El latido que nos hizo eternos - Mita Marco - E-Book

El latido que nos hizo eternos E-Book

Mita Marco

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Beschreibung

HQÑ 282 Cuando el corazón habla, no hay revés que logre destruir al verdadero amor. Tras la repentina ruptura con su novio, Amanda se ve obligada a irse a vivir con su hermano Alberto a La Gomera, a la plantación que él posee en la isla. Allí encuentra el diario de la hija del antiguo terrateniente, que la sumerge en la vida de una joven de principios del siglo pasado, y conoce a Oliver, con el que experimenta una atracción irresistible. Oliver necesita que los recuerdos dejen de atormentarle. Por eso, cuando su superior le propone embarcarse en una peligrosa misión, investigando de incógnito a un narcotraficante afincado en La Gomera, acepta sin pensarlo. No obstante, en su camino se cruza Amanda con su actitud atrevida y retadora, y hará tambalear todos sus cimientos. Dos mujeres separadas por los años, un viejo diario y la fuerza arrolladora del amor te harán descubrir que hay latidos que logran ralentizar todo a nuestro alrededor y convertir cada segundo en maravillosa eternidad. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 408

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2020 Carmen Pilar Marco López

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El latido que nos hizo eternos, n.º 282 - noviembre 2020

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-008-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Un portazo rompió el silencio de la vivienda.

Desde hacía casi un año, el mismo tiempo que llevaba habitada, los golpes y gritos eran constantes en aquel lugar.

La mayoría de los vecinos del edificio ya conocía el temperamento de Amanda, pero ninguno se atrevía a llamarle la atención, ni a presentar una queja en las juntas trimestrales. Y no era porque la joven fuese una persona fuerte, que dejase fuera de combate con un derechazo a su oponente. Sino porque se rumoreaba que estaba emparentada con personas que podían hacerte desaparecer con tan solo mover un dedo.

Si no hubiera sido así, estaban seguros de que hubiesen podido sacarla de aquel exclusivo edificio, uno de los más caros de Madrid, en menos que cantaba un gallo.

No obstante, nadie quería meterse en medio cuando estallaba la guerra entre ella y el hombre con el que vivía. Simplemente callaban y suplicaban que el berrinche acabase pronto.

Ese día no iba a ser menos. Cuando los gritos se hicieron insoportables, se escuchó el sonido de las ventanas cerrándose, mientras intentaban que sus casas quedasen lo más insonorizadas posible.

—Amanda, tranquilízate —suplicó Samuel, que ya estaba acostumbrado a los numeritos de su novia.

—¡No me voy a tranquilizar! ¡Siempre estás con lo mismo! —dio un empujón a una de las sillas del salón y esta cayó al suelo provocando otro sonido atronador—. ¡Tú lo que quieres es que me pase la vida aquí, que no me divierta!

—Eso no es verdad y lo sabes —replicó con paciencia—. Haces siempre lo que te da la gana, yo no me opongo a nada.

—¡Claro! Porque me paso la vida peleándome contigo para que no te entrometas en mis cosas.

—Cielo. —Colocó una mano sobre su hombro para que se calmase—. Puedes hacer lo que quieras, pero creo que este mes ya has gastado bastante. Estamos casi en números rojos.

—Habla por ti, Samuel, tú estarás en números rojos, yo no —lo atacó, mientras apartaba su mano y lo fulminaba con sus rasgados ojos marrones—. Con una sola llamada tengo el dinero que me dé la gana.

—No podemos estar aprovechándonos de la fortuna de tu hermano toda la vida. Tenemos que aprender a valernos por nosotros mismos —argumentó, intentando que entrase en razón.

Amanda resopló, mientras hacia una mueca de desprecio con los labios. Negó con la cabeza, consiguiendo que su cabello castaño se balancease hacia los lados y que algunos mechones tocasen sus mejillas.

—Mira, no tengo por qué estar discutiendo esto contigo. La próxima semana me voy a ir de viaje con Inma, te guste o no —le anunció. Dio la vuelta y caminó hasta su dormitorio.

Este era bastante amplio, luminoso, gracias a un ventanal que daba a un espacioso balcón, desde el que tenían unas vistas privilegiadas al bonito jardín comunitario.

La habitación, decorada con modernidad, estaba presidida por una enorme cama estilo japonés y un par de mesillas de noche. Tenía aseo propio, porque Amanda así lo exigió, y un enorme vestidor en el que almacenaba toda su ropa, que no era poca.

Samuel la siguió y se adentró también en la habitación, se colocó detrás de ella y cruzó los brazos.

—Y ¿cómo se supone que va a pagarse Inma el viaje? —se carcajeó con sorna—. No tiene dónde caerse muerta.

—Se lo voy a pagar yo —respondió con orgullo.

—¿Tú? Dirás que se lo va a pagar tu hermano, porque no has trabajado en tu vida para poder tener dinero propio.

Aquellas palabras le hicieron apretar los labios. Se dirigió hacia su mesilla de noche y le dio un manotazo a la lámpara que había sobre ella, para, después, volver a encarar a su novio.

—¡Eres un desgraciado! ¡Te encanta rebajarme! Te sientes superior cuando me dices eso, ¿verdad?

—Mi intención no es esa —se defendió—. Solo quiero que abras los ojos, que te des cuenta de que en la vida no podemos hacer siempre lo que nos gustaría. Tenemos unas obligaciones todos los meses, un piso que mantener, unas facturas que pagar.

—¡Y yo pago mi parte religiosamente! —chilló Amanda.

—No, cariño, la paga tu hermano. —Samuel suspiró y se pasó una mano por su cabello—. Nena, tienes que madurar. Tienes que empezar a trabajar o estudiar para poder tener un futuro.

—¡No! No me hace falta nada de eso, porque mi futuro va a ser igual que mi presente: cómodo y relajado. Es más, va a ser incluso mejor que ahora, ¿sabes por qué?

—Pues, no.

—Porque ya no voy a tener que aguantarte ni un minuto más —boceó fuera de sus casillas—. ¡Hemos terminado!

Los ojos de él casi se le salieron de sus órbitas. Dio un pequeño paso hacia Amanda.

—¿Qué… qué dices?

—¡Que se acabó! ¡Que no te aguanto! —Entró al vestidor y sacó su ropa sin cuidado—. Ya puedes tener la vida ordenada que quieres. ¡Ahora puedes ser responsable, puedes madurar y puedes irte a la mierda tú solito!

La cara de Samuel estaba desencajada. No había esperado ese final.

—Pero, nena, no… no lo estarás diciendo en serio, ¿verdad?

—¿Quieres que te lo vuelva a repetir? Porque yo creo que no me he reído en ningún momento —dijo con desprecio.

—Amanda… —No podía ni parpadear por el shock—. Tú sabes que nos queremos con locura, no nos hagas esto por una tontería.

—No. Yo no te quiero. Dejé de sentir eso por ti el día que comenzaste a interrumpir mi vida con tus consejitos de abuela. —Se mesó el cabello y terminó de sacar la ropa de los cajones—. No quiero estar atada a ninguna carga, y tú lo eres para mí. Quiero disfrutar de la vida, que ya bastante jodida es de por sí.

Samuel tragó saliva, sin saber qué decir. Finalmente reaccionó.

—¿Y ya está?

—¿Qué más quieres? ¿Que contrate a una orquesta para dejarlo contigo? —rio con desprecio.

—¡No, quiero que recapacites, porque me dejas a mí toda la mierda!

—¿De qué estás hablando?

—Te vas y me dejas con la carga de la hipoteca de un piso que elegiste tú, ¿recuerdas? Casi te da un ataque cuando te sugerí comprar otro más barato. Tenía que ser este. Y ¿ahora te largas y te desentiendes de todo?

—Sí —respondió con frescura—. Y si tienes algún problema al respecto, puedes hablar con mi hermano.

Dio media vuelta y cogió una maleta del fondo de su vestidor.

—¡Tu hermano, tu hermano! ¿Cuándo vas a dejar de ser una niña mimada?

—Lo que sea o deje de ser, cariñito, ya no es asunto tuyo. —Cerró la maleta y la arrastró hacia el exterior de la habitación.

Cruzó la vivienda, seguida por Samuel, que todavía no podía creer que todo aquello estuviese pasando de verdad.

Al verla abrir la puerta, la agarró por la muñeca.

—Amanda, espera —suplicó—. No te vayas, te quiero.

Ella lo miró de arriba abajo y resopló.

—¿Sí? Pues, yo no quiero volver a verte en lo que me queda de existencia. Adiós, Samuel. Espero que seas súper feliz con tu vida aburrida, tu madurez y tu hipoteca.

Y, tras decir aquello, salió de la casa y cerró la puerta, dando el último portazo en aquel edificio.

 

 

El rostro de Bruno mostraba preocupación.

No podía dejar de observar a su compañero, con el ceño fruncido.

Desde hacía casi dos años, no era el mismo. Ya no recordaba cómo era salir con él a tomarse unas cañas, bromear por cualquier tontería o, simplemente, ver un partido de fútbol como lo hacían antes.

En la actualidad, Oliver solo se relacionaba con él por cuestiones de trabajo. Y, cuando lo hacía, no reconocía a la persona que fue en el pasado. Desde aquel desafortunado accidente, se había vuelto taciturno, osco, frío y distante. Echaba de menos al Oliver de siempre. Echaba de menos al cabrón que se llevaba a las tías de calle con tan solo una sonrisa. Pero, sobre todo, echaba de menos verlo feliz y relajado.

Se conocían desde la adolescencia, y jamás pensó que algún día se convertiría en aquel ser, casi sin alma, que tenía delante.

—¿Estás seguro de querer hacerlo?

—Sí. —Ni siquiera miró a Bruno, que permanecía sentado en el salón de su casa.

Su amigo suspiró y se pasó una mano por su cabello, corto y moreno.

—No tienes por qué ir. Hay más agentes que pueden ocupar tu puesto.

—No quiero que nadie ocupe mi puesto —respondió con cansancio, dando el último trago a su cerveza y recostándose en el sillón, sin prestar atención a su amigo, que lo observaba con el ceño fruncido.

—Oliver, por favor, no te juegues la vida de esa forma.

—Alguien se la tendrá que jugar, ¿no? —Se levantó de golpe y fue hacia la cocina a por algo más de beber.

Un par de años atrás, el piso de Oliver era un coqueto estudio, pulcro y muy ordenado, que hacía las delicias de las chicas a las que llevaba para divertirse. Sin embargo, ahora estaba descuidado, y tan desmejorado como su dueño. Los botes de cerveza se apilaban sobre la mesa auxiliar del salón, había ropa amontonada sobre uno de los sofás y en la cocina los platos sucios formaban una montaña en el fregadero.

Bruno fue tras él y se quedó apoyado en el marco de la puerta, observando a Oliver.

Cómo había cambiado. Y no solo en temperamento, sino que su apariencia física también se había resentido durante todo ese tiempo.

Casi no quedaba nada del atractivo hombre de ojos avellana. Tenía aspecto cansado, con ojeras. La barba, mal recortada, lo hacía parecer mucho mayor de lo que era. Y su cuerpo atlético y fuerte había dejado paso a una pronunciada delgadez, que lo hacía tener aspecto enfermizo.

—¿Por qué no le dices a Garrido que dejas el caso? —insistió.

Oliver miró a su amigo a los ojos, cansado de tanta charla, y alzó la cabeza, orgulloso.

—¿Y tú por qué no dejas de darme el coñazo? —Abrió el armario donde guardaba los vasos de cristal y sacó uno, en el que se sirvió un poco de whisky. Se llevó el contenido a la boca de un solo trago e hizo una mueca de aprensión al notar cómo el líquido le quemaba la garganta—. Últimamente todos queréis meteros en mi vida, y yo no he pedido consejo a nadie. Tengo treinta y cinco años, soy bastante mayorcito como para poder tomar mis propias decisiones.

—Si tu madre se mete, es porque te ve perdido.

Al escuchar cómo nombraba a su madre, Oliver alzó la mirada de golpe.

—¿Has hablado con ella?

—Me llamó hace unos días.

—¿Por qué coño habláis de mí a mis espaldas?

—Porque estamos preocupados, tío. —Fue hasta su lado y le puso una mano en el hombro, para intentar que se relajase un poco—. Oye, mira…

Oliver se apartó de inmediato y le lanzó una mirada de advertencia a Bruno.

—¡Ya basta! Ni tú, ni mi madre, ni nadie de este jodido mundo, va a poder convencerme de que abandone la misión. ¡No sé por qué cojones habéis decidido inmiscuiros en mis asuntos, pero que os quede claro que voy a hacer lo que me dé la gana!

—Solo queremos que vuelva el antiguo Oliver, nada más.

—No sé de qué estás hablando.

—Pues, yo sí —insistió Bruno—. Desde que pasó aquello… siento que te hemos perdido.

Al escuchar las palabras de su amigo con respecto a aquel incidente ocurrido dos años atrás, Oliver apretó los puños y cuadró los hombros.

—¡No vuelvas a nombrar ese tema! —gritó fuera de sí—. ¡En tu vida me nombres ese tema! ¡No sabes de lo que hablas! ¡Todo fue mi culpa!

—¡Fue un accidente!

—¡No, no, no! —chilló. Cogió de nuevo la botella de whisky y bebió directamente de ella. Miró a Bruno a los ojos, y con un tono de voz cansado, se dirigió a él—: Voy a ir, cumpliré con mi objetivo y detendré a ese narco. Y me da igual qué penséis sobre ello.

—Al menos asegúrame que vas a llevar cuidado.

Oliver resopló.

—¿Por qué? Si me pillan, pues uno menos. No creo que el mundo note mucho mi ausencia.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

El avión de Amanda hizo escala en Tenerife, y desde allí tuvo que volver a coger un vuelo que la llevase a su destino.

La aeronave aterrizó en el aeropuerto de Alajeró, un municipio de la isla de La Gomera. Tras un breve descanso, en el que estiró las piernas, cogió un taxi que la llevó hasta el pueblo donde vivía su hermano.

Amanda observó por la ventanilla del vehículo y recorrió con la mirada el municipio de Vallehermoso, en el que Alberto había comprado una casa cinco años atrás.

Sin embargo, no tardó mucho en apartar la mirada. No le pareció un lugar interesante. Simplemente eran un par de casas juntas, en donde no había centros comerciales, ni los restaurantes de moda a los que solía ir.

—Es bonito, ¿verdad? —dijo el taxista, orgulloso del atractivo de su isla.

Lo miró de reojo, sin ni siquiera girar la cabeza, y se encogió de hombros.

—He estado en sitios mejores —indicó con desgana.

El hombre, molesto, volvió a concentrarse en la carretera.

Amanda, al ver que dejaban atrás el pueblo, frunció el ceño.

—¿No habíamos llegado ya?

—No. La dirección que me ha dado está algo más alejada del pueblo.

—¿En las afueras?

—Está en plena naturaleza.

Ella chasqueó la lengua y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Genial —resopló—. En medio de ninguna parte. Alberto, te has lucido.

Ya podía imaginar las horas muertas que le esperaban en aquel lugar. Iba a ser horrible tener que estar allí, rodeada por árboles y piedras, cuando lo que de verdad quería era bullicio. Le encantaban las aglomeraciones, el ruido de la ciudad, las avenidas llenas de comercios en los que gastar el dinero. Sin embargo, Alberto se negó a mandarle más dinero cuando lo llamó para informarle de su pelea con Samuel, y le ordenó viajar a La Gomera para que pudiesen hablar personalmente.

No quería quedarse allí. ¿Qué iba a poder hacer en ese lugar? ¿Aprenderse el nombre de los bichos autóctonos? ¿Practicar el silbo gomero?

Frustrada, sacó su teléfono móvil y ojeó los mensajes que todavía no había leído. La mayoría eran de Samuel. Le pedía que volviese con él. En algunos incluso suplicaba.

Lo guardó en su bolso. Ni loca iba a regresar con él. Samuel había sido una persona importante en su vida, habían pasado muy buenos momentos juntos, pero desde hacía tiempo pasó de ser una compañía agradable a una molestia. Ella necesitaba libertad. No quería cadenas que la atasen a nada ni a nadie, y él desde siempre se había empeñado en echar raíces y llevar una vida tranquila. No. Eso no era para ella. No quería caer en la rutina de tener un trabajo aburrido, un marido que le diese el coñazo, ni una casa llena de fotos de sus últimas vacaciones en Torrevieja.

Le costó mucho decidirse cuando le propuso irse a vivir juntos. Y cuando lo hizo, fue a regañadientes. Él le aseguró que podría seguir como hasta entonces, que nada cambiaría. Pero no fue así. Desde el primer día que se instalaron, la mentalidad de Samuel mutó. No dejaba de hablar de madurez, de sus continuos gastos en tiendas de ropa, de sus innumerables viajes con sus amigas…

Y sí, sabía que la mayoría de las personas cambiaban al llegar a cierta edad, al independizarse. No obstante, ella se negaba. Ese no era el acuerdo al que había llegado con su, hasta entonces, novio.

Le gustaba el glamour, la vida ociosa, las charlas y risas con sus conocidos. Claro estaba que a todo el mundo le gustaba eso, pero la diferencia era que ella se lo podía permitir. Su hermano le daba dinero cada vez que se lo pedía.

Metida en sus pensamientos, apenas se dio cuenta cuando el coche paró. Reaccionó al escuchar al taxista toser. Le pagó con rapidez y se incorporó del vehículo, arrastrando las maletas tras de sí.

Al levantar la vista, no pudo menos que abrir la boca.

La casa de su hermano en realidad no era una pintoresca casita en medio del bosque. Ante ella se encontraba un enorme caserío blanco de dos plantas, rodeado por una parcela gigantesca repleta de plataneras. Tan grande que le era imposible ver el final.

Hablaba muy poco con Alberto. Así que, cuando le dijo que se iba a dedicar al cultivo de plátanos, y abandonar su principal fuente de ingresos, pensó que había perdido la cabeza.

Al acercarse a la valla, que delimitaba la propiedad, vio que en el muro había unas letras de cerámica.

Las leyó.

—«El árbol». —Puso los ojos en blanco—. Qué nombre más estúpido para una casa.

No tuvo ni que tocar al timbre. Las puertas se abrieron solas.

Al levantar la cabeza, observó las dos cámaras de vigilancia que salvaguardaban el terreno.

Caminó casi doscientos metros por un camino empedrado y bordeado por palmeras desde el que se veía la plantación y a los jornaleros afanándose en su trabajo, hasta que llegó a un gran porche en el que había un cómodo balancín de hierro y mimbre, con mullidos cojines de color blanco.

Se encaminó hacia el portón de madera, por el cual se accedía al interior de la vivienda y, al llegar, este se abrió.

Ante ella apareció una mujer mayor. Era bajita, de complexión delgada, con un moño muy apretado en la nuca y con el semblante serio. La miró de arriba abajo, casi con hostilidad, y se hizo a un lado para que pudiese pasar.

—El señor Alberto la está esperando en su despacho —dijo con sequedad.

Dio la vuelta y comenzó a caminar hacia otro habitáculo.

—No sé dónde está el despacho —respondió Amanda, con las cejas alzadas y extrañada por aquel recibimiento tan frío. ¿Quién era esa mujer y por qué no había ido su hermano a recibirla?

—Segunda planta, tercera puerta a la izquierda —indicó con cansancio. Continuó su camino hasta que desapareció del recibidor.

Amanda miró a su alrededor, antes de emprender el camino hasta el despacho de su hermano, y se fijó en aquel lugar.

Era un espacio enorme, bonito, aunque sobrio, decorado con modernidad, pero sin estropear la belleza de aquel caserón colonial. Era una mezcla extraña, pero agradable. Los muebles de madera oscura otorgaban calidez a aquel amplio recibidor que, junto a las cortinas blancas y a algunas pequeñas palmeras, colocadas estratégicamente, daban la sensación de haber viajado hasta el trópico.

Dejó las maletas allí mismo y subió las escaleras, logrando que el sonido de sus tacones resonase por toda la casa.

La planta superior era igual de impresionante que la inferior. El color de la madera primaba por encima de todo, y apenas había muebles ni adornos en ella.

Encontró el despacho sin problemas. Abrió la puerta, sin tocar antes, y entró en aquella habitación con decisión. La opulencia de aquella estancia la impresionó tanto o más que el resto de la casa. El escritorio era de caoba, antiguo, de patas torneadas y bellos grabados, que admiró nada más poner sus ojos en él. Las paredes, forradas de madera oscura, estaban repletas de estanterías rebosantes de libros, los cuales parecían tan viejos como la misma edificación.

Su hermano se encontraba hablando por teléfono.

Al verla, la saludó con un movimiento de cabeza y le indicó que se sentase en una silla situada frente a él.

Casi no había cambiado nada en los años que había pasado sin verlo. Simplemente, su cabello moreno estaba salpicado por algunas canas, que lo hacían todavía más interesante.

Era un hombre guapo. Las personas que lo conocían siempre comentaban que tenía el porte de su padre. Sus ojos marrones y rasgados, su altura y su forma de fruncir el ceño.

Amanda no podía contradecir aquello, pues casi no se acordaba de su padre. Había muerto cuando ella tenía cuatro años, dejándola a cargo de su único hermano, del que la separaba una diferencia de edad de casi veinte años.

Cuando este colgó el aparato, se quedó mirándola unos segundos y le sonrió.

—¿Qué tal el viaje?

—Largo —se quejó ella—. Podrías haberte ido a vivir a China, ya de paso.

Alberto rio por la contestación de su hermana.

—Qué exagerada eres, son menos de tres horas desde la península.

—¿Y te parece poco?

Se frotó la mandíbula y la miró con interés.

—¿Qué ha pasado para que hayas decidido romper con él de esa forma?

—Lo que pasa es que Samuel me asfixiaba —se quejó, poniéndole morritos a su hermano—. No me dejaba ser yo, quería que me pudriese dentro de nuestra casa.

—¿Seguro? —preguntó sin llegar a creérselo, pues la conocía a la perfección—. Samuel siempre me ha parecido un buen hombre, y lo conozco desde hace más tiempo que tú.

—Ay, Alberto —lloriqueó como la mejor actriz—. No te puedes imaginar el infierno de vida que tenía. Era horrible.

Su hermano se echó hacia atrás en su silla y apoyó la espalda en el respaldo.

—Ya —asintió, mirándola fijamente—. ¿Y no será que eres una inmadura?

Amanda lo miró con los ojos muy abiertos.

—Pero ¿qué…?

—Hablé con él ayer. De hecho, fue Samuel el que llamó.

Ella irguió la espalda y alzó el mentón.

—¿Qué te dijo?

—Pues me confirmó lo que yo ya sabía. —Cruzó los brazos sobre el pecho—. Amanda, tienes que madurar.

—¿Cómo? —No podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Sabes? La culpa es mía por haberte consentido tantas cosas. Tendría que haber sido más duro y recto contigo —dijo, más para sí que para ella—. Debería haberte cortado el grifo, no haberte dado dinero cada vez que llamabas.

—¡No! Tú hiciste lo que hubiese hecho cualquier buen hermano —lo aduló, para intentar que olvidase todo aquello.

—Sin embargo, de los errores se aprende.

Amanda alzó las cejas y lo miró con fijeza.

—¿Qué… qué quieres decir con eso?

—Que se acabó. Ya no voy a salvarte el culo cada vez que lo necesites. —La boca de ella se abrió por el asombro—. No voy a consentir que sigas por ese camino. Por tu bien. Tienes treinta y un años, ya va siendo hora de que tomes las riendas de tu vida.

—¡No jodas!

Alberto frunció el ceño por el vocabulario de su hermana.

—Se acabó el darte dinero y el sacarte de los líos en los que te metes. Se te ha acabado la vida ociosa —dijo con decisión—. Tienes que aprender a valerte por ti misma, buscar un trabajo, estudiar, salir tú sola adelante.

—¡Pero tú tienes dinero de sobra para los dos!

—El dinero se acaba, Amanda —resopló—. ¿Has pensado en eso? ¿Qué vas a hacer cuando yo no esté para ayudarte?

—Pues… —No supo qué contestar.

—Y no me digas que buscarías a algún ricachón con el que casarte, porque te desheredo ahora mismo —le advirtió—. Venga, contéstame, ¿qué harás cuando yo no esté? ¿Cómo te las vas a ingeniar ahora que no voy a darte más dinero?

Ella se levantó de la silla hecha una furia. Miró a su hermano con los labios apretados y dio un golpe en la mesa.

—¡No hace falta que montes todo este numerito! Ya me apañaré yo sola como buenamente pueda, aunque tenga que pedir limosna de puerta en puerta. ¡No quiero ser ninguna molestia para ti!

Alberto suspiró y se la quedó mirando con indiferencia.

—Yo no he dicho que no vaya a ayudarte.

—¡No! Solo me acabas de llamar niña mimada, me acabas de decir que soy una cría para ti —respondió dolida.

—Es que lo eres, para mí, siempre serás la niña pequeña a la que crie. —Rodeó la mesa para llegar a su lado y la cogió por los hombros, con cariño, intentando apaciguarla—. Quiero que te quedes aquí en El árbol. Esta casa es tanto mía como tuya.

—¡Pues deja de decir todas esas cosas sobre mí!

—Vale, lo siento —se disculpó, arrepentido. Le dio un beso en la mejilla y le sonrió. Amanda era su debilidad, siempre lo había sido desde que nació—. Me alegro de que estés aquí, de verdad.

—¿Seguro? —preguntó ella poniendo morritos.

—Sí. —La rodeó con los brazos y empezó a guiarla fuera del despacho, por el pasillo—. Mira, instálate y relájate unas semanas. Después hablaremos sobre tu futuro, ¿de acuerdo?

—Está bien. Pero no quiero que el tema del trabajo vuelva a hacernos discutir —dijo, poniendo carita de lástima.

—Cuando pase un tiempo ya decidiremos lo que hacer —indicó él zanjando el tema.

La hizo pasar a una enorme habitación blanca, con un espléndido ventanal por el que se veían todas las tierras de la plantación. En el centro de aquella estancia, había una hermosa cama con dosel. Era antigua, pero estaba en perfecto estado. Fue hasta ella y acarició la sábana bordada que la cubría, frunciendo el ceño por su inesperada aspereza. A su lado, una mesilla de noche bastante alta, delicada y majestuosa, en la que descansaba una cajita de música algo cuarteada, pero que seguía conservando su belleza. Frente a la cama, un gran armario ropero, tan antiguo como el resto de la habitación, con un espejo en una de las puertas que le devolvía su reflejo algo empañado y con un ligero abombamiento.

—Según me dijeron cuando compré la casa, esta era la habitación de la hija del terrateniente que la construyó. Una habitación digna de una princesa.

Amanda la recorrió con la mirada. Tenía que reconocer que era preciosa. Siempre había tenido predilección por las antigüedades.

—Me encanta.

—Pues es toda tuya. —Le sonrió—. Voy a mandar que te suban las maletas. —Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, pero de repente paró y volvió la vista hacia su hermana—. ¡Eh! Me alegro de que estés aquí, de verdad.

Al cerrar la puerta, dejándola sola en aquella habitación, Amanda rio contenta. Después de todo, las cosas no habían salido tan mal como pintaban en un principio. Viviría con su hermano en aquella propiedad, tendría tiempo libre para hacer lo que le viniera en gana y no tendría que aguantar más que le hablasen sobre futuro ni trabajo. Alberto había dicho que en un tiempo aclararían su situación, pero ella estaba segura de que, con sus mañas y sus artes para la interpretación, podría seguir dándose la buena vida como hasta entonces.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Oliver se encontraba sentado en una pequeña terraza, en un bar de San Sebastián de La Gomera. Tomaba un café, mientras esperaba a su contacto, y contemplaba sin mucho interés la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción.

A pesar de que siempre le gustó viajar y ver mundo, aquello no le provocaba ninguna emoción. Todas sus ilusiones y sentimientos estaban muertos.

En el pasado, jamás hubiese dejado pasar la ocasión de recorrer aquel pueblo, adentrarse en sus calles y contemplar sus monumentos, pero ya no era el mismo hombre de antes. Lo único que tenía en mente era hacer su trabajo, y hacerlo lo mejor posible. Esa era la forma de poder olvidar, de borrar los recuerdos que lo atormentaban.

Al girar la cabeza, vio acercarse a la camarera del bar, una joven muy bonita, morena y delgada, con una sonrisa contagiosa.

La chica llegó hasta su mesa y dejó la cuenta en ella.

—Espero que le haya gustado nuestro café —comentó con simpatía.

—Estaba bien —dijo él mientras sacaba la cartera de su bolsillo.

—¿Es usted turista? Nunca lo he visto por aquí —se interesó la joven.

Oliver la miró con fijeza, sin percatarse de que tenía el ceño fruncido. No le gustaba que le hicieran preguntas. Y aunque aquella era una mujer preciosa y muy amable, no estaba por la labor de seguir con la conversación.

—Aquí tiene el dinero —farfulló.

Ella se lo quedó mirando, contrariada. Cogió las monedas y le sonrió. Pero antes de marcharse volvió a hablarle.

—Me… me preguntaba que si… sigue por aquí en una hora… quizás le apetezca otro café después de que termine mi turno.

Oliver la contempló. Sin embargo, lo hizo como si allí no hubiese nadie, como si aquella joven fuese invisible.

—No tengo tiempo para tonterías, señorita.

La chica asintió con rapidez, algo molesta por aquel rechazo.

—Que tenga un buen día. —Y tras esa leve despedida, caminó con orgullo, moviendo las caderas de forma exagerada, hacia el interior del establecimiento.

Él resopló y centró su mirada de nuevo en la parroquia.

¡Cómo había cambiado su vida!

Años atrás, no habría dejado pasar la ocasión de conocer a una chica guapa. Incluso hubiese sido él quien le hubiera pedido su número de teléfono. No obstante, ya no buscaba nada de nadie, no necesitaba acercamientos, ni cariño por parte de las féminas. Lo único que quería era que lo dejasen en paz.

—¿Oliver Berenguer?

Al alzar por segunda vez la cabeza, se encontró con un hombre joven. Castaño, fornido, aunque demasiado bajito para poder soportar tanto músculo él solo. Lo miraba con seriedad, casi con exasperación.

—Soy yo.

—Genial. —Sin más preguntas, le hizo una señal con la cabeza para que lo siguiera y empezó a hablarle sin asegurarse de que lo hacía—. Soy tu contacto en La Gomera, el inspector Marín. Tengo el coche aparcado en aquella esquina.

—¿Coche? Pensaba que mi trabajo iba a ser aquí.

El hombre negó con la cabeza.

—Ya me avisaron de que los agentes de tu departamento eran unos inútiles. Espero que tú no seas como ellos. Todavía no entiendo el por qué han tenido que daros el caso a vosotros y no a la policía de aquí.

Oliver se lo quedó mirando fijamente. Aquel agente era un payaso.

—Lleva cuidado con tus palabras —le advirtió—. Puedes decir lo que quieras de mis superiores, pero conmigo… respeto.

El inspector Marín dejó de andar y giró para poder mirarlo a los ojos. Tras unos segundos de aguantarse la mirada, su boca se curvó.

—Perfecto, un chulito de la península.

Oliver se acercó un poco más a él, en actitud altiva.

—Escúchame bien, imbécil isleño, deja de mear para marcar tu territorio y dime dónde voy a tener que hacer mi trabajo, que es por lo que estoy aquí.

El agente rio por su contestación y asintió.

Sin decir ni una palabra más, lo guio hasta su vehículo, un Tata ranchera de color blanco. Era viejo, estaba bastante sucio y al sentarse en él comprobó que también era incómodo, los muelles del asiento se clavaban por todas partes.

Cuando arrancó, el inspector Marín comenzó a hablar.

—Supongo que los inútiles de tu departamento te habrán puesto al corriente sobre nuestro objetivo.

Oliver asintió y se aclaró la voz:

—Alberto Robles, cincuenta y cinco años, natural de Madrid. Desde que tiene uso de razón se ha dedicado a negocios turbios y nada claros. En la actualidad se le investiga por tráfico de cocaína.

Marín apartó la vista de la carretera y observó a Oliver unos segundos.

—No solo por ser un simple camello. Si se demuestra toda la información que se tiene sobre él, nos encontraremos con el mayor traficante de drogas que ha habido en España. Ese hijo de perra se ha forrado con el negocio, y cuenta en su haber, supuestamente, con tres muertes por ajuste de cuentas.

Oliver asintió, pues ya conocía toda esa información.

—Deja de contarme historias y dime hacia dónde vamos —lo apremió sin paciencia—. Mis superiores recibieron información vuestra para que yo llegase a San Sebastián de La Gomera.

Marín rio.

—¿Pensabas que íbamos a daros su dirección? Entonces eres más memo de lo que imaginaba.

—Cuidado con tus palabras —le advirtió.

—Ya, ya… —rio. Cuadró los hombros y se aclaró la voz—. Creo que no hubiese sido muy inteligente daros la dirección correcta. Y no es porque seáis estúpidos, sino porque ese tío tiene espías por todos lados. ¿Qué pasaría si alguno de ellos se entera de que vas hacia donde vive Robles? Serías hombre muerto al segundo de pisar su propiedad, guapito de capital. ¿Qué me dices a esto?

Oliver asintió.

—Que tiene lógica.

—¡Joder! En algo estamos de acuerdo —rio.

—¿Y a dónde vamos?

—Alberto Robles compró una vieja plantación llamada El árbol en las afueras del municipio de Vallehermoso, la reformó y tiene un negocio rentable con el cultivo de plátanos. Negocio que, por supuesto, es una tapadera para lo que de verdad le interesa: la droga. —Se removió en el asiento y continuó—: Tenemos a un agente dentro de la plantación, trabajando como jornalero. Consiguió que Robles te contratase a ti también.

—Espera. —Oliver lo miró extrañado—. ¿Contratado?

—Claro, ¿qué esperabas? ¿Que te metiéramos a vivir en su casa, con él? —se carcajeó—. No sé si en la capital sabéis algo del cultivo de plátanos, pero vas a tener que ensuciarte las manos, guapín. Trabajarás como cualquier jornalero, vivirás allí, pero en la casa destinada a los trabajadores, e intentarás descubrir cuándo y dónde va a producirse el envío de la cocaína. De hoy en adelante, dejarás de llamarte Oliver Berenguer y pasarás a ser Oliver Pérez, nacido en Guadalajara y viviendo en La Gomera desde hace ocho años.

—Entendido. —Cogió el falso carnet y se lo guardó en el bolsillo—. No sabía que todavía, en la actualidad, existiesen las casas para los jornaleros. Pensaba que era algo que había desaparecido.

—Las hay, pero prácticamente no se usan. Todo el mundo tiene casa propia y prefiere desplazarse cada día a su trabajo. —Despegó unos segundos la vista de la carretera para mirarlo—. El árbol cuenta con una casa para los trabajadores enorme. Tiene casi sesenta habitaciones.

—¿Están todas ocupadas?

—No, según nos dijo nuestro hombre, que también se queda allí, viven en ella seis trabajadores. Todos inmigrantes sin casa.

Oliver asintió. No le hacía gracia tener que quedarse en ese lugar, con gente a la que no conocía, pero era su trabajo y lo haría.

Pasaron el resto del camino en silencio. Ninguno de los dos hombres quiso sacar un tema de conversación.

Marín detuvo el vehículo cinco kilómetros antes de llegar a Vallehermoso. Aparcó en una pequeña explanada de un camino rural. Allí les esperaba otro coche. Salieron del vehículo y se encontraron, a medio camino, con el ocupante.

Era un hombre de mediana edad, orondo y prácticamente calvo. Tenía una expresión amable, incluso les sonrió cuando estuvo a su lado.

Oliver se despidió, con un leve levantamiento de cejas, de Marín y montó con el otro.

Mauro, que así se llamaba, apenas le habló durante el trayecto, y eso fue algo que agradeció. Estaba cansado del viaje, lo que de verdad le apetecía era dormir.

Cuando llegaron a El árbol ya era de noche, así que Oliver apenas pudo ver nada de aquel lugar.

Caminaron por un sendero empedrado, por la parte de atrás de la casa, y entraron en una enorme edificación de piedra. Dentro se notaba frescor, y era de agradecer pues había hecho un día de lo más caluroso.

En aquel lugar no se escuchaba ni el más mínimo ruido.

Mauro le mostró, de forma escueta, la vieja cocina, la sala donde se reunían a comer y el baño.

Lo acompañó, escaleras arriba, por un pasillo kilométrico, lleno de puertas a su derecha, y le mostró su habitación.

Oliver la miró sin mucho interés, pues no había nada que valiese la pena admirar. En aquel lugar solo había una cama, una mesilla de noche con una pata rota, un armario viejo y una pequeña ventana por la que apenas se podía ver nada.

—Mañana vendré a las seis a por ti. —Mauro bostezó por el sueño—. Hoy es tarde para hablar del caso, pero cuando venga te pondré al día sobre lo que tienes que hacer aquí. No salgas de la habitación hasta entonces, ¿de acuerdo?

—Sí —contestó sin ganas.

Al quedarse a solas, se sentó sobre el lecho. Era incómodo, duro y lleno de bultos. Genial.

No sacó la ropa de su mochila. Estaba tan cansado que decidió dejarlo para el siguiente día.

A pesar de todo, del viaje desde la península, del comportamiento de Marín y de aquella cama tan incómoda, tenía ganas de ver lo que le deparaba aquella misión. Sabía que era peligrosa, sabía que si lo descubrían sería hombre muerto, pero había algo que lo hacía seguir hacia delante. Quizás, en su círculo de amigos y familiares, lo llamasen loco, pero no tenía nada que perder, pues ya lo perdió todo. El árbol era una forma de escapar de su vida, una manera de no tener que recordar todos los días al hombre que una vez fue. Una forma de olvidar que una vez fue feliz.

Capítulo 4

 

 

 

 

 

Amanda odiaba a la gente chismosa. No podía evitarlo, era algo que le sobrepasaba. Cada vez que se encontraba con alguien así, la miraba con desprecio y daba media vuelta.

No obstante, ¿qué podía hacer cuando tenía que convivir con ese tipo de personas?

Llevaba dos días en El árbol y, desde el minuto uno, tuvo que hacer frente a miradas envenenadas y cuchicheos a su espalda.

Había hablado con su hermano sobre el tema, pero Alberto se reía y le quitaba importancia.

—Es una mujer mayor, se divierte de esa forma —le decía—. No se lo tomes en cuenta.

—¿Que no lo tome en cuenta? —resopló ella—. Cada vez que me cruzo con ella por el pasillo noto como si me traspasase con la mirada.

—Mira, Amanda, Dolores lleva muchos años conmigo. Incluso desde antes de venir a La Gomera. Puede parecer seria y estirada, pero hace muy bien su trabajo y jamás he tenido una queja sobre ella.

Recordó el gesto severo de la mujer y apretó los labios. La tal Dolores fue desagradable incluso cuando la recibió el día de su llegada.

—Me hace sentir mal, Alberto. No puedo caminar tranquila por la casa.

—¡No seas exagerada! —rio él.

—¡No lo soy! —exclamó enfadada—. ¡Esa mujer es el demonio! Esta mañana la he escuchado murmurar sobre mí. Decía que soy una mantenida, que lo he sido toda mi vida, y que pobre del hombre que acabe conmigo. ¡A eso no hay derecho!

Alberto comenzó a carcajearse.

—Vamos, no le hagas caso. Tiene mucho tiempo libre y lo ocupa en lo que sea.

—Y ahora ha decidido ocuparlo en despellejarme, ¿no?

Su hermano negó con la cabeza y suspiró.

—Mira, tú haz oídos sordos a lo que dice, ya se cansará.

—Claro, pero mientras tanto tengo que estar soportando todo esto.

—Ya verás qué pronto se olvida de ti. Eres la novedad. Cuando pasen unos días, ni se acordará de que vives aquí. —Caminaron por el salón de la casa y salieron al porche, donde corría una ligera brisa—. Le tengo mucho cariño a esa señora, es buena y me quiere como a un hijo. Estoy seguro de que a ti también lo hará.

—No sé yo qué decirte —contestó poniendo los ojos en blanco.

Alberto se miró el reloj de muñeca y chasqueó la lengua.

—Tengo que irme, Amanda. Me esperan en veinte minutos para una reunión.

Ella asintió, acostumbrada a las obligaciones de su hermano.

—¿Cómo va el negocio?

—Muy bien —asintió—. Los plátanos están dando más beneficios de lo que me imaginaba.

—¿Es mejor que tu trabajo anterior?

—Bueno… hay que ir poco a poco. Una finca tiene mucho trabajo —añadió sin querer entrar demasiado en el tema.

—Nunca me dijiste en qué trabajabas antes de mudarte a La Gomera.

—En nada importante, por eso lo dejé —dijo zanjando el tema con rapidez. Le dio un beso en la frente, a modo de despedida, y se marchó a su despacho.

Al quedarse sola, miró a su alrededor y pensó en qué hacer. Necesitaba que le diese un poco el aire. Llevaba dos días encerrada en El árbol y sentía que le faltaba incluso la respiración. No estaba acostumbrada a esa vida apartada de la civilización. Necesitaba movimiento, gente, ir de compras, gastar dinero…

Decidida, cogió las llaves del coche de su hermano y montó en él. Aunque fuese por un par de horas, tenía que salir de la plantación y perder de vista a aquella gente que la miraba como si fuese un parásito.

 

 

Oliver escuchaba al capataz con atención.

Aquel hombre era un experto en el cultivo de plataneras. A sus sesenta y dos años, había trabajado en las mejores fincas de las islas, consiguiendo una producción nada desdeñable de plátanos en cada cosecha.

Cuando, esa madrugada, Mauro había ido a por él a su habitación, esperaba que la jornada de trabajo fuese dura, por ser la primera y estar desentrenado en esa labor, pero jamás se hubiese imaginado que aquel oficio lo dejaría hecho polvo.

Antonio, que así se llamaba el capataz, se había apiadado de él y lo había sacado de su puesto inicial en el desmane de las plantas.

—Recuerdo mi primer día de trabajo, fue en una finca de Gran Canaria. Tenía solo doce años —dijo el hombre, mientras le daba unas palmaditas en la espalda, cosa que no agradó a Oliver—. Cuando acabé la jornada y llegué a mi casa, vomité todo lo que había comido ese día. Es un trabajo muy pesado, pero gratificante. Al menos lo es para mí, siempre me ha encantado lo que hago.

Oliver asintió, pero no dijo ni una palabra, simplemente continuó caminando al lado del hombre por una de las más de veinte hectáreas de la plantación.

Antonio, al no recibir respuesta, suspiró. Miró a su alrededor y saludó a uno de los jornaleros, que continuaba con el desmane y cortaba los racimos para conseguir que los próximos adquiriesen el tamaño requerido.

—¿Has conducido alguna vez un camión? —preguntó, fijando su atención de nuevo en Oliver.

—Nunca.

—Mmm… vale. —Se encogió de hombros.

Continuaron caminando en silencio. Era un silencio incómodo, pero a Oliver le traía sin cuidado. No estaba allí para hacer amigos, sino para conseguir información sobre Alberto Robles.

Sí, tendría que trabajar como el que más, pues no quería que aquel hombre lo despidiese por inútil, pero de ahí a estrechar lazos con ellos…

El camión se encontraba en uno de los extremos de la finca, aparcado en medio del camino asfaltado que llevaba a las cocheras de la casa. Allí, varios hombres cargaban enormes racimos de plátanos verdes, que más tarde transportarían a la fábrica donde los limpiarían y dividirían para su exportación.

Al verlos llegar, los jornaleros saludaron a Antonio con un movimiento de cabeza, sin dejar de trabajar ni un momento.

—¿Habéis parado ya para descansar? —preguntó. Al recibir una negativa por parte de los trabajadores, asintió—. Tomaos treinta minutos.

Los tres jornaleros dejaron los racimos que llevaban en las manos y se marcharon hablando entre ellos.

—Oliver, encárgate tú de su trabajo mientras descansan —le mandó. Él asintió y, sin mediar palabra, se dirigió hacia la montaña de plátanos para comenzar con la tarea—. Quédate aquí, ahora mismo vuelvo.

Al quedarse a solas, se limpió el sudor de su frente. Estaba siendo un día muy caluroso, y trabajar al sol era un infierno. A pesar de todo, continuó cargando los racimos sin parar. Pesaban muchísimo. Si sus cálculos no fallaban, cada racimo rondaría los cuarenta kilos. Sin embargo, no paró ni un segundo de trabajar. El dolor de espalda, el dolor de brazos, el agotamiento y el intenso calor, lo ayudaban a no pensar, a dejar la mente en blanco. Aquello, aunque pareciese de locos, le daba paz. Su cerebro, concentrado en el trabajo, dejaba los recuerdos de lado, y era una sensación agradable. No había culpabilidad, tristeza, ni rabia.

No obstante, su tranquilidad duró poco.

El sonido del claxon de un coche le hizo levantar la cabeza.

Era un Mercedes de color negro, y el conductor parecía como poseído por el diablo. No dejaba de pitar, rompiendo el silencio que envolvía la plantación.

Oliver dejó el racimo sobre el remolque y miró con atención el automóvil, mientras se secaba el sudor de su frente. No entendía el porqué de aquel escándalo.

La puerta del conductor se abrió, y por ella apareció una mujer con la cara desencajada por el enfado.

Cerró la puerta de un golpe y comenzó a caminar hacia él, mientras su espeso cabello castaño, ondeaba por el viento.

Andaba con el cuerpo rígido, pero con un exagerado movimiento de caderas. Oliver observó su vestimenta. Llevaba un ligero vestido blanco, hasta los muslos, y unos tacones con los que muy pocas mujeres eran capaces de mantenerse en pie. Pero ella lo hacía con soltura.

—¿Qué hace ese camión en medio del camino? —chilló la mujer cuando llegó a su lado.

Él la fulminó con la mirada. ¿Quién era ella y por qué gritaba de esa forma? Había leído todo el informe policial sobre Alberto Robles y sabía que no estaba casado, ni tenía ninguna relación amorosa.

Oliver la miró más detenidamente. Era guapa. Aunque no poseía esa belleza por la que los hombres babeaban.

La chica apretó los labios, al ver que no contestaba.

—¿Estás sordo o eres tonto? —preguntó faltándole al respeto—. ¿Qué cojones hace ese camión en medio del camino?

—Estamos cargando los plátanos —contestó sin ganas.

Ella miró el remolque a medio llenar y resopló.

—¡Quítalo!

—No.

—¿Qué? —vociferó sin poder creer lo que escuchaba—. Mira, jornalero, si yo te digo que lo quites, lo quitas y punto.

—No. Lo haré cuando el capataz me dé la orden —respondió armándose de paciencia. Le molestaba sobremanera la gente estúpida, y esa mujer se llevaba la palma.

Amanda apretó los puños y lo miró a los ojos. Aquel tío se estaba buscando una buena.

—¡Más vale que lo hagas! —le advirtió—. ¿Tú sabes con quién estás hablando? ¡Te estás buscando el despido, muerto de hambre!

Oliver ladeó la cabeza y frunció el ceño. Ya se estaba cansando de aquella idiota.

—No sé quién eres, ni me importa —ladró—. Y moveré el camión cuando el capataz me lo diga.

Ella dio una patada en el suelo, consiguiendo que unas cuantas piedrecitas del camino saliesen despedidas.

—¡Esto es el colmo! Se te va a caer el pelo, estúpido. —Sacó del bolsillo de su pantalón su teléfono móvil y comenzó a marcar.

Sin embargo, en ese momento llegó Antonio, seguido por otro hombre.

—¿Qué pasa aquí?

Amanda levantó la cabeza y guardó el móvil.

—Pues, pasa que este… —miró a Oliver con desprecio— hombre no quiere mover el camión para que pueda salir de la plantación.

Antonio asintió y le habló al otro que había llegado con él.

—Apártalo, la señorita Robles tiene que irse.

Oliver la miró con los ojos abiertos al escuchar el apellido.

No podía ser. Si no era su mujer… ¿Quién era ella?

—Gracias —dijo Amanda, sonriendo al haberse salido con la suya. Miró al jornalero por encima del hombro y rio con picardía—. A ver si aprendes quién manda aquí. —Dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el coche. Pero a medio camino frenó y volvió a mirarlo—. ¡Y haz el favor de afeitarte!

Arrancó el coche y salió de El árbol acelerando en exceso.

Oliver miró a Antonio, con el ceño fruncido, y se dirigió a él.

—¿Quién es?

—Es la hermana del señor Robles. La señorita Amanda.

Volvió la mirada hacia el camino, por donde había desaparecido el vehículo, y se acarició el mentón.

En los informes ponía que su hermana vivía en Madrid. ¿Qué estaba haciendo allí?