El hombre que jamás se equivocaba - Luis Javier Plata - E-Book

El hombre que jamás se equivocaba E-Book

Luis Javier Plata

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Este libro es para quienes, al igual que el matemático al que alude el título, inequívocamente disfrutan de leer. Y, aunque el poder transformador de la literatura de ficción es innegable, en estas páginas de no ficción compartiremos la lectura que hacen disciplinas científicas como la psicología evolucionista, la topología de redes, la sexología y las neurociencias a autores clásicos como Shakespeare y Kafka, y advertiremos algunos efectos no tan positivos de sagas exitosas como Crepúsculo y Sombras de Grey. Veremos cómo con el uso de métodos, herramientas teóricas e instrumentos de medición provenientes de muy diversas ciencias, aplicados en áreas de las humanidades para las que no fueron inicialmente diseñados o propuestos, los científicos consiguen iluminar con luz nueva y valiosa algún fenómeno. Así, al usar imágenes del cerebro para intentar entender qué pasa en nuestra mente mientras nos sumergimos en nuestra novela favorita, estaremos en los terrenos de la literatura neurocognitiva. Para determinar si Julio César pudo haber sido escuchado por todos y cada uno de los legionarios de su ejército durante sus arengas en campaña, reclutaremos a la arqueoacústica. Estudiar las técnicas espontáneas de baile de una cacatúa requerirá de la zoomusicología. Investigar si la música de Mozart o la de Debussy marida mejor con nuestro vino tinto requerirá de los servicios de la neurogastronomía... No se equivocarán quienes busquen sorprenderse con lo que la ciencia tiene que decir sobre las humanidades, las humanidades sobre la ciencia, y unas y otras, juntas, sobre nuestra especie y sus nexos con el universo. El conocimiento obtenido gracias a las muchas e insospechadas formas que han tomado las relaciones simbióticas entre investigación y creatividad está aquí. Finito, pero en expansión.

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Seitenzahl: 476

Veröffentlichungsjahr: 2021

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ÍNDICE

PRÓLOGO: EL CAMINO DE LA CURIOSIDAD

DE NOVELAS Y OTROS GÉNEROS EJEMPLARES

Agresividad literaria: Los efectos negativos de leer; Literatura neurocognitiva: El poder transformador de las letras; El lugar donde ocurren las historias: Una geografía de la ficción; La complejidad de los clásicos: Literatura fractal; Sentimientos encontrados: Análisis sentimental y literatura; Los enredos de Alicia a través de la laptop: Redes sociales y análisis literario; Creatividad artificial: Las invenciones de la invención de Morel; Puerilcultura y literatura infantil; Biblioterapia: Sanar con la ficción; Tres fábulas experimentales; Tres lecciones kafkianas

DE AMOR, DESAMOR Y OTROS DEMONIOS

Mujeres al borde de un ataque de bondage; Amar sin ser amado; Romances paranormales; La grandiosa pandemia de Narcisos; La ciencia que estudia los besos; Encarnaciones góticas del horror; Bajo influencia himnótica; Música patológica; Supervivencia mística de las brujas; Inconexos en red

DE MATEMÁTICOS, ETÓLOGAS Y OTROS ANIMALES

Grigori Perelman, el hombre que jamás se equivocaba; Alex, una historia de pericos; Aproximación a los cerdos, contra el cochino desdén de la brillantez porcina; Empoderamiento animal, dominancia y estatus social; De risorium natura, cuando lo risible es ciencia; Paternidad animal; Maternidad animal; Epidemias y distanciamiento social; Cacatúas danzarinas y zoomusicología; Omnivoyancia y el sentido e ilusión de la mirada; Biosemiótica, la vida es una interpretación

DE –Y CON– EL RIGOR EN LA CIENCIAMULTI-INTER-TRANSDICIPLINARIA

El político por el científico: Tendencias en biopolítica; El petirrojo criptocromático: Enigmas entrelazados de la biología cuántica; Pintar con malos ojos: Una mirada oftalmológica al arte; Aprendizaje radical: El floreciente campo de la neurobotánica; La ilusión de la comida: Neurogastronomía; Contrastantes visiones de Caravaggio: Cognición corporeizada y anestesiología barrocas; Las arengas del César: Arqueoacústica; Hasta el último aliento: Análisis de la respiración multitudinaria

AGRADECIMIENTOS

ÍNDICE ANALÍTICO

cienciaytécnica

EL HOMBRE QUE JAMÁS SE EQUIVOCABA

ENSAYOS SOBRECIENCIA, LITERATURA Y SOCIEDAD

LUIS JAVIER PLATA ROSAS

siglo xxi editoresCERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS, 04310, CIUDAD DE MÉXICOwww.sigloxxieditores.com.mx

siglo xxi editores, argentinaGUATEMALA 4824, c1425BUP, BUENOS AIRES, ARGENTINAwww.sigloxxieditores.com.ar

anthropos editorialLEPANT 241-243, 08013, BARCELONA, ESPAÑAwww.anthropos-editorial.com

Catalogación en la publicación

Nombres: Plata Rosas, Luis Javier, autor

Título: El hombre que jamás se equivocaba : ensayos sobre ciencia, literatura y sociedad / por Luis Javier Plata Rosas

Descripción: Primera edición. | Ciudad de México : Siglo Veintiuno Editores, 2021. |

Colección: Ciencia y técnica

Identificadores: 978-607-03-1141-3, e: 978-607-03-1142-0

Temas: Literatura y ciencia | Filosofía en la literatura | Ciencia – Filosofía

Clasificación: LCC PN55 P53 | DDC 809.9336

primera edición, 2021© siglo xxi editores, s. a de c. v.

isbn 978-607-03-1141-3isbn-e 978-607-03-1142-0

derechos reservados conforme a la ley.prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio.

PRÓLOGOEL CAMINO DE LA CURIOSIDAD

Al cruzar el umbral de este libro, el lector podrá sentirse como Alicia en el instante en el que vio pasar corriendo al Conejo Blanco, vestido con chaleco y un reloj en el bolsillo. La curiosidad lo llevará por un camino plagado de referencias cotidianas que vistas a detalle revelarán lo desconocido.

El conocimiento aquí compartido por Luis Javier Plata Rosas abarca libros y terapias, sentimientos y emociones, música y creencias, motivaciones y dificultades científicas, animales y plantas, artistas y políticos, sonidos y respiración. En cada uno de los temas se percibe el asombro.

Invitar a la lectura a través de una serie de narraciones en las que los libros son puestos a prueba hasta su unidad mínima: la palabra, puede ser un recurso muy arriesgado del autor. Referir las investigaciones que han evaluado el índice de violencia a la que se enfrentan quienes leen Harry Potter o Los juegos del hambre ayuda a comprender cómo un libro de ficción puede influir en el comportamiento de estos jóvenes lectores o a saber qué región del cerebro se activa con cierto tipo de historias. La ficción vista como un detonador de empatía, como un “simulador de la realidad” o como un “laboratorio moral”.

Las humanidades digitales tienen atención especial a lo largo de estas páginas. No sólo pueden describir las ciudades que han creado autores como Joyce o Dickens, también pueden decir qué emociones han desbordado la vida de ciertos personajes de Shakespeare. Un algoritmo puede decir qué tan importante es un personaje al rastrear con quién habla y los pasajes en los que aparece.

Con un cuidadoso interés literario, Luis Javier Plata Rosas compila los casos en los que la medicina, la psicología y la zoología han tomado como fuente de información médica fábulas y cuentos infantiles. Aquí queda claro el historial médico de Caperucita Roja y el Lobo Feroz o por qué el comportamiento de Peter Pan es considerado un síndrome. Y hay un apartado de lecciones kafkianas que revelan algunos detalles amargos de la convivencia social y laboral.

Para la reflexión, necesaria e inaplazable, sobre la violencia contra las mujeres, valga leer lo que distintos investigadores han dado a conocer acerca de las distintas entregas de Cincuenta sombras de Grey y Crepúsculo. Tan importante es tener la habilidad de aceptar o rechazar alguna práctica sexual como aprender a reconocer la violencia física o verbal en un noviazgo entre adolescentes.

En cuestiones de desamor, el cerebro es el personaje principal. Las investigaciones consultadas apuntan a que reacciona como si se enfrentara a una adicción. La ciencia concluye que vivir y asimilar el desastre físico y emocional posterior a una ruptura es lo más sano que alguien pueda hacer.

Aquí la música es analizada como un agente que puede alimentar la pertenencia y conectividad entre determinado grupo social. Aparecen también las pistas históricas que la señalaron como un elemento patológico.

El apego desmesurado que tiene la sociedad del siglo XXI por los teléfonos inteligentes no es una muestra de evolución, todo lo contrario: es un paso atrás para la supervivencia de la especie. ¿Qué tanto ha afectado este aparato las interacciones sociales frente a frente? Como aprendizaje nos quedan nuevos vocablos para definir adicciones tecnológicas y comportamientos inéditos con familiares, amigos o parejas sentimentales.

Plata Rosas nos acerca a animales no humanos que sorprenden por su inteligencia y personalidad. Hay especies que saben contar y cantar, bailan, comprenden palabras y signos, interpretan su entorno, manipulan. El autor nos los muestra también en sus facetas de madres o padres.

Hay mucho que aprender sobre las nuevas ciencias transdisciplinarias. Pintores como el Greco, Monet, Degas y Rembrandt, ¿qué dicen los investigadores sobre su vista? Las alianzas científicas tratan de explicar de manera exhaustiva el comportamiento de animales humanos y no humanos, de las plantas, de la naturaleza de las cosas: evopolítica, arqueoacústica, neurogastronomía…

El conocimiento está aquí, página tras página.

Finito, pero en expansión.

KATHYA MILLARES

DE NOVELAS Y OTROS GÉNEROS EJEMPLARES

AGRESIVIDAD LITERARIA:LOS EFECTOS NEGATIVOS DE LEER

Susceptibilidad a los resfriados, dolores de cabeza, debilitamientode los ojos, erupciones por el calor, gota, artritis, asma,hemorroides, apoplejía, enfermedad pulmonar, indigestión,bloqueo de los intestinos, desorden nervioso, migrañas,epilepsia, hipocondría y melancolía.Enfermedades provocadas por leer, según Johann GeorgHeinzmann, director de la Sociedad Tipográfica de Berna enlos años ochenta… del siglo XIX

En mayo de 2016, Graeme Whiting, director fundador de The Acorn School, un colegio inglés de educación primaria y secundaria localizado en Gloucester, declaró que sagas de novelas escritas para niños y adolescentes, como Harry Potter y Los juegos del hambre, podían dañar “las sensibles mentes subconscientes” de sus jóvenes lectores hasta el punto de convertirlos en parte de la estadística de los “mentalmente enfermos”. Según Whiting, comprar estos libros “atemorizantes” y “sensacionalistas” a los niños equivalía a darles cucharadas bien copeteadas de azúcar, volviéndolos adictos a una “literatura oscura, demoniaca” y llena de “cosas inapropiadas”. Para Whiting es evidente que leer tiene efectos negativos en la salud mental de sus pupilos.

Es verdad que, al igual que Whiting, cuando alguien habla de los efectos negativos de leer, en realidad –y por lo general– no quiere decir que la lectura en sí tenga efectos negativos –si bien ha habido quienes, como J. G. Heinzmann, estaban convencidos de que esta actividad podía acarrear decenas de padecimientos de todo tipo. Y no menos cierto es que, en el caso específico de los best sellers de literatura pop infantil y juvenil –ignorando por un momento la discusión sobre la muy variable calidad literaria de cada obra–, uno puede estar o no de acuerdo con el juicio del director Whiting sobre lo clasificado con la etiqueta de “cosas inapropiadas”. Sin embargo, hagamos un experimento mental y, por un momento, cambiemos el título de esta columna por “Los efectos negativos de la televisión” o de los videojuegos, los cómics, el cine o la música –no necesariamente en este orden– y es posible que ya no nos parezca tan chocante una generalización así.

Una posible razón de este prejuicio en beneficio de la lectura es que, por un lado, no es raro que coloquemos un libro –cualquier libro– en un pedestal o, como mínimo, en una categoría muy aparte al resto de los medios de comunicación, sin importar que se trate de, digamos, Susan Sontag o Suzanne Collins. Quien habla mal de los libros puede traernos a la mente imágenes de hogueras de libros o fragmentos de Fahrenheit 451 (aunque, en un escenario como el de esta novela, no culpen a quien sienta compasión por el niño que tenga que memorizar a Deepak Chopra). Quizá la segunda razón sea consecuencia de la primera: investigaciones sobre la presencia y efectos de escenas de sexo y violencia en televisión y otros medios de comunicación y entretenimiento son tan numerosos que podrían mantenernos ocupados durante años en una isla desierta, en tanto que estudios sobre sexo y violencia en las novelas –y sus efectos dañinos en los lectores– nos distraerían por, cuando mucho, algunos días. Dejemos el sexo para otro día y abordemos en estas páginas el tema de la violencia.

PERCY JACKSON Y SU EXPEDIENTE POR AGRESIÓN

Dos chavales se abalanzaron sobre mí. Yo retrocedí hasta elarroyo, intenté levantar el escudo, pero Clarisse era demasiadorápida. Su lanza me dio directamente en las costillas. De nohaber llevado el pecho protegido, me habría convertido enkebab de pollo. Como sí lo llevaba, el aguijonazo eléctrico sólome dio sensación de arrancarme los dientes. Uno de suscompañeros de cabaña me metió un buen tajo en el brazo.RICK RIORDAN, El ladrón del rayo (saga de Percy Jackson)

Es así que a nadie extraña enterarse de que la tasa de violencia televisiva promedio para un niño durante una mañana sabatina sea de 20 actos violentos por hora,1 o que ciertos videojuegos puedan aumentar la agresividad de sus jugadores, pero podemos mostrarnos escépticos cuando escuchamos que la tasa de violencia en los best sellers para niños y jóvenes, de acuerdo con Sarah M. Coyne y sus colaboradores, es de 30 actos violentos por hora,2 sobrepasando con ello los de las caricaturas, nuestro villano favorito en el tema. Así, en México, con los recomendados 20 minutos de lectura de los programas públicos para fomentarla (al menos ésa era, en teoría, la intención de uno de ellos, con libros de utilería e impresionantes personalidades, como el exfutbolista Zague), los seguidores de Percy Jackson sólo habrán sido expuestos a 10 actos violentos al día, quizá no debamos preocuparnos demasiado. ¿O sí?

A pesar de que desde hace más de medio siglo los investigadores han mostrado que la presencia de actos violentos en los medios puede influir en la forma en la que sus usuarios piensan y se comportan, pocos han analizado sistemáticamente el número y las formas de agresividad presentes en los libros de diferentes épocas y géneros, y aún menos han diseñado experimentos para comprobar cómo nos afecta su lectura.

Si de novelas escritas expresamente para niños o jóvenes se trata, uno de estos primeros estudios es el dirigido por Coyne, quien hizo un análisis del contenido de actos agresivos en los 40 libros infantiles y juveniles más vendidos en Estados Unidos en el verano de 2008. Los cuatro tipos de comportamiento agresivo presentes en otros medios lo estuvieron también en las páginas de libros como Diario de Greg o Luna Nueva (de la saga de Crepúsculo): 1] agresión física (lastimar a alguien usando la fuerza física), 2] agresión relacional (lastimar a alguien mediante el daño en forma abierta o encubierta de sus relaciones interpersonales; abundan las estrategias para ello, como el chismorreo y la exclusión social), 3] agresión verbal (lastimar psicológicamente a alguien a través de, por ejemplo, insultos o sarcasmos) y 4] ideación violenta (imaginar o planear un acto agresivo).

Con cerca de 7 000 actos de agresión en estos 40 títulos, sus lectores se enfrentarían en promedio a un acto agresivo cada dos páginas. Un tercio de estas agresiones fue de tipo relacional, un tercio verbal (básicamente insultos), un quinto física (en su mayoría ataques) y el resto ideación violenta. La mayoría de las veces la agresión se presentó como injustificada y, cuando estuvo justificada, fue típicamente en respuesta de algo hecho por el antagonista en la historia. Los protagonistas masculinos fueron quienes más agredieron físicamente. Algo preocupante fue que los libros para niños en el menor rango de edad considerado en el estudio (9 a 11 años) tuvieron cinco veces más agresión física que las obras para lectores mayores. Las posmodernas y mitológicas aventuras de Percy Jackson fueron, de hecho, las más violentas. ¿Serán Percy, Greg y Potter los responsables de un incremento en la agresividad de su público infantil? No es posible concluir al respecto con base en trabajos como el expuesto. Para validar la hipótesis necesitamos hacer experimentos, y eso fue lo que hizo Coyne en dos estudios posteriores.

EXPERIMENTOS CON AGRESORES IMAGINARIOS

…golpeé al novato, y le machaqué su hermosa cara de ángel,primero con mis huesudos nudillos, como un molar triturandocomida, y con el costado del puño cuando los nudillosquedaron en carne viva al clavarse sus dientes a travésde los labios.CHUCK PALAHNIUK, El club de la pelea

En 2012, Coyne y colaboradores dividieron en dos a un grupo de estudiantes universitarios; la mitad de éstos leyeron una historia corta en la que un estudiante de nuevo ingreso tenía un altercado con su compañero de cuarto y golpeaba, destruía y arrojaba objetos (agresión física); los universitarios restantes leyeron otra historia en la que el estudiante de nuevo ingreso grababa secretamente a su compañero de cuarto y lo amenazaba con subir los videos a YouTube (agresión relacional).3 Al terminar la historia, los universitarios participaron en una actividad para medir el nivel de agresividad física, que consistía en apretar un botón antes de que un oponente, pudiendo elegir el nivel y duración del ruido generado al apretar el botón. En un segundo experimento, los universitarios que leyeron las historias participaron en un juego en línea para medir el nivel de agresión relacional, conocido como Cyberball, que consiste en pasarse la pelota entre tres jugadores virtuales. Los investigadores habían enviado a cada uno de los universitarios un mensaje electrónico de un supuesto 335taylor mientras leía la historia en una computadora. El mensaje decía: “¿Puedes apresurarte? ¡Tengo cosas que hacer y me haces perder el tiempo!” y uno de los jugadores de Cyberball era el ficticio 335taylor.

En el primer experimento, los universitarios que leyeron la historia con agresividad física escogieron un volumen de ruido más alto durante un tiempo mayor al apretar el botón, por lo que fueron más agresivos físicamente que los que leyeron la historia con agresividad relacional. En el segundo experimento, los universitarios que leyeron la historia con agresividad relacional arrojaron mucho menos veces la pelota a 335taylor que al otro jugador virtual, por lo que fueron más agresivos relacionalmente que quienes leyeron la historia con agresividad física. En conclusión, la lectura de diferentes tipos de agresividad puede influir en el tipo de comportamiento agresivo exhibido posteriormente, lo que no responde a la pregunta de si el simple hecho de leer actos violentos en una novela puede incrementar nuestra conducta violenta. Para ello, Coyne y su equipo hicieron un tercer estudio en 2013.

De acuerdo con lo que se conoce como Modelo General de Agresión (MGA), la exposición a la violencia en los medios puede influir en las respuestas agresivas mediante las vías afectiva (al cambiar el estado de ánimo), excitable (al incrementar la respuesta a un estímulo) y cognitiva (al activar guiones de agresión, que son “programas” o comportamientos aprendidos). Según el MGA, esta exposición ocasiona que, a corto plazo, uno reaccione agresivamente aun ante estímulos ambiguos (cuando, por ejemplo, alguien no nos saluda, decidimos ignorarlo la próxima vez porque asumimos que nos ignoró deliberadamente, en lugar de suponer que estaba distraído u ocupado); a largo plazo, puede ocasionar que nuestra personalidad sea más agresiva.

Coyne y sus colegas reclutaron a estudiantes de secundaria (a 15 dólares por cabeza) para, de acuerdo con el MGA, determinar si existía una asociación entre la agresividad que ellos exhibían en su conducta diaria y la lectura de libros con actos de agresión.4 Los adolescentes respondieron el Informe de Auto-Inventario de Relaciones de Pareja y Románticas, una prueba diseñada para medir el nivel y tipos de agresividad. Para cuantificar la agresión relacional tenemos, por ejemplo: “Cuando alguien me hace enojar, trato de avergonzarlo o de hacerlo ver como un estúpido frente a los demás”, cuya respuesta va desde Nunca (1) hasta Casi siempre (5). Los libros más populares entre los adolescentes fueron las sagas de Harry Potter, Los juegos del hambre, Percy Jackson y Crepúsculo.

Al tomar en cuenta la exposición de cada estudiante a actos de agresión en la literatura y después de controlar estadísticamente la cantidad de exposición en otros medios, los científicos encontraron que leer agresión física o relacional predecía un comportamiento agresivo o relacional, respectivamente, pero no al revés: que el estudiante exhibiera un comportamiento agresivo no predecía que leyera novelas con actos de agresión de uno u otro tipo. Para aquellos padres que opinan que “la película es muy violenta, mejor que lea el libro”, la mala noticia es que, de acuerdo con Coyne, a diferencia de la televisión, el cine y los videojuegos, leer es más “una experiencia cognitiva […], el lector necesita usar su propia imaginación y visualizar activamente el comportamiento violento cuando éste se presenta, y podría tener un papel más activo en la intensificación cognitiva que ver violencia en TV o en películas”.

La solución no es, como propone Graeme Whiting, censurar la lectura de libros con violencia. De ser así, ni Shakespeare ni la Biblia se salvarían (de hecho, hay un estudio que muestra que leer escenas bíblicas violentas también incrementa la agresividad de los lectores, y el efecto se intensifica cuando el lector cree en Dios y en la Biblia, y se incrementa aún más si además Dios aprueba el acto de violencia).5 Además, que los adolescentes lean libros prohibidos (Harry Potter incluido) está asociado positivamente con comportamientos cívicos y de apoyo a los demás.6 Los autores de estudios sobre agresividad, sin importar el medio en que ésta se presenta, coinciden en que una actitud más crítica hacia el contenido de las historias por parte de padres y maestros, así como la discusión sobre el contenido y el contexto en que se presentan temas como la violencia y el sexo en ellas, en verdad puede hacer que los efectos de la lectura sean netamente positivos.

1 B. J. Wilson, S. L. Smith, W. J. Potter, D. Kunkel, D. Linz, C. M. Colvin y E. Donnerstein, “Violence in children’s television programming: Assessing the risks”, Journal of Communication, 52(1), 2002, pp. 5-35.

2 S. M. Coyne, M. Callister, T. Pruett, D. A. Nelson, L. Stockdale y B. M. Wells, “A mean read: Aggression in adolescent english literature”, Journal of Children and Media, 5(4), 2011, pp. 411-425.

3 S. M. Coyne, R. Ridge, M. K. Stevens, M. Callister y L. Stockdale, “Backbiting and bloodshed in books: Short-term effects of reading physical and relational aggression in literature”, British Journal of Social Psychology, 51, 2012, pp. 188-196.

4 L. A. Stockdale, S. M. Coyne, D. A. Nelson y L. M. Padilla-Walker, “Read anything mean lately? Associations between reading aggression in books and aggressive behavior in adolescents”, Aggressive Behavior, 39, 2013, pp. 493-502.

5 B. J. Bushman, R. D. Ridge, E. Das, C. W. Key y G. M. Busath, “When God sanctions killing: Effect of scriptural violence on aggression”, Psychological Science, 18(3), 2007, pp. 204-207.

6 C. J. Ferguson, “Is reading ‘banned’ books associated with behavior problems in young readers? The influence of controversial young adult books on the psychological well-being of adolescents”, Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts, 8(3), 2014, pp. 354-362.

LITERATURA NEUROCOGNITIVA:EL PODER TRANSFORMADOR DE LAS LETRAS

No es necesario, intervino una tercera voz, yo conduciré elcoche y llevo a este señor a su casa. Se oyeron murmullos deaprobación. El ciego notó que lo agarraban por el brazo.‘Venga, venga conmigo’, decía la misma voz. Lo ayudaron asentarse en el asiento de al lado del conductor, le abrocharon elcinturón de seguridad. ‘No veo, no veo’, murmuraba el hombrellorando.JOSÉ SARAMAGO, Ensayo sobre la ceguera

No pocos –políticos y no– consideran a la ficción como poco más que un pasatiempo (a nadie sorprende que, cuando preguntamos a alguien qué es lo que hace, nos responda: “Nada, aquí leyendo”), un escape de la realidad, una actividad improductiva (¿cuál es, en la educación por competencias, el “producto” que un estudiante tiene que entregar al terminar Pedro Páramo?). Cuando más, un “ejercicio mental” (¡a leer X minutos diarios!) o una práctica necesaria para, cuando llegue la hora, ser capaces de leer y entender lo que de veras importa (esto es: información en libros de texto, resúmenes ejecutivos y noticias, mejor aún si son tan breves como tuits). Lo cierto es que, hasta para buena parte de quienes se consideran lectores –incluyendo, aunque parezca difícil de creer, a universitarios y hasta posgraduados–, leer ficción no es más que una completa pérdida de tiempo.

Por supuesto que en el otro extremo tenemos a aquellos románticos de la lectura y hasta fetichistas de libros y autores, que juran que obras como En busca del tiempo perdido transformaron su existencia y que, en el equivalente laico de una peregrinación, visitan cada año la pastelería en la que, supuestamente, la tía Léonie compraba sus famosas madalenas en Illiers-Combray.1

Opiniones y anécdotas aparte, ¿leer El principito u otras historias imaginarias puede ayudarnos a sobrevivir? ¿Existe, en verdad, evidencia medible, obtenida a partir de experimentos diseñados expresamente para ello, de que algo cambie en nosotros tras la lectura de un cuento, de una novela o de cualquier otro género de ficción? Si, digamos, algún exgobernador acusado de desvío de fondos a macroescala hubiera leído Morir en el golfo –o, al menos, La pobreza y la humildad llevan al cielo, de los hermanos Grimm– durante su gestión, ¿habría robado menos?

LAS VENTAJAS EVOLUTIVAS DE LEER FICCIÓN

Pero aquí viene la revelación que no es fácil para mí. Soy unaescritora. Eso no suena correcto. Demasiado presuntuoso, falso,o al menos poco convincente.ALICE MUNRO, La oficina

Keith Oatley, de la Universidad de Toronto, es uno de los mayores expertos sobre lo que ha sido bautizado como literatura neurocognitiva, que es el estudio de los efectos que leer o escuchar literatura (tanto prosa como poesía, por lo que también se le ha dado el nombre de poética neurocognitiva) tienen en nuestra mente, refiriéndose con ello tanto a la actividad cerebral inmediata como a los cambios en nuestra personalidad, pero sobre esto hablaremos con mayor detalle más adelante.

En una revisión sobre el tema, Oatley contrasta la desconfianza de Platón hacia la ficción, al considerarlo una mimesis, una imitación de la realidad que experimentamos diariamente, que de por sí ya constituía para él tan sólo una sombra de la verdad. El aprecio por la literatura aumentó en algo con Aristóteles, quien interpreta “mimesis” más que como mera imitación, como “simulación”, en el sentido moderno compartido por Oatley y otros científicos neurocognitivos: la ficción es un conjunto de simulaciones de realidades o mundos sociales –esto último dado que en las historias aparecen e interactúan distintos personajes– que podemos analizar y comparar con diferentes aspectos de nuestro mundo cotidiano, algunos de los cuales somos incapaces de distinguir con nuestra percepción cotidiana.

Apoyan esta teoría de la simulación experimentos en los que la actividad del cerebro de un voluntario es observado con ayuda de una máquina de resonancia magnética funcional (fMRI, por sus siglas en inglés):2 cuando este voluntario lee una historia en la que un personaje jala un cable, la región de su cerebro responsable de ejecutar este movimiento es activada, y cuando el personaje se dirige desde una puerta hacia la cocina, la región del cerebro del lector relacionada con el análisis visual es activada; en ambos casos es como si en verdad fuese el lector quien realizara las acciones narradas. En 2014, otra serie de experimentos, también con fMRI, permitieron determinar que el simple hecho de etiquetar una historia como “real” o “ficticia” antes de su lectura ocasionaba que se activaran diferentes áreas en el cerebro de los lectores.3 La lectura en “modo no ficción” estaba asociada a la actividad en el cerebro relacionada con acciones percibidas como pertenecientes al pasado, de los eventos descritos en la historia. En el extremo opuesto, la lectura en “modo ficción” estaba asociada a la actividad cerebral que correspondía a una simulación mental de lo que podría pasar.

Así, para Oatley y otros científicos neurocognitivos las horas que pasamos leyendo ficción son similares a, en el caso de los pilotos, las horas que éstos pasan en un simulador de vuelo: la literatura sería nuestro “simulador de realidad” que nos permitiría entender cómo interactuar con otras personas, cómo reaccionar ante otros en diferentes situaciones cotidianas y, en resumen, cómo mejorar nuestras habilidades sociales. Todo esto debido a que, cuando una persona lee una historia, se encuentra en una situación en la que continuamente hace predicciones sobre los pensamientos, sentimientos e intenciones de los personajes, y tiene la oportunidad de entender a quienes son tan diferentes, o están tan distantes en tiempo y espacio, lo que es imposible, o casi, en la vida diaria.

Que los escritores de ficción enfrenten a sus lectores a la tarea de tener que inferir cuáles son esos pensamientos, sentimientos e intenciones en los personajes de sus mundos imaginados, permite que nos identifiquemos con ellos y los comprendamos con mayor profundidad que si todos estos aspectos fueran descritos directamente por el autor. Al menos, éstas son las conclusiones de Maria Kotovych y sus colegas, quienes compararon las inferencias de un grupo de voluntarios a partir de la descripción en primera persona que hace la protagonista del cuento “La oficina”, de Alice Munro, con las de un segundo grupo, cuya versión del cuento iniciaba con la declaración explícita: “Me avergüenza decirle a la gente que soy escritora”;4 para estos últimos los pensamientos y acciones del personaje de Munro fueron más difíciles de comprender que para los del primer grupo. Otros experimentos han mostrado que existe mayor capacidad de hacer inferencias sobre nuestro prójimo –dicho de otra forma, “leer la mente” de alguien– entre lectores de historias de romance o de detectives, lo que es de esperarse si consideramos que en ambos casos uno tiene que hacer continuas predicciones sobre quién es la pareja adecuada o el posible asesino.5

Como consecuencia de sus horas de simulación, los lectores de ficción tendrían una ventaja evolutiva sobre quienes no lo son a la hora de ponerse en los zapatos de alguien más, lo que es considerado un “laboratorio moral” por investigadores como Frank Hakemulder,6 quien determinó que entre los lectores de una novela sobre las experiencias de una mujer de Algeria había menor aceptación de normas discriminatorias en relaciones entre hombres y mujeres de ese país que en aquellos que leyeron un ensayo sobre el mismo tema. Los resultados de este y otros estudios concuerdan con la llamada teoría del entumecimiento psíquico de Paul Slovic, según la cual es más fácil experimentar empatía si un mensaje presenta información sobre una persona única e identificable, que cuando la información se refiere a grupos enteros de personas o a estadísticas; es decir, el cerebro se nos entumece cuando tratamos (si tratamos, aunque a veces ni eso) de ponernos en los zapatos de decenas, miles o millones a la vez. La lectura puede desentumecer nuestras “neuronas empáticas” –nuestra compasión, en su significado etimológico de “sufrir juntos”– lo suficiente como para que nos interese el bienestar de alguien más como si nosotros fuésemos ese alguien.

Ante la evidencia de la ficción como simulador de experiencias sociales con las que practicar las nuestras –al igual que en el caso del simulador de vuelo– en un ambiente libre de peligro (no vamos a establecer relaciones reales con los personajes de la historia, lo que no significa, claro está, que no vayamos a reaccionar emocionalmente por lo que les pasa a ellos), queda por resolver si en esta relación entre ficción y empatía la primera es causa de la segunda o al revés.

EMPATÍA POR SHERLOCK HOLMES

¿Se imaginan que exista a estas alturas una persona que sientatanto odio por Napoleón que se dedique a romper todas lasimágenes suyas que encuentra?ARTHUR CONAN DOYLE, La aventura de los seis Napoleones

No fue sino hasta 2013 que Matthijs Bal y Martijn Veltkamp realizaron un experimento para verificar si, con base en lo que se conoce como teoría de la transportación (entendida ésta como el grado en el que una persona se involucra emocionalmente con una historia), los lectores que son emocionalmente “transportados” –aquellos que se “sumergen” o “se pierden” en las páginas del libro– son quienes se vuelven más empáticos y si este efecto es exclusivo de la literatura de ficción.

Bal y Veltkamp pidieron a un grupo de participantes que leyeran la primera parte de La aventura de los seis Napoleones, de Arthur Conan Doyle (lo que significa que no leyeron cómo resolvió Sherlock Holmes el caso) y a otro grupo dos noticias, en las que personas en concreto eran parte central de los eventos, sobre disturbios en Libia y el accidente de la planta nuclear de Fukushima en 2011. En ambos grupos se midieron los niveles de transportación emocional y de empatía a través de escalas en las que los participantes asignaban valores a situaciones hipotéticas como: “La historia me afectó emocionalmente” (transportación) y “algunas veces no me siento mal por otras personas que están en problemas” (empatía) antes, inmediatamente después y luego de una semana de la lectura.

Los resultados del estudio de Bal y Veltkamp representan la primera evidencia experimental de que leer ficción provoca que la empatía del lector se incremente con el tiempo (en el experimento, una semana después de haber leído la historia), pero sólo cuando el lector es transportado emocionalmente por ella; lo opuesto ocurre si el lector no se sumerge y ni siquiera se salpica con la historia: se vuelve menos empático y termina por darle lo mismo si Sherlock Holmes resuelve el misterio o si un asteroide destruye por completo el departamento 221B Baker Street. Una posible explicación es que, cuando un lector no se identifica con los personajes de una historia, comienza por distraerse y sentirse frustrado con ella, y acaba por desentenderse del destino de sus personajes. Estos efectos no se encontraron en lectores de no ficción.

Un año después, en 2014, sería nuevamente mediante la tecnología de fMRI que los neurocientíficos comprobarían que, en sentido contrario a lo descubierto por Bal y Veltkamp, la actividad cerebral asociada con la empatía facilita al lector su inmersión en la historia. Y no sólo esto: gracias a Harry Potter (o a la lectura de sus libros, para ser más precisos), ahora sabemos que aquellos pasajes de mayor contenido emocional, en que los protagonistas experimentan mayor miedo o sufrimiento, son los que hacen que nos perdamos más en la historia.7

CHÉJOV Y TODO UN OCÉANO DE PERSONALIDADES

¿Cómo puedo justificarme? Soy una mujer mala, vil; medesprecio a mí misma, y no pienso justificarme. No es a mimarido a quien engañé, sino a mí misma. Y no solamenteahora, sino hace tiempo que me engaño. Mi marido puede quesea un hombre bueno y honrado, pero ¡es un lacayo!ANTÓN CHÉJOV, La dama del perrito

De especial interés en la literatura neurocognitiva es validar la hipótesis de que leer es una experiencia que nos transforma, en particular cuando esa transformación se refiere a un cambio en nuestra personalidad. Para estudiar la personalidad y sus posibles cambios por la lectura de una historia, una de las definiciones más sencillas usada por los estudiosos del tema es considerarla como la forma estable que una persona tiene de relacionarse con ella misma y con otras personas. Y con “estable” hace algunas décadas se referían a que nuestros rasgos de personalidad no cambiaban, o lo hacían muy poco, después de los 30 años. Ahora sabemos que es posible cambiar de manera notable incluso bien entrados en la adultez.

En 2009, Maja Djikic y sus colegas pidieron a un primer grupo de participantes que leyera La dama del perrito, y a un segundo grupo que hiciera lo mismo con una historia que narraba los mismos sucesos que el cuento de Chéjov, pero en forma de un documento legal sobre el caso de adulterio entre dos personas casadas, por lo que la historia original había quedado desprovista de cualidades artísticas.8 Los investigadores tuvieron cuidado de que esta última narración mantuviera el mismo nivel de vocabulario, gramática e interés en sus lectores que La dama del perrito para evitar que cualquier diferencia pudiese atribuirse a estos factores. Tras la lectura, se evaluaron los cambios en las emociones y en los rasgos de personalidad de los participantes a través de escalas comunes en estudios psicológicos sobre estos temas.

En particular, para medir los cambios en los rasgos de personalidad se usó el llamado Inventario de los Cinco Grandes, los cuales son: apertura a nuevas experiencias, responsabilidad, extraversión, amabilidad e inestabilidad emocional, que en inglés y para recordarlo fácilmente forman las siglas OCEAN. El experimento de Maja y su equipo permitió concluir que, en efecto, el valor artístico de una narración, en este caso la prosa de uno de los grandes cuentistas de toda la historia, tuvo un efecto de transformación en la personalidad mucho mayor que un texto cuya temática e interés de los lectores eran similares, pero que carecía de valor literario. Ante la posible objeción de que se tratara tan sólo de una reacción emocional por parte de los lectores, los investigadores señalan que éste no fue el caso, dado que Chéjov afectó a los cinco grandes rasgos, y no sólo a los dos que se esperaría si se tratara de las emociones despertadas por la narración (extraversión e inestabilidad emocional).

Las conclusiones de Maja y colaboradores pueden ser extensivas al área entera de la literatura neurocognitiva: “La relación de una psique individual con una obra de arte es un proceso altamente complejo que no puede ser llevado fácilmente al laboratorio. En su lugar, este estudio muestra que el potencial de cambio está ahí, dado que la psique humana parece responder a la forma artística a través de sutiles cambios en la visión de sí misma. Este potencial merece ser explorado”.

1 Esta actitud de reverencia excesiva hacia los libros es discutida con mucho desparpajo en Cómo cambiar tu vida con Proust, del escritor Alain de Botton. De Botton nos propone un juego en el que, ante las diversas circunstancias de nuestra vida moderna, nos expone qué pensaría Proust o cómo reaccionarían sus personajes. Un equivalente en cine de este mismo juego lo tenemos en The Jane Austen Book Club (2007), escrita y dirigida por Robin Swicord.

2 R. Mar y K. Oatley, “The function of fiction is the abstraction and simulation of social experience”, Perspectives on Psychological Science, 3, 2008, pp.173-192.

3 U. Altmann, I. C. Bohrn, O. Lubrich, W. Menninghaus y A. M. Jacobs, “Facts vs fiction-how paratextual information shapes our reading processes”, SCAN, 9, 2014, pp.22-29.

4 M. Kotovych, P. Dixon, M. Bortolussi y M. Holden, “Textual determinants of a component of literary identification”, Scientific Study of Literature, 1(2), 2011, pp. 260-291.

5 En este último caso, las historias de Agatha Christie proporcionan un laboratorio inferencial por excelencia, ya que la metodología de miss Marple y Hércules Poirot, sus detectives, se basa precisamente en entender las motivaciones de todos los personajes que intervienen en ellas y que, para ayuda del lector, siempre aparecían en una lista bajo el título Dramatis personae.

6 F. Hakemulder, The moral laboratory: experiments examining the effects of reading literature on social perception and moral self-concept, The Netherlands, John Benjamin Publishing Company, 2000, p. 215.

7 C. T. Hsu, M. Conrad y A. M. Jacobs, “Fiction feelings in Harry Potter: haemodynamic response in the mid-cingulate cortex correlates with immersive reading experience”, NeuroReport, 25(17), 2014, pp. 1356-1361.

8 M. Djikic, K. Oatley, S. Zoeterman y J. B. Peterson, “On being moved by art: How reading fiction transforms the self ”, Creativiy Research Journal, 21(1), 2009, pp. 24-29.

EL LUGAR DONDE OCURREN LAS HISTORIAS: UNA GEOGRAFÍA DE LA FICCIÓN

Tal vez algún lector de Tolkien concuerde con el juicio lapidario de Virginia Woolf cuando escribió, en 1905, en una reseña del suplemento literario de The Times titulada “Literary geography”: “El país de un escritor es un territorio dentro de su propio cerebro; y corremos el riesgo de desilusionarnos si intentamos convertir esas ciudades fantasma en ladrillo y cemento tangibles”.

Tal vez. Pero es muy probable que ese mismo lector deambule por el desértico Gorgoroth –localizado en Mordor, al lado del volcán Orodruin y al suroeste de la fortaleza de Barad-dûr– perdido, sin la ayuda, no digamos de GPS y Google Maps: ni siquiera del equivalente a una Guía Roji impresa del lugar. Y es que si, más allá de un simple lugar, estamos ante un mundo entero imaginario, un mapa no es sólo necesario, sino indispensable para sumergirnos por completo en él. Trátese de la Tierra Media de J. R. R. Tolkien o del Mundo de Hielo y Fuego de George R. R. Martin, en estos casos los mapas son parte integral de la historia.

Que uno esté más o menos acostumbrado –o, en todo caso, que no nos parezca extraño– a ver mapas, muchos de ellos elaborados por los propios autores, en libros de fantasía y ciencia ficción, no significa que la ciencia interdisciplinaria de la geografía literaria se encuentre marginada a estos géneros.

Siendo justos, cuando hablaba de geografía literaria, Virginia Woolf se refería, más que a los territorios del género fantástico, a la imposibilidad de estudiar objetivamente lo que tradicionalmente se ha visto como una experiencia subjetiva y personal: “En verdad –continuaba en su texto– ninguna ciudad es tan real como esta que hacemos por nosotros mismos y para la gente a nuestro gusto; e insistir en que esto tiene sus contrapunto en las ciudades de la Tierra es robarle la mitad de su encanto”.

Así, para Woolf, y para muchos otros escritores y críticos literarios, tratar de hallar con ayuda de un geógrafo las reglas de una cartografía basada en la descripción de Julio Cortázar del París que recorre La Maga de Rayuela es, en el peor de los casos, un sinsentido y, en el mejor de ellos, un reduccionismo banal. En el otro extremo, y apoyando a los modernos geógrafos literarios, tenemos a James Joyce; de acuerdo con el pintor Frank Budgen, en James Joyce and the Making of Ulysses: “es esencial para Joyce que no sustituyamos nuestra propia ciudad natal por la suya, y sin embargo, en Ulises él ni la pinta ni la fotografía para guiarnos. Ésta debe crecer en nosotros no a través de nuestros ojos y memoria, sino a través de las mentes de los dublineses que alcanzamos a escuchar hablando entre ellos. […] Nombres de calles y suburbios, alusiones a la vida íntima del lugar, están constantemente en sus labios”. En resumen: si mañana de Dublín no queda más que el nombre, denle a un cartógrafo literario un ejemplar de Ulises y nos regresará, sin mayor dificultad, una versión joyceana tridimensional e íntegra de esta ciudad en computadora.

¿Qué tienen que hacer los expertos en sistemas de información geográfica1 mapeando el Dublín de Joyce o el Londres de Dickens? ¿Qué conocimiento nuevo, valioso y distinto del generado por los eruditos de las humanidades puede generar una ciencia como la geografía en territorios ignotos para ella, como son los de la literatura? Tampoco está de más cuestionarnos: ¿Por qué ahora?

Polémicas aparte, lo cierto es que toda historia ocurre en algún lugar, y ya en 1904, el escritor William Sharp había elaborado un mapa de Escocia en el que ubicaba los lugares en que ocurrían varias de las novelas de Walter Scott, si bien no fue hasta 1998, cuando el crítico Franco Moretti publicó su Atlas de la novela europea, que se evidenció que los resultados de este cruce entre ciencias y humanidades en verdad podía servir para obtener mapas como herramientas de interpretación que permitieran visualizar algo de manera única y evidente.2 En su Atlas, Moretti ubicó los lugares en los que transcurrían algunas de las novelas de Jane Austen y, gracias a este mapa, observó que sus historias ocurrían en una región bastante limitada del sur de Inglaterra, caracterizada por sus campos y sus pequeños pueblos, un escenario muy congruente con las acciones de sus personajes. Si el resultado no es demasiado sorprendente, esto puede deberse a que Moretti no contaba aún con una herramienta suficientemente poderosa para analizar espacialmente y de manera semiautomática, más que unas cuantas novelas de algunos autores, cientos de ellas, abarcando a la gran mayoría de los escritores de un país por, digamos, unos dos siglos. Las computadoras incrementaron en unos cuantos años la complejidad de este paisaje y añadieron a la geografía literaria el adjetivo digital.

MIEDO Y ALEGRÍA EN LA CITY: UN MAPA EMOCIONAL DEL LONDRES DE FICCIÓN HISTÓRICO

En 2016, Ryan Heuser y sus colegas de la Universidad de Stanford, interesados en la geografía literaria como parte de lo que ha recibido, entre otros nombres, el de humanidades digitales, con ayuda de computadoras y partiendo de lo que se conoce como inversión geográfica (esto es, el número de palabras en un texto que nombran ciertos lugares en particular), elaboraron mapas para determinar cómo estaban asociadas a las distintas calles, barrios y edificios de Londres, las emociones de los protagonistas de las obras de ficción escritas en inglés y publicadas en un periodo de dos siglos.3

Heuser y colaboradores digitalizaron 4 862 obras y escogieron 161 lugares, de un total de 382, que fueron los mencionados con mayor frecuencia en estos textos y que representaban al Londres de los años 1700 a 1900. La identificación de estos puntos, cada vez que aparecen en una cantidad tan grande de información, sólo es manejable gracias a programas de computadora escritos con ese fin. Sin embargo, fue necesario considerar algunas posibles fuentes de error, como el hecho de que en ocasiones algunos nombres, como Richmond, podían referirse a dos o más lugares distintos. Cuando ello ocurría y siguiendo con el ejemplo, si se estimaba que Richmond, el suburbio, correspondía a 60% de las menciones en la ficción publicada en un periodo de tiempo menor, de 1850 a 1899, este resultado se usaba para determinar probabilísticamente el total de veces que Richmond se refería al suburbio en el total de las obras analizadas.

Los mapas obtenidos a partir de la información digitalizada permitieron a sus autores determinar que el Londres de la ficción tiene su inversión geográfica centrada en el punto de encuentro entre la City (con lugares como la Torre y la Catedral de San Pablo) y el West End (en el que se encuentran la Abadía y el Palacio de Westminster, entre otros puntos de referencia). Los novelistas de este periodo dieron un mucho mayor protagonismo a esta parte de Londres, lo que no refleja la realidad del desarrollo urbano ni los cambios en la población de esta ciudad durante esos dos siglos, en los que otros barrios crecieron de forma mucho más acelerada. En palabras del equipo de Heuser: “el Londres de ficción distorsiona su geografía al comprimirla y centrarla en la parte oeste”.

Una vez cartografiada la inversión geográfica, los investigadores determinaron los tipos de emociones asociados con los lugares identificados, restringiendo éstas, para optimizar costos y tiempo de computadora, únicamente a una positiva –felicidad– y a otra negativa –el miedo–. Con este fin, para cada lugar mencionado en al menos 10 fragmentos de diferentes obras de cada subdivisión de 50 años de los dos siglos analizados, 20 voluntarios leyeron y anotaron si los fragmentos estaban asociados con miedo o con felicidad. El mapa resultante reveló, “a gran escala” o en términos generales, que la felicidad estuvo asociada al West End y el miedo a la City y al East End (zona en la que un tal Jack destripaba a sus víctimas). Esta asociación se mantuvo intacta a lo largo de los 200 años de ficción analizados.

UNA GEOGRAFÍA IMAGINARIA SIN LÍMITES, PERO CARTOGRAFIABLE

Aun los mundos imaginarios necesitan una lógica geográfica;[…] Esto significa que ríos necesitan converger conforme fluyena una costa, montañas forman racimos o líneas, y desiertos quehacen la transición suavemente a bosques.JONATHAN ROBERTS, cartógrafo

Todo lector de autores como Gabriel García Márquez y William Faulkner sabe que los escritores no tienen ninguna restricción física para crear pueblos como Macondo, condados como Yoknapatawpha, o cualquier mezcla de geografías imaginarias y reales, y que nada les prohíbe nombrar, renombrar o combinar lugares en los cuales ocurren sus historias. No obstante, y como bien señala Jonathan Roberts, autor de mapas como el de los territorios abarcados por los siete reinos de la saga de J. R. R. Martin, incluso estos lugares pueden ser estudiados por la geografía literaria.

En 2012, por ejemplo, investigadores de la Universidad de Basilea, Suiza, usaron técnicas propias de los sistemas de información geográfica para cartografiar los distintos tipos de vegetación y de clima descritos por Tolkien en El señor de los anillos.4 A partir del mapa generado, determinaron que la Tierra Media sufre un serio problema de pérdida de regiones boscosas, por lo que el desarrollo sustentable en este mundo podría ser un desafío mayor para todas las razas que habitan en él que, inclusive, haberse enfrentado a los ejércitos de Sauron. Tierra Media o nuestra Tierra, geografía literaria o no, los mapas nos proporcionan información que surge gracias a éstos y que hace que, en la literatura, puedan convertirse en algo más que simples adornos de una obra. Así, si el lector decide leer el Guillermo Tell de Friedrich Schiller, no sería mala idea acompañarse de un mapa en que estén señalados las más de 150 referencias geográficas mencionadas por este autor, así como las decenas de rutas recorridas por sus personajes por los Alpes suizos.

1 Que permiten, entre otras cosas, la incorporación y visualización en un mapa de varias “capas” que proporcionan, cada una de ellas, diferente información sobre esa región: vegetación, topografía, núcleos de población, vías de comunicación y uso de suelo, entre muchos otros datos.

2 Y éste es un buen lugar para distinguir entre la geografía literaria (el análisis espacial de una obra de ficción) como ciencia y la cartografía literaria (la elaboración de mapas) como herramienta. No necesariamente la primera implica la segunda.

3 R. Heuser, M. Algee-Hewitt, A. Lockhart, E. Steiner y V. Tran, “Mapping the emotions of London in fiction, 1700-1900: a crowdsourcing experiment”, en D.Cooper, C. Donaldson y P. Murrieta-Flores (eds.), Literary mapping in the digital age, Nueva York, Routledge, 2016, pp. 25-46.

4 I. Habermann y N. Kuhn, “Sustainable fictions: geographical, literary and cultural intersections in J.R.R. Tolkien’s The lord of the rings”, The Cartographic Journal, 48(4), 2011, pp. 263-273.

LA COMPLEJIDAD DE LOS CLÁSICOS: LITERATURA FRACTAL

“Quiero salir de estas aguas. Pero se amontonan sobre mí. Entre sus grandes hombros me llevan. Me obligan a dar un giro sobre mí misma, me derriban, estoy tendida entre esas largas luces, esas largas olas, esos interminables senderos, esas gentes que me persiguen, me persiguen.” En este pequeño fragmento de Las olas, considerada su novela más experimental, Virginia Woolf alterna oraciones cortas y largas, y esta combinación dota de un ritmo característico al soliloquio de Rhoda, una de sus protagonistas, en ese monólogo al que los escritores recurren cuando intentan reproducir en el papel el inasible flujo de conciencia que ocurre en nuestra mente. Que el ritmo con que Woolf compuso su novela introspectiva pudiera ser muy parecido para toda obra empapada por el flujo de conciencia de sus personajes no fue, en octubre de 2015, la suposición de la que partió, mas sí una de las conclusiones a las que llegó, un equipo interdisciplinario de físicos, matemáticos y filólogos polacos, encabezado por Stanislaw Drozdz.

Con ayuda de rutinas programadas en computadora, Drozdz y sus colegas determinaron (estrictamente hablando: calcularon) lo que ellos denominaron variabilidad en la longitud de las oraciones (VLO, a partir de aquí) en 113 obras clásicas escritas en su idioma original o publicadas (en el caso de la Biblia) en inglés, francés, alemán, italiano, polaco, ruso y español.

UN ESPECTRO RECORRE EL REINO DE LAS LETRAS

Para entender el tipo de análisis hecho por el equipo de Drozdz pasemos de las páginas de la ficción a un caso muy típico en oceanografía: si tenemos un termómetro que mide cada cierto tiempo –por ejemplo, cada segundo– la temperatura T del agua a una profundidad determinada en un punto cercano a la costa, luego de, digamos, una semana, tendremos lo que se conoce como una serie de tiempo de T: un conjunto de mediciones que nos indican cómo varía el valor de T a medida que transcurre el tiempo t.

Con la serie de tiempo T(t) podemos calcular lo que se conoce como espectro energético mediante funciones conocidas como transformadas de Fourier. Lo que aquí nos interesa entender es que los valores del espectro S obtenido mediante esa transformación cambian dependiendo ahora de la frecuencia f, que es el inverso del tiempo.

Apliquemos ahora el análisis espectral al reino de las letras y al caso particular de la VLO: en este caso, nuestro conjunto de mediciones que constituyen una serie de tiempo corresponde a las variaciones en la longitud l de las oraciones de una obra como función de (es decir, “dependiente de”) el número de palabras j. Así, los valores máximos del espectro S(f) nos indicarán qué longitudes de oraciones son las más empleadas por diferentes autores en cada uno de los libros analizados.

El análisis espectral de la VLO en los clásicos estudiados mostró que los valores de S para todos ellos disminuían a medida que aumentaba la frecuencia, de una forma descrita matemáticamente por la ley de potencias 1/fβ, donde β toma valores entre ¼ y ¾. Si se intercalan al azar oraciones de diferente longitud en los textos analizados, β se hace aproximadamente igual a cero. Así, el rango de β obtenido, de ¼ a ¾, indica un equilibrio entre el orden y el azar en las novelas analizadas, y es similar al rango determinado para variaciones de frecuencias en el habla, en la actividad cerebral espontánea y en la música, apoyando esto último el símil tan común que se hace entre la escritura de un libro y la composición de una pieza musical (los valores de β para composiciones musicales van de ¼ a ¾).

LA GEOMETRÍA FRACTAL DE LA LITERATURA

Un segundo análisis de la VLO de los textos, a partir de las longitudes l(j) medidas por la computadora, es posible usando, en lugar de transformadas de Fourier, unas funciones conocidas como wavelets u ondulitas u ondículas (con perdón de la Real Academia, lo más común es que se les llame por su nombre en inglés). Lo que se obtiene a partir de esta transformación, conocida como descomposición wavelet, es una gráfica que sirve como una especie de lupa o, en palabras de los autores, “microscopio matemático”, que permite determinar si el texto analizado tiene o no las características de un fractal.

Las matemáticas de la geometría fractal fueron descubiertas (o inventadas, diría más de un filósofo de la ciencia) por Benoît Mandelbrot, coterráneo y casi coetáneo de los autores del estudio aquí discutido. Un fractal tiene dimensiones fraccionarias o incluso irracionales y se caracteriza por su autosimilaridad, lo que significa que, sin importar la escala a la que lo observemos, mantiene la misma geometría: cada parte es una figura que es aproximadamente una copia de menor o mayor tamaño que la figura completa a su escala original. En ocasiones, las dimensiones de una figura o un objeto fractal pueden estar descritas por diferentes valores, por lo que se trata de un multifractal. El grado de multifractalidad de, por ejemplo, un libro como Las olas, es una medida de la complejidad de éste, cuantificada estrictamente en términos de su VLO y sin tomar en cuenta ningún tipo de análisis de contenido como el usualmente hecho, con base en sus conocimientos y experiencia, por críticos literarios y otros escritores.

Con ayuda de las dos herramientas matemáticas mencionadas, el equipo de Drozdz determinó que aquellas novelas consideradas como representativas del uso del flujo de conciencia exhibían las características multifractales y, en este sentido, tenían una mayor complejidad que otras como Guerra y paz, de León Tolstói. Las gráficas de l(j) (aisladas y modificadas con fines de simplificar la explicación) nos pueden ayudar para visualizar, de manera intuitiva, cómo va aumentando la complejidad de cinco de los libros estudiados. Comencemos con Guerra y paz:

GRÁFICA 1. GUERRA Y PAZ

“El 1 de noviembre Kutúzov recibió a través de su espía una noticia que ponía al ejército que él comandaba en situación casi desesperada.” La mayoría de los libros analizados combinan oraciones largas y cortas de manera errática, más o menos uniformemente, a lo largo de sus páginas, y las gráficas de VLO correspondientes se parecen a la exhibida por Guerra y paz, que son matemáticamente descritas como monofractales. Nada más excepcional –desde una perspectiva matemática– ocurre aquí. Sin embargo, cuando pasamos a obras como Las olas, Rayuela, Ulises y Finnegans Wake, en las que abundan los flujos de conciencia, las cosas cambian dramáticamente. Esto no es tan evidente en Las olas si únicamente consideramos este tipo de gráfica:

GRÁFICA 2. LAS OLAS

Es sólo gracias a la descomposición wavelet que es posible determinar que la parte final de Las olas es la de mayor complejidad, pues ya exhibe las características de un multifractal en su composición.

En el caso de