La reina legítima - Zen Cho - E-Book

La reina legítima E-Book

Zen Cho

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Beschreibung

Una nueva historia ambientada en la mágica Inglaterra de regencia de El hechicero de la Corona Muna y Satki son dos hermanas aquejadas por una misteriosa maldición para la que ni tan siquiera la gran Mak Gengagg encuentra solución. Al peligrar la vida de Satki, las hermanas abandonan finalmente Janda Baik buscando la ayuda de la poderosa Prunella, hechicera real británica, pero para alcanzar Inglaterra deberán cruzar el temible reino de las hadas. En su viaje irán tejiendo una red de mentiras y secretos a su alrededor con los que harán frente tanto a los prejuicios de la taumaturgia inglesa como a la extravagante corte de las hadas, siguiendo un arriesgado camino que las llevará a descubrir un pasado que creían olvidado. Una nueva aventura con el mismo ingenio que su novela predecesora, repleta de ironía y chispa, pero no exenta de una afilada crítica social. Traducido del inglés por Carla Bataller. Ilustración de la cubierta por Cinthya Álvarez. Nuestra edición incluye detalles ilustrados realizados en exclusiva para esta publicación.

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Seitenzahl: 496

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Título original: The True Queen

© Zen Cho, 2019

Todos los derechos reservados

© de la traducción: Carla Bataller Estruch, 2023

© de esta edición: Duermevela Ediciones, 2023

Calle Acebal y Rato, 3, 33205, Gijón

www.duermevelaediciones.es

Primera edición: junio de 2023

Ilustración de la cubierta: © Cinthya Álvarez

Corrección: Rebeca Cardeñoso

Diseño e ilustraciones interiores: Almudena Martínez

ISBN: 978-84-127011-3-5

Producción del ePub: booqlab

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

En recuerdo de mis abuelas:Lim Seng MooiChan Siew Eng

PRÓLOGO

AL PRINCIPIO

EN LA COSTA

La tormenta fue devastadora.

Cayó un rayo en un árbol. El tronco se partió con una violencia extraordinaria, pero existía cierta inevitabilidad en su destrucción.

Y lo mismo ocurrió con ella. Cuando se dividió en dos, no hubo ninguna sorpresa, solo dolor.

Se oyó romperse, el icor en sus venas hervía, pero entonces el estruendo de la tormenta ahogó todo sonido. En el pasado había invocado al rayo con tan solo un pensamiento, la lluvia venía y se iba según sus órdenes, las olas se agitaban siguiendo sus deseos.

Pero le habían arrebatado esos poderes. Ahora era ella quien se hallaba a merced de los elementos, zarandeada como un juguete. Peleó para aferrarse a las partes rotas de sí misma, pero se escaparon de su agarre.

La insensibilidad se apoderó de ella y fue arrastrada hacia la oscuridad. No sintió gratitud, pero sí alivio.

Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el oscuro tazón del cielo nocturno. Unas estrellas tenues se repartían por su superficie curva y una blanca luna llena cabalgaba las nubes. El aire olía a dulce lluvia, pero la tempestad había pasado.

El silencio aferraba el mundo en la palma de su mano. Una voz grave le atravesó los huesos, monótona y familiar. Era la voz de las olas, que subían por la costa y retrocedían.

Sentía que había despertado después de un sueño profundo y revitalizante. No recordaba lo que había ocurrido antes, aunque no dudaba de su sufrimiento. Sin embargo, toda angustia había pasado con la tormenta. Sentía un vacío placentero; estaba débil y agotada, pero tranquila.

La arena susurraba contra su cuerpo cuando se levantó con paso inestable. Ante ella se hallaba el mar. Detrás, la masa oscura de la jungla se cernía en la noche como una bestia en duermevela, dormida a medias.

Tanteó el camino, despacio, pues sus extremidades se le antojaron nuevas. Los restos de la tormenta cubrían la playa y tropezó con un trozo de madera que le arañó la rodilla.

El silencio del mundo empezó a darle miedo. Se sentía sola, abandonada por todo lo que había conocido, incluso su propia identidad, pues no podía recordar su nombre. Los árboles bordeaban la costa en cúmulos gráciles de cocoteros y casuarinas. Pero, cuando les habló, no respondieron.

Anhelaba oír una voz amistosa, sentir el roce de una mano conocida. Había pasado mucho tiempo dormida. Si tan solo alguien le dijera lo que había ocurrido…

Se golpeó el pie contra algo sólido. Ese tronco parecía distinto; sólido, sí, pero más blando. Se agachó y estiró el brazo para palpar piel cálida, el extremo descollante de un hueso. El cuerpo respiraba y, al tocarlo, se movió.

La chica abrió los ojos, que brillaron al captar la luz de la luna y expresaron los mismos sentimientos que se reflejaban en su propio semblante: reconocimiento y alivio.

—Muna.

—¿Es ese mi nombre? —dijo Muna, pero no era una pregunta de verdad. Supo de inmediato que pertenecían la una a la otra—. He olvidado el tuyo.

—Creo que me llamaban Sakti —respondió la otra—. Ayúdame, kak.

Se dirigió a Muna como «hermana», y así fue como se llamaron a partir de entonces.

CAPÍTULO 1

SEIS SEMANAS MÁS TARDE

LA ISLA DE JANDA BAIK, EN EL ESTRECHO DE MALACA

MUNA

Los bosques de Janda Baik imponían incluso bajo el intenso resplandor del día. Sin embargo, en la penumbra del amanecer resultaban muy extraordinarios: una extrusión de otro mundo inhumano, más allá del terror y la admiración.

Los bosques cubrían gran parte de la isla, los poblados se ceñían a la costa. Sus habitantes discurrían con mesura por la sombra de la jungla para evitar su atención. Lo que ocurría en la jungla era asunto de las brujas y los espíritus.

Y, por supuesto, precisamente tales asuntos formaban parte de la labor de Mak Genggang. Tenía el aspecto de cualquier pueblerina anciana de las que se encuentran inclinadas sobre sus cazuelas en una cocina o vendiendo verduras en un mercado. Su trato, que combinaba calidez con una imperiosidad que no habría estado fuera de lugar en un palacio, no la distinguía de cualquier otra matriarca con su vestimenta de batik.

No obstante, su aspecto resultaba engañoso. Como todo el mundo en Janda Baik sabía, Mak Genggang era la bruja más destacada de la región, la primera entre los magos del estrecho. Se decía que el mismísimo rey de Siam había buscado su consejo, que era famosa entre los practicantes de las artes mágicas de China e India y que se contaba entre las amigas de la hechicera real de Inglaterra, la cual presidía sobre los magos de ese distante país. El nombre de Mak Genggang lo conocían incluso en el Reino Oculto, el mundo velado donde vivían los espíritus, al lado del nuestro.

A pesar de sus grandiosos poderes, era una mujer bondadosa, pero, al igual que ocurre con muchas personas fuertes que no suelen sentir miedo, no le surgía de un modo natural el considerar los temores de los débiles. Fue ella quien insistió en que Muna y su hermana Sakti partieran al comienzo del día, antes de que el sol hubiera despuntado siquiera.

—La magia siempre es más fuerte en la frontera —había explicado la bruja—. Ya sea entre la jungla y el poblado, o la tierra y el mar, o el día y la noche.

A Sakti se le crispó el semblante. Muna sabía cómo se sentía. Si estuviera en su mano, no habrían salido antes del mediodía, con el sol bien alto en el cielo y su inescapable luz.

—Mak cik, seguiremos sus instrucciones, por supuesto —dijo Muna—. Pero ¿no nos resultaría más fácil ver el camino si partimos más tarde?

—Cuanto antes os marchéis, mejor —respondió la anciana con firmeza.

Se habían levantado al amanecer, cuando reinaba la oscuridad; el cielo seguía azul oscuro cuando llegaron a la linde de la jungla. Bajo los árboles se extendía un mundo entre sombras, lleno de misterio e incordios, como sanguijuelas, serpientes, bestias peligrosas… y magia. La jungla constituía la ruta más corta al Reino Oculto, la morada de djinn y espíritus, de donde fluía toda la magia.

—Si os subimos a un barco rumbo a Inglaterra, tardaréis un año en ver sus costas —comentó Mak Genggang—. Pero el Reino Oculto limita con todos los territorios mortales y llegaréis enseguida a través de la jungla. Cualquier necio que vague por el bosque se arriesga a tropezar con el mundo de los espíritus si no se anda con cuidado.

Muna había oído todas las historias habituales de dichos necios y los horribles finales que padecían. Esos relatos no encendían en ella ninguna llama de deseo de imitar a sus héroes.

—Pero ¿es seguro ir por ahí, mak cik?

—Pues claro que no es seguro —replicó Mak Genggang con impaciencia—. Aunque tampoco sería seguro que os quedarais aquí. Os abriré un camino y, si os apresuráis, llegaréis a Inglaterra antes de que la hechicera real se siente a desayunar.

La ceremonia para abrir el camino era sencilla. Mak Genggang no salmodió ni obró ninguna gran magia, al menos que Muna viera. Agachó sin más la cabeza mientras musitaba y atizaba la hierba con un palo, como si buscara un objeto perdido.

Muna se arropó más con el rebozo, temblando por el frío aire matutino. Las actividades de la bruja esconderían más de lo que unos ojos no mágicos podrían detectar, pues Sakti observaba a Mak Genggang con interés y pareció olvidarse de su aprensión por el viaje que les aguardaba.

Solo estaban ellas tres en la linde del bosque. En el hogar de Mak Genggang, nadie conocía su partida. Muna comprendía la necesidad de ser discretas, pues era culpa suya y de nadie más que las enviaran lejos en secreto.

Aun así, lamentaba no poder despedirse de todo el mundo. Como la mayoría de personas relevantes, Mak Genggang contaba con numerosas seguidoras, aunque las suyas eran más abigarradas de lo normal. En su gran casa de madera, apartada del resto del poblado, residía una multitud cambiante de brujas, aprendizas, criadas, esclavas, cautivas, parientes pobres, vagabundas de toda clase e incluso unas cuantas lamias.

Esas últimas habían alarmado a Muna cuando se unió al hogar de la bruja, pero con la rutina se había acostumbrado a ellas. No eran muy distintas a las mujeres mortales, algo que quizá no fuera sorprendente, pues las lamias solo eran los espectros de las mujeres que morían con un gran agravio. Lo que más las distinguía de otras mujeres era su predilección por consumir entrañas humanas; les encantaban sobre todo los niños. Sin embargo, las que vivían bajo la protección de Mak Genggang eran mansas y acataban códigos estrictos de buen comportamiento. Se habían aficionado en desmedida a las habladurías y tendían a pelearse entre ellas, pero dichas manías también las compartían el resto de subordinadas de la bruja.

Pese a todo, Muna se había encariñado de las demás criadas en las semanas desde que Mak Genggang las encontrara a Sakti y a ella vagando desorientadas por la costa y las tomara bajo su protección. Muna se acordó con nostalgia de la chica que dormía en el jergón junto al suyo. A menudo había deseado que Puteh no se empecinara en repetir las conversaciones que mantenía con un joven bien parecido del pueblo cuando Muna ansiaba dormir, pero ahora echaría de menos oír esa voz emocionada en su oído. También echaría de menos a Kak Lena, que gobernaba la cocina de Mak Genggang. Le había prometido enseñarle la receta de Mak Genggang para el sambal, un secreto guardado con tanto celo como cualquiera de los hechizos de la bruja, y ahora Muna no la aprendería nunca…

—¿Por qué lloras? —susurró Sakti con una perspicacia poco habitual en ella.

—No es nada —respondió Muna, avergonzada. Se limpió las lágrimas con el rebozo—. Es que… ¡Estaba pensando en todo el mundo, ya sabes! ¿No te da pena marcharte, adik?

—No. ¡Sabías que ansiaba que ocurriera cualquier cosa!

Muna suspiró, pero no había esperado otra respuesta de Sakti. No dudaba que fueran hermanas; ¿cómo si no habría sabido Sakti su nombre al despertar, aunque no recordasen nada más de sus vidas pasadas? Era cierto que se parecían, aunque Sakti era la más agraciada, con ojos más grandes, pestañas más largas y una piel dorada más clara; pero no compartían ninguna otra similitud.

Al parecer, se habían perdido en la mar durante la tormenta; una tormenta nunca antes vista en el recuerdo vivo de Janda Baik, que había devastado las cosechas y ahogado a varios pescadores. Pero ni Muna ni Sakti podían decir de qué poblado procedían ni nombrar a su familia.

—La conmoción ha espantado esas cosas de vuestra mente —había dicho Mak Genggang—, pero las recordaréis con el tiempo y luego encontraremos a vuestra familia.

Y, sin embargo, no recordaron nada, aun con el paso de los días, que se convirtieron imperceptiblemente en semanas.

El transcurso del tiempo no había preocupado a Muna. Era inoportuno no poseer recuerdos, por supuesto, pero la vida bajo la protección de Mak Genggang resultaba cómoda. Mandaron a Muna a trabajar en la cocina y, como en el hogar de la bruja el arte de cocinar era tan desarrollado y estimado como la magia, asumió el trabajo con un interés absorbente. Había trabado amistades entre sus compañeras criadas y enseguida se incorporó a la vida de la casa.

En cuanto a su hermana, Mak Genggang la eligió al principio por su notable don mágico. La había ascendido al rango de aprendiza y exonerado de gran parte de sus deberes domésticos para que pudiera dedicar su tiempo al estudio de la magia.

La misma Muna carecía de cualquier habilidad mágica, pero eso no la preocupaba. La magia no parecía hacer feliz a Sakti. Era un gran honor que la hubieran admitido en las lecciones de Mak Genggang (nobles y princesas habían buscado con ansia ese privilegio), pero Sakti no valoraba su buena suerte tanto como debería. El suyo era un temperamento inquieto y la impacientaba el peso de la autoridad de Mak Genggang.

—¡Esa vieja es una tirana! —le confesó a Muna—. No sé cómo puedes agacharte e inclinarte ante ella y decir: «Sí, mak cik» y «No, mak cik» como sueles hacer.

Lo cierto era que Muna apreciaba a Mak Genggang. La bruja podía ser autoritaria, aunque resultaba natural que alguien tan mayor y poderoso creyera saber lo que era mejor. Pero decirle eso a Sakti solo la enojaría.

—He descubierto que el hecho de que sea una maga poderosa es un gran incentivo para ser cortés —respondió Muna con suavidad—. Además, estamos en deuda con ella. No tenía ninguna obligación de acogernos.

Sakti no podía negar que la bruja había sido amable. Con el paso del tiempo, Mak Genggang no había mostrado señales de impaciencia respecto a su estancia, así que se habían quedado en su hogar. En cuanto a Muna, sabía que habría gente preguntándose por su desaparición, familiares y amigos que aguardaban su regreso, pero, como no podía recordarlos, no sentía ninguna necesidad apremiante de reencontrarse con ellos. De buena gana se habría quedado con Mak Genggang indefinidamente… si no fuera por la maldición.

Echó un vistazo a la cintura de Sakti, pero el sarong de su hermana ocultaba las señales de la maldición. El recuerdo de la herida la ablandó. ¿Por qué iba Sakti a sentir pena de abandonar un lugar que le había causado tanto mal? Solo cabía esperar que Inglaterra le sentara mejor.

Mak Genggang se enderezó, tiró a un lado el palo y dio una palmada.

—¡Hecho! Eso os mantendrá todo lo seguras que podéis estar en el país de los djinn. Y os he aplicado conjuros de idiomas a cada una, con lo que no encontraréis ninguna dificultad a la hora de hablar con los ingleses.

El camino se extendía ante sus pies; se trataba de una cuerda plateada de luz que serpenteaba por la hierba hacia la jungla. Sakti y Muna la observaron con cierto recelo. La naturaleza eficiente de Mak Genggang no bastaba para persuadirlas de que adentrarse en el Reino Oculto no era nada fuera de lo común.

—¿Qué debemos hacer si nos encontramos con espíritus? —aventuró Sakti.

—Te he enseñado hechizos de defensa. No los habrás olvidado todos, ¿verdad? —dijo Mak Genggang.

—No, pero…

—En cualquier caso, no deberíais necesitarlos, siempre y cuando os ciñáis al sendero. Pocos espíritus os molestarán si descubren que os halláis bajo mi protección. Sin embargo, proceded con discreción. La reina de los djinn nunca se ha interesado por lo que hacemos en Janda Baik, pero está enemistada con los ingleses y eso la ha hecho fijarse en quién viaja entre su reino e Inglaterra. Si os apresuráis y sois discretas, no debería enterarse de que habéis atravesado sus tierras.

»Será mejor que os marchéis —añadió cuando Muna y Sakti aún mostraban cierta predisposición a quedarse—. Tengo otros asuntos que atender… y no queremos que los ingleses vengan y os encuentren aquí. ¡Sería típico de ellos sorprendernos! Id en paz y saludad de mi parte a la hechicera real y a su mozo. ¡Y cuida de tu hermana!

Habría sido natural que la bruja se dirigiera a Sakti, ya que ella poseía magia y era, por tanto, la más preparada para defenderlas contra los distintos peligros del Reino Oculto. Sin embargo, Mak Genggang miró a Muna.

—Cuidaré de mi hermana, mak cik —le aseguró Muna, aunque luego dudó—. Gracias. ¡Se ha portado muy bien con nosotras!

Y partieron. Muna no quería mirar atrás, pues tenía la sospecha de que se deshonraría si lo hacía. Pese a todo, se giró.

Aunque solo se habían adentrado una decena de pasos en la jungla, los árboles se apiñaban para oscurecerle la vista. A través de los huecos entre los troncos, vislumbró a la bruja todavía allí: una figura pequeña y erguida, engañosamente frágil, que se hacía sombra en los ojos con una mano.

CAPÍTULO 2

Hacía fresco a la sombra de los árboles, pues tan solo unos rayos de sol atravesaban el follaje. La luz se intensificó a medida que Muna y Sakti caminaban; el brillo extraño que desprendía el sendero de la bruja también las ayudaba.

El bosque no tardó en cerrarse a su alrededor; los árboles se cernían sobre sus cabezas a cada lado. La vasta quietud ajetreada de la jungla parecía exigir un silencio respetuoso y debían prestar cuidadosa atención a los pies para no tropezar con los distintos obstáculos que poblaban el suelo boscoso: enredaderas como serpientes, tallos de bambú caídos, troncos podridos y tocones.

Muna seguía a su hermana, absorta en pensamientos melancólicos acerca de todo lo que abandonaba. La culpa de su partida solo se la podía atribuir a sí misma, pues había sido su desastrosa aventura lo que las había obligado a marcharse de la isla. Y, sin embargo, tampoco veía que pudiera haber hecho otra cosa. Había actuado con la mejor de las intenciones, ella solo quería romper la maldición.

Cuando Muna y Sakti llevaban quince días en el hogar de la bruja sin recuperar sus recuerdos, Mak Genggang había realizado unos ritos sanadores que habían consistido en ceremonias extremadamente largas y aburridas, con muchos cánticos y dispersión de pasta de arroz. Al final, la bruja había declarado:

—¡Un mago malvado os ha hechizado! Os ha dividido como quien separa el mangostino de su pulpa. —Dirigió su mirada pensativa a Muna—. Me había resultado extraño que no poseyeras nada de magia cuando tu hermana tiene en exceso. Pero esto lo explica todo. Te la han robado.

Muna se sentía adormilada después de pasar varias horas peleando contra el sueño mientras Mak Genggang les lanzaba hechizos y tardó un momento en comprender lo que la bruja había dicho.

—¿Robado? Pero ¿cómo se puede robar la magia de una persona?

—Es brujería malvada, pero fácil de realizar para un mago al que no le abrumen demasiado los escrúpulos —explicó Mak Genggang—. Solo debe robar una parte vital del alma, el foco de la magia de cada persona. Hay quien lo llama el corazón. Por eso muchos magos guardan sus corazones fuera del cuerpo, a modo de sensata precaución. Alguien ha robado el tuyo. En otras palabras, niña, ¡te han echado una maldición!

—Pero ¿por qué solo han maldecido a Muna? —preguntó Sakti con cierta indignación—. ¿Qué ha podido hacer? Si yo fuera una maga malvada que ansiase maldecir a una de nosotras, me elegiría a mí.

—¡Adik! —la reprochó Muna, aunque en el fondo comprendía ese sentimiento. No era que le desease ningún mal a Sakti, pero le parecía de lo más injusto. Una cosa era creer que Dios, en toda Su sabiduría, hubiera decidido no otorgarle magia, mientras que otra era oír que sí que había poseído dicha magia, pero alguien se la había robado.

—Las dos estáis malditas —dijo Mak Genggang—. Tú tampoco tienes recuerdos, ¿verdad?

—Pero ¿a mí qué me han robado? No me falta nada.

—¿Eso crees? Se me ocurren muchas cosas que tu enemigo podría haberte arrebatado. Tu conciencia, tus modales, tu respeto por los mayores…

—¿Puede romper la maldición, mak cik? —preguntó Muna antes de que Sakti proporcionase más leña a las quejas de Mak Genggang.

La bruja frunció el ceño.

—Lo he intentado, pero no localizo el problema. ¡Hay algo muy extraño en ese hechizo! Es magia sutil, o la habría detectado antes. Y, aun así, la brecha se realizó con torpeza. No veo cómo se hizo ni cómo puede deshacerse. —Irritaba a la bruja enfrentarse a algo que no podía solucionar. Tamborileó sobre la rodilla, mirando con intensidad a Muna y Sakti—. Si supiera el nombre del mago, quizá… ¿No recordáis en absoluto quién os ha podido hacer esto?

Pero ninguna sabía quién podía ser su enemigo.

Mak Genggang no era una mujer que dejase en paz un problema sin buscar una solución. Hizo que sus aprendizas mezclaran brebajes apestosos que Muna y Sakti debían engullir y les enseñó fórmulas crípticas para que las entonasen al anochecer y al amanecer, cuando el velo entre los mundos era más fino.

Pero le faltaba tiempo para dedicar toda su atención al asunto, pues estaba ocupada con temas más importantes. Se rumoreaba que las potencias extranjeras conspiraban contra Janda Baik, hecho que inquietaba al sultán en grado sumo. Sea como fuere, Mak Genggang pasaba la mayor parte de los días en el palacio para reunirse con el sultán y sus consejeros.

En cuanto Muna se recuperó de la sorpresa inicial, la maldición dejó de preocuparla. Poseía un alma práctica y no veía ningún bien en inquietarse por lo que no podía cambiar. Además, la maldición no parecía afectar a su salud ni a la de Sakti.

O eso pensaba, hasta que Sakti acudió a ella un día con la actitud de quien atesora un gran secreto.

—Tengo que enseñarte una cosa —dijo su hermana.

A Muna le habían encargado cocinar una olla de arroz y habría preferido que la dejaran en paz con la tarea. Pero Sakti persistió, con guiños y señas, hasta que Muna se vio obligada a captar la indirecta. Le suplicó a Puteh que vigilara la olla y siguió a su hermana hasta la terraza.

—¿No me lo podrías haber enseñado en la cocina?

—¿Delante de Puteh? —se mofó Sakti—. No existe ninguna tempayan con una boca más grande que la suya. Cualquier cosa que se diga delante de ella, la bruja la sabrá antes del anochecer.

Aquello hizo que Muna examinase con más atención a su hermana. Sakti no era la misma de siempre, irradiaba una energía frágil. Sus ojos reflejaban una victoria extraña mezclada con nerviosismo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Muna. Empezaba a preocuparse, pero Sakti se negó a responder hasta que llegaron a las afueras del huerto detrás de la casa de Mak Genggang.

Allí, donde los árboles frutales de la bruja comenzaban a mezclarse con los matorrales de la linde de la jungla, no había riesgo de que las oyeran. Aun así, Sakti hizo esperar a Muna mientras lanzaba un hechizo para impedir que cualquier árbol o céfiro se anduviera con chismes.

—No creo que sea cierto que Mak Genggang hable con los árboles —protestó Muna, pero, al hablar, recordó varias ocasiones en las que la bruja regañaba a su huerto como si reprendiera a una criada errada—. Bueno, no creo que le respondan.

Sakti no estaba convencida.

—Tú eres la que siempre me dice que es la mayor bruja al este de la India y al oeste de China. Apuesto a que recabar rumores de los árboles es lo mínimo que puede hacer. —Le agarró entonces la mano a Muna—. ¡Jura que no le contarás a Mak Genggang lo que te voy a enseñar!

—No le has robado a la bruja, ¿verdad? —preguntó Muna con alarma. Sakti tendía al melodrama, pero aquello parecía un asunto diferente.

Sakti se irguió, alterada.

—¡Robarle a ella! No tiene nada que yo desee —dijo con altanería—. Es más, ¡es ella quien me está robando la vida misma!

—¿A qué te refieres?

—¡Mira! —exigió Sakti y se quitó el sarong con una floritura. Muna ahogó un grito—. ¿A que es horrible? —añadió su hermana con un sombrío deleite.

Donde debería estar su ombligo, no había nada en absoluto. Era como si hubieran tallado un agujero a través de su persona. No existía ninguna herida ni moratón: la carne se desvanecía sin más en la nada. A través del agujero, Muna vio los arbustos de detrás de Sakti.

Estiró el brazo, con la mano temblorosa, pero no se atrevió a tocar a su hermana. Se sentía mareada.

—¿Cómo ha podido pasar?

—Me desperté ayer y descubrí que me habían vaciado —explicó Sakti—. Mira, me atraviesa entera.

Y metió dos dedos en el agujero.

—Ay, ¡no… no! —exclamó Muna, estremeciéndose—. ¿Te duele?

—No. No siento nada. —Su satisfacción por causar un gran impacto se templó con la inquietud de observarse—. Pero creo que está creciendo. Hoy lo veo más grande.

—La maldición —jadeó Muna y la atravesó un pinchazo de culpa. Se había contentado con esperar a Mak Genggang, confiando en que la bruja rompería la maldición a su debido tiempo—. ¡No tenía ni idea! ¿Por qué no me lo has dicho antes?

—Pensé que desaparecería. La bruja nos enseñó una gran magia anteayer, y pensé que era un efecto de aquello. Pero ninguna de las otras aprendizas parece afectada. Solo puede ser la maldición.

Muna se llevó una mano al cuerpo. Se clavó el dedo en el ombligo y tocó con alivio carne sólida.

—Pero ¿por qué te afecta a ti y no a mí?

—Me lo he planteado —dijo Sakti. Se ató el sarong de nuevo y escondió la desconcertante ausencia de su parte central—. Pero la respuesta es obvia. La persona que nos echó la maldición ya te ha robado a ti la magia. Por eso no posees ni una pizca, aunque se suela heredar de la familia. Ahora esa mujer odiosa ha comenzado conmigo… Pero estoy hecha de más magia que tú. ¡Drenármela es destruirme!

—¿Has descubierto quién nos ha maldecido? —preguntó Muna, sorprendida—. ¿Es una mujer?

—No era difícil de adivinar. La respuesta es evidente. ¿Quién más podría ser si no la bruja?

Muna se la quedó mirando y le sobrevino una oleada de cansancio.

—¡No pensarás que Mak Genggang es la causante de la maldición!

—¿No te parece extraño que sea tan poderosa, siendo una anciana de origen desconocido?

—Extrae su magia de la virtud de la isla. Es lo que dice todo el mundo.

Sakti rechazó la idea con un gesto de la mano.

—¡Tonterías supersticiosas! ¿Quién ha oído hablar jamás de una isla mágica? ¿De dónde procedería esa magia? ¿No es más probable que la bruja robe la magia de otras personas? Eso explicaría por qué nos ha acogido cuando no tenemos nada que ver con ella.

—Pero el hogar de Mak Genggang incluye a muchas personas que tampoco mantienen ninguna relación con ella —protestó Muna—. No todas poseen magia. De hecho, muchas no hacen nada útil. Tú misma has dicho que su único talento parece ser el de gorronear a sus amigas.

—Sospecho que acoge a las inútiles para ocultar su auténtico plan —dijo Sakti, pero Muna respondió con severidad.

—Eso son estupideces y lo sabes. ¿Por qué nos iba a hablar Mak Genggang de la maldición si ella era su autora? No lo habríamos sabido nunca de no ser por ella. Piensa en toda la pasta de arroz que ha gastado para intentar romper la maldición, ¡y sin pedirnos ni un wang para cubrir los gastos!

—No creo que la pasta de arroz sea mucho gasto. Y en cuanto a por qué nos lo ha contado, todo forma parte de su artimaña. Mientras creamos que su intención es ayudarnos, no vamos a sospechar de ella. Reconocerás que resulta extraño que, después de tantas semanas, no recordemos quiénes somos ni qué nos pasó. Si Mak Genggang nos estuviera drenando las almas para aumentar su reserva de magia, eso lo explicaría.

—Hay una explicación más sencilla —razonó Muna—. ¡Nos han maldecido, Mak Genggang nos lo reveló y ahora está intentando romper la maldición!

»Creo que eres una ingrata de cuidado —añadió con energía—. No hacía falta que idearas esta absurda historia solo porque no te gustan las lecciones o porque a Mak Genggang no le importa lo hermosa que eres, sino que te regaña igual que regaña al resto del mundo…

—¡Oye!

—Lo mejor sería que le hablaras a Mak Genggang sobre tu aflicción. Deberíamos contárselo ahora mismo. Seguro que encuentra una forma de revertirla.

Se dio la vuelta con la intención de regresar a la casa. Pero Sakti la agarró del brazo con una fuerza espantosa.

—¡Calla o vendrá todo el poblado a por nosotras! —dijo por encima de los chillidos de Muna—. Si Mak Genggang se entera de que hemos descubierto su engaño, no tendrá más motivos para contenerse. Nos destruirá para no perder su buena reputación. ¡Imagino que nos mandará asesinar!

—Has escuchado demasiados syair sobre suegras depravadas —se quejó Muna. Intentó apartar el brazo—. ¡Ay! ¡Suéltame!

—No lo haré hasta que jures que no acudirás a la bruja. ¡Me prometiste que no dirías ni una palabra sobre lo que te contara!

—Pero…

—Te sellaré los labios con magia si es necesario, pero preferiría no hacerlo. Debo conservar mi alma. Cuanto más use, más me arriesgo a perderme.

El recordatorio de la aflicción hizo que Muna se debilitara en el agarre de su hermana. Buscó el rostro de Sakti.

—¿Crees que el autor de la maldición te ha robado el corazón? Según Mak Genggang, me robó el mío.

El semblante de Sakti era grave.

—No sé qué me ha hecho a mí. Pero me temo que estoy desapareciendo.

Muna sintió un escalofrío de aprensión que superó su frustración ante la terquedad de su hermana.

—Suéltame. No le diré ni una palabra a Mak Genggang, ya que no lo quieres. Pero ¿qué propones hacer?

—Huir, por supuesto —dijo Sakti, liberándola—. No me sorprendería que me sintiera mejor en cuanto nos alejemos de la influencia de la bruja.

A Muna se le cayó el alma a los pies. Pero debería haberlo previsto, la inquietud de Sakti no habría podido derivar en nada más.

—Pero ¿y si no mejoras? ¿Y si descubrimos que Mak Genggang no tiene nada que ver con la maldición y esta sigue devorándote? Estaríamos solas, sin ningún sitio al que ir ni nadie que nos socorra. ¿Qué haríamos entonces?

Sakti arrugó la nariz.

—Si no deseas acompañarme, ¡solo tienes que decirlo! A mí no me importa. Estaré perfectamente bien sola.

Aquello era pura bravuconería, Muna percibía el miedo de su hermana. Sin embargo, Sakti poseía una voluntad de hierro y no solía deshacerse de buena gana de sus prejuicios. Como había concebido uno contra la bruja, preferiría huir, incluso sola, hacia peligros desconocidos, antes que admitir que se equivocaba.

La mente de Muna volaba. Debía evitar que Sakti cometiera una imprudencia, pero ¿cómo?

Sus ojos se posaron en un platanero silvestre. Se rumoreaba que los plataneros estaban embrujados por las lamias; o, mejor dicho, por esas lamias que no se beneficiaban de la hospitalidad de una bruja compasiva. Aquello le otorgó la inspiración que andaba buscando.

—Pues claro que te acompañaré a donde sea —dijo—. Pero aún no nos marchemos. Tengo una idea.

—¿Ah, sí? —preguntó Sakti con escepticismo.

—¿Y si pudiéramos romper la maldición nosotras?

CAPÍTULO 3

LA CASA DEL MINISTRO RESIDENTE EN LAS COLONIAS BRITÁNICAS DEL ESTRECHO MALACA

MUNA

La casa del rajá inglés de Malaca era un edificio imponente, perfecto para los distintos reyes extranjeros que lo habían ocupado, pues fue erigido por los holandeses antes de que los ingleses ocuparan la ciudad. Su construcción de ladrillo le otorgaba una pesadez con la que no contaban las casas normales de madera, un aire de permanencia y poder. Sakti boqueó al ver el tejado rojo del edificio, sus paredes blancas y las deslumbrantes hileras de ventanas.

—¡Ahí caben dos palacios del sultán de Janda Baik! —susurró.

Muna empezaba a arrepentirse de la sugerencia que las había llevado hasta allí.

—Dicen que el rey inglés de Malaca está loco por la magia —le había contado a Sakti—. Posee una colección de hechizos y artefactos mágicos de Inglaterra e India, así como de los países de alrededor.

Sakti se había ofendido ante la idea de que Muna supiera más sobre cuestiones mágicas que ella.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Oí a las lamias hablar sobre el tema. Chismeaban fuera de la cocina y no se enteraron de que las estaba escuchando. Al parecer, el rey inglés se ha aficionado a coleccionar magia. Tuan Farquhar paga un wang por cada estrofa mágica que le dan y más por fórmulas completas, por lo que a las afueras de su casa se suele reunir una gran multitud cada día para gritarle que quieren venderle hechizos. Ha contratado a dos escribas y les hace apuntar los hechizos en libros.

—¡Un wang por cada estrofa! —exclamó Sakti, intrigada.

Muna vio hacia dónde se encaminaban sus pensamientos.

—Mak Genggang se enterará si intentas vender su magia a los ingleses —advirtió—. Ni siquiera las lamias lo hacen, ¡por miedo a provocarla!

—No pensaba venderle magia de verdad, claro —replicó Sakti, ofendida—. Un buen hechizo vale más que un wang. Pero el rey inglés no es mago y cualquiera se podría inventar una fórmula creíble para engañar al profano. —Ante la mirada de Muna, añadió—: Si el hombre tiene la impertinencia de comprar magia sin ser mago, se merece que lo engañen. Debería saber cuál es su lugar.

—Eso son disparates y lo sabes —replicó Muna, ceñuda.

—¡Pues de acuerdo! Pero, si no quieres aprovecharte del delirio mágico del inglés, ¿por qué lo has mencionado?

—¿No lo entiendes? Si posee hechizos de Inglaterra e India, tendrá magia que ni siquiera Mak Genggang conoce. Magia que nos podría ayudar a romper la maldición… ¡a curar tu enfermedad! —La idea impresionó a Sakti y su mirada escéptica desapareció. Alentada, Muna se apresuró a añadir—: No creo probable que encontremos el antídoto a la maldición, ya que ha demostrado superar el poder de Mak Genggang. Pero puede que exista un hechizo que arroje luz sobre su naturaleza u orígenes, un hechizo que nos proporcione el nombre del culpable.

Sakti la miró con lástima.

—Ya sabemos quién es la culpable. Pero tú no deseas aceptarlo.

Muna arqueó las cejas.

—Supongamos que tienes razón. ¿Sabrías decirme el auténtico nombre de Mak Genggang?

—Pues… —Sakti frunció la boca, contrariada—. No. Porque nadie lo sabe.

—Bueno, ¿y no lo necesitamos si queremos romper la maldición? —preguntó Muna—. Cuando a Mak Genggang le piden que cure cualquier dolencia mágica, lo primero que hace es averiguar el nombre de la persona que la haya causado.

Era una verdad innegable. Sakti parecía enojada.

—Eso suele ser porque, en general, una dolencia mágica se cura llamando a su autor y amenazándole con romperle la crisma si no retira la maldición —comentó—. ¿Acaso sugieres que sigamos ese camino con Mak Genggang?

Las dos se imaginaron la escena. El semblante de Sakti empalideció.

—Si descubrimos su nombre auténtico, se nos presentarán otros caminos —replicó Muna, pero Sakti puso los ojos en blanco.

—¡La verdad es que tú no crees que sea Mak Genggang!

—Aunque lo sea, deberíamos asegurarnos, ¡en vez de lanzarnos al mundo solo por una mera sospecha! Vamos, adik… ¿No preferirías romper la maldición tú sola y decirle a Mak Genggang que lo has hecho?

Sakti cedió, más porque una expedición a través del estrecho hacia la casa del rey inglés se le antojaba una aventura fascinante que porque poseyera una fe real en que aquello les revelaría nueva información sobre su problema. En cuanto a Muna, había estado tan preocupada por distraer a Sakti de la idea de huir que su propuesta le había parecido menos alocada que ahora que la tenía ante ella, acuclillada en la hierba junto a la casa del rey inglés, con el sol dándole con fuerza en la nuca.

Hasta el ánimo de Sakti disminuyó al ver la casa del rey… y a los cipayos armados que vigilaban la entrada.

—¡Hay soldados, kak!

Muna no había tenido en cuenta a los soldados. Ahora aquello le parecía una estupidez. Enfadada consigo misma, respondió con irritación:

—Pues claro, ¿o acaso creías que la mismísima casa del rey estaría desprotegida?

—Estoy segura de que no se te había ocurrido que habría cipayos guerreros aquí cuando dijiste de venir —replicó Sakti, sin dejarse impresionar. Luego reflexionó—: A lo mejor podríamos convertirnos en pájaros y entrar volando por una ventana abierta.

—¿Puedes hacer eso? —preguntó Muna con desconcierto—. ¿Cambiar de forma no es una magia muy superior? Según Mak Genggang, solo deberían intentarlo los magos de gran talento.

—¡Ah, siempre con la cantinela de «Mak Genggang esto» y «Mak Genggang aquello»! —exclamó Sakti—. Nunca he probado a alterar mi forma, pero no puede ser tan difícil. Podría empezar imaginándome como un pájaro…

Su hermana ya estaba adquiriendo un semblante picudo. Muna la sacudió por el hombro.

—¡Eso no! Ya sé lo que vamos a hacer.

Había sido la referencia desdeñosa de Sakti sobre Mak Genggang lo que le había dado la idea. Su hermana podía llamar malvada a la bruja, pero no podía negar que era eficaz. Muna se preguntó: ¿qué haría Mak Genggang en ese instante?

Pensarlo fue como una especie de acto mágico en sí mismo. De repente, Muna vio a los cipayos con nuevos ojos. Solo eran jóvenes aburridos atrapados en un país extranjero que sudaban en sus uniformes.

Mak Genggang tenía un carácter frugal; nunca empleaba magia si podía usar la fuerza de voluntad. Muna agarró el brazo de su hermana y le quitó unas lustrosas plumas negras de la cabeza.

—¡Ven!

Muna marchó hacia la entrada de la casa del rey, con Sakti refunfuñando a su lado. Los cipayos las observaron indecisos, pero Muna llegó a la puerta y llamó con energía antes de que pudieran causarle problemas. Les dirigió una mirada ceñuda, como diciendo: «¡Será mejor que no me hagan esperar!».

El criado que abrió la puerta era malayo, para secreto alivio de Muna. Nunca había hablado con un extranjero y no estaba completamente segura de su capacidad para hacer creer a uno que ella era una persona importante.

—Buenos días, adik —saludó Muna con un tono de lo más señorial, aunque el criado parecía tener su misma edad y, por cortesía, debería haberse dirigido a él como un mayor, no como alguien más joven.

El criado parpadeó y decidió pasar por alto el lapsus en sus modales.

—¿Tienen una petición para el rey? Ha salido.

—Eso no es ningún problema —replicó Muna con benevolencia—. Tuan Farquhar me pidió que viniera en su ausencia para ordenar su biblioteca de hechizos. Soy una bruja —explicó— y esta es mi ayudante. —Sakti lanzó una exclamación indignada, pero Muna clavó el codo en el costado de su hermana—. Estoy segura de que Tuan Farquhar habrá hecho saber a la servidumbre que debían esperar mi presencia.

—Debe de haber un error —dijo el criado—. Tuan Farquhar no le pediría esa tarea a usted. Quizá no lo sepa, pero los ingleses detestan a las brujas. Sus costumbres prohíben la práctica mágica a las mujeres.

—A las mujeres inglesas, por supuesto —dijo Muna—. Pero ¿qué tiene que ver eso conmigo? Tuan Farquhar buscó a alguien que entendiera nuestra magia, a alguien que pudiera estudiar los hechizos que le han vendido y asegurar que no ha sido engañado. Y le proporcionaron mi nombre.

»Confío en que sus escribas lo han hecho lo mejor que han podido —añadió con condescendencia—, pero no son brujas. Es muy probable que hayan cometido errores mientras anotaban los hechizos. Le ruego me conduzca hasta la colección del rey. Me han dicho que es extensa y me marcharé por la tarde, pues debo realizar una ceremonia de sanación.

—Se trata de un caso de posesión por espíritus malvados —añadió Sakti—. ¡Muy triste!

Cuando el criado dudó, Muna lo observó con severidad.

—¿O acaso quiere responder ante Tuan Farquhar por despacharme? Debería saber que las brujas tenemos el mismo aprecio por los ingleses que ellos por nosotras. No creo que encuentre a otra persona que quiera ayudarle. —El criado vaciló. Muna sacudió la cabeza y se giró hacia Sakti—. ¡Marchémonos! Tenías razón al decir que no deberíamos rebajarnos a ayudar al inglés. ¿Qué nos importa a nosotras si lo han engañado? Dará por verdadero lo falso, por valioso lo inútil. ¡Que le sirva de lección por la arrogancia de sus criados!

Sakti comenzaba a disfrutar de su papel como ayudante de bruja.

—No comprendo por qué nos visitó tanto para suplicarnos ayuda si luego nos manda de vuelta. ¡Es un insulto deliberado, de verdad lo digo!

—Un insulto no solo para nosotras, sino para todas las brujas —coincidió Muna—. Será mejor que difundamos la noticia de inmediato. Diremos a todo el mundo que no deben confiar en los ingleses.

—Discúlpenme —dijo el hostigado criado—. ¡Entren, por favor! Si ustedes supieran… Pero es cierto que Tuan Farquhar deseaba saber si los hechizos que ha recogido son mágicos de verdad. No quería ofenderla, kak.

Muna mantuvo bien alta la cabeza mientras atravesaba la puerta, pero fue una suerte que el criado no mirase a Sakti, pues ella sí que no se molestó en ocultar su expresión.

La colección del rajá inglés era más grande de lo que Muna había previsto. Había artefactos mágicos en armarios con puertas de cristal, pero la parte principal de la colección constaba de libros de hechizos: filas y filas de volúmenes que se extendían desde el suelo hasta el techo en la habitación donde los había dejado el criado. Muna jamás había soñado con que existieran tantos libros en el mundo, y mucho menos sobre magia.

—¡Nunca conseguiremos verlos todos antes de que regrese ese hombre! —susurró horrorizada.

—No —coincidió Sakti, ojiplática—. Tuan Farquhar habrá hecho trabajar duro a sus escribas. Cualquiera pensaría que la gente de Malaca le ha vendido toda la magia que tienen.

Pero les aguardaban mayores sorpresas. Muna había esperado limitarse a investigar los hechizos que los escribas de Tuan Farquhar habían apuntado en malayo. En Janda Baik no se usaba ningún otro idioma y no había motivo para pensar que Muna o Sakti entendieran más lenguas.

Sin embargo, cuando bajó el primer libro mágico, el que se hallaba más a mano, Muna se descubrió leyendo con perfecta facilidad. Aquello era inesperado, pues el libro no estaba escrito en malayo.

—Creo que eso es inglés —dijo Sakti cuando su hermana se lo enseñó—. ¡Qué curioso que podamos comprenderlo!

Debido a su falta de autoconocimiento, Muna y Sakti a menudo hacían descubrimientos sorprendentes sobre sí mismas, pero aquel fue el más inesperado hasta la fecha. No todos los libros en la colección fueron accesibles; algunos las derrotaron, escritos en alfabetos que no reconocieron, pero parecía que, en su vida pasada, habían estudiado el suficiente inglés y árabe para poder leer ambos idiomas con facilidad.

Sakti estaba encantada.

—¡Qué inteligente soy, y yo sin saberlo!

Los pensamientos de Muna tomaron un rumbo distinto ante tamaña revelación.

—Nuestra familia será rica, además de liberal, porque educó a sus hijas —comentó—. Y también devota por enseñarnos árabe. Y vivirá aquí, en Malaca, gobernada por los ingleses. No imagino ningún otro motivo por el que quisieran que aprendiéramos inglés.

—¡A lo mejor somos princesas! —sugirió Sakti con alegría.

Muna había imaginado que resultaría interesante leer sobre magia, pero, si debía dar crédito a los eruditos de la magia inglesa, su taumaturgia era una bestia muy diferente de la magia que permeaba el hogar de la bruja. La magia de Mak Genggang era una fuerza viva y salvaje, tan cotidiana como el clima e igual de indómita. Los ingleses hacían que su magia sonara excesivamente aburrida en comparación. Para comprender lo que decían, Muna requería de toda su capacidad de concentración, con lo que pasó un tiempo antes de que se fijara en que Sakti había abandonado los libros.

—Adik, ¿qué haces?

Sakti se hallaba junto a los armarios y daba vueltas a un objeto con fascinación.

—¡Mira! Es un duendecillo muerto. Me pregunto cómo habrán evitado que se pudra. No detecto rastros de magia para mantenerlo tan fresco.

Muna retrocedió y se escudó detrás de su libro. No quiso bajarlo hasta que Sakti hubo devuelto el hallazgo a su lugar original.

—Será mejor que no toques nada más —la recriminó Muna—. Por lo que sabemos, ese duendecillo podía tener una maldición terrible y habértela contagiado.

—¡Disparates! —exclamó Sakti, pero se contradijo al decir—: Luego nos podemos bañar con flores para purgar la mala suerte.

—Sí, pero podrías intentar no recoger más mala suerte. Con una maldición ya tienes suficiente. Ven a mirar las instrucciones para este hechizo.

Las había encontrado en un volumen de hechizos ingleses y detallaba los entresijos para descubrir al autor de un encantamiento.

—Sitúas las manos sobre el encantamiento y preguntas a los espíritus: «¿A quién pertenece esta magia?» —explicó Muna—. Y, si el hechizo funciona, te lo dirá. ¿Crees que podrías hacerlo?

—Parece bastante sencillo —dijo Sakti. Lanzar hechizos le interesaba mucho más que leer sobre ellos. Adquirió una actitud profesional—. Pero ¿cómo voy a situar la mano sobre el encantamiento si está dentro de nosotras? —Miró a su alrededor con el ceño fruncido—. ¿Eso que hay a tu lado es un trozo de cordel? —Ató el cordel alrededor de la muñeca de Muna y luego alzó la suya hacia su hermana—. Si me lo atas, servirá para señalar la maldición. ¿Cuál es la fórmula?

Muna la leyó en el libro y Sakti repitió las sílabas. Cuando dijo: «¿A quién pertenece esta magia?», las palabras brotaron de su boca escritas en humo verde. Durante un instante, permanecieron suspendidas en el aire.

—Adik —dijo Muna, preocupada. No podía ser saludable para un ser humano respirar humo, ¿verdad?

Sakti tosió y dispersó las palabras del hechizo.

—¡Qué efecto más extraño! —comentó con júbilo—. Nunca lo había visto antes.

Su mirada pasó a ser de sorpresa. Agarró una pluma y escribió las palabras:

SAKTI MUNA

—¿Qué es eso? —preguntó su hermana.

—La respuesta de los espíritus. —Sakti parecía contrariada—. ¡Pero son solo nuestros nombres!

—Les has preguntado «¿A quién pertenece esta magia?» —reflexionó Muna—. Quizá lo han entendido mal y el hechizo tan solo nos está diciendo cuál es la fuente de tu magia.

—Pero tú no posees nada de magia. ¿Por qué te han nombrado?

—El hechizo nos habrá confundido. Deberías lanzármelo solo a mí —sugirió Muna—. Como me han robado la magia, los únicos restos mágicos que persistirán en mí serán los del culpable… La magia de su maldición.

Sakti sacó la muñeca del lazo de cordel, pero el segundo intento produjo el mismo resultado.

—A lo mejor no ha salido la magia. ¿Estás segura de que has dicho la fórmula correctamente?

Sakti no estaba acostumbrada a que se le torcieran los hechizos.

—Pues claro que la he dicho bien —replicó con enfado—. Lee las instrucciones de nuevo. Seguro que te has saltado un paso.

—En absoluto —dijo Muna, pero eso la inspiró—. Ya sé qué es. Tu pregunta es demasiado vaga. Imagino que estamos confundiendo a los espíritus. ¿No podrías preguntar sencillamente por el nombre auténtico del mago que nos maldijo?

En esa ocasión, tras pronunciar el hechizo, Sakti escribió una palabra distinta.

Muna la leyó en voz alta:

—Midsomer… Debe de ser un nombre inglés. —Alzó la mirada con ojos relucientes—. No puede ser el nombre auténtico de Mak Genggang. Ella no es la culpable. ¡Te lo dije!

Sakti arrugó la cara. Resultaba obvio que pretendía dar una respuesta descortés, pero acabó profiriendo un grito sofocado al ver algo detrás de Muna. La sangre abandonó su rostro.

Muna captó el olor a alhelí, unas flores pequeñas y blancas con aroma dulzón que solían adornar las tumbas. Se dio la vuelta con rapidez.

Un rostro macabro flotaba en la ventana y unas largas uñas amarillentas golpearon el cristal. La boca de la criatura se estiró bien ancha para revelar unos colmillos amarillentos y una lengua escarlata, pero entonces los ojos brillantes se entornaron.

—¡Vaya, pero si solo sois nativas! —exclamó decepcionada la lamia. Era una de las vampiras de Mak Genggang.

Muna retrocedió a trompicones y aferró la mano de Sakti. Las lamias no veían bien durante el día, ya que sus ojos estaban más adaptados a la oscuridad de la noche. No era demasiado tarde. Si se marchaban antes de que las reconociera…

Muna casi había alcanzado la puerta cuando esta se abrió y se encontró mirando directamente al rosado rostro sobresaltado de un caballero extranjero.

—Por todos los santos, ¿qué…?

Con un aplomo destacable, la lamia rompió el cristal y entró en la habitación de un salto. Agarró a Muna y a Sakti y salió de nuevo por la ventana antes de que el inglés pudiera hacer algo más que mirar boquiabierto la escena.

El aire silbaba en los oídos de Muna. La lamia volaba sobre la ciudad de Malaca con una hermana en cada brazo. Detrás de ellas, el inglés se asomó por la ventana rota, gritando, pero el viento le arrebató las palabras.

—Si no dejas de retorcerte, te soltaré, ¡vaya si lo haré! —espetó la lamia.

—¡Te advierto que soy un refrigerio asqueroso! —chilló Sakti, revolviéndose—. Tengo un temperamento terrible ¡y todo el mundo sabe que eso estropea la carne mortal!

—¿A dónde nos llevas? —inquirió Muna. Cerró los ojos por el mareo. Se hallaban a una terrible distancia del suelo.

—¿A dónde va a ser? A casa de la bruja. Si fuerais sabias, me suplicaríais que os soltara en el mar. ¡Ese no sería peor castigo que el que os impondrá Mak Genggang cuando se entere de lo que habéis hecho!

Volar por los aires con una vampira furiosa era terrorífico, pero el regreso a tierra fue peor. Mak Genggang les echó tal reprimenda que hasta los maderos de su casa parecieron temblar.

Pese a todo, no las expulsó como Muna había temido. A modo de penitencia, les encargó tareas tediosas: Muna debía limpiar y Sakti reparar las protecciones mágicas alrededor de la casa y del huerto de la bruja. Pero no les sugirió que se marcharan.

Transcurrieron dos días. Muna y Sakti se pelearon siete veces sobre si deberían contarle a Mak Genggang lo que habían descubierto en casa del rey inglés. La mancha en el ombligo de Sakti no había mejorado y seguro que ya no podía creer de verdad que Mak Genggang fuera la culpable. Pero Sakti no quiso reconocer que se equivocaba y Muna todavía no la había convencido cuando Mak Genggang las mandó llamar.

—He recibido un mensajero de los ingleses —les dijo. Por una vez, la edad de Mak Genggang, de la cual una se olvidaba ante la plena ferocidad de su persona, se reflejaba en su porte. Parecía cansada, incluso débil—. Ha venido para comunicarme que el ministro residente de Malaca, el rajá inglés, descubrió a unas mujeres en su casa hace dos días. Tiene motivos para creer que pertenecen a mi hogar y ha exigido que las entregue. Las intrusas son ladronas, o peor, según Tuan Farquhar, y deben ser castigadas.

Muna y Sakti se habían temido otra regañina, pero aquello era una calamidad que no habían previsto. Se miraron con espanto.

—Pero ¿para qué nos quiere, mak cik? —tartamudeó Muna.

—Ah, no os quiere a vosotras. Solo sois un pretexto para tomar el control de Janda Baik. Tuan Farquhar sabe que no entregaré de buena gana a ninguna persona bajo mi protección y, cuando me niegue, ¡bueno! No dudará en sacar el máximo provecho.

Muna estaba fría, aunque fuese por la tarde, cuando la tierra llevaba horas cociéndose bajo el sol implacable y el calor había alcanzado su cúspide. Mak Genggang tenía motivos para entregarlas a los ingleses. Pero… había dicho «cuando me niegue». Seguro que no las traicionaría.

—¿Qué quiere Tuan Farquhar de Janda Baik? —preguntó Sakti, perpleja—. Tiene una casa enorme, más grande que la de nuestro sultán, y reina sobre una ciudad con una superficie mayor que la isla.

—Necesitan un puerto para comerciar y una base para su guerra contra los franceses. Malaca está bien, pero los ingleses se la arrebataron a los holandeses, y es probable que estos la quieran de vuelta —explicó Mak Genggang—. Y, es más, Malaca no posee nuestra magia.

—¿Qué le ha dicho al mensajero, mak cik? —preguntó Muna, en un tono que intentó mantener firme. No deseaba insultar a la bruja con su miedo, pero no pudo evitar sentirse nerviosa cuando Mak Genggang respondió:

—Lo despaché, por supuesto. ¡Qué insolente! Y sé lo que harán a continuación. Tuan Farquhar dirá que soy recalcitrante. No tenemos motivos para desafiarlo, a menos que seáis espías y vuestro objetivo sea invadir Malaca. Dirá que es su deber manifiesto golpear primero. Lucharemos, y él pagará un precio amargo por la victoria, pero no podremos resistir ante las fuerzas británicas. Son igual de sanguinarias que las holandesas y superiores en codicia. ¡Al final, nos invadirán!

—¡No! —exclamó Muna sin querer. Pensar en soldados cubriendo las costas blancas de la isla, hombres salvajes ocupando los pueblos…—. Oh, Mak Genggang, ¿qué podemos hacer?

—Podríais haberos refrenado y no haber ido a la casa del rey inglés, así no tendría una excusa para interferir —replicó la bruja con aspereza—. ¡Pero lo hecho, hecho está! Es cosa del pasado… y es mejor evitar la magia para retornar al pasado, pues esos trucos empeoran los embrollos en vez de solucionarlos.

Sakti se removió inquieta, con aspecto de sentirse culpable e irritada a la vez.

—No sabíamos que una visita tan rápida causaría tantos problemas —dijo—. ¡De haberlo sabido, claro…! Pero solo ansiábamos romper nuestra maldición. No nos llevamos nada que vayan a echar de menos. Una fórmula se puede usar infinidad de veces.

Su actitud difícilmente estaba calculada para aplacar a la bruja en un momento en que Mak Genggang tenía motivos de sobra para enfadarse con ellas. Pero la anciana solo asintió, nada sorprendida.

—Fuisteis por la maldición, ¿verdad? Me imaginé que ese era el caso. ¿Qué hechizo lanzasteis?

—Era uno inglés —contestó Sakti—. ¡Pero no lo robamos!

Las consecuencias de sus actos habían hecho que Sakti abandonara su obstinación. A pesar de todos sus reparos para confiar en Mak Genggang, fue ella quien le contó a la bruja lo que habían descubierto en la casa del rey inglés, aunque omitió mencionar su misteriosa aflicción.

Cuando le reveló a Mak Genggang el nombre que el hechizo les había proporcionado, una mirada ausente apareció en sus ojos.

—¿Has dicho Midsomer? —preguntó.

Muna la miró llena de esperanza.

—¿Conoce a ese tal Midsomer, mak cik? ¿Es un nombre inglés?

—Creo que sí. —Mak Genggang frunció el ceño y tamborileó sobre la rodilla—. Puede que lo haya oído antes, pero no recuerdo… ¡Midsomer, Midsomer! —Su lengua se trabó con las sílabas desconocidas—. Es imposible retener esos nombres ingleses. —Estaba enfadada con su mala memoria—. Ya me acordaré. Se lo podría preguntar a la hechicera real, pero quizá ya estemos en desventaja, pues también habría que pedirle que interviniera con el asunto de Tuan Farquhar de nuestra parte. No me gusta pedir favores, aunque no sé qué más podemos hacer.

Muna miró a Sakti, pero le pareció que el desconocimiento de su hermana sobre ese tema era tan completo como el suyo.

—¿Quién es la hechicera real?

—Es el título que los magos ingleses usan para referirse a su líder, una bruja con un talento prodigioso. Tiene mala fama en su país, pues ha establecido una escuela que educa a mujeres en su taumaturgia, hecho que ha provocado un gran escándalo. Aun así, su influencia sobre los ingleses es considerable y me debe un favor, porque la ayudé en un par de ocasiones antes de que consiguiera su puesto actual.

—Una escuela para brujas —repitió Muna. Irguió la espalda, con los ojos abiertos de par en par, mientras la semilla de una idea germinaba en su mente.

—Pero una mujer inglesa no nos ayudará contra sus compatriotas, ¿verdad? —inquirió Sakti—. ¿No se pondrá de parte de Tuan Farquhar?

—¡Ah, no temas por eso! —dijo la anciana—. Si estuviéramos hablando del joven que fue hechicero real antes que ella, quizá dudaría, sí. Zacharias Wythe carga con una conciencia. Es bueno poseer una, pero resulta peligrosa en cantidades excesivas. Sin embargo, a Prunella ni se le ocurriría permitir que su conciencia le impidiera ayudar a sus amigas. —Pese a todo, suspiró—. Aun así, me desagrada estar en deuda con cualquier europeo. Prunella es una muchacha buena y afectuosa, aunque en esta época preferiría tenerla a ella en deuda conmigo que proporcionarle cualquier poder. Pero es inevitable. Cuando los elefantes pelean, los ciervos ratones mueren en medio. ¡Es esto, o que nos pisoteen!

Habría dicho más, pero Muna la interrumpió al decir:

—Mak cik, ¿a la escuela de la hechicera real puede asistir cualquier persona? Quiero decir, ¿recibiría a cualquier mujer que desease aprender magia?

Mak Genggang parecía sorprendida.

—Creo que sí. Quiere extender la práctica mágica a todo tipo de personas. Los ingleses en general guardan con celo su magia. La atesoran del mismo modo que un tacaño acumula oro.

—Entonces ¿por qué no nos envía allí? —Las otras dos mujeres la miraron con fijeza. El corazón de Muna latía a toda velocidad, pero debía seguir hablando antes de amilanarse o de que la interrumpieran—. O les damos a los ingleses lo que quieren o peleamos contra ellos. No podemos permitirnos luchar, así que debemos ceder… o aparentarlo. Si nos envía con la hechicera real, eso nos alejará del alcance de Tuan Farquhar. No podrá acusarla de desafiarle, pues, al fin y al cabo, usted solo ha hecho lo que le pidió. Los ingleses nos reclamaron y usted nos envió a Inglaterra. Si Tuan Farquhar es un hombre decente, no se quejará de que prefiera confiarnos a su compatriota.

»Será como remar río abajo —añadió—, pues nos obligará a enmendar nuestra conducta. Quizá no podamos igualar las naves y los cañones de los extranjeros, pero en cuestiones mágicas Janda Baik no se considera inferior a ningún reino mortal. Me atrevería a decir que mi hermana aprenderá la magia inglesa con rapidez y eso también le enseñará sus debilidades, y gracias a ellas podremos ayudar a defender Janda Baik contra su invasión.

Mak Genggang contempló a Muna durante un largo momento, con un semblante inescrutable. Muna se apretó las manos húmedas contra el sarong para intentar aparentar ser alguien capaz de espiar a los ingleses.

—¡Es una idea interesante! —dijo la bruja al fin—. Pero seguro que eso no es todo lo que planeas hacer. Quieres romper la maldición. ¿Crees que encontraréis a ese Midsomer en Inglaterra?

Muna se sonrojó ante el escrutinio penetrante de Mak Genggang.

—Usted ha dicho que Midsomer es un nombre inglés, mak cik.

—¿Qué haréis si lo encontráis?

Muna echó un vistazo a Sakti. Su hermana la miraba con estupor, tan asombrada como si Muna hubiera revelado de súbito su capacidad para volar. Con ánimos renovados, Muna se giró hacia la bruja.

—Mi hermana fue educada por nada más y nada menos que la bruja Mak Genggang —declaró—. Pensaremos en algo.

—¡Ja! —exclamó la bruja, pero estaba complacida—. No es una mala idea. Enfadará sobremanera a Tuan Farquhar. Y enviarle a la hechicera real una estudiante no será tanto como pedirle un favor. Prunella lleva un tiempo presionándome para que le explique la magia malaya. Tiene mucho interés en nuestros hechizos.

»Pocas cosas buenas se pueden decir de ti —le dijo a Sakti—, ¡pero sí que comprendes en cierta medida nuestra magia! ¿Qué opinas sobre la sugerencia de tu hermana? Hasta el momento, no has mostrado mucha devoción por tus estudios. Pero quizá sea porque te opones a mi tutela.

Muna temía que Sakti fuera demasiado honesta, ya que su falta de tacto podía sabotear la propuesta. Pero Sakti podía ser diplomática cuando le convenía.

—Iré a Inglaterra si usted lo considera prudente, mak cik —declaró—. ¡Será un orgullo hablar a los ingleses sobre su magia! Pero ¿cómo viajaremos hasta allí? ¿No está muy lejos?

Las distancias entre países eran una nimiedad para Mak Genggang. Desestimó aquello con un gesto de la mano.

—Tardaríais al menos un año en llegar allí si viajarais por medios convencionales. Pero nosotras no estamos sujetas a esas limitaciones. Solo es un corto trayecto por el Reino Oculto. Con vuestra juventud, no necesitaréis más de un día para atravesarlo.

Un escalofrío de aprensión recorrió la columna de Muna.

—¿El Reino Oculto? ¿Quiere decir que deberemos viajar por el mundo de los espíritus, mak cik?