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Novela nominada a los premios Locus y British Fantasy en la categoría de primera novela. En el Londres de la Regencia, políticos y taumaturgos tratan de ocultar un secreto a voces: la magia inglesa está desapareciendo. El recién nombrado hechicero real, Zacharias Wythe, intentará recuperarla por todos los medios a pesar del desprecio de sus colegas por su condición de esclavo liberado. Tan solo Prunella intentará ayudarlo. Aunque, sinceramente, el destino de Inglaterra trae a Prunella sin cuidado. Sus objetivos son más cercanos y acuciantes: asegurarse una posición sin fortuna ni familia, y con un exceso de magia inaceptable en una mujer. Juntos deberán evitar un conflicto internacional inminente, el fin de la magia en Inglaterra y que sus propios secretos salgan a la luz. Traducción de Carla Bataller. Nuestra edición incluye detalles ilustrados realizados en exclusiva para esta publicación y un posfacio a cargo de Leticia Lara que analiza el género de fantasía costumbrista en el que se enmarca la obra.
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Seitenzahl: 574
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Título original: Sorcerer to the Crown
© Zen Cho, 2015
Todos los derechos reservados
© de la traducción: Carla Bataller Estruch, 2022
© de esta edición: Duermevela Ediciones, 2022
Calle Acebal y Rato, 3, 33205, Gijón
www.duermevelaediciones.es
Primera edición: mayo de 2022
Ilustración de la cubierta: © Cinthya Álvarez
Corrección: Pilar Caballero
Diseño e ilustraciones interiores: Almudena Martínez
Revisión de galeradas: Paula Solar Ruigomez
ISBN: 978-84-124375-9-1
Producción del ePub: booqlab
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Para Peter
La reunión de la Real Sociedad de Filósofos Antinaturales estaba muy avanzada y el vestíbulo permanecía casi vacío. Solo pasaba el ocasional mago impuntual, que apenas le dedicaba una mirada al niño que aguardaba allí.
Los niños de su condición no eran una presencia infrecuente en las salas de la Sociedad. El niño era insólito no tanto por su piel, sino por su aparente ociosidad. A diferencia de los pajes con espléndidas libreas de la Sociedad, este vestía sobriamente y era joven para ser un paje, pues acababa de alcanzar su sexto verano.
De hecho, Zacharias no ejercía ningún oficio en particular y nunca había visto la Sociedad antes de esa mañana, cuando el hechicero real en persona lo había conducido hasta allí. Sir Stephen le había ordenado con solemnidad que aguardara, para acto seguido desaparecer en las misteriosas profundidades del Gran Salón.
A Zacharias le fascinaba el edificio señorial, con sus sombrías paredes revestidas de madera y sus cuadros imponentes, y sentía cierto pavor hacia los circunspectos taumaturgos que pasaban corriendo ataviados con sus abrigos de un azul medianoche. Le sobrevino sobre todo cierta solemnidad por la seriedad de su cometido. Permanecía sentado y henchido de determinación mientras observaba las puertas del Gran Salón, como si pudiera obligarlas a abrirse con la fuerza de su voluntad y sacar de allí a su guardián.
Al fin, el momento llegó: las puertas se abrieron y sir Stephen lo llamó con un gesto.
Zacharias entró en el Gran Salón bajo la penetrante mirada de lo que se le antojaron miles de caballeros, la mayoría ancianos y ninguno amistoso. Solo conocía a sir Stephen, pues no podía contar a Leofric, el familiar del hechicero real, que dormía enrollado en una espiral reptiliana en la parte trasera de la sala, echando humo por el hocico.
Hasta el niño más valiente se habría acobardado por tamaña concurrencia, y Zacharias era sensible. Pero sir Stephen apoyó una mano alentadora en su espalda, y el pequeño recordó esa mañana, que tan lejana quedaba ahora; el hogar, la seguridad, la calidez y el rostro de lady Wythe inclinándose sobre él: «No temas, Zacharias, pero hazlo lo mejor que puedas. Con eso bastará, pues has aprendido del mejor hechicero del reino. Si la atención de tantos caballeros te pone nervioso, imagina que son repollos. Eso siempre me ayuda en ocasiones así».
Zacharias se lo imaginó con todas sus fuerzas mientras lo empujaban al frente de la sala, pero los repollos no parecieron ayudar. Lo cierto era que nadie nunca había exhortado a lady Wythe a demostrar las capacidades mágicas de su raza ante las mentes taumatúrgicas más brillantes de Inglaterra. Suponía una gran responsabilidad, y a cualquiera le resultaría abrumadora, pensó Zacharias, incluso aunque él fuera un niño extraordinario de seis años.
—¿A qué deseas darle vida, Zacharias? —dijo sir Stephen. Señaló una pequeña caja de madera sobre una mesa—. El señor Midsomer adquirió esta caja a lo largo de sus viajes, con grabados de pájaros, frutas y animales extravagantes. Puedes elegir.
Zacharias había practicado el hechizo muchas veces bajo el tutelaje paciente de sir Stephen. La noche anterior, se había quedado dormido recitando la fórmula. Y, sin embargo, en ese instante, rodeado por una multitud de rostros desconocidos, angustiado por la percepción de ser el centro de atención, la memoria lo abandonó.
Su mirada de espanto pasó del semblante amable de sir Stephen al público y vagó por el Gran Salón, como si pudiera encontrar las palabras del hechizo esperándole en un rincón polvoriento. Era la sala más antigua de la Sociedad y contaba con varios elementos interesantes, de entre los cuales destacaban las antiguas claves talladas en el techo. Estas representaban corderos, leones y unicornios; los rostros de hechiceros fallecidos hacía mucho tiempo y hombres verdes con expresiones avinagradas y ramas brotando de sus narices. En cualquier otro momento, esas claves habrían cautivado a Zacharias, pero ahora no le proporcionaban ningún placer.
—He olvidado el hechizo —susurró.
—¿Cómo dices? —dijo sir Stephen. Antes había hablado con voz clara y sonora para dirigirse al público, pero ahora bajó el tono y se acercó más a él.
—No le ayude, haga el favor —gritó una voz—. Así no demostrará nada de lo que nos ha prometido.
El público se había ido inquietando más ante el estupor de Zacharias. Otras voces siguieron a la primera, intimidantes, descontentas:
—¿El niño es idiota?
—Un loro nos entretendría más.
—¿Acaso has visto algo más absurdo? —comentó un taumaturgo a su amigo, en un susurro audible—. Bien podría intentar persuadirnos de que los cerdos vuelan… ¡o de que las mujeres hacen magia!
El amigo objetó que los cerdos sí podrían volar, si alguien se molestase en hechizarlos.
—¡Ah, por supuesto! —respondió el primero—. Y podríamos enseñar a una mujer a hacer magia, supongo, pero ¿de qué nos serviría un cerdo volador o una fémina mágica?
—Menudo obsequio para la prensa —gritó un caballero con bigotes rojos y una mueca de desdén—. Hemos provisto a los caricaturistas con buen material: ¡una reunión de los mejores magos de nuestra época, convocados para contemplar cómo tartamudea un negrito! ¿Acaso la taumaturgia inglesa se ha rebajado tanto por la decadencia de la magia en Inglaterra que sir Stephen cree que no tenemos nada mejor que hacer?
La desazón recorrió la multitud, como si lo que acababa de decir el caballero disgustase a sus compañeros.
—Quizá no hay suficiente magia —dijo Zacharias, preocupado.
—¡Calla! —le increpó sir Stephen. Para vergüenza del muchacho, lo dijo en voz alta y lo oyó toda la sala—. Que no te inquiete eso. Al señor Midsomer le gusta explayarse sobre el tema, pero creo que Inglaterra aún dispone de suficiente magia para avivar los hechizos de cualquier mago aceptable.
El hombre de los bigotes rojos soltó una réplica ininteligible, pero no se le permitió terminar, pues otros tres taumaturgos acallaron sus quejas mostrando su desacuerdo a voces. Seis magos más defendieron al señor Midsomer, alternando insultos a sus compañeros con críticas contra sir Stephen y burlas hacia su protegido. ¡Menudo animal tan mal amaestrado era ese, dijeron, si ni siquiera sabía actuar!
—Qué espectáculo más edificante para un niño: una sala llena de hombres más grandes que él, todos insultándole —dijo un caballero con la estrella plateada de hechicero en el abrigo. No se molestó en alzar la voz, pero su tono frío atravesó el tumulto—. Forma parte de las tradiciones más antiguas de nuestra honorable Sociedad, de eso estoy seguro, y es una muestra de lo mucho que nos merecemos nuestro lugar en el mundo.
El señor Midsomer enrojeció de rabia.
—El señor Damerell puede decir lo que le plazca, pero no veo razón alguna para refrenar nuestras críticas sobre este espectáculo tan absurdo, con niño o sin él —espetó.
—Estoy seguro de que usted no se refrenará —dijo Damerell con gentileza—. Siempre he admirado que, en pos de sus convicciones, se niegue usted a que la consideración hacia el resto de la humanidad, o incluso la práctica de simples modales, le limite.
La sala estalló en discusiones más acaloradas que nunca. El clamor ascendió hasta tal punto que podría despertar los grabados de la caja y las claves dormidas del techo sin que Zacharias tuviese que mover ni un dedo.
Zacharias miró a su alrededor, pero todo el mundo había dejado de prestarle atención. Por el momento, estaba a salvo.
Soltó un suspiro de alivio. Y, como si esa pequeña exhalación fuera la llave para su memoria clausurada, su mente se abrió y el hechizo aterrizó en ella, plenamente formado. Las palabras resultaban tan claras y obvias, su lógica tan inmaculada, que Zacharias se preguntó si las había perdido en algún momento.
Pronunció el hechizo en voz baja, aún inseguro tras las penas que había sufrido. Pero la magia llegó, siempre amiga suya, y respondió a la llamada. Los pájaros tallados en la caja relucieron en rojo, verde, azul y amarillo, y supo que el hechizo había funcionado.
Los pájaros se desprendieron de la caja al adquirir sustancia y existencia; desplegaron las alas, las plumas les brotaron sobre la piel. Volaron hacia el techo, graznando. La brisa de sus alas acarició el rostro de Zacharias, y el niño rio.
Una a una, las claves talladas cobraron vida, y los hechiceros muertos y los amargados hombres verdes y los leones y los corderos y los pájaros abrieron la boca, todos ellos entonando con vigor la canción favorita de Zacharias. Consiguieron ahogar las voces enfadadas de los hombres de abajo y llenaron la sala de un sonido glorioso.
Los invitados de lady Frances Burrow no se habían fijado demasiado en el mayordomo cuando los condujo al interior de la casa, pero la floritura presumida con la que abrió la puerta ahora generó curiosidad. Aquellos que interrumpieron sus conversaciones y alzaron la cabeza de sus helados fueron recompensados con su anuncio.
—¡Lady Maria Wythe y el señor Zacharias Wythe!
No habían pasado ni tres meses desde que Zacharias Wythe había aceptado el báculo de hechicero real; y no mucho más desde el fallecimiento de su predecesor, sir Stephen Wythe. Era objeto de un interés general y, para la creciente satisfacción de lady Frances, más de un par de ojos siguieron su avance por el salón.
Zacharias Wythe no podía evitar llamar la atención allá donde fuera. La oscura tonalidad de su piel lo haría destacar en cualquier concentración de sus colegas, pero también resultaba notable por su altura y la belleza de sus rasgos, en absoluto perjudicada por su semblante harto melancólico. Quizá esto último no fuera sorprendente en una persona como él, que había asumido su cargo en trágicas circunstancias y en una época en que la taumaturgia inglesa se encaminaba hacia una crisis sin precedentes.
No obstante, más extraño que su color y más preocupante que cualquier otra circunstancia era el hecho de que Zacharias Wythe no tenía un familiar, aunque portase el antiguo báculo del hechicero real. Los invitados de lady Frances no dudaron en intercambiar comentarios sobre lo que opinaban de esta curiosa ausencia, pero hablaron en voz baja; no tanto por respeto a la banda de crespón negro que rodeaba el brazo de Zacharias, sino por respeto a su acompañante.
Era lady Wythe a quien lady Frances había invitado, contrarrestando sus quejas con una insistencia generosa: «¡No será una fiesta! ¡Solo invitaré a mis amigos más íntimos! Tómatelo como una prescripción médica, querida Maria. No es bueno que estés mustia todo el día en casa. Y lo mismo digo sobre el señor Wythe. No debería quedarse demasiado tiempo solo consigo mismo, estoy segura».
Con Zacharias, lady Frances había dado con el principal objeto de preocupación y afecto de lady Wythe. Su pérdida era enorme, pero nunca había sido muy aficionada a las reuniones de sociedad, ni siquiera antes de la muerte de sir Stephen. Sin embargo, por Zacharias haría lo que fuera y, por su bien, se atavió con un vestido de luto para batallar en un mundo que se había vuelto incalculablemente más frío y triste tras la muerte de su marido.
—Me pregunto por dónde andará lord Burrow —le dijo a Zacharias—. No te vendría mal consultarle sobre tus hechizos para detener el declive de nuestra magia. Según sir Stephen, lord Burrow comprendía la ciencia de la taumaturgia como el mejor.
Formaba una parte sustanciosa del afán de lady Wythe por asistir a la fiesta el hecho de que lord Burrow presidiera el comité directivo que gobernaba la Real Sociedad de Filósofos Antinaturales. Lord Burrow había sido amigo de sir Stephen, pero consideraba el plan de este de educar a un niño negro en las artes mágicas un fenómeno desafortunado, una excentricidad que solo se le toleraba a un hombre de su calibre. El suceso que había otorgado el báculo del hechicero real a ese niño negro no era, en opinión de lord Burrow, nada bienvenido. Aunque era lo bastante docto para no atribuir la inminente crisis de recursos mágicos en Gran Bretaña a la piel de Zacharias o a su escasa experiencia, eso no implicaba que le contemplase con afecto.
Sin embargo, su apoyo contribuiría en gran medida a fortalecer la posición de Zacharias, si es que lo conseguía. Con ese pensamiento en mente, lady Wythe había convencido a Zacharias, pues él era igual de reacio que ella a comparecer en sociedad. Aunque, con veinticuatro años, poseía toda la soltura y la seguridad que se pueden adquirir tras una magnífica educación y toda una vida codeándose con la flor y nata del mundo mágico, era por naturaleza más retraído que sociable, y sus reservas perjudicaban sus modales.
Había accedido a acompañar a lady Wythe porque creía que estar en sociedad podía levantarle el ánimo, pero se resistió ante la directiva de hablar con lord Burrow: «Como si no fuera a pensar que es una impertinencia absurda por mi parte presumir de haber identificado una solución para nuestros apuros, cuando mejores magos que yo han fracasado. Además, mi investigación apenas había avanzado ni un ápice antes de suspenderla».
Antes de la muerte de sir Stephen y del consecuente ascenso de Zacharias, el joven había dedicado gran parte de su tiempo a buscar respuestas a interrogantes taumatúrgicos. Había investigado la magia doméstica que desarrollaban de forma clandestina las mujeres de la clase trabajadora, ignoradas por la Sociedad; había estudiado la magia de otros países y escrito una monografía sobre la estructura común de algunos hechizos africanos y asiáticos; pero, en el periodo previo a la muerte de sir Stephen, se había involucrado brevemente en la elaboración de encantamientos para revertir el declive continuo de la magia de Inglaterra.
Se trataba de un proyecto de considerable interés práctico, pero llevaba varios meses sin trabajar en él. Para Zacharias, al igual que para lady Wythe, la muerte de sir Stephen marcaba el instante en el que el curso normal del tiempo se había interrumpido. Lo que había seguido a esa fecha era una vida muy diferente, apenas relacionada con la anterior.
—No deseo mostrar mis hechizos a nadie en su estado actual —dijo Zacharias en ese momento.
Lady Wythe era demasiado sabia y no insistió.
—Pues quizá podamos intentar que te presenten a algunas señoritas. Lady Frances me dijo que a lo mejor celebraban un baile después de la cena. Seguro que no tienes ninguna objeción a ello, y sería una lástima que alguna de esas señoritas no pudiera bailar por carecer de pareja.
La mirada de consternación de Zacharias resultó cómica.
—Dudo que les complazca una pareja como yo. En su parcialidad, se olvida usted del objeto tan alarmante que soy.
—¡Disparates! —exclamó lady Wythe—. Eres precisamente el tipo de hombre por el que las muchachas se desmayan. Oscuro, misterioso, callado… Un joven que hable demasiado siempre parecerá un mequetrefe. ¡La misma imagen del romanticismo! Piensa en Otelo.
—Su romance no acabó bien —repuso Zacharias.
Al parecer, el hechicero tenía razón, pues pronto resultó evidente que Zacharias causaba un curioso efecto en el resto de invitados. Conversaciones entre susurros se acallaban de repente cuando él se aproximaba. Algunos taumaturgos, de quienes se esperaba que saludasen al máximo representante de su profesión, dirigieron un gesto de cabeza a lady Wythe, pero rehuyeron la mirada de Zacharias.
Él estaba acostumbrado a recibir ese trato; aunque le molestara, no pensaba permitir que lady Wythe se enterase. Sin embargo, ella no estaba tan curtida. Aunque el retraimiento de los otros invitados apenas era evidente, el afecto agudizó su capacidad de observación y se afligió por lo que sus ojos presenciaron.
—¿Puedo dar crédito a lo que veo? —dijo en voz baja—. ¿Josiah Cullip ha eludido tu mirada?
—A lo mejor no me ha visto —respondió Zacharias, en un arrebato deshonroso de cobardía.
—Zacharias, querido, creo que mi parcialidad no me engaña cuando digo que es imposible no verte en esta sala —objetó lady Wythe—. ¡Pensar que el hijo de un vendedor de telas te ha rehuido, cuando lo recomendaste a sir Stephen como secretario del comité! ¿En qué estará pensando?
—No soy popular —dijo Zacharias. Ya había sufrido y tragado su amargura respecto a la traición de Cullip. Mostrar que le importaba solo aumentaría la angustia de lady Wythe—. Supongo que planea ganarse el favor de la Sociedad negando cualquier relación conmigo.
—Pero ¿qué queja podría tener la Sociedad sobre tu conducta? Estoy segura de que no has hecho nada excepto redundar en beneficio de tu cargo. Si alguien tiene derecho a quejarse son tus amigos, pues la Sociedad acapara todo tu tiempo desde que te convertirse en hechicero real.
—Hay un declive en nuestra magia —replicó Zacharias—. No es sorprendente que mis colegas relacionen ese problema con mi investidura. Eso ofrece la posibilidad de una solución sencilla: destituirme para que todo vuelva a estar bien.
—Nunca me sorprende que los taumaturgos se aferren a una idea absurda, pero eso no excusa su estupidez —insistió lady Wythe—. La escasez de magia atormentó a sir Stephen durante años, pero nadie pensó en culparlo a él. Son esas malvadas hadas que no nos dejan tener familiares, y eso no tiene nada que ver contigo. El señor Cullip debería saberlo.
—No puede evitar fijarse en los prejuicios en su contra. A gran parte del comité le desagrada la idea de que alguien que no sea un caballero forme parte de sus filas. Y Cullip debe sustentar a su esposa e hijos. Sin ese trabajo, se habría visto obligado a renunciar a la taumaturgia.
—He ahí tu problema, Zacharias —concluyó lady Wythe—. Moverías cielo y tierra para ayudar a la criatura que menos se lo mereciera, pero nunca te tienes en cuenta a ti mismo. Ojalá no te desvivieras por esos holgazanes. ¡Has empalidecido! Si no supiera la verdad, sospecharía que has contraído alguna enfermedad y me la ocultas.
Incómodo, Zacharias movió los hombros como si quisiera desembarazarse de la mirada inquisidora de lady Wythe.
—Bueno —dijo, con un tono que pretendía ser más leve—, ¿no estamos en una fiesta? Apenas le hemos agradecido a lady Frances su amabilidad. ¿Quiere un poco de ponche? Creo que hay helados… Seguro que le apetece uno.
Lady Wythe le miró con melancolía, pero sabía que, a pesar de su templanza, el joven poseía la terquedad tradicional de un hechicero. Le comunicó que le apetecía un helado.
A Zacharias le preocupaba tanto que lady Wythe se sintiera cómoda como a ella su bienestar… y el hecho de que cayera en gracia a los demás. No estaba en su poder garantizarle ninguna de las dos cosas; la dama, además, desconocía otros asuntos que él le ocultaba para no causarle más sufrimiento. Absorto en su inquietud, Zacharias no oyó a John Edgeworth llamarle por su nombre, y eso que lo repitió.
—¡Wythe, he dicho!
—Discúlpeme, Edgeworth —se sobresaltó Zacharias—. No pensaba que le vería aquí.
John Edgeworth era descendiente de una antigua familia taumatúrgica, pero, aunque había heredado la inteligencia y la iniciativa de sus antepasados, carecía, por desgracia, de su habilidad mágica. Había aprovechado al máximo esta vergonzosa situación: le apreciaban mucho en el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde lo valoraban por su comprensión de los taumaturgos obstinados de Gran Bretaña y sus relaciones con las sorcières de Francia. Últimamente era más habitual encontrar a Edgeworth en cenas con anfitrionas políticas que entre los miembros de la Sociedad.
—No me planteo quedarme más tiempo, pues tengo otro compromiso y no puedo llegar tarde —dijo Edgeworth, echado un vistazo a su alrededor, como si temiera que alguien le oyera—. ¡No hay que hacer esperar a los hombres importantes! Pero pensé que cabría la posibilidad de encontrarle aquí. De hecho, lady Frances me lo aseguró. La cuestión es que el Gobierno se halla en un dilema, un dilema mágico, y me han encomendado que obtenga su ayuda. ¿Por qué no viene a verme mañana?
Zacharias dudó. Los dos sabían que no se trataba de una petición. En teoría, el hechicero real era independiente del Gobierno e incluso de la Sociedad. Su única lealtad era para con la nación y resultaba impensable que nadie (excepto un hechicero), y mucho menos un mero político o empleado civil, pudiera juzgar el mejor uso de la magia para el bien de la nación.
En la práctica, no obstante, un hechicero real cuya carrera se enfrentaba a tal escasez de recursos mágicos debía procurar mantener a su Gobierno de buen humor. El Gobierno sabía que la influencia de la Sociedad había menguado en los últimos tiempos, aunque desconociera el alcance de sus problemas, y estaría sobre aviso ante cualquier señal de debilidad o infracción. Aun así, a Zacharias le irritó tener que anular sus planes por una orden tan perentoria.
—Mañana tengo una reunión con el comité de estándares taumatúrgicos y no se puede posponer con facilidad —dijo, pero John Edgeworth lo interrumpió:
—Pues venga el miércoles. O, espere, ahora vive en la casa del hechicero real, ¿verdad? ¿Esos amplios aposentos alquímicos? Me sirve. Le visitaremos el miércoles. Supongo que no le supondrá mayor problema si vamos por la mañana o por la tarde.
Antes de que Zacharias pudiera protestar o preguntar a quién incluía ese «visitaremos» de Edgeworth, su interlocutor había desaparecido, dejándole en un estado de indignación reprimida y con un helado que se derretía con rapidez. Lo último, más que lo primero, fue lo que le impidió quedarse allí plantado, y se apresuró a regresar al lugar donde había dejado a lady Wythe.
La escasez de magia en Inglaterra era de dominio público entre la población mágica. Seguro que Edgeworth se había enterado de algo. Pero los magos eran reservados y solo un taumaturgo en activo sabría cómo de mal estaba el asunto. Si la Sociedad quería conservar su posición y sus privilegios, debían esconder la escasez de recursos; sobre todo al Gobierno, que no tenía en gran estima a los magos de Inglaterra.
¿Acaso esos aires que se daba Edgeworth, una mezcla de misterio e importancia, significaban que el secreto de la taumaturgia se había desvelado? Zacharias no lo descubriría hasta el miércoles. ¡Qué lástima que su investigación se hubiese visto interrumpida! Si pudiera terminar los hechizos para incrementar la magia de Inglaterra, podría olvidarse de esas angustias. Si dispusiera de tiempo para viajar a la frontera del Mundo de las Hadas, quizá le tentase probarlos.
Lady Wythe estaba absorta en una conversación con su anfitriona cuando Zacharias se acercó. Lady Frances Burrow susurraba con dramatismo y perspicacia siempre que compartía confidencias, lo cual tenía el efecto de atraer más la atención que su tono de voz habitual. Hablaba con lady Wythe de un modo bastante audible:
—Querida, ¡hasta una pluma me habría tumbado cuando la señora Quincey me lo contó! No di crédito a ninguna de sus palabras, por supuesto, pero espero que me perdones por no discutir con ella sobre ese asunto.
Zacharias no oyó la respuesta de lady Wythe, pero lady Frances parecía desconcertada. Protestó en un susurro más estridente:
—Pero, Maria, tú sabes que el hecho de que el señor Wythe fuera la última criatura en ver a sir Stephen con vida es bastante extraño. Y, además, salió del estudio de sir Stephen como amo del báculo, nadie ha visto a Leofric… ¡No puedes negar que parece muy insólito! No culpes a la señora Quincey por planteárselo.
Esa vez fue imposible no captar la respuesta de lady Wythe:
—Sí que pienso culpar a la señora Quincey por preguntarse si Zacharias mató a mi marido y a su familiar. Si cree que Zacharias es capaz de alzar la mano contra alguien, y encima contra alguien que fue como un padre para él, es más necia de lo que aparenta. ¡Y me sorprende que me cuentes sus malévolas fantasías, Frances!
—¡Pero bueno, Maria! —exclamó lady Frances, herida—. ¡Solo pretendía ayudar! Sobre que esto solo sean fantasías de la señora Quincey, deberías saber que no se lo he oído solo a ella. Se comenta por todas partes, y el señor Wythe dará una pésima imagen si no ataja estas habladurías. Debes saber que…
Pero lady Wythe nunca oyó lo que debería saber, pues lady Frances vio a Zacharias y su rostro se tornó escarlata. Lady Wythe tenía los ojos húmedos y la nariz enrojecida; para su disgusto, siempre lloraba cuando se enfadaba.
—Zacharias, le estaba comentando a lady Frances que es mejor que nos marchemos a casa —dijo la dama, recobrando la compostura—. Mañana te reúnes temprano con el comité, ¿verdad? Y yo estoy demasiado cansada para quedarme. Pero lady Frances me perdonará, estoy segura. Es tan bondadosa que no me guardará rencor.
Aunque solo un instante antes había regañado a lady Frances, en ese momento le estrechó la mano. Hubo que reconocer que lady Frances respondió de forma espléndida:
—¡Por supuesto, pero no hay nada que perdonar! Habéis sido muy amables por venir. Solo espero… —añadió, bajando la voz—. Solo espero no haber empeorado tus preocupaciones, querida Maria.
Su amistad con lady Frances se había salvado, pero la noche para lady Wythe era irreparable. En cuanto Zacharias la ayudó a subir al carruaje, exclamó:
—¡Qué gente más despreciable! ¡Cómo pueden decir esas cosas tan horribles! Nunca se habrían atrevido a ser tan detestables delante de sir Stephen. ¡Ojalá…!
Sacó un pañuelo de su bolso con manos temblorosas y fingió sonarse la nariz. Sin embargo, Zacharias sabía con exactitud lo que la dama habría dicho si se hubiera permitido concluir la frase; lady Wythe no habría podido desear con más urgencia que le devolvieran la vida y el cargo a sir Stephen que el propio Zacharias.
—Ojalá pudiera ayudarte —dijo lady Wythe en cambio.
—Le ruego que no permita que esas habladurías la angustien —dijo Zacharias—. Mi puesto me confiere inmunidad ante cualquier crimen, como bien sabe, por lo que solo es un rumor desagradable y no puede producir consecuencias reales. Yo no consiento que me afecte.
Eso no era del todo cierto, pero trató de sonar lo más sereno posible con la esperanza de que lady Wythe lo creyese tranquilo.
La dama bajó el pañuelo y fijó sus inquietos ojos azules en Zacharias.
—¿Ya habías oído ese rumor?
Zacharias asintió.
—Esperaba que… —Pero no podía decir lo que esperaba, pues habría revelado con demasiada claridad sus temores. Apartó el rostro para que lady Wythe no pudiera ver su expresión y, con dificultad, dijo—: Ya estaba… muerto cuando llegué.
—Ay, Zacharias —dijo lady Wythe, afligida—. ¿Acaso crees que debes darme explicaciones a mí? Sir Stephen me habló de su dolencia incluso antes de confiársela a su médico. Sabía que su corazón lo mataría. Ojalá te hubiésemos preparado para ello. Sir Stephen sabía que debía contártelo, pero no se atrevió. No soportaba pensar que te abandonaría tan pronto. Qué orgulloso se sentiría si pudiera ver lo bien que te has desenvuelto… y cuánto lamentaría haberte causado tantos problemas.
Zacharias sacudió la cabeza, retorciéndose las manos; un hábito nervioso que sir Stephen quiso quitarle, pero al que recurría en épocas de grandes emociones. Abrió la boca para hablar, casi sin saber lo que estaba a punto de confesar, pero el fantasma intervino primero.
—Nunca te perdonaré si le hablas a Maria sobre mí —dijo sir Stephen.
Zacharias prefirió no tratar con el espectro de su guardián, sino que se sumió en un silencio furioso durante el resto del viaje, para desconcierto de la pobre lady Wythe. Tras llevar a la dama a su casa e instalarse él sin ningún percance en su estudio, exclamó:
—¡Me gustaría que no interrumpiera mis conversaciones! Resulta extremadamente complicado no revelar su presencia con mis respuestas. ¿No dijo que debíamos hacer todo lo posible para evitar que lady Wythe le descubriera, puesto que teme tanto a los fantasmas?
Zacharias nunca le habría hablado con tanta brusquedad a sir Stephen en vida. Aunque no siempre habían sido de la misma opinión, rara vez se había atrevido a comunicárselo. Quizá había persistido en él esa preocupación infantil a descubrir que, si no se esforzaba en complacerle, si mostraba cualquier señal de ser menos de lo que su benefactor deseaba, quizá descubriera que ya no lo querían.
Pero la muerte, en su bondad ambigua, le había despojado de ese temor del pasado, incluso aunque le hubiera arrebatado a lady Wythe su mayor apoyo y a Zacharias la persona a la que más valoraba en el mundo. Ya no había motivo alguno para posponer ninguna riña, y Zacharias no dudaba del apego desinteresado de sir Stephen, cuando su fantasma seguía atormentándolo con una persistencia tan inoportuna.
—Si hubiera guardado silencio, habrías olvidado nuestro acuerdo —dijo sir Stephen con una falta de arrepentimiento irritante—. Bien sabes que me prometiste que no le contarías lo que ocurrió aquella noche.
—Deberíamos decírselo a lady Wythe —replicó Zacharias, sacudiendo la cabeza—. Ella, más que nadie en este mundo o en el siguiente, tiene derecho a saber lo que pasó la noche de su muerte.
—Si solo fuese a revelarse la causa de mi muerte, no discreparía. Pero confiar en Maria implica desvelar los detalles del Intercambio a una persona lega… ¡Y a una mujer, ni más ni menos! Ya eres lo bastante impopular, Zacharias. No quieras ganarte el oprobio de tus colegas por divulgar el secreto más importante de la hechicería.
—No puede cuestionar la confianza de lady Wythe —argumentó Zacharias—. El consuelo que le daría saber que está bien sería incalculable, y… hasta ella se lo preguntará. —Bajó la voz para que solo alguien con el oído sobrenatural de los muertos pudiera oír sus siguientes palabras—: Hasta ella debe dudar.
Sir Stephen era un hombre alto y honesto; aún poseía cierto vigor a pesar de su cabello encanecido. Su cuerpo fornido recordaba más al de un general que al de un erudito o hechicero, pero el semblante franco y los ojos de un azul claro escondían una astucia insospechada. Sus enemigos taumaturgos habían dicho, a medias entre la desaprobación y la envidia, que sir Stephen debería haber sido político; seguro que habría acabado como primer ministro.
—¿Maria, dudar de si tú eres un asesino? —exclamó sir Stephen con incredulidad—. ¡No lo creas nunca, Zacharias! Como sabía que no debía cuestionar la autoridad de la niñera, fingía creer las historias que contaba sobre tu maldad, pero tras castigarte y enviarte de vuelta llorando a tu habitación, ¡qué sospechas más oscuras planteaba Maria! ¡Qué calumnias vertía sobre la integridad de la pobre Haddon! No estaba segura de que la niñera te entendiera. «Zacharias no pretendía portarse mal. Una naturaleza como la suya solo necesita paciencia y afecto para gobernarla». Haría falta algo más que los cotilleos de un grupo de magos maleducados para quebrantar la fe que deposita en ti.
Pero los recuerdos de la infancia no servían de nada. El semblante de Zacharias lucía una mirada terca que sir Stephen conocía muy bien. Con cuatro años, Zacharias fruncía el ceño cuando no quería comerse las gachas. Y ese mismo aspecto lucía ahora, veinte años más tarde, cuando alguien le impedía hacer lo que él consideraba correcto.
—Quizá te libere de tu promesa si accedes a contarle a Maria lo de tu dolencia —dijo sir Stephen—. A lo mejor ella puede ayudarte a aliviar tu angustia.
—Ningún mortal puede curar mi dolencia —repuso Zacharias, pero no añadió nada más. Había perdido la batalla, como bien sabía sir Stephen que ocurriría en cuanto nombrase la enfermedad. Esa era una cuestión relacionada con el secreto de su muerte de la cual Zacharias prefería no hablar, por mucho que valorase la sinceridad.
Zacharias procedió a centrarse en los preparativos para el trabajo del día siguiente, como si no hubiera empezado a sentirse mal; una pretensión que no habría engañado a sir Stephen ni antes de poseer la intuición de los muertos.
—¿Duele mucho? —preguntó.
—No demasiado —respondió Zacharias. Esas preguntas le incomodaban y, cuando habló de nuevo, fue para cambiar de tema—: ¿Sabe por qué Edgeworth quiere verme el miércoles?
Ahora que sir Stephen rondaba entre el reino mortal y el celestial, no era necesario explicarle nada de lo que había ocurrido. Parecía conocer todos los detalles del día a día de Zacharias tan bien como él.
—Sospecho que querrá un hechizo —dijo sir Stephen—. Querrá una transformación exorbitante de la naturaleza… Triplicar los barcos de la armada o deshacer algún revés militar. El Gobierno nunca pide un encantamiento sencillo, como una iluminación o un espejismo para consentir que los miembros del Parlamento dormiten sin que nadie se dé cuenta en la Cámara de los Comunes.
—Pues entonces no le ofreceré mi ayuda —dijo Zacharias. Guardó silencio un momento para observar de reojo a sir Stephen—. ¿Qué debería decirle? El Gobierno acostumbra a sobrestimar nuestros poderes, pero no deberíamos despojarle de la idea que pueda tener sobre nuestras habilidades.
—¡No, claro que no! Los monarcas no suelen tener en alta estima a los hechiceros y lo único que mantiene a raya al Gobierno es el miedo a que nos venguemos de cualquier descortesía. Es un tema delicado y requiere sutileza. —Pero dirigió una mirada cómplice a Zacharias, que había adquirido un aire inocente de interés—. ¡Muy bien! —añadió—. Ya sabes que lo que más me gusta es que me pidan mi opinión. Pero ten en cuenta, Zacharias, que este respiro solo es temporal. ¡No olvidaré nuestra discusión!
No hay nada tan farragoso como un comité de magos. Eran las seis de la tarde cuando los colegas de Zacharias terminaron de opinar sobre las normas taumatúrgicas, bien pasada la hora a la que normalmente estaría sentado ante su cena.
Se había comprometido a cenar con un compañero, pero, por suerte, su amigo respetaba el margen de cortesía y no consideraría que las seis y media fuera demasiado tarde para comer, así que Zacharias subió los amplios escalones blancos del Club del Teúrgo con nada más que su hambre para acelerarle el paso.
La Real Sociedad de Filósofos Antinaturales regulaba los asuntos de la taumaturgia inglesa, pero era dentro de los pasillos menos señoriales y más modernos del Club del Teúrgo donde la taumaturgia se relajaba. En las múltiples salas del Teúrgo se reunían augures, alquimistas, adivinos, brujos, videntes, invocadores, zahoríes de tempestades, magos y algún que otro hechicero. Los únicos requisitos para la membresía eran que el candidato poseyera una pizca de habilidad mágica y que pudiera pasar por un caballero.
En los últimos años, el requisito de nacimiento había adquirido más importancia que la magia, según empezaron a menguar los recursos mágicos de Inglaterra y la taumaturgia perdió cierto esplendor como profesión. Lo cierto era que la magia siempre había tenido un cariz poco inglés al ser impredecible, desatender la tradición y repartir sus dones entre las clases altas y bajas. Excepto en las familias taumatúrgicas más antiguas e importantes (los Burrow, los Edgeworth, los Midsomer y sus semejantes), la magia ya solo se consideraba una profesión deseable para los hijos menores.
Como consecuencia, los salones del Teúrgo estaban repletos de caballeros que se interesaban más por las cartas que por la hechicería. Los filósofos antinaturales más serios buscaban refugio en las majestuosas salas y bibliotecas silenciosas de la Sociedad.
Cabría esperar que Zacharias se uniera a estos últimos, pero, de hecho, encontraba una compañía más agradable en los jóvenes y los dandis. No lo habían admitido como miembro de la Sociedad, a pesar de cumplir con todos los requisitos de aprendizaje y habilidad, hasta que tomó posesión del báculo, e incluso entonces la Sociedad había aceptado a su nuevo hechicero real a regañadientes.
Por muy bulliciosos que fueran los salones del Teúrgo, al menos en ellos Zacharias podía confiar en que el color de su piel no fuera ningún impedimento. Allí era simplemente Zacharias Wythe: «Un tipo muy caballeroso, ese Wythe, aunque hable como un libro». Siempre experimentaba alivio cuando cruzaba su umbral; una distensión de su cautela que no disfrutaba en ningún otro lugar público.
Un grupo de taumaturgos estaba ocupado lanzando hechizos en la gran sala de estar principal del club justo cuando Zacharias entró. Se reflejaban en altos espejos, por lo que parecía que la habitación estaba repleta de decenas de magos descansando.
Entre ellos se hallaba Josiah Cullip, tambaleándose de pie y declamando, en ese tono deliberado y portentoso de los embriagados:
—¡Tanta cháchara sobre la impenetrabilidad de Puffett es un disparate! Cualquier taumaturgo mediocre podría conjurarla. Lo único que hace falta es un mínimo de habilidad… y una vela, por supuesto.
—Aquí hay velas en abundancia —dijo un miembro—. Quizá te dignarías a hacernos una demostración de Puffett, ya que es tan sencillo.
El intercambio no era nada extraordinario. La ejecución de ilusiones y espejismos triviales era un entretenimiento habitual a la hora de la cena en el Teúrgo, tan frecuente que, si Zacharias objetaba, lo tacharían de excéntrico. Con todo, habría reprendido a sus colegas por su extravagancia; los fuegos artificiales en miniatura de Puffett constituían, de hecho, un hechizo bastante peliagudo y requerían un gasto significante de recursos mágicos. Pero esa intervención implicaría recriminar a Cullip. Como suele ser habitual en los hombres, la culpa del propio Cullip le llevaba a resentir a Zacharias por ser más amable con él de lo que se merecía, y el hechicero real no deseaba acrecentar el rencor entre ambos.
El criado que saludó a Zacharias sabía a quién había venido a ver.
—El señor Damerell ha pedido que lo llevemos a la sala azul, señor, pues es más tranquila que el salón principal. ¿Usted también tomará langosta?
—Me basta con una gallina hervida. Gracias, Tom —decía Zacharias, cuando se produjo un sonido extraordinario a su espalda. Como un millar de voces graves diciendo a la vez «blurp».
Zacharias se giró para ver a Cullip blandiendo un candelabro de plata por encima de su cabeza como una espada. No contenía velas, pero Cullip ahora lucía una chistera, no de piel de castor o seda, sino de pura cera blanca. Unas llamas pequeñas de color naranja brillaban en las mechas que brotaban de sus orejas, iluminando su semblante perplejo.
Tom chasqueó la lengua.
—¡Sabía que fracasaría! Nunca he visto a un hombre conjurar a Puffett estando borracho. ¡Ni siquiera sir Stephen podría haberlo hecho!
El taumaturgo que había alentado a Cullip dijo con sequedad:
—¡No creo que ese fuera el objetivo de Puffett! Pero seguro que tienes razón, Cullip. Sobrestimé la dificultad del hechizo. Diría que es un problema de las velas. —Al reparar en Zacharias, exclamó—: ¡Vaya, si el hechicero real está con nosotros! Él nos lo podrá aclarar. ¿No cree, señor, que es un falso ahorro tener velas que no permitan conjurar con éxito a Puffett? No podemos dudar de la habilidad del mago, por supuesto.
Cullip se volvió carmesí, se quitó la chistera de cera y la lanzó al suelo.
—¿Vamos a deferir al juicio del hechicero real? Si su cargo lo ocupara un hombre que mereciera el título, ¡los taumaturgos ingleses no tendrían que rebajarse a rebuscar magia para cada hechizo intranscendente!
Zacharias se puso rígido, pero había recibido ofensas peores que esa y se tragó su resentimiento.
«Mi fortuna y mi influencia solo pueden combatir los prejuicios en tu contra hasta cierto punto —le había dicho en una ocasión sir Stephen, hacía mucho tiempo—. Deberás demostrar tu valía en su momento, Zacharias, y solo tus éxitos alejarán cualquier duda sobre tu competencia. Hasta entonces, tu única defensa contra las ofensas debe ser la paciencia y la cortesía. Con estos medios ganarás a tus enemigos, pero lo cierto es que no te puedes permitir la alternativa».
En ese momento, lo máximo que podía acercarse Zacharias a la paciencia y cortesía necesarias era ignorando a Cullip.
—¿Has dicho en la sala azul? —le preguntó a Tom.
Pero Cullip, enfadado e imprudente, no abandonó el asunto.
—Al menos sabe cuál es su sitio y no se defiende —le dijo a su conocido—. ¡Es una lástima que no posea la sabiduría necesaria para renunciar a su cargo y entregarlo a un auténtico taumaturgo inglés!
Zacharias no era ningún ejemplo a seguir, a pesar del largo entrenamiento que había recibido para soportar insultos. No pudo aguantar el tono burlón de Cullip, así que se giró y le espetó:
—Puffett solo requiere una vela, de sebo, no de cera, pero si hubiera recitado la fórmula correcta, le habría salido bien. En cuanto al resto, señor, no pienso honrarle con una respuesta. Solo diré que, si los taumaturgos ingleses dedicaran menos magia a diversiones absurdas, ¡quizá habría más recursos con los que servir al país!
Cullip estaba ya tan morado del vino y del mal genio que no podía enrojecer más, pero tiró al suelo el candelabro y se alzó hinchándose como un gallo.
—Bueno, señor, creo que ya sabe dónde puede encontrarme… —empezó a decir, pero le interrumpieron.
—Zacharias, es increíble, pero llegas tarde. ¿Dónde estabas?
Nadie recordaba haber visto a Paget Damerell realizar un hechizo, aunque de algún modo se las había ingeniado para conseguir el estatus tan codiciado de hechicero. Llevaba una vida de la inutilidad más completa: flirteaba con mujeres interesantes, devoraba comidas abundantes, prestaba una atención concienzuda a su ropa y la única actividad a la que dedicaba sus días era a conocer cualquier retazo de noticia que revolotease por el mundo taumatúrgico. Por esa razón, así como por la estrella plateada de hechicero que llevaba prendada en su abrigo, lo respetaban e incluso temían en el Teúrgo, y su aparición hizo que Cullip se tambaleara.
Ante su vacilación, Damerell se caló un monóculo y, en un tono de ligera sorpresa, dijo:
—Menudo truco más astuto lo de las llamas en las orejas, Cullip, pero es un tanto peligroso, ¿no cree? Me atrevería a decir que soy un anticuado, seguro que las orejas llameantes causan furor. No me gustaría apartar al señor Wythe de una compañía tan agradable, pero debo atender a mi langosta, como bien sabrán. —La actitud de Damerell era de disculpa, pero se manejaba con la tranquilidad de un hombre convencido de hacer lo correcto—. Un caballero no puede hacer esperar a su langosta. No me cabe duda de que lo entenderán.
Para cuando Cullip consiguió formular una respuesta que le satisficiera, Damerell ya había empujado a Zacharias hacia el refugio de uno de los pequeños salones privados.
—Detesto disuadirte de desafiar a Cullip, porque si alguien se merece una buena azotaina es él —dijo Damerell—. Pero un hechicero real no puede batirse en duelo con un hermano taumaturgo. No es lo más adecuado.
—No pensaba desafiarle —replicó Zacharias, con las orejas encendidas— y debo agradecerte que nos interrumpieras antes de que nos comprometiera a un duelo. No debería haberle hablado de forma tan destemplada. La taumaturgia de Cullip siempre ha sido mejor que su juicio, pero yo no tengo esa excusa.
—Tu opinión sobre su habilidad es más amable de la que se merece, si esa es la idea que tiene de Puffett —observó Damerell—. En cualquier otra ocasión, te felicitaría por tu falta de moderación, aunque yo lo llamaría franqueza. Pero este no es el momento más propicio, Zacharias. ¿No sabes lo que dicen sobre ti?
—¿Que soy un asesino? —respondió Zacharias al cabo de un momento.
Ningún hombre se habría atrevido a hablar sin tapujos sobre los oscuros rumores que circulaban acerca de Zacharias, pero la naturaleza de Damerell medraba al levantar piedras y hacer comentarios graciosos sobre los modales de las criaturas que se escurrían por debajo.
Sin embargo, Damerell sacudió la cabeza.
—No es solo eso.
Deslizó un panfleto sobre la mesa. La portada mostraba una caricatura de un viejo desconfiado vestido con el azul taumatúrgico inclinándose ante un caballero con el cutis oscuro, una piel de leopardo sobre los hombros y huesos enredados en el cabello. Estampado encima de la curiosa pareja aparecía el titular: LA MAGIA INGLESA, ASEDIADA.
—Esto estaba en el suelo de mi vestíbulo esta mañana —dijo Damerell—. ¿No lo has visto?
Zacharias no había visto ese panfleto, aunque sí otros parecidos. Retratos crueles sobre él aparecían en la prensa desde que sir Stephen había anunciado su adopción. Estos habían disminuido a medida que la Sociedad se fue acostumbrando a su existencia, pero su nombramiento como hechicero real había inspirado de nuevo las plumas de los caricaturistas.
Sin embargo, la tensión de Damerell sugería que aquella no era una broma ordinaria, y Zacharias inclinó la cabeza para examinar el panfleto con pavor. Este proclamaba:
Sus más leales partidarios no pueden negar que la magia inglesa se halla ahora en su punto más bajo. Contamos con menos hechiceros que antes y, en los últimos veinte años, solo un único mago ha osado adentrarse en el Mundo de las Hadas, cuando antes se daba un tráfico continuo en su frontera. En lo que respecta a los familiares, los receptáculos más valiosos de magia, Inglaterra no ha recibido ninguno desde la ascensión de nuestro rey.
No obstante, ¿acaso debemos sorprendernos de que la taumaturgia inglesa se encuentre en tal estado de degradación, cuando se arrodilla de buen grado ante un africano lanudo? ¿Uno que, en vez de superar su salvajismo nativo, ha compensado a su benefactor con la moneda de la villanía y, a cambio, ha recibido el báculo del hechicero real?
Magos ingleses, ¡quitaos las cadenas y arrebatad a ese intruso el báculo antiguo que os pertenece por derecho propio! Debemos poner fin a esta estúpida tolerancia y hacer justicia: Zacharias Wythe no podrá con nosotros… Y serviremos a nuestra nación de un modo inolvidable.
Zacharias soltó el panfleto como si le quemara los dedos.
—Esta es una llamada a la acción, Zacharias —dijo Damerell—. No sería prudente ignorarla.
—¿Sabes quién es el autor? —preguntó el hechicero real, esforzándose por mantener un tono tranquilo.
—Gozas de un número tan elevado de enemigos que sería difícil rastrear esta maravillosa creación hasta alguno de ellos. La referencia a Geoffrey Midsomer sugiere que quizá pueda tener algo que ver con esto.
Geoffrey Midsomer acababa de regresar tras un viaje de un año en la corte mágica, contra todo pronóstico, pues nada, excepto la muerte, acortaba las visitas de jóvenes caballeros a la reina de las hadas.
—Pero me sorprendería —añadió Damerell—. Siempre ha poseído una ambición desmedida, al igual que el resto de su familia, aunque Geoffrey nunca me ha parecido el tipo de hombre que posee suficiente iniciativa como para superarse. No obstante, está claro que existe un sentimiento general en tu contra, Zacharias. No es nada prometedor que Cullip estuviera tan dispuesto a desairarte, y esto —agitó el panfleto— me preocupa más que su insulto. Nunca había visto un tono tan ultrajante. Estaría bien que desaparecieras durante una temporada. Me gustaría que te marcharas de Londres.
—¿Marcharme de Londres? —exclamó Zacharias—. ¿En un momento como este?
Damerell estaba preparado para su terquedad. Bajó la barbilla y dijo:
—Yo me preocuparía por tu seguridad si te quedaras. Sé que no te gusta desatender tu deber, pero deberías considerar, Zacharias, que no harás ningún bien por muchas reuniones a las que atiendas o por muchas cartas que escribas, mientras ansiemos magia. ¿No diseñaste hechizos para aumentar el flujo de magia desde la frontera del Mundo de las Hadas? No se me ocurre mejor momento para ponerlos a prueba. ¿Por qué no vas a Fobdown Purlieu?
Zacharias negó con la cabeza.
—Cualquier intento de extraer magia del Mundo de las Hadas será una operación delicada, y preferiría perfeccionar esos hechizos antes de conjurarlos tan cerca de allí. No hace falta que te diga con qué peligros nos encontraríamos si se da cualquier inestabilidad en esa frontera.
—Bueno, pues… —dijo Damerell, sin muchas esperanzas—. Quizá unas vacaciones…
Pero entonces resonó en la habitación una voz cargada de un alivio risueño.
—¡Vaya, conque estás aquí, Poggs! Empezaba a desesperarme porque no te encontraba.
Mientras entraba dando saltos en la habitación, Rollo (bautizado como Robert Henry Algernon) recordaba irremediablemente a un cocker spaniel de pelaje dorado. Era el típico espécimen de hijo pequeño que buscaba con avidez la mediocridad, de esos que tanto abundaban en el Teúrgo: el corte de su chaqueta era impecable y los pañuelos que lucía en el cuello eran atrevidos en su construcción, pero nunca había conseguido inspirar en nadie una sospecha seria de ser capaz de realizar magia. Al parecer lo habían admitido en el Teúrgo en gran medida por aducir que era un amigo especial de Damerell.
—¿Por qué estáis cenando en esta habitación minúscula cuando podríais estar en el salón principal con toda la diversión? —dijo—. Tú la disfrutarías, Zacharias. Están haciendo que sus reflejos reciten poesía. Es muy filosófico.
—Buscábamos paz —respondió Damerell lúgubremente, ocultando el folleto. Nadie dudaba de la buena voluntad de Rollo, pero no se podía confiar demasiado en su discreción—. Fue un capricho absurdo, ¡pero bonito mientras duró! ¿No me prometiste que ibas a cenar con tu tía?
—¡Que si he cenado con mi tía! —exclamó Rollo con afectación—. ¿Te puedes creer que la tía Georgiana tiene una amiga que dirige una escuela para jóvenes damas?
—No puedo afirmar que ese dato provoque ni sorpresa ni interés —contestó Damerell—. La tía Georgiana de Rollo —añadió en un aparte para Zacharias— es una de esas parientes que viaja sola y cosecha todo tipo de amistades inoportunas en cualquier lugar: tejedoras de seda en Macclesfield y esposas de baronets en Tunbridge Wells. ¿Qué pasa si tiene una amiga con una escuela para jóvenes damas?
—Pues pasa que mi tía tuvo la idea de ofrecerme como sacrificio a esa maldita criatura —dijo Rollo—. Al parecer es una escuela para gentilbrujas, de todo lo que podría ser, y la amiga ansía que vaya a darles un discurso a las muchachas sobre «Los propósitos y peligros de la magia». ¿Acaso me ves a mí dando un discurso a un puñado de gentilbrujas? ¿Qué sabré yo sobre los propósitos y los peligros de la magia?
—Muy, muy poco, te lo aseguro —convino Damerell—. A lo mejor tendrías que leer un libro para dar ese discurso. ¿Tienes alguno? Si no es así, quizá Zacharias te preste uno.
—Pero no puedo dar ningún condenado discurso —protestó Rollo—. Es poco natural hablar tanto como yo. Mi padre nunca abrió la boca si no estaba la cena aguardándole al otro lado.
—Pues deberás decirle a tu tía que no vas a hacerlo.
—Cualquiera pensaría que nunca has conocido a mi tía Georgiana —dijo Rollo, con la dureza provocada por la desesperación—. Lleva rizos falsos, le brillan los ojos y echa humo por las fauces. ¿No te acuerdas de ella?
—Sí que me pareció que poseía una fortaleza de carácter inusual —admitió Damerell.
—Mientras que yo no poseo carácter en absoluto —dijo Rollo—. Si le digo a tía Georgiana algo que no le complazca, me devorará en dos bocados. Ni siquiera se pararía a coger el cuchillo del pescado.
—Pues entonces, Rollo, no tienes escapatoria.
—Pensé que dos hombres intelectuales como vosotros podríais concebir algún modo de rescatar a un amigo de un aprieto —replicó él con amargura—. Heme aquí, incapaz de distinguir una palabra de otra y obligado a dar un discurso, cuando uno de vosotros es el hechicero real y el otro siempre está divagando de tal forma que nadie sabe qué… —Dejó de hablar y se le iluminó el semblante—. Oye, Poggs, ¿por qué no vas tú y…?
—¡Ya lo tengo! —se apresuró a intervenir Damerell—. Zacharias dará el discurso por ti.
Zacharias había avanzado bastante con su ave hervida mientras sus amigos discutían pero ante eso último, se enderezó de un brinco.
—¡Un momento!
—Estaba a punto de sugerir que lo hicieras tú, pero esa idea es mejor —le dijo Rollo a Damerell—. Conseguir al hechicero real será un éxito para esa directora. La tía Georgiana no tendrá motivos para quejarse.
Parecía aliviado. Damerell podía ser un tipo díscolo cuando se lo proponía, pero uno podía confiar en Zacharias, la clase de hombre que te prestaba una guinea y nunca la pedía de vuelta. Seguro que ayudaba a un amigo en apuros.
Pero Zacharias no tuvo ningún escrúpulo en desilusionarlo.
—Ni pensarlo —soltó—. Debo aclarar ciertos asuntos en el comité de estándares taumatúrgicos y mañana tengo una reunión con John Edgeworth.
—Debo partir dentro de quince días —dijo Rollo esperanzado.
—Nadie te reprocharía tu ausencia de Londres con un motivo tan excelente —añadió Damerell—. Tu visita será un buen tónico para la salud de esas señoritas. Las alumnas de cualquier escuela para jóvenes siempre están al borde de morir de aburrimiento, y tú las estimularás bien. Las mujeres te consideran aterrador y muy romántico.
—Así es, Zacharias, no sé qué haré si no me ayudas —suplicó Rollo—. Un discurso no es nada para alguien como tú, ¡pero imagíname a mí de pie delante de un grupo de colegialas salvajes! Seguro que sufro una depresión antes de llegar siquiera a la escuela.
Zacharias los fulminó con la mirada.
—Por mucha lástima que inspires, Rollo, debo atender cuantiosos asuntos y no tengo ninguna intención de retrasarlos para quedar en ridículo delante de un puñado de colegialas.
—Pero…
—Zanjemos el tema, por favor —dijo Zacharias—. Ya he oído suficiente. Tendrás que dar el discurso tú mismo, porque yo no pienso hacerlo, y no se hable más.
Edgeworth no se había molestado en confirmar la hora a la que Zacharias debía esperarlo, pero no le dejó en vilo durante mucho tiempo. Apenas llevaba una hora en su estudio cuando el criado llamó a la puerta, pidiendo disculpas por la interrupción. El señor Edgeworth había llegado con sus invitados.
—Dos caballeros extranjeros, señor —dijo Simpson, y entonces dudó—. Y una dama… Creo que es la esposa de uno de ellos.
Zacharias comprendió el motivo de su vacilación enseguida. Los dos caballeros a los que Edgeworth dio paso a la sala iban ataviados con unos trajes extranjeros ricos e impresionantes, pero fue el cuarto miembro de la comitiva a quien Zacharias se quedó mirando con fijeza.
—Su Alteza, le presento al señor Wythe, nuestro hechicero real —dijo Edgeworth, dirigiéndose al más espléndido de los dos caballeros—. El sultán Ahmad gobierna la isla de Janda Baik, en el estrecho de Malaca —añadió, girándose hacia Zacharias—. Su acompañante es el señor Othman, y esta es su esposa real. Espero que no le moleste que Su Alteza la reina nos acompañe. El sultán no se siente cómodo dejándola sola en tierra extranjera, como seguro que entenderá.
La mirada mordaz de Edgeworth le recordó a Zacharias sus modales y apartó los ojos de la sultana con las mejillas encendidas. Era una criatura hermosa, muy joven, pero era su vientre inadecuadamente abultado lo que había atraído su mirada. Parecía extraordinario que hubiera emprendido los rigores del viaje en su estado.
—No, por supuesto —replicó—. Sus Altezas, siéntense, por favor. Les ruego que no se inquieten por la calavera de la ventana. Solo es una reliquia inofensiva. En vida perteneció a Felix Longmire, quien fuera un hechicero real sumamente apacible, para lo que acostumbramos a ser.
Esto no pareció calmar el nerviosismo de sus visitantes. El estudio de Zacharias lucía las huellas de sus predecesores, cuyo gusto había sido claramente estoiquiótico. Se habían aficionado a las calaveras con luces en las cuencas de los ojos, a bolas de cristales donde formas misteriosas iban y venían y a cortinas de terciopelo oscuro bordadas con runas desconocidas.
Aunque Zacharias había impuesto su autoridad para cubrir las paredes con un papel espigado más claro, el cual le vino de maravilla a la habitación, el estudio aún inducía cierta inquietud en la gente no mágica. Sus invitados se sentaron en el borde de las sillas, con los pies bien lejos de los símbolos místicos inscritos en el suelo.
Zacharias no se sentía mucho más cómodo que ellos. Era poco probable, al menos, que Edgeworth abordara el tema de la disminución de la magia inglesa, ya que había traído a un potentado extranjero con él. Pero si Edgeworth no había descubierto la crisis de los recursos mágicos, entonces su visita se debía al motivo habitual por el que el Gobierno pedía ayuda al hechicero real: para recurrir a la magia con la esperanza de que se usara para lo que el Gobierno mejor creyera conveniente.
—Janda Baik, por desgracia, sufre una serie de dificultades mágicas —fue el inicio poco prometedor de Edgeworth—. Cuando el sultán Ahmad nos pidió ayuda, porque Su Alteza sabe el interés que tenemos en todo lo relativo a su nación, le dije que conocía a la persona adecuada para auxiliarle. ¡El señor Wythe se encargará de esas condenadas féminas en un periquete!
—¿Condenadas féminas? —inquirió Zacharias, mirando el globo terráqueo sobre su mesa.
Janda Baik era una mota minúscula en el archipiélago malayo, tan pequeña que casi no merecía ni nombre; pero al este yacían las riquezas de China y, al oeste, las vastas aguas del océano Índico, donde Bonaparte contaba con un acceso muy conveniente desde la Isla de Francia. Los motivos por los que el Gobierno se preocupaba con tanta sensibilidad por Janda Baik se volvieron obvios.
—Me atrevería a decir que es mejor que el propio sultán explique el problema —dijo Edgeworth.
El sultán era un hombre esbelto y atractivo, no mucho mayor que su esposa. Aunque había mirado con recelo a Zacharias cuando los presentaron (un hombre negro no sería la idea que tendría él del mago más importante de Gran Bretaña), sus modales fueron corteses cuando habló. El señor Othman ejerció de intérprete.
—Un grupo de ancianas que confiesa practicar magia asola nuestro reino —comenzó el sultán Ahmad—. Tías y abuelas, a quienes hemos tolerado por respeto a su avanzada edad y porque creíamos que no hacían daño con sus encantamientos.
—¡Brujas, en resumidas cuentas! —intervino Edgeworth, que era lo bastante taumaturgo como para hacer una mueca ante la idea.
Nada asqueaba más a un taumaturgo que una bruja. ¡Féminas descaradas, insolentes y entrometidas que se atrevían a despreciar a la Sociedad por prohibirles la magia a las mujeres y que engañaban al vulgo con sus pociones y sortilegios!
—Al principio se contentaban con provocar la lluvia y calmar el oleaje, ante lo cual no protestábamos, ya que complacían a la gente —prosiguió el sultán—. Pero ahora tenemos motivos para arrepentirnos de nuestra magnanimidad. Últimamente nuestras brujas han tratado con espíritus malignos e incluso acogen a esas criaturas en sus propios hogares. ¡Nos invaden los monstruos! Las lamias pululan por nuestra isla y la gente decente no puede dormir en paz por miedo a que los devoren de noche. Es para socorrer a nuestra gente por lo que hemos viajado hasta aquí para pedir ayuda.
La joven sultana se inclinó para susurrarle al intérprete al oído. El señor Othman se aclaró la garganta y añadió:
—Los franceses nos ofrecieron su apoyo, pero lo rechazamos. Aborrecemos a ese tirano de Bonaparte y nuestra lealtad por nuestros amigos no nos permitió aceptar la ayuda de sus enemigos. ¡Sabemos que los británicos no fallarán a la hora de auxiliarnos!
—Su Alteza sabe que Gran Bretaña es amiga de Janda Baik —dijo Edgeworth—. Nuestro hombre Raffles hizo las presentaciones y yo le he asegurado al sultán que haremos todo lo que esté en nuestras manos para ayudarlos.
