mires así. No será para tanto. —Hizo una pausa, parecía inquieto—. ¿Crees que podrás hacerlo?

—Sí —contestó entonces Addison, dejando que la ambición pesara más que el temor que sentía—. Por supuesto.

Los camareros revoloteaban sirviendo cuencos de consomé. A la derecha de Addison, Fulanita o Menganita, con el vestido marrón, estaba narrando en detalle episodios de la vida de su hijo con una dicción tan lenta y pausada que bien podría haber estado leyendo en voz alta las cláusulas de un tratado. El cordero con gelatina de menta se sirvió y se lo comieron. Después pollo asado. Con la ensalada, durante una breve pausa del soliloquio de la mujer que estaba a su lado, Addison se volvió por fin hacia la mujer del vestido verde claro. Había dicho que se llamaba Annabel. Parecía bastante joven. Él le preguntó si sería su primera vez en Gran Bretaña.

—No —respondió—. Ya he estado varias veces.

—¿Así que le gusta?

En un primer momento no contestó. Después, cuando lo hizo, dijo como si tal cosa:

—No especialmente, pero mi padre y yo decidimos que sería buena idea que me marchara de Nueva York durante un tiempo.

Una extraña confesión. La estudió más detenidamente. Tenía la cabeza gacha, parecía concentrada en su cena. Era mayor de lo que le había parecido al principio, tendría veintimuchos, y hermosísima, aunque el colorete y la barra de labios aplicados de forma descuidada le daban un aspecto desdibujado y febril. Tenía el cabello de color crema, como la crin de un caballo palomino, y sus pestañas y cejas eran tan rubias que casi no se veían. De pronto levantó la vista y sus miradas se cruzaron.

Tenía los ojos azul claro afiligranados con círculos brillantes entrelazados, como motas de sol. Reconoció en ellos una proposición descarada e inconfundible. Conocía esa mirada de las mujeres del Pacífico sur, tumbadas a la sombra con el pecho descubierto, de las prostitutas medio escondidas en la penumbra de los callejones portuarios, de las karayuki-san que lo guiaban hacia estancias iluminadas con faroles. Echó un vistazo al padre de la chica, sentado al otro lado de la mesa, un hombre rubicundo y enjuto que hablaba de forma escandalosa y parecía estar haciendo caso omiso de su hija.

—Desprecias todo esto —dijo Annabel en voz baja—. Hablar con esta gente. Lo percibo porque a mí también me pasa.

Addison se excusó del postre. Que algo requería su atención, que lo disculparan. Salió del comedor y subió dos tramos de escaleras, cruzó una puerta (SOLO TRIPULACIÓN) que hizo un ruido metálico al cerrarse y llegó a la zona de la cubierta que había detrás del puente.

Apoyó los codos en la barandilla. No había nadie por allí. El mar estaba un poco picado. La veta marmolada de la Vía Láctea formaba un arco en el cielo despejado y sin luna.

Había negado educadamente que despreciara nada de aquello, había dado la espalda a la joven y había preguntado a su otra vecina de mesa si tenía más historias interesantes de sus hijos. Pero Annabel había seguido irradiando luz en la periferia de su atención. Vestido verde, pestañas rubias. Aquella mirada. Tan inesperada. Una llama azul, inquebrantable y extraña.

Halló cierto alivio en el ambiente profesional del puente y, más tarde, en la taza de café de medianoche que le llevaron a su camarote, pero ella le seguía ardiendo en la memoria. En la bañera, con las rodillas huesudas sobresaliendo del agua, había dejado que su mano vagara hasta la entrepierna mientras pensaba en sus mejillas sonrojadas, en los mechones sueltos de pelo claro en la nuca.

Ya era bien entrada la noche cuando llamó a su puerta. Todavía llevaba el vestido verde, era como una aparición. Él no sabía cómo había encontrado su camarote, pero la joven entró decidida como si ya lo hubiera visitado muchas veces. Era más baja de lo que pensaba, la cabeza le llegaba solo a la mitad del pecho, y tiritaba con fuerza. Tenía la piel azulada y muy fría, y durante los primeros minutos él apenas soportó tocarla.

Nueva York

Septiembre de 1914

Nueve meses después

Los bebés lloraban.

Annabel no se movía. Estaba junto a la ventana de su habitación en la casa señorial de ladrillo rojo que Addison tenía en la ciudad (molduras negras, puerta negra con aldaba de latón, cerca del río) y miraba un gato negro que dormía en una ventana del tercer piso al otro lado de la calle. Descansaba allí a menudo. A veces sacudía la cola mientras observaba a las palomas picotear en las alcantarillas de la calle. Cuando el gato meneaba la cola, Annabel sentía la necesidad de mover un dedo. Cuando el gato paraba, ella paraba también. Por las noches, tumbada sin poder conciliar el sueño, movía el dedo hasta sentirlo tenso y dolorido. Un gesto de regañina. Tictac.

El llanto crecía haciendo un arrebato solapado hasta alcanzar un furioso punto crítico.

Era mejor no moverse de la ventana que arriesgarse a sufrir las visiones con olor a azufre que brotaban cuando se acercaba a los mellizos. No debía entrar en la cocina, porque allí había cuchillos. No debía arriesgarse a entrar en sitios donde hubiera cojines o pilas con agua. No debía coger en brazos a los bebés porque podría llevarlos hasta esa ventana y dejarlos caer desde allí. «Mala», oía decir a la voz de su madre. «Mala, mala, mala.»

Durante una de sus temporadas en el internado, la mañana después de una tormenta de hielo salió del porche del edificio donde dormía dando cuidadosos pasos hacia un universo deslumbrante, quebradizo y fragmentado. Cada arce del jardín principal del colegio estaba atrapado dentro de su propia ceñida coraza de cristal, con carámbanos a modo de púas. Cuando los bebés lloraban, se convertía en uno de aquellos árboles: primero se paralizaba y después se congelaba. Sus lloros parecían tan lejanos e imposibles de apaciguar como los chillidos de los pájaros que sobrevolaban sus nidos cubiertos de hielo.

Addison estaba en el Josephina cuando nacieron. Annabel se puso de parto el 4 de septiembre, tres semanas antes de lo esperado, y expulsó por fin a los mellizos más de un día después, una eternidad, antes de que amaneciera el día 6, la primera jornada de la batalla del Marne. No había pensado en nombres, así que hizo un gesto conforme con la mano cuando la comadrona sugirió Marian y el doctor propuso James, al que llamarían Jamie.

Para Annabel, ahora que sabía lo que era gritar y sangrar, el horror del nacimiento se fundió con el de la guerra. El parto se había convertido en el nuevo trauma al que recurría su mente cuando bajaba la guardia. Volvían el balde de agua roja y las navajas, los fórceps y las agujas de coser del médico. Veía de nuevo a los bebés amoratados impregnados de sangre y algo parecido a la crema, pequeños como cachorros, y revivía la sensación de horror que había tenido al verlos por primera vez, la fugaz y confusa certeza de que lo que el doctor tenía en las manos eran sus órganos, que la habían eviscerado. La comadrona le había dicho que el parto la pondría a prueba, pero que después sentiría una felicidad abrumadora. O bien la mujer le había mentido o, lo que era más probable, Annabel era una madre desnaturalizada.

Addison regresó cuando los bebés tenían cinco días. Contempló el moisés con gesto desconcertado y después a Annabel, allí tumbada, apestando a sudor y con el pelo apelmazado. Se había negado a bañarse porque el médico decía que el agua caliente estimularía la producción de leche, y ella estaba decidida a cortar la suya.

—Pues con agua fría, entonces —dijo la enfermera de día—. Para calmar sus partes pudendas.

Annabel le dijo que prefería morir que darse un baño frío.

—Vuestro trabajo es cuidar de los niños, no de mí —contestó—. Dejadme tranquila.

Respondió al silencio de Addison con más silencio, y él se marchó de nuevo al día siguiente.

—Está usted un poco triste, nada más —dijo la enfermera de día—. Lo he visto en otras mujeres. Pronto volverá a ser la de antes.

La de antes.

Un recuerdo de entre las tinieblas de sus primeros años. La luz de la luna tiñendo de azul las cortinas de la habitación infantil; su padre al lado, abrazándola. Nadie la había abrazado antes. El calor de un cuerpo ajeno era embriagador. Ella había agarrado la parte frontal de su bata de seda y sentía que él temblaba. El recuerdo terminaba ahí.

Siete años de edad. Ella en la despensa de la casa de Murray Hill con el vestido levantado y el hijo del cocinero, un chico de unos once años, agachado delante de ella. Un grito ahogado desde el umbral de la puerta y una presencia súbita y agitada que entró corriendo. Nana, la niñera pechugona y afanosa de falda negra, llenó el pequeño espacio como un cuervo atrapado en una casita para gorriones. El hijo del cocinero aulló al recibir un pisotón. Nana solo profirió ese primer grito, después no emitió ningún sonido excepto la respiración agitada mientras arrastraba a Annabel escaleras arriba y la encerraba en un armario.

Dentro estaba oscuro, pero por la cerradura veía el cuarto infantil al otro lado del pasillo, la colcha amarilla sobre la cama y una muñeca abandonada bocabajo en el suelo.

—¿He sido mala? —le preguntó a Nana a través de la puerta.

—Ya sabes que sí —contestó Nana—. Una niña de la peor calaña. Deberías estar más que avergonzada.

¿Qué era peor que la vergüenza? Annabel se lo preguntó agachada entre recogedores y botes de cera para muebles. Si lo que había hecho era tan terrible, ¿por qué su padre, amo y señor de la casa, mucho más poderoso incluso que su madre o Nana, podía tocar esa parte de su cuerpo que el hijo del cocinero solo había querido mirar a cambio de un caramelo de limón, esa parte que Nana llamaba «su repollo»? «Es nuestro secreto», le decía su padre sobre las visitas, y madre no debía saberlo porque sentiría celos de lo mucho que él quería a Annabel y lo mucho que Annabel lo quería a él y lo a gusto que estaban juntos.

El día que le enseñó el repollo al hijo del cocinero, su madre le azotó las piernas y el trasero desnudos y la llamó «mala, mala, mala».

El primer doctor recetó baños diarios con agua fría y dieta vegetariana.

Nana se negó a responder a sus preguntas sobre la maldad.

—Hablar de ello no hará más que estimularlo.

De todos modos, un día en que Annabel le preguntó si los repollos de los chicos también eran malos, a Nana se le escapó una respuesta:

—No seas tonta, los niños no tienen repollo. Tienen zanahoria.

Por lo visto, la maldad estaba relacionada con las hortalizas.

Annabel, con inquietud y culpabilidad, y por razones que no habría sabido explicar, empezó a tocarse el repollo cuando se quedaba sola en su cuarto o en el baño. La sensación le nublaba la mente de forma agradable, crecía hasta proporcionarle un consuelo que la atrapaba e incluso conseguía desencadenar pensamientos inoportunos: por ejemplo, el cordero desollado con la lengua fuera que había visto en la cocina, o su madre llamándola «mala». Incluso amortiguaba los recuerdos de su padre. Él aseguraba que intentaba hacer algo bonito. Si sus visitas la aterrorizaban, sin duda eso quería decir que le pasaba algo. Intentaría portarse mejor.

Nueve años de edad. La despertó una ráfaga de aire frío, la luz matutina: alguien había levantado de golpe su colcha amarilla. Vio a su madre de pie a su lado, sujetando la colcha como un capote de torero. Annabel se dio cuenta demasiado tarde de que, durante el sueño, sus manos habían acabado bajo el camisón. «Mala», dijo su madre cerniéndose sobre ella como un hacha a punto de caer. La noche siguiente, Nana ató las muñecas de Annabel, que durmió con los dedos entrelazados como si rezara.

—Tu madre es buena persona —le dijo su padre dándole palmaditas en las ataduras, pero sin soltarlas—. Pero no entiende que queramos estar juntitos.

—¿Soy mala? —preguntó Annabel.

—Todos lo somos un poquito —contestó su padre.

El segundo médico era mayor y tenía cara de perro; era ojeroso, de piel moteada y largos lóbulos en las orejas. Con unas tenacillas, sacó de un frasco una sanguijuela solitaria. Le abrió suavemente las piernas.

Le zumbaron los oídos. Una difusa luz blanca se le acercó como una tormenta de nieve frenada en seco por el intenso efecto de las sales. El doctor salió a hablar con su madre, pero dejó la puerta abierta.

—Sobreexcitación —dijo—. Muy grave… pero todavía no es un caso perdido.

Más baños fríos y una solución diluida de bórax que debía aplicarse una vez por semana. No debía acercarse a las especias, los colores vivos, la música de ritmo rápido o cualquier cosa animada o estimulante. Antes de dormir, debía tomar una cucharada de un jarabe que venía en una botella de color ámbar y que la sumía en un profundo sueño. Algunas mañanas le parecía detectar un sutil aroma a tabaco en la almohada, pero no recordaba nada.

A los doce años, el día que despertó aterrorizada con las sábanas manchadas de sangre, su madre le dijo que no se iba a morir, pero que la sangre vendría todos los meses para recordarle que no debía bajar la guardia para defenderse, efectivamente, como siempre, de la maldad.

Más o menos por entonces se produjeron dos sucesos más: en primer lugar, se dio cuenta de que hacía mucho que no olía a tabaco en su almohada, y en segundo, la enviaron a un internado. El parloteo alegre de las otras niñas, sus libros y sus rezos nocturnos, su morriña y las cartas a sus madres, los animados bailes que practicaban juntas, el modo en que se toqueteaban el pelo y se pellizcaban las mejillas para darles color; todo ello la hacía sentirse como una oscura araña escabulléndose entre sus pizpiretos zapatos. En un arrebato de ira, se dio cuenta de que no sabía nada del mundo exterior. Se lo habían ocultado.

¿Cómo podía remediar su bochornosa ignorancia?

Estando alerta. Escuchando conversaciones ajenas. Buscando pistas. Eligiendo libros al azar de la biblioteca, robando más libros de las otras niñas, especialmente los prohibidos que tenían escondidos. Leyendo Cumbres borrascosas y La isla del tesoro y Veinte mil leguas de viaje submarino y La piedra lunar. Leyendo Drácula y teniendo pesadillas sobre el lunático zoófago del psiquiátrico, Renfield, que alimenta con moscas a las arañas y con arañas a las aves y se come las aves y desea consumir tantas vidas como le sea posible. Robando El despertar y soñando que se adentraba en el mar, aunque no conociera otra agua que no fuera la de la bañera. (Incluso en el internado, sus baños seguían siendo fríos.) A partir de esos libros, ir armando teorías sobre las diferentes nociones de vergüenza y maldad distintas a la de su madre. (Las niñas suspiraban leyendo ciertos libros recostadas sobre su almohada. «Qué romántico», comentaban, aunque no con Annabel, que les parecía rara.) Cuando estaba segura de que las demás dormían, volvía a tocarse aquello que ya no llamaba su repollo, sino su cosa, que ya no era vegetal e inerte, sino animal y viva. La sensación era más aguda, un anzuelo punzante que se enganchaba de sus nervios como si fueran una red y tiraba de ellos. Al final había una chispa y un repiqueteo, un latido y un destello.

Una vez por semana, un joven acudía al colegio a enseñar piano a las niñas. Se inclinaba sobre Annabel cuando esta se sentaba en el banco y tocaba notas graves y sonoras con sus largos dedos. Era casi tan rubio como ella, con las cejas arqueadas y marcas de peine en el pelo. Un día, ella le tomó la mano y se la puso en el vestido, sobre su cosa. El gesto de terror que puso él la desconcertó.

Deshonrada, la trasladaron a otro internado de menor nivel, pero regresó a casa pasado un mes porque su madre había fallecido. Su padre la trataba de forma distante, perpleja y educada; no parecía recordar lo a gusto que solían estar juntitos. Nana ya no estaba, y al preguntar por ella, su padre le dijo que ya era mayorcita para una niñera, ¿no? Annabel se dio un baño tan caliente que salió recocida de la bañera.

(Más adelante, al oír los rumores que circulaban durante el funeral, se enteró de que su madre se había bebido un frasco entero del mejunje para dormir.)

Un tercer internado, el de los arces y la tormenta de hielo. Su profesor de Historia era mayor que el de piano y no la temía. Encontró razones para hacerla llamar a su despacho.

—Como pez en el agua —dijo después de liberarla de su virginidad en un sofá hundido—. Lo sabía. Sabía que serías así.

—¿A qué se refiere?

—Lo veo en tu mirada. ¿Acaso no pretendías seducirme?

—Supongo que sí —dijo, aunque no sabía qué pretendía exactamente. Solo le había devuelto las miradas, le había permitido seguir adelante, había sentido una presión sorda y cortante mientras ambos permanecían casi vestidos del todo. Más tarde, mientras cruzaba el jardín del colegio, sintió la tristeza que parecía instalarse en su interior después de cualquier contacto humano, pero la experiencia no había sido desagradable y regresó a su despacho de buena gana la siguiente vez que la hizo llamar. Él se apartó y se toqueteó antes, dijo que era para evitar un bebé. Con la práctica, consiguió obtener la chispa y el repiqueteo de las atenciones que le proporcionaba él, a veces incluso el latido y el destello, pero siguió sintiendo la tristeza posterior.

—Huyamos juntos —le dijo él, y ella lo miró desde el sofá sin entender que él pensara que hubiera algún sitio al que ir.

De ese colegio no la expulsaron, sino que se graduó a los dieciséis y regresó a Nueva York. En la medida de sus posibilidades, adoptó una vida aparentemente respetable como consorte solterona de su padre, como su acompañante en cenas, fiestas y viajes. Intentó ser buena, rechazar sus necesidades malas. Pero le resultaba tan imposible ahuyentarlas como le habría resultado cortarse la cabeza y seguir viviendo. Encontró amantes. Su grado de discreción variaba.

—Quizá deberías pensar en casarte —decía su padre.

Ambos sabían que a nadie en Nueva York se le ocurriría casarse con ella, a pesar de su fortuna.

El sexo le proporcionaba alivio, sí, pero también traía consigo vergüenza, rumores, desprecio. Deseaba ser otra, alguien que no se fuera por ahí con hombres, que no sintiera la opresión de la oscuridad ni estuviera poseída por el apetito. Pero fracasó. Fracasó en Nueva York, fracasó en Londres («un marido inglés, quizá», le había dicho su padre), en Copenhague («un marido danés, quizá»), en París («¿quizá?») y en Roma (no se habló de un posible marido italiano). Fracasó en el Josephina. No pensó que pudiera tener bebés, estaba convencida de que su vientre estaba corrompido por la maldad.

—Addison Graves —le dijo a su padre después de confirmar que estaba embarazada.

—¿Quién?

—El capitán. El capitán del barco.

La noche que conoció a Addison, su padre se había retirado al salón de fumar después de la cena y había enviado a Annabel al salón femenino, del que escapó con facilidad. En la popa del Josephina observó el agua negra, las nubes plateadas de burbujas que ascendían de las hélices. El miedo la recorrió y le ató las manos a la barandilla. Imaginó la ráfaga de viento, el frío impacto, las palas inmensas y cortantes, las luces del buque alejándose.

¿Le daría tiempo a ver el barco desaparecer en el horizonte? ¿Se quedaría allí sola, en medio de una esfera negra estrellada, con infinitos y silenciosos puntos de luz como última visión? No había nada más solitario. «O más auténtico», pensó. A juzgar por su experiencia, la cercanía a otros seres humanos no disminuía la soledad. Se imaginó descendiendo cada vez más, posándose en el fondo marino. Un último baño frío para extinguir la llama.

El viento le atravesó el vestido. Era incapaz de predecir cuándo se quebrantaría su fuerza de voluntad, pero esa noche la maldad la salvó, la apartó de la estela del barco y la condujo hasta el camarote de Addison. Durante la cena, él había reconocido su esencia. La fuerza de verse descubierta la había golpeado como una bofetada.

La niñera sugirió que coger a sus bebés en brazos quizá le recordara lo preciosos que eran. Era afortunada de tener dos hijos sanos cuando algunas perdían a sus criaturas al nacer, las pobres.

—Dios hizo a las mujeres para ser madres —afirmó.

—Si no has perdido el juicio, si amas a tu Dios, los mantendrás alejados de mí —dijo Annabel, y la niñera, asustada, se llevó a los bebés y cerró la puerta al salir.

Haciendo caso omiso de los consejos del doctor, había puesto anuncios en los periódicos para buscar amas de cría antes de que nacieran los mellizos y contrató a las dos primeras mujeres que se presentaron. Ambas afirmaban estar casadas. Ninguna de ellas explicó cómo se les habían llenado los pechos de leche prescindible y Annabel tampoco se lo preguntó.

—En mi opinión, esta práctica no es muy distinta de la prostitución —había dicho el doctor—. Muchas veces dejan a sus propios bebés en las condiciones más atroces para poder vender su leche. Es poco probable que sean buenas mujeres.

Pero a Annabel no le interesaba la bondad.

Al salir del camarote de Addison y regresar al suyo de madrugada, su padre estaba despierto en su habitación, esperando sentado junto a un vaso de whisky vacío y un cenicero lleno, todavía de frac y pajarita, con la puerta que comunicaba ambas estancias abierta.

—Annabel —dijo. Parecía viejo y cansado, resignado—. ¿Qué es lo que he hecho mal?

—Tendrías que haberme dejado dormir —respondió ella, y cerró la puerta.

Nueva York

Octubre de 1914

Un mes después

El Lloyd Feiffer de luto no parecía diferente en absoluto del Lloyd Feiffer rebosante de felicidad. Su chaqueta y su sombrero estaban impecables. El cuello de la camisa era de una blancura y una rigidez ideales, y el nudo de la corbata era perfecto. Caminaba a buen paso.

Sin embargo, durante un mes, el Lloyd Feiffer que representaba la vida y las costumbres de Lloyd Feiffer no había sido más que un caparazón vacío, una estatua hueca. Dentro había una sombra, una voluta de humo, un espíritu sombrío que asomaba mientras revisaba manifiestos y negociaba precios de carbón y almorzaba cangrejo a la Newburg y se follaba a su amante. Lo que había antes, el hombre jovial pero implacable, de inteligencia arrogante y energía inquieta, parecía haberse desvanecido con el último aliento de su hijo Leander.

Difteria. A los seis años de edad.

Matilda todavía no había salido de su dormitorio (separado del de Lloyd por sus respectivos vestidores y una salita compartida) y apenas había comido. A los niños supervivientes —Henry, Clifford, Robert— la niñera los mantenía entretenidos en otra parte, y Lloyd no sabía si se dedicaban a gemir lastimosamente o a gritar y pelearse. Nunca había sentido interés por la vida cotidiana de sus hijos y no imaginaba que perder uno fuera a hacer emerger semejante dolor de su lecho de roca, un dolor negro y primitivo como el petróleo.

Henry, que tenía doce años, lo visitó en su estudio una noche y le pidió educadamente que lo mandara a un internado. Lloyd se opuso objetando que su madre lo necesitaba cerca.

—Pero si nunca quiere verme —respondió Henry—. No contesta cuando llamo a la puerta.

—Las mujeres —explicó Lloyd— recurren al teatro cuando quieren demostrar la intensidad y la superioridad de sus emociones. La indulgencia no hará más que prolongar el espectáculo. Saldrá cuando se dé cuenta de que no le resulta ventajoso continuar.

El chico se marchó dolido y abatido. De madrugada, cansado de no poder dormir, Lloyd se zafó de las mantas, atravesó a grandes zancadas las estancias intermedias y entró en el dormitorio de Matilda con la intención de reprocharle su letargo y ordenarle que se recompusiera. Pero Tildy, tumbada en su cama, alzó los brazos en silencio antes de que él pudiera decir nada y él le devolvió el abrazo y lloró en su pecho. Era la primera vez que lloraba por Leander, excepto el día en que murió el chico, cuando se agachó y sumergió la cara en la bañera para aullar dentro del agua. Tampoco había abrazado a Tildy desde… ni siquiera lo recordaba. Ella le acarició el pelo mientras sollozaba y siguió así hasta quedarse dormido.

Por la mañana salió del cuarto sin decir ni una palabra. Pero esa noche regresó, y la calidez de su esposa lo desarmó. La noche siguiente le levantó el camisón y le hizo el amor.

Había pasado una semana desde aquello, y los días y las noches habían adquirido un carácter inverso. El espíritu sombrío dominaba de día, y por la noche el cuerpo de su mujer lo exorcizaba. No sabía qué pensaba Tildy de sus visitas, pero esa mañana, cuando él salió de casa, ella estaba sentada desayunando con los chicos, pálida y silenciosa pero erguida, retornada entre los vivos.

El chófer de Lloyd lo llevó casi hasta el final de Broadway, cerca de donde Manhattan tocaba el mar con la punta del pie. Después de nacer Robert, su tercer hijo, Lloyd y Matilda habían vendido su casa de Gramercy Park y se habían unido a la peregrinación hacia el norte de la gente moderna, a un edificio nuevo en la calle Cincuenta y Dos, lo que prolongaba su trayecto al trabajo. Pensó en acercar las oficinas de L&O a la zona en la que vivían, aunque solo fuera un poco —parte del negocio ya se llevaba a cabo en los muelles de Chelsea—, pero no le gustaba la idea de distanciarse del enjambre de oficinas y despachos en los que los empresarios se atrincheraban y conspiraban.

Sin embargo, empezó a preocuparle estar volviéndose tan testarudo como su padre. Incluso cuando comenzó a amasar su fortuna, Ernst se había negado a mudarse con su familia del abarrotado apartamento de Pearl Street. Después de soportar el trastorno que suponía un hijo, se había negado a darle otro a su esposa. Su transición de los buques de vela al vapor fue demasiado lenta, poco imaginativa. En casa solo hablaba alemán, solo leía periódicos en lengua alemana, no parecía tener ningún interés en el país en el que se había instalado, más allá de ser una inmensa máquina de fabricar dinero.

Cuando daban las ocho, el chófer se detuvo delante de un edificio imponente de piedra caliza y Lloyd se bajó del coche. Ignoró el ademán de bienvenida del portero y atravesó rápidamente el vestíbulo lleno de columnas hasta los ascensores. A esa hora tan temprana, la novena planta estaba desierta. De la pared colgaban mapas inmensos en los que había rutas marcadas con chinchetas que se ajustaban diariamente e indicaban la ubicación de los barcos. El escaso espacio libre lo ocupaban cuadros de la flota de L&O, con el Josephina Eterna en un lugar destacado, así como su buque gemelo, el Maria Fortuna, bautizado en honor de una soprano avejentada de la que Lloyd había estado enamorado en el pasado.