El Impostor (Hermanos de Casta II) - Larisa Álvarez Freer - E-Book

El Impostor (Hermanos de Casta II) E-Book

Larisa Álvarez Freer

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Beschreibung

En el México colonial un niño es desterrado misteriosamente de su vida por su propia madre convirtiéndolo en un paria. La historia de su supervivencia, su existencia al margen de una familia poderosa y de el amor verdadero de su vida que está destinada a casarse con su mejor amigo. La segunda entrega de la saga: Hermanos de Casta. Atrévete a platicar con el pasado...

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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El IMPOSTOR

© Larisa Álvarez Freer

© El Impostor. Hermanos de Casta II

ISBN digital: 978-84-685-0263-2

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Prólogo

La Lectura del Testamento

Puebla de los Ángeles

Día de San Amadeo de 1636.

(Vigésimo octavo de enero)

Yo, Catarina S.J, en plena posesión de mis facultades mentales, pero con el cuerpo enfermo, escribo mis últimas voluntades y testamento.

Declaro por mis bienes, los siguientes: un niño Jesús, pequeñito de talla y seis cuadritos ordinarios colgados en las paredes de mi cuarto. Una cazuela, dos o tres libritos de devoción y la ropa de mi uso.

Ruego al padre Alonso Ramos, mi confesor de la religión Sagrada de la Compañía de Jesús, la distribuya y convierta en limosnas entre pobres y para cumplir y ejecutar este mi testamento, en manadas y legados, dejo y nombro por mis albaceas al dicho padre Alonso Ramos, al Presbítero José del Castillo Grajeda y al Capitán don Hipólito del Castillo de Altra.

A mi bien más preciado que es sin duda mí único hijo, le dejo su libertad, su inteligencia y el compromiso de jurar en mi memoria y la de Santa Filomena los siguientes puntos:

1. — Nunca juzgará a ningún ser sobre la tierra por color o casta, ni dejará que se le juzgue por ello. Ya que a un hombre se le valora por sus acciones y no por los accidentes de su nacimiento.

2. — Acudirá a la morada de don Miguel de Sosa hijo, próspero comerciante de domicilio conocido en la ciudad, su medio hermano y exigirá la cantidad que con él yo ya tenía acordada y que no se ha cobrado. Con este pago se comprometerá a guardar el secreto de su relación sanguínea. Sí por algún motivo don Miguel le ofreciese trabajo, cobijo o algún tipo de ayuda se obligará a negarse en el acto para cumplir con el tercer punto.

3. — Deberá irse de esta ciudad olvidada de la caridad del Señor y desconocer sus raíces, su pasado y hasta a su madre para procurarse un destino mejor. Nunca más volverá para asentarse aquí y jurará olvidarse de las desgracias que este lugar le han ofrecido desde antes de su nacimiento.

Hágase dicho juramento justo a la lectura del presente testamento ante mis albaceas y la corte celestial como testigos, bajo pena de privarme de un eterno descanso y condenarme a penar eternamente.

Perdonad lo duro que esto os resulta amado hijo mío, pero confiad en el buen sentido de vuestra madre.

Firmado: Catarina S.J “La Ch. P.”

Testigos: P. A. Ramos, Pbro. J.C. Gajeda.

y Cap. H.C Altra.

Colegio de la Religión Sagrada de la Compañía de Jesús

— A mí no me engaña, Catarina más que dejarnos a cargo de la disposición de sus escasos bienes nos ha mandado asegurarnos de desterrar a ese pobre chiquillo de estas tierras— despotricó el padre Ramos—. Pero no podemos ponerlo en una diligencia así sin más después de ir a pasar vergüenzas a la casa de don Miguel, mira que irle a pedir dinero...

—Las vergüenzas son lo de menos padre, es la más pura extorción. Pero no podemos dejar a un niño tan pequeño sin recursos siendo familiar de los Sosa —. Medito un rato para continuar. —Tengo una hermana en Sevilla que podría adoptar al chamaco, Dios no le ha otorgado la gracia de ser madre y aunque el chico ya está un poco crecido con el dinero podríamos costear su viaje y pagarle algo a la buena mujer por su cuidado —. Apunto el Capitán del Castillo.

— ¿Estáis seguro de que se hará cargo de él? Debe rondar por los doce años, las señoras suelen preferir adoptar a muchachos más jóvenes. Yo opino que debemos obviar los deseos de la difunta. No está bien lo que Catarina tenía planeado para él—. Consideró el presbítero.

—Demasiado tarde, lo hemos hecho jurar en nombre de Dios y puede caer en pecado capital si no cumple. ¿Además quién de nosotros se haría cargo del menor? Yo lo haría si mis obligaciones no fueran tantas. — Concluyó el párroco.

—Las mías no son menores a las vuestras… Decidido queda. Escribo a mi hermana inmediatamente, encargaros del pasaje y de la visita a la casa de Sosa. El chico sale rumbo a Sevilla a más tardar el día de san Andrés, quien estuvo presente en la multiplicación de panes de nuestro señor Jesús. Buen augurio debe ser mandarlo a su nuevo destino en la celebración del santo que representa a la abundancia. Apuraos que en una semana cumplimos la última voluntad de Catarina.

El chico oía sin escuchar la conversación. Todo lo que había conocido en la vida se estaba derrumbando. ¿Porque su madre había querido que la desconociera? Haría lo que le había encomendado, prometido estaba aunque lo hubiese hecho sin pensar por la impresión que las palabras en aquel papel le habían causado. Eso sí, el mismo se prometía otra cosa más; que aunque nunca hablase de su dulce madre, ella siempre viviría en su corazón.

Capítulo 1

La Indecisión

Aculco, camino a Querétaro.

El día anterior a la Epifanía de 1656, veinte años después.

(Quinto de enero)

Alvar tiró la casaca azul que apenas unos momentos antes el joven mulato le había acercado.

— ¡Maldita sea, Gil! ¡La desesperación no se hizo para las bestias pero con tanta equivocación no tardareis en convertirme en una! ¿No os pedí la túnica negra? ¡Despabila ya muchacho!

— Si... sí, don Alvar –. Gil se encogió y dio un nervioso paso hacia atrás.

Solo vestido con unas medias y unos calzones, Alvar de la Torre parecía tan temible como si estuviese enteramente vestido para una batalla. Sobre todo con el humor negro que mostraba en ese momento. Él normalmente se portaba de una manera tranquila y analítica, pero los acontecimientos a los que se enfrentaba le crispaban los nervios.

Gil solamente llevaba a su cargo unas dos semanas. El muchacho era casi de su familia, es decir si es que tuviese alguna. Se lo había encargado el padre Ignacio, el cura que lo había acogido en su infancia y terminado de criar.

El mulato sabía que el presente humor de Alvar no era normal. Al menos no lo era en el Alcázar de los Coyotes. A su juicio tampoco fuera de la casa del marquesado juzgando en las reacciones de los demás criados y en la exasperante diversión que Ferri, quien era barón e hijo del marqués de Tecamachalco, estaba mostrando con respecto al comportamiento del hombre.

Gil no sabía exactamente qué era lo que había causado su disgusto, pero sospechaba que tenía algo que ver con una reunión que habían tenido unos días antes Alvar, Ferri y el Nahual.

El hidalgo había palidecido desde aquella reunión y había permanecido preocupantemente callado por casi un día entero. Desgraciadamente de repente había salido maldiciendo del monasterio de San Jerónimo en Aculco en el que habían pernoctado en su camino a Querétaro y ordenando que su caballo fuese ensillado. Para segundos más tarde cancelar la orden, entrar de nuevo al recinto y emborracharse.

Cosa por demás extraña en aquel caballero que normalmente se comportaba como tal y que para colmos, hasta ese momento había sido abstemio. Sin nombrar lo inadecuado del lugar donde había decidido empezar su carrera en el alcohol. Los monjes tenían voto de silencio pero se veían un tanto molestos por lo que consideraban una falta de respeto a un lugar dedicado a la veneración.

Y así seguía el buen Alvar comportándose desde entonces. Malhumorado y perturbado, para después empezar a emborracharse para pasar el tiempo. Gil, esperaba que el Barón resolviera el entuerto, pero tan solo parecía estarla pasando en grande burlándose de su amigo. Gil añoraba al padre Ignacio. Él sabría bien qué hacer.

La conducta errática Alvar estaba más allá de la comprensión del joven Gil, y lo hacían estar terriblemente nervioso en su presencia.

El duro golpe de un trapo azul contra su cara sacó a al chico de sus pensamientos y le hizo dar un paso hacia atrás para terminar cayéndose. Se levantó torpemente para alejarse lo más rápidamente posible de ese desconocido en el que Alvar se había convertido.

Este observó la manera en que Gil se alejaba con los ojos entrecerrados, luego giró para mirar detenidamente la Cascada de la Concepción de la que acababa de salir. Estaban a unos 10 kilómetros del convento de donde Ferri, como gustaba ser llamado el Barón, lo había obligado a salir horas antes para el beneplácito de los religiosos. En un momento de inspiración lo había echado a las frías aguas para curarlo de su embriaguez. Muy efectivo, debía reconocer.

—No deberíais descargar vuestro enojo con el muchacho, al final del día es mi medio hermano y vuestro superior.

Alvar miró sobre su hombro al oír aquellas palabras risueñas. Tal vez su nivel de alcohol hubiese disminuido, pero no así su dolor de cabeza y mucho menos su mal humor.

— Eréis un idiota...

—Os tiene miedo, —le dijo Ferri, riéndose abiertamente mientras le daba una fuerte palmada a su amigo en el hombro desnudo—. Será menos torpe cuando reconozca en el energúmeno que os has convertido al viejo y confiable Alvar.

Alvar hizo una mueca.

—No lo veo—, dijo malhumoradamente. No tenía ganas de seguir discutiendo. ¿Era él, o el día que estaba inusualmente brillante para agregar a su mala suerte?

—Y no lo veréis si seguís descargando vuestra ira en él.

El hidalgo frunció el ceño ante esto, él nunca había sido tan miserable. Sintió un aguijonazo de culpa pero permaneció en silencio, su mirada volvió a centrarse en la bella cascada.

Ferri siguió su mirada fija, luego suspiró.

— Sabes, puedes negarte a casarte con ella, si es que se da el caso — le sugirió por centésima vez desde que el viaje había comenzado. –No es necesario que llegues al altar por fidelidad al Nahual.

Alvar resopló, tal como lo había hecho siempre que esa sugerencia había sido dicha.

— No, no es algo que pueda hacer. Si Josefina se decide por mí, cumpliré con mi promesa.

Ferri rió ligeramente y sacudió la cabeza.

— Bien. Pero realmente no estáis obligado, la chica esta prometida al Nahual y solamente porque él no esté interesado en desposarla no quiere decir que os tengáis que sacrificar en su lugar. — Al no ver reacción en su amigo prosiguió —, pues no hay más que decir. Pero si eso es lo que queréis, ¿por qué os portáis como un memo con retortijón?

— Por que no es lo que quiero —, contestó Alvar con casi demasiada presteza, aunque en el fondo lo que quería era salvar cara –. Es lo que debo hacer. ¿Quién en su sano juicio desearía casarse con una muchacha consentida y voluntariosa?

— Bueno por lo pronto mi hermano el Nahual y vos la rechazáis. Vamos hombre que la conocéis desde la infancia, os adoraba siendo una niña. Pero si prometida no ha logrado casarse a la avanzada edad de veintitrés, tal vez seguro es que me ocultáis alguna terrible información. ¿Acaso tiene siete dedos en los pies? ¿Qué os parece tan repulsivo que ha cambiado de esta manera vuestro humor la posibilidad de emparejaros con ella? ¿Infértil? ¿Está mancillada? ¿O tal vez tiene sangre negra?— Se preguntaba Ferri mientras Alvar lo miraba con incredulidad.

— Ha sido decisión personal. ¿No fuisteis vos al idear este plan, quien nos dijo que puso cada traba posible para impedir su boda con el Nahual? Utilizó cada método conocido en la Nueva España y agregó al manual dos o tres más con tal de evitar su enlace con él. Su único pecado es no querer a tu hermano el Lobizón.1

— Sí, a Josefina se le puede tachar de todo menos de falta de imaginación. No quiere a mi hermano. Creo que vuestro enlace con ella es asunto sellado.

— Probablemente sí, pero lo más seguro es que no, doña Josefina me tolera a mí aún menos que a vuestro hermano—, murmuró Alvar con gravedad.

Ferri notó que aunque su amigo trataba de plantar cara, había pasado saliva con esa última declaración y reprimió una risa burlona. Después miró a su camarada de una forma más analítica.

— Aquí no hay gato encerrado sino toda una gatería. Me moriré de viejo y no acabaré de comprender a las bestias de dos piernas quienes se dicen hombres, cada individuo es una variedad de la especie, pero vos aparte eréis todo un caso.

Alvar se volvió hacia él frunciendo el ceño. —No entiendo vuestras suposiciones – suspiró con algo de amargura—. No deseo que me veáis como borrego al sacrificio, he cumplido ya más de la treintena, siendo bastardo y sin un buen nombre, esta puede ser mi única posibilidad para formar un hogar y tener una propiedad. Tu hermano el Nahual ha sido muy generoso con la dote. Josefina me tendrá que aceptar.

Ferri asintió con la cabeza solemnemente, luego mirando hacia un lado vio como Gil regresaba con una túnica negra en la mano. Sonriendo ligeramente al muchacho fue a su encuentro y tomó la prenda.

— Eso es todo, Gil. Quizás deberías tener el caballo de este cascarrabias listo. También da aviso a Manuel el cochero que partiremos en breve.

— Sí, señor barón. Gracias, señor. — El alivio brilló en la cara del muchacho antes de girar para volver al campamento.

— Gil, llamadme Ferri, que somos hermanos —. El muchacho asintió como tantas veces antes pero el barón sabía que no lo haría. Ferri se lo seguía pidiendo más por costumbre que por otra cosa. Era cuestión de paciencia y él nunca perdía cuando juegos de paciencia se trataba.

***

Aquella misma tarde aconteció que mientras se encontraban escasamente a unos minutos de la mansión de los Montanaro ubicada en la ciudad de Querétaro, que Alvar usando la excusa de querer asearse para presentarse ante su posible prometida y disculparse por hacerlo sin aviso, que en vez de acicalarse, utilizó la distracción para empezar a beber nuevamente.

Por primera vez desde que se conocían Ferri perdió la paciencia con Alvar. Incluso pensó en reunir sus cosas y regresarse con él a la Ciudad de México. Pero algo le decía que no era miedo al matrimonio lo que abrumaba a su amigo y después de todo le había ofrecido diversas oportunidades para salvarse de esa situación.

No tuvo más remedio que armar un campamento para llevarlo en calidad de bulto a su tienda y esperar a que durmiera la borrachera. Tras ese episodio, Alvar se había despertado tarde la siguiente mañana y había perdido tanto tiempo como le había sido posible para romper el ayuno he irse a bañar. Ahora era mediodía otra vez y aunque ya se había aseado aún seguía sin vestirse.

Se encontraban en la fuente pública de la Virgen del Pilar, que más que fuente parecía una “caja de agua” afueras del convento de la Santa Cruz de los Milagros. Alvar estaba viendo la parte más alta de esta de donde sobresalía de un pequeño nicho con una estatua de San Francisco de Asís que tenía una salida de agua representada por un león de cantera. Parecía muy concentrado pero sin duda estaría ideando más pausas sin motivos reales. Lo supo pues los malos hábitos de su camarada siempre seguían un patrón similar.

—Me como el sombrero si no sale con un nuevo disparate para alargar este viaje—, pensó Ferri mientras se volvía hacia su abatido amigo y le tendía la túnica.

—Gracias—. Alvar la aceptó y se la puso rápidamente antes de dirigirse hacia la roca donde había dejado su espadín para asearse.

—Quizás deberíamos almorzar antes de continuar—, sugirió frunciendo el ceño mientras se ceñía la prenda.

Una estentórea carcajada mando a volar a un grupo de pinzones que se encontraban abrevando. Ante la explosión de risa de Ferri, Alvar se dio la vuelta y lo miró huraño—. ¿Qué pasa?

—No más excusas mi beodo amigo. Han llegado noticias de que los padres de la novia han salido y es una oportunidad que no debemos perder. A más tardar este ocaso sabremos el destino que habréis de correr.

Un gruñido de Alvar provocó una nueva carcajada del barón. Que finalmente sentencio:

— El que no sabe gozar de la bonanza cuando le viene, no debe quejarse si se le pasa, así que apura el paso. Mira que para ser un hidalgo celoso de su deber parecéis más un mulo, terco y atolondrado que añora tener una lujosa carga y se arredra cuando la ve.

Las palabras duras dichas medio en broma medio en reprimenda hicieron reaccionar al soldado que vivía en él, y sin tardanza ordeno:

— ¡Gil! Nos vamos al momento. Recoged todo y dadnos alcance en la casa de los Montanaro. Que sea lo que Dios disponga, y que se apiade de doña Josefina. En no más de veinticuatro horas será mujer casada y únicamente queda que ella disponga al marido—. Dictaminó con un innecesario tono militar subiéndose a su castrado para partir de inmediato del lugar.

Ferri, no pudo menos que sentirse aliviado de terminar con el ingrato viaje que ya le estaba cansando, aunque a decir verdad, esta familia suya nunca le fallaba a la hora de amenizar.

— Que obsequio inesperado se va a llevar la pobre Chepinita ese año—, pensó riendo para sí. Espoleando su caballo se aseguró de no perderse la cara de la moza cuando descubriera a su malhumorado “regalo” de día de reyes.

1. Nahual para los indios, lobizón para criollos, mulatos y castas intermedias. Generalmente el séptimo hijo varón consecutivo, a quien la tradición popular atribuye la facultad de transformarse en bestia los días viernes o durante las noches de luna llena.

 

Capítulo 2

 

 

El Perfume

Muy Noble y Leal Ciudad de Santiago de Querétaro.

 

 

El sol pegaba de lleno a esa hora del día y Josefina venía de regreso de atender a la santa misa en el Templo de la Congregación de Clérigos de Santa María de Guadalupe con motivo de la Epifanía del Señor. Todavía estaba sorprendida de que el segundo templo para honrar a esta nueva virgen se hubiese construido justo en Querétaro. El lugar estaba floreciendo a pasos agigantados. Sus padres y su hermano habían marchado la mañana anterior a celebrar dicho acontecimiento en la hacienda de un amigo y donde seguramente habría juegos de azar.

Era una lástima que su padre hubiese abandonado el negocio ovejero y de textiles que habían acompañado a la dote de su segunda esposa y se hubiese avocado a sus negocios y transacciones.

No estaban prosperando con la rapidez de sus vecinos en la avenida del Desdén ubicada en la mejor zona de la ciudad.

Siempre había pensado que el nombre le quedaba que ni mandado a hacer a la calle. Sí doña Hipólita, su más encopetada vecina, se asomará en ese momento y la viera recorriendo a pie los ochocientos metros que separaban su hogar del nuevo templo quedaría erradicada de sus tertulias de los jueves.

Apuró el paso tratando de no empolvarse el ruedo de su mejor vestido. Por lo menos su padre estaba remodelando la fachada y el patio principal de la casona. Estaban pasando por algunas estrecheces pero con las modificaciones por lo menos demostraban algo de pujanza económica.

Se estaban colocando unas gárgolas con forma de perros en el exterior, en plena manifestación a su cercana relación con el marqués de Tecamachalco, su futuro consuegro ya que Josefina estaba prometida a su hijo. Sobraba decir la conveniencia que esta declaración de próxima relación familiar les daba.

El Marqués había puesto también perros en la fachada de su alcázar en la ciudad de México y esto era una clara muestra de admiración hacia él. Los odio desde el primer momento por lo que significaban. Le recordaban su irrevocable compromiso con Fernando el Nahual.

En ese momento unos albañiles estaban colocando un medallón tallado que remataba en concha con una cruz sostenida por dos ángeles. Titubeó un poco al ver el bello detalle e inmediatamente se arrepintió de ello.

— ¡Doña Chepinita! ¿Pero qué hacéis caminando bajo este terrible sol? No me digáis que vuestro padre se ha quedado sin calesines para vuestro uso nuevamente.

Maldición, con lo que se había cuidado de Doña Hipólita—, pensó.

— Buenas tardes tenga buena señora, no os preocupéis. Lo que pasa es que estamos remozando el patio con una fuente central. Un día de estos os invito a que la veáis, nos la han traído desde las canteras de Alicante en España. Esta hermosa, tiene forma de tazón y está sostenida por tres efigies aladas. Mi padre se aseguró de que fuera única en la Nueva España, aunque esperamos que la reproduzcan los envidiosos pronto, bueno los que puedan costear un lujo así.

—Desgraciadamente las obras no dejaron espacio de maniobra a mi calesín— mintió — y no pude ir a misa de siete. No pensé perderme un minuto más de la palabra del Señor y desesperada marche a pie a misa de diez. ¿No aprueba usted mi decisión? ¿Cree que debí faltar a mi compromiso diario con Dios? Que contrariedad, tal vez erre en mi juicio.

—No, nada de eso Chepinita. Nada más adecuado que lo que hizo —. La había acorralado, con el Santo Oficio tan al pendiente de todo, declarar cualquier cosa que pusiera a la fe cristiana en segundo término se pagaba ágil y costosamente. —Disculpe usted la prisa de este encuentro pero tengo todavía unos mandados que realizar.

Que mandados, ni que ocho cuartos—, pensó Josefina. Esa vieja arpía estaba urgida por encontrar motivos para despreciar a los demás y darse aires de grandeza.

—Entonces no la entretengo más. Quede usted con Santa Teresa— se despidió recatadamente y con elegancia pero para sus adentros continuó—, que mande que un ladrillo le caiga directito en la cabeza.

Siguió su marcha hacia dentro de la casona pasando por el zaguán de ingreso que daba a una reja de hierro forjado, del mismo estilo que la de los ventanales. Llego al lugar donde la nueva fuente destacaba en el patio cerrado con arcos de medio punto coronados por gárgolas de fauna mitológica y monstruos apocalípticos.

Su padre tenía debilidad por las gárgolas y estas no escaseaban en el lugar. En general pensó que la fuente le había dado un equilibrio a la zona y se veía bastante bien.

Estaba tan absorta en su en sus cavilaciones que no sintió a Casilda acercarse a su lado.

— ¡Niña Josefina, que bueno que por fin esta aquí! Rómulo acaba de llegar de Río Frío y dice que por el camino una comitiva bastante nutrida viene hacia acá. Jura haber visto al Nahual Negro.

— ¿Fernando de Vivero mi prometido? ¿Estáis seguros? Él nunca me ha venido a visitar. ¿Creéis que venga a casarse finalmente?

—Según Rómulo es un cortejo de esponsales niña y el Nahual viene al frente.

— ¿Pero cómo puede Rómulo tener tanta certeza? Hasta donde yo sé nunca ha tenido oportunidad de conocerlo.

— Dice que vestía todo de negro y que se veía malhumorado y trataba a todos a gritos.

— ¡No puede ser! — Josefina se sintió mareada y como la bilis se le subía la garganta, ese era sin lugar a dudas el Nahual. Empezó a temblar, sacudió la cabeza y determinadamente escrutó la cara de Casilda—. Decidme que estáis de broma.

Estaba tan angustiada que ni siquiera notó que estaba agitando su abanico con fuerza mientras miraba a la china.2 Tampoco notó la súbita preocupación en la cara de la chica mientras lentamente sacudía la cabeza.

—No, mi niña. Nada de bromas.

—Dios mío, Dios mío… Santa modesta, líbrame de esta… San…

— ¡Niña! —La china interrumpió. —No empiece ahora con eso, hay que encontrar una solución. Si sus padres estuvieran aquí…

—Tienes razón, es que recitar santos calma los nervios. Pero si mis padres estuvieran aquí no tendría escapatoria, tengo que encontrar la forma de que el Nahual reniegue de mí… Prefiero quedar a vestir santos que quedar a manos de esa bestia.

 

***

 

El sol ya había pasado su cenit y la tarde empezaba a refrescar, aunque parecía un día regular un sentimiento adverso de anticipación inundaba a los habitantes de la Casona de los Perros.

— ¡Ya están aquí! Los vi desde la ventana de mi habitación. ¡Ya llegaron! — Gritaba Rosita su media hermana bajando por la escalinata principal unos pocos instantes después.

Soltando la biblia que tenia entre las manos, Josefina se puso de pie abruptamente, aferrándose a sus faldas y apretando la tela mientras su hermana volaba escaleras abajo. Por un momento se quedó parada allí, el pánico dejándola en blanco y robándole los pensamientos, no había tenido tiempo de idear un buen plan así que uno malo tendría que bastar. Apenas recuperó lo suficiente la respiración para llamar su criada pero lo que pretendía ser un chorro de voz a penas sonó.

— ¡Rápido Casilda el caldo! ¡Traedme el caldo!

La criada debía haber oído los gritos de su hermana, porque fue un segundo más tarde que salió corriendo de las cocinas. Llevaba un jarrito de barro y parecía tan aterrada como Rosita. Las dos mujeres casi chocaron mientras se apresuraban al gran salón para reunirse con Chepina. Por alguna razón, esa excitación tuvo un efecto inmediato de hacerla reír un poco calmando sus nervios.

Estaba lista, se tranquilizó, pero de cualquier manera repasó la lista de lo que iba a hacer mentalmente.

Estaba usando un vestido que sabia le sentaba bien. El cabello lo llevaba arreglado en un rodete con una peineta alta y brillaba limpio con unos coquetos mechones que caían en ondas suaves alrededor de su rostro.

Estaba tan guapa como le era posible. Josefina casi deseó estar sucia y vestida con harapos, pero, si hubiese hecho algo así, su prometido se habría dado cuenta inmediatamente que estaba tramando algo, si alguna cualidad tenia aquel hombre irascible era definitivamente una aguda inteligencia.

Ennegrecerse los dientes y ponerse un vestido gigante lleno de almohadillas no le parecía una treta atinada o particularmente inteligente para asustar a un marido para que este se negase a obedecer un decreto de esponsales.

Su plan tenía que ser más sutil que eso, y lo era. Solo quedaban una cosa pendiente por hacer, pero para resguardar su potencia tenía que ser postergada hasta casi el último momento.

— ¿Tenéis el ajo? —Josefina le preguntó a Casilda mientras la criada y Rosita llagaban a su lado.

—Sí, mi niña. Lo traigo aquí en el bolsillo de mi delantal—. Le pasó el tarrito a la hermana de Josefina, buscó las cabezas de ajo que guardaba ahí y los empezó a pelar. Como a Josefina no le pareció suficientemente rápido agarró otra cabeza y diligentemente se puso a ayudar a la criada.

Con una mueca de asco, Finita se metía los ajitos pelados a la boca mientras se estremecía al masticar un condimento tan picante. Sentía como le quemaba la boca pero continuó masticando cada ajo hasta completar seis cabezas enteras de ellos.

Casilda y Rosita no podían contener las muecas de disgusto mientras veían a la escrupulosa de Chepinita completar tan olorosa misión. Una vez que terminó de masticar y tragar extendió la mano hacia el tarrito que le habían traído anteriormente.

Cuando Rosita levantó el jarro para olerlo, su expresión y el modo en que arrugó la nariz le advirtió a Josefina de la potencia del líquido.

—No podéis hacer esto, no puede ser por ningún motivo bueno para vuestra salud.

Josefina levantó el jarro hacia su propia nariz, solamente para alejarlo rápidamente. Había esperado que el ajo le entumiese un poco los sentidos, para poder consumir la mezcla que habían preparado para fortalecer el plan. Pero no fue el caso.

—Dios querido, no puedo beber esto—, pensó Josefina con repulsión mientras percibía el aroma más nauseabundo que jamás hubiese tenido el disgusto de oler. Habían preparado un menjunje, de sardinas, cebolla, queso italiano de Cerdeña y uno que otro pimentón para amenizar.

—Coraje—, se dijo a sí misma, nada que contuviese queso podía ser tan malo. Era eso o morir en la noche de bodas. De eso no tenía la menor duda. Dándose cuenta que no había otro modo de evitarlo, Josefina respiró profundamente, luego se tapó la nariz y tragó todo el contenido del jarrito de un sopetón. Su primer instinto fue escupir el brebaje, pero apretó los dedos de las manos y se abanicó con fuerza permaneciendo firme para tratar de controlar las arcadas… Esperó a que esos impulsos pasasen pero no lo hicieron. Eso sí, los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas y la nariz se le soltó ante la fuerza del condimento.

—Oh, Dios—, tosió mientras Rosita le palmeaba la espalda y Casilda le colocaba una compresa fría en la parte posterior del cuello. Miraban a la pobre chica con mitradas trágicas y de compasión.

—Ya paso lo peor hermanita, ya está, os lo habéis pasado todo.

Josefina miro a su ingenua hermana mientras comenzaba a toser nuevamente. Esto era lo fácil, lo peor empezaría con la llegada del Lobizón. Pero no queriendo asustar más de lo que ya estaba a la chiquilla asintió con la cabeza respirando profundamente. No tardó en darse cuenta que su acción no la ayudaba realmente, porque el aire estaba contaminado con el olor inmundo de la bebida. Se forzó a respirar normalmente.

El brebaje no estaba asentándose en su estomago y parecía estar causando una terrible revolución allí. No se sentía nada bien.

—Casilda esconde la evidencia y vayamos a recibir ir a nuestros visitantes—. Trato de sonreír a las asustadas jovencitas para infundirles valor.

La china asintió con la cabeza tapándose discretamente la nariz y se movió reticentemente hacia a las cocinas, llevándose el resto de los ajos y el jarro ahora vacío.

Josefina se tomó un momento para alisar sus faldas y luego con la mayor entereza que pudo se dirigió a la puerta principal de la mansión junto con su hermana mientras repasaba lo que habría de hacer mentalmente a cada paso que daba, de repente sonrió cuando tuvo la sensación que todo se iba a solucionar.

Josefina cortó sus pensamientos al alcanzar la entrada principal.

—Sonríe—, se ordenó a sí misma y a su hermana mientras colocaba una sonrisa amable en su cara. —Supongo que deberíamos parecer satisfechas por su llegada, si no seguro podrían sospechar. Párate derecha Rosita y aparenta estar feliz. Su hermana obedeció pero Josefina sabía que no podía pedir más que eso. Su pobre hermana estaba ya al límite.

Las palabras que emitió tuvieron un buen efecto en ella también. Mientras su sonrisa se agrandaba, se hizo un poco más natural, la tensión en su rostro se relajó mientras consideraba la situación por venir.

De repente la comitiva entro por el zaguán principal. Eran más de doce criados que debían preceder a su amo. Sus ojos buscaron y hallaron a dos de los hombres que entraron montados en el patio, Josefina reconoció inmediatamente al Barón.

Había crecido cercana a él, ya que las familias buscaban emparentarse. Era devastadoramente.... guapo. Casi demasiado para su gusto. Aunque a veces se deleitaba viendo su cara de arcángel y envergadura de gigante, para ella era como un hermano algo mimado. Eso sí, tenía que admitir que ese hombre era un imán de jovencitas.

Escuchó el suspiro de Rosita a su lado y casi pudo ver como se le derretía el corazón a su pequeña hermana. Solamente la disculpó por el amor que le tenía pero en verdad odiaba cuando una fémina de la edad que fuese se derretía por algo tan vano como un hombre. Bufó. Se recordó mentalmente advertirle a su hermana de la verdadera naturaleza engañosa de Ferri después.

Siempre había supuesto que la personalidad de la persona se reflejaba en su mirada, pero se había equivocado. El Barón tenía mirada de serafín pero ella sabía que era cruel incluso con las niñas que lo adoraban, le recordaba a otro tunante que no veía hace tiempo… de aquel del que debería olvidarse.

Buscó con la mirada a su prometido, quería estar mentalmente preparada para lidiar con él.

Miro al fondo y distinguió a un hombre vestido de negro. Sorprendentemente pensó que ni de lejos era feo, ¿desde cuándo el Lobizón le parecía guapo? Su cabeza se curvó ligeramente en dirección a él, quien parecía estar hablando de algo muy importante con Ferri, entonces Josefina no estaba logrando una imagen completa de la cara, pero lo que veía era suficiente como para cortarle la respiración. Casi sintió lástima por un momento porque no iba a casarse con ese hombre.

Cuando el grupo alcanzó el pie de los escalones y los hombres comenzaron a desmontar, la respiración de Josefina quedó atrapada en su garganta nuevamente.

Dios querido, ahora que los hombres habían desensillado y estaban de pie, se dio cuenta de su equivocación. Aquel hombre no era el Nahual, ese hombre tenía una nariz rota la cual conocía bien, era aquel con la mirada más engañosa de todos… Era,… no quería ni pensar su nombre. Era el hombre que había estado huyendo de ella desde su cumpleaños veintidós.

Josefina se forzó a recordar con quien estaba tratando y decidió que no se iba a dejar timar por su aspecto nuevamente: Alvar de la Torre.

Un hombre cruel, un bárbaro, uno que le había roto el espíritu y era por lo que quería proteger de hombres como él a Rosita. Sintió como su traicionero corazón se derretía al ver al ingrato amor de su infancia. En verdad odiaba que una mujer se derritiera por un hombre, pero odiaba más que esa mujer fuera precisamente ella.

De repente se le ocurrió la idea que estaba ahí para cumplir con su promesa y el corazón le brinco dos veces y luego tres.

— ¡Madre de Dios, que ha venido a reclamarme como esposa! —Se indicó en un susurro.

Hasta entonces, había estado enfocada en salir de un posible matrimonio. Pero ahora estaba mortificada nerviosamente por el hecho de que sus planes probablemente desanimaran al hombre que por fin había venido a buscarla para concretar otro enlace y con él que si que deseaba desposarse… Ya que había venido a buscarla… ¿O no? Y si él....

—San Nicanor, dadme algo de valor, san… san… el que sea que rime con coraje, dadme…

— ¡Calla ya Josefina que os van a escuchar!

Con un pánico latente, Rosita había murmurado la frase suavemente. Lo cual fue suficiente para que Josefina firmemente dejase de lado las preocupaciones y los miedos.

Fortaleció su determinación, forzó el mentón hacia arriba, puso una sonrisa en su rostro y se dispuso a ver qué era lo que ese par se traía entre manos, no se iba a preocupar antes de valorar los hechos. Más le convenía a ese necio de Alvar traer una buena escusa por haberla evitado como la peste por casi dos años.

 

***

 

—Mira, mira qué bonita se ha puesto Chepinita. Si no la queréis vos, no sería para nada doloroso sacrificarme en vuestro lugar—, dijo Ferri al momento de pasar por debajo del zaguán de la casa de ciudad de los Montanaro.

Aquellas palabras alejaron a Alvar de sus pensamientos. Girando hacia el hombre con curiosidad, siguió la mirada de este hasta la mujer en lo alto de los escalones delante de ellos.

—Dulce Jesús—, él concordó con un suspiro propio.

La mujer era un sol radiante. Su cabello era largo y ondulado y de un rico color caoba. Su rostro, que podía ver a esa distancia, era claro y perfectamente formado. Y su figura… su mirada se deslizó sobre ella, había mejorado bastante con el tiempo, y eso que la versión más joven de la dama ya era avasalladora.

Parecía que no era el único en estar sorprendido.

— ¿De qué color son los ojos de Josefina? Me parece recordar que son azules.

— Verdes.

—Pues para estar poco interesado lo recordáis bien picaron. —Se burló jocosamente Ferri.

—Deja ya de reíros a mi costa. Sois el diplomático aquí y vuestro trabajo es presentarle las opciones a la dama.

Se permitió un momento breve de fantasía antes de recordar su nefasto pasado y sumarle la triste historia que compartía con Josefina. Comprendió que si se casaba con ella, querría un bebé eventualmente.

Podría tomar precauciones al principio, con cualquiera de los métodos molestos que había aprendido para evitar procrear anteriormente. Pero, eventualmente, tendría que producir un vástago o por lo menos intentarlo. Josefina jamás consentiría en que la privase de ser madre. Bueno se estaba apresurando… todavía ella debía de aceptar.

— ¿Nos acercamos? la voz de Ferri salvó a Alvar de seguir en aquellos pensamientos poco felices.

Enderezándose abruptamente, avanzó hacia los arcos de medio punto frente a la entrada principal.

—Doña Josefina—. Ferri saludó, acelerando los últimos pocos pasos para llegar al lado de la mujer mientras hacía una pausa para darle tiempo a Alvar de alcanzarlo.

A pesar de haber crecido como hermanos, al no tener lazos de sangre el protocolo dictaba que a partir de los quince años los varones se dirigieran formalmente a cualquier mujer de rango. No hacerlo mancharía la reputación de la aludida. Rosita al tener solo catorce se consideraba una niña y no era correcto dirigirse a ella sin la madre presente. Había una infinidad de reglas en la Nueva España que nadie como Ferri manejaba, Alvar se sentía torpe entre tanta sutileza, pero pocas personas lo notaban porque siempre acompañaba al Lobizón que era de plano un discapacitado social.

Alvar se aproximó de forma que su rostro y el de Josefina estuviesen al mismo nivel, y no pudo evitar una sonrisa cuando miró aquellos ojos de verdes que tanto le gustaban. En verdad la había echado de menos. Ella parecía sentir lo mismo pues le devolvió la cortesía con una radiante sonrisa a su vez. Alvar sintió que su mal humor se evaporaba hasta que Josefina lo saludo.

—Bienvenidos sean caballeros, ¿Cuál es el motivo de una visita tan súbita y sin anunciar?