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ADVERTENCIA: Después de leer este libro no vas a deslizar tu dedo de la misma manera. Los relatos contados en este libro son reales. Es una crónica de las experiencias vividas a mis cincuenta años en apps de citas. En estas páginas hay mediocridad, locura, estupidez, excusas berretas y radiografías emocionales sin filtro. Esto no es un manual. Tampoco una guía de consejos. Es un bisturí. Un espejo. Una carcajada agridulce. Una sonrisa cómplice. Es una reconexión conmigo.
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Seitenzahl: 278
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Brena, María Elisa
El gran engaño de las apps de citas : una amarga tentación / María Elisa Brena. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. Libro digital, EPUB
ISBN 978-631-317-233-7
1. Biografías. 2. Autobiografías. I. Título. CDD 809.93592
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Brena, María Elisa© 2025. Tinta Libre Ediciones
Una amarga tentación
María Wolf
No sé cómo hice, pero me olvidé de apretar el botón de grabar y perdí una parte larguísima de la historia. El primer capítulo, nada menos: el señor miserable.
Bueno, no importa. Vamos de nuevo. Todavía tengo memoria.
Conocí a esta persona a través de una red social. No recuerdo cuál, alguna de esas apps de citas tal vez. Empezamos a hablar por WhatsApp. Mensaje va, mensaje viene. Pero no pasaba de eso. Yo no tenía muchas ganas de salir. Venía de una ruptura, de un diagnóstico que me había dejado tambaleando, y sinceramente no estaba para encuentros.
Ustedes se preguntarán: “¿Y qué haces en una app de citas si no querés tener un encuentro de ningún tipo con otro humano?”.
En ese momento, al inicio, no sabía.
Después me di cuenta.
En 2017 me diagnosticaron un tumor en la mama izquierda. Me hicieron una adenomastectomía bilateral en un solo acto.
Traducción: sacan las mamas, colocan las prótesis. El carcinoma era grado 2, así que el tratamiento fue con pastillas, y el alta vino cinco años después, en noviembre de 2022.
Todo eso pasaba por dentro de mi ser mientras intentaba hacer algo tan mundano como conocer a alguien.
Era solo un intento. Porque en el fondo no quería salir, no tenía entusiasmo. Y a todo le encontraba una excusa. Si pasaba a buscarme, si nos encontrábamos directamente en un bar, si hacía frío, calor o lo que fuera. Cualquier situación era la excusa perfecta para quedarme en casa.
Me daba fiaca cambiarme, maquillarme, perfumarme… Lo que fuera, me molestaba.
Pero un día dije: “Bueno, me animo”, por inercia más que por deseo. A ver qué había más allá de las cuatro paredes de mi casa.
Nos encontramos un sábado a la noche. Era principio de 2019, si mal no recuerdo. Yo venía de unas vacaciones en las que había ido a Punta Cana a fines de 2018, y él me comentaba algunas fotos que subía a Instagram. Una boludez total. En fin.
Fue una de esas personas que, apenas te sentás enfrente, se viene la pregunta mortal, la que menos esperamos: “¿Qué carajos estoy haciendo acá?”.
Muy pocas veces la pasé bien y este tipo no hizo nada para ser la excepción.
La mayoría del tiempo sentía el deseo de estar en pijama, con un helado y Netflix. Pero ahí estaba, escuchando a un desconocido que me hablaba de su vida. Yo, contando la mía a duras penas.
Lo primero que me preguntó fue qué quería tomar. Les cuento que ni siquiera habíamos comido. Pedí un mojito, pensando que íbamos a cenar después del trago. Él pidió una fuente de papas fritas con cheddar, panceta y, para tomar, una cerveza. Me dice:
—¿Te parece si las compartimos?
«¿Perdón? ¿Me preguntaste si me gustan las papas fritas con todo eso?», pensé.
Sí, me gustan… ¡pero no como plato principal!
Entre el frito y el mojito, al día siguiente iba a necesitar un trasplante de hígado.
El tipo tomó tres o cuatro cervezas y devoró las papas como si no hubiera mañana. Tenía los dedos engrasados y hablaba mientras masticaba, por lo tanto, se le escapa un pedazo de papa frita de vez en cuando; un asco.
En ese momento ya me quería ir.
Después me empezó a hablar de su vida. Que hacía biodescodificación, que estaba divorciado, que tenía un hijo, que había fundido su empresa varias veces, pero que ahora apuntaba a hacerla crecer…
Escuchaba su relato y me di cuenta de que no me interesaba ni el contenido ni el envoltorio. Ni el piloto ni el auto. Ni la onda, ni su ropa, ni su energía. Nada.
Era verborrágico, alterado, con un lenguaje corporal exagerado. Parecía como que le estaban haciendo un electroshock de vez en cuando, porque pegaba saltos. Me anula la gente así. Necesito tranquilidad.
Y cuando alguien viene tan arriba —sea desde la alegría o desde la queja— me agota. No podía prestar atención a lo que decía porque me distraía su manera de mover las manos, de hacer gestos con la boca, de acomodar el culo en la silla. Parecía que le picaban las pelotas, por momentos. Típico caso de “se me pegaron los huevos” (puaj).
Nos encontramos a las diez de la noche.
A las doce y treinta ya no lo soportaba más. Quería irme. Y eso hice.
Me dejó en mi casa. Le agradecí con cortesía porque soy educada, no porque me haya interesado en lo más mínimo.
Y ahí, el broche de oro: intentó darme un pico.
Le corrí la cara en seco:
—No, pará. No te confundas —le dije.
Me pidió disculpas.
Según él, “pensó” que estaba todo ok, que “daba”.
Lo que daba era meterle una buena patada en el culo por estúpido.
Hay sujetos que no tienen registro del otro, que no “leen” a la otra persona, que se tiran a la pileta, aunque esté vacía, que se la pasan cruzando el semáforo en rojo, y lo siguen haciendo, hasta que se estrellan contra una pared. Mientras no dañen a otro…
Viven con una intensidad, como si mañana no hubiera un futuro. Ansiedad a mil. Yo también soy ansiosa, pero estoy medicada. Quieren todo ya y si no les gusta, rajan para otro lado.
Pará loco, respirá.
Mirá a tu alrededor a ver qué le pasa a ese otro que tenés al lado. Fíjate si podés ver qué le está pasando, qué está sintiendo o quién está siendo en ese instante.
Demasiado pedir, para los tiempos que corren.
Me bajé del auto como si escapara de un intento de secuestro.
El tipo me dijo que, si quería, al día siguiente podíamos vernos.
Le contesté que no, que prefería dejar las cosas así.
Me miró con una cara de odio imposible de disimular.
Subí al departamento, me puse el pijama, prendí el televisor y pensé: «Qué experiencia pedorra, agria, berreta y de mierda». Así, con todas las letras.
Un tipo miserable… con un lenguaje, una billetera y una despedida miserable. Encima, queriendo coronar la noche con un beso no consensuado.
¡¡¡¡Ni siquiera le di señales a este señor!!!!
Era un monolito, dura como un cascote. No respiraba. No movía ni el ojo. Así y todo, el tipo igual quiso besarme.
¿Por qué?
Porque el problema de muchos señores mayores, entre los 40 y los 60 y pico, es que creen que el tiempo no pasa y que la juventud es eterna. Error.
Viven una realidad paralela llena de situaciones idílicas creadas por su mente acotada y compuesta por recuerdos de su adolescencia, cuando eran facheros, ganadores y levantaban la minita que querían.
El tema es que ahora ni siquiera levantan tierra, ni con una retroexcavadora.
Mini análisis:Nunca más salí por compromiso.Nunca más dejé que mi necesidad de “ver qué hay más allá” me lleve a un lugar tan de mierda.Una cosa es abrirse. Otra, exponerse a la estupidez emocional ajena.Buenas, vamos con el segundo capítulo de este maravilloso libro que tal vez algún día salga a la luz… o tal vez quede simplemente en estas grabaciones.
Pero quiero que haya un registro de estas experiencias que me movieron de un lugar a otro en esto de los vínculos entre mujeres y hombres, en los tiempos que corren.
Esta historia ya pasó, pero todavía tiene olor a pólvora y plumas.
A este personaje lo conocí por una aplicación de citas, como a casi todos.
Yo estaba armando la valija para irme de viaje cuando me envió el primer mensaje.
Le avisé que, si tardaba en contestar, era por eso: estaba entre ropa de baño y protector solar. Lo justo y necesario para disfrutar el mar caribe.
Él, con amabilidad, me dijo: “Avisame cuando vuelvas y vamos a tomar un café”.
Las vacaciones fueron una experiencia maravillosa, inolvidable. Me llené de alegría. Viví en plena libertad a pesar de estar encerrada en un all-inclusive.
A veces no hace falta dar la vuelta al mundo para respirar otros aires. Simplemente, se trata de encontrar un lugarcito para disfrutar lo simple: tomar sol, una bebida, oír el sonido del mar, escuchar otros idiomas sin entender nada, mirar a los ojos a otro ser humano y tener todo claro sin mediar palabras.
Eso es lo importante en esta vida: el aquí y ahora, sin caretas.
Volví del paraíso.
Le escribí desde el aeropuerto (porque me había dicho que apenas aterrizara le avisara) mientras esperaba mi valija.
No me contestó. No pensé demasiado en su silencio porque era madrugada. Además, un pedacito mío todavía seguía en Punta Cana. Así que no me importó demasiado.
Al otro día me mandó un audio de 5 minutos (cuando vi la extensión pensé: «Cagamos, a ver con qué pelotudeces sale este boludo») contándome, como si fuéramos viejos amigos, que había vuelto con su ex.
Ahí me di cuenta de que era uno de esos tipos perdidos entre el despecho, la nostalgia y el scroll eterno. De los que entran a una app apenas terminan su relación porque no se bancan estar solos.
¡Imposible! Estos muchachos necesitan un monigote al lado que ocupe un espacio, solo para no quedar ante los demás como el tipo que está forever alone. De manual. Básico.
Igual que el candidato anterior, ansiedad y vacío a full.
Le dije “Todo bien, suerte”, y no pasó nada más.
Hasta que meses después, reaparece en otra app. (Claramente hice match con un tipo que me parecía vagamente familiar y era él, el hombre paloma).
Cambió las fotos (como hacen todos: te ponen una de 14 años atrás y así pasan desapercibidos).
Cuando nos vimos, casi me caigo de culo: era él. No dije nada. Me hice la boluda.
El chabón era feo, realmente. Era orejudo, hiperflaco, cara huesuda, semipelado, se le saltaban las venas de los brazos (eran tipo ramas) y eso me dio impresión. Altura similar a la mía. O sea, para la talla de un hombre, medio petiso.
¡El famoso Petiso Orejudo! (a googlear se ha dicho, ladies). Estaba vestido con un pantalón cargo y una remera gris. Fea la ropa también.
Empezamos la charla. Él se hacía el canchero. Trataba de demostrar que era un tipo con mucha sapiencia, instruido mental y físicamente (según él, practicaba boxeo).
Trabajaba en una ferretería, pero era mecánico dental. Me dio una clase de odontología que no me interesó en lo más mínimo y dejó ver el odio que le tenía a los odontólogos que le objetaban o pedían una corrección sobre su trabajo. Claro, para un tipo como él, eso era inadmisible. Los que se creen dueños de la verdad, suelen tener ese tipo de actitudes.
Se debe haber dado cuenta del aburrimiento que tenía, por mi cara. No paraba de hablar el tipo. Pero solo de lo que a él le importaba. Si yo comentaba algo me decía “claro, sí” y seguía hablando de lo suyo. Cómo si eso fuera lo más importante del universo.
La charla siguió, pero para otro lado. Tenía enfrente a un SALVAJE. Me contó que cazaba palomas con su hijo. Sí, lo que leen: ¡¡¡palomas!!!, con escopeta, a la vera de la ruta. Me dijo que le enseñaba a su hijo tácticas de supervivencia.
¡9 años tenía el nene! En lugar de llevarlo a jugar, le enseñaba a matar animales, pedazo de hijo de puta.
Cada quien les enseña a sus hijos lo que quiere, como quiere y cuando quiere. Pero esto me pareció mucho. No estamos en la época de las cavernas (o se ve que algunos sí). Detestable lo que hacía. «No estás en supervivencia al desnudo o en expedición Robinson. No seas tan pelotudo», pensé.
Me cae muy pero muy mal la gente que mata animales, sea por deporte o para comer. Bueno sí, yo como pollo, pero no ando asaltando gallineros con un cuchillo o una escopeta. Voy al hecho de “matar a un ser vivo”. Aunque mato arañas y alacranes, mosquitos también.
Bueno, ustedes entienden el punto de vista. Y si no, pueden armar su propio debate.
—¿Y qué hacen con las palomas? —le pregunté, como una idiota.
—Nos las comemos. Le enseñé a mi hijo a matarlas, desplumarlas y las comemos en estofado o a la parrilla. Es como un pollo, pero más chico. Para los dos, necesitamos varias, sino no nos llenamos la panza.
Por Dios. Se me revolvió el alma. Mi estómago se dio vuelta. Me sentí nauseabunda. Casi vomito la mesa.
No comería palomas ni en el apocalipsis. Prefiero comer pasto.
Después me contó que había ido solo a pescar a la isla y que le encantaba acampar. Que amaba el estilo de vida “salvaje”. Me propuso pasar un fin de semana en una carpa frente al río Paraná. Ni me conocía y ya estaba tirando propuestas pelotudas.
Pensé: «Vengo de un all-inclusive, no me jodas. Allá no salimos a pescar rayas para comer, bestia».
Le dije que no a su propuesta, que, si me voy a alejar de casa, quiero algo mejor, no peor. Y que me gusta la naturaleza, obviamente, pero con ciertas comodidades. Tipo, no me vas a ver con un taparrabo corriendo en tetas detrás de un ave, chabón. Olvídate.
Me crie en una ciudad pequeña, estilo rural. Pero en mi familia nadie salió a cazar palomas para comer. ¡Al contrario! Mi hermano las rescataba, las curaba y después las soltaba.
Así entendí desde chica el concepto de vida silvestre. Eso de andar reventando animales a mansalva no era para mí. Ni loca. Ni en pedo. Ni drogada.
No sé sinceramente cómo me lo pude fumar a este bobo, aunque solo fuese un momento en un bar. Para mí fue una reunión eterna.
Era un tipo cerrado, con cero apertura mental, con actitud de “yo estoy siempre arriba, vos abajo”. Yo domino.
Todo lo debatía, todo lo desafiaba. No se podía intercambiar ni una idea sin que la convirtiera en un debate. Si yo decía “truco”, él cantaba “vale cuatro”. Insoportable.
El encuentro fue eso: una lucha de egos donde yo no estaba compitiendo, pero él sí.
El ego es una máscara, nada más. El que no sepa eso, no entiende la vida.
Somos seres cumpliendo roles, como dice la filosofía yóguica. Para mí es así. Si estoy con mi hija, soy mamá. Cuando estoy en familia, cumplo el rol de hija, hermana, tía. Cuando laburo, soy un ser haciendo de empleado. ¿Y cuando estoy sola? Soy simplemente un ser.
Pero, claramente, no iba a desplegar mi conocimiento y mis creencias con un tipo tan obtuso. ¿¿¿Para qué???
Su relato no resonaba conmigo y viceversa.
Me levanté, agradecí la limonada (sí, encima era enero y hacía 50 grados) y me fui.
¿Qué me deja esta historia?
Una certeza: hay personas cuya sola presencia te aleja de lo que querés. Y te provocan urticaria, alergia, inflamación, dolor de cabeza, diarrea y vómitos. Básicamente, son el peor de los virus.
Mini análisis:Cada vez que se acerca alguien que no me escucha, que no me abraza emocionalmente, que vive en modo “yo sé todo, vos, nada”, me alejo. Porque me drena mucho la energía. Y a esta altura, la cuido como si fuera oro.Pero también me acerco a mí.Todavía espero —aunque sea algo lejano— encontrar a un alma que me diga “contá conmigo” cuando estoy medio rota, caída, depresiva, bajoneada o meditabunda.Pero, por ahora, como eso no sucede, prefiero abrazarme sola antes que caer en brazos de un tarado que anda cazando palomas y dando cátedra de cómo hacer las cosas para llegar a ser tan estúpido como él.¡Buenas! Hoy es 25 de mayo, terminé de cenar hace un rato. Ahora a relajarme y seguir con estas historias.
Tercer capítulo. Tercer intento de vínculo. Tercer “¿por qué estoy hablando con esta persona?”.
A este lo apodamos Mickey. No recuerdo si fue un amigo mío el que le puso el apodo (por eso hablo en plural), pero fue apenas escuchamos un audio suyo: voz chillona, efusiva, y un: “Hola, hermosa, ¿cómo andás?” que parecía salido directo de Disney Channel. A este sujeto nunca lo vi en persona. Nunca supe realmente quién era o cómo era.
Lo que pude ver fueron un par de fotos que me mandaba por WhatsApp, entre muchas personas, tomadas desde lejos, donde señalaba con una flecha: “Ese soy yo… el de allá atrás”. Inchequeable. Lo único que se veía era un bulto borroso, rodeado de aproximadamente 30 personas.
Según él, vivía con sus padres en una especie de anexo que tenía la casa… tenía una hija llamada Helena (con H, siempre lo aclaraba) de 12 o 13 años… un terreno en Potrero de los Funes y una camioneta de reparto de alimentos.
Y no se sabía nada más. Cuando le pregunté a qué se dedicaba me dijo que era contador (?), pero que no ejercía (chamuyo). Que solo se dedicaba a buscar facturas para determinados clientes y en su tiempo libre repartía alimentos con su camioneta. Lindo relato. No más que eso.
Sin redes sociales (raro para la época), sin pruebas (acá me sale la CSI del alma. CSI es el acrónimo en inglés de Crime Scene Investigation. Seguro vieron la sigla en el uniforme de alguien, en alguna serie. Es como nuestra policía científica).
Puro cuento lo de este tipo. No había forma de saber si los datos que pasaba eran fehacientes o no. Y ante la duda, en estos casos, elijo no creer.
Hablábamos por WhatsApp, o, mejor dicho, “él” hablaba. Yo escuchaba entre bostezos. Nunca podía juntarse. O porque estaba en Funes, o viajaba con su hija, o se iba a la montaña… y así, la rueda de evasivas girando sin parar.
Obviamente yo hacía lo mismo cuándo me escribía a las ocho treinta de la noche para salir a las nueve. O inventaba algún evento si me proponía salir al día siguiente.
No generó nada en mi este sujeto. Era muy aburrido, sinceramente.
Le propuse cenar un sábado (a propósito). Porque si era de los que andaban viendo qué onda por la vida luego de una reciente ruptura, claramente no iba a poder. Y así fue. Me dijo que no podía. Nunca podía. ¿Yo? Menos que él.
Esto empezaba a oler a “chamuyo en loop”.
Recuerdo que un domingo de elecciones locales, me escribió temprano para ver si quería tomar algo al mediodía.
Dos cuestiones: no madrugo y hago brunch. Así que, lo siento, pero no.
Le pregunté en qué escuela votaba, me dijo que en una que quedaba cerca del Parque Alem.
El tipo, según su relato, vivía a 5 km de ahí.
Cuando observé eso, me dijo que era porque no había hecho el cambio de domicilio, por eso votaba tan lejos de su casa (o la de sus padres, mejor dicho).
Todo lo que contaba se esfumaba. Puro humo.
Volvió a preguntar si quería tomar algo ese domingo, le dije que no podía. Estaba cansada del boludeo y las pendejadas.
Me dijo: “¡Qué lástima! Porque el fin de semana que viene me voy a Mendoza, a ver el terreno que tengo en Potrero de los Funes. Así que no te voy a poder invitar a salir ja, ja, ja”.
Perdón, bobo, ¿cuál es el chiste?
En otra oportunidad, me comentó que iba al cumpleaños de un amigo un sábado, fuera de Rosario, y que estaba de regreso el domingo.
Y vino nuevamente el comentario pelotudo: ¡No te voy a poder invitar a salir!
Así era la comunicación con el sujeto este.
Un día me cansé de la mensajería eterna y se lo dije.
Me dijo: “Dame un toque y te llamo”. Pasaron 10, 15, 20 minutos.
Le escribí: “Si no podés hablar, decímelo. No tengo drama. Acepté tu propuesta, pero si se te complica, ¡no hablamos!”.
Me llamó… ¡¡¡susurrando!!! «Qué le pasa a este tipo», pensé.
—Estoy en el patio —me dice.
—¿En la calle? —pregunté.
—No, en casa, pero mi hija me puede escuchar. Y viste cómo son las mujeres con los padres…
No soporté ese comentario burdo y barato.
Pensé: «La verdad, flaco, no tengo idea de que querés decir. Yo a mi viejo nunca le hice una escena de nena celosa. Tampoco él salía al patio con 10 grados bajo cero a hablar por teléfono».
Este idiota hablaba como si estuviera planeando un asalto o un secuestro, en voz baja, susurraba, como si yo fuera una agente encubierta. Yo ya me veía en la película Misión Imposible, bajando en el patio con una tirolesa, con la pierna apuntando a su ojo derecho, para hacerlo mierda.
Ahora bien, este pelotudo no tenía ni la pestaña de Tom Cruise, si no, hubiera imaginado otra escena.
¿Por qué tanto misterio? ¿Qué mierda escondía? ¿Qué carajos hacía? ¿Por qué lo hacía?
¡Imagínense que este llamado fue después de 8 meses de chatear por WhatsApp!
¿En serio? Sí. Y sí, además de estar tanto tiempo clavada en un chat eterno, el muchacho me habla bajito. Me dieron ganas de volarle la cabeza. Perdón por la violencia, pero no me generaba otra cosa este tipo.
¡¡¡¡Ah!!!! Encima me contó que estaba escuchando por su radioaficionado (sí, tenía uno) que había habido un robo cerca. Yo a esta altura ya me lo imaginaba con un casco lleno de ramas, uniforme militar y la cara pintada tirado en el piso en un rincón oscuro con las pelotas congeladas.
Le dije: “Entrá en tu casa, hace frío. Anda con Helena. Me está entrando una llamada y es mi papá”.
Esto fue una vil mentira obviamente. No lo soportaba más.
Cortamos. Me escribió al día siguiente, y al otro, y al otro. Nunca más le contesté. Eliminaba cada mensaje antes de leerlo o cada audio antes de escucharlo.
Hasta que un día, gracias a Dios, se cansó. Fin del capítulo.
Mini análisis:A veces no hacía falta conocer a alguien para saber que no iba a haber una posible relación.Es algo que empezaba a sentir, a medida que pasaba el tiempo, como pasaban estos muchachos.El que se esconde, el que esquiva, el que nunca aparece… ya está mostrándote quién es. Como decía un amigo: “el que se excusa, se acusa”. Tenía mucha razón.Y vos, si aprendiste algo, no insistís. Cerrás la ventana, sacás el pote con helado, te ponés tu ropa de linyera (homeless) y te quedás con vos, tranquila, en paz. Sin susurros en el patio.¡¡¡Buenas!!!
Aquí estoy como en cada nuevo capítulo.
Vamos por la cuarta persona de la listita.
Una listita bastante parecida a un menú de bodegón económico o de un tenedor libre. Mucha oferta, barata, pero de dudosa calidad. Una especie de rejunte de las sobras que quedan en un plato. Las reciclan, las acomodan un poco, las adornan y se las ofrecen a otro comensal. Más allá de que por ahí estén medio pasados los ingredientes.
Hay gente que come cualquier basura, convengamos.
Cada uno de estos seres, a su modo, dejó algo en mí. Aunque sea mínimo, el aporte de todos estos especímenes dejó un rastro (a veces, ganas de ir al baño y quedarme en el inodoro hasta despedir todas las toxinas). Y, por supuesto, mucho aprendizaje, del bueno, del malo, del lindo y del feo.
A este man no lo conocí por redes, sino por intereses laborales y espirituales en común (vamos a suponer eso).
Lo voy a llamar “el activista” para no ser tan explícita, porque si digo lo que realmente hace, alguien podría reconocerlo. Me importa poco, pero hay gente que cuida su imagen distorsionada todavía. Y este libro no es para escrachar a nadie. Es para observar lo que hacemos o lo que pretendemos hacer más allá de que las cosas no salgan como queremos.
O para reírnos un poco de todo, aunque algunas situaciones hayan sido muy de mierda. Para compartir mis experiencias y que ustedes desde ese lado puedan vivenciar lo que venga a sus mentes, cuerpos y almas.
Que cada cual sienta lo que tenga ganas o lo que le salga. Aquí en estas páginas hay total y absoluta libertad para ser y hacer lo que les venga en ganas. (Pueden hacer dibujitos si les gusta, estas hojas son suyas).
No hay juicios. Hay puntos de vista.
Al principio, este señor, parecía alineado: decía meditar, frecuentar centros holísticos, hacer escapadas a lugares energéticos, le daban dikshas, hacía Tai Chi, dormía con solfeggios y frecuencias de ondas theta. Hablábamos de reiki, mindfulness, del aquí y ahora. Un muy buen aprendiz de Buda, se podría decir. O un aspirante a alumno de los monjes Lamas del Tibet.
Sonaba bien. Parecía sincero. Om.
Hasta que la cara de silicona se le fue al piso. (Sí, porque me contó que había estado pasado de peso y cuando adelgazó se extirpó los colgajos del cuerpo y se operó los párpados porque no podía abrir los ojos. Casi como un perro sharpei. Sin ofender a la raza).
Salimos un par de veces a cenar. Charla va, charla viene. Era muy amena la conversación, parecía tener algo de contenido. Prestaba mucha atención cuando hablaba y contestaba con coherencia. A cómo venía la cosa, sentí que por fin había alguien con quien compartir mi pensamiento; que no es poco.
Seguimos respirando profundo, comiendo sanito, hablando del mundo espiritual.
Me sentía cómoda. Relajada.
Al menos el tipo no había tratado de picotearme a la primera salida ni en la segunda.
Pero lo bueno, dicen, dura poco. Y este es un claro ejemplo.
En la tercera salida, justo la noche antes de mi cumpleaños, me dejó en casa y me tiró la pregunta asesina: “¿Y nosotros qué somos?”.
«¿¿¿¿¿Otra vez?????», pensé.
La verdad me hinchó las bolas que no tengo su pregunta. Sinceramente, no podía creer que un señor ya grande preguntara semejante pelotudez.
Pero ¡qué carajos dice, señor! ¿Qué mierda tiene en la cabeza? ¿Usted maduró? ¿O todavía es un puber encarando a una pibita? ¡¡¡¡¡¡Diossssss!!!!!! (Todo eso pensé en milisegundos).
Si necesitás preguntar eso a la tercera salida pasan dos cosas: o no estás viendo nada o estás forzando todo. O sos muy boludo y no cazas una, a pesar de tu edad y todo el camino recorrido.
Veamos esto, si la mina no te da bola, no te demuestra nada, no te mira con complicidad… ¿a qué suena? ¿A un noviazgo, a un compromiso, a un romance?
Claramente a ninguno.
Respiré hondo, casi consumiendo el oxígeno del planeta.
Le dije que no sabía qué “éramos”, porque había aprendido a no etiquetar a las personas y a las relaciones. Porque no le veía sentido a eso de “somos novios” a los 50/60 años. Porque había sido novia, esposa y mujer divorciada. Luego pareja… y hasta ahí llegué. Basta de ser esto o aquello.
Dejé bien clara mi postura cuando hablé de “roles” según la filosofía yóguica en un capítulo anterior, creo.
Así lo pienso, lo entiendo, lo siento y lo vivo. Punto. No pretendo que me entiendan, pero tampoco que me encasillen o me llenen de etiquetas. Él quería justamente eso: definiciones, encasillar y etiquetar. Yo quería paz. Él quería viajar a tal o cual lugar. Yo quería fluir. Él quería todo ya. Yo aprendí a ir despacio… porque cuando fui rápido, la vida me frenó de golpe (ya les conté de qué manera).
Lo más insólito de este buen hombre es que se enojó porque no quise ir de viaje con él, sus amigos y su familia (a los cuales ni conocía) el fin de semana en que iba a ser Semana Santa, en un viaje organizado por tal o cual entidad, a la que él asistía todos los putos años; a la tercera cita. (Estaba loco).
Le dije: “No, esperemos un poco. No me siento cómoda compartiendo momentos con personas que no conozco. Porque recién te estoy conociendo a vos. El resto de las personas no sé quiénes son”.
Además, sería viajar a un destino donde, si algo sale mal, no sabría cómo volver, por el hecho de que todo se paga por adelantado. (O sea, no voy a tirar la plata a la basura). En esos viajes encima te obligan a cumplir con sus horarios y actividades.
No le gustó una mierda lo que dije. Se olía la bronca en el ambiente.
Me dijo: “Bueno, está bien, ahora ya sé qué te gusta y qué no”.
Pensé: «No sabes un sorete porque no me conocés, bobo».
Spoiler: la cosa salió mal igual, pero en otro viaje que hicimos. Pasó lo que suele pasar cuando dos personas con neurosis incompatibles tratan de ser pareja: se va todo al recontra carajo.
La cuestión es que luego de volver de ese viaje, a los pocos días, alquiló una cabaña por 5 días (porque insistí, porque él había planeado alquilar 7 días. Ni loca), para “estar juntos”. Al tercero estábamos de vuelta, sin hablar durante el viaje y con una cara de culo que mejor ni acordarme.
¿El estado de ánimo? Casi a punto de patear su cráneo.
¿Qué pasó? Lo que se veía venir. Dos personas que no pegaban una.
Él estaba ansioso al 100 %, todo se tenía que hacer prácticamente corriendo.
Ni siquiera se tomaba un tiempo para desayunar, o lo hacía mientras caminaba por la habitación. Eso para mí era una patada al hígado. Porque cuando me levanto, no me despierto al toque. Me lleva tiempo.
Y a ese tiempo lo empleo, justamente, desayunando en paz. No con un tarado que no paraba de caminar y se le endurecía la mandíbula. (Ese gesto que tenía también me molestaba. Digo, su mandíbula petrificada).
Además de eso, ¡había que hacer algo todos los putos días!
No pude ni siquiera disfrutar de la pileta de la cabaña, porque al tipo se le ocurrió caminar, trotar, manejar, dar vueltas, subir colinas, cruzar arroyos, trepar árboles, podar plantas, lavar el auto y qué sé yo qué más.
El estado de agotamiento mental y físico que me generaba este reptiliano era tremendo. Se alimentaba de mi energía, sin dudas.
Un día salimos a caminar, después de haber viajado temprano a un pueblito cercano, y cuando propuso subir una calle en pendiente para ver no sé qué mierda, le dije: “Andá vos, yo te espero acá, estoy cansada”.
Explotó. Literal.
Me dijo que no sabía qué hacer para conformarme (nadie se lo pidió), que todo me caía mal (todo no, solo él), y que siempre tenía algún inconveniente (el único inconveniente era tenerlo al lado).
Así que, en un ataque de capricho me dejó SOLA, en la loma del culo en una ciudad que no conocía. Se fue corriendo por la orilla del camino.
(Creo que tenía abstinencia de alguna sustancia química).
Respiré hondo, miré para qué lado se ponía el sol, tipo Survivor, y caminé hacia el lado contrario. Por suerte heredé un excelente sentido de la orientación de mi papá. Por eso no tuve miedo.
Caminé y llegué a una ruta. Crucé y pude ver la cabaña. Y al pelotudo en la puerta esperándome.
«Dios mío —pensé—, lo mando a la mierda ya. No lo soporto más».
Llegué y me dijo: “Mirá, a como viene esto, mejor nos volvemos”.
Lo miré y le contesté: “Al fin escucho algo coherente. Me voy a preparar el bolso”.
Esa noche fue espantosa. Me la pasé caminando por el parque de la cabaña hablando con mi hija y mi amiga contándoles esa experiencia horrible.
Al día siguiente emprendimos la vuelta. Yo con los audífonos escuchando música zen para no asesinarlo y el tipo con la cumbia a todo lo que da en el auto.
¡Qué dolor de ovarios!
Llegamos a Rosario y cada cual se fue a su casa.
Nunca extrañé tanto mi departamento.
Pasaron unos días y me escribió.
Fuimos a tomar un café y me pidió disculpas por su comportamiento.
Lo disculpé.
Me dijo que quería intentar llevar adelante la relación.
Le dije que bueno.
No había pasado ni un cuarto de lo que vino después.
Tendría que haber cortado ahí.
Una noche fuimos a una fiesta de los 80, porque al tipo le encantaba la “joda”. En todos los sentidos. Me di cuenta cuando no paraba de ir al baño (calculo que a cortar merca), bailaba como un tarado, pegaba saltos, se agachaba… y encima me quiso tomar el daikiri después de haberse bajado media botella de una bebida alcohólica que pega fuerte y 4 cervezas de lata.
Sentí que no podía respirar en ese lugar.
